CAPITULO I
ANDANZAS DE UN CORSARIO
Al iniciarse el año 1817, la mayor parte de la América española
se hallaba nuevamente bajo el dominio de la madre patria,
particularmente la casi totalidad de los territorios situados en
medio de los trópicos. Desde Madrid se observaba cómo aquellos
movimientos surgidos violenta y sorpresivamente, allende el mar, se
disipaban al igual que los síntomas de una fiebre tropical. El rey
Fernando VII, como sus antecesores en el trono, llevaba el cetro,
por la gracia del Todopoderoso, sobre los reinos de los dos
mundos.
Las manchas de la revolución, o habían sido lavadas, o por lo
menos se desvanecían rápidamente, ya que en el norte de la América
del Sur mandaban nuevamente los lugartenientes de su majestad
católica, y las autoridades españolas, tanto en Panamá como en
Caracas, en Bogotá como en Quito, eran tan poderosas como antaño. Y
no sólo en dichas ciudades capitales, sino también en las plazas
principales de estos extensos territorios, dominaban en forma
absoluta los enviados de la madre patria. Solamente en lugares muy
aislados y distantes se sostuvieron los enemigos de los europeos,
como en los llanos del Apure y Casanare, o en una isla tan
insignificante como Haití, donde el régimen de negros y mulatos
representaba, al parecer, escaso peligro para los intereses
españoles y al cual también los Estados Unidos odiaban a causa de
la cuestión de la esclavitud.
Si las luchas que persistían en la parte meridional de
Suramérica se asemejaban a los estertores de una fuerza moribunda,
así mismo las correrías bajo banderas rebeldes en aguas de las
Indias Occidentales más parecían acciones de corsarios que una
guerra dirigida. Aunque los barcos que surcaban aquellos mares
encontraban en los puertos norteamericanos tanto protección como
ayuda, el gobierno de los Estados Unidos - al suceder en la
presidencia, en marzo de 1817, James Monroe a James Madison,
aseveró que nada tenía que ver con tal ayuda. Los negocios que allí
se celebraran con los rebeldes constituían especulación privada,
contra la cual bien podía protestar España por la vía diplomática,
pero que de ninguna manera justificaba una acción de guerra.
A mediados del año 1817 era Baltimore, al lado de Nueva Orleáns,
asiento de viva agitación en favor de las repúblicas criollas, que
se hallaban en grave peligro e, inclusive, expuestas a la
destrucción. Tal como en la desembocadura del Misisipí, también en
la bahía de Chesapeake reinaba activo interés por las armas,
municiones y víveres que necesitaban los movimientos rebeldes
suramericanos, bien para proseguirlos, bien para reiniciarlos. A
las consideraciones comerciales se sumaba cierta simpatía política,
aun cuando oficialmente el gobierno se mostraba reservado: los
ciudadanos tenían el campo libre para ayudar a aquellos luchadores
suramericanos, a quienes tenían por patriotas y campeones de la
libertad.
Las principales operaciones especulativas realizadas en
Baltimore se orientaban hacia México, no obstante que en casi todo
su territorio imperaba otra vez el antiguo poder colonial. En
procura de un nuevo levantamiento armado en aquel virreinato
actuaron incansablemente hombres como Joaquín Toledo y Francisco
Javier Mina, así como Louis Aury, el presunto brigadier mexicano
que en Haití, una vez desembarcados los refugiados que trajo de la
perdida ciudad de Cartagena, rechazó de plano las ideas sustentadas
por Bolívar. Con él actuó Mariano Montilla, contrario a los planes
trazados por Bolívar para la capitanía general de Caracas. En favor
de los insurrectos en Chile se empeñó Juan José Carrera. El marqués
Emmanuel Grouchy, hasta hacía poco alto oficial en el ejército
napoleónico, atizó el fuego en Filadelfia, ayudado por el antiguo
general de división francés Michel Brayer.
Otro francés, François Villaret, en contraste con la mayoría de
sus camaradas de exilio, actuó en favor de la reconquista del norte
de Suramérica apoyando las ideas de Bolívar. Como vicealmirante de
la flota venezolana, llegó en abril de 1817 desde la América del
Sur. En su barco América Libre, viajó directamente del Orinoco a
Baltimore, en donde, provenientes de Haití, le llegaron noticias
exactas acerca de las más recientes acciones de los partidarios de
Bolívar, en cuya iniciación había participado, concretamente
llevando la expedición que salió el 20 de marzo de 1816 de Los
Cayos hacia la isla Margarita, y que luego, en tierra firme,
fracasó casi totalmente. Fue entonces cuando su barco condujo al
derrotado Bolívar de regreso a Haití. Posteriormente, Villaret
también prestó sus servicios en la expedición del 21 de diciembre
de 1816, que salió igualmente de Los Cayos. Bajo su mando estaban
los barcos con las provisiones que debían desembarcarse en la costa
venezolana.
Sabía Villaret que el plan estratégico de guerra de los
patriotas, una vez completado el armamento, consistía en tornar a
Santo Tomás de Angostura (1) en un puerto a orillas del río Orinoco
que resultase accesible a toda clase de barcos marítimos, y
convertirlo así en el centro de todas las operaciones. Por lo
tanto, se le enviaba a los Estados Unidos con la misión de buscar
para esta plaza principal de la provincia de Guayana, carente casi
por entero de los elementos de la civilización, más material de
guerra y víveres, así como tropas y barcos, a fin de proteger la
desembocadura del Orinoco, compuesta de numerosos brazos, pero
única vía para mantener las comunicaciones con Europa, ya que las
otras se hallaban bajo el dominio del enemigo.
Entre las personas que en Baltimore buscaron enrolarse con
Villaret, se contaban dos italianos que habían luchado bajo las
banderas de Napoleón: Constante Ferrari, de Reggio nell'Emilia, y
Agostino Codazzi (2), de Lugo. Éste, el más joven de los dos, fue
quien concibió la idea de entrar al servicio militar de la
República de Venezuela, la cual existía nominalmente desde 1810.
Hombre activo, había llevado una vida llena de peripecias, y en sus
andanzas se había reencontrado con aquel otro camarada.
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| Río de la Plata
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El fragor de la guerra europea, a principios del siglo, afectó
no sólo a los Estados Pontificios, sino también a la casa de los
padres de Codazzi, modestos comerciantes en seda en la pequeña
Lugo, no lejos de Ravena. Casi niño, fue enviado a la escuela
militar que en Bolonia habían establecido los franceses. Más tarde,
en 1809, el coronel Pietro Damian Armandi lo admitió en el
regimiento de artillería estacionado en la misma ciudad, y hasta
mediados del año 1812 duró su formación en la Academia de Guerra de
Pavía. Su carrera de soldado lo llevó a Alemania, donde participó
como suboficial en las batallas de Bautzen, Lützen, Culm, Dresde y
Leipzig. Regresó como sargento mayor a Italia para participar en la
defensa de los frentes del Tagliamento y el Mincio. El 20 de
febrero de 1814, durante la lucha por Mantua, ocupó un lugar en el
comando del mencionado Armandi, y medio año más tarde, licenciado
por causa de la disolución de este ejército, ingresó como teniente
de artillería en la Legión Italiana, que se formó en Génova con los
restos del cuerpo del ejército de Beauharnais. Pronto a esta etapa
al servicio de las armas sucedió una multifacética vida de
aventurero. Algo así como un año antes de su arribo a Baltimore,
Codazzi se había embarcado en Génova como comerciante, y después de
un naufragio cerca de Ítaca, vivió solitario y pobre en
Constantinopla, hasta cuando encontró al dicho Ferrari, cuya
situación era un poco mejor que la de Codazzi. Un golpe de suerte
le había proporcionado algunos medios de vida. En compañía de este
antiguo teniente coronel italiano viajó por Grecia, Moldavia y
Valaquia, Rusia, Polonia, Prusia, Suecia y Dinamarca.
Durante mucho tiempo había vagado sin meta, hasta cuando llegó a
Holanda. En Amsterdam concibió la idea de viajar a América, y
específica y directamente a Baltimore, en aquella época el
principal puerto de inmigración de los Estados Unidos.
En contacto con todos aquellos agitadores de origen latino, allí
maduró en él la determinación de sumarse a los oscuros, pero de
todos modos valientes planes de Villaret. Sin dilaciones, Ferrari y
Codazzi se enrolaron en el ya mencionado bergantín América Libre,
comandado ahora por el capitán Charles Barnard. Pronto zarpó el
bergantín con Ferrari como teniente coronel y Codazzi como teniente
a bordo, para unirse a las embarcaciones al mando del almirante
Louis Brion, que debería hallarse frente a la isla Margarita. El
primer ayudante de Brion, Federigo Babastro, era paisano de los dos
amigos.
La nueva flota se hallaba muy laxamente organizada y el capitán
Barnard no obedecía las órdenes de Villaret. Costeando hacia el sur
de los Estados Unidos, los tripulantes encontraron más allá del
cabo Fear una escuadra del mencionado Aury, el cual había
abandonado a Baltimore hacía meses, para abastecerse en Nueva
Orleáns. Ocupaba ahora la isla Amelia, que con su fortificada
ciudad de Fernandina se prestaba muy especialmente para apresar
barcos corsarios. A este Aury se juntó ahora el capitán Barnard con
su bergantín, de manera que la isla Amelia se convirtió por algún
tiempo en la residencia de Codazzi. La isla protege la
desembocadura del río Santa María, el cual en aquella época todavía
demarcaba, del lado atlántico del continente, la frontera entre la
América española y los Estados Unidos. En el territorio de estos
últimos, especialmente en Georgia, los presuntos nuevos colonos
mexicanos tenían asegurada toda clase de ayuda. En cuanto a la
Florida española, poco había que temer, ya que sus desavenencias
con el gobierno vecino habían debilitado grandemente el poder del
comandante de esa posesión europea.
Tan sólo un estrecho brazo de mar separaba la isla de la tierra
firme, de modo que resultaba fácil conseguir desde allí víveres y
materiales de guerra. La islita había servido, de largo tiempo
atrás, como lugar de refugio a navegantes aventureros. Ahora,
cuando los remanentes de un grupo de corsarios que se habían
instalado en la isla, y comandados en un tiempo por el
presuntamente oficial neogranadino Gregor Mac Gregor, tomaron las
armas contra los nuevos invasores e izaron la bandera española,
Aury se lanzó abiertamente a la lucha. El castillo, y con éste la
mayor parte del depósito de material de guerra, estaba en manos de
sus adversarios. Codazzi, quien dirigió el ataque contra el fuerte,
los venció después de cuatro horas de combate, y el 18 de febrero
de 1818 se le incorporó como teniente a la escuadra de Aury,
conocida como la flota de Buenos Aires y Chile y que operaba frente
a las costas de la Nueva Granada. Aury ya no deseaba la relación o
convenio con México, pero en cambio la República de Buenos Aires,
que tras los resueltos avances de San Martín también acogía bajo
sus estandartes a Chile, le inspiraba suficiente confianza, ya que
se encontraba totalmente en armas contra España, y hasta negociaba
un pacto con Brasil.
Aury, una vez colocado bajo la nueva bandera, se dirigió al sur
con la mayor parte de sus barcos, aceptando un llamado de los
venezolanos. Lo acompañaban Ferrari y Codazzi, que así esperaban al
fin entrar al servicio de los patriotas.
El 27 de febrero de 1818 recibió Brion la orden de llamar a
Aury. Tal orden provenía de Francisco Antonio Zea, el antiguo
naturalista bogotano que figuraba ahora como presidente de un
consejo de Estado venezolano. Un círculo de políticos reunidos en
Angostura se había conferido, el 10 de noviembre de 1817, la
categoría de gobierno supremo, y había investido a Bolívar con la
presidencia de la proyectada república, mientras que a Zea se le
encomendaba presidir un consejo de Estado y otro de finanzas, a
Brion uno de guerra y marina, y a Juan Martínez uno de justicia y
otro de administración. La consabida orden de Zea buscaba
primeramente la compra, en las islas de las Indias Occidentales, de
todo el material de guerra y municiones para Angostura, que fuese
posible, y seguidamente, proteger y asegurar a toda costa el
desembarque de tropas auxiliares extranjeras alistadas desde
Londres en Inglaterra, Holanda y el norte de Alemania. La flota
española bajo el mando del general José María Chacón observaba
atentamente el desplazamiento de estos refuerzos y seguía a los
barcos enemigos. Sin embargo, se abstuvo de atacar cuando el 11 de
mayo se presentó Aury con sus buques cargados de pertrechos. La
flota de Brion, cuya misión principal era proteger el ejército
terrestre, operaba frente a la costa de Cumaná, donde también
desembarcó tropas y munición. Con el resto de la carga de material
de guerra se dirigieron después al Orinoco. Durante esta
expedición, y a fin de presentar apropiadamente en Angostura sus
hasta entonces bien logrados méritos, Aury permitió que uno de sus
barcos, el Mercurio, acompañara a Brion, en tanto que para sí mismo
tuvo que buscar una nueva base de operaciones, ya que el 23 de
diciembre de 1817 los Estados Unidos habían desalojado a sus
hombres de la isla Amelia. Codazzi se encontraba a bordo del
Mercurio, que en el golfo de Paria apresó un cañonero español, y
después, en la isla inglesa de Trinidad, se aprovisionó de toda
suerte de contrabando de guerra. Allí por primera vez conoció
íntimamente la naturaleza salvaje de Suramérica: para él un mundo
todavía nuevo, ya que las costas e islas del mar de las Indias
Occidentales no le habían dado la posibilidad de contemplar a
plenitud el modo de ser de la vida tropical.
Brion, quien disponía de capacitados pilotos de Curazao, navegó
hacia la desembocadura principal del Orinoco y atravesó con fortuna
la impetuosa y fuerte corriente entre la isla Cangrejo y Punta
Barinas. El primer poblado ribereño que encontró fue Cuparo,
infeliz y mísero nido de indígenas situado en la orilla izquierda
del poderoso río, y allí trató de obtener información acerca de una
eventual emboscada de navíos de guerra españoles. Codazzi opinaba
que el enemigo había abandonado hacía tiempo esta salida principal
del río, a causa del grave peligro que presentaba para la
navegación, y habían buscado otros brazos del delta como camino.
Sin embargo, la verdadera razón era la imposibilidad de
aprovisionar por largo tiempo los barcos de guerra en este salvaje
e intrincado delta del Orinoco.
En Cuparo aparecieron algunos indios guarachores, totalmente
desnudos pero profusamente adornados. Algunos llevaban piezas de
metal entre la nariz y el labio superior, y los había con dibujos
multicolores en todo el cuerpo. Eran los primeros aborígenes que
Codazzi conocía de cerca, y jamás los olvidó.
Sin embargo, la agitada navegación río arriba de once barcos,
que en lo posible debían permanecer unidos, no permitió observar en
detalle la naturaleza primaria de los trópicos, cuya vida animal y
vegetal, tan uniformemente multicolor como calladamente elocuente,
sólo se podía reconocer cuando, por causa de la corriente y de las
islas, había que acercarse a ésta o a la otra ribera. Por lo demás,
la visión del paisaje que se ofrecía desde el río era un tupido
escenario de sólo bosque y follaje, que para Codazzi, carente
entonces de intereses científicos, resultaba en un principio más
que aburrido. Después de algunos días, en la transparente y azulosa
lejanía aparecieron montañas despejadas y paisajes más amables, y
en medio de las aguas emergieron sólidos peñascos.
Frente a un lugar muy curioso, caracterizado por dos fuertes que
parecían pegados a la vertiente de una montaña que daba al río,
anclaron los barcos para desembarcar la carga. Aquí, en el viejo
Santo Tomás de Guayana, fue donde por primera vez Codazzi conoció
la milicia indígena de los patriotas, parte de la cual carecía de
uniforme, e inclusive de cualquier vestimenta, así como de zapatos.
Esto y la falta de uniformidad en el armamento muy poco
correspondían a las exigencias europeas, pero no se podía
desconocer que existían disciplina y espíritu de orden.
Juan Díaz mandaba esta tropa variopinta, en la cual reinaba gran
agitación a causa de que hacía poco le había sido entregado un jefe
del cuerpo auxiliar inglés, el teniente coronel Robert Wilson, como
presunto espía enviado por la embajada española en Londres. También
aquí conoció Codazzi, a bordo del bergantín Hornet, del capitán
Thomas Reed, a un personaje interesante: Bautista Irvine, de
Baltimore, a quien se acataba como el representante de los Estados
Unidos, a pesar de que no sólo carecía de investidura diplomática,
sino que, además, se hallaba encargado de presentar quejas y
reclamos de indemnización. Sin embargo, por lo general se le
consideraba como la personificación de la cercana alianza del
gobierno de Washington. En este lugar quedó anclada la flota, y
únicamente el buque insignia de Brion, seguido por el Mercurio,
continuó navegando río arriba. El 12 de julio de 1818 arribaron a
la capital nominal de la República de Venezuela: un poblado de unos
seis mil habitantes, situado al pie de una loma pelada y edificado
con base en el plano regular de una fortificación.
Fuera de una iglesia parroquial dedicada a la Bendita Virgen
María de las Nieves, no existía en este poblado ardiente ninguna
otra edificación que sobresaliera. Muchas casas se hallaban en
ruinas, las calles se encontraban en completo abandono, de lo cual
no se libraba ni la misma alameda de enormes ceibas. En este paseo
se encontraban diariamente los escasos hombres que decían
representar a Venezuela. A veces sesionaban en las azoteas de las
residencias, como también en alguna de las numerosas casuchas
diseminadas en las fincas de palmas y mangos, situadas en los
malsanos terrenos que rodeaban el poblado y que a Codazzi
parecieron bastante pobres. Los hombres así reunidos constituían un
círculo bastante singular, cuyo centro lo formaban siempre la
elegante figura y la naturaleza patética de Simón Bolívar. Este
agitador incansable se hallaba nuevamente, desde hacía cerca de un
mes, en la sede del así llamado gobierno, y se dedicaba ahora -
puesto que las tropas españolas parecían encontrarse en estado de
quietud - a tomar diferentes medidas de organización, a dictar
disposiciones y a adjudicar cargos oficiales, pero especialmente
pensaba en convocar en fecha próxima una asamblea constituyente en
Angostura, a fin de restablecer la república. A Bolívar le gustaba
presentarse siempre en compañía de por lo menos uno de sus
edecanes. Como ayudante, en esta ocasión le servía el mentado Zea,
quien hacía algunos días había publicado los primeros números de un
periódico del Orinoco, el cual, no obstante su modesta
presentación, había favorecido grandemente la causa de los
patriotas. El flaco Juan Germán Roscio, recién vuelto de
Filadelfia, cumplía el papel de lugarteniente disponible a toda
hora, mientras que el fino José Rafael Revenga, al cual se aproximó
Codazzi de manera especialmente confiada, era un hábil secretario
ejecutivo. Los asuntos marítimos los atendía Lino de Clementi,
venezolano de origen italiano. Buen número de los encargados de
tales o cuales funciones eran hombres extravagantes y raros,
generalmente con títulos rimbombantes y frecuentemente, a pesar del
intenso calor, en lujoso uniforme. Todos los pigmentos de la piel
estaban presentes entre ellos. Al lado de ciudadanos de Valencia y
Caracas, vestidos como tales, iba el llanero con pantalones y saco
de cuero; entre charreteras y galones aparecían ruanas y cobijas y
junto a pistolas y espadas se veían lanzas y lazos. A ellos se
agregaban aventureros foráneos: ingleses, holandeses, alemanes;
hombres que antaño seguían al águila napoleónica, o que en su
oportunidad habían luchado en España contra José Bonaparte. Además
había médicos y comerciantes. Empero, la figura más extravagante de
este círculo, que en ocasiones solemnes vestía uniforme escocés,
era James Hamilton: soldado, especulador y diplomático en una misma
persona. Para Aury no había nada que ganar en Angostura,
especialmente en cuanto se refiriese a dinero. Codazzi hubo de
darse cuenta de que la flota venezolana vivía únicamente de la
fortuna personal de Brion, y en ese momento tan sólo de su crédito.
En tales condiciones, y después de corta estadía, no quedaba más
camino que la retirada sin éxito alguno. El bergantín Mercurio
recibió, ante la isla Margarita, la orden de navegar sin tardanza
hacia la costa de Mosquitos, ya que se supo que allí se había izado
la bandera federal de Buenos Aires y Chile en un risco solitario,
que Aury quería convertir, según lo expresó, en un Gibraltar de los
mares de las Indias Occidentales.
Frente a esta parte del istmo se encuentra un rosario de
arrecifes, bancos e islas, que se extienden hasta el otro lado,
ante Jamaica; pero únicamente dos de estos puntos eran habitables.
Sus moradores - cerca de trescientas personas, descendientes de
bucaneros, que conservaban el idioma inglés, no obstante que su
ámbito pertenecía ya desde 1789 oficialmente al imperio español -
llamaron a estas islas Saint Andrew y Old Providence. Saint Andrew
era totalmente un caos, ya que hacía alrededor de tres años Michel,
corsario francés, había destruido a sangre y fuego todo lo que
fuese destructible. En la montañosa Old Providence - en español,
San Luis de Providencia -, cuyo peñasco más alto se parece a una
cabeza humana y lleva el nombre de Henry Morgan, en memoria del
famoso corsario, estableció Aury su cuartel general. Ante la punta
septentrional de esta isla, separado por un estrecho de mar, se
levanta el islote de Santa Catalina, en cuyo costado meridional se
edificó el fuerte Aury.
Poco después de haberse iniciado esta burda fortificación, el 8
de agosto de 1818, día de su regreso, el teniente Codazzi fue
ascendido a capitán, a pesar de presentarse con las manos
vacías.
La escasez de dinero se tornó más grave aún, ya que obligó a
Aury a prescindir de dar un paso grande y decisivo que había
planeado de tiempo atrás, y que también hubiera gustado mucho al
ambicioso Codazzi. Inclusive, el 18 de julio, escribía Aury a su
amigo el revolucionario* chileno
Madariaga, que se hallaba viviendo en Kingston, cuán poco faltaba
para tomarse por sorpresa las fortalezas españolas de Portobelo y
Chagres, para desde allí conquistar a Panamá, residencia del
mariscal español Alejandro Hore. No cabía duda, en aquel entonces,
de que el istmo, territorio indispensable para la comunicación
entre los dos océanos y para el poder colonial de España, se podía
ocupar sin mayores esfuerzos, si se contaba con los medios
necesarios para costear una acción de envergadura en un país tan
exprimido.
Empero, tales medios faltaban a Aury. La pobre isla de Old
Providence, con sus cocoteros y sus arbustos de algodón, no podía,
ni siquiera deficientemente, alimentar el cuerpo de marineros, que
ahora componían cerca de ochocientos hombres. Ya no había
oportunidad de apresar barcos mercantes, y las tierras costaneras
adyacentes no eran más que una espesa selva, cuyos escasos sitios
habitados apenas tenían lo suficiente para subsistir
miserablemente. En vista de esta situación, pensó Aury en buscar
aquellos puntos dispersos que servían a los españoles como
estaciones militares de reaprovisionamiento. Fue así como se
iniciaron incursiones sistemáticas contra todas las poblaciones que
se hallasen bajo la bandera del enemigo mortal, y cuya conquista
prometiera alguna posibilidad de botín. Precisamente ahora, cuando
el mencionado Gregor Mac Gregor había tenido que devolver a los
españoles el recién conquistado Portobelo y cuando estaba buscando
para los restos de su expedición marítima un lastimoso refugio en
la isla de San Andrés, zarpó desde Providencia la Vieja una de las
más atrevidas expediciones de piratería contra el fuerte de San
Felipe, en la entrada del golfo Dulce, perteneciente a la capitanía
general de Guatemala. Durante el ataque, Codazzi mandó con destreza
y éxito la artillería, de manera que apenas regresado, ya el 3 de
agosto de 1819, recibió la patente de mayor.
Pocos días después se definió de manera imprevista el destino
del dominio español en el norte de la América del Sur; y esto
sucedió lejos de la costa, en lo más profundo de la tierra firme,
allá arriba en las cordilleras. Aquel pobre y miserable poblado de
Angostura, donde se reunió el 15 de febrero de 1819 un congreso
constituido por las provincias de Barcelona, Barinas, Caracas,
Casanare, Cumaná, Guayana y Margarita para crear oficialmente una
nueva entidad estatal, adquirió una importancia que jamás se había
sospechado. En concordancia con los jefes de los diferentes grupos
de patriotas que aún estaban en armas, Bolívar se atrevió,
confiando en los conocimientos del terreno y en la perseverancia de
sus seguidores, a avanzar sobre la Nueva Granada. Después de la
llegada de buen número de mercenarios ingleses y alemanes, cruzó el
páramo de Pisba por el paso de Morcote, en la cordillera oriental
neogranadina, y en el río Teatinos, en Boyacá, venció a los
sorprendidos españoles tan impetuosa y decisivamente, que Juan
Sámano (3), quien desde hacía poco ocupaba la silla de los virreyes
en Bogotá, huyó precipitadamente hacia la costa, dejando casi
desguarnecido de las armas españolas el interior del país. Ahora
los venezolanos habían logrado una grandiosa victoria militar y
moral, y con inteligencia y energía empezaron, hasta donde sus
tropas y pertrechos lo permitieron, a aprovecharse, después de tan
larga prueba y de tan duros golpes, del éxito doblemente
importante. El 10 de agosto de 1819, Bolívar, el Libertador de
1813, el siempre reconocido capitán general de la Nueva Granada,
entró triunfalmente en Bogotá como vencedor del hereditario enemigo
mortal.
El 4 de septiembre, como presidente de Venezuela, designó un
vicepresidente para el país neogranadino, estableció
provisionalmente autoridades centrales y provinciales, poderes
militares y civiles, y dispuso una serie de medidas organizativas
para el norte de Suramérica - tanto para los territorios liberados
como para los que aún debían liberarse - y que en adelante llevaría
el eufónico nombre de Colombia (4).
Las nuevas de un cambio de tal magnitud en el destino, de tan
importantes resultados bélicos y de la pronta creación de una nueva
y grande república americana llegaron casi tan rápidamente a las
costas de los mares de las Indias Occidentales como en su retirada
iban a concentrarse en Cartagena y Santa Marta los remanentes de
las tropas realistas.
Las primeras noticias alcanzaron a algunos de los barcos de Aury
que realizaban una travesía en el golfo del Darién. Inmediatamente,
en Providencia la Vieja nacieron nuevos planes, ya que allí se
esperaba el ataque inminente a aquellas dos ciudades costaneras que
dominaban el río Magdalena, y al parecer había que apoyar desde el
mar a las tropas terrestres. Por consiguiente, una nueva estrella
parecía brillar para el ambicioso Aury. Él quería, y disponía de lo
necesario para hacerlo, que sus barcos llevaran la bandera de la
naciente república, y resolvió, apenas le llegaron las primeras
noticias, enviar a la antigua residencia virreinal un representante
suyo, para que solicitara y negociara la incorporación de su flota
en las fuerzas militares de Bolívar.
Empero, en poder de los españoles se hallaba todavía casi toda
la costa poblada de Suramérica, y desde el lado del océano
Atlántico sólo se podía llegar al altiplano de Cundinamarca por el
inhospitalario río Atrato, escasamente poblado en sus orillas
cubiertas de lóbrega selva, y que en sus cauces desplayados ofrecía
no pocos peligros. Entre los hombres de Aury no había ninguno
dispuesto a ir en misión a Bogotá, hasta cuando el mayor Codazzi,
basándose en su pasada experiencia de navegación por el Orinoco, se
resolvió a realizar la hazaña. Uno de los barcos de guerra de Aury
lo llevó, a principios de octubre de 1819, al golfo del Darién y,
río Atrato arriba, hasta la desembocadura del río Murrí, donde
existía un sólido fuerte, pertrechado con algunos cañones para
impedir que los españoles penetraran en el interior del país. Aquí
se le entregó a Codazzi una embarcación aborigen, la cual cargó con
chucherías, destinadas al trueque, amén de diversos cachivaches
para vender de contrabando, especialmente utensilios o herramientas
de hierro y armas. Unos semisalvajes le servían como bogas, los
cuales, a lo largo de la orilla del río y con la ayuda de largas
pértigas empujaban la canoa contra la fuerte corriente. Codazzi
inició este incierto viaje con un solo compañero. Después de las
mayores privaciones y dificultades, la navegación río arriba
terminó en Quibdó, el antiguo Citará, el abandonado poblado
principal de la provincia del Chocó, la mayoría de cuyos pobrísimos
ranchos, por el peligro de las inundaciones, estaban construidos
sobre altas estacas. Resultó imposible obtener allí información
exacta sobre los planes de Bolívar, especialmente en lo referente a
los preparativos para completar la liberación del país.
Ciertamente, el camino a Bogotá se hallaba expedito, ya que las
provincias de Antioquia y Mariquita estaban completamente
aseguradas. Sin embargo, en la provincia del Chocó faltaban los
medios para poder continuar el viaje, ya que el enemigo, en su
retirada, se había llevado hasta el último caballo, la última mula
y la última cabeza de ganado.
Codazzi tuvo que separarse allí de su compañero de viaje,
enfermo de fiebres, quien se quedó en un rancho del valle del río
Atrato, y continuar su viaje a pie. Con grandes dificultades llegó
a la amable ciudad de Cartago, situada a orillas del río Cauca,
donde un joven le proporcionó algunas mulas. Era Tomás Cipriano de
Mosquera (5), de unos veinte años de edad, hijo de un rico
hacendado de Popayán, ciudad que otra vez se encontraba en manos
españolas. Había luchado hacía algunos años en las filas de los
patriotas y experimentado el cautiverio de los peninsulares. Poco
antes de los recientes acontecimientos, regresó, con permiso de las
autoridades españolas, a su ciudad natal, al lado de su anciano
padre, pero se le vigilaba severamente. Mosquera, que no se atrevía
a actuar nuevamente, vio en la oportunidad de ayudar a aquel
oficial extranjero una redoblada satisfacción de sus sentimientos
patrióticos. Así mismo, le suministró algunas informaciones acerca
del desenvolvimiento de la lucha. De esta manera, desde Cartago
viajó más rápido y mejor. En el paso del Quindío y, más adelante,
en el camino a La Mesa, apreció el forastero, por primera vez, el
fuerte prodigio del mundo de las montañas tropicales. Lo disfrutó
con emotivo interés, aunque sin mayor comprensión, hasta que por
fin llegó a Bogotá, donde se suponía se hallaba la sede del
gobierno de Bolívar. Allí poco o nada se observaba de guerra ni de
elementos bélicos, sino que reinaba un vivo movimiento, casi
febril, de los espíritus. Bolívar ya había abandonado la ciudad, el
21 de septiembre, y Francisco de Paula Santander (6), compañero de
Bolívar en el cruce de los Andes, representaba en cierta medida,
como vicepresidente de la Nueva Granada, al recién formado
gobierno. Con Santander, Codazzi no tuvo suerte alguna, cuando le
presentó su propuesta, al igual que un año antes con el propio
Bolívar. Nada consiguió, excepto vagas promesas. Acerca de una
flota, poco o nada se había pensado allá arriba en las montañas, y
en lo referente a colocar los barcos de Aury bajo la bandera de la
nueva república no se había tomado hasta la fecha ninguna decisión.
El que se atacaran o no con prontitud las firmes posiciones de los
españoles en la costa, dependía totalmente de las operaciones
bélicas que iban a llevarse a efecto en el interior del país. La
dirección de la lucha descansaba única y exclusivamente en manos de
Bolívar. Además, todo era muy reciente e incompleto, especialmente
en lo atinente a materias financieras. En Bogotá, ni el secretario
del tesoro, Ignacio Márquez; ni el administrador de rentas, Luis
Eduardo Azuero; ni el director de moneda, José Miguel Pey, pudieron
hacer algo en favor de los barcos de Aury. Proyectos de esta
índole, bajo las circunstancias reinantes, se veían distantes como
nunca.
Así que Bogotá resultaba poco agradable para Codazzi. Además, le
tocó ser testigo de una situación terriblemente agitada, que dejó
traslucir el fermento de toda clase de sentimientos, ya que la
ciudad se estremeció y conmovió, cuando el 11 de octubre fueron
pasados por las armas, en la plaza principal, treinta y cuatro
oficiales enemigos, tomados prisioneros en la gloriosa batalla de
Boyacá, españoles unos, criollos otros, y cinco europeos no
hispanos. Entre los ajusticiados se contaba el coronel español José
María Barreiro. Aun para el corsario, esta medida resultaba
"terrible más allá de todos los conceptos".
Bajo la impresión de la miseria dejada por la guerra, al igual
que a cualquier forastero, Bogotá, carente de todos los recursos,
le pareció no solamente desagradable, sino francamente fatídica.
Con el corazón lleno de tristeza inició Codazzi, a fines de
octubre, su viaje de regreso. En Quibdó ya no encontró entre los
vivos a su compañero. De los utensilios de viaje, sólo halló la
canoa primitiva, pero el alcalde del lugar le entregó seis botellas
de oro en polvo, que adquiriera su compañero de viaje en trueque
por las mercancías traídas, legado éste nada despreciable.
Así como el regreso de Bogotá fue mucho más rápido, gracias a
buenas bestias de silla y carga, también lo fue, en contra de lo
esperado, el viaje río abajo. Después de vencer unos cuantos
obstáculos, llegó Codazzi a la desembocadura del Atrato, donde se
quedó en la aldea de Turbo en espera de uno de los barcos de Aury,
expuesto al peligro de ser capturado por los navíos de guerra
españoles que zarpaban del puerto de Cartagena.
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| Santa Catalina y Providencia
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Tal como se presentaba la situación, tampoco ahora se pudo hacer
nada desde Providencia la Vieja favorable a la guerra. Sin embargo,
un poco más tarde Aury se enteró de que la República de Colombia
había adoptado temporalmente, en su ley fundamental del 19 de
diciembre de 1819, los colores amarillo, azul y rojo del hasta
entonces tricolor venezolano, como su propio pabellón, y resolvió
viajar en persona a Bogotá para lograr la aceptación de sus barcos
bajo esta bandera. Allí encontró,a mediados de marzo de 1820, al
presidente Bolívar, quien lo trató como a un aventurero, en
consideración de los acontecimientos de 1816, y de haberse después
enemistado con el altamente apreciado almirante Brion. Así que Aury
fue despachado de Bogotá con la orden de abandonar sin tardanza
aquellas islas pertenecientes a Colombia, en las cuales no se iba a
permitir ninguna clase de piratería, fuese cual fuese la bandera
que la protegiera.
Durante la ausencia de Aury, su escuadra invadió nuevamente la
costa de Guatemala y también la de Honduras, en busca de alimentos.
Codazzi se destacó en los ataques al fuerte marino de Trujillo, al
de San Felipe, como ya se dijo, y a la ciudadela de San Fernando,
del temido Omoa. Por sus acciones valerosas fue ascendido, el 3 de
noviembre de 1820, a teniente coronel de artillería, y como lo
expresó por escrito Philippe Lacroix, secretario de Aury,
"en reconocimiento de sus grandes y buenos servicios y su
fiel dedicación a la causa de la independencia de la América del
Sur".
Una vez más parecía presentarse una tarea para la flota
corsaria. El 1° de junio de 1820 se inició el sitio de Cartagena,
que ya había abandonado el virrey Sámano. Lo dirigía por tierra
firme Mariano Montilla, y en el mar el almirante Brion. Sin
embargo, se interpusieron las negociaciones sobre un armisticio con
Morillo, que ahora se llamaba Conde de Cartagena. En esta
oportunidad viajó Brion a Bogotá. Codazzi lo hubiera acompañado con
todo gusto. Allá el almirante, que había gastado toda su fortuna,
tuvo que pedir un auxilio pecuniario, pero solamente cosechó
saludos honoríficos y festejos. Después de regresar a la costa, se
retiró primero a Maracaibo y posteriormente a Curazao, donde murió
el 20 de septiembre de 1821, abandonado y pobre, a la edad de 39
años. Resultaba claro, entonces, que sus esfuerzos sin descanso por
lograr un poderío marítimo colombiano semejante al de Estados
Unidos, y que Codazzi viera con entusiasmo, habían sido totalmente
infructuosos y no cabía pensar más en ello. El 10 de octubre de
1821 se izó la bandera colombiana en Cartagena, sin que Aury
hubiera participado en la conquista de la ciudad.
Este inquebrantable corsario pensó ahora en otro camino para que
sus largos años de lucha dieran un fruto perdurable. Fue así como
de pronto ocupó la desembocadura del río San Juan, importante punto
en la costa de Mosquitos, del cual los ingleses, alentados por el
vicealmirante Lawrence Halstead, comandante de Jamaica, buscaban
apoderarse. Pero tampoco aquí el jefe de Codazzi tuvo suerte; esta
toma de posesión se consideró violatoria de los derechos de
Colombia, y el representante de este país en Chile y Buenos Aires,
Joaquín Mosquera, recibió la orden de protestar enérgicamente
contra ella. Más tarde se expidieron en Bogotá unos decretos
unilaterales, que reclamaban la costa de Mosquitos como parte de
Colombia, no obstante que comúnmente se la consideraba como
perteneciente a la nueva República de Costa Rica.
Fue entonces cuando murió repentinamente Aury, como consecuencia
de una caída. A su sucesor, Nicolás Joly, se le recibió como
coronel en las fuerzas armadas colombianas, con la promesa de que
también los demás oficiales de Aury serían reconocidos a su debido
tiempo y en su rango respectivo. Esta disposición no cobijó a
Codazzi. Al igual que tantos de sus paisanos, sintió profunda
nostalgia por Italia y abandonó la navegación marítima, cuando
parecía asegurada la independencia de Colombia y Bolívar se
alistaba a librar, paso a paso, del dominio español también a los
países del Pacífico. Cansado, durante una estadía en la isla de
Santo Tomás, solicitó su retiro. Esta isla, hacía algunos años de
nuevo en poder de Dinamarca, se había convertido, durante las
complicaciones de la guerra, en importante emporio comercial. Allí
cambió por añil su bien guardado oro del Atrato, y se convirtió
nuevamente, como seis años atrás, en comerciante viajero, aunque
sólo por breve tiempo. Llevó su valiosa mercancía al lugar donde
había empezado su carrera en América. Después realizó un segundo
viaje de negocios entre Baltimore y Santo Tomás, y finalmente
regresó, con una fortuna de cerca de cuarenta mil pesos, a su bella
patria, que le pareció tan extraña por haber cambiado la situación
política, dentro de la cual reinaba el espíritu de la reacción, así
como por la muerte de su padre. Poco antes de él también había
vuelto a Italia su compañero de fortuna, Constante Ferrari, que
ahora se preocupó por Codazzi lo mejor que pudo. Un antiguo
condiscípulo, Luigi Crisostomo Ferrucci, se mostró muy amable. En
fin, toda la gente en Lugo y sus alrededores se alegraba de acoger
a tan viajado conciudadano, el cual, a su vez, reanudaba los viejos
lazos de amistad. Buscó, por ejemplo, a su antiguo protector
Armandi, quien, después de variadas vicisitudes, se encontraba en
Roma, procedente de Augsburgo, donde, en casa de la reina de
Holanda, dirigía la formación escolar de Luis Napoleón Bonaparte.
Le alegraba cualquier viento fresco que aireaba la atmósfera pesada
y deprimente de la Ciudad Eterna. "Como no me fuera
propicia en el viejo mundo - escribió una vez Codazzi -, probé
suerte en el nuevo. Si allí ella me fue favorable, no se lo debo a
mis talentos. Usted, mi coronel, que siempre ha luchado con un
destino ingrato, lo ha vencido, y una victoria tal sobre fuerzas
superiores significa mucho. Aunque no quepa esperar el día de
nuestro reencuentro, mi camarada Ferrari y yo compartimos tal
deseo, como también le envía saludos Ferrucci. Todavía no sé si me
establezca aquí en Lugo, pero de todos modos me quedo en nuestra
Romaña".
Poco después, en marzo de 1823, compró Codazzi, en asocio con
Ferrari, una finca en Serrallo, bonito lugar situado entre
Massalombarda y Conselice, y creó allí un ambiente hogareño tan
cómodo como le fue posible. La vida pasada caería totalmente en el
olvido.
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| Schumacher utiliza la palabra agitador, que nosotros
reemplazamos por revolucionario. (Nota del traductor).
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