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INDICE
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CAPITULO VII
LOS ÚLTIMOS ESFUERZOS Y EL FIN
La Compañía Londinense del Darién, que tánto había dado que hablar,
avanzó poco en sus trabajos durante el año 1852. Supo, eso sí, en
el período de agitación, aprovechar con éxito, para sus fines
propagandísticos, un informe que, elaborado por Lionel Gisborne con
fecha 28 de agosto de 1852, recibió el visto bueno del doctor
Cullen a principios de 1853. Tal informe, que llevaba anexo un mapa
explicativo de la región, se distribuyó entre todos los círculos
financieros de la Europa Central. Los periodistas y los escritores
se apoderaron del tema de la cuestión del canal interoceánico,
especialmente en Inglaterra y Escocia. Desde todos los lugares se
ejercía tal presión, que el gobierno de la Gran Bretaña no quiso
quedarse atrás en lo atinente a un proyecto tan discutido en el
país y de tanta trascendencia internacional, y más cuando altos
intereses políticos aconsejaban la máxima intervención en los
acontecimientos relacionados con el istmo, de modo especial si se
referían al territorio del Darién (45).
Pronto desde Londres se ordenó a una nave de guerra estacionada en
el mar Pacífico, el vapor Virago, bajo el mando del comandante
Edward Marshall, visitar la bahía de San Miguel, y desde allí
disponer que las tropas penetraran lo más profundamente posible
para determinar los cauces de los ríos Sabana y Chucunaque. Esta
tarea se cumplió cuidadosamente, bajo la dirección de John C.
Prevost, entre el 20 de diciembre de 1853 y el 6 de enero de 1854,
pero, en contra de lo esperado, no se logró alcanzar la orilla
atlántica, ya que, después que los salvajes mataran a cuatro
hombres, la exploración hubo de suspenderse. Pasado un tiempo,
apareció en la misma bahía el oficial norteamericano Henry C. Farde
con un equipo de ingenieros, para efectuar un minucioso
levantamiento topográfico de las vías fluviales. El envío de estos
hombres estaba relacionado con una expedición internacional que
debía actuar simultáneamente desde los lados pacífico y atlántico
del Darién. El imperio monárquico francés y los Estados Unidos
participarían en las investigaciones. El gobierno inglés destinó
para esta empresa dos barcos, o sea: el bergantín Espiegle, bajo el
mando del comandante Hancock, que zarpó de Inglaterra el 14 de
diciembre de 1853, llevando nuevamente al campo de acción tanto a
Cullen como a Gisborne, y la goleta Scorpion, bajo el mando del
capitán Parsons, que ya se encontraba estacionada en el puerto de
Cartagena, por la razón de estar efectuando trabajos de
levantamiento cartográfico. En Bogotá causaron preocupación estas
sorprendentes noticias, ya que aún no se había solicitado del
gobierno neogranadino permiso para acometer empresas de esta
índole, que, ante la amenazante actitud de los indígenas, no podían
realizarse sin llevar armas. El gobierno del país no había sido
invitado a participar, no obstante que un aviso no oficial hubiera
bastado. Periódicos ingleses hablaban del Darién como de un
territorio sin dueño, exactamente igual como anteriormente lo
habían hecho en relación con la costa de Mosquitos. Ciertamente, la
concesión a los Estados Unidos comprendía la zona del estrecho de
Panamá, pero difícilmente también otras partes del gran istmo, como
el Darién o Chiriquí. En fin, todo indicaba que se estaba
pretermitiendo la soberanía de la Nueva Granada. Por lo tanto, el
presidente Obando tenía que actuar rápidamente. Sin pérdida de
tiempo, dio al gobernador de Cartagena instrucciones de enviar, en
el término de la distancia, comisarios a un pueblo situado en la
bahía de Caledonia, para patentizar allí la soberanía neogranadina.
Tenían que hacer todo lo que estuviera a su alcance para
representar, por lo menos nominalmente, la autoridad, y después, si
era posible, acompañar la primera expedición que pisase tierra.
Además, el gobernador debería poner a disposición de los
exploradores grupos de soldados y reclusos para el acarreo del
bagaje. Codazzi recibió la orden de alistarse para el viaje, a fin
de que acompañara, como representante de la Nueva Granada, a los
enviados de las otras tres naciones. Codazzi estaba listo. Sin
embargo, sirviéndose de antiguos mapas españoles que había logrado
obtener hacía poco, hubo de explicar a su gobierno que los datos de
Gisborne eran falsos. Había que cortar inevitablemente, sobre el
trayecto caledoniano que salía por el lado del Atlántico, una alta
cordillera y la impetuosa corriente del Chucunaque, para alcanzar
el río Sabana. El dibujo de Gisborne no era un mapa, sino un cuadro
acorde en todo con lo que monetariamente le convenía a aquella
gente, que especulaba en Londres u otra parte con el proyecto del
Darién.
El 19 de enero de 1854 había llegado Codazzi a Cartagena, donde
alquiló una embarcación de cabotaje y, tras navegar cinco días, él
y sus setenta y cinco acompañantes, alcanzaron la bahía de
Caledonia. La víspera se habían reunido allí con la corbeta
norteamericana Cyane - la primera en arribar -, del comandante
Hollins, los dos mencionados barcos ingleses y el vapor francés
Chimère, bajo el mando del teniente de marina Jauréguiberri. Cinco
días antes, el comandante Hollins había desembarcado al teniente
Isaac C. Strain con veinticuatro hombres, que siguieron los pasos
de dos cartageneros, Miguel Polanco y Rafael Castilla, quienes se
habían adelantado, después de haber negociado, sin resultado
alguno, con los indígenas salvajes que habitaban la costa. Esta
expedición norteamericana 46 avanzó inmediatamente hacia el
interior, sin tomar en consideración ni a los representantes de la
compañía inglesa, ni la bandera francesa, ni la presencia de un
representante del gobierno neogranadino ni mucho menos el alto
grado de susceptibilidad de las tribus salvajes. El 24 de enero
desembarcó Codazzi acompañado sólo de cuatro personas. En seguida,
la Chimère envió dieciséis hombres a tierra, en tanto los otros dos
barcos despacharon dos contingentes: el uno de dieciséis hombres al
mando del teniente Preston, y el segundo, bajo la dirección del
ingeniero Saint John, compuesto por once hombres, entre los cuales
Cullen y Gisborne. Fue así como se formó, en la desembocadura del
pequeño río Caledonia, una tropa sin comando unificado, no obstante
que el mando debía corresponder a Codazzi, quien, a su vez, aumentó
rápidamente su personal.
Después que se habían explorado durante dos días los alrededores
del río Caledonia, se apareció el teniente Fountleroy con cinco
norteamericanos, por orden del comandante Hollins, para seguir el
rastro de Strain, cuya tardanza en regresar causaba ya
preocupación. A ellos se unió Saint John. En esta búsqueda
anduvieron tres días pero, ante los nulos resultados, regresaron al
campamento neogranadino, que había levantado Codazzi, una vez
desembarcado todo el bagaje, en el pie opuesto de la primera cadena
montañosa de la costa, específicamente en la tierra ondulada de las
cabeceras del río Subcutí, la cual no permitió reconocer una trocha
abierta hacia el occidente, como tampoco una depresión
considerable. Mientras se efectuaban los trabajos de medición de
estos terrenos se presentaron ante Codazzi cinco camaradas de
Strain, que regresaban del río Aglamonte para conseguir víveres. Lo
que contaron, el 30 de enero, sobre los compañeros que habían
marchado adelante era poco alentador. Sin embargo, se les
suministraron algunas provisiones de boca, con las cuales
reemprendieron la búsqueda de Strain, pero tuvieron que volver, una
vez consumido lo poco que llevaban, medio muertos de hambre y sin
éxito. De manera que hubo que abastecerlos con lo indispensable
para que se repusieran y pudieran alcanzar su barco.
El 4 de febrero Codazzi los llevó hasta la costa, donde dejaría sus
bagajes, pues consideraba que, perdidos los norteamericanos, toda
la empresa había fracasado. Allí entregó al comandante Hollins un
bosquejo cartográfico del Darién, y le indicó sobre éste el lugar
donde suponía que los norteamericanos habían perecido. "Su
jefe - escribe Codazzi - infortunadamente no estaba familiarizado
con la geografía del istmo, pese a ser hombre bien informado,
fuerte y valiente. Su gobierno lo escogió porque en ocasiones
anteriores había cruzado selvas pobladas por tribus salvajes.
Empero, tales selvas eran norteamericanas. Strain desconocía
nuestras maniguas, sus intrincadas y enmarañadas sendas y sus
habitantes. Creía fácil llegar de un mar al otro; tan fácil, que en
nada correspondía a la realidad".
Codazzi debía abandonar cualquier esperanza de éxito. Sin embargo,
a pesar de la desilusión general, todavía se hicieron algunos
intentos. Saint John y Gisborne consiguieron guías indígenas y
salieron el 7 de febrero del poblado de Subcutí hacia los ríos
Chucunaque y Sabana, en cuya orilla encontraron los cadáveres de
tres europeos, que al parecer habían pertenecido a la expedición de
Prevost, al cual, como ya se sabía, los salvajes le habían matado
cuatro de sus hombres. Prosiguieron rastreando las huellas de los
ingleses río abajo, y pronto encontraron también señales de los
trabajos de Farde, que habían sido abandonados cuando, por miedo a
los indígenas salvajes, los habitantes de Chapigana y Yavisa se
negaron a colaborar. Los ingenieros de Forde ya habían regresado a
Panamá, hacia donde también se dirigió muy pronto Saint John. Poco
más tarde lo siguió Gisborne, no obstante haberse encontrado, en el
golfo de San Miguel, con un barco en el que trabajadores y soldados
neogranadinos viajaban desde su tierra al istmo. Como ya no quedaba
ningún jefe, el contingente de trabajadores y soldados no podía
hacer otra cosa que construir una colonia penal en estas
tierras.
Por el lado del Atlántico se había embarcado el equipaje y la
carga, y el 5 de febrero Codazzi levó anclas para regresar con su
tripulación a Cartagena. Al mismo tiempo, de la malhadada bahía de
Caledonia zarparon las naves extranjeras, con excepción del barco
de guerra que esperaba a Gisborne. Era natural que a Codazzi le
repugnara por entero esta desmesurada empresa, ya que ella absorbía
dinero en cantidades con las cuales, en condiciones ordinarias, se
hubiera podido realizar el levantamiento geocartográfico de todo un
vasto país. Para él, los beneficios se limitaron casi
exclusivamente al reconocimiento de los errores en los mapas
ingleses y a la obtención de las más recientes cartas náuticas
europeas, que amablemente le ofrecieron el capitán Parsons y el
teniente Jauréguiberri. Ahora sí le parecía totalmente inapropiada
la ruta de Caledonia para una excavación del istmo. "La
obra requeriría excavar, a lo largo de muchas leguas, angostos
desfiladeros en la montaña. En la mitad del trayecto corre el
torrentoso Chucunaque, que inevitablemente ha de desembocar en el
canal, lo que constituye un gran obstáculo, ya que este río, que
tan sólo atraviesa selvas vírgenes, arrastra en sus aguas grandes
masas de tierra y troncos de árboles que arranca de las orillas, lo
que representa graves peligros. Claro que no sería imposible
realizar aquí tan gigantesca obra, pero causaría gastos enormes,
que no acabarían con las dificultades presentes".
De tal manera desilusionado, navegó Codazzi nuevamente, en compañía
de algunos servidores, de Cartagena a la costa del istmo,
exactamente a la bahía de San Blas, cuya comunicación con el río
Chepó se había considerado útil para los fines de la construcción
de un canal, aunque hasta el momento sólo de modo teórico, ya que
las únicas personas que habían intentado internarse en la selva
desde aquí - William Wheelwright (1839) y Evans Hopkins en compañía
de José María Hurtado (1847) - no tuvieron éxito a causa de la
hostilidad de los indígenas salvajes. Aquí encontró Codazzi tantas
y tan altas barreras montañosas, que lógicamente había que
prescindir de novedosas cuanto trascendentales ideas para mejorar
la situación del mundo comercial. Sin embargo, según los mapas
antiguos, estaba comprobado el hecho de que precisamente al otro
lado de esta colosal barrera se encontraba aquella porción del
istmo donde la verdadera divisoria de aguas, la vertiente sobre el
Pacífico, era la más estrecha.
El 15 de marzo había llegado Codazzi a Portobelo, otrora tan
importante, ahora en decadencia, y al día siguiente se hallaba en
Chagres, que se aproximaba a correr la misma suerte del puerto
vecino, desde cuando la terminal atlántica del ferrocarril de
Panamá también se convirtiera en centro de la navegación marítima.
En Chagres fletó otra embarcación para navegar al norte, con
interés especial en la costa de las provincias de Veraguas y
Chiriquí, además de las numerosas islas frente a ella, que al
parecer no estaban lo suficientemente bien indicadas en los mapas
náuticos.
Además, Codazzi tenía que informar sobre dos problemas importantes.
Hacía poco, nada menos que Robert Fitzroy, basándose en fuentes
norteamericanas de 1852, había comunicado en Londres a la Sociedad
Geográfica que en la provincia de Chiriquí la cordillera bajaba
hasta una altura de 160 pies. Guiándose por este dato, en seguida
se fundó en Nueva York una empresa para colonizar a Chiriquí, la
cual proyectaba enviar tres ingenieros con fines de exploración.
Codazzi, a su vez, desembarcó en distintos lugares de esta
provincia y midió amplias extensiones de este territorio, cuyo
levantamiento era esencial, dado que desde hacía algún tiempo Costa
Rica, la república vecina, reclamaba parte de esta región, y este
reclamo estaba precisamente relacionado con las equivocadas
noticias norteamericanas. Codazzi consideró igualmente inadecuado
el proyecto de la ruta de Chiriquí para la construcción de un
canal, ya que, aparte de tener que canalizar 72 millas, en el
centro del istmo se alzaba una cordillera con altitudes entre mil y
dos mil metros, hacia la cual únicamente se podían trazar caminos
carreteros, los cuales no redundarían en mayor provecho general,
puesto que ni siquiera eran necesarios para los habitantes de
aquellas regiones, ya que quienes vivían a orillas del mar Pacifico
dependían del mercado de Panamá; y quienes en el lado del
Atlántico, del mercado de Colón. Un camino entre las dos
localidades carecía de interés para la Nueva Granada. En lo que se
refiere al problema fronterizo, Codazzi lo enfocó desde un ángulo
práctico. Para él la línea divisoria se extendía en alguna parte
entre la desembocadura del río Dorado y la estribación de la
cordillera de Burica. "Aún hay que asignarle un tercer
punto, que se orienta de Dugaba hacia Burica. Los habitantes de
estas dos regiones disponen de una agreste trocha, que atraviesa la
cordillera de Las Cruces y desde tiempos inmemoriales hasta el día
de hoy ha sido considerada como la frontera. Tanto es así, que los
habitantes de Dugaba, pertenecientes a la Nueva Granada, llevan su
ganado únicamente hasta Cañasgordas, y los indios buricas, que se
consideran costarricenses, sólo hasta Limón. Los dos lugares
mencionados son más o menos equidistantes del nudo montañoso. Desde
aquí es fácil establecer la altura de los Andes, como también las
cabeceras del río Dorado, tan definitivo para la vertiente
atlántica, pero no lo es determinar la dirección hacia el mar
Pacífico, hacia la estribación de la cordillera de Burica. Por ello
es recomendable, a fin de evitar diferencias fronterizas, que se
considere, de una vez por todas, el río Golfito, que nace, así
mismo, en el aquel nudo montañoso, como división fronteriza en la
vertiente del Pacífico". Bien sabía Codazzi que un decreto
ministerial del 30 de noviembre de 1803 había agregado al
virreinato de Nueva Granada tanto el archipiélago de San Andrés
como toda la costa de Mosquitos, a partir de Gracias a Dios,
segregándolos de la capitanía general de Guatemala. Sabía, así
mismo, de la importancia de este documento para la apertura de un
canal interoceánico que utilizara el río San Juan y el lago de
Nicaragua. Sabía de las negociaciones de Pedro Gual, de Pedro
Alcántara Herrán y de otros, así como de los escritos de Victoriano
Diego de Paredes y Pedro Fernández Madrid. Y no obstante estos
antecedentes, optó por la frontera actual, que realmente era
práctica, y prescindió de reclamos que, por causa del
desenvolvimiento histórico, eran ya insostenibles.
Durante el regreso de Chiriquí, se tomó un descanso de una semana
en la joven fundación Colón-Aspinwall, para hablar con los altos
empleados de la compañía del ferrocarril acerca de la posibilidad
de efectuar una excavación a poca distancia de la vía férrea. Al
coronel Totten y sus técnicos les pareció un tanto extraño que se
hablara de una nueva vía transoceánica, cuando la primera apenas se
había terminado. Sin embargo, expusieron clara y abiertamente sus
opiniones a Codazzi, de tal manera que éste, después de haber
examinado los planos y perfiles de la vía, creyó poder sustentar el
siguiente concepto: "Un canal interoceánico Panamá-Colón
(o Chagres) correspondería más que otro a las necesidades del
comercio, ya que aquí se encuentra la parte más estrecha del istmo,
en tanto sus elevaciones máximas no ofrecen mayor obstáculo. El
argumento en contra de esta ruta consiste en que el mar Pacífico no
cuenta con un buen puerto, y construir uno artificial sería muy
costoso. En cuanto al puerto del Atlántico, cabe considerar dos
escollos: por un lado, el mar frente a la costa carece de islas,
las cuales evitarían que se formara una barrera a la entrada del
canal; y por otro, el terreno donde se ubica la nueva ciudad se
halla tan poco elevado sobre el nivel del mar, que cada seis horas
se inunda, cuando en el puerto de Colón la marea hace subir el
nivel del agua entre nueve y diez pies. Sin embargo, lo primero se
podría subsanar con una excavación en el mar, supliendo así las
islas, y la ciudad podría trasladarse al pie de las montañas, donde
la playa no es tan baja. No cabe duda, pues, que aquí alguna vez se
excavará un canal, pero creo que ni la actual generación ni la
venidera serán capaces de realizar tal obra. Si se supone que se
establecerá una línea de vapores de Panamá a las Indias Orientales,
el ferrocarril estaría en capacidad de satisfacer la demanda del
comercio por mucho tiempo. Tan sólo cuando las colonias del quinto
continente se hallen densamente pobladas, pienso yo, habrá llegado
el momento de comunicar los dos mares mediante un
canal".
El 4 de abril montó Codazzi en el tan afamado ferrocarril, en cuyos
trabajos preparatorios participara.
Viajó lleno de expectativas, ya que se trataba de la primera vez
que se movilizaba por vía férrea en América. Los trenes ya
avanzaban hasta la cumbre de la cordillera, mientras que el
descenso hacia el mar Pacífico todavía había que realizarlo a lomo
de mula. Después de mucho tiempo, nuevamente cabalgaba Codazzi en
medio de una caravana, tal como en un tiempo lo hiciera en los
llanos de Venezuela. En Panamá se encontró casualmente con
Mosquera. Este hombre indestructible, después de una larga
permanencia en los Estados Unidos, donde en Nueva York había
fundado una compañía comercial orientada a las comunicaciones y al
tránsito por el istmo, regresaba de visita a la patria, donde
pensaba, de paso, realizar algunos de sus nuevos planes, como la
explotación de yacimientos de minerales cerca de Barbacoas, la
corrección del canal del Dique entre Cartagena y el río Magdalena,
la construcción de una vía desde el valle del Cauca hasta
Buenaventura, amén de otros proyectos. El encuentro de los dos
hombres fue breve, y al separarse ninguno sospechó que en tiempo no
lejano les esperaba un reencuentro al calor de las armas.
El tema de actualidad en Panamá era el fracaso de la exploración de
las posibilidades del territorio del Darién para la construcción de
un canal interoceánico; fracaso en parte lamentado y en parte
deseado. Codazzi se enteró ahora de mayores detalles acerca de la
expedición de Prevost, así como de un nuevo intento de Gisborne de
penetrar por el lado atlántico del istmo, exactamente por la región
de los ríos Aglascinca y Asanati, y especialmente conoció el final
de la odisea de Strain, quien, junto con algunos compañeros, había
sido, a la postre, felizmente salvado por una lancha del vapor
Virago. Se había cumplido, según el relato de los cinco rescatados,
lo que había pronosticado Codazzi desde el 30 de enero.
"Pálidos y extenuados, se tendieron los infelices en las
solitarias orillas del río Chucunaque, creyendo que era el río
Sabana, agotados por el hambre y las dificultades, y limitada su
alimentación a las frutas de los corozos. Si uno solo de ellos
hubiera conocido nuestras maderas para construcción, prestamente y
sin dificultades hubieran bajado con la corriente de los ríos. En
el Darién crece en abundancia el árbol de paruma, al cual los
indígenas despojan de la corteza, cuyas cuatro puntas enrollan, y
luego las amarran de dos en dos con resistentes bejucos,
construyendo así una excelente embarcación que, según su tamaño,
puede llevar una o dos personas, y que es manejada con una estaca
cortada en forma de canalete. Así navegan los indios por los ríos
que presentan saltos, y cuando llegan a uno de éstos, llevan a la
espalda su cáscara de nuez hasta el otro lado del obstáculo, la
depositan de nuevo donde el agua se remansa y continúan navegando.
Si nuestros viajeros no iban a utilizar este método, hubieran
podido construir balsas para descender por la corriente de los
ríos, pero para esto era necesario que conocieran el árbol de
balso, que se encuentra con frecuencia en nuestras regiones; debían
tener también conocimiento de las plantas trepadoras, y de las que
entre ellas producen el mejor bejuco, con el cual, como con los
mejores lazos, se amarran los troncos de las balsas entre sí. Pero
nada de esto sabían los norteamericanos, ni tampoco los
neogranadinos jóvenes habían ocupado su atención en tales aspectos.
Y aunque seguramente mil veces maldijeron, en las orillas del
Chucunaque, su osada excursión, era demasiado tarde: les faltaban
las fuerzas para regresarse". Empero, la ayuda les llegó.
No en vano Strain y Avery se esforzaron al máximo por avanzar; y W.
C. Forsyth, de la corbeta Virago, y W. C. Bennett, del equipo de
ingenieros de la compañía londinense, en su marcha de regreso se
unieron con Strain y Avery en la búsqueda de los otros extraviados.
"Cuando se produjo el salvamento, faltaban cuatro
norteamericanos y los dos neogranadinos. Es difícil imaginar el fin
tan espantoso que les sobrevino: murieron y sus flacos cadáveres
sirvieron de alimento a sus compañeros poseídos de salvaje
desesperación, en su afán por conservar una existencia que parecía
extinguirse por momentos. Qué cuadro tan desolado el del poder de
la miseria, de la desesperación y, ante todo, del hambre. Cuando
los ingleses aparecieron, algunos no podían creerlo; otros, en tono
lastimero, pedían alimentos. Aquellos miraban con desdén a la
muerte; estos mostraban total indiferencia, ya que casi habían
perdido la razón. Algunos expresaban con lágrimas su júbilo por
haber sido rescatados, mientras otros se hundían en profundo
mutismo. La oportuna atención médica, el consuelo de oír la lengua
materna y el sentirse a salvo proporcionaron al cuerpo desnudo y
cercano a la muerte nueva fuerza y nueva vida. Se les embarcó y en
pocos días llegaron a Yavisa, donde hubo necesidad de improvisar
una especie de hospital. Pocos días después, un cadete de marina y
un joven ingeniero murieron, y otros dos
ulteriormente".
En líneas generales, era totalmente cierto lo que consignaba
Codazzi en este informe, que escribiera basándose en testimonios
orales. Sin embargo, el consumo de carne humana no se había llevado
a efecto, sino únicamente se había pensado como posibilidad.
Codazzi no pudo obtener mayores precisiones al respecto. El 20 de
abril partió de Panamá, vía Penonomé, hacia Santiago de Veraguas,
poblado que convirtió en centro de las investigaciones que de ahí
en adelante realizó en la zona septentrional del istmo. De allí, a
través de Pesé y Los Santos, se encaminó a David, donde se embarcó
en una nave norteamericana, para visitar a Coiba, la isla más
extensa de la Nueva Granada, situada adelante de la bahía de
Montijo, y proseguir el viaje a lo largo de la costa, sin efectuar
mediciones, ya que la existencia de excelentes cartas náuticas lo
hacía superfluo. De igual modo, tampoco efectuó el levantamiento
del golfo de San Miguel. El 28 de junio el barco de la expedición
ancló frente a Yavisa, varias veces mencionado con ocasión del
último viaje exploratorio por el Darién.
Basándose en las informaciones allí recibidas, resolvió Codazzi
remontar el río Tuira. Al mismo tiempo, por boca de los habitantes
del lugar, se enteró de rumores
acerca del estallido de una guerra civil en el interior de la Nueva
Granada, y hasta en la misma ciudad de Bogotá, rumores que
posteriormente le confirmó el navegante de un barco de cabotaje
procedente de Buenaventura. Después de visitar la isla de Toboya,
en la cual por aquella época ponía sus ojos Inglaterra, regresó
Codazzi el 8 de julio a Panamá. Una vez más, le fueron confirmadas
las terribles noticias de la guerra. Una carta de Mosquera lo
llamaba a Cartagena (47). Éste, mientras viajaba hacia Bogotá,
había recibido en Calamar, el 19 de mayo, informes muy alarmantes:
en la capital había estallado una revuelta en contra de la nueva
Constitución, que amenazaba convulsionar todo el país. Allí, el
general José María Melo, apoyado en la soldadesca y en una especie
de partido de los trabajadores, había apresado al presidente Obando
y a sus secretarios de Estado. El vicepresidente Obaldía se asiló
en la misión diplomática de Estados Unidos. El siguiente en la
sucesión presidencial, Tomás Herrera, no estaba en capacidad de
enfrentarse con las armas a los adversarios, y hubo de establecer
en Ibagué la sede provisional del gobierno. En el acto, Mosquera se
declaró partidario del sector constitucional, defendió para éste el
puerto de Barranquilla, movilizó las tropas de Cartagena, contra la
voluntad del gobernador, y nombró a Codazzi, con fundamento en los
poderes recibidos de Herrera, jefe de su estado mayor. Codazzi
llegó a Barranquilla el 18 de julio, el mismo día en que la
organización del ejército había concluido en líneas generales. El
28 de julio se inició, en el vapor Nueva Granada, previamente
pertrechado, el viaje río arriba hacia Honda. En esta localidad,
durante un consejo de guerra, en el cual participaron el
vicepresidente José Obaldía, los secretarios de Estado y varios
oficiales, se determinó un plan de campaña, y a Codazzi se le
encargó la fortificación de la ciudad, para que pudiese ser
defendida con una fuerza formada por aproximadamente cuatrocientos
hombres. Muy pronto se estableció comunicación con un ejército
procedente del sur, organizado y acaudillado por José Hilario
López, en tanto el secretario de guerra, Pedro Alcántara Herrán,
fue nombrado comandante supremo. Así pues, los tres presidentes de
los años 1841-1852 estaban juntos: Herrán, conservador como
siempre; Mosquera, que durante su permanencia en el exterior no
tardó en volverse liberal; López, el radical; todos tres, decididos
enemigos de cualquier dictadura.
El 19 de septiembre partió Mosquera de Honda, para iniciar la
marcha sobre Bogotá desde las provincias del norte, mientras los
otros destacamentos debían avanzar más tarde por los pasos que
llevan directamente al altiplano. El 27 de septiembre, con el
estado mayor del ejército del norte, llegó Codazzi a Bucaramanga,
donde se aposentó por un buen tiempo para mejorar la organización
de la tropa y conseguir armamento. Durante su permanencia allí,
conoció Codazzi a los bisnietos del profesor Mutis: Domingo,
gobernador de la provincia, y Manuel, edil de la ciudad de
Bucaramanga, quienes le pusieron al tanto de las graves
alteraciones en la vida del pueblo, a causa de la proliferación de
los actos de violencia. Una generación que apenas retornaba a la
paz, nuevamente era sacudida hasta la médula de su ser. El 19 de
octubre recibió Codazzi aquellos mapas suyos que representaban las
provincias del norte, más los itinerarios, después que por cerca de
dos meses habían trabajado emisarios secretos en Bogotá para
obtener estos importantes documentos y llevarlos subrepticiamente
al cuartel general de Mosquera. Se resolvió ahora cruzar el río
Chicamocha cerca de Felisco, por medio de un puente cuya cabeza
izquierda debía protegerse mediante reductos. El 23 de ese mes
Codazzi había terminado dicha obra, y el avance se inició. Casi en
seguida logró Mosquera un encuentro victorioso cerca de Petaquero,
durante el cual sobresalió Codazzi. Éste tuvo que adelantarse el 11
de noviembre hasta Tunja, para organizar las tropas allí
acantonadas. También el ejército del sur se abrió camino hacia el
altiplano. El 2 de diciembre se unieron ambos ejércitos, y dos días
después conquistaron a Bogotá, utilizando sólo armas blancas. Así
fue como a Codazzi le tocó la misma suerte que a Caldas: tomar por
asalto la ciudad en la que habitaban la mujer y el hijo. Empero, la
guerra civil había acabado hacía mucho tiempo con los escrúpulos
morales.
Codazzi se quedó en casa hasta mayo de 1855, pero no para descansar
de los afanes y esfuerzos de los últimos meses, sino para
aprovechar el tranquilo ambiente en familia a fin de trabajar más
que antes. Por lo pronto alistó para la imprenta el informe del
estado mayor con varios anexos generales sobre la campaña, de modo
que Mosquera pudiera presentarlo al Congreso. Luego revisó su
descripción regional (48), hasta donde la había concluido, y
entregó a la imprenta las geografías provinciales y cantonales de
Socorro, Tundama, Tunja y Vélez, complementadas con muchas tablas y
rutas. Tendría que ser esta etapa del trabajo un modelo de como iba
a presentarse la parte especial de su gran obra, una vez terminada
ésta: una parte, pues, del trabajo científico que también debía
interesar a los no especialistas. A cada provincia se dedicaban
tres secciones principales, la primera de las cuales trataba los
siguientes aspectos: situación, extensión, población y límites;
montañas, ríos, islas, lagos y pantanos; paisajes, climas y
temporadas anuales; división política; agricultura, artesanía y
ganadería; minerales, maderas tintóreas y plantas útiles; animales
silvestres; comercio nacional y exterior, todo ello seguido por
cuadros estadísticos e indicación de alturas. La segunda sección
principal abarcaba las rutas de viaje y de marcha que ofrecía la
provincia, con indicaciones sobre los aspectos térmicos, así como
sobre el tiempo necesario para movilizar la tropa en cada trayecto,
y concluía con una exacta descripción de los diferentes sectores de
los caminos. Finalmente, la tercera sección principal estaba
constituida por la geografía de los cantones.
Además, empezó a elaborar un mapa del istmo, valiéndose del
material que podía conseguirse en Bogotá, ya que trataba de
adelantarse a publicaciones análogas. Para este trabajo utilizó
especialmente los mapas antiguos de los españoles, así como los
nuevos que había recibido de Hollins y Totten, y también los
copiados por él durante el viaje. El mapa estaría acompañado de
cuadros estadísticos, además de una lista de todas las rutas
posibles para la construcción de un canal interoceánico. En
consideración a esta lista de las posibles rutas y para obtener una
visión general del problema, pensaba Codazzi complementar su nuevo
mapa del istmo con los más antiguos suyos sobre la tierra chocoana.
Y todo este conjunto lo enviaría a Humboldt, su mentor, ya bastante
entrado en años pero que, sin embargo, no dejaba de mostrar un vivo
interés por todo lo concerniente a la América Latina. Por lo tanto,
de seguro se empeñaría en que se publicara lo más pronto
posible.
Esta determinación no estaba exenta de la influencia del recién
llegado a Bogotá primer cónsul general de Prusia, Friedrich H.
Hesse (49). Radicado en el país desde el mes de septiembre, ya a
partir de la guerra había empezado a traducir al alemán aquellos
documentos que le parecían importantes, y a prepararlos para su
publicación en Alemania. Buscó, además, aproximarse a Humboldt, y
el decano de los investigadores recibió por conducto oficial los
mapas del territorio chocoano y del istmo, así como los escritos
complementarios sobre éstos, más unas reproducciones en color de
las rarísimas piedras de Gámeza y Saboyá (50).
El 1º de abril de 1855 terminó la inestabilidad que caracterizara
al poder central neogranadino desde la toma de Bogotá. Manuel María
Mallarino fue el nuevo presidente de la república, y su gabinete,
integrado por miembros de los dos partidos, tuvo como principio
primordial de gobierno, no sólo el entendimiento entre las
agrupaciones políticas, sino también la restricción de los gastos a
lo indispensable para el manejo del Estado. En tales
circunstancias, Codazzi tenía que moverse, si quería asegurar para
los próximos años la financiación de su obra. No obstante que él
pertenecía al partido liberal, encontró el apoyo de Vicente
Cárdenas, miembro conservador del gabinete, y firmó con éste, el 17
de abril, un contrato sobre la continuación del levantamiento
geocartográfico del país, en el que se le otorgaban ciertas
ventajas. Ahora Codazzi escogería por sí solo sus ayudantes, se le
exoneró totalmente del servicio militar y se le permitió recibir
por anticipado sus sueldos el 1° de mayo de 1855, para que pudiera
empezar en seguida los trabajos aún faltantes en las provincias de
Cauca, Buenaventura y Popayán. De igual modo, cada 1° de diciembre
se le pagaría el sueldo del año subsiguiente a fin de facilitarle
comenzar ese mismo día la medición de las provincias aún no
levantadas geocartográficamente, todo lo cual debía concluirse en
cuatro años. Una vez completada la medición, Codazzi tendría que
visitar a Europa para hacer grabar e imprimir tanto el mapa como el
atlas del país, para lo cual se autorizaron, además de los gastos
de viaje y estancia, la suma de seis mil pesos.
Aunque estas concesiones no eran insignificantes, tenía mucha mayor
importancia una resolución del Congreso, fechada el 30 de abril de
1855, mediante la cual se ordenaba que, una vez terminados el
levantamiento geocartográfico y la descripción geográfica del país,
Codazzi recibiera una gratificación de diez mil pesos. En caso de
su muerte, se entregaría a la familia la suma acordada, aun cuando
para entonces la obra, a pesar de todos los esfuerzos, no se
hubiera concluido.
En mayo realizó Codazzi una medición de la región del río Bogotá,
por debajo del salto de Tequendama, de donde se trasladó a la
cuenca del río Sumapaz, para de ahí regresar al altiplano pasando
por Pandi, al que da fama su puente natural, y por el agradable
Fusagasugá. Los trabajos principales se iniciaron desde esta última
localidad y abarcaron la temible cordillera rocosa que se levanta
al sur hasta el nudo montañoso de El Nevado.
Poco antes de emprender esta expedición, recibió Codazzi un raro
manuscrito procedente de los solitarios llanos, el cual le sería de
inmensa utilidad para su próxima y prolongada excursión. Su autor
era el francés Jean Borderic, su compañero de viaje durante la
navegación por el río Meta en 1838. Este hombre incansable,
transcurridos diez años de aquella empresa, se marchó nuevamente a
los llanos y se quedó en la desembocadura del río Manacacías en el
Meta. Desde el hato que estableció en aquella tierra realizó, en
compañía de diversos aventureros, varias correrías en dirección al
sur. En el año 1852, según dice en su relato de viaje, usando
yuntas de bueyes para que arrastraran hasta allí las canoas, se
dirigió al río Muco, por el cual navegó aguas abajo hasta su
confluencia con el Vichada, y por éste hasta el Orinoco, cuya
corriente, a través de los remolinos y rápidos de Maipure y Ature,
lo llevó finalmente a San Fernando de Atabapo. Regresó Borderic por
la misma vía, y en Maquivor, donde se enteró casualmente de las
nuevas excursiones de Codazzi, le envió a Bogotá su diario de
viaje, el cual vino a ser guía esencial para el primer viaje por la
región esteparia neogranadina (llanos) del Orinoco, que se inició
en diciembre.
Una vez levantado lo más exactamente posible el valle alto ubicado
entre el macizo de Chingaza y las montañas de Bogotá, región ésta
rica en ganado, y los pueblos de Cáqueza, Fómeque, Quetame y
Ubaque, tan renombrados en la capital, se dirigió la expedición
hacia el interior del llano, vía Villavicencio y Cumaral, pueblos
que constituyeron los últimos lugares que encontraron donde la
gente llevaba vida en sociedad. Codazzi volvía a ser un llanero
cabal, y alcanzó, en catorce días de galope forzado, el pequeño
Maquivor *, el asentamiento más
avanzado en las riberas del río Meta, en cuyas cercanías debió de
vivir el dicho Jean Borderic. Todo el mundo conocía a este ermitaño
blanco, de rostro tostado por el sol, lo que le daba la misma
morenez de los indios, pero con una respetable barba. Nadie sabía,
sin embargo, a dónde se había marchado, hasta cuando por fin los
pescadores salieron con el cuento de que se había ido a un lejano
país llamado California, o también el Imperio del Oro. Eran los
informes de sus acompañantes sobre el viaje del año 1852. En cambio
del europeo, se encontró Codazzi en Maquivor con un africano, que
igualmente formaba parte del círculo de viejos conocidos. A este
negro lo había contratado en 1838, en San Fernando de Atabapo, como
piloto de embarcación. Ahora acababa de vivir cuatro años entre los
indios enaguas, a orillas del río Aguasblancas, y desde allá, donde
tenía un hato, avanzó sobre los ríos Uva y Manacacías, raras
depresiones llenas de agua en medio de las llanuras herbáceas.
Prosiguió vía río Ariari hasta las aguas del Guaviare, y desde éste
atravesó la llanura hacia el río Vichada, para luego, sirviéndose
de la corriente del Muco, llegar al río Meta, en cuyas orillas se
radicó, y desde las cuales acompañaba a los escasos habitantes de
la ribera en sus recorridos de caza y pesca. Aprendió a conocer y
distinguir, en toda su extensión, los ríos y las llanuras. Condujo
a Codazzi a un barranco situado a cierta altura del río, donde
Borderic había establecido su hato, cuyo corral brindaba un amplio
panorama de las curvas, islas y aguas secundarias del río Meta. Una
cercana lomería se ofrecía a la vista sobre las montañosas llanuras
herbáceas del Manacacías, tan sólo interrumpidas aquí y allá por
grupos de palmeras, y que gradualmente se elevaban en forma de
gradería. Codazzi se percató aquí de que se hallaba en el corazón
de Arimena, la antigua misión jesuítica, que abarcaba además a
Buenavista, Cabiuna, Guacacia y Santa Rosalía, de las cuales la
última todavía en 1805 vegetaba en silencio y olvido. Después,
guiado por un indio cátaro, visitó las lagunas del Manacacías y del
Uva, para determinar el rumbo de los ríos. A continuación navegó
río Meta abajo hasta Cafifé, aldea de los indios guanapalos, a la
vera del río Pauto, no lejos de su desembocadura en el Meta. Aquí
se sintió indispuesto, y se vio precisado a cabalgar rápidamente de
regreso al pie de la cordillera, primero a Pore, y luego al recién
fundado Moreno. Allí, una vez repuesto de su mal, cabalgó a través
de las llanuras y de las riberas de sus ríos; por ejemplo, por las
del Casanare, hasta la localidad de Arauca, a orillas del río del
mismo nombre y frente al pueblo venezolano de Amparo. Remontó el
Arauca hasta la gran laguna de Sarare, y desde allí penetró en la
cordillera. Se dirigió primeramente a Tame; luego, vía Nunchía, a
Labranzagrande y Pajarito, villorrio montañés, y a Medina, la
antigua capital del territorio de San Martín, de donde un camino,
fácil de encontrar, conducía, vía Gachalá y Gachetá, hacia el
altiplano de Cundinamarca, a donde llegó el 12 de marzo de
1856.
Vino entonces un período más largo de sosiego, ya que el
reconocimiento de la región amazónica, todavía no visitada, no se
podía iniciar antes de diciembre. Durante nueve meses de trabajo
sin pausa, llenó Codazzi numerosos vacíos y concluyó muchas partes
de su descripción general regional que se hallaban aún en borrador.
Quería apresurarse a terminarla en la forma prevista, ya que se
daba cuenta de que un nuevo movimiento político deseaba, adoptando
el modelo norteamericano, convertir a la Nueva Granada en una
asociación o federación de estados, lo que daría al traste, en
breve o largo plazo, con toda la geografía política hasta ahora
vigente. Inmediatamente después de independizarse de España, en el
norte de Suramérica empezó a agitarse la idea de la federación, ya
que a estas inmensas regiones, de grandes distancias no acortadas
por caminos, de llanos infinitos y de cordilleras que tocaban el
cielo, era no sólo imposible gobernarlas, sino inclusive tener de
ellas una visión de conjunto. Al iniciarse otra era, tanto en
Venezuela como en la Nueva Granada se ensayaron constituciones
federativas. Con el desmembramiento de la Colombia de Bolívar
cobraron auge ideas semejantes, y en la capital cada vez se le
rendía mayor tributo a este movimiento, no obstante que se
pretendía, al mismo tiempo, honrar la memoria de Nariño. Codazzi
continuaba siendo enemigo de esta corriente, cuya fuerza aumentaba
en detrimento del poder del gobierno.
Su trabajo geográfico, a despecho de su entusiasmo, progresaba
lentamente. En más de una ocasión se sintió fatigado en exceso, por
falta de ayuda apropiada, pese a que Bogotá podía ofrecer más de un
aporte de savia fresca y nueva. La presencia del médico Eugène
Rampon y del naturalista Hermann Karsten auguraba éxitos a la
juventud que no estuviese contagiada por la fiebre de la política,
ya que despertaban gran entusiasmo las iniciativas de los europeos.
Codazzi se alegró de que Genaro Valderrama iba a repetir, por
interés científico, su viaje por el Meta; Alexander Lindig, hijo de
la ciudad de Dresde radicado en Bogotá, se dedicaba al estudio de
los helechos; Ezequiel Uricoechea, quien había escrito en 1854 en
Gotinga un estudio sobre arqueología neogranadina, publicado en
Berlín, se dedicaba con mucho entusiasmo a la química; un círculo
de estudiantes al cual pertenecían Liborío Zerda y Florentino
Vesga, se proponían formar la Sociedad Caldas, con el fin de
favorecer los estudios de las ciencias naturales; el ambicioso y
dinámico Santiago Pérez albergaba la idea de acompañar a Codazzi en
su próximo viaje. Sin embargo, este anciano señor, a quien le
gustaba ocultar su buen corazón tras la máscara de cierta
brusquedad militar, no encontraba colegas con la necesaria
dedicación. Así que hubo de proseguir su propio camino, solitario,
siempre consagrado y sumergido al máximo en sus estudios.
De pronto apareció quien lo había llamado a Bogotá, Tomás Cipriano
de Mosquera, pero en estado tan lamentable, que difícilmente podía
esperarse de él apoyo espiritual alguno. Llegaba a Bogotá en muy
tristes condiciones, enfermo y agotado, con casi sesenta años de
edad y al parecer con escasos medios de sustento. Hacía un año,
después de clausurarse las sesiones del Congreso, había viajado a
reasumir la dirección de sus negocios en Nueva York, pero hubo de
liquidar su empresa una vez cumplidos sus compromisos, ya que las
grandes esperanzas puestas en el ferrocarril de Panamá y en los
demás progresos de la Nueva Granada no se cumplieron. Codazzi
admiraba en este hambre su capacidad para no desesperanzarse. Sin
pérdida de tiempo y con perspicacia yanqui, se reincorporó a la
actividad política, y a las pocas semanas de haber regresado era
otra vez una de las personalidades de mayor influencia, como jefe
de un recién formado partido de centro.
También ahora se interesó en los trabajos de Codazzi, y orientó la
atención de éste, que se encontraba un tanto deprimido, hacia un
informe de Anselmo Pineda, que como prefecto del territorio del
Caquetá había rendido en el año 1849 al entonces presidente
Mosquera.
El escrito se refería al viaje extraordinario que dos hermanos
gemelos, Miguel y Pedro, también de apellido Mosquera, realizaran
por este territorio, ahora especialmente importante para Codazzi.
Estos dos negros, domiciliados en Mocoa, comerciaban desde hacía
años en forma de trueque con los indígenas salvajes de la casi
desconocida región del Caquetá, cambiando herramientas de hierro,
municiones de escopeta, aguardiente, ropa y adornos por cera,
especias, veneno vegetal y cosas semejantes, especialmente en sus
tratos con los indios guaques. A principios de diciembre de 1847,
los hermanos Mosquera emprendieron el gran viaje de que habla el
mencionado informe, y cuya ruta sólo podía entenderse examinando
con el mayor cuidado y exactitud toda la cartografía existente
sobre la región. Durante días navegaron corriente abajo por el ya
familiar río Caquetá hasta la desembocadura del Caguán, el cual
remontaron hasta la antigua plaza misionera (San Vicente del
Caguán) al pie de la cordillera bogotana, y allí descubrieron la
vieja trocha hacia el río Yarí, por el cual prosiguieron aguas
abajo hasta el Tajisa, y de ahí nuevamente en dirección a la
montaña, por vía terrestre, pasando por la laguna Tunaima hacia el
río Ajajú. Por éste navegaron aguas abajo hasta el río Apaporis; a
continuación regresaron río Ajajú arriba, así como por un afluente,
el río Tutuya. Prosiguieron por tierra a través de la región de las
cabeceras del río Vaupés hacia el río Catuya, una de las corrientes
originarias del río Guayabero, y por las aguas de este último
descendieron hasta la desembocadura del Ariari, el cual remontaron
hasta el sitio donde partía el camino a Jiramena, a orillas del
Humadea; y desde allí, finalmente, hacia Cabuyaro, donde terminaba
la expedición por tierras salvajes, ya que hasta ahí llegaba el
camino de Medina, por el cual estos incansables hombres empezaron a
cabalgar hacia Bogotá el 30 de abril de 1848.
Codazzi se hallaba vivamente interesado en obtener, con vistas a su
trabajo, la colaboración de estos hombres, y logró éxito en este
empeño gracias a la gestión del mencionado Pineda, activo
coleccionista de libros, que en Bogotá pertenecía al círculo de
relaciones de Codazzi. Pineda obtuvo que Miguel Mosquera fuera al
encuentro de Codazzi en el valle del alto Magdalena. Éste había
bajado, a mediadas de diciembre, a dicho valle, y de paso había
medido la provincia de Neiva, que en su mayor extensión ya estaba
representada cartográficamente en el mapa de Caldas. Después siguió
río arriba hasta la desembocadura del Suaza, y poco antes de
finalizar el año alcanzó a llegar a La Ceja, el viejo cuartel
general de los misioneros destinados a los indios andaquíes que
habitaban del otro lado de la cordillera. La conservación de esta
estación se debía especialmente al interés del gobierno de
Mosquera. Allí lo esperaba aquel auténtico explorador, provisto de
todo lo necesario para atravesar las selvas bañadas por los
colosales afluentes del Amazonas. Y allí mismo acometió Codazzi, el
día de año nuevo de 1857, con optimismo y su acostumbrado vigor, la
nueva tarea. Una vez cruzado el río Suaza, iniciaron el ascenso a
la alta montaña, y no tardaron en entrar en la selva infinita.
"Sólo nos rodea una inmensa masa vegetal. La naturaleza se
burla de quien dice que el hombre es el dueño y señor de la
creación, pues ella destruye toda esperanza de ser salvados,
proscribe pueblos enteros. Desde una loma se avista el horizonte:
no se ve nada más que un inmenso mar de color verde oscuro, del
cual emergen, a manera de islas, algunas alturas más claras, pero
siempre de color verde. La gigantesca espesura del follaje no deja
ver ni el suelo que lo alimenta ni el agua que lo abreva; el
monótono silencio sólo es interrumpido en la selva por el bramar de
los animales salvajes, por la gritería, el silbido o el canto de
las aves; y en la cercanía de los pantanos y otras aguas
semejantes, por el siseo de las culebras y el susurro de los
anfibios. Antes de llegar a la amplia zona selvática, visible desde
la altura de las cordilleras, pero apenas alcanzable después de
cabalgar con dificultad durante seis días, se topa uno con un
primitivo rancho criollo como último albergue de seres racionales.
Poco después empieza el viaje en canoa por un indómito río, con
violentos remolinos y rocas peligrosas. Indios desnudos, cuya habla
no se entiende, guían con destreza increíble la frágil embarcación.
En los árboles gigantescos que pueblan las orillas, y cuyas ramas
se sumergen en el agua, se balancean los micos. Sobre los bancos de
arena, que sirven para pernoctar, abundan los tábanos. El río lleva
el nombre de Bodoqueragrande y desemboca en el Orteguaza, en cuyas
orillas, en viviendas con techo de palmas, se asientan de cuando en
cuando, en época de cacería y pesca, algunas familias de indios
coreguajes. Después de navegar varios días llegamos al río Caquetá,
por el cual proseguimos aguas abajo hasta alcanzar, en la orilla
derecha, la desembocadura del Micaya. Sobre éste se debe canaletear
un día para luego, andando por tierra, en la región de los indios
macaguajes, encontrar el río Putumayo, segundo en longitud dentro
de este inmenso país. En esta etapa del viaje cruzamos la línea
ecuatorial. Si se prosigue por el Caquetá, muy torrentoso y de
difícil navegación en este trecho, se divisa la desembocadura del
río Caguán pero no la legendaria iglesia con puertas de oro, que
allí buscó el sacerdote González, de La Plata, en compañía de ocho
fieles compañeros. El jefe murió, y sus acompañantes regresaron sin
haber logrado nada. Remontando las aguas del Caquetá desde la
desembocadura del Orteguaza, se encuentran algunos asentamientos
que todavía llevan los nombres de los antiguos asientos de
misiones: Itucayamo, Solano, Yurayaco, Fotuto, Pacayaco y Limón,
donde se observan algunos cultivos sin importancia, excepto para
sus habitantes".
En este punto se dirigió Codazzi, el 19 de enero de 1857, vadeando
el Pepino y el Rumiyaco, a la residencia del prefecto de Mocoa,
tantas veces mencionado durante el viaje.
Se encontró aquí con un mísero villorrio, habitado por unos cuantos
criollos degenerados, entre ellos el padre Ramírez y el maestro de
escuela, quien se quejaba
de que nadie entendía su español, hablado generalmente en Sibundoy,
Santiago y Putumayo, pueblos de tierra fría no muy lejos de aquí,
donde, en cambio, el idioma
que se hablaba era el quechua, y por ellos los indios ingas
derivaban su nombre de los incas, los hijos del Sol.
Desde Mocoa, Codazzi realizó una excursión de catorce días a la
cuenca superior del río Putumayo, y particularmente al lugar donde
los mapas antiguos registraban diferentes comunicaciones y
bifurcaciones fluviales. Allí se topó con un mulato que cada año
viajaba desde Tapacunti, lugar de su residencia, a poblados del
Amazonas peruano. De ese modo, este hijo de la selva pasaba delante
de Tabatinga, remontaba el río Guallaca y se dirigía a los
depósitos de sal en Chapapoima, a fin de intercambiar por otros un
artículo tan esencial para la vida en los trópicos. Este hombre
suministró al forastero todos los nombres de las tribus indígenas
que habitaban las riberas del Putumayo.
Continuaron el viaje por tierra, pasando por el gran lago Cuyabeno,
hasta el Aguarico - uno de los más importantes afluentes del río
Napo -, a cuya ribera llegaron el 31 de enero, y en ella
encontraron un gran asentamiento indígena. Allí decidió Codazzi
regresar a Mocoa, lo cual se hizo en cinco días.
El interés que guiaba principalmente a este viaje no era
geográfico, ni tampoco etnográfico, sino más bien político pero
referido al problema indígena, que preocupaba hoy a Codazzi tanto
como hace unos veinte años. "He visto - escribe en Mocoa -
diferentes tribus de la población autóctona de la Nueva Granada, he
conocido muchas de sus actuales costumbres y actividades, y he
podido formarme un concepto. No encontré señal alguna de que se
hubiera cumplido desde los tiempos del descubrimiento una mejora en
el orden espiritual o social en beneficio de aquellos indios que no
se conservaron al margen del mestizaje. La población autóctona
permanece hasta hoy bajo un profundo letargo. Si tal estado se
considera natural, quiere decir que se cree en la predestinación,
es decir, en diferencias raciales cardinales, o que se sustenta una
doctrina opuesta a todo concepto de justicia divina y de unidad e
indivisibilidad de la especie humana. Cuando una raza débil sufre
la hostilidad de otra más fuerte, cuando se la tiraniza y subyuga y
se le arrebatan sus tierras, sus tradiciones y sus costumbres, es
apenas lógico que perezca. Sin embargo, tampoco los aborígenes
primitivos que nunca fueron vencidos han dado un solo paso hacia
una civilización avanzada, como es el caso de los guajiros, a pesar
de sus relaciones comerciales con los europeos.
Aquí debe tomarse en consideración que estos indígenas y sus afines
llevan desde la época del descubrimiento una vida seminómada, ya
que, para no ser sojuzgados, se negaron a establecerse en sitios
fijos. El sedentarismo es la condición fundamental de toda forma
superior de civilización, pero tres siglos de prejuicios no se
eliminan en pocos decenios, ni mediante leyes mejores ni con
instituciones más humanas. A esto se agrega el hecho de que los
pueblos que permanecieron libres viven en un clima adverso a toda
cultura: en la selva impenetrable, bajo destructivos aguaceros
tropicales, en medio de agresivas fieras salvajes, donde también el
europeo tendería a embrutecerse paulatinamente".
En Mocoa, donde maduró aquellas ideas, Codazzi se separó de su
acompañante, para cruzar el páramo de las Papas, aquel imponente
macizo montañoso en que nacen, muy cerca unas de otras, las fuentes
de cuatro gigantes fluviales: el Guachicono, el Caquetá, el Cauca y
el Magdalena. Al interrumpir el viaje por el Caquetá, Codazzi
estaba en su derecho, ya que en 1849 se había acordado que el
reconocimiento de toda la Amazonia neogranadina no formaba parte de
sus obligaciones. Además, desde 1854 un acuerdo fronterizo con el
Brasil parecía inalcanzable y, en consecuencia, había todavía mucho
trabajo por realizar en las provincias meridionales de la Nueva
Granada, al otro lado de la cordillera. Así, teniendo siempre
delante de los ojos la enceguecedora cumbre nevada del Puracé,
cabalgó Codazzi de regreso al valle del Magdalena. El 4 de abril
llegó a Timaná, donde pensaba quedarse un mes entero, tanto para
medir todos los alrededores, como para estudiar los vestigios
arqueológicos descubiertos por Caldas, que ulteriormente visitara
Rivero bajo la dirección de Céspedes. Al parecer se trataba de
templos, estatuas de dioses, símbolos misteriosos; de todos modos,
constituían restos maravillosos de una cultura hacía largo tiempo
desaparecida. Ciertamente, mucho había sido destruido desde la
visita de 1825, en parte por el terremoto de 1834, pero
especialmente por los grupos de guaqueros que buscaban en las
tumbas las piezas de oro que fueran enterradas junto con los
muertos. Sin embargo, las colosales ruinas localizadas en la
espesura del bosque eran siempre dignas de todo interés. Codazzi
las encontró muy pronto, ya que la superstición le indicó el
camino. Las piezas, esculpidas en piedra semejante a la lava, con
frecuencia bastante corroídas por los elementos naturales y
cubiertas de musgo, parecían ser estatuas de un lugar destinado al
culto, que los conquistadores españoles no encontraron por pura
casualidad. Para Codazzi se trataba de expresiones culturales de
los indios andaquíes - cuyas primigenias manifestaciones artísticas
destruyera la conquista europea -, pese a que las figuras, por su
combinación de rostros humanos y dientes de animal, evocan muchos
hallazgos efectuados en el Perú, ya que en los alrededores de
Timaná todavía se habla en algunas partes la lengua quechua. Pero
la mirada de Codazzi no profundizó lo suficiente en la prehistoria,
cuyos testigos tenía ante sí. En grado tal carecía de puntos de
referencia histórica, que llegaba a considerarlos como obra de un
grupo desgajado de aquellos andaquíes que todavía habitaban en
cercanías de Timaná, como supervivientes de un grande y poderoso
pueblo. Al parecer, nunca había oído hablar de los aimaras (51), a
cuya época de florecimiento pertenecían aquellas interesantes obras
tan parecidas a las del valle del alto Magdalena.
Con toda razón suponía Codazzi que en el estrecho valle del río
próximo a San Agustín no se encontraban las ruinas de un pueblo
común y corriente, sino los restos de antiguas edificaciones
religiosas. Primeramente vio sobre la colina de Uyumbe dos estatuas
y una figura inconclusa, en cuya cercanía supuso la entrada de un
lugar sagrado. Siguiendo por la derecha de esta elevación se
llegaba a una segunda loma con una figura yacente en relieve y una
estatua de medio cuerpo. "Si desde aquí se atraviesa el
territorio de San Agustín, a la orilla de la quebrada van
apareciendo una estatua tras otra. Si se avanza un poco se
encontrará, sobre una superficie plana, una rara figura de medio
cuerpo. No lejos de ahí, al principio de una llanura, se halla una
figura en forma de flecha, a cuyo lado anteriormente había una
especie de altar de piedra. En dirección a la quebrada Sombrerito,
se encuentran, en medio del rastrojo y la hojarasca, dos cuevas que
semejan salas. La primera, de dos metros de alto, es sostenida por
columnas, entre las cuales las de adelante están decoradas con
figuras. Capas de piedras no trabajadas y unidas con argamasa
forman las paredes. El piso, al parecer, estaba cubierto
artificialmente con piedras. Aquí se encontraban, según explican
los habitantes de San Agustín, dos estatuas y otras obras
artísticas, que ahora, acaso para ahuyentar los espíritus
diabólicos, se hallan en la iglesia parroquial o enfrente de la
misma, en la plaza de mercado. Se dice que también en la segunda
sala subterránea, cuyas columnas no muestran ahora ninguna figura,
existían esculturas de piedra. No lejos de allí, en medio del
rastrojo, hubo otras dos salas subterráneas, hace tiempo derruidas.
Ahora sólo se encuentran las ruinas de algunos muros y fragmentos
de unas trece estatuas, y al lado una piedra, esculpida
parcialmente en forma de receptáculo cuadrangular. Más adelante, a
la vera del camino, se ven siete extrañas figuras colosales.
Figuras de cuerpo entero, y algunas de medio cuerpo, estaban
colocadas frente a frente, al parecer intencionalmente. Otras,
esculpidas en la propia roca, quedaron tal vez inconclusas. En otro
lugar se observa la estatua de piedra de una rana. En una explanada
libre de rastrojo se levantan seis figuras, que parecen ser las
estatuas de un cementerio. En los alrededores, especialmente en
cercanías de un manantial salino, el rastrojo oculta aún muchas
otras raras creaciones humanas. Sobre la loma La Pelota, todavía se
encuentran los restos de una edificación, un bloque de roca, que al
parecer sirvió de altar, y cuatro columnas con horripilantes
grabados en relieve. Finalmente, en el Alto de la Cruz se ve una
escultura de piedra cuyo significado es del todo
inexplicable".
Todo lo que se encontró fue medido y dibujado con la mayor
exactitud posible, pero sin duda mucho quedó oculto.
"Quisiera que mi somera investigación - dice Codazzi -
sirviera de estímulo a nuestros investigadores arqueológicos para
que descubran todos los rincones de este valle misterioso, rozando
o quemando el rastrojo que lo cubre, organizando excavaciones para
traer el pasado a la luz del presente. Según mi convicción, se
encuentran allá incontables tesoros de la arqueología
americana". Ciertamente, era difícil que en el año 1856
existiera en América un segundo lugar conocido que ofreciese
interés igual para el estudio de la prehistoria, ya que allá, en el
solitario y ardiente valle fluvial, se encontraban monumentos de un
pueblo desaparecido antes de la época histórica, el cual trabajaba
la piedra con herramientas de hierro, y cuyo origen era y es hasta
el momento un enigma.
El 2 de mayo Codazzi inició desde Timaná la marcha hacia la parte
alta de la cuenca del río La Plata, maravillosa región montañosa de
carácter volcánico, y continuó la medición de las demás vertientes
de la cordillera Central, especialmente del trayecto entre el
Tolima y el Huila, a partir de Chaparral. Después se dirigió a la
zona que en la cordillera se hallaba situada entre el cerro Neiva y
el Sumapaz, así como al propio fondo del valle donde, por ejemplo,
se encontraba la comarca comprendida entre Natagaima y Ambalema.
Aquí los representantes de la gran compañía londinense Frühling
& Göschen lo recibieron con mucha amabilidad y le
encargaron el levantamiento de un plano de sus vastas plantaciones
de tabaco, cuyas abundantes cosechas formaban parte importante de
las exportaciones de la Nueva Granada.
En Bogotá, a donde llegó el 18 de junio, deseaba Codazzi más
vivamente que en ocasiones anteriores darse el gusto de dedicarse a
elaborar de una sola vez todo el material recogido hasta la fecha.
¿Y por qué no había de alcanzar esta meta en cerca de un año? En
cuanto a los mapas, avanzaba bien, a pesar de que, por un lado,
faltaban todavía levantamientos de los alrededores más distantes de
la capital y, por el otro, había que readaptar las planchas
anteriores, ya que ahora no se tomaban como base las provincias
sino los estados. Desde la ley del 27 de febrero de 1855, mediante
la cual se declararon las antiguas provincias de Chiriquí,
Veraguas, Panamá y Darién como un solo estado, la idea del
federalismo había tomado creciente fuerza. Por voluntad del poder
legislativo se creó el 11 de junio de 1856 el estado de Antioquia;
el 13 de mayo de 1857 el estado de Santander; el 15 de junio de
1857 los estados de Cauca, Cundinamarca, Boyacá, Bolívar y
Magdalena. Distribuido así el territorio entero de la república, se
movió de modo total hacia el federalismo, que fue definitivamente
establecido por la Constitución del 22 de mayo de 1858. Esta nueva
división político-administrativa exigía nuevos dibujos, nuevos
cálculos y nueva redacción de los textos. No era fácil, pues,
refundir las veinticuatro provincias de su obra geográfica en ocho
estados, pero Codazzi se sometió con gusto a este trabajo, ya que
coincidía con su antiguo deseo de hacer mapas departamentales.
Además, iba a reducir considerablemente los costos de la impresión
en Europa. Desde otro ángulo, la fundación de los nuevos estados
trajo la molesta consecuencia de que en todas partes surgieran
diferencias acerca de las fronteras entre ellos, ya que la ley no
las determinó con exactitud. Y no solamente allí donde algunos
antiguos cantones o territorios estaban excluidos de la asociación
provincial, sino también donde las primitivas fronteras de las
provincias continuaron siendo las del estado. Otrora poco o nada se
habían debatido estos temas en la Nueva Granada, y mucho menos
habían llegado a convertirse en motivo serio de litigio, mientras
que ahora para los estados soberanos parecía constituirse en
cuestión de honor el no ceder al vecino, en lo posible, un pie
cuadrado de tierra. Estas rivalidades absurdas ocasionaron a
Codazzi, quien como perito no pudo sustraerse a tales conflictos,
mucho trabajo e infinitos disgustos. A lo cual se agregaron ciertas
discrepancias con el poder central, ya que el antioqueño Mariano
Ospina Rodríguez, presidente de la recién creada Confederación
Granadina, declaró que en su comarca nativa era opinión general, no
solamente que los mapas de Codazzi carecían de todo valor, sino
también que los trabajos de Tyrrel Moore, según este hombre
aseguraba, habían servido de base para elaborarlos. Si bien Codazzi
se apresuró a refutar tales rumores, que también se hallaban
relacionados con problemas fronterizos, de ningún modo logró
acallar el concepto adverso que de él se tenía en Antioquia, lo
cual se explicaba principalmente por el hecho de que allí se
consideraba el levantamiento geocartográfico del país como obra de
los liberales, cuyos enemigos se asentaban precisamente en
Antioquia: sustentáculo principal de los medios conservadores, a
los cuales pertenecía el propio presidente Ospina. Codazzi supo ver
en aquellas suspicacias la expresión de la enemistad personal y
partidista. A ello se sumaron nuevas dificultades, motivadas por
cuestiones de dinero y otros asuntos de poca monta, que tenía que
arreglar con Manuel Antonio Sanclemente, miembro del gabinete. Este
hombre, que pronto se dio a conocer por el comportamiento corrupto
con sus subalternos, no mostró el menor interés en la obra de
Codazzi, sino que, por el contrario, la trató fría y
burocráticamente. A este individuo le entregó Codazzi, el 11 de
junio de 1858, es decir, cerca de un año después de haber concluido
su último viaje, los mapas terminados con base en la nueva división
del país. Tan sólo faltaban los dos estados de la costa: Bolívar y
Magdalena.
En tales circunstancias, Codazzi consideró cuestión de vida o
muerte la reanudación de los trabajos interrumpidos en 1850 en
Tamalameque. Recomendó calurosamente la elaboración y edición de un
mapa especial de la Sierra Nevada de Santa Marta, y expuso con
vívidos colores la importancia de una publicación de esta índole
para atraer inmigrantes, no obstante que su colonia venezolana se
acercaba rápidamente al inevitable fin. La respuesta que dio el
gobierno a sus proyectos cartográficos fue tan poco satisfactoria
para Codazzi, que éste contestó así: "La última
comunicación dejó en mi ánimo una impresión muy dolorosa. Ahora veo
cómo se buscan indicios de sinrazón en mis propuestas - que se
basan en hechos seguros y en la terminación del levantamiento
geocartográfico del país, en interés del pueblo -, para mostrar que
ellas abrigan intenciones inamistosas, ya que se me ha dicho que
yo, si no estuviera satisfecho con las decisiones del gobierno,
podría hacer uso ante la entidad correspondiente de mi supuesto
derecho. Yo estaba convencido de que el carácter de la obra por mí
iniciada era más elevado que el de un simple contrato, y de que
merecía que se la tratara con cierta consideración y deferencia. La
susodicha comunicación me hizo ver que estaba equivocado: que no
trabajaba a fin de obsequiar a la nación una obra científica, para
cuya ejecución el dinero, si bien se hallaba de por medio, no
debería considerarse como pago de servicios, sino como una ayuda
para concluir la obra. Me di cuenta de que no se trataba de un
monumento en honor y en beneficio de la Nueva Granada, sino que se
la veía como una de esas tantas cosas que diariamente se compran y
se venden. Tamaña desilusión es una crueldad para un hombre que ha
buscado su gloria en hacer conocer al mundo culto estas tierras
todavía no exploradas".
Codazzi no encontró a nadie, en el gabinete de Ospina, que mostrara
comprensión hacia sus trabajos. Su propuesta de estudiar de modo
particular y pormenorizado la Sierra Nevada de Santa Marta, el más
alto macizo montañoso costanero de toda la América del Sur,
separado de la cordillera de los Andes, no encontró eco alguno, y
eso que se trataba de una idea con fundamentos prácticos.
Un distinguido comerciante de Santa Marta, Joaquín Mier, le remitió
un opúsculo manuscrito referente a un plan de colonización de las
tierras altas de la Sierra, tan cercana a su residencia. El autor
del escrito, Élisée Jean-Jacques Reclus (52), había vivido durante
algún tiempo, como pionero de este proyecto, en la extensa costa
con los guajiros, y en los numerosos valles de la Sierra con los
arhuacos. Sin embargo, no obstante su gran capacidad personal, no
obtuvo ningún resultado, y sí fue víctima de innumerables
sufrimientos. Codazzi leyó con avidez los conceptos de este hombre,
en los cuales reencontró sus propios anhelos del año 1850.
"Los primeros europeos que se establezcan en esta Sierra
Nevada - escribía Reclus - sin duda tendrán que afrontar muchos
peligros y enormes dificultades, antes de obtener el éxito
definitivo. Padecerán de malaria, y las crecientes de los ríos y lo
intransitable de los pantanos obstaculizarán el transporte de sus
víveres; la enemistad de los pocos pero voraces funcionarios les
causará contrariedades. Durante largo tiempo los recién llegados
estarán aislados de toda sociedad que no sea la de los indios. Su
situación, sin duda, será difícil. Empero, todos los escollos, que
disminuirán a medida que avance la colonización, se convierten para
hombres valerosos en ventajas, ya que obligan a redoblar la lucha,
lo que, a su vez, hará doblemente merecida la victoria final. Con
fundamento en el trabajo activo y diligente, caben grandes
expectativas en cuanto al futuro de la Sierra Nevada y de la Sierra
Negra. El café tendrá un buen desenvolvimiento en aquellos valles,
pese a que durante mi permanencia en el valle de San Antonio no fue
posible obtener más de trescientas libras de semillas para nuestras
siembras. Las plantas tropicales llegan a encontrarse a alturas
increíbles sobre el nivel del mar. Las principales entre ellas
decuplicarán el producto de sus cosechas. Sin embargo, estas
montañas, a pesar de su belleza, son tenebrosas. Quien viaja
solitario por los valles densamente boscosos se siente realmente
sobrecogido por un temor que oprime el corazón. En esta naturaleza
vasta e imponente, la soledad es infinita. Faltan la abundancia y
la amabilidad, a causa de la ausencia de campos cultivados, de
prados y de lugares habitados por hombres". Codazzi estaba
impaciente por visitar las regiones así descritas, para conocer
exactamente todos los detalles. Pensaba que acaso pudiera todavía
organizar una nueva colonización, si no con alemanes, con
franceses. Al mismo tiempo, el trabajo de descripción geográfica
regional presentaba cada vez más dudas respecto a aquel gran macizo
montañoso de la costa, debido a que surgieron diferentes teorías
geognósticas cuyas conclusiones sólo serían posibles después del
estudio de las montañas nevadas de Santa Marta.
A todo esto se agregó otro acicate. Codazzi deseaba estar lo más
pronto posible en algún lugar de la costa, ya que el incansable
Kelley no cejó hasta que por fin sus emisarios encontraron en el
Chocó una línea apta para la construcción de un canal. Desde 1854,
el dinámico neoyorquino había fijado su atención de manera
particular en la ruta del río Truandó, apenas tocado por Codazzi en
aquel entonces. La primera exploración, dirigida a mediados del año
1854 por James C. Lane, se malogró por un ataque de malaria; la
segunda, que encabezó William Kennish, acompañado por Normann Rude
y Robert G. Jameson, se encaminó, en diciembre de aquel año, desde
Panamá hacia el sur. Después de una completa pero infructuosa
exploración de la bahía de Cupica, llegaron el 11 de enero de 1855
a la desembocadura del río Curachichi, cruzaron la divisoria de
aguas y continuaron por el río Nergua hasta desembocar en el
Truandó y, sobre éste aguas abajo, al Atrato, el cual remontaron
hasta Quibdó. Desde aquí, dejándose llevar por la corriente,
exploraron todo el curso del río. El éxito de la empresa, del cual
Codazzi apenas se enteró a mediados de 1858, pareció proporcionar a
Kelley la solución definitiva del problema de un canal a través del
istmo. Durante una larga gira, expuso personalmente sus planes, en
forma muy brillante; por ejemplo, en Londres, ante la Sociedad
Geográfica y la Asociación de Ingenieros Civiles. En esta ciudad se
interesaron por el proyecto los almirantes Fitzroy y Beechy, lord
Clarendon, sir Roderick Murchison y Robert Stephenson. Si bien tal
éxito parecía extraordinario, también en París convenció Kelley al
emperador Napoleón III, y en Berlín ganó para su proyecto al
anciano Humboldt. En seguida aparecieron, impulsadas por el mismo
Kelley, publicaciones explicativas simultáneamente en Nueva York,
Londres, París y Berlín, acompañadas de anotaciones de un Manby y
de Humboldt. La cuestión del canal parecía ahora acercarse
rápidamente a una decisión.
El Congreso de Washington había acordado el 3 de marzo de 1857 la
segunda expedición por el istmo (53), para cuyo escenario se había
escogido la región Atrato-Truandó-Cupica. Herrán, ministro
residente neogranadino en Washington, garantizó explícitamente,
cuando visaba los pasaportes, el permiso de su gobierno para que
los jefes de la expedición realizaran "la gran idea de los
Estados Unidos". Fue así como zarpó el 16 de octubre desde
Nueva York el bergantín Varina con capacitados hombres a bordo,
dirigidos por el teniente Nathaniel Michler, del cuerpo topográfico
de Washington, y entre los cuales se contaba el naturalista Arthur
Schott y el dibujante Jacob Schmidt. Más o menos al mismo tiempo
partió desde el puerto de San Francisco el vapor Arctic, bajo el
mando del teniente de marina Thomas A. Craven, acompañado por el
pujante Kennish. De todo ello sólo tardíamente obtuvo Codazzi
informaciones precisas, pero esperaba vivir todavía lo suficiente
para ver la conclusión de una obra tan excepcionalmente importante
para la Nueva Granada, más que por el gigantesco canal que abriría
paso a los barcos, porque proporcionaría el fundamento físico a la
colonización y a la agricultura. Si no quería enajenarse del todo
de esta empresa mundial, entonces tenía que estar lo más pronto
posible en la costa y desde ésta dirigirse a Europa, una vez se
hubiera apresurado a terminar su obra geográfica, a fin de editarla
allí. Tan sólo allende el océano podía adquirir todos los
conocimientos útiles para la Nueva Granada con respecto al canal.
Empero, esas no eran las únicas razones: a Europa lo llamaba además
una segunda consideración. La descripción geográfica regional ya no
salía tan fácil de su pluma como antaño. Frecuentemente se sentía
inseguro, y no pudo completar la redacción de un informe acerca de
las últimas excursiones, a pesar de que únicamente había tenido que
efectuar dos breves recorridos y se había dedicado durante dos
meses a un trabajo práctico: el proyecto de un camino carretero que
comunicaría a Los Manzanos, cerca de Facatativá, con Beltrán,
puerto del río Magdalena frente a Ambalema. Codazzi se demoró cada
vez más en el estudio de esta vía, a causa de que abarcaba
investigaciones de diversos aspectos secundarios.
Codazzi se dispersó en variadas disertaciones específicas (54).
Escribió una relación sobre los indígenas de la costa del Pacífico
y de la cuenca del río Orinoco, sin contar con suficiente
información acerca de estos grupos étnicos; redactó un escrito
referente a los monumentos arqueológicos de San Agustín, en el cual
concedió amplio espacio a su fantasía, y después inició una
descripción de la región del Caquetá, en la cual consignó lo que
había visto y oído durante la reciente excursión. Este último
escrito hubo de interrumpirlo por el momento, ya que se hablaba
ahora de un viaje que en la primera mitad del año pasado había
realizado William Jameson de Quito al río Napo, que la Nueva
Granada reclamaba como frontera con el Ecuador, pero en cambio
bosquejó un mapa del territorio del Caquetá, basándose en este
caso, para la frontera amazónica, en los datos de Louis Herndon,
cuyo mapa elaborado a mano lo debía a la gentileza de su amigo
Ancízar, que ahora se encontraba en Lima como ministro residente de
la Nueva Granada. Otro envío, esta vez del ministro residente
neogranadino en los Estados Unidos, contenía la nueva Geografía del
Ecuador de Manuel Villavicencio (55), la cual, en cierto sentido,
hizo tambalear los conceptos de Codazzi. A este mismo, no le
gustaron sus últimos trabajos. Al examinar sus manuscritos,
encontró en ellos capítulos importantes apenas bosquejados,
detalles a veces ampliamente comentados, pero nunca una relación
continuada. La escala para comparar lo grande y lo pequeño, lo
valioso y lo anodino era apenas de orden individual.
Infortunadamente, carecía de la oportunidad de confrontar sus
trabajos con los avances recientes de otras naciones. Poco sabía de
lo que se publicaba en Europa, relacionado con su profesión, y nada
entendía del amplio espíritu de los tiempos modernos, que se
manifestaba de manera tan pujante en los Estados Unidos.
"Aunque me halle en los días de mi vejez, debo viajar a
París a fin de poder concluir mis trabajos - escribió a Holton -,
ya que aquí no cuento con la ayuda crítica de nadie. He de hablar
con hombres como Boussingault, Schomburgk y Humboldt. Tengo que
visitar asociaciones científicas y académicas. Tengo que empezar
desde el principio. Si así no lo hago, todas mis fatigas y
dedicación habrán sido en vano. En nuestros días, quien trabaje
aislado y solitario no podrá ser útil al mundo. Aquí he perdido a
mis últimos colaboradores. Acaso, en mi ancianidad, una vez más
tenga la suerte de poder discutir con mis semejantes". Así
fue como, al igual que a Caldas, lo dominó un sentimiento de
insuficiencia. A lo cual, finalmente, se agregó la añoranza de la
tierra natal, que a lo largo de la vida acaso ningún italiano logre
vencer del todo. Antaño un reencuentro con el terruño le parecía
poco agradable; ahora anhelaba, por encima de todo, la querida
tierra de origen. En la península apenina imperaba un espíritu
diferente del que reinara en otros tiempos. A partir de la guerra
de Crimea, Italia había tomado mejores rumbos. Cavour, "el
hombre silencioso", había impulsado una política nueva.
Codazzi, incorregible enemigo de los austriacos, pensó continuar el
viaje desde París, lugar de impresión de sus obras, en compañía de
sus dos hijos mayores, Agustín y Domingo, vía los Alpes, hacia
viejos amigos, con quienes todavía se carteaba de cuando en cuando,
y hacia la maravillosa patria.
De ese modo, sometido a tan diferentes sentimientos, tomó Codazzi,
a finales de 1858, la decisión de bajar al mar, aunque sin ningún
anticipo ni ayuda monetaria del gobierno. No obstante que sus
amigos trataron de disuadirlo, e inclusive lo previnieron con
insistencia, se dirigió - él, un hombre de 66 años de edad - hacia
las tierras bajas, tan llenas de toda suerte de peligros. Esperaba
llegar pronto a la atmósfera pura y fresca de las altas montañas
nevadas, y luego, al proseguir el viaje, disfrutar la brisa del
mar. Durante este viaje, para el cual escasamente se había
equipado, lo acompañó únicamente Manuel María Paz.
El 13 de diciembre de 1858, en el vapor Nueva Granada, partió
Codazzi de Honda hasta Badillo, para desde allí visitar, por lo
pronto, la ciénaga de Simití, así como las corrientes de agua que
la comunican con el río Magdalena. Continuó el viaje en piragua
hasta El Banco, donde se une el río principal con su único afluente
procedente del norte, el poderoso Cesar, que poco antes formaba
innumerables ramificaciones y grandes lagunas, indicando así la
iniciación de una región topográficamente nueva. Penetró aquí
Codazzi en un laberinto acuático cubierto y rodeado de alta, densa
y bochornosa vegetación selvática y de enmarañado rastrojo. La
extensa ciénaga de Zapatosa le hizo recordar la de Sinamaica, que
visitara hacía cerca de treinta años. Desde Chimichagua se dirigió
a la solitaria serranía de los Motilones, que formaba la frontera
con Venezuela, y antaño considerada como campo de ataque y de lucha
de los salvajes lansquenetes de los Welser.
El 20 de enero de 1859 había llegado a Espíritu Santo, desde donde
el camino hacia Valledupar y hacia la tan ansiada Sierra Nevada se
presentaba expedito. En este villorrio de unos setecientos
habitantes, a Codazzi lo atacó una grave fiebre. Sin embargo,
continuó el viaje el 7 de febrero, pero en Pueblito, una finca no
lejos de aquel poblado, tuvo que detenerse, tras lo cual hubo de
cabalgar de prisa a fin de recuperar el tiempo perdido. De nuevo
durante la marcha se presentó otro fuerte ataque de la enfermedad.
Hubo que bajar a Codazzi del caballo y recostarlo sobre una estera
en el suelo. La enfermedad se agravaba de momento en momento.
Gimiendo profundamente, se llevaba la mano a la frente, como si
quisiera ordenar sus pensamientos, decía palabras incoherentes
sobre la obra geológica y señalaba con la mano hacia las montañas
de Santa Marta, tras lo cual fue breve su lucha con la muerte (56).
Junto al lugar donde falleciera, sus acompañantes, el mencionado
Paz y un asnerizo, limpiaron la tierra de hierba y rastrojo,
cavaron en la sabana abierta una solitaria sepultura y enterraron
allí el cadáver, con la cabeza orientada hacia las montañas y el
cuerpo vestido con la ropa de viaje. Una vez cubierta y cerrada la
sepultura, se colocaron encima numerosas piedras, para protegerla
de los animales salvajes **.
En el momento en que llegó la noticia de la muerte de Codazzi a
Bogotá, se encrespaban las olas de un violento movimiento
constitucional, a tal altura ya, que cualquier otro interés era
arrastrado por la marejada. Apenas acababa de entrar en vigor la
ley fundamental que consagraba el federalismo como sistema de
gobierno, cuando ya había estallado la reyerta entre los partidos,
motivada particularmente por el primer mensaje presidencial, que a
nadie satisfizo y por cuyos términos, al parecer, los liberales se
sintieron lastimados. Seguramente la familia de Codazzi habría
estado solitaria con su pena, si no hubiera acontecido un hecho que
indicaba mejor que cualquier otro la alta valía del difunto. Ramón
Castilla, presidente-libertador de la República del Perú, había
escrito a Codazzi, sin considerar la edad de éste, solicitándole
encarecidamente hacerse cargo, tan pronto le fuera posible, del
levantamiento geocartográfico de ese país, como también de la
impresión del mapa y del libro correspondiente. Este mensaje
altamente honroso llegó a Bogotá poco después de la noticia de la
muerte de Codazzi, y en medio del dolor fue recibido con
satisfacción.
La obra de Codazzi: mapas, bosquejos, estadísticas, libros, tablas,
descripciones, manuscritos terminados o inconclusos, en fin, todos
los materiales, tanto impresos como inéditos, fueron entregados a
Manuel A. Sanclemente, quien ahora menos que antes estaba dispuesto
a poner atención a esta índole de asuntos, ya que al gobierno lo
asediaban las preocupaciones derivadas de los movimientos
subversivos o armados que brotaban en todas las regiones del país,
y que cada vez se concentraban en torno a Mosquera, quien, a su
turno, simpatizaba con ellos y los atizaba.
Entre algunos de los amigos de Codazzi que conocieron el método de
trabajo de éste, se ofreció Manuel Ancízar al gobierno para
concluir lo empezado por el geógrafo. Salvo la parte geológica, en
cuatro años había que completar y publicar, de modo digno (57), el
gran mapa general con sus correspondientes textos explicativos; el
Atlas, complementado con mapas históricos; un manual que abarcara
la historia, la estadística y la etnografía. Sanclemente
consideraba que el precio de veinte mil pesos por este trabajo era
demasiado alto, y pensó en encargar a Manuel Ponce y Manuel María
Paz la elaboración de los croquis y apuntes en borrador dejados por
Codazzi, y la continuación de las mediciones encomendarla al joven
ingeniero Indalecio Liévano. Sin embargo, también para este
proyecto faltó pronto el dinero. Con Ospina tambaleante en la silla
presidencial, el gobierno central de la Confederación necesitaba
para otros fines hasta el último real de los escasos dineros de la
tesorería bogotana. Como cabeza de todos los partidos de oposición,
que reclamaban soberanía para los nuevos estados, Mosquera
amenazaba con la fuerza de las armas. Los estados de Cauca, Bolívar
y Magdalena se separaron de la Confederación, y se formó una nueva
unión, que inicialmente adoptó el nombre de Estados Unidos de la
Nueva Granada y posteriormente el de Estados Unidos de Colombia.
Prontamente convertido en dictador, Mosquera avanzó victorioso.
Influido por muchas de las ideas de los norteamericanos, acometió
con espíritu enérgico, una vez conquistado el poder, múltiples y
diversas innovaciones.
Mediante decreto fechado el 12 de abril de 1861, creó con
territorios de Antioquia, Cauca y Cundinamarca un nuevo estado, el
de Tolima, y cortó así, por medio de fallo ejecutivo, una serie de
diferencias fronterizas que hasta hacía poco les molestaran
frecuentemente tanto a él como a Codazzi. Declaró que no era
necesaria la continuación del levantamiento geocartográfico del
país, ya que los mapas de los dos estados costeños se podían
dibujar fundándose en mapas antiguos. El 18 de julio de 1861 acordó
con Ponce y Paz la publicación de los mapas, prescindiendo de todo
el programa antiguo y aplicando la mayor sencillez posible. Así
mismo, firmó con Felipe Pérez, el historiógrafo de sus últimas
hazañas militares, un contrato para la descripción geográfica
regional, que debía realizar dentro del más breve plazo. El 23 de
julio decretó Mosquera la conformación de un distrito federal con
Bogotá y sus alrededores, que debía presentarse en mapa y atlas
especiales, pero que pronto desapareció por incapacidad para
subsistir. No hubo oportunidad de utilizar las ilustraciones
escogidas para la obra de Codazzi. Por su propia iniciativa, Triana
quiso publicar en París la parte botánica, y así lo hizo durante
algún tiempo. La parte geológica, respecto a la cual se mencionó
alguna vez el nombre de Karsten, se dejó por lo pronto de lado como
inutilizable, como todo lo demás que no tuviera cabida en las dos
consabidas publicaciones.
Entre los colaboradores de Codazzi, tan sólo uno era capaz de
actuar de acuerdo con la familia y de comprender verdaderamente al
difunto: Ancízar. Este hombre excelente, después de una amistad de
diez años con el desaparecido, recopiló todo lo que pudiese ser
utilizable para erigirle un monumento literario: las noticias sobre
la preparación del viaje de regreso de la familia a Valencia,
papeles propios, los escasos informes que le proporcionara el
gobierno, basándose en lo cual escribió y publicó la biografía de
Codazzi. "La muerte, al tronchar súbitamente la vida de un
hombre de pensamiento y acción, es como un terremoto, que no sólo
acaba con la vida de un individuo, sino que también deja en ruinas
sus mejores creaciones. Codazzi no murió sólo: con él pereció la
mitad de su obra apenas iniciada en honor y para el provecho de la
Nueva Granada, porque nadie, sino él, podía darlas al mundo en la
forma como él las planeara. En el pensamiento ya tenía todo
concluido, y avanzó paso a paso, con tranquilidad sistemática,
hacia la realización de su gran tarea. Lo que existe de sus
trabajos merece el más alto reconocimiento. Es obvio que sólo un
gran talento topográfico era capaz de ejecutar semejante obra. En
su trabajo, contaba casi siempre con escasos puntos de partida para
lograr algunas mediciones hábilmente realizadas. Basándose en un
mínimo número de fuentes, obtenía en una extensa región un cuadro
cartográfico comprensible. Edificada piedra sobre piedra, la fuerza
creadora de Codazzi no se basaba ni en el amor a la nueva patria ni
en imperativos profesionales, sino que era una fuerza inherente a
su modo de ser, que lo movía a tratar de comprender la
configuración de la superficie de la tierra. Su sentido científico
no lo dejaba descansar; su talento excepcional, aun bajo
condiciones muy desfavorables, tenía que producir efectos. Codazzi
era un genio en su oficio; sus trabajos, tanto sobre Venezuela como
sobre la Nueva Granada, no obstante que quedaron inconclusos,
llevan impreso un carácter monumental".
El territorio al cual se referían los últimos trabajos de Codazzi,
al publicarse por fin éstos, figuró con el nombre de Estados Unidos
de Colombia, ya que era el que había recibido, en la Constitución
del 3 de mayo de 1863, la antigua Nueva Granada.
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*
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| Este lugar no figura hoy en ningún mapa. El del departamento
del Meta elaborado por el Instituto Geográfico Agustín Codazzi
registra un caño Maquivo, afluente izquierdo del río Meta.
El índice del Official Standard Narres by Me United States Board
on Geographic Names da su localización con latitud 49 26' N y
longitud 72° 15' W, lo cual coincide con la descripción de
Codazzi.
En el mapa de 1:1000.000, plancha NB-18 de la American
Geographical Society (1945), figura el mismo caño, y frente a su
desembocadura en el río Meta un punto astronómico - puede que éste
tenga su origen en Codazzi - que falta por investigar. (Nota del
traductor).
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| De un interesante libro de viajes titulado El río Cesar, de que
es autor el sabio francés Luis Striffler, publicado en Cartagena en
1876, tomamos los siguientes conceptos que determinan el lugar y la
fecha precisa de la muerte de Codazzi:
"[...] Apenas hube pronunciado el nombre de Codazzi, don
Óscar Trespalacios exclamó: Codazzi llegó a mi hacienda de Las
Cabezas con su comitiva, sus sirvientes y seis soldados; ya estaba
sufriendo calenturas tercianas, por lo cual le aconsejé que se
curase antes de seguir. En mi casa había ciertas comodidades y
recursos para una asistencia regular, pero él manifestó mucha
impaciencia por concluir su Atlas lo más pronto, para lo cual sólo
le faltaba medir y dibujar a Magdalena y Bolívar. De mi hacienda de
Las Cabezas tiró la primera línea de sur a norte, y después dispuso
trasladarse al "pueblecito", que es el nombre que
aquí dan a Espíritu Santo (1),
adonde lo acompañé: allí se agravó. Corrí al valle a buscar al
señor Pavajeau, que ejerce allí la medicina, y cuando volví ya
Codazzi estaba postrado. Tres días después Colombia había perdido a
su geómetra".
Más adelante, al hablar Striffler de la casa donde murió Codazzi,
agrega:
"En una casa situada detrás de la iglesia había una
escuela de niñas cuyas alumnas no pasaban de diez [...] La
directora nos presentó a una señora respetable por la edad, aunque
muy conservada, que era la dueña de la casa, y la misma persona que
había asistido a Codazzi en su última enfermedad (2). Nos preguntó si éramos parientes o
amigos del difunto y nos contó las repetidas sorpresas que
experimentaba, al ser interrogada siempre por extraños, no sólo
sobre el hecho tan común de la muerte, sino por el deseo de conocer
el lugar en donde había lanzado el último suspiro el incansable
geógrafo.
- Ahí - nos dijo - estaba la cama del coronel; y señaló el rincón
que queda a la izquierda de la sala (3). El coronel - continuó la señora - había llegado
por la tarde con sus compañeros y su escolta; con él estaba el
joven Paz. Por la noche se soltó la mula en que montaba y se enojó
por el descuido del sirviente encargado, que la amarró mal. Ya el
coronel sufría de calenturas, y a pesar de que estaba muy agitado,
cuando ya el sol estaba cerca del mediodía, se fue a la plaza con
sus instrumentos y se puso a hacer sus observaciones. Por la tarde
se agravó; se acostó antes de anochecer y fue su último día de
trabajo".
Después de la muerte de Codazzi, manos extrañas e inexpertas
recogieron sus trabajos y nombres profanos aparecieron como autores
de la labor intensa y fecunda del gran latino que hizo de Colombia
su segunda patria; tal vez para que se cumpliera la sentencia del
poeta cuando afirmó que "no siempre el laurel próspero
crece / en el huerto de aquel que lo merece".
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1
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| Esta afirmación rectifica el concepto de Schumacher, cuando
dice que de Espíritu Santo siguió el 7 de febrero para El Pueblito,
lugar que no existe en esa región y que fácilmente se escribió por
Pueblecito, como llaman también los naturales a Espíritu
Santo.
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2
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| Se refería Striffler a doña Petrona de Fex, dueña de la casa, y
quien asistió a Codazzi durante su última enfermedad. El coronel
don Nehemías Mestre compró más tarde esta casa y la donó al
municipió. Debería ser en ella donde se colocara la lápida de que
trata el art. 3º de la ley 104 de 1896.
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3
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| La frase ingenua y espontánea de "ahí estaba la cama
del coronel" hace desaparecer el concepto de que Codazzi
murió sobre una estera tirada al suelo, que se desprende del
concepto de Schumacher cuando dice: "Fue necesario
desmontarlo y acostarlo en una estera [ ... ] luego vino una corta
agonía". No murió Codazzi de tal suerte; y téngase
presente que Striffler escribió en el mismo lugar de los
acontecimientos, en 1876; diez y siete años después del
suceso.
(Notas de F. García Carbonell)
[Tomado del Boletín Historial, Cartagena de Indias, núm. 13, mayo
de 1916, págs. 4-6. (Nota del traductor)].
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