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CAPÍTULO IV

 

UN INTENTO DE COLONIZACIÓN ALEMANA


Codazzi anotaba en su obra geográfica que, mientras en la antigua República de Colombia vivían tres millones de personas, la actual Venezuela tenía un máximo de 946.000 habitantes, entre ellos 414.000 mestizos y mulatos y sólo 260.000 blancos. En el norte de la América del Sur había existido siempre enorme disparidad entre territorio y población. "Aquí también - afirmaba - han de tomarse en cuenta las grandes pérdidas de población causadas por la sangrienta guerra de independencia, las víctimas del terremoto de 1812, las de la epidemia de 1818, así como las muertes en Aragua en 1825 y las habidas en la región de Apure entre 1832 y 1838. Innumerables personas perecieron en la guerra, y no porque los ejércitos fuesen tan numerosos, sino porque la contienda era tan brutal, que mató tanto a prisioneros de guerra como a pacíficos ciudadanos, sin consideración a la edad ni al sexo. Por causa del estado de guerra, poblaciones enteras abandonaban los lugares, al lado de los ejércitos. Muchos seres cayeron víctimas del hambre y las enfermedades. Otros fueron presas de las fieras selváticas. Extensas y ricas regiones cultivadas se tornaron en eriales, el fuego consumió las viviendas, y sus moradores se convirtieron en combatientes o en refugiados. Por lo menos 260.000 venezolanos perecieron en la guerra". En tales condiciones, el que a la larga se lograra en el país un progreso constante dependía de la multiplicación de los elementos étnicos y, en lo posible, de una mejora de los mismos. Ya antes de viajar a Europa, Codazzi había expresado estos conceptos, y desde París los reiteró. Al mismo tiempo no creía que, en las circunstancias presentes, aun actuando con voluntad y energía, fuese posible elevar rápida y facticiamente el nivel del pueblo en Venezuela. Se consideraba el primer consejero de aquella nación que había recorrido y estudiado, cartografiado y descrito. Ciertamente, él si confiaba en un futuro brillante para el país, en la riqueza de su suelo, en las capacidades innatas de sus habitantes, aunque algo toscas todavía, a los cuales había conocido en las más diversas situaciones. Creía en la vigorización de la vida política y en los perdurables beneficios de una Constitución libre. Había combatido y rectificado en París la equivocada concepción europea acerca de la economía criolla y del clima tropical, a la vez que profundizaba cada vez más en el proyecto de una saludable inmigración de nuevas fuerzas étnicas, idea que hacía años entusiasmaba en Maracaibo a su amigo inglés Francis Hall. Dotado de rica y cuasipoética fantasía, se hallaba convencido de que aquella era feliz para Venezuela, que veía escrita en las estrellas, se convertiría bien pronto en realidad.
Fomentar la inmigración, acerca de la cual, mediante ley del 12 de mayo de 1840, Venezuela había dictado nuevas disposiciones, parecía ser el primero y más alto interés del Estado. Ya Codazzi había señalado, en su obra geográfica, las regiones más apropiadas para ese fin, especialmente en la descripción de los cantones de Ocumare, Victoria y Maracay: "Ocumare está cerca del viejo camino que atraviesa los llanos, casi en las vertientes boscosas de la imponente cordillera que separa de las praderas al maravilloso valle del río Tuy.
Por sus suelos fértiles y su clima saludable, invita este valle de modo especial al desmonte y al trabajo agrícola. También son ricos los alrededores de la ciudad de Victoria, pero lo son todavía más las cabeceras de los ríos Aragua y Tigre, aquellas alturas que, aunque todavía inhóspitas, permiten respirar un aire maravilloso. Allí se ofrecen mil ventajas para establecer una colonia agrícola, que posteriormente podría extenderse desde la región montañosa hasta el mencionado valle del río Tuy. Este río nace en el macizo montañoso de Tamaya y Maya, es navegable desde Aragüita y está destinado a convertirse en un canal por el cual algún día saldrán al exterior todos los frutos de esta región, aún inexplotada. En los alrededores de la ciudad de Maracay y de su lago tan pintorescamente situado, se extienden tierras boscosas con la más fértil capa de humus. Una vez intervenga aquí la mano del hombre, creando campos agrícolas y pueblos, construyendo un camino hacia el puerto de Choroní, se iniciará para Maracay la era de la prosperidad".
Basándose en una iniciativa de Ángel Quintero, envió Codazzi al gobierno de Páez, a mediados de septiembre de 1841, un minucioso plan de colonización. Pronto prendió en Caracas un entusiasmo desbordante. ¿Y por qué no habría de ser así, si se iba en pos de la mejor de las aspiraciones, de la más extraordinaria realización, de las mejores ideas, del mejor de los éxitos? Sin demora, después del nacimiento de un nuevo hijo, viajó Codazzi a Caracas para actuar en favor de su plan. En volandas, recorrió una vez más gran parte de la cordillera litoral de Venezuela, por uno de cuyos lados desciende bruscamente al mar en fuertes pendientes escasamente cubiertas de vegetación y rastrojos; y por el otro lado, de cara al interior del país, se caracteriza por los pequeños altiplanos, las extensas terrazas y las suaves hondonadas. Como centro de su empresa escogió una región boscosa al occidente de La Guaira, principal puerto del país, bastante apta para el cultivo de plantas europeas y americanas, o sea, aquella región de las cabeceras del río Tuy. Su altura media era de unos 1.700 metros sobre el nivel del mar, y su temperatura variaba entre 12 y 15 grados Réaumur. Codazzi pensó dirigir personalmente este primer ensayo de colonización desde la ciudad de Victoria, distante apenas seis leguas. Además quería seleccionar personalmente a los colonos en Europa y acompañarlos en la travesía del océano, para la cual era su propósito, con la ayuda de sus amigos venezolanos, concederles los préstamos necesarios, que sólo después de cinco años empezarían a pagar intereses. A cada familia quería darle habitación, animales domésticos y tierras desmontadas. "Yo cuento con el gobierno de Venezuela, que es comprobadamente capaz, con los grandes capitalistas de nuestro país y, en general, con todos aquellos que se interesan por el bienestar de la nación.
"Pienso abrir hasta acá a los inmigrantes europeos una amplia y bien construida carretera, pues no se trata, en manera alguna, de secuestrar gente sin oficio ni profesión, ni de traficar con esclavos blancos. Mi empresa requiere familias, tanto en el orden jurídico como doméstico; requiere gente de buenas costumbres y habituada al trabajo. Mi intención es traer de Alemania a la mayoría de los integrantes de esta colonia (24), ya que los Estados Unidos, en el norte de nuestro continente, les deben a los inmigrantes alemanes el rápido crecimiento de su población campesina activa. En contra de lo que digo se podría argumentar que los colonos alemanes no encontrarían en Venezuela, como sí en los Estados Unidos, semejanzas con el clima y con el muy arraigado modo de vivir propios del terruño abandonado, y que, por consiguiente, les sería difícil acostumbrarse tan rápidamente al cambio de ambiente. A lo cual respondo que Venezuela puede ofrecer las mismas ventajas y los mismos medios de vida que la América del Norte. Si bien es cierto que en nuestras latitudes las estaciones del año se apartan de las de Europa, en los diferentes pisos altitudinales de la cordillera se encuentran, sin embargo, cambios de clima semejantes, sólo que en vez de la nieve y del hielo predomina aquí un crecimiento permanente de las plantas, y abundantes lluvias reemplazan a la primavera y al otoño de la zona templada.
"Durante mi última estadía en Europa, he sostenido en repetidas oportunidades largas conversaciones con hombres importantes, los cuales, fundándose en su conocimiento del país venezolano, fueron capaces de opinar acerca de mis planes de colonización y del escogimiento de la región más apropiada. Me refiero a científicos como Humboldt y Boussingault, cuyos escritos tanto han contribuido a iluminar, en el orden físico y natural, a mi tierra adoptiva; y la aprobación de esta clase de conocedores del país constituye una garantía para el éxito de mi empresa".
Los inmigrantes, que habrían de interrumpir toda comunicación con su antigua patria, tendrían que encontrar en su nuevo ambiente mucha solicitud patriarcal. La colonia se había pensado como una gran sociedad de interés mutuo, compuesta por capitalistas y trabajadores. Codazzi la dirigiría, como representante de los primeros. Los alemanes debían llegar a Puerto Mayo en noviembre de 1842, tras lo cual se trasladarían inmediatamente a la sede de la colonia, donde, durante un mes de descanso e instalación en su nuevo hogar, se les suministraría el sustento. En diciembre los europeos debían empezar sus labores agrícolas. Tres días de la semana los consagrarían a la empresa de colonización y a su director, y lo que aprendieran durante esas jornadas lo aplicarían sin demora en sus propias parcelas, aunando lo aprendido en estas prácticas a los conocimientos y experiencias adquiridos en la vieja patria. Debían formarse tantas granjas como familias hubiese. Además, existiría una extensa zona económica colectiva, cuyo administrador no sólo representaría y defendería los intereses de los colonos frente al gobierno, sino que también apoyaría a éstos individualmente con préstamos y otras ayudas.
Codazzi se comprometió con el gobierno a traer al país únicamente familias de comprobado valor moral y eficiencia en el trabajo. Especialmente debía fijarse en que la prole estuviese en capacidad de ayudar en las labores. Se debía dar preferencia a los artesanos, que al lado de las faenas agrícolas pudiesen realizar otra actividad útil para los asociados. Así mismo, se debía pensar en un médico y en un sacerdote. El gobierno determinó los lugares de asentamiento y exigió informes semestrales sobre el desenvolvimiento de la colonia y las actividades de sus socios, a quienes eximió por dieciséis años de todos los tributos y obligaciones, especialmente del servicio civil y militar.
En Caracas se lisonjeaban con la esperanza de que todas las condiciones previas para una inmigración en masa ya existían tanto en el territorio como en el pueblo, y no solamente las físicas, sino también las políticas, en cuanto al aseguramiento de la paz, del orden en la administración pública, de la justicia y su aplicación, de la tolerancia. El 26 de noviembre de 1841, el Congreso autorizó adelantar un préstamo por 15.000 pesos, susceptible de aumentarse a 60.000, si el progreso de la empresa exigiera sumas mayores. Sin embargo, esta autorización sólo podría cumplirse si la empresa colonizadora prestaba una fianza suficiente para respaldar todas sus obligaciones.
Codazzi quería mantener exclusivamente en sus manos la dirección del negocio. Por lo tanto, no buscó un socio capitalista, sino únicamente un fiador garante, que encontró, al igual que en otra ocasión, en Martín Tovar Ponte. El hombre, ahora de sesenta años, traspasó a Codazzi, además, en asocio de su sobrino Manuel Felipe Tovar, una propiedad vecina de la primera colonia, y Codazzi, en agradecimiento, prometió erigir a la antigua casa solariega en sede central de la empresa, y llamarla de ahí en adelante Colonia Tovar. Sin tardanza, se iniciaron los trabajos más necesarios: construcción de vías y desmonte. A principios de 1842, desde su cabaña a orillas del río Tuy, envió sus planes a París: "Antes de la llegada de los colonos, debe haberse efectuado el desmonte. De lo contrario, como dijo Humboldt, los europeos caerían antes que los árboles del trópico. En los recién abiertos claros de la selva se forma, a causa de la descomposición de los restos vegetales y de la exhalación del suelo nunca expuesto al sol, un aire mortífero. De manera que ningún forastero podría vivir allí. La primera operación consiste en la apertura de una trocha en la selva, tras lo cual se deben levantar barracas para los hombres y depósitos para las cargas; luego viene la roza y la quema del bosque; en seguida la demarcación del poblado, con especial consideración al espacio necesario para las futuras autoridades. Ya la presencia del hombre insufló nueva vida a esta silenciosa soledad de la selva, con los golpes de hacha que se oyen ahora diariamente, tumbando los troncos de gigantes centenarios. Este lugar de vegetación primaria, jamás hollado antes por la planta del hombre, se ve ahora cruzado por fornidos trabajadores arreando a las bestias de carga - caballos, mulas y bueyes - que transportan víveres e indispensables herramientas. Aquí y allá, en esta soledad, empiezan a levantarse las barracas precisamente en el mismo lugar donde más adelante serán edificadas las viviendas definitivas.
"Plantas útiles desplazarán muy pronto a la viga rosa y abundante manigua. Ya doscientos trabajadores enviados por el gobierno y dirigidos por el coronel Codazzi construyen una carretera de seis leguas, desde la futura colonia hasta la ciudad de Victoria, abriéndose de esa manera una rápida y fácil comunicación con el floreciente valle de Aragua, la zona más poblada de la provincia de Caracas. Sin demora se iniciará una carretera hacia la costa, en dirección a Puerto Mayo, y más tarde una tercera, sobre las lomas de los altiplanos, hacia la capital del país. Para esta última se ha propuesto un ferrocarril. Esta vía férrea debería considerarse como la más importante dentro del sistema vial del país, ya que posibilitaría llevar en pocas horas y en forma económica los productos agrícolas a Caracas. De llegarse a realizar este proyecto, pronto se podrían extender ramales al valle de Aragua y al distrito de Turmero, de manera que los productos de esta ubérrima región se dupliquen y las tierras cultivadas se extiendan a lo largo de toda la cordillera, considerada hasta ahora como una muralla invencible para la civilización y sus fines".
Según Codazzi, las condiciones del suelo no podían ser mejores para los cultivos que se iban a introducir. Una espesa capa de tierra fértil aseguraba el rendimiento y la productividad. Gigantescos y corpulentos árboles de venerable apariencia se levantaban aquí. La palma de cera desplegaba sus graciosas hojas de abanico sobre un tronco de más de sesenta pies de altura. En los alrededores se encontraban las mejores maderas para construcción y herramientas, para colorear y para trabajos de taracea. El árbol de la quina abundaba en las cimas de las montañas, que gozaban de una vegetación siempre verde, humedecida por las nubes y el rocío.
En París trabajaba para este proyecto, tan entusiastamente descrito y en muchos aspectos atrayente, Alexander Benitz, natural de Edingen de Baden (Alemania). Como dibujante del atlas de Codazzi, se había contagiado del entusiasmo por tan promisoria república y por la América tropical. En Europa se publicaron planos del futuro pueblo de Tovar y de otros lugares que se fundarían: San Carlos, Anaucos, Maya y Cagua; Oricaro y Chichiribichí; Guaipao y Tuy. Folletos en lenguas española, francesa y alemana encomiaban el país.
El 11 de junio de 1842, dos días antes de la tan lamentada muerte del príncipe heredero de Francia, llegó Codazzi a reunirse con su familia, que se había quedado en París. Antes de viajar nombró a Ramón Díaz su representante en Victoria para los trabajos del asentamiento. Mientras Benitz atendía a los emigrantes, Codazzi, a quien el rey Luis Felipe había otorgado la Cruz de la Legión de Honor, gozaba de los tesoros científicos en la capital francesa, en compañía de hombres a los cuales cada vez más consideraba sus iguales.
Se dejó atraer por el influjo del mundo científico de París, tan espiritualmente estimulante, y éste, a su vez, lo trató con deferencia. También fue presentado en los círculos artísticos de la capital del mundo, en cumplimiento de una tarea adicional, que él estimaba muy grata y que se relacionaba con el traslado del féretro de Bolívar, ordenado en Caracas el 30 de abril de 1842, al cumplirse más de un decenio de la muerte del Libertador en San Pedro, y como primera demostración de que para Venezuela se había iniciado una nueva etapa histórica y de que las desgraciadas circunstancias del pasado habían sido superadas. A Codazzi se le encargó de ocuparse en París con los preparativos de la ceremonia fúnebre: hacer instalar el catafalco a bordo de una nave de guerra venezolana, disponer la construcción del arco de honor en la plaza principal de Caracas y la decoración, allí también, de la catedral primada. Por indicación de sus amigos artistas parisienses, encomendó a Pietro Tenerani, en Roma, la tarea de ejecutar una digna estatua de Bolívar. Durante los actos fúnebres que se verificaron en Caracas los días decembrinos de 1842, y de cuyos preparativos en Santa Marta estuvo encargado Carmelo Fernández, las muestras de patriotismo llegaron a grandes alturas, así como el arrepentimiento de antiguos pecadores, que quisieran asociarse con la garantía de un futuro mejor.
El 20 de enero de 1843 se retiró Páez de la presidencia de la república, y ocupó el cargo Carlos Soublette, su secretario privado de muchos años, además de oficial adjunto y ministro de guerra. Codazzi estaba seguro de que el nuevo gobierno, al cual saludó con alegría desde París, respetaría sus ideas y favorecería su obra. Según el programa inicial de la colonización, la primera siembra debía comenzarse en diciembre de 1842; sin embargo, los trabajos preparativos se prolongaron.
El 6 de abril de 1843 arribó el barco francés Clementine, en el cual venían Codazzi y Benitz en compañía de 358 personas procedentes de Alsacia y Baden : 145 hombres, 96 mujeres y 117 niños menores de 14 años. Entre ellos había cerrajeros, herreros, torneros, carpinteros, ebanistas, albañiles, canteros, zapateros, sastres, sombrereros, obreros metalúrgicos, alfareros, ladrilleros, carroceros y fabricantes de instrumentos. Durante la travesía sufrieron privaciones pero no corrieron peligros. Sin embargo, se presentó un brote de viruela, por lo cual se prohibió el desembarco en el puerto de La Guaira, y la nave tuvo que anclar en el ardiente puerto de Choroní, desde donde emprendieron a pie el viaje hacia el lugar de colonización, ya que las escasas bestias de carga existentes en aquel solitario paraje apenas alcanzaron para el pesado equipaje. La vestimenta de los europeos, especialmente los tocados, no era la apropiada para el clima. El cansancio, aumentado por el intenso calor, estimuló el uso de fuertes bebidas espirituosas; las niguas atacaron los pies; los nuevos alimentos, como plátano, yuca, arepa, fríjoles y carne seca, les caían mal a los forasteros; el beber agua les ocasionó disentería, y cuando por fin llegaron a la meca de todos los esfuerzos, el tan poéticamente descrito Tovar, no vieron más que algunas chozas techadas con hojas de palma, diseminadas entre las ruinas de la selva. Ramón Díaz no había terminado los trabajos previos indispensables, ni la edificación de las barracas, ni el desmonte de la selva. E igualmente desastroso resultaba el hecho de que Sinder Pelegrini no hubiese avanzado lo necesario en la construcción del camino. Para proveer de víveres a los recién llegados, había que traerlos desde la ciudad de Victoria a través de la inhospitalaria cordillera, pero el transporte valía más que las propias mercancías. Fue necesario adquirir bestias de carga para traer esos víveres, e igualmente construir depósitos especiales tanto para los vestidos como para los alimentos europeos, entre los cuales harina de trigo, pan duro y cebolla de bulbo, a fin de distribuirlos a las familias, de acuerdo con determinadas regulaciones.
El mayor peligro lo constituía la selva, y transcurridos seis meses de su llegada, los europeos no se hallaban aún en condiciones de efectuar por sí mismos el desmonte. Por consiguiente, se ocuparon en esta tarea, durante los meses de octubre y noviembre de 1843, ciento veinte jornaleros, naturales de la comarca, entre los cuales uno murió, tres sufrieron accidentes y cincuenta desertaron. Sólo después de vivir aproximadamente un año en el país, los inmigrantes fueron capaces de intervenir en esta clase de trabajo. Para tumbar algunos árboles, era preciso subirse a un andamio de unas tres varas de altura. Otros, aunque ya cortados, no se caían, a causa de que sus ramas, así como las plantas trepadoras aferradas a ellas, se entralazaban de tal manera con los otros gigantes de la selva, que éstos continuaban sosteniéndolos, y cuando por fin sí se derrumbaban, producían enorme destrucción en el sotobosque. Y no hablemos de aquellas exhalaciones sobre las cuales Codazzi había advertido tantas veces. No habían transcurrido ocho días de la llegada, cuando se presentó otro desastre: de súbito, a las madres lactantes se les acabó la leche. Codazzi hizo traer cabras de la población de Victoria, pero también a éstas se les secaron bien pronto las ubres. Igual suerte corrieron las vacas, aunque éstas, al regresarlas a la zona cálida, volvieron a producir leche. Las aves de corral no pusieron huevos durante un mes y los gatos se murieron. Entonces Codazzi hizo trasladar gradualmente el ganado a la región de Tovar, manteniéndolo por tiempos en diferentes pisos altitudinales: primero lo aclimató durante un mes a una altura de 800 metros; después, durante un lapso equivalente, lo mantuvo a 1.050 metros, y finalmente lo hizo permanecer por tres meses en una altitud de 1.700 metros, pero aun así perdió la mitad de las vacas y una cuarta parte de los terneros.
En septiembre se obtuvieron las primeras cosechas. Aunque la producción fue escasa, el trigo dio un rendimiento de 33 granos por uno, la cebada bastante más, y el maíz cien granos por uno. Las hortalizas alcanzaron tamaños gigantescos y las vainas de las leguminosas se cargaron copiosamente. Este éxito, cercano a lo formidable, levantó los ánimos de los colonos, y muchos de ellos pasaron del hasta ahora reinante abatimiento a lo opuesto: a la euforia. Parecía que, en verdad, la situación mejoraría. Y aunque algunos elementos descontentos se alejaron, de todos modos se mantuvo un núcleo de hombres recios.
Durante el mes de mayo de 1844, se quemó la roza del año precedente, y en la ceniza se sembraron nuevamente cereales así: una semana para los empresarios de la colonización, dos semanas para los colonos. Nuevamente la siembra se desenvolvió maravillosamente. La ganancia de la primera cosecha se estimó en veinte mil pesos.
Sin embargo, de un momento a otro les cayó un hongo*, que destruyó la mayor parte de las plantas ya crecidas. Después se presentaron violentos aguaceros, y se perdieron en su totalidad la papa y los fríjoles. La cebada, sin embargo, se salvó; no así el trigo. "Nuestras esperanzas habían sido puestas en la cebada - escribió Codazzi -, pero vino una invasión de orugas que la devoraron. Muchos cebadales habían quedado vacíos, no obstante que hombres, mujeres y niños trataron día y noche de destruir esta plaga. Por fin, un fuerte aguacero mató a estos enemigos de los agricultores. La cebada dio buen pan; la pilada reemplazó el arroz y dio buenas sopas, mientras que los tallos sirvieron de forraje y el ganado prosperó con la avena como alimento".
A Codazzi se le habían agotado los fondos, cuando todavía quedaban por desmontar unas quinientas fanegadas, lo que llevaría por lo menos dos años. El gobierno autorizó un nuevo adelanto hasta por cien mil pesos, de los cuales los colonos deberían reembolsar la mitad, mientras el Estado asumía la otra mitad, ya que había que construir caminos y las tierras de la nación se beneficiarían considerablemente. En efecto, la joven localidad de Tovar progresaba: tenía 120 viviendas, entre ellas algunas casas de ladrillo, dos ladrilleras, un molino de cereales, un aserrío, dos tiendas de ropa y víveres, una imprenta, una posada con sala de baile, una gran bodega, una escuela para ochenta alumnos, una iglesia con reloj, campana y ornamentos para el culto, cosas, todas éstas, desconocidas en las regiones rurales de los trópicos. Una inspección oficial arrojó el más favorable resultado. El maestro alemán obtuvo éxito; el médico alemán se acostumbró cada vez más a las nuevas condiciones de vida; Benitz fue nombrado inspector y se le invistió de poder y autoridad; Codazzi y su incansable esposa gozaban del aprecio y veneración de todos. "El colono - escribía en aquella época Benitz - ya vende sus productos en las ciudades de Caracas, La Guaira y Victoria; los artesanos - carpinteros, herreros, torneros - encuentran suficiente trabajo en el poblado mismo, y los más hábiles entre ellos han construido, molinos de trigo, trapiches para caña de azúcar, descerezadoras de café, aserríos, maquinaria para cervecería y otras obras para los valles de Antuagua y Aragua. Todos los colonos poseen ganado y otros animales domésticos útiles, especialmente gallinas. Los más acomodados son dueños también de cabalgaduras para transportarse. La escuela pública de la colonia trabaja bien. Las casas ya terminadas se asemejan a las del alto valle del Rin".
Cuando escribía este informe, Codazzi ya había perdido a su mejor amigo y colaborador. Martín Tovar Ponte, el valiente patriota, había muerto el 26 de noviembre de 1843. Codazzi consideraba este fallecimiento como un momento crucial en su propia vida. A esto se agregaba, sin que tuviera relación con el deceso del anciano, el hecho de que la situación política en Venezuela cambiaba en forma crítica. En vez de contentarse con el tranquilo avance hacia la prosperidad alentado por el trabajo pacífico, el carácter de los criollos, de por sí siempre levantisco, sobre todo en los períodos de guerra, y especialmente entre los habitantes de tierra caliente, se veía agitado con las incesantes reformas. Se consideraba que la perpetuación de los gobernantes constituía una oligarquía, a la cual debían combatir decididamente los auténticos hombres del pueblo, especialmente los representantes de la prensa capitalina. Cundía la agitación, y pronto se había extendido a toda la república. Los colonos extranjeros sentían que para el bienestar no sólo se requerían condiciones tales como clima sano, suelos óptimos, casa propia y administración autónoma de la comunidad, sino ante todo que en el pueblo existiera un espíritu maduro para el trabajo, que verdaderamente cautivase al forastero. Por sí solos, los colonos poco lograron, y pese a la constante intermediación de Codazzi, quien llevaba sus peticiones fuese donde fuese, no encontraron sino partidos políticos en lucha, sin oídos ni interés para asuntos de la vida práctica.
No obstante esta situación, Codazzi regía estricta y ordenadamente la colonia, alentando expectativas de cosecha en cosecha, siempre dispuesto a aconsejar y a ayudar. El 2 de noviembre de 1845 informaba: "Los habitantes de Tovar están contentos. Ya viven del producto de su trabajo y han obtenido algunas cosechas óptimas, a pesar de que algunas plagas repitieron sus ataques a los cultivos. El tramo que aún faltaba del camino a Caracas ya ha sido concluido. Con gusto se hospedan aquí naturalistas alemanes, preparan campos de experimentación botánica y, con singular éxito, estimulan nuestro interés intelectual".
Dentro de este grupo de científicos que visitaban la colonia, se hallaba Hermann Karsten (25), de Stralsund, quien había viajado, en la primavera de 1844, de Hamburgo a Puerto Cabello. Ahora, en la nueva colonia, se dedicaba por entero a las ciencias naturales, especialmente a la botánica y a la geología. El activo investigador entabló relaciones personales con los más influyentes alemanes en Venezuela - por ejemplo, con los doctores Knoche y Taurs -, como también con los cónsules prusianos Otto Harrassowitz y Alfred Passow. Habiendo llegado a estimar a Codazzi y su casa, favoreció, tanto personalmente como valiéndose de las mencionadas relaciones, los múltiples intereses de la joven colonia. Se hospedaba en la posada de los Benitz. Recolectó pequeñas palmas y helechos arbóreos para despacharlos a jardines europeos, casi todos los cuales llegaron vivos a Alemania.
"Sin la amabilidad de la familia Benitz, difícilmente se hubiera logrado efectuar el empaque y otros trabajos engorrosos. Sin ella, Karsten jamás hubiera podido excursionar durante meses por las selvas, ni después encontrar la paz y tranquilidad para elaborar los dibujos, incomparables en cuanto a fidelidad y perfección, de las maravillosas plantas tropicales". Mucho se interesó Karsten por las permanentes inquietudes intelectuales de Codazzi, las cuales, además, contribuyó a aumentar. Así, por ejemplo, le llamó la atención sobre un descubrimiento cuya explicación parecía tan difícil como importante. En el libro sobre la geografía de Venezuela, apenas se aludía de paso a las reliquias históricas y a los vestigios de tiempos remotos. Y ahora se habían encontrado, no lejos de Tovar, sobre un montículo a orillas del río Maya, así como en la región del río Tuy, unas rocas con figuras grabadas que parecían representar serpientes y otros animales, cabezas y manos humanas, lunas y estrellas. En un principio Codazzi pensó que se trataba de un lugar sagrado, pero después su mente divagó de una suposición a otra, ya que tampoco Karsten pudo aportar una explicación satisfactoria.
Durante la permanencia de Karsten, súbitamente Codazzi hubo de despedirse de su obra colonizadora. El presidente Soublette lo llamó a Caracas y lo convenció de que aceptara el nombramiento como gobernador de la provincia de Barinas (26), ante el cada vez más peligroso movimiento popular contra el partido de gobierno, acusado de oligarca, y en consideración a que esta provincia era decisiva en caso de eventuales operaciones militares. En diciembre de 1845, dejó en manos de Benitz su empresa predilecta y se dirigió a la región de las vastas llanuras, primeramente a Barinas, situada al pie de la cordillera de Mérida, apenas levantada de las ruinas causadas por la guerra, durante la cual sufrió grandemente. Allí no tardó en darse cuenta de que, ciertamente, la tranquilidad de Venezuela entera dependía de esa provincia, ya que su actitud determinaba la de todos los llaneros que vivían desde el borde de la cordillera hasta los ríos Meta y Orinoco. Logró tener las riendas de estos inquietos paisanos, gracias a sus esfuerzos personales, viajando de lugar en lugar, mejorando las condiciones de vida en los dispersos hatos y planteando propuestas para la realización de obras comunes.
Con la iniciación, en agosto de 1846, de la campaña electoral para el nuevo período presidencial, los pecados de los partidos políticos en el oriente de Venezuela llegaron a tal grado, que hubo necesidad de nombrar nuevamente a Páez comandante supremo del ejército y de las milicias, para que con las armas dominara los brotes de anarquía. Al lado de Páez, en el comando, se hallaba en ese entonces el consabido Monagas, uno de los más decididos representantes del militarismo, quien pensaba procesar sumariamente a la fuerza política opositora, el llamado partido democrático. Contra las encubiertas actuaciones subversivas de este hombre, Codazzi obró con cautela pero enérgicamente. Sabía cómo impedir que en cualquier parte del territorio de Barinas se utilizaran las armas. Cabalgando de lugar en lugar, de hato en hato, logró reconciliar a los jefes principales, empleando para ello todos los recursos imaginables, especialmente la palabra. Así, por ejemplo, una vez durante un banquete, predicó a los radicales, mediante una alegoría representada por niños, la prudencia y la razón. Una vez Páez hubo logrado la pacificación, el gobernador Codazzi le expresó oficialmente, en nombre de su provincia, gratitud y reconocimiento.
La vida tranquila en Barinas le permitió que esporádicamente continuara sus antiguos escritos sobre la agricultura tropical, como también la elaboración de cartas topográficas exactas de la región y otras obras análogas, aunque de más elevados propósitos, lo cual propició en Codazzi un estado excepcional de bienestar. Gustosamente se sumó a las cabalgatas de los ganaderos, y con el correr del tiempo adquirió, en cierta medida, algunas de sus costumbres. En los informes anuales a la asamblea provincial, presentó ensayos sobre la historia, la geografía, las relaciones con los territorios vecinos y los problemas actuales de la provincia.
A principios de 1847 parecía haberse restablecido la calma en el país. Por iniciativa de Páez, a despecho del consejo de Codazzi, el general José Tadeo Monagas se convirtió, el 23 de enero, en presidente de la república, y la juiciosa selección de sus ministros parecía indicar que la tranquilidad proseguiría.
En marzo de aquel año, Codazzi tuvo que viajar de Barinas a Tovar, ya que la colonización, para él tan preciada, se hallaba nuevamente en peligro. Se oían protestas públicas contra los compañeros de la colonia, cada vez más intranquilos bajo la influencia de los últimos disturbios políticos: "Nosotros, alemanes radicados hace tiempo en Venezuela - así rezaba una proclama -, nos hemos enterado, con extrañeza y disgusto, que nuestros paisanos en Tovar no responden a las esperanzas puestas en ellos y se encuentran en franca desmoralización. Éste y aquél defeccionaban, por descontento o arrogancia. El orden se alteraba día tras día, hasta cuando el gobierno nombró un juez venezolano, que restableció el orden pero acabó con la primordial autonomía administrativa de los colonos. Los mejores elementos estaban satisfechos con la muy saludable presencia del director Codazzi y su esposa, y alababan su amabilidad y generosidad. Nadie tampoco acusaba a su suplente Alexander Benitz, el cual, en cuanto a benevolencia de corazón y pureza de carácter, corre parejas con aquél. Casi todos los colonos eran dueños de recuas de mulas, con las cuales llevaban sus productos al mercado, pese a que llegaron totalmente pobres al país. El único que trajo consigo algún dinero disfrutaba, como constructor de carruajes, de una situación especialmente holgada. Los primeros cien cafetos produjeron, según el concepto de entendidos, el mejor café del país. Todo patriota inteligente consideraba la colonia como el principio de una vasta colonización".
La presencia de Codazzi produjo milagros. Ya en marzo de 1847, en una comunicación desde Caracas se leía: "Parece que los colonos han recobrado la moral. Los renegados han regresado. Theodor Braun, en La Guaira, miembro de la recién fundada Asociación Alemana de Ayuda, ha logrado del gobierno nuevos auxilios para la colonia. El camino a la costa se inaugura ahora, y todo hace esperar un renovado bienestar y desarrollo". Esta esperanza, sin embargo, no se cumplió. Karsten, el probado amigo de la colonia, que había regresado a Alemania poco antes del retorno de Codazzi a Tovar, cargado con excelentes dibujos, colecciones y detallados trabajos botánicos, animales disecados, restos de animales antediluvianos, fósiles y otros tesoros, viajó a mediados del año 1848 nuevamente a los trópicos, a los cuales quería consagrar una vez más sus mejores esfuerzos. Navegó de Hamburgo a La Guaira, y de allí se encaminó a Tovar, pero no encontró ni el país ni la gente ni la situación de antaño. Benitz ejercía con grandes preocupaciones el cargo de director de la colonia, Codazzi había tenido que huir y toda la nación se hallaba enormemente confusa y perturbada.
 

* "La "enfermedad blanca" o "rocío de harina". La gente habla de "un hielo" que destruye las plantas. Se trata, en realidad, del hongo Erysiphe graminis que las ataca. (Nota del traductor).

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