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II -
En Constantinopla: de aquí va por varios países al báltico y
después a Holanda - Va a América del Norte - A sueldo, combate a
favor de los insurgentes en el mar de las Antillas - (Sus
Memorias) - Precioso contenido de estas - Regresa a Italia - En
sociedad con Constante Ferrari - Después de tres años A. Codazzi y
C. Ferrari se separan.
1816-1826
Livorno es el puerto en donde Codazzi alquila una nave y de
donde intenta partir para el Oriente, para Constantinopla y después
para Odesa: pero ya lo hemos dicho -y en las "Memorias" hay una
más larga exposición- la nave naufraga en las Islas Jónicas: todo
está perdido para Codazzi: sólo le quedan los brazos, brazos
robustos y que saben hacer muchas cosas. Parece que el desánimo no
puede hacer presa de él: tiene poco más de los 22 años y el futuro
le sonríe. Se coloca de encalador y así se gana la vida
trabajando. Pero la pequeña Isla de Itaca, que le despierta tantos
ecos de lejanos estudios, no puede ser por más tiempo lugar para
él. Una nave que pasa lo lleva a Constantinopla.
Allí se reúne una heterogénea multitud de gentes, una turba de
aventureros que han tenido una fortuna favorable o adversa y están
ricos o en la miseria, y una turba de aventureros que buscan
fortuna y esperan tenerla pronto de su parte. Y en aquel momento la
multitud era más numerosa. El licenciamiento de todos los
voluntarios que habían corrido a combatir con Napoleón o contra
él, había agrupado en los lugares que eran mercado del trabajo
humano, a numerosos jóvenes. En Constantinopla, como en otras
partes, como en todas las ciudades de mar que son puerta abierta a
otras tierras, se reunía una juventud que había tenido que
abandonar las armas y que buscaba volver a tomarlas bajo otro
patrón, en otra tierra. Y en Constantinopla vivían hombres que por
diversos medios se habían enriquecido y que ejercitaban diversas
actividades: a Constantinopla va Codazzi y allí encuentra quien lo
ayude; y halla un trabajo no apto para él, pero que le da el pan:
hace de vigilante de un garito, ya que los garitos, objeto de
asaltos frecuentes por parte de los griegos, tienen necesidad de
quien los defienda aún con las armas; y quien había hecho durante
años el oficio de soldado, afrontando riesgos y peligros, era la
persona más apta. En Constantinopla encuentra a Constante Ferrari,
también él combatiente en muchas guerras, y con él contrae buena
amistad, que se prolongará por muchos años y en la que no faltarán
sombras de desacuerdos y disgustos para Codazzi. Y aquí nos
permitiremos algunas consideraciones. Todas las guerras, pero
especialmente las guerras que son hechas por voluntarios, cuando
terminan ocasionan una desocupación: la guerra es un óptimo empleo
para laboriosos y desocupados. Los más, exonerados de la obligación
de la milicia, tornan a sus casas y poco a poco regresan a la vida
activa. Pero algunos -y en el pasado eran muchos- persisten en
querer hacer de soldados y van a donde se combate, muchas veces sin
fijarse por quién o por qué se combate; otros se entregan a otros
oficios, a lo que se les presente, y muchas veces la fortuna los
ayuda. Italia ha dado una buena contribución de jóvenes a este
azaroso deseo de aventura; y sería hermoso recoger la historia de
tantas energías que llegaron a alcanzar la victoria o que se
derrumbaron miserablemente.
No es una historia fácil de recoger, pero es bien interesante.
Pocos -los afortunados- han dejado relaciones, diarios, memorias:
pero muchos -aun victoriosos- han descuidado este deber de hablar
de sus vicisitudes. Y cuántos, vencidos por el ingrato destino, ha
desaparecido, ignorados, en el abismo del tiempo. Y sin embargo es
hermosa y amable esta juventud, a la que nada asusta, que se aleja
de su tierra y se va como empujada por una necesidad de novedad y
por un atractivo de aventura.
A. Codazzi y C. Ferrari no son de aquellos sobre quienes el
tiempo ha tendido el manto del silencio: ambos, después de breve
tiempo, regresaron acompañados de un cúmulo de experiencias y de
alguna riqueza y después, el uno permaneció en su tierra y no
volvió a tentar la suerte en países lejanos; el otro volvió a
tentar la fortuna, venció y la gloria ha coronado su nombre.
Así que en Constantinopla se encuentran los dos y hacen buena
amistad: la vecindad de sus lugares de origen -el uno romañolo, el
otro emiliano, de Reggio-, la semejanza de índole, o tal vez la
identidad de condición en aquel momento, los acerca, los une, les
da la sensación de que jamás se separarán, y, después de afrontar
los riesgos que les esperan, saldrán victoriosos y continuarán la
vida juntos, como hermanos.
He dicho que ambos escribieron sus "Memorias": ¡ Pero cuánta
diferencia! Ferrari es un monótono y rígido cronista de su
permanencia en Constantinopla; Codazzi en cambio nos hace vivir con
él en el Bósforo, ve y describe la gran ciudad, sus bellezas, sus
antigüedades.
Un caso imprevisto, la peste que estalla de pronto, a la vez que
obliga a cerrar el garito donde los dos estaban ocupados, dispersa
toda la gente que es huésped de la ciudad; y entonces los dos
intentan una aventura de mayor amplitud. Dejan la capital turca y
primero por mar, después por tierra y de nuevo por mar, arriban a
Holanda, al puerto del cual zarparán para la América
Septentrional.
Es un viaje de muchos centenares de kilómetros el que llevan a
cabo los dos, deteniéndose, descansando, huéspedes muchas veces de
personas amigas. Pero mientras parece que Ferrari no tiene ojos, y
que los lugares por donde pasa no sean dignos de una ojeada o de
una palabra, y sólo se alegra cuando una casa bien provista los
acoge, cuando la persona a quien se presentan con una carta los
hospeda benévolamente y los provee de dinero, o les procura una
cómoda diligencia; Codazzi todo lo observa: ciudades, campos, ríos,
gentes, y además agrega sus informes, notas históricas y
personales.
Toda la vasta tierra se hace viva en la prosa de Codazzi,
mientras que para Ferrari se cubre de niebla, como cosa que no le
interesa y como si no anduviera por ella.
Un primer rápido cotejo de las dos narraciones muestra la
diversidad de uno y otro, los distancia y da una impresión casi
precisa de estas dos naturalezas bien diversas.
Las "Memorias" de Codazzi, que reproducimos íntegras, nos
dispensan de detenernos sobre esta travesía de la Europa
centro-oriental, que hacen los dos, empleando no poco tiempo.
Cuando llegan al Báltico toman una nave, que una tempestad
pone en malas condiciones; pero la fortuna los asiste y finalmente
consiguen llegar a Holanda.
Aquí Codazzi en sus "Memorias" da algunas rápidas pero seguras
noticias del país, mientras Ferrari guarda casi absoluto silencio.
Holanda es un país que tiene en sí mismo la razón de la actividad
de sus habitantes y de su economía: bañada por el mar, recorrida
por canales, está toda dedicada a las artes marineras y a la vida
que. el mar desarrolla: su comercio es grande, su gente va a todas
partes para transportar mercancías o para recogerlas.
De Holanda parten en una nave que transporta numerosos emigrados
y van hacia la América.
También esta nave, al atravesar el Atlántico, sufre graves
percances y Codazzi describe el peligro que pesa sobre la no
segura embarcación y dice de los esfuerzos que la tripulación y
los pasajeros hacen para salvarla del mar: Ferrari, también aquí es
parco en palabras.
Finalmente llegaron a Baltimore. Grande impresión hizo en
Codazzi la república americana, nacida cerca de cuarenta años
antes: es más, hace una descripción del joven Estado, que
demuestra cómo Codazzi se forma un claro concepto de las ideas que
han presidido su nacimiento. Dos principios lo sostienen: la
obediencia a la Constitución y la libertad religiosa. Es verdad que
lo que dice Codazzi fue escrito una decena de años después; por
consiguiente podemos pensar que haya tomado de los libros lo que se
atribuye él mismo cuando llega a Baltimore; pero indudablemente
sus "Memorias", por lo precisas y por los muchos detalles, dependen
de apuntes tomados en el viaje, de impresiones anotadas entonces.
Por consiguiente debemos suponer en él, desde cuando se mueve por
Europa, navega por el Báltico y el Atlántico y arriba a América,
disposición para observar y para captar la esencia de las cosas que
ve; además hay en él el arte del narrador, que se deja leer con
gusto.
No se olvide en qué años viaja Codazzi: 1816, 1817 y 1818 son
los años en que de Constantinopla va a Baltimore, y después al
Golfo de Méjico y al Mar de las Antillas, y son años densos de
historia para los países que han estado sujetos durante siglos a
España, y que han tratado de emanciparse de ésta en tiempos
diversos pero bien cercanos.
La llamada América Latina, al iniciarse el año de 1810, es
asaltada por un deseo vivísimo de libertad y muchos extensos países
se sublevan contra España.
La política que ésta había seguido durante siglos justificaba
cualquier movimiento de rebelión, explicaba las tentativas dé
sacudir el duro yugo. Además América del Norte, con su rápido y
maravilloso ejemplo, al conquistar libertad e independencia, había
demostrado a todos cuan fácilmente podían alcanzar tales bienes.
Por otra parte España, empeñada en estos años en Europa en su
lucha contra Napoleón, había tenido que aflojar la vigilancia sobre
sus colonias. Así entre 1810 y 1815 todas las tentativas hechas por
Méjico o por las otras tierras americanas hasta la Argentina para
alcanzar condiciones de libertad y de independencia, hablan tenido
un afortunado éxito.
Aquí y allá hablan surgido repúblicas: aquí
y allá vastas tierras se habían rebelado contra España. Por
otra parte las regiones que se habían rebelado y proclamado libres
estaban alejadas y separadas por amplios espacios difíciles de
superar, o por montañas, de modo que el mar era el único medio de
comunicación: agréguese además que los jefes de las tierras
separadas de España obedecían a ideas y sentimientos de nocivo
personalismo; que los indígenas, siempre sospechosos, y con razón,
hacia los blancos, se aislaban en sus inmensas soledades cada vez
que oían el fragor de las armas, y que los criollos, levantados de
repente contra el absolutismo de España, oscilaban entre la
obediencia a ésta, pero aligerada por las garantías de una
constitución, y la adhesión a la vida independiente de repúblicas
unitarias o federales; de aquí la diversidad de resistencia y la
diversidad de resultados.
El restablecimiento de la Monarquía en España había dado un
golpe mortal a todas las rebeliones y a todas las tentativas de
sustraerse a la dependencia de España. Solo el sur permanecía
todavía rebelde y victorioso; Buenos Aires era la capital de un
Estado que, más bien que perder, en estos años, había aumentado su
fuerza, a pesar de que en él había la acostumbrada lucha entre
unitarios y federalistas y de que ni siquiera faltaba quien pensara
en poner un rey al frente del nuevo Estado.
Y sin embargo al norte estaba aquella república que para todos
representaba un ejemplo digno de imitarse, que casi cuidaba de
amonestar y confortar a los espíritus dudosos, que impedía
solícita que las cosas volvieran a su anterior estado. Si la Santa
Alianza devolvía al mundo una Europa tal como era antes de
Napoleón, ¿ no debía también ella garantizar a España el retorno
de sus colonias americanas? Por esta razón los puertos de la
república norteamericana se habían convertido como en un lugar de
reunión de todas las naves que llevaban armas y ayuda para los
rebeldes del sur, y esto favorecía también las aspiraciones de la
misma sobre esta o aquella tierra, vecina a sus fronteras y casi
necesaria para su integración.
La política inglesa -Inglaterra estaba gobernada entonces por el
partido conservador -era opuesta a un demasiado acentuado
revolucionarismo en las colonias españolas, pero por otra parte no
le desagradaba que las cosas anduvieran de aquella manera, ya que
así tenía modo de extender su comercio y de multiplicar sus
exportaciones. De modo que, entre la complacencia de la república
norteamericana, deseosa de que todo el nuevo continente se
organizara en Estados libres, entre la tolerancia de Inglaterra,
dedicada a sacar el mayor provecho de una situación que en el fondo
no estaba de acuerdo con la tendencia de sus gobernantes, y el
esfuerzo de España por reconquistar íntegros el perdido dominio y
la perdida soberanía, vivían los territorios situados entre México
y la Argentina.
En 1815 España envió a Venezuela un ejército al mando del
General Morillo y pareció por un momento que él debía señalar el
fin del movimiento: pero subsistían aquí y allá focos de rebelión:
al sur y al norte vigilaban las dos repúblicas libres: además
Bolívar, siempre tenaz, aunque exilado, tenía los hilos de
movimientos siempre listos a estallar y avivaba las fuerzas
rebeldes; de tal manera que aquel año fue precisamente el
principio de la fase victoriosa.
Y en aquel tiempo se intensificó también la concurrencia de
combatientes de todas partes: los países que volvían a la vida de
la insurrección tenían necesidad de tropas siempre frescas y cada
vez más numerosas. Así que cuando en 1817 los dos amigos
desembarcaron en Baltimore, encontraron inmediatamente la
posibilidad de emplearse.
Tales auxilios representados por individuos de las más variadas
nacionalidades, no siempre tuvieron la simpatía de los
''insurgentes'': con frecuencia ásperos contrastes obligaron al
silencio a quien venía a ayudar a una causa honesta; con
frecuencia el silencio y el retiro de los nuevos auxiliares,
manifestaron el ánimo sospechoso de los insurgentes, los cuales
atribuyeron muchas veces a toda una multitud de generosos el
comportamiento de unos pocos, que sólo con el fin de adquirir
ganancias y riquezas afrontaban una vida de riesgos y de
peligros.
Y esto lo decimos, porque también a Codazzi le tocó observar
este espíritu de duda y hostilidad hacia aquel a cuyo comando
obedecía. En 1817 A. Codazzi y C. Ferrari eran transportados en una
nave comandaba por el almirante Villaret desde Baltimore al Golfo
de Méjico, donde esta vasta colonia vivía sus últimas horas de
incertidumbre y estaba -con la derrota del joven Mina- para volver
a la sujeción española.
El nuevo jefe de los dos es el Almirante Luis Aury, llamado el
Corsario: a sus órdenes Ferrari tendrá la graduación de Capitán y
Codazzi la de Teniente; esto es, los mismos grados que uno y otro
habían conquistado en su precedente vida de soldados.
Lo que Codazzi hace y observa, o lo que en sus páginas aparece
como hecho y observado por él, es digno de fe, pero cuanto refiere
como obtenido en otras fuentes y relatado por otros, no merece la
misma confianza. Así, lo que sucede a Aury de Galveston a Florida,
no es una serie de sucesos a los cuales haya asistido Codazzi o en
los cuales haya tomado parte, sino relación de otros, de manera que
la narración de estos hechos tal como resulta de los documentos
publicados, no está de ninguna manera conforme con cuanto leemos en
sus "Memorias". Quizá es un homenaje al hombre a quien él admira y
a quien sirve hasta la muerte, la cual, desgraciadamente, ocurre
muy pronto. Del Golfo de Méjico la nave está para dirigir su proa
hacia el Estado de Buenos Aires, y sin embargo, después de haber
visitado dicha república, vuelve a aquel mar de las Antillas en
donde está para decidirse la suerte de Venezuela. Sobre este país
Codazzi trae un pasaje bastante largo, que es historia ya pasada;
aquella que precede a la venida de Morillo, la que expone los
primeros momentos de la rebelión contra España.
¿ Qué hace Codazzi entre 1818 y 1822 en aquella tierra que
marcha rápidamente hacia la independencia, en las islas que la
preanuncian, en los mares que la bañan?
Es claro: combate contra España y ayuda a cualquier empresa de
los insurgentes. Pero a esta su actividad, o mejor a la actividad
que desenvuelve Aury, es concedida una cierta libertad: éste actúa
para perjudicar a cuantos se oponen a la independencia de
Venezuela, pero no siempre aparece la conexión con la actividad de
los que guían en el interior la rebelión contra España. Quizá
Codazzi, como oficial dependiente de Aury, pero a quien éste dejaba
notable libertad, no quiere mostrar el nexo que hay entre su obra y
la de los otros; quizá sólo le interesa mostrar lo que él hace;
quizá escoge de entre los hechos aquellos que particularmente se
refieren a él, dejando todo el resto en la sombra. Por consiguiente
las "Memorias" pueden considerarse como una antología histórica o
geográfica: el autor no se cuida de seguir el hilo de los
acontecimientos que ocurren ante sus ojos y de los cuales es parte,
y escoge entre los sucesos aquellos que más le agradan; los que le
permiten hablar de tierras interesantes y curiosas o de algunos de
aquellos hombres que han tenido parte notable en la historia de
aquellos años.
Así se destaca en las "Memorias" el encuentro con Simón Bolívar,
a quien conoce por medio de Santander.
Hermoso es el encuentro: Codazzi es entonces un modesto oficial
y Bolívar es ya el vencedor de Boyacá: el encuentro tiene lugar en
el interior, en un vasto altiplano, al cual arriba Codazzi después
de haber pasado por Bogotá. En aquel altiplano se encuentran -en
1819- hombres a quienes se debe la independencia de numerosas
tierras, desde el Ecuador y Bolivia hasta Venezuela; son todos
jóvenes y todos están destinados a figurar en la compleja historia
de aquellas tierras. Está Aury y también Santander, y Codazzi tiene
páginas elevadas, solemnes y juicios igualmente elevados, que casi
parecen superiores a su juventud.
Si, Bolívar ha hecho lo que muy pocos han hecho, y si continúa
en el camino que hasta ahora ha recorrido, pasará entre los héroes
más puros y más predilectos de la historia de la independencia de
los pueblos. Pero tiene un ánimo demasiado exaltado y es muchas
veces casi cruel.
Ya aquí recogemos lo que en distintas partes se dice de
Bolívar: las "Memorias" en más de un lugar tienen juicios sobre el
mismo individuo. Bolívar no siempre sabe escoger a los hombres de
quienes necesita: su elección es dictada por simpatías y
antipatías: así, ha escogido al Almirante Brion y no se ha valido
de la obra de Aury; y aquel ha correspondido mal a sus esperanzas,
mientras que este, aun antes de ser utilizado, ha muerto; ¡y pedía
tan poco!
Celoso, Bolívar ha tenido aparte y casi bajo sospecha a
Santander. Y sin embargo, ¡ cuán digno era de su entera confianza!
Hizo falta el episodio en el cual Santander salvó valientemente la
vida de Bolívar, herido por el enemigo, para que este depusiese
todas sus sospechas. Ocurre que Codazzi, hombre de gran equilibrio
desde sus años juveniles, al genio, siempre acompañado de graves
defectos que los hombres comunes no saben tolerar,, prefiere el
individuo equilibrado que obedece al imperio de la razón. A Bolívar
prefiere Santander, más vecino a él, más humano, destinado a vivir
con los demás hombres, a tolerarlos y
a interpretarlos.
Además en Bolívar como que presiente Codazzi a aquel, que un día
antepondrá su voluntad a la ley, aunque ordenada al bien, y los que
mandan a otros sin obedecer otra ley que a sí mismos, a su propia
voluntad que puede incluso tornarse caprichosa, no son de su
agrado. Codazzi percibe la belleza de la ley que garantiza a todos
la libertad, y por ello sólo sabe adaptarse a tal ley: quien la
desconoce no es su amigo, no tendrá su admiración, no será digno de
su obediencia. El probo romañolo conserva intacto el patrimonio
moral y político que había recibido de su patria, enemiga de todos
aquellos que a la ley substituyen el arbitrio.
Y será siempre así, aun cuando tal comportamiento pueda causarle
daño, pueda perjudicar toda su vida y la de los suyos.
Y otro pasaje notable de sus "Memorias" es aquel que se refiere
a su navegación por el río Atrato. Tiene una difícil misión qué
cumplir, que le ha sido confiada: debe comunicar algo, que sólo
indica vagamente, al comandante de una nave que navega en el
Pacifico.
Y trata de hacerlo por la vía fluvial; sube el Atrato
fingiéndose un honesto comerciante y obteniendo de las pequeñas
guarniciones españolas, compuestas de pocos hombres y escalonadas
a lo largo del curso del río, libre tránsito por el mismo, con
abundantes obsequios de bebidas alcohólicas. Pero observa. al subir
el río, el terreno de los dos orillas, anota los pueblos, los
caseríos, la vida vegetal: el Atrato es recorrido hasta la
cordillera poco elevada que lo divide del San Juan, salva
rápidamente sus alturas, y hélo aquí delante del río que va a
desembocar en el Pacífico con sus afluentes; desciende por él con
tiempo para recoger la nave, que está al largo, las informaciones
que desea y para comunicar al comandante aquello que está encargado
de comunicarle.
Su misión está cumplida y en el viaje de regreso sigue otro
camino; aquél que le permitirá atravesar las alturas del interior.
La hoya de los dos ríos, ricos en agua y que corren en una zona de
las más interesantes, surge de la descripción de Codazzi con tal
precisión, que no es necesario, para darse cuenta de ella, recurrir
al mapa que también acompaña a las "Memorias".
Es una monografía potamológica, bien hecha y moderna, esta
sobre el Atrato: están en ella el suelo, el clima, la flora, la
fauna, y el hombre con sus leyes y también con su civilización y
con su moral. Es casi sorprendente que un joven de poco más de
treinta años y sin estudios particulares, guiado sólo por el bien
'natural y por la experiencia que tiene siempre a la mano, haya
sabido componer casi unas monografías, que incluye en sus
"Memorias", mientras que el lector busca inútilmente en las de
Ferrari algo que se asemeje al modelo de Codazzi. Por otra parte
anota todo lo que ve, y por consiguiente observa todos los
caracteres físicos de las tierras que recorre y la vida que se
desenvuelve en ellas. Los llanos del Orinoco, las alturas de la
cordillera, las regiones vecinas al mar, las lagunas, todo pasa a
través de sus agudos ojos en la narración, la cual siempre tiene
una forma correcta, con frecuencia exacta y casi literaria.
Hay también algunos pasajes en los cuales aparece el delicado
sentimiento de Codazzi: la muerte de Luis Aury, que había sido para
él más que jefe, amigo, está descrita con palabras delicadas y con
verdadero dolor. La figura física de este (a Codazzi le gusta
hacer de las personas que encuentra, de las que juzgar una
descripción precisa, como si quisiera acompañar a sus palabras el
retrato del mencionado), sus costumbres, el modo de comportarse con
los demás -importante sobre, todo en aquella tierra tan ajena. a
nuestra vida- todo es observado y anotado por él, por lo cual la
apreciación final resulta plenamente justificada.
Y de Aury se acordará aun después de su regreso a Europa, tanto
que irá hasta París para llevarle a la hermana todos los papeles
referentes a su servicio y a los derechos que tal servicio
reservaba a sus herederos.
Tiene el culto a la amistad y lo demostrará en los años
posteriores: quien le merece un juicio favorable, quien por sus
dotes de soldado y de hombre gana sus simpatías, recibirá sus
elogios y sus demostraciones de amistad.
En el fondo sus "Memorias" -que aparecen en la segunda parte de
este volumen acompañadas de numerosas notas- no son, como las de
Ferrari, una secuela de hechos y acciones desligadas, a las cuales
el lector consigue con dificultad dar una unidad, sino una serie
de cuadros geográficos -en el más exacto y amplio sentido de la
palabra -que describen las tierras en que ha actuado a favor de los
insurgentes. Se sabe que Codazzi estuvo en varias regiones por
orden de sus jefes, que allí cumplió las comisiones que se le
confiaron, pero estas actividades no siempre aparecen bien
puntualizadas como si él no debiera referirlas particularmente en
sus detalles ni en sus éxitos: parece un hombre que, encargado de
importantes misiones de guerra, se preocupara en describir muy bien
el ambiente, los lugares y las gentes entre quienes le toca actuar
y calla lo que hace, dejando al lector la libertad de pensar en lo
que ha realizado; y el silencio y las pocas palabras son muestra
de su reserva de hombre que obra por voluntad de otros, o de su
modestia, pues son más dignos de recuerdo los lugares y los hombres
que las pequeñas cosas que él hace.
Así todo el capítulo sexto está dedicado a la historia, y
aunque esta, tal como él la expone, necesitaría correcciones,
adiciones, interpretaciones, ya que no es fácil en pocas páginas
dar una síntesis de tan grandiosos sucesos como son los de la
iniciación y el desarrollo del movimiento de la independencia en
Venezuela, no podemos menos, al leer este capítulo, de sacar la
conclusión de que ha sabido trazarnos un hermoso cuadro.
Venezuela, sujeta a España, se rebela contra ella y lucha: y los
hombres que son los actores de la rebelión y sostienen la lucha
figuran todos: Miranda, Santander, Páez, el doctor Zea y sobre todo
Simón Bolívar, que consagra su entusiasmo, su palabra y su espada
a la causa.
Es verdad que Codazzi confiesa haber obtenido sus informaciones
en buenas fuentes; pero sabe distribuirlas bien, en el lugar
oportuno; el capitulo sexto es como la introducción histórica de
lo que va a narrar, necesario para entender lo que vendrá
después.
Este paréntesis, que comprende todo un capítulo, está bien
hecho; es un ejemplo que nos indica la calidad de narrador de
nuestro autor: los personajes que recuerda tienen vida, tienen
movimiento, hablan y obran como si estuvieran vivos; y la
animación que da al ambiente no altera la narración, la hace más
viva y completa.
Se podrá, por los peritos en aquella lejana historia, -lejana
sobre todo por el lugar-, aportar rectificaciones y correcciones;
se podrá ilustrar mejor los detalles, pero sin duda, de los
personajes principales ha sido hecho por Codazzi un retrato bien
cercano a la verdad; los sucesos más importantes han sido
destacados y los juicios, que más que de las fuentes han sido
fruto de su reflexión y de la sobriedad de su mente equilibrada,
es difícil dejar de aceptarlos y hacerlos nuestros.
Y, continuando en el examen de los capítulos, también el séptimo
es explicativo e introductorio.
Se ha dicho que después de una no larga permanecía en el golfo
de Méjico, Aury va hacia el sur, hacia la república bonaerense,
que resiste, y es rica, y sirve casi de ejemplo a las demás; y
Codazzi aprovecha la ocasión para describir la ciudad situada a
orillas del gran río, para hablar del General San Martín, del
nuevo Estado; para indicarnos sus características y sus riquezas,
para describir la vida de sus habitantes. Es una ilustración viva
la que nos da Codazzi, y bien hecha. Pero en el sur no necesitan ni
de Aury ni de su flota y se le persuade de que regrese al norte; es
más -descartada la empresa de Méjico, peligrosa y difícil- se le
aconseja dirigir las operaciones de su flota hacia las islas que
surgen frente a Portobelo, a tres días de distancia de Jamaica, a
saber: Santa Catalina, la Antigua Providencia, San Andrés y
Mangles: allí puede establecer su campamento y fortificarlo; de
allí puede extender sus operaciones a las tierras del continente
americano. Y Aury acepta el consejo.
Este mar es pues el campo de actividad de Aury y por
consiguiente de Codazzi. Pero éste tiene predilección por lo que
es terreno habitado y cultivado, por lo que ofrecen otras gentes y
donde hay actividad; nos traza un cuadro de las dos islas, Santo
Domingo y Jamaica, que podría ser separado de su narración y
ofrecido como un modelo de tratado corográfico: las dos islas
surgen de su pluma integras, con todas sus características y con
la naturaleza particular de sus habitantes. Siempre es así nuestro
Codazzi: ante una tierra, que ve y visita por primera vez, no es
capaz de dejar de hacerla objeto de observaciones tan minuciosas y
precisas, que resulta una descripción completa. Así, lógicamente,
queda determinado el campo de acción en el que Codazzi actuará
durante todos los años que pasará en América.
Del capítulo 8 al 14 -o mejor hasta el principio del capítulo
14- o sea en 7 capítulos, se narran los sucesos y las operaciones
de la escuadra comandada por Aury, en los cuales Codazzi tiene
gran parte.
Y son muchos los sucesos, que no siempre tienen relación entre
sí, porque la flota es llamada, una y otra vez, a cumplir acciones
que son dictadas por la necesidad: son operaciones marginales, que
Codazzi trata de relacionar con los acontecimientos, más amplios,
de la restablecida república de Venezuela. Y si a tales sucesos
muchas veces apenas se hace alusión, Codazzi aprovecha
frecuentemente la ocasión para dar amplias descripciones de las
regiones. Así, después de la batalla de Boyacá, cuando va a Santa
Fe de Bogotá para entenderse con personajes de relieve, describe
aquella tierra del altiplano, y asimismo la región de Mosquitia es
objeto de no pocas páginas de uno de los capítulos de las
"Memorias".
Agreguemos también que las numerosas noticias dedicadas a la
flora y a la fauna, especialmente a los insectos que son
numerosísimos, diversos y peligrosos a la salud, indican en
Codazzi conocimientos en un campo que le era nuevo y que había
aprendido a conocer durante su permanencia en América.
Quien quisiese seguir sobre un mapa y trazar el itinerario de
los viajes por tierra y por mar hechos por Codazzi, quizá no
conseguiría establecer o fijar el recorrido, sino allí donde el
autor se detiene a indicar el camino que ha hecho, así como es
lógico también que no se pueda fijar la fecha precisa de cada viaje
y de cada traslado. Codazzi olvida precisar el año en que ha
emprendido cada viaje importante, en que ha cumplido cada operación
notable. Pero si se considera que se puso a escribir sus
"Memorias" en 1825 -un poco antes o un poco después tiene poca
importancia- y que no redactó su trabajo de memoria, sino siguiendo
numerosos apuntes, se debe, razonablemente concluir que no puede
resultar una crónica de hechos encerrados dentro de fechas
precisas:
Los hechos principales se destacan en los diversos capítulos
rodeados de todos los detalles; el resto, o está brevemente
expuesto, o falta.
Codazzi no nos ha conservado un diario de su vida en América,
ni siquiera ha reunido los sucesos por años: cada capítulo tiene un
argumento importante que predomina y en torno a él, antes o
después, van reunidos detalles que servían según él, para
completar e iluminar el hecho sobresaliente.
Los sumarios que preceden a cada capítulo nos dicen que en cada
uno de ellos hay un tema más denso y, en torno, una materia más o
menos compacta: hay una estrella refulgente y en rededor sustancias
cósmicas. Pero la luz de la estrella es viva y su viveza derrama
también un poco de luz en derredor.
¿Estilo de memorias no aceptables? ¿ Sería de desear que fueran
diversas? Todo hombre en el pasado que ha vivido encuentra algo
que lo atrae más que otras cosas que gozan menos de su afecto: cada
uno prefiere en sí o en lo que ha hecho o ha visto algunos aspectos
y deja otros en la sombra y los descuida. Así ha hecho Codazzi: en
cada uno de los 14 capítulos dé qué constan sus "Memorias", ha
fijado un centro y en torno a él ha acumulado lo que recordaba o
había anotado: el centro esplende; en torno hay un poco de sombra.
Lo que importa es ver si ese centro tiene belleza, si es digno de
ser transmitido. Y como los Varios centros son o hechos
geográficos -países, regiones, gentes- o hechos históricos -la
historia pasada o presente de Codazzi-, y unos y otros son
tratados con cierto arte, resulta un conjunto digno del mejor
aprecio.
Si Codazzi hubiese seguido el ejemplo de su compañero de armas,
tendríamos una crónica más simple, pero más fría, más descolorida:
podríamos quizá seguir mejor los sucesos y movimientos en aquel
vasto mar y en aquellas tierras ilímites, pero tendríamos menos
primores de imaginación. Codazzi ha querido seguir una vía de
síntesis y de arte; Ferrari una fácil de análisis; este es inferior
como escritor de memorias; aquel superior: el uno levanta acta de
lo hecho y de lo visto, el otro lo transforma en una bella visión.
No hay duda sobre nuestra preferencia, y una comparación daría la
victoria a Codazzi, que ha escrito páginas destinadas no sólo al
estudioso, sino amenas, y agradables para quien ama las lecturas
atractivas y buenas.
La muerte de Aury produce un poco de malestar entre las tropas
que él comandaba y sobre todo entre los oficiales. Y Codazzi y
Ferrari -especialmente Codazzi- sienten más vivamente su
desaparición. Su decisión de repatriarse es la consecuencia del
malestar que sigue a la muerte del comandante. El capítulo décimo
cuarto contiene la narración de los últimos meses pasados en
América, del viaje de retorno a Europa y a Italia, y nos dice
también que, en el fondo, los dos no llegan desprovistos. Han
recibido la liquidación de sus servicios, la han acrecentando
invirtiendo el dinero en mercancías y vendiendo estas a mayor
precio. Pueden mirar al mañana con ojos tranquilos. Es verdad que
son jóvenes; el uno, Codazzi, no tiene aún treinta años y el otro
no llega todavía a los cuarenta.
Desde los días de Constantinopla los dos se habían hecho promesa
de permanecer siempre buenos amigos, de vivir juntos y de no
separase jamás el uno del otro.
A Ferrari, hombre de coraje y buen soldado, pero de escasa
voluntad y de débil iniciativa, podía parecerle hermoso el
juramento y quizá lo hubiera mantenido con plena fidelidad, pero
esto habría de ser gravoso para Codazzi, índole más activa y
dinámica, dispuesto a actuar y a asumir la responsabilidad de sus
actos. En aquella sociedad entre los dos, el uno habría de vivir
casi a costa del otro, satisfecho con obedecerle, pero también poco
dispuesto a ayudarlo. Ferrari lo confiesa cándidamente: su amigo
tenía el poder de hacerle aceptar todo, aun las cosas que en el
fondo no aprobaba: Codazzi era su voluntad: mandaba sobre él y
Ferrari obedecía, quizá porque no era amigo de trabajar y porque la
inercia, los opíparos banquetes y la vida alegre lo eran todo para
él. ¿ No estaba Codazzi que se preocupaba por él? De modo que no
tenía ni siquiera la obligación y la fatiga de pensar. Los años de
los viajes de Constantinopla a Amsterdam y de la permanencia en
América ya iban siendo lejanos y su amistad no había sufrido ni
siquiera el menor resquebrajamiento. De modo que a la idea -no sé
a quien le haya venido primero- de entregarse al cultivo del campo
y de vivir del ejercicio de la agricultura, siguió la adquisición
de un terreno bastante extenso. El hecho de que la granja fue
comprada cerca de Lugo, en el común de Massalombarda, en Serrallo,
indica claramente que prevaleció la voluntad de Codazzi: este era
de Lugo y Ferrari de Reggio Emilia, donde tenía todavía a sus
padres y hermanos
(1)
.
La tierra de Romaña es fértil y especialmente la de la llanura;
la de la amplia llanura entre las colinas y el Po; pero la finca
que ellos compran, antes de propiedad de la familia Archi de
Faenza, parece que no había sido cuidada con mucha atención y que
estaba un' poco abandonada, de modo que inmediatamente se vio la
necesidad de invertir dinero en ella, para poner las casas en
condiciones de habitabilidad y los terrenos en capacidad de
producir y de producir bien. Y que así estaban las cosas lo dice
el hecho de que Codazzi, listo a trabajar y no dispuesto a esperar
-la familia de Ferrari se ve obligada a vivir en Lugo, porque la
casa de Villa Serrallo, no puede hospedaría decentemente-, se pone
a construir y, para construir, corno parece que todos los ahorros
se han gastado en la adquisición del terreno, contrae deudas, como
es lógico. Pero las deudas deben pagarse, los acreedores no esperan
indefinidamente: por otra parte parece que el terreno no produce lo
suficiente para permitir que una parte de las utilidades se
destine a pagar deudas. Codazzi encuentra una solución: le
consigue una mujer rica a Ferrari, y este confiesa en sus
"Memorias" que, aunque no se sentía inclinado al matrimonio,
obedece al amigo. La joven pertenece a una familia distinguida y es
hija de un médico famoso, el profesor Antonio Giuseppe Testa,
fallecido un año antes del matrimonio, que se celebró en 1825.
Codazzi dice que escribió sus "Memorias" con ocasión de este
matrimonio: había una carta, según afirma Codazzi, que las
consagraba en homenaje a su amigo, el cual digámoslo entre
paréntesis, un año antes, incapaz de estar quieto y pronto a
escuchar todas las voces de guerra que en aquel tiempo se
levantaban de todas partes, había hecho un viaje hasta Grecia, en
el que bien poco hizo.
Durante su ausencia -parte casi a escondidas, porque el amigo no
habría aprobado ciertamente su salida tan lejos- la tarea de
atender a los negocios del Serrallo se la dejó a Codazzi quien, al
quedar solo, procedió como mejor le pareció.
Celebrado el matrimonio, las relaciones entre Codazzi y Ferrari
cambiaron un poco: hay de por medio una suegra que naturalmente,
como mujer previsiva, provee a los intereses de la hija. La
propiedad indivisa y el gravamen de las deudas contraídas para
poner la tierra en condiciones de ser habitable y fructificar,
aconsejan a la viuda de Testa meter la nariz en los negocios, y
entre ella y Codazzi se establecen pactos que a Ferrari -es
confesión propia- no le agradan, pero que acepta porque Codazzi, a
pesar de serle gravosos, los había aceptado. Probablemente se trata
de la división de los bienes, como se sabe más tarde cuando
aparece que a Ferrari le tocó una parte mayor y que la parte menor
le quedó a Codazzi.
Por las "Memorias" de Ferrari se sabe que Codazzi construye y
construye mal, sin tener en cuenta el parecer de peritos, a su
capricho, gastando más de lo debido. Todas estas acusaciones,
quizá no manifestadas entonces, pero escritas después, 'quizás
dichas en voz baja pero no abiertamente, determinaron relaciones
un poco tensas entre los dos, que al fin provocaron la separación y
el retiro de Codazzi. Yo he procurado en un reciente estudio,
publicado en una revista romañola que acoge todo lo que se
relaciona con la Romaña y con los hombres célebres de la Romaña,
cualesquiera que sean su origen y sus ideas, establecer un poco de
orden en estas relaciones económicas entre los dos
(2).
No sé si entre las cartas familiares coleccionadas por
Piancastelli y relativas a Codazzi haya algo que aclare este
punto, pero de lo que dice e imprime Ferrari, de las cartas de la
familia Codazzi, conservadas en la biblioteca Trisi de Lugo, y
sobre todo de las contradicciones del mismo Ferrari, he podido
sacar conclusiones que me parecen lógicas
(3)
.
Es verdad que Ferrari, una vez comprado el terreno a la familia
Archi, no se ocupó más en él y dejó actuar a Codazzi y aprobó lo
que el prudente Codazzi tenía intención de hacer. Quizá los
trabajos realizados obligaron a hacer préstamos. El matrimonio
contraído por Ferrari, si en un principio pareció conveniente para
sanear el pasivo existente, fue en realidad un mal negocio para las
relaciones entre los dos. Ferrari, aún sujetándose a Codazzi y
soportando de mal grado lo que la suegra había querido ver claro en
la sociedad entre los dos, ante la aceptación de Codazzi, que
adivinaba en las intenciones de la señora Testa una justa defensa
de los intereses de la hija, no tuvo más dudas y aceptó también él.
Quizá a Codazzi lo había invadido ya el hastío de la vida en común:
ya había muerto su padre, su hermana se habla casado, nada más lo
mantenía aferrado a su tierra, y la amistad con Ferrari se había
evidenciado desprovista de aquel contenido que hace eternas las
relaciones entre amigos. Además entre los dos había surgido otra
persona que buscaba salvaguardar los intereses de la hija
casada.
Por último Codazzi se había dado cuenta plenamente de lo que
quizá ya había visto en Ferrari, pero la vida vivida antes, sin
preocupaciones por el mañana, había podido disimular los grandes
defectos del amigo. Es un conjunto de comprobaciones y de
sentimientos consiguientes que impulsan a resoluciones que parecen
imprevistas y que en cambio han sido lentamente maduradas.
Tal vez Codazzi que, al administrar en la tranquilidad de
Serrallo los bienes comunes mientras el amigo andaba errante casi
desdeñando el ocuparse en cosas que habían sido siempre ajenas a su
vida, había revivido en su mente aquellos años de extrema libertad
y de infinito riesgo, fue invadido por la nostalgia 'de América.
Dicen que quien ha gustado de las 'grandes soledades de las
regiones lejanas se siente mal así en el tumulto de la sociedad
como en la modesta quietud del campo; el mal de Africa -y para
Codazzi el mal de América- acomete de nuevo a quien ha estado allí
y se ha encontrado a su gusto.
Quizá Codazzi fue aguijoneado por la nostalgia y, rápido, casi a
escondidas, regresó a Venezuela. Era en 1826, pero antes había
querido hacer con toda diligencia las cuentas de su administración
y había trabajado para dejar cada cosa en orden. Es verdad que
había deudas, que había algún préstamo a plazo determinado, pero
la hacienda, como resulta de los balances reunidos por Codazzi,
había sido abundantemente productiva.
Y por otra parte, al partir él, deja su parte a Ferrari para que
la administre. Para sí retiene solamente el fruto del dinero que ha
empleado en empresas que, como anunciará poco después, salieron
mal.
A Ferrari le deja por su parte amplios poderes.
Parecería que con su partida todo hubiera terminado y que, libre
Ferrari para administrar la parte de Codazzi, pudiera pagar las
deudas y hacer frente a los préstamos. Por el contrario. Después de
ocho años, Ferrari, como si no pudiera estar lejos de Codazzi, (en
realidad hace el viaje por satisfacción propia, para moverse, para
volver a vivir la vida que le agrada) va a Venezuela como un
acreedor implacable a pedirle a Codazzi que cumpla sus
compromisos.
Y Codazzi después de ocho años, después de enterarse de que su
parte ha sido vendida y de que a su hermana, que se hallaba en
condiciones difíciles porque se había separado de su marido, se le
había dado un puñado de escudos, trata duramente a Ferrari, y lo
hace regresar a Italia, aunque proveyéndolo de dinero, con palabras
severas y con la declaración de que no quiere ocuparse más en las
cosas del Serrallo. Así en Caracas, en la casa de Codazzi, ya
casado con la gentil esposa que lo acompañará a todas sus
peregrinaciones y que le sobrevivirá largo tiempo, termina una
amistad que había durado diez años, amistad que parecía que debía
durar eternamente y que se acaba por la lógica diversidad de los
temperamentos.
Pero que la hacienda del Serrallo haya sido llevada de nuevo a
una hermosa producción, quizá por obra de Ferrari, obligado a
pensar en sus cosas por el nacimiento de un hijo, perdido muy
pronto, o por obra de su mujer, lo dice la inscripción grabada en
1894, en la que a las alabanzas que se le hacen como soldado
valeroso van unidos los elogios por su actividad como
agricultor.
Tales elogios, que creemos le han sido tributados con razón, nos
dicen que la adquisición de la hacienda no había sido un mal
negocio, pues podía responder a las esperanzas de quien la
cultivaba con aplicación.
Además las deudas adquiridas al principio cuando el terreno
debía ser puesto en la posibilidad de producir y de producir bien,
no han de atribuirse a la desordenada administración de Codazzi,
quien tres años después de la adquisición partía para Venezuela, ya
que aquellas deudas, según dice el mismo Ferrari, eran aun elevadas
ocho años después de la partida de Codazzi y seguían altas después
de la venta, o de la fingida venta, de la parte que a éste le
correspondía, y de la que se le dieron pocos centenares de escudos
a la hermana de Codazzi.
En realidad, mientras Codazzi, modesto y de pocas necesidades,
atendía al cuidado de la hacienda agrícola, Ferrari andaba por
todas partes y gastaba. Quizá cuando dejó de llevar la vida de
antes y atendió a sus cosas, éstas florecieron hasta el punto de
darle fama de buen agricultor.
La lápida que recuerda a Ferrari en la casa del Serrallo no hace
ninguna alusión a Codazzi: extrema injusticia, cometida quizá por
quien no había leído y meditado las "Memorias" de Ferrari.
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(1)
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Costante Ferrari - Memorie postume. Rocca S. Casciano,
1855
-
Ristampate nel 1942 dall'ISPI di Milano, con
prefazione di M. Menghini, p. 506, 508-515.
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(2)
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C. Ferrari ed A. Codazzi, in "La Pie" - Forli, núm. 7-8 y 9-10
-1959.
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(3)
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Las cartas (12 en total), o se refieren a intereses de familia,
o a empleo de capital en asuntos comerciales, o a informaciones
sobre instalación de industrias (hornos de fundición) en Venezuela.
Están dirigidas a Ferrari, a Dalbuono, a la hermana o a otras
personas, y se refieren a dos épocas, o al tiempo en que Codazzi
estaba en Serraglio, o a cuando regresó a Europa para hacer editar
su obra sobre Venezuela y para recoger colonos alemanes para
llevarlos a América.
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