INDICE




CAPITULO I

 

ANDANZAS DE UN CORSARIO

 

Al iniciarse el año 1817, la mayor parte de la América española se hallaba nuevamente bajo el dominio de la madre patria, particularmente la casi totalidad de los territorios situados en medio de los trópicos. Desde Madrid se observaba cómo aquellos movimientos surgidos violenta y sorpresivamente, allende el mar, se disipaban al igual que los síntomas de una fiebre tropical. El rey Fernando VII, como sus antecesores en el trono, llevaba el cetro, por la gracia del Todopoderoso, sobre los reinos de los dos mundos.

Las manchas de la revolución, o habían sido lavadas, o por lo menos se desvanecían rápidamente, ya que en el norte de la América del Sur mandaban nuevamente los lugartenientes de su majestad católica, y las autoridades españolas, tanto en Panamá como en Caracas, en Bogotá como en Quito, eran tan poderosas como antaño. Y no sólo en dichas ciudades capitales, sino también en las plazas principales de estos extensos territorios, dominaban en forma absoluta los enviados de la madre patria. Solamente en lugares muy aislados y distantes se sostuvieron los enemigos de los europeos, como en los llanos del Apure y Casanare, o en una isla tan insignificante como Haití, donde el régimen de negros y mulatos representaba, al parecer, escaso peligro para los intereses españoles y al cual también los Estados Unidos odiaban a causa de la cuestión de la esclavitud.

Si las luchas que persistían en la parte meridional de Suramérica se asemejaban a los estertores de una fuerza moribunda, así mismo las correrías bajo banderas rebeldes en aguas de las Indias Occidentales más parecían acciones de corsarios que una guerra dirigida. Aunque los barcos que surcaban aquellos mares encontraban en los puertos norteamericanos tanto protección como ayuda, el gobierno de los Estados Unidos - al suceder en la presidencia, en marzo de 1817, James Monroe a James Madison, aseveró que nada tenía que ver con tal ayuda. Los negocios que allí se celebraran con los rebeldes constituían especulación privada, contra la cual bien podía protestar España por la vía diplomática, pero que de ninguna manera justificaba una acción de guerra.

A mediados del año 1817 era Baltimore, al lado de Nueva Orleáns, asiento de viva agitación en favor de las repúblicas criollas, que se hallaban en grave peligro e, inclusive, expuestas a la destrucción. Tal como en la desembocadura del Misisipí, también en la bahía de Chesapeake reinaba activo interés por las armas, municiones y víveres que necesitaban los movimientos rebeldes suramericanos, bien para proseguirlos, bien para reiniciarlos. A las consideraciones comerciales se sumaba cierta simpatía política, aun cuando oficialmente el gobierno se mostraba reservado: los ciudadanos tenían el campo libre para ayudar a aquellos luchadores suramericanos, a quienes tenían por patriotas y campeones de la libertad.

Las principales operaciones especulativas realizadas en Baltimore se orientaban hacia México, no obstante que en casi todo su territorio imperaba otra vez el antiguo poder colonial. En procura de un nuevo levantamiento armado en aquel virreinato actuaron incansablemente hombres como Joaquín Toledo y Francisco Javier Mina, así como Louis Aury, el presunto brigadier mexicano que en Haití, una vez desembarcados los refugiados que trajo de la perdida ciudad de Cartagena, rechazó de plano las ideas sustentadas por Bolívar. Con él actuó Mariano Montilla, contrario a los planes trazados por Bolívar para la capitanía general de Caracas. En favor de los insurrectos en Chile se empeñó Juan José Carrera. El marqués Emmanuel Grouchy, hasta hacía poco alto oficial en el ejército napoleónico, atizó el fuego en Filadelfia, ayudado por el antiguo general de división francés Michel Brayer.

Otro francés, François Villaret, en contraste con la mayoría de sus camaradas de exilio, actuó en favor de la reconquista del norte de Suramérica apoyando las ideas de Bolívar. Como vicealmirante de la flota venezolana, llegó en abril de 1817 desde la América del Sur. En su barco América Libre, viajó directamente del Orinoco a Baltimore, en donde, provenientes de Haití, le llegaron noticias exactas acerca de las más recientes acciones de los partidarios de Bolívar, en cuya iniciación había participado, concretamente llevando la expedición que salió el 20 de marzo de 1816 de Los Cayos hacia la isla Margarita, y que luego, en tierra firme, fracasó casi totalmente. Fue entonces cuando su barco condujo al derrotado Bolívar de regreso a Haití. Posteriormente, Villaret también prestó sus servicios en la expedición del 21 de diciembre de 1816, que salió igualmente de Los Cayos. Bajo su mando estaban los barcos con las provisiones que debían desembarcarse en la costa venezolana.

Sabía Villaret que el plan estratégico de guerra de los patriotas, una vez completado el armamento, consistía en tornar a Santo Tomás de Angostura (1) en un puerto a orillas del río Orinoco que resultase accesible a toda clase de barcos marítimos, y convertirlo así en el centro de todas las operaciones. Por lo tanto, se le enviaba a los Estados Unidos con la misión de buscar para esta plaza principal de la provincia de Guayana, carente casi por entero de los elementos de la civilización, más material de guerra y víveres, así como tropas y barcos, a fin de proteger la desembocadura del Orinoco, compuesta de numerosos brazos, pero única vía para mantener las comunicaciones con Europa, ya que las otras se hallaban bajo el dominio del enemigo.

Entre las personas que en Baltimore buscaron enrolarse con Villaret, se contaban dos italianos que habían luchado bajo las banderas de Napoleón: Constante Ferrari, de Reggio nell'Emilia, y Agostino Codazzi (2), de Lugo. Éste, el más joven de los dos, fue quien concibió la idea de entrar al servicio militar de la República de Venezuela, la cual existía nominalmente desde 1810. Hombre activo, había llevado una vida llena de peripecias, y en sus andanzas se había reencontrado con aquel otro camarada.

Río de la Plata

 

El fragor de la guerra europea, a principios del siglo, afectó no sólo a los Estados Pontificios, sino también a la casa de los padres de Codazzi, modestos comerciantes en seda en la pequeña Lugo, no lejos de Ravena. Casi niño, fue enviado a la escuela militar que en Bolonia habían establecido los franceses. Más tarde, en 1809, el coronel Pietro Damian Armandi lo admitió en el regimiento de artillería estacionado en la misma ciudad, y hasta mediados del año 1812 duró su formación en la Academia de Guerra de Pavía. Su carrera de soldado lo llevó a Alemania, donde participó como suboficial en las batallas de Bautzen, Lützen, Culm, Dresde y Leipzig. Regresó como sargento mayor a Italia para participar en la defensa de los frentes del Tagliamento y el Mincio. El 20 de febrero de 1814, durante la lucha por Mantua, ocupó un lugar en el comando del mencionado Armandi, y medio año más tarde, licenciado por causa de la disolución de este ejército, ingresó como teniente de artillería en la Legión Italiana, que se formó en Génova con los restos del cuerpo del ejército de Beauharnais. Pronto a esta etapa al servicio de las armas sucedió una multifacética vida de aventurero. Algo así como un año antes de su arribo a Baltimore, Codazzi se había embarcado en Génova como comerciante, y después de un naufragio cerca de Ítaca, vivió solitario y pobre en Constantinopla, hasta cuando encontró al dicho Ferrari, cuya situación era un poco mejor que la de Codazzi. Un golpe de suerte le había proporcionado algunos medios de vida. En compañía de este antiguo teniente coronel italiano viajó por Grecia, Moldavia y Valaquia, Rusia, Polonia, Prusia, Suecia y Dinamarca.

Durante mucho tiempo había vagado sin meta, hasta cuando llegó a Holanda. En Amsterdam concibió la idea de viajar a América, y específica y directamente a Baltimore, en aquella época el principal puerto de inmigración de los Estados Unidos.

En contacto con todos aquellos agitadores de origen latino, allí maduró en él la determinación de sumarse a los oscuros, pero de todos modos valientes planes de Villaret. Sin dilaciones, Ferrari y Codazzi se enrolaron en el ya mencionado bergantín América Libre, comandado ahora por el capitán Charles Barnard. Pronto zarpó el bergantín con Ferrari como teniente coronel y Codazzi como teniente a bordo, para unirse a las embarcaciones al mando del almirante Louis Brion, que debería hallarse frente a la isla Margarita. El primer ayudante de Brion, Federigo Babastro, era paisano de los dos amigos.

La nueva flota se hallaba muy laxamente organizada y el capitán Barnard no obedecía las órdenes de Villaret. Costeando hacia el sur de los Estados Unidos, los tripulantes encontraron más allá del cabo Fear una escuadra del mencionado Aury, el cual había abandonado a Baltimore hacía meses, para abastecerse en Nueva Orleáns. Ocupaba ahora la isla Amelia, que con su fortificada ciudad de Fernandina se prestaba muy especialmente para apresar barcos corsarios. A este Aury se juntó ahora el capitán Barnard con su bergantín, de manera que la isla Amelia se convirtió por algún tiempo en la residencia de Codazzi. La isla protege la desembocadura del río Santa María, el cual en aquella época todavía demarcaba, del lado atlántico del continente, la frontera entre la América española y los Estados Unidos. En el territorio de estos últimos, especialmente en Georgia, los presuntos nuevos colonos mexicanos tenían asegurada toda clase de ayuda. En cuanto a la Florida española, poco había que temer, ya que sus desavenencias con el gobierno vecino habían debilitado grandemente el poder del comandante de esa posesión europea.

Tan sólo un estrecho brazo de mar separaba la isla de la tierra firme, de modo que resultaba fácil conseguir desde allí víveres y materiales de guerra. La islita había servido, de largo tiempo atrás, como lugar de refugio a navegantes aventureros. Ahora, cuando los remanentes de un grupo de corsarios que se habían instalado en la isla, y comandados en un tiempo por el presuntamente oficial neogranadino Gregor Mac Gregor, tomaron las armas contra los nuevos invasores e izaron la bandera española, Aury se lanzó abiertamente a la lucha. El castillo, y con éste la mayor parte del depósito de material de guerra, estaba en manos de sus adversarios. Codazzi, quien dirigió el ataque contra el fuerte, los venció después de cuatro horas de combate, y el 18 de febrero de 1818 se le incorporó como teniente a la escuadra de Aury, conocida como la flota de Buenos Aires y Chile y que operaba frente a las costas de la Nueva Granada. Aury ya no deseaba la relación o convenio con México, pero en cambio la República de Buenos Aires, que tras los resueltos avances de San Martín también acogía bajo sus estandartes a Chile, le inspiraba suficiente confianza, ya que se encontraba totalmente en armas contra España, y hasta negociaba un pacto con Brasil.

Aury, una vez colocado bajo la nueva bandera, se dirigió al sur con la mayor parte de sus barcos, aceptando un llamado de los venezolanos. Lo acompañaban Ferrari y Codazzi, que así esperaban al fin entrar al servicio de los patriotas.

El 27 de febrero de 1818 recibió Brion la orden de llamar a Aury. Tal orden provenía de Francisco Antonio Zea, el antiguo naturalista bogotano que figuraba ahora como presidente de un consejo de Estado venezolano. Un círculo de políticos reunidos en Angostura se había conferido, el 10 de noviembre de 1817, la categoría de gobierno supremo, y había investido a Bolívar con la presidencia de la proyectada república, mientras que a Zea se le encomendaba presidir un consejo de Estado y otro de finanzas, a Brion uno de guerra y marina, y a Juan Martínez uno de justicia y otro de administración. La consabida orden de Zea buscaba primeramente la compra, en las islas de las Indias Occidentales, de todo el material de guerra y municiones para Angostura, que fuese posible, y seguidamente, proteger y asegurar a toda costa el desembarque de tropas auxiliares extranjeras alistadas desde Londres en Inglaterra, Holanda y el norte de Alemania. La flota española bajo el mando del general José María Chacón observaba atentamente el desplazamiento de estos refuerzos y seguía a los barcos enemigos. Sin embargo, se abstuvo de atacar cuando el 11 de mayo se presentó Aury con sus buques cargados de pertrechos. La flota de Brion, cuya misión principal era proteger el ejército terrestre, operaba frente a la costa de Cumaná, donde también desembarcó tropas y munición. Con el resto de la carga de material de guerra se dirigieron después al Orinoco. Durante esta expedición, y a fin de presentar apropiadamente en Angostura sus hasta entonces bien logrados méritos, Aury permitió que uno de sus barcos, el Mercurio, acompañara a Brion, en tanto que para sí mismo tuvo que buscar una nueva base de operaciones, ya que el 23 de diciembre de 1817 los Estados Unidos habían desalojado a sus hombres de la isla Amelia. Codazzi se encontraba a bordo del Mercurio, que en el golfo de Paria apresó un cañonero español, y después, en la isla inglesa de Trinidad, se aprovisionó de toda suerte de contrabando de guerra. Allí por primera vez conoció íntimamente la naturaleza salvaje de Suramérica: para él un mundo todavía nuevo, ya que las costas e islas del mar de las Indias Occidentales no le habían dado la posibilidad de contemplar a plenitud el modo de ser de la vida tropical.

Brion, quien disponía de capacitados pilotos de Curazao, navegó hacia la desembocadura principal del Orinoco y atravesó con fortuna la impetuosa y fuerte corriente entre la isla Cangrejo y Punta Barinas. El primer poblado ribereño que encontró fue Cuparo, infeliz y mísero nido de indígenas situado en la orilla izquierda del poderoso río, y allí trató de obtener información acerca de una eventual emboscada de navíos de guerra españoles. Codazzi opinaba que el enemigo había abandonado hacía tiempo esta salida principal del río, a causa del grave peligro que presentaba para la navegación, y habían buscado otros brazos del delta como camino. Sin embargo, la verdadera razón era la imposibilidad de aprovisionar por largo tiempo los barcos de guerra en este salvaje e intrincado delta del Orinoco.

En Cuparo aparecieron algunos indios guarachores, totalmente desnudos pero profusamente adornados. Algunos llevaban piezas de metal entre la nariz y el labio superior, y los había con dibujos multicolores en todo el cuerpo. Eran los primeros aborígenes que Codazzi conocía de cerca, y jamás los olvidó.

Sin embargo, la agitada navegación río arriba de once barcos, que en lo posible debían permanecer unidos, no permitió observar en detalle la naturaleza primaria de los trópicos, cuya vida animal y vegetal, tan uniformemente multicolor como calladamente elocuente, sólo se podía reconocer cuando, por causa de la corriente y de las islas, había que acercarse a ésta o a la otra ribera. Por lo demás, la visión del paisaje que se ofrecía desde el río era un tupido escenario de sólo bosque y follaje, que para Codazzi, carente entonces de intereses científicos, resultaba en un principio más que aburrido. Después de algunos días, en la transparente y azulosa lejanía aparecieron montañas despejadas y paisajes más amables, y en medio de las aguas emergieron sólidos peñascos.

Frente a un lugar muy curioso, caracterizado por dos fuertes que parecían pegados a la vertiente de una montaña que daba al río, anclaron los barcos para desembarcar la carga. Aquí, en el viejo Santo Tomás de Guayana, fue donde por primera vez Codazzi conoció la milicia indígena de los patriotas, parte de la cual carecía de uniforme, e inclusive de cualquier vestimenta, así como de zapatos. Esto y la falta de uniformidad en el armamento muy poco correspondían a las exigencias europeas, pero no se podía desconocer que existían disciplina y espíritu de orden.

Juan Díaz mandaba esta tropa variopinta, en la cual reinaba gran agitación a causa de que hacía poco le había sido entregado un jefe del cuerpo auxiliar inglés, el teniente coronel Robert Wilson, como presunto espía enviado por la embajada española en Londres. También aquí conoció Codazzi, a bordo del bergantín Hornet, del capitán Thomas Reed, a un personaje interesante: Bautista Irvine, de Baltimore, a quien se acataba como el representante de los Estados Unidos, a pesar de que no sólo carecía de investidura diplomática, sino que, además, se hallaba encargado de presentar quejas y reclamos de indemnización. Sin embargo, por lo general se le consideraba como la personificación de la cercana alianza del gobierno de Washington. En este lugar quedó anclada la flota, y únicamente el buque insignia de Brion, seguido por el Mercurio, continuó navegando río arriba. El 12 de julio de 1818 arribaron a la capital nominal de la República de Venezuela: un poblado de unos seis mil habitantes, situado al pie de una loma pelada y edificado con base en el plano regular de una fortificación.

Fuera de una iglesia parroquial dedicada a la Bendita Virgen María de las Nieves, no existía en este poblado ardiente ninguna otra edificación que sobresaliera. Muchas casas se hallaban en ruinas, las calles se encontraban en completo abandono, de lo cual no se libraba ni la misma alameda de enormes ceibas. En este paseo se encontraban diariamente los escasos hombres que decían representar a Venezuela. A veces sesionaban en las azoteas de las residencias, como también en alguna de las numerosas casuchas diseminadas en las fincas de palmas y mangos, situadas en los malsanos terrenos que rodeaban el poblado y que a Codazzi parecieron bastante pobres. Los hombres así reunidos constituían un círculo bastante singular, cuyo centro lo formaban siempre la elegante figura y la naturaleza patética de Simón Bolívar. Este agitador incansable se hallaba nuevamente, desde hacía cerca de un mes, en la sede del así llamado gobierno, y se dedicaba ahora - puesto que las tropas españolas parecían encontrarse en estado de quietud - a tomar diferentes medidas de organización, a dictar disposiciones y a adjudicar cargos oficiales, pero especialmente pensaba en convocar en fecha próxima una asamblea constituyente en Angostura, a fin de restablecer la república. A Bolívar le gustaba presentarse siempre en compañía de por lo menos uno de sus edecanes. Como ayudante, en esta ocasión le servía el mentado Zea, quien hacía algunos días había publicado los primeros números de un periódico del Orinoco, el cual, no obstante su modesta presentación, había favorecido grandemente la causa de los patriotas. El flaco Juan Germán Roscio, recién vuelto de Filadelfia, cumplía el papel de lugarteniente disponible a toda hora, mientras que el fino José Rafael Revenga, al cual se aproximó Codazzi de manera especialmente confiada, era un hábil secretario ejecutivo. Los asuntos marítimos los atendía Lino de Clementi, venezolano de origen italiano. Buen número de los encargados de tales o cuales funciones eran hombres extravagantes y raros, generalmente con títulos rimbombantes y frecuentemente, a pesar del intenso calor, en lujoso uniforme. Todos los pigmentos de la piel estaban presentes entre ellos. Al lado de ciudadanos de Valencia y Caracas, vestidos como tales, iba el llanero con pantalones y saco de cuero; entre charreteras y galones aparecían ruanas y cobijas y junto a pistolas y espadas se veían lanzas y lazos. A ellos se agregaban aventureros foráneos: ingleses, holandeses, alemanes; hombres que antaño seguían al águila napoleónica, o que en su oportunidad habían luchado en España contra José Bonaparte. Además había médicos y comerciantes. Empero, la figura más extravagante de este círculo, que en ocasiones solemnes vestía uniforme escocés, era James Hamilton: soldado, especulador y diplomático en una misma persona. Para Aury no había nada que ganar en Angostura, especialmente en cuanto se refiriese a dinero. Codazzi hubo de darse cuenta de que la flota venezolana vivía únicamente de la fortuna personal de Brion, y en ese momento tan sólo de su crédito. En tales condiciones, y después de corta estadía, no quedaba más camino que la retirada sin éxito alguno. El bergantín Mercurio recibió, ante la isla Margarita, la orden de navegar sin tardanza hacia la costa de Mosquitos, ya que se supo que allí se había izado la bandera federal de Buenos Aires y Chile en un risco solitario, que Aury quería convertir, según lo expresó, en un Gibraltar de los mares de las Indias Occidentales.

Frente a esta parte del istmo se encuentra un rosario de arrecifes, bancos e islas, que se extienden hasta el otro lado, ante Jamaica; pero únicamente dos de estos puntos eran habitables. Sus moradores - cerca de trescientas personas, descendientes de bucaneros, que conservaban el idioma inglés, no obstante que su ámbito pertenecía ya desde 1789 oficialmente al imperio español - llamaron a estas islas Saint Andrew y Old Providence. Saint Andrew era totalmente un caos, ya que hacía alrededor de tres años Michel, corsario francés, había destruido a sangre y fuego todo lo que fuese destructible. En la montañosa Old Providence - en español, San Luis de Providencia -, cuyo peñasco más alto se parece a una cabeza humana y lleva el nombre de Henry Morgan, en memoria del famoso corsario, estableció Aury su cuartel general. Ante la punta septentrional de esta isla, separado por un estrecho de mar, se levanta el islote de Santa Catalina, en cuyo costado meridional se edificó el fuerte Aury.

Poco después de haberse iniciado esta burda fortificación, el 8 de agosto de 1818, día de su regreso, el teniente Codazzi fue ascendido a capitán, a pesar de presentarse con las manos vacías.

La escasez de dinero se tornó más grave aún, ya que obligó a Aury a prescindir de dar un paso grande y decisivo que había planeado de tiempo atrás, y que también hubiera gustado mucho al ambicioso Codazzi. Inclusive, el 18 de julio, escribía Aury a su amigo el revolucionario* chileno Madariaga, que se hallaba viviendo en Kingston, cuán poco faltaba para tomarse por sorpresa las fortalezas españolas de Portobelo y Chagres, para desde allí conquistar a Panamá, residencia del mariscal español Alejandro Hore. No cabía duda, en aquel entonces, de que el istmo, territorio indispensable para la comunicación entre los dos océanos y para el poder colonial de España, se podía ocupar sin mayores esfuerzos, si se contaba con los medios necesarios para costear una acción de envergadura en un país tan exprimido.

Empero, tales medios faltaban a Aury. La pobre isla de Old Providence, con sus cocoteros y sus arbustos de algodón, no podía, ni siquiera deficientemente, alimentar el cuerpo de marineros, que ahora componían cerca de ochocientos hombres. Ya no había oportunidad de apresar barcos mercantes, y las tierras costaneras adyacentes no eran más que una espesa selva, cuyos escasos sitios habitados apenas tenían lo suficiente para subsistir miserablemente. En vista de esta situación, pensó Aury en buscar aquellos puntos dispersos que servían a los españoles como estaciones militares de reaprovisionamiento. Fue así como se iniciaron incursiones sistemáticas contra todas las poblaciones que se hallasen bajo la bandera del enemigo mortal, y cuya conquista prometiera alguna posibilidad de botín. Precisamente ahora, cuando el mencionado Gregor Mac Gregor había tenido que devolver a los españoles el recién conquistado Portobelo y cuando estaba buscando para los restos de su expedición marítima un lastimoso refugio en la isla de San Andrés, zarpó desde Providencia la Vieja una de las más atrevidas expediciones de piratería contra el fuerte de San Felipe, en la entrada del golfo Dulce, perteneciente a la capitanía general de Guatemala. Durante el ataque, Codazzi mandó con destreza y éxito la artillería, de manera que apenas regresado, ya el 3 de agosto de 1819, recibió la patente de mayor.

Pocos días después se definió de manera imprevista el destino del dominio español en el norte de la América del Sur; y esto sucedió lejos de la costa, en lo más profundo de la tierra firme, allá arriba en las cordilleras. Aquel pobre y miserable poblado de Angostura, donde se reunió el 15 de febrero de 1819 un congreso constituido por las provincias de Barcelona, Barinas, Caracas, Casanare, Cumaná, Guayana y Margarita para crear oficialmente una nueva entidad estatal, adquirió una importancia que jamás se había sospechado. En concordancia con los jefes de los diferentes grupos de patriotas que aún estaban en armas, Bolívar se atrevió, confiando en los conocimientos del terreno y en la perseverancia de sus seguidores, a avanzar sobre la Nueva Granada. Después de la llegada de buen número de mercenarios ingleses y alemanes, cruzó el páramo de Pisba por el paso de Morcote, en la cordillera oriental neogranadina, y en el río Teatinos, en Boyacá, venció a los sorprendidos españoles tan impetuosa y decisivamente, que Juan Sámano (3), quien desde hacía poco ocupaba la silla de los virreyes en Bogotá, huyó precipitadamente hacia la costa, dejando casi desguarnecido de las armas españolas el interior del país. Ahora los venezolanos habían logrado una grandiosa victoria militar y moral, y con inteligencia y energía empezaron, hasta donde sus tropas y pertrechos lo permitieron, a aprovecharse, después de tan larga prueba y de tan duros golpes, del éxito doblemente importante. El 10 de agosto de 1819, Bolívar, el Libertador de 1813, el siempre reconocido capitán general de la Nueva Granada, entró triunfalmente en Bogotá como vencedor del hereditario enemigo mortal.

El 4 de septiembre, como presidente de Venezuela, designó un vicepresidente para el país neogranadino, estableció provisionalmente autoridades centrales y provinciales, poderes militares y civiles, y dispuso una serie de medidas organizativas para el norte de Suramérica - tanto para los territorios liberados como para los que aún debían liberarse - y que en adelante llevaría el eufónico nombre de Colombia (4).

Las nuevas de un cambio de tal magnitud en el destino, de tan importantes resultados bélicos y de la pronta creación de una nueva y grande república americana llegaron casi tan rápidamente a las costas de los mares de las Indias Occidentales como en su retirada iban a concentrarse en Cartagena y Santa Marta los remanentes de las tropas realistas.

Las primeras noticias alcanzaron a algunos de los barcos de Aury que realizaban una travesía en el golfo del Darién. Inmediatamente, en Providencia la Vieja nacieron nuevos planes, ya que allí se esperaba el ataque inminente a aquellas dos ciudades costaneras que dominaban el río Magdalena, y al parecer había que apoyar desde el mar a las tropas terrestres. Por consiguiente, una nueva estrella parecía brillar para el ambicioso Aury. Él quería, y disponía de lo necesario para hacerlo, que sus barcos llevaran la bandera de la naciente república, y resolvió, apenas le llegaron las primeras noticias, enviar a la antigua residencia virreinal un representante suyo, para que solicitara y negociara la incorporación de su flota en las fuerzas militares de Bolívar.

Empero, en poder de los españoles se hallaba todavía casi toda la costa poblada de Suramérica, y desde el lado del océano Atlántico sólo se podía llegar al altiplano de Cundinamarca por el inhospitalario río Atrato, escasamente poblado en sus orillas cubiertas de lóbrega selva, y que en sus cauces desplayados ofrecía no pocos peligros. Entre los hombres de Aury no había ninguno dispuesto a ir en misión a Bogotá, hasta cuando el mayor Codazzi, basándose en su pasada experiencia de navegación por el Orinoco, se resolvió a realizar la hazaña. Uno de los barcos de guerra de Aury lo llevó, a principios de octubre de 1819, al golfo del Darién y, río Atrato arriba, hasta la desembocadura del río Murrí, donde existía un sólido fuerte, pertrechado con algunos cañones para impedir que los españoles penetraran en el interior del país. Aquí se le entregó a Codazzi una embarcación aborigen, la cual cargó con chucherías, destinadas al trueque, amén de diversos cachivaches para vender de contrabando, especialmente utensilios o herramientas de hierro y armas. Unos semisalvajes le servían como bogas, los cuales, a lo largo de la orilla del río y con la ayuda de largas pértigas empujaban la canoa contra la fuerte corriente. Codazzi inició este incierto viaje con un solo compañero. Después de las mayores privaciones y dificultades, la navegación río arriba terminó en Quibdó, el antiguo Citará, el abandonado poblado principal de la provincia del Chocó, la mayoría de cuyos pobrísimos ranchos, por el peligro de las inundaciones, estaban construidos sobre altas estacas. Resultó imposible obtener allí información exacta sobre los planes de Bolívar, especialmente en lo referente a los preparativos para completar la liberación del país. Ciertamente, el camino a Bogotá se hallaba expedito, ya que las provincias de Antioquia y Mariquita estaban completamente aseguradas. Sin embargo, en la provincia del Chocó faltaban los medios para poder continuar el viaje, ya que el enemigo, en su retirada, se había llevado hasta el último caballo, la última mula y la última cabeza de ganado.

Codazzi tuvo que separarse allí de su compañero de viaje, enfermo de fiebres, quien se quedó en un rancho del valle del río Atrato, y continuar su viaje a pie. Con grandes dificultades llegó a la amable ciudad de Cartago, situada a orillas del río Cauca, donde un joven le proporcionó algunas mulas. Era Tomás Cipriano de Mosquera (5), de unos veinte años de edad, hijo de un rico hacendado de Popayán, ciudad que otra vez se encontraba en manos españolas. Había luchado hacía algunos años en las filas de los patriotas y experimentado el cautiverio de los peninsulares. Poco antes de los recientes acontecimientos, regresó, con permiso de las autoridades españolas, a su ciudad natal, al lado de su anciano padre, pero se le vigilaba severamente. Mosquera, que no se atrevía a actuar nuevamente, vio en la oportunidad de ayudar a aquel oficial extranjero una redoblada satisfacción de sus sentimientos patrióticos. Así mismo, le suministró algunas informaciones acerca del desenvolvimiento de la lucha. De esta manera, desde Cartago viajó más rápido y mejor. En el paso del Quindío y, más adelante, en el camino a La Mesa, apreció el forastero, por primera vez, el fuerte prodigio del mundo de las montañas tropicales. Lo disfrutó con emotivo interés, aunque sin mayor comprensión, hasta que por fin llegó a Bogotá, donde se suponía se hallaba la sede del gobierno de Bolívar. Allí poco o nada se observaba de guerra ni de elementos bélicos, sino que reinaba un vivo movimiento, casi febril, de los espíritus. Bolívar ya había abandonado la ciudad, el 21 de septiembre, y Francisco de Paula Santander (6), compañero de Bolívar en el cruce de los Andes, representaba en cierta medida, como vicepresidente de la Nueva Granada, al recién formado gobierno. Con Santander, Codazzi no tuvo suerte alguna, cuando le presentó su propuesta, al igual que un año antes con el propio Bolívar. Nada consiguió, excepto vagas promesas. Acerca de una flota, poco o nada se había pensado allá arriba en las montañas, y en lo referente a colocar los barcos de Aury bajo la bandera de la nueva república no se había tomado hasta la fecha ninguna decisión. El que se atacaran o no con prontitud las firmes posiciones de los españoles en la costa, dependía totalmente de las operaciones bélicas que iban a llevarse a efecto en el interior del país. La dirección de la lucha descansaba única y exclusivamente en manos de Bolívar. Además, todo era muy reciente e incompleto, especialmente en lo atinente a materias financieras. En Bogotá, ni el secretario del tesoro, Ignacio Márquez; ni el administrador de rentas, Luis Eduardo Azuero; ni el director de moneda, José Miguel Pey, pudieron hacer algo en favor de los barcos de Aury. Proyectos de esta índole, bajo las circunstancias reinantes, se veían distantes como nunca.

Así que Bogotá resultaba poco agradable para Codazzi. Además, le tocó ser testigo de una situación terriblemente agitada, que dejó traslucir el fermento de toda clase de sentimientos, ya que la ciudad se estremeció y conmovió, cuando el 11 de octubre fueron pasados por las armas, en la plaza principal, treinta y cuatro oficiales enemigos, tomados prisioneros en la gloriosa batalla de Boyacá, españoles unos, criollos otros, y cinco europeos no hispanos. Entre los ajusticiados se contaba el coronel español José María Barreiro. Aun para el corsario, esta medida resultaba "terrible más allá de todos los conceptos".

Bajo la impresión de la miseria dejada por la guerra, al igual que a cualquier forastero, Bogotá, carente de todos los recursos, le pareció no solamente desagradable, sino francamente fatídica. Con el corazón lleno de tristeza inició Codazzi, a fines de octubre, su viaje de regreso. En Quibdó ya no encontró entre los vivos a su compañero. De los utensilios de viaje, sólo halló la canoa primitiva, pero el alcalde del lugar le entregó seis botellas de oro en polvo, que adquiriera su compañero de viaje en trueque por las mercancías traídas, legado éste nada despreciable.

Así como el regreso de Bogotá fue mucho más rápido, gracias a buenas bestias de silla y carga, también lo fue, en contra de lo esperado, el viaje río abajo. Después de vencer unos cuantos obstáculos, llegó Codazzi a la desembocadura del Atrato, donde se quedó en la aldea de Turbo en espera de uno de los barcos de Aury, expuesto al peligro de ser capturado por los navíos de guerra españoles que zarpaban del puerto de Cartagena.

Santa Catalina y Providencia

 

Tal como se presentaba la situación, tampoco ahora se pudo hacer nada desde Providencia la Vieja favorable a la guerra. Sin embargo, un poco más tarde Aury se enteró de que la República de Colombia había adoptado temporalmente, en su ley fundamental del 19 de diciembre de 1819, los colores amarillo, azul y rojo del hasta entonces tricolor venezolano, como su propio pabellón, y resolvió viajar en persona a Bogotá para lograr la aceptación de sus barcos bajo esta bandera. Allí encontró,a mediados de marzo de 1820, al presidente Bolívar, quien lo trató como a un aventurero, en consideración de los acontecimientos de 1816, y de haberse después enemistado con el altamente apreciado almirante Brion. Así que Aury fue despachado de Bogotá con la orden de abandonar sin tardanza aquellas islas pertenecientes a Colombia, en las cuales no se iba a permitir ninguna clase de piratería, fuese cual fuese la bandera que la protegiera.

Durante la ausencia de Aury, su escuadra invadió nuevamente la costa de Guatemala y también la de Honduras, en busca de alimentos. Codazzi se destacó en los ataques al fuerte marino de Trujillo, al de San Felipe, como ya se dijo, y a la ciudadela de San Fernando, del temido Omoa. Por sus acciones valerosas fue ascendido, el 3 de noviembre de 1820, a teniente coronel de artillería, y como lo expresó por escrito Philippe Lacroix, secretario de Aury, "en reconocimiento de sus grandes y buenos servicios y su fiel dedicación a la causa de la independencia de la América del Sur".

Una vez más parecía presentarse una tarea para la flota corsaria. El 1° de junio de 1820 se inició el sitio de Cartagena, que ya había abandonado el virrey Sámano. Lo dirigía por tierra firme Mariano Montilla, y en el mar el almirante Brion. Sin embargo, se interpusieron las negociaciones sobre un armisticio con Morillo, que ahora se llamaba Conde de Cartagena. En esta oportunidad viajó Brion a Bogotá. Codazzi lo hubiera acompañado con todo gusto. Allá el almirante, que había gastado toda su fortuna, tuvo que pedir un auxilio pecuniario, pero solamente cosechó saludos honoríficos y festejos. Después de regresar a la costa, se retiró primero a Maracaibo y posteriormente a Curazao, donde murió el 20 de septiembre de 1821, abandonado y pobre, a la edad de 39 años. Resultaba claro, entonces, que sus esfuerzos sin descanso por lograr un poderío marítimo colombiano semejante al de Estados Unidos, y que Codazzi viera con entusiasmo, habían sido totalmente infructuosos y no cabía pensar más en ello. El 10 de octubre de 1821 se izó la bandera colombiana en Cartagena, sin que Aury hubiera participado en la conquista de la ciudad.

Este inquebrantable corsario pensó ahora en otro camino para que sus largos años de lucha dieran un fruto perdurable. Fue así como de pronto ocupó la desembocadura del río San Juan, importante punto en la costa de Mosquitos, del cual los ingleses, alentados por el vicealmirante Lawrence Halstead, comandante de Jamaica, buscaban apoderarse. Pero tampoco aquí el jefe de Codazzi tuvo suerte; esta toma de posesión se consideró violatoria de los derechos de Colombia, y el representante de este país en Chile y Buenos Aires, Joaquín Mosquera, recibió la orden de protestar enérgicamente contra ella. Más tarde se expidieron en Bogotá unos decretos unilaterales, que reclamaban la costa de Mosquitos como parte de Colombia, no obstante que comúnmente se la consideraba como perteneciente a la nueva República de Costa Rica.

Fue entonces cuando murió repentinamente Aury, como consecuencia de una caída. A su sucesor, Nicolás Joly, se le recibió como coronel en las fuerzas armadas colombianas, con la promesa de que también los demás oficiales de Aury serían reconocidos a su debido tiempo y en su rango respectivo. Esta disposición no cobijó a Codazzi. Al igual que tantos de sus paisanos, sintió profunda nostalgia por Italia y abandonó la navegación marítima, cuando parecía asegurada la independencia de Colombia y Bolívar se alistaba a librar, paso a paso, del dominio español también a los países del Pacífico. Cansado, durante una estadía en la isla de Santo Tomás, solicitó su retiro. Esta isla, hacía algunos años de nuevo en poder de Dinamarca, se había convertido, durante las complicaciones de la guerra, en importante emporio comercial. Allí cambió por añil su bien guardado oro del Atrato, y se convirtió nuevamente, como seis años atrás, en comerciante viajero, aunque sólo por breve tiempo. Llevó su valiosa mercancía al lugar donde había empezado su carrera en América. Después realizó un segundo viaje de negocios entre Baltimore y Santo Tomás, y finalmente regresó, con una fortuna de cerca de cuarenta mil pesos, a su bella patria, que le pareció tan extraña por haber cambiado la situación política, dentro de la cual reinaba el espíritu de la reacción, así como por la muerte de su padre. Poco antes de él también había vuelto a Italia su compañero de fortuna, Constante Ferrari, que ahora se preocupó por Codazzi lo mejor que pudo. Un antiguo condiscípulo, Luigi Crisostomo Ferrucci, se mostró muy amable. En fin, toda la gente en Lugo y sus alrededores se alegraba de acoger a tan viajado conciudadano, el cual, a su vez, reanudaba los viejos lazos de amistad. Buscó, por ejemplo, a su antiguo protector Armandi, quien, después de variadas vicisitudes, se encontraba en Roma, procedente de Augsburgo, donde, en casa de la reina de Holanda, dirigía la formación escolar de Luis Napoleón Bonaparte. Le alegraba cualquier viento fresco que aireaba la atmósfera pesada y deprimente de la Ciudad Eterna. "Como no me fuera propicia en el viejo mundo - escribió una vez Codazzi -, probé suerte en el nuevo. Si allí ella me fue favorable, no se lo debo a mis talentos. Usted, mi coronel, que siempre ha luchado con un destino ingrato, lo ha vencido, y una victoria tal sobre fuerzas superiores significa mucho. Aunque no quepa esperar el día de nuestro reencuentro, mi camarada Ferrari y yo compartimos tal deseo, como también le envía saludos Ferrucci. Todavía no sé si me establezca aquí en Lugo, pero de todos modos me quedo en nuestra Romaña".

Poco después, en marzo de 1823, compró Codazzi, en asocio con Ferrari, una finca en Serrallo, bonito lugar situado entre Massalombarda y Conselice, y creó allí un ambiente hogareño tan cómodo como le fue posible. La vida pasada caería totalmente en el olvido.

 

* Schumacher utiliza la palabra agitador, que nosotros reemplazamos por revolucionario. (Nota del traductor).

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