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INDICE
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CAPÍTULO IV
UN INTENTO DE COLONIZACIÓN
ALEMANA
Codazzi anotaba en su obra geográfica que, mientras en la antigua
República de Colombia vivían tres millones de personas, la actual
Venezuela tenía un máximo de 946.000 habitantes, entre ellos
414.000 mestizos y mulatos y sólo 260.000 blancos. En el norte de
la América del Sur había existido siempre enorme disparidad entre
territorio y población. "Aquí también - afirmaba - han de
tomarse en cuenta las grandes pérdidas de población causadas por la
sangrienta guerra de independencia, las víctimas del terremoto de
1812, las de la epidemia de 1818, así como las muertes en Aragua en
1825 y las habidas en la región de Apure entre 1832 y 1838.
Innumerables personas perecieron en la guerra, y no porque los
ejércitos fuesen tan numerosos, sino porque la contienda era tan
brutal, que mató tanto a prisioneros de guerra como a pacíficos
ciudadanos, sin consideración a la edad ni al sexo. Por causa del
estado de guerra, poblaciones enteras abandonaban los lugares, al
lado de los ejércitos. Muchos seres cayeron víctimas del hambre y
las enfermedades. Otros fueron presas de las fieras selváticas.
Extensas y ricas regiones cultivadas se tornaron en eriales, el
fuego consumió las viviendas, y sus moradores se convirtieron en
combatientes o en refugiados. Por lo menos 260.000 venezolanos
perecieron en la guerra". En tales condiciones, el que a
la larga se lograra en el país un progreso constante dependía de la
multiplicación de los elementos étnicos y, en lo posible, de una
mejora de los mismos. Ya antes de viajar a Europa, Codazzi había
expresado estos conceptos, y desde París los reiteró. Al mismo
tiempo no creía que, en las circunstancias presentes, aun actuando
con voluntad y energía, fuese posible elevar rápida y facticiamente
el nivel del pueblo en Venezuela. Se consideraba el primer
consejero de aquella nación que había recorrido y estudiado,
cartografiado y descrito. Ciertamente, él si confiaba en un futuro
brillante para el país, en la riqueza de su suelo, en las
capacidades innatas de sus habitantes, aunque algo toscas todavía,
a los cuales había conocido en las más diversas situaciones. Creía
en la vigorización de la vida política y en los perdurables
beneficios de una Constitución libre. Había combatido y rectificado
en París la equivocada concepción europea acerca de la economía
criolla y del clima tropical, a la vez que profundizaba cada vez
más en el proyecto de una saludable inmigración de nuevas fuerzas
étnicas, idea que hacía años entusiasmaba en Maracaibo a su amigo
inglés Francis Hall. Dotado de rica y cuasipoética fantasía, se
hallaba convencido de que aquella era feliz para Venezuela, que
veía escrita en las estrellas, se convertiría bien pronto en
realidad.
Fomentar la inmigración, acerca de la cual, mediante ley del 12 de
mayo de 1840, Venezuela había dictado nuevas disposiciones, parecía
ser el primero y más alto interés del Estado. Ya Codazzi había
señalado, en su obra geográfica, las regiones más apropiadas para
ese fin, especialmente en la descripción de los cantones de
Ocumare, Victoria y Maracay: "Ocumare está cerca del viejo
camino que atraviesa los llanos, casi en las vertientes boscosas de
la imponente cordillera que separa de las praderas al maravilloso
valle del río Tuy.
Por sus suelos fértiles y su clima saludable, invita este valle de
modo especial al desmonte y al trabajo agrícola. También son ricos
los alrededores de la ciudad de Victoria, pero lo son todavía más
las cabeceras de los ríos Aragua y Tigre, aquellas alturas que,
aunque todavía inhóspitas, permiten respirar un aire maravilloso.
Allí se ofrecen mil ventajas para establecer una colonia agrícola,
que posteriormente podría extenderse desde la región montañosa
hasta el mencionado valle del río Tuy. Este río nace en el macizo
montañoso de Tamaya y Maya, es navegable desde Aragüita y está
destinado a convertirse en un canal por el cual algún día saldrán
al exterior todos los frutos de esta región, aún inexplotada. En
los alrededores de la ciudad de Maracay y de su lago tan
pintorescamente situado, se extienden tierras boscosas con la más
fértil capa de humus. Una vez intervenga aquí la mano del hombre,
creando campos agrícolas y pueblos, construyendo un camino hacia el
puerto de Choroní, se iniciará para Maracay la era de la
prosperidad".
Basándose en una iniciativa de Ángel Quintero, envió Codazzi al
gobierno de Páez, a mediados de septiembre de 1841, un minucioso
plan de colonización. Pronto prendió en Caracas un entusiasmo
desbordante. ¿Y por qué no habría de ser así, si se iba en pos de
la mejor de las aspiraciones, de la más extraordinaria realización,
de las mejores ideas, del mejor de los éxitos? Sin demora, después
del nacimiento de un nuevo hijo, viajó Codazzi a Caracas para
actuar en favor de su plan. En volandas, recorrió una vez más gran
parte de la cordillera litoral de Venezuela, por uno de cuyos lados
desciende bruscamente al mar en fuertes pendientes escasamente
cubiertas de vegetación y rastrojos; y por el otro lado, de cara al
interior del país, se caracteriza por los pequeños altiplanos, las
extensas terrazas y las suaves hondonadas. Como centro de su
empresa escogió una región boscosa al occidente de La Guaira,
principal puerto del país, bastante apta para el cultivo de plantas
europeas y americanas, o sea, aquella región de las cabeceras del
río Tuy. Su altura media era de unos 1.700 metros sobre el nivel
del mar, y su temperatura variaba entre 12 y 15 grados Réaumur.
Codazzi pensó dirigir personalmente este primer ensayo de
colonización desde la ciudad de Victoria, distante apenas seis
leguas. Además quería seleccionar personalmente a los colonos en
Europa y acompañarlos en la travesía del océano, para la cual era
su propósito, con la ayuda de sus amigos venezolanos, concederles
los préstamos necesarios, que sólo después de cinco años empezarían
a pagar intereses. A cada familia quería darle habitación, animales
domésticos y tierras desmontadas. "Yo cuento con el
gobierno de Venezuela, que es comprobadamente capaz, con los
grandes capitalistas de nuestro país y, en general, con todos
aquellos que se interesan por el bienestar de la nación.
"Pienso abrir hasta acá a los inmigrantes europeos una
amplia y bien construida carretera, pues no se trata, en manera
alguna, de secuestrar gente sin oficio ni profesión, ni de traficar
con esclavos blancos. Mi empresa requiere familias, tanto en el
orden jurídico como doméstico; requiere gente de buenas costumbres
y habituada al trabajo. Mi intención es traer de Alemania a la
mayoría de los integrantes de esta colonia (24), ya que los Estados
Unidos, en el norte de nuestro continente, les deben a los
inmigrantes alemanes el rápido crecimiento de su población
campesina activa. En contra de lo que digo se podría argumentar que
los colonos alemanes no encontrarían en Venezuela, como sí en los
Estados Unidos, semejanzas con el clima y con el muy arraigado modo
de vivir propios del terruño abandonado, y que, por consiguiente,
les sería difícil acostumbrarse tan rápidamente al cambio de
ambiente. A lo cual respondo que Venezuela puede ofrecer las mismas
ventajas y los mismos medios de vida que la América del Norte. Si
bien es cierto que en nuestras latitudes las estaciones del año se
apartan de las de Europa, en los diferentes pisos altitudinales de
la cordillera se encuentran, sin embargo, cambios de clima
semejantes, sólo que en vez de la nieve y del hielo predomina aquí
un crecimiento permanente de las plantas, y abundantes lluvias
reemplazan a la primavera y al otoño de la zona templada.
"Durante mi última estadía en Europa, he sostenido en
repetidas oportunidades largas conversaciones con hombres
importantes, los cuales, fundándose en su conocimiento del país
venezolano, fueron capaces de opinar acerca de mis planes de
colonización y del escogimiento de la región más apropiada. Me
refiero a científicos como Humboldt y Boussingault, cuyos escritos
tanto han contribuido a iluminar, en el orden físico y natural, a
mi tierra adoptiva; y la aprobación de esta clase de conocedores
del país constituye una garantía para el éxito de mi
empresa".
Los inmigrantes, que habrían de interrumpir toda comunicación con
su antigua patria, tendrían que encontrar en su nuevo ambiente
mucha solicitud patriarcal. La colonia se había pensado como una
gran sociedad de interés mutuo, compuesta por capitalistas y
trabajadores. Codazzi la dirigiría, como representante de los
primeros. Los alemanes debían llegar a Puerto Mayo en noviembre de
1842, tras lo cual se trasladarían inmediatamente a la sede de la
colonia, donde, durante un mes de descanso e instalación en su
nuevo hogar, se les suministraría el sustento. En diciembre los
europeos debían empezar sus labores agrícolas. Tres días de la
semana los consagrarían a la empresa de colonización y a su
director, y lo que aprendieran durante esas jornadas lo aplicarían
sin demora en sus propias parcelas, aunando lo aprendido en estas
prácticas a los conocimientos y experiencias adquiridos en la vieja
patria. Debían formarse tantas granjas como familias hubiese.
Además, existiría una extensa zona económica colectiva, cuyo
administrador no sólo representaría y defendería los intereses de
los colonos frente al gobierno, sino que también apoyaría a éstos
individualmente con préstamos y otras ayudas.
Codazzi se comprometió con el gobierno a traer al país únicamente
familias de comprobado valor moral y eficiencia en el trabajo.
Especialmente debía fijarse en que la prole estuviese en capacidad
de ayudar en las labores. Se debía dar preferencia a los artesanos,
que al lado de las faenas agrícolas pudiesen realizar otra
actividad útil para los asociados. Así mismo, se debía pensar en un
médico y en un sacerdote. El gobierno determinó los lugares de
asentamiento y exigió informes semestrales sobre el
desenvolvimiento de la colonia y las actividades de sus socios, a
quienes eximió por dieciséis años de todos los tributos y
obligaciones, especialmente del servicio civil y militar.
En Caracas se lisonjeaban con la esperanza de que todas las
condiciones previas para una inmigración en masa ya existían tanto
en el territorio como en el pueblo, y no solamente las físicas,
sino también las políticas, en cuanto al aseguramiento de la paz,
del orden en la administración pública, de la justicia y su
aplicación, de la tolerancia. El 26 de noviembre de 1841, el
Congreso autorizó adelantar un préstamo por 15.000 pesos,
susceptible de aumentarse a 60.000, si el progreso de la empresa
exigiera sumas mayores. Sin embargo, esta autorización sólo podría
cumplirse si la empresa colonizadora prestaba una fianza suficiente
para respaldar todas sus obligaciones.
Codazzi quería mantener exclusivamente en sus manos la dirección
del negocio. Por lo tanto, no buscó un socio capitalista, sino
únicamente un fiador garante, que encontró, al igual que en otra
ocasión, en Martín Tovar Ponte. El hombre, ahora de sesenta años,
traspasó a Codazzi, además, en asocio de su sobrino Manuel Felipe
Tovar, una propiedad vecina de la primera colonia, y Codazzi, en
agradecimiento, prometió erigir a la antigua casa solariega en sede
central de la empresa, y llamarla de ahí en adelante Colonia Tovar.
Sin tardanza, se iniciaron los trabajos más necesarios:
construcción de vías y desmonte. A principios de 1842, desde su
cabaña a orillas del río Tuy, envió sus planes a París:
"Antes de la llegada de los colonos, debe haberse
efectuado el desmonte. De lo contrario, como dijo Humboldt, los
europeos caerían antes que los árboles del trópico. En los recién
abiertos claros de la selva se forma, a causa de la descomposición
de los restos vegetales y de la exhalación del suelo nunca expuesto
al sol, un aire mortífero. De manera que ningún forastero podría
vivir allí. La primera operación consiste en la apertura de una
trocha en la selva, tras lo cual se deben levantar barracas para
los hombres y depósitos para las cargas; luego viene la roza y la
quema del bosque; en seguida la demarcación del poblado, con
especial consideración al espacio necesario para las futuras
autoridades. Ya la presencia del hombre insufló nueva vida a esta
silenciosa soledad de la selva, con los golpes de hacha que se oyen
ahora diariamente, tumbando los troncos de gigantes centenarios.
Este lugar de vegetación primaria, jamás hollado antes por la
planta del hombre, se ve ahora cruzado por fornidos trabajadores
arreando a las bestias de carga - caballos, mulas y bueyes - que
transportan víveres e indispensables herramientas. Aquí y allá, en
esta soledad, empiezan a levantarse las barracas precisamente en el
mismo lugar donde más adelante serán edificadas las viviendas
definitivas.
"Plantas útiles desplazarán muy pronto a la viga rosa y
abundante manigua. Ya doscientos trabajadores enviados por el
gobierno y dirigidos por el coronel Codazzi construyen una
carretera de seis leguas, desde la futura colonia hasta la ciudad
de Victoria, abriéndose de esa manera una rápida y fácil
comunicación con el floreciente valle de Aragua, la zona más
poblada de la provincia de Caracas. Sin demora se iniciará una
carretera hacia la costa, en dirección a Puerto Mayo, y más tarde
una tercera, sobre las lomas de los altiplanos, hacia la capital
del país. Para esta última se ha propuesto un ferrocarril. Esta vía
férrea debería considerarse como la más importante dentro del
sistema vial del país, ya que posibilitaría llevar en pocas horas y
en forma económica los productos agrícolas a Caracas. De llegarse a
realizar este proyecto, pronto se podrían extender ramales al valle
de Aragua y al distrito de Turmero, de manera que los productos de
esta ubérrima región se dupliquen y las tierras cultivadas se
extiendan a lo largo de toda la cordillera, considerada hasta ahora
como una muralla invencible para la civilización y sus
fines".
Según Codazzi, las condiciones del suelo no podían ser mejores para
los cultivos que se iban a introducir. Una espesa capa de tierra
fértil aseguraba el rendimiento y la productividad. Gigantescos y
corpulentos árboles de venerable apariencia se levantaban aquí. La
palma de cera desplegaba sus graciosas hojas de abanico sobre un
tronco de más de sesenta pies de altura. En los alrededores se
encontraban las mejores maderas para construcción y herramientas,
para colorear y para trabajos de taracea. El árbol de la quina
abundaba en las cimas de las montañas, que gozaban de una
vegetación siempre verde, humedecida por las nubes y el
rocío.
En París trabajaba para este proyecto, tan entusiastamente descrito
y en muchos aspectos atrayente, Alexander Benitz, natural de
Edingen de Baden (Alemania). Como dibujante del atlas de Codazzi,
se había contagiado del entusiasmo por tan promisoria república y
por la América tropical. En Europa se publicaron planos del futuro
pueblo de Tovar y de otros lugares que se fundarían: San Carlos,
Anaucos, Maya y Cagua; Oricaro y Chichiribichí; Guaipao y Tuy.
Folletos en lenguas española, francesa y alemana encomiaban el
país.
El 11 de junio de 1842, dos días antes de la tan lamentada muerte
del príncipe heredero de Francia, llegó Codazzi a reunirse con su
familia, que se había quedado en París. Antes de viajar nombró a
Ramón Díaz su representante en Victoria para los trabajos del
asentamiento. Mientras Benitz atendía a los emigrantes, Codazzi, a
quien el rey Luis Felipe había otorgado la Cruz de la Legión de
Honor, gozaba de los tesoros científicos en la capital francesa, en
compañía de hombres a los cuales cada vez más consideraba sus
iguales.
Se dejó atraer por el influjo del mundo científico de París, tan
espiritualmente estimulante, y éste, a su vez, lo trató con
deferencia. También fue presentado en los círculos artísticos de la
capital del mundo, en cumplimiento de una tarea adicional, que él
estimaba muy grata y que se relacionaba con el traslado del féretro
de Bolívar, ordenado en Caracas el 30 de abril de 1842, al
cumplirse más de un decenio de la muerte del Libertador en San
Pedro, y como primera demostración de que para Venezuela se había
iniciado una nueva etapa histórica y de que las desgraciadas
circunstancias del pasado habían sido superadas. A Codazzi se le
encargó de ocuparse en París con los preparativos de la ceremonia
fúnebre: hacer instalar el catafalco a bordo de una nave de guerra
venezolana, disponer la construcción del arco de honor en la plaza
principal de Caracas y la decoración, allí también, de la catedral
primada. Por indicación de sus amigos artistas parisienses,
encomendó a Pietro Tenerani, en Roma, la tarea de ejecutar una
digna estatua de Bolívar. Durante los actos fúnebres que se
verificaron en Caracas los días decembrinos de 1842, y de cuyos
preparativos en Santa Marta estuvo encargado Carmelo Fernández, las
muestras de patriotismo llegaron a grandes alturas, así como el
arrepentimiento de antiguos pecadores, que quisieran asociarse con
la garantía de un futuro mejor.
El 20 de enero de 1843 se retiró Páez de la presidencia de la
república, y ocupó el cargo Carlos Soublette, su secretario privado
de muchos años, además de oficial adjunto y ministro de guerra.
Codazzi estaba seguro de que el nuevo gobierno, al cual saludó con
alegría desde París, respetaría sus ideas y favorecería su obra.
Según el programa inicial de la colonización, la primera siembra
debía comenzarse en diciembre de 1842; sin embargo, los trabajos
preparativos se prolongaron.
El 6 de abril de 1843 arribó el barco francés Clementine, en el
cual venían Codazzi y Benitz en compañía de 358 personas
procedentes de Alsacia y Baden : 145 hombres, 96 mujeres y 117
niños menores de 14 años. Entre ellos había cerrajeros, herreros,
torneros, carpinteros, ebanistas, albañiles, canteros, zapateros,
sastres, sombrereros, obreros metalúrgicos, alfareros, ladrilleros,
carroceros y fabricantes de instrumentos. Durante la travesía
sufrieron privaciones pero no corrieron peligros. Sin embargo, se
presentó un brote de viruela, por lo cual se prohibió el desembarco
en el puerto de La Guaira, y la nave tuvo que anclar en el ardiente
puerto de Choroní, desde donde emprendieron a pie el viaje hacia el
lugar de colonización, ya que las escasas bestias de carga
existentes en aquel solitario paraje apenas alcanzaron para el
pesado equipaje. La vestimenta de los europeos, especialmente los
tocados, no era la apropiada para el clima. El cansancio, aumentado
por el intenso calor, estimuló el uso de fuertes bebidas
espirituosas; las niguas atacaron los pies; los nuevos alimentos,
como plátano, yuca, arepa, fríjoles y carne seca, les caían mal a
los forasteros; el beber agua les ocasionó disentería, y cuando por
fin llegaron a la meca de todos los esfuerzos, el tan poéticamente
descrito Tovar, no vieron más que algunas chozas techadas con hojas
de palma, diseminadas entre las ruinas de la selva. Ramón Díaz no
había terminado los trabajos previos indispensables, ni la
edificación de las barracas, ni el desmonte de la selva. E
igualmente desastroso resultaba el hecho de que Sinder Pelegrini no
hubiese avanzado lo necesario en la construcción del camino. Para
proveer de víveres a los recién llegados, había que traerlos desde
la ciudad de Victoria a través de la inhospitalaria cordillera,
pero el transporte valía más que las propias mercancías. Fue
necesario adquirir bestias de carga para traer esos víveres, e
igualmente construir depósitos especiales tanto para los vestidos
como para los alimentos europeos, entre los cuales harina de trigo,
pan duro y cebolla de bulbo, a fin de distribuirlos a las familias,
de acuerdo con determinadas regulaciones.
El mayor peligro lo constituía la selva, y transcurridos seis meses
de su llegada, los europeos no se hallaban aún en condiciones de
efectuar por sí mismos el desmonte. Por consiguiente, se ocuparon
en esta tarea, durante los meses de octubre y noviembre de 1843,
ciento veinte jornaleros, naturales de la comarca, entre los cuales
uno murió, tres sufrieron accidentes y cincuenta desertaron. Sólo
después de vivir aproximadamente un año en el país, los inmigrantes
fueron capaces de intervenir en esta clase de trabajo. Para tumbar
algunos árboles, era preciso subirse a un andamio de unas tres
varas de altura. Otros, aunque ya cortados, no se caían, a causa de
que sus ramas, así como las plantas trepadoras aferradas a ellas,
se entralazaban de tal manera con los otros gigantes de la selva,
que éstos continuaban sosteniéndolos, y cuando por fin sí se
derrumbaban, producían enorme destrucción en el sotobosque. Y no
hablemos de aquellas exhalaciones sobre las cuales Codazzi había
advertido tantas veces. No habían transcurrido ocho días de la
llegada, cuando se presentó otro desastre: de súbito, a las madres
lactantes se les acabó la leche. Codazzi hizo traer cabras de la
población de Victoria, pero también a éstas se les secaron bien
pronto las ubres. Igual suerte corrieron las vacas, aunque éstas,
al regresarlas a la zona cálida, volvieron a producir leche. Las
aves de corral no pusieron huevos durante un mes y los gatos se
murieron. Entonces Codazzi hizo trasladar gradualmente el ganado a
la región de Tovar, manteniéndolo por tiempos en diferentes pisos
altitudinales: primero lo aclimató durante un mes a una altura de
800 metros; después, durante un lapso equivalente, lo mantuvo a
1.050 metros, y finalmente lo hizo permanecer por tres meses en una
altitud de 1.700 metros, pero aun así perdió la mitad de las vacas
y una cuarta parte de los terneros.
En septiembre se obtuvieron las primeras cosechas. Aunque la
producción fue escasa, el trigo dio un rendimiento de 33 granos por
uno, la cebada bastante más, y el maíz cien granos por uno. Las
hortalizas alcanzaron tamaños gigantescos y las vainas de las
leguminosas se cargaron copiosamente. Este éxito, cercano a lo
formidable, levantó los ánimos de los colonos, y muchos de ellos
pasaron del hasta ahora reinante abatimiento a lo opuesto: a la
euforia. Parecía que, en verdad, la situación mejoraría. Y aunque
algunos elementos descontentos se alejaron, de todos modos se
mantuvo un núcleo de hombres recios.
Durante el mes de mayo de 1844, se quemó la roza del año
precedente, y en la ceniza se sembraron nuevamente cereales así:
una semana para los empresarios de la colonización, dos semanas
para los colonos. Nuevamente la siembra se desenvolvió
maravillosamente. La ganancia de la primera cosecha se estimó en
veinte mil pesos.
Sin embargo, de un momento a otro les cayó un hongo*, que destruyó la mayor parte de las
plantas ya crecidas. Después se presentaron violentos aguaceros, y
se perdieron en su totalidad la papa y los fríjoles. La cebada, sin
embargo, se salvó; no así el trigo. "Nuestras esperanzas
habían sido puestas en la cebada - escribió Codazzi -, pero vino
una invasión de orugas que la devoraron. Muchos cebadales habían
quedado vacíos, no obstante que hombres, mujeres y niños trataron
día y noche de destruir esta plaga. Por fin, un fuerte aguacero
mató a estos enemigos de los agricultores. La cebada dio buen pan;
la pilada reemplazó el arroz y dio buenas sopas, mientras que los
tallos sirvieron de forraje y el ganado prosperó con la avena como
alimento".
A Codazzi se le habían agotado los fondos, cuando todavía quedaban
por desmontar unas quinientas fanegadas, lo que llevaría por lo
menos dos años. El gobierno autorizó un nuevo adelanto hasta por
cien mil pesos, de los cuales los colonos deberían reembolsar la
mitad, mientras el Estado asumía la otra mitad, ya que había que
construir caminos y las tierras de la nación se beneficiarían
considerablemente. En efecto, la joven localidad de Tovar
progresaba: tenía 120 viviendas, entre ellas algunas casas de
ladrillo, dos ladrilleras, un molino de cereales, un aserrío, dos
tiendas de ropa y víveres, una imprenta, una posada con sala de
baile, una gran bodega, una escuela para ochenta alumnos, una
iglesia con reloj, campana y ornamentos para el culto, cosas, todas
éstas, desconocidas en las regiones rurales de los trópicos. Una
inspección oficial arrojó el más favorable resultado. El maestro
alemán obtuvo éxito; el médico alemán se acostumbró cada vez más a
las nuevas condiciones de vida; Benitz fue nombrado inspector y se
le invistió de poder y autoridad; Codazzi y su incansable esposa
gozaban del aprecio y veneración de todos. "El colono -
escribía en aquella época Benitz - ya vende sus productos en las
ciudades de Caracas, La Guaira y Victoria; los artesanos -
carpinteros, herreros, torneros - encuentran suficiente trabajo en
el poblado mismo, y los más hábiles entre ellos han construido,
molinos de trigo, trapiches para caña de azúcar, descerezadoras de
café, aserríos, maquinaria para cervecería y otras obras para los
valles de Antuagua y Aragua. Todos los colonos poseen ganado y
otros animales domésticos útiles, especialmente gallinas. Los más
acomodados son dueños también de cabalgaduras para transportarse.
La escuela pública de la colonia trabaja bien. Las casas ya
terminadas se asemejan a las del alto valle del
Rin".
Cuando escribía este informe, Codazzi ya había perdido a su mejor
amigo y colaborador. Martín Tovar Ponte, el valiente patriota,
había muerto el 26 de noviembre de 1843. Codazzi consideraba este
fallecimiento como un momento crucial en su propia vida. A esto se
agregaba, sin que tuviera relación con el deceso del anciano, el
hecho de que la situación política en Venezuela cambiaba en forma
crítica. En vez de contentarse con el tranquilo avance hacia la
prosperidad alentado por el trabajo pacífico, el carácter de los
criollos, de por sí siempre levantisco, sobre todo en los períodos
de guerra, y especialmente entre los habitantes de tierra caliente,
se veía agitado con las incesantes reformas. Se consideraba que la
perpetuación de los gobernantes constituía una oligarquía, a la
cual debían combatir decididamente los auténticos hombres del
pueblo, especialmente los representantes de la prensa capitalina.
Cundía la agitación, y pronto se había extendido a toda la
república. Los colonos extranjeros sentían que para el bienestar no
sólo se requerían condiciones tales como clima sano, suelos
óptimos, casa propia y administración autónoma de la comunidad,
sino ante todo que en el pueblo existiera un espíritu maduro para
el trabajo, que verdaderamente cautivase al forastero. Por sí
solos, los colonos poco lograron, y pese a la constante
intermediación de Codazzi, quien llevaba sus peticiones fuese donde
fuese, no encontraron sino partidos políticos en lucha, sin oídos
ni interés para asuntos de la vida práctica.
No obstante esta situación, Codazzi regía estricta y ordenadamente
la colonia, alentando expectativas de cosecha en cosecha, siempre
dispuesto a aconsejar y a ayudar. El 2 de noviembre de 1845
informaba: "Los habitantes de Tovar están contentos. Ya
viven del producto de su trabajo y han obtenido algunas cosechas
óptimas, a pesar de que algunas plagas repitieron sus ataques a los
cultivos. El tramo que aún faltaba del camino a Caracas ya ha sido
concluido. Con gusto se hospedan aquí naturalistas alemanes,
preparan campos de experimentación botánica y, con singular éxito,
estimulan nuestro interés intelectual".
Dentro de este grupo de científicos que visitaban la colonia, se
hallaba Hermann Karsten (25), de Stralsund, quien había viajado, en
la primavera de 1844, de Hamburgo a Puerto Cabello. Ahora, en la
nueva colonia, se dedicaba por entero a las ciencias naturales,
especialmente a la botánica y a la geología. El activo investigador
entabló relaciones personales con los más influyentes alemanes en
Venezuela - por ejemplo, con los doctores Knoche y Taurs -, como
también con los cónsules prusianos Otto Harrassowitz y Alfred
Passow. Habiendo llegado a estimar a Codazzi y su casa, favoreció,
tanto personalmente como valiéndose de las mencionadas relaciones,
los múltiples intereses de la joven colonia. Se hospedaba en la
posada de los Benitz. Recolectó pequeñas palmas y helechos arbóreos
para despacharlos a jardines europeos, casi todos los cuales
llegaron vivos a Alemania.
"Sin la amabilidad de la familia Benitz, difícilmente se
hubiera logrado efectuar el empaque y otros trabajos engorrosos.
Sin ella, Karsten jamás hubiera podido excursionar durante meses
por las selvas, ni después encontrar la paz y tranquilidad para
elaborar los dibujos, incomparables en cuanto a fidelidad y
perfección, de las maravillosas plantas tropicales". Mucho
se interesó Karsten por las permanentes inquietudes intelectuales
de Codazzi, las cuales, además, contribuyó a aumentar. Así, por
ejemplo, le llamó la atención sobre un descubrimiento cuya
explicación parecía tan difícil como importante. En el libro sobre
la geografía de Venezuela, apenas se aludía de paso a las reliquias
históricas y a los vestigios de tiempos remotos. Y ahora se habían
encontrado, no lejos de Tovar, sobre un montículo a orillas del río
Maya, así como en la región del río Tuy, unas rocas con figuras
grabadas que parecían representar serpientes y otros animales,
cabezas y manos humanas, lunas y estrellas. En un principio Codazzi
pensó que se trataba de un lugar sagrado, pero después su mente
divagó de una suposición a otra, ya que tampoco Karsten pudo
aportar una explicación satisfactoria.
Durante la permanencia de Karsten, súbitamente Codazzi hubo de
despedirse de su obra colonizadora. El presidente Soublette lo
llamó a Caracas y lo convenció de que aceptara el nombramiento como
gobernador de la provincia de Barinas (26), ante el cada vez más
peligroso movimiento popular contra el partido de gobierno, acusado
de oligarca, y en consideración a que esta provincia era decisiva
en caso de eventuales operaciones militares. En diciembre de 1845,
dejó en manos de Benitz su empresa predilecta y se dirigió a la
región de las vastas llanuras, primeramente a Barinas, situada al
pie de la cordillera de Mérida, apenas levantada de las ruinas
causadas por la guerra, durante la cual sufrió grandemente. Allí no
tardó en darse cuenta de que, ciertamente, la tranquilidad de
Venezuela entera dependía de esa provincia, ya que su actitud
determinaba la de todos los llaneros que vivían desde el borde de
la cordillera hasta los ríos Meta y Orinoco. Logró tener las
riendas de estos inquietos paisanos, gracias a sus esfuerzos
personales, viajando de lugar en lugar, mejorando las condiciones
de vida en los dispersos hatos y planteando propuestas para la
realización de obras comunes.
Con la iniciación, en agosto de 1846, de la campaña electoral para
el nuevo período presidencial, los pecados de los partidos
políticos en el oriente de Venezuela llegaron a tal grado, que hubo
necesidad de nombrar nuevamente a Páez comandante supremo del
ejército y de las milicias, para que con las armas dominara los
brotes de anarquía. Al lado de Páez, en el comando, se hallaba en
ese entonces el consabido Monagas, uno de los más decididos
representantes del militarismo, quien pensaba procesar sumariamente
a la fuerza política opositora, el llamado partido democrático.
Contra las encubiertas actuaciones subversivas de este hombre,
Codazzi obró con cautela pero enérgicamente. Sabía cómo impedir que
en cualquier parte del territorio de Barinas se utilizaran las
armas. Cabalgando de lugar en lugar, de hato en hato, logró
reconciliar a los jefes principales, empleando para ello todos los
recursos imaginables, especialmente la palabra. Así, por ejemplo,
una vez durante un banquete, predicó a los radicales, mediante una
alegoría representada por niños, la prudencia y la razón. Una vez
Páez hubo logrado la pacificación, el gobernador Codazzi le expresó
oficialmente, en nombre de su provincia, gratitud y
reconocimiento.
La vida tranquila en Barinas le permitió que esporádicamente
continuara sus antiguos escritos sobre la agricultura tropical,
como también la elaboración de cartas topográficas exactas de la
región y otras obras análogas, aunque de más elevados propósitos,
lo cual propició en Codazzi un estado excepcional de bienestar.
Gustosamente se sumó a las cabalgatas de los ganaderos, y con el
correr del tiempo adquirió, en cierta medida, algunas de sus
costumbres. En los informes anuales a la asamblea provincial,
presentó ensayos sobre la historia, la geografía, las relaciones
con los territorios vecinos y los problemas actuales de la
provincia.
A principios de 1847 parecía haberse restablecido la calma en el
país. Por iniciativa de Páez, a despecho del consejo de Codazzi, el
general José Tadeo Monagas se convirtió, el 23 de enero, en
presidente de la república, y la juiciosa selección de sus
ministros parecía indicar que la tranquilidad proseguiría.
En marzo de aquel año, Codazzi tuvo que viajar de Barinas a Tovar,
ya que la colonización, para él tan preciada, se hallaba nuevamente
en peligro. Se oían protestas públicas contra los compañeros de la
colonia, cada vez más intranquilos bajo la influencia de los
últimos disturbios políticos: "Nosotros, alemanes
radicados hace tiempo en Venezuela - así rezaba una proclama -, nos
hemos enterado, con extrañeza y disgusto, que nuestros paisanos en
Tovar no responden a las esperanzas puestas en ellos y se
encuentran en franca desmoralización. Éste y aquél defeccionaban,
por descontento o arrogancia. El orden se alteraba día tras día,
hasta cuando el gobierno nombró un juez venezolano, que restableció
el orden pero acabó con la primordial autonomía administrativa de
los colonos. Los mejores elementos estaban satisfechos con la muy
saludable presencia del director Codazzi y su esposa, y alababan su
amabilidad y generosidad. Nadie tampoco acusaba a su suplente
Alexander Benitz, el cual, en cuanto a benevolencia de corazón y
pureza de carácter, corre parejas con aquél. Casi todos los colonos
eran dueños de recuas de mulas, con las cuales llevaban sus
productos al mercado, pese a que llegaron totalmente pobres al
país. El único que trajo consigo algún dinero disfrutaba, como
constructor de carruajes, de una situación especialmente holgada.
Los primeros cien cafetos produjeron, según el concepto de
entendidos, el mejor café del país. Todo patriota inteligente
consideraba la colonia como el principio de una vasta
colonización".
La presencia de Codazzi produjo milagros. Ya en marzo de 1847, en
una comunicación desde Caracas se leía: "Parece que los
colonos han recobrado la moral. Los renegados han regresado.
Theodor Braun, en La Guaira, miembro de la recién fundada
Asociación Alemana de Ayuda, ha logrado del gobierno nuevos
auxilios para la colonia. El camino a la costa se inaugura ahora, y
todo hace esperar un renovado bienestar y desarrollo".
Esta esperanza, sin embargo, no se cumplió. Karsten, el probado
amigo de la colonia, que había regresado a Alemania poco antes del
retorno de Codazzi a Tovar, cargado con excelentes dibujos,
colecciones y detallados trabajos botánicos, animales disecados,
restos de animales antediluvianos, fósiles y otros tesoros, viajó a
mediados del año 1848 nuevamente a los trópicos, a los cuales
quería consagrar una vez más sus mejores esfuerzos. Navegó de
Hamburgo a La Guaira, y de allí se encaminó a Tovar, pero no
encontró ni el país ni la gente ni la situación de antaño. Benitz
ejercía con grandes preocupaciones el cargo de director de la
colonia, Codazzi había tenido que huir y toda la nación se hallaba
enormemente confusa y perturbada.
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| "La "enfermedad blanca" o
"rocío de harina". La gente habla de "un
hielo" que destruye las plantas. Se trata, en realidad,
del hongo Erysiphe graminis que las ataca. (Nota del
traductor).
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