INDICE





CAPÍTULO I
Los primeros años — Sus estudios en Lugo — Voluntario del ejército italiano — Hechos de armas — Deja la vida militar.

CAPÍTULO II
En Constantinopla: de aquí va por varios países al báltico y después a Ho­landa — Va a América del Norte — A sueldo, combate a favor de los in­surgentes en el mar de las Antillas — (Sus Memorias) — Precioso conte­nido de estas — Regresa a Italia — En soci

CAPÍTULO III
Regresa a América — 24 de mayo de 1826 — Comandante de artillería — Jefe de Estado Mayor — Se ocupa en la geografía estadística y en el Atlas de Venezuela — A París.

CAPÍTULO IV
La obra geográfica y cartográfica sobre la República de Venezuela.

CAPÍTULO V
Funda la Colonia Tobar — Gobierna la provincia de Barinas.

CAPÍTULO VI
De la República de Venezuela a la de Colombia — Comandante de la Escuela Militar — Iniciación de sus actividades en Colombia —La cuestión del Canal — Su muerte.

CAPÍTULO VII
Memorias Póstumas de Constante Ferrari y de Agustín Codazzi.

CAPÍTULO VIII
Juicio sobre Agustín Codazzi.

CAPÍTULO IX
Llegada a San Blas — datos sobre aquellos indígenas — Partida para el Golfo del Darién y entrada al río Atrato — Descripción del clima, producciones, animales e insectos que se encuentran en el río Atrato — Llegada a la capital del Chocó, noticias sobre l

CAPÍTULO X
Llegada a Santafé de Bogotá y acogida que tuve — Continuación de la campaña de Bolívar después de la toma de Angostura — Expedición de Morillo a Margarita y sorpresa de Calabozo — Bolívar derrotado cerca de Valencia y refugiado en los llanos — Su atrevida

CAPÍTULO XI
Estado de Providencia a mi regreso y de las fuerzas listas para partir, expedición de Ferrari al desaguadero del río San Juan en Nicaragua. Partida de la división para el Chocó. Rendición en Candelaria de una flotilla española. marcha por el Atrato y derr

CAPÍTULO XII
Viaje del general Aury a Santafé por el Magdalena — Descripción del cli­ma, usos y costumbres de estos habitantes, producciones, animales, etc., de estos lugares — Promulgación del armisticio y estado de las fuerzas armadas — Llegada de Bolívar a Santafé

CAPÍTULO XIII
Climas, usos y costumbres de los indios mosquitos y nuestra permanencia entre ellos —Llegada a Providencia y a Cartagena — Capitulación de aquella plaza — Se me confía una expedición para apoderarnos de Omoa y del castillo de San Felipe — Partida en un pe

CAPÍTULO XIV
Llegada a Santo Tomás y su descripción — Partida para la Valija — Comercio en Comayagua y Jamaica — Partida para el Chocó y riesgo corrido — Arribo a la Valija y expedición de mercancías a Trujillo — Pérdida de las mismas — Nuevo comercio en cl golfo Dulc

APÉNDICE
- XI -
 
 

Estado de Providencia a mi regreso y de las fuerzas listas para partir, expedición de Ferrari al desaguadero del río San Juan en Nicaragua. Partida de la división para el Chocó. Rendición en Candelaria de una flotilla española. marcha por el Atrato y derrota de los españoles en el fuerte. Combate de Nóvita. Retirada de Morales. Ferrari es enviado como comandante del fuerte de Providencia. Entrada de la división en el Valle del Cauca. Travesía del Quindío y descenso por el Magdalena hasta Honda. Mi partida a Santafé y retorno a Providencia por el Chocó. La Flota parte para Tolú y se concentra en Sabanilla con los colombianos, con los cuales se toma a Santa Marta.
 


(De la página 270 a la página 296)

Encontré a providencia muy distinta de lo que la había dejado, ya que se había formado una pequeña ciudad con el nombre de Isabela, donde vivían las mujeres que todos los oficiales del mar y de tierra se habían buscado en Jamaica y santo Domingo, todas mulatas, jóvenes y bien presentadas (1). El cuartel general había sido trasladado a una colina que miraba al puerto y que daba sobre la ciudad. Se habían hecho una iglesia y un hospital y todo estaba construido con casas de madera de un solo piso, mandadas traer expresamente de los Estados Unidos en piezas que se ensamblan entre sí, de modo que en pocos días quedaba hecha una habitación hermosa y cómoda donde antes todo era desierto. El fuerte Libertad estaba terminado y mucho había cooperado a ello el comandante Ferrari, que estaba allí de guarnición con su batallón. Un cuerpo de guías con buenos caballos formaba un pequeño escuadrón al mando del Coronel Marcelin. Otros dos batallones de tropas bien organizadas se hallaban en los Campos Americanos bajo las órdenes de Cambassades y Garbons. Una compañía de cañoneros y otra de obreros y de escolta formaban el cuerpo de artillería, comandado por el coronel Valy, y todos los habitantes y artesanos, que habían acudido en gran número a este establecimiento, formaban compañías nacionales bajo las inmediatas órdenes del comandante de la plaza coronel Grenier. La marina estaba toda bien armada y equipada y constaba de la corbeta el Congreso, los bricks Marte, Tribuno, Espartano, Neptuno, Amazonas y Belona, de la goleta La Guerrera, el Cazador, la Atrevida, la Falucha, la Serpiente y el bote el Terrible, divididos en dos escuadras bajo las órdenes de los comandantes Courtois y Henry (2) ; el jefe de Estado Mayor para la marina era Dowater. Todo estaba ,listo para partir, pero enterados de las dificultades que se encontraban en la navegación del Atrato, tanto a causa de las continuas lluvias y mal clima como por la longitud y rapidez del río, se decidió conseguir las canoas necesarias para no desguarnecer de sus esquifes y chalupas a los barcos de guerra, y para no exponer a fatigas insoportables a nuestros marineros y soldados se determinó conseguir indios sujetos a los españoles y prácticos en semejante navegación. De hecho se ordenó inmediatamente una expedición sobre el río San Juan de Nicaragua, dicho el Desaguadero, para tomar allí lo necesario (3) .

El comandante Courtois partió con tres barcos y Ferrari con su batallón. Llevaban en su compañía la pequeña goleta inglesa que me había conducido al Darién, la que sirvió mucho en esta operación, ya que Ferrari disfrazado con veinte hombres se metió con ella en el puerto que forma la desembocadura del Desaguadero, con la bandera inglesa. Un sargento vino a bordo con tres hombres y al momento se apoderaron de ellos y Ferrari, con doce hombres bien decididos y con el sargento, se dirigió a tierra en la lancha de la goleta, hacia el punto donde estaba el puesto de guardia de la vigía, la cual, viendo venir a su sargento y no sospechando por otra parte nada de un pequeño barco mercante inglés, creyó que eran el capitán y los marineros que venían a tierra, de modo que sin tomar las armas corrieron todos a la playa, curiosos de saber noticias, donde, saltando de improviso a tierra con las armas escondidas, los amenazaron de muerte si se movían. Sorprendidos en esta forma no pudieron huir y fueron enviados a bordo prisioneros en número de veinte. Hacia la tarde llegaron al puerto los' dos barcos de guerra comandados por Courtois y a la mañana siguiente, con las mismas piraguas de la vigía y las lanchas de los barcos, se dirigió Ferrari con sus soldados hacia una segunda vigía diez millas río arriba. Penosa fue la navegación porque debían subir contra una impetuosa corriente, por lo que se empleó todo el día y una parte de la noche. Esperaron en un bosque vecino devorados por los insectos, que aquí abundan como en el Atrato, y al despuntar el día sorprendieron a los españoles y se apoderaron de todo el puesto, formado por un oficial, treinta soldados y muchas canoas. Habiendo obtenido mi compañero las informaciones necesarias y puesto en seguridad a los prisioneros, a los que envió amarrados a bordo de los barcos, con los guías de este mismo puesto avanzó más de quince millas hasta la última vigía, comandada por un capitán con cincuenta hombres. Navegó diligentemente todo el día y la noche, llevando siempre a buena distancia por delante una pequeña piragua para descubrir a los que pudieran descender, y antes de que amaneciera la encontró, es más, había pasado adelante de la vigía, de lo que se dio cuenta solo por la mañana al sonido de los tambores que tocaban la diana. Atravesó al, momento el río y a favor de la corriente se precipitó sobre ellos en el momento en que pasaban lista. La sorpresa fue tan grande que no tuvieron tiempo de hacer fuego y quedaron todos prisioneros. Sorprendidos con tan 'buena fortuna estos puestos avanzados, hubiera podido también intentar la captura del fuerte de San Carlos, que distaba poco más de veinte millas, pero allí había altos muros, buena artillería y mucha guarnición, por lo que le pareció a Ferrari que ya había ultrapasado las instrucciones y descendió el río con una gran cantidad de canoas que encontró en todos aquellos puestos y desviando por un ramal del río entre la segunda y la tercera vigía, navegó durante medio día y llegó a una población indígena, cuyos habitantes se dieron a la fuga dejando unos. pocos prisioneros, los cuales condujo consigo junto con todas las canoas de aquella población. Regresó cargado con todas estas pequeñas embarcaciones y con más de cien prisioneros. Las primeras se cargaron sobre los barcos una sobre otra y algunas se llevaron a remolque, con lo que los barcos quedaron tan ocupados que nadie se podía mover. También los prisioneros fueron embarcados y se hizo a la vela para Providencia, donde fueron acogidos con gran júbilo y alegría.

Mientras se realizaba esta hermosa operación en el río San Juan, una goleta se dirigía a toda vela a Jamaica para dar cuenta al ministro de mi misión, de las medidas que habían sido tomadas por el general para poder ejecutar su encargo y de que solo se esperaba su aprobación, que no tardó en llegar, ratificando en todas su partes las acertadas disposiciones del general en jefe, quien por una orden del día anunció nuestra entrada en campaña y sobre el continente de la nueva República de Colombia (3 bis) . Los obreros de todos los barcos trabajaban e instalaban pequeños cañones en las proas de las canoas más grandes, que fueron distribuidas entre los diferentes barcos, en los cuales se cargaron provisiones de guerra y de boca. Se distribuyeron también entre ellos los prisioneros y los soldados de la división, todos menos una pequeña guarnición que quedó en la isla con el gobernador Faiquer y el coronel Grenier, dejando también en tierra los caballos, a los que no había modo de conducir por el río Atrato. Entre los gritos de júbilo de los soldados y marineros y las salvas de artillería dé los fuertes y de los barcos, a velas llenas, salió la hermosa división, que iba con el ansia de batirse con el enemigo. En pocos días llegamos al golfo del Darién y procuramos entrar de noche para no ser vistos. La flota ancló entre la isla de Oro (4) y la costa india, deshabitada y cubierta de espesas selvas, donde la vigía no nos podía divisar. Apenas amaneció bajé con una piragua al río Titumate, donde habitaba un indio conocido mío, el cual me informó que hacía dos días que muchos pequeños barcos españoles habían entrado en la bahía de Candelaria y que creía se dirigían sobre Citará. A esta noticia lo conduje conmigo a donde el general, el cual me ordenó dirigirme con 20 hombres escogidos de buena voluntad para que me apoderara de la vigía misma y que al alba del día siguiente atacaría él a los españoles; en efecto partí inmediatamente costeando siempre la larga isla, porque en e] Atrato no se puede navegar y entrar sino por el brazo de Barbacoas (5) . Después de almuerzo me detuve porque descubrí la flotilla española anclada en la bahía de la Candelaria y al oscurecer pasé a lo largo de ella y entré en el brazo de Barbacoas. El fuego me indicaba el lugar de la vigía, la oscuridad y la lluvia me ayudaron enormemente, de modo que desembarcando silenciosamente en la pequeña isla, detuve al centinela y, colocándome a la puerta del cuerpo de guardia, les declaré que todos eran mis prisioneros. Los fusiles de los míos prontos a hacer fuego, la sorpresa y el sueño de la mayor parte, los hicieron rendirse al momento. Fueron saliendo de dos en dos y a medida que salían los iban atando con bejucos a los árboles, porque eran superiores en número a los míos. Por el oficial supe que el general republicano Valdés se había apoderado de la provincia del Chocó (6) y que ahora era gobernada por el coronel patriota Cancino, por lo cual una expedición enviada de Cartagena había salido el día antes río arriba para reconquistar el fuerte y a Citará, y de allí reunirse con Morales, quien desde las montañas de Popayán debía bajar y expulsar a los republicanos de toda la provincia y de todo el valle del Cauca (7) . Quedé sorprendido con esta noticia y me di cuenta de lo interesante que era mi posición para que no pudiese llegar ningún aviso a los españoles, pero temía por el poco número de los míos; sin embargo me fiaba del pequeño cañón de mi canoa, del cual, puesto en tierra, esperaba una gran ventaja en caso necesario. Advertí a los prisioneros que al primero que se moviese del lugar donde estaba o tratase 'de huir serían todos pasados a la bayoneta. Al primer resplandor del alba hice sonar la diana española como de costumbre, la que fue repetida por los barcos enemigos y por un tiro de cañón, y todo esto anunció a Aury el lugar en donde estábamos anclados. Este dividió los barcos en tres columnas y con un viento fresco y favorable rodeó desde lejos la Candelaria. La sorpresa de los españoles fue pues completa; querían defenderse y se confundían, de modo que a los primeros golpes de cañón todos se arrojaron a los botes para salvarse en la vigía. Pero el general, que había previsto esta fuga, hizo señas a los barcos más ligeros para que les cortaran la retirada y, viéndose perdidos, se entraron por un brazo del Atrato donde quedaron encallados en la arena. Algunos llegaron a la vigía, pero recibidos con disparos de cañón y con un fuego vivo, izaron pañuelos blancos y se rindieron a una goleta que los perseguía. Ni uno siquiera se salvó para dar la noticia de su derrota y de nuestra llegada, ni a Cartagena ni a los que estaban en el Atrato. Algunos habían huido a las pequeñas islas que forma el río, pero privados de embarcaciones vinieron por si mismos a rendirse. Seis goletas y un brick formaban la pequeña flotilla española, bien armada y provista de víveres, pero con pocos marineros. La vigía parecía un arsenal, ya que se estaban acomodando las canoas con pequeñas cabañas cubiertas de hojas de ranchera que buscábamos en la otra orilla; de modo que al día siguiente todo estaba listo con víveres, pequeños cañones y las necesarias municiones; éramos seiscientos hombres de desembarco y cien prisioneros de Nicaragua para conducir las cuarenta canoas, diez de ellas amadas con pequeñas piezas de artillería. Se dividió todo en tres columnas, una a órdenes de Ferrari, otra a las de VaIz y la otra a las de Marcelin; yo con unas canoas pequeñas y ligeras iba de vanguardia y servía de guía principal. Como práctico del río iba a buena distancia de la división para descubrir antes que ellos al enemigo. Los marineros quedaron de guardia en la vigía y, puestos a buen recaudo los prisioneros españoles y asegurados los barcos con doble anda, se armaron de paciencia en este lugar de soledad y de lluvia; mantenían sin embargo un barco de atalaya en la isla del Oro y otro en la otra orilla del golfo, para no ser sorprendidos en la misma forma en que ellos habían sorprendido a los españoles. La lluvia, los truenos, el zumbido de los insectos, los chillidos de los animales y de las fieras, fueron la música que no cesó un minuto durante ocho largos días. Me apoderé sin estrépito de la segunda vigía, porque estaba al tanto del santo y seña, que había encontrado en la primera. Así al noveno día nos acercamos al fuerte, donde sentíamos disparos de cañón de una violencia desacostumbrada. Habiendo llegado finalmente a una vuelta desde donde se podía observar el fuerte y a los españoles, subimos con el general a un árbol y observamos con los anteojos de larga vista las posiciones de los españoles, que estaban sobre la orilla derecha, a un tiro de cañón del fuerte, con cuatro lanchas cañoneras armadas con piezas de grueso calibre, con las que trataban de llenar de pavor a los inexpertos cañoneros republicanos, quienes con un fuego no muy vivo y mal dirigido respondían al enemigo. Se decidió esperar hasta el día siguiente al amanecer para atacarlos, porque la oscuridad de la no, che podía volver fatal para nosotros la sorpresa que se les debía dar a los españoles por la espalda. Caminamos en silencio durante la noche y cuando creí que estábamos cerca del enemigo (que por temor no tenía ningún fuego encendido que pudiese servir de señal del acampamento) me detuve y fui alcanzado por el general con toda la división. Aquí esperamos pacientemente hasta la llegada del alba, que fue anunciada con cuatro tiros de cañón y con una bellísima diana.

Entonces todas nuestras canoas se movieron a toda marcha, sin temor de ser vistas por el enemigo, porque una densa niebla, común en estos lugares, las envolvían en su oscuridad. No habían alcanzado a terminar su diana cuando nosotros comenzamos la nuestra al son de cañones y de mosquetería, saltando inmediatamente a tierra y persiguiendo por todas partes al enemigo, el cual opuso resistencia, pero no pudo salvar la vida, que le fue negada por nuestros soldados sedientos de sangre y enardecidos por una contienda de solo media hora. Pocos fueron los sobrevivientes y ninguno pudo huir, porque aquellos solitarios e intransitables bosques no dejaban y los grandes pantanos no lo permitían. Esta sorpresa fue honrosa para Aury, en cuanto libraba la provincia del Chocó doblemente invadida por las tropas españolas, ya que el general Morales (8) , que se había refugiado en los Andes e impedía el paso para Popayán, descendió imprevistamente de los montes y en la noche sorprendió a los republicanos comandados por el general Valdés, acuartelado en Cali y en sus cercanías. Su bajada fue como la de un torrente que se precipita de las montañas y viene a inundar las llanuras. En la misma forma Morales invadió y saqueó todo el valle del Cauca y, como no debía ignorar que las tropas de Cartagena se dirigirían al Chocó, por la vía de Anserma se apoderó de Nóvita y estaba para caer sobre Citará, cuando el coronel Cancino, gobernador de esta ciudad, se dirigió con todas sus fuerzas al istmo de San Juan (9) para disputarle el paso. En este punto estaban las cosas cuando nosotros libertamos el fuerte y dejamos encerrados en él a los pocos sobrevivientes españoles, que pertenecían al regimiento de León comandado por Muñoz, y nos pusimos prontamente en marcha hacia la capital que nos acogió con gran fiesta y júbilo. No descansamos sino esa noche y al asomar el alba seguimos la marcha por el río Quibdó y con nuevos indios navegamos día y noche para llegar a tiempo de socorrer al coronel Cancino, que tenía noticia de nuestra marcha y nos espetaba con impaciencia.

Infinitas fueron las gracias que le dio a Aury y le aseguró que sin su venida hubiera estado a punto de perder la provincia que le había sido confiada. En efecto, el haberse sostenido en el fuerte de Citará no fue obra de los negros que lo guarnecían, sino de la resolución de un oficial piamontés llamado Salogal (9 bis) , que apuntaba él mismo las piezas e inspiraba coraje con su sangre fría a los que más temor tenían; seguramente si nos hubiéramos demorado un día más, probablemente este intrépido oficial hubiera sido víctima de su coraje, porque no había ninguno que lo secundara. Inmediatamente Aury y Cancino determinaron correr sobre Nóvita y atacar a Morales. En efecto, se embarcaron todas las tropas, descendimos por el San Juan y remontamos día y noche el Tamaná (10) hasta pocas millas antes de Nóvita, en donde desembarcó Cancino Con los suyos de madrugada y por senderos y derrumbaderos se dirigió a lo alto de un monte a espaldas de Nóvita, mientras que todas las piraguas comandadas por Aury deberían hacerse ver en la orilla opuesta, por el caserío de la Bodega, pasar adelante y hacer creer al enemigo que se quería desembarcar por la parte de arriba. En efecto las tropas estaban parte en la playa, parte sobre la montaña de Nóvita. Sin disparar un solo tiro, antes recibiendo los del enemigo, pasamos velozmente por frente a la Bodega amagando atravesar el río. El enemigo, que creyó que allí iban todas las fuerzas, bajó del monte y vino sobre la playa y los que la guardaban avanzaron a lo largo del río para impedir el desembarco. Pero habiéndolos dejado correr en esta forma más de una milla, de repente se oyó la fusilería que hacía el coronel Cancino sobre los españoles, con lo que repentinamente nos lanzamos al descenso, siguiendo la corriente que nos llevó en un momento a tierra en la orilla opuesta. Terrible hubiera sido el primer encuentro si los enemigos hubieran estado allí bien organizados para recibirnos; pero andaban como a la desbandada corriendo por aquellas ríspidas y boscosas orillas. Apenas descendían se organizaban los nuestros en columnas y con increíble disciplina avanzaban sobre el enemigo, él cual llenó de terror al encontrarse entre dos fuegos, se dirigió inmediatamente a una colina para no ser sacrificado sobre la playa. Ejecutaron rápidamente esta maniobra, porque si hubieran tardado un solos instante, estaban seguros de que una columna de los nuestros la hubiese ocupado y entonces no hubieran tenido modo de retirarse. La posición era inatacable, de manera que nosotros, dueños del caserío y de la ciudad, acampamos a las faldas del montecillo en el que estaba desplegado el enemigo. En la noche se avanzaron algunas columnas para ocupar las posiciones que lo dominaban, pero él se batió en retirada y se dirigió al lugar llamado Juntas. Lo perseguimos en seguida, pero con aquellas precauciones que requerían los montes, bosques e intrincados senderos de aquel camino, así que empleamos varios días y le dimos tiempo de fortificarse en Juntas. Había dejado descubierto el lugar y se había atrincherado en la orilla opuesta que queda cerca, entre esta y un brazo del río, protegida la izquierda por un bosque impenetrable, de modo que además de las trincheras su línea estaba protegida por el río. Apenas llegamos al lugar se examinó la posición del enemigo y al día siguiente al despuntar el alba se pasó inmediatamente el río por cuatro puntos aunque el agua nos llegaba hasta el pecho. El fuego del enemigo era vivo y los nuestros marchaban por entre el agua sin responder, resueltos a Vencer. Una vez llegados a la playa el fuego se redobló, pero los nuestros, que soportaban mal la fusilería enemiga, se arrojaron como tigres sobre las trincheras, que en momento fueron nuestras. El enemigo se retiró en buen orden y lo favorecía en su retirada un terreno montañoso, lleno de precipicios, cubierto de horribles selvas que se vuelven impracticables por la gran cantidad de bejucos. Los perseguimos hasta la cima de un monte, pero para subir a otro que lo dominaba no habla otro medio que un camino bordeado por horrendos precipicios que infunden temor. Colocado militarmente el enemigo en el acceso superior de este monte podía solo con piedras impedir a cualquier ejército pasar adelante. Por consiguiente tuvimos que contentarnos con acampar y fortificamos en los alrededores para esperar que con el tiempo se retirara. Fue aquí donde nos llegó la noticia, traída por un chasqui, o sea por un expreso, de que en La Habana se preparaba una expedición para apoderarse de la isla de Providencia. Los despachos eran del ministro, que pedía que se enviasen inmediatamente refuerzos a aquel establecimiento para no perderlo. Aury creyó que no podía confiar mejor la defensa de aquel importante lugar que a mi compañero Ferrari, al cual se le dio orden de retroceder a Providencia inmediatamente con toda la flota y con su batallón, que había sufrido más que los otros. por causa del clima, de los insectos y de las incomodidades. Debía tomar el mando del fuerte principal llamado Libertad y se le nombró también vice-gobernador militar. Provisto de las instrucciones necesarias partió hacia nuestro importante baluarte. No se pensó entre tanto en enviar una columna por el camino de San Agustín para que atravesase los Andes y viniese por Roldanillo (11) y el Hato de León sobre Anserma y de allí tomase al enemigo por la espalda, y esto a causa de que los españoles ocupaban con sus fuerzas todos aquellos lugares y tenían una buena guarnición en Cartago. Finalmente el enemigo se retiró y solo en Anserma se tuvo un encuentro de vanguardia en el que llevó la peor parte el enemigo y que le arrebato de las manos la ciudad, que fue entregada a las llamas por los ensañados españoles. El general Morales hizo pasar a una parte de sus tropas el río Cauca y tomó la orilla derecha, mientras que en la izquierda retenía el camino para Hato de León. Se detuvieron allí y en Naranjos (12) y Roldanillo, mientras los españoles que estaban en Cartago por orden de Morales se retiraron sobre aquellas poblaciones. Nosotros nos establecimos en Cartago y el coronel Cancino en Anserma (13) . No se podían encontrar caballos para hacer montar a nuestros lanceros y al estado mayor, porque Morales los había requisado todos y enviado a Cali. Era necesario pues atenerse a los refuerzos de Ibagué (14) , a donde se había retirado Valdés con su ejército, porque nosotros éramos un puñado de gentes en proporción a las fuerzas de Morales, reunidas todas en torno a Roldanillo, y no teníamos otra esperanza qué arrojarnos sobre la Balsa [hoy Alcalá], en las montañas, y el coronel Cancino sobre el mismo lugar abandonado por el enemigo, al lado de acá de Juntas. Entre tanto Valdés, después de reunir su división, descendía del páramo del Quindío para -tomar la ofensiva y se unía a Aury, que a una con Cancino perseguía al enemigo, y le presentaba batalla en los hermosos llanos de Naranjos, pero éste lo evitó diestramente y en plena retirada se dirigió a Popayán (15) mientras Valdés se establecía con su cuartel general en Cali (16). Nosotros quedamos divididos entre Roldanillo, Naranjos, Cajamarca, Hato de León, Anserma y Cartago. Cancino se retiró por Nóvita al Citará. Nuevos cuerpos vinieron a reforzar a Valdés, de modo que el número de sus fuerzas subió a cinco mil hombres. Nosotros nos reunimos después todos en Cartago y aguardábamos con impaciencia las nuevas disposiciones que se esperaban de Santafe para conocer el objetivo de nuestra campaña. Entonces se recibieron despachos del Vice-Presidente Santander en que se nos ordenaba marchar sobre Honda para reunirnos allí con el ejército que debía descender por el río Magdalena a Cartagena.

Emprendimos la fatigosa marcha por el páramo del Quindío (17) y al llegar a Ibagué descansamos un día, de allí proseguimos por Piedras (18) y en Guataquí (19) se empezaron a hacer balsas con gruesos árboles, sirviéndonos principalmente, de cañas de guadua (20) y del árbol de cumacá, muy ligero y fácil para trabajar. Varios indios expertos iban en las balsas, cada una con capacidad para tres personas. Provistos de escasas provisiones descendimos por el Magdalena, y es sorprendente la manera con que estos indios saben evitar con sus largos palos los escollos que se encuentran, los árboles derribados sobre las orillas o los que son arrastrados por la corriente. Estas balsas están formadas por un piso de cañas gruesas, parecidas a nuestros álamos, amarradas con fuertes bejucos y aseguradas con otras atravesadas. Sobre este se forma otro piso del árbol cumacá bien unido y despojado de todas sus ramas y amarrado con bejucos, que se aseguran también con otros árboles atravesados; finalmente otro piso de cañas termina la balsa; en ellas iban todos los soldados menos el general y su estado mayor que iban en una canoa grande. Encontramos varias cascadas de más de diez pies de altura (21) , en donde los indios procuraban dirigir la balsa hacia tierra y apenas podían acercarse saltaban a ella y con cuerdas retenían la balsa para que no cayese en el precipicio. Una vez que todos los soldados habían desembarcado, algunos indios pasaban a la parte inferior de la catarata mientras los otros soltaban las cuerdas y dejaban las balsas a merced de la corriente, en cuyas aguas se precipitaban, mientras que los otros indios nadando rápidamente las rescataban y tirando de las cuerdas las arrastraban a tierra, o bien montaban sobre ellas y procuraban con sus palos tomar tierra. Esta maniobra se hacia rápidamente de modo que apenas daban materialmente tiempo a la tropa para pasar, de piedra en piedra y a través del precipicio, al otro lado de la cascada. En esta forma navegaban unos cuatrocientos hombres, que por su coraje valían por cuatro mil, conducidos por el intrépido Aury. Cuando llegamos a Honda encontró Aury una orden para que enviara un oficial a Santafé a recibir instrucciones y llevarlas a Providencia, para que toda la flota de Buenos Aires se dirigiese a Cartagena. Inmediatamente me fue ordenado que me dirigiera a Santafé por la vía de Serrezuela (22) ; esta montaña tiene un hermoso camino, ya que era la que más frecuentaban los negociantes que de Cartagena iban a Santafé. Montando a caballo durante cuatro días seguidos fui subiendo hasta Zipaquirá (22 bis) , donde esperaba encontrar una fuerte bajada, pero se me presentó delante la dilatada sabana de Santafé y por una lápida colocada en el camino supe que este altiplano tiene 1.400 toesas sobre el nivel del mar, más alto que nuestro paso de Mont Cenis. Cuando llegué a Santafé recibí orden de tomar la vía de Ibagué, Anserma, Nóvita y Citará y dirigirme al golfo del Darién, para pasar de allí a Providencia, tomar a todos los hombres que hubiera allí disponibles, venir con toda la flota sobre Tolú, tomar la plaza, destacar una patrulla de reconocimiento hasta el Magdalena para obtener información sobre las fuerzas que debían descender desde Honda (23) y, en caso de que aquellas fuerzas no hubieran llegado, sostenerme en Tolú para, apenas tuviera conocimiento de la liberación del Magdalena, venir con la flota frente a la entrada del puerto de Sabanilla. Provisto de las órdenes necesarias partí al instante y al llegar a la bahía de Candelaria tomé una de las naves correo, de las dos nuestras que estacionábamos siempre allí para llevar y traer órdenes a la isla de Providencia. Me dirigí a Mangles y San Andrés para retirar las guarniciones que había allí y así pude hacer llegar aviso a mi compañero de mi arribo inminente. En efecto fue un consuelo para los dos volvernos a abrazar. Aquí supe que efectivamente los españoles habían hecho circular ciertamente la voz, pero que nunca se habían preparado para la supuesta expedición, como lo aseguraban las últimas cartas del ministro.

Así pude tomar conmigo con más tranquilidad todos los hombres disponibles, junto con el mismo Ferrari, y habiéndonos embarcado con la división nos hicimos a la vela para nuestro destino. Nos acercábamos a Tolú cuando supimos, por un barco inglés, que los republicanos habían tomado a Sabanilla desde hacia algún tiempo; de modo que nos dirigimos inmediatamente hacia aquella parte pasando por delante de Cartagena. De hecho nos encontramos en Galerazamba (24) toda la flota de Brión y allí se nos notificó que según las órdenes de Bolívar el coronel Montilla esperaba en la Margarita a la división del general Devreux, que debía venir de Londres para actuar sobre las costas de la Nueva Granada. En efecto, apenas llegado allá tuvo que partir, aunque no estaba el general porque se había quedado en Jamaica. Desembarcó pues con Brión y después de tomar a Riohacha en la provincia de Santa Marta, siguiendo las instrucciones marchó inmediatamente por el valle de Upar para unirse con una columna que debía venir de Ocaña. Pero habiendo llegado Montilla cerca de la ciudad de los Reyes sin encontrar ninguna columna de republicanos y habiendo sabido en cambio que las tropas de Cartagena y Santa Marta se habían unido para cortarle la retirada sobre Riohacha, tuvo que replegarse inmediatamente sobre esta plaza, a donde llegó al mismo tiempo que el enemigo, el cual se dispuso inmediatamente a bloquearía. Era necesario hacer una salida al día siguiente para batirlo y expulsarlo, pero los ingleses se negaron exigiendo que antes se les pagara no solo por todo el tiempo que habían servido sino también los veinte escudos por cabeza que se les habían prometido en Londres como gratificación, pagadera en el momento en que pusieran el pie en el continente americano. A causa de este incidente el coronel Montilla salió de la plaza con trescientos margariteños y otros tantos marineros y batió al enemigo, que a pesar de todo no quería abandonar la posición. Al día siguiente se resolvió pagarles, pero como no había dinero, se usó de una estratagema que en aquel momento era el mal menor. Se reunió a los ochocientos ingleses desarmados en la plaza del Castillo, los margariteños se apoderaron inmediatamente de sus armas e incontinenti Montilla ordenó que se embarcaran en algunos barcos mercantes ingleses y americanos que estaban en el puerto, quienes tuvieron que transportarlos inmediatamente a Jamaica. Hacía pocos días que estos fascinerosos habían partido, cuando llegó el general Devreux y, donde esperaba encontrar un comando, se halló privado hasta de los hombres que él había conducido desde Londres, de modo que de jefe vino a quedar simplemente agregado a la columna de Montilla para poder subsistir, ya que Montilla, no pudiendo conservar más tiempo la plaza, se embarcó y con la división de Brión se hizo a la vela hacia el. río Magdalena. Habiendo llegado al puerto de Sabanilla, este hizo desembarcar a sus trescientos soldados y con ellos se acercó a un reducto que protegía la rada y los españoles que debían defenderlo se dieron a la fuga. Marchó sobre Barranquilla, ciudad distante cinco leguas, donde fue recibido con grandes aclamaciones y todos los hombres empuñaron las mismas armas que se habían tomado a los soldados ingleses. La población de los pueblos vecinos se sublevó en masa, de modo que los españoles no se atrevían a salir de Cartagena, cuando en Tenerife (25) , sobre el Magdalena, tuvo lugar una batalla decisiva, que hizo perder a los españoles todas sus flecheras, o sea las embarcaciones armadas del río Magdalena, y las tropas que estaban sobre la playa fueron destrozadas. La victoria se debió más al valor de todos que a las buenas disposiciones del general Ulanetta (26) , a cuyas órdenes comandaba Aury su pequeña división. Con este hecho quedó libre la navegación del Magdalena en el mismo momento en que nosotros comparecíamos delante de Sabanilla. Habiendo bajado yo a tierra y dirigídome a Barranquilla, encontré al general, quien me dio orden de embarcar nuestras tropas y tener la división lista para darse a la vela. En efecto él mismo vino a bordo y nos dirigimos todos delante de Cartagena para impedir que pudiese entrar algún barco llevando víveres. Lo mismo hizo la flota de Brión, y así sosteníamos por mar un cerco estrechísimo mientras que Bolívar, que había venido de Santafé por el Magdalena, bloqueaba por tierra, estableciendo el cuartel general del coronel Montilla, quien debía comandar el sitio, en la ciudad de Turbaco (27) . Hecho esto volvió a partir hacia Ocaña y de allí se dirigió a Mérida, conquistada desde hacía mucho tiempo por el ejército de Cúcuta comandado por el general Urdaneta, que había tomado también a Trujillo y Gibraltar. En esta última ciudad se formaba una división para atravesar el lago y dirigirse a Maracaibo. Habiendo llegado Bolívar allí encontró que la división ya habla partido para la orilla opuesta, y en consecuencia, encontrándose dueño de Venezuela, entró en la provincia de Caracas, la única que le quedaba a Morillo, porque las de Cumaná y Barcelona (28) habían sido invadidas por los generales Soublette y Bermúdez y sostenidas por la flota comandada por el general Arismendi que conservaba a Angostura, y los llanos estaban todos en poder de Páez que se hallaba en la ciudad de' San Carlos. El interior estaba completamente libre y solo quedaba Morales en 'las montañas de Popayán impidiendo el paso para Pasto y la provincia de Quito. Todas las plazas fuertes y los puertos principales estaban en poder de los españoles, como Puerto Cabello, Cartagena (29) , Santa Marta, Maracaibo, Portobelo, Chagres y Panamá; pero había quien estrechaba para la pronta rendición de todas ellas. Entre tanto nosotros habíamos recibido orden de desembarcar cerca del fuerte de Bocachica en la bahía de Cartagena y de establecernos allí para cortar la comunicación por tierra con la ciudad, mientras que el bravo coronel Padilla (30) con numerosas flecheras se introducía de noche por un estrecho canal a la gran bahía cartagenera y se unía a nosotros para poder tener comunicación con las tropas de Montilla situadas al otro lado. Las dos escuadras de Colombia y Buenos Aires bloqueaban estrechamente el puerto cuando un día llegó la orden de tomar inmediatamente a Santa Marta, por lo cual se envió una columna comandada por el coronel Carrero para que diera un rodeo a través de la laguna llamada la ciénaga, mientras el coronel Padilla debía forzar la misma laguna, al mismo tiempo que nosotros estaríamos desembarcando con Brión sobre la playa y así atacar por tres puntos la plaza de Ciénaga, muy fortificada por su posición en medio del agua y por un fuerte de tierra con foso y palizada situado en medio de una llanura arenosa. Nos reembarcamos y muy temprano llegamos delante de Ciénaga, mientras Padilla rompía los palos que habían sido colocados a la entrada del lago y arrojándose con los suyos en un pantano corría sobre los cañones enemigos y los tomaba a viva fuerza; nosotros desembarcamos después de haber cañoneado la playa, entre repetidos gritos y redobles de tambor, y no obstante la fusilería enemiga poníamos pie a tierra en el mismo momento en que el coronel Carrero irrumpía del bosque y desembarazándose del enemigo que tenía delante, ocupaba la llanura. Estuvo tan bien combinado el movimiento de los dos coroneles Carrero y Padilla, que entre los dos tomaron el fuerte y nosotros llegamos detrás de ellos (31) . Inmediatamente todas las tropas marcharon sobre Santa Marta y Brión con las dos escuadras se presentó delante del puerto y lo forzó a capitular. Nosotros llegamos al día siguiente y encontramos a Brión dueño ya de la ciudad sin haber probado el fuego enemigo. Aury estaba con las tropas de tierra y recibimos los honores debidos a los vencedores. Al día siguiente llegó el coronel Montilla y estableció en esta ciudad su cuartel general. La flota de Brión fue enviada a continuar el bloqueo y nosotros nos quedamos en Santa Marta y una parte en Sabanilla.

No tardó mucho en llegar la noticia por el Magdalena a Santafé y pronto se recibió la promoción de generales para los coroneles Montilla, Carrero y Padilla, concedida por Santander. El primero como jefe del bloqueo y de la provincia de Cartagena, el segundo con el mando de la provincia de Santa Marta y el tercero con el comando en jefe de la flotilla del río Magdalena. De nuestra división y de Aury no se hablaba) por lo que resentido éste se resolvió a marchar a Santafé para hablar con Santander, pues consideraba que por los servicios prestados hasta entonces se le debía conceder al menos la Orden de los Libertadores de Cundinamarca (32) , y que, por cuanto hasta entonces sus soldados y su flota habían actuado en favor de la república, debían tener algún derecho al reconocimiento público y ser mencionados en los boletines oficiales y en las órdenes del día, que nunca hablaban de nosotros como si no existiéramos.

N. B. Todo esto se deduce de la hoja de servicios y del pasaporte recibido del mismo Santander para dirigirme a Providencia, visado en todas las plazas por donde he pasado.

 

 

(1) Ya en otra parte había hecho alusión a la costumbre de tener mujeres provisionales, la cual, más que una costumbre es una señal de la poca rigidez de costumbres de una población mixta. Sobre los edificios construidos en Vieja Providencia durante los cuatro meses de ausencia de Codazzi, véase el mapa trazado por el mismo.
(2) De Courtois se hace mención en otra parte y es quien queda con el mando de la flota después de la muerte de Aury; de Henry solo se hace mención aquí.
(3) El río San Juan es el desaguadero del lago de Nicaragua. Con una longitud de 224 km., incluyendo la parte en que es afluente del lago, es interesante desde el punto de vista de sus vicisitudes como curso de agua. En su desembocadura, en delta, surgía un puerto, el antiguo San Juan del Norte -hoy Greytown- al fondo de una laguna bien protegida contra los vientos del lago. Y hasta mediados del siglo pasado buena era la rada y bueno el ingreso. Pero la sedimentación del San Juan ha cerrado el ingreso y el puerto en parte. El actual puerto -Greytown- está un poco al N. de San Juan del Norte.
(3 bis) [Todo lo que aquí relata Codazzi sobre una expedición al mando personal de Aury por el Chocó y posterior descenso, por el Magdalena en 1820, carece de comprobación documental que lo confirme. Nota del traductor].
(4) Es una isla pequeña que surge cerca de la costa occidental del golfo de Urabá, antes de las bocas del Atrato (y. el mapa de Codazzi).
(5) Varias islas surgen en la desembocadura del Atrato, formando varios brazos; Codazzi menciona dos, el de la Candelaria y el de Barbacoas; este es más oriental y sobre un islote estaba la vigía.
(6) Son completamente nuevas las noticias que da aquí Codazzi sobre los diversos movimientos de los ejércitos republicano y español. No hemos podido confrontarlas con datos oficiales y los libros que hemos consultado se desentienden de esta empresa del Chocó.
(7) Esta palabra [baje], se refiere aquí al declive que hay desde las montañas de Popayán hasta las orillas del río Cauca. [La nota es redundante, pues el profesor Longhena no cayó en la cuenta de que la palabra italiana baje, que aparece en el manuscrito de Codazzi, no puede significar otra cosa que una extraña grafía para nuestra castellanísima palabra valle. Nota del traductor].
(8) Sobre Morales, de humilde origen, sostenedor de la causa española (1781-1844) ya se ha hablado. Las noticias que ofrece aquí Codazzi confirman la interpretación que hemos dado a las palabras "il baje del Cauca".
[No está por demás repetir que el general realista Francisco Tomás Morales no actuó por estas fechas en territorio granadino, sino en Venezuela. En este punto la información de Codazzi está equivocada. El jefe de las tropas realistas en el Valle del Cauca a fines de 1819 y en 1820 fue el coronel Sebastián de la Calzada. Nota del traductor].
(9) Se trata del istmo entre el río Quibdó y el San Juan, entre la Bodega de San Pablo y la de San Juan, que en el viaje precedente, que había a realizado solo, fue recorrido por Codazzi en un par de horas. Véase el capítulo 9.
(9 bis) [No hemos podido identificar a este oficial, cuyo apellido sin duda ha sido mal transcrito por Longhena. Nota del traductor].
(10) El río Tamaná (Codazzi escribe también Timaná) es un afluente del San Juan por la banda izquierda [Longhena, por una mala lecturas transcribe siempre Jamaná o Jimaná]. La Bodega a la que se refiere aquí está un poco más abajo de Nóvita. El pueblo de Juntas [Longhena, no sabemos por qué, escribe Tres Puntas, nombre que no aparece en el relato de Codazzi], quedaba ciertamente sobre la orilla derecha del río, si nos atenemos a la descripción del hecho de armas. Probablemente es uno de tantos caseríos que no se señalan en los mapas.
(11) Roldanillo, al occidente del Cauca sobre el flanco de la Cordillera Occidental, fue un lugar tranquilo donde encontraron refugio durante la guerra muchas familias de la región del Cauca; hoy es un lugar de veraneo muy frecuentado.
(12) Naranjo, a la derecha del Cauca, sobre un afluente de éste, casi a mitad de camino entre Roldanillo y Cartago [hay Obando].
(13) Anserma -ciudad de la sal- la primera se levanta donde el Cauca desaparece entre profundas gargantas, a la izquierda del río, a 850 m. de altura: es Anserma Viejo; Ansermanuevo está cerca de Cartago, hacia el N.
(14) Capital del departamento del Tolima, fundada en 1550 por Andrés López Galarza. Está situada entré los ríos Chipalo y Combeima, afluentes del Coello, sobre una llanura ligeramente inclinada (y. Jeografia física i política del Estado del Tolima, Bogotá, 1863).
(15) Las montañas entre el Cauca y el Magdalena, o sea la Cordillera Central, en la que se abre el paso del Quindío y donde se elevan las grandes cimas, el Tolima, etc. Quizá aquí se haga referencia a las primeras alturas -le baje- que anteceden a la gran cadena.
(16) Capital del departamento del Valle del Cauca, a la derecha del río [sic] y sobre las últimas laderas de la Cordillera Occidental, a 1.040 m. de altura. Fue fundada en el mismo año que Popayán (1536) y es la ciudad más importante del Valle del Cauca por su comunicación con el Pacífico. En efecto, en 1914 quedó unida a Buenaventura por medio de un ferrocarril. 
(17) El paso del Quindío tiene una altura de 3.260 m.; el páramo (paisaje montañoso caracterizado por un peculiar manto vegetal) está entre los afluentes del Magdalena y del Cauca.
(18) Piedras, está situada en un llano cerca del río Opía, en la vía de Ibagué a Guataquí. En 1863 tenía 5.575 habitantes. Está a 340 m. de altura.
(19) Guataquí, sobre el Magdalena.
(20) Guadua (bambusa guadua), tiene un tronco alto y liso, pero es flexible y liviana.
(21) Todo el curso del Magdalena abunda en rápidos. Nace en el altiplano central y tiene en sus cabeceras una soberbia cascada de 100 m., después a través de rápidos desciende gradualmente hasta el valle. [Por esta nota y la siguiente sé ve claramente que el profesor Longhena considera al río Funza o Bogotá como fuente y origen del Magdalena. Nota del traductor].
(22) Serrezuela es un afluente del río de Bogotá (Magdalena) sobre la banda derecha y quizá en sus orillas hay una población (no se ha podido determinar su posición). El cauce de este río es seguido por el ferrocarril Bogotá-Facatativá, desde donde varios caminos conducen al Magdalena. Por consiguiente por Serrezuela pasa la vía de Bogotá a Cartagena. [Es de alabar el interés del profesor Longhena en identificar los nombres y lugares geográficos citados por Codazzi y no es de extrañar que, dados los escasos medios de consulta de que pudo disponer, no hubiera acertado muchas veces. Serrezuela no es ningún río, sino el nombre antiguo del actual municipio de Madrid, en la sabana de Bogotá, entre esta ciudad y Facatativá. Nota del traductor].
(22 bis) [sic, debe ser Facatativá. Nota del traductor].
(23) Honda era el punto terminal del camino de Bogotá y en ella hacían escala, en tiempos pasados, las mercancías provenientes de Cartagena y destinadas al S. o al SE. Hoy una vía férrea evita los saltos de Honda y la navegación comienza más abajo, en La Dorada, donde está el denominado Puerto Bogotá.
La navegación comercial del Magdalena ha desaparecido hace varios decenios. Hoy el comercio se hace por carretera y por la recién construida vía férrea La Dorada-Santa Marta. Nota del traductor].
(24) Está casi a mitad de camino entre Cartagena y Sabanilla (hoy Puerto Colombia). La bahía está formada por una punta de tierra en forma de gancho que defiende la ensenada por el norte. Se denomina Galerazamba a la isla que continúa el saliente continental.
(25) Es una localidad en el curso del bajo Magdalena, sobre la orilla derecha, arriba de la ciénaga de Sapayán.
(26) De este oficial solo se hace mención aquí y en alguna otra parte en otro capítulo. El texto de Codazzi dice claramente Ulanetta. Es un error de Codazzi ¿o se quiere indicar una persona distinta del general Urdaneta?
(27) Pequeño centro al SE. de Cartagena, sobre el ferrocarril Calamar-Cartagena.
(28) Dos provincias del NE. de Venezuela sobre la costa.
(29)  Cartagena no es un solo puerto sino una serie de puertos. El que se abre al 5. de la ciudad tiene dividida la entrada en dos por la isla de Tierrabomba, que determina dos estrechos. El más angosto, el de Bocachica, está defendido por dos fuertes, el fuerte San Bernardo al N. [sic; es el castillo de San Fernando de Bocachica y el de San José al S.
(30) José Padilla, general colombiano nacido en Riohacha en 1778 y fusilado en Santa Fe de Bogotá en 1828. Se enroló en la marina libertadora y se encontró siempre en todas las luchas por la independencia. Defendió en 1815 a Cartagena durante el famoso asedio que le mereció a la ciudad el título de "heroica", después se unió a Bolívar y asistió a la caída de Riohacha (1820), derrotó a Sánchez Lima en la Laguna Salada y venció también en Pueblo Viejo, La Barra y Ciénaga de Santa Marta.
[La más gloriosa acción naval dirigida por Padilla fue la toma de Maracaibo el 24 de julio de 1823. Nota del traductor].
(31) Se trata de la batalla a que nos referimos en la nota precedente en último lugar. La Ciénaga, o Ciénaga de Santa Marta, es una laguna formada por un brazo derecho del Magdalena.
(32) Es la orden de caballería instituida por Bolívar; el nombre de Cundinamarca era el de la región donde se fundó Bogotá, nombre que ha "sido siempre el corazón de Colombia, cuya historia se identifica con la de la república".

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