- XIII -
Climas, usos y costumbres de los indios mosquitos y nuestra
permanencia entre ellos -Llegada a Providencia y a Cartagena -
Capitulación de aquella plaza - Se me confía una expedición para
apoderarnos de Omoa y del castillo de San Felipe - Partida en un
pequeño barco y peligros corridos - Llegada a Omoa en cuya plaza
hice un interesante descubrimiento - Unión, en el Triángulo, con
Courtois y toma del fuerte de San Pablo, en la bahía de Santo
Tomás, con dos barcos de guerra; marcha sobre San Felipe - Sorpresa
de aquella plaza - Recibimos un refuerzo y se concluye un tratado
con la nueva república de Guatemala para restituirle la plaza -
Feliz término de las operaciones en Colombia y retomo a Providencia
- Muerte de Aury, consecuencias de ella - Arribo del ministro y
secretario general y nuestra dimisión del servicio.
(De la pág. 324 a la página 355)
Los indios mosquitos
(1)
no sólo compartieron
con nosotros sus cabañas, sus lechos y su alimentación, sino que
nos prestaron a sus mujeres y a sus hijas. Allí es costumbre que a
los forasteros de mérito se les haga este último obsequio y guay si
no se acepta; seria la más grande ofensa que se les pudiera hacer.
Ciertamente que tal demostración no se le hizo sino a los
principales oficiales, los cuales, obligados por esta costumbre,
acogieron de buen grado aquellas indias, que les fueron presentadas
enteramente desnudas, a excepción de un pequeño taparrabo del
tamaño de una hoja de papel, colocado más por bizarría que para
cubrir las partes pudendas. Se duerme en hamacas tejidas de finas
cuerdas sacadas del caraguate
(2)
, semejante al ananás,
pero de hojas más largas, de las que se sirven como nosotros del
cáñamo. Las hamacas son una especie de red del tamaño de un hombre,
en cuyos extremos se reúnen todas las cuerdas y se amarran a dos
anillas, a las que se amarran también dos cuerdas, que a su vez se
fijan a las vigas de las paredes. Así se duerme colgado para gozar
del fresco tan necesario en estas cálidas regiones. La mujer amarra
su hamaca vecina a la tuya y espera que tú emplees alguna hora en
desahogo de la lubricidad. Estas indias son altas, bien formadas,
con ojos pequeños, frente pequeña, nariz aquilina, barbilla
rendonda, cabellos muy negros, largos y flotantes sobre la espalda
Tienen caderas anchas, nalgas redondas, muslos torneados, hermosas
piernas, pies pequeños y un color de nuez clara. No tienen ninguna
sensibilidad atractiva ni notable y son las esclavas absolutas de
los hombres. Estos las someten a las más rudas fatigas, ya sea
obligándolas a seguirlos
á la cacería para recoger los
animales muertos, ya a ir al bosque para hacer leña, ya a recoger
la pesca en las piraguas y a prepararla en la playa, ya a recoger
las frutas, cocinar y hacer todo lo que es necesario para la
familia, y hasta tienen la desvergüenza de meterse en la hamaca y
fingir dolores como si estuvieran ellos en el trance, mientras sus
mujeres dan a luz. Estas infelices, protegidas por la naturaleza,
dan a luz sus pequeñuelos sin grandes dolores y sin necesidad de
ninguna ayuda, retirándose a alguna arboleda y entre la hierba, a
la orilla de un arroyo o de un río. Lavan a sus hijos, los colocan
dentro de una corteza de árbol que se amarran a la espalda y
regresan, como si no hubiera pasado nada, a los trabajos
domésticos. Son ellas las que hacen el pan con la yuca amarga que
llaman cazabe
(3)
, las que fabrican las ollas de barro
que cuecen en pequeños hornillos; en resumen todo el peso de la
vida cae sobre ellas y el marido no tiene otro cuidado que el de
fabricar sus karbet, o barracas, ir de cacería, de pesca y a la
guerra. Estos indios son más gallardos y más altos que los dé San
Blas
(4)
, y llevan el cabello cortado encima de
la frente muy corto, del ancho de una mano. Se conoce que son de un
entendimiento muy estrecho. Nada perturba su tranquilidad y su
corazón es tan insensible a la desgracia como a la prosperidad. Van
enteramente desnudos, menos una pequeña corteza que les Cubre las
partes genitales, y viven contentos con su situación, cuidándose
poco de las riquezas y de la autoridad. De poco halago son para
ellos el interés y el honor, resortes tan poderosos de nuestras
acciones. El limitadísimo número de ideas que poseen no se extiende
más allá de sus necesidades. Por esta razón muestran un carácter de
muy manifiesta insensibilidad. Son golosos cuando tienen con qué
saciarse, temperantes cuando a ello los obliga la necesidad,
valerosos cuando están seguros de vencer, tímidos y pusilánimes si
no lo están. Aborrecen la fatiga y por una cosa de nada son capaces
de sufrir las más grandes incomodidades. No saben prever, no tienen
reflexión, y pasan su vida sin objeto y sin criterio, ocupados sólo
en la caza, la pesca y un amor bestial. Manifiestan su alegría con
carcajadas estrepitosas y saltos infantiles, y pasan de ella al
llanto si el jefe lo quiere, o vuelven a la risa, con una
indiferencia tal que parece que lo hacen más por costumbre que por
sentimiento. Las madres acostumbran a sus hijos desde la más tierna
edad, llevándolos a la espalda o en los brazos, 'a ver los
precipicios y a soportar los efectos de un sol abrasador, y los
ungen con aceite de palma, del cual todos los indios hacen uso para
prevenir las injurias de un clima destructor. A los seis años ya
son aguerridos como cachorros de león. Las hijas acompañan a la
madre y los varones llevan las flechas y el arco del padre. Trepan
las montañas, atraviesan los torrentes y se divierten sin ningún
temor con. las olas que vuelcan sus débiles canoas. Si hieren a un
pez se arrojan inmediatamente al agua y, ágiles como él, se
escurren siguiendo la flecha, alcanzan la presa, la capturan y la
arrojan a la playa.
Conocen las virtudes de las plantas, su veneno, y los encantos
para atraer toda suerte de animales. Con la planta hiavan
(5)
colocada en pequeña cantidad en los
lagos, los peces flotan sobre el agua privados de movimiento. Si le
tiran a un pájaro en medio del más espeso bosque, apuntan la flecha
en parábola y no directamente, para que venga a caer
perpendicularmente sobre la presa, lo que se hace a causa de los
intrincados bejucos y espesos árboles que con sus ramas impedirían
el curso directo de la flecha. Por estos diversos y tan extraños
particulares diré, como cierto viajero, que estos pueblos tienen
ojos de águila, oídos de oso, pies de ciervo, sagacidad de perro de
caza y la destreza de una divinidad. Obedecen a varios caciques,
jefes de las aldeas que dependen del Rey Jorge
(6)
, coronado con este nombre por los
ingleses de Jamaica, después de haberlo tenido algunos años
educándose en aquel establecimiento para civilizarlo, pero quien
apenas regresó en medio de los suyos arrojó los uniformes de
general que le habían regalado y contentándose con una camisa roja
y un sombrero de paja vive como sus indios. Sin embargo ha
distribuido grados de general, de coronel y de capitán a sus
mejores guerreros, que manejan bastante bien el arco y un poco el
arcabuz. El territorio de este vasto reino es todo plano, cubierto
de llanuras, de bosques y de pantanos. El calor es ardiente y se
encuentran aquí todas las producciones de los países cálidos, como
en las provincias de Cartagena y del Chocó. Cultivan el cacao, el
ñame, las patatas, y comercian con los ingleses la zarzaparrilla y
conchas de tortuga, cambiándolas por tabaco, ron, pólvora,
municiones, escopetas, armas blancas, vidrios, espejos y pañuelos.
Cualquiera que cultive un campo adquiere el derecho de que ninguno
vaya a tocarlo, pero si lo abandona de hecho, cualquiera está en
capacidad de ocuparlo. Al entrar en sus cabañas es permitido comer
y sentarse sin pedir permiso. Este es uno de los principios de la
gran hospitalidad que los caracteriza, superior en este punto a la
de nosotros los europeos. De modo que con estos buenos, simples y
cordiales patrones pasábamos bastante bien nuestro tiempo y
soportábamos el peso de la desgracia, ya yendo con ellos a la pesca
o a la caza; ya admirando la manera en que fabrican sus piraguas
con hachuelas de hierro o de piedra, mediante el fuego que
encienden sobre los mismos árboles, una vez derribados y cortados,
para obtener más fácilmente la cavidad; ya el modo de hacer el pan
de cazabe
(7) , para el que toman la yuca amarga y
venenosa y la rallan sobre una especie de doble sierra de leña,
colocando después las partículas ralladas en una red en cuyo
extremo hay un pedazo de piedra que la mantiene bien tensa hacia la
tierra desde el árbol en que está colgada. Agregando después con
frecuencia agua la hacen expeler el amargo que es la causa del
veneno, hacen un emplasto que extienden en platos anchos de tierra
fabricados por ellos y encendiendo un gran fuego hacen cocer la
masa que viene a resultar así buena y nutritiva. También nos
complacíamos mucho en ver cómo hacen la chicha
(8)
, especie de bebida refrescante y
agradable. Reúnen a todas las viejas, les hacen masticar mandioca,
la que arrojan en un vaso en el que se fermenta y se convierte en
una especie de cerveza mitigada con un poco de panela, que es el
extracto, sin purificar de la caña de azúcar. Hacen también el
sirope
(9)
y el guarapo
(10)
,
bebidas de maíz machacado y puesto a fermentar, y otra con los
bananos pasados. Asimismo es admirable la iniciación de los
guerreros, a' los cuales hacen sufrir los más grandes tormentos y
vejaciones para tratar de hacerlos prorrumpir aunque sea en un sólo
lamento o suspiro, lo que señalaría al candidato como indigno de
aquel titulo. Sus matrimonios se celebran con fiestas y cantos y el
esposo viene a vivir vecino a la casa de la esposa, construyéndose
su karbet y la piragua para ir a la pesca. A ambos se les da
tormento para ver si saben soportarlo sin quejarse, y así saber de
antemano si serán buenos y fuertes progenitores. Sus fiestas
siempre terminan sentándose en sus hamacas y embriagándose hasta no
poder tenerse en pie y sus mujeres siguen todavía ofreciéndoles el
sirope para hacerles perder cada vez más la razón, y con grandes
carcajadas manifiestan el placer que sienten de ver a sus maridos
en' aquel estado, pero las más de las veces suceden que son bien
apaleadas por sus consortes irritados y fuera de sentido. Con
frecuencia por razón de celos entre ellos tiran a matarse y no hay
peligro de que ninguno se entrometa a pacificarlos, ya que ninguna
ley les prohibe atentar contra sus semejantes, de modo que las
venganzas se hacen entre parientes y parientes y no por intermedio
de la justicia pública, de la que no tienen idea. Son enteramente
libres y se manejan a su placer y sus querellas, que son raras, son
decididas por los viejos. La autoridad de los caciques no es sino
para conducirlos en tiempo de guerra contra el enemigo,
consistiendo su modo de guerrear por lo general en sorpresas, en
las cuales son expertos por el conocimiento de los lugares y la
destreza de sus espías, que gateando entre la hierba se arrastran
hasta cerca del enemigo para espiar su número, su posición y
movimientos; y no atacan si no están seguros de vencer. En caso
contrario se substraen al peligro con una rápida huida y si llegan
a verse rodeados venden su vida a caro precio.
Mientras pasábamos nuestros días entre estos indios, que
acostumbran tener muchas mujeres y hermosas muchachas, el capitán
Franz con la lancha provista de una buena vela y de intrépidos
marineros navegaba hacia Providencia para llevar la triste noticia
y solicitar una pronta liberación. Gran disgusto causó la pérdida
del barco y al instante vino el Marte a recogernos de este lugar,
que dejábamos sin embargo con desagrado por haber probado allí
momentos de paz, de tranquilidad y de una libertad que el hombre
sólo puede encontrar en medio de los bosques y de semejante gente.
Pocos días permanecimos en Providencia y navegamos en buen orden
hacia Cartagena, que, estrechamente bloqueada por mar y por tierra,
mostraba querer capitular. Nuestras fuerzas llegaron a punto para
infundir mayor temor y para exigir la entrega de la plaza
(11)
. De hecho esta se rindió a los
republicanos, que aceptaron dejar salir a la guarnición con los
honores de guerra y enviarla en barcos a la isla de Cuba. El pacto
se cumplió, pero uno de los barcos se perdió en una borrasca en
Sabanilla
(12)
, donde nosotros habíamos naufragado
últimamente, y el otro aportó a la costa de Mosquitos, donde los
recibieron como amigos; pero, queriendo más tarde ir por tierra a
Trujillo, fueron masacrados en el camino por los indios y sólo seis
tuvieron la suerte de llegar a aquella ciudad y referir el infeliz
fin de sus compañeros. Con la rendición de Cartagena vino nuestro
ministro y en la misma ciudad convino con Aury en enviar una
columna sobre la plaza de Omoa, porque según las noticias llegadas
a Jamaica parecía que las provincias de Guatemala se habían en
parte rebelado. El quería apoderarse de una plaza fuerte para
ponerse a cubierto de los gastos de la primera expedición.
El encargo de conducir esta columna me fue confiado a mí y para
ello se me dieron las instrucciones necesarias a fin de conseguir
tomar por sorpresa o el fuerte de Omoa o el de San Felipe. Partí
disfrazado en un pequeñísimo barco francés comprado a propósito,
con tres expertos oficiales de marina, provisto de baratijas de
bisutería francesa. En esta forma debíamos introducirnos en la
Plaza de Omoa
(13)
, reconocerla de cerca
y estudiar los medios de dar la sorpresa prevista. Debíamos esperar
en la isla del Triángulo al comandante de marina, Courtois, con los
bricks de Marte, Amazonas y Neptuno, y ciento veinte hombres de
tropa de desembarco al mando del coronel Marcelin. Me hice a la
vela en el pequeñísimo barco y poco faltó para que fuésemos todos
pasto de peces a causa de un golpe de viento. Para llegar más
pronto a nuestro destino pasamos cerca del cabo Gracias a Dios
(14)
, al que una infinidad de escollos a
hecho llamar así para indicar que después de doblarlo se pueden dar
gracias a Dios por haber escapado. También aquí tuvimos peligro de
encallar, tanto por causa de un temporal que no nos permitía darnos
cuenta de nuestra crítica situación dada la oscuridad del cielo y
la cantidad de lluvia, como porque, llevando la vela desplegada,
fuimos obligados por el fuerte viento, contra nuestra voluntad, a
anclar en medio de aquellos peligrosísimos escollos. La noche se
aproximaba y estábamos imposibilitados para salir de aquel horrible
laberinto mientras las olas venían orgullosas a romperse sobre la
punta de los escollos, que se veían a flor de agua como otras
tantas puntas de diamantes. Si hubiera sido de día no hubiera
habido nada qué temer, porque con el pequeño barco se podía
transitar por cualquier parte, pero de noche, si por desgracia se
rompía la maroma de la pequeña anda, estábamos irremediablemente
perdidos, porque, arrojados sobre aquellas rocas, en menos de lo
que se dice el frágil barco hubiera quedado destrozado. Los
truenos, los relámpagos; el viento, la lluvia, el bramido del mar y
el rumor de las olas que batían contra los escollos hacían aquella
noche horrenda y espantosa. A cada momento nos parecía que la
gúmena se había roto, ya que con el continuo movimiento de las
aguas era destrozada por las puntas de las rocas que forman el
fondo en esta parte.
Fue aquí únicamente donde por primera vez llegué a considerar
la muerte de cerca, porque si bien a cada momento la esperaba con
serenidad y ya me parecía yerme presa de las olas, lo que me dolía
más que cualquiera otra cosa era que mi compañero y mis amigos no
habrían sabido nuestro miserable fin. Finalmente un alba rosada
vino a disipar cualquier triste temor y habiendo levantado el anda
vimos con gran sorpresa nuestra que la gúmena estaba sostenida sólo
de un cabo y que los otros tres ya estaban rotos. Si la noche se
hubiera prolongado una hora más' ciertamente hubiéramos estado
perdidos. De este afortunado suceso presagiamos un feliz éxito en
nuestra peligrosa expedición y habiendo llegado a Omoa anclamos en
el puerto con bandera francesa, donde después de haber sido
visitados por un oficial de la aduana bajamos a tierra. Yo hacía el
papel de cocinero y me había tiznado toda la cara, porque temía en
cualquier momento ser Conocido por alguno de los prisioneros que
habíamos hecho en la última expedición. Me había amarrado un
pañuelo negro a un ojo, que hacía llorar frecuentemente con un poco
de limón, dando a entender que lo tenía malo. En esta forma impedía
,que mi fisonomía fuese reconocida; el capitán fue a donde el
gobernador para mostrar sus papeles y obtener permiso para vender
la pequeña bisutería que teníamos y entre tanto yo, haciéndome el
borracho, lo esperaba en la puerta, en la que había un guardia. El
capitán le regaló un aderezo para el cuello a la mujer del
gobernador y cuando salió empecé a insultarlo y me lancé contra él
para golpearlo fingiendo que quería el dinero. El se defendió lo
mejor que pudo y volviendo a entrar donde el gobernador le suplicó
me encerrase por una noche en el fuerte para que me pasase la
borrachera, porque en tal estado podía ser peligroso no sólo para
él sino para cualquiera de los habitantes, tan feroz era cuando el
licor me privaba del sentido. En vista del regalo que había
recibido para su mujer el gobernador condescendió en ello y,
capturado a viva fuerza por el guardia, fui conducido al fuerte y
hasta maltratado; apenas llegado allí le ofrecí dinero al sargento
de guardia para que fuese a comprar ron para que bebiera con los
soldados que estaban de guardia. Ellos se creyeron de que yo estaba
borracho y de que tenía dinero, por lo que me invitaron a jugar y
yo, fingiendo siempre una embriaguez muy real, me dejaba vencer por
ellos, que, con las cartas y con el ron, se divirtieron bastante
bien a costillas mías. Hacia la tarde me tendí sobre una plataforma
cerca de un cañón y fingí dormir. Y ellos persuadidos de que mi
arresto no tenía otra causa que el haber bebido demasiado, me
dejaron reposar tranquilamente.
Hacia la media noche fingí despertarme y, conversando con los
diversos centinelas que estaban en los baluartes, me mostré
sorprendido del lugar en que me hallaba y los interrogué hábilmente
sobre cuanto me importaba saber, sin provocar sospechas. Pude medir
los muros con un hilo y un cuchillo, ver cómo se hacía el servicio
y saber la cantidad de hombres que estaban allí de guardia. Por la
mañana se bebió con todos aquellos soldados "la mañana", o sea ron,
y se comenzó a hablar de varias cosas. Allí supe que el interior de
Honduras se había rebelado y había declarado su independencia, que
el golpe había tenido lugar en la ciudad de Comayagua
(15)
, cuyo coronel gobernador se había
hecho jefe de partido y marchaba con un ejército sobre Guatemala,
al mismo tiempo que un oficial suyo con un fuerte contingente de
hombres armados se acercaba a Omoa
(16)
para
apoderarse de la plaza y proclamar Ja independencia. Una parte de
aquellos soldados eran caribes, muy contentos de este afortunado
cambió y hablaban todavía elogiosamente de la expedición de Aury, y
los pocos españoles que allí estaban se lamentaban de que tardasen
en llegar de la bahía de Santo Tomás
(17)
al
golfo de Honduras un brick y una goleta de guerra que habían ido
allí a disposición del capitán general de Guatemala, quien se temía
que a causa de los disturbios pudiese partir para la isla de Cuba.
Con tales noticias comprendí la inutilidad de obrar sobre Omoa, la
que quizá antes de que nosotros llegáramos habría sido entregada en
manos de los republicanos; por consiguiente no encontré otra
solución que dirigirme inmediatamente a San Felipe para apoderarme
de él, pero por estar en aquel golfo un brick y una goleta de
guerra anclados en la bahía de Santo Tomás, bajo la protección del
fuerte de San Pablo, era necesario antes de todo tomar este fuerte
y los dos barcos, para no ser cogidos por la espalda, y en seguida
dirigirse inmediatamente por el río San Felipe y por sorpresa y a
viva fuerza apoderarse rápidamente de aquella importante posición.
El tiempo urgía y por esto, habiendo salido del fuerte, comuniqué a
los oficiales de marina mi plan, con lo que se procuró vender
inmediatamente a un solo negociante las pocas mercancías por las
que habíamos pagado derechos de aduana; salimos inmediatamente y
nos hicimos a la vela para la isla del Triángulo. Allí encontramos
nuestras fuerzas navales y, después de consultarlo mejor con el
comandante Courtois y el coronel Marcelin, nos hicimos a la vela
para el cabo Tres Puntas
(18)
, donde anclamos a la
caída de la noche.
Partí en una pequeña barquita con ocho marineros, para
introducirme durante la noche en la bahía de Santo Tomás y
reconocer la posición de la misma y del fuerte. Pero apenas nos
habíamos alejado de los barcos cuando se levantó impetuosamente un
viento huracanado por el que poco faltó que fuésemos volcados.
Nuestros barcos se vieron obligados a darse a la vela y a alejarse
de la costa. Sin embargo proseguí en mi expedición y después de
media noche llegué a la bahía. Una luz que apenas se alcanzaba a
ver me indicó claramente que por allí estarían los barcos o el
fuerte, por lo cual descendí a tierra en la costa izquierda,
cubierta de espeso bosque. Escondimos entre él el pequeño esquife y
esperamos con impaciencia el día. Apenas se pudieron distinguir los
objetos que nos rodeaban me encaramé a un árbol con mi anteojo de
larga vista y pude ver bien el fuerte, que consistía en un simple
reducto abierto por un lado, cerca del cual corría un riachuelo y
que por esa parte estaba defendido sólo por débiles palizadas. Al
frente había doce piezas de cañón a diferentes niveles. A la
izquierda surgía de entre el agua una isleta cubierta de boscaje,
detrás de la cual estaban anclados el brick y la goleta de guerra
española. Fuera de los cuerpos de guardia no se veía ninguna otra
habitación y en torno no había sino montañas muy altas cubiertas de
selva. A uno y otro lados tierras bajas, pantanosas y boscosas
rodeaban la profunda bahía de Santo Tomás. Esperé que cayese la
noche y apenas hubo extendido su velo me dispuse a salir de aquel
lugar. Pero no habíamos hecho media milla cuando el esquife,
golpeado continuamente por el ímpetu de las olas que venían contra
nosotros, se rompió y fue necesario retornar a tierra, habiéndose
arrojado todos los marineros al mar y quedando yo solo dentro de él
con el agua a la cintura. Así, lleno de agua, fue tirado a tierra,
donde desbaratamos nuestras camisas y tratamos de reparar las
grietas que se le habían hecho. Nos lanzamos de nuevo al agua pero
fue menester volver otra vez a tierra. Entonces escondimos el
barquichuelo en el bosque y tomamos la determinación de hacer el
camino a lo largo de la playa, por donde había que ir unas veces
sobre puntas rocosas, otras por entre intrincados mangles, otras
con el agua hasta las rodillas, por lo que no tardé mucho en perder
los zapatos y yerme obligado a caminar descalzo por entre rocas,
ramas secas, espinas, piedras, arena y agua, hasta que aclaró el
día. Entonces empezamos a pensar más seriamente en nuestra
peligrosa situación, ya que nos encontrábamos en tierra enemiga,
sin esperanza de poder alejarnos de ella si no encontrábamos
nuestros barcos, y sin medios para defendernos porque nuestras
armas estaban todas mojadas lo mismo que las cartucheras. Nos
pusimos pues a desbaratar estas últimas, a secar la pólvora al sol
y a limpiar nuestras carabinas. Volvimos a hacer las cargas lo
mejor que pudimos y, como se había conservado bastante bien en mi
pequeña cartuchera, de la pólvora que había allí puse un poco en
cada carga para que por lo menos las armas pudieran dar fuego. Nos
alimentamos de cocos y su agua dulce mitigaba la sed que sufríamos,
agobiados por un clima ardiente y por una marcha de las más
fatigosas. Se necesitaron dos días para llegar a Tres Puntas, donde
pensábamos encontrar a nuestros compañeros. pero por más que
nuestros ojos y los anteojos giraban sobre el ondulado horizonte
nada se descubría; entonces decidimos seguir a lo largo de la costa
para ver si por lo menos encontrábamos alguna habitación de indios,
apoderarnos de una piragua y así tener los medios para ir a La
Valija, establecimiento inglés que se encuentra a la otra parte del
golfo de Honduras. El cuarto día vimos un barco e inmediatamente
encendimos un gran fuego sobre la playa, agregándole gran cantidad
de hojas y de hierba verde para producir una inmensa columna de
humo, a fin de que los del navío creyeran que allí había un caserío
de indios, de quienes pudieran obtener alguna información sobre el
enemigo. Era el Marte, que a alguna distancia de tierra se puso de
flanco y mandó una lancha con veinte hombres para reconocernos.
Pero cual no fue su sorpresa cuando en vez de indios nos vieron a
nosotros, que teníamos más semejanza de animales que de hombres,
tanto nos habían desfigurado en pocos días los trabajos os, las
fatigas y el hambre. Nos dirigimos inmediatamente a bordo y nos
recobramos. No tardaron en llegar los otros dos barcos y todos
juntos doblamos el cabo Tres Puntas y7 habiendo entrado
en el golfo, nos dirigimos hacia la bahía de Santo Tomás en cuya
entrada estábamos al caer el sol. Allí pudimos con gran placer
volver a contemplar al enemigo, que ya no podía escapársenos. Por
la noche se introdujeron hasta la isleta varias canoas armadas para
averiguar si había algún peligro o algún escollo. Por la mañana
nuestra diana comenzó con salvas de artillería contra el fuerte y
los barcos; y uno y otro nos respondieron vivamente. El cañoneo del
enemigo y el nuestro no hizo más que retumbar hasta las diez y
ambos nos hicimos poco mal. Entonces me resolví a hacer desembarcar
rápidamente las tropas, las que se dirigieron al extremo derecho de
la bahía a~ fin de flanquear el lugar y acercarse sin mucho riesgo
al río que separa el fuerte de la tierra. Entonces toda la
artillería enemiga comprendió que había llegado el momento decisivo
y se puso a hacer un fuego vivísimo sobre las embarcaciones, pero
con el comandante Courtois
(19)
nos apresuramos a
levar anclas a velas llenas y nos dirigimos sobre el brick y la
goleta para abordarlos; espantados con esto los españoles buscaron
su salvación en tierra, parte a nado y parte en las chalupas
mientras nosotros abordábamos los primeros el brick, en el mismo
momento en que una mecha encendida y despidiendo espeso humo
amenazaba incendiar la santabárbara, o sea el depósito de
municiones. Era demasiado tarde para alejarnos, el peligró era
inminente y no había tiempo que perder. Consciente de la
importancia de que todos nos salváramos, me lanzo a la cámara, cojo
la mecha, que ardía sobre una gran cantidad de barriles que estaban
en la santabárbara abierta, y volando sobre el puente la arrojo al
agua, y así salvo el barco enemigo y nuestras vidas. Sin pensar en
más, salto a una canoa y me dirijo hacia los nuestros que entonces
llegaban al río. El comandante Courtois cañoneaba el fuerte y
nosotros, atravesando con el agua hasta el pecho, tumbamos las
palizadas y quedamos dueños del reducto.
El enemigo huía por todas partes y perseguido estrechamente por
nosotros, cayó en nuestro poder en su mayor parte. Dueños de estos
dos soberbios barcos de guerra y del reducto de San Pablo, reuní a
mis soldados e inmediatamente con una pequeña embarcación me dirigí
hacia el río San Felipe distante más de veinte millas de este
lugar. Pero apenas estuve fuera de la bahía de Santo Tomás encontré
una piragua con dos hombres que parecían pescadores. Habiéndoles
preguntado quienes eran me dijeron que eran americanos españoles
que buscaban pescado, pero por su porte reconocí que eran soldados
y al momento ordené que uno fuese llevado a tierra y fusilado y que
si el otro no me decía en seguida la verdad tendría el mismo fin.
Ya estaban para cumplir la sentencia cuando confesó que era soldado
de la vigía de San Felipe así como su compañero, expresamente
enviados por el sargento comandante de aquel fuerte para ver cual
era la causa del gran cañoneo que se sentía en San Pablo. Supe por
ellos el santo y seña y abiertamente me dirigí a aquel puesto a
donde llegamos hacia la media noche. Me adelanté con sólo ocho
voluntarios y uno de estos prisioneros y habiendo llegado a la
vigía me apoderé del centinela y sorprendí el puesto, a cuyos
guardias hice todos prisioneros. Un fuego encendido indicó a los
que me seguían que avanzaran y reunidos allí todos en silencio
esperamos una ronda que debía venir del castillo de San Felipe. En
efecto vino después de media noche y también ella quedó
prisionera.
Por el oficial de la ronda conocí mejor la posición que tenían,
las tropas del castillo, las reparaciones que se le habían hecho,
así como las nuevas fortificaciones que le habían agregado. El
castillo estaba cerrado por un simple rastrillo, porque nosotros en
la primera expedición con el general Aury habíamos quemado la
puerta. Los muros habían sido reparados, y los reductos habían sido
reconstruidos en una posición más ventajosa que antes. El
comandante habitaba frente a la iglesia, sin ninguna guardia, y la
guarnición sumaba en total doscientos hombres, excluidos los
treinta prisioneros que nosotros habíamos hecho en la vigía. Esperé
que amaneciera y, habiendo dejado algunos hombres para guardar a
los prisioneros desarmados y encerrados en el cuerpo de guardia,
con algunos guías me dirigí hacia el castillo. Navegamos con mucho
ardor y dos horas antes del anochecer estábamos a pocas millas del
fuerte, cuando una pequeña piragua, que con tres hombres y un
prisionero iba a buena distancia mía para darme noticias de cuanto
pudiera descubrir o sentir, retrocedió indicándome que no lejos
había una isleta en medio del río en la que, según decía el
prisionero, se encontraban cinco hombres, que tenían orden de hacer
fuego sobre cualquiera que avanzara, para dar la alarma al
castillo. Semejante noticia me puso en aprehensión, tanto más que
ninguno me había prevenido de que había que superar esta
dificultad. Pero había que actuar para no echar a perder una acción
de guerra tan bella. Era necesario emplear pocos hombres para no
despertar sospechas, y así ordené a un oficial americano, sobrino
del general Bermúdez, que fuera con dos soldados y uno de los
prisioneros a apoderarse de aquellos cinco hombres, sin hacer fuego
ni permitir que ellos lo hicieran. El se negó inmediatamente a
hacerlo diciéndome que era imposible. Entonces, olvidando mi grado
y no viendo otra cosa que el buen éxito de la empresa, ordeno al
coronel Marcelin que se mantenga oculto y quieto en las
embarcaciones. Arrojo el casco y el uniforme, empuño mi sable y
después de escoger a dos bravos soldados a quienes les hice empuñar
solo el sable y llevar los brazos desnudos, dándole a cada uno de
los sombreros de paja de los prisioneros, entro en la pequeña
piragua y me pongo delante al prisionero, al cual le dije que si me
descubría podía estar seguro de que moriría. A mis dos secuaces les
ordené que se arrojaran inmediatamente sobre las armas reservándome
yo el cuidado de detener al centinela. Pero cual no fue nuestra
sorpresa cuando al acercarnos a la isla no vimos ninguna luz y sólo
oímos gritar cerca del agua "quien vive", a lo que respondí
inmediatamente Guatemala, pues este era el santo y seña. Se me
ordena avanzar y encuentro en una piragua cinco hombres con los
fusiles apuntados hacia nosotros, que en tono firme nos preguntan
quiénes somos y a dónde vamos. No me acobardo e inmediatamente
respondo que somos marineros huidos del brick de guerra de los
españoles que había sido atacado el día anterior por los
insurgentes, quienes después de un cañoneo de los más vivos lo
abordaron, y que nosotros nos salvamos en tierra; que no contentos
con su captura desembarcaron y tomaron también el fuerte de San
Pablo, por lo que en la confusión general nos pudimos salvar en un
pequeño esquife y llegar más muertos que vivos a la vigía, de donde
el sargento nos enviaba con Pedro (así se llamaba el prisionero que
llevaba delante de mí) para avisar en seguida al comandante del
castillo que mandara fuerzas a la vigía porque temía que también
fueran atacados. Cayeron en el engaño y me hicieron muchas
preguntas sobre el número y barcos de los insurgentes y después nos
ordenaron que los siguiéramos a donde el comandante. Ya nos
dirigíamos en nuestras piraguas hacia el castillo cuando, después
de dejarle coger una pequeña delantera a la piragua enemiga, pude
indicarles a mis dos compañeros que trataría de acercármele y que
apenas estuviéramos cerca eliminaran a los que la ocupaban. En
efecto supliqué que anduvieran un poco más despacio porque
estábamos muy cansados y apenas nos emparejamos pedí un cigarro y
un poco de fuego. Dos soldados acudieron a servirme y, poniéndonos
nosotros de pie como un rayo, les dimos fuertes y repetidos golpes
que los hicieron arrojarse rápidamente al agua de donde los sacamos
heridos y los obligamos a subir de nuevo a la piragua y a callar.
Por ellos supimos que a media noche debía venir otra piragua con
cinco hombres para relevarlos, y que lo mismo se hacia al amanecer,
a medio día y al caer el sol, a causa del temor que tenían de que
los patriotas se introdujeran en San Felipe. No eran todavía las
once de la noche, de modo que retrocedí y encontré mi columna con
'la cual, a remos forzados, nos acercamos al castillo, ya que
ningún tropiezo podíamos encontrar hasta la media noche, hora en la
cual ya estábamos frente a la punta en la que se asientan el
reducto, el fuerte y la población. Lo divisábamos perfectamente y
sentíamos hasta la tos de un centinela. No tardó mucho en verse una
luz que venía del reducto hacia la playa y en seguida se oyó el
ruido de los canaletes de la piragua que iba a la isleta a relevar
a los que teníamos heridos en nuestro poder. Favorecidos por la
sombra que a la luz de la luna arrojaban sobre las aguas. los
rastrojos de la orilla, pasamos en silencio frente al puerto y a
alguna distancia de él atravesamos el golfo Dulce y fuimos a
desembarcar a espaldas del pueblo. Apenas bajamos a tierra nos
dividimos en dos columnas, una dirigida al castillo, la otra al
reducto, la primera comandada por el coronel Marcelin, la segunda
por el mayor Cambessedes. Una vez que los despaché a su destino me
dirigí a la plaza con cuatro hombres, a la casa del comandante, que
era un viejo capitán Quesada. La puerta estaba abierta y una
lámpara iluminaba el patio. El ladrido de los perros despertó a su
ordenaza, que se acercaba a la puerta en camisa cuando yo con una
mano le hice señal de que callara y con la otra le apunté el sable
al pecho. Entré en la antecámara del comandante y allí esperé al
primer ruido producido por alguna de las dos columnas para
despertarlo. En efecto no tardó mucho en que se oyeran varios tiros
de fusil y algún grito. Entonces invité al señor comandante a que
se levantara, manifestándole que era mi prisionero. Obedeció
inmediatamente y yo, después de entregárselo a mis soldados, me
dirigí hacia las fortificaciones que estaban ya en nuestro poder.
Había dejado un oficial con un pelotón en el lugar del embarcadero
para que ninguno de los habitantes pudiera huir con las piraguas
por el golfo Dulce. Puse al seguro inmediatamente a los prisioneros
y envié patrullas al pueblo, del cual no huyó ninguno, excepto un
ayudante que se escondió en el bosque y que después de pocos días
vino a rendirse. La piragua que había ido a relevar el puesto de la
isleta regresó para advertir que no había encontrado a los
compañeros, pero fueron ellos los que quedaron maravillados al
encontrar al enemigo en el reducto. Al amanecer envié a tres
hombres para darle la noticia al comandante Courtois, el cual había
hecho saltar el reducto de San Pablo y había venido a anclar en la
desembocadura del río San Felipe. Se envió inmediatamente la goleta
que se había tornado a los españoles, que era muy rápida, para dar
cuenta al general Aury del éxito de la expedición y de la necesidad
de nuevos refuerzos para mantenernos en el lugar. Pero él ya había
provisto a ello y había enviado otras tropas con el secretario
general Perú de La Croix, provisto de plenos poderes para tratar el
asunto con los republicanos de Guatemala. En virtud de estas
disposiciones a los cuatro días fuimos reforzados por nuestros
compañeros y supimos que en la fortaleza de Omoa no ondeaba ya la
bandera española sino una blanca con una lista roja. Con esta
noticia el secretario general se dirigió allá inmediatamente a
tratar de la cesión de San Felipe con tal de que le fueran
compensados a la república de Buenos Aires los gastos de las dos
expediciones que había hecho para promover la libertad en la
provincia de Honduras. Firmado y ratificado el tratado fui
reemplazado por los nuevos republicanos y embarcándome con los míos
me dirigí a la antigua Providencia, mientras Perú de La Croix se
hacía a la vela para Cartagena, donde estaba nuestro ministro en
espera del resultado de la nueva expedición. El general Aury se
encontraba con Ferrari en Porto Belo, junto con el general
colombiano Carreño, que más tarde fue gobernador de Panamá, por
haber el general español Santacruz firmado un tratado con él y
entregado la provincia, y fue entonces cuando tuvo noticia de
nuestro feliz éxito, que lo colmó de júbilo.
Al mismo tiempo gracias a las afortunadas operaciones de
Bolívar, la república de Colombia había hecho grandes progresos,
limpiando de españoles todas las plazas, menos la de Puerto
Cabello, pues el general Sucre
(20)
, que
había sustituido a Valdés en el mando del ejército del sur, había
tomado a Popayán y Pasto y, después de libertar a Quito, se movía
sobre Guayaquil, mientras que los generales Páez y Soublette
después de libertar a toda Venezuela, hablan entrado triunfantes en
Caracas obligando al español Morales, que había reemplazado en el
comando del ejército al general Latorre
(21)
después del armisticio, y había sido derrotado en Carabobo, a
encerrarse en Puerto Cabello con los pocos restos de la soberbia
expedición de Morillo. No tardó mucho en que también él tuviera que
capitular y contentarse con ser llevado a las costas de la isla de
Cuba.
La toma de San Felipe, de Omoa y de Santo Tomás, únicos lugares
por donde el gobernador español de Guatemala podía escaparse, hizo
que él mismo ayudara a la revolución y en Guatemala se proclamó la
independencia poco después de que nosotros nos habíamos hecho
dueños de San Felipe. Nuestra expedición, pues, además de haber
instigado parte de aquellas provincias a conseguir la libertad sin
derramamiento de sangre, había hecho honor a las armas bonaerenses
y había compensado a aquella república de los gastos de dos
expediciones realizadas no directamente en favor de Colombia, sino
de los pueblos que ahora se conocen bajo el nombre de Provincias
Unidas de la República del Centro.
Al llegar a Providencia encontré que el general había caído de
un caballo y no estaba muy bien. No habían pasado seis días cuando
lo vi expirar en mis brazos entre los lamentos de su amante, de una
esclava y de otra mujer que lo hospedaba. La pérdida de este hombre
era irreparable, y nuestra situación era de las más críticas,
porque los soldados pedían su paga y otro tanto hacían los
marineros. Cerca de tres años habían corrido sin que se me hubiera
dado un solo centavo a título de paga, por lo cual podía recelarme
de alguna revolución, tanto más que el comodoro de la marina se
encontraba arrestado por un acto de insubordinación y que este
hombre podía sublevar a todos los marineros, de quienes era
ciertamente muy apreciado como su capitán y jefe. Escribí
inmediatamente a Ferrari, quien comandaba el fuerte Libertad, que
estuviera en guardia y que no dejara salir ningún barco sin orden
mía. Avisé inmediatamente a las autoridades civiles y militares y
al comandante de la plaza, y por medio de un ayudante de campo
invité al comodoro de marina a presentarse en el cuartel general.
Aquella noche la consternación fue universal y a la mañana
siguiente no se pensó sino en rendir al difunto los últimos
honores, bien merecidos por su fama y su coraje. Este hombre
(22)
de cuarenta años de edad, de mediana
estatura, de buena complexión, de espaldas anchas, con cabellos
negros y cejas enarcadas, ojos negros, grandes patillas y bigote,
tenía un corazón dulce, sentimientos nobles y elevados. Amante del
bello sexo, no perdía sin embargo de vista los fines que se
proponía, para obtener los cuales no lo intimidaban desgracias,
adversidades, peligros, ni obstáculos de ninguna clase, antes
parecía que mientras más obstáculos se le oponían, más persistía en
vencerlos y superarlos. Era de gran coraje y de sangre fría, amaba
a sus soldados, y era familiar con los oficiales; dormía poco y
maduraba sus planes, que eran parte de sus ideas, paseando
continuamente. Ambicionaba adquirir fama y era desinteresado y muy
amigo de recompensar a los demás. Se hubiera sentido pagado si
hubiera obtenido el título de libertador de Cundinamarca y si le
hubieran dado el mando de la escuadra de Colombia en la base de
Cartagena, pero tenía como rival al almirante Brión, que murió
pocos días antes en su patria, en la isla de Curazao, a donde había
ido a desahogar su pesar, después de haber sido privado del mando
de la marina y de haber caído en desgracia de Bolívar
(23)
.
Si entonces hubiera vivido Aury, quien sabe si el Libertador, en
vista de su constancia, no lo hubiera acogido en su gracia,
devolviéndole aquella amistad y estimación que tenía por él. Sus
cenizas fueron puestas en un mausoleo erigido en medio del fuerte
Libertad, con una inscripción francesa en la que se recordaban sus
talentos, sus virtudes, su coraje, sus desgracias y sus
empresas.
Después de sellar todos sus papeles, efectos y archivo
particular, se pensó en nombrar un consejo que asistiera al
gobernador en el desempeño de todas las obligaciones que se le
venían encima con la muerte del general en jefe. Mientras llegaban
ulteriores disposiciones de Cartagena, donde estaban el ministro y
el secretario general, se abrió su testamento, y nos encontramos
con que ya no había ejecutores testamentarios, pues el uno era un
sobrino suyo, ya fallecido, y el otro un negociante que vivía en
Luisiana; por lo cual, reunido un consejo de sus más íntimos amigos
y de las autoridades, nos nombraron de oficio al comandante
Courtois y a mí, y nosotros procuramos desempeñar nuestras
respectivas funciones con la actividad y honradez que se debían a
nuestro jefe y nuestro amigo. Se nombró una comisión para liquidar
las cuentas entre Aury y los soldados y marineros, entre el general
y la pequeña república de Buenos Aires. Mientras esto se hacía en
Providencia, se escribió oficialmente al Almirante francés del
puesto de Martinica, al Almirante y Gobernador inglés de Jamaica,
al Presidente Boyer en la isla de Santo Domingo y a Bolívar en
Colombia, y se envió expresamente un oficial a este último país
para que pusiera todos los despachos en manos del ministro,
interesándolo para que viniera prontamente. En un principio la
Providencia parecía el caos, porque todos querían gobernar y
ninguno obedecía. Se temía una revuelta de los marineros y de las
tropas para huir con los barcos y entregar al saqueo la ciudad y
las habitaciones. Fueron aquellos días de gran trabajo para mí, que
llevaba el peso de jefe de Estado Mayor, de proveedor general y de
ejecutor testamentario. Sin embargo con mucha resolución, destreza
y presencia de espíritu supe conducir todo de modo que la paz y la
tranquilidad tornaron a la isla. La venida del ministro y del
secretario general salvó todo, porque tenían una suma cobrada en
Colombia para pagar a las tropas y a los marineros. Fue este el
momento en el que Ferrari y yo nos encontramos dueños de una suma,
para nosotros militares respetable, si se considera que nuestras
pagas sobrepasaban los cien escudos mensuales. Muerto Aury a quien
tanto queríamos y sabiendo que la división partiría para Buenos
Aires, ya que por momentos se esperaba a las fuerzas colombianas
que tomarían posesión de la isla, pensamos en pedir la dimisión,
que nos fue acordada a los dos, pero después de muchas súplicas y
recomendaciones, alegando yo la excusa de que tenía que dar cuenta
a los herederos de Aury de lo que le quedaba debiendo el gobierno,
que ascendía a 44 mil escudos, y el compañero que necesitaba
restablecerse de una enfermedad de pecho que sufría desde hacía
algún tiempo.
Nuestra partida fue sentida por todos y de ello nos dieron
prueba cuando nos embarcamos. Los habitantes acudían a auguramos
buen viaje, los marineros desde sus barcos nos saludaban con las
banderas y con salvas de artillería, los fuertes hacían otro tanto,
mientras que muchos oficiales en pequeñas barcas nos acompañaban a
bordo, donde habíamos cargado una cantidad de géneros coloniales
comprados en la isla, por los cuales no habíamos pagado ningún
derecho de aduana, y en esta forma habíamos empleado casi todo
nuestro dinero para comenzar desde este momento a pasar de la vida
de militares a la de negociantes.
N. B. Todo se deduce de la hoja de servicios, de la carta de
dimisión firmada por el gobernador Faiquere a 29 de mayo de 1821 y
del pasaporte de la misma fecha del Comandante gobernador,
|
(1)
|
Se llama Costa de Mosquitos a la parte de Nicaragua que mira al
Caribe.
Los mosquitos o moscos constituyen el grupo humano más
numeroso, unos 8.000 hombres, en gran parte mezclados con negros. A
mediados del siglo XIX Inglaterra habla creado allí un reino
fantasma, que desapareció cuando en 1894 Nicaragua decretó la
anexión de la "reserva" de Mosquitos. La capital es
Bluefields.
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(2)
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La palma, o mejor diversas variedades de palmas, el agave y el
ananás tienen hojas que dan fibras textiles. No es fácil decir a
cual de estas plantas se refiere. Pero como dice que es parecida al
ananás, puede que sea una variedad de la misma; las bromeliáceas, a
las cuales pertenece el ananás, son machas; hay la
B.
karatas y la
B.
silvestris, que producen
fibras bastas.
|
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(3)
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En otra parte explica Codazzi como se hace para quitarle el
veneno a la yuca amarga. Aquí se refiere al pan que se fabrica con
sus raíces; y en su Resumen (p. 180181) dice que el
casabe
son unas "tortas de
3/4 de libra de peso" que se cuecen al
fuego y se dejan secar al sol.
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|
(4)
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Queda en Panamá, un poco al este de Colón, sobre el
Caribe.
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(5)
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También en el Alto Amazonas -refiere Ratzel
(El hombre u las
razas, vol. 1, p. 586)- se aturde a los peces con hojas de una
Taullinia y de una Jacquinia. Quizá a esta última familia
pertenezca la planta
hiavan.
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|
(6)
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Como se ha dicho Inglaterra habla tratado desde el 700 de
extender su autoridad sobre Mosquitia; y para colmo en el siglo XIX
creó un reino fantasma. Este rey, coronado en Bélice y llevado a
Bluefields bajo la protección de la bandera inglesa, no duró mucho.
Pero entre los historiadores no hay pleno acuerdo, pues algunos
dicen que fue a mediados del siglo cuando fue coronado este rey y
otros que después de 1824. Me parece que la noticia que da Codazzi
corta toda duda; en 1821 ya debía existir esta sombra de rey y
quizá su nombre no es otra cosa que la repetición del nombre del
monarca inglés (Jorge III 1820, Jorge IV 1880), que se le dio
aposta para acrecentar la autoridad de dicho rey.
|
|
(7)
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En otra parte se ha hablado de esta planta, la yuca amarga, y
del pan o torta que se saca de ella. El pan se llama casabe (v.
Ratzel,
Las razas humanas, vol. 1, p. 590).
|
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(8)
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Ratzel dice que la chicha se saca del vino de manzanas y a su
vez denomina aloja a la cerveza de quinua.
|
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(9)
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"De la semilla de esta planta -el maíz-" hace el indígena sus
bebidas espirituosas, fermentando el maíz y endulzándole con el
jugo de la caña de azúcar. Los criollos también' hacen lo que
llaman
curato, bebida muy agradable, de que se usa como
horchata". Codazzi en su Resumen, p. 128.
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(10)
|
El guarapo es el zumo crudo de la caña de azúcar, mezclado con
agua y fermentado en un gran recipiente de barro.
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(11)
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Entre septiembre y noviembre de 1821 tienen lugar la rendición
de Cumaná y la de Cartagena, mientras Panamá pasa espontáneamente a
formar parte de Colombia.
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(12)
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Sabanilla, cuya infortunada situación detrás de una punta
arenosa ha hecho que sea abandonada. Puerto Colombia la ha
sustituido y allí llegan todos los grandes buques. [También Puerto
Colombia ha sido cegado por la arena y ahora los grandes vapores
llegan directamente al puerto fluvial y marítimo de Barranquilla,
entrando por las Bocas de Ceniza. Nota del traductor].
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(13)
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Esta sobre la orilla meridional del golfo de Honduras, al
occidente de Puerto Cortés.
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(14)
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Punta entre Honduras y Nicaragua, cerca de la desembocadura del
río Coco o Segovia.
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(15)
|
La antigua Valladolid, fundada por Alonso Cáceres en 1540,
situada casi en medio de los dos océanos. Está cerca de la orilla
del río Humuya. Fue capital de Honduras.
|
|
(16)
|
Véase la nota 18 de este capítulo.
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| (17)
|
La bahía de Santo Tomás se abre al fondo del golfo de Honduras,
cerca del río San Felipe, un poco al este del mismo.
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(18)
|
Seguramente se trata de la pequeña península trifurcada que
avanza hacia el N.O. cerrando y resguardando la ensenada de Santo
Tomás.
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(19)
|
Este nombre ya ha sido mencionado varias veces y lo será
todavía en este capitulo.
Courtois fue el que asumió el mando de la flota de Aury después de
que esta perdió a su jefe, es quien lleva a Venezuela las milicias
que hasta entonces habían hecho una guerra de piratería y obtiene
que sean incorporadas en el ejército colombiano, lo mismo que la
flota. Apenas había entrado al servicio de Colombia cuando su
compañero de armas Perú de la Croix (17801887) difundió contra él
hojas difamatorias, que le valieron un juicio de prensa que se
ventiló en Colombia. El de la Croix murió suicida.
|
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(20)
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Observamos algunas inexactitudes en el relato de Codazzi y por
ello referimos brevemente los mismos hechos. Desde 1820 -después de
la batalla de Boyacá- Popayán y Guayaquil se habían sublevado, pero
sus esfuerzos por apoderarse de Quito y Pasto fallaron. Sucre,
lugarteniente de Bolívar, enviado en socorro de Quito, no tuvo al
principio mayor fortuna, pero después, desbaratados los españoles
en Pichincha (24 de mayo de 1822), entró a la ciudad y la hizo
votar la unión con Colombia.
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|
(21)
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También en estos detalles hay desacuerdo entre los
historiadores, así que señalaremos estas pequeñas diferencias.
Morales (Francisco Tomás 17811844), que había sucedido a Latorre en
el mando del ejército de Venezuela, conquistó a Maracaibo en 1822,
pero no logró conservar la ciudad y fue obligado a capitular el 8
de agosto del mismo año.
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(22)
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Luis Aury es apellidado el corsario, o el filibustero; francés,
parece que nació, según lo que refiere Codazzi, en 1781; murió en
Vieja Providencia el 6 de mayo de 1821; alguien da otra fecha.
Aparece por primera vez en 1815. La prueba con la que debuta es la
ocupación de la isla Amelia, después se le conoce siempre como
oficial al servicio de Colombia. Aquí y allá, en escritores de
diversas nacionalidades -especialmente ingleses y españoles- se
encuentra el nombre de Aury, y alguna vez acompañado de palabras
honoríficas. Por ejemplo Barnett (Eduard Barnett
,
The
west lndia Pilots, vol. 1, p. 277) lo llama "capitán de mérito
en la guerra de la independencia".
Véase la nota 109, p. 505506 del ya citado libro de Schumacher y
las observaciones hechas en las notas introductorias a estas
"Memorias".
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(23)
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También Brión muere en el mismo año y muere sin dejar con qué
ser enterrado y después de haber sacrificado toda su fortuna al
movimiento revolucionario.
Estos dos hombres -Aury y Brión- se encontraron uno frente a otro;
éste, en una obediencia ciega a Bolívar, mostró poca simpatía por
el otro, que no gozaba de la simpatía del Libertador; por tanto no
se entendieron ni sumaron sus esfuerzos. El uno actuó valerosamente
lejos del otro, que, aunque no le igualó en el valor y en la
fortuna, no le fue inferior ni en la fidelidad ni ea el
patriotismo. Y Bolívar no apreció a Aury ni supo después estimar en
su justo valor el sacrificio de Brión.
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