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INDICE
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CAPÍTULO III
LEVANTAMIENTO TOPOGRÁFICO Y MAPA DE
VENEZUELA
El primer presidente de la República de Venezuela era hijo
legendario de las inmensas, yermas y despobladas llanuras herbáceas
del interior del país y, al mismo tiempo, legítimo producto de la
sangrienta guerra civil. Unos cuarenta años antes que se entregara
a José Antonio Páez (10), a falta de alguien mejor capacitado, el
gobierno supremo de su patria, había empezado su existencia en las
monótonas estepas de la región de Araure, a orillas del río Curpa,
y recibido posteriormente instrucción escolar elemental en las
aldeas de Guana y San Felipe. Lo demás, o la mayor parte, lo
aprendió sobre el lomo del caballo, inicialmente sin silla: en
pelo; después, equipado a la usanza de los llaneros, al principio
como participante en las peligrosas incursiones de saqueo de los
alzados en armas, más adelante como jefe de grupos organizados de
lanceros montados, y finalmente como compañero de Bolívar y general
colombiano. Páez había aprendido mucho en breve tiempo. No obstante
que aún conservaba ciertos rasgos de la rudeza de antaño, se había
convertido en otro tipo de héroe, muy diferente del que había sido
durante los años de lucha, y al iniciarse los tiempos de calma su
carácter había madurado del todo. Si bien era temido, se le
estimaba, y era bondadoso aunque salvaje; testarudo pero asequible
a los consejos de los forasteros. En este aspecto, precisamente,
logró ser campeón, al compensar sus propias deficiencias y
debilidades con la ayuda de consejeros cultos y formados. Un hombre
así, para quien toda nueva tarea era el comienzo de un aprendizaje,
significaba necesariamente para la joven república, carente de
experiencia y capacidades, una gran bendición.
El 6 de mayo de 1830, a fin de elaborar una Constitución, se
instaló en Valencia una convención compuesta por representantes de
las provincias de Barcelona, Barinas, Carabobo, Caracas, Cumaná,
Guayana, Maracaibo y Mérida. Con ocasión de tan solemne
acontecimiento, se trasladó Codazzi a la capital de Venezuela,
donde entregó al nuevo gobierno planchas de mapas, además de la
guía complementaria de rutas, cálculos de altura, determinación de
coordenadas geográficas de lugares, a todo lo cual agregó un
brillante resumen, aunque redactado en mal español.
Su gran mapa del lago de Maracaibo iba acompañado de una visión
futurista y entusiasta, en vívidos colores italianos, que para
muchos constituía ciertamente un cuadro halagador: "Al
parecer, la Providencia quiso comunicar, por medio de esta inmensa
laguna, la orilla del mar con el piedemonte de las altas
cordilleras de Trujillo y Mérida. Asombrosa es la gran fertilidad
de las regiones ribereñas de este lago, la amplia extensión del
mismo y el gran número de los ríos abundantes en agua que lo
buscan. Desde las orillas del lago hasta las cumbres que se elevan
en sus alrededores, se puede escoger para cada producto de Europa o
de América la temperatura apropiada, desde el calor ardiente hasta
los vientos huracanados de las estepas de las altas montañas o
hasta el frío de la nieve perpetua. En el futuro, cuando estas
regiones sean habitadas y cultivadas, los solos bosques de Mérida y
Trujillo, que llegan hasta las aguas del lago, pueden dar un
rendimiento cuarenta veces mayor que el actual de toda la parte
cultivada de la república. La riqueza del interior debería
transportarse por los ríos Motatán, Escalante, Sucio, Zulia y
Catatumbo hasta el lago, el cual, surcado por los barcos de todas
las naciones, contemplaría en sus puertos el intercambio de los
tesoros de Europa con los frutos de los alrededores y el oro de la
Nueva Granada. Lo que produzcan los valles interiores de las
cordilleras se intercambiará y lo consumirá una numerosa población,
que en tierras más altas buscará un clima más suave, una primavera
perpetua. Ciudades prósperas ofrecerán a sus muchos habitantes
todas las comodidades de la vida, más el gozo que proporcione la
vida social. La distancia de la costa la acortarán carreteras
principales, que bajarán desde Mucuchíes y Motatán, desde Trujillo
hasta la orilla del lago; desde la desembocadura del Zulia y del
Grita se transportará la carga a los valles de Cúcuta y San
Cristóbal y sobre el Uribante hasta el puerto de
Teteo".
Hasta aquí el seductor canto de Codazzi. A un hombre simple y
natural como Páez lo impresionó grandemente. Fuera de duda
quedaron, por lo demás, la importancia militar de los mapas y la
capacidad de su autor. Codazzi obtuvo pleno reconocimiento. Páez
acogió la idea de realizar el levantamiento topográfico general del
país y sometió al primer congreso ordinario tres planchas de
muestra con la ponencia en que se proponía el levantamiento
cartográfico de toda Venezuela.
El 29 de septiembre de 1830 se nombró a Codazzi jefe del estado
mayor de las fuerzas armadas de Venezuela, después de haber
efectuado el levantamiento cartográfico de la cuarta provincia del
norte, la de Coro, trabajo en el cual encontró relativamente pocas
dificultades. Así, en muy breve término, se había completado la
cartografía de la cuenca hidrográfica del golfo de Venezuela, hasta
entonces casi desconocida.
Este trabajo, altamente valioso, tanto desde el punto de vista
teórico como desde el práctico, abarcaba cuatro provincias. De modo
que aún faltaban nueve provincias a las cuales pertenecía, entre
otros territorios, la pequeña isla de Margarita. Sin embargo, en
este caso, la existencia de excelentes cartas marinas hacía
superfluo un levantamiento especial. En cambio, en situación
opuesta se hallaba la inmensurable Guayana, tan sólo parcialmente
penetrable, y cuya condición de territorio virgen se oponía a
recorridos sistemáticos y a un exacto tratamiento
topocartográfico.
El 14 de octubre de 1830 el poder legislativo autorizó al gobierno
para que encomendara a un oficial competente la elaboración de los
mapas provinciales, los cuales debían reunir informes fisiográficos
y estadísticos (11). El Congreso explicó en esta ocasión:
"Para Venezuela es el levantamiento topográfico de los
mapas geográficos, la determinación de las rutas militares y la
elaboración de informaciones estadísticas, una empresa de primera
línea cuyos trabajos tendrán benéficas consecuencias para facilitar
la realización de operaciones militares, para el conocimiento de
los límites provinciales, para la mayor exactitud de la
contribución tributaria, para el desarrollo de la agricultura, para
la apertura y construcción de caminos, para el avenamiento de lagos
y pantanos, para la regulación y navegación de los ríos".
El oficial escogido para esta tarea fue Codazzi, quien desde Coro
se dirigió sin tardanza a donde el presidente. Éste le informó que
durante los tres años en que el trabajo debía realizarse recibiría
doble paga, pero que debería costear los gastos de viaje, y por una
sola vez recibiría la suma adicional de cien pesos, para la
adquisición de instrumental. Tales condiciones en manera alguna le
eran favorables; pero el solo pensamiento de que podría seguir las
huellas de un Humboldt hizo desaparecer todas las vacilaciones,
máxime si consideraba que los mapas de Humboldt atesoraban
cuantiosa información, especialmente con referencia al curso de los
ríos Apure, Atabapo, Casiquiare, Caura, Guaviare, Meta, Negro y, en
especial, al del Orinoco. Apenas le faltaban datos sobre el delta
del último río nombrado y acerca de la cuenca fluvial del lago de
Maracaibo, cuyo estudio se disponía a terminar. La tarea de Codazzi
exigía mucho tiempo y esfuerzo, pero también abría una amplia
perspectiva para estudios técnicos de suma importancia, siempre y
cuando el país y su gente continuaran desenvolviéndose sin
sobresaltos. Esto esperaba, aunque los signos de los tiempos eran,
ciertamente, poco alentadores. La muerte de Bolívar, ocurrida el 17
de diciembre de 1830, parecía significar un cambio favorable a la
paz. Sin embargo, el Congreso venezolano, carente de toda
experiencia de práctica política, tomó resoluciones peligrosas, que
preocuparon a Codazzi. Ellas afectaron el poder militar, único, en
los tiempos que corrían, en capacidad de mantener el orden.
Igualmente, la separación de la Iglesia y el Estado, provocó
enfrentamientos y amarguras en un pueblo exclusivamente católico,
sobre el cual la institución eclesiástica ejercía enorme
influencia. Y, finalmente, la limitación de la esclavitud. Todo
ello provocó una conmoción, la más grande que quepa imaginar, en la
situación social y financiera imperante. Aunque Codazzi conocía
suficientemente la vida pública de la América del Sur, no medía la
índole de estos cambios de acuerdo con determinada escala de
valores, sino que la juzgaba por sus efectos reales. En su
concepto, lo poco que del pasado le había quedado al país después
de las guerras de independencia, se desarticulaba de manera
anticipada y peligrosa.
Su opinión resultó acertada, ya que pronto hubo de informar a sus
amigos en Lugo que no podía acometer tranquilamente el
levantamiento topográfico, como lo deseaba, sino que desde un
principio tendría que combinarlo con diferentes encargos y
expediciones militares, prestando servicios de guerra aquí y allá
(12).
Por lo pronto marchó Codazzi contra Julián Infante, uno de los
tantos levantiscos jefes de las bandas de alzados en armas que, so
pretexto de restablecer la unidad de Colombia, revivían el
salvajismo de la época de la guerra a muerte, y a quienes el
patriotismo sólo les servía de disfraz para engañar a las masas
populares, que eran sus verdaderas víctimas. Estos libertadores * que despreciaban toda libertad,
actuaban especialmente en las vastas estepas de la región del
Orinoco, en los grandes hatos a la vera de los ríos Apure y Arauca,
antiguamente pertenecientes a ricos españoles, a quienes les fueron
expropiados. Los alzados mantenían estrechas y firmes relaciones
con los bárbaros pero prepotentes ganaderos, totalmente
desconocedores de la vida civilizada. Allí, en los llanos del río
Apure, Infante empuñó las armas y convenció a Francisco Vicente
Parejo - quien, al igual que él, se había distinguido como cacique
indomable, en la reciente guerra - de que se le uniera.
Páez, que era también llanero legítimo, se enfrentó rápida y
enérgicamente a estas peligrosas actividades. Sin demora, dispuso
el ataque contra las hordas de Infante y Parejo, para lo cual
encargó a Codazzi del comando de la infantería, arma en la que Páez
era poco diestro. Fue entonces cuando Codazzi conoció por vez
primera las ilímites praderas del interior, cuya inacabable
melancolía influyó, no obstante su condición de militar, hondamente
en su carácter sensible y receptivo. Introvertido por naturaleza,
encerrado en sí mismo durante su vida en el mar, se tornó cada vez
más reservado e insociable.
Una simple expedición armada no bastó para liquidar el desasosiego.
Pronto hubo de marchar Codazzi a salvaguardar la precaria calma de
la provincia de Mérida, al mismo tiempo que a organizar la defensa
en diferentes puntos, en previsión de un eventual conflicto con la
hermana república de la Nueva Granada, que reclamaba reiteradamente
su definitiva soberanía, no obstante que ni siquiera se había
constituido oficialmente y soportaba toda suerte de conflictos
internos, mientras que el único hombre capaz de ejercer el mando,
el general Santander, se hallaba viviendo en el exterior.
En vista de tales perspectivas militares en la frontera con la
Nueva Granada, Codazzi se dedicó a elaborar más exacta y
detalladamente el mapa de Mérida y retomó su plan de
fortificaciones para Maracaibo, ya que desde esta plaza se podía
dominar gran parte del país. Seguía considerando que el lado débil
de esta posición estratégica era la parte lindante con el
territorio de los guajiros; así que resolvió arriesgarse a explorar
personalmente esta salvaje comarca a la que rara vez transitaba una
persona solitaria.
La plaza de mercado de Maracaibo era por lo general bastante
activa. Semanalmente se realizaba allí una floreciente feria de
caballos, entre los cuales disfrutaban de gran demanda los
pequeños, resistentes pero cerriles potros de la Guajira. Codazzi
se acercó a un grupo de tratantes, ya embriagados por el
aguardiente y extravagantemente vestidos, los cuales se percataron
de que no era español, a causa de su acento italiano. Acompañó a
esta horda adentro de su territorio, donde, si bien es cierto que
pudo conocer las aldeas de Yariguí, Caramare, Pedraza y Montes de
Oca, no logró, en cambio, su cometido militar, ya que este
desorganizado pueblo de nómadas no respondió a sus preguntas sobre
caminos transitables o lechos de río utilizables.
El 11 de abril de 1831 lo alejó de Maracaibo una tercera campaña
militar. Esta vez se trataba de la sublevación de uno de los más
renombrados generales en tiempos de Bolívar: José Tadeo Monagas
(13); este hombre violento había proclamado el 15 de enero de 1831,
en Aragua, punto focal de las comunicaciones en la provincia de
Barcelona, que ahora, fallecido Bolívar, se consideraba presidente
de Colombia. Para vencer la osada sublevación, después que
fracasara todo intento conciliatorio, asumió el comando de las
tropas del gobierno el propio ministro de guerra, Santiago Mariño,
a quien acompañó Codazzi como jefe del estado mayor. Monagas,
prontamente cercado, trató, insólitamente, de ganarse a Codazzi,
coqueteando con la idea de convertir los alrededores de Barcelona
en una república independiente con el viejo nombre de Colombia,
designar a Mariño como gobernador y él mismo asumir la
vicegobernación. Del modo más enérgico; Codazzi rechazó participar
en semejante proyecto, que alcanzaba dimensiones de alta traición.
En tal plan parecía revivir la consabida idea del federalismo, que
tan hondamente odiaba el italiano. Después de sucesivos avances y
retiradas, se rindió Monagas el 24 de julio, en el valle de Pascua.
Codazzi fue declarado, por voluntad del Congreso, ¡salvador de la
patria! Así terminaron para el italiano los primeros disturbios
militares. En todas partes, a la fuerza de las armas sucedió el
indulto; el perdón, al odio; al vigor militar, la debilidad
política partidista. Dondequiera, una desmoralización de vastas
proporciones se extendió entre las masas populares.
Una vez superadas dificultades de escasa monta, inició Codazzi
sistemáticamente el levantamiento topa gráfico desde la ciudad de
Caracas, la cual fue proclamada, el 30 de mayo de 1830, capital de
la república. Poco podía ofrecer esta localidad. Situada en el
hermoso valle de San Francisco, atravesada por las corrientes del
Caroata y el Catuche, su clima no era malsano, aunque sí ardiente.
Reconstruida modestamente, después del terremoto del 26 de marzo de
1812, de acuerdo con las posibilidades de la época, no era fea, aun
cuando muchas casas de los suburbios todavía se hallaban en ruinas.
Sin embargo, la ciudad carecía de actividad comercial. Tenía cerca
de veintitrés mil habitantes, la mayoría sin recursos económicos,
sólo unos cuantos, cuyos antepasados habían pertenecido al círculo
de los dueños de las principales fortunas en el país, todavía
gozaban de bienestar. A ellos se agregaban algunos comerciantes
foráneos, que durante la guerra se habían enriquecido, a fuerza de
empuje e inteligencia, y, por lo tanto, muchos los veían con
envidia.
Fueron precisamente estos extranjeros los que Codazzi aprendió a
apreciar cuando inició los viajes de levantamiento topográfico.
Poco a poco empezó a sentir gran admiración por aquellos hombres
contra cuyo pueblo había luchado antaño bajo los estandartes de
Francia: por los alemanes. Fuera de este círculo de forasteros, de
Páez y del amigo y sabio confidente de éste, el médico José María
Vargas (14), había en Caracas, por lo pronto, tan sólo una persona
que mostraba interés por las nuevas tareas de Codazzi: Feliciano
Montenegro de Colón (15), español muy viajado que, además de
servirse de los viejos muros del convento de los franciscanos para
albergar una escuela pública, había instalado aquí con éxito una
biblioteca popular: el único instituto de su género en toda la
ciudad, que también para los trabajos de Codazzi podía ser
importante. Montenegro se hallaba ahora, precisamente, a la
búsqueda de diversas fuentes de información local: aquellos
informes oficiales, de tiempos de los españoles, que tan a menudo
citaba Humboldt, amén de tablas estadísticas y otras fuentes
auxiliares. Llevó a Codazzi la única obra histórica dedicada
especialmente a Venezuela, editada en 1723 en Madrid por José de
Oviedo y Baños, que incluía también variadas explicaciones de
interés geográfico; por ejemplo, sobre los poblados. Este nuevo
amigo de Codazzi había permanecido fiel a la bandera patria hasta
la capitulación de Maracaibo. Abandonó entonces la Venezuela
levantada en armas contra España, y de las Antillas se dirigió a
Europa. Más tarde, desilusionado del viejo continente, se marchó a
México, donde se incorporó a una expedición para liberar a Cuba.
Regresó a Venezuela como republicano, y no solamente trabajó para
mejorar aquellas instituciones incipientes, sino también en una
extensa obra sobre la geografía de Venezuela y en otra sobre la
historia de la revolución del país; es decir, dos libros de gran
importancia para Codazzi, que, por lo demás, se iban a imprimir en
la propia Caracas. Ninguna ayuda mejor hubiese podido desear
Codazzi. Montenegro, a su vez, frecuentemente acusado de haber
tomado partido en favor de la madre patria, se sentía feliz por la
pronta confianza que le otorgaba un hombre nacido en el extranjero,
y como tal aún no contaminado de la vanidad nacionalista de los
recién nacidos republicanos. Así que rápidamente se ahondó y
consolidó la amistad entre los dos hombres.
Durante el año 1832 viajó Codazzi de Caracas a todos los rincones
de la provincia del mismo nombre, excepto a los llanos. Se interesó
especialmente en los raros fenómenos de la cordillera de la costa,
todavía poco explorada y densamente cubierta de selva; después por
La Guaira, aquel antiguo y principal puerto comercial del país, de
tan favorable ubicación, recostado contra las montañas rocosas, y
en general se interesó por numerosos lugares costaneros cuyo
porvenir se veía asegurado merced a la recién promulgada libertad
de navegación marítima. Por lo demás, le agradaba permanecer en la
importante población interiorana de Victoria. Se trataba de un
antiguo asentamiento misionero, en medio de la fértil y plana
cuenca del Aragua, donde se producía trigo, café, cacao y azúcar, y
que además constituía el punto de convergencia de los extensos
caminos que desde los tiempos de los indios comunicaban las estepas
del interior. Durante estas excursiones, Codazzi se familiarizó más
con la índole melancólica del oriente de Venezuela y con los rasgos
característicos de una región que juzgó especialmente favorable
para el desenvolvimiento de la agricultura.
La labor de levantamiento se prolongó más y más. La provincia de
Caracas se hallaba separada de las regiones ya cartografiadas y que
habían recibido sus nombres de las localidades de Coro, Maracaibo y
Trujillo. Se trataba esta vez de un territorio elevado y abundante
en terrazas, que descendía a las llanuras esteparias y abarcaba las
provincias de Carabobo y Barquisimeto. A fin de complementar
prontamente con su nuevo trabajo el realizado en Maracaibo, inició
Codazzi el levantamiento de aquellas dos provincias, a principios
de 1833, para lo cual abandonó Caracas y se fue a vivir a la ciudad
más interesante del país, Valencia (16), entre cuyos escasos diez
mil habitantes las personas cultas, especialmente los extranjeros,
llevaban en cierta medida una auténtica vida europea hasta en el
lujo y la pompa.
Esta plaza comercial, cobijada por un límpido cielo y a sólo seis
leguas del excelente Puerto Cabello, albergaba inteligentes
comerciantes y capaces artesanos de muy diversas nacionalidades.
Hasta hacía poco, como capital de Venezuela, había tenido fundadas
esperanzas en un especial progreso. Sin embargo, por causa del
traslado del gobierno a Caracas, las expectativas habían cambiado.
Empero, algunas familias que, pese a la guerra, conservaban sus
fortunas, se habían quedado, lo que dio oportunidad a Codazzi de
mantener relaciones agradables, en una sociedad que muchas veces
ofrecía más que la de Caracas. Apenas terminado el levantamiento
topográfico de aquellas dos provincias, empezó, también con base de
operaciones en Valencia, el de las provincias de Barinas y Cumaná.
En .esta última, atrajo vivamente el interés de Codazzi un fenómeno
natural que había alcanzado fama mundial desde cuando Humboldt lo
describiera en una de sus relaciones de viaje, y en cuyo análisis
Codazzi puso a prueba su talento de observador y su conocimiento
del idioma. No lejos de Caripe, lugar donde antiguamente residían
capuchinos aragoneses, el cual permanece inmodificablemente rodeado
por una imponente vegetación, se encuentra la cueva de los
guácharos, habitada por multitud de aves nocturnas. Codazzi la
visitó el 2 de febrero de 1833, en compañía de sus dos ayudantes y
del inspector local, José López. Penetró en la cueva más
profundamente que su antecesor, pues mientras Humboldt avanzó sólo
476 metros, Codazzi se adentró 794 metros y, al igual que el sabio
alemán, hubo de recorrer el último tramo a solas, ya que sus
acompañantes fueron presas del pánico.
Cuantas veces le era posible, al término de sus excursiones,
regresaba Codazzi a Valencia, cuyo ambiente ejerció sobre él - que
muy poco había logrado, por su modo de ser, adaptarse al medio -
una influencia determinante. Allí aprendió poco a poco a sentirse
miembro de su nueva patria, venezolano integral. A ello contribuyó
el estar rodeado por los círculos burgueses conservadores, apoyados
en el poder presidencial de Páez, ya que Codazzi supo compartir con
ellos tanto sus preocupaciones presentes como sus expectativas en
cuanto al futuro. En Valencia se casó Codazzi, el 29 de abril de
1834, con Araceli Fernández de la Hoz, cumaneña de 26 años de edad
que se distinguía tanto por su bondad como por su dinamismo.
Según el contrato, los trabajos cartográficos de Codazzi debían
haber concluido en 1833, pero en consideración a sus pasados
servicios militares le prorrogaron el plazo un año más. En
agradecimiento por este gesto, acometió Codazzi, poco después de su
matrimonio, una de las más difíciles tareas: la exploración del
delta del río Orinoco, realizable únicamente por medio de
navegación en canoa y piragua, empresa que le hizo recordar con
frecuencia sus andanzas del año 1818. En lo posible, trató de
localizar desde el mar la extraordinaria maraña de corrientes de
agua, para fijarlas cartográficamente. Avanzó hasta la
desembocadura del río principal, pero tuvo que regresar, ya que su
embarcación era impotente ante el ímpetu de tan inmenso caudal de
agua.
Una vez hubo regresado, se dedicó en su nuevo hogar a la
elaboración inicial de los datos recogidos, tras lo cual viajó a
Caracas, el 17 de enero de 1835, a fin de conseguir otra
indispensable prórroga de su contrato. Al día siguiente, hubo de
presenciar un memorable acontecimiento, cuando en la hacienda La
Viñeta, cerca de la capital, el primer presidente de Venezuela dejó
su cargo. Páez, su benefactor, se retiraba a la vida privada con la
mayor sencillez concebible, y satisfecho, Vargas, científico de la
vieja escuela; un hombre que durante la lucha libertadora había
permanecido estudiando tranquilamente en el exterior y, por lo
tanto, no podía exhibir algún laurel de batalla; un hombre de
carácter totalmente civilista, a quien personalmente le eran más
que indiferentes las personalidades militares de los últimos años.
Vargas aceptó la elección sin entusiasmo, máxime cuando durante
largo tiempo se había vacilado entre él y otros dos candidatos,
prominentes representantes del militarismo. Tanto Páez como
Codazzi, a igual que la gente influyente de las ciudades y que los
ricos hacendados, estaban convencidos de la necesidad de un
gobierno civil. Les parecía que el joven Estado era lo
suficientemente fuerte para prescindir del poder de las armas, pero
este intento idealista de realizar la meta de la Constitución
habría de fracasar totalmente.
La vida privada de Codazzi discurría dentro de la mayor felicidad,
y aún más cuando su bellísima y eficiente señora dio a luz, el 21
de marzo, un varón. Se dedicaba ahora de tiempo completo, y por
iniciativa personal de Vargas, a la elaboración detallada de los
resultados que hasta la fecha había obtenido de sus levantamientos
topográficos, los cuales prometían acercarse cada vez más a una
visión de conjunto del país: un cuadro de los aspectos más
interesantes, que compensaría de modo honroso y digno todas las
dificultades y trabajos. Empero, no demoró en llegar la noticia de
que en la misma Caracas se había iniciado un golpe militar, que
obraba en armonía con los descontentos de Maracaibo y Cumaná, y al
que apoyaban los dirigentes del partido reformista. El 8 de julio
de 1835 los golpistas depusieron a las autoridades legítimas,
desterraron al presidente de la república y proclamaron jefe de
Estado a un comandante de la soldadesca. Pretendían convencer a
Páez de que se sumara al nuevo movimiento, pero antes que pudiesen
intentarlo se presentó, el 11 de julio por la mañana, en la
hacienda San Pablo, residencia de Páez, distante unas treinta y
ocho leguas de Caracas, una diputación de oficiales leales a la
Constitución, encabezados por el general León Febres Cordero y el
coronel Codazzi, en compañía de un grupo de representantes de la
burguesía, entre ellos Ángel Quintero y Manuel Felipe Tovar, así
como de algunos miembros del consejo de Estado, que eran enemigos
de los planes federativos y de los demás proyectos, casi todos
reaccionarios, de los llamados reformistas. Contra tales agitadores
- opinaban aquellos hombres -, Páez debía defender sin tardanza la
Constitución, reuniendo para este fin un ejército y respondiendo a
la fuerza con la fuerza. Sin dilación aceptó el legendario jinete,
cuyo nombre se hallaba estampado en el acta de la Constitución
vigente, y puso manos a la obra para formar un ejército. El
susodicho consejo de Estado lo nombró, el 14 de julio, jefe supremo
del ejército e hizo, al día siguiente, un llamamiento a filas. En
un principio, se presentaron pocos hombres. Sin embargo, día tras
día el número fue en aumento, y así se conjuraron los horrores de
una terrible guerra civil, en atención a la inteligencia de Vargas
y a la recta justicia.
De nuevo era Codazzi el jefe del estado mayor de Páez, a quien
ayudó con el máximo celo en la urgente movilización de las masas.
Puesto que ya conocía el país y su gente tanto como el llanero,
obtuvo considerable éxito. En seguida recibió la orden de librar a
Caracas, con una fuerza compuesta por algunos centenares de
efectivos, del peligro de una ocupación militar por las tropas
enemigas. Codazzi protegió la ciudad, cuna de la revuelta,
marchando sobre ella valientemente y sin miramientos. El 23 de
julio firmó el decreto de amnistía que había dictado Páez en
Valencia. La derrota de los enemigos renuentes a la reconciliación
se logró en un principio acción tras acción, pero después el estado
de guerra amenazó prolongarse. Codazzi fue designado jefe de la
operación de Riochico, que tenía la misión especial de evitar el
desembarco de armamento y tropas. Participó muy activamente en la
batalla de Guaparó, que garantizó la seguridad de Valencia, al
mando del general José María Carreño. Puso término al sitio de
Maracaibo y dirigió el asedio de Puerto Cabello, que terminó el 19
de marzo de 1836 con la rendición de la ciudad y su fuerte. En
seguida hubo de dirigirse a los llanos de Apure, para mantener en
jaque a los rebeldes bajo el mando de Francisco Farfán. De ese modo
surgieron una tarea tras otra. Pronto, sin embargo, también estas
expediciones militares parecieron tener su fin. El 27 de marzo
escribió Páez desde Maracaibo, con ocasión de su renuncia al
comando supremo, una carta a Codazzi en extremo honrosa. A su vez,
el presidente Vargas ascendió a este meritorio hombre a coronel de
ingeniería.
La proximidad de la calma era tan sólo aparente, pues no demoró en
estallar otra revuelta, de nuevo al mando del consabido Farfán,
apoyado esta vez por todo el partido militar. Páez hubo de blandir
la espada con redoblada energía, y envió contra los llaneros a uno
de sus paisanos, el general José Cornelio Muñoz, antiguo comandante
del cuerpo de caballería y ahora gobernador de la provincia de
Apure. Lo dotó de soldados, caballos y pertrechos, y le asignó a
Codazzi como consejero principal. Nuevamente cruzó éste a caballo
las llanuras del Apure. Cerca de García se enfrentaron los dos
bandos en lucha, y finalmente, el 9 de julio de 1836, se rindieron
los adversarios del gobierno, después de haberles asegurado éste la
impunidad.
Una vez más intentó Codazzi reanudar sus levantamientos
topográficos, y también una vez más fue interrumpido. Por lo
pronto, y acatando órdenes de Vargas, hubo de limitar su actividad
a una esfera más estricta, ya que se había resuelto demoler todas
las fortificaciones, y le encargaron la dirección de este trabajo,
que se inició en Puerto Cabello y terminó en Maracaibo. Durante el
debate acerca de las instalaciones defensivas de Venezuela,
manifestó Codazzi: "En el año 1835 nuestras plazas fuertes
albergaban tropas que opusieron resistencia al gobierno de la
república. No obstante, el pueblo salió victorioso. Todos los
puntos fortificados estaban en manos de los adversarios, y con
ellos el ejército y también la flota. Disponían de cuantiosas
reservas de dinero y armas, y en un principio contaban con la
totalidad del poder. Sin embargo, a la postre se frustraron sus
empeños. Ciertamente, corrió sangre, pero contra la opinión pública
y la voluntad del pueblo no había baluarte capaz de protegerlos.
Páez, que por entonces era comandante supremo, restableció el orden
constitucional, sacó al país de la anarquía y comprobó que el
gobierno no necesitaba fortificación alguna para sostenerse en caso
de emergencia interna". De manera que las plazas
fortificadas, especialmente la ciudadela de Puerto Cabello y aquel
fuerte de Maracaibo reconstruido hacía algunos años por el mismo
Codazzi, representaban ahora, cuando ya no existía la amenaza de un
enemigo extranjero, más un peligro que una útil protección.
Sin embargo, también este trabajo fue interrumpido abruptamente, ya
que el 29 de marzo de 1837 se levantó por tercera vez en armas
Francisco Farfán. Esta vez el escenario escogido fueron los llanos
del bajo Orinoco. De nuevo marchó Muñoz contra los revoltosos, pero
no logró por el momento sino defender a San Fernando de Apure.
Nombró entonces el gobierno comandante supremo al indispensable
Páez, quien a su vez designó, el 6 de abril, nuevamente a Codazzi
como jefe de su estado mayor. El primer paso que debía darse
consistía en defender a toda costa aquel lugar, donde los
adversarios, por el momento victoriosos, podían llegar a
establecerse definitivamente. Esta tarea correspondió a Codazzi,
quien con unos cuantos camaradas y a todo galope alcanzó el lejano
San Fernando en sólo tres días, lo cual constituyó una auténtica
hazaña ecuestre que causó admiración inclusive a los veteranos
llaneros. Habían llegado a tiempo. Desmontaron de los caballos y
acto seguido construyeron fortines. Así lograron, durante quince
duros días, defender el villorrio de los ataques enemigos. El 26 de
abril, con la llegada de Páez, el adversario fue obligado a
presentar batalla cerca de San Juan de Payara. Se trabó una feroz
lucha cuerpo a cuerpo, de lanza contra bayoneta, de lazo contra
espada; un combate tan violento, como rara vez se había librado
durante las guerras de independencia. Páez, el hijo de los llanos,
aseguró la victoria con su propia arrolladora valentía. Todavía en
su vejez, recordaba Codazzi con admiración la escena en que el
famoso llanero, cabalgando fogoso, luchaba con denuedo en medio de
la matanza. Tan sólo gracias a la velocidad de su caballo, se salvó
Francisco Farfán, galopando hacia la frontera con la Nueva Granada.
Su hermano y su tío murieron en el campo de batalla al lado de
muchos copartidarios. La peligrosa rebelión fue aplastada en un
sangriento y único combate. Codazzi se contaba entre los
"leones de Payara", pero los hombres así
designados por la voz popular, especialmente Páez y Codazzi,
rechazaron tal apelativo, ya que siempre les pareció que una
victoria sobre conciudadanos constituía un acaecimiento funesto,
pese a que en el presente caso los adversarios osaran calificar su
rebelión como una lucha contra los blancos, de los campesinos
contra los ciudadanos, de la rudeza elemental del llano y de la
selva contra los únicos representantes de la civilización y el
progreso.
En el transcurso de estos tres años de agitación y lucha, adelantó
Codazzi, como antaño Caldas durante la guerra civil, sus tareas
científicas con el mayor brío. Mientras participaba en las diversas
expediciones bélicas, efectuó el levantamiento topográfico de toda
la provincia de Apure y describió las bellezas de los llanos. Le
acompañaba en sus viajes la traducción de Eyries de los Cuadros de
la naturaleza de Humboldt, que imprimieron en su carácter, ahora un
tanto agreste, cierto matiz del sentimiento alemán. Era, pues, muy
venturoso para Codazzi haber conocido a Humboldt en la obra que
éste más apreciara, en aquel escrito que presenta en la forma más
nítida y bella las impresiones de su viaje americano, el libro más
maravilloso que jamás se hubiera escrito sobre la vida en los
trópicos. Este compañero de viaje, siempre dispuesto, acrecentó en
Codazzi el deseo de efectuar el levantamiento topográfico, con
mayor rigor científico, del vasto interior del Orinoco, que aún le
faltaba por cumplir.
A lo largo de nueve meses, con un mínimo de equipo, navegó Codazzi
por el caudaloso río, tomando primeramente como punto de partida,
el 3 de noviembre de 1837, la localidad de Angostura, que había
progresado considerablemente durante los últimos veinte años
gracias a la inmigración de extranjeros, especialmente de alemanes.
Después eligió como cuartel general el poblado de Caycara,
solitario lugar en la desembocadura del río Apure, en el Orinoco,
donde le interesaba especialmente aquella loma rocosa pintada con
escenas de animales, las cuales, por cierto, no logró comprender
mayormente. Penetró en gran parte de los ríos afluentes, mientras
lo permitieron sus provisiones de alimentos. En cuanto al propio
río Orinoco, avanzó hasta el raudal de los Guaharibos, donde
encontró la hostilidad de belicosos aborígenes, a los cuales no
estaba en capacidad de enfrentar. Para las futuras excursiones
escogió, a principios del año 1838, el villorrio de San Fernando de
Atabapo, situado en la confluencia con el río Guaviare y cuya
fundación se originó en falsas informaciones sobre la existencia de
unas minas de esmeraldas. Hoy se halla en completa decadencia, que
se inició al suspenderse la misión de los franciscanos. Los
intereses de los escasos habitantes giran ahora alrededor de los
huevos de tortuga, las pieles de caimán y la carne de los cerdos
acuáticos **.
Con el correr del tiempo, el modo de pensar y obrar de Codazzi se
había compenetrado a tal punto con las más difíciles cuestiones de
su tierra adoptiva, que juzgaba tan importante el problema de la
civilización de los indígenas como la geografía del Orinoco. Desde
ese punto de vista elaboró, durante su segunda estadía en Caycara,
un memorando sobre los abusos que cometían las autoridades
venezolanas en la región del río Negro. "Este cantón casi
no pertenece a nuestra república, ya que sus leyes carecen aquí de
validez; aquí rigen únicamente la voluntad y el mando personal de
un corregidor y sus subalternos ***; las órdenes del gobernador de la provincia de
Guayana, residente en Angostura, sí son recibidas y registradas,
pero no publicadas ni aplicadas. La subyugación que se observa aquí
no encuentra igual ni en la parte más alejada de la república. Los
indios no son más que esclavos, y no tienen seguridad ni en sus
campos ni en sus habitaciones. Sorpresivamente les llega una orden
del corregidor, de presentarse sin tardanza en San Fernando. El
viaje lleva de diez a quince días, y una vez llegados, se les
obliga a trabajar forzosamente para los monopolios, por un jornal
insuficiente. Si no obedecen a esta exigencia del poder oficial, se
les recluta para el servicio militar obligatorio. Tan tiránico
abuso ejercen todas las demás personas investidas de funciones
oficiales. Aquel que no quiere someterse, tiene que abandonar los
escasos campos de cultivo y huir al interior de la manigua; pero
quien voluntariamente confía en las autoridades, es engañado por
ellas. El monopolio del comercio en San Fernando es tal, que
cualquiera que llegase allí sin medios de subsistencia, tendría que
morirse de hambre. Allí no existe ni mercado ni comunicaciones; no
hay ni tiendas ni tampoco albergues; y si de cuando en cuando
llegan los indígenas con un cargamento de alimentos, inmediatamente
lo confisca alguno de los poderosos, so pretexto de que el dueño de
la canoa le debe algo, o bajo cualquier otra acusación. Si bajan
indígenas de las montañas, a estos hombres ignorantes se les
conduce por la fuerza a casa del corregidor, donde reciben por sus
cosas el pago que a éste le parezca: precios que de ninguna manera
merecen el difícil viaje, y mucho menos favorecen un intercambio
comercial. Bajo otro gobierno, estos aborígenes de Sipapo, Inírida,
Guaviare, Guaima, Ventuari, Cunucunuma, Podamo y Macoaca
disfrutarían hace tiempo de viviendas permanentes, y se habría
establecido de manera regular la navegación por el río Negro. Sería
fácil el asentamiento de dos o tres mil indígenas bajo la dirección
de una autoridad bien intencionada. Empero, hoy se observa
dondequiera todo lo contrario. Así, cuando muere un hombre, el
corregidor exige que los hijos le sean entregados, so pretexto de
que la madre no era la esposa legítima del difunto, o de que ésta
no sería capaz de alimentarlos. Y si quien muere es la madre, los
hijos son reclamados porque el padre era borracho y sinvergüenza. Y
si faltan ambos padres, no obstante que haya hermanos mayores u
otros parientes, los huérfanos menores de edad pertenecerán al
corregidor, quien los reparte. Así, pues, unos dos mil seres
humanos están condenados a trabajar forzosamente, sin pausa ni fin,
para unos quince egoístas".
Fue así como la esclavitud de los aborígenes encontró en Codazzi un
acusador público, como años atrás lo tuviera en Humboldt la de los
africanos. En el tono y estilo de semejante acusación se muestra un
carácter que, no obstante su estrecha vinculación con los nuevos
movimientos políticos venezolanos, se conservó libre y limpio de la
corrupción y perversión del enjambre de politiqueros.
A fines de 1838, después de tantos y tan difíciles viajes, los
trabajos de levantamiento topográfico de Codazzi habían llegado al
punto en que pudo empezar a elaborar en Valencia los trece mapas
provinciales. En el ámbito del joven hogar, la tarea resultó una
delicia. Con pincel y pluma Codazzi trazó de manera vigorosa sus
extensos mapas, ya que para la parte técnica tan sólo contaba con
la ayuda del calígrafo Luis Aliaga. El topógrafo se convirtió en
cartógrafo, y el oficial conquistó avanzados conocimientos
científicos y elevados puntos de vista conceptuales. Dentro del
conjunto, dedicó especial atención al aspecto estadístico,
basándose en los resultados del último censo, cuyas deficiencias
eran, por cierto, más que conocidas. Escaseaban los medios
auxiliares, pero el mapa de cada provincia debía estar provisto de
cuadros con datos estadísticos y otras noticias, tal como los
tiene, si bien en grado menor, el famoso Atlas de Le Sage, pero con
menos consideración de la parte histórica y mayor acento en los
aspectos prácticos. Las tablas que elaboró Codazzi dentro de los
marcos de sus grandes planchas, contenían para cada cantón, en
primer lugar, las cabeceras municipales, su altura, la temperatura
media, así como su distancia de la capital de la provincia y del
centro de la república. En segundo lugar, registraban la
distribución de agua y tierra firme; las praderas y las selvas; los
territorios planos y los montañosos; los suelos cultivados y los
incultos, destacando los que no eran de propiedad privada, sino
baldíos pertenecientes al Estado. En tercer lugar, se anotaba la
población (tanto la total como por legua cuadrada), indicando por
separado el número de quienes se hallaban en edad de portar las
armas, así como las personas no libres. Por último, se señalaban
los productos de cada cantón con posibilidades de ser
exportados.
Cuando Codazzi hubo terminado de elaborar estas extensas tablas,
además de los mapas de las trece provincias, y después los de los
ochenta y ocho cantones, sirviéndose para ello de todos los medios
auxiliares locales disponibles, Páez llevaba otra vez la
investidura presidencial. Así que fue a éste a quien entregó el
resultado de tantas vicisitudes: "La tarea que el gobierno
me encomendara hace ocho años ha sido terminada. Cada provincia de
la república cuenta ahora con su mapa corográfico en escala grande;
cada una es dueña de una clara información sobre todos sus
cantones, de precisos datos sobre caminos militares, amén de
copiosa información de orden
geográfico-físico-estadístico".
El jefe de ingenieros en Caracas, Juan Manuel Cagigal (l7),
personaje por el estilo de Montenegro y desde 1831 profesor de
matemáticas en la universidad de aquella ciudad, era el encargado
de conceptuar sobre los trabajos de Codazzi, lo cual hizo con un
fallo brillante. De manera que, en medio de frecuentes
interrupciones de la vida diaria y enfrentando dificultades
financieras, se había logrado una obra de carácter nacional, cuyo
valor y utilidad tendría que reconocer el último de los
provincianos rústicos, si tuviera alguna formación cultural. Un
comprensible cuadro cartográfico enseñaba las condiciones dadas por
la naturaleza para la existencia humana. El dibujo explicaba la
situación de un país en el cual no solamente la espesa selva y las
cordilleras, sino también las llanuras con sus gigantescos cañones
fluviales y sus corrientes bravías impedían una visión normal del
conjunto. Si Codazzi hubiese podido publicar sus trabajos, siquiera
en forma limitada y como texto didáctico, utilizable no sólo en
escuelas sino también para el estudio particular, hubiera abierto
al pueblo de su patria adoptiva un libro geográfico e informativo
que sirviese como principal impulsor del sentimiento nacional.
Hubiera contribuido en alto grado a crear, entre hombres tan
dispersamente distribuidos sobre un territorio inmenso, el sentido
de unidad y solidaridad nacional y hubiese despertado, en las
poblaciones distanciadas entre sí por muchas millas, la conciencia
sobre el destino común de todas ellas en conjunto.
Las grandes planchas originales, que pronto adornaron las paredes
del ministerio del Interior en Caracas, eran así de muy poca
utilidad. Codazzi se lamentaba del destino de su obra, pero
afortunadamente, y sin que hubiese intervenido el autor, el
Congreso le concedió, el 18 de abril de 1839, el derecho de
publicarla, costeando él mismo los grabados y la impresión. Esta
concesión debía considerarse - así rezaba la ley del Congreso -
como el reconocimiento a la fiel dedicación a una tarea de carácter
nacional. Sin embargo, la adaptación de estas grandes planchas
originales, a fin de formar un atlas o una colección de mapas
murales, así como la descripción fiel de los mismos, exigían no
sólo tiempo, sino también otras cosas.
Por lo pronto, y para lograr una solución científica de la tarea,
resultaba indispensable un estudio que abarcara todos los escritos
sobre la materia, los cuales Codazzi hasta la fecha sólo había
considerado como simple material de lectura. Para ello le sirvieron
especialmente los aportes de Humboldt y Boussingault: "Sin
los trabajos, en tiempos recientes, de algunos científicos
extranjeros, cuyo amor a las ciencias los trajo hasta aquí,
Venezuela sería tan desconocida como las regiones más recónditas de
Oceanía o de África, ya que, por causa de la proverbial pobreza del
país en minerales, el interés del gobierno español no se tornó de
México y Perú hacia acá. Entre nosotros no se realizan
investigaciones en ciencias naturales, y hasta las geográficas se
descuidan. Si hiciésemos caso omiso de las maravillosas cartas
náuticas que publicaron Fidalgo y Churruca, nuestra nación
carecería de tales, que hubiera podido crear antaño el gobierno de
la antigua madre patria, y tampoco existe la menor excepción en el
campo de la geografía. A Humboldt le debemos nuestros mapas, además
del ordenamiento de nuestras más importantes plantas, sin olvidar
aquí a Bonpland, quien lo acompañó en su trascendental viaje.
Boussingault, como botánico y químico, nos enseñó sobre los
productos de nuestra propia tierra. Roulin enriqueció, a fuerza de
ágil observación y de exactas descripciones, los catálogos europeos
con maravillosos ejemplares de nuestro mundo animal. De los
investigadores nativos, sólo uno, José María Vargas, se asoció con
ellos".
Codazzi consiguió dos obras cartográficas: primeramente, aquella de
Humboldt que no sólo contenía los levantamientos cartográficos de
algunas salidas, como la del camino de La Guaira a Caracas, o los
cuadros sobre desplayamiento del río Orinoco, y los viejos mapas de
éste, interesantes para su historia, sino también dibujos de toda
la subcuenca del Orinoco, es decir, del mismo río principal, además
de los ríos Atabapo, Casiquiare, Negro, Apure, Meta, Caura y
Guaviare; en total, pues, ocho grandes planchas. Después viajó
Codazzi a la capital de la antigua Colombia, para obtener allí
material cartográfico. En Bogotá, José Ignacio de Márquez, como
primer sucesor de Santander en la presidencia de la Nueva Granada,
encabezaba un gobierno conservador sacudido por intensas
perturbaciones, mientras que Tomás Cipriano Mosquera, viejo
conocido de Codazzi, era el ministro de guerra y Pedro Alcántara
Herrán, yerno de Mosquera, ocupaba el ministerio del Interior. Este
último se interesaba vivamente por los trabajos de Codazzi, pero
tan sólo pudo suministrarle un mapa especial de Roulin y el atlas
de la extinguida Colombia, publicado en 1827 en París (18), que
contenía, además de un mapa general del viejo territorio
colombiano, cartas de los doce departamentos en que se dividía, no
sin valor, pero sí carentes de bases científicas, y en las cuales
figuraba Restrepo como autor.
La dificultad para la obra cartográfica de Codazzi estribaba en la
fijación de las fronteras políticas de Venezuela (19). Los países
que allende el océano se habían separado de España, querían trazar
sus fronteras tal como existían al finalizar el tutelaje de la
madre patria. Cuando se presentó este momento, no parecía haber
dudas para Venezuela y la Nueva Granada, pero sí para Ecuador,
donde el año 1810 podía ser decisivo. Sucede que en esa fecha el
dominio territorial no era, ni mucho menos, indiscutible, y sólo
podía considerarse efectivo en cortas extensiones fronterizas, ya
que las supuestas líneas divisorias se encontraban, por causa del
escaso poblamiento de estos inmensos territorios, en regiones
desconocidas o de difícil penetración, siguiendo aguas y montañas
cuyos nombres eran desconocidos para la gran mayoría de los
habitantes.
Estas dificultades reales las hubiera podido resolver un hombre
como Codazzi, por la vía del arbitraje, basándose en la justa
apreciación de todas las circunstancias, pero entre las nuevas
repúblicas de la América española reinaban, desde fines de la
guerra de independencia, unos desgraciados celos, un exagerado
egoísmo, que se aferraban preferentemente a cuestiones como el uso
común de vías fluviales y la resolución de problemas fronterizos
olvidados hacía tiempo. Sólo diferencias de esta índole podía tener
Venezuela con un Estado hermano en su frontera occidental, pero
Codazzi confiaba en que el convenio fronterizo entre Lino de Pombo
y Santos Michelena, el 14 de diciembre de 1833, zanjaba las
diferencias de concepto. Iniciándola en el cabo de Chichibacoa,
Venezuela llevaba la línea divisoria desde el litoral atlántico a
través de la península de la Guajira y, sin considerar detalles
locales, sobre las montañas y ríos principales hasta aquel punto
donde el meridiano 5', al oriente de Bogotá, cruza el río Arauca, y
luego sobre una línea ideal hacia el sur hasta las fuentes del
Memachí, donde al parecer se inicia el territorio brasileño.
Codazzi tomó esta frontera para los mapas que representaban el
territorio venezolano en 1840, pero el de 1810, o sea el dominio
territorial teórico, lo dibujó en otro mapa, en la forma que creyó
más acertada, aunque menos favorable para Venezuela. Mayor
dificultad representaba el problema fronterizo con Brasil e
Inglaterra, para el cual optó Codazzi exclusivamente por las
informaciones de Humboldt, que consideró concluyentes, ya que se
basaban en documentos del archivo de Madrid, aun cuando éstos sólo
coincidían parcialmente. Además, el uso de las estadísticas
encontraba grandes escollos. Desde el año 1831 se había prometido
un empadronamiento, con miras a las venideras elecciones. A finales
de la legislatura de 1836, se repitió esta promesa. Sin embargo, en
1838 el Congreso tan sólo disponía del censo de nueve provincias.
Por fin en diciembre de 1839 se presentó un informe estadístico,
según el cual la población venezolana se componía, de acuerdo con
el censo de 1824, de apenas 887.168 almas. Poco después se realizó
el primer censo acertado, que fue el que utilizó Codazzi, el cual,
si bien alcanzó una cifra más alta, sólo registró 945.348
habitantes. Con medios auxiliares tan precarios, no se podía
avanzar en un país tan extenso.
Una financiación apropiada era el segundo requisito para que los
trabajos de Codazzi sirvieran a todo el país. El sueldo ya no era
doble, pues se presupuestó para un trabajo técnico, a pesar de su
carácter científico. Y si se pensaba en una publicación a
propósito, había que buscar nuevas fuentes de financiación, para lo
cual el propio Páez se las ingenió a fin de ayudar a su fiel amigo.
Primeramente se nombró a Codazzi jefe de la división de matemáticas
en la Escuela Militar de Caracas - entidad semejante a la que
provisionalmente organizara Caldas en su tiempo y posteriormente
profesor de ciencias de artillería. Más tarde fue designado
comandante, para la provincia de Caracas, de aquellas instituciones
y organismos militares a los cuales el gobierno adjudicaba tareas
especiales. Sin embargo, todo este tratamiento preferente no logró
satisfacer las necesidades apremiantes. En consecuencia, a
principios de 1840 se dirigió Codazzi al Congreso, y éste ordenó,
el 16 de marzo, disponer de la suma de diez mil pesos para grabado
e impresión de la obra geográfica, pagaderos en dieciocho cuotas
mensuales, siempre y cuando se consiguiera un fiador para devolver
el dinero en caso de incumplimiento del contrato. Esta fianza la
asumió Martín Tovar Ponte, uno de los hombres más respetados de
Caracas. Miembro de la familia de los condes de Tovar, se había
despojado, sin vacilación alguna, de títulos y dignidades, al
iniciarse el movimiento de la independencia, a fin de servir a la
causa de su patria. En la lucha contra los españoles perdió gran
parte de su fortuna, en tanto que varios miembros de su familia
perecieron en los campos de batalla o de otra manera. Sin embargo,
los Tovares sobrevivientes, que permanecieron fieles a Páez, eran
todavía poderosos, constituían una casta acomodada e influyente.
Así que la ayuda de Tovar aseguró la empresa de Codazzi.
Con todo, no era posible imprimir la obra en Venezuela, y el único
lugar indicado parecía ser París, como lo demostraban las obras de
Humboldt. De modo que Codazzi y su familia se embarcaron, el 11 de
julio de 1840, rumbo a Europa.
En este viaje lo acompañaron otras personas, entre las cuales,
principalmente, Rafael María Baralt y Ramón Díaz (20).
"Una parte de mi obra - dice con modestia Codazzi - no
podía ser atendida por mí en persona: la referente a la historia
antigua y nueva de Venezuela. Por ello solicité la ayuda de Baralt,
quien, a su vez, escogió como colega de trabajo a Díaz, convencido
de que él solo no podía realizar el trabajo en el corto plazo que
yo le podía permitir. Durante la larga travesía hacia Francia,
Baralt se dio cuenta de que el plan trazado inicialmente por él era
insuficiente para una obra de tal magnitud y, por lo mismo, me
propuso una modificación, que implicaba dos principales cuestiones:
la primera, un aumento de los gastos, que podría ser tan cuantioso
como insoportable para mí; y la segunda, el breve tiempo
disponible. La primera cuestión la resolvió mi fiador Martín Tovar;
la segunda, el Congreso de Venezuela".
En París - en cuya rue de Helder vivió Codazzi con la familia -
empezaron sus colegas el trabajo de tres tomos que abarcaría la
historia de Venezuela. Codazzi, por lo pronto, trató de presentar
las planchas originales de sus mapas, antes que sufrieran
deterioro, a las personas entendidas, y obtuvo el mayor de los
éxitos; en todas partes fue objeto de distinciones (21).
Ya el 28 de agosto, apenas llegado Codazzi, François Arago presentó
las planchas a la Sociedad Geográfica, instituto científico de fama
mundial que honró a Codazzi, el 21 de agosto, nombrándolo socio.
Por su parte, el 4 de septiembre, Sabine Berthelot informaba :
"Al recién llegado coronel Codazzi, procedente de Puerto
Cabello, le ha encomendado su gobierno la misión de hacer grabar e
imprimir en Francia su gran mapa de Venezuela y su Atlas ordenado
por provincias. Abarca esta obra, destinada especialmente a la
instrucción pública, conjuntamente con la historia política de
Venezuela, la descripción geográfico-estadística de ese país. De la
primera parte se encargó a dos venezolanos, a los cuales, para ese
fin, el gobierno otorgó documentos oficiales.
Además, este tomo será ilustrado con una serie de dibujos
originales, que ejecutó con gusto y maestría Carmelo Fernández,
sobrino del presidente Páez". Berthelot se refirió muy
especialmente al mapa etnográfico que elaborara Codazzi basándose
en informaciones de terceros, ya que carecía de conocimientos
propios en la materia. Así mismo, comentó las planchas - éstas sí
creación del propio Codazzi - con las zonas de cultivos agrícolas;
tanto de las llanuras como de las selvas.
A fines de 1840, se inició el trabajo propiamente dicho de
publicación de los mapas, que obligó cada vez más a reducir el
alcance del proyecto original, por causa de los precios
inaccesibles. Una vez terminados los primeros dibujos, Codazzi se
dirigió a la Academia de Ciencias de París, con el mejor de los
éxitos. Esto acaeció el 15 de marzo de 1841, cuando se informó
sobre el método utilizado durante el levantamiento cartográfico:
"El autor utilizó en un principio los puntos astronómicos
determinados por Fidalgo y Humboldt, estableciendo las horas, para
sus propios trabajos, mediante excelentes cronómetros muy bien
instalados. Las posiciones astronómicas dadas por él son en su
mayoría absolutas, que limitan - y no puede ser distinto - al
observador a la astronomía náutica, por causa de las llanuras y
selvas en la América tropical. El número de puntos astronómicos de
latitudes y meridianos establecidos por Codazzi es considerable:
determinó 1.002 puntos, 58 de los cuales se pueden equiparar con
los cálculos de Humboldt y Boussingault; incluso las diferencias
más sobresalientes que se observan son tolerables, y, en muchos
casos, la coincidencia es satisfactoria. También determinó Codazzi,
con excelentes barómetros Fortin, la altura de 1.054 puntos,
coincidiendo en forma sorprendente con investigaciones anteriores.
Estos datos sobre las alturas permiten una clara visión del relieve
del espacio, y los conceptos de Codazzi sobre los sistemas
montañosos investigados por él muestran inteligencia y raro
talento. Codazzi observó con cuidado y continuidad los fenómenos
climáticos. A los meteorólogos les gustaría mucho conocer los datos
consignados en sus cuadernos, cuya publicación, hallándose aún
manuscritos, depende exclusivamente del gobierno de
Venezuela".
En seguida informó Boussingault sobre el volumen de los trabajos de
Codazzi: "Los manuscritos examinados por la comisión
contienen material para más de doce volúmenes de información
estadística y geográfica; pero su contenido, para fines de
enseñanza pública, debe resumirse grandemente. Después de una
cuidadosa lectura de los documentos sobre la situación agraria,
presentados bajo el título Ensayos, el deseo unánime de la comisión
es que el autor, una vez regrese a Venezuela, transforme estos
ensayos en un estudio detallado sobre la agricultura tropical. La
residencia de Codazzi en Valencia se ubica en una región apta para
todos los cultivos ecuatoriales, en la cual prosperan grandes y
florecientes empresas. Un libro así, escrito por un observador como
Codazzi, lo recibirían con agradecimiento muchos agricultores, que
no se limitan únicamente a mirar los campos de su propiedad sino
que están convencidos de que la agricultura en América todavía
puede suministrar mucha cosa útil y digna de imitación para
Europa".
Elie de Beaumont, miembro de la comisión, escribió el 16 de junio
de 1841 palabras de reconocimiento a Codazzi. Humboldt, que ya lo
había saludado, le dijo el 20 de junio: "No puedo dejar
que viaje usted al bello país que tan caros recuerdos ha dejado en
mí, sin expresarle una vez más mi alta y sincera estimación. Sus
trabajos geográficos, que abarcan un territorio tan vasto, y que al
mismo tiempo comprenden tan exactos pormenores topográficos, amén
de importantes datos sobre las alturas, indispensables para una
clasificación de los climas, harán época en la historia de la
ciencia.
"Me alegro de haber podido vivir lo bastante para conocer
la conclusión de esta empresa, de una obra que glorifica el nombre
de Codazzi y enaltece a un gobierno que fue tan inteligente en
apoyarlo. Como miembro de la Academia Francesa de Ciencias, hubiera
firmado con alegría el excelente informe de la comisión, si hubiese
estado en Francia durante su redacción, ya que dos de mis más
íntimos amigos fueron los autores de los conceptos referentes a su
mapa y sus trabajos histórico-geográficos".
Humboldt aprovechó la oportunidad para recomendarle encarecidamente
otra tarea científica: "En Venezuela sería de gran
utilidad un pequeño observatorio astronómico permanente, provisto
de unos cuantos instrumentos, que hoy en día hacen posibles todos
los trabajos astronómicos prácticos, de mucha importancia para la
ciencia. En la luminosidad de los astros del firmamento meridional
se han registrado hace poco ciertos cambios de intensidad, tan
importante, por la desviación magnética apreciada recientemente en
Europa, en lo que hace a la investigación sobre las estrellas
fugaces, especialmente durante los días memorables del 10 de agosto
y del 13 al 15 de noviembre. Estos y muchos otros fenómenos podrían
observarse con sumo provecho en una instalación no muy costosa.
Gustosamente le ayudaría Arago con sus consejos, y hasta le
proporcionaría un joven astrónomo, al cual el gobierno podría
confiar el pequeño observatorio. Naturalmente, deben dejarse de
lado mezquinas envidias y vanidades locales, cuando se trata de
fines científicos. Caracas, la capital, no ofrece un clima
favorable a las observaciones propuestas. En cambio Cumaná, con su
cielo maravillosamente diáfano, aventaja a Valencia y Calabozo, y
aun a Coro. Antes de escoger el Cabo de la Buena Esperanza, el
mismo Herschel pensaba marcharse a Cumaná".
En aquella época frecuentaba Humboldt la casa de Codazzi. Cuenta
Díaz que "el hombre de unos setenta años y bondadosa
sonrisa, él, que tenía una concepción cósmica, no había olvidado ni
los lugares ni los hombres ni las familias de la antigua Caracas.
Conocía todos los pueblos y haciendas de la cordillera del Ávila y
hablaba de estas tierras como si las tuviera ante sus ojos.
Frecuentemente preguntaba por sus antiguos amigos, pero todos se
habían ido ya. Nosotros casi habíamos olvidado los apellidos
Lecumberri, Marion, Uroza, Veroes, Urbina, Sojo, Aguado, Suárez o
Arginsones. Albergaba nítidos recuerdos de los hermanos Ustáriz,
especialmente de Francisco Javier. Evocaba con afecto a un señor
Pozo, autodidacto muy capaz en cuestiones de física, que vivía en
la población de Calabozo. Se interesó vivamente por la geografía de
Venezuela, y más aún cuando se trataba del Orinoco, pero también
aceptó ver parte de la obra histórica, especialmente los pasajes
referentes a Bolívar, siguiendo con mucha atención los sucesos
venturosos y desgraciados, las derrotas y las victorias, la sangre
y la gloria, manifestándose sorprendido de que un pueblo, antaño
tan tranquilo y pacífico, llegase a librar tan prolongadas luchas.
En su tiempo, las milicias de Venezuela le habían parecido grupos
inofensivos e inocuos, y de pronto el valle de Aragua, la salvaje
llanura de Victoria y Turmero, la región de Cabrera, el maravilloso
paisaje del lago de Valencia se habían transformado en sangrientos
campos de batalla".
Por Humboldt se enteró Codazzi de un trabajo recién publicado, que
planteaba importantes cuestiones relativas a la geografía de la
cuenca del Orinoco. El científico alemán Robert H. Schomburgk (22),
al servicio de Inglaterra, había explorado durante casi cinco años
la región de las Guayanas, y acababa de publicar en Londres los
resultados principales de aquellas exploraciones científicas. El
idioma del libro representaba para Codazzi no pocas dificultades,
pero no le quedaba alternativa. Tenía que aprovechar este trabajo
en inglés, especialmente las partes referentes a la estructura de
la región del Parima y a las fuentes del Orinoco.
La lectura de este inesperado estudio proporcionó a Codazzi la
satisfacción, de que, grosso modo, coincidieran sus conceptos con
los del científico extranjero, quien sin duda estaba más
exactamente informado, ya que había iniciado sus viajes desde la
colonia inglesa de Guayana. Por lo consiguiente, en el texto de
Codazzi poco había que cambiar en relación con la obra de
Schomburgk.
Por lo que se ha visto, la obra geográfica de Codazzi sobre
Venezuela (23) sólo fue tomando forma paulatinamente. Al final
quedó constituida por tres partes: la primera comprendía la
descripción del país, trabajo que avanzó rápidamente y evidenció
hasta qué grado el italiano había logrado dominar el idioma
español. No obstante, el texto hubo de resumirse; y a causa de la
profusión y al engolosinamiento en los detalles, propio de
diletantes, con que cumplieron su tarea Baralt y Díaz, hubo que
dejar por fuera capítulos de la mayor importancia, sólo para
corresponder al costo de la impresión. Sin embargo, aun así, quedó
suficiente material. El libro se componía de dos secciones: la
física y la política. En cuanto a la geografía física, después de
describir en forma general la tierra firme y la costa marina, las
islas y las cordilleras, se refería pormenorizadamente a las
grandes cuencas fluviales, especialmente a la del Orinoco, y se
ocupaba en caracterizar las diferentes zonas, destacando la vasta
región de los llanos, en el capítulo de mayor extensión dentro de
la obra, en cuyas páginas resalta la capacidad de Codazzi para
exponer los variadísimos aspectos de un gran país, para disertar
brillantemente acerca de la influencia del clima y de los vientos
sobre la vida orgánica en la naturaleza aún no domeñada. En forma
conexa se concibió la botánica geográfica, que ponía de relieve una
gama de plantas útiles y culturales, alimenticias y medicinales,
así como de maderas colorantes y de construcción. En lo que
respecta al reino mineral, eran pocos los aportes originales,
mientras que el mundo animal, acerca del cual Codazzi había
adquirido gran comprensión, además de beneficiarse de la ayuda
científica de Roulin y Berthelot, daba pie para muchas importantes
anotaciones sobre lo que vive en el suelo y en el subsuelo, en el
aire y en el agua; sobre lo salvaje y lo domesticado, lo autóctono
y lo introducido. Los cuadros sinópticos y estadísticos de esta
primera sección del libro los elaboró en su totalidad el propio
Codazzi.
La geografía política tocaba, en primer término, la cuestión de los
imprecisos límites fronterizos. En seguida se refería a la
población, la cual, contando a los esclavos negros (49.782) y a los
indios libres (52.415), se calculaba en 945.348 almas. Especial
atención dedicaba a los indígenas, los cuales, siguiendo el modelo
de Adriano Balbi, se clasificaban en variadas familias: tamanacas y
caribes, yaruros y betoyes, caveres-maipures, solivas - a los que
pertenecían los desaparecidos aturés, sólo conocidos por los
sepulcros de Atauripe y Perepereme - y tantos otros grupos
etnoculturales.
Luego informaba Codazzi sobre las diferentes ramas de la
administración estatal: finanzas, justicia, defensa y educación,
para lo cual también había elaborado cuadros estadísticos.
Finalmente, presentaba una visión del comercio y los oficios, e
intentaba calcular el patrimonio nacional. A esta parte general de
la obra seguía la descripción de las trece provincias, que, se
iniciaba con Caracas y concluía con Guayana, analizando cada cantón
por separado.
Más difícil resultaba el trabajo con los mapas, los cuales, por un
lado, debían constituir un atlas, y por otro, hasta donde
representaban las provincias, tenían que integrar un gran mapa
mural. Estas dos secciones formaban la parte principal, y su
conjunto, que se logró paulatinamente en 1841, se dividía en varias
partes básicas. La primera sección estaba compuesta por un
mapamundi con textos explicativos, un mapa de toda América con
análoga característica y otro de Tierra Firme con exclusión del
Istmo, que buscaba mostrar las rutas del descubrimiento por agua y
tierra, así como los antiguos asentamientos indígenas. Estos mapas
no eran trabajos originales de Codazzi. A continuación venían los
mapas políticos de Venezuela de los años 1810 y 1840; otros con la
situación hidrográfica y la distribución de las zonas, y tres mapas
sobre las campañas militares de la guerra de la independencia. Una
tercera parte incluía las tres planchas referentes a la antigua
Colombia, más otra que representaba a Perú y Bolivia (tampoco estos
eran dibujos personales de Codazzi). Y ahora sí se llegaba a los
mapas provinciales, en el siguiente orden: Caracas, Margarita,
Cumaná, Barcelona, Maracaibo, Coro, Mérida, Barquisimeto, Trujillo,
Carabobo, Barinas, Apure y, finalmente, los mapas de los cinco
cantones de la vasta provincia de Guayana: Angostura, Caycara,
Piacoa, Rionegro y Upatá. Una última plancha incluía tablas
comparativas de las alturas de las montañas y de las longitudes de
los ríos, como también de la extensión de las trece provincias. El
atlas contenía, además de la portada, que dibujó Fernández y fue
por entonces muy apreciada, diecinueve planchas con treinta mapas.
No terminaron de elaborarse ni tampoco, por consiguiente, se
publicaron las abundantes anotaciones de Codazzi, ni los ensayos
sobre agricultura tropical, ni los extensos trabajos sobre
construcción de caminos y ferrocarriles, ni los cuadros
estadísticos sobre las diversas provincias, ni tampoco la
descripción panorámica de lugares de interés.
Una vez despachada a Caracas la obra, que la Sociedad Geográfica
había premiado con la gran medalla de honor, no pensó Codazzi en un
regreso inmediato. Los reconocimientos, no sólo de Francia sino
también de otros países, lo convirtieron en respetable miembro del
mundo científico de París. Eminentes personalidades frecuentaban la
modesta casa que Codazzi compartía con su inteligente esposa. Había
tenido en mente visitar su tierra natal pero luego desistió de tal
idea, ya que ni como científico ni como coronel venezolano creía
poder encontrar un puesto apropiado dentro de la burocracia de los
estados italianos. Las excelencias de la ciudad del Sena le
cautivaban con tal fuerza, que se alegró cuando un nuevo plan
justificó una permanencia más larga: un proyecto de extraordinaria
importancia y alcances internacionales.
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| En español, en la edición alemana. (Nota del traductor).
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| Chigüiros. (Nota del traductor).
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| Debe leerse, en el lenguaje colombiano de cada día:
"un gamonal y sus secuaces". (Nota del
traductor).
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