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CAPÍTULO V

 

MUDANZA A BOGOTÁ


El 27 de enero de 1848, por orden del presidente Monagas, fue disuelto el Congreso de Venezuela con el poder de las armas. Este acto de violencia, en el que varios congresistas resultaron heridos y algunos perecieron, destruyó de un solo golpe todo lo creado con tanto esfuerzo durante los últimos años, a la vez que reveló, también de súbito, la verdadera situación de un pueblo todavía inmaduro para autogobernarse democráticamente. Había que resignarse a aceptar que a los pocos elementos buenos, no dañados por una guerra sedienta de sangre y dinero, los había aniquilado después la politiquería sin límites, en nada preocupada por el auténtico bienestar nacional. Si bien Codazzi no esperaba un golpe de estado semejante al que ahora se había atrevido a perpetrar Monagas, su enemigo personal, de todos modos temía, de tiempo atrás, que sobreviniera una catástrofe, que inclusive lo afectara a él mismo.
Los intentos de destituirlo del cargo de gobernador fracasaron, pues no pudieron encontrar motivo alguno para proceder constitucionalmente contra él. Sin embargo, ya la ausencia de escrúpulos de Monagas y de su ministro de guerra, Francisco Mejía, los había movido a escoger otras vías. A mediados de 1847 habían nombrado a José Ignacio Pulido comandante militar de Barinas, de manera que poco campo le quedaba al gobierno civil de Codazzi. No obstante toda la cautela, la ruptura resultó inevitable. El 21 de febrero de 1848, a hora avanzada, se presentó Codazzi ante su enemigo, resuelto y listo a partir. Pulido intentó convencerlo de que se quedara. "No, camarada - fue la respuesta -, mi situación aquí es demasiado difícil. La sola presencia de usted impedirá que estallen disturbios. Mañana tomará posesión del gobierno civil, nombrarán un nuevo gobernador para reemplazarme y todo marchará sin derramamiento de sangre, que de otro modo no podría evitarse". A la mañana siguiente se encaminó Codazzi con su familia hacia Trujillo, para luego proseguir a Maracaibo.
Días antes, desde Calabozo, había llamado Páez a luchar contra el presidente, acusándolo de alta traición, y acto seguido intentó concentrar algunas fuerzas militares en apoyo del partido constitucional, sobre cuya segura victoria no albergaba la menor duda. A Codazzi le fue imposible correr a su lado, ya que ante todo debía llevar a lugar seguro a su mujer y a seis niños. Por lo tanto, sin tardanza se dirigió a Maracaibo, centro de activo comercio con el extranjero, donde nació, el 28 de abril, su séptimo hijo.
En medio de esta apresurada fuga, recibió Codazzi una importante misiva de Bogotá, que lo conmovió singularmente. Por iniciativa de Joaquín Acosta, se la enviaba un antiguo conocido, Mosquera, actual presidente de la Nueva Granada. Éste, que era el tercer sucesor de Santander, forjaba ambiciosos planes para su patria, algunos impracticables pero todos bien intencionados.
En aquella república vecina de Venezuela, cuya frontera lindaba con una lejana y despoblada zona de la provincia que había gobernado Codazzi, parecía que el orden se iba imponiendo lentamente, tras aquella dura guerra del año 1839. Después de la presidencia de Márquez, se logró mantener la calma lograda recientemente con tanto sacrificio. La Constitución del 20 de abril de 1843 aumentó considerablemente las atribuciones del poder ejecutivo, y la presidencia de Herrán, precisamente durante la cual se promulgó esa nueva ley fundamental, puso en ejecución varias medidas beneficiosas y mantuvo bajo control las presiones partidistas. Mosquera, sucesor de su yerno, en 1845, en la silla presidencial, trajo consigo las mayores esperanzas para su nación. Ya en aquellos durísimos tiempos de la guerra, ahora casi olvidados, este hombre, siempre en posesión de renovadas ideas, buscó interesar al Congreso de la Nueva Granada en un levantamiento cartográfico del país, tal como se acababa de concluir en Venezuela, y hasta en la publicación de una gran obra geográfica, tal como, así mismo, se había iniciado hacía poco en Venezuela. La reorganización y mejoramiento del sistema que allí se efectuaron una vez concluido el trabajo de levantamiento cartográfico, debían aprovecharse aquí desde un principio en beneficio de la nueva empresa.
Al igual que Páez, también Mosquera, en su lucha contra los españoles, había sentido la necesidad de cartas geográficas, y después paulatinamente fueron coincidiendo en su interés a punto tal, que no se encontraba nada análogo en Venezuela. Desde hace decenios el interés del mundo se concentra en una franja de tierra neogranadina: el istmo de Panamá, cuya suma importancia ha sido siempre reconocida y que por derecho propio ocupa un lugar en el escudo de la Nueva Granada. Desde principios del movimiento de la independencia, han surgido muchos planes para romper esta barrera marítima, a fin de abrir un camino a los pueblos, sea por tierra o por agua (27). Sabía Mosquera que Bolívar había dialogado con Humboldt sobre tales planes, y que este último consideraba como condición previa un detallado levantamiento geocartográfico del istmo, como había sido solicitado varias veces. Humboldt, ocupado con la continuación de su descripción de Venezuela, había recibido de Bolívar diferentes materiales, como diarios oficiales e información estadística, y se refería con gusto a la cuestión del istmo, recalcando que desde hacía muchos años se interesaba en los medios de comunicación entre los dos mares y que, tanto en publicaciones impresas como en diferentes memorias, había solicitado insistentemente una investigación hipsométrica del istmo en toda su extensión, especialmente allí donde se une con la tierra firme de la América del Sur, o sea en la región del Darién y en la antigua e inhóspita provincia de Buriticá, allí donde, entre el río Atrato y la bahía de Cupica, a orillas del Mar del Sur, parece terminar la cadena montañosa del istmo.

Río Meta


Según Humboldt, los trabajos no debían hacerse siempre siguiendo la dirección de los meridianos entre Portobelo y Panamá, ni al occidente de éstos hacia Chagres y Las Cruces. Hasta la fecha no habían sido tomados en cuenta los puntos más importantes, a orillas de ambos mares, en el oriente y el suroeste del istmo. Este sencillo consejo, el único que él hubiese podido dar, nunca fue tenido en consideración. En vista de la trascendencia de este asunto para el comercio mundial, no se podía seguir limitando, como hasta entonces, a un círculo estrecho. Un amplio trabajo que abarcara todo el oriente del istmo, era igualmente esencial para cualquier tipo de instalaciones, fuese para la construcción del canal como también para la del ferrocarril. Sólo este trabajo previo podía decidir en pro o en contra en torno a tan debatido problema. Puntos de vista de tal magnitud tenían que llamar poderosamente la atención de Mosquera. Él sabía que los ensayos de Domingo López, los primeros inspirados por Bolívar, habían resultado infructuosos, lo mismo que aquellos que encomendó el Libertador a dos extranjeros pertenecientes a su abigarrado séquito: el inglés John A. Lloyd y el sueco Falmark. Aunque no se produjeron recomendaciones prácticas, de todos modos los informes publicados en Europa suscitaron nuevos esfuerzos de personas emprendedoras. Así, por ejemplo, el 29 de mayo de 1835 logró Charles de Thierry en Bogotá un privilegio sobre el istmo, lo cual despertó el interés de los norteamericanos. Ya el 6 de junio de 1836 lograron dos representantes de Washington firmar un convenio con el gobierno neogranadino sobre un ferrocarril a través del istmo 28. Acontecimientos de esta índole dejaron nuevamente muy en claro la necesidad de realizar levantamientos geocartográficos, tal como lo expresó por primera vez la ley del 15 de mayo de 1839, con referencia al levantamiento del mapa del país. Mosquera, que entonces formaba parte del gabinete del presidente, abrigaba la esperanza de que Codazzi, una vez concluidos sus trabajos en Venezuela, acometiera en la Nueva Granada una tarea semejante. Dado que tal perspectiva no se cristalizó, en Bogotá la idea hubo de arrinconarse por un tiempo. Sin embargo, en el exterior se hilaron cada vez más planes referentes a la ruta a través del istmo, particularmente desde cuando una ley neogranadina, fechada el 1° de julio de 1842, fijó las condiciones generales de una licitación pública para obtener privilegios sobre el istmo, que recaerían en el mayor postor. Con vivo y renovado interés, se consagraron al proyecto los científicos europeos, especialmente geógrafos teóricos y economistas estatales, mientras que los técnicos y los hombres de negocios se dedicaron a hacer cálculos. Así, por ejemplo, una compañía parisiense encomendó al ingeniero Napoleón Garella investigar diversos pasos en las montañas situadas entre las bahías de Limón y Panamá. Todos estos esfuerzos resultaron infructuosos. Sin embargo, poco antes que Mosquera escribiera por primera vez a Codazzi, Matías Klein, como representante de una nueva sociedad parisiense, logró en Bogotá el privilegio para construir y explotar un ferrocarril a través del istmo. Aún mayormente significativo que el interés de los franceses, fue bien pronto el avance real de los Estados Unidos, cuyo ministro residente, B. A. Bidlack, convino con Mosquera en Bogotá un tratado entre los dos Estados, el cual se aprobó el 12 de diciembre de 1846, y que contenía trascendentales disposiciones sobre el istmo. Efectivamente, la República de la Nueva Granada garantizó a los norteamericanos la libertad de comunicaciones a través del territorio ístmico, con lo cual, a su vez, los Estados Unidos garantizaban no solamente la completa neutralidad del istmo, de tal manera que el paso libre de un mar a otro jamás se interrumpiera, sino también "la soberanía sobre el territorio istmeño y la propiedad del mismo". En seguida, los norteamericanos hicieron uso de la licitación pública estipulada por Bogotá, y la indomable energía de éstos permitía esperar la pronta terminación de una vía que comunicara los dos mares. Mosquera valoraba este paso adelante con satisfacción no exenta de cierto temor. Si la República de la Nueva Granada tenía que hacer oír su voz respecto de una obra de tal magnitud, e incluso intervenir activamente en ella, por lo menos debía contar con el concurso de un hombre como el tan ponderado geógrafo de Venezuela, quien podía y debía cooperar con los representantes de los intereses extranjeros.
Ante perspectivas de esta índole, Codazzi abrigaba muy severas reservas. Ya en Maracaibo había meditado sobre los planes de Mosquera, y se declaró convencido de que una colaboración con los extranjeros era imposible: "Tal como los climas de los territorios europeos y norteamericanos son diferentes de los nuestros, de la misma manera los conceptos y costumbres de los escasos habitantes de nuestras regiones todavía semisalvajes difieren en forma total de los de la población de aquellos países favorecidos por la cultura, densamente concentrada, con instrucción ampliamente difundida y profundos estudios especializados. Aquí, en nuestras comarcas, hay poblados compuestos de pocas casas, diseminadas en medio de vastas distancias; allá, populosas ciudades, una al lado de otra. Allá la masa de la población cuenta con abundancia de luz, energía y riqueza, mientras nuestro aislamiento nos retiene en la oscuridad, sin la fuerza necesaria y sin los medios indispensables. Allá la experiencia de siglos contribuye para que en cada caso se logren óptimos resultados. Aquí nuestros iniciales pasos de aprendices pueden fácilmente llevarnos a errar, y sólo muy tarde devolvernos al camino acertado. Bastaría este paralelo para demostrar que todo compromiso entre las antiguas y poderosas naciones y los jóvenes pueblos de Suramérica es improcedente y que, por lo tanto, una colaboración entre nosotros y los extranjeros no es conveniente".
Para Codazzi, la sola idea de tener que trabajar de alguna forma en compañía de topógrafos e ingenieros foráneos le resultaba insoportable, pues en manera alguna desconocía la diferencia en cuanto a mentalidad y dinamismo. Sin embargo, no rechazó de plano la oferta de Mosquera, pero alegando las difíciles circunstancias que en ese momento atravesaba, le solicitó un plazo para decidirse.
Mosquera, comprendiendo la situación, lo nombró, el 3 de julio de 1848, profesor de estudios superiores en Bogotá, a fin de atraerlo gradualmente. Empero, Codazzi intentó, una vez resguardada su familia en Curazao, reunirse con Páez, su amigo y protector de tantos años, para participar, por lo pronto, en la lucha contra la dictadura de Monagas.
Era demasiado tarde. El muy avezado y veterano primer presidente de Venezuela no había logrado que su llamamiento a las armas encontrase eco. Es más: se había dirigido a Riohacha, vía Ocaña y Santa Marta, para huir por mar. Codazzi tomó la decisión de seguir las huellas de Páez hasta la frontera con la Nueva Granada, a la cual llegó el 13 de enero de 1849 pero, como no encontró en Cúcuta a su camarada de armas, continuó rápidamente hacia Bogotá, para ponerse a órdenes de Mosquera.
Cuando Codazzi pisó por tercera vez el suelo de la capital de la Nueva Granada, se hallaba más pobre que nunca. La mujer y los hijos en el extranjero, su colonia en decadencia, sus propiedades de finca raíz abandonadas, cualquier perspectiva hacia el futuro era incierta. En tales circunstancias, Bogotá le pareció, a diferencia de las visitas anteriores, color de rosa. La ciudad había logrado algunos progresos. Desde hacía poco, en su plaza mayor se erguía la estatua de Bolívar - obra de aquel mismo Pietro Tenerani con el cual negociara Codazzi hacía algunos años, sin éxito, la ejecución de un monumento destinado a la ciudad de Caracas-, obsequio de su amigo José Ignacio París, protegido del Libertador-Presidente. Mosquera había hecho remover los últimos escombros del palacio virreinal, a fin de ganar espacio para otras edificaciones públicas. En el costado sur de aquella plaza se había puesto la primera piedra para un capitolio, edificio que debería tener como modelo el capitolio de Washington, y cuya erección debería dirigir James Reed. Al igual que éste, también Codazzi era un forastero, y tal cual ellos, se encontraban allí, por iniciativa de Mosquera, varios otros extranjeros; por ejemplo, el ingeniero Stanislaus Stawasky, el matemático Miguel Bracho, el químico José Evoli y el naturalista Jean Lévy. La prensa y la impresión de libros habían logrado notables progresos, por iniciativa de Manuel Ancízar (29), recién regresado de Europa. Ancízar mostró gran compenetración con los intereses de Codazzi, y pronto se hicieron amigos. Era un hombre de formación cultural europea, ágil literato y dueño de un carácter verdaderamente noble. Otra personalidad sumamente capaz era Joaquín Acosta (30), no sólo amigo magnánimo de las ciencias y la educación, que distribuía generosamente, a manos llenas, dádivas y honores, sino que él mismo era un formidable científico, que había mantenido relaciones en París con Boussingault y Roulin y que había escrito una Historia del descubrimiento y poblamiento de la Nueva Granada. Allí había hecho publicar varios escritos de Caldas, como también traducciones de diferentes disertaciones de los dos franceses arriba mencionados, referentes a la Nueva Granada. Había elaborado varios mapas, uno de los cuales abarcaba todo el país, publicado en 1847 en París y comentado favorablemente por un crítico de la importancia de Jomard, y después, un mapa de la frontera neogranadino-brasileña y otro del curso del río Atrato: todos ellos, trabajos preliminares básicos para una obra más extensa. Codazzi había conocido a Acosta en Caracas, donde en 1845 había dialogado con él, en su calidad de ministro residente neogranadino, sobre problemas fronterizos, aunque sin resultado. Un tercer interesante personaje de Bogotá era el ya viejo y ciego Manuel María Quijano, médico y químico que, desde la época de su camaradería con Caldas y cuando las circunstancias cotidianas se lo permitían, escribía por afición. Había escrito acerca del dividivi y otras maderas colorantes, sobre el cultivo del tabaco y la cría de gusanos de seda, sobre las fuentes de agua mineral de Quetame, sobre la elefantiasis y el cólera, y había perdido la luz de los ojos, hacía cerca de diez años, experimentando con aleaciones de oro y cobre, tras lo cual permaneció largo tiempo en Popayán, su ciudad natal, de manera que conocía bien los alrededores de ésta, como también los de Neiva y Cali. Acogió a Codazzi muy cordialmente. En cuanto a la academia de Zea, no quedaba nadie. Tal como Boussingault y Roulin, también Rivero había regresado hace tiempo a su país, y desde entonces, conjuntamente con J. J. de Tschudi, había publicado una importante obra sobre el Perú; Justin-Marie Goudot se había extinguido en Honda en medio de la miseria; James Bourdon, aunque aún vivía en Bogotá, se hallaba en total abandono y olvido.
El apoyo principal de Codazzi lo constituía, naturalmente, Mosquera, quien lo recibió con la mayor complacencia, ya que aborrecía personalmente al malhechor Monagas. La llegada del fugitivo resultó muy oportuna, dado que poco después se recibió de Washington un importante y decisivo mensaje que implicaba la necesaria presencia de un ingeniero y topógrafo de especial calidad. Después que el privilegio concedido a Klein para la construcción de un ferrocarril a través del istmo fuese adquirido por una sociedad constituida en Nueva York, y el ministro residente de Mosquera en los Estados Unidos hubiese firmado, el 28 de diciembre de 1848, un contrato con aquélla, se inició sin tardanza y con febril actividad la construcción de la vía entre Chagres y Panamá. Todo era movimiento. Desde los tiempos en que noticias fabulosas convirtieron a California en un nuevo Eldorado, no se había vuelto a ver tal hervidero de gente hablando en diversos idiomas, como el que ahora se veía en el hasta hacía poco tranquilo istmo. Del norte llegaron dinámicos técnicos dirigidos por George W. Hughes. La noticia de que J. L. Baldwin había encontrado un paso apropiado para la vía férrea produjo gran sensación en Bogotá. Así mismo, no tardó en conocerse que del canal de Cartagena, obra de la mayor importancia para el interior de la Nueva Granada, se había retirado a los dos más capaces ingenieros, George M. Totten, de Nueva York, y John C. Trautwine, de Filadelfia, para llevarlos, sin pérdida de tiempo, a trabajar en la construcción del ferrocarril de Panamá. En tales circunstancias, la llegada de Codazzi significó una verdadera suerte. Mosquera le ofreció en seguida, ya que entre tanto la vacante de profesor había sido llenada, un nuevo puesto: el de inspector de la Escuela Militar, recientemente fundada en la antigua Casa Botánica, en los que fueran gabinetes de trabajo de Mutis y Caldas.
El 10 de febrero de 1849 entregó Codazzi a su protector un memorando sobre la configuración que se le daría a este joven instituto, que no solamente debía formar ingenieros militares, sino también ingenieros civiles, y que se utilizaría principalmente para efectuar un levantamiento topográfico y catastral, al que contribuirían financieramente los interesados cada año. "Una vez concluido este gigantesco trabajo - decía Codazzi -, se debe considerar el restante territorio del país propiamente como baldíos pertenecientes al Estado. Los alumnos de la Escuela de Guerra deberían emplearse en la construcción y reparación de caminos, en el tendido de vías férreas y en otras obras públicas, como serían los trabajos en zonas de colonización. Ellos deben constituir el elemento más importante del cuerpo de oficiales de la guardia nacional, a la cual deberían pertenecer todos los hombres capaces de llevar armas que hayan cumplido los 18 años de edad y sean solteros. Durante la prestación del servicio, la instrucción debe cumplirse en el estricto ámbito del pueblo natal, ya que la emulación entre amigos e hijos de vecinos ofrece los mejores frutos. Todos los domingos la tropa debe practicar sus ejercicios, que se convertirán en verdaderos torneos, en competiciones gimnásticas, en tiro al blanco con premios para el mejor tirador, en carreras de caballos, tanto ensillados como en pelo, blandiendo el jinete al mismo tiempo la carabina y la lanza. La artillería, que únicamente se debe pertrechar con piezas livianas transportadas en mulas, tendrá sus centros en Cartagena, Panamá, Pasto, Popayán, Pamplona, Casanare y Bogotá. Bajo la dirección de los oficiales de la Escuela Militar de Bogotá, se formará un ejército popular, en consonancia con las necesidades de nuestro país".
De resultas de este informe, el Congreso reconoció a Codazzi, el 22 de febrero de 1849, el grado de teniente coronel en el cuerpo de ingenieros neogranadino; es decir, el mismo que llevaba cuando la disolución de la República de Colombia. Tenía que dedicarse en seguida, sin considerar la cuestión del istmo, a los trabajos preparatorios del levantamiento geocartográfico de la Nueva Granada, a fin de que esta empresa estuviese en marcha antes de concluir el período presidencial de Mosquera, y no se quedara en simple proyecto. "Como presidente - cuenta el propio Mosquera -, llamé de Venezuela a Codazzi para que elaborara los entonces previstos mapas de la república y sus provincias. Con este fin hice recoger todos los datos que se pudieron obtener en el país, y autoricé a nuestro ministro residente en Londres para que comprara todos los mapas y planos referentes al antiguo virreinato de Santafé en poder de la familia de los herederos del ingeniero español Felipe Bauzá, y procedentes del depósito hidrográfico español. A Codazzi le solicité, inmediatamente llegó, ordenar estos materiales para armar así un mapa general del país, el cual más tarde pudiera servir de base para los trabajos de una comisión corográfica. Aun antes de terminar mi presidencia, Codazzi me entregó dicho trabajo, que sometí a varias correcciones, de manera que fuese utilizable como base para un levantamiento topográfico y para la iniciación de la cartografía".
Codazzi, sin embargo, no pudo conceder valor alguno a tan heterogénea combinación de materiales cartográficos. Pensaba, como Caldas, que lo valioso se desmejora si se junta con lo anodino. Resultaba, así mismo, prácticamente imposible integrar mapas especiales de Caldas y Roulin con mapas generales de Restrepo y Acosta, y mapas marinos de Fidalgo y Bauzá. A Codazzi, por ejemplo, los trabajos de Bauzá sólo le interesaban en cuanto a las costas del istmo. Sin embargo, por lo pronto consideró conveniente subordinarse totalmente a lo deseado por Mosquera, quien, no obstante sus incompletos conocimientos de la materia, aportaba su voluntad y energía a la gran empresa.
Fuera de estos trabajos preliminares, Codazzi debía empezar a elaborar en seguida el programa de una obra que abarcara la geografía del país 31. Consideró como meta del trabajo cartográfico un mapa de la Nueva Granada con una serie de explicaciones, además de un atlas compuesto de 52 mapas. Se requerían tantos, al parecer porque Mosquera insistía en que a cada una de las 36 provincias se le asignara su propia plancha, aunque Codazzi hubiera preferido, tomando como punto de referencia los antiguos departamentos, agrupar las provincias en unas cuantas hojas. La descripción de las regiones tendría que dejar muy atrás lo hecho en Venezuela. Si bien las provincias se tratarían como allá, lo serían en forma de cuadros sinópticos y agregando rutas de caminos y distancias entre los lugares. La parte general se dividiría, al igual que allá, en una referente a lo físico y otra a lo político. Igualmente, como complemento, se había proyectado no solamente un mapamundi con los viajes de los exploradores y pobladores de América, sino también un mapa de las costas con indicaciones de los asentamientos comprobados de los grupos indígenas durante la época del descubrimiento, así como una visión físico-política de toda la América del Sur.

Río Atrato, Quibdó

 

 Después había que proyectar unos resúmenes geológicos de las eras primaria, secundaria y terciaria, además de dos presentaciones hidrográficas, una de las cuales describiría los antiguos lagos de las montañas y las corrientes acuáticas hoy desaparecidas; y la otra, la situación actual de las cuencas hidrográficas. Codazzi quería, así mismo, añadir otras tres planchas hidrográficas, seguidas de un esquema de las zonas agrícolas, las llanuras y los bosques, complementándolo con planos de las tierras nacionales (baldíos), de las regiones de la quina, de la ubicación de los lagos del interior, de los trayectos navegables de los ríos, de las cordilleras más importantes, de las principales ciudades y pueblos. Presentaría los climas y las temperaturas; las corrientes de los vientos; la pluviosidad de las regiones; los cultivos con relación a la industria regional y al comercio exterior; los tipos de madera y de los demás productos y recursos naturales importantes para los oficios económicos; el mundo animal distribuido según zonas climáticas; los minerales. Finalmente, y a semejanza del atlas venezolano, incluiría numerosas planchas de índole histórica, como también mapas de la Nueva Granada y de las vecinas repúblicas de Ecuador y Venezuela. Para ilustrar estas propuestas, Codazzi no solamente entregó las obras sobre la geografía de Venezuela, sino también los levantamientos especiales y las descripciones que había terminado durante su estadía en la provincia de Barinas. No temía lo gigantesco de esta empresa; bien sabía cuánto más difícil era la realización del levantamiento geocartográfico en la Nueva Granada que en Venezuela. Las dificultades empezaban con la consecución del instrumental más indispensable pero no era probable que terminaran con los trabajos científicos preparatorios. La Escuela Militar disponía de unos cuantos medios auxiliares de orden secundario, algunos anticuados y otros defectuosos. Y no había ni un solo mapa, en aquella colección, como los que publicara Humboldt sobre Venezuela, basados en observaciones astronómicas para la mayoría de su territorio. El país físico mismo oponía las máximas dificultades al levantamiento: la mayor parte de los ríos no eran navegables y abrían sus cauces a través de cordilleras compactas, o sus aguas corrían a lo largo de profundos y estrechos cañones rocosos. El clima variaba entre las heladas altiplanicies y las ardientes tierras bajas. A orillas del mar de las Antillas, eran intransitables el istmo y la Sierra Nevada, dos territorios de gran importancia, casi desconocidos.
Con las ilímites selvas y llanuras que descienden al Orinoco y al Amazonas rivaliza, en cuanto a dimensiones, el colosal macizo montañoso del cual se desprenden las tres grandes cordilleras de la Nueva Granada, cuya configuración ofrece más de un obstáculo. ¡Y a lado de esto, apenas una población de algo más de 2'100.000 habitantes en las regiones exploradas!
Mosquera se esforzó en disipar las preocupaciones de Codazzi. Gustosamente aprobó el ambicioso proyecto y sin dilación alguna tomó todas las medidas para su ejecución.
El 1° de abril de 1849 asumió la presidencia José Hilario López, con quien el partido liberal tomó el timón del Estado neogranadino, partido del cual Mosquera no se consideraba integrante, si bien ya había abandonado la mayoría de las tendencias conservadoras. López, como luchador de un partido que hasta el momento era minoritario, introdujo cambios en la Constitución y en las leyes básicas, a la vez que se rodeó de hombres como Manuel Murillo, Ezequiel Rojas, Tomás Herrera, Victoriano de Diego Paredes, todos deseosos de acometer reformas. Sin embargo, aceptó de buen grado y sin variaciones el legado de Mosquera referente a Codazzi y apoyó el proyecto de levantamiento geocartográfico del país tan decididamente, que ya el 29 de mayo de 1849 se convirtió en ley de la república. En seguida inició Codazzi, con los cadetes de la Escuela Militar, un trabajo que despertó el interés de los bogotanos: el levantamiento del plano topográfico de la capital y sus alrededores. .La ejecución de esta obra hizo que lo conocieran y fuese bien visto en los círculos de la clase alta, de manera que algunos rasgos de su duro carácter se suavizaron, y se fue sintiendo cada vez más agradado en la hasta entonces para él extraña ciudad. Empero, al mismo tiempo lo invadió la tristeza al pensar en la imposibilidad de regresar a Venezuela. Desde Curazao había intentado Páez un ataque a Monagas, pero tuvo que capitular el 15 de agosto de 1849, bajo condiciones tales, que hicieron aparecer el lejano destierro como un oportuno viraje del destino. Para completar, recibió Codazzi desde Valencia una noticia que parecía facilitarle su separación del país que había escogido como su segunda patria: los ejemplares de su obra cartográfica habían sido repartidos, como paga, entre los hombres que habían coadyuvado en el golpe de estado de Monagas, al mismo tiempo que a sus trabajos sobre el Orinoco se les descalificaba totalmente, por causa de la cuestión fronteriza y, en consecuencia, se iniciaba un nuevo estudio, por lo pronto del delta del río, a cargo de Eusebio Level de Godos, un conocido de Codazzi, oriundo de Cumaná, nada competente en la materia. En tales circunstancias, Codazzi abandonó todos sus nexos con Venezuela y se dedicó exclusivamente a asegurar las condiciones precisas y decisivas para un levantamiento cartográfico de la Nueva Granada, para lo cual Victoriano de Diego Paredes le brindó su solícita y amable colaboración. Sin embargo, las conversaciones se prolongaron y hasta el 20 de diciembre no se logró perfeccionar el contrato, en el cual se estipulaba el plazo de seis años para realizar toda la obra geográfica, tanto la cartográfica como la descriptiva y la estadística. Los gastos de los viajes debía sufragarlos Codazzi, quien recibiría un sueldo anual de 3321 pesos, que se le pagarían por anticipado, siempre y cuando consiguiese un fiador aceptable que avalase el cumplimiento del contrato. El gobierno le proporcionaría tan sólo un copista, además de ciertos instrumentos y libros. En cambio, Codazzi se obligaba, en caso de que se le solicitara, a llevar consigo estudiantes y enseñarles lo referente al levantamiento cartográfico. Los trabajos tenían que abarcar todo el territorio de la república, con excepción del Caquetá, que únicamente se visitaría en sus lugares poblados.
El mismo día se llegó a un acuerdo con Manuel Ancízar, quien debería acompañar a Codazzi como estadístico y relator de viaje. De él se esperaba, en primer término, un informe "sobre la distribución de la educación, el comercio y la industria; sobre la forma y tenencia de las propiedades; sobre la población y los delitos".
El artículo 2 de la ley del 29 de mayo de 1849 ordenaba claramente que se "deben dar órdenes acertadas y poderes para que los trabajos del levantamiento puedan abarcar todos aquellos puntos y objetos, los cuales tienen interés para una completa descripción de la Nueva Granada, y especialmente también de los productos y recursos naturales del país".
Dado que para estas finalidades parecían necesarios dibujos especiales, se agregó a la Comisión Carmelo Fernández, quien, como se sabe, había trabajado para la obra venezolana. Este sobrino de Páez, fugitivo al igual que Codazzi, les acompañaría en calidad de dibujante, pues se esperaba que, por medio de las ilustraciones de esta obra geográfica, podrían ser presentadas al mundo culto las tan variadas, magníficas y casi desconocidas bellezas del país. Por ende, la Comisión también tenía que registrar "la utilización medicinal e industrial de las plantas", tarea para la cual recomendó Fernández al hijo de un respetado profesor bogotano, a José Jerónimo Triana (32), de apenas dieciséis años de edad, cuyo saber botánico se originaba en las enseñanzas de los últimos integrantes de la escuela de Mutis, especialmente en las del pintor de plantas Francisco Javier Matiz. De ese modo Codazzi, que en Venezuela había tenido que atender todos estos aspectos solo, contó aquí, en la Nueva Granada, con la compañía de colegas con los cuales podía actuar de común acuerdo.
Una vez se firmó el contrato, tan decisivo para la vida futura de Codazzi, llegó su familia a Bogotá. La esposa y los hijos se alegraban de haber dejado atrás a Curazao. Codazzi, por su parte, estaba contento en su nuevo campo de actividades. Así que la mudanza había culminado felizmente.
 

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