INDICE





CAPÍTULO I
Los primeros años — Sus estudios en Lugo — Voluntario del ejército italiano — Hechos de armas — Deja la vida militar.

CAPÍTULO II
En Constantinopla: de aquí va por varios países al báltico y después a Ho­landa — Va a América del Norte — A sueldo, combate a favor de los in­surgentes en el mar de las Antillas — (Sus Memorias) — Precioso conte­nido de estas — Regresa a Italia — En soci

CAPÍTULO III
Regresa a América — 24 de mayo de 1826 — Comandante de artillería — Jefe de Estado Mayor — Se ocupa en la geografía estadística y en el Atlas de Venezuela — A París.

CAPÍTULO IV
La obra geográfica y cartográfica sobre la República de Venezuela.

CAPÍTULO V
Funda la Colonia Tobar — Gobierna la provincia de Barinas.

CAPÍTULO VI
De la República de Venezuela a la de Colombia — Comandante de la Escuela Militar — Iniciación de sus actividades en Colombia —La cuestión del Canal — Su muerte.

CAPÍTULO VII
Memorias Póstumas de Constante Ferrari y de Agustín Codazzi.

CAPÍTULO VIII
Juicio sobre Agustín Codazzi.

CAPÍTULO IX
Llegada a San Blas — datos sobre aquellos indígenas — Partida para el Golfo del Darién y entrada al río Atrato — Descripción del clima, producciones, animales e insectos que se encuentran en el río Atrato — Llegada a la capital del Chocó, noticias sobre l

CAPÍTULO X
Llegada a Santafé de Bogotá y acogida que tuve — Continuación de la campaña de Bolívar después de la toma de Angostura — Expedición de Morillo a Margarita y sorpresa de Calabozo — Bolívar derrotado cerca de Valencia y refugiado en los llanos — Su atrevida

CAPÍTULO XI
Estado de Providencia a mi regreso y de las fuerzas listas para partir, expedición de Ferrari al desaguadero del río San Juan en Nicaragua. Partida de la división para el Chocó. Rendición en Candelaria de una flotilla española. marcha por el Atrato y derr

CAPÍTULO XII
Viaje del general Aury a Santafé por el Magdalena — Descripción del cli­ma, usos y costumbres de estos habitantes, producciones, animales, etc., de estos lugares — Promulgación del armisticio y estado de las fuerzas armadas — Llegada de Bolívar a Santafé

CAPÍTULO XIII
Climas, usos y costumbres de los indios mosquitos y nuestra permanencia entre ellos —Llegada a Providencia y a Cartagena — Capitulación de aquella plaza — Se me confía una expedición para apoderarnos de Omoa y del castillo de San Felipe — Partida en un pe

CAPÍTULO XIV
Llegada a Santo Tomás y su descripción — Partida para la Valija — Comercio en Comayagua y Jamaica — Partida para el Chocó y riesgo corrido — Arribo a la Valija y expedición de mercancías a Trujillo — Pérdida de las mismas — Nuevo comercio en cl golfo Dulc

APÉNDICE
- II -
 
 

En Constantinopla: de aquí va por varios países al báltico y después a Ho­landa - Va a América del Norte - A sueldo, combate a favor de los in­surgentes en el mar de las Antillas - (Sus Memorias) - Precioso conte­nido de estas - Regresa a Italia - En sociedad con Constante Ferra­ri - Después de tres años A. Codazzi y C. Ferrari se separan.
 

1816-1826

Livorno es el puerto en donde Codazzi alquila una nave y de donde intenta partir para el Oriente, para Constantinopla y después para Odesa: pero ya lo hemos dicho -y en las "Memo­rias" hay una más larga exposición- la nave naufraga en las Islas Jónicas: todo está perdido para Codazzi: sólo le quedan los brazos, brazos robustos y que saben hacer muchas cosas. Parece que el desánimo no puede hacer presa de él: tiene po­co más de los 22 años y el futuro le sonríe. Se coloca de encala­dor y así se gana la vida trabajando. Pero la pequeña Isla de Itaca, que le despierta tantos ecos de lejanos estudios, no pue­de ser por más tiempo lugar para él. Una nave que pasa lo lleva a Constantinopla.

Allí se reúne una heterogénea multitud de gentes, una tur­ba de aventureros que han tenido una fortuna favorable o adver­sa y están ricos o en la miseria, y una turba de aventureros que buscan fortuna y esperan tenerla pronto de su parte. Y en aquel momento la multitud era más numerosa. El licenciamiento de todos los voluntarios que habían corrido a combatir con Napo­león o contra él, había agrupado en los lugares que eran merca­do del trabajo humano, a numerosos jóvenes. En Constantino­pla, como en otras partes, como en todas las ciudades de mar que son puerta abierta a otras tierras, se reunía una juventud que había tenido que abandonar las armas y que buscaba volver a tomarlas bajo otro patrón, en otra tierra. Y en Constantino­pla vivían hombres que por diversos medios se habían enrique­cido y que ejercitaban diversas actividades: a Constantinopla va Codazzi y allí encuentra quien lo ayude; y halla un trabajo no apto para él, pero que le da el pan: hace de vigilante de un garito, ya que los garitos, objeto de asaltos frecuentes por par­te de los griegos, tienen necesidad de quien los defienda aún con las armas; y quien había hecho durante años el oficio de sol­dado, afrontando riesgos y peligros, era la persona más apta. En Constantinopla encuentra a Constante Ferrari, también él combatiente en muchas guerras, y con él contrae buena amistad, que se prolongará por muchos años y en la que no faltarán som­bras de desacuerdos y disgustos para Codazzi. Y aquí nos per­mitiremos algunas consideraciones. Todas las guerras, pero es­pecialmente las guerras que son hechas por voluntarios, cuando terminan ocasionan una desocupación: la guerra es un óptimo empleo para laboriosos y desocupados. Los más, exonerados de la obligación de la milicia, tornan a sus casas y poco a poco regre­san a la vida activa. Pero algunos -y en el pasado eran mu­chos- persisten en querer hacer de soldados y van a donde se combate, muchas veces sin fijarse por quién o por qué se combate; otros se entregan a otros oficios, a lo que se les pre­sente, y muchas veces la fortuna los ayuda. Italia ha dado una buena contribución de jóvenes a este azaroso deseo de aventu­ra; y sería hermoso recoger la historia de tantas energías que llegaron a alcanzar la victoria o que se derrumbaron misera­blemente.

No es una historia fácil de recoger, pero es bien interesan­te. Pocos -los afortunados- han dejado relaciones, diarios, me­morias: pero muchos -aun victoriosos- han descuidado este deber de hablar de sus vicisitudes. Y cuántos, vencidos por el ingrato destino, ha desaparecido, ignorados, en el abismo del tiempo. Y sin embargo es hermosa y amable esta juventud, a la que nada asusta, que se aleja de su tierra y se va como empujada por una necesidad de novedad y por un atractivo de aventura.

A. Codazzi y C. Ferrari no son de aquellos sobre quienes el tiempo ha tendido el manto del silencio: ambos, después de breve tiempo, regresaron acompañados de un cúmulo de expe­riencias y de alguna riqueza y después, el uno permaneció en su tierra y no volvió a tentar la suerte en países lejanos; el otro volvió a tentar la fortuna, venció y la gloria ha coronado su nombre.

Así que en Constantinopla se encuentran los dos y hacen buena amistad: la vecindad de sus lugares de origen -el uno ro­mañolo, el otro emiliano, de Reggio-, la semejanza de índole, o tal vez la identidad de condición en aquel momento, los acerca, los une, les da la sensación de que jamás se separarán, y, des­pués de afrontar los riesgos que les esperan, saldrán victoriosos y continuarán la vida juntos, como hermanos.

He dicho que ambos escribieron sus "Memorias": ¡ Pero cuánta diferencia! Ferrari es un monótono y rígido cronista de su permanencia en Constantinopla; Codazzi en cambio nos hace vivir con él en el Bósforo, ve y describe la gran ciudad, sus be­llezas, sus antigüedades.

Un caso imprevisto, la peste que estalla de pronto, a la vez que obliga a cerrar el garito donde los dos estaban ocupados, dispersa toda la gente que es huésped de la ciudad; y entonces los dos intentan una aventura de mayor amplitud. Dejan la ca­pital turca y primero por mar, después por tierra y de nuevo por mar, arriban a Holanda, al puerto del cual zarparán para la América Septentrional.

Es un viaje de muchos centenares de kilómetros el que lle­van a cabo los dos, deteniéndose, descansando, huéspedes mu­chas veces de personas amigas. Pero mientras parece que Fe­rrari no tiene ojos, y que los lugares por donde pasa no sean dignos de una ojeada o de una palabra, y sólo se alegra cuando una casa bien provista los acoge, cuando la persona a quien se presentan con una carta los hospeda benévolamente y los provee de dinero, o les procura una cómoda diligencia; Codazzi todo lo observa: ciudades, campos, ríos, gentes, y además agrega sus informes, notas históricas y personales.

Toda la vasta tierra se hace viva en la prosa de Codazzi, mientras que para Ferrari se cubre de niebla, como cosa que no le interesa y como si no anduviera por ella.

Un primer rápido cotejo de las dos narraciones muestra la diversidad de uno y otro, los distancia y da una impresión casi precisa de estas dos naturalezas bien diversas.

Las "Memorias" de Codazzi, que reproducimos íntegras, nos dispensan de detenernos sobre esta travesía de la Europa cen­tro-oriental, que hacen los dos, empleando no poco tiempo.

 Cuando llegan al Báltico toman una nave, que una tempes­tad pone en malas condiciones; pero la fortuna los asiste y fi­nalmente consiguen llegar a Holanda.

Aquí Codazzi en sus "Memorias" da algunas rápidas pero seguras noticias del país, mientras Ferrari guarda casi absolu­to silencio. Holanda es un país que tiene en sí mismo la razón de la actividad de sus habitantes y de su economía: bañada por el mar, recorrida por canales, está toda dedicada a las artes ma­rineras y a la vida que. el mar desarrolla: su comercio es gran­de, su gente va a todas partes para transportar mercancías o para recogerlas.

De Holanda parten en una nave que transporta numerosos emigrados y van hacia la América.

También esta nave, al atravesar el Atlántico, sufre graves percances y Codazzi describe el peligro que pesa sobre la no se­gura embarcación y dice de los esfuerzos que la tripulación y los pasajeros hacen para salvarla del mar: Ferrari, también aquí es parco en palabras.

Finalmente llegaron a Baltimore. Grande impresión hizo en Codazzi la república americana, nacida cerca de cuarenta años antes: es más, hace una descripción del joven Estado, que de­muestra cómo Codazzi se forma un claro concepto de las ideas que han presidido su nacimiento. Dos principios lo sostienen: la obediencia a la Constitución y la libertad religiosa. Es verdad que lo que dice Codazzi fue escrito una decena de años después; por consiguiente podemos pensar que haya tomado de los libros lo que se atribuye él mismo cuando llega a Baltimore; pero in­dudablemente sus "Memorias", por lo precisas y por los muchos detalles, dependen de apuntes tomados en el viaje, de impresio­nes anotadas entonces. Por consiguiente debemos suponer en él, desde cuando se mueve por Europa, navega por el Báltico y el Atlántico y arriba a América, disposición para observar y para captar la esencia de las cosas que ve; además hay en él el arte del narrador, que se deja leer con gusto.

No se olvide en qué años viaja Codazzi: 1816, 1817 y 1818 son los años en que de Constantinopla va a Baltimore, y después al Golfo de Méjico y al Mar de las Antillas, y son años densos de historia para los países que han estado sujetos durante siglos a España, y que han tratado de emanciparse de ésta en tiempos diversos pero bien cercanos.

La llamada América Latina, al iniciarse el año de 1810, es asaltada por un deseo vivísimo de libertad y muchos extensos países se sublevan contra España.

La política que ésta había seguido durante siglos justifica­ba cualquier movimiento de rebelión, explicaba las tentativas dé sacudir el duro yugo. Además América del Norte, con su rápido y maravilloso ejemplo, al conquistar libertad e independencia, había demostrado a todos cuan fácilmente podían alcanzar tales bienes. Por otra parte España, empeñada en estos años en Eu­ropa en su lucha contra Napoleón, había tenido que aflojar la vigilancia sobre sus colonias. Así entre 1810 y 1815 todas las tentativas hechas por Méjico o por las otras tierras americanas hasta la Argentina para alcanzar condiciones de libertad y de independencia, hablan tenido un afortunado éxito. Aquí y allá hablan surgido repúblicas: aquí y allá vastas tierras se habían rebelado contra España. Por otra parte las regiones que se habían rebelado y proclamado libres estaban alejadas y separadas por amplios espacios difíciles de superar, o por montañas, de modo que el mar era el único medio de comunicación: agréguese además que los jefes de las tierras separadas de España obede­cían a ideas y sentimientos de nocivo personalismo; que los indígenas, siempre sospechosos, y con razón, hacia los blancos, se aislaban en sus inmensas soledades cada vez que oían el fragor de las armas, y que los criollos, levantados de repente contra el absolutismo de España, oscilaban entre la obediencia a ésta, pe­ro aligerada por las garantías de una constitución, y la adhesión a la vida independiente de repúblicas unitarias o federales; de aquí la diversidad de resistencia y la diversidad de resultados.

El restablecimiento de la Monarquía en España había dado un golpe mortal a todas las rebeliones y a todas las tentativas de sustraerse a la dependencia de España. Solo el sur permane­cía todavía rebelde y victorioso; Buenos Aires era la capital de un Estado que, más bien que perder, en estos años, había aumen­tado su fuerza, a pesar de que en él había la acostumbrada lucha entre unitarios y federalistas y de que ni siquiera faltaba quien pensara en poner un rey al frente del nuevo Estado.

Y sin embargo al norte estaba aquella república que para todos representaba un ejemplo digno de imitarse, que casi cui­daba de amonestar y confortar a los espíritus dudosos, que im­pedía solícita que las cosas volvieran a su anterior estado. Si la Santa Alianza devolvía al mundo una Europa tal como era antes de Napoleón, ¿ no debía también ella garantizar a España el re­torno de sus colonias americanas? Por esta razón los puertos de la república norteamericana se habían convertido como en un lugar de reunión de todas las naves que llevaban armas y ayuda para los rebeldes del sur, y esto favorecía también las aspira­ciones de la misma sobre esta o aquella tierra, vecina a sus fron­teras y casi necesaria para su integración.

La política inglesa -Inglaterra estaba gobernada entonces por el partido conservador -era opuesta a un demasiado acen­tuado revolucionarismo en las colonias españolas, pero por otra parte no le desagradaba que las cosas anduvieran de aquella ma­nera, ya que así tenía modo de extender su comercio y de multi­plicar sus exportaciones. De modo que, entre la complacencia de la república norteamericana, deseosa de que todo el nuevo conti­nente se organizara en Estados libres, entre la tolerancia de In­glaterra, dedicada a sacar el mayor provecho de una situación que en el fondo no estaba de acuerdo con la tendencia de sus gober­nantes, y el esfuerzo de España por reconquistar íntegros el per­dido dominio y la perdida soberanía, vivían los territorios si­tuados entre México y la Argentina.

En 1815 España envió a Venezuela un ejército al mando del General Morillo y pareció por un momento que él debía señalar el fin del movimiento: pero subsistían aquí y allá focos de rebe­lión: al sur y al norte vigilaban las dos repúblicas libres: ade­más Bolívar, siempre tenaz, aunque exilado, tenía los hilos de movimientos siempre listos a estallar y avivaba las fuerzas re­beldes; de tal manera que aquel año fue precisamente el prin­cipio de la fase victoriosa.

Y en aquel tiempo se intensificó también la concurrencia de combatientes de todas partes: los países que volvían a la vida de la insurrección tenían necesidad de tropas siempre frescas y cada vez más numerosas. Así que cuando en 1817 los dos amigos desembarcaron en Baltimore, encontraron inmediatamente la po­sibilidad de emplearse.

Tales auxilios representados por individuos de las más va­riadas nacionalidades, no siempre tuvieron la simpatía de los ''insurgentes'': con frecuencia ásperos contrastes obligaron al silencio a quien venía a ayudar a una causa honesta; con fre­cuencia el silencio y el retiro de los nuevos auxiliares, manifes­taron el ánimo sospechoso de los insurgentes, los cuales atribu­yeron muchas veces a toda una multitud de generosos el com­portamiento de unos pocos, que sólo con el fin de adquirir ga­nancias y riquezas afrontaban una vida de riesgos y de peligros.

Y esto lo decimos, porque también a Codazzi le tocó obser­var este espíritu de duda y hostilidad hacia aquel a cuyo comando obedecía. En 1817 A. Codazzi y C. Ferrari eran transportados en una nave comandaba por el almirante Villaret desde Balti­more al Golfo de Méjico, donde esta vasta colonia vivía sus últi­mas horas de incertidumbre y estaba -con la derrota del joven Mina- para volver a la sujeción española.

El nuevo jefe de los dos es el Almirante Luis Aury, llama­do el Corsario: a sus órdenes Ferrari tendrá la graduación de Capitán y Codazzi la de Teniente; esto es, los mismos grados que uno y otro habían conquistado en su precedente vida de sol­dados.

Lo que Codazzi hace y observa, o lo que en sus páginas apa­rece como hecho y observado por él, es digno de fe, pero cuanto refiere como obtenido en otras fuentes y relatado por otros, no merece la misma confianza. Así, lo que sucede a Aury de Galves­ton a Florida, no es una serie de sucesos a los cuales haya asis­tido Codazzi o en los cuales haya tomado parte, sino relación de otros, de manera que la narración de estos hechos tal como resulta de los documentos publicados, no está de ninguna manera conforme con cuanto leemos en sus "Memorias". Quizá es un homenaje al hombre a quien él admira y a quien sirve hasta la muerte, la cual, desgraciadamente, ocurre muy pronto. Del Gol­fo de Méjico la nave está para dirigir su proa hacia el Estado de Buenos Aires, y sin embargo, después de haber visitado dicha república, vuelve a aquel mar de las Antillas en donde está para decidirse la suerte de Venezuela. Sobre este país Codazzi trae un pasaje bastante largo, que es historia ya pasada; aquella que precede a la venida de Morillo, la que expone los primeros mo­mentos de la rebelión contra España.

¿ Qué hace Codazzi entre 1818 y 1822 en aquella tierra que marcha rápidamente hacia la independencia, en las islas que la preanuncian, en los mares que la bañan?

Es claro: combate contra España y ayuda a cualquier em­presa de los insurgentes. Pero a esta su actividad, o mejor a la actividad que desenvuelve Aury, es concedida una cierta liber­tad: éste actúa para perjudicar a cuantos se oponen a la inde­pendencia de Venezuela, pero no siempre aparece la conexión con la actividad de los que guían en el interior la rebelión contra España. Quizá Codazzi, como oficial dependiente de Aury, pero a quien éste dejaba notable libertad, no quiere mostrar el nexo que hay entre su obra y la de los otros; quizá sólo le interesa mostrar lo que él hace; quizá escoge de entre los hechos aque­llos que particularmente se refieren a él, dejando todo el resto en la sombra. Por consiguiente las "Memorias" pueden conside­rarse como una antología histórica o geográfica: el autor no se cuida de seguir el hilo de los acontecimientos que ocurren ante sus ojos y de los cuales es parte, y escoge entre los sucesos aquellos que más le agradan; los que le permiten hablar de tierras interesantes y curiosas o de algunos de aquellos hombres que han tenido parte notable en la historia de aquellos años.

Así se destaca en las "Memorias" el encuentro con Simón Bolívar, a quien conoce por medio de Santander.

Hermoso es el encuentro: Codazzi es entonces un modesto oficial y Bolívar es ya el vencedor de Boyacá: el encuentro tie­ne lugar en el interior, en un vasto altiplano, al cual arriba Co­dazzi después de haber pasado por Bogotá. En aquel altiplano se encuentran -en 1819- hombres a quienes se debe la independencia de numerosas tierras, desde el Ecuador y Bolivia has­ta Venezuela; son todos jóvenes y todos están destinados a fi­gurar en la compleja historia de aquellas tierras. Está Aury y también Santander, y Codazzi tiene páginas elevadas, solemnes y juicios igualmente elevados, que casi parecen superiores a su juventud.

Si, Bolívar ha hecho lo que muy pocos han hecho, y si con­tinúa en el camino que hasta ahora ha recorrido, pasará entre los héroes más puros y más predilectos de la historia de la in­dependencia de los pueblos. Pero tiene un ánimo demasiado exaltado y es muchas veces casi cruel.

Ya aquí recogemos lo que en distintas partes se dice de Bo­lívar: las "Memorias" en más de un lugar tienen juicios sobre el mismo individuo. Bolívar no siempre sabe escoger a los hom­bres de quienes necesita: su elección es dictada por simpatías y antipatías: así, ha escogido al Almirante Brion y no se ha vali­do de la obra de Aury; y aquel ha correspondido mal a sus espe­ranzas, mientras que este, aun antes de ser utilizado, ha muer­to; ¡y pedía tan poco!

Celoso, Bolívar ha tenido aparte y casi bajo sospecha a Santander. Y sin embargo, ¡ cuán digno era de su entera confianza! Hizo falta el episodio en el cual Santander salvó valientemente la vida de Bolívar, herido por el enemigo, para que este depusiese todas sus sospechas. Ocurre que Codazzi, hombre de gran equili­brio desde sus años juveniles, al genio, siempre acompañado de graves defectos que los hombres comunes no saben tolerar,, pre­fiere el individuo equilibrado que obedece al imperio de la razón. A Bolívar prefiere Santander, más vecino a él, más humano, des­tinado a vivir con los demás hombres, a tolerarlos y a interpre­tarlos.

Además en Bolívar como que presiente Codazzi a aquel, que un día antepondrá su voluntad a la ley, aunque ordenada al bien, y los que mandan a otros sin obedecer otra ley que a sí mismos, a su propia voluntad que puede incluso tornarse caprichosa, no son de su agrado. Codazzi percibe la belleza de la ley que garantiza a todos la libertad, y por ello sólo sabe adaptarse a tal ley: quien la desconoce no es su amigo, no tendrá su admiración, no será digno de su obediencia. El probo romañolo conserva intac­to el patrimonio moral y político que había recibido de su pa­tria, enemiga de todos aquellos que a la ley substituyen el arbitrio.

Y será siempre así, aun cuando tal comportamiento pueda causarle daño, pueda perjudicar toda su vida y la de los suyos.

Y otro pasaje notable de sus "Memorias" es aquel que se refiere a su navegación por el río Atrato. Tiene una difícil mi­sión qué cumplir, que le ha sido confiada: debe comunicar algo, que sólo indica vagamente, al comandante de una nave que navega en el Pacifico.

Y trata de hacerlo por la vía fluvial; sube el Atrato fin­giéndose un honesto comerciante y obteniendo de las pequeñas guarniciones españolas, compuestas de pocos hombres y escalo­nadas a lo largo del curso del río, libre tránsito por el mismo, con abundantes obsequios de bebidas alcohólicas. Pero observa. al subir el río, el terreno de los dos orillas, anota los pueblos, los caseríos, la vida vegetal: el Atrato es recorrido hasta la cordille­ra poco elevada que lo divide del San Juan, salva rápidamente sus alturas, y hélo aquí delante del río que va a desembocar en el Pacífico con sus afluentes; desciende por él con tiempo para recoger la nave, que está al largo, las informaciones que desea y para comunicar al comandante aquello que está encargado de comunicarle.

Su misión está cumplida y en el viaje de regreso sigue otro camino; aquél que le permitirá atravesar las alturas del inte­rior. La hoya de los dos ríos, ricos en agua y que corren en una zona de las más interesantes, surge de la descripción de Codazzi con tal precisión, que no es necesario, para darse cuenta de ella, recurrir al mapa que también acompaña a las "Memorias".

Es una monografía potamológica, bien hecha y moderna, es­ta sobre el Atrato: están en ella el suelo, el clima, la flora, la fauna, y el hombre con sus leyes y también con su civilización y con su moral. Es casi sorprendente que un joven de poco más de treinta años y sin estudios particulares, guiado sólo por el bien 'natural y por la experiencia que tiene siempre a la mano, haya sabido componer casi unas monografías, que incluye en sus "Memorias", mientras que el lector busca inútilmente en las de Ferrari algo que se asemeje al modelo de Codazzi. Por otra par­te anota todo lo que ve, y por consiguiente observa todos los ca­racteres físicos de las tierras que recorre y la vida que se desen­vuelve en ellas. Los llanos del Orinoco, las alturas de la cordille­ra, las regiones vecinas al mar, las lagunas, todo pasa a través de sus agudos ojos en la narración, la cual siempre tiene una forma correcta, con frecuencia exacta y casi literaria.

Hay también algunos pasajes en los cuales aparece el deli­cado sentimiento de Codazzi: la muerte de Luis Aury, que había sido para él más que jefe, amigo, está descrita con palabras de­licadas y con verdadero dolor. La figura física de este (a Co­dazzi le gusta hacer de las personas que encuentra, de las que juzgar una descripción precisa, como si quisiera acompañar a sus palabras el retrato del mencionado), sus costumbres, el modo de comportarse con los demás -importante sobre, todo en aquella tierra tan ajena. a nuestra vida- todo es observado y anotado por él, por lo cual la apreciación final resulta plenamente jus­tificada.

Y de Aury se acordará aun después de su regreso a Euro­pa, tanto que irá hasta París para llevarle a la hermana todos los papeles referentes a su servicio y a los derechos que tal ser­vicio reservaba a sus herederos.

Tiene el culto a la amistad y lo demostrará en los años pos­teriores: quien le merece un juicio favorable, quien por sus do­tes de soldado y de hombre gana sus simpatías, recibirá sus elogios y sus demostraciones de amistad.

En el fondo sus "Memorias" -que aparecen en la segunda parte de este volumen acompañadas de numerosas notas- no son, como las de Ferrari, una secuela de hechos y acciones desli­gadas, a las cuales el lector consigue con dificultad dar una uni­dad, sino una serie de cuadros geográficos -en el más exacto y amplio sentido de la palabra -que describen las tierras en que ha actuado a favor de los insurgentes. Se sabe que Codazzi es­tuvo en varias regiones por orden de sus jefes, que allí cumplió las comisiones que se le confiaron, pero estas actividades no siempre aparecen bien puntualizadas como si él no debiera refe­rirlas particularmente en sus detalles ni en sus éxitos: parece un hombre que, encargado de importantes misiones de guerra, se preocupara en describir muy bien el ambiente, los lugares y las gentes entre quienes le toca actuar y calla lo que hace, dejan­do al lector la libertad de pensar en lo que ha realizado; y el si­lencio y las pocas palabras son muestra de su reserva de hom­bre que obra por voluntad de otros, o de su modestia, pues son más dignos de recuerdo los lugares y los hombres que las pe­queñas cosas que él hace.

Así todo el capítulo sexto está dedicado a la historia, y aun­que esta, tal como él la expone, necesitaría correcciones, adicio­nes, interpretaciones, ya que no es fácil en pocas páginas dar una síntesis de tan grandiosos sucesos como son los de la inicia­ción y el desarrollo del movimiento de la independencia en Ve­nezuela, no podemos menos, al leer este capítulo, de sacar la con­clusión de que ha sabido trazarnos un hermoso cuadro.

Venezuela, sujeta a España, se rebela contra ella y lucha: y los hombres que son los actores de la rebelión y sostienen la lucha figuran todos: Miranda, Santander, Páez, el doctor Zea y sobre todo Simón Bolívar, que consagra su entusiasmo, su pa­labra y su espada a la causa.

Es verdad que Codazzi confiesa haber obtenido sus infor­maciones en buenas fuentes; pero sabe distribuirlas bien, en el lugar oportuno; el capitulo sexto es como la introducción histó­rica de lo que va a narrar, necesario para entender lo que ven­drá después.

Este paréntesis, que comprende todo un capítulo, está bien hecho; es un ejemplo que nos indica la calidad de narrador de nuestro autor: los personajes que recuerda tienen vida, tienen movimiento, hablan y obran como si estuvieran vivos; y la ani­mación que da al ambiente no altera la narración, la hace más viva y completa.

Se podrá, por los peritos en aquella lejana historia, -le­jana sobre todo por el lugar-, aportar rectificaciones y correc­ciones; se podrá ilustrar mejor los detalles, pero sin duda, de los personajes principales ha sido hecho por Codazzi un retrato bien cercano a la verdad; los sucesos más importantes han sido destacados y los juicios, que más que de las fuentes han sido fru­to de su reflexión y de la sobriedad de su mente equilibrada, es difícil dejar de aceptarlos y hacerlos nuestros.

Y, continuando en el examen de los capítulos, también el séptimo es explicativo e introductorio.

Se ha dicho que después de una no larga permanecía en el golfo de Méjico, Aury va hacia el sur, hacia la república bo­naerense, que resiste, y es rica, y sirve casi de ejemplo a las de­más; y Codazzi aprovecha la ocasión para describir la ciudad si­tuada a orillas del gran río, para hablar del General San Mar­tín, del nuevo Estado; para indicarnos sus características y sus riquezas, para describir la vida de sus habitantes. Es una ilus­tración viva la que nos da Codazzi, y bien hecha. Pero en el sur no necesitan ni de Aury ni de su flota y se le persuade de que regrese al norte; es más -descartada la empresa de Méjico, pe­ligrosa y difícil- se le aconseja dirigir las operaciones de su flo­ta hacia las islas que surgen frente a Portobelo, a tres días de distancia de Jamaica, a saber: Santa Catalina, la Antigua Pro­videncia, San Andrés y Mangles: allí puede establecer su cam­pamento y fortificarlo; de allí puede extender sus operaciones a las tierras del continente americano. Y Aury acepta el consejo.

Este mar es pues el campo de actividad de Aury y por con­siguiente de Codazzi. Pero éste tiene predilección por lo que es terreno habitado y cultivado, por lo que ofrecen otras gen­tes y donde hay actividad; nos traza un cuadro de las dos islas, Santo Domingo y Jamaica, que podría ser separado de su na­rración y ofrecido como un modelo de tratado corográfico: las dos islas surgen de su pluma integras, con todas sus caracterís­ticas y con la naturaleza particular de sus habitantes. Siempre es así nuestro Codazzi: ante una tierra, que ve y visita por pri­mera vez, no es capaz de dejar de hacerla objeto de observacio­nes tan minuciosas y precisas, que resulta una descripción com­pleta. Así, lógicamente, queda determinado el campo de acción en el que Codazzi actuará durante todos los años que pasará en América.

Del capítulo 8 al 14 -o mejor hasta el principio del capítu­lo 14- o sea en 7 capítulos, se narran los sucesos y las opera­ciones de la escuadra comandada por Aury, en los cuales Co­dazzi tiene gran parte.

Y son muchos los sucesos, que no siempre tienen relación en­tre sí, porque la flota es llamada, una y otra vez, a cumplir ac­ciones que son dictadas por la necesidad: son operaciones mar­ginales, que Codazzi trata de relacionar con los acontecimientos, más amplios, de la restablecida república de Venezuela. Y si a tales sucesos muchas veces apenas se hace alusión, Codazzi apro­vecha frecuentemente la ocasión para dar amplias descripciones de las regiones. Así, después de la batalla de Boyacá, cuando va a Santa Fe de Bogotá para entenderse con personajes de relie­ve, describe aquella tierra del altiplano, y asimismo la región de Mosquitia es objeto de no pocas páginas de uno de los capítulos de las "Memorias".

Agreguemos también que las numerosas noticias dedicadas a la flora y a la fauna, especialmente a los insectos que son numerosísimos, diversos y peligrosos a la salud, indican en Co­dazzi conocimientos en un campo que le era nuevo y que había aprendido a conocer durante su permanencia en América.

Quien quisiese seguir sobre un mapa y trazar el itinerario de los viajes por tierra y por mar hechos por Codazzi, quizá no conseguiría establecer o fijar el recorrido, sino allí donde el autor se detiene a indicar el camino que ha hecho, así como es lógico también que no se pueda fijar la fecha precisa de cada viaje y de cada traslado. Codazzi olvida precisar el año en que ha emprendido cada viaje importante, en que ha cumplido cada operación notable. Pero si se considera que se puso a es­cribir sus "Memorias" en 1825 -un poco antes o un poco des­pués tiene poca importancia- y que no redactó su trabajo de memoria, sino siguiendo numerosos apuntes, se debe, razonable­mente concluir que no puede resultar una crónica de hechos en­cerrados dentro de fechas precisas:

Los hechos principales se destacan en los diversos capítulos rodeados de todos los detalles; el resto, o está brevemente ex­puesto, o falta.

Codazzi no nos ha conservado un diario de su vida en Amé­rica, ni siquiera ha reunido los sucesos por años: cada capítulo tiene un argumento importante que predomina y en torno a él, antes o después, van reunidos detalles que servían según él, pa­ra completar e iluminar el hecho sobresaliente.

Los sumarios que preceden a cada capítulo nos dicen que en cada uno de ellos hay un tema más denso y, en torno, una materia más o menos compacta: hay una estrella refulgente y en rededor sustancias cósmicas. Pero la luz de la estrella es viva y su viveza derrama también un poco de luz en derredor.

¿Estilo de memorias no aceptables? ¿ Sería de desear que fueran diversas? Todo hombre en el pasado que ha vivido en­cuentra algo que lo atrae más que otras cosas que gozan menos de su afecto: cada uno prefiere en sí o en lo que ha hecho o ha visto algunos aspectos y deja otros en la sombra y los descuida. Así ha hecho Codazzi: en cada uno de los 14 capítulos dé qué constan sus "Memorias", ha fijado un centro y en torno a él ha acumulado lo que recordaba o había anotado: el centro es­plende; en torno hay un poco de sombra. Lo que importa es ver si ese centro tiene belleza, si es digno de ser transmitido. Y co­mo los Varios centros son o hechos geográficos -países, regio­nes, gentes- o hechos históricos -la historia pasada o presen­te de Codazzi-, y unos y otros son tratados con cierto arte, re­sulta un conjunto digno del mejor aprecio.

Si Codazzi hubiese seguido el ejemplo de su compañero de armas, tendríamos una crónica más simple, pero más fría, más descolorida: podríamos quizá seguir mejor los sucesos y movi­mientos en aquel vasto mar y en aquellas tierras ilímites, pero tendríamos menos primores de imaginación. Codazzi ha queri­do seguir una vía de síntesis y de arte; Ferrari una fácil de análisis; este es inferior como escritor de memorias; aquel su­perior: el uno levanta acta de lo hecho y de lo visto, el otro lo transforma en una bella visión. No hay duda sobre nuestra pre­ferencia, y una comparación daría la victoria a Codazzi, que ha escrito páginas destinadas no sólo al estudioso, sino amenas, y agradables para quien ama las lecturas atractivas y buenas.

La muerte de Aury produce un poco de malestar entre las tropas que él comandaba y sobre todo entre los oficiales. Y Co­dazzi y Ferrari -especialmente Codazzi- sienten más viva­mente su desaparición. Su decisión de repatriarse es la conse­cuencia del malestar que sigue a la muerte del comandante. El capítulo décimo cuarto contiene la narración de los últimos me­ses pasados en América, del viaje de retorno a Europa y a Ita­lia, y nos dice también que, en el fondo, los dos no llegan des­provistos. Han recibido la liquidación de sus servicios, la han acrecentando invirtiendo el dinero en mercancías y vendiendo estas a mayor precio. Pueden mirar al mañana con ojos tran­quilos. Es verdad que son jóvenes; el uno, Codazzi, no tiene aún treinta años y el otro no llega todavía a los cuarenta.

Desde los días de Constantinopla los dos se habían hecho promesa de permanecer siempre buenos amigos, de vivir juntos y de no separase jamás el uno del otro.

A Ferrari, hombre de coraje y buen soldado, pero de escasa voluntad y de débil iniciativa, podía parecerle hermoso el ju­ramento y quizá lo hubiera mantenido con plena fidelidad, pero esto habría de ser gravoso para Codazzi, índole más activa y dinámica, dispuesto a actuar y a asumir la responsabilidad de sus actos. En aquella sociedad entre los dos, el uno habría de vi­vir casi a costa del otro, satisfecho con obedecerle, pero también poco dispuesto a ayudarlo. Ferrari lo confiesa cándidamente: su amigo tenía el poder de hacerle aceptar todo, aun las cosas que en el fondo no aprobaba: Codazzi era su voluntad: manda­ba sobre él y Ferrari obedecía, quizá porque no era amigo de trabajar y porque la inercia, los opíparos banquetes y la vida alegre lo eran todo para él. ¿ No estaba Codazzi que se preocupaba por él? De modo que no tenía ni siquiera la obligación y la fatiga de pensar. Los años de los viajes de Constantinopla a Amsterdam y de la permanencia en América ya iban siendo le­janos y su amistad no había sufrido ni siquiera el menor res­quebrajamiento. De modo que a la idea -no sé a quien le haya venido primero- de entregarse al cultivo del campo y de vivir del ejercicio de la agricultura, siguió la adquisición de un te­rreno bastante extenso. El hecho de que la granja fue comprada cerca de Lugo, en el común de Massalombarda, en Serrallo, in­dica claramente que prevaleció la voluntad de Codazzi: este era de Lugo y Ferrari de Reggio Emilia, donde tenía todavía a sus padres y hermanos (1) .

La tierra de Romaña es fértil y especialmente la de la lla­nura; la de la amplia llanura entre las colinas y el Po; pero la finca que ellos compran, antes de propiedad de la familia Archi de Faenza, parece que no había sido cuidada con mucha aten­ción y que estaba un' poco abandonada, de modo que inmediata­mente se vio la necesidad de invertir dinero en ella, para poner las casas en condiciones de habitabilidad y los terrenos en capa­cidad de producir y de producir bien. Y que así estaban las co­sas lo dice el hecho de que Codazzi, listo a trabajar y no dis­puesto a esperar -la familia de Ferrari se ve obligada a vivir en Lugo, porque la casa de Villa Serrallo, no puede hospedaría decentemente-, se pone a construir y, para construir, corno pa­rece que todos los ahorros se han gastado en la adquisición del terreno, contrae deudas, como es lógico. Pero las deudas deben pagarse, los acreedores no esperan indefinidamente: por otra parte parece que el terreno no produce lo suficiente para per­mitir que una parte de las utilidades se destine a pagar deu­das. Codazzi encuentra una solución: le consigue una mujer rica a Ferrari, y este confiesa en sus "Memorias" que, aunque no se sentía inclinado al matrimonio, obedece al amigo. La joven pertenece a una familia distinguida y es hija de un médico fa­moso, el profesor Antonio Giuseppe Testa, fallecido un año an­tes del matrimonio, que se celebró en 1825.

Codazzi dice que escribió sus "Memorias" con ocasión de este matrimonio: había una carta, según afirma Codazzi, que las consagraba en homenaje a su amigo, el cual digámoslo en­tre paréntesis, un año antes, incapaz de estar quieto y pronto a escuchar todas las voces de guerra que en aquel tiempo se le­vantaban de todas partes, había hecho un viaje hasta Grecia, en el que bien poco hizo.

Durante su ausencia -parte casi a escondidas, porque el amigo no habría aprobado ciertamente su salida tan lejos- la tarea de atender a los negocios del Serrallo se la dejó a Codazzi quien, al quedar solo, procedió como mejor le pareció.

Celebrado el matrimonio, las relaciones entre Codazzi y Fe­rrari cambiaron un poco: hay de por medio una suegra que naturalmente, como mujer previsiva, provee a los intereses de la hija. La propiedad indivisa y el gravamen de las deudas con­traídas para poner la tierra en condiciones de ser habitable y fructificar, aconsejan a la viuda de Testa meter la nariz en los negocios, y entre ella y Codazzi se establecen pactos que a Fe­rrari -es confesión propia- no le agradan, pero que acepta porque Codazzi, a pesar de serle gravosos, los había aceptado. Probablemente se trata de la división de los bienes, como se sa­be más tarde cuando aparece que a Ferrari le tocó una parte mayor y que la parte menor le quedó a Codazzi.

Por las "Memorias" de Ferrari se sabe que Codazzi cons­truye y construye mal, sin tener en cuenta el parecer de peritos, a su capricho, gastando más de lo debido. Todas estas acusacio­nes, quizá no manifestadas entonces, pero escritas después, 'qui­zás dichas en voz baja pero no abiertamente, determinaron re­laciones un poco tensas entre los dos, que al fin provocaron la separación y el retiro de Codazzi. Yo he procurado en un re­ciente estudio, publicado en una revista romañola que acoge to­do lo que se relaciona con la Romaña y con los hombres céle­bres de la Romaña, cualesquiera que sean su origen y sus ideas, establecer un poco de orden en estas relaciones económicas en­tre los dos (2).

No sé si entre las cartas familiares coleccionadas por Pian­castelli y relativas a Codazzi haya algo que aclare este punto, pero de lo que dice e imprime Ferrari, de las cartas de la fami­lia Codazzi, conservadas en la biblioteca Trisi de Lugo, y sobre todo de las contradicciones del mismo Ferrari, he podido sacar conclusiones que me parecen lógicas (3) .

Es verdad que Ferrari, una vez comprado el terreno a la familia Archi, no se ocupó más en él y dejó actuar a Codazzi y aprobó lo que el prudente Codazzi tenía intención de hacer. Quizá los trabajos realizados obligaron a hacer préstamos. El matrimonio contraído por Ferrari, si en un principio pareció conveniente para sanear el pasivo existente, fue en realidad un mal negocio para las relaciones entre los dos. Ferrari, aún su­jetándose a Codazzi y soportando de mal grado lo que la suegra había querido ver claro en la sociedad entre los dos, ante la acep­tación de Codazzi, que adivinaba en las intenciones de la señora Testa una justa defensa de los intereses de la hija, no tuvo más dudas y aceptó también él. Quizá a Codazzi lo había invadido ya el hastío de la vida en común: ya había muerto su padre, su hermana se habla casado, nada más lo mantenía aferrado a su tierra, y la amistad con Ferrari se había evidenciado despro­vista de aquel contenido que hace eternas las relaciones entre amigos. Además entre los dos había surgido otra persona que buscaba salvaguardar los intereses de la hija casada.

Por último Codazzi se había dado cuenta plenamente de lo que quizá ya había visto en Ferrari, pero la vida vivida antes, sin preocupaciones por el mañana, había podido disimular los grandes defectos del amigo. Es un conjunto de comprobaciones y de sentimientos consiguientes que impulsan a resoluciones que parecen imprevistas y que en cambio han sido lentamente ma­duradas.

Tal vez Codazzi que, al administrar en la tranquilidad de Serrallo los bienes comunes mientras el amigo andaba errante casi desdeñando el ocuparse en cosas que habían sido siempre ajenas a su vida, había revivido en su mente aquellos años de extrema libertad y de infinito riesgo, fue invadido por la nos­talgia 'de América. Dicen que quien ha gustado de las 'grandes soledades de las regiones lejanas se siente mal así en el tumulto de la sociedad como en la modesta quietud del campo; el mal de Africa -y para Codazzi el mal de América- acomete de nuevo a quien ha estado allí y se ha encontrado a su gusto.

Quizá Codazzi fue aguijoneado por la nostalgia y, rápido, casi a escondidas, regresó a Venezuela. Era en 1826, pero antes había querido hacer con toda diligencia las cuentas de su admi­nistración y había trabajado para dejar cada cosa en orden. Es verdad que había deudas, que había algún préstamo a plazo de­terminado, pero la hacienda, como resulta de los balances reuni­dos por Codazzi, había sido abundantemente productiva.

Y por otra parte, al partir él, deja su parte a Ferrari para que la administre. Para sí retiene solamente el fruto del dinero que ha empleado en empresas que, como anunciará poco después, salieron mal.

A Ferrari le deja por su parte amplios poderes.

Parecería que con su partida todo hubiera terminado y que, libre Ferrari para administrar la parte de Codazzi, pudiera pa­gar las deudas y hacer frente a los préstamos. Por el contrario. Después de ocho años, Ferrari, como si no pudiera estar lejos de Codazzi, (en realidad hace el viaje por satisfacción propia, para moverse, para volver a vivir la vida que le agrada) va a Vene­zuela como un acreedor implacable a pedirle a Codazzi que cum­pla sus compromisos.

Y Codazzi después de ocho años, después de enterarse de que su parte ha sido vendida y de que a su hermana, que se ha­llaba en condiciones difíciles porque se había separado de su marido, se le había dado un puñado de escudos, trata duramente a Ferrari, y lo hace regresar a Italia, aunque proveyéndolo de dinero, con palabras severas y con la declaración de que no quie­re ocuparse más en las cosas del Serrallo. Así en Caracas, en la casa de Codazzi, ya casado con la gentil esposa que lo acom­pañará a todas sus peregrinaciones y que le sobrevivirá largo tiempo, termina una amistad que había durado diez años, amis­tad que parecía que debía durar eternamente y que se acaba por la lógica diversidad de los temperamentos.

Pero que la hacienda del Serrallo haya sido llevada de nue­vo a una hermosa producción, quizá por obra de Ferrari, obliga­do a pensar en sus cosas por el nacimiento de un hijo, perdido muy pronto, o por obra de su mujer, lo dice la inscripción gra­bada en 1894, en la que a las alabanzas que se le hacen como sol­dado valeroso van unidos los elogios por su actividad como agri­cultor.

Tales elogios, que creemos le han sido tributados con razón, nos dicen que la adquisición de la hacienda no había sido un mal negocio, pues podía responder a las esperanzas de quien la cultivaba con aplicación.

Además las deudas adquiridas al principio cuando el terre­no debía ser puesto en la posibilidad de producir y de producir bien, no han de atribuirse a la desordenada administración de Codazzi, quien tres años después de la adquisición partía para Venezuela, ya que aquellas deudas, según dice el mismo Ferrari, eran aun elevadas ocho años después de la partida de Codazzi y seguían altas después de la venta, o de la fingida venta, de la parte que a éste le correspondía, y de la que se le dieron pocos centenares de escudos a la hermana de Codazzi.

En realidad, mientras Codazzi, modesto y de pocas nece­sidades, atendía al cuidado de la hacienda agrícola, Ferrari an­daba por todas partes y gastaba. Quizá cuando dejó de llevar la vida de antes y atendió a sus cosas, éstas florecieron hasta el punto de darle fama de buen agricultor.

La lápida que recuerda a Ferrari en la casa del Serrallo no hace ninguna alusión a Codazzi: extrema injusticia, cometida quizá por quien no había leído y meditado las "Memorias" de Ferrari.

 

 
(1) Costante Ferrari - Memorie postume. Rocca S. Casciano, 1855 - Ristampate nel 1942 dall'ISPI di Milano, con prefazione di M. Menghini, p. 506, 508-515.
(2) C. Ferrari ed A. Codazzi, in "La Pie" - Forli, núm. 7-8 y 9-10 -1959.
(3) Las cartas (12 en total), o se refieren a intereses de familia, o a empleo de capital en asuntos comerciales, o a informaciones sobre instalación de industrias (hornos de fundición) en Venezuela. Están dirigidas a Ferrari, a Dalbuono, a la hermana o a otras personas, y se refieren a dos épocas, o al tiempo en que Codazzi estaba en Serraglio, o a cuando regresó a Europa para hacer editar su obra sobre Venezuela y para re­coger colonos alemanes para llevarlos a América.

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