CAPÍTULO II
CON SIMÓN BOLÍVAR
Ante los ojos de los europeos, la República de Colombia aparecía,
en los primeros tiempos de su existencia, como una creación
maravillosa no desemejante de la poderosa y expansiva Unión
Norteamericana. Territorialmente, el nuevo estado comprendía, una
vez los españoles hubieron abandonado la Presidencia de Quito,
cerca de 92.600 leguas cuadradas. Según su Constitución y sus
leyes, Colombia se mostraba como una república progresista de
primer orden. Sus armas habían recorrido victoriosas los
territorios españoles de la costa del Pacífico hasta llegar a la
frontera con Chile. Muchos de sus hombres habían alcanzado
trascendentales victorias y obtenido fama y renombre conduciendo
eficientemente sus tropas. Había allí también exponentes de las
ciencias y de la educación popular, a la vez que científicos y
pedagogos habían sido llamados de Europa.
Al cumplirse el primer cuarto de nuestro siglo, apenas nacida se
presentaba Colombia ante el mundo como un Estado ya totalmente
formado, que tanto las naciones europeas, salvo la madre patria,
como las de la América inglesa y portuguesa, ya no podían dudar en
reconocer, dado que la Gran Bretaña y los Estados Unidos trataban a
la nueva república como potencia soberana. Los éxitos de Bolívar en
1825, a pesar de algunos desaciertos y de que no dejaban de
encararse riesgos, redundaron en cierto crédito en el mercado
europeo de valores. El Congreso colombiano, que en enero de 1826 se
reunía por cuarta vez, siempre trabajaba con empeño y, al parecer,
a menudo con buen resultado. Año tras año había ido
institucionalizando y organizando la vida del Estado y, a primera
vista, también se ocupaba en crear instituciones científicas y
técnicas. Al presidente de Colombia, el victorioso general e
incansable legislador, lo circundaba una aureola de gloria, como
rara vez ocurría en tiempos recientes, y que ni siquiera al mismo
Washington había rodeado en forma semejante. Pero, por sobre todo,
en el país parecían ir madurando el sentido y la comprensión en
favor de los conocimientos que prometían utilidades y buen futuro.
Las recientes publicaciones sobre la Suramérica septentrional daban
la impresión de que allí se llevaba a plenitud una auténtica,
aunque incipiente, vida republicana. El orden social y el carácter
constitucional se consolidaban rápidamente, si bien en forma
peculiar. La prosperidad material, teniendo en cuenta las riquezas
naturales del país, se daba por segura. En cuanto a los
conocimientos básicos acerca del propio territorio, indispensables
para todo progreso, parece que no eran pocos. Entre los relatos de
viaje y las descripciones del país (7), que habían llamado
grandemente la atención en Europa, sobresalía la que elaborara un
discípulo de Mutis, el mencionado Zea, ahora enviado
plenipotenciario ante la corte inglesa. En lo atinente a los mapas
que habían circulado allí, se destacaba entre todos el de Alejandro
de Humboldt (8).
Codazzi, en su tranquila residencia campestre de Serrallo, seguía
con ferviente interés todas las buenas nuevas sobre América, en
especial las referentes al porvenir de Colombia. Descontento de la
vida tan indolente y apacible que llevaba; descontento, así mismo,
de su propia empresa agrícola; exasperado por la situación política
reinante en el Vaticano y en toda Italia; engañado por supuestos
amigos; todo esto influyó en su estado de ánimo para que idealizara
con viva fantasía su vida pasada. Empezó a coleccionar mapas y
libros, a entusiasmarse por el gran héroe de la liberación de la
América del Sur, con el cual de paso se había encontrado alguna
vez, y olvidó alegremente sus tristes experiencias en Angostura y
en Bogotá. En aquel tiempo, todo allí era inmaduro, inacabado;
ahora, sin embargo, parecía que un nuevo mundo avanzaba hacia otra
edad de oro, con la promesa de grandes maravillas.
Con tales ideas en la cabeza, resolvió abandonar nuevamente su
tierra natal, esta vez con el deseo de emigrar definitivamente.
Ahora no pensaba en el eterno retorno y olvidaba su antigua
nostalgia. Una vez convertida su granja, con gran pérdida, en plata
contante y sonante, quiso ofrecer su espada al Libertador, al
creador de tres repúblicas: Colombia, Perú y Bolivia, a la vez que
esperaba reconocimiento a sus antiguos servicios marítimos, y pensó
firmemente en dedicarse a una actividad distinta.
Así que se embarcó el 2 de abril de 1826 en Livorno. Descontento y
enojado con casi todos, zarpó hacia el poniente, tan pronto le fue
posible, y navegó directamente a Cartagena de Indias. Después de un
viaje especialmente favorable, que en su primera carta a Ferrari
estimó como buen presagio, el 24 de mayo pisaba la ardiente arena
de la costa colombiana, en un lugar situado entre la fortaleza y el
arrabal de Getsemaní, tras lo cual cruzó, con su equipaje, la
sombría entrada de la ciudad, en la muralla de la fortaleza,
dirigiéndose al antiguo palacio obispal, situado diagonalmente a la
catedral, el que ahora servía como residencia oficial al intendente
del departamento del Magdalena. El recibimiento fue amable pero
poco propicio en lo tocante a negocios. El intendente, José María
del Real, se hallaba enfermo y guardaba cama. Juan de Dios Amador,
el más alto funcionario de hacienda, ahora encargado de todos los
negocios, no estaba autorizado - ni tampoco lo deseaba - para
reconocer a un antiguo corsario, que por añadidura ni siquiera era
americano, como oficial de la república, no obstante que aún
subsistía el estado de guerra, como, por lo demás, lo atestiguaban
las voces de los centinelas, que no solamente se oían por encima de
los muros de la fortaleza, sino también, al anochecer, en las
calles de la ciudad. Antaño, cuando se presentaba la posibilidad de
tomarla por asalto, Codazzi se había imaginado esta gran fortaleza
española de modo muy diferente. Ahora anclaba en su puerto la flota
colombiana, a la cual en el pasado había querido pertenecer a toda
costa. La componían solamente una vieja fragata, tres corbetas,
tres bergantines y varias goletas, que comandaba el almirante Lino
de Clementi. Estos barcos poco respondían a las exigencias de una
guerra, excepto la corbeta Ceres, dotada de veinticuatro cañones;
no eran mucho mejores que, en su tiempo, los navíos de Aury, y
parecían acercarse inevitablemente a su fin. Para Codazzi no había
nada que hacer en estos barcos.
De Cartagena misma tampoco le gustó nada. Las fortificaciones no
eran utilizables. La mayoría de los cañones carecían de cureña y
estaban oxidados y dispersos. En cuanto a la conservación de los
baluartes, poco o nada se hacía. Las tropas parecían en todo
sentido incapaces. La impresión que le dejó la más importante
fortificación del país, no era favorable. Sin embargo, la ciudad, a
pesar de la guerra, se había convertido en centro comercial. Por
todas partes se veían ingleses, norteamericanos y franceses en
febril actividad, y los habitantes los saludaban con mezcla de
alegría y envidia.
Codazzi conocía al almirante Clementi desde Angostura. Ahora,
nombrado ministro de marina de Colombia, ultimaba preparativos para
viajar a Bogotá. Mostró a Codazzi que nada podía esperar en la
costa y lo convenció fácilmente de abandonar la ardiente pero
lóbrega ciudad.
Así que Codazzi, en compañía de Clementi, viajó a caballo a través
del yermo paisaje costanero, vía Santa Rosa, Villanueva, Aguada,
Sabanalarga, Pueblonuevo, Malambo y Soledad, hasta Barranquilla,
recientemente convertida en floreciente centro comercial, donde
cada vez más se concentraba la actividad mercantil de todo el río
Magdalena. Allí concurrían el comercio de Cartagena y el de Santa
Marta; allí también tenía su sede la compañía de navegación en
barcos de vapor, que fundara en 1824 Johann Elbers, de Brunsvig
(Alemania), quien, pese a innumerables dificultades, había logrado
sacarla adelante, si bien era cierto que hasta la fecha no había
sido posible regularizar el servicio.
El primer vapor ensamblado hacía apenas algunos años en
Barranquilla, el barco pionero en la navegación del río Magdalena,
no dio resultado durante el tiempo que se mantuvo en servicio. Los
viajes llegaron tan sólo hasta la desembocadura del río Opón y en
todas partes tropezaron con dificultades, en cierta medida causadas
por las condiciones de la naturaleza selvática, y en cierta medida
por causa del crudo primitivismo de los habitantes ribereños.
Ahora, amarrado en el atracadero de Barranquilla, rodeado de
orgullosas palmeras, se hallaba el vapor General Santander, traído
hacía poco de Filadelfia. Ya había realizado dos viajes de ensayo y
estaba listo para transportar en el tercero pasajeros y
carga.
El almirante Clementi abundó en palabras del mayor encomio para
este impulso de la navegación fluvial. El viaje por el río, al
realizarse bajo imponentes tempestades, parecía confirmar al
italiano este concepto de un casi increíble progreso en relación
con sus pasadas experiencias en aguas del Atrato y del Orinoco. Era
notable el gran número de extranjeros que se veían en todas partes:
en las localidades ribereñas, ingleses y alemanes; pero en
cercanías de los distritos mineros se encontraban inclusive suecos.
El 10 de junio de 1826 llegaron a la Bodega del Conejo, donde por
fuerza debía terminar la navegación, ya que el barco, con sus casi
seis pies de calado, no podía vencer los rápidos y remolinos que
presentaba el río de allí a Honda. En El Conejo, hubo una breve
demora en la continuación del viaje, ocasionada por la escasez de
mulas. Por consiguiente, Clementi y Codazzi se quedaron algún
tiempo más a bordo del vapor, por lo cual tuvieron oportunidad de
encontrarse con los pasajeros procedentes de Bogotá, entre los
cuales se contaba el ministro de los Estados Unidos, John Anderson,
el cónsul inglés William Sutherland y algunos miembros del
Congreso, cuya cortesía les cautivó. Para Codazzi, sin embargo, no
fue agradable enterarse, por conducto de estos recién conocidos, de
que el cuarto congreso colombiano ya se había clausurado, y sólo
una comisión del mismo, que no disponía de fondos, estaba encargada
de los asuntos más urgentes.
El 15 de junio comenzaron a cabalgar hacia la capital. En la noche
del 16 al 17 de junio les sorprendió en Guaduas un fuerte
terremoto, que con el alba les pareció aún más espantoso, cuando,
pese a que los movimientos todavía se sucedían, la naturaleza, a
los ojos de los viajeros, especialmente la atmósfera, permanecía
completamente apacible. Llegado a Bogotá, Codazzi se aterró de la
destrucción que observó en todas partes; por ejemplo, los restos
derrumbados del antiguo palacio virreinal. A la destrucción se
agregaba la perplejidad, tanto del pueblo como de las autoridades,
ya que nadie acertaba a encontrar los medios para aliviar la
desgracia, así fuese momentáneamente.
De modo que para Codazzi tampoco en Bogotá la primera impresión fue
grata, a despecho de las promesas que le había hecho Clementi.
Pronto se encontró otra vez, en calidad de peticionario, ante el
vicepresidente Santander. Y otra vez tampoco logró obtener
respuesta favorable. Transcurrían semana tras semana entre
solicitudes y promesas, cuando surgió una nueva esperanza: el
regreso de Bolívar, quien juzgaba haber cumplido su misión militar
en los países del océano. Pacífico.
Al cada vez más inquieto italiano, Bogotá como capital ofrecía
pocos estímulos, a pesar de que a menudo se la exaltaba en Europa
cómo asiento de las musas y morada de las artes y las ciencias, en
alusión a Mutis y Caldas.
De ninguna manera la ciudad correspondía al ideal de un vigoroso
centro de una sociedad republicana, que él se había forjado hacía
poco en el extranjero. Ciertamente, la presencia de forasteros de
todas las nacionalidades comprobaba que el aislamiento de la época
colonial había sido superado. Así mismo, la afición, un tanto
chabacana, a imitar fantasiosamente los uniformes de los soldados
napoleónicos le indicaba que los tiempos de privaciones de la
guerra eran cosa del pasado. Sin embargo, no pudo encontrar la
perspectiva franca y optimista de un porvenir pacífico; en ninguna
parte, el vital y renovado deseo de superación, ni tampoco el
vigoroso trabajar para el mañana. En todas partes, preocupaciones y
falta de dinero. Y ahora, de súbito, la situación financiera de
Colombia sufría una catástrofe, debido a que la casa Goldschmidt y
compañía, de Hamburgo y Londres, que servía de intermediaria en los
empréstitos, inesperadamente se declaró insolvente. El primer
Congreso americano, que se reunía en Panamá, y en el cual se
cifraban tantas esperanzas como adversario de la Santa Alianza
europea, no prometía ningún resultado práctico, debido a que los
Estados Unidos querían seguir separadamente su propio camino. En
todas las cosas políticas se vislumbraba el mismo porvenir. En los
asuntos internos del país se habían confundido esperanzas y planes
con realizaciones y acción. En ninguna parte, a lo largo y ancho,
se podía ver el mínimo trazo de un perfeccionamiento de la
Constitución, de un desenvolvimiento de la burguesía. Movimientos
rebeldes se producían aquí y allá. En Guayaquil, la ciudad más
importante del departamento de Quito, el ya mencionado Mosquera,
hábil caudillo militar, intentaba proclamar la dictadura de
Bolívar, mientras que en Valencia, la ciudad principal del
departamento de Venezuela, se instigaba públicamente a desconocer
la autoridad de Bolívar.
Por lo pronto, Codazzi permaneció distanciado de los problemas
políticos, ya que no había podido encontrar afinidades electivas.
Poco menos que nada existía de los elementos europeos de una
cultura avanzada, ennoblecedores del espíritu popular, que esperaba
encontrar en Bogotá y de los cuales tánto hablaba Zea. Aquel
antiguo alumno de Mutis, que quería fundar en Bogotá una academia
científica, no pasaba, al igual que su pueblo, más allá de la edad
espiritual del adolescente y no distinguía entre propósito y
realización, entre querer y poder. En el año 1822 intentó en París
algo parecido a su antigua idea: una empresa que contó, gracias a
la intervención creativa, juvenil, fresca y cordial de Humboldt,
con el interés general: la creación de una Academia de Ciencias en
Bogotá, con fundamento en la participación de científicos (9)
formados en Europa. El 19 de mayo de ese año Zea enviaba a Bogotá
al peruano Mariano Eduardo de Rivero, como director de la división
de geología, quien debía fundar allí, al igual que antaño Enrique
de Umaña, una escuela de minas, un gabinete mineralógico y otros
institutos afines, como sucesor teórico de D'Elhuyar. Pronto, el 28
de mayo de 1822, fue escogido Jean-Baptiste Boussingault, hombre
activo que mantenía múltiples vínculos con Humboldt, para crear una
división de química y enseñar la misma materia en la Universidad de
Bogotá, cuya indispensable existencia ya había Caldas tan
encarecidamente reclamado. Por el tiempo en que llegó Codazzi,
aquel ya había adquirido grandes experiencias y aprendido a conocer
al pueblo, gracias a numerosos viajes por su nueva tierra. Ahora se
dedicaba especialmente a describir sus observaciones científicas en
la infausta noche del terremoto: estudios que había que ocultarle
al vulgo supersticioso. Entre tanto, inútilmente esperaba la
apertura de aquella escuela de minas.
Además estaban en Bogotá Francois-Desiré Roulin, para actuar en
fisiología y anatomía, Justin-Maria Goudot, en zoología, y James
Bourdon, como eslabón entre el Museo Nacional y la Academia. Zea
había sostenido hasta su muerte, ocurrida el 28 de noviembre de
1822 en Bath, que mediante la contratación de estos hombres podría
reemplazarse mucho de lo que había sido destruido en tiempos de
Morillo. Los forasteros viajaron de La Guaira a Bogotá, de Bogotá
al río Meta, después a Antioquia y al Chocó; en todos los lugares
trabajaron arduamente, pero en ninguno encontraron comprensión para
sus trabajos, ni siquiera en la misma ciudad capital.
Cuando Zea, poco antes del fin de sus días, puso en marcha aquel
plan académico, ya no podía contar con Sinforoso Mutis. Por causa
de su estadía en la prisión en Cartagena, éste había perdido todo
afán no solamente por la ciencia, sino también por cualquier otro
interés superior que no fuese la política. Igualmente triste era la
situación del viejo y probo Valenzuela. Domínguez, por su parte,
parecía haberse vuelto totalmente inútil para las cosas más
elevadas. Sólo aquellos dotados de más fuerte carácter se habían
salvado de naufragar. Así, Matiz acompañó a los profesores
extranjeros en algunas expediciones, especialmente a las
antigüedades descubiertas por Caldas en Timaná, tal como acompañara
años atrás a Humboldt. Céspedes, quien había pasado los tiempos
difíciles como capellán de la tropa, todavía era propenso a
entusiasmarse en cuanto se refería a aspectos estrictamente
botánicos y a veces recordaba sus breves relaciones con
Caldas.
En el Bogotá republicano no había campo propicio para la nueva
escuela de Zea, a la cual, sin embargo, apenas muerto su creador,
se la exaltó como una obra acabada y perfecta. A despecho de la
cordialidad de Boussingault, Roulin y sus compañeros, Codazzi hubo
de reconocer bien pronto que allí reinaba una atmósfera opresiva,
tanto para los intereses intelectuales como en el ámbito
político.
Entre los miembros del numeroso grupo de amigos de Mutis y Caldas,
solamente uno cautivaba la atención de círculos más amplios: el
amable y siempre leal Restrepo, que ahora, sin embargo, no se
dedicaba a las ciencias naturales, sino que trabajaba en una
historia de la revolución colombiana, la cual pensaba dedicar a
Bolívar.
Codazzi continuó esperando. Ciertamente, no tenía por qué
preocuparse, ya que venía un hombre con más poder que cualquier
otro en el nuevo mundo, con más poder que un antiguo virrey o que
un Washington durante la guerra. Confiaba Codazzi en el éxito del
nuevo encuentro en Bogotá con el todopoderoso, ya que a éste le
gustaba rodearse de un séquito de oficiales foráneos, más aún si
éstos eran de lenguas romances: franceses o italianos. El 10 de
noviembre de 1826 salió Santander con su plana mayor de
funcionarios y oficiales al encuentro del Padre de la Patria.
Clementi consiguió que también Codazzi formara parte del grupo. Fue
en Tocaima donde éste pudo mirarlo cara a cara: al parecer, el gran
héroe de la libertad era un hombre enfermo e hipersensible.
"Jamás olvidaré la honda impresión que me causó el verlo
así", escribirá Codazzi veinte años después. El 13
pernoctaron en Funza, a fin de dar tiempo a los habitantes de
Bogotá para preparar los festejos del recibimiento. Cuando
empezaban, al día siguiente a las once de la mañana, un aguacero
dañó los adornos festivos.
Sin tardanza se encaminó Bolívar a la residencia de Santander,
donde se había reunido todo lo que tenía Bogotá en cuanto a
inteligencia y belleza. Le había sido imposible a Codazzi obtener
una sola palabra de Bolívar,
hasta cuando Clementi, con sus maneras ceremoniosas e insistentes,
ayudado por aquel Revenga que había encontrado Codazzi hace años en
Angostura, logró vencer la corriente, y Bolívar, persuadido por los
venezolanos, aceptó inmediatamente al oficial forastero en su
multifacética comitiva, a disgusto de muchos neogranadinos. Fue una
escena extraña la que presenció Codazzi. El hombre que hasta
entonces parecía identificarse con la imagen del nuevo Estado Libre
de Suramérica había pasado casi seis años fuera del país, y sus
incontables y envidiosos adversarios insistían en señalar que,
salvo la expulsión de los españoles, poco o nada se había logrado y
que, por el contrario, el poder militar creado por él y
desproporcionadamente grande amenazaba el saludable desarrollo de
la naciente burguesía. Nuevos trofeos de victoria, sobre los cuales
tanto leyera Codazzi en Italia, había ganado Bolívar en el
extranjero. Regresaba como conquistador, pero siempre idolatrado
por los sectores más populares. Había estado cada vez más
distanciado
de las cuestiones prácticas del país y se hallaba, al parecer,
enemistado con Santander. Con inquietud febril asumió sin demora el
cargo de presidente, y en seguida introdujo cambios en el gobierno
y en el país venezolano, aquí y allá, sin consultar a los hombres
que hasta entonces se habían esforzado en Bogotá, por el progreso
de Colombia. Y como encontró resistencia, se acogió inmediata y
resueltamente a la cláusula de la Constitución que autorizaba la
dictadura. Como dictador declaró inmediatamente que el
vicepresidente podía, en su representación, ejercer y aplicar en
las provincias del interior las mismas leyes extraordinarias, con
lo cual, ciertamente, pretermitió el joven régimen
constitucional.
El 25 de noviembre, a las siete de la mañana, salió de la quinta de
Bolívar, situada al pie del cerro de Monserrate, antiguamente
propiedad del virrey-arzobispo Caballero, un considerable grupo de
jinetes. El Libertador había resuelto enfrentarse, con el peso de
su propia personalidad, a las peligrosas maquinaciones que en
Venezuela osaban levantar la cabeza cada vez más alto. Hasta
Hatogrande, hacienda de Santander, lo acompañó una vistosa
caballería. Al día siguiente, la comitiva había decrecido, no
obstante que desde Bogotá Luis Montoya hubiese anunciado una gran
fiesta, seguida por otras celebraciones. En Chocontá, pocos hombres
importantes permanecían con Bolívar. Allí Codazzi se dirigió muy
triste a su aposento, acompañado, a la derecha, por el ahora
amargado Revenga, y a la izquierda por el bastante preocupado
médico personal de Bolívar, Pedro Villarán. Cerca de Pamplona, en
el pueblito de Capitanejo, se conoció toda la verdad sobre el
movimiento de Venezuela. Un estafeta especial trajo el documento
del 13 de noviembre, en el cual José Antonio Páez, como nuevo jefe
del Estado venezolano, convocaba a una reunión en Valencia, la
cual, ya a mediados de enero tendría que dar una Constitución
propia a las provincias que pertenecieron antaño a la antigua
capitanía general de Caracas. ¿Qué cabía esperar ya, en medio de
estos disturbios, en favor de la unidad de Colombia? Parecía
inminente o la guerra civil o la disolución del país. Codazzi
siguió al Libertador en su cada vez más rápido avance hacia la
Villa del Rosario de Cúcuta, donde hacía unos años se proclamara la
tan singular Constitución Colombiana. De allí cabalgaron hacia La
Horqueta, pueblo situado en la confluencia de los ríos Catatumbo y
Zulia, donde se encontraron con noticias venezolanas sobre
levantamientos militares. Desde allí, el viaje continuó río Zulia
abajo hacia el gran lago interior que lleva el nombre de la ciudad
de Maracaibo; por cierto, un lago curioso sobre el cual, por la
fuerza de los elementos, casi nunca se puede navegar sin peligro ni
dificultades, pues a los remolinos de agua se asocian violentos
chaparrones y vientos huracanados, además de densas nubes de
mosquitos. Nunca antes había visto Codazzi los trópicos en tan
aterrador salvajismo, pero después, al proseguir el viaje sobre la
costa meridional del lago, le fue dado, así mismo, contemplar uno
de los paisajes tropicales más hermosos y grandiosos: su visión
abarcó desde la superficie del agua hasta los oscuros contrafuertes
de los páramos y las cumbres cubiertas de nieve de la Sierra Nevada
de Mérida. El 16 de diciembre habían llegado a Maracaibo, donde
Codazzi tenía que asumir el mando de la artillería.
Maracaibo, como plaza principal del departamento de Zulia, había
desempeñado papel sobresaliente en la historia más reciente de la
guerra. Al declararse en rebeldía, el 28 de enero de 1821, contra
la madre patria, la ocupó el general español Tomás Morales, quien
para asaltarla vino desde Cojoro, plaza situada en la costa de la
Guajira, frente al golfo de Venezuela, en la vía a Sinamaica. Allí
persistió hasta el final la resistencia europea contra el cada vez
más furioso y destructor avance de la revolución. Así, por ejemplo,
al coronel republicano José Sardá, después de marchar a través de
la agreste península de la Guajira, tan sólo cerca de Garabuya le
cortaron el paso los españoles. Sin embargo, a pesar de todos los
esfuerzos, finalmente les resultó imposible sostenerse en
Maracaibo, y tras una victoria naval de José Padilla, en la cual
participaron muchos antiguos compañeros de marinería de Codazzi,
capituló Morales el 3 de agosto de 1823. Pocos días después los
españoles abandonaban definitivamente la ciudad. Según Codazzi,
este éxito cabía atribuirlo al descuido de los enemigos. En caso de
reanudarse la lucha, pocas esperanzas debían abrigarse en cuanto a
un segundo feliz desenlace, y mucho menos si se repetía un avance
desde el lado de la Guajira. Empero, si los españoles lograban
recuperar a Maracaibo, se abriría para ellos de nuevo no solamente
la vía hacia una parte considerable de Venezuela, sino también, a
través de Cúcuta, el mejor camino hacia la Nueva Granada. Las
consecuencias de tal invasión eran incalculables, cuanto más cuando
en muchos lugares de Venezuela, especialmente en las cuencas de los
ríos Orituco y Tuy, se encontraban remanentes de tropas realistas,
que podían tornarse peligrosos una vez les llegasen oficiales y
armas desde Europa.
Tales preocupaciones, sin embargo, pronto pasaron a segundo plano,
ya que todo el mundo en Maracaibo se ocupaba en la posibilidad de
una guerra civil. Bolívar decretó para el departamento de Zulia y
las regiones vecinas el estado de sitio, y el general José María
Carreño se dedicó a recolectar todo lo que en una lucha de esta
clase pudiera ser útil.
Por orden de Bolívar se designó a Codazzi, el 11 de enero de 1827,
comandante de la brigada de artillería, con el rango de teniente
coronel de Colombia, reconociéndole el tiempo de servicio desde el
18 de febrero de 1818 y considerando su permanencia en Italia como
una simple licencia. Al mismo tiempo, fue recibido en la Orden de
los Libertadores, aquel peculiar círculo militar que había fundado
Bolívar hacía ya casi diez años, y que parecía destinado a dar al
militarismo, cada día más poderoso, una apariencia más
patriótica.
Aunque Codazzi se hallaba completamente dispuesto a subordinarse a
las condiciones de su nueva patria y a convertirse en todo un
colombiano, no era precisamente aquella guarnición en la ardiente y
llana Maracaibo el lugar más indicado para olvidarse fácilmente de
las exigencias europeas. Mejor que con el medio geográfico le iba
con las relaciones sociales. El contrabando que desde tiempos
inmemoriales existía entre Maracaibo y la isla holandesa de Curazao
florecía ahora más que nunca, y no parecía tener nada de
reprochable. Las aventuradas comunicaciones con aquella isla
antillana y otras islas bajo dominio europeo, hacían que en
Maracaibo se encontraran hombres de diferentes nacionalidades.
Además, allí se habían quedado algunos antiguos integrantes de la
legión extranjera, entre los cuales se contaban personajes nada
comunes. Codazzi trabó excelente amistad con Francis Hall, el cual
se autotitulaba hidrógrafo de Colombia y no solamente era
entusiasta partidario de la emigración europea a Suramérica, sino
que también había escrito sobre el tema. Posteriormente se allegó a
él Heinrich Weir, quien como coronel comandaba algunas
fortificaciones de Maracaibo. Oriundo de Hannover, había llegado a
ser casi un aborigen, aunque con suficientes conocimientos
elementales. Los recuerdos de las luchas napoleónicas unían
especialmente a estos hombres tan distintos entre sí, y cuán
grandiosos les parecían aquellos tiempos lejanos en comparación con
el presente.
Este mezquino presente exigía, ciertamente, no pocas privaciones y
esfuerzos, especialmente en el medio en que se movía Codazzi. No
obstante que la intervención personal de Bolívar había logrado, al
parecer, conjurar el peligro de una contienda civil, persistía, por
otra parte, el estado de guerra con España. Ahora las hostilidades
las efectuaban predominantemente barcos corsarios, que perturbaban
el escaso pero indispensable comercio marítimo. Desde cuando se
presentaran los nuevos disturbios en España, nada se había vuelto a
saber de posibles expediciones militares. Sin embargo, aún
constituía una amenaza la poderosa flota de guerra al mando de
Ángel Laborde, estacionada en aguas de las Indias Occidentales, que
podía, en cualquier momento, desembarcar un ejército en tierra
firme. Laborde, que navegaba frente al sector venezolano de la
costa colombiana, aparecía aquí y allá, pero preferentemente por
los lados de la península de la Guajira. Además, podía recibir
fácilmente refuerzos por conducto de los barcos de guerra que se
hallaban frente a Puerto Rico, los cuales, al parecer, llevaban a
bordo al ya mencionado general Morales con un considerable número
de tropas terrestres. En tales circunstancias y echando mano a los
recuerdos de los últimos acontecimientos de la guerra, recibió
Codazzi el 15 de febrero de 1828 la orden de determinar aquellos
lugares en la Guajira desde donde se podía iniciar un eventual
ataque.
En inmediaciones de las dos estrechas Penínsulas en forma de
flechas que separan el lago de Maracaibo del golfo de Venezuela y,
a la vez, el agua dulce de la del mar, forma el estrecho, por el
lado izquierdo, una especie de bahía bien marcada. Allí se
encuentra, entre la ciudad de Maracaibo y la Península de San
Carlos, cubierta densamente por rastrojos de mangle, una aldea
llamada Moján, sobre la boca del río Socuy, el cual baja de la
sierra de los Motilones y forma numerosos lagos antes de entregarse
al mar. Desde allí, en esa región casi siempre pantanosa y
frecuentemente inundada y muchas veces totalmente impenetrable, se
habían realizado en tiempos recientes todos los ataques que,
partiendo de la Guajira, habían alcanzado a Maracaibo. Por
consiguiente, parecía especialmente importante explorar primero
este trayecto y luego la cuenca del río. Codazzi se encargó, así
mismo, de esta parte pesada de la geografía militar, para
determinar las cuencas de los ríos, de otras aguas, los pasos,
vados, sendas, y otros detalles. Navegó a bordo de una flechera,
pequeña embarcación cañonera movilizada con canaletes y estacas de
empuje, hacia la bahía abierta de El Tablazo; visitó la isla de
Toas, que se eleva bastante sobre el nivel del agua, y que era rica
en carbón de piedra y en cal, pero por lo demás bastante yerma;
levantó cartográficamente la costa, plana, pedregosa v de escasa
población, hasta llegar a la ya mencionada aldea de Moján. Aquí
penetró en el río Socuy, cuyo paisaje desnudo contrastaba
curiosamente con la densa espesura y el follaje de la orilla
propiamente dicha, y con las grandes islas flotantes compuestas de
plantas en el agua del río. Había que visitar todas las corrientes
del desplayamiento, del cual formaban parte, además del fatídico
Padre Mauro, también los ríos Limón y Guasare. De estas tierras
hostiles y malsanas se trazaron mapas exactos, que no solamente
registraban los pasos en los ríos y las comunicaciones acuáticas,
sino también senderos indígenas, lugares para acampada y oasis
utilizables como sitios para ataques. Allí Codazzi disfrutó con
entusiasmo del peligroso mundo tropical; ante todo le gustó el
solitario lago de Sinamaica, cubierto de plantas flotantes y
bordeado del verde de la densa selva ribereña. En el centro pando
del lago se elevaban sobre estacas, por encima del agua, las
viviendas de los indios; exactamente como lo cuenta la historia del
descubrimiento, para explicar, en forma ingenua, el nombre de
Venezuela. Hora tras hora, Codazzi pudo apreciar la ventaja mayor
de estas habitaciones lacustres: hallarse libres de la plaga de los
mosquitos. Ahora el militar extranjero vivía entre los desnudos
hijos de la naturaleza virgen, que se alimentaban de peces y aves
acuáticas, y con su ayuda estableció contactos con otros indios que
moraban en los alrededores, con restos de grupos en extinción, con
los aliles, bobures, carates, quiriquires, tamanares y zapares. Así
sonaban los nombres usados por los aborígenes, pero sobre cuya
autenticidad y significado no pudo formarse un juicio.
Vuelto a Maracaibo, se encontró Codazzi únicamente con la vida
monótona de las fortificaciones, cuya función era proteger el
estrecho marítimo, a la entrada del lago. Las más importantes eran
las de Payana y San Carlos, así como la de Zapara ubicada enfrente.
A principios del año 1829, lo encargó el sucesor de Carreño, el
general Justo Briceño, de la elaboración de un plan estratégico,
etapa por etapa, en caso de guerra, para el extenso departamento de
Zulia, que abarcaba entonces las cuencas del río Zulia, hasta los
distantes lindes con la Nueva Granada y las nevadas cumbres de la
cordillera de Mérida.
No era, pues, tarea fácil levantar cartográficamente este inmenso
territorio. Apenas se habían iniciado los preparativos para esta
empresa, cuando fueron interrumpidos por las noticias sobre
amenazantes movimientos de las fuerzas militares españolas. Con
fundamento en estas noticias, Codazzi recibió la orden de organizar
el estado de alerta en la entrada del lago de Maracaibo.
Casualmente, había dinero disponible, de manera que la tarea pudo
cumplirse en dieciocho días, con remodelaciones especialmente en el
fuerte de San Carlos.
Pero como la paz no se alteró esta vez, pensó Codazzi que con el
rápido y solo perfeccionamiento de las fortificaciones no había
terminado los preparativos, y elaboró, por añadidura, un mapa del
curioso estrecho que comunica el golfo marino con el lago de agua
dulce, sometiendo las orillas del último, no obstante las numerosas
plagas terrestres y acuáticas, a un exacto levantamiento
cartográfico, labor que le interesaba cada vez más. Este trabajo lo
llevó desde la haz de las aguas hasta los campos nevados de las
altas montañas, permitiéndole adentrarse en los secretos del mundo
animal y vegetal de los trópicos. En esta renovada, aunque dura
tarea, pasó un mes tras otro. Desde la borda de la flechera,
levantó las orillas del lago, tanto las del costado derecho como
las del izquierdo y, con algunos acompañantes, logró penetrar aquí
y allá, tierra adentro, de manera que llegaron, por el lado
oriental montañoso, hasta Trujillo y Mérida; más tarde hasta San
Carlos, sobre el Escalante, y hasta Perijá, en el territorio de la
Guajira, dos puestos rústicos en extremo pobres.
Mientras se realizaban estos trabajos, los destinos de Colombia
cambiaron de rumbo a un punto tal, que jamás hubiera imaginado
Codazzi al emigrar de Italia. Cuando de su última excursión
cartográfica regresó a Maracaibo, donde siempre había gobernado el
partido bolivariano, todo se hallaba en proceso de completa
disolución. Sólo se observaba hostilidad contra el poder personal
de Bolívar, quien, después que la Convención de Ocaña resultara
infructuosa, y que fallara una conspiración contra su vida, asumió
nueva y abiertamente la dictadura, para salvar lo que se podía
salvar.
Era el departamento de Zulia el que más sufría bajo el antagonismo
político, ya que constituía la principal entrada a la Nueva Granada
bolivariana, al mismo tiempo que, según la tradición histórica,
pertenecía a Venezuela, donde ahora se iniciaba la definitiva
separación del Libertador, hijo precisamente de Venezuela. Las
influencias que rodeaban a Codazzi lo convirtieron cada vez más en
adversario del hombre que antaño tanto había venerado.
Paulatinamente fue comprendiendo la razón de las impresiones
opuestas que, en ocasiones distintas, había recibido en Cartagena y
en Bogotá. Ahora ya no pensó en su antigua veneración sino que se
basó en el análisis de los detalles, en la apreciación de los
hechos reales, en la comparación de lo prometido con lo realizado.
Al parecer, Bolívar ya no tenía el poder espiritual orientador. Tan
sólo lo rodeaban aquellos hombres que habían medrado a su amparo,
amigos personales, en su mayoría, de la época militar y de la
guerra, y lo apoyaban los representantes del centralismo, que en
Maracaibo, tan distante de Bogotá, se consideraba absurdo. Codazzi
observaba esta efervescencia en la vida popular, todavía sin
apasionamiento pero con ojos abiertos, ya que inclusive su propio
porvenir dependía del desenlace. A su amigo Ferrucci le informó
sobre las vicisitudes políticas que se producían: "¡El
empeño de un dictador siempre ha sido presagio de su
caída!". Y ésta sobrevino bien pronto. Con la muerte de
Bolívar, el Estado que tan orgullosamente había edificado se
derrumbaba. Así como los departamentos orientales, entre ellos
Zulia, querían formar una república propia, también se separaban
los departamentos meridionales - Ecuador, Guayaquil y Asuay - bajo
el nombre genérico de Ecuador.
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| José Antonio Páez
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