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CAPITULO VII

 

LOS ÚLTIMOS ESFUERZOS Y EL FIN


La Compañía Londinense del Darién, que tánto había dado que hablar, avanzó poco en sus trabajos durante el año 1852. Supo, eso sí, en el período de agitación, aprovechar con éxito, para sus fines propagandísticos, un informe que, elaborado por Lionel Gisborne con fecha 28 de agosto de 1852, recibió el visto bueno del doctor Cullen a principios de 1853. Tal informe, que llevaba anexo un mapa explicativo de la región, se distribuyó entre todos los círculos financieros de la Europa Central. Los periodistas y los escritores se apoderaron del tema de la cuestión del canal interoceánico, especialmente en Inglaterra y Escocia. Desde todos los lugares se ejercía tal presión, que el gobierno de la Gran Bretaña no quiso quedarse atrás en lo atinente a un proyecto tan discutido en el país y de tanta trascendencia internacional, y más cuando altos intereses políticos aconsejaban la máxima intervención en los acontecimientos relacionados con el istmo, de modo especial si se referían al territorio del Darién (45).
Pronto desde Londres se ordenó a una nave de guerra estacionada en el mar Pacífico, el vapor Virago, bajo el mando del comandante Edward Marshall, visitar la bahía de San Miguel, y desde allí disponer que las tropas penetraran lo más profundamente posible para determinar los cauces de los ríos Sabana y Chucunaque. Esta tarea se cumplió cuidadosamente, bajo la dirección de John C. Prevost, entre el 20 de diciembre de 1853 y el 6 de enero de 1854, pero, en contra de lo esperado, no se logró alcanzar la orilla atlántica, ya que, después que los salvajes mataran a cuatro hombres, la exploración hubo de suspenderse. Pasado un tiempo, apareció en la misma bahía el oficial norteamericano Henry C. Farde con un equipo de ingenieros, para efectuar un minucioso levantamiento topográfico de las vías fluviales. El envío de estos hombres estaba relacionado con una expedición internacional que debía actuar simultáneamente desde los lados pacífico y atlántico del Darién. El imperio monárquico francés y los Estados Unidos participarían en las investigaciones. El gobierno inglés destinó para esta empresa dos barcos, o sea: el bergantín Espiegle, bajo el mando del comandante Hancock, que zarpó de Inglaterra el 14 de diciembre de 1853, llevando nuevamente al campo de acción tanto a Cullen como a Gisborne, y la goleta Scorpion, bajo el mando del capitán Parsons, que ya se encontraba estacionada en el puerto de Cartagena, por la razón de estar efectuando trabajos de levantamiento cartográfico. En Bogotá causaron preocupación estas sorprendentes noticias, ya que aún no se había solicitado del gobierno neogranadino permiso para acometer empresas de esta índole, que, ante la amenazante actitud de los indígenas, no podían realizarse sin llevar armas. El gobierno del país no había sido invitado a participar, no obstante que un aviso no oficial hubiera bastado. Periódicos ingleses hablaban del Darién como de un territorio sin dueño, exactamente igual como anteriormente lo habían hecho en relación con la costa de Mosquitos. Ciertamente, la concesión a los Estados Unidos comprendía la zona del estrecho de Panamá, pero difícilmente también otras partes del gran istmo, como el Darién o Chiriquí. En fin, todo indicaba que se estaba pretermitiendo la soberanía de la Nueva Granada. Por lo tanto, el presidente Obando tenía que actuar rápidamente. Sin pérdida de tiempo, dio al gobernador de Cartagena instrucciones de enviar, en el término de la distancia, comisarios a un pueblo situado en la bahía de Caledonia, para patentizar allí la soberanía neogranadina. Tenían que hacer todo lo que estuviera a su alcance para representar, por lo menos nominalmente, la autoridad, y después, si era posible, acompañar la primera expedición que pisase tierra. Además, el gobernador debería poner a disposición de los exploradores grupos de soldados y reclusos para el acarreo del bagaje. Codazzi recibió la orden de alistarse para el viaje, a fin de que acompañara, como representante de la Nueva Granada, a los enviados de las otras tres naciones. Codazzi estaba listo. Sin embargo, sirviéndose de antiguos mapas españoles que había logrado obtener hacía poco, hubo de explicar a su gobierno que los datos de Gisborne eran falsos. Había que cortar inevitablemente, sobre el trayecto caledoniano que salía por el lado del Atlántico, una alta cordillera y la impetuosa corriente del Chucunaque, para alcanzar el río Sabana. El dibujo de Gisborne no era un mapa, sino un cuadro acorde en todo con lo que monetariamente le convenía a aquella gente, que especulaba en Londres u otra parte con el proyecto del Darién.
El 19 de enero de 1854 había llegado Codazzi a Cartagena, donde alquiló una embarcación de cabotaje y, tras navegar cinco días, él y sus setenta y cinco acompañantes, alcanzaron la bahía de Caledonia. La víspera se habían reunido allí con la corbeta norteamericana Cyane - la primera en arribar -, del comandante Hollins, los dos mencionados barcos ingleses y el vapor francés Chimère, bajo el mando del teniente de marina Jauréguiberri. Cinco días antes, el comandante Hollins había desembarcado al teniente Isaac C. Strain con veinticuatro hombres, que siguieron los pasos de dos cartageneros, Miguel Polanco y Rafael Castilla, quienes se habían adelantado, después de haber negociado, sin resultado alguno, con los indígenas salvajes que habitaban la costa. Esta expedición norteamericana 46 avanzó inmediatamente hacia el interior, sin tomar en consideración ni a los representantes de la compañía inglesa, ni la bandera francesa, ni la presencia de un representante del gobierno neogranadino ni mucho menos el alto grado de susceptibilidad de las tribus salvajes. El 24 de enero desembarcó Codazzi acompañado sólo de cuatro personas. En seguida, la Chimère envió dieciséis hombres a tierra, en tanto los otros dos barcos despacharon dos contingentes: el uno de dieciséis hombres al mando del teniente Preston, y el segundo, bajo la dirección del ingeniero Saint John, compuesto por once hombres, entre los cuales Cullen y Gisborne. Fue así como se formó, en la desembocadura del pequeño río Caledonia, una tropa sin comando unificado, no obstante que el mando debía corresponder a Codazzi, quien, a su vez, aumentó rápidamente su personal.
Después que se habían explorado durante dos días los alrededores del río Caledonia, se apareció el teniente Fountleroy con cinco norteamericanos, por orden del comandante Hollins, para seguir el rastro de Strain, cuya tardanza en regresar causaba ya preocupación. A ellos se unió Saint John. En esta búsqueda anduvieron tres días pero, ante los nulos resultados, regresaron al campamento neogranadino, que había levantado Codazzi, una vez desembarcado todo el bagaje, en el pie opuesto de la primera cadena montañosa de la costa, específicamente en la tierra ondulada de las cabeceras del río Subcutí, la cual no permitió reconocer una trocha abierta hacia el occidente, como tampoco una depresión considerable. Mientras se efectuaban los trabajos de medición de estos terrenos se presentaron ante Codazzi cinco camaradas de Strain, que regresaban del río Aglamonte para conseguir víveres. Lo que contaron, el 30 de enero, sobre los compañeros que habían marchado adelante era poco alentador. Sin embargo, se les suministraron algunas provisiones de boca, con las cuales reemprendieron la búsqueda de Strain, pero tuvieron que volver, una vez consumido lo poco que llevaban, medio muertos de hambre y sin éxito. De manera que hubo que abastecerlos con lo indispensable para que se repusieran y pudieran alcanzar su barco.
El 4 de febrero Codazzi los llevó hasta la costa, donde dejaría sus bagajes, pues consideraba que, perdidos los norteamericanos, toda la empresa había fracasado. Allí entregó al comandante Hollins un bosquejo cartográfico del Darién, y le indicó sobre éste el lugar donde suponía que los norteamericanos habían perecido. "Su jefe - escribe Codazzi - infortunadamente no estaba familiarizado con la geografía del istmo, pese a ser hombre bien informado, fuerte y valiente. Su gobierno lo escogió porque en ocasiones anteriores había cruzado selvas pobladas por tribus salvajes. Empero, tales selvas eran norteamericanas. Strain desconocía nuestras maniguas, sus intrincadas y enmarañadas sendas y sus habitantes. Creía fácil llegar de un mar al otro; tan fácil, que en nada correspondía a la realidad".
Codazzi debía abandonar cualquier esperanza de éxito. Sin embargo, a pesar de la desilusión general, todavía se hicieron algunos intentos. Saint John y Gisborne consiguieron guías indígenas y salieron el 7 de febrero del poblado de Subcutí hacia los ríos Chucunaque y Sabana, en cuya orilla encontraron los cadáveres de tres europeos, que al parecer habían pertenecido a la expedición de Prevost, al cual, como ya se sabía, los salvajes le habían matado cuatro de sus hombres. Prosiguieron rastreando las huellas de los ingleses río abajo, y pronto encontraron también señales de los trabajos de Farde, que habían sido abandonados cuando, por miedo a los indígenas salvajes, los habitantes de Chapigana y Yavisa se negaron a colaborar. Los ingenieros de Forde ya habían regresado a Panamá, hacia donde también se dirigió muy pronto Saint John. Poco más tarde lo siguió Gisborne, no obstante haberse encontrado, en el golfo de San Miguel, con un barco en el que trabajadores y soldados neogranadinos viajaban desde su tierra al istmo. Como ya no quedaba ningún jefe, el contingente de trabajadores y soldados no podía hacer otra cosa que construir una colonia penal en estas tierras.
Por el lado del Atlántico se había embarcado el equipaje y la carga, y el 5 de febrero Codazzi levó anclas para regresar con su tripulación a Cartagena. Al mismo tiempo, de la malhadada bahía de Caledonia zarparon las naves extranjeras, con excepción del barco de guerra que esperaba a Gisborne. Era natural que a Codazzi le repugnara por entero esta desmesurada empresa, ya que ella absorbía dinero en cantidades con las cuales, en condiciones ordinarias, se hubiera podido realizar el levantamiento geocartográfico de todo un vasto país. Para él, los beneficios se limitaron casi exclusivamente al reconocimiento de los errores en los mapas ingleses y a la obtención de las más recientes cartas náuticas europeas, que amablemente le ofrecieron el capitán Parsons y el teniente Jauréguiberri. Ahora sí le parecía totalmente inapropiada la ruta de Caledonia para una excavación del istmo. "La obra requeriría excavar, a lo largo de muchas leguas, angostos desfiladeros en la montaña. En la mitad del trayecto corre el torrentoso Chucunaque, que inevitablemente ha de desembocar en el canal, lo que constituye un gran obstáculo, ya que este río, que tan sólo atraviesa selvas vírgenes, arrastra en sus aguas grandes masas de tierra y troncos de árboles que arranca de las orillas, lo que representa graves peligros. Claro que no sería imposible realizar aquí tan gigantesca obra, pero causaría gastos enormes, que no acabarían con las dificultades presentes".
De tal manera desilusionado, navegó Codazzi nuevamente, en compañía de algunos servidores, de Cartagena a la costa del istmo, exactamente a la bahía de San Blas, cuya comunicación con el río Chepó se había considerado útil para los fines de la construcción de un canal, aunque hasta el momento sólo de modo teórico, ya que las únicas personas que habían intentado internarse en la selva desde aquí - William Wheelwright (1839) y Evans Hopkins en compañía de José María Hurtado (1847) - no tuvieron éxito a causa de la hostilidad de los indígenas salvajes. Aquí encontró Codazzi tantas y tan altas barreras montañosas, que lógicamente había que prescindir de novedosas cuanto trascendentales ideas para mejorar la situación del mundo comercial. Sin embargo, según los mapas antiguos, estaba comprobado el hecho de que precisamente al otro lado de esta colosal barrera se encontraba aquella porción del istmo donde la verdadera divisoria de aguas, la vertiente sobre el Pacífico, era la más estrecha.
El 15 de marzo había llegado Codazzi a Portobelo, otrora tan importante, ahora en decadencia, y al día siguiente se hallaba en Chagres, que se aproximaba a correr la misma suerte del puerto vecino, desde cuando la terminal atlántica del ferrocarril de Panamá también se convirtiera en centro de la navegación marítima. En Chagres fletó otra embarcación para navegar al norte, con interés especial en la costa de las provincias de Veraguas y Chiriquí, además de las numerosas islas frente a ella, que al parecer no estaban lo suficientemente bien indicadas en los mapas náuticos.
Además, Codazzi tenía que informar sobre dos problemas importantes. Hacía poco, nada menos que Robert Fitzroy, basándose en fuentes norteamericanas de 1852, había comunicado en Londres a la Sociedad Geográfica que en la provincia de Chiriquí la cordillera bajaba hasta una altura de 160 pies. Guiándose por este dato, en seguida se fundó en Nueva York una empresa para colonizar a Chiriquí, la cual proyectaba enviar tres ingenieros con fines de exploración. Codazzi, a su vez, desembarcó en distintos lugares de esta provincia y midió amplias extensiones de este territorio, cuyo levantamiento era esencial, dado que desde hacía algún tiempo Costa Rica, la república vecina, reclamaba parte de esta región, y este reclamo estaba precisamente relacionado con las equivocadas noticias norteamericanas. Codazzi consideró igualmente inadecuado el proyecto de la ruta de Chiriquí para la construcción de un canal, ya que, aparte de tener que canalizar 72 millas, en el centro del istmo se alzaba una cordillera con altitudes entre mil y dos mil metros, hacia la cual únicamente se podían trazar caminos carreteros, los cuales no redundarían en mayor provecho general, puesto que ni siquiera eran necesarios para los habitantes de aquellas regiones, ya que quienes vivían a orillas del mar Pacifico dependían del mercado de Panamá; y quienes en el lado del Atlántico, del mercado de Colón. Un camino entre las dos localidades carecía de interés para la Nueva Granada. En lo que se refiere al problema fronterizo, Codazzi lo enfocó desde un ángulo práctico. Para él la línea divisoria se extendía en alguna parte entre la desembocadura del río Dorado y la estribación de la cordillera de Burica. "Aún hay que asignarle un tercer punto, que se orienta de Dugaba hacia Burica. Los habitantes de estas dos regiones disponen de una agreste trocha, que atraviesa la cordillera de Las Cruces y desde tiempos inmemoriales hasta el día de hoy ha sido considerada como la frontera. Tanto es así, que los habitantes de Dugaba, pertenecientes a la Nueva Granada, llevan su ganado únicamente hasta Cañasgordas, y los indios buricas, que se consideran costarricenses, sólo hasta Limón. Los dos lugares mencionados son más o menos equidistantes del nudo montañoso. Desde aquí es fácil establecer la altura de los Andes, como también las cabeceras del río Dorado, tan definitivo para la vertiente atlántica, pero no lo es determinar la dirección hacia el mar Pacífico, hacia la estribación de la cordillera de Burica. Por ello es recomendable, a fin de evitar diferencias fronterizas, que se considere, de una vez por todas, el río Golfito, que nace, así mismo, en el aquel nudo montañoso, como división fronteriza en la vertiente del Pacífico". Bien sabía Codazzi que un decreto ministerial del 30 de noviembre de 1803 había agregado al virreinato de Nueva Granada tanto el archipiélago de San Andrés como toda la costa de Mosquitos, a partir de Gracias a Dios, segregándolos de la capitanía general de Guatemala. Sabía, así mismo, de la importancia de este documento para la apertura de un canal interoceánico que utilizara el río San Juan y el lago de Nicaragua. Sabía de las negociaciones de Pedro Gual, de Pedro Alcántara Herrán y de otros, así como de los escritos de Victoriano Diego de Paredes y Pedro Fernández Madrid. Y no obstante estos antecedentes, optó por la frontera actual, que realmente era práctica, y prescindió de reclamos que, por causa del desenvolvimiento histórico, eran ya insostenibles.
Durante el regreso de Chiriquí, se tomó un descanso de una semana en la joven fundación Colón-Aspinwall, para hablar con los altos empleados de la compañía del ferrocarril acerca de la posibilidad de efectuar una excavación a poca distancia de la vía férrea. Al coronel Totten y sus técnicos les pareció un tanto extraño que se hablara de una nueva vía transoceánica, cuando la primera apenas se había terminado. Sin embargo, expusieron clara y abiertamente sus opiniones a Codazzi, de tal manera que éste, después de haber examinado los planos y perfiles de la vía, creyó poder sustentar el siguiente concepto: "Un canal interoceánico Panamá-Colón (o Chagres) correspondería más que otro a las necesidades del comercio, ya que aquí se encuentra la parte más estrecha del istmo, en tanto sus elevaciones máximas no ofrecen mayor obstáculo. El argumento en contra de esta ruta consiste en que el mar Pacífico no cuenta con un buen puerto, y construir uno artificial sería muy costoso. En cuanto al puerto del Atlántico, cabe considerar dos escollos: por un lado, el mar frente a la costa carece de islas, las cuales evitarían que se formara una barrera a la entrada del canal; y por otro, el terreno donde se ubica la nueva ciudad se halla tan poco elevado sobre el nivel del mar, que cada seis horas se inunda, cuando en el puerto de Colón la marea hace subir el nivel del agua entre nueve y diez pies. Sin embargo, lo primero se podría subsanar con una excavación en el mar, supliendo así las islas, y la ciudad podría trasladarse al pie de las montañas, donde la playa no es tan baja. No cabe duda, pues, que aquí alguna vez se excavará un canal, pero creo que ni la actual generación ni la venidera serán capaces de realizar tal obra. Si se supone que se establecerá una línea de vapores de Panamá a las Indias Orientales, el ferrocarril estaría en capacidad de satisfacer la demanda del comercio por mucho tiempo. Tan sólo cuando las colonias del quinto continente se hallen densamente pobladas, pienso yo, habrá llegado el momento de comunicar los dos mares mediante un canal".
El 4 de abril montó Codazzi en el tan afamado ferrocarril, en cuyos trabajos preparatorios participara.
Viajó lleno de expectativas, ya que se trataba de la primera vez que se movilizaba por vía férrea en América. Los trenes ya avanzaban hasta la cumbre de la cordillera, mientras que el descenso hacia el mar Pacífico todavía había que realizarlo a lomo de mula. Después de mucho tiempo, nuevamente cabalgaba Codazzi en medio de una caravana, tal como en un tiempo lo hiciera en los llanos de Venezuela. En Panamá se encontró casualmente con Mosquera. Este hombre indestructible, después de una larga permanencia en los Estados Unidos, donde en Nueva York había fundado una compañía comercial orientada a las comunicaciones y al tránsito por el istmo, regresaba de visita a la patria, donde pensaba, de paso, realizar algunos de sus nuevos planes, como la explotación de yacimientos de minerales cerca de Barbacoas, la corrección del canal del Dique entre Cartagena y el río Magdalena, la construcción de una vía desde el valle del Cauca hasta Buenaventura, amén de otros proyectos. El encuentro de los dos hombres fue breve, y al separarse ninguno sospechó que en tiempo no lejano les esperaba un reencuentro al calor de las armas.
El tema de actualidad en Panamá era el fracaso de la exploración de las posibilidades del territorio del Darién para la construcción de un canal interoceánico; fracaso en parte lamentado y en parte deseado. Codazzi se enteró ahora de mayores detalles acerca de la expedición de Prevost, así como de un nuevo intento de Gisborne de penetrar por el lado atlántico del istmo, exactamente por la región de los ríos Aglascinca y Asanati, y especialmente conoció el final de la odisea de Strain, quien, junto con algunos compañeros, había sido, a la postre, felizmente salvado por una lancha del vapor Virago. Se había cumplido, según el relato de los cinco rescatados, lo que había pronosticado Codazzi desde el 30 de enero. "Pálidos y extenuados, se tendieron los infelices en las solitarias orillas del río Chucunaque, creyendo que era el río Sabana, agotados por el hambre y las dificultades, y limitada su alimentación a las frutas de los corozos. Si uno solo de ellos hubiera conocido nuestras maderas para construcción, prestamente y sin dificultades hubieran bajado con la corriente de los ríos. En el Darién crece en abundancia el árbol de paruma, al cual los indígenas despojan de la corteza, cuyas cuatro puntas enrollan, y luego las amarran de dos en dos con resistentes bejucos, construyendo así una excelente embarcación que, según su tamaño, puede llevar una o dos personas, y que es manejada con una estaca cortada en forma de canalete. Así navegan los indios por los ríos que presentan saltos, y cuando llegan a uno de éstos, llevan a la espalda su cáscara de nuez hasta el otro lado del obstáculo, la depositan de nuevo donde el agua se remansa y continúan navegando. Si nuestros viajeros no iban a utilizar este método, hubieran podido construir balsas para descender por la corriente de los ríos, pero para esto era necesario que conocieran el árbol de balso, que se encuentra con frecuencia en nuestras regiones; debían tener también conocimiento de las plantas trepadoras, y de las que entre ellas producen el mejor bejuco, con el cual, como con los mejores lazos, se amarran los troncos de las balsas entre sí. Pero nada de esto sabían los norteamericanos, ni tampoco los neogranadinos jóvenes habían ocupado su atención en tales aspectos. Y aunque seguramente mil veces maldijeron, en las orillas del Chucunaque, su osada excursión, era demasiado tarde: les faltaban las fuerzas para regresarse". Empero, la ayuda les llegó. No en vano Strain y Avery se esforzaron al máximo por avanzar; y W. C. Forsyth, de la corbeta Virago, y W. C. Bennett, del equipo de ingenieros de la compañía londinense, en su marcha de regreso se unieron con Strain y Avery en la búsqueda de los otros extraviados. "Cuando se produjo el salvamento, faltaban cuatro norteamericanos y los dos neogranadinos. Es difícil imaginar el fin tan espantoso que les sobrevino: murieron y sus flacos cadáveres sirvieron de alimento a sus compañeros poseídos de salvaje desesperación, en su afán por conservar una existencia que parecía extinguirse por momentos. Qué cuadro tan desolado el del poder de la miseria, de la desesperación y, ante todo, del hambre. Cuando los ingleses aparecieron, algunos no podían creerlo; otros, en tono lastimero, pedían alimentos. Aquellos miraban con desdén a la muerte; estos mostraban total indiferencia, ya que casi habían perdido la razón. Algunos expresaban con lágrimas su júbilo por haber sido rescatados, mientras otros se hundían en profundo mutismo. La oportuna atención médica, el consuelo de oír la lengua materna y el sentirse a salvo proporcionaron al cuerpo desnudo y cercano a la muerte nueva fuerza y nueva vida. Se les embarcó y en pocos días llegaron a Yavisa, donde hubo necesidad de improvisar una especie de hospital. Pocos días después, un cadete de marina y un joven ingeniero murieron, y otros dos ulteriormente".
En líneas generales, era totalmente cierto lo que consignaba Codazzi en este informe, que escribiera basándose en testimonios orales. Sin embargo, el consumo de carne humana no se había llevado a efecto, sino únicamente se había pensado como posibilidad. Codazzi no pudo obtener mayores precisiones al respecto. El 20 de abril partió de Panamá, vía Penonomé, hacia Santiago de Veraguas, poblado que convirtió en centro de las investigaciones que de ahí en adelante realizó en la zona septentrional del istmo. De allí, a través de Pesé y Los Santos, se encaminó a David, donde se embarcó en una nave norteamericana, para visitar a Coiba, la isla más extensa de la Nueva Granada, situada adelante de la bahía de Montijo, y proseguir el viaje a lo largo de la costa, sin efectuar mediciones, ya que la existencia de excelentes cartas náuticas lo hacía superfluo. De igual modo, tampoco efectuó el levantamiento del golfo de San Miguel. El 28 de junio el barco de la expedición ancló frente a Yavisa, varias veces mencionado con ocasión del último viaje exploratorio por el Darién.
Basándose en las informaciones allí recibidas, resolvió Codazzi remontar el río Tuira. Al mismo tiempo, por boca de los habitantes del lugar, se enteró de rumores
acerca del estallido de una guerra civil en el interior de la Nueva Granada, y hasta en la misma ciudad de Bogotá, rumores que posteriormente le confirmó el navegante de un barco de cabotaje procedente de Buenaventura. Después de visitar la isla de Toboya, en la cual por aquella época ponía sus ojos Inglaterra, regresó Codazzi el 8 de julio a Panamá. Una vez más, le fueron confirmadas las terribles noticias de la guerra. Una carta de Mosquera lo llamaba a Cartagena (47). Éste, mientras viajaba hacia Bogotá, había recibido en Calamar, el 19 de mayo, informes muy alarmantes: en la capital había estallado una revuelta en contra de la nueva Constitución, que amenazaba convulsionar todo el país. Allí, el general José María Melo, apoyado en la soldadesca y en una especie de partido de los trabajadores, había apresado al presidente Obando y a sus secretarios de Estado. El vicepresidente Obaldía se asiló en la misión diplomática de Estados Unidos. El siguiente en la sucesión presidencial, Tomás Herrera, no estaba en capacidad de enfrentarse con las armas a los adversarios, y hubo de establecer en Ibagué la sede provisional del gobierno. En el acto, Mosquera se declaró partidario del sector constitucional, defendió para éste el puerto de Barranquilla, movilizó las tropas de Cartagena, contra la voluntad del gobernador, y nombró a Codazzi, con fundamento en los poderes recibidos de Herrera, jefe de su estado mayor. Codazzi llegó a Barranquilla el 18 de julio, el mismo día en que la organización del ejército había concluido en líneas generales. El 28 de julio se inició, en el vapor Nueva Granada, previamente pertrechado, el viaje río arriba hacia Honda. En esta localidad, durante un consejo de guerra, en el cual participaron el vicepresidente José Obaldía, los secretarios de Estado y varios oficiales, se determinó un plan de campaña, y a Codazzi se le encargó la fortificación de la ciudad, para que pudiese ser defendida con una fuerza formada por aproximadamente cuatrocientos hombres. Muy pronto se estableció comunicación con un ejército procedente del sur, organizado y acaudillado por José Hilario López, en tanto el secretario de guerra, Pedro Alcántara Herrán, fue nombrado comandante supremo. Así pues, los tres presidentes de los años 1841-1852 estaban juntos: Herrán, conservador como siempre; Mosquera, que durante su permanencia en el exterior no tardó en volverse liberal; López, el radical; todos tres, decididos enemigos de cualquier dictadura.
El 19 de septiembre partió Mosquera de Honda, para iniciar la marcha sobre Bogotá desde las provincias del norte, mientras los otros destacamentos debían avanzar más tarde por los pasos que llevan directamente al altiplano. El 27 de septiembre, con el estado mayor del ejército del norte, llegó Codazzi a Bucaramanga, donde se aposentó por un buen tiempo para mejorar la organización de la tropa y conseguir armamento. Durante su permanencia allí, conoció Codazzi a los bisnietos del profesor Mutis: Domingo, gobernador de la provincia, y Manuel, edil de la ciudad de Bucaramanga, quienes le pusieron al tanto de las graves alteraciones en la vida del pueblo, a causa de la proliferación de los actos de violencia. Una generación que apenas retornaba a la paz, nuevamente era sacudida hasta la médula de su ser. El 19 de octubre recibió Codazzi aquellos mapas suyos que representaban las provincias del norte, más los itinerarios, después que por cerca de dos meses habían trabajado emisarios secretos en Bogotá para obtener estos importantes documentos y llevarlos subrepticiamente al cuartel general de Mosquera. Se resolvió ahora cruzar el río Chicamocha cerca de Felisco, por medio de un puente cuya cabeza izquierda debía protegerse mediante reductos. El 23 de ese mes Codazzi había terminado dicha obra, y el avance se inició. Casi en seguida logró Mosquera un encuentro victorioso cerca de Petaquero, durante el cual sobresalió Codazzi. Éste tuvo que adelantarse el 11 de noviembre hasta Tunja, para organizar las tropas allí acantonadas. También el ejército del sur se abrió camino hacia el altiplano. El 2 de diciembre se unieron ambos ejércitos, y dos días después conquistaron a Bogotá, utilizando sólo armas blancas. Así fue como a Codazzi le tocó la misma suerte que a Caldas: tomar por asalto la ciudad en la que habitaban la mujer y el hijo. Empero, la guerra civil había acabado hacía mucho tiempo con los escrúpulos morales.
Codazzi se quedó en casa hasta mayo de 1855, pero no para descansar de los afanes y esfuerzos de los últimos meses, sino para aprovechar el tranquilo ambiente en familia a fin de trabajar más que antes. Por lo pronto alistó para la imprenta el informe del estado mayor con varios anexos generales sobre la campaña, de modo que Mosquera pudiera presentarlo al Congreso. Luego revisó su descripción regional (48), hasta donde la había concluido, y entregó a la imprenta las geografías provinciales y cantonales de Socorro, Tundama, Tunja y Vélez, complementadas con muchas tablas y rutas. Tendría que ser esta etapa del trabajo un modelo de como iba a presentarse la parte especial de su gran obra, una vez terminada ésta: una parte, pues, del trabajo científico que también debía interesar a los no especialistas. A cada provincia se dedicaban tres secciones principales, la primera de las cuales trataba los siguientes aspectos: situación, extensión, población y límites; montañas, ríos, islas, lagos y pantanos; paisajes, climas y temporadas anuales; división política; agricultura, artesanía y ganadería; minerales, maderas tintóreas y plantas útiles; animales silvestres; comercio nacional y exterior, todo ello seguido por cuadros estadísticos e indicación de alturas. La segunda sección principal abarcaba las rutas de viaje y de marcha que ofrecía la provincia, con indicaciones sobre los aspectos térmicos, así como sobre el tiempo necesario para movilizar la tropa en cada trayecto, y concluía con una exacta descripción de los diferentes sectores de los caminos. Finalmente, la tercera sección principal estaba constituida por la geografía de los cantones.
Además, empezó a elaborar un mapa del istmo, valiéndose del material que podía conseguirse en Bogotá, ya que trataba de adelantarse a publicaciones análogas. Para este trabajo utilizó especialmente los mapas antiguos de los españoles, así como los nuevos que había recibido de Hollins y Totten, y también los copiados por él durante el viaje. El mapa estaría acompañado de cuadros estadísticos, además de una lista de todas las rutas posibles para la construcción de un canal interoceánico. En consideración a esta lista de las posibles rutas y para obtener una visión general del problema, pensaba Codazzi complementar su nuevo mapa del istmo con los más antiguos suyos sobre la tierra chocoana. Y todo este conjunto lo enviaría a Humboldt, su mentor, ya bastante entrado en años pero que, sin embargo, no dejaba de mostrar un vivo interés por todo lo concerniente a la América Latina. Por lo tanto, de seguro se empeñaría en que se publicara lo más pronto posible.
Esta determinación no estaba exenta de la influencia del recién llegado a Bogotá primer cónsul general de Prusia, Friedrich H. Hesse (49). Radicado en el país desde el mes de septiembre, ya a partir de la guerra había empezado a traducir al alemán aquellos documentos que le parecían importantes, y a prepararlos para su publicación en Alemania. Buscó, además, aproximarse a Humboldt, y el decano de los investigadores recibió por conducto oficial los mapas del territorio chocoano y del istmo, así como los escritos complementarios sobre éstos, más unas reproducciones en color de las rarísimas piedras de Gámeza y Saboyá (50).
El 1º de abril de 1855 terminó la inestabilidad que caracterizara al poder central neogranadino desde la toma de Bogotá. Manuel María Mallarino fue el nuevo presidente de la república, y su gabinete, integrado por miembros de los dos partidos, tuvo como principio primordial de gobierno, no sólo el entendimiento entre las agrupaciones políticas, sino también la restricción de los gastos a lo indispensable para el manejo del Estado. En tales circunstancias, Codazzi tenía que moverse, si quería asegurar para los próximos años la financiación de su obra. No obstante que él pertenecía al partido liberal, encontró el apoyo de Vicente Cárdenas, miembro conservador del gabinete, y firmó con éste, el 17 de abril, un contrato sobre la continuación del levantamiento geocartográfico del país, en el que se le otorgaban ciertas ventajas. Ahora Codazzi escogería por sí solo sus ayudantes, se le exoneró totalmente del servicio militar y se le permitió recibir por anticipado sus sueldos el 1° de mayo de 1855, para que pudiera empezar en seguida los trabajos aún faltantes en las provincias de Cauca, Buenaventura y Popayán. De igual modo, cada 1° de diciembre se le pagaría el sueldo del año subsiguiente a fin de facilitarle comenzar ese mismo día la medición de las provincias aún no levantadas geocartográficamente, todo lo cual debía concluirse en cuatro años. Una vez completada la medición, Codazzi tendría que visitar a Europa para hacer grabar e imprimir tanto el mapa como el atlas del país, para lo cual se autorizaron, además de los gastos de viaje y estancia, la suma de seis mil pesos.
Aunque estas concesiones no eran insignificantes, tenía mucha mayor importancia una resolución del Congreso, fechada el 30 de abril de 1855, mediante la cual se ordenaba que, una vez terminados el levantamiento geocartográfico y la descripción geográfica del país, Codazzi recibiera una gratificación de diez mil pesos. En caso de su muerte, se entregaría a la familia la suma acordada, aun cuando para entonces la obra, a pesar de todos los esfuerzos, no se hubiera concluido.
En mayo realizó Codazzi una medición de la región del río Bogotá, por debajo del salto de Tequendama, de donde se trasladó a la cuenca del río Sumapaz, para de ahí regresar al altiplano pasando por Pandi, al que da fama su puente natural, y por el agradable Fusagasugá. Los trabajos principales se iniciaron desde esta última localidad y abarcaron la temible cordillera rocosa que se levanta al sur hasta el nudo montañoso de El Nevado.
Poco antes de emprender esta expedición, recibió Codazzi un raro manuscrito procedente de los solitarios llanos, el cual le sería de inmensa utilidad para su próxima y prolongada excursión. Su autor era el francés Jean Borderic, su compañero de viaje durante la navegación por el río Meta en 1838. Este hombre incansable, transcurridos diez años de aquella empresa, se marchó nuevamente a los llanos y se quedó en la desembocadura del río Manacacías en el Meta. Desde el hato que estableció en aquella tierra realizó, en compañía de diversos aventureros, varias correrías en dirección al sur. En el año 1852, según dice en su relato de viaje, usando yuntas de bueyes para que arrastraran hasta allí las canoas, se dirigió al río Muco, por el cual navegó aguas abajo hasta su confluencia con el Vichada, y por éste hasta el Orinoco, cuya corriente, a través de los remolinos y rápidos de Maipure y Ature, lo llevó finalmente a San Fernando de Atabapo. Regresó Borderic por la misma vía, y en Maquivor, donde se enteró casualmente de las nuevas excursiones de Codazzi, le envió a Bogotá su diario de viaje, el cual vino a ser guía esencial para el primer viaje por la región esteparia neogranadina (llanos) del Orinoco, que se inició en diciembre.
Una vez levantado lo más exactamente posible el valle alto ubicado entre el macizo de Chingaza y las montañas de Bogotá, región ésta rica en ganado, y los pueblos de Cáqueza, Fómeque, Quetame y Ubaque, tan renombrados en la capital, se dirigió la expedición hacia el interior del llano, vía Villavicencio y Cumaral, pueblos que constituyeron los últimos lugares que encontraron donde la gente llevaba vida en sociedad. Codazzi volvía a ser un llanero cabal, y alcanzó, en catorce días de galope forzado, el pequeño Maquivor *, el asentamiento más avanzado en las riberas del río Meta, en cuyas cercanías debió de vivir el dicho Jean Borderic. Todo el mundo conocía a este ermitaño blanco, de rostro tostado por el sol, lo que le daba la misma morenez de los indios, pero con una respetable barba. Nadie sabía, sin embargo, a dónde se había marchado, hasta cuando por fin los pescadores salieron con el cuento de que se había ido a un lejano país llamado California, o también el Imperio del Oro. Eran los informes de sus acompañantes sobre el viaje del año 1852. En cambio del europeo, se encontró Codazzi en Maquivor con un africano, que igualmente formaba parte del círculo de viejos conocidos. A este negro lo había contratado en 1838, en San Fernando de Atabapo, como piloto de embarcación. Ahora acababa de vivir cuatro años entre los indios enaguas, a orillas del río Aguasblancas, y desde allá, donde tenía un hato, avanzó sobre los ríos Uva y Manacacías, raras depresiones llenas de agua en medio de las llanuras herbáceas. Prosiguió vía río Ariari hasta las aguas del Guaviare, y desde éste atravesó la llanura hacia el río Vichada, para luego, sirviéndose de la corriente del Muco, llegar al río Meta, en cuyas orillas se radicó, y desde las cuales acompañaba a los escasos habitantes de la ribera en sus recorridos de caza y pesca. Aprendió a conocer y distinguir, en toda su extensión, los ríos y las llanuras. Condujo a Codazzi a un barranco situado a cierta altura del río, donde Borderic había establecido su hato, cuyo corral brindaba un amplio panorama de las curvas, islas y aguas secundarias del río Meta. Una cercana lomería se ofrecía a la vista sobre las montañosas llanuras herbáceas del Manacacías, tan sólo interrumpidas aquí y allá por grupos de palmeras, y que gradualmente se elevaban en forma de gradería. Codazzi se percató aquí de que se hallaba en el corazón de Arimena, la antigua misión jesuítica, que abarcaba además a Buenavista, Cabiuna, Guacacia y Santa Rosalía, de las cuales la última todavía en 1805 vegetaba en silencio y olvido. Después, guiado por un indio cátaro, visitó las lagunas del Manacacías y del Uva, para determinar el rumbo de los ríos. A continuación navegó río Meta abajo hasta Cafifé, aldea de los indios guanapalos, a la vera del río Pauto, no lejos de su desembocadura en el Meta. Aquí se sintió indispuesto, y se vio precisado a cabalgar rápidamente de regreso al pie de la cordillera, primero a Pore, y luego al recién fundado Moreno. Allí, una vez repuesto de su mal, cabalgó a través de las llanuras y de las riberas de sus ríos; por ejemplo, por las del Casanare, hasta la localidad de Arauca, a orillas del río del mismo nombre y frente al pueblo venezolano de Amparo. Remontó el Arauca hasta la gran laguna de Sarare, y desde allí penetró en la cordillera. Se dirigió primeramente a Tame; luego, vía Nunchía, a Labranzagrande y Pajarito, villorrio montañés, y a Medina, la antigua capital del territorio de San Martín, de donde un camino, fácil de encontrar, conducía, vía Gachalá y Gachetá, hacia el altiplano de Cundinamarca, a donde llegó el 12 de marzo de 1856.
Vino entonces un período más largo de sosiego, ya que el reconocimiento de la región amazónica, todavía no visitada, no se podía iniciar antes de diciembre. Durante nueve meses de trabajo sin pausa, llenó Codazzi numerosos vacíos y concluyó muchas partes de su descripción general regional que se hallaban aún en borrador. Quería apresurarse a terminarla en la forma prevista, ya que se daba cuenta de que un nuevo movimiento político deseaba, adoptando el modelo norteamericano, convertir a la Nueva Granada en una asociación o federación de estados, lo que daría al traste, en breve o largo plazo, con toda la geografía política hasta ahora vigente. Inmediatamente después de independizarse de España, en el norte de Suramérica empezó a agitarse la idea de la federación, ya que a estas inmensas regiones, de grandes distancias no acortadas por caminos, de llanos infinitos y de cordilleras que tocaban el cielo, era no sólo imposible gobernarlas, sino inclusive tener de ellas una visión de conjunto. Al iniciarse otra era, tanto en Venezuela como en la Nueva Granada se ensayaron constituciones federativas. Con el desmembramiento de la Colombia de Bolívar cobraron auge ideas semejantes, y en la capital cada vez se le rendía mayor tributo a este movimiento, no obstante que se pretendía, al mismo tiempo, honrar la memoria de Nariño. Codazzi continuaba siendo enemigo de esta corriente, cuya fuerza aumentaba en detrimento del poder del gobierno.
Su trabajo geográfico, a despecho de su entusiasmo, progresaba lentamente. En más de una ocasión se sintió fatigado en exceso, por falta de ayuda apropiada, pese a que Bogotá podía ofrecer más de un aporte de savia fresca y nueva. La presencia del médico Eugène Rampon y del naturalista Hermann Karsten auguraba éxitos a la juventud que no estuviese contagiada por la fiebre de la política, ya que despertaban gran entusiasmo las iniciativas de los europeos. Codazzi se alegró de que Genaro Valderrama iba a repetir, por interés científico, su viaje por el Meta; Alexander Lindig, hijo de la ciudad de Dresde radicado en Bogotá, se dedicaba al estudio de los helechos; Ezequiel Uricoechea, quien había escrito en 1854 en Gotinga un estudio sobre arqueología neogranadina, publicado en Berlín, se dedicaba con mucho entusiasmo a la química; un círculo de estudiantes al cual pertenecían Liborío Zerda y Florentino Vesga, se proponían formar la Sociedad Caldas, con el fin de favorecer los estudios de las ciencias naturales; el ambicioso y dinámico Santiago Pérez albergaba la idea de acompañar a Codazzi en su próximo viaje. Sin embargo, este anciano señor, a quien le gustaba ocultar su buen corazón tras la máscara de cierta brusquedad militar, no encontraba colegas con la necesaria dedicación. Así que hubo de proseguir su propio camino, solitario, siempre consagrado y sumergido al máximo en sus estudios.
De pronto apareció quien lo había llamado a Bogotá, Tomás Cipriano de Mosquera, pero en estado tan lamentable, que difícilmente podía esperarse de él apoyo espiritual alguno. Llegaba a Bogotá en muy tristes condiciones, enfermo y agotado, con casi sesenta años de edad y al parecer con escasos medios de sustento. Hacía un año, después de clausurarse las sesiones del Congreso, había viajado a reasumir la dirección de sus negocios en Nueva York, pero hubo de liquidar su empresa una vez cumplidos sus compromisos, ya que las grandes esperanzas puestas en el ferrocarril de Panamá y en los demás progresos de la Nueva Granada no se cumplieron. Codazzi admiraba en este hambre su capacidad para no desesperanzarse. Sin pérdida de tiempo y con perspicacia yanqui, se reincorporó a la actividad política, y a las pocas semanas de haber regresado era otra vez una de las personalidades de mayor influencia, como jefe de un recién formado partido de centro.
También ahora se interesó en los trabajos de Codazzi, y orientó la atención de éste, que se encontraba un tanto deprimido, hacia un informe de Anselmo Pineda, que como prefecto del territorio del Caquetá había rendido en el año 1849 al entonces presidente Mosquera.
El escrito se refería al viaje extraordinario que dos hermanos gemelos, Miguel y Pedro, también de apellido Mosquera, realizaran por este territorio, ahora especialmente importante para Codazzi. Estos dos negros, domiciliados en Mocoa, comerciaban desde hacía años en forma de trueque con los indígenas salvajes de la casi desconocida región del Caquetá, cambiando herramientas de hierro, municiones de escopeta, aguardiente, ropa y adornos por cera, especias, veneno vegetal y cosas semejantes, especialmente en sus tratos con los indios guaques. A principios de diciembre de 1847, los hermanos Mosquera emprendieron el gran viaje de que habla el mencionado informe, y cuya ruta sólo podía entenderse examinando con el mayor cuidado y exactitud toda la cartografía existente sobre la región. Durante días navegaron corriente abajo por el ya familiar río Caquetá hasta la desembocadura del Caguán, el cual remontaron hasta la antigua plaza misionera (San Vicente del Caguán) al pie de la cordillera bogotana, y allí descubrieron la vieja trocha hacia el río Yarí, por el cual prosiguieron aguas abajo hasta el Tajisa, y de ahí nuevamente en dirección a la montaña, por vía terrestre, pasando por la laguna Tunaima hacia el río Ajajú. Por éste navegaron aguas abajo hasta el río Apaporis; a continuación regresaron río Ajajú arriba, así como por un afluente, el río Tutuya. Prosiguieron por tierra a través de la región de las cabeceras del río Vaupés hacia el río Catuya, una de las corrientes originarias del río Guayabero, y por las aguas de este último descendieron hasta la desembocadura del Ariari, el cual remontaron hasta el sitio donde partía el camino a Jiramena, a orillas del Humadea; y desde allí, finalmente, hacia Cabuyaro, donde terminaba la expedición por tierras salvajes, ya que hasta ahí llegaba el camino de Medina, por el cual estos incansables hombres empezaron a cabalgar hacia Bogotá el 30 de abril de 1848.
Codazzi se hallaba vivamente interesado en obtener, con vistas a su trabajo, la colaboración de estos hombres, y logró éxito en este empeño gracias a la gestión del mencionado Pineda, activo coleccionista de libros, que en Bogotá pertenecía al círculo de relaciones de Codazzi. Pineda obtuvo que Miguel Mosquera fuera al encuentro de Codazzi en el valle del alto Magdalena. Éste había bajado, a mediadas de diciembre, a dicho valle, y de paso había medido la provincia de Neiva, que en su mayor extensión ya estaba representada cartográficamente en el mapa de Caldas. Después siguió río arriba hasta la desembocadura del Suaza, y poco antes de finalizar el año alcanzó a llegar a La Ceja, el viejo cuartel general de los misioneros destinados a los indios andaquíes que habitaban del otro lado de la cordillera. La conservación de esta estación se debía especialmente al interés del gobierno de Mosquera. Allí lo esperaba aquel auténtico explorador, provisto de todo lo necesario para atravesar las selvas bañadas por los colosales afluentes del Amazonas. Y allí mismo acometió Codazzi, el día de año nuevo de 1857, con optimismo y su acostumbrado vigor, la nueva tarea. Una vez cruzado el río Suaza, iniciaron el ascenso a la alta montaña, y no tardaron en entrar en la selva infinita. "Sólo nos rodea una inmensa masa vegetal. La naturaleza se burla de quien dice que el hombre es el dueño y señor de la creación, pues ella destruye toda esperanza de ser salvados, proscribe pueblos enteros. Desde una loma se avista el horizonte: no se ve nada más que un inmenso mar de color verde oscuro, del cual emergen, a manera de islas, algunas alturas más claras, pero siempre de color verde. La gigantesca espesura del follaje no deja ver ni el suelo que lo alimenta ni el agua que lo abreva; el monótono silencio sólo es interrumpido en la selva por el bramar de los animales salvajes, por la gritería, el silbido o el canto de las aves; y en la cercanía de los pantanos y otras aguas semejantes, por el siseo de las culebras y el susurro de los anfibios. Antes de llegar a la amplia zona selvática, visible desde la altura de las cordilleras, pero apenas alcanzable después de cabalgar con dificultad durante seis días, se topa uno con un primitivo rancho criollo como último albergue de seres racionales. Poco después empieza el viaje en canoa por un indómito río, con violentos remolinos y rocas peligrosas. Indios desnudos, cuya habla no se entiende, guían con destreza increíble la frágil embarcación. En los árboles gigantescos que pueblan las orillas, y cuyas ramas se sumergen en el agua, se balancean los micos. Sobre los bancos de arena, que sirven para pernoctar, abundan los tábanos. El río lleva el nombre de Bodoqueragrande y desemboca en el Orteguaza, en cuyas orillas, en viviendas con techo de palmas, se asientan de cuando en cuando, en época de cacería y pesca, algunas familias de indios coreguajes. Después de navegar varios días llegamos al río Caquetá, por el cual proseguimos aguas abajo hasta alcanzar, en la orilla derecha, la desembocadura del Micaya. Sobre éste se debe canaletear un día para luego, andando por tierra, en la región de los indios macaguajes, encontrar el río Putumayo, segundo en longitud dentro de este inmenso país. En esta etapa del viaje cruzamos la línea ecuatorial. Si se prosigue por el Caquetá, muy torrentoso y de difícil navegación en este trecho, se divisa la desembocadura del río Caguán pero no la legendaria iglesia con puertas de oro, que allí buscó el sacerdote González, de La Plata, en compañía de ocho fieles compañeros. El jefe murió, y sus acompañantes regresaron sin haber logrado nada. Remontando las aguas del Caquetá desde la desembocadura del Orteguaza, se encuentran algunos asentamientos que todavía llevan los nombres de los antiguos asientos de misiones: Itucayamo, Solano, Yurayaco, Fotuto, Pacayaco y Limón, donde se observan algunos cultivos sin importancia, excepto para sus habitantes".
En este punto se dirigió Codazzi, el 19 de enero de 1857, vadeando el Pepino y el Rumiyaco, a la residencia del prefecto de Mocoa, tantas veces mencionado durante el viaje.
Se encontró aquí con un mísero villorrio, habitado por unos cuantos criollos degenerados, entre ellos el padre Ramírez y el maestro de escuela, quien se quejaba
de que nadie entendía su español, hablado generalmente en Sibundoy, Santiago y Putumayo, pueblos de tierra fría no muy lejos de aquí, donde, en cambio, el idioma
que se hablaba era el quechua, y por ellos los indios ingas derivaban su nombre de los incas, los hijos del Sol.
Desde Mocoa, Codazzi realizó una excursión de catorce días a la cuenca superior del río Putumayo, y particularmente al lugar donde los mapas antiguos registraban diferentes comunicaciones y bifurcaciones fluviales. Allí se topó con un mulato que cada año viajaba desde Tapacunti, lugar de su residencia, a poblados del Amazonas peruano. De ese modo, este hijo de la selva pasaba delante de Tabatinga, remontaba el río Guallaca y se dirigía a los depósitos de sal en Chapapoima, a fin de intercambiar por otros un artículo tan esencial para la vida en los trópicos. Este hombre suministró al forastero todos los nombres de las tribus indígenas que habitaban las riberas del Putumayo.
Continuaron el viaje por tierra, pasando por el gran lago Cuyabeno, hasta el Aguarico - uno de los más importantes afluentes del río Napo -, a cuya ribera llegaron el 31 de enero, y en ella encontraron un gran asentamiento indígena. Allí decidió Codazzi regresar a Mocoa, lo cual se hizo en cinco días.
El interés que guiaba principalmente a este viaje no era geográfico, ni tampoco etnográfico, sino más bien político pero referido al problema indígena, que preocupaba hoy a Codazzi tanto como hace unos veinte años. "He visto - escribe en Mocoa - diferentes tribus de la población autóctona de la Nueva Granada, he conocido muchas de sus actuales costumbres y actividades, y he podido formarme un concepto. No encontré señal alguna de que se hubiera cumplido desde los tiempos del descubrimiento una mejora en el orden espiritual o social en beneficio de aquellos indios que no se conservaron al margen del mestizaje. La población autóctona permanece hasta hoy bajo un profundo letargo. Si tal estado se considera natural, quiere decir que se cree en la predestinación, es decir, en diferencias raciales cardinales, o que se sustenta una doctrina opuesta a todo concepto de justicia divina y de unidad e indivisibilidad de la especie humana. Cuando una raza débil sufre la hostilidad de otra más fuerte, cuando se la tiraniza y subyuga y se le arrebatan sus tierras, sus tradiciones y sus costumbres, es apenas lógico que perezca. Sin embargo, tampoco los aborígenes primitivos que nunca fueron vencidos han dado un solo paso hacia una civilización avanzada, como es el caso de los guajiros, a pesar de sus relaciones comerciales con los europeos.
Aquí debe tomarse en consideración que estos indígenas y sus afines llevan desde la época del descubrimiento una vida seminómada, ya que, para no ser sojuzgados, se negaron a establecerse en sitios fijos. El sedentarismo es la condición fundamental de toda forma superior de civilización, pero tres siglos de prejuicios no se eliminan en pocos decenios, ni mediante leyes mejores ni con instituciones más humanas. A esto se agrega el hecho de que los pueblos que permanecieron libres viven en un clima adverso a toda cultura: en la selva impenetrable, bajo destructivos aguaceros tropicales, en medio de agresivas fieras salvajes, donde también el europeo tendería a embrutecerse paulatinamente".
En Mocoa, donde maduró aquellas ideas, Codazzi se separó de su acompañante, para cruzar el páramo de las Papas, aquel imponente macizo montañoso en que nacen, muy cerca unas de otras, las fuentes de cuatro gigantes fluviales: el Guachicono, el Caquetá, el Cauca y el Magdalena. Al interrumpir el viaje por el Caquetá, Codazzi estaba en su derecho, ya que en 1849 se había acordado que el reconocimiento de toda la Amazonia neogranadina no formaba parte de sus obligaciones. Además, desde 1854 un acuerdo fronterizo con el Brasil parecía inalcanzable y, en consecuencia, había todavía mucho trabajo por realizar en las provincias meridionales de la Nueva Granada, al otro lado de la cordillera. Así, teniendo siempre delante de los ojos la enceguecedora cumbre nevada del Puracé, cabalgó Codazzi de regreso al valle del Magdalena. El 4 de abril llegó a Timaná, donde pensaba quedarse un mes entero, tanto para medir todos los alrededores, como para estudiar los vestigios arqueológicos descubiertos por Caldas, que ulteriormente visitara Rivero bajo la dirección de Céspedes. Al parecer se trataba de templos, estatuas de dioses, símbolos misteriosos; de todos modos, constituían restos maravillosos de una cultura hacía largo tiempo desaparecida. Ciertamente, mucho había sido destruido desde la visita de 1825, en parte por el terremoto de 1834, pero especialmente por los grupos de guaqueros que buscaban en las tumbas las piezas de oro que fueran enterradas junto con los muertos. Sin embargo, las colosales ruinas localizadas en la espesura del bosque eran siempre dignas de todo interés. Codazzi las encontró muy pronto, ya que la superstición le indicó el camino. Las piezas, esculpidas en piedra semejante a la lava, con frecuencia bastante corroídas por los elementos naturales y cubiertas de musgo, parecían ser estatuas de un lugar destinado al culto, que los conquistadores españoles no encontraron por pura casualidad. Para Codazzi se trataba de expresiones culturales de los indios andaquíes - cuyas primigenias manifestaciones artísticas destruyera la conquista europea -, pese a que las figuras, por su combinación de rostros humanos y dientes de animal, evocan muchos hallazgos efectuados en el Perú, ya que en los alrededores de Timaná todavía se habla en algunas partes la lengua quechua. Pero la mirada de Codazzi no profundizó lo suficiente en la prehistoria, cuyos testigos tenía ante sí. En grado tal carecía de puntos de referencia histórica, que llegaba a considerarlos como obra de un grupo desgajado de aquellos andaquíes que todavía habitaban en cercanías de Timaná, como supervivientes de un grande y poderoso pueblo. Al parecer, nunca había oído hablar de los aimaras (51), a cuya época de florecimiento pertenecían aquellas interesantes obras tan parecidas a las del valle del alto Magdalena.
Con toda razón suponía Codazzi que en el estrecho valle del río próximo a San Agustín no se encontraban las ruinas de un pueblo común y corriente, sino los restos de antiguas edificaciones religiosas. Primeramente vio sobre la colina de Uyumbe dos estatuas y una figura inconclusa, en cuya cercanía supuso la entrada de un lugar sagrado. Siguiendo por la derecha de esta elevación se llegaba a una segunda loma con una figura yacente en relieve y una estatua de medio cuerpo. "Si desde aquí se atraviesa el territorio de San Agustín, a la orilla de la quebrada van apareciendo una estatua tras otra. Si se avanza un poco se encontrará, sobre una superficie plana, una rara figura de medio cuerpo. No lejos de ahí, al principio de una llanura, se halla una figura en forma de flecha, a cuyo lado anteriormente había una especie de altar de piedra. En dirección a la quebrada Sombrerito, se encuentran, en medio del rastrojo y la hojarasca, dos cuevas que semejan salas. La primera, de dos metros de alto, es sostenida por columnas, entre las cuales las de adelante están decoradas con figuras. Capas de piedras no trabajadas y unidas con argamasa forman las paredes. El piso, al parecer, estaba cubierto artificialmente con piedras. Aquí se encontraban, según explican los habitantes de San Agustín, dos estatuas y otras obras artísticas, que ahora, acaso para ahuyentar los espíritus diabólicos, se hallan en la iglesia parroquial o enfrente de la misma, en la plaza de mercado. Se dice que también en la segunda sala subterránea, cuyas columnas no muestran ahora ninguna figura, existían esculturas de piedra. No lejos de allí, en medio del rastrojo, hubo otras dos salas subterráneas, hace tiempo derruidas. Ahora sólo se encuentran las ruinas de algunos muros y fragmentos de unas trece estatuas, y al lado una piedra, esculpida parcialmente en forma de receptáculo cuadrangular. Más adelante, a la vera del camino, se ven siete extrañas figuras colosales. Figuras de cuerpo entero, y algunas de medio cuerpo, estaban colocadas frente a frente, al parecer intencionalmente. Otras, esculpidas en la propia roca, quedaron tal vez inconclusas. En otro lugar se observa la estatua de piedra de una rana. En una explanada libre de rastrojo se levantan seis figuras, que parecen ser las estatuas de un cementerio. En los alrededores, especialmente en cercanías de un manantial salino, el rastrojo oculta aún muchas otras raras creaciones humanas. Sobre la loma La Pelota, todavía se encuentran los restos de una edificación, un bloque de roca, que al parecer sirvió de altar, y cuatro columnas con horripilantes grabados en relieve. Finalmente, en el Alto de la Cruz se ve una escultura de piedra cuyo significado es del todo inexplicable".
Todo lo que se encontró fue medido y dibujado con la mayor exactitud posible, pero sin duda mucho quedó oculto. "Quisiera que mi somera investigación - dice Codazzi - sirviera de estímulo a nuestros investigadores arqueológicos para que descubran todos los rincones de este valle misterioso, rozando o quemando el rastrojo que lo cubre, organizando excavaciones para traer el pasado a la luz del presente. Según mi convicción, se encuentran allá incontables tesoros de la arqueología americana". Ciertamente, era difícil que en el año 1856 existiera en América un segundo lugar conocido que ofreciese interés igual para el estudio de la prehistoria, ya que allá, en el solitario y ardiente valle fluvial, se encontraban monumentos de un pueblo desaparecido antes de la época histórica, el cual trabajaba la piedra con herramientas de hierro, y cuyo origen era y es hasta el momento un enigma.
El 2 de mayo Codazzi inició desde Timaná la marcha hacia la parte alta de la cuenca del río La Plata, maravillosa región montañosa de carácter volcánico, y continuó la medición de las demás vertientes de la cordillera Central, especialmente del trayecto entre el Tolima y el Huila, a partir de Chaparral. Después se dirigió a la zona que en la cordillera se hallaba situada entre el cerro Neiva y el Sumapaz, así como al propio fondo del valle donde, por ejemplo, se encontraba la comarca comprendida entre Natagaima y Ambalema. Aquí los representantes de la gran compañía londinense Frühling & Göschen lo recibieron con mucha amabilidad y le encargaron el levantamiento de un plano de sus vastas plantaciones de tabaco, cuyas abundantes cosechas formaban parte importante de las exportaciones de la Nueva Granada.
En Bogotá, a donde llegó el 18 de junio, deseaba Codazzi más vivamente que en ocasiones anteriores darse el gusto de dedicarse a elaborar de una sola vez todo el material recogido hasta la fecha. ¿Y por qué no había de alcanzar esta meta en cerca de un año? En cuanto a los mapas, avanzaba bien, a pesar de que, por un lado, faltaban todavía levantamientos de los alrededores más distantes de la capital y, por el otro, había que readaptar las planchas anteriores, ya que ahora no se tomaban como base las provincias sino los estados. Desde la ley del 27 de febrero de 1855, mediante la cual se declararon las antiguas provincias de Chiriquí, Veraguas, Panamá y Darién como un solo estado, la idea del federalismo había tomado creciente fuerza. Por voluntad del poder legislativo se creó el 11 de junio de 1856 el estado de Antioquia; el 13 de mayo de 1857 el estado de Santander; el 15 de junio de 1857 los estados de Cauca, Cundinamarca, Boyacá, Bolívar y Magdalena. Distribuido así el territorio entero de la república, se movió de modo total hacia el federalismo, que fue definitivamente establecido por la Constitución del 22 de mayo de 1858. Esta nueva división político-administrativa exigía nuevos dibujos, nuevos cálculos y nueva redacción de los textos. No era fácil, pues, refundir las veinticuatro provincias de su obra geográfica en ocho estados, pero Codazzi se sometió con gusto a este trabajo, ya que coincidía con su antiguo deseo de hacer mapas departamentales. Además, iba a reducir considerablemente los costos de la impresión en Europa. Desde otro ángulo, la fundación de los nuevos estados trajo la molesta consecuencia de que en todas partes surgieran diferencias acerca de las fronteras entre ellos, ya que la ley no las determinó con exactitud. Y no solamente allí donde algunos antiguos cantones o territorios estaban excluidos de la asociación provincial, sino también donde las primitivas fronteras de las provincias continuaron siendo las del estado. Otrora poco o nada se habían debatido estos temas en la Nueva Granada, y mucho menos habían llegado a convertirse en motivo serio de litigio, mientras que ahora para los estados soberanos parecía constituirse en cuestión de honor el no ceder al vecino, en lo posible, un pie cuadrado de tierra. Estas rivalidades absurdas ocasionaron a Codazzi, quien como perito no pudo sustraerse a tales conflictos, mucho trabajo e infinitos disgustos. A lo cual se agregaron ciertas discrepancias con el poder central, ya que el antioqueño Mariano Ospina Rodríguez, presidente de la recién creada Confederación Granadina, declaró que en su comarca nativa era opinión general, no solamente que los mapas de Codazzi carecían de todo valor, sino también que los trabajos de Tyrrel Moore, según este hombre aseguraba, habían servido de base para elaborarlos. Si bien Codazzi se apresuró a refutar tales rumores, que también se hallaban relacionados con problemas fronterizos, de ningún modo logró acallar el concepto adverso que de él se tenía en Antioquia, lo cual se explicaba principalmente por el hecho de que allí se consideraba el levantamiento geocartográfico del país como obra de los liberales, cuyos enemigos se asentaban precisamente en Antioquia: sustentáculo principal de los medios conservadores, a los cuales pertenecía el propio presidente Ospina. Codazzi supo ver en aquellas suspicacias la expresión de la enemistad personal y partidista. A ello se sumaron nuevas dificultades, motivadas por cuestiones de dinero y otros asuntos de poca monta, que tenía que arreglar con Manuel Antonio Sanclemente, miembro del gabinete. Este hombre, que pronto se dio a conocer por el comportamiento corrupto con sus subalternos, no mostró el menor interés en la obra de Codazzi, sino que, por el contrario, la trató fría y burocráticamente. A este individuo le entregó Codazzi, el 11 de junio de 1858, es decir, cerca de un año después de haber concluido su último viaje, los mapas terminados con base en la nueva división del país. Tan sólo faltaban los dos estados de la costa: Bolívar y Magdalena.
En tales circunstancias, Codazzi consideró cuestión de vida o muerte la reanudación de los trabajos interrumpidos en 1850 en Tamalameque. Recomendó calurosamente la elaboración y edición de un mapa especial de la Sierra Nevada de Santa Marta, y expuso con vívidos colores la importancia de una publicación de esta índole para atraer inmigrantes, no obstante que su colonia venezolana se acercaba rápidamente al inevitable fin. La respuesta que dio el gobierno a sus proyectos cartográficos fue tan poco satisfactoria para Codazzi, que éste contestó así: "La última comunicación dejó en mi ánimo una impresión muy dolorosa. Ahora veo cómo se buscan indicios de sinrazón en mis propuestas - que se basan en hechos seguros y en la terminación del levantamiento geocartográfico del país, en interés del pueblo -, para mostrar que ellas abrigan intenciones inamistosas, ya que se me ha dicho que yo, si no estuviera satisfecho con las decisiones del gobierno, podría hacer uso ante la entidad correspondiente de mi supuesto derecho. Yo estaba convencido de que el carácter de la obra por mí iniciada era más elevado que el de un simple contrato, y de que merecía que se la tratara con cierta consideración y deferencia. La susodicha comunicación me hizo ver que estaba equivocado: que no trabajaba a fin de obsequiar a la nación una obra científica, para cuya ejecución el dinero, si bien se hallaba de por medio, no debería considerarse como pago de servicios, sino como una ayuda para concluir la obra. Me di cuenta de que no se trataba de un monumento en honor y en beneficio de la Nueva Granada, sino que se la veía como una de esas tantas cosas que diariamente se compran y se venden. Tamaña desilusión es una crueldad para un hombre que ha buscado su gloria en hacer conocer al mundo culto estas tierras todavía no exploradas".
Codazzi no encontró a nadie, en el gabinete de Ospina, que mostrara comprensión hacia sus trabajos. Su propuesta de estudiar de modo particular y pormenorizado la Sierra Nevada de Santa Marta, el más alto macizo montañoso costanero de toda la América del Sur, separado de la cordillera de los Andes, no encontró eco alguno, y eso que se trataba de una idea con fundamentos prácticos.
Un distinguido comerciante de Santa Marta, Joaquín Mier, le remitió un opúsculo manuscrito referente a un plan de colonización de las tierras altas de la Sierra, tan cercana a su residencia. El autor del escrito, Élisée Jean-Jacques Reclus (52), había vivido durante algún tiempo, como pionero de este proyecto, en la extensa costa con los guajiros, y en los numerosos valles de la Sierra con los arhuacos. Sin embargo, no obstante su gran capacidad personal, no obtuvo ningún resultado, y sí fue víctima de innumerables sufrimientos. Codazzi leyó con avidez los conceptos de este hombre, en los cuales reencontró sus propios anhelos del año 1850. "Los primeros europeos que se establezcan en esta Sierra Nevada - escribía Reclus - sin duda tendrán que afrontar muchos peligros y enormes dificultades, antes de obtener el éxito definitivo. Padecerán de malaria, y las crecientes de los ríos y lo intransitable de los pantanos obstaculizarán el transporte de sus víveres; la enemistad de los pocos pero voraces funcionarios les causará contrariedades. Durante largo tiempo los recién llegados estarán aislados de toda sociedad que no sea la de los indios. Su situación, sin duda, será difícil. Empero, todos los escollos, que disminuirán a medida que avance la colonización, se convierten para hombres valerosos en ventajas, ya que obligan a redoblar la lucha, lo que, a su vez, hará doblemente merecida la victoria final. Con fundamento en el trabajo activo y diligente, caben grandes expectativas en cuanto al futuro de la Sierra Nevada y de la Sierra Negra. El café tendrá un buen desenvolvimiento en aquellos valles, pese a que durante mi permanencia en el valle de San Antonio no fue posible obtener más de trescientas libras de semillas para nuestras siembras. Las plantas tropicales llegan a encontrarse a alturas increíbles sobre el nivel del mar. Las principales entre ellas decuplicarán el producto de sus cosechas. Sin embargo, estas montañas, a pesar de su belleza, son tenebrosas. Quien viaja solitario por los valles densamente boscosos se siente realmente sobrecogido por un temor que oprime el corazón. En esta naturaleza vasta e imponente, la soledad es infinita. Faltan la abundancia y la amabilidad, a causa de la ausencia de campos cultivados, de prados y de lugares habitados por hombres". Codazzi estaba impaciente por visitar las regiones así descritas, para conocer exactamente todos los detalles. Pensaba que acaso pudiera todavía organizar una nueva colonización, si no con alemanes, con franceses. Al mismo tiempo, el trabajo de descripción geográfica regional presentaba cada vez más dudas respecto a aquel gran macizo montañoso de la costa, debido a que surgieron diferentes teorías geognósticas cuyas conclusiones sólo serían posibles después del estudio de las montañas nevadas de Santa Marta.
A todo esto se agregó otro acicate. Codazzi deseaba estar lo más pronto posible en algún lugar de la costa, ya que el incansable Kelley no cejó hasta que por fin sus emisarios encontraron en el Chocó una línea apta para la construcción de un canal. Desde 1854, el dinámico neoyorquino había fijado su atención de manera particular en la ruta del río Truandó, apenas tocado por Codazzi en aquel entonces. La primera exploración, dirigida a mediados del año 1854 por James C. Lane, se malogró por un ataque de malaria; la segunda, que encabezó William Kennish, acompañado por Normann Rude y Robert G. Jameson, se encaminó, en diciembre de aquel año, desde Panamá hacia el sur. Después de una completa pero infructuosa exploración de la bahía de Cupica, llegaron el 11 de enero de 1855 a la desembocadura del río Curachichi, cruzaron la divisoria de aguas y continuaron por el río Nergua hasta desembocar en el Truandó y, sobre éste aguas abajo, al Atrato, el cual remontaron hasta Quibdó. Desde aquí, dejándose llevar por la corriente, exploraron todo el curso del río. El éxito de la empresa, del cual Codazzi apenas se enteró a mediados de 1858, pareció proporcionar a Kelley la solución definitiva del problema de un canal a través del istmo. Durante una larga gira, expuso personalmente sus planes, en forma muy brillante; por ejemplo, en Londres, ante la Sociedad Geográfica y la Asociación de Ingenieros Civiles. En esta ciudad se interesaron por el proyecto los almirantes Fitzroy y Beechy, lord Clarendon, sir Roderick Murchison y Robert Stephenson. Si bien tal éxito parecía extraordinario, también en París convenció Kelley al emperador Napoleón III, y en Berlín ganó para su proyecto al anciano Humboldt. En seguida aparecieron, impulsadas por el mismo Kelley, publicaciones explicativas simultáneamente en Nueva York, Londres, París y Berlín, acompañadas de anotaciones de un Manby y de Humboldt. La cuestión del canal parecía ahora acercarse rápidamente a una decisión.
El Congreso de Washington había acordado el 3 de marzo de 1857 la segunda expedición por el istmo (53), para cuyo escenario se había escogido la región Atrato-Truandó-Cupica. Herrán, ministro residente neogranadino en Washington, garantizó explícitamente, cuando visaba los pasaportes, el permiso de su gobierno para que los jefes de la expedición realizaran "la gran idea de los Estados Unidos". Fue así como zarpó el 16 de octubre desde Nueva York el bergantín Varina con capacitados hombres a bordo, dirigidos por el teniente Nathaniel Michler, del cuerpo topográfico de Washington, y entre los cuales se contaba el naturalista Arthur Schott y el dibujante Jacob Schmidt. Más o menos al mismo tiempo partió desde el puerto de San Francisco el vapor Arctic, bajo el mando del teniente de marina Thomas A. Craven, acompañado por el pujante Kennish. De todo ello sólo tardíamente obtuvo Codazzi informaciones precisas, pero esperaba vivir todavía lo suficiente para ver la conclusión de una obra tan excepcionalmente importante para la Nueva Granada, más que por el gigantesco canal que abriría paso a los barcos, porque proporcionaría el fundamento físico a la colonización y a la agricultura. Si no quería enajenarse del todo de esta empresa mundial, entonces tenía que estar lo más pronto posible en la costa y desde ésta dirigirse a Europa, una vez se hubiera apresurado a terminar su obra geográfica, a fin de editarla allí. Tan sólo allende el océano podía adquirir todos los conocimientos útiles para la Nueva Granada con respecto al canal. Empero, esas no eran las únicas razones: a Europa lo llamaba además una segunda consideración. La descripción geográfica regional ya no salía tan fácil de su pluma como antaño. Frecuentemente se sentía inseguro, y no pudo completar la redacción de un informe acerca de las últimas excursiones, a pesar de que únicamente había tenido que efectuar dos breves recorridos y se había dedicado durante dos meses a un trabajo práctico: el proyecto de un camino carretero que comunicaría a Los Manzanos, cerca de Facatativá, con Beltrán, puerto del río Magdalena frente a Ambalema. Codazzi se demoró cada vez más en el estudio de esta vía, a causa de que abarcaba investigaciones de diversos aspectos secundarios.
Codazzi se dispersó en variadas disertaciones específicas (54). Escribió una relación sobre los indígenas de la costa del Pacífico y de la cuenca del río Orinoco, sin contar con suficiente información acerca de estos grupos étnicos; redactó un escrito referente a los monumentos arqueológicos de San Agustín, en el cual concedió amplio espacio a su fantasía, y después inició una descripción de la región del Caquetá, en la cual consignó lo que había visto y oído durante la reciente excursión. Este último escrito hubo de interrumpirlo por el momento, ya que se hablaba ahora de un viaje que en la primera mitad del año pasado había realizado William Jameson de Quito al río Napo, que la Nueva Granada reclamaba como frontera con el Ecuador, pero en cambio bosquejó un mapa del territorio del Caquetá, basándose en este caso, para la frontera amazónica, en los datos de Louis Herndon, cuyo mapa elaborado a mano lo debía a la gentileza de su amigo Ancízar, que ahora se encontraba en Lima como ministro residente de la Nueva Granada. Otro envío, esta vez del ministro residente neogranadino en los Estados Unidos, contenía la nueva Geografía del Ecuador de Manuel Villavicencio (55), la cual, en cierto sentido, hizo tambalear los conceptos de Codazzi. A este mismo, no le gustaron sus últimos trabajos. Al examinar sus manuscritos, encontró en ellos capítulos importantes apenas bosquejados, detalles a veces ampliamente comentados, pero nunca una relación continuada. La escala para comparar lo grande y lo pequeño, lo valioso y lo anodino era apenas de orden individual. Infortunadamente, carecía de la oportunidad de confrontar sus trabajos con los avances recientes de otras naciones. Poco sabía de lo que se publicaba en Europa, relacionado con su profesión, y nada entendía del amplio espíritu de los tiempos modernos, que se manifestaba de manera tan pujante en los Estados Unidos. "Aunque me halle en los días de mi vejez, debo viajar a París a fin de poder concluir mis trabajos - escribió a Holton -, ya que aquí no cuento con la ayuda crítica de nadie. He de hablar con hombres como Boussingault, Schomburgk y Humboldt. Tengo que visitar asociaciones científicas y académicas. Tengo que empezar desde el principio. Si así no lo hago, todas mis fatigas y dedicación habrán sido en vano. En nuestros días, quien trabaje aislado y solitario no podrá ser útil al mundo. Aquí he perdido a mis últimos colaboradores. Acaso, en mi ancianidad, una vez más tenga la suerte de poder discutir con mis semejantes". Así fue como, al igual que a Caldas, lo dominó un sentimiento de insuficiencia. A lo cual, finalmente, se agregó la añoranza de la tierra natal, que a lo largo de la vida acaso ningún italiano logre vencer del todo. Antaño un reencuentro con el terruño le parecía poco agradable; ahora anhelaba, por encima de todo, la querida tierra de origen. En la península apenina imperaba un espíritu diferente del que reinara en otros tiempos. A partir de la guerra de Crimea, Italia había tomado mejores rumbos. Cavour, "el hombre silencioso", había impulsado una política nueva. Codazzi, incorregible enemigo de los austriacos, pensó continuar el viaje desde París, lugar de impresión de sus obras, en compañía de sus dos hijos mayores, Agustín y Domingo, vía los Alpes, hacia viejos amigos, con quienes todavía se carteaba de cuando en cuando, y hacia la maravillosa patria.
De ese modo, sometido a tan diferentes sentimientos, tomó Codazzi, a finales de 1858, la decisión de bajar al mar, aunque sin ningún anticipo ni ayuda monetaria del gobierno. No obstante que sus amigos trataron de disuadirlo, e inclusive lo previnieron con insistencia, se dirigió - él, un hombre de 66 años de edad - hacia las tierras bajas, tan llenas de toda suerte de peligros. Esperaba llegar pronto a la atmósfera pura y fresca de las altas montañas nevadas, y luego, al proseguir el viaje, disfrutar la brisa del mar. Durante este viaje, para el cual escasamente se había equipado, lo acompañó únicamente Manuel María Paz.
El 13 de diciembre de 1858, en el vapor Nueva Granada, partió Codazzi de Honda hasta Badillo, para desde allí visitar, por lo pronto, la ciénaga de Simití, así como las corrientes de agua que la comunican con el río Magdalena. Continuó el viaje en piragua hasta El Banco, donde se une el río principal con su único afluente procedente del norte, el poderoso Cesar, que poco antes formaba innumerables ramificaciones y grandes lagunas, indicando así la iniciación de una región topográficamente nueva. Penetró aquí Codazzi en un laberinto acuático cubierto y rodeado de alta, densa y bochornosa vegetación selvática y de enmarañado rastrojo. La extensa ciénaga de Zapatosa le hizo recordar la de Sinamaica, que visitara hacía cerca de treinta años. Desde Chimichagua se dirigió a la solitaria serranía de los Motilones, que formaba la frontera con Venezuela, y antaño considerada como campo de ataque y de lucha de los salvajes lansquenetes de los Welser.
El 20 de enero de 1859 había llegado a Espíritu Santo, desde donde el camino hacia Valledupar y hacia la tan ansiada Sierra Nevada se presentaba expedito. En este villorrio de unos setecientos habitantes, a Codazzi lo atacó una grave fiebre. Sin embargo, continuó el viaje el 7 de febrero, pero en Pueblito, una finca no lejos de aquel poblado, tuvo que detenerse, tras lo cual hubo de cabalgar de prisa a fin de recuperar el tiempo perdido. De nuevo durante la marcha se presentó otro fuerte ataque de la enfermedad. Hubo que bajar a Codazzi del caballo y recostarlo sobre una estera en el suelo. La enfermedad se agravaba de momento en momento. Gimiendo profundamente, se llevaba la mano a la frente, como si quisiera ordenar sus pensamientos, decía palabras incoherentes sobre la obra geológica y señalaba con la mano hacia las montañas de Santa Marta, tras lo cual fue breve su lucha con la muerte (56). Junto al lugar donde falleciera, sus acompañantes, el mencionado Paz y un asnerizo, limpiaron la tierra de hierba y rastrojo, cavaron en la sabana abierta una solitaria sepultura y enterraron allí el cadáver, con la cabeza orientada hacia las montañas y el cuerpo vestido con la ropa de viaje. Una vez cubierta y cerrada la sepultura, se colocaron encima numerosas piedras, para protegerla de los animales salvajes **.
En el momento en que llegó la noticia de la muerte de Codazzi a Bogotá, se encrespaban las olas de un violento movimiento constitucional, a tal altura ya, que cualquier otro interés era arrastrado por la marejada. Apenas acababa de entrar en vigor la ley fundamental que consagraba el federalismo como sistema de gobierno, cuando ya había estallado la reyerta entre los partidos, motivada particularmente por el primer mensaje presidencial, que a nadie satisfizo y por cuyos términos, al parecer, los liberales se sintieron lastimados. Seguramente la familia de Codazzi habría estado solitaria con su pena, si no hubiera acontecido un hecho que indicaba mejor que cualquier otro la alta valía del difunto. Ramón Castilla, presidente-libertador de la República del Perú, había escrito a Codazzi, sin considerar la edad de éste, solicitándole encarecidamente hacerse cargo, tan pronto le fuera posible, del levantamiento geocartográfico de ese país, como también de la impresión del mapa y del libro correspondiente. Este mensaje altamente honroso llegó a Bogotá poco después de la noticia de la muerte de Codazzi, y en medio del dolor fue recibido con satisfacción.
La obra de Codazzi: mapas, bosquejos, estadísticas, libros, tablas, descripciones, manuscritos terminados o inconclusos, en fin, todos los materiales, tanto impresos como inéditos, fueron entregados a Manuel A. Sanclemente, quien ahora menos que antes estaba dispuesto a poner atención a esta índole de asuntos, ya que al gobierno lo asediaban las preocupaciones derivadas de los movimientos subversivos o armados que brotaban en todas las regiones del país, y que cada vez se concentraban en torno a Mosquera, quien, a su turno, simpatizaba con ellos y los atizaba.
Entre algunos de los amigos de Codazzi que conocieron el método de trabajo de éste, se ofreció Manuel Ancízar al gobierno para concluir lo empezado por el geógrafo. Salvo la parte geológica, en cuatro años había que completar y publicar, de modo digno (57), el gran mapa general con sus correspondientes textos explicativos; el Atlas, complementado con mapas históricos; un manual que abarcara la historia, la estadística y la etnografía. Sanclemente consideraba que el precio de veinte mil pesos por este trabajo era demasiado alto, y pensó en encargar a Manuel Ponce y Manuel María Paz la elaboración de los croquis y apuntes en borrador dejados por Codazzi, y la continuación de las mediciones encomendarla al joven ingeniero Indalecio Liévano. Sin embargo, también para este proyecto faltó pronto el dinero. Con Ospina tambaleante en la silla presidencial, el gobierno central de la Confederación necesitaba para otros fines hasta el último real de los escasos dineros de la tesorería bogotana. Como cabeza de todos los partidos de oposición, que reclamaban soberanía para los nuevos estados, Mosquera amenazaba con la fuerza de las armas. Los estados de Cauca, Bolívar y Magdalena se separaron de la Confederación, y se formó una nueva unión, que inicialmente adoptó el nombre de Estados Unidos de la Nueva Granada y posteriormente el de Estados Unidos de Colombia. Prontamente convertido en dictador, Mosquera avanzó victorioso. Influido por muchas de las ideas de los norteamericanos, acometió con espíritu enérgico, una vez conquistado el poder, múltiples y diversas innovaciones.
Mediante decreto fechado el 12 de abril de 1861, creó con territorios de Antioquia, Cauca y Cundinamarca un nuevo estado, el de Tolima, y cortó así, por medio de fallo ejecutivo, una serie de diferencias fronterizas que hasta hacía poco les molestaran frecuentemente tanto a él como a Codazzi. Declaró que no era necesaria la continuación del levantamiento geocartográfico del país, ya que los mapas de los dos estados costeños se podían dibujar fundándose en mapas antiguos. El 18 de julio de 1861 acordó con Ponce y Paz la publicación de los mapas, prescindiendo de todo el programa antiguo y aplicando la mayor sencillez posible. Así mismo, firmó con Felipe Pérez, el historiógrafo de sus últimas hazañas militares, un contrato para la descripción geográfica regional, que debía realizar dentro del más breve plazo. El 23 de julio decretó Mosquera la conformación de un distrito federal con Bogotá y sus alrededores, que debía presentarse en mapa y atlas especiales, pero que pronto desapareció por incapacidad para subsistir. No hubo oportunidad de utilizar las ilustraciones escogidas para la obra de Codazzi. Por su propia iniciativa, Triana quiso publicar en París la parte botánica, y así lo hizo durante algún tiempo. La parte geológica, respecto a la cual se mencionó alguna vez el nombre de Karsten, se dejó por lo pronto de lado como inutilizable, como todo lo demás que no tuviera cabida en las dos consabidas publicaciones.
Entre los colaboradores de Codazzi, tan sólo uno era capaz de actuar de acuerdo con la familia y de comprender verdaderamente al difunto: Ancízar. Este hombre excelente, después de una amistad de diez años con el desaparecido, recopiló todo lo que pudiese ser utilizable para erigirle un monumento literario: las noticias sobre la preparación del viaje de regreso de la familia a Valencia, papeles propios, los escasos informes que le proporcionara el gobierno, basándose en lo cual escribió y publicó la biografía de Codazzi. "La muerte, al tronchar súbitamente la vida de un hombre de pensamiento y acción, es como un terremoto, que no sólo acaba con la vida de un individuo, sino que también deja en ruinas sus mejores creaciones. Codazzi no murió sólo: con él pereció la mitad de su obra apenas iniciada en honor y para el provecho de la Nueva Granada, porque nadie, sino él, podía darlas al mundo en la forma como él las planeara. En el pensamiento ya tenía todo concluido, y avanzó paso a paso, con tranquilidad sistemática, hacia la realización de su gran tarea. Lo que existe de sus trabajos merece el más alto reconocimiento. Es obvio que sólo un gran talento topográfico era capaz de ejecutar semejante obra. En su trabajo, contaba casi siempre con escasos puntos de partida para lograr algunas mediciones hábilmente realizadas. Basándose en un mínimo número de fuentes, obtenía en una extensa región un cuadro cartográfico comprensible. Edificada piedra sobre piedra, la fuerza creadora de Codazzi no se basaba ni en el amor a la nueva patria ni en imperativos profesionales, sino que era una fuerza inherente a su modo de ser, que lo movía a tratar de comprender la configuración de la superficie de la tierra. Su sentido científico no lo dejaba descansar; su talento excepcional, aun bajo condiciones muy desfavorables, tenía que producir efectos. Codazzi era un genio en su oficio; sus trabajos, tanto sobre Venezuela como sobre la Nueva Granada, no obstante que quedaron inconclusos, llevan impreso un carácter monumental".
El territorio al cual se referían los últimos trabajos de Codazzi, al publicarse por fin éstos, figuró con el nombre de Estados Unidos de Colombia, ya que era el que había recibido, en la Constitución del 3 de mayo de 1863, la antigua Nueva Granada.
 

* Este lugar no figura hoy en ningún mapa. El del departamento del Meta elaborado por el Instituto Geográfico Agustín Codazzi registra un caño Maquivo, afluente izquierdo del río Meta.
El índice del Official Standard Narres by Me United States Board on Geographic Names da su localización con latitud 49 26' N y longitud 72° 15' W, lo cual coincide con la descripción de Codazzi.
En el mapa de 1:1000.000, plancha NB-18 de la American Geographical Society (1945), figura el mismo caño, y frente a su desembocadura en el río Meta un punto astronómico - puede que éste tenga su origen en Codazzi - que falta por investigar. (Nota del traductor).
** De un interesante libro de viajes titulado El río Cesar, de que es autor el sabio francés Luis Striffler, publicado en Cartagena en 1876, tomamos los siguientes conceptos que determinan el lugar y la fecha precisa de la muerte de Codazzi:
"[...] Apenas hube pronunciado el nombre de Codazzi, don Óscar Trespalacios exclamó: Codazzi llegó a mi hacienda de Las Cabezas con su comitiva, sus sirvientes y seis soldados; ya estaba sufriendo calenturas tercianas, por lo cual le aconsejé que se curase antes de seguir. En mi casa había ciertas comodidades y recursos para una asistencia regular, pero él manifestó mucha impaciencia por concluir su Atlas lo más pronto, para lo cual sólo le faltaba medir y dibujar a Magdalena y Bolívar. De mi hacienda de Las Cabezas tiró la primera línea de sur a norte, y después dispuso trasladarse al "pueblecito", que es el nombre que aquí dan a Espíritu Santo (1), adonde lo acompañé: allí se agravó. Corrí al valle a buscar al señor Pavajeau, que ejerce allí la medicina, y cuando volví ya Codazzi estaba postrado. Tres días después Colombia había perdido a su geómetra".
Más adelante, al hablar Striffler de la casa donde murió Codazzi, agrega:
"En una casa situada detrás de la iglesia había una escuela de niñas cuyas alumnas no pasaban de diez [...] La directora nos presentó a una señora respetable por la edad, aunque muy conservada, que era la dueña de la casa, y la misma persona que había asistido a Codazzi en su última enfermedad (2). Nos preguntó si éramos parientes o amigos del difunto y nos contó las repetidas sorpresas que experimentaba, al ser interrogada siempre por extraños, no sólo sobre el hecho tan común de la muerte, sino por el deseo de conocer el lugar en donde había lanzado el último suspiro el incansable geógrafo.
- Ahí - nos dijo - estaba la cama del coronel; y señaló el rincón que queda a la izquierda de la sala (3). El coronel - continuó la señora - había llegado por la tarde con sus compañeros y su escolta; con él estaba el joven Paz. Por la noche se soltó la mula en que montaba y se enojó por el descuido del sirviente encargado, que la amarró mal. Ya el coronel sufría de calenturas, y a pesar de que estaba muy agitado, cuando ya el sol estaba cerca del mediodía, se fue a la plaza con sus instrumentos y se puso a hacer sus observaciones. Por la tarde se agravó; se acostó antes de anochecer y fue su último día de trabajo".
Después de la muerte de Codazzi, manos extrañas e inexpertas recogieron sus trabajos y nombres profanos aparecieron como autores de la labor intensa y fecunda del gran latino que hizo de Colombia su segunda patria; tal vez para que se cumpliera la sentencia del poeta cuando afirmó que "no siempre el laurel próspero crece / en el huerto de aquel que lo merece".
1 Esta afirmación rectifica el concepto de Schumacher, cuando dice que de Espíritu Santo siguió el 7 de febrero para El Pueblito, lugar que no existe en esa región y que fácilmente se escribió por Pueblecito, como llaman también los naturales a Espíritu Santo.
2 Se refería Striffler a doña Petrona de Fex, dueña de la casa, y quien asistió a Codazzi durante su última enfermedad. El coronel don Nehemías Mestre compró más tarde esta casa y la donó al municipió. Debería ser en ella donde se colocara la lápida de que trata el art. 3º de la ley 104 de 1896.
3 La frase ingenua y espontánea de "ahí estaba la cama del coronel" hace desaparecer el concepto de que Codazzi murió sobre una estera tirada al suelo, que se desprende del concepto de Schumacher cuando dice: "Fue necesario desmontarlo y acostarlo en una estera [ ... ] luego vino una corta agonía". No murió Codazzi de tal suerte; y téngase presente que Striffler escribió en el mismo lugar de los acontecimientos, en 1876; diez y siete años después del suceso.
(Notas de F. García Carbonell)
[Tomado del Boletín Historial, Cartagena de Indias, núm. 13, mayo de 1916, págs. 4-6. (Nota del traductor)].

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