|
V
LAS SUBREGIONES CHOCOANAS
EN EL CHOCO se pueden
distinguir unidades sociogeográficas diferenciadas; algunos ensayos de subregionalización
(1)
, distinguen cuatro unidades físico-territoriales
(CIDER-SIP, 1991: 120-122; ver Mapa N° 4) que pueden resumirse así:
Hacia el noreste,
en la cuenca baja del Atrato, la subregión de Urabá; está influida por la colonización
antioqueño-cordobesa y se vincula con la Costa Pacífica por lazos naturales y sociales.
Comprende los municipios de Acandí, Unguía y Riosucio.
Hacia el
centroeste, la cuenca alta del Atrato se puede denominar subregión central; las
actividades económicas más dinámicas se concentran en Quibdó y se ha generado un
corredor con los municipios de la vertiente occidental de la cordillera andina. Sus
municipios son Quibdó, Bojayá, Lloró, Bagadó y El Carmen de Atrato.
En el sur, la
cuenca del río San Juan o subregión del San Juan, ligada a la cuenca marina del
Pacífico, hacia donde drena este río; su población ha estado más dedicada a la
explotación del oro. Comprende los municipios de Istmina, Tadó, Condoto, Nóvita, Sipí
y San José del Palmar.
En el litoral
Pacífico, la subregión del Pacífico está separada del resto por la serranía del
Baudó; con menor poblamiento, está más vinculada a la dinámica general de la costa
occidental de Colombia. Pertenecen a ella los municipios de Juradó, Bahía Solano,
Nuquí, Alto Baudó y Bajo Baudó.
Entre las cuatro
subregiones identificadas existe una débil integración económica y
político-administrativa. Las comunicaciones entre ellas son precarias y lentas. Pero si
bien cada una presenta formas culturales propias, comparten numerosos rasgos que se pueden
identificar como típicos de adaptaciones socio-culturales de la región en su conjunto.
En los gráficos 1 y 2 se
observa el área ocupada por cada subregión dentro del territorio departamental y la
distribución de población en ellas, con base en el censo de 1985.
Subregión de
Urabá,
de economía tradicional a ganadera
La zona del Urabá
chocoano fue ocupada tradicionalmente por población cuna, parte de la cual hoy en día se
encuentra agrupada en resguardos, mientras la mayoría emigró hacia Panamá.
Al final del siglo
pasado, la explotación del caucho, de la tagua y la raicilla y la apertura de las minas
del río Tigre, atrajeron migrantes de la Costa Atlántica y del interior del Chocó. Una
vez pasado el auge extractivo, parte de esta población emigró de nuevo (ver Valencia y
Villa, 1991).
En los años 20, Félix
Meluk, próspero comerciante que había llegado al Chocó en la primera década del siglo
proveniente de Siria, estableció allí un ingenio azucarero y plantaciones de banano
(información recogida en Quibdó, 1992). Ambos ocuparon cientos de obreros en forma
permanente y se convirtieron en factores de atracción de colonos
(2)
, especialmente de trabajadores negros del
interior del Chocó.
Sin embargo, la población cuna fue la mayoritaria hasta la década de los cuarenta.
La gran depresión de la
década del año 29, trajo la quiebra de Félix Meluk y el posterior fracaso del ingenio,
que había llegado a tener ferrocarril propio. Sus inversiones en platino en la bolsa de
New York sufrieron una mengua considerable, y se unieron al estancamiento del comercio de
oro, dirigido también al exterior. El ingenio y su infraestructura, compleja para la
época, cayeron en el abandono.
Hacia 1960, la zona
recibió un nuevo auge colonizador centrado en las plantaciones de banano y en la
extracción maderera. La apertura de la vía Medellín-Turbo facilitó el proceso. Para
entonces la población indígena ya se encontraba disminuida y fue colocada como minoría
demográfica y socio-cultural. Valencia y Villa (cit.) mencionan que los cuna pasaron de
5.000 registrados en el censo de 1912, a 500 en los años ochenta, reducidos
principalmente a los resguardos de Unguía y Cutí. Un pequeña población emberá y
wanana se aprieta en el resguardo de Tanela. La información reciente del INCORA en
Quibdó registra una población indígena total en la zona de 387 habitantes.
Las plantaciones
bananeras se concentraron en la zona antioqueña de Urabá, mientras el área chocoana
quedó como retaguardia, poco a poco apropiada por extensos hatos ganaderos, propiedad
principalmente de antioqueños. La economía campesina de la población negra fue
paulatinamente desplazada por la ganadería, que hoy domina el paisaje de manera
abrumadora.
El ambiente geográfico
está ligado a las condiciones del Golfo y a la cuenca baja del río Atrato, en cuya
planicie de desborde se forma una amplia zona pantanosa, con varias ciénagas.
Hasta 1985 se encontraba
el municipio con el más alto índice de crecimiento poblacional, Riosucio (4.38% anual);
aún recibe la afluencia de población extradepartamental (Antioquia y Córdoba) atraídos
por la extracción de madera de pequeños y grandes empresarios y de colonos ganaderos.
La subregión de Urabá
tiene la mayor porción del territorio departamental, 28%, seguida de la subregión
central (26%). Pero en términos de población, la primera tenía en 1985 el 16%, mientras
la central albergaba el 41%. En 1985 un total de 38.386 personas habitaban los 13.410 km
del Urabá chocoano, mientras en 1993, ascendió a 48.003 habitantes, pero la proporción
continúa igual con respecto a la subregión central.
CUADRO N° 14
POBLACION SUBREGION DE URABA, 1993
|
Municipios
|
Total
|
Cabecera
|
Resto
|
Area mpal.
Km2
|
|
Acandí
|
9.555
|
4.446
|
5.109
|
1.858
|
|
Riosucio
|
27.666
|
4.554
|
23.112
|
10.373
|
|
Unguía
|
10.782
|
3.464
|
7.318
|
1.179
|
|
TOTAL
|
48.003
|
12.464
|
35.539
|
13.410
|
FUENTE: DANE, Censo de
1993.
Riosucio representaba en
1993 más de la mitad de la población de la subregión, pero al mismo tiempo ocupa más
de las tres cuartas partes de su área ( 10.000 km2 ).
Para 1985 se observó que
apenas el 47.4% de la población de la subregión de Urabá nació en el municipio y el
59.4%
en el departamento, lo cual hace evidente el origen extrarregional de la
mayoría de la población; no se puede establecer la procedencia precisa de estos flujos
migracionales con los datos disponibles. Pero se observa que Riosucio es el polo receptor
de población, mientras que Acandí es un expulsor neto con tasa de crecimiento negativa,
especialmente para el sexo femenino; Riosucio tiene aún tasas de crecimiento superiores a
las medias nacionales (CIDER, cit.: 131).
La actividad dominante en
la subregión es la explotación de madera de Riosucio y en menor medida, la producción
de ganado en Acandí y Unguía. Según los datos de la Caja Agraria, el área cultivada en
Riosucio es ya considerable. Si esta actividad se consolida, la expansión poblacional de
la subregión se tiende a frenar, como ya se observa en el pasado censo.
Es interesante anotar que
el CIDER
encontró en esta subregión la mayor y más estable proporción de
relación salarial dentro del departamento, mientras que la subregión del Pacífico
presenta el índice más bajo (CIDER,
cit.), reflejo del cambio en las relaciones
sociales que desplaza a los nativos indios y negros y sus modelos tradicionales. Incluso
la subregión del San Juan aparece con empleo más estable y consolidado que la Subregión
Central, pero ambas en una condición inferior a la de Urabá. En pocas palabras, allí se
encuentra el mayor motor de la expansión de las relaciones salariales, bien en torno a la
ganadería, bien a los aserríos. Los enclaves antiguos, El Carmen y San José del Palmar
no tienen ya, al parecer, la dinámica del Urabá chocoano.
No obstante lo anterior,
en términos de estabilidad laboral es la Subregión Central la que tiene casi el doble de
empleados ocupados más de nueve meses cada año, explicable por el predominio del sector
servicios en ésta, lo que seguramente está relacionado con un mayor nivel de ingresos
para la población ocupada.
En el Urabá chocoano la
ausencia de títulos de propiedad de la tierra contribuyó para que el nativo
paulatinamente se quedara sin ella; aquellos que permanecen, trabajan como obreros en las
fincas, como aserradores independientes, o como braceros en las empresas madereras y en
los entables mineros.
Pese a la dinámica
demográfica y ocupacional que muestran las estadísticas, el Urabá chocoano sobresale
por tener el índice departamental más alto de necesidades básicas insatisfechas, 87.1%.
Sobresale precisamente Riosucio, polo de desarrollo, con 97.5%
de NBI, que
lo colocan en el segundo lugar departamental, después de Sipí.
Según el DANE en esta
subregión apenas el 0.8% de las viviendas cuentan con los servicios de acueducto,
alcantarillado y energía. De hecho el 57.7% de las viviendas carece de todos los
servicios públicos; de las viviendas localizadas en la cabecera, apenas el 1.3% cuenta
con los servicios básicos. La mayoría de las viviendas no tiene ningún servicio
público, al tiempo que el 0.8% los tiene todos (DANE,
1985).
La dispersión de los
asentamientos, la concentración del recurso docente en las cabeceras municipales, la
falta de infraestructura física y la falta de programas de seguimiento y evaluación
marcan la problemática educativa. Los niveles de analfabetismo en población adulta y la
deserción escolar en niños son altos.
Si bien el deterioro de
ciertos ecosistemas es uno de los principales problemas debido al incumplimiento de las
normas mínimas de protección ambiental en los aserríos y por la deforestación que abre
el paso a la ganadería, los contenidos educativos sobre el aspecto ambiental son
superficiales.
Pero, sobre todo, los
responsables institucionales otorgan poca importancia a los procesos de daño ecológico
en la subregión, ocasionados por las compañías explotadoras de madera y la tala
cotidiana del pequeño aserrador.
La minería intensiva es
menos frecuente en la zona, pero cuenta con las nuevas tecnologías (draguetas,
motobombas) que ocasionan deterioro de ríos, quebradas y caños.
Ya se observan efectos
ambientales nocivos del turismo en áreas como Capurganá y Sapzurro. En las palabras de
indígenas de la región "en el pasado hubo abundante comida; mucha guagua, mucho
venao y tatabro, y las ciénagas y ríos tenían buen bocachico y buen pescado; hoy día
ya no se consigue de qué vivir
"
(3)
.
En el Urabá Chocoano
72.000 km2 pertenecen a los parques naturales de los Catíos y las Teresitas, que podrían
servir de base para proyectos de ecoturismo y etnoeducación con las comunidades locales.
El Urabá está más
relacionado en términos de flujos comerciales y de población con la Costa Atlántica y
el Urabá antioqueño, mientras está pobremente articulado con la Subregión Central.
Pero si bien el efecto de su dinámica sobre los mercados departamentales es débil, el
efecto ecológico, social y político sobre el conjunto departamental es amplio. El
proceso de colonización, con sus consecuencias sobre la población nativa, sobre los
sistemas naturales y sus recursos de fauna y flora, está acompañado de conflictos que se
extienden y se unen con los provocados alrededor de actividades ilícitas varias, que
erosionan al Chocó en su conjunto, donde las diferencias socio-raciales se resolvían por
medios no violentos.
El paisaje ganadero, que
implica potreros limpios, ha devorado ya miles de hectáreas del otrora temible
tapón del Darién. La punta colonizadora que avanza desde Córdoba se une con los
aserríos y las talas de las empresas madereras; el Urabá chocoano se asemeja cada vez
más a su vecino, con su carga de conflictos sociales y deterioro ambiental.
La Subregión Central,
epicentro departamental
En términos
históricos esta subregión ha sido el centro político, administrativo y comercial, papel
que cobró fuerza desde el fin de la era colonial.
La actividad comercial
que se generó en torno al abastecimiento de las minas del sur, y posteriormente en
relación con la explotación maderera, contribuyó a la consolidación de un núcleo de
poblamiento donde se organizaron las actividades político-administrativas más
importantes.
Las cuencas alta y media
del río Atrato le dan a esta subregión una configuración ambiental específica, en la
que se destaca una vastísima área de bosque intervenido por agricultura migratoria,
especialmente en la vega de los ríos.
Hacia el occidente
predomina la formación de bosques heterogéneos, sobre la estribación oriental de la
Serranía del Baudó (Cortés, Abdón, citado en: CIDER-SIP,
1991). El relieve de
esta zona varía desde el rango del ondulado hasta lo muy quebrado. Esto limita sus
posibilidades de aprovechamiento, aunado al clima y a la superficialidad y pobreza del
suelo.
El reordenamiento de la
población que se produjo una vez finalizó la minería basada en esclavos, implicó la
dispersión de la población negra y la ocupación de las riberas de las cuencas alta y
media del río Atrato, eje geográfico y social de la zona. Significó también conflictos
con los indígenas, si bien estos se habían visto obligados por la presión colonial a
remontarse a las cabeceras de los ríos y afluentes del Atrato como el Neguá, Munguidó,
Paimadó, Tanguí, Beté, Amé, Capá, Bebará, Buey, Buchadó, Domingodó, Chintadó,
Truandó, Salaquí, Tanela y afluentes del río Quito (ver Pardo, M., 1981: 81).
La población negra
desarrolló como patrón de asentamiento, las viviendas y caseríos ribereños dispersos,
de baja densidad demográfica, comunes también al resto del Chocó como se ha mencionado.
La producción se dirigió a la agricultura itinerante y la minería artesanal, ambas
articuladas entre sí en un ciclo de aprovechamiento anual. Los recursos de ríos,
ciénagas y de la selva vecina, sirvieron de soporte a la economía rural.
La rotación de pequeños
cultivos de plátano, maíz, caña de azúcar, distantes entre sí, trabajados con apoyo
de una densa red familiar y de lazos de compadrazgo, guarda marcadas similitudes con los
modelos emberá y wanana. Los diferencia, sin embargo, la composición del grupo de
parientes y la minería del oro que los indígenas no practican, mientras, dice Tomás
Torres, "la minería ha estado presente en toda la vida de mi pueblo"
(Torres, T., .1989: 30).
En los cascos urbanos,
sobre todo en Quibdó, se concentró la población blanca, siempre minoritaria. A Quibdó
llegaron a finales del siglo pasado refugiados de las guerras civiles, provenientes
especialmente de la Costa Atlántica. Los lazos político-administrativos con el Cauca
también atrajeron familias de ese origen.
En las primeras décadas
del siglo Quibdó recibió inmigrantes de procedencia siria y libanesa; la mayoría
llegaron directamente de sus países de origen, pero otros vinieron de la Costa
Atlántica. Con el auge del oro y el platino en los años 20, algunos como el ya
mencionado Félix Meluk, logran conformar poderosas empresas comerciales que importaban
bienes por mar desde Jamaica y Panamá, a través de una flotilla de buques que remontaban
el Atrato.
Participaron activamente
en el comercio internacional de oro y platino, con vínculos en New York y Londres.
Así, entre los años 20
y los 50 de este siglo, la región mantuvo vínculos comerciales más fuertes hacia el
exterior que con el interior del país. Con éste, los lazos principales eran de orden
administrativo y político y débiles en lo económico.
Las comunicaciones con el
interior eran en extremo precarias. La carretera Quibdó-Medellín, construida en los
años 30, es todavía hoy una vía precaria, casi una trocha.
Precisamente la
construcción de esa carretera atrajo inmigrantes principalmente de Antioquia, quienes se
asentaron en inmediaciones de la vía. No se generaron, sin embargo, corrientes
colonizadoras de envergadura, ni vínculos económicos importantes. El río Atrato
continuó siendo la arteria de comunicaciones orientadas hacia la Costa Atlántica. La
importancia del Atrato sólo decayó en las últimas décadas, con el fortalecimiento
relativo de la red vial terrestre y aérea.
La población blanca de
la región se concentró en Quibdó alrededor de la administración pública y el
comercio. Mantuvieron el monopolio de la administración hasta los años 60. En 1966 se
produjo, con gran revuelo, el nombramiento del primer gobernador negro del Chocó, en la
presidencia de Carlos Lleras. Los comerciantes por su parte han estado sujetos a los
ciclos de repunte y depresión en la explotación aurífera y maderera.
Para cuando se designó
al gobernador Mosquera, ya las familias blancas habían iniciado su traslado hacia la
Costa Atlántica (Barranquilla y Cartagena) y al interior (Bogotá y Medellín). El
control blanco sobre la administración cedió el paso a los dirigentes locales negros. La
administración pública, sin embargo, ha mantenido una desafortunada dependencia del
ejercicio partidista local, que puede comprenderse a la luz de la forma como se entienden
las solidaridades locales y las alternativas de subsistencia, pero no ha contribuido a la
calidad de la vida de la mayoría.
Vale la pena destacar que
los blancos en la región no sumaban más de 14 grandes familias a mediados de los años
50. De éstas, sólo permanecen tres. Unas pocas lograron acumulación significativa de
capital, que no se reinvirtió en la zona. El ideal social desde finales de los años
cincuenta fue emigrar a una ciudad mayor, que ofreciera mejores servicios y oportunidades.
Así, la presencia de una élite tradicional blanca se debilitó y fue parcialmente
sustituida por migrantes prósperos, especialmente paisas,
vinculados al
comercio.
Estos cambios han
repercutido en el funcionamiento del aparato institucional local en las últimas décadas,
visto como una de las pocas fuentes de empleo y aun de acumulación personal. La lucha por
cada empleo es ardua, y es controlada por jefes políticos en un circuito de favores y
protecciones. Las decisiones sobre inversión pública pasan también por consideraciones
de conveniencia política y sin duda han tenido su parte en la carencia de servicios
públicos.
La precariedad
institucional estatal en la subregión, por su carácter como sede de la cabecera
departamental, influye en el conjunto y si bien la estrechez de los presupuestos locales
hace parte de su debilidad, no lo es menos el circuito de reproducción de liderazgos
políticos basados en el control de la administración pública.
Estos son persistentes,
pues se fundan y activan a través de lazos tradicionales de solidaridad familiar y de
compadrazgo. Cada jefe político es también líder de un tronco familiar y de compadres
comprometidos con él. Este debe retribuírles su apoyo con los empleos que pueda obtener.
Los jefes principales cuentan con capitanes
que suelen ser sus parientes,
quienes a su vez mueven su propia red familiar. El capitán,
cuentan
algunos en Quibdó, era la denominación del jefe de las cuadrillas de esclavos.
La población blanca de
Quibdó, si bien desarrolló y mantuvo hasta casi los años sesenta mecanismos de
segregación racial en la vida diaria, en el acceso a la educación, en las actividades
festivas y aun en el uso de ciertos espacios públicos
(4)
, adoptó, probablemente sin darse cuenta,
elementos culturales de los nativos negros, como se hizo referencia en el capítulo
tercero
Si bien no se dio en este
siglo un mestizaje biológico inter-racial apreciable, múltiples rasgos de las sociedades
negras modelaron a los pobladores blancos con larga permanencia en la zona. La
organización familiar, el papel central de la mujer y la abuela materna en ella, los
lazos de compadrazgo, las concepciones del cuerpo y de la sexualidad, son algunos.
Dentro de la Subregión
Central, Quibdó tiene una de las densidades de población más altas de todo el
departamento (12.3 hab/km2 ). Hacia el norte y el sureste, las densidades varían desde
1.7 hab/Km2 hasta 6.6 hab/km2 (Bojayá y Lloró respectivamente) (CIDER-SIP, cit.: 143).
CUADRO N° 15
POBLACION SUBREGION CENTRAL, 1993
|
Municipios
|
Total
|
Cabecera
|
Resto
|
Area mpal.
Km2
|
|
Quibdó
|
105.172
|
67.649
|
37.523
|
6.164
|
|
Bojayá
|
7.904
|
690
|
7.214
|
3.693
|
|
Lloró
|
9.622
|
1.666
|
7.956
|
905
|
|
Bagadó
|
13.938
|
3.654
|
10.284
|
979
|
|
El Carmen
|
6.169
|
1.743
|
4.426
|
1.017
|
|
TOTAL
|
132.805
|
75.402
|
67.403
|
12.758
|
FUENTE: DANE, Censo 1993.
El total de población de la subregión
para 1985, era de 99.447 habitantes sobre un área de 12.758 km; para 1993, fue de
132.805. Representa el 26% del territorio y cerca de la mitad de la población
departamental (ver Gráficos 1 y 2).
Quibdó tiene el sesenta por ciento de la
población urbana departamental y el 32% de la totalidad.
En el lapso entre 1973 y 1985, Bagadó
experimentó una tasa negativa de crecimiento; pero en el último período intercensal
aumentó de manera apreciable la población en la zona rural, en parte debido a la
influencia de la carretera Bagadó-Cértegui-vía Panamericana.
Las actividades
comerciales en la subregión son más intensas que en cualquier otra, pero en cambio sus
relaciones con otras, son débiles. Esta subregión es, sin embargo, la que presenta los
niveles más altos de articulación interna. Con la del San Juan mantiene vínculos muy
estrechos, geográficos, viales, administrativos y comerciales.
La población de esta
subregión es en su mayoría afrochocoana, con excepción de El Carmen de Atrato
fundamentalmente de origen antioqueño y de pequeños enclaves emberá.
La dinámica de la
población en la subregión, según los datos del DANE, gira en torno a la urbanización
de Quibdó, que es un receptor de importantes flujos intrarregionales. "Puede
pensarse que Quibdó ocupa una doble función, como receptor de población rural y de
otras cabeceras de la misma subregión y como estación de paso de la migración de fuera
del Departamento."
(CIDER-SIP,
cit.: 45). Un dato que puede ser
significativo para la subregión es que, mientras en el período intercensal 73-85, cuatro
de los cinco municipios de la subregión perdieron población, en el anterior todos
aumentaron, aunque con tasas diferenciales. Este aumento, aunque poco apreciable en
términos relativos, en datos absolutos de población es importante y puede actuar como
presión desestabilizadora de la relación sociedad-ambiente natural.
En el período
intercensal 1973-1985 el municipio de Quibdó aumentó su población a una tasa de
crecimiento de 3.47%, la más alta del departamento, con una concentración creciente en
su cabecera. En el último período continuó el acelerado crecimiento del casco urbano de
Quibdó. La subregión en su conjunto creció a un ritmo más lento que el de la
población agregada del país en el período 1973-85; pero el municipio de Quibdó creció
a un ritmo superior.
Estos procesos de
recomposición espacial de la población del departamento pueden acentuarse si se
mantienen las tendencias actuales.
Según el estudio del
CIDER
(ver Cuadro N° 2), es notable el hecho de que en esta subregión casi el 40%
de la población urbana, concentrada en Quibdó, no nació en el municipio donde fue
censado en 1985, aunque sí en el departamento; un porcentaje mayor de mujeres que de
hombres está en esta situación, lo que parece mostrar mayor afluencia femenina desde la
zona rural. De hecho, se observa el traslado a Quibdó de mujeres en busca de educación
para sus hijos, mientras los hombres se suelen quedar en el campo.
Un 20% de la población
rural no nació en el municipio donde reside, cifra que indica movilidad inter-rural en la
subregión. En conjunto, esta subregión es receptora de población.
La región central tiene
también índices muy elevados de necesidades básicas insatisfechas, que sobrepasan el
90% en los municipios de Lloró y Bagadó, alcanzan el 80% en Quibdó, y descienden al 60%
en El Carmen de Atrato.
Esta región cuenta con
el mayor número de viviendas y de estas apenas el 9% tiene todos los servicios públicos
y el 45% carece de todos ellos.
La educación y la salud
presentan, no obstante, una mayor oferta de servicios en la Subregión Central, con
respecto al resto del Departamento. Quibdó cuenta con una Unidad Regional de Salud y El
Carmen de Atrato con hospital local. Como en el resto del Chocó, la comunidad acude a un
sistema tradicional de salud, con agentes especializados, la partera, el tonguero, el
yerbatero, el curandero, quienes suplen la falta de los servicios de salud
institucionales.
En el aspecto educativo,
en la Subregión Central se encuentra la sede de la Universidad Tecnológica del Chocó,
así como establecimientos de educación secundaria y primaria. En general, los docentes
se concentran en las cabeceras municipales, a pesar de algunos programas encaminados al
estímulo de los maestros rurales. Las condiciones de vida en estas zonas influyen en la
inestabilidad de los docentes rurales, pero en Lloró y Bagadó por su cercanía a
Quibdó, los docentes permanecen en sus cargos mayor tiempo que en otras zonas.
Desde el punto de vista
del empleo, Quibdó concentra la oferta de empleo permanente, ligado especialmente a los
servicios, donde pesa el papel del sector público; mientras en la capital el 22% tiene
algún empleo permanente, en los demás municipios escasamente llega al 1%. Pero en
Quibdó se observa como fenómeno social creciente el subempleo; por ejemplo, crecen las
ventas de chance, las rifas, las ventas callejeras de frutas, comestibles y ropa.
La minería es una
actividad que contribuye de manera importante a la generación de ingresos familiares. El
barequeo, el mazamorreo, el hoyadero, los entables con motobombas, draguetas y
retroexcavadoras constituyen fuentes de empleo tanto para hombres como para mujeres. En El
Carmen de Atrato 150 familias dependen de la mina de cobre colombo-japonesa El Roble
Explotación.
El arroz y el plátano
generan los principales excedentes agrícolas, sobre todo en el municipio de Bojayá.
Quibdó, como epicentro
regional, condensa los problemas que llegan con los cambios sociales; en Quibdó ya es
apreciable el deterioro ambiental urbano, como el caso de las viviendas asentadas en las
quebradas La Yesca, Las Consentidas, Las Margaritas y La Cascorva; allí la discusión
sobre recuperación ambiental y arquitectónica apenas se inicia, con no pocos conflictos
con la población allí asentada, que no ve garantizados sus derechos en las propuestas
urbanísticas. Otros sitios con impactos ambientales adversos, son el río Cabí, donde se
encuentra la bocatoma para el acueducto de Quibdó y el mismo río Atrato, o el basurero
superficial de la ciudad.
La ciudad ha sido
completamente desbordada por los inmigrantes rurales, pues no sólo se agotaron sus
limitados servicios públicos, sino también la planificación urbana. El paisaje urbano
de otras décadas apenas se deja adivinar en unas cuantas casonas de madera, poco
valoradas localmente, amenazadas de ruina, y uno que otro edificio público de
arquitectura republicana. La arquitectura estrecha y gris del interior se ha acoplado a la
construcción por etapas de los nuevos habitantes.
En cierto sentido,
Quibdó es un laboratorio de la adaptación del hombre campesino a un hábitat urbano. En
Quibdó se reconoce aún el asentamiento ribereño en fuentes casi secas que lo recorren
parcialmente. Numerosas creencias y costumbres rurales se incorporan al modo de vida urbano.
Pero, sobre todo, una buena parte de las familias de los estratos más pobres, vive de
ingresos de origen rural, agrícola, minero y pesquero. Hombres y mujeres viajan
periódicamente a sus cultivos y minas y es posible observar grupos que regresan al
atardecer a Quibdó después de minear
durante el día. Más aún, tratan
de aprovechar en la ciudad misma los recursos ya conocidos del campo. Por eso buscan el
río: el Atrato, La Yesca, La Yesquita, el Caraño, el Cabí. Pero el río sin la selva,
sobrepoblado, no puede con los desechos de la nueva vida, se convierte en basurero,
apocado y empobrecido.
CONTINUAR
REGRESAR AL INDICE
1
.
Ver Plan de Desarrollo del Chocó para los años 1958-59 y Plan de Acción Chocó 1988-92,
CIDER-SIP, 1991, trabajos que con varias décadas de diferencia sugieren similares
sub-unidades regionales. (Regresar)
2
. Valencia y Villa, con base en un informe de la Contraloría de
la República, mencionan 700 obreros permanentes en el ingenio de Sautatá y 400 en las
plantaciones bananeras. (Regresar)
3
. Comentarios de Josecito, Cacique Cuna de Arquía y Eloy
Sanapí, Gobernador de Jagual.(Regresar)
4
.
En el colegio femenino de La Presentación no recibían niñas negras hasta entrados los
años 50. En las fiestas no se aceptaba la presencia de jóvenes negros, hombres o
mujeres. En alguna ocasión una orquesta paró de tocar cuando una joven blanca bailó con
el entonces Senador negro Diego Luis Córdoba. Hasta 1976, cuando un incendio destruyó la
parte antigua de Quibdó, las tres primeras carreras contra el río eran sólo para
vivienda blanca. (Regresar)
|