CHOCÓ DIVERSIDAD CULTURAL Y MEDIO AMBIENTE
Myriam Jimeno
María Lucía Sotomayor 
Luz María Valderrama 
© Derechos Reservados de Autor

V
LAS SUBREGIONES CHOCOANAS

EN EL CHOCO se pueden distinguir unidades sociogeográficas diferenciadas; algunos ensayos de subregionalización (1) , distinguen cuatro unidades físico-territoriales (CIDER-SIP, 1991: 120-122; ver Mapa N° 4) que pueden resumirse así:

— Hacia el noreste, en la cuenca baja del Atrato, la subregión de Urabá; está influida por la colonización antioqueño-cordobesa y se vincula con la Costa Pacífica por lazos naturales y sociales. Comprende los municipios de Acandí, Unguía y Riosucio.

— Hacia el centroeste, la cuenca alta del Atrato se puede denominar subregión central; las actividades económicas más dinámicas se concentran en Quibdó y se ha generado un corredor con los municipios de la vertiente occidental de la cordillera andina. Sus municipios son Quibdó, Bojayá, Lloró, Bagadó y El Carmen de Atrato.

— En el sur, la cuenca del río San Juan o subregión del San Juan, ligada a la cuenca marina del Pacífico, hacia donde drena este río; su población ha estado más dedicada a la explotación del oro. Comprende los municipios de Istmina, Tadó, Condoto, Nóvita, Sipí y San José del Palmar.

— En el litoral Pacífico, la subregión del Pacífico está separada del resto por la serranía del Baudó; con menor poblamiento, está más vinculada a la dinámica general de la costa occidental de Colombia. Pertenecen a ella los municipios de Juradó, Bahía Solano, Nuquí, Alto Baudó y Bajo Baudó.

Entre las cuatro subregiones identificadas existe una débil integración económica y político-administrativa. Las comunicaciones entre ellas son precarias y lentas. Pero si bien cada una presenta formas culturales propias, comparten numerosos rasgos que se pueden identificar como típicos de adaptaciones socio-culturales de la región en su conjunto.

En los gráficos 1 y 2 se observa el área ocupada por cada subregión dentro del territorio departamental y la distribución de población en ellas, con base en el censo de 1985.

Subregión de Urabá,
de economía tradicional a ganadera

La zona del Urabá chocoano fue ocupada tradicionalmente por población cuna, parte de la cual hoy en día se encuentra agrupada en resguardos, mientras la mayoría emigró hacia Panamá.

Al final del siglo pasado, la explotación del caucho, de la tagua y la raicilla y la apertura de las minas del río Tigre, atrajeron migrantes de la Costa Atlántica y del interior del Chocó. Una vez pasado el auge extractivo, parte de esta población emigró de nuevo (ver Valencia y Villa, 1991).

En los años 20, Félix Meluk, próspero comerciante que había llegado al Chocó en la primera década del siglo proveniente de Siria, estableció allí un ingenio azucarero y plantaciones de banano (información recogida en Quibdó, 1992). Ambos ocuparon cientos de obreros en forma permanente y se convirtieron en factores de atracción de colonos (2) , especialmente de trabajadores negros del interior del Chocó.
Sin embargo, la población cuna fue la mayoritaria hasta la década de los cuarenta.

La gran depresión de la década del año 29, trajo la quiebra de Félix Meluk y el posterior fracaso del ingenio, que había llegado a tener ferrocarril propio. Sus inversiones en platino en la bolsa de New York sufrieron una mengua considerable, y se unieron al estancamiento del comercio de oro, dirigido también al exterior. El ingenio y su infraestructura, compleja para la época, cayeron en el abandono.

Hacia 1960, la zona recibió un nuevo auge colonizador centrado en las plantaciones de banano y en la extracción maderera. La apertura de la vía Medellín-Turbo facilitó el proceso. Para entonces la población indígena ya se encontraba disminuida y fue colocada como minoría demográfica y socio-cultural. Valencia y Villa (cit.) mencionan que los cuna pasaron de 5.000 registrados en el censo de 1912, a 500 en los años ochenta, reducidos principalmente a los resguardos de Unguía y Cutí. Un pequeña población emberá y wanana se aprieta en el resguardo de Tanela. La información reciente del INCORA en Quibdó registra una población indígena total en la zona de 387 habitantes.

Las plantaciones bananeras se concentraron en la zona antioqueña de Urabá, mientras el área chocoana quedó como retaguardia, poco a poco apropiada por extensos hatos ganaderos, propiedad principalmente de antioqueños. La economía campesina de la población negra fue paulatinamente desplazada por la ganadería, que hoy domina el paisaje de manera abrumadora.

El ambiente geográfico está ligado a las condiciones del Golfo y a la cuenca baja del río Atrato, en cuya planicie de desborde se forma una amplia zona pantanosa, con varias ciénagas.

Hasta 1985 se encontraba el municipio con el más alto índice de crecimiento poblacional, Riosucio (4.38% anual); aún recibe la afluencia de población extradepartamental (Antioquia y Córdoba) atraídos por la extracción de madera de pequeños y grandes empresarios y de colonos ganaderos.

La subregión de Urabá tiene la mayor porción del territorio departamental, 28%, seguida de la subregión central (26%). Pero en términos de población, la primera tenía en 1985 el 16%, mientras la central albergaba el 41%. En 1985 un total de 38.386 personas habitaban los 13.410 km del Urabá chocoano, mientras en 1993, ascendió a 48.003 habitantes, pero la proporción continúa igual con respecto a la subregión central.

CUADRO N° 14
POBLACION SUBREGION DE URABA, 1993

Municipios

Total Cabecera Resto Area mpal. Km2
Acandí 9.555 4.446 5.109 1.858
Riosucio 27.666 4.554 23.112 10.373
Unguía 10.782 3.464 7.318 1.179

TOTAL

48.003 12.464 35.539 13.410

FUENTE: DANE, Censo de 1993.

Riosucio representaba en 1993 más de la mitad de la población de la subregión, pero al mismo tiempo ocupa más de las tres cuartas partes de su área ( 10.000 km2 ).

Para 1985 se observó que apenas el 47.4% de la población de la subregión de Urabá nació en el municipio y el 59.4% en el departamento, lo cual hace evidente el origen extrarregional de la mayoría de la población; no se puede establecer la procedencia precisa de estos flujos migracionales con los datos disponibles. Pero se observa que Riosucio es el polo receptor de población, mientras que Acandí es un expulsor neto con tasa de crecimiento negativa, especialmente para el sexo femenino; Riosucio tiene aún tasas de crecimiento superiores a las medias nacionales (CIDER, cit.: 131).

La actividad dominante en la subregión es la explotación de madera de Riosucio y en menor medida, la producción de ganado en Acandí y Unguía. Según los datos de la Caja Agraria, el área cultivada en Riosucio es ya considerable. Si esta actividad se consolida, la expansión poblacional de la subregión se tiende a frenar, como ya se observa en el pasado censo.

Es interesante anotar que el CIDER encontró en esta subregión la mayor y más estable proporción de relación salarial dentro del departamento, mientras que la subregión del Pacífico presenta el índice más bajo (CIDER, cit.), reflejo del cambio en las relaciones sociales que desplaza a los nativos indios y negros y sus modelos tradicionales. Incluso la subregión del San Juan aparece con empleo más estable y consolidado que la Subregión Central, pero ambas en una condición inferior a la de Urabá. En pocas palabras, allí se encuentra el mayor motor de la expansión de las relaciones salariales, bien en torno a la ganadería, bien a los aserríos. Los enclaves antiguos, El Carmen y San José del Palmar no tienen ya, al parecer, la dinámica del Urabá chocoano.

No obstante lo anterior, en términos de estabilidad laboral es la Subregión Central la que tiene casi el doble de empleados ocupados más de nueve meses cada año, explicable por el predominio del sector servicios en ésta, lo que seguramente está relacionado con un mayor nivel de ingresos para la población ocupada.

En el Urabá chocoano la ausencia de títulos de propiedad de la tierra contribuyó para que el nativo paulatinamente se quedara sin ella; aquellos que permanecen, trabajan como obreros en las fincas, como aserradores independientes, o como braceros en las empresas madereras y en los entables mineros.

Pese a la dinámica demográfica y ocupacional que muestran las estadísticas, el Urabá chocoano sobresale por tener el índice departamental más alto de necesidades básicas insatisfechas, 87.1%. Sobresale precisamente Riosucio, polo de desarrollo, con 97.5% de NBI, que lo colocan en el segundo lugar departamental, después de Sipí.

Según el DANE en esta subregión apenas el 0.8% de las viviendas cuentan con los servicios de acueducto, alcantarillado y energía. De hecho el 57.7% de las viviendas carece de todos los servicios públicos; de las viviendas localizadas en la cabecera, apenas el 1.3% cuenta con los servicios básicos. La mayoría de las viviendas no tiene ningún servicio público, al tiempo que el 0.8% los tiene todos (DANE, 1985).

La dispersión de los asentamientos, la concentración del recurso docente en las cabeceras municipales, la falta de infraestructura física y la falta de programas de seguimiento y evaluación marcan la problemática educativa. Los niveles de analfabetismo en población adulta y la deserción escolar en niños son altos.

Si bien el deterioro de ciertos ecosistemas es uno de los principales problemas debido al incumplimiento de las normas mínimas de protección ambiental en los aserríos y por la deforestación que abre el paso a la ganadería, los contenidos educativos sobre el aspecto ambiental son superficiales.

Pero, sobre todo, los responsables institucionales otorgan poca importancia a los procesos de daño ecológico en la subregión, ocasionados por las compañías explotadoras de madera y la tala cotidiana del pequeño aserrador.

La minería intensiva es menos frecuente en la zona, pero cuenta con las nuevas tecnologías (draguetas, motobombas) que ocasionan deterioro de ríos, quebradas y caños.

Ya se observan efectos ambientales nocivos del turismo en áreas como Capurganá y Sapzurro. En las palabras de indígenas de la región "en el pasado hubo abundante comida; mucha guagua, mucho venao y tatabro, y las ciénagas y ríos tenían buen bocachico y buen pescado; hoy día ya no se consigue de qué vivir " (3) .

En el Urabá Chocoano 72.000 km2 pertenecen a los parques naturales de los Catíos y las Teresitas, que podrían servir de base para proyectos de ecoturismo y etnoeducación con las comunidades locales.

El Urabá está más relacionado en términos de flujos comerciales y de población con la Costa Atlántica y el Urabá antioqueño, mientras está pobremente articulado con la Subregión Central. Pero si bien el efecto de su dinámica sobre los mercados departamentales es débil, el efecto ecológico, social y político sobre el conjunto departamental es amplio. El proceso de colonización, con sus consecuencias sobre la población nativa, sobre los sistemas naturales y sus recursos de fauna y flora, está acompañado de conflictos que se extienden y se unen con los provocados alrededor de actividades ilícitas varias, que erosionan al Chocó en su conjunto, donde las diferencias socio-raciales se resolvían por medios no violentos.

El paisaje ganadero, que implica potreros limpios, ha devorado ya miles de hectáreas del otrora temible tapón del Darién. La punta colonizadora que avanza desde Córdoba se une con los aserríos y las talas de las empresas madereras; el Urabá chocoano se asemeja cada vez más a su vecino, con su carga de conflictos sociales y deterioro ambiental.

La Subregión Central, epicentro departamental

En términos históricos esta subregión ha sido el centro político, administrativo y comercial, papel que cobró fuerza desde el fin de la era colonial.

La actividad comercial que se generó en torno al abastecimiento de las minas del sur, y posteriormente en relación con la explotación maderera, contribuyó a la consolidación de un núcleo de poblamiento donde se organizaron las actividades político-administrativas más importantes.

Las cuencas alta y media del río Atrato le dan a esta subregión una configuración ambiental específica, en la que se destaca una vastísima área de bosque intervenido por agricultura migratoria, especialmente en la vega de los ríos.

Hacia el occidente predomina la formación de bosques heterogéneos, sobre la estribación oriental de la Serranía del Baudó (Cortés, Abdón, citado en: CIDER-SIP, 1991). El relieve de esta zona varía desde el rango del ondulado hasta lo muy quebrado. Esto limita sus posibilidades de aprovechamiento, aunado al clima y a la superficialidad y pobreza del suelo.

El reordenamiento de la población que se produjo una vez finalizó la minería basada en esclavos, implicó la dispersión de la población negra y la ocupación de las riberas de las cuencas alta y media del río Atrato, eje geográfico y social de la zona. Significó también conflictos con los indígenas, si bien estos se habían visto obligados por la presión colonial a remontarse a las cabeceras de los ríos y afluentes del Atrato como el Neguá, Munguidó, Paimadó, Tanguí, Beté, Amé, Capá, Bebará, Buey, Buchadó, Domingodó, Chintadó, Truandó, Salaquí, Tanela y afluentes del río Quito (ver Pardo, M., 1981: 81).

La población negra desarrolló como patrón de asentamiento, las viviendas y caseríos ribereños dispersos, de baja densidad demográfica, comunes también al resto del Chocó como se ha mencionado. La producción se dirigió a la agricultura itinerante y la minería artesanal, ambas articuladas entre sí en un ciclo de aprovechamiento anual. Los recursos de ríos, ciénagas y de la selva vecina, sirvieron de soporte a la economía rural.

La rotación de pequeños cultivos de plátano, maíz, caña de azúcar, distantes entre sí, trabajados con apoyo de una densa red familiar y de lazos de compadrazgo, guarda marcadas similitudes con los modelos emberá y wanana. Los diferencia, sin embargo, la composición del grupo de parientes y la minería del oro que los indígenas no practican, mientras, dice Tomás Torres, "la minería ha estado presente en toda la vida de mi pueblo" (Torres, T., .1989: 30).

En los cascos urbanos, sobre todo en Quibdó, se concentró la población blanca, siempre minoritaria. A Quibdó llegaron a finales del siglo pasado refugiados de las guerras civiles, provenientes especialmente de la Costa Atlántica. Los lazos político-administrativos con el Cauca también atrajeron familias de ese origen.

En las primeras décadas del siglo Quibdó recibió inmigrantes de procedencia siria y libanesa; la mayoría llegaron directamente de sus países de origen, pero otros vinieron de la Costa Atlántica. Con el auge del oro y el platino en los años 20, algunos como el ya mencionado Félix Meluk, logran conformar poderosas empresas comerciales que importaban bienes por mar desde Jamaica y Panamá, a través de una flotilla de buques que remontaban el Atrato.

Participaron activamente en el comercio internacional de oro y platino, con vínculos en New York y Londres.

Así, entre los años 20 y los 50 de este siglo, la región mantuvo vínculos comerciales más fuertes hacia el exterior que con el interior del país. Con éste, los lazos principales eran de orden administrativo y político y débiles en lo económico.

Las comunicaciones con el interior eran en extremo precarias. La carretera Quibdó-Medellín, construida en los años 30, es todavía hoy una vía precaria, casi una trocha.

Precisamente la construcción de esa carretera atrajo inmigrantes principalmente de Antioquia, quienes se asentaron en inmediaciones de la vía. No se generaron, sin embargo, corrientes colonizadoras de envergadura, ni vínculos económicos importantes. El río Atrato continuó siendo la arteria de comunicaciones orientadas hacia la Costa Atlántica. La importancia del Atrato sólo decayó en las últimas décadas, con el fortalecimiento relativo de la red vial terrestre y aérea.

La población blanca de la región se concentró en Quibdó alrededor de la administración pública y el comercio. Mantuvieron el monopolio de la administración hasta los años 60. En 1966 se produjo, con gran revuelo, el nombramiento del primer gobernador negro del Chocó, en la presidencia de Carlos Lleras. Los comerciantes por su parte han estado sujetos a los ciclos de repunte y depresión en la explotación aurífera y maderera.

Para cuando se designó al gobernador Mosquera, ya las familias blancas habían iniciado su traslado hacia la Costa Atlántica (Barranquilla y Cartagena) y al interior (Bogotá y Medellín). El control blanco sobre la administración cedió el paso a los dirigentes locales negros. La administración pública, sin embargo, ha mantenido una desafortunada dependencia del ejercicio partidista local, que puede comprenderse a la luz de la forma como se entienden las solidaridades locales y las alternativas de subsistencia, pero no ha contribuido a la calidad de la vida de la mayoría.

Vale la pena destacar que los blancos en la región no sumaban más de 14 grandes familias a mediados de los años 50. De éstas, sólo permanecen tres. Unas pocas lograron acumulación significativa de capital, que no se reinvirtió en la zona. El ideal social desde finales de los años cincuenta fue emigrar a una ciudad mayor, que ofreciera mejores servicios y oportunidades. Así, la presencia de una élite tradicional blanca se debilitó y fue parcialmente sustituida por migrantes prósperos, especialmente paisas, vinculados al comercio.

Estos cambios han repercutido en el funcionamiento del aparato institucional local en las últimas décadas, visto como una de las pocas fuentes de empleo y aun de acumulación personal. La lucha por cada empleo es ardua, y es controlada por jefes políticos en un circuito de favores y protecciones. Las decisiones sobre inversión pública pasan también por consideraciones de conveniencia política y sin duda han tenido su parte en la carencia de servicios públicos.

La precariedad institucional estatal en la subregión, por su carácter como sede de la cabecera departamental, influye en el conjunto y si bien la estrechez de los presupuestos locales hace parte de su debilidad, no lo es menos el circuito de reproducción de liderazgos políticos basados en el control de la administración pública.

Estos son persistentes, pues se fundan y activan a través de lazos tradicionales de solidaridad familiar y de compadrazgo. Cada jefe político es también líder de un tronco familiar y de compadres comprometidos con él. Este debe retribuírles su apoyo con los empleos que pueda obtener. Los jefes principales cuentan con capitanes que suelen ser sus parientes, quienes a su vez mueven su propia red familiar. El capitán, cuentan algunos en Quibdó, era la denominación del jefe de las cuadrillas de esclavos.

La población blanca de Quibdó, si bien desarrolló y mantuvo hasta casi los años sesenta mecanismos de segregación racial en la vida diaria, en el acceso a la educación, en las actividades festivas y aun en el uso de ciertos espacios públicos (4) , adoptó, probablemente sin darse cuenta, elementos culturales de los nativos negros, como se hizo referencia en el capítulo tercero

Si bien no se dio en este siglo un mestizaje biológico inter-racial apreciable, múltiples rasgos de las sociedades negras modelaron a los pobladores blancos con larga permanencia en la zona. La organización familiar, el papel central de la mujer y la abuela materna en ella, los lazos de compadrazgo, las concepciones del cuerpo y de la sexualidad, son algunos.

Dentro de la Subregión Central, Quibdó tiene una de las densidades de población más altas de todo el departamento (12.3 hab/km2 ). Hacia el norte y el sureste, las densidades varían desde 1.7 hab/Km2 hasta 6.6 hab/km2 (Bojayá y Lloró respectivamente) (CIDER-SIP, cit.: 143).

CUADRO N° 15
POBLACION SUBREGION CENTRAL, 1993

Municipios

Total Cabecera Resto Area mpal. Km2
Quibdó 105.172 67.649 37.523 6.164
Bojayá 7.904 690 7.214 3.693
Lloró 9.622 1.666 7.956 905
Bagadó 13.938 3.654 10.284 979
El Carmen 6.169 1.743 4.426 1.017

TOTAL

132.805 75.402 67.403 12.758

FUENTE: DANE, Censo 1993.

El total de población de la subregión para 1985, era de 99.447 habitantes sobre un área de 12.758 km; para 1993, fue de 132.805. Representa el 26% del territorio y cerca de la mitad de la población departamental (ver Gráficos 1 y 2).

Quibdó tiene el sesenta por ciento de la población urbana departamental y el 32% de la totalidad.

En el lapso entre 1973 y 1985, Bagadó experimentó una tasa negativa de crecimiento; pero en el último período intercensal aumentó de manera apreciable la población en la zona rural, en parte debido a la influencia de la carretera Bagadó-Cértegui-vía Panamericana.

Las actividades comerciales en la subregión son más intensas que en cualquier otra, pero en cambio sus relaciones con otras, son débiles. Esta subregión es, sin embargo, la que presenta los niveles más altos de articulación interna. Con la del San Juan mantiene vínculos muy estrechos, geográficos, viales, administrativos y comerciales.

La población de esta subregión es en su mayoría afrochocoana, con excepción de El Carmen de Atrato fundamentalmente de origen antioqueño y de pequeños enclaves emberá.

La dinámica de la población en la subregión, según los datos del DANE, gira en torno a la urbanización de Quibdó, que es un receptor de importantes flujos intrarregionales. "Puede pensarse que Quibdó ocupa una doble función, como receptor de población rural y de otras cabeceras de la misma subregión y como estación de paso de la migración de fuera del Departamento." (CIDER-SIP, cit.: 45). Un dato que puede ser significativo para la subregión es que, mientras en el período intercensal 73-85, cuatro de los cinco municipios de la subregión perdieron población, en el anterior todos aumentaron, aunque con tasas diferenciales. Este aumento, aunque poco apreciable en términos relativos, en datos absolutos de población es importante y puede actuar como presión desestabilizadora de la relación sociedad-ambiente natural.

En el período intercensal 1973-1985 el municipio de Quibdó aumentó su población a una tasa de crecimiento de 3.47%, la más alta del departamento, con una concentración creciente en su cabecera. En el último período continuó el acelerado crecimiento del casco urbano de Quibdó. La subregión en su conjunto creció a un ritmo más lento que el de la población agregada del país en el período 1973-85; pero el municipio de Quibdó creció a un ritmo superior.

Estos procesos de recomposición espacial de la población del departamento pueden acentuarse si se mantienen las tendencias actuales.

Según el estudio del CIDER (ver Cuadro N° 2), es notable el hecho de que en esta subregión casi el 40% de la población urbana, concentrada en Quibdó, no nació en el municipio donde fue censado en 1985, aunque sí en el departamento; un porcentaje mayor de mujeres que de hombres está en esta situación, lo que parece mostrar mayor afluencia femenina desde la zona rural. De hecho, se observa el traslado a Quibdó de mujeres en busca de educación para sus hijos, mientras los hombres se suelen quedar en el campo.

Un 20% de la población rural no nació en el municipio donde reside, cifra que indica movilidad inter-rural en la subregión. En conjunto, esta subregión es receptora de población.

La región central tiene también índices muy elevados de necesidades básicas insatisfechas, que sobrepasan el 90% en los municipios de Lloró y Bagadó, alcanzan el 80% en Quibdó, y descienden al 60% en El Carmen de Atrato.

Esta región cuenta con el mayor número de viviendas y de estas apenas el 9% tiene todos los servicios públicos y el 45% carece de todos ellos.

La educación y la salud presentan, no obstante, una mayor oferta de servicios en la Subregión Central, con respecto al resto del Departamento. Quibdó cuenta con una Unidad Regional de Salud y El Carmen de Atrato con hospital local. Como en el resto del Chocó, la comunidad acude a un sistema tradicional de salud, con agentes especializados, la partera, el tonguero, el yerbatero, el curandero, quienes suplen la falta de los servicios de salud institucionales.

En el aspecto educativo, en la Subregión Central se encuentra la sede de la Universidad Tecnológica del Chocó, así como establecimientos de educación secundaria y primaria. En general, los docentes se concentran en las cabeceras municipales, a pesar de algunos programas encaminados al estímulo de los maestros rurales. Las condiciones de vida en estas zonas influyen en la inestabilidad de los docentes rurales, pero en Lloró y Bagadó por su cercanía a Quibdó, los docentes permanecen en sus cargos mayor tiempo que en otras zonas.

Desde el punto de vista del empleo, Quibdó concentra la oferta de empleo permanente, ligado especialmente a los servicios, donde pesa el papel del sector público; mientras en la capital el 22% tiene algún empleo permanente, en los demás municipios escasamente llega al 1%. Pero en Quibdó se observa como fenómeno social creciente el subempleo; por ejemplo, crecen las ventas de chance, las rifas, las ventas callejeras de frutas, comestibles y ropa.

La minería es una actividad que contribuye de manera importante a la generación de ingresos familiares. El barequeo, el mazamorreo, el hoyadero, los entables con motobombas, draguetas y retroexcavadoras constituyen fuentes de empleo tanto para hombres como para mujeres. En El Carmen de Atrato 150 familias dependen de la mina de cobre colombo-japonesa El Roble Explotación.

El arroz y el plátano generan los principales excedentes agrícolas, sobre todo en el municipio de Bojayá.

Quibdó, como epicentro regional, condensa los problemas que llegan con los cambios sociales; en Quibdó ya es apreciable el deterioro ambiental urbano, como el caso de las viviendas asentadas en las quebradas La Yesca, Las Consentidas, Las Margaritas y La Cascorva; allí la discusión sobre recuperación ambiental y arquitectónica apenas se inicia, con no pocos conflictos con la población allí asentada, que no ve garantizados sus derechos en las propuestas urbanísticas. Otros sitios con impactos ambientales adversos, son el río Cabí, donde se encuentra la bocatoma para el acueducto de Quibdó y el mismo río Atrato, o el basurero superficial de la ciudad.

La ciudad ha sido completamente desbordada por los inmigrantes rurales, pues no sólo se agotaron sus limitados servicios públicos, sino también la planificación urbana. El paisaje urbano de otras décadas apenas se deja adivinar en unas cuantas casonas de madera, poco valoradas localmente, amenazadas de ruina, y uno que otro edificio público de arquitectura republicana. La arquitectura estrecha y gris del interior se ha acoplado a la construcción por etapas de los nuevos habitantes.

En cierto sentido, Quibdó es un laboratorio de la adaptación del hombre campesino a un hábitat urbano. En Quibdó se reconoce aún el asentamiento ribereño en fuentes casi secas que lo recorren parcialmente. Numerosas creencias y costumbres rurales se incorporan al modo de vida urbano. Pero, sobre todo, una buena parte de las familias de los estratos más pobres, vive de ingresos de origen rural, agrícola, minero y pesquero. Hombres y mujeres viajan periódicamente a sus cultivos y minas y es posible observar grupos que regresan al atardecer a Quibdó después de minear durante el día. Más aún, tratan de aprovechar en la ciudad misma los recursos ya conocidos del campo. Por eso buscan el río: el Atrato, La Yesca, La Yesquita, el Caraño, el Cabí. Pero el río sin la selva, sobrepoblado, no puede con los desechos de la nueva vida, se convierte en basurero, apocado y empobrecido.

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1 . Ver Plan de Desarrollo del Chocó para los años 1958-59 y Plan de Acción Chocó 1988-92, CIDER-SIP, 1991, trabajos que con varias décadas de diferencia sugieren similares sub-unidades regionales. (Regresar)

2
. Valencia y Villa, con base en un informe de la Contraloría de la República, mencionan 700 obreros permanentes en el ingenio de Sautatá y 400 en las plantaciones bananeras. (Regresar)

3
. Comentarios de Josecito, Cacique Cuna de Arquía y Eloy Sanapí, Gobernador de Jagual.(Regresar)

4 . En el colegio femenino de La Presentación no recibían niñas negras hasta entrados los años 50. En las fiestas no se aceptaba la presencia de jóvenes negros, hombres o mujeres. En alguna ocasión una orquesta paró de tocar cuando una joven blanca bailó con el entonces Senador negro Diego Luis Córdoba. Hasta 1976, cuando un incendio destruyó la parte antigua de Quibdó, las tres primeras carreras contra el río eran sólo para vivienda blanca. (Regresar)