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Agustín Codazzi
EL CODAZZI DE SCHUMACHER


Los libros de Hermann A. Schumacher sobre Mutis, Caldas y Codazzi forman el más afortunado comienzo en las relaciones diplomáticas entre Alemania y Colombia. Cuando Schumacher llegó a Bogotá en 1872 era el primer diplomático del imperio y traía como fondo de su misión el recuerdo de Humboldt. Para los alemanes, el sabio naturalista había sido el segundo Colón. A la noción un tanto vaga y fabulosa que se tenía de una América distante y cerrada, sucedió la América redescubierta que apasionaba a los naturalistas. En buena parte la fundación de jardines botánicos en muchas de las capitales de Europa nace de este despertar de las ciencias naturales en el Nuevo Mundo. Los que ya existían, tomaron una nueva dimensión presentando ejemplares americanos que de los jardines del Estado pasaban a los de las villas particulares. El Humboldt naturalista no sólo había impresionado a los alemanes sino, a través de los salones de París, a curiosos de todas las naciones. Sus libros fueron la primera avanzada en el Siglo de las Luces que rectificaba una literatura disolvente y negativa como la de Pauw, quien aún a través de la Enciclopedia creó la mala imagen de un Nuevo Mundo en que degeneraban los hombres y los animales bajo la influencia de climas deletéreos. Humboldt, por el contrario, mostró el fondo de riquezas que estaba destinado a hacer de América uno de los proveedores de la edad moderna, pero lo que maravillaba a quienes lo oían o leían era la revelación de una generación hispanoamericana que serviría para independizarla, como ya lo habían hecho en el norte los sajones de las colonias inglesas. Sus promotores no sólo buscaban otra vida política sino universitaria. El encuentro de Humboldt con Mutis y Caldas en Santafé tuvo el impacto de un inesperado descubrimiento, y lo que vino a encontrar en Bogotá el primer enviado diplomático del imperio alemán fue la huella que habían dejado Mutis y Caldas y el retomar de sus estudios por la comisión corográfica presidida por Codazzi. A tal extremo llegó su entusiasmo que escribió los tres libros que, vertidos al castellano, ha estado publicando Ecopetrol, para suerte de los lectores colombianos. Es sorprendente la demora en difundir esta literatura, básica para la historia de la cultura en Colombia.
Una de las singularidades de nuestra independencia fue la de sus comienzos universitarios. Mutis vino a ser, siendo español, precursor de tan radical movimiento. Sacando a los estudiantes del claustro santafereño para iniciarlos en el estudio de las riquezas de Nueva Granada, creó un sentimiento de fe en el país, de aproximación de los estudiantes y estudiosos a los campesinos indios, negros y mestizos que conocían, mejor que los maestros del Rosario, las virtudes de las plantas, los animales del monte y las mismas riquezas minerales. Del nuevo diálogo entre los universitarios desenclaustrados y la población rural y analfabeta surgió la verdadera ciencia colombiana. Este sesgo inesperado de los estudios llevó a la afirmación nacional de una Nueva Granada desprendida de España. Por ahí la historia misma de la guerra de independencia tiene en sus comienzos un principio de sabiduría. No fue el nuestro un alzamiento militar, sino revuelta de estudiantes que se hicieron soldados sólo para el inevitable enfrentamiento en los campos de batalla. Con una consecuencia natural como la misma ciencia: el sacrificio de esa generación que tomó las armas sin conocerlas, dio más muertos en la primera etapa del conflicto que generales vencedores. Sobre todo, hasta el día en que la reconquista de Morillo fue contenida, morían en los cadalsos los insurgentes más que en las batallas. Esa sangre fue el fertilizante de la república, y los suplicios de un Caldas o un Camilo Torres entran a formar el primer capítulo de la república naciente.
¿Hasta dónde vieron esta proyección de la vida universitaria los naturalistas precursores? Leyendo hoy las primeras lecciones de Mutis se encuentran semillas tan profundamente revolucionarias, que bastarían para señalar el destino heroico de los nuevos sabios. Cada paso que daban hacia la liberación de la inteligencia era definitivo e irreversible. Un vencimiento como ante los inquisidores que no aceptaban las razones en que se apoyaba la universidad para estudiar a Copérnico, tenía consecuencias imprevisibles, y los neogranadinos lo entendieron como el principio de su emancipación final. El paso de Mutis a Codazzi, del hijo de Cádiz al hijo italiano de Lugo de Ravena, describe todo el proceso en que funda Colombia universitariamente la razón de su existencia autónoma y libre. Esto es lo que sale de los libros de Schumacher, el diplomático alemán que de esta suerte viene a presentar tres textos básicos para el estudio de la historia de Colombia.
El destino de Codazzi es un poco a la inversa del de Mutis. Codazzi no llega a América como naturalista sino como soldado. Se había formado artillero en tiempos de Napoleón, y su experiencia había sido la de un ingeniero de artillería de esos que al terminar las guerras promovidas por el corso afrancesado dejó a los militares ociosos y mal educados. Se habían formado para pelear, y las peleas pasaban a un segundo plano en la vida europea. Lo que Codazzi el joven tenía a la vista era una lucha en el otro hemisferio, iniciada por los hijos de las colonias inglesas, que ahora encontraban su proliferación en los de las colonias hispánicas. Su primer intento fue incorporarse a estas guerras por la liberación, palabra esta que había tomado un nuevo sentido al caer el imperio napoleónico. Y se encaminó a Baltimore, como un aventurero en formación que podría llegar a corsario al servicio de los libertadores.
Eran aquellos tiempos en que, sobre todo en Nueva Orleáns, se formaban los marinos de la emancipación. No hay que olvidar la frase de Lafitte: yo no soy un pirata; yo soy un corsario y mi bandera es la de Cartagena. Más exactamente: la de Simón Bolívar. Su imperio de corsario estaba montado en la isla de Barataria, y su destino era asaltar las naves españolas que surcaban el Caribe llevando las tropas de Morillo. A Baltimore llegó el corsario Francois Villaret, con el ánimo de reclutar gentes que apoyaran los planes de Bolívar, de recuperar lo mucho que se había perdido. Ya Cartagena, como Santafé de Bogotá, había sucumbido ante la gigantesca ofensiva de Morillo, y Bolívar, fugitivo, había llegado a los Cayos de Haití.
Con la ayuda de Pétion llegó a Angostura en el Orinoco, para empeñarse en la expedición que de allí saldría a la reconquista de la república neogranadina.
Cuando Villaret llegó a Baltimore, los primeros en alistarse a las órdenes del corsario fueron dos italianos: Codazzi y Constante Ferrari. El primer barco en que fueron recibidos fue el América Libre. Hasta ese momento, lo que ellos buscaban era el ingreso a las tropas de la emancipación. Impulso que movía a muchos románticos aventureros europeos, y que hay que hermanar con la ilusión que tuvo lord Byron, de viajar a América para incorporarse en las tropas del Libertador. Navegando por los mares de Italia, llegó a Livorno en su nave, la "Simón Bolívar"... Sólo el ir a pelear por la independencia de Grecia le cambió el rumbo. A Angostura llegó un grupo de aventureros británicos que formó la llamada por Bolívar "Legión Británica" ... No pocos italianos, alemanes, franceses tuvieron planes parecidos... como ya en la independencia del norte hubo batallones de franceses e italianos, polacos y alemanes...
Este primer viaje de Codazzi a América, visto como lo registra Schumacher en su libro, da una visión de la guerra de independencia colombiana poco recogida en los libros de historia: la de los corsarios de diversas nacionalidades que querían pelear a la sombra de la bandera republicana. Se agrupaban en pequeñas islas de Estados Unidos en el golfo de México y desde allí formulaban al Libertador sus planes de participación. De ahí surgió el viaje a Angostura del Orinoco que permitió a Codazzi el primer acercamiento al Libertador. Dentro del marco de pobreza elemental de esa punta del Llano, publicar un periódico que llevara a Europa la voz de América, promover un congreso que tuviera el alcance de una constituyente y planear la invasión para la reconquista de la Nueva Granada a la libertad, eran cosas desmesuradas que dieron a Codazzi la medida exacta de una traducción al lenguaje más criollo de las empresas napoleónicas.
Hechos los contactos personales que debían definir su destino, Codazzi, ya corsario colombiano, regresa al Caribe como campamento general de los corsarios. El Libertador deja Angostura para acaudillar la campaña que debería llevarlo a la victoria de Boyacá. Codazzi ha ido viendo en las islas y en las costas de Venezuela y Nueva Granada aspectos de la naturaleza americana que cada vez lo acercan más a lo que vendría a ser la razón de su vida científica. La iniciación geográfica que recibió en la escuela militar italiana de su juventud va complementándose sobre el terreno, reconociendo la costa de Maracaibo y los puntos más notables del litoral neogranadino. Eran prácticas universitarias al lado de las tareas militares y de la política general de la independencia. Entonces se entera del triunfo de Boyacá y de cómo va tomando forma la república proclamada en Cúcuta, y decide ir a Bogotá. Cuando llega, el Libertador ha salido a desarrollar el vasto plan de su guerra que terminará en Perú. De sus contactos con Santander no saca un destino permanente y positivo. Regresa al Caribe, haciendo de paso negocios que recuerdan los de los primeros descubridores, y le dejan una riqueza. Trocando con los indios chucherías, llena unas botellas de oro en polvo, con lo cual queda bien pagada su venida a América. Regresa a su tierra, compra una propiedad rural y todo parece indicar que pasará el resto de su vida gozando de la fortuna traída en cinco o seis botellas.
El segundo viaje de Codazzi ya no fue para ayudar a la guerra de independencia sino a la república. Se había ganado en Ayacucho la victoria final. Colombia empezaba a ser reconocida por las grandes potencias, tenía una constitución como cualquier estado soberano y la posibilidad de una reconquista española parecía cada vez más lejana. La empresa agrícola italiana no prosperaba y regresó al Nuevo Mundo para participar en algo positivo: la creación de un nuevo estado. Cuando llegó a Bogotá las cosas no parecían tan excelentes. Bolívar había asumido la dictadura que le desencantó, y Venezuela se alzaba contra el poder constituido en Bogotá desde el año 21. Encontró ocupación en Venezuela. Páez lo distinguió y le asignó el cuidado de la plaza de Maracaibo. La posibilidad de un ataque español fue haciéndose cada vez más remota y poco a poco, reconociendo la costa, fue saliendo lo que acabó por ser su primer triunfo académico : el Atlas de Venezuela. Codazzi pasó de ir fijando en el mapa puertos, ensenadas, el golfo y lago de Maracaibo, a cubrir toda la costa hasta el delta del Orinoco, y luego a recorrer todo el interior. Cuando los mapas quedaron terminados, quedó autorizado para llevarlos a París y proyectar la publicación del gran libro que hasta hoy es la base de la geografía venezolana, y los mapas históricos que la complementan. Humboldt seguía siendo el hombre del redescubrimiento de América, y se trabaron relaciones de amistad entre el italiano y el alemán. El artillero de Lugo entró a ser recibido con honores en las sociedades científicas de Francia. Entre las relaciones que hizo en París está la de don Joaquín Acosta, el geógrafo e historiador colombiano. De esa amistad arranca su regreso a Bogotá, donde al fin encontraría el reconocimiento que habría de llevarlo a ser el creador de la Comisión Corográfica, etapa final de sus trabajos en América.
La obra de Codazzi en Venezuela quedó representada por el Atlas geográfico e histórico, y por su proyecto de asentamiento de inmigrantes, concretado en la llevada de los alemanes de la Colonia Tovar, que sobreviven en el departamento del Cuy. Con esas experiencias, Codazzi se incorpora a la vida científica colombiana con un antecedente ilustre: la Expedición Botánica, en que surgieron los primeros sabios de Colombia reconocidos universalmente y sacrificados en buen número en los cadalsos por Morillo ... Ahora, Codazzi es el origen de la Comisión Corográfica y viaja para hacer el reconocimiento del territorio, que va a quedar en los mapas de otro Atlas, como el de Venezuela. Sale a recorrer el país acompañado de un grupo de estudiosos, entre los cuales sobresale don Manuel Ancízar, que entonces escribe Peregrinación de Alpha, clásica en la literatura colombiana.
Schumacher hace un espléndido resumen de lo que fue la Comisión Corográfica. Lo estimula el recuerdo de Humboldt, por quien encuentra en Bogotá una admiración y gratitud que lo conmueven. Humboldt, entre sus múltiples méritos en la formación de la cultura americana, aparece aquí como el hilo conductor que liga los nombres de Mutis y Caldas al de Codazzi. De los dos primeros fue el descubridor para los europeos, y en el caso de Codazzi, el sabio animador que de veras le ayudó para hacer de los Atlas esas ediciones espléndidas que por primera vez van a mostrar en planchas de colores las imágenes de las repúblicas nacidas como una sinfonía al golpe mágico de la batuta de acero que animó la mano de aquel Simón Bolívar, a quien Humboldt estimuló para ser el Libertador, primero en París, y luego yendo a Roma hasta el cráter de Vesubio. El diplomático alemán se encontraba en Bogotá ante los momentos claves que unían la vida académica de su patria y la de la Bogotá que tuvo en él uno de los mejores amigos.
Es emocionante hacer con Schumacher el recorrido de Codazzi y sus compañeros desde el día en que salen de Bogotá, que se recibe en las páginas de Ancízar, hasta la hora de la muerte que sorprende a Codazzi en cierto remoto lugar del norte colombiano que hoy forma parte del departamento del Cesar, donde una pequeña ciudad lleva su nombre. Pero claro que el gran homenaje a la memoria del más grande entre los cartógrafos que inician la república está en el Instituto Geográfico Agustín Codazzi, orgullo de la ciencia colombiana. Codazzi, palpando palmo a palmo la tierra colombiana, como muy pocos de los aquí nacidos lo hayan hecho, recogió desde las huellas de las más viejas culturas hasta los horizontes más ambiciosos de lo que pudo ser y no ha sido el estado que perdió la oportunidad de Panamá. Después de Caldas, Codazzi fue el explorador de San Agustín, el que se detuvo ante el misterio de esa montaña sagrada de los cientos de monolitos que siguen siendo uno de los enigmas que cobran mayor significado ahora que nos acercamos a los quinientos años del descubrimiento.
Lo de Panamá, con sus antecedentes en los estudios de Pedro Fermín de Vargas, muestra cómo la preocupación en tiempos de Codazzi era profunda. Se anteveían en aquel tiempo las riquezas del petróleo y las maderas. Cuanto surgía entonces de un balance tan exacto como el del artillero de Lugo convertido en director de la Comisión Corográfica de Colombia, era un estado de grandeza excepcional. La publicación de Ecopetrol es la justa reivindicación de una de las obras más valiosas para la nación colombiana.

GERMÁN ARCINIEGAS

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