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CAPÍTULO VI

 

PRIMEROS LEVANTAMIENTOS GEOCARTOGRÁFICOS EN LA NUEVA GRANADA


"En la mañana del 3 de enero de 1850 - según cuenta Ancízar -, los primeros rayos del sol derramaban copiosa luz sobre Bogotá y la extensa planicie que demora al frente de la ciudad andina. Leves vapores se alzaban desde el pie de la cordillera inmediata, escalando lentamente las majestuosas cimas de Monserrate y Guadalupe, cuya sombra se proyectaba bien adelante de sus bases contrastando la suave oscuridad de éstas con la brillante iluminación de las crestas y picachos salientes de la parte superior. El ambiente puro y perfumado con los innumerables olores de los arbustos de la ladera y de los rosales y campánulas que crecen silvestres a orillas de los vallados y alamedas, producía en todo mi ser una impresión indefinible de bienestar, sintiéndome vivir desde el fácil movimiento del pulmón, vigorizado al aspirar aquel aire diáfano y fresco, hasta la palpitación de las más pequeñas arterias de mi cuerpo. Una brisa tenue mecía los flexibles sauces de la Alameda Vieja, por entre los cuales se veía a intervalos la vecina pradera, verde esmeralda, matizada de innumerables flores de achicoria, y poblada de reses que pastaban la menuda yerba cubierta de luciente rocío de la noche
"El resoplido de un caballo que se acercaba a medio galope, y el ruido de las grandes espuelas orejonas, chocando contra los sonoros estribos de cobre en forma de botín, característico de la montura en estas regiones, interrumpieron mi recogimiento. Era mi compañero de viaje [el teniente coronel Codazzi] que se me reunía en el acto de cerrar su cartera en que, sin detener la marcha, apuntaba sus observaciones [ ... ]. Al atardecer llegamos a la posada de Cuatro Esquinas, frente al Puente del Común, construido por el virrey Espeleta.
" `En habiendo techo para los aguaceros y paredes para resguardarse del viento helado, nadie debe quejarse de la posada - decía mi compañero filosóficamente -; los muebles y el aseo son accesorios inútiles, puesto que mientras se duerme todos los gatos son pardos'. [ ... ]. Me apresuré a gastar el resto del día en visitar el Puente del Común [ ... ].
"Regresé a la pseudoposada y hallé a mi compañero confortablemente acostado sobre el pellón de su silla con los zamarros por almohada, y como no fueran suficientes para este oficio, les había agregado el blando aditamento del freno, entre cuyas paletas de hierro colocó la cabeza y se puso a dormir deliberadamente. Imitelo en todo, a más no poder, salvo en lo del freno, que me pareció un refinamiento superfluo, y tuve la flaqueza de no poder conciliar el sueño hasta bien entrada la noche [ ... ]" *.
De esta manera inició Codazzi sus largos recorridos de levantamiento geocartográfico (33), que lo llevaron primeramente a las provincias situadas al norte de Bogotá; es decir, a un territorio que ya había cruzado Codazzi en viajes anteriores: aquel en que fue al encuentro de Bolívar, y el reciente de su huida de Monagas. De la ruta principal tenían que desviarse a la derecha o a la izquierda, para efectuar cortas excursiones. Por lo pronto se trataba, en realidad, de una correría de orientación, más que del verdadero principio de los trabajos, de manera que las partes difíciles se dejaban para el año siguiente. Sin embargo, no tardaron los viajeros en darse cuenta de que ahora miraban lo que los rodeaba con diferentes ojos que en ocasiones anteriores, y sin dilación se dedicaron intensamente a la obra de medir, dibujar, recolectar y escribir.
Poco más allá de Ubaté aparece la luminosa superficie de agua de la laguna de Fúquene, la cual, según la creencia general, es el resto de un lago de agua dulce mencionado aun en las viejas crónicas. El carácter del paisaje de alta montaña pareciera comprobar esa tradición, sólo que su falta de solidez salta a la vista si se examina la constitución de todo el fondo del valle, compuesto por margas, tierras y estratos de acarreo de canto rodado, además de que los elementos geognósticos que surgen tanto en el suelo actual como en las aparentes antiguas orillas son formas orgánicas de la vida marítima. Y aunque ni Codazzi ni Ancízar ni ningún otro compañero de la Comisión pudieron dar con ellas, cabe deducir, con toda certeza, que el trastorno geológico que dejó en ellas sus rastros aconteció mucho antes de la aparición del hombre sobre la tierra, y sólo las características del paisaje dieron origen a novelas geognósticas anticientíficas.
El 13 de enero habían llegado a Chiquinquirá, muy conocida por su cuadro de la Madre de Dios, a donde van en romería, desde hace siglos, ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, inteligentes y estúpidos, tanto en los tiempos de Mutis como en los de Bolívar. Desde esta villa, sobresaliente por la afluencia de forasteros, emprendieron varias expediciones, especialmente hacia las dos gigantescas rocas graníticas de Fura y Tena (hombre y mujer), que antaño fueron lugares de adoración y sacrificio de los indígenas, y después el lenguaje popular convirtió en leyenda, recientemente recogida por Manuel María Zaldúa, escritor conocedor de la región.
La marcha continuó por el valle del río Suárez, pasando por una de las más famosas antigüedades de la Nueva Granada: un bloque rocoso no lejos de Saboyá, cubierto con dibujos rupestres, semejantes a signos de escritura, pero cuyo significado no era descifrable, si bien parecía tener relación con aquellos tiempos de los supuestos y más recientes trastornos de la tierra, cuando las agitadas aguas de los lagos andinos abrieron brechas, transformando en tierras secas sus profundos lechos. Se pensaba que los muiscas, otrora de tan alto desarrollo cultural, hubieran dejado un monumento en memoria del magno acontecimiento que habían presenciado.
Codazzi aún no tenía idea de la existencia de gran número de parecidas inscripciones sobre las rocas andinas. Tampoco sabía que estaba acercándose al territorio neogranadino de las altas montañas más importante en cuanto a monumentos arqueológicos y, por lo tanto, digno de especial atención. Siendo lego en cuestiones históricas, no había oído hablar de que hacía aproximadamente cinco años se había descubierto cerca del río Suárez una gran bóveda funeraria excavada en roca calcárea, en la cual se encontraban momias vestidas, armas y utensilios domésticos: el descubrimiento arqueológico más importante en esta región montañosa, pero por desgracia casi totalmente desaprovechado desde el punto de vista científico (34).
La siguiente parada la hicieron en Vélez, antiguo punto de partida de una vía que llevaba río Magdalena abajo, a través de los ríos Carare y Opón, y cuya reapertura intentara sin éxito hace años el dicho Zaldúa. Guiados por José Landázuri, cruzaron la inhospitalaria cordillera del Carare hasta el pueblo indígena de Cimitarra, donde, al parecer, empezaba el valle. Tanto Codazzi como Ancízar pagaron esta hazaña con casi tres semanas de enfermedad, de la cual se curaron en Vélez, en casa de Joseph Gooding.
El 5 de febrero habían llegado a la población de Socorro, desde la cual emprendieron un mes de recorrido por el territorio de la cuenca del Suárez, entre Simacota y Zapatoca. Partiendo de este último lugar, había intentado en 1837 Céspedes, en compañía de José María Ortiz, llegar al río Opón, pero sin éxito. Así que había que desechar una tentativa de la misma índole, pero se determinó exactamente la desembocadura del Chicamocha en el Suárez, como uno de los puntos más importantes de toda la topografía de esta región, y se levantó cartográficamente toda la cuenca desde Charalá hasta San Gil. Excepto por la gran importancia para la comprensión de los cursos de los ríos y de las cordilleras, estos territorios ofrecían pocos aspectos interesantes.
Desde el Socorro el camino los condujo directamente a la provincia de Soto, y dentro de ésta a la mejor comarca, cuyas principales poblaciones, Piedecuesta, Girón y Bucaramanga, habían prosperado tanto comercialmente como en otros sentidos, y todo parecía indicar que ello continuaría por mucho tiempo.
"Alto elogio merecen - según dice Ancízar - la limpieza de las calles y casas de la joven ciudad de Bucaramanga. Su apariencia exterior no es el resultado de estrictas medidas de policía, sino consecuencia de un modo de pensar más europeo de la población, cuyo carácter sencillo es recto y capaz, lleno de voluntad y fuerza, si bien aquí también se encuentran algunos de los llamados caballeros de industria. El viejo señor párroco Felipe Salgar afirma, con toda razón, que allí donde hay trabajo huyen el crimen y el pecado. La ganancia y el sueldo aquí no son malos; por lo tanto, son notables el esmero en el vestir y en la apariencia general de los habitantes. Una industria doméstica de tejido de sombreros de fibra de palma se ha impulsado entre las mujeres, a lo cual se agregan la manumisión de los esclavos y la creación de escuelas. Lo mismo es válido para Piedecuesta, pero no para Girón, poblado minero cuyos habitantes aún hoy, y no obstante el creciente bienestar, están sometidos al viejo modo de ser español. La localidad se llamaba otrora, con toda justicia, Girón del Río del Oro".
En Bucaramanga se resolvió extender este primer viaje a las contiguas provincias de Ocaña, Santander y Pamplona, que en su mayor parte pertenecen a la vertiente fluvial del lago de Maracaibo, para Codazzi un territorio de especial atracción desde los tiempos de sus primeros trabajos. Después de haber recorrido el valle de Suratá hasta las estribaciones del agreste páramo de Cachirí, y tras escalar esta cumbre yerma y azotada por los vientos, se escogió - ya se había dejado de lado un itinerario fijo y estricto- uno de los tres caminos que arrancaban de allí: el de Escatalá, dado que la cuenca de captación del río del mismo nombre parecía decisiva en la resolución de muchos problemas de topografía. "Teníamos que subir y bajar por las altas pendientes de las montañas, cuyas estribaciones, al igual que las cumbres, se hallan cubiertas de robles majestuosos, claros debajo, entrelazados encima. A nuestras voces contestaba el eco, cuya resonancia acentuaban el murmullo de las cascadas y los chillidos de los innumerables pájaros y demás animales espantados. Nuestra marcha era tan lenta, que a la puesta del sol habíamos avanzado tan sólo tres leguas. Encontramos un rancho solitario, pero allí no había pasto. En Yarumal encontramos forraje para nuestros animales de silla y carga, pero ningún hospedaje para nosotros. Con troncos y hojas de palma fabricamos un cobertizo para resguardar nuestros libros e instrumentos. Después, cada uno de nosotros hizo con tres estacas una armazón, sobre la cual extendió el encauchado, y debajo, en el suelo, improvisó un lecho con los arreos de montar. Así nos creamos una débil protección contra los elementos. Pronto se formaron fuertes aguaceros y tempestades en el oscuro valle del Magdalena, y muy debajo de nosotros vimos zigzaguear los relámpagos y oímos el retumbar de los truenos. Desde allí las nubes ascendieron cada vez más alto, y densas masas de ellas nos envolvieron. Una pesada niebla ocultó el firmamento. Los vientos de la tempestad bramaron a través de las copas de los árboles gigantescos, y de repente sobrevino un profundo silencio. Tal es la majestad del silencio nocturno en las cumbres de estas montañas, que el hombre, en actitud de veneración ante la naturaleza en reposo, ante el reposo de la vida, no se atreve siquiera a alzar la voz".
El anciano párroco de La Carrera, Ignacio Gutiérrez, ayudó con sus conocimientos sobre la región y su experiencia de muchos años a proseguir la marcha. Ayuda tanto más valiosa si se tiene en cuenta que había de cruzarse el alto nudo montañoso del cual se desprenden las serranías de la provincia de Ocaña, la más reciente de las treinta y seis. El páramo de Guerrero le pareció a Codazzi como un universo montañoso que mucho después de levantarse del mar había sido quebrado y horadado por las mismas aguas que ahora corrían muy abajo excavando surcos hacia el lago de Maracaibo y hacia el río Magdalena. En ninguna otra parte, hasta la fecha, había tenido ante sus ojos ruinas como éstas de una porción de la superficie de la tierra. Parecía la obra colosal y constante de fuertes terremotos, de antiguos y formidables plegamientos que se derrumbaron en sí mismos e incluso se hundieron en las profundidades, al parecer testigos de una época de grandes conmociones en la superficie terrestre, y acaso coetáneos del desagüe de los lagos de las altas montañas. En cercanías del pueblito de La Cruz vio Codazzi una de las fuentes del río Catatumbo, en cuyas aguas, abajo en el valle, ya considerablemente crecidas, había navegado hacía más de veinte años.
Ocaña, a donde llegaron el 3 de abril, no ofreció interés alguno, si exceptuamos los recuerdos patrióticos de los últimos días de la Colombia bolivariana. Dos tentativas de avanzar de allí en dirección a la frontera con Venezuela y a la región de los indios motilones resultaron fallidas, ya que fue imposible penetrar en la selva virgen. Dentro del territorio accesible, encontraron algunas guacas, las cuales, sin embargo, poco aportaban a la ciencia: algunas de las ya conocidas momias sentadas, pero esta vez sin vestimenta ni utensilios.
Así que los viajeros se encaminaron al lado opuesto, bajando a la ribera del río Magdalena, en cuyo valle las vastas praderas eran frecuentemente interrumpidas no sólo por palmerales, sino también por extensas superficies de agua, ante las cuales lo yermo de la cordillera ofrecía marcado contraste. No llegaron a tocar la orilla derecha del río. El levantamiento cartográfico abarcó desde Puerto Nacional hasta Tamalameque, donde se estimó aconsejable regresar, a causa de la falta total de preparativos para un viaje por el río.
Codazzi decidió marchar diagonalmente, por cerca de tres semanas, a través de la cordillera, para en los alrededores de Salazar de las Palmas continuar sistemáticamente los levantamientos geocartográficos del país. Durante siete días de excursión, en extremo pesados y fatigosos, por gélidas regiones montañosas carentes de vegetación, sobre sendas angostas y vertiginosas o eludiendo estrechas charcas de hasta de diez metros de profundidad, había que abrirse paso con palas, picas y machetes. En el ascenso participó un inteligente recolector de plantas, que mantenía excelentes relaciones comerciales con jardineros europeos de invernaderos: Louis Schlim, de Bruselas. En los conocimientos, tanto teóricos como prácticos, de este hombre culto se demostraba el gran cambio ocurrido desde el tiempo de las escasas comunicaciones entre Mutis y Linneo, especialmente desde cuando se iniciara una nueva época para la jardinería europea con el cuidado de plantas tropicales de adorno llamadas por ellos las suculentas, así como también para la información científica sobre los tesoros de la hasta hacía poco tan desconocida flora suramericana. Fue Triana quien supo obtener de este encuentro el mejor provecho, aumentando especialmente sus conocimientos de lo que se había escrito específicamente sobre la materia. Ancízar, a su vez, se hallaba interesado en algunos hallazgos de entierros, que comprobaban que en aquellos lóbregos y profundos cañones habían sido antaño sepultados, junto a toscas piezas de cerámica, hombres cuyas frentes habían sido, en vida, artificialmente aplastadas hacia atrás; fenómeno común entre los caribes pero desconocido hasta la fecha en estas regiones. Aquí, en un medio completamente bárbaro, Schlim informó a Codazzi por primera vez de un artista alemán, que, para pintar paisajes tropicales (35) en el espíritu humboldtiano, había viajado por el valle del río Magdalena y otras extensas comarcas del interior de la Nueva Granada: se trataba de Alberto Berg de Schwerin, quien radicaba en el país desde principios de octubre de 1848, y había elaborado un número considerable de obras de calidad. Codazzi consiguió uno de estos dibujos ejecutados con gran talento, y se dio cuenta de que, aunque apenas se trataba de un bosquejo, no cabía siquiera pensar en publicar los trabajos de Carmelo Fernández, si llegaba a darse a conocer alguna de estas obras artísticas de primer orden.
El 23 de mayo llegaron a Salazar de las Palmas, donde el recién introducido cultivo del café prosperaba de la mejor manera, como producto excepcionalmente importante y favorecido con toda su atención por el escocés James Fraser, antiguo oficial de la Legión Británica formada por Bolívar. Pronto pudieron descansar en San José de Cúcuta, el joven y floreciente centro del comercio cafetero, en donde vivía una interesante colonia de extranjeros, constituida especialmente por alemanes e italianos. Los últimos, en su mayoría pequeños comerciantes, veían en Codazzi, con admiración, a uno de los suyos. "Nuestra estadía en Cúcuta, aunque no fue breve, nos pareció como un momento: en todas partes encontramos apoyo rápido y efectivo para nuestro trabajo, atenciones amables y espontáneas, reuniones cultas y complacientes, todo como si se tratara de relaciones entre amigos de muchos años. A la cabeza de los más apreciados estaba el anciano gobernador Isidro Villamizar, hombre de muchos méritos. A partir de Salazar de las Palmas, hemos encontrado en todo el mundo atención y ayuda; nombres no les puedo mentar, ya que tendría que mencionarles a todos los integrantes de la inteligencia. Dondequiera el forastero encuentra hospitalidad, y el trabajador empleo bien remunerado. La vida comercial, así como el encuentro y los contactos de diferentes nacionalidades y razas han difundido la cultura desde la casa del potentado hasta el rancho del pobre".
Una vez visitada la Villa del Rosario de Cúcuta, situada muy cerca de la frontera con Venezuela, Codazzi ascendió por el valle del río Pamplonita hasta que, después de cabalgar durante casi catorce días, llegó a Pamplona, donde el 24 de junio se instaló por algún tiempo el cuartel general. Esta localidad recordaba a Codazzi sus viajes anteriores, y otros nuevos pensaba iniciar ahora desde aquí. La primera de estas excursiones se dedicaría a recorrer un trayecto de camino entre Pamplona y las praderas de los llanos del Orinoco, los cuales se extienden después de los ásperos altiplanos que aquí forman la cordillera Oriental. A dicha obra vial, iniciada en 1787 y ahora reactivada por José González y Rafael Mendoza, Codazzi hubiera dedicado de todo corazón la plenitud de sus esfuerzos, pese a que conocía la imposibilidad de establecer una activa ruta comercial, mientras las dos repúblicas vecinas, la Nueva Granada y Venezuela, no se uniesen en contra de la naturaleza virgen, tanto más cuando, de parte y parte, oponían trabas por causa de los desgraciados problemas fronterizos. Con todo, abrigaba la esperanza de un progreso para la ganadería, dado que las tierras de pastoreo al otro lado del páramo ya habían sido invadidas, a través de terrenos baldíos, por las manadas de ganado de la provincia de Pamplona. Recomendó Codazzi construir el camino por el valle del río Margua, que corre inmediatamente detrás de Pamplona, bajo diferentes nombres, para convertirse por fin, después de la unión con los ríos Sarare y Uribante, en el río Apure. El 26 de junio había superado el paso de la cordillera entre Pamplona y Labateca, y allí continuó río Margua abajo para adentrarse en territorio venezolano hasta aquel viejo atracadero fluvial de Guasdualito.
La otra excursión tenía como destino a Cácota, aquella región que antaño visitara frecuentemente y habitara por largo tiempo Mutis, separada de la capital provincial por los altísimos páramos de Zumbador y Tierra Negra. El recuerdo de este singular hombre solitario se había desvanecido totalmente, al parecer desde antes de las guerras de independencia. En esta etapa, Codazzi completó el levantamiento geocartográfico del sector de la vertiente del Orinoco que pertenecía a la Nueva Granada. Empezando por el angosto valle del río Citayá, cruzó luego la divisoria de aguas hacia la región del río Magdalena, y determinó los puntos de unión de los ríos Servitá y Guaca con el río Chicamocha, al cual viera por primera vez hacía más de cinco meses no lejos de Zapatoca: un elemento especialmente importante para aclarar la estructura de esta tierra montañosa tan excepcionalmente convulsionada.
El 1º de agosto, en el límite de las provincias de Pamplona y Tundama, interrumpió Codazzi los trabajos de levantamiento y se apresuró a llegar a Bogotá por el camino normalmente usado, a fin de empezar, con la apertura del nuevo semestre, sus cátedras en la Escuela Militar. Una vez de vuelta, emprendió sin demora la elaboración de la cartografía y geografía de las provincias, en lo cual tropezó con la escasez de denominaciones continuas para las cadenas montañosas y para los ríos y, en general, con la carencia de una nomenclatura unificada, lo cual le ocasionó muchas dificultades. Se propuso, al mismo tiempo que respetar los nombres comúnmente usados para designar cada lugar determinado, introducir denominaciones generales nuevas.
Además de ocuparse en estos trabajos y en la ordenación de las estadísticas, acariciaba su vieja idea predilecta, que también había formado parte de los planes de reforma durante la presidencia de Mosquera: la traída de inmigrantes europeos. En agradecimiento por la amable acogida que se le había brindado desde los días de la República de Colombia, quiso formular con toda seriedad su advertencia de que se evitara dar pasos poco prácticos y, así mismo, ofrecer las experiencias que había cosechado en la Colonia Tovar. Relató entonces, como hombre libre y consciente, sus esfuerzos de muchos años, antas veces malogrados, sin ocultar ninguno de los errores cometidos ni de sus ideas equivocadas. "Muchos piensan que se puede orientar hacia Suramérica un torrente humano semejante a aquel que se dirige a Norteamérica. Muchos creen que basta con hacer conocer la riqueza de los países tropicales, para atraer trabajadores, como en California. A muchos les parece fácil ganar gran número de elementos calificados para que trabajen en el país. Mis experiencias muestran lo contrario. El deseo de estabilizar la paz interna del Estado, así como la preocupación ante un creciente empobrecimiento de las masas populares, han inducido a las potencias europeas coloniales a fomentar las tendencias de emigración hacia sus territorios de ultramar, y frecuentemente a encauzarlas como empresas estatales: las Guayanas francesa, holandesa e inglesa muestran una actitud orientada en este sentido. Sin embargo, ni en Cayena ni en Surinam ni tampoco en Demerara puede adaptarse raza diferente de la africana: todos los ensayos de asentamiento de población han fracasado, incluso los de resueltos colonos holandeses. En Venezuela muchos de los recién llegados padecieron los duros ataques de las enfermedades; por ejemplo, las colonias inglesas cerca de Betijoque, Catía y Aroa, en los distritos de Trujillo y Mérida; los alemanes en la provincia de Carabobo; los franceses en los alrededores de Maracaibo; los irlandeses en la región de Paria; en fin, todos los inmigrantes europeos. El recién llegado de su tierra trasatlántica exige en los trópicos un lugar de trabajo a una altura por lo menos de 1.200 metros sobre el nivel del mar, y aun así, como consecuencia del desmonte y las subsiguientes emanaciones del suelo descubierto, se halla expuesto a las fiebres, si bien leves y pasajeras. Tal como en Venezuela, también en la Nueva Granada es la cordillera de la costa la región más apropiada para ensayos de colonización. En la Sierra Nevada de Santa Marta existen numerosos valles altos que prometen prosperidad, con mercados seguros en las provincias de Riohacha, Santa Marta y Valledupar. Allí debe iniciarse la colonización, primero en la tierra fría y después en la templada; en esta última, con cultivos de caña de azúcar, añil, café y cacao. Que no nos engañe el espectáculo de una constante afluencia de emigrantes hacia los Estados Unidos, fuente y causa principal del rápido crecimiento de esa nación. Aquel que, cansado de su tierra natal, siente, sin embargo, que ha dejado atrás mucho de su existencia, lo cual pesa con mayor fuerza una vez llega a tierra desconocida, pide como compensación la prometida libertad, tanto religiosa como política. Él espera seguridad para sí mismo y su fortuna; busca trabajo, salud y lucro. La tierra de Washington ofrece, por la índole de su pueblo, el orden constitucional, el clima, etc., todos esos beneficios. Grandes sumas de dinero ha gastado esa nación en adecuar las tierras para atraer a los inmigrantes, a la vez que garantiza y protege el progreso pacífico. José María Vargas, el sabio hijo de Venezuela, dijo que de los países del despotismo los extranjeros llegaron a América como dormidos o sonámbulos, para despertar de pronto bajo el sol de la libertad, para levantarse en su propio hogar, hacia el cual pronto llevarían parientes y amigos de la tierra natal. Sin embargo, en nuestro país impera la intolerancia en asuntos religiosos; la actividad política es todavía incipiente; los hábitos de vida son fundamentalmente distintos de los que el inmigrante trae de su tierra nativa; el medio de vida es aún más diferente; la adaptación al clima, la agricultura y la ausencia de las estaciones anuales es lenta y difícil. Tenemos que volvernos sabios antes de traer extranjeros; tenemos que hacer duraderas nuestras instituciones; tenemos ante todo que construir caminos, para lo cual bien puede aprovecharse la nueva escuela de minas".
En la exhausta Nueva Granada faltaba el dinero para toda esta clase de obras. Además, con el total debilitamiento del poder público, apenas prosperaba aquello que se apoyara en una vigorosa personalidad y en el grupo financiero. Las demás esferas de interés se habían vuelto cada vez más estrechas. Sólo de cuando en cuando se planteaban cuestiones de ciencias naturales y de historia. Por ello resultaba sorprendente que las investigaciones históricas de Joaquín Acosta despertaran el interés por las antigüedades y los terrenos arqueológicos. Por vez primera, desde los tiempos de Julián, se establecieron en Bogotá colecciones de antigüedades precolombinas. Las guacas ya no solamente se estimaban por su contenido de piezas metálicas o de otros valores comerciales, sino también por lo que revelaban de las costumbres de los indígenas las vestimentas, los utensilios y las armas, a todo lo cual se prestaba ahora atención. En especial Manuel Vélez Barrientos, antioqueño emigrado a Bogotá, cuyos recuerdos infantiles más tempranos se relacionaban con el descubrimiento de raras y valiosas guacas, se dedicaba desde hacía cerca de cinco años a estudios arqueológicos y había reunido variados objetos, no solamente para venderlos a coleccionistas europeos y norteamericanos, sino también para sus estudios personales. Acosta, el erudito en literatura que hacía poco había regresado de Europa, llamó la atención de Codazzi sobre un escrito de Vélez, publicado en París en 1847, que contenía muchos datos, hasta entonces desconocidos, sobre antigüedades de los tunzas (36). A esto se agregaban todas aquellas tradiciones bogotanas, que tan seductoras habían resultado para Humboldt, referentes a los lagos sagrados de las altas montañas, como los de Guatavita, Siecha y Suesca, o a los tesoros ocultos en sus profundidades, atractivas leyendas que de nuevo daban pie a especulaciones sobre el desagüe de las lagunas, y que, por ende, se hallaban relacionadas con esta misma región, a la cual pertenecen las más importantes antigüedades de la alta cordillera, así como los recuerdos de las ingentes riquezas de la tierra, especialmente de la más valiosa, las esmeraldas (37), en cuya explotación, al parecer durante largo tiempo, no se había interesado suficientemente el Estado.
Estas ideas también influyeron en el segundo viaje de levantamiento geocartográfico, que, como el anterior, se inició también un 3 de enero, especialmente con la finalidad de investigar la vasta cadena de montañas que se desprende de la cordillera Oriental, en el sur de las provincias de Tunja y Tundama, y se extiende hasta el valle del río Magdalena o por lo menos hasta la cuenca de su afluente el río Negro. Este gran ramal cordillerano carecía de nombre, por lo que Codazzi más tarde pensó en llamarlo Tunza-Húa, en honor de aquel pueblo de antigua y elevada cultura, cuyos vestigios encontraron los europeos, y cuyo nombre se ha conservado, aunque alterado, en el de la ciudad de Tunja. Este viaje no iba a prolongarse tanto como el anterior, ya que las tareas de gabinete exigían su tiempo; e imperó el trabajo de campo en los tres lagos de la cordillera Oriental.
Desde el lago de Suesca era fácil llegar a Chocontá y al curso superior del río Bogotá. Al otro lado de la cresta de la cordillera se ubicaban entonces los muy antiguos y conocidos pueblos de Ramiriquí, Tota, Sogamoso y Gámeza. En la primera de estas localidades, cuyo nombre sonaba especialmente venerable y sagrado, habían existido otrora, a pesar del clima frío, construidos por los caciques de Tunja, suntuosos lavatorios y baños, que de alguna manera se relacionaban con los vestigios de altas edificaciones de piedra, visibles aún en diferentes lugares. En la gran laguna de Tota, cuyas frías y transparentes aguas entran y salen simultáneamente, se reflejan paisajes llenos de ensueños, y en torno a la cual se han forjado leyendas míticas como aquellas de los lagos de las altas montañas. Al igual que allá, también aquí se habrían ofrendado a las profundidades piedras preciosas, ornamentos y figuras de oro. Sogamoso llevaba el nombre aún no comprendido pero todavía recordado del presunto sumo sacerdote Sugamuxi, cuyo espléndido templo destruyeron primeramente, en su avance, los rudos europeos, y luego fue consumido por las llamas sin que de él quedara vestigio alguno. Así mismo, cerca de Gámeza se alzaba un imponente peñasco poblado de esculturas, cada una de las cuales juzgó Codazzi que configuraba el episodio de una leyenda representada en jeroglíficos y, en su conjunto, un monumento de antiguas luchas, fuese de hombres o de elementos de la naturaleza. El pueblo había olvidado ya este lugar, por hallarse situado lejos de los caminos actuales.
Inmediatamente detrás de Ramiriquí, cerca del paso del páramo de Las Cruces, penetraron en una extensa y uniforme vertiente fluvial: las cabeceras del río Chicamocha, del cual ahora se supo que antaño llevaba, tanto en su curso superior como en el inferior, el viejo y conocido nombre de Sogamoso. A lo largo de este río continuaron cabalgando de Gámeza a Soatá, donde encontraron en estratos calcáreos, debajo del suelo aluvial de la vega, huesos de mastodonte, que en su última ubicación habían sufrido la intensa acción derrubiante de la corriente fluvial. En la localidad se sabía de otros hallazgos semejantes cerca de Covarachía y en los angostos y profundos valles del macizo del Cocuy. El ascenso a este gran macizo cordillerano, que en lo más elevado de sus crestas se halla cubierto de nieves perpetuas, y que en la cordillera Oriental forma un importante nudo topográfico, significó una empresa del mayor interés, que se realizó en la primera mitad de febrero. En tiempos antiguos este territorio no pertenecía al dominio de los hunzahuas sino al de los tunebos, que aún moraban allí - cuando ya Tunja había sucumbido hacía mucho ante el empuje de los europeos - en natural independencia, desenvolviendo su vida en bosques y montañas, y aún hoy día se alejan lo más posible de los lugares habitados. Desde el pueblo del Cocuy - cuyo nombre aparece de nuevo, inexplicablemente, muy adentro de los llanos, en la frontera con Brasil -, prosiguieron la marcha hacia Chiscas, Panqueba y Espino, desde donde divisaron las primeras cumbres nevadas, y luego hacia Güicán, donde se abre el camino que conduce a ellas.
Con Juan Quintero como guía, inició Codazzi su primer ascenso a la región del hielo a través de extensas zonas yermas apenas cubiertas de pobrísima vegetación, que debía servir de alimento al ganado, sobre el cual pesaba siempre la amenaza de los cóndores y otras aves rapaces. En las cercanías de las morrenas el frailejón alcanzaba altura de árbol; las grietas del glaciar tenían entre cuarenta y sesenta metros de profundidad, mientras que el espesor normal de la capa de hielo parecía ser de unos treinta metros. La parte superior del glaciar formaba una maraña de puntas, carámbanos, salientes, pirámides, que ora reflejaban la luz, ora proyectaban intensas sombras sobre los alrededores. La visión de este fenómeno afectaba la vista de tal manera que, al proseguir la marcha sobre la cresta de la montaña bañada en la luz cristalina, los ojos eran acometidos por una especie de ceguera. Los caminantes se hundían frecuentemente en la nieve hasta las rodillas. Los perros de caza de Quintero avanzaban con mucha dificultad. Sin embargo, por fin alcanzaron el punto prominente desde el cual pudieron medir la altura de la cordillera desde su cima, que fue de 4.783 metros. A lo lejos, en la vertiente cordillerana, se observaban los poblados tunebos de Royatá, Sinsiga, Covaría y Ritambria, que se protegían, mediante una barrera mitad natural y mitad artificial, contra la penetración de los españoles; es decir, contra los blancos. "A las aldeas de los tunebos se tiene acceso única y difícilmente por los llanos del Orinoco. Alguna que otra vez visitan el mercado de Güicán, donde nos encontramos con dos de ellos: uno era viejo, pero derecho y fuerte, oscuro el color, con el cabello lacio y cortado en línea recta sobre la frente, muy largo y suelto sobre los hombros y la espalda. Tenía nariz afilada; escaso bigote y un mechón en la barbilla. El más joven llevaba como única vestimenta una larga ruana de bayeta, calzaba sandalias de cuero crudo y se cubría la cabeza con un sombrero de palma trenzada". Después de visitar la andina Laguna Verde, de la cual se decía que se habían sacado huevos de un gigantesco animal desconocido, así como restos de mastodontes, continuaron hacia Chita, melancólico, monótono y frío lugar rodeado de páramos, a la vez que el poblado más alto de la cordillera del Cocuy, desde donde se extiende la vista sobre el mar de hierbas de la Orinoquia hasta tocar con el horizonte. De allí regresaron a Soatá, a través de una extensa salina, y se encaminaron por la ribera izquierda, río Chicamocha arriba, hasta llegar a Santa Rosa, donde en la casa de Juan H. Solano se hallaba el aerolito de setecientos kilogramos que antaño transportaran hasta allí Boussingault y Rivero desde la colina de Tocavita. En Santa Rosa empieza la región de Duitama, famosa desde la época de la conquista, y a continuación de ella esperaban encontrar la región de Iraca, conocida desde tiempos inmemoriales como asiento principal de los tuncos. Tampoco aquí el pueblo del presente guardaba memoria del lejano pasado. La mensura en este sitio fue fácil, de modo que pudieron reanudar pronto la marcha, primeramente hacia Leiva, lugar situado al pie de una escarpada vertiente de montaña, desde donde había que levantar el valle del río Sutamarchán, que se extiende hasta el páramo de Gachaneque y es una región interesante por sus antigüedades, especialmente por las piedras trabajadas que se encontraban en un punto denominado El Infiernillo, a las cuales llamaban, lo mismo que a otros restos arqueológicos, bloques o vigas del diablo. Desde Leiva cabalgó Codazzi hacia Oiba, situada entre Socorro y Vélez, en el valle del río Suárez, el curso de cuyas aguas no había sido, al parecer, todavía exactamente determinado. Midió la totalidad de la vasta cuenca fluvial hasta Moniquirá, donde desemboca el río Sutamarchán, procedente de Leiva. La ciudad en sí, que por la época de su fundación constituyera uno de los más importantes ámbitos de asentamiento de los indígenas, no ofrecía ahora ningún atractivo y, al igual que la hoy sepulcralmente silenciosa Tunja, tan alabada en las viejas crónicas, no mostraba ni el más leve vestigio de las antiguas maravillas.
Tan pobre como ellas era Turmequé, frecuentemente mencionada en los textos históricos como avanzado baluarte de los tunzas contra los chibchas. Aquí habían llegado a la vertiente fluvial del río Meta, el río Upía, desaguadero de la laguna de Tota, que se ofrecía como la más importante vía de comunicación con los llanos del Orinoco. Codazzi siguió el cauce de estas aguas desde Garagoa hasta Maquivor y reafirmó la expectativa formulada por Humboldt, y posteriormente tantas veces reiterada, de que aquí alguna vez se formaría una importante vía de comunicación. En Maquivor creyó reconocer el antiguo centro misionero de Nuestra Señora de Salivas. Vuelto a Garagoa, visitó la región de Guateque y Somondoco, afamada desde tiempos inmemoriales por sus esmeraldas, pero donde, salvo algunas viejas acequias para lavar las piedras preciosas de la arena y de los escombros, y de unas cuantas y más recientes fracasadas minas de oro, no se advertía huella alguna de la pasada grandeza. Si quería informarse sobre la explotación de esmeraldas en la Nueva Granada, la Comisión tendría que dirigirse a Muzo, el moderno lugar de lavado de esmeraldas ubicado en las cabeceras del río Carare. De ese sitio, en que otrora tuvieran su principal morada, los salvajes indios muzos, jamás subyugados por los españoles, se habían retirado a las selvas situadas en las riberas bajas de aquel peligroso río, impenetrables para la civilización y los hombres blancos, enemigos mortales de los indígenas. De éstos no había quedado huella alguna. Muzo, que todavía en la época de Mutis era una ciudad floreciente y con perspectivas de progreso, se hallaba ahora en ruinas, en estado miserable y llena de la gentuza que trabajaba en los lavaderos de esmeraldas, carentes éstos de toda técnica, y no sólo en lo que se refería a los de Muzo, sino también a los de Itoco, Coscuez, Sorque y Sorquito, desde hacía años arrendados a particulares, ahora en manos de una compañía inglesa que, bajo la dirección de John Fallon, realizaba actividades bastante intensas, pero sobre cuyos resultados verdaderos no se obtuvo información suficiente. Fallan se limitó a suministrar a Codazzi algunos datos históricos y a enseñarle unos excelentes ejemplares de los cristales en que estaban incrustadas las preciosas piedras verdes. Por otro lado, el levantamiento geocartográfico de la cuenca fluvial y de las altas estribaciones cordilleranas que bajan hacia el valle del río Magdalena compensaron con largueza la escueta información.
Sólo faltaba visitar un trayecto de la región montañosa perteneciente al valle del río Magdalena en este sector: aquél del río Negro que por un lado se extendía hasta Guaduas, estación intermedia en el camino Honda-Bogotá, y por el otro hasta Pacho. Mientras La Palma, localidad principal de la comarca, a la que Codazzi llegó el 10 de mayo, no ofrecía nada esencial, en cambio vio en Pacho un poblado con ubicación muy pintoresca y una avanzada de la civilización, ya que en él se encontraba la única ferrería que en la Nueva Granada ofrecía rendimientos de cierta importancia.
De allí regresó en rápido galope a Bogotá, más pronto que en los años anteriores, atendiendo a que la elaboración del material obtenido exigía mucho tiempo, y a que las experiencias, apuntes, estadísticas, cuadros y dibujos de los otros miembros de la Comisión, que no siempre acompañaban a Codazzi, debían utilizarse e integrarse dentro del conjunto del trabajo.
Con toda energía acometió Codazzi esa tarea. "El informe preliminar terminado el 5 de septiembre de 1851 - según comunica el secretario de Estado al Congreso - ya muestra lo que se ha logrado realizar en dos años de trabajo. Ocho de nuestras provincias fueron levantadas y dibujadas en planchas, con sus capitales - tanto de distrito como de cantón - y otras plazas de importancia, con sus límites y sus caminos. Se ha determinado el curso de 187 grandes ríos y de más de 1.300 pequeñas pero apreciables corrientes de agua. Se han registrado topográficamente las extensas cadenas de montañas, como también los ejes de sus ramales cordilleranos y los espolones de éstos; las altiplanicies, las mesetas y las profundidades de los valles; las selvas y las llanuras; los lagos, las lagunas y los pantanos; las praderas y las estepas. Los trabajos ya concluidos abarcan las provincias de Ocaña, Pamplona, Santander, Socorro, Soto, Tundama, Tunja y Vélez". Los cuatro últimos mapas provinciales que entregó Codazzi iban acompañados de cuatro tomos descriptivos, catorce cuadernos con los itinerarios y once pormenorizadas descripciones de los cantones.
Cuando Codazzi presentó el trabajo, Paredes ya no desempeñaba el cargo de secretario de Estado, pues había sido enviado a Washington como ministro residente, pero su sucesor, José María Plata, se identificaba con el modo de sentir de quien lo precediera, al expresar a Codazzi los agradecimientos del gobierno, cuando le anunció su pronto ascenso al grado de coronel. Éste dependía de la aprobación del Congreso, el cual la otorgó el 27 de marzo de 1852, para dar "al meritorio oficial una prueba de estimación, con la que fueron recibidos los primeros trabajos geográficos efectuados en las provincias del norte. El gobierno debe efectuar las consecuentes modificaciones del contrato del 20 de octubre de 1849 y aumentar los ingresos que recibe el coronel Codazzi, como jefe de la Comisión Corográfica, hasta el valor que cubra los gastos de transporte y alimentación. Las disposiciones sobre el transporte y hospedaje de los militares en servicio activo también deberán aplicarse a los miembros de dicha Comisión".
Como en los dos años precedentes, también en 1852 salió Codazzi en los primeros días de enero. Esta vez el viaje tenía como meta el corazón de la Nueva Granada: el vasto territorio montañoso de las provincias de Antioquia, Cauca, Córdoba, Mariquita y Medellín. Una vez efectuada satisfactoriamente la mensura, la parte más importante de su tarea se habría cumplido, no obstante que dar faltando la mitad de las provincias, entre ellas las que limitan con el mar y que, por lo mismo, tenían más interés para el exterior que para la Nueva Granada, que miraba decididamente hacia adentro. Durante el nuevo recorrido, los bogotanos hubieron de actuar con sumo cuidado, ya que en la mayoría de las ciudades por las que debieron pasar el mando lo ejercían los más feroces opositores al partido gobernante: los conservadores de la vieja guardia.
Codazzi empezó por aquella zona de la provincia de Mariquita, antiguo lugar de residencia de Mutis, para lo cual lo apropiado era salir de Ibagué hacia aquella maravillosa cadena de altas montañas cuya más sobresaliente prominencia era el orgulloso cono nevado del Tolima, al lado del cual se hallaban los glaciares del páramo del Ruiz, de la Mesa de Herveo y muchas otras cimas nevadas. "A quien sube la montaña lo acompaña durante cierto trecho un denso verdor en las copas del follaje y en el suelo; pero pronto la vegetación, si bien todavía multicolor, deja de componerse de los mismos árboles, plantas y hierbas de abajo; a la altura de tres mil metros los árboles se transforman en arbustos, todas las plantas son más débiles y menos altas; un poco más arriba no hay más que frailejón y algunas hierbas hasta los 4.200 metros, y de ahí en adelante sólo muy pocas plantas trepan hasta el linde con la nieve perpetua, que se encuentra a diferente altitud en cada cumbre: en el Santa Isabel y el Quindío a 5.100 metros; en el Ruiz a 4.845 metros. Entre los mantos de nieve de estos gigantes helados se observan estrechas interrupciones de arena y pedazos de traquita: antiguas morrenas de viejos glaciares.

Zipaquirá

En el Ruiz, el espesor de la masa congelada es de dieciséis metros; de diez en el Santa Isabel. Al borde del hielo, en la arena se observan elevaciones en forma de ondas: indicio del flujo de antiguos glaciares separados del núcleo fijo de la masa. Sobre la arena mojada por la corriente de agua que la cruza, pernoctamos no lejos del lugar donde otrora viviera Ruiz, "el español", un sabio solitario. Nos acostamos debajo de una carpa de caucho, sin poder prender una hoguera, por falta de combustible. Durante la noche cayó un manto de nieve de medio pie de espesor, que se congeló y al amanecer se compactó. Para llegar a nuestro campamento, tuvimos que ascender arduamente. Durante una hora soportamos una granizada, y al llegar arriba nos topamos con una niebla de tal densidad, que los guías no encontraron los mojones que marcan el camino. Allí no se daban ni truenos ni descargas eléctricas. El silencio de estas frías soledades, la ausencia de seres vivos, tanto de plantas como de animales, todo ello unido confiere a estas cumbres de la cordillera un tono melancólico, especialmente aquí, en un país tropical; parece como si uno hubiera sido conducido al reino de la muerte. Nuestros compañeros se refugiaron durante la noche en una cueva de la vertiente rocosa, y del techo goteaba agua; a la mañana siguiente, en todas partes colgaban cristalinos carámbanos y las oscuras paredes de roca estaban llenas de salpicaduras de nieve. Cerca del páramo de Herveo se halla la cumbre nevada de un volcán actualmente inactivo, con forma de cono truncado y cuyas vertientes las cubre totalmente un manto de arena que va del color azufre hasta el negro o el ceniza, manto en el cual sobresalen duros bloques de traquita. La boca del cráter es visible; de ella salió la piedra pómez que se ha mezclado con la arena, y todavía las emanaciones tiñen de amarillo la nieve de la cumbre. De la base del cono hacia abajo empiezan los manantiales de aguas calientes que exhalan azufre, en parte burbujeantes pero cuya temperatura no será nunca mayor de 64° centígrados, mientras que el azufre sólo se evapora a partir de una temperatura de 316° centígrados. Como era imposible avanzar sobre los glaciares desgarrados por profundas grietas, tendí una base en la superficie de la nieve recién caída, y seguidamente tomé los ángulos de distancia y altura. Mientras realizaba este trabajo, a mi espalda tenía el cráter, y ante mí se extendía el más imponente panorama: a la izquierda, la Mesa de Herveo; enfrente, el páramo del Ruiz; algo más lejos, las cumbres de Santa Isabel ocultando el nevado del Quindío, pero no así la resplandeciente nieve del cono del Tolima, sobre el cual se arqueaba un firmamento profundamente azul".
Esta medición de una cordillera, la más extensa realizada hasta el momento por Codazzi, duró casi un mes; y se efectuó en el mismo lugar donde Caldas, hacía casi cuatro decenios, había buscado refugio.
El 12 de febrero entraron en Manizales, donde Codazzi, por solicitud del gobernador de la provincia de Córdoba, amojonó la plaza de mercado, tras lo cual hubo de cumplir otro deseo del gobernador, o sea explorar y determinar la mejor ruta para un camino desde Rionegro, la capital de la provincia, hasta el río Magdalena. Prestamente resolvió iniciar una excursión de dos meses, cuya meta era la pequeña ciudad de Nechí, situada en la desembocadura del río del mismo nombre en el Cauca. El viaje de ida resultó especialmente difícil, ya que llevaba a través de las cabeceras, o sea la cuenca superior de todos los ríos que, procedentes de la altura cordillerana, bajaban al río Magdalena. El regreso fue más fácil: a lo largo de los extensos valles de los ríos Nechí y Porce, que se midieron con especial cuidado. El 24 de abril se hallaba Codazzi de nuevo en Rionegro, y entregó al gobernador no solamente el croquis de un mapa del cantón de Salamina, que era de la mayor importancia para el trayecto entre Sonsón y Honda, sino también un mapa de toda la provincia con la indicación de las diferentes líneas de comunicación. A la vez le manifestó que el viejo camino que terminaba cerca de Nechí era del todo inutilizable y no cabía mejorarlo; de manera que había de prescindirse de él y construir otra ruta que, cruzando el río Guatapé, llegara a aquel puerto fluvial. Ulteriormente envió mapas más exactos, con especificaciones pormenorizadas sobre los diferentes trayectos del camino. En Medellín, punto principal de todo este imponente mundo montañoso, el levantamiento geocartográfico de Codazzi suscitó el más vivo interés, no solamente en el gobierno sino también en círculos privados; por lo tanto, en esta inteligente ciudad se le ofreció cuantiosa y efectiva ayuda. "Durante mi trabajo corográfico de diez años en Venezuela y de casi tres en la Nueva Granada, nunca había encontrado tal conocimiento del país como aquí, donde las observaciones geográficas anteriores, comparadas con las operaciones mías, realizadas de modo rápido, coincidieron bien, de manera que merecieron crédito. Los habitantes de esta región le deben gratitud al ingeniero inglés Tyrrel Moore, no sólo por haberles suministrado máquinas e instrumentos para la minería, sino también, y especialmente, por sus empeños durante cuatro años para elaborar un mapa exacto del país antioqueño, ya que determinó más de doscientos puntos triangulares, cada uno con la aplicación de veinte triángulos. Apenas llegué aquí, me visitó Moore, del cual ya había oído hablar con mucha deferencia. Le pedí permitirme comparar sus mapas con los míos, lo cual ocurrió en presencia de varias personas entendidas, como el doctor William R. Tervis. Cuán grande fue entonces mi sorpresa, y nuestra mutua satisfacción, cuando se comprobó una exacta similitud entre sus trabajos y los míos. Moore me dio su mapa de río Cauca arriba, desde Nechí hasta Valdivia, lo que me eximió de recorrer este trayecto, tan aburrido como peligroso para la salud, durante el levantamiento geocartográfico del valle del río. Otro extranjero al que este país mucho le debe, es el excelente y bien informado Karl S. de Greiff (38), de nacionalidad sueca, a quien conocí hace muchos años. Él había recorrido a pie esa gran porción de la cordillera, hasta entonces desconocida, que separa las provincias del Cauca y del Chocó, para encontrar un paso transitable, y lo mismo hizo en el ramal cordillerano de Murindó. Los detalles obtenidos en esas excursiones los consignó en un mapa, que obtuve gracias a su amabilidad y que me será muy útil en mi próximo viaje. De él también recibí la primera noticia acerca del muy lamentado investigador alemán Degenhardt, en quien tan grandes esperanzas habían depositado el mundo y la Nueva Granada" (39).
De Medellín bajó Codazzi, vía Amagá, al cañón del río Cauca, por cuya orilla derecha prosiguió hasta cerca de Valdivia, para continuar su viaje, al otro lado de la divisoria de aguas en la cuenca del río Atrato, por el valle del río Sucio hasta Dabeiba. En cercanías de este pueblo, de tan añejo nombre que recordaba aquel otro de Eldorado, vivía un negro llamado Rafael Rivera, que le había sido recomendado por De Greiff. Hombre activo y de mucha influencia en su región, acababa de regresar de una expedición de tres meses, en la cual, navegando por el río León, que nace al norte del río Sucio, alcanzó el golfo de Urabá. Aportó a Codazzi muchos datos acerca de la geografía regional, ya que durante aquella navegación por aguas que cruzan los territorios de diferentes grupos de indios salvajes, al parecer pertenecientes a los esquivos citaraes, conoció muchas novedades.
Hacia el occidente los llevaron las investigaciones, iniciadas en Dabeiba, acerca de ramales cordilleranos densamente cubiertos de selva de montaña, hasta la fecha no hollados por europeos, pero que varias veces se mencionan en las actas bogotanas relativas a problemas fronterizos.
Cabalgando río arriba por la orilla izquierda del angosto valle del río Cauca, llegó Codazzi a fines de junio a Antioquia, capital de la provincia del mismo nombre, en la cual el gobernador Juan La Rote había creado, con fecha 11 de mayo, una comisión local que debería ayudar a Codazzi en sus trabajos. De ella formaban parte Manuel del Corral, José María Martínez y Andrés Londoño, cuyos numerosos y pormenorizados informes tan obligantes fueron para Codazzi. El interés principal de esta retirada ciudad se dirigía a la cuestión de la posible o imposible navegabilidad del río Cauca, el cual durante cierto trayecto corre espumante por entre un estrecho y profundo cañón, formando innumerables remolinos, cascadas y vacíos, arrastrando consigo rocas y árboles gigantescos. El informe de Codazzi, fechado el 4 de julio, desvaneció en los antioqueños toda esperanza al respecto, ya que sin un amplio y costosísimo sistema de esclusas era imposible lograr la tan ansiada vía fluvial. Acaso después de transcurrido mucho tiempo, cuando aquí habitara una densa y rica población, pudiese ser realizable una obra de tal magnitud, haciendo posible la navegación de vapores río arriba hasta Cali. Por lo pronto, no había que pensar en tal cosa. De la misma manera opinó Codazzi acerca de una comunicación por tierra que se sirviese de los caminos existentes. Simplemente, la ciudad carecía de una situación geográfica aceptable para el comercio interior. Tan sólo una perspectiva se ofrecía: "Nuestro istmo atrae las miradas de todo el mundo civilizado. Tanto Inglaterra como Estados Unidos piensan en un canal interoceánico para el tráfico mundial (40). Cuando la Nueva Granada aún padecía toda suerte de calamidades internas, las grandes potencias comerciales creyeron conveniente la apertura de una vía navegable, en lo cual debimos pensar nosotros durante nuestras negociaciones sobre la deuda externa. La cesión de un territorio para el canal nos hubiera ayudado. De todos modos, una vez las naciones que dominan los mares se resuelvan a construir el canal, dicha cesión será una realidad. Cuando exista este canal, sea valiéndose del río Napipí o del río Arquía, los intereses de la provincia de Antioquia estarán del otro lado de la cordillera, y su gran arteria de comunicaciones tendrá que ser entonces el río Atrato. Más de doscientas leguas cuadradas de su territorio pertenecen al cantón de Antioquia. Aquí tres cuencas de antiguas lagunas se escalonan hacia la llanura baja: una entre los ríos Murrí y Mungó; otra, la más pequeña, la del río Amparadó; y la mediana, del río Urrao. Todos estos territorios esperan la llegada de trabajadores europeos, y parece que no está lejano el día en que el canal atraiga colonos europeos - ya que aquí el clima es suave, incluso frecuentemente fresco -, a esta región comunicada por vías fluviales tanto con el Atrato como con el canal mismo, y con los centros comerciales que surgirán rápidamente en sus riberas. Tal la mirada al futuro. Empero, por lo pronto habrá que establecer un camino mejor hacia Urrao, ya que el actual que lleva a Bebará, el más cercano pueblo de la provincia del Chocó a orillas del río Atrato, no es susceptible de mejoramiento. Un conocedor de estas soledosas montañas me indicó otro camino que conduce al mismo puerto fluvial; pasa por el Morro de Cocuyo y se puede conectar por la otra vertiente con el camino de Medellín".
También en problemas de orden práctico, Codazzi no quiso omitir su teoría de los antiguos lagos de agua dulce en las montañas, no obstante que esta suposición no parecía acertada en el caso de las regiones antioqueñas ricas en oro, ya que allí, al parecer por el fuerte flujo de las corrientes, una vez los filones auríferos en el fondo del mar se desintegraron, los depósitos del metal precioso fueron arrastrados a sus actuales sitios, y allí los cubrieron estratos más recientes, en los cuales las conchas y la conchuela comprueban que el asentamiento de los depósitos se efectuó cuando el mar todavía cubría estas regiones regresiva o transgresivamente.
Desde Antioquia recomendó encarecidamente al gobernador de Medellín la construcción de una calzada de Medellín a San Bartolomé vía Amalfi, a la vera del río Magdalena, como también la de un camino al pueblo de Barbosa, desde donde el Medellín, que más adelante desemboca en el Porce, empieza a ser navegable.
Continuaron cabalgando en dirección al alto valle del río Cauca, vía Titiribí, hacia Supía, centro de un dilatado distrito minero, cuyo principal punto de explotación era el afamado Marmato. Aquí estudió Codazzi el laboreo del oro, tanto en la práctica como en las descripciones de Boussingault y en los tratados químicos de Dufrénoy, que debía a la amabilidad de Acosta. Prosiguieron valle del Cauca arriba hasta alcanzar a Cartago, la más deficiente y menos importante capital de provincia, no obstante su tráfico comercial, que había conocido Codazzi hasta la fecha. Desde aquí emprendieron varias excursiones de levantamientos geocartográficos, la última de las cuales, a través del paso del Quindío, los llevó a Ibagué, de donde habían salido exactamente hacía seis meses, lo que ahora aprovecharon para terminar el levantamiento, en dirección a Honda, de la provincia de Mariquita, para lo cual se apoyaron en un precedente mapa de Roulin.
Recién llegado a Bogotá, supo Codazzi que durante su ausencia se había otorgado, el 1° de junio, privilegio para la construcción de un canal interoceánico a un curioso personaje, Edward Cullen (41), quien ya había representado a la Sociedad del Canal del Darién, fundada provisionalmente en 1850 en Londres, y a cuya junta directiva pertenecían, además de respetables banqueros, también diplomáticos y funcionarios consulares neogranadinos. Este irlandés, antiguo médico de la marina, aparecía ante muchos como excepcional conocedor del istmo, mientras que Codazzi lo consideraba un estafador. Después de extensas excursiones entre los indígenas de Guayana y Venezuela y luego de una temporada en California, llegó por primera vez en 1849, en compañía de buscadores norteamericanos de oro, al golfo de San Miguel. Allí conoció al escocés Andrew Hassock, quien, merced a sus negocios de comercio y trueque, era hombre de confianza de los indios y le dio oportunidad a Cullen de cruzar el istmo por caminos fuera de todo control, de tal manera que cerca de Puerto Escocés pudo ver, enfrente, el "otro" mar. A partir de este acontecimiento, Cullen no cejó en su propósito de aparecer como un gran descubridor. Inmediatamente, a principios del año 1850, empezó a promover la idea en la Gaceta de Panamá y en periódicos de lengua inglesa. A finales del mismo año, otra vez navegó desde el golfo de San Miguel, dejándose llevar por la corriente. Después intentó cruzar el paso de Paya y, en julio de 1851, se aventuró hasta Lorica en aguas del río Sinú. Esta insólita carrera había llamado la atención, desde cuando publicara en Londres un libro que relacionaba diversos hechos de la región del Darién. Basándose en este relato, se le había dado curso, el 15 de marzo de 1852, al proyecto definitivo de una gran sociedad londinense, a cuya cabeza se pusieron sir Charles Fox, John Henderson y Thomas Brassey y que intentó recoger un capital de quince millones de libras esterlinas, y envió prontamente al Darién a los ingenieros Lionel Gisborne y Henry C. Forde, quienes llegaron el 1° de mayo a Cartagena, para allí esperar a Cullen.

Ambalema/Río Magdalena

Patrick Wilson, influyente cabeza de la colonia inglesa en Bogotá, miembro de la casa londinense Powles, Illingworth and Wilson, se asoció a la empresa, no obstante que Codazzi intentó disuadirlo. Este se había enterado con sorpresa que Cullen había obtenido en Bogotá acceso a fuentes informativas sobre antiguas investigaciones referentes al istmo. Ya el 4 de junio había partido de Bogotá aquel hombre infatigable y, al no encontrar en Cartagena a los ingenieros londinenses, alquiló una embarcación de cabotaje a fin de seguirlos. Sin embargo, Gisborne y Forde sólo se habían quedado dos días en la bahía de Caledonia, para proseguir inmediatamente a Panamá vía Aspinwall, y desde allí navegar con rumbo a la bahía de San Miguel. En estas aguas efectuaron sondeos, tras lo cual remontaron los ríos Sabana y Lara, hablaron con Andrew Hassock, penetraron algunas millas tierra adentro, y ya el 12 de julio habían anclado otra vez su barquito cerca de Panamá, cansados, agotadas sus fuerzas y sin haber obtenido ningún resultado verdaderamente práctico. Ocho días después llegó allí Cullen. Desilusionado, afirmó que los ingenieros se desentendían de la ruta por él propuesta, faltando así a su deber. Intervino el cónsul inglés, se formularon reclamaciones y contrarreclamaciones, y a la postre no se logró zanjar la disputa.
Codazzi, no obstante su antipatía hacia Cullen, estudió con desagrado, a fines de septiembre, el informe que sobre aquellos sucesos había redactado el gobernador de Panamá, para concluir que se había venido abajo la expectativa que se forjara el país. Sus conceptos contrarios a la validez de la fama de que Cullen se había hecho rodear ganaron terreno, a pesar de las actuaciones adelantadas contra Codazzi por John Vincent, agente de Cullen, y Patrick Wilson, representante de la compañía londinense.
En aquella época frecuentaba la casa de Codazzi un interesante norteamericano, Isaac F. Holton (42), profesor de ciencias naturales en el Middleburg College y especializado en botánica. Estaba recogiendo datos para la relación de su viaje, y de Codazzi recibió algunos mapas, los folletines de Ancízar y las descripciones de los indígenas de la región de Antioquia, de las cuales era autor Karl C. de Greiff.
Cuenta Holton que en Bogotá no visitaba casa con mayor agrado que la del coronel Codazzi. "Encontraba en la sala a las hijas menores ocupadas en labores de aguja. La comida era muy sobria, pero si hallaba a la familia todavía sentada a la mesa, no tenía fuerza para rechazar su invitación a quedarme a comer. Codazzi, como jefe de la Comisión Corográfica, ha soportado increíbles fatigas, y si continúa trabajando como hasta la fecha, en pocos años no habrá rincón alguno del país que no haya visitado. Ahora precisamente acaba de regresar de la provincia de Antioquia. Es muy entusiasta, de valor a toda prueba y, según pienso, fidelísimo amigo. En su empresa, ha contado con compañeros capaces. Aunque no le era fácil encontrarlos, el gobierno se esmeró en proporcionárselos. Los miembros de la Comisión midieron longitudes, latitudes y alturas, y realizaron numerosas observaciones. Todo ello ha sido un trabajo duro, pero el éxito y los honores están a la vista, ya que hasta la fecha no existe ningún buen mapa de la Nueva Granada. Para mi dibujo utilicé en lo posible la nueva plancha del coronel Codazzi con las rutas del correo. En mi mapa he incluido veinticuatro lugares de las provincias del norte, y unos diez de Antioquia, según las mediciones de la Comisión Corográfica, de cuya exactitud es garantía el nombre de Codazzi".
Durante su visita a la Nueva Granada y mientras Ancízar estuvo ausente, Holton encontró en Triana excelente consejero. "A él me dirigí en lo que respecta a todos los problemas de ciencias naturales. Pensaba que le llevaría gran ventaja en conocimientos científicos; sin embargo, me enseñó muchos pormenores, especialmente botánicos". En aquel entonces Triana acababa de publicar su primer escrito, o sea la parte inicial de una visión general de las plantas útiles de su tierra natal, entre las cuales se encontraban el bejuco de agua, el árbol de la quina, las palmas de tagua y cera, las miricáceas y otras plantas. Había avanzado rápidamente en sus estudios, especialmente con la ayuda de los escritos que le había proporcionado el señor Schlim, y las constantes y provechosas relaciones con Hermann Karsten, el botánico y geognosta alemán, quien, una vez concluidas sus investigaciones en Venezuela, había escogido a Bogotá como centro de sus estudios sobre la naturaleza neogranadina.
También Mosquera se hallaba presente en Bogotá, aunque tan sólo personificado por un libro: una visión general de la Nueva Granada, para la cual aprovechó a su modo toda información obtenible, así como sus propios conocimientos que sobre el país tenía en materia de geografía, física, botánica, geología, hidrografía, etnología y política. La obra, dedicada a la Sociedad Geográfica Americana, contenía cosas acertadas y dignas de saberse y encontró en Codazzi, quien había llegado a justipreciar cada vez más a Mosquera, el merecido reconocimiento, pero no pudo sacar de este libro un verdadero provecho, como tampoco del que publicara al mismo tiempo A. B. Cuervo. Le pareció importante sí que en esta obra las provincias se agrupasen en ocho secciones: Istmo, Magdalena, Litoral, Cauca, Antioquia, Cundinamarca, Boyacá y Guamentá.
Por disposición del Congreso expedida el 27 de marzo de 1852, se firmó el 22 de diciembre un nuevo contrato con el gobierno, según el cual el sueldo anual de Codazzi se aumentó a 4.800 pesos, se limitó su responsabilidad por pérdida y daños de los instrumentos, y se dieron instrucciones sobre el pago del sueldo en caso de enfermedad. Este progreso satisfizo al hombre modesto, que a la vez esperaba disponer ahora de tiempo y tranquilidad para elaborar sus materiales.
La muerte repentina de Joaquín Acosta lo afectó honda y tristemente, más cuando sabía que dejaba muchos trabajos científicos inconclusos. Por ello, en vista de sus años, decidió tener de ahora en adelante mayor consideración para con los suyos. Pensaba, en primer lugar, dibujar y escribir sin prisa pero sin pausa, a la vez que ordenar los tesoros enormemente abundantes, reservar tiempo para madurar los problemas geológicos y geodésicos y poco a poco alistar para su publicación lo ya reunido. Esta intención no se realizó. A principios del año 1853 Codazzi fue separado de sus estudios.
Por aquel entonces llegaron importantes noticias a Bogotá que exigieron atención inmediata. Se referían a unos proyectos de canal interoceánico que hasta hacía poco habían sido considerados de escasa trascendencia, pero que Codazzi había visto con especial interés.
En la edición de 1849 de sus Cuadros de la naturaleza, Humboldt recordó nuevamente aquella información, teóricamente tan atractiva, que había recibido hacía muchos años, acerca del arrastradero para canoas entre las aguas del río Atrato y las del San Juan. Pronto esta reminiscencia provocó cierta agitación, y no sólo ocasionó que en Bogotá, el 18 de junio de 1851, Ricardo de la Parra y Benjamín Blagge obtuvieran privilegio oficial para la construcción de un canal, a través de la provincia del Chocó, sino que también se conoció en Nueva York, desde donde se dirigían los trabajos del ferrocarril entre Aspinwall y Panamá, que avanzaban activamente, y desde donde, así mismo, estaban puestas las miradas cada vez más persistentemente en el sur. En la gran metrópoli norteamericana bastaba que un hombre emprendedor, Frederick M. Kelley (43), quisiera hacer investigar más detalladamente las informaciones de Humboldt, para que por su cuenta viajara, a principios de 1852, William Kennish, primeramente al valle del río Atrato, luego al Chocó y finalmente al Darién. De este primer viaje exploratorio de los neoyorquinos, que terminó en junio del mismo año y que tuvo como finalidad orientarse y reconocer el terreno, nada se supo durante largo tiempo allá arriba, en las montañas de Cundinamarca, como tampoco sobre otros dos viajes posteriores que también hizo realizar Kelley. Pero pronto llegó allá un inquietante mensaje enviado el 11 de diciembre de 1852 por el gobernador de la provincia del Chocó, Nicomedes Conto, según el cual a mediados del año habían llegado a Quibdó tres norteamericanos, legítimos yanquis, que efectuaron investigaciones de diferente tipo. Habían viajado de Cartagena a Turbo, y aquí, acompañados por Miguel Porras, habían empezado, a principios de junio, las mediciones. No sólo navegaron por el Atrato sino también por las desembocaduras de los ríos Napipí, Opogodó y Bojayá. Después dos de los viajeros, utilizando el río Pató, cruzaron la divisoria de aguas hacia el Mar del Sur, y siguieron por el río Baudó hasta el océano Pacífico, para luego regresar a Quibdó por los ríos Tepé, Surucó, Santa Mónica y San Pablo. Allí los forasteros se despidieron, para cruzar nuevamente la divisoria de las vertientes de montaña hacia el Mar del Sur, y navegaron por el río San Juan en toda su extensión, hasta su desembocadura en el delta del Charambirá. El 3 de septiembre despidieron en Puerto de Guineo a los cargueros y los bogas. Agregaba el gobernador que los forasteros habían prometido regresar a Quibdó, para continuar sus investigaciones en el bajo Atrato, pero que desgraciadamente esto no sucedió. Ni el curso del río Bojayá, ni el del Napipí, ni el del Cacarica, especialmente recomendado por el padre Ochoa, ni tampoco la región de Arquía fueron explorados por ellos. Calificaron de bueno el mapa que del valle del Atrato había elaborado Joaquín Acosta, mientras a otro de las regiones de Baudó y San Juan lo consideraron malo. A los norteamericanos les pareció - según sus propias declaraciones o las de sus acompañantes, que regresaron más tarde - que todos los pasos en el interior del Chocó, lo mismo que los arrastraderos de canoas, eran inservibles para la construcción de vías de comunicación acuáticas interoceánicas.
No obstante su contenido poco agradable, esta información pesaba, ya que en Bogotá se sabía que el jefe de la expedición era nada menos que John C. Trautwine (44), de Filadelfia, cuyos conceptos había que considerar válidos, por la amplia experiencia adquirida durante los trabajos en el canal del Dique y en el ferrocarril de Panamá. Además, lo acompañaban personas capaces, como Henry Mc. Cann y Mina B. Halstedt.
En estas circunstancias, Codazzi tenía que seguir cuanto antes las huellas de los norteamericanos. La tarea encuadraba perfectamente en el plan de trabajo de sus levantamientos geocartográficos, ya que su campo de acción en los valles del Magdalena, del Cauca y del Atrato se conectaba con la red de las mediciones anteriores. Fue así como se dirigió, rápidamente y por primera vez, hacia la costa neogranadina.
A bordo del vapor Vencedor, Codazzi completó algunos puntos que aún le faltaba determinar en el curso del río Magdalena, antes de arribar felizmente al puerto marítimo de Barranquilla, el cual, en comparación con su estado en 1826, mostraba considerable progreso y ya había sustituido a Santa Marta como principal plaza comercial de las riberas del Magdalena. Alquiló en Barranquilla un pequeño barco de cabotaje y navegó, después de haber observado el delta del río, hacia la bahía de Urabá, cuya orilla pisó el 1° de febrero de 1853 en Turbo, donde le llegaron los ecos de aquella misma soledad y desesperación de la época de la guerra de independencia. Al recordar sus antiguas andanzas de aventurero, movía con incredulidad la cabeza pensando en que nunca hubiera podido suponer entonces que alguna vez cruzaría de nuevo, como geógrafo, la misma corriente que en esos días le pareciera tan espantosa y que ahora apenas consideraba incómoda por la terquedad de los bogas. Codazzi opinó que el Atrato era más apropiado para la navegación en buques de vapor que el Magdalena, ya que no tenía tantos ni permanentes bajos, gracias a la alta precipitación en toda su hoya de captación, lo cual garantizaba siempre un nivel de agua suficientemente alto.
Como punto de salida de la primera excursión en canoa, se escogió Tebada, villorrio situado en la desembocadura del río Murrí en el Atrato. Aquí se dejó la mayor parte de los instrumentos para, aligerados de equipaje, poder investigar los afluentes del Atrato en su orilla izquierda, comenzando por el Napipí, que era por entonces el más atrayente desde el punto de vista de una comunicación fluvial entre los territorios de los océanos Atlántico y Pacífico, en parte por las recomendaciones de Humboldt - lo que dio lugar a que este proyecto se llamara la línea de Humboldt - y en parte por el informe que el corsario John Illingworth, como jefe de la corbeta Rosa de los Andes, rindiera sobre una excursión desde la bahía de Cupica hasta Antadó, atracadero en el río Napipí, durante la lucha contra los españoles. Con tal documento en la mano remontó Codazzi dicho río, hasta alcanzar el punto indicado por Illingworth, desde el cual exploró la cordillera, pero no encontró ningún lugar apto para la construcción de un canal. Al expresar su concepto del todo desfavorable a este inhóspito territorio, opinó: "Si se quisiera establecer, por medio del Napipí, una comunicación acuática suficiente para barcos mayores, sería necesario recortar o perforar considerables alturas; es decir, una vía de más de siete leguas exigiría de todos modos romper la entraña de la cordillera. El canal necesitaría varias esclusas, así como una flotilla de botes de vapor para el servicio regular de remolque, no sólo en el trayecto del canal, sino a lo largo de toda la ruta entre el golfo de Urabá y la bahía de Cupica, cuyo puerto protegido es, por lo demás, bastante pequeño". Con esto también se contestaba la pregunta de si otros ríos afluentes del Atrato y vecinos del Napipí, como el Bojayá o el Opogodó, podrían utilizarse para la construcción de una vía de esta índole. En tales circunstancias, Codazzi resolvió navegar aún más aguas abajo del Atrato hasta el río Truandó, cuya comunicación con el río Juradó varias veces habían destacado publicaciones europeas, y penetró resueltamente en el curso de este último, hasta cuando un accidente lo hizo perder sus pocos instrumentos, por lo que hubo de regresar a Tebada.

Nevados del Tolima, Quindió, Santa Isabel y Ruiz.

Durante estas investigaciones, indígenas que se llamaban a sí mismos cunas, enseñaron a Codazzi algo referente a la navegación interfluvial. "En sus livianas canoas y balsas se movilizan velozmente y realizan extensos viajes. Habitan al norte, hasta el piedemonte de la serranía del Darién. Allí el río Tarena constituye el límite de sus comunicaciones; sin embargo, cruzan por varias sendas la cumbre de la serranía y con la ayuda, por ejemplo, de los ríos Cacarica y Arquía llegan a las aguas del Paya y del Tuira, por cuyas corrientes prosiguen hasta el golfo de San Miguel, donde efectúan con los marinos de Panamá negocios de trueque. Parte de su pueblo vive también en la propia costa del Mar del Sur, por ejemplo en Juradó, desde donde, navegando por el río Truandó, se reencuentra con sus semejantes que moran a orillas del Atrato. En la bahía de Cupica vive entre ellos un solo criollo".
Desde Tebada navegó Codazzi hasta Quibdó, donde se informó de labios del gobernador Conto, lo más exactamente posible, respecto de las vías usadas por Trautwine.
Acerca de la provincia del Chocó, cuya capital era el poco habitado Quibdó, localidad que conociera Codazzi en su primer viaje a la Nueva Granada, se tenía en Bogotá apenas una vaga idea. Codazzi, no obstante, poseía un documento en que se describía la provincia, fechado el 29 de septiembre de 1801 en Ibagué y encontrado entre los papeles de Humboldt. Inicialmente su centro era Nóvita, en la región del Pacífico, al cual se agregaron: al sur Atatamá, con la avanzada de Chame; y al norte Citará, con la avanzada de Quibdó. Ya en dicho informe se aseveraba la existencia, en territorio chocoano, de lugares como los buscados por Trautwine: un punto donde el viajero podía con la mano derecha tomar agua que corría al océano Atlántico, y con la izquierda agua que corría al Pacífico. Codazzi tenía que explorar ahora esta línea divisoria entre la cuenca del Atrato y el río Quito, por un lado, y el río Baudó y el San Juan, por el otro. Allá inspeccionó especialmente los pasos de los ríos Suruco y Pató, y acá los de los ríos Tadó y San Pablo. En el último lugar, tan renombrado desde los tiempos de Humboldt, escribió Codazzi, desilusionado pero con toda franqueza, que no existía ni la más remota perspectiva para un canal interoceánico por estas tierras, al menos para embarcaciones de alto bordo, aunque fuesen pequeñas: En el mejor de los casos, podía lograrse un paso para vapores de poco calado y mínimo tonelaje, pero también esta vía sólo era posible con costos excesivamente altos para traer el agua que debía alimentar el canal.
"Tal comunicación fluvial de la región es ahora, y lo será por muchos años, totalmente innecesaria, aun con miras a un rápido desenvolvimiento del comercio, la agricultura y la minería, mientras nuestra población de las riberas del San Juan pueda llegar por este río hasta Buenaventura y Panamá y los vecinos del Atrato dispongan de su curso para alcanzar el golfo de Urabá y desde allí a Cartagena o a la estación terminal del ferrocarril de Panamá".
Desde la mencionada San Pablo, solitaria población de pocos habitantes situada en el istmo del mismo nombre, entre las cuencas de los ríos Atrato y San Juan, Codazzi prosiguió su viaje, descendiendo por las aguas de este último. El 10 de marzo de 1853 abandonó su canoa a orillas del río Tamaná, en el atracadero de la localidad de Nóvita, la titulada ciudad capital de la provincia de Chocó, cuyas numerosas viviendas, techadas únicamente con palmas y levantadas sobre estacas por la humedad del suelo, eran habitadas por toda clase de animales y carentes de comodidades domésticas. Desde allí escribe Codazzi, el 22 de marzo de 1853, al gobernador de la provincia: "Han pasado treinta y dos años desde cuando, en cumplimiento de órdenes militares, viajé por estas regiones. Observo ahora cierto aumento de la población en las orillas de los ríos, por aquel tiempo todavía inhabitadas, con integrantes de la raza africana, a la vez que una disminución de los antiguos lugares poblados. Nóvita ya no es lo que fue en 1820, y Quibdó permanece en la misma situación de entonces. Aquí unos incendios trajeron desolación; allá la afectaron la emigración o la muerte de unos solitarios mazamorreros de oro. El logro de la modernización y el progreso nos exige una vigilante y consciente actitud ante el trabajo. Esto no existe aquí, en perjuicio de la nación y del aprovechamiento de los recursos naturales. Mientras la naturaleza le proporcione el necesario sustento, el hombre puede vivir desnudo y frugalmente. Si está falto de dinero, mazamorrea en cualquier playa el oro que estime necesario, compra lo deseado y se va de cacería, en tanto la mujer coge la canoa y se va de comadreo. Aquellos que se creen libres, son en verdad esclavos de sus minúsculas necesidades vitales. Posiblemente los pocos blancos que viven en Quibdó y Nóvita - no existen otros pueblos aquí - no encuentran quien les ayude, cuando el rigor del clima los obliga a solicitar el concurso de los negros para el trabajo agrícola o minero. El Chocó es un país de minería, pero la riqueza no se explota como es debido. Falta el noble afán de adquirir fortuna por medio del trabajo, lo cual hace posible el goce de la vida, la educación de los hijos y un futuro seguro. ¡Sin el trabajo no es posible la prosperidad! En Venezuela, donde rige una constitución mucho más liberal que la nuestra, el ciudadano está obligado a trabajar, y en caso de negarse se le castiga, porque se ha comprendido que, con una pereza generalizada, tanto el progreso nacional como las relaciones con el exterior se paralizarían. ¡Cómo podría subsistir la Nueva Granada y costear las mínimas necesidades estatales, si en todo el país el pueblo fuera tan perezoso como aquí, en la provincia del Chocó! Cabe esperar el favor de un cambio, cuando una vía navegable corte el istmo y conduzca, por ejemplo, desde la .bahía de Caledonia hasta el río Sabana. Entonces los indígenas se convertirán en buenos trabajadores y los negros del Chocó y del Baudó dejarán su pereza; los antioqueños bajarán de sus montañas a buscar nuevos caminos para el comercio, a catear y a encontrar nuevos depósitos de minerales; los extranjeros les seguirán, y una nueva era comenzará. ¿Pero cuándo sucederá esto? ¿Cuándo se cumplirán tales esperanzas?".
Desde Nóvita llegó Codazzi, a través de un arrastradero para canoas entre los ríos Suruco y Pepé, al pueblito de Baudó, situado enfrente de la desembocadura del último río mencionado. Aquí se enteró, por boca del francés Antoine Posso, en cuya casa se habían hospedado, de mucho de lo que relataban los norteamericanos, cuyos conceptos sobre el problema del canal interfluvial e interior no pudo menos que aprobar. Vivía este francés como un ermitaño en medio de los bondadosos indios chocoes y de los pérfidos congéneres de la raza negra, o sea los mulatos, que representaban claramente la degeneración de la población costanera.
En Baudó renovó la embarcación y la tripulación, a fin de viajar por vía marítima a Buenaventura, no para medir las costas - lo que ya, para el almirantazgo británico, había realizado en 1849 Henry Kellet, quien desde Londres enviara a Bogotá copias de los mapas que había terminado - sino más bien para ahorrar gastos a la expedición, la cual se había desviado del plan inicial y amenazaba volverse muy costosa. La travesía hasta Buenaventura se cumplió sin mayores contratiempos, pero su continuación se complicó y se prolongó por casi un mes, sin considerar la demora en la alta y escarpada isla de Gorgona, ni la visita al pueblito de Iscuandé. La tripulación y los sirvientes de Codazzi enfermaron. Por fin, el 2 de mayo, arribó la embarcación al puerto de Tumaco. Aquí sucumbieron dos de los acompañantes de Codazzi, y la mayoría de los restantes no pudieron continuar por agotamiento. Su jefe prosiguió solo hasta la laguna de Chimbuza, para desde allí penetrar en el bajo y selvático delta del río Patía, pantanoso y malsano. Aquí la costa de la provincia de Barbacoas se mostraba como la más singular entre las fronteras marítimas de la Nueva Granada: una extensa tierra aluvial, en la cual, aquí y allá, todavía alcanzaban a sobresalir las cumbres de una cordillera hundida. Aquí, a un mismo tiempo, la arena del mar y la rocalla de los Andes habían obstruido las desembocaduras de los ríos. Numerosas formaciones de dunas desnudas daban asiento a pobres, y tan desnudos como ellas, navegantes y pescadores. No lejos de sus viviendas lacustres se observaban esporádicos cultivos de coca y de frutas, en medio de una impenetrable espesura de mangle, bajo la cual fermentaba el agua lodosa.
En Barbacoas, el pueblo principal de la provincia, protegido por algunas lomas de las emanaciones del suelo y la vegetación pantanosos, se reencontró el grupo expedicionario de Codazzi, para continuar la marcha por el único camino que comunica la costa con la altiplanicie de Túquerres, y por el cual inclusive los conocedores de la región sólo pueden viajar a las espaldas de un indígena. Inicialmente se encaminaron a Mallana, pueblito adyacente a la gigantesca montaña del mismo nombre, que es conocido por sus agrestes alrededores, sus afiladas agujas rocosas y sus pirámides de piedra pintadas, restos de lo que fuera la prolongación de una cresta de montaña. "Con el ascenso aumenta rápidamente el frío; la vegetación disminuye, la densa niebla impide la visión y el viento anuncia que hemos llegado a una vasta altiplanicie, la de mayor altura en la Nueva Granada: aquella en la cual están enraizados los colosales volcanes de Azufral, Cumbal y Chiles". Codazzi, quien no encontró en Túquerres un cielo del todo despejado, hubo de pensar, a cada paso, en las palabras de Humboldt, de que aquí se encontraba el Tíbet de la América del Sur. Lo que más lamentó fue no lograr ver desde ninguna parte la orgullosa y sobresaliente cabeza del Cayambe. Después de aprovechar unos claros en el cielo cubierto de nubes, para formarse una visión de conjunto, continuó el viaje. Encontró raros manantiales, algunos de agua mineral, otros de ríos que más adelante crecen con fuerza, como el Sapuyes. Prosiguió con rumbo al sur, hacia Ipiales, poblado pintorescamente ubicado al pie de los volcanes Cumbal y Chiles, donde lo favoreció la suerte. Pudo aquí determinar exactamente la situación del volcán Chiles, punto limítrofe de la mayor importancia en la frontera con el Ecuador. Otro tanto hizo con las fuentes del fronterizo río San Juan, durante una excursión a Mayasquer, y posteriormente con las del río Carchí. Visitó el puente natural de Rumichaca - que figura equivocadamente, en antiguos libros quiteños de historia, como una construcción maravillosa de los incas -, tras lo cual siguió, con grandes esfuerzos, el curso del río de ese nombre, que más adelante desemboca en el Patía, en varias partes de cuyo curso enormes rocas caídas sobre él se constituyen en puentes. Durante este trabajo, visitó también el más afamado lugar de romería de esta región tan supersticiosa: la capilla de la Gran Laja, edificada en el sitio donde se encontró un cuadro de la Madre de Dios pintado en la piedra, a la cual acuden, desde tiempos inmemoriales, peregrinos de Perú y Quito, como también del Chocó y Popayán. La próxima estación era Pasto, donde se reunió nuevamente con sus compañeros, aunque con ciertas dificultades, aumentadas por el comportamiento de la población local. Consideraba Codazzi a los pastusos, los últimos defensores del dominio español, muy peligrosos: "Carecen de todo conocimiento y se inclinan a la superstición. Son fanáticos, como pueden serlo sólo los pueblos de las montañas que viven solitarios y nada saben de las obligaciones ciudadanas y cristianas. Por causa de su índole salvaje, son proclives a seguir cualquier incitación a la violencia, lo cual puede tornarse peligroso, por su conocimiento de todos los caminos y pasos en la montaña rocosa, por los bastiones montañosos casi inexpugnables y por la siempre segura ayuda de los vecinos a lo largo y ancho de la región. Si en Pasto están acantonadas las tropas, hay comercio y dinero; si ellas faltan, entonces se paraliza el tráfico, bajan los precios de todos los productos, no existe ningún mercado. ¡La guerra civil llevó a Pasto, aunque parezca paradójico, el bienestar y el progreso!".

Manglares (Tumaco)

Al afamado volcán que domina tanto la ciudad como toda la cordillera, profundamente desgarrada por los impetuosos ríos Guáitara y Juanambú, lo describió pormenorizadamente Boussingault en el año 1831, de manera que no parecían necesarios más trabajos. La expedición bajó rápidamente al valle del río Patía, y pronto cruzó el río Mayo, en el cual se veía, de acuerdo con una antigua tradición, la frontera septentrional del imperio incaico. No obstante, según indicaciones lingüísticas y de otra naturaleza, debió de extenderse más allá. A partir de Mercaderes, retomaron las formidables vertientes de la cordillera Central para alcanzar a Almaguer. Desde allí fijó cartográficamente, en la medida que un viaje de ocho días lo permitía, esta tierra agreste pero ricamente distribuida, hasta la altura del volcán de Sotará y las fuentes del río Cauca, con base en posiciones principales exactamente determinadas.
El 3 de julio se encontraba Codazzi en el pueblo natal de Caldas, cuyo triste destino tocó tan vivamente su alma cuando pasaba la noche en Paisbamba, que resolvió dar a la gran cordillera occidental de la Nueva Granada el nombre de Caldas. En Popayán hubo de permanecer por más tiempo, especialmente para determinar la altura del Puracé, lo que llevó a cabo en el mismo lugar donde hacía cerca de veinte años realizara Boussingault sus observaciones. El trabajo se efectuó, entonces como ahora, en medio de los peligros de una violenta borrasca que tumbaba incluso a los mismos indios habitantes de los páramos, acostumbrados desde jóvenes a escalar las montañas. "El suelo ardía bajo nuestros pies. Sentimos un ruido subterráneo, como de agua hirviendo, y el vapor emergió de las grietas de la tierra. Mis instrumentos peligraban, por lo cual bajé sin haber visto el cráter propiamente dicho, y que en la actualidad se halla inactivo. A las tres de la tarde y desde lugar seguro, pude medir un sector de la cima nevada, tras lo cual exploré los azufrales, las fuentes termales de la montaña y las profundidades de los valles adyacentes, como también los estratos de las rocas aflorantes".
Otra excursión los llevó a Guayas, en la cordillera Occidental, desde donde se apreciaba toda la provincia de Popayán como sobre un mapa. "Subí a esta cumbre para saber por dónde se debía construir un camino desde la capital de la provincia hasta la costa del mar Pacífico. La base para las mediciones de los valles a mis pies se había preparado la víspera por la tarde, y antes que saliera el sol me encontraba ya listo. Sin embargo, abajo y hasta la altura de las cumbres por medir había una densa niebla, mientras por el otro lado, cara al sol, todo era claro y despejado. En el momento en que el sol aparecía por encima de la cumbre del Puracé, vi de repente ante mí, sobre la niebla, mi sombra en dimensiones gigantescas, la cabeza rodeada por una aureola de luz, en cuyo borde brillaban los colores del arco iris. Este raro, pero fácilmente explicable fenómeno, se llama en los alrededores de Quito el círculo de Ulloa, y duró casi una hora. Mi imagen siguió todos mis movimientos, y desapareció tan pronto como la niebla se disolvió, volviéndose blanca, elevándose y desvaneciéndose. Ante mí se abrió el panorama de los profundos valles y sus bordes montañosos. Los vapores de agua, borbotando hacia la ya alta región de la niebla, dejaban más y más al descubierto el paisaje, el cual, hasta llegar al mar Pacífico, estaba formado por oscuras selvas, y luego se fusionaba en colores claros con el horizonte del océano. Sólo un punto oscuro era visible: la isla de Gorgona. De las bifurcaciones de las montañas que se perdían en las selvas de las llanuras, impenetrables a la vista, se veían claramente las crestas y picachos. Majestuosamente se elevaban las cumbres del Naya, del Napí y del Timbiquí, y algo más lejos las cúpulas pulidas y desnudas del Guachito, del San Juan y del Guapi, mientras que en dirección opuesta se dejaban ver, densamente cubiertos por selva de montaña, los picos Dujuandó, Munchique y Mechengue.
"El sol ya estaba muy alto en el limpio y diáfano cielo; sus rayos alumbraban la tierra libre de niebla y bruma. A mis pies estaba la históricamente memorable Cuchilla de Tambo, que dividía las aguas de los dos océanos. Popayán se destacaba claramente en medio de las faldas de las colinas y del verde de los pastos, con sus fincas y cultivos. También se veía claramente, casi hasta Quilichao, el cauce del río Cauca, y claramente también la campiña del valle hasta las alturas azuladas de Chapa y Teta, además de las formas gigantescas de la cordillera: el volcán de Puracé, muy por encima de la altiplanicie esteparia de Guanacas y de las singulares cumbres del páramo de Moras. La cresta de la cadena montañosa, generalmente de color pardo, era ahora azul oscuro, y detrás de ella resplandecían los campos de nieve del volcán del Huila. Por el otro lado, el volcán de Sotará ocultaba las praderas de Paletará y los espacios nevados de los Coconucos, pero entre éste y la extraña forma de la cumbre del Socoboni se veía el valle desplegado ante el páramo de las Papas, además de los de Almaguer y Aponte. Los numerosos picos de las alturas de Almaguer aparecían por encima de los del valle del Patía, como separados del suelo. Las laderas verdes de El Bordo y Mercaderes formaban un hermoso contraste con el oscuro fondo por el cual serpenteaba el río Patía, con sus aguas que brillaban como plateadas por los rayos del sol. Todo este territorio, así visto, se podía dibujar desde aquí hasta la desembocadura del río Mayo. Detrás se elevaba, en forma escalonada, la cordillera de Berruecos, sobre la cual se alzaba el imponente y majestuoso volcán de Pasto, y detrás se destacaban, sobre el horizonte azul, las alturas de Túquerres. No me cansé de gozar este cuadro".
El 10 de julio Codazzi abandonó a Popayán, donde había recibido muchas atenciones de la familia Mosquera, para continuar, por el camino acostumbrado, a través del valle del Cauca, hasta llegar a Cartago, donde había estado hacía un año. Allí, el 2 de agosto, concluyó sus trabajos, muy cansado y poco contento con los resultados de las últimas semanas, ya que el viaje había sido demasiado rápido.
De vuelta en Bogotá, Codazzi se dedicó sin tardanza a elaborar y a escribir sus observaciones y experiencias. La parte más difícil de estos trabajos la representaba el capítulo geológico, que antaño en Venezuela se elaboraba sin mayor esfuerzo, gracias a que contó con ayuda. Codazzi, sin formación en esta materia, tomó como punto de partida las tres eras geológicas. Al respecto, se imaginaba que la serranía del Darién, antiguamente, según se dice, llamada también Sierra Tagargona, se había originado casi simultáneamente con el surgimiento de la cadena occidental de los Andes neogranadinos, que él suponía que había acaecido entre la primera y segunda era geológica. De formación más reciente - del período terciario, según opinión de Codazzi- era la comunicación actual entre las dos cordilleras, que se inicia cerca de la desembocadura del río San Juan y termina en el macizo montañoso de Aspavé, Codazzi juzgaba, al observar el mapa del istmo inferior, que en una época los dos océanos habían estado comunicados, y que formaba la costa oriental la cadena de Abibe desde Murindó; la costa meridional, la actual divisoria de aguas entre los ríos Atrato y San Juan, en tanto que como costa septentrional de esta brecha aparecía la serranía del Darién, porción final de una península semejante a una antecordillera que tenía sus raíces bien al norte. El resto de este ancho mar que dividía los dos continentes, era para Codazzi el golfo de Urabá, una de las rarezas entre las aguas marinas de América. Para resolver los demás problemas geogenéticos, se utilizaron, por una parte, las obras de Humboldt sobre los volcanes y los nudos montañosos de la Nueva Granada, y por otra, las constantes y ahora revalidadas teorías sobre los antiguos lagos andinos de agua dulce.
Codazzi esperaba poder dedicarse con más tranquilidad a éstas y otras ideas semejantes. Para llevarlas adelante, debía corregir las deficiencias de los últimos levantamientos, mediante un nuevo viaje a las provincias del sur, al valle superior del río Magdalena y a las regiones limítrofes del Ecuador, tras lo cual debía adentrarse profundamente en las selvas de los indios andaquíes y en el resto del territorio del Caquetá.
En seguida se compaginaron acertadamente los trabajos más recientes con los del año 1852. Se delineó y describió el curso del río Atrato. Las líneas divisorias de agua entre sus afluentes y la vertiente fluvial del mar Pacífico deberían fijarse lo más exactamente posible, lo mismo que las cuencas de los ríos del Pacifico: San Juan, Iscuandé y Patía, entre los cuales el último presentaba especiales dificultades, por causa de que las mensuras habían sido muy afectadas por circunstancias poco propicias. Esta vez, a diferencia de las anteriores, el hombre tan aplicado que era Codazzi no pudo terminar los trabajos comunes y corrientes, en especial la parte descriptiva: al final habría tiempo para llenar los vacíos.
Aunque el nuevo presidente de la república era enemigo personal de Mosquera, Codazzi confiaba, sin embargo, en que su empresa, cuyo desenvolvimiento había sido tan favorable hasta el momento, también en el futuro contara con el apoyo necesario para trabajar en paz y sosiego. Con preocupación se enteró, al emprender su último viaje, de algunos indicios de que se estaba abriendo paso a una nueva constitución: cambio que en principio vio con poco agrado, pensando en su empresa, ya que esta se había configurado con fundamento en la Constitución del 20 de abril de 1843 y en las leyes básicas que la integraban. Sin embargo, si bien se miraba, podía sentirse bastante satisfecho con la legislación del 20 de mayo de 1853, ya que le facilitó considerablemente el trabajo, no sólo por reducir el número de provincias a veinticuatro - por ejemplo, fusionó las de Barbacoas, Túquerres y Pasto en una - sino, además, por suprimir la subdivisión en cantones, de tal manera que los trabajos, dibujos, descripciones y estadísticas cantonales se eliminaron. En contraste, honda preocupación ocasionaron a Codazzi las conversaciones con el Brasil sobre problemas fronterizos, las cuales, en contradicción con su sentido práctico, se encaminaron por el terreno movedizo de los legalismos y las sutilezas históricas. Por la Nueva Granada, Lorenzo M. Lleras, sereno y ponderado, hizo al representante brasileño, Miguel María Lisboa, concesiones que a los cabecillas políticos parecieron inauditas. El problema fronterizo se encontró en un punto crítico y poco satisfactorio, y las dificultades aumentaron aún más a causa de las negociaciones que había iniciado Brasil respecto a la navegación por el río Amazonas, además de los sorpresivos hallazgos de minas de oro en Santiago y a orillas del río Napo, lo cual, precisamente, hizo que ciudadanos de Estados Unidos, desde el Perú y encabezados por Montesa, así como alemanes al mando de Schütz, se dirigieran a regiones que, al menos en parte, reclamaba la Nueva Granada. La diplomacia brasileña logró en aquellas negociaciones, que abarcaron, por lo demás, muchos otros aspectos, escaso éxito, ya que todas las repúblicas vecinas se enfrentaron vigorosamente a la América portuguesa, y la propia monarquía imperial hubo de encarar grandes dificultades internas. El gobierno del Ecuador dictó, el 26 de noviembre de 1853, un decreto en contra de las aspiraciones brasileñas, al mismo tiempo que declaraba al río Putumayo patrimonio del Ecuador. De esa manera, los desgraciados litigios fronterizos se renovaban una y otra vez, especialmente con respecto a aquellos tramos donde la situación se presentaba más oscura y donde, a la vez, eran más vitales los intereses en juego. En tales condiciones, Codazzi tenía que dibujar mapa tras mapa, pese a lo cual no lograba formarse un concepto propio en la disputa de las partes. Su gran mapa general se basaba únicamente en indicaciones de Acosta, a las cuales faltaba todo punto de apoyo que no fuese el de antiguas actas, ya que inclusive algunos de los trabajos previos de Requena no se habían tomado en cuenta para el mapa.
 

* Aunque Schumacher incluye, dentro de un fragmento de Peregrinación de Alpha de Manuel Ancízar que cita entre comillas, una lírica descripción suya del paisaje sabanero en un día de verano, he preferido transcribir textualmente las palabras del propio Ancízar, tomadas del libro mencionado. (Nota del traductor).

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