CAPÍTULO VI
PRIMEROS LEVANTAMIENTOS
GEOCARTOGRÁFICOS EN LA NUEVA GRANADA
"En la mañana del 3 de enero de 1850 - según cuenta
Ancízar -, los primeros rayos del sol derramaban copiosa luz sobre
Bogotá y la extensa planicie que demora al frente de la ciudad
andina. Leves vapores se alzaban desde el pie de la cordillera
inmediata, escalando lentamente las majestuosas cimas de Monserrate
y Guadalupe, cuya sombra se proyectaba bien adelante de sus bases
contrastando la suave oscuridad de éstas con la brillante
iluminación de las crestas y picachos salientes de la parte
superior. El ambiente puro y perfumado con los innumerables olores
de los arbustos de la ladera y de los rosales y campánulas que
crecen silvestres a orillas de los vallados y alamedas, producía en
todo mi ser una impresión indefinible de bienestar, sintiéndome
vivir desde el fácil movimiento del pulmón, vigorizado al aspirar
aquel aire diáfano y fresco, hasta la palpitación de las más
pequeñas arterias de mi cuerpo. Una brisa tenue mecía los flexibles
sauces de la Alameda Vieja, por entre los cuales se veía a
intervalos la vecina pradera, verde esmeralda, matizada de
innumerables flores de achicoria, y poblada de reses que pastaban
la menuda yerba cubierta de luciente rocío de la noche
"El resoplido de un caballo que se acercaba a medio
galope, y el ruido de las grandes espuelas orejonas, chocando
contra los sonoros estribos de cobre en forma de botín,
característico de la montura en estas regiones, interrumpieron mi
recogimiento. Era mi compañero de viaje [el teniente coronel
Codazzi] que se me reunía en el acto de cerrar su cartera en que,
sin detener la marcha, apuntaba sus observaciones [ ... ]. Al
atardecer llegamos a la posada de Cuatro Esquinas, frente al Puente
del Común, construido por el virrey Espeleta.
" `En habiendo techo para los aguaceros y paredes para
resguardarse del viento helado, nadie debe quejarse de la posada -
decía mi compañero filosóficamente -; los muebles y el aseo son
accesorios inútiles, puesto que mientras se duerme todos los gatos
son pardos'. [ ... ]. Me apresuré a gastar el resto del día en
visitar el Puente del Común [ ... ].
"Regresé a la pseudoposada y hallé a mi compañero
confortablemente acostado sobre el pellón de su silla con los
zamarros por almohada, y como no fueran suficientes para este
oficio, les había agregado el blando aditamento del freno, entre
cuyas paletas de hierro colocó la cabeza y se puso a dormir
deliberadamente. Imitelo en todo, a más no poder, salvo en lo del
freno, que me pareció un refinamiento superfluo, y tuve la flaqueza
de no poder conciliar el sueño hasta bien entrada la noche [ ...
]" *.
De esta manera inició Codazzi sus largos recorridos de
levantamiento geocartográfico (33), que lo llevaron primeramente a
las provincias situadas al norte de Bogotá; es decir, a un
territorio que ya había cruzado Codazzi en viajes anteriores: aquel
en que fue al encuentro de Bolívar, y el reciente de su huida de
Monagas. De la ruta principal tenían que desviarse a la derecha o a
la izquierda, para efectuar cortas excursiones. Por lo pronto se
trataba, en realidad, de una correría de orientación, más que del
verdadero principio de los trabajos, de manera que las partes
difíciles se dejaban para el año siguiente. Sin embargo, no
tardaron los viajeros en darse cuenta de que ahora miraban lo que
los rodeaba con diferentes ojos que en ocasiones anteriores, y sin
dilación se dedicaron intensamente a la obra de medir, dibujar,
recolectar y escribir.
Poco más allá de Ubaté aparece la luminosa superficie de agua de la
laguna de Fúquene, la cual, según la creencia general, es el resto
de un lago de agua dulce mencionado aun en las viejas crónicas. El
carácter del paisaje de alta montaña pareciera comprobar esa
tradición, sólo que su falta de solidez salta a la vista si se
examina la constitución de todo el fondo del valle, compuesto por
margas, tierras y estratos de acarreo de canto rodado, además de
que los elementos geognósticos que surgen tanto en el suelo actual
como en las aparentes antiguas orillas son formas orgánicas de la
vida marítima. Y aunque ni Codazzi ni Ancízar ni ningún otro
compañero de la Comisión pudieron dar con ellas, cabe deducir, con
toda certeza, que el trastorno geológico que dejó en ellas sus
rastros aconteció mucho antes de la aparición del hombre sobre la
tierra, y sólo las características del paisaje dieron origen a
novelas geognósticas anticientíficas.
El 13 de enero habían llegado a Chiquinquirá, muy conocida por su
cuadro de la Madre de Dios, a donde van en romería, desde hace
siglos, ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y viejos,
inteligentes y estúpidos, tanto en los tiempos de Mutis como en los
de Bolívar. Desde esta villa, sobresaliente por la afluencia de
forasteros, emprendieron varias expediciones, especialmente hacia
las dos gigantescas rocas graníticas de Fura y Tena (hombre y
mujer), que antaño fueron lugares de adoración y sacrificio de los
indígenas, y después el lenguaje popular convirtió en leyenda,
recientemente recogida por Manuel María Zaldúa, escritor conocedor
de la región.
La marcha continuó por el valle del río Suárez, pasando por una de
las más famosas antigüedades de la Nueva Granada: un bloque rocoso
no lejos de Saboyá, cubierto con dibujos rupestres, semejantes a
signos de escritura, pero cuyo significado no era descifrable, si
bien parecía tener relación con aquellos tiempos de los supuestos y
más recientes trastornos de la tierra, cuando las agitadas aguas de
los lagos andinos abrieron brechas, transformando en tierras secas
sus profundos lechos. Se pensaba que los muiscas, otrora de tan
alto desarrollo cultural, hubieran dejado un monumento en memoria
del magno acontecimiento que habían presenciado.
Codazzi aún no tenía idea de la existencia de gran número de
parecidas inscripciones sobre las rocas andinas. Tampoco sabía que
estaba acercándose al territorio neogranadino de las altas montañas
más importante en cuanto a monumentos arqueológicos y, por lo
tanto, digno de especial atención. Siendo lego en cuestiones
históricas, no había oído hablar de que hacía aproximadamente cinco
años se había descubierto cerca del río Suárez una gran bóveda
funeraria excavada en roca calcárea, en la cual se encontraban
momias vestidas, armas y utensilios domésticos: el descubrimiento
arqueológico más importante en esta región montañosa, pero por
desgracia casi totalmente desaprovechado desde el punto de vista
científico (34).
La siguiente parada la hicieron en Vélez, antiguo punto de partida
de una vía que llevaba río Magdalena abajo, a través de los ríos
Carare y Opón, y cuya reapertura intentara sin éxito hace años el
dicho Zaldúa. Guiados por José Landázuri, cruzaron la
inhospitalaria cordillera del Carare hasta el pueblo indígena de
Cimitarra, donde, al parecer, empezaba el valle. Tanto Codazzi como
Ancízar pagaron esta hazaña con casi tres semanas de enfermedad, de
la cual se curaron en Vélez, en casa de Joseph Gooding.
El 5 de febrero habían llegado a la población de Socorro, desde la
cual emprendieron un mes de recorrido por el territorio de la
cuenca del Suárez, entre Simacota y Zapatoca. Partiendo de este
último lugar, había intentado en 1837 Céspedes, en compañía de José
María Ortiz, llegar al río Opón, pero sin éxito. Así que había que
desechar una tentativa de la misma índole, pero se determinó
exactamente la desembocadura del Chicamocha en el Suárez, como uno
de los puntos más importantes de toda la topografía de esta región,
y se levantó cartográficamente toda la cuenca desde Charalá hasta
San Gil. Excepto por la gran importancia para la comprensión de los
cursos de los ríos y de las cordilleras, estos territorios ofrecían
pocos aspectos interesantes.
Desde el Socorro el camino los condujo directamente a la provincia
de Soto, y dentro de ésta a la mejor comarca, cuyas principales
poblaciones, Piedecuesta, Girón y Bucaramanga, habían prosperado
tanto comercialmente como en otros sentidos, y todo parecía indicar
que ello continuaría por mucho tiempo.
"Alto elogio merecen - según dice Ancízar - la limpieza de
las calles y casas de la joven ciudad de Bucaramanga. Su apariencia
exterior no es el resultado de estrictas medidas de policía, sino
consecuencia de un modo de pensar más europeo de la población, cuyo
carácter sencillo es recto y capaz, lleno de voluntad y fuerza, si
bien aquí también se encuentran algunos de los llamados caballeros
de industria. El viejo señor párroco Felipe Salgar afirma, con toda
razón, que allí donde hay trabajo huyen el crimen y el pecado. La
ganancia y el sueldo aquí no son malos; por lo tanto, son notables
el esmero en el vestir y en la apariencia general de los
habitantes. Una industria doméstica de tejido de sombreros de fibra
de palma se ha impulsado entre las mujeres, a lo cual se agregan la
manumisión de los esclavos y la creación de escuelas. Lo mismo es
válido para Piedecuesta, pero no para Girón, poblado minero cuyos
habitantes aún hoy, y no obstante el creciente bienestar, están
sometidos al viejo modo de ser español. La localidad se llamaba
otrora, con toda justicia, Girón del Río del Oro".
En Bucaramanga se resolvió extender este primer viaje a las
contiguas provincias de Ocaña, Santander y Pamplona, que en su
mayor parte pertenecen a la vertiente fluvial del lago de
Maracaibo, para Codazzi un territorio de especial atracción desde
los tiempos de sus primeros trabajos. Después de haber recorrido el
valle de Suratá hasta las estribaciones del agreste páramo de
Cachirí, y tras escalar esta cumbre yerma y azotada por los
vientos, se escogió - ya se había dejado de lado un itinerario fijo
y estricto- uno de los tres caminos que arrancaban de allí: el de
Escatalá, dado que la cuenca de captación del río del mismo nombre
parecía decisiva en la resolución de muchos problemas de
topografía. "Teníamos que subir y bajar por las altas
pendientes de las montañas, cuyas estribaciones, al igual que las
cumbres, se hallan cubiertas de robles majestuosos, claros debajo,
entrelazados encima. A nuestras voces contestaba el eco, cuya
resonancia acentuaban el murmullo de las cascadas y los chillidos
de los innumerables pájaros y demás animales espantados. Nuestra
marcha era tan lenta, que a la puesta del sol habíamos avanzado tan
sólo tres leguas. Encontramos un rancho solitario, pero allí no
había pasto. En Yarumal encontramos forraje para nuestros animales
de silla y carga, pero ningún hospedaje para nosotros. Con troncos
y hojas de palma fabricamos un cobertizo para resguardar nuestros
libros e instrumentos. Después, cada uno de nosotros hizo con tres
estacas una armazón, sobre la cual extendió el encauchado, y
debajo, en el suelo, improvisó un lecho con los arreos de montar.
Así nos creamos una débil protección contra los elementos. Pronto
se formaron fuertes aguaceros y tempestades en el oscuro valle del
Magdalena, y muy debajo de nosotros vimos zigzaguear los relámpagos
y oímos el retumbar de los truenos. Desde allí las nubes
ascendieron cada vez más alto, y densas masas de ellas nos
envolvieron. Una pesada niebla ocultó el firmamento. Los vientos de
la tempestad bramaron a través de las copas de los árboles
gigantescos, y de repente sobrevino un profundo silencio. Tal es la
majestad del silencio nocturno en las cumbres de estas montañas,
que el hombre, en actitud de veneración ante la naturaleza en
reposo, ante el reposo de la vida, no se atreve siquiera a alzar la
voz".
El anciano párroco de La Carrera, Ignacio Gutiérrez, ayudó con sus
conocimientos sobre la región y su experiencia de muchos años a
proseguir la marcha. Ayuda tanto más valiosa si se tiene en cuenta
que había de cruzarse el alto nudo montañoso del cual se desprenden
las serranías de la provincia de Ocaña, la más reciente de las
treinta y seis. El páramo de Guerrero le pareció a Codazzi como un
universo montañoso que mucho después de levantarse del mar había
sido quebrado y horadado por las mismas aguas que ahora corrían muy
abajo excavando surcos hacia el lago de Maracaibo y hacia el río
Magdalena. En ninguna otra parte, hasta la fecha, había tenido ante
sus ojos ruinas como éstas de una porción de la superficie de la
tierra. Parecía la obra colosal y constante de fuertes terremotos,
de antiguos y formidables plegamientos que se derrumbaron en sí
mismos e incluso se hundieron en las profundidades, al parecer
testigos de una época de grandes conmociones en la superficie
terrestre, y acaso coetáneos del desagüe de los lagos de las altas
montañas. En cercanías del pueblito de La Cruz vio Codazzi una de
las fuentes del río Catatumbo, en cuyas aguas, abajo en el valle,
ya considerablemente crecidas, había navegado hacía más de veinte
años.
Ocaña, a donde llegaron el 3 de abril, no ofreció interés alguno,
si exceptuamos los recuerdos patrióticos de los últimos días de la
Colombia bolivariana. Dos tentativas de avanzar de allí en
dirección a la frontera con Venezuela y a la región de los indios
motilones resultaron fallidas, ya que fue imposible penetrar en la
selva virgen. Dentro del territorio accesible, encontraron algunas
guacas, las cuales, sin embargo, poco aportaban a la ciencia:
algunas de las ya conocidas momias sentadas, pero esta vez sin
vestimenta ni utensilios.
Así que los viajeros se encaminaron al lado opuesto, bajando a la
ribera del río Magdalena, en cuyo valle las vastas praderas eran
frecuentemente interrumpidas no sólo por palmerales, sino también
por extensas superficies de agua, ante las cuales lo yermo de la
cordillera ofrecía marcado contraste. No llegaron a tocar la orilla
derecha del río. El levantamiento cartográfico abarcó desde Puerto
Nacional hasta Tamalameque, donde se estimó aconsejable regresar, a
causa de la falta total de preparativos para un viaje por el
río.
Codazzi decidió marchar diagonalmente, por cerca de tres semanas, a
través de la cordillera, para en los alrededores de Salazar de las
Palmas continuar sistemáticamente los levantamientos
geocartográficos del país. Durante siete días de excursión, en
extremo pesados y fatigosos, por gélidas regiones montañosas
carentes de vegetación, sobre sendas angostas y vertiginosas o
eludiendo estrechas charcas de hasta de diez metros de profundidad,
había que abrirse paso con palas, picas y machetes. En el ascenso
participó un inteligente recolector de plantas, que mantenía
excelentes relaciones comerciales con jardineros europeos de
invernaderos: Louis Schlim, de Bruselas. En los conocimientos,
tanto teóricos como prácticos, de este hombre culto se demostraba
el gran cambio ocurrido desde el tiempo de las escasas
comunicaciones entre Mutis y Linneo, especialmente desde cuando se
iniciara una nueva época para la jardinería europea con el cuidado
de plantas tropicales de adorno llamadas por ellos las suculentas,
así como también para la información científica sobre los tesoros
de la hasta hacía poco tan desconocida flora suramericana. Fue
Triana quien supo obtener de este encuentro el mejor provecho,
aumentando especialmente sus conocimientos de lo que se había
escrito específicamente sobre la materia. Ancízar, a su vez, se
hallaba interesado en algunos hallazgos de entierros, que
comprobaban que en aquellos lóbregos y profundos cañones habían
sido antaño sepultados, junto a toscas piezas de cerámica, hombres
cuyas frentes habían sido, en vida, artificialmente aplastadas
hacia atrás; fenómeno común entre los caribes pero desconocido
hasta la fecha en estas regiones. Aquí, en un medio completamente
bárbaro, Schlim informó a Codazzi por primera vez de un artista
alemán, que, para pintar paisajes tropicales (35) en el espíritu
humboldtiano, había viajado por el valle del río Magdalena y otras
extensas comarcas del interior de la Nueva Granada: se trataba de
Alberto Berg de Schwerin, quien radicaba en el país desde
principios de octubre de 1848, y había elaborado un número
considerable de obras de calidad. Codazzi consiguió uno de estos
dibujos ejecutados con gran talento, y se dio cuenta de que, aunque
apenas se trataba de un bosquejo, no cabía siquiera pensar en
publicar los trabajos de Carmelo Fernández, si llegaba a darse a
conocer alguna de estas obras artísticas de primer orden.
El 23 de mayo llegaron a Salazar de las Palmas, donde el recién
introducido cultivo del café prosperaba de la mejor manera, como
producto excepcionalmente importante y favorecido con toda su
atención por el escocés James Fraser, antiguo oficial de la Legión
Británica formada por Bolívar. Pronto pudieron descansar en San
José de Cúcuta, el joven y floreciente centro del comercio
cafetero, en donde vivía una interesante colonia de extranjeros,
constituida especialmente por alemanes e italianos. Los últimos, en
su mayoría pequeños comerciantes, veían en Codazzi, con admiración,
a uno de los suyos. "Nuestra estadía en Cúcuta, aunque no
fue breve, nos pareció como un momento: en todas partes encontramos
apoyo rápido y efectivo para nuestro trabajo, atenciones amables y
espontáneas, reuniones cultas y complacientes, todo como si se
tratara de relaciones entre amigos de muchos años. A la cabeza de
los más apreciados estaba el anciano gobernador Isidro Villamizar,
hombre de muchos méritos. A partir de Salazar de las Palmas, hemos
encontrado en todo el mundo atención y ayuda; nombres no les puedo
mentar, ya que tendría que mencionarles a todos los integrantes de
la inteligencia. Dondequiera el forastero encuentra hospitalidad, y
el trabajador empleo bien remunerado. La vida comercial, así como
el encuentro y los contactos de diferentes nacionalidades y razas
han difundido la cultura desde la casa del potentado hasta el
rancho del pobre".
Una vez visitada la Villa del Rosario de Cúcuta, situada muy cerca
de la frontera con Venezuela, Codazzi ascendió por el valle del río
Pamplonita hasta que, después de cabalgar durante casi catorce
días, llegó a Pamplona, donde el 24 de junio se instaló por algún
tiempo el cuartel general. Esta localidad recordaba a Codazzi sus
viajes anteriores, y otros nuevos pensaba iniciar ahora desde aquí.
La primera de estas excursiones se dedicaría a recorrer un trayecto
de camino entre Pamplona y las praderas de los llanos del Orinoco,
los cuales se extienden después de los ásperos altiplanos que aquí
forman la cordillera Oriental. A dicha obra vial, iniciada en 1787
y ahora reactivada por José González y Rafael Mendoza, Codazzi
hubiera dedicado de todo corazón la plenitud de sus esfuerzos, pese
a que conocía la imposibilidad de establecer una activa ruta
comercial, mientras las dos repúblicas vecinas, la Nueva Granada y
Venezuela, no se uniesen en contra de la naturaleza virgen, tanto
más cuando, de parte y parte, oponían trabas por causa de los
desgraciados problemas fronterizos. Con todo, abrigaba la esperanza
de un progreso para la ganadería, dado que las tierras de pastoreo
al otro lado del páramo ya habían sido invadidas, a través de
terrenos baldíos, por las manadas de ganado de la provincia de
Pamplona. Recomendó Codazzi construir el camino por el valle del
río Margua, que corre inmediatamente detrás de Pamplona, bajo
diferentes nombres, para convertirse por fin, después de la unión
con los ríos Sarare y Uribante, en el río Apure. El 26 de junio
había superado el paso de la cordillera entre Pamplona y Labateca,
y allí continuó río Margua abajo para adentrarse en territorio
venezolano hasta aquel viejo atracadero fluvial de
Guasdualito.
La otra excursión tenía como destino a Cácota, aquella región que
antaño visitara frecuentemente y habitara por largo tiempo Mutis,
separada de la capital provincial por los altísimos páramos de
Zumbador y Tierra Negra. El recuerdo de este singular hombre
solitario se había desvanecido totalmente, al parecer desde antes
de las guerras de independencia. En esta etapa, Codazzi completó el
levantamiento geocartográfico del sector de la vertiente del
Orinoco que pertenecía a la Nueva Granada. Empezando por el angosto
valle del río Citayá, cruzó luego la divisoria de aguas hacia la
región del río Magdalena, y determinó los puntos de unión de los
ríos Servitá y Guaca con el río Chicamocha, al cual viera por
primera vez hacía más de cinco meses no lejos de Zapatoca: un
elemento especialmente importante para aclarar la estructura de
esta tierra montañosa tan excepcionalmente convulsionada.
El 1º de agosto, en el límite de las provincias de Pamplona y
Tundama, interrumpió Codazzi los trabajos de levantamiento y se
apresuró a llegar a Bogotá por el camino normalmente usado, a fin
de empezar, con la apertura del nuevo semestre, sus cátedras en la
Escuela Militar. Una vez de vuelta, emprendió sin demora la
elaboración de la cartografía y geografía de las provincias, en lo
cual tropezó con la escasez de denominaciones continuas para las
cadenas montañosas y para los ríos y, en general, con la carencia
de una nomenclatura unificada, lo cual le ocasionó muchas
dificultades. Se propuso, al mismo tiempo que respetar los nombres
comúnmente usados para designar cada lugar determinado, introducir
denominaciones generales nuevas.
Además de ocuparse en estos trabajos y en la ordenación de las
estadísticas, acariciaba su vieja idea predilecta, que también
había formado parte de los planes de reforma durante la presidencia
de Mosquera: la traída de inmigrantes europeos. En agradecimiento
por la amable acogida que se le había brindado desde los días de la
República de Colombia, quiso formular con toda seriedad su
advertencia de que se evitara dar pasos poco prácticos y, así
mismo, ofrecer las experiencias que había cosechado en la Colonia
Tovar. Relató entonces, como hombre libre y consciente, sus
esfuerzos de muchos años, antas veces malogrados, sin ocultar
ninguno de los errores cometidos ni de sus ideas equivocadas.
"Muchos piensan que se puede orientar hacia Suramérica un
torrente humano semejante a aquel que se dirige a Norteamérica.
Muchos creen que basta con hacer conocer la riqueza de los países
tropicales, para atraer trabajadores, como en California. A muchos
les parece fácil ganar gran número de elementos calificados para
que trabajen en el país. Mis experiencias muestran lo contrario. El
deseo de estabilizar la paz interna del Estado, así como la
preocupación ante un creciente empobrecimiento de las masas
populares, han inducido a las potencias europeas coloniales a
fomentar las tendencias de emigración hacia sus territorios de
ultramar, y frecuentemente a encauzarlas como empresas estatales:
las Guayanas francesa, holandesa e inglesa muestran una actitud
orientada en este sentido. Sin embargo, ni en Cayena ni en Surinam
ni tampoco en Demerara puede adaptarse raza diferente de la
africana: todos los ensayos de asentamiento de población han
fracasado, incluso los de resueltos colonos holandeses. En
Venezuela muchos de los recién llegados padecieron los duros
ataques de las enfermedades; por ejemplo, las colonias inglesas
cerca de Betijoque, Catía y Aroa, en los distritos de Trujillo y
Mérida; los alemanes en la provincia de Carabobo; los franceses en
los alrededores de Maracaibo; los irlandeses en la región de Paria;
en fin, todos los inmigrantes europeos. El recién llegado de su
tierra trasatlántica exige en los trópicos un lugar de trabajo a
una altura por lo menos de 1.200 metros sobre el nivel del mar, y
aun así, como consecuencia del desmonte y las subsiguientes
emanaciones del suelo descubierto, se halla expuesto a las fiebres,
si bien leves y pasajeras. Tal como en Venezuela, también en la
Nueva Granada es la cordillera de la costa la región más apropiada
para ensayos de colonización. En la Sierra Nevada de Santa Marta
existen numerosos valles altos que prometen prosperidad, con
mercados seguros en las provincias de Riohacha, Santa Marta y
Valledupar. Allí debe iniciarse la colonización, primero en la
tierra fría y después en la templada; en esta última, con cultivos
de caña de azúcar, añil, café y cacao. Que no nos engañe el
espectáculo de una constante afluencia de emigrantes hacia los
Estados Unidos, fuente y causa principal del rápido crecimiento de
esa nación. Aquel que, cansado de su tierra natal, siente, sin
embargo, que ha dejado atrás mucho de su existencia, lo cual pesa
con mayor fuerza una vez llega a tierra desconocida, pide como
compensación la prometida libertad, tanto religiosa como política.
Él espera seguridad para sí mismo y su fortuna; busca trabajo,
salud y lucro. La tierra de Washington ofrece, por la índole de su
pueblo, el orden constitucional, el clima, etc., todos esos
beneficios. Grandes sumas de dinero ha gastado esa nación en
adecuar las tierras para atraer a los inmigrantes, a la vez que
garantiza y protege el progreso pacífico. José María Vargas, el
sabio hijo de Venezuela, dijo que de los países del despotismo los
extranjeros llegaron a América como dormidos o sonámbulos, para
despertar de pronto bajo el sol de la libertad, para levantarse en
su propio hogar, hacia el cual pronto llevarían parientes y amigos
de la tierra natal. Sin embargo, en nuestro país impera la
intolerancia en asuntos religiosos; la actividad política es
todavía incipiente; los hábitos de vida son fundamentalmente
distintos de los que el inmigrante trae de su tierra nativa; el
medio de vida es aún más diferente; la adaptación al clima, la
agricultura y la ausencia de las estaciones anuales es lenta y
difícil. Tenemos que volvernos sabios antes de traer extranjeros;
tenemos que hacer duraderas nuestras instituciones; tenemos ante
todo que construir caminos, para lo cual bien puede aprovecharse la
nueva escuela de minas".
En la exhausta Nueva Granada faltaba el dinero para toda esta clase
de obras. Además, con el total debilitamiento del poder público,
apenas prosperaba aquello que se apoyara en una vigorosa
personalidad y en el grupo financiero. Las demás esferas de interés
se habían vuelto cada vez más estrechas. Sólo de cuando en cuando
se planteaban cuestiones de ciencias naturales y de historia. Por
ello resultaba sorprendente que las investigaciones históricas de
Joaquín Acosta despertaran el interés por las antigüedades y los
terrenos arqueológicos. Por vez primera, desde los tiempos de
Julián, se establecieron en Bogotá colecciones de antigüedades
precolombinas. Las guacas ya no solamente se estimaban por su
contenido de piezas metálicas o de otros valores comerciales, sino
también por lo que revelaban de las costumbres de los indígenas las
vestimentas, los utensilios y las armas, a todo lo cual se prestaba
ahora atención. En especial Manuel Vélez Barrientos, antioqueño
emigrado a Bogotá, cuyos recuerdos infantiles más tempranos se
relacionaban con el descubrimiento de raras y valiosas guacas, se
dedicaba desde hacía cerca de cinco años a estudios arqueológicos y
había reunido variados objetos, no solamente para venderlos a
coleccionistas europeos y norteamericanos, sino también para sus
estudios personales. Acosta, el erudito en literatura que hacía
poco había regresado de Europa, llamó la atención de Codazzi sobre
un escrito de Vélez, publicado en París en 1847, que contenía
muchos datos, hasta entonces desconocidos, sobre antigüedades de
los tunzas (36). A esto se agregaban todas aquellas tradiciones
bogotanas, que tan seductoras habían resultado para Humboldt,
referentes a los lagos sagrados de las altas montañas, como los de
Guatavita, Siecha y Suesca, o a los tesoros ocultos en sus
profundidades, atractivas leyendas que de nuevo daban pie a
especulaciones sobre el desagüe de las lagunas, y que, por ende, se
hallaban relacionadas con esta misma región, a la cual pertenecen
las más importantes antigüedades de la alta cordillera, así como
los recuerdos de las ingentes riquezas de la tierra, especialmente
de la más valiosa, las esmeraldas (37), en cuya explotación, al
parecer durante largo tiempo, no se había interesado
suficientemente el Estado.
Estas ideas también influyeron en el segundo viaje de levantamiento
geocartográfico, que, como el anterior, se inició también un 3 de
enero, especialmente con la finalidad de investigar la vasta cadena
de montañas que se desprende de la cordillera Oriental, en el sur
de las provincias de Tunja y Tundama, y se extiende hasta el valle
del río Magdalena o por lo menos hasta la cuenca de su afluente el
río Negro. Este gran ramal cordillerano carecía de nombre, por lo
que Codazzi más tarde pensó en llamarlo Tunza-Húa, en honor de
aquel pueblo de antigua y elevada cultura, cuyos vestigios
encontraron los europeos, y cuyo nombre se ha conservado, aunque
alterado, en el de la ciudad de Tunja. Este viaje no iba a
prolongarse tanto como el anterior, ya que las tareas de gabinete
exigían su tiempo; e imperó el trabajo de campo en los tres lagos
de la cordillera Oriental.
Desde el lago de Suesca era fácil llegar a Chocontá y al curso
superior del río Bogotá. Al otro lado de la cresta de la cordillera
se ubicaban entonces los muy antiguos y conocidos pueblos de
Ramiriquí, Tota, Sogamoso y Gámeza. En la primera de estas
localidades, cuyo nombre sonaba especialmente venerable y sagrado,
habían existido otrora, a pesar del clima frío, construidos por los
caciques de Tunja, suntuosos lavatorios y baños, que de alguna
manera se relacionaban con los vestigios de altas edificaciones de
piedra, visibles aún en diferentes lugares. En la gran laguna de
Tota, cuyas frías y transparentes aguas entran y salen
simultáneamente, se reflejan paisajes llenos de ensueños, y en
torno a la cual se han forjado leyendas míticas como aquellas de
los lagos de las altas montañas. Al igual que allá, también aquí se
habrían ofrendado a las profundidades piedras preciosas, ornamentos
y figuras de oro. Sogamoso llevaba el nombre aún no comprendido
pero todavía recordado del presunto sumo sacerdote Sugamuxi, cuyo
espléndido templo destruyeron primeramente, en su avance, los rudos
europeos, y luego fue consumido por las llamas sin que de él
quedara vestigio alguno. Así mismo, cerca de Gámeza se alzaba un
imponente peñasco poblado de esculturas, cada una de las cuales
juzgó Codazzi que configuraba el episodio de una leyenda
representada en jeroglíficos y, en su conjunto, un monumento de
antiguas luchas, fuese de hombres o de elementos de la naturaleza.
El pueblo había olvidado ya este lugar, por hallarse situado lejos
de los caminos actuales.
Inmediatamente detrás de Ramiriquí, cerca del paso del páramo de
Las Cruces, penetraron en una extensa y uniforme vertiente fluvial:
las cabeceras del río Chicamocha, del cual ahora se supo que antaño
llevaba, tanto en su curso superior como en el inferior, el viejo y
conocido nombre de Sogamoso. A lo largo de este río continuaron
cabalgando de Gámeza a Soatá, donde encontraron en estratos
calcáreos, debajo del suelo aluvial de la vega, huesos de
mastodonte, que en su última ubicación habían sufrido la intensa
acción derrubiante de la corriente fluvial. En la localidad se
sabía de otros hallazgos semejantes cerca de Covarachía y en los
angostos y profundos valles del macizo del Cocuy. El ascenso a este
gran macizo cordillerano, que en lo más elevado de sus crestas se
halla cubierto de nieves perpetuas, y que en la cordillera Oriental
forma un importante nudo topográfico, significó una empresa del
mayor interés, que se realizó en la primera mitad de febrero. En
tiempos antiguos este territorio no pertenecía al dominio de los
hunzahuas sino al de los tunebos, que aún moraban allí - cuando ya
Tunja había sucumbido hacía mucho ante el empuje de los europeos -
en natural independencia, desenvolviendo su vida en bosques y
montañas, y aún hoy día se alejan lo más posible de los lugares
habitados. Desde el pueblo del Cocuy - cuyo nombre aparece de
nuevo, inexplicablemente, muy adentro de los llanos, en la frontera
con Brasil -, prosiguieron la marcha hacia Chiscas, Panqueba y
Espino, desde donde divisaron las primeras cumbres nevadas, y luego
hacia Güicán, donde se abre el camino que conduce a ellas.
Con Juan Quintero como guía, inició Codazzi su primer ascenso a la
región del hielo a través de extensas zonas yermas apenas cubiertas
de pobrísima vegetación, que debía servir de alimento al ganado,
sobre el cual pesaba siempre la amenaza de los cóndores y otras
aves rapaces. En las cercanías de las morrenas el frailejón
alcanzaba altura de árbol; las grietas del glaciar tenían entre
cuarenta y sesenta metros de profundidad, mientras que el espesor
normal de la capa de hielo parecía ser de unos treinta metros. La
parte superior del glaciar formaba una maraña de puntas,
carámbanos, salientes, pirámides, que ora reflejaban la luz, ora
proyectaban intensas sombras sobre los alrededores. La visión de
este fenómeno afectaba la vista de tal manera que, al proseguir la
marcha sobre la cresta de la montaña bañada en la luz cristalina,
los ojos eran acometidos por una especie de ceguera. Los caminantes
se hundían frecuentemente en la nieve hasta las rodillas. Los
perros de caza de Quintero avanzaban con mucha dificultad. Sin
embargo, por fin alcanzaron el punto prominente desde el cual
pudieron medir la altura de la cordillera desde su cima, que fue de
4.783 metros. A lo lejos, en la vertiente cordillerana, se
observaban los poblados tunebos de Royatá, Sinsiga, Covaría y
Ritambria, que se protegían, mediante una barrera mitad natural y
mitad artificial, contra la penetración de los españoles; es decir,
contra los blancos. "A las aldeas de los tunebos se tiene
acceso única y difícilmente por los llanos del Orinoco. Alguna que
otra vez visitan el mercado de Güicán, donde nos encontramos con
dos de ellos: uno era viejo, pero derecho y fuerte, oscuro el
color, con el cabello lacio y cortado en línea recta sobre la
frente, muy largo y suelto sobre los hombros y la espalda. Tenía
nariz afilada; escaso bigote y un mechón en la barbilla. El más
joven llevaba como única vestimenta una larga ruana de bayeta,
calzaba sandalias de cuero crudo y se cubría la cabeza con un
sombrero de palma trenzada". Después de visitar la andina
Laguna Verde, de la cual se decía que se habían sacado huevos de un
gigantesco animal desconocido, así como restos de mastodontes,
continuaron hacia Chita, melancólico, monótono y frío lugar rodeado
de páramos, a la vez que el poblado más alto de la cordillera del
Cocuy, desde donde se extiende la vista sobre el mar de hierbas de
la Orinoquia hasta tocar con el horizonte. De allí regresaron a
Soatá, a través de una extensa salina, y se encaminaron por la
ribera izquierda, río Chicamocha arriba, hasta llegar a Santa Rosa,
donde en la casa de Juan H. Solano se hallaba el aerolito de
setecientos kilogramos que antaño transportaran hasta allí
Boussingault y Rivero desde la colina de Tocavita. En Santa Rosa
empieza la región de Duitama, famosa desde la época de la
conquista, y a continuación de ella esperaban encontrar la región
de Iraca, conocida desde tiempos inmemoriales como asiento
principal de los tuncos. Tampoco aquí el pueblo del presente
guardaba memoria del lejano pasado. La mensura en este sitio fue
fácil, de modo que pudieron reanudar pronto la marcha, primeramente
hacia Leiva, lugar situado al pie de una escarpada vertiente de
montaña, desde donde había que levantar el valle del río
Sutamarchán, que se extiende hasta el páramo de Gachaneque y es una
región interesante por sus antigüedades, especialmente por las
piedras trabajadas que se encontraban en un punto denominado El
Infiernillo, a las cuales llamaban, lo mismo que a otros restos
arqueológicos, bloques o vigas del diablo. Desde Leiva cabalgó
Codazzi hacia Oiba, situada entre Socorro y Vélez, en el valle del
río Suárez, el curso de cuyas aguas no había sido, al parecer,
todavía exactamente determinado. Midió la totalidad de la vasta
cuenca fluvial hasta Moniquirá, donde desemboca el río Sutamarchán,
procedente de Leiva. La ciudad en sí, que por la época de su
fundación constituyera uno de los más importantes ámbitos de
asentamiento de los indígenas, no ofrecía ahora ningún atractivo y,
al igual que la hoy sepulcralmente silenciosa Tunja, tan alabada en
las viejas crónicas, no mostraba ni el más leve vestigio de las
antiguas maravillas.
Tan pobre como ellas era Turmequé, frecuentemente mencionada en los
textos históricos como avanzado baluarte de los tunzas contra los
chibchas. Aquí habían llegado a la vertiente fluvial del río Meta,
el río Upía, desaguadero de la laguna de Tota, que se ofrecía como
la más importante vía de comunicación con los llanos del Orinoco.
Codazzi siguió el cauce de estas aguas desde Garagoa hasta Maquivor
y reafirmó la expectativa formulada por Humboldt, y posteriormente
tantas veces reiterada, de que aquí alguna vez se formaría una
importante vía de comunicación. En Maquivor creyó reconocer el
antiguo centro misionero de Nuestra Señora de Salivas. Vuelto a
Garagoa, visitó la región de Guateque y Somondoco, afamada desde
tiempos inmemoriales por sus esmeraldas, pero donde, salvo algunas
viejas acequias para lavar las piedras preciosas de la arena y de
los escombros, y de unas cuantas y más recientes fracasadas minas
de oro, no se advertía huella alguna de la pasada grandeza. Si
quería informarse sobre la explotación de esmeraldas en la Nueva
Granada, la Comisión tendría que dirigirse a Muzo, el moderno lugar
de lavado de esmeraldas ubicado en las cabeceras del río Carare. De
ese sitio, en que otrora tuvieran su principal morada, los salvajes
indios muzos, jamás subyugados por los españoles, se habían
retirado a las selvas situadas en las riberas bajas de aquel
peligroso río, impenetrables para la civilización y los hombres
blancos, enemigos mortales de los indígenas. De éstos no había
quedado huella alguna. Muzo, que todavía en la época de Mutis era
una ciudad floreciente y con perspectivas de progreso, se hallaba
ahora en ruinas, en estado miserable y llena de la gentuza que
trabajaba en los lavaderos de esmeraldas, carentes éstos de toda
técnica, y no sólo en lo que se refería a los de Muzo, sino también
a los de Itoco, Coscuez, Sorque y Sorquito, desde hacía años
arrendados a particulares, ahora en manos de una compañía inglesa
que, bajo la dirección de John Fallon, realizaba actividades
bastante intensas, pero sobre cuyos resultados verdaderos no se
obtuvo información suficiente. Fallan se limitó a suministrar a
Codazzi algunos datos históricos y a enseñarle unos excelentes
ejemplares de los cristales en que estaban incrustadas las
preciosas piedras verdes. Por otro lado, el levantamiento
geocartográfico de la cuenca fluvial y de las altas estribaciones
cordilleranas que bajan hacia el valle del río Magdalena
compensaron con largueza la escueta información.
Sólo faltaba visitar un trayecto de la región montañosa
perteneciente al valle del río Magdalena en este sector: aquél del
río Negro que por un lado se extendía hasta Guaduas, estación
intermedia en el camino Honda-Bogotá, y por el otro hasta Pacho.
Mientras La Palma, localidad principal de la comarca, a la que
Codazzi llegó el 10 de mayo, no ofrecía nada esencial, en cambio
vio en Pacho un poblado con ubicación muy pintoresca y una avanzada
de la civilización, ya que en él se encontraba la única ferrería
que en la Nueva Granada ofrecía rendimientos de cierta
importancia.
De allí regresó en rápido galope a Bogotá, más pronto que en los
años anteriores, atendiendo a que la elaboración del material
obtenido exigía mucho tiempo, y a que las experiencias, apuntes,
estadísticas, cuadros y dibujos de los otros miembros de la
Comisión, que no siempre acompañaban a Codazzi, debían utilizarse e
integrarse dentro del conjunto del trabajo.
Con toda energía acometió Codazzi esa tarea. "El informe
preliminar terminado el 5 de septiembre de 1851 - según comunica el
secretario de Estado al Congreso - ya muestra lo que se ha logrado
realizar en dos años de trabajo. Ocho de nuestras provincias fueron
levantadas y dibujadas en planchas, con sus capitales - tanto de
distrito como de cantón - y otras plazas de importancia, con sus
límites y sus caminos. Se ha determinado el curso de 187 grandes
ríos y de más de 1.300 pequeñas pero apreciables corrientes de
agua. Se han registrado topográficamente las extensas cadenas de
montañas, como también los ejes de sus ramales cordilleranos y los
espolones de éstos; las altiplanicies, las mesetas y las
profundidades de los valles; las selvas y las llanuras; los lagos,
las lagunas y los pantanos; las praderas y las estepas. Los
trabajos ya concluidos abarcan las provincias de Ocaña, Pamplona,
Santander, Socorro, Soto, Tundama, Tunja y Vélez". Los
cuatro últimos mapas provinciales que entregó Codazzi iban
acompañados de cuatro tomos descriptivos, catorce cuadernos con los
itinerarios y once pormenorizadas descripciones de los
cantones.
Cuando Codazzi presentó el trabajo, Paredes ya no desempeñaba el
cargo de secretario de Estado, pues había sido enviado a Washington
como ministro residente, pero su sucesor, José María Plata, se
identificaba con el modo de sentir de quien lo precediera, al
expresar a Codazzi los agradecimientos del gobierno, cuando le
anunció su pronto ascenso al grado de coronel. Éste dependía de la
aprobación del Congreso, el cual la otorgó el 27 de marzo de 1852,
para dar "al meritorio oficial una prueba de estimación,
con la que fueron recibidos los primeros trabajos geográficos
efectuados en las provincias del norte. El gobierno debe efectuar
las consecuentes modificaciones del contrato del 20 de octubre de
1849 y aumentar los ingresos que recibe el coronel Codazzi, como
jefe de la Comisión Corográfica, hasta el valor que cubra los
gastos de transporte y alimentación. Las disposiciones sobre el
transporte y hospedaje de los militares en servicio activo también
deberán aplicarse a los miembros de dicha Comisión".
Como en los dos años precedentes, también en 1852 salió Codazzi en
los primeros días de enero. Esta vez el viaje tenía como meta el
corazón de la Nueva Granada: el vasto territorio montañoso de las
provincias de Antioquia, Cauca, Córdoba, Mariquita y Medellín. Una
vez efectuada satisfactoriamente la mensura, la parte más
importante de su tarea se habría cumplido, no obstante que dar
faltando la mitad de las provincias, entre ellas las que limitan
con el mar y que, por lo mismo, tenían más interés para el exterior
que para la Nueva Granada, que miraba decididamente hacia adentro.
Durante el nuevo recorrido, los bogotanos hubieron de actuar con
sumo cuidado, ya que en la mayoría de las ciudades por las que
debieron pasar el mando lo ejercían los más feroces opositores al
partido gobernante: los conservadores de la vieja guardia.
Codazzi empezó por aquella zona de la provincia de Mariquita,
antiguo lugar de residencia de Mutis, para lo cual lo apropiado era
salir de Ibagué hacia aquella maravillosa cadena de altas montañas
cuya más sobresaliente prominencia era el orgulloso cono nevado del
Tolima, al lado del cual se hallaban los glaciares del páramo del
Ruiz, de la Mesa de Herveo y muchas otras cimas nevadas.
"A quien sube la montaña lo acompaña durante cierto trecho
un denso verdor en las copas del follaje y en el suelo; pero pronto
la vegetación, si bien todavía multicolor, deja de componerse de
los mismos árboles, plantas y hierbas de abajo; a la altura de tres
mil metros los árboles se transforman en arbustos, todas las
plantas son más débiles y menos altas; un poco más arriba no hay
más que frailejón y algunas hierbas hasta los 4.200 metros, y de
ahí en adelante sólo muy pocas plantas trepan hasta el linde con la
nieve perpetua, que se encuentra a diferente altitud en cada
cumbre: en el Santa Isabel y el Quindío a 5.100 metros; en el Ruiz
a 4.845 metros. Entre los mantos de nieve de estos gigantes helados
se observan estrechas interrupciones de arena y pedazos de
traquita: antiguas morrenas de viejos glaciares.
|
|
| Zipaquirá
|
En el Ruiz, el espesor de la masa congelada es de dieciséis
metros; de diez en el Santa Isabel. Al borde del hielo, en la arena
se observan elevaciones en forma de ondas: indicio del flujo de
antiguos glaciares separados del núcleo fijo de la masa. Sobre la
arena mojada por la corriente de agua que la cruza, pernoctamos no
lejos del lugar donde otrora viviera Ruiz, "el
español", un sabio solitario. Nos acostamos debajo de una
carpa de caucho, sin poder prender una hoguera, por falta de
combustible. Durante la noche cayó un manto de nieve de medio pie
de espesor, que se congeló y al amanecer se compactó. Para llegar a
nuestro campamento, tuvimos que ascender arduamente. Durante una
hora soportamos una granizada, y al llegar arriba nos topamos con
una niebla de tal densidad, que los guías no encontraron los
mojones que marcan el camino. Allí no se daban ni truenos ni
descargas eléctricas. El silencio de estas frías soledades, la
ausencia de seres vivos, tanto de plantas como de animales, todo
ello unido confiere a estas cumbres de la cordillera un tono
melancólico, especialmente aquí, en un país tropical; parece como
si uno hubiera sido conducido al reino de la muerte. Nuestros
compañeros se refugiaron durante la noche en una cueva de la
vertiente rocosa, y del techo goteaba agua; a la mañana siguiente,
en todas partes colgaban cristalinos carámbanos y las oscuras
paredes de roca estaban llenas de salpicaduras de nieve. Cerca del
páramo de Herveo se halla la cumbre nevada de un volcán actualmente
inactivo, con forma de cono truncado y cuyas vertientes las cubre
totalmente un manto de arena que va del color azufre hasta el negro
o el ceniza, manto en el cual sobresalen duros bloques de traquita.
La boca del cráter es visible; de ella salió la piedra pómez que se
ha mezclado con la arena, y todavía las emanaciones tiñen de
amarillo la nieve de la cumbre. De la base del cono hacia abajo
empiezan los manantiales de aguas calientes que exhalan azufre, en
parte burbujeantes pero cuya temperatura no será nunca mayor de 64°
centígrados, mientras que el azufre sólo se evapora a partir de una
temperatura de 316° centígrados. Como era imposible avanzar sobre
los glaciares desgarrados por profundas grietas, tendí una base en
la superficie de la nieve recién caída, y seguidamente tomé los
ángulos de distancia y altura. Mientras realizaba este trabajo, a
mi espalda tenía el cráter, y ante mí se extendía el más imponente
panorama: a la izquierda, la Mesa de Herveo; enfrente, el páramo
del Ruiz; algo más lejos, las cumbres de Santa Isabel ocultando el
nevado del Quindío, pero no así la resplandeciente nieve del cono
del Tolima, sobre el cual se arqueaba un firmamento profundamente
azul".
Esta medición de una cordillera, la más extensa realizada hasta el
momento por Codazzi, duró casi un mes; y se efectuó en el mismo
lugar donde Caldas, hacía casi cuatro decenios, había buscado
refugio.
El 12 de febrero entraron en Manizales, donde Codazzi, por
solicitud del gobernador de la provincia de Córdoba, amojonó la
plaza de mercado, tras lo cual hubo de cumplir otro deseo del
gobernador, o sea explorar y determinar la mejor ruta para un
camino desde Rionegro, la capital de la provincia, hasta el río
Magdalena. Prestamente resolvió iniciar una excursión de dos meses,
cuya meta era la pequeña ciudad de Nechí, situada en la
desembocadura del río del mismo nombre en el Cauca. El viaje de ida
resultó especialmente difícil, ya que llevaba a través de las
cabeceras, o sea la cuenca superior de todos los ríos que,
procedentes de la altura cordillerana, bajaban al río Magdalena. El
regreso fue más fácil: a lo largo de los extensos valles de los
ríos Nechí y Porce, que se midieron con especial cuidado. El 24 de
abril se hallaba Codazzi de nuevo en Rionegro, y entregó al
gobernador no solamente el croquis de un mapa del cantón de
Salamina, que era de la mayor importancia para el trayecto entre
Sonsón y Honda, sino también un mapa de toda la provincia con la
indicación de las diferentes líneas de comunicación. A la vez le
manifestó que el viejo camino que terminaba cerca de Nechí era del
todo inutilizable y no cabía mejorarlo; de manera que había de
prescindirse de él y construir otra ruta que, cruzando el río
Guatapé, llegara a aquel puerto fluvial. Ulteriormente envió mapas
más exactos, con especificaciones pormenorizadas sobre los
diferentes trayectos del camino. En Medellín, punto principal de
todo este imponente mundo montañoso, el levantamiento
geocartográfico de Codazzi suscitó el más vivo interés, no
solamente en el gobierno sino también en círculos privados; por lo
tanto, en esta inteligente ciudad se le ofreció cuantiosa y
efectiva ayuda. "Durante mi trabajo corográfico de diez
años en Venezuela y de casi tres en la Nueva Granada, nunca había
encontrado tal conocimiento del país como aquí, donde las
observaciones geográficas anteriores, comparadas con las
operaciones mías, realizadas de modo rápido, coincidieron bien, de
manera que merecieron crédito. Los habitantes de esta región le
deben gratitud al ingeniero inglés Tyrrel Moore, no sólo por
haberles suministrado máquinas e instrumentos para la minería, sino
también, y especialmente, por sus empeños durante cuatro años para
elaborar un mapa exacto del país antioqueño, ya que determinó más
de doscientos puntos triangulares, cada uno con la aplicación de
veinte triángulos. Apenas llegué aquí, me visitó Moore, del cual ya
había oído hablar con mucha deferencia. Le pedí permitirme comparar
sus mapas con los míos, lo cual ocurrió en presencia de varias
personas entendidas, como el doctor William R. Tervis. Cuán grande
fue entonces mi sorpresa, y nuestra mutua satisfacción, cuando se
comprobó una exacta similitud entre sus trabajos y los míos. Moore
me dio su mapa de río Cauca arriba, desde Nechí hasta Valdivia, lo
que me eximió de recorrer este trayecto, tan aburrido como
peligroso para la salud, durante el levantamiento geocartográfico
del valle del río. Otro extranjero al que este país mucho le debe,
es el excelente y bien informado Karl S. de Greiff (38), de
nacionalidad sueca, a quien conocí hace muchos años. Él había
recorrido a pie esa gran porción de la cordillera, hasta entonces
desconocida, que separa las provincias del Cauca y del Chocó, para
encontrar un paso transitable, y lo mismo hizo en el ramal
cordillerano de Murindó. Los detalles obtenidos en esas excursiones
los consignó en un mapa, que obtuve gracias a su amabilidad y que
me será muy útil en mi próximo viaje. De él también recibí la
primera noticia acerca del muy lamentado investigador alemán
Degenhardt, en quien tan grandes esperanzas habían depositado el
mundo y la Nueva Granada" (39).
De Medellín bajó Codazzi, vía Amagá, al cañón del río Cauca, por
cuya orilla derecha prosiguió hasta cerca de Valdivia, para
continuar su viaje, al otro lado de la divisoria de aguas en la
cuenca del río Atrato, por el valle del río Sucio hasta Dabeiba. En
cercanías de este pueblo, de tan añejo nombre que recordaba aquel
otro de Eldorado, vivía un negro llamado Rafael Rivera, que le
había sido recomendado por De Greiff. Hombre activo y de mucha
influencia en su región, acababa de regresar de una expedición de
tres meses, en la cual, navegando por el río León, que nace al
norte del río Sucio, alcanzó el golfo de Urabá. Aportó a Codazzi
muchos datos acerca de la geografía regional, ya que durante
aquella navegación por aguas que cruzan los territorios de
diferentes grupos de indios salvajes, al parecer pertenecientes a
los esquivos citaraes, conoció muchas novedades.
Hacia el occidente los llevaron las investigaciones, iniciadas en
Dabeiba, acerca de ramales cordilleranos densamente cubiertos de
selva de montaña, hasta la fecha no hollados por europeos, pero que
varias veces se mencionan en las actas bogotanas relativas a
problemas fronterizos.
Cabalgando río arriba por la orilla izquierda del angosto valle del
río Cauca, llegó Codazzi a fines de junio a Antioquia, capital de
la provincia del mismo nombre, en la cual el gobernador Juan La
Rote había creado, con fecha 11 de mayo, una comisión local que
debería ayudar a Codazzi en sus trabajos. De ella formaban parte
Manuel del Corral, José María Martínez y Andrés Londoño, cuyos
numerosos y pormenorizados informes tan obligantes fueron para
Codazzi. El interés principal de esta retirada ciudad se dirigía a
la cuestión de la posible o imposible navegabilidad del río Cauca,
el cual durante cierto trayecto corre espumante por entre un
estrecho y profundo cañón, formando innumerables remolinos,
cascadas y vacíos, arrastrando consigo rocas y árboles gigantescos.
El informe de Codazzi, fechado el 4 de julio, desvaneció en los
antioqueños toda esperanza al respecto, ya que sin un amplio y
costosísimo sistema de esclusas era imposible lograr la tan ansiada
vía fluvial. Acaso después de transcurrido mucho tiempo, cuando
aquí habitara una densa y rica población, pudiese ser realizable
una obra de tal magnitud, haciendo posible la navegación de vapores
río arriba hasta Cali. Por lo pronto, no había que pensar en tal
cosa. De la misma manera opinó Codazzi acerca de una comunicación
por tierra que se sirviese de los caminos existentes. Simplemente,
la ciudad carecía de una situación geográfica aceptable para el
comercio interior. Tan sólo una perspectiva se ofrecía:
"Nuestro istmo atrae las miradas de todo el mundo
civilizado. Tanto Inglaterra como Estados Unidos piensan en un
canal interoceánico para el tráfico mundial (40). Cuando la Nueva
Granada aún padecía toda suerte de calamidades internas, las
grandes potencias comerciales creyeron conveniente la apertura de
una vía navegable, en lo cual debimos pensar nosotros durante
nuestras negociaciones sobre la deuda externa. La cesión de un
territorio para el canal nos hubiera ayudado. De todos modos, una
vez las naciones que dominan los mares se resuelvan a construir el
canal, dicha cesión será una realidad. Cuando exista este canal,
sea valiéndose del río Napipí o del río Arquía, los intereses de la
provincia de Antioquia estarán del otro lado de la cordillera, y su
gran arteria de comunicaciones tendrá que ser entonces el río
Atrato. Más de doscientas leguas cuadradas de su territorio
pertenecen al cantón de Antioquia. Aquí tres cuencas de antiguas
lagunas se escalonan hacia la llanura baja: una entre los ríos
Murrí y Mungó; otra, la más pequeña, la del río Amparadó; y la
mediana, del río Urrao. Todos estos territorios esperan la llegada
de trabajadores europeos, y parece que no está lejano el día en que
el canal atraiga colonos europeos - ya que aquí el clima es suave,
incluso frecuentemente fresco -, a esta región comunicada por vías
fluviales tanto con el Atrato como con el canal mismo, y con los
centros comerciales que surgirán rápidamente en sus riberas. Tal la
mirada al futuro. Empero, por lo pronto habrá que establecer un
camino mejor hacia Urrao, ya que el actual que lleva a Bebará, el
más cercano pueblo de la provincia del Chocó a orillas del río
Atrato, no es susceptible de mejoramiento. Un conocedor de estas
soledosas montañas me indicó otro camino que conduce al mismo
puerto fluvial; pasa por el Morro de Cocuyo y se puede conectar por
la otra vertiente con el camino de Medellín".
También en problemas de orden práctico, Codazzi no quiso omitir su
teoría de los antiguos lagos de agua dulce en las montañas, no
obstante que esta suposición no parecía acertada en el caso de las
regiones antioqueñas ricas en oro, ya que allí, al parecer por el
fuerte flujo de las corrientes, una vez los filones auríferos en el
fondo del mar se desintegraron, los depósitos del metal precioso
fueron arrastrados a sus actuales sitios, y allí los cubrieron
estratos más recientes, en los cuales las conchas y la conchuela
comprueban que el asentamiento de los depósitos se efectuó cuando
el mar todavía cubría estas regiones regresiva o
transgresivamente.
Desde Antioquia recomendó encarecidamente al gobernador de Medellín
la construcción de una calzada de Medellín a San Bartolomé vía
Amalfi, a la vera del río Magdalena, como también la de un camino
al pueblo de Barbosa, desde donde el Medellín, que más adelante
desemboca en el Porce, empieza a ser navegable.
Continuaron cabalgando en dirección al alto valle del río Cauca,
vía Titiribí, hacia Supía, centro de un dilatado distrito minero,
cuyo principal punto de explotación era el afamado Marmato. Aquí
estudió Codazzi el laboreo del oro, tanto en la práctica como en
las descripciones de Boussingault y en los tratados químicos de
Dufrénoy, que debía a la amabilidad de Acosta. Prosiguieron valle
del Cauca arriba hasta alcanzar a Cartago, la más deficiente y
menos importante capital de provincia, no obstante su tráfico
comercial, que había conocido Codazzi hasta la fecha. Desde aquí
emprendieron varias excursiones de levantamientos geocartográficos,
la última de las cuales, a través del paso del Quindío, los llevó a
Ibagué, de donde habían salido exactamente hacía seis meses, lo que
ahora aprovecharon para terminar el levantamiento, en dirección a
Honda, de la provincia de Mariquita, para lo cual se apoyaron en un
precedente mapa de Roulin.
Recién llegado a Bogotá, supo Codazzi que durante su ausencia se
había otorgado, el 1° de junio, privilegio para la construcción de
un canal interoceánico a un curioso personaje, Edward Cullen (41),
quien ya había representado a la Sociedad del Canal del Darién,
fundada provisionalmente en 1850 en Londres, y a cuya junta
directiva pertenecían, además de respetables banqueros, también
diplomáticos y funcionarios consulares neogranadinos. Este
irlandés, antiguo médico de la marina, aparecía ante muchos como
excepcional conocedor del istmo, mientras que Codazzi lo
consideraba un estafador. Después de extensas excursiones entre los
indígenas de Guayana y Venezuela y luego de una temporada en
California, llegó por primera vez en 1849, en compañía de
buscadores norteamericanos de oro, al golfo de San Miguel. Allí
conoció al escocés Andrew Hassock, quien, merced a sus negocios de
comercio y trueque, era hombre de confianza de los indios y le dio
oportunidad a Cullen de cruzar el istmo por caminos fuera de todo
control, de tal manera que cerca de Puerto Escocés pudo ver,
enfrente, el "otro" mar. A partir de este
acontecimiento, Cullen no cejó en su propósito de aparecer como un
gran descubridor. Inmediatamente, a principios del año 1850, empezó
a promover la idea en la Gaceta de Panamá y en periódicos de lengua
inglesa. A finales del mismo año, otra vez navegó desde el golfo de
San Miguel, dejándose llevar por la corriente. Después intentó
cruzar el paso de Paya y, en julio de 1851, se aventuró hasta
Lorica en aguas del río Sinú. Esta insólita carrera había llamado
la atención, desde cuando publicara en Londres un libro que
relacionaba diversos hechos de la región del Darién. Basándose en
este relato, se le había dado curso, el 15 de marzo de 1852, al
proyecto definitivo de una gran sociedad londinense, a cuya cabeza
se pusieron sir Charles Fox, John Henderson y Thomas Brassey y que
intentó recoger un capital de quince millones de libras esterlinas,
y envió prontamente al Darién a los ingenieros Lionel Gisborne y
Henry C. Forde, quienes llegaron el 1° de mayo a Cartagena, para
allí esperar a Cullen.
|
|
| Ambalema/Río Magdalena
|
Patrick Wilson, influyente cabeza de la colonia inglesa en
Bogotá, miembro de la casa londinense Powles, Illingworth and
Wilson, se asoció a la empresa, no obstante que Codazzi intentó
disuadirlo. Este se había enterado con sorpresa que Cullen había
obtenido en Bogotá acceso a fuentes informativas sobre antiguas
investigaciones referentes al istmo. Ya el 4 de junio había partido
de Bogotá aquel hombre infatigable y, al no encontrar en Cartagena
a los ingenieros londinenses, alquiló una embarcación de cabotaje a
fin de seguirlos. Sin embargo, Gisborne y Forde sólo se habían
quedado dos días en la bahía de Caledonia, para proseguir
inmediatamente a Panamá vía Aspinwall, y desde allí navegar con
rumbo a la bahía de San Miguel. En estas aguas efectuaron sondeos,
tras lo cual remontaron los ríos Sabana y Lara, hablaron con Andrew
Hassock, penetraron algunas millas tierra adentro, y ya el 12 de
julio habían anclado otra vez su barquito cerca de Panamá,
cansados, agotadas sus fuerzas y sin haber obtenido ningún
resultado verdaderamente práctico. Ocho días después llegó allí
Cullen. Desilusionado, afirmó que los ingenieros se desentendían de
la ruta por él propuesta, faltando así a su deber. Intervino el
cónsul inglés, se formularon reclamaciones y contrarreclamaciones,
y a la postre no se logró zanjar la disputa.
Codazzi, no obstante su antipatía hacia Cullen, estudió con
desagrado, a fines de septiembre, el informe que sobre aquellos
sucesos había redactado el gobernador de Panamá, para concluir que
se había venido abajo la expectativa que se forjara el país. Sus
conceptos contrarios a la validez de la fama de que Cullen se había
hecho rodear ganaron terreno, a pesar de las actuaciones
adelantadas contra Codazzi por John Vincent, agente de Cullen, y
Patrick Wilson, representante de la compañía londinense.
En aquella época frecuentaba la casa de Codazzi un interesante
norteamericano, Isaac F. Holton (42), profesor de ciencias
naturales en el Middleburg College y especializado en botánica.
Estaba recogiendo datos para la relación de su viaje, y de Codazzi
recibió algunos mapas, los folletines de Ancízar y las
descripciones de los indígenas de la región de Antioquia, de las
cuales era autor Karl C. de Greiff.
Cuenta Holton que en Bogotá no visitaba casa con mayor agrado que
la del coronel Codazzi. "Encontraba en la sala a las hijas
menores ocupadas en labores de aguja. La comida era muy sobria,
pero si hallaba a la familia todavía sentada a la mesa, no tenía
fuerza para rechazar su invitación a quedarme a comer. Codazzi,
como jefe de la Comisión Corográfica, ha soportado increíbles
fatigas, y si continúa trabajando como hasta la fecha, en pocos
años no habrá rincón alguno del país que no haya visitado. Ahora
precisamente acaba de regresar de la provincia de Antioquia. Es muy
entusiasta, de valor a toda prueba y, según pienso, fidelísimo
amigo. En su empresa, ha contado con compañeros capaces. Aunque no
le era fácil encontrarlos, el gobierno se esmeró en
proporcionárselos. Los miembros de la Comisión midieron longitudes,
latitudes y alturas, y realizaron numerosas observaciones. Todo
ello ha sido un trabajo duro, pero el éxito y los honores están a
la vista, ya que hasta la fecha no existe ningún buen mapa de la
Nueva Granada. Para mi dibujo utilicé en lo posible la nueva
plancha del coronel Codazzi con las rutas del correo. En mi mapa he
incluido veinticuatro lugares de las provincias del norte, y unos
diez de Antioquia, según las mediciones de la Comisión Corográfica,
de cuya exactitud es garantía el nombre de Codazzi".
Durante su visita a la Nueva Granada y mientras Ancízar estuvo
ausente, Holton encontró en Triana excelente consejero. "A
él me dirigí en lo que respecta a todos los problemas de ciencias
naturales. Pensaba que le llevaría gran ventaja en conocimientos
científicos; sin embargo, me enseñó muchos pormenores,
especialmente botánicos". En aquel entonces Triana acababa
de publicar su primer escrito, o sea la parte inicial de una visión
general de las plantas útiles de su tierra natal, entre las cuales
se encontraban el bejuco de agua, el árbol de la quina, las palmas
de tagua y cera, las miricáceas y otras plantas. Había avanzado
rápidamente en sus estudios, especialmente con la ayuda de los
escritos que le había proporcionado el señor Schlim, y las
constantes y provechosas relaciones con Hermann Karsten, el
botánico y geognosta alemán, quien, una vez concluidas sus
investigaciones en Venezuela, había escogido a Bogotá como centro
de sus estudios sobre la naturaleza neogranadina.
También Mosquera se hallaba presente en Bogotá, aunque tan sólo
personificado por un libro: una visión general de la Nueva Granada,
para la cual aprovechó a su modo toda información obtenible, así
como sus propios conocimientos que sobre el país tenía en materia
de geografía, física, botánica, geología, hidrografía, etnología y
política. La obra, dedicada a la Sociedad Geográfica Americana,
contenía cosas acertadas y dignas de saberse y encontró en Codazzi,
quien había llegado a justipreciar cada vez más a Mosquera, el
merecido reconocimiento, pero no pudo sacar de este libro un
verdadero provecho, como tampoco del que publicara al mismo tiempo
A. B. Cuervo. Le pareció importante sí que en esta obra las
provincias se agrupasen en ocho secciones: Istmo, Magdalena,
Litoral, Cauca, Antioquia, Cundinamarca, Boyacá y Guamentá.
Por disposición del Congreso expedida el 27 de marzo de 1852, se
firmó el 22 de diciembre un nuevo contrato con el gobierno, según
el cual el sueldo anual de Codazzi se aumentó a 4.800 pesos, se
limitó su responsabilidad por pérdida y daños de los instrumentos,
y se dieron instrucciones sobre el pago del sueldo en caso de
enfermedad. Este progreso satisfizo al hombre modesto, que a la vez
esperaba disponer ahora de tiempo y tranquilidad para elaborar sus
materiales.
La muerte repentina de Joaquín Acosta lo afectó honda y
tristemente, más cuando sabía que dejaba muchos trabajos
científicos inconclusos. Por ello, en vista de sus años, decidió
tener de ahora en adelante mayor consideración para con los suyos.
Pensaba, en primer lugar, dibujar y escribir sin prisa pero sin
pausa, a la vez que ordenar los tesoros enormemente abundantes,
reservar tiempo para madurar los problemas geológicos y geodésicos
y poco a poco alistar para su publicación lo ya reunido. Esta
intención no se realizó. A principios del año 1853 Codazzi fue
separado de sus estudios.
Por aquel entonces llegaron importantes noticias a Bogotá que
exigieron atención inmediata. Se referían a unos proyectos de canal
interoceánico que hasta hacía poco habían sido considerados de
escasa trascendencia, pero que Codazzi había visto con especial
interés.
En la edición de 1849 de sus Cuadros de la naturaleza, Humboldt
recordó nuevamente aquella información, teóricamente tan atractiva,
que había recibido hacía muchos años, acerca del arrastradero para
canoas entre las aguas del río Atrato y las del San Juan. Pronto
esta reminiscencia provocó cierta agitación, y no sólo ocasionó que
en Bogotá, el 18 de junio de 1851, Ricardo de la Parra y Benjamín
Blagge obtuvieran privilegio oficial para la construcción de un
canal, a través de la provincia del Chocó, sino que también se
conoció en Nueva York, desde donde se dirigían los trabajos del
ferrocarril entre Aspinwall y Panamá, que avanzaban activamente, y
desde donde, así mismo, estaban puestas las miradas cada vez más
persistentemente en el sur. En la gran metrópoli norteamericana
bastaba que un hombre emprendedor, Frederick M. Kelley (43),
quisiera hacer investigar más detalladamente las informaciones de
Humboldt, para que por su cuenta viajara, a principios de 1852,
William Kennish, primeramente al valle del río Atrato, luego al
Chocó y finalmente al Darién. De este primer viaje exploratorio de
los neoyorquinos, que terminó en junio del mismo año y que tuvo
como finalidad orientarse y reconocer el terreno, nada se supo
durante largo tiempo allá arriba, en las montañas de Cundinamarca,
como tampoco sobre otros dos viajes posteriores que también hizo
realizar Kelley. Pero pronto llegó allá un inquietante mensaje
enviado el 11 de diciembre de 1852 por el gobernador de la
provincia del Chocó, Nicomedes Conto, según el cual a mediados del
año habían llegado a Quibdó tres norteamericanos, legítimos
yanquis, que efectuaron investigaciones de diferente tipo. Habían
viajado de Cartagena a Turbo, y aquí, acompañados por Miguel
Porras, habían empezado, a principios de junio, las mediciones. No
sólo navegaron por el Atrato sino también por las desembocaduras de
los ríos Napipí, Opogodó y Bojayá. Después dos de los viajeros,
utilizando el río Pató, cruzaron la divisoria de aguas hacia el Mar
del Sur, y siguieron por el río Baudó hasta el océano Pacífico,
para luego regresar a Quibdó por los ríos Tepé, Surucó, Santa
Mónica y San Pablo. Allí los forasteros se despidieron, para cruzar
nuevamente la divisoria de las vertientes de montaña hacia el Mar
del Sur, y navegaron por el río San Juan en toda su extensión,
hasta su desembocadura en el delta del Charambirá. El 3 de
septiembre despidieron en Puerto de Guineo a los cargueros y los
bogas. Agregaba el gobernador que los forasteros habían prometido
regresar a Quibdó, para continuar sus investigaciones en el bajo
Atrato, pero que desgraciadamente esto no sucedió. Ni el curso del
río Bojayá, ni el del Napipí, ni el del Cacarica, especialmente
recomendado por el padre Ochoa, ni tampoco la región de Arquía
fueron explorados por ellos. Calificaron de bueno el mapa que del
valle del Atrato había elaborado Joaquín Acosta, mientras a otro de
las regiones de Baudó y San Juan lo consideraron malo. A los
norteamericanos les pareció - según sus propias declaraciones o las
de sus acompañantes, que regresaron más tarde - que todos los pasos
en el interior del Chocó, lo mismo que los arrastraderos de canoas,
eran inservibles para la construcción de vías de comunicación
acuáticas interoceánicas.
No obstante su contenido poco agradable, esta información pesaba,
ya que en Bogotá se sabía que el jefe de la expedición era nada
menos que John C. Trautwine (44), de Filadelfia, cuyos conceptos
había que considerar válidos, por la amplia experiencia adquirida
durante los trabajos en el canal del Dique y en el ferrocarril de
Panamá. Además, lo acompañaban personas capaces, como Henry Mc.
Cann y Mina B. Halstedt.
En estas circunstancias, Codazzi tenía que seguir cuanto antes las
huellas de los norteamericanos. La tarea encuadraba perfectamente
en el plan de trabajo de sus levantamientos geocartográficos, ya
que su campo de acción en los valles del Magdalena, del Cauca y del
Atrato se conectaba con la red de las mediciones anteriores. Fue
así como se dirigió, rápidamente y por primera vez, hacia la costa
neogranadina.
A bordo del vapor Vencedor, Codazzi completó algunos puntos que aún
le faltaba determinar en el curso del río Magdalena, antes de
arribar felizmente al puerto marítimo de Barranquilla, el cual, en
comparación con su estado en 1826, mostraba considerable progreso y
ya había sustituido a Santa Marta como principal plaza comercial de
las riberas del Magdalena. Alquiló en Barranquilla un pequeño barco
de cabotaje y navegó, después de haber observado el delta del río,
hacia la bahía de Urabá, cuya orilla pisó el 1° de febrero de 1853
en Turbo, donde le llegaron los ecos de aquella misma soledad y
desesperación de la época de la guerra de independencia. Al
recordar sus antiguas andanzas de aventurero, movía con
incredulidad la cabeza pensando en que nunca hubiera podido suponer
entonces que alguna vez cruzaría de nuevo, como geógrafo, la misma
corriente que en esos días le pareciera tan espantosa y que ahora
apenas consideraba incómoda por la terquedad de los bogas. Codazzi
opinó que el Atrato era más apropiado para la navegación en buques
de vapor que el Magdalena, ya que no tenía tantos ni permanentes
bajos, gracias a la alta precipitación en toda su hoya de
captación, lo cual garantizaba siempre un nivel de agua
suficientemente alto.
Como punto de salida de la primera excursión en canoa, se escogió
Tebada, villorrio situado en la desembocadura del río Murrí en el
Atrato. Aquí se dejó la mayor parte de los instrumentos para,
aligerados de equipaje, poder investigar los afluentes del Atrato
en su orilla izquierda, comenzando por el Napipí, que era por
entonces el más atrayente desde el punto de vista de una
comunicación fluvial entre los territorios de los océanos Atlántico
y Pacífico, en parte por las recomendaciones de Humboldt - lo que
dio lugar a que este proyecto se llamara la línea de Humboldt - y
en parte por el informe que el corsario John Illingworth, como jefe
de la corbeta Rosa de los Andes, rindiera sobre una excursión desde
la bahía de Cupica hasta Antadó, atracadero en el río Napipí,
durante la lucha contra los españoles. Con tal documento en la mano
remontó Codazzi dicho río, hasta alcanzar el punto indicado por
Illingworth, desde el cual exploró la cordillera, pero no encontró
ningún lugar apto para la construcción de un canal. Al expresar su
concepto del todo desfavorable a este inhóspito territorio, opinó:
"Si se quisiera establecer, por medio del Napipí, una
comunicación acuática suficiente para barcos mayores, sería
necesario recortar o perforar considerables alturas; es decir, una
vía de más de siete leguas exigiría de todos modos romper la
entraña de la cordillera. El canal necesitaría varias esclusas, así
como una flotilla de botes de vapor para el servicio regular de
remolque, no sólo en el trayecto del canal, sino a lo largo de toda
la ruta entre el golfo de Urabá y la bahía de Cupica, cuyo puerto
protegido es, por lo demás, bastante pequeño". Con esto
también se contestaba la pregunta de si otros ríos afluentes del
Atrato y vecinos del Napipí, como el Bojayá o el Opogodó, podrían
utilizarse para la construcción de una vía de esta índole. En tales
circunstancias, Codazzi resolvió navegar aún más aguas abajo del
Atrato hasta el río Truandó, cuya comunicación con el río Juradó
varias veces habían destacado publicaciones europeas, y penetró
resueltamente en el curso de este último, hasta cuando un accidente
lo hizo perder sus pocos instrumentos, por lo que hubo de regresar
a Tebada.
|
|
| Nevados del Tolima, Quindió, Santa Isabel y Ruiz.
|
Durante estas investigaciones, indígenas que se llamaban a sí
mismos cunas, enseñaron a Codazzi algo referente a la navegación
interfluvial. "En sus livianas canoas y balsas se
movilizan velozmente y realizan extensos viajes. Habitan al norte,
hasta el piedemonte de la serranía del Darién. Allí el río Tarena
constituye el límite de sus comunicaciones; sin embargo, cruzan por
varias sendas la cumbre de la serranía y con la ayuda, por ejemplo,
de los ríos Cacarica y Arquía llegan a las aguas del Paya y del
Tuira, por cuyas corrientes prosiguen hasta el golfo de San Miguel,
donde efectúan con los marinos de Panamá negocios de trueque. Parte
de su pueblo vive también en la propia costa del Mar del Sur, por
ejemplo en Juradó, desde donde, navegando por el río Truandó, se
reencuentra con sus semejantes que moran a orillas del Atrato. En
la bahía de Cupica vive entre ellos un solo
criollo".
Desde Tebada navegó Codazzi hasta Quibdó, donde se informó de
labios del gobernador Conto, lo más exactamente posible, respecto
de las vías usadas por Trautwine.
Acerca de la provincia del Chocó, cuya capital era el poco habitado
Quibdó, localidad que conociera Codazzi en su primer viaje a la
Nueva Granada, se tenía en Bogotá apenas una vaga idea. Codazzi, no
obstante, poseía un documento en que se describía la provincia,
fechado el 29 de septiembre de 1801 en Ibagué y encontrado entre
los papeles de Humboldt. Inicialmente su centro era Nóvita, en la
región del Pacífico, al cual se agregaron: al sur Atatamá, con la
avanzada de Chame; y al norte Citará, con la avanzada de Quibdó. Ya
en dicho informe se aseveraba la existencia, en territorio
chocoano, de lugares como los buscados por Trautwine: un punto
donde el viajero podía con la mano derecha tomar agua que corría al
océano Atlántico, y con la izquierda agua que corría al Pacífico.
Codazzi tenía que explorar ahora esta línea divisoria entre la
cuenca del Atrato y el río Quito, por un lado, y el río Baudó y el
San Juan, por el otro. Allá inspeccionó especialmente los pasos de
los ríos Suruco y Pató, y acá los de los ríos Tadó y San Pablo. En
el último lugar, tan renombrado desde los tiempos de Humboldt,
escribió Codazzi, desilusionado pero con toda franqueza, que no
existía ni la más remota perspectiva para un canal interoceánico
por estas tierras, al menos para embarcaciones de alto bordo,
aunque fuesen pequeñas: En el mejor de los casos, podía lograrse un
paso para vapores de poco calado y mínimo tonelaje, pero también
esta vía sólo era posible con costos excesivamente altos para traer
el agua que debía alimentar el canal.
"Tal comunicación fluvial de la región es ahora, y lo será
por muchos años, totalmente innecesaria, aun con miras a un rápido
desenvolvimiento del comercio, la agricultura y la minería,
mientras nuestra población de las riberas del San Juan pueda llegar
por este río hasta Buenaventura y Panamá y los vecinos del Atrato
dispongan de su curso para alcanzar el golfo de Urabá y desde allí
a Cartagena o a la estación terminal del ferrocarril de
Panamá".
Desde la mencionada San Pablo, solitaria población de pocos
habitantes situada en el istmo del mismo nombre, entre las cuencas
de los ríos Atrato y San Juan, Codazzi prosiguió su viaje,
descendiendo por las aguas de este último. El 10 de marzo de 1853
abandonó su canoa a orillas del río Tamaná, en el atracadero de la
localidad de Nóvita, la titulada ciudad capital de la provincia de
Chocó, cuyas numerosas viviendas, techadas únicamente con palmas y
levantadas sobre estacas por la humedad del suelo, eran habitadas
por toda clase de animales y carentes de comodidades domésticas.
Desde allí escribe Codazzi, el 22 de marzo de 1853, al gobernador
de la provincia: "Han pasado treinta y dos años desde
cuando, en cumplimiento de órdenes militares, viajé por estas
regiones. Observo ahora cierto aumento de la población en las
orillas de los ríos, por aquel tiempo todavía inhabitadas, con
integrantes de la raza africana, a la vez que una disminución de
los antiguos lugares poblados. Nóvita ya no es lo que fue en 1820,
y Quibdó permanece en la misma situación de entonces. Aquí unos
incendios trajeron desolación; allá la afectaron la emigración o la
muerte de unos solitarios mazamorreros de oro. El logro de la
modernización y el progreso nos exige una vigilante y consciente
actitud ante el trabajo. Esto no existe aquí, en perjuicio de la
nación y del aprovechamiento de los recursos naturales. Mientras la
naturaleza le proporcione el necesario sustento, el hombre puede
vivir desnudo y frugalmente. Si está falto de dinero, mazamorrea en
cualquier playa el oro que estime necesario, compra lo deseado y se
va de cacería, en tanto la mujer coge la canoa y se va de comadreo.
Aquellos que se creen libres, son en verdad esclavos de sus
minúsculas necesidades vitales. Posiblemente los pocos blancos que
viven en Quibdó y Nóvita - no existen otros pueblos aquí - no
encuentran quien les ayude, cuando el rigor del clima los obliga a
solicitar el concurso de los negros para el trabajo agrícola o
minero. El Chocó es un país de minería, pero la riqueza no se
explota como es debido. Falta el noble afán de adquirir fortuna por
medio del trabajo, lo cual hace posible el goce de la vida, la
educación de los hijos y un futuro seguro. ¡Sin el trabajo no es
posible la prosperidad! En Venezuela, donde rige una constitución
mucho más liberal que la nuestra, el ciudadano está obligado a
trabajar, y en caso de negarse se le castiga, porque se ha
comprendido que, con una pereza generalizada, tanto el progreso
nacional como las relaciones con el exterior se paralizarían. ¡Cómo
podría subsistir la Nueva Granada y costear las mínimas necesidades
estatales, si en todo el país el pueblo fuera tan perezoso como
aquí, en la provincia del Chocó! Cabe esperar el favor de un
cambio, cuando una vía navegable corte el istmo y conduzca, por
ejemplo, desde la .bahía de Caledonia hasta el río Sabana. Entonces
los indígenas se convertirán en buenos trabajadores y los negros
del Chocó y del Baudó dejarán su pereza; los antioqueños bajarán de
sus montañas a buscar nuevos caminos para el comercio, a catear y a
encontrar nuevos depósitos de minerales; los extranjeros les
seguirán, y una nueva era comenzará. ¿Pero cuándo sucederá esto?
¿Cuándo se cumplirán tales esperanzas?".
Desde Nóvita llegó Codazzi, a través de un arrastradero para canoas
entre los ríos Suruco y Pepé, al pueblito de Baudó, situado
enfrente de la desembocadura del último río mencionado. Aquí se
enteró, por boca del francés Antoine Posso, en cuya casa se habían
hospedado, de mucho de lo que relataban los norteamericanos, cuyos
conceptos sobre el problema del canal interfluvial e interior no
pudo menos que aprobar. Vivía este francés como un ermitaño en
medio de los bondadosos indios chocoes y de los pérfidos congéneres
de la raza negra, o sea los mulatos, que representaban claramente
la degeneración de la población costanera.
En Baudó renovó la embarcación y la tripulación, a fin de viajar
por vía marítima a Buenaventura, no para medir las costas - lo que
ya, para el almirantazgo británico, había realizado en 1849 Henry
Kellet, quien desde Londres enviara a Bogotá copias de los mapas
que había terminado - sino más bien para ahorrar gastos a la
expedición, la cual se había desviado del plan inicial y amenazaba
volverse muy costosa. La travesía hasta Buenaventura se cumplió sin
mayores contratiempos, pero su continuación se complicó y se
prolongó por casi un mes, sin considerar la demora en la alta y
escarpada isla de Gorgona, ni la visita al pueblito de Iscuandé. La
tripulación y los sirvientes de Codazzi enfermaron. Por fin, el 2
de mayo, arribó la embarcación al puerto de Tumaco. Aquí
sucumbieron dos de los acompañantes de Codazzi, y la mayoría de los
restantes no pudieron continuar por agotamiento. Su jefe prosiguió
solo hasta la laguna de Chimbuza, para desde allí penetrar en el
bajo y selvático delta del río Patía, pantanoso y malsano. Aquí la
costa de la provincia de Barbacoas se mostraba como la más singular
entre las fronteras marítimas de la Nueva Granada: una extensa
tierra aluvial, en la cual, aquí y allá, todavía alcanzaban a
sobresalir las cumbres de una cordillera hundida. Aquí, a un mismo
tiempo, la arena del mar y la rocalla de los Andes habían obstruido
las desembocaduras de los ríos. Numerosas formaciones de dunas
desnudas daban asiento a pobres, y tan desnudos como ellas,
navegantes y pescadores. No lejos de sus viviendas lacustres se
observaban esporádicos cultivos de coca y de frutas, en medio de
una impenetrable espesura de mangle, bajo la cual fermentaba el
agua lodosa.
En Barbacoas, el pueblo principal de la provincia, protegido por
algunas lomas de las emanaciones del suelo y la vegetación
pantanosos, se reencontró el grupo expedicionario de Codazzi, para
continuar la marcha por el único camino que comunica la costa con
la altiplanicie de Túquerres, y por el cual inclusive los
conocedores de la región sólo pueden viajar a las espaldas de un
indígena. Inicialmente se encaminaron a Mallana, pueblito adyacente
a la gigantesca montaña del mismo nombre, que es conocido por sus
agrestes alrededores, sus afiladas agujas rocosas y sus pirámides
de piedra pintadas, restos de lo que fuera la prolongación de una
cresta de montaña. "Con el ascenso aumenta rápidamente el
frío; la vegetación disminuye, la densa niebla impide la visión y
el viento anuncia que hemos llegado a una vasta altiplanicie, la de
mayor altura en la Nueva Granada: aquella en la cual están
enraizados los colosales volcanes de Azufral, Cumbal y
Chiles". Codazzi, quien no encontró en Túquerres un cielo
del todo despejado, hubo de pensar, a cada paso, en las palabras de
Humboldt, de que aquí se encontraba el Tíbet de la América del Sur.
Lo que más lamentó fue no lograr ver desde ninguna parte la
orgullosa y sobresaliente cabeza del Cayambe. Después de aprovechar
unos claros en el cielo cubierto de nubes, para formarse una visión
de conjunto, continuó el viaje. Encontró raros manantiales, algunos
de agua mineral, otros de ríos que más adelante crecen con fuerza,
como el Sapuyes. Prosiguió con rumbo al sur, hacia Ipiales, poblado
pintorescamente ubicado al pie de los volcanes Cumbal y Chiles,
donde lo favoreció la suerte. Pudo aquí determinar exactamente la
situación del volcán Chiles, punto limítrofe de la mayor
importancia en la frontera con el Ecuador. Otro tanto hizo con las
fuentes del fronterizo río San Juan, durante una excursión a
Mayasquer, y posteriormente con las del río Carchí. Visitó el
puente natural de Rumichaca - que figura equivocadamente, en
antiguos libros quiteños de historia, como una construcción
maravillosa de los incas -, tras lo cual siguió, con grandes
esfuerzos, el curso del río de ese nombre, que más adelante
desemboca en el Patía, en varias partes de cuyo curso enormes rocas
caídas sobre él se constituyen en puentes. Durante este trabajo,
visitó también el más afamado lugar de romería de esta región tan
supersticiosa: la capilla de la Gran Laja, edificada en el sitio
donde se encontró un cuadro de la Madre de Dios pintado en la
piedra, a la cual acuden, desde tiempos inmemoriales, peregrinos de
Perú y Quito, como también del Chocó y Popayán. La próxima estación
era Pasto, donde se reunió nuevamente con sus compañeros, aunque
con ciertas dificultades, aumentadas por el comportamiento de la
población local. Consideraba Codazzi a los pastusos, los últimos
defensores del dominio español, muy peligrosos: "Carecen
de todo conocimiento y se inclinan a la superstición. Son
fanáticos, como pueden serlo sólo los pueblos de las montañas que
viven solitarios y nada saben de las obligaciones ciudadanas y
cristianas. Por causa de su índole salvaje, son proclives a seguir
cualquier incitación a la violencia, lo cual puede tornarse
peligroso, por su conocimiento de todos los caminos y pasos en la
montaña rocosa, por los bastiones montañosos casi inexpugnables y
por la siempre segura ayuda de los vecinos a lo largo y ancho de la
región. Si en Pasto están acantonadas las tropas, hay comercio y
dinero; si ellas faltan, entonces se paraliza el tráfico, bajan los
precios de todos los productos, no existe ningún mercado. ¡La
guerra civil llevó a Pasto, aunque parezca paradójico, el bienestar
y el progreso!".
|
|
| Manglares (Tumaco)
|
Al afamado volcán que domina tanto la ciudad como toda la
cordillera, profundamente desgarrada por los impetuosos ríos
Guáitara y Juanambú, lo describió pormenorizadamente Boussingault
en el año 1831, de manera que no parecían necesarios más trabajos.
La expedición bajó rápidamente al valle del río Patía, y pronto
cruzó el río Mayo, en el cual se veía, de acuerdo con una antigua
tradición, la frontera septentrional del imperio incaico. No
obstante, según indicaciones lingüísticas y de otra naturaleza,
debió de extenderse más allá. A partir de Mercaderes, retomaron las
formidables vertientes de la cordillera Central para alcanzar a
Almaguer. Desde allí fijó cartográficamente, en la medida que un
viaje de ocho días lo permitía, esta tierra agreste pero ricamente
distribuida, hasta la altura del volcán de Sotará y las fuentes del
río Cauca, con base en posiciones principales exactamente
determinadas.
El 3 de julio se encontraba Codazzi en el pueblo natal de Caldas,
cuyo triste destino tocó tan vivamente su alma cuando pasaba la
noche en Paisbamba, que resolvió dar a la gran cordillera
occidental de la Nueva Granada el nombre de Caldas. En Popayán hubo
de permanecer por más tiempo, especialmente para determinar la
altura del Puracé, lo que llevó a cabo en el mismo lugar donde
hacía cerca de veinte años realizara Boussingault sus
observaciones. El trabajo se efectuó, entonces como ahora, en medio
de los peligros de una violenta borrasca que tumbaba incluso a los
mismos indios habitantes de los páramos, acostumbrados desde
jóvenes a escalar las montañas. "El suelo ardía bajo
nuestros pies. Sentimos un ruido subterráneo, como de agua
hirviendo, y el vapor emergió de las grietas de la tierra. Mis
instrumentos peligraban, por lo cual bajé sin haber visto el cráter
propiamente dicho, y que en la actualidad se halla inactivo. A las
tres de la tarde y desde lugar seguro, pude medir un sector de la
cima nevada, tras lo cual exploré los azufrales, las fuentes
termales de la montaña y las profundidades de los valles
adyacentes, como también los estratos de las rocas
aflorantes".
Otra excursión los llevó a Guayas, en la cordillera Occidental,
desde donde se apreciaba toda la provincia de Popayán como sobre un
mapa. "Subí a esta cumbre para saber por dónde se debía
construir un camino desde la capital de la provincia hasta la costa
del mar Pacífico. La base para las mediciones de los valles a mis
pies se había preparado la víspera por la tarde, y antes que
saliera el sol me encontraba ya listo. Sin embargo, abajo y hasta
la altura de las cumbres por medir había una densa niebla, mientras
por el otro lado, cara al sol, todo era claro y despejado. En el
momento en que el sol aparecía por encima de la cumbre del Puracé,
vi de repente ante mí, sobre la niebla, mi sombra en dimensiones
gigantescas, la cabeza rodeada por una aureola de luz, en cuyo
borde brillaban los colores del arco iris. Este raro, pero
fácilmente explicable fenómeno, se llama en los alrededores de
Quito el círculo de Ulloa, y duró casi una hora. Mi imagen siguió
todos mis movimientos, y desapareció tan pronto como la niebla se
disolvió, volviéndose blanca, elevándose y desvaneciéndose. Ante mí
se abrió el panorama de los profundos valles y sus bordes
montañosos. Los vapores de agua, borbotando hacia la ya alta región
de la niebla, dejaban más y más al descubierto el paisaje, el cual,
hasta llegar al mar Pacífico, estaba formado por oscuras selvas, y
luego se fusionaba en colores claros con el horizonte del océano.
Sólo un punto oscuro era visible: la isla de Gorgona. De las
bifurcaciones de las montañas que se perdían en las selvas de las
llanuras, impenetrables a la vista, se veían claramente las crestas
y picachos. Majestuosamente se elevaban las cumbres del Naya, del
Napí y del Timbiquí, y algo más lejos las cúpulas pulidas y
desnudas del Guachito, del San Juan y del Guapi, mientras que en
dirección opuesta se dejaban ver, densamente cubiertos por selva de
montaña, los picos Dujuandó, Munchique y Mechengue.
"El sol ya estaba muy alto en el limpio y diáfano cielo;
sus rayos alumbraban la tierra libre de niebla y bruma. A mis pies
estaba la históricamente memorable Cuchilla de Tambo, que dividía
las aguas de los dos océanos. Popayán se destacaba claramente en
medio de las faldas de las colinas y del verde de los pastos, con
sus fincas y cultivos. También se veía claramente, casi hasta
Quilichao, el cauce del río Cauca, y claramente también la campiña
del valle hasta las alturas azuladas de Chapa y Teta, además de las
formas gigantescas de la cordillera: el volcán de Puracé, muy por
encima de la altiplanicie esteparia de Guanacas y de las singulares
cumbres del páramo de Moras. La cresta de la cadena montañosa,
generalmente de color pardo, era ahora azul oscuro, y detrás de
ella resplandecían los campos de nieve del volcán del Huila. Por el
otro lado, el volcán de Sotará ocultaba las praderas de Paletará y
los espacios nevados de los Coconucos, pero entre éste y la extraña
forma de la cumbre del Socoboni se veía el valle desplegado ante el
páramo de las Papas, además de los de Almaguer y Aponte. Los
numerosos picos de las alturas de Almaguer aparecían por encima de
los del valle del Patía, como separados del suelo. Las laderas
verdes de El Bordo y Mercaderes formaban un hermoso contraste con
el oscuro fondo por el cual serpenteaba el río Patía, con sus aguas
que brillaban como plateadas por los rayos del sol. Todo este
territorio, así visto, se podía dibujar desde aquí hasta la
desembocadura del río Mayo. Detrás se elevaba, en forma escalonada,
la cordillera de Berruecos, sobre la cual se alzaba el imponente y
majestuoso volcán de Pasto, y detrás se destacaban, sobre el
horizonte azul, las alturas de Túquerres. No me cansé de gozar este
cuadro".
El 10 de julio Codazzi abandonó a Popayán, donde había recibido
muchas atenciones de la familia Mosquera, para continuar, por el
camino acostumbrado, a través del valle del Cauca, hasta llegar a
Cartago, donde había estado hacía un año. Allí, el 2 de agosto,
concluyó sus trabajos, muy cansado y poco contento con los
resultados de las últimas semanas, ya que el viaje había sido
demasiado rápido.
De vuelta en Bogotá, Codazzi se dedicó sin tardanza a elaborar y a
escribir sus observaciones y experiencias. La parte más difícil de
estos trabajos la representaba el capítulo geológico, que antaño en
Venezuela se elaboraba sin mayor esfuerzo, gracias a que contó con
ayuda. Codazzi, sin formación en esta materia, tomó como punto de
partida las tres eras geológicas. Al respecto, se imaginaba que la
serranía del Darién, antiguamente, según se dice, llamada también
Sierra Tagargona, se había originado casi simultáneamente con el
surgimiento de la cadena occidental de los Andes neogranadinos, que
él suponía que había acaecido entre la primera y segunda era
geológica. De formación más reciente - del período terciario, según
opinión de Codazzi- era la comunicación actual entre las dos
cordilleras, que se inicia cerca de la desembocadura del río San
Juan y termina en el macizo montañoso de Aspavé, Codazzi juzgaba,
al observar el mapa del istmo inferior, que en una época los dos
océanos habían estado comunicados, y que formaba la costa oriental
la cadena de Abibe desde Murindó; la costa meridional, la actual
divisoria de aguas entre los ríos Atrato y San Juan, en tanto que
como costa septentrional de esta brecha aparecía la serranía del
Darién, porción final de una península semejante a una
antecordillera que tenía sus raíces bien al norte. El resto de este
ancho mar que dividía los dos continentes, era para Codazzi el
golfo de Urabá, una de las rarezas entre las aguas marinas de
América. Para resolver los demás problemas geogenéticos, se
utilizaron, por una parte, las obras de Humboldt sobre los volcanes
y los nudos montañosos de la Nueva Granada, y por otra, las
constantes y ahora revalidadas teorías sobre los antiguos lagos
andinos de agua dulce.
Codazzi esperaba poder dedicarse con más tranquilidad a éstas y
otras ideas semejantes. Para llevarlas adelante, debía corregir las
deficiencias de los últimos levantamientos, mediante un nuevo viaje
a las provincias del sur, al valle superior del río Magdalena y a
las regiones limítrofes del Ecuador, tras lo cual debía adentrarse
profundamente en las selvas de los indios andaquíes y en el resto
del territorio del Caquetá.
En seguida se compaginaron acertadamente los trabajos más recientes
con los del año 1852. Se delineó y describió el curso del río
Atrato. Las líneas divisorias de agua entre sus afluentes y la
vertiente fluvial del mar Pacífico deberían fijarse lo más
exactamente posible, lo mismo que las cuencas de los ríos del
Pacifico: San Juan, Iscuandé y Patía, entre los cuales el último
presentaba especiales dificultades, por causa de que las mensuras
habían sido muy afectadas por circunstancias poco propicias. Esta
vez, a diferencia de las anteriores, el hombre tan aplicado que era
Codazzi no pudo terminar los trabajos comunes y corrientes, en
especial la parte descriptiva: al final habría tiempo para llenar
los vacíos.
Aunque el nuevo presidente de la república era enemigo personal de
Mosquera, Codazzi confiaba, sin embargo, en que su empresa, cuyo
desenvolvimiento había sido tan favorable hasta el momento, también
en el futuro contara con el apoyo necesario para trabajar en paz y
sosiego. Con preocupación se enteró, al emprender su último viaje,
de algunos indicios de que se estaba abriendo paso a una nueva
constitución: cambio que en principio vio con poco agrado, pensando
en su empresa, ya que esta se había configurado con fundamento en
la Constitución del 20 de abril de 1843 y en las leyes básicas que
la integraban. Sin embargo, si bien se miraba, podía sentirse
bastante satisfecho con la legislación del 20 de mayo de 1853, ya
que le facilitó considerablemente el trabajo, no sólo por reducir
el número de provincias a veinticuatro - por ejemplo, fusionó las
de Barbacoas, Túquerres y Pasto en una - sino, además, por suprimir
la subdivisión en cantones, de tal manera que los trabajos,
dibujos, descripciones y estadísticas cantonales se eliminaron. En
contraste, honda preocupación ocasionaron a Codazzi las
conversaciones con el Brasil sobre problemas fronterizos, las
cuales, en contradicción con su sentido práctico, se encaminaron
por el terreno movedizo de los legalismos y las sutilezas
históricas. Por la Nueva Granada, Lorenzo M. Lleras, sereno y
ponderado, hizo al representante brasileño, Miguel María Lisboa,
concesiones que a los cabecillas políticos parecieron inauditas. El
problema fronterizo se encontró en un punto crítico y poco
satisfactorio, y las dificultades aumentaron aún más a causa de las
negociaciones que había iniciado Brasil respecto a la navegación
por el río Amazonas, además de los sorpresivos hallazgos de minas
de oro en Santiago y a orillas del río Napo, lo cual, precisamente,
hizo que ciudadanos de Estados Unidos, desde el Perú y encabezados
por Montesa, así como alemanes al mando de Schütz, se dirigieran a
regiones que, al menos en parte, reclamaba la Nueva Granada. La
diplomacia brasileña logró en aquellas negociaciones, que
abarcaron, por lo demás, muchos otros aspectos, escaso éxito, ya
que todas las repúblicas vecinas se enfrentaron vigorosamente a la
América portuguesa, y la propia monarquía imperial hubo de encarar
grandes dificultades internas. El gobierno del Ecuador dictó, el 26
de noviembre de 1853, un decreto en contra de las aspiraciones
brasileñas, al mismo tiempo que declaraba al río Putumayo
patrimonio del Ecuador. De esa manera, los desgraciados litigios
fronterizos se renovaban una y otra vez, especialmente con respecto
a aquellos tramos donde la situación se presentaba más oscura y
donde, a la vez, eran más vitales los intereses en juego. En tales
condiciones, Codazzi tenía que dibujar mapa tras mapa, pese a lo
cual no lograba formarse un concepto propio en la disputa de las
partes. Su gran mapa general se basaba únicamente en indicaciones
de Acosta, a las cuales faltaba todo punto de apoyo que no fuese el
de antiguas actas, ya que inclusive algunos de los trabajos previos
de Requena no se habían tomado en cuenta para el mapa.
|
|
*
|
| Aunque Schumacher incluye, dentro de un fragmento de
Peregrinación de Alpha de Manuel Ancízar que cita entre comillas,
una lírica descripción suya del paisaje sabanero en un día de
verano, he preferido transcribir textualmente las palabras del
propio Ancízar, tomadas del libro mencionado. (Nota del
traductor).
|