CHOCÓ DIVERSIDAD CULTURAL Y MEDIO AMBIENTE
Myriam Jimeno
María Lucía Sotomayor 
Luz María Valderrama 
© Derechos Reservados de Autor

  I
REGION, DIVERSIDAD CULTURAL
Y MEDIO AMBIENTE

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EL PROCESO de interconexión y estrecha relación que se vive a nivel mundial ha puesto de presente la fuerza de las peculiaridades culturales de diverso orden: desde las étnicas que rebasan sus bases biológicas, hasta las de lengua, religión o las políticas. El avance del proceso de integración mundial ha permitido, aunque parezca contradictorio, construir una sensibilidad hacia la diferencia, como parte esencial del hombre mismo. Como nunca antes, el conocimiento sobre la variedad sociocultural humana podrá disminuir el temor casi instintivo frente a quienes se comportan de manera distinta a nosotros, para lograr su participación en un proceso mayor.

Hoy en día sabemos que las mal llamadas sociedades primitivas no son salvajes amenazantes. Una ética o una política excluyentes y etnocéntricas, son cada vez más insostenibles a nivel mundial (Ver Jimeno, 1991).

La reflexión sobre la relación entre sociedad, cultura y naturaleza ha ocupado al hombre en las más variadas épocas y es, por supuesto, mucho más que una inquietud especulativa o teórica. En ella está presente la preocupación permanente del hombre por reafirmar su singularidad, su carácter especial, es decir, su misma naturaleza.

S. Moscovici plantea que el hombre levanta barreras y se coloca en contraste con el resto de seres vivos; el saberse distinto le lleva a la necesidad de afirmar una y otra vez su singularidad. La búsqueda de lo que le es propio, la ruptura entre sociedad y naturaleza, juegan para él un papel capital (Moscovici, 1975).

No es pertinente extenderse aquí en la multiplicidad de enfoques que tratan teóricamente el tema. Sin embargo, vale la pena mencionar cómo el predominio humano sobre los más remotos ambientes y especies naturales, su extensión sobre el planeta y la consagración del poder de la cultura humana como ente de transformación han traído una creciente preocupación por este predominio. Se teme en la actualidad por el futuro del proceso evolutivo general y, por supuesto, por el de la especie humana en particular.

Surgen dudas sobre la ruptura sociedad-naturaleza, sobre el principio del hombre como amo y señor de la naturaleza, conquistada desde fuera (Moscovici, cit.), conceptos arraigados en la tradición cultural cristiana.

El conocimiento sobre las sociedades nativas ha contribuido a acrecentar las dudas, al poner de presente cómo el hombre teje siempre, desde sus albores, una red compleja de interacciones y ante todo de transformaciones del mundo natural. Es evidente que cultura y sociedad no son artificios, sino parte del estado natural del hombre, que le acompañan desde siempre.

Se han podido constatar formas distintas de percibir y vivir la relación sociedad-naturaleza donde una y otra, antes que unidades en contraposición y lucha, están engranadas en un sistema vital. Como lo ha planteado el antropólogo G. Reichel-Dolmatoff para el Vaupés, el manejo ecológico de un área no es sólo una respuesta a un ambiente físico, sino una respuesta a "una condición humana, a la historia; se trata esencialmente de una actitud ética" (Reichel-Dolmatoff, 1990: 39).

Esta actitud, por supuesto, no es generalizable y no debe prestarse a la idealización de los indígenas y otras sociedades nativas como conservacionistas a ultranza. Su manejo ambiental es parte, como se dijo en la Introducción, de una sociedad con baja acumulación de excedentes.

La diversidad cultural humana ha corrido pareja con su expansión sobre la tierra, pero su presencia en la mayor parte de ella va acompañada de una menor diversidad cultural, con la homogeneización de las culturas y con el fin de numerosas fuentes de vida.

Colombia hace parte de un proceso mundial que tiende a la homogeneización de patrones y hábitos culturales. La sociedad toda, en las regiones, en los campos o en las ciudades, se ha visto permeada por su predominio. La extensión de ciertos modelos culturales implica una mayor utilización de productos y un consumo general creciente de bienes.

Esto significa, por un lado, formar parte de un proceso global que afecta a los residentes en ciudades o áreas urbanas y se extiende a la vida rural e impone una manera específica de utilizar los recursos naturales y demandas por bienes y servicios. El campesino actual dista mucho del productor de antaño, relativamente autosuficiente, con una ética estricta de austeridad y de bajo consumo, aislado del resto del país.

Por otro lado, desde una perspectiva opuesta, estos fenómenos culturales y la reubicación de la población en ciudades, son relativamente recientes en Colombia y, como tales, crean necesarios reajustes en otros niveles del comportamiento social. Es decir, si bien se han impuesto ciertos patrones culturales comunes, estos están aún en proceso de sustituir los antiguos modelos. No han corrido paralelos con el surgimiento de nuevas pautas de arraigo al medio urbano, de manejo de los espacios como espacios colectivos; está aún en camino una reinterpretación de los roles regionales, de los familiares, de las relaciones entre las generaciones y, por supuesto, de los étnicos, para mencionar algunos de ellos.

La diversidad cultural del país, tanto la étnica como la regional, pueden servir como base de construcción nacional, pues en un sentido amplio es tan grave el fin de la diversidad biológica, como el de la cultural.

La diversidad humana aún existente es fruto de la historia exitosa de su expansión territorial, y si bien ha ocasionado la ocupación casi completa del planeta y la destrucción de fuentes de vida, puede utilizarse en la protección ecológica. La protección ecológica debe considerar las necesidades económicas y sociales de las poblaciones locales, en vez de pretender excluir la actividad humana. (Ver por ejemplo, Poole, 1989). Ciertas formas de desarrollo son compatibles con la conservación de ambientes naturales.

Existen sin embargo, estudios que muestran la complejidad de la convergencia entre explotación tradicional de recursos y conservacionismo, pues no todas las formas tradicionales lo permiten, entendida la protección en los términos nuestros (Ibid). De allí la importancia de conocer de la mejor manera la relación de nativos, campesinos y otros pobladores con el medio ambiente; reconocer sus necesidades de producción, las demandas de recursos y el reclamo de autonomía dentro de sus territorios.

El éxito de las políticas de mitigación de efectos indeseables sobre el ambiente radica en el conocimiento por parte de las acciones oficiales de las peculiaridades cognoscitivas y las diversas prácticas culturales, de manera que la población sea activa y convencida partícipe de planes y programas.

La Región en la ideología nacional

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Las ciencias sociales han explorado desde sus inicios las bases de la consolidación y diferenciación de los grupos humanos a partir del contraste entre nosotros y los otros. El antropólogo brasileño Ruben Oliven, por ejemplo, menciona a Marcel Mauss y a Emilio Durkheim, quienes compararon los símbolos externos y los emblemas a través de los cuales se representan las naciones modernas y también los clanes primitivos y que permiten diferenciar cada grupo. Cita también a Lévi-Strauss, quien al hablar de la ilusión totémica, mostró que sirve para distinguir a los hombres unos de otros. Pero las sociedades estatales tienen una historicidad propia que procura integrar sus diferentes partes desde el punto de vista territorial, regional y social. Tienen ideologías que enfatizan una sólida integración y se presentan como antiguas y a veces inmemoriales (Oliven, R., 1992).

La consolidación de la unidad nacional, no obstante, es un proceso relativamente reciente no sólo en nuestro caso, sino como fenómeno histórico occidental. A lo largo del mismo se conforman tradiciones, nuevas y viejas, como dicen los historiadores y se enfatizan ciertos rasgos culturales como distintivos de la unidad nacional.

La forma conceptual de explicar estos rasgos, dice el historiador Perry Anderson, se ha desplazado en Europa, desde la noción de carácter nacional a la de identidad nacional, hoy en boga. Explicaciones sobre el carácter nacional francés, británico, italiano, germano, se encuentran en ensayos de diferentes pensadores, entre los cuales sobresale D. Hume. A comienzos del siglo veinte, el carácter nacional se volvió tema de tratados teóricos mayores, con distintas perspectivas, como la de A. Fouilleé en Francia o la de Otto Bauer en Austria, con influencia marxista este último (Anderson, P., 1991). Pero hacia los años sesenta, dice Anderson, ya no se consideraba serio este tema en razón de que el mundo cultural y los ingredientes que se suponía caracterizaban cada nación europea habían sufrido de hibridación y homogeneización. Desde los valores hasta los objetos de uso cotidiano, desde la socialización y la moral, hasta los patrones de consumo. "Los viejos significantes de diferencia se habían desvanecido progresivamente" (Ibid: 6).

Desde los años ochenta, el discurso de la diferencia nacional, continúa Anderson, se dirigió a la identidad nacional. Esta noción, a diferencia de la de carácter, es más selectiva, menos global y tiende a basarse en rasgos de esencia y no en caracteres típicos de un grupo; es relacional y se hace necesaria la noción de alteridad, pues no es autocomprendida. Como concepto es simultáneamente más profundo y más frágil y puede tender a la metafísica. Supone un autorreconocimiento, de manera que posee una dimensión subjetiva y autorreflexiva, mientras que el carácter supone rasgos objetivos, conscientes o no. Finalmente, la identidad nacional implica un proceso de selección en el cual las experiencias colectivas se decantan y simbolizan. La memoria adquiere una mayor importancia que en el carácter y el campo político es su arena natural. Ciertas experiencias históricas se llevan a un plano emblemático y sirven de fundamento a ideologías de unidad nacional que a menudo ocultan la división y la desigualdad (Anderson, cit.).

Ahora bien, la región actual tiene como referente necesario al estado nacional, con el cual mantiene relaciones múltiples, contradictorias y a menudo conflictivas. En la relación entre las regiones y la nación se crean también símbolos de diferenciación y contraste a partir de representaciones sobre lo que sería el carácter propio regional y simultáneamente se establece la pertenencia al conjunto. Unos y otros, contrastes y vínculos, se establecen de manera diferencial según cada historia regional y según la relación geopolítica y económica construida a lo largo del proceso de conformación de la unidad del estado nacional.

Las regiones sufren una adscripción al estado nacional, que las sitúa de manera desigual, no homogénea, les atribuye ciertos rasgos y les asigna roles específicos.

Si se examinan con detenimiento las características que particularizan cada región y que serían la base fáctica del arraigo regional, no sólo son cambiantes a través del tiempo, sino además relativamente difusas. Si bien las regiones pueden definirse con base en refencias físico-naturales particulares que delimitan unidades espaciales naturales, la pertenencia y la definición misma de la región, son construcciones que sobre las bases naturales tejen relaciones particulares y sistemas de signos y símbolos de identificación, relativamente arbitrarios.

El proceso de consolidación y afianzamiento del estado nacional implica, como se ha dicho, la selección de rasgos culturales y también la reiteración y delimitación de fronteras culturales tanto como de las geopolíticas, como dice R. Oliven. Pero ese intento de forjar unidad cultural y como ideal alcanzar la homogeneidad, conduce simultáneamente a un manejo de las diferencias culturales dentro de la nación. Por un lado, como procesos de exclusión y negación de la diversidad de culturas dentro de la nación, como luego veremos; pero por otro, también incluye y resalta determinados elementos y tradiciones. En el caso colombiano se resalta a Colombia como un país de regiones, cada una peculiar y con rasgos distintivos, que no siempre tienen valoración positiva, y a menudo sirven como explicaciones naturales de fenómenos sociales. Características biológicas, raciales, climáticas, del medio geográfico pretenden tipificar cada región y explicar la situación regional, destacada o marginal dentro del conjunto.

Pero más aún, las regiones mismas pueden convertirse en parte de la ideología de identidad nacional. Perry Anderson al comentar la obra de Fernand Braudel sobre la Identidad de Francia, señala cómo Braudel dedica la primera parte a describir las principales regiones de Francia y proclama que este país es especial dentro del continente europeo por la variedad de nichos físicos regionales. Braudel insiste en este punto y celebra la diversidad francesa como un rasgo de identidad. Por supuesto, dice Anderson, desde el punto de vista teórico, Braudel otorga una primacía histórica a las determinaciones espaciales, que son para él las más importantes en la historia profunda. Pero si bien los contrastes climáticos de Francia entre una zona Mediterránea, otra Atlántica y una Continental son reales, no son suficientes para tener mayor diversidad regional que otros países europeos, por ejemplo Alemania o Italia. Para Anderson, en Francia la idea popularizada de la variedad nacional como motivo ideológico hay que buscarla más bien en la temprana unidad nacional, distintiva francesa y en su papel como compensación simbólica del triunfo del estado unitario. En este caso también los atributos de identidad son menos específicos que aparentes y pueden leerse menos como hallazgos empíricos y más como puntos fijos de la ideología nacional (Anderson, 1991). Las ideologías nacionalistas trabajan sobre mitemas básicos, retrabajan las mitologías étnicas y las tranforman en espacio poético y memoria heroica (Ibid).

En nuestro caso, el país se ha representado desde las éliites hasta la conciencia del hombre común, como un país de diversidad regional, y cada una con su propia cultura. Se llega con relativa frecuencia a cuestionar y descalificar normas y políticas nacionales en aras de su inaplicabilidad por las marcadas particularidades regionales y locales. Esta es una ideología de amplia aceptación, incluso por quienes se sienten con conciencia culposa desde el centro. A diferencia del mencionado caso francés, su importancia como motivo de la ideología de identidad nacional tal vez se encuentre en la misma debilidad y precariedad de la integración nacional. Quizás también entra en juego el ocultamiento de la variedad cultural que atraviesa las mismas regiones y que se excluye o se silencia cuando éstas se oponen como conjuntos culturales específicos frente a la nación. La diversidad cultural suele así ser entendida como variedad de culturas regionales. Este es tal vez el rasgo con mayor consideración dentro del colombiano como peculiaridad atribuida del país y difícilmente se encuentra arraigo más poderoso.

La Región y la conformación de la unidad nacional

Se ha insistido con frecuencia en la implantación de la Constitución Política de 1886, que optó por un modelo de relaciones entre región y nación y entre estado nacional y modelos de cultura nacional. De todas maneras es necesario referirse a este modelo político, pues a través de él, al menos como patrón ideal, se fijaron las bases para la unidad nacional y se proporcionó el marco político para los vínculos entre las unidades regionales y el conjunto.

Como es conocido, estuvo inspirado en la hegemonía del centro sobre las regiones. Los centralismos administrativo, fiscal y político, que pregonó esa Constitución, pretendieron dar fundamento a la consolidación de un estado nacional frente a la fragmentación y contraposición de poderes locales. El programa de la Regeneración triunfó en contrarréplica de los excesos ultrafederalistas que debilitaron el orden interno (ver Bushnell, D., 1993). La constitución denominó departamentos a los estados federales y dejó limitado poder a las Asambleas Departamentales, colocó el nombramiento de los gobernadores en manos del presidente y consagró un monopolio del partido en el gobierno sobre el poder ejecutivo en todos los niveles. Bushnell agrega que la total exclusión de uno de los partidos nacionales sirvió para exacerbar el sectarismo político y de manera indirecta al incremento de la violencia campesina.

Pero la exclusión no fue sólo de los partidos diferentes al triunfante, sino de todo lo que se saliera del modelo católico hispanista.

Las regiones quedaron así supeditadas a los dictámenes del gobierno central. Los vínculos entre éstas y el gobierno quedaron en manos de dirigentes políticos y élites locales, quienes, mediante una red de intermediaciones manejadas a través de las maquinarias partidistas, hacían de puente con la dirigencia y el gobierno nacional. En forma simultánea, en cada región tomó fuerza el sentimiento contra el centralismo como fuerza opuesta al progreso regional. Las evidentes diferencias geográficas, la precariedad de las comunicaciones, el relativo aislamiento de cada una, alimentaron la idea de la particularidad regional y el resentimiento contra un centro que las desconocía. Los dirigentes locales desde entonces y hasta el presente, alimentan esta tendencia local y se sirven de ella en el juego político, para sacar partido a nivel central.

Interesa, sin embargo, resaltar las progresivas fisuras en la red de intermediaciones entre región y estado nacional a través de las maquinarias partidistas. En la medida en que se debilitaron los centralismos, perdió poder esta red de intermediación. Los acuerdos nacionales suprapartidistas del Frente Nacional, los cambios en la ubicación espacial de la población y la consiguiente debilidad de los controles tradicionales que se ejercían en las localidades, fueron algunos elementos de un cambio en la relación estado-región, marcado por el descrédito de la efectividad de los partidos políticos. El sistema de valores y controles culturales que sustentaban esas relaciones entraron en crisis con la paulatina urbanización. La emigración de las élites locales hacia las ciudades como parte funcional de la reproducción de esa normatividad, hizo parte de su debilitamiento.

Otra señal particular de la crisis de los controles sociales ha sido el debilitamiento de las creencias religiosas tradicionales (católicas), como modelos normativos. Ya Fernán González en diversos trabajos mostró la importancia de la Iglesia Católica como constructora de unidad nacional y su contribución a la identidad nacional. Esta ha sido, por supuesto, otro canal de comunicación entre lo local y lo nacional y formó parte del conjunto cultural ideal para servir de fundamento a la cultura nacional. Este ideal, como es sabido, excluía y aun condenaba importantes diferencias culturales dentro del ámbito nacional, bien como síntomas de atraso o amenazas para la unidad nacional y aún como inmorales y por tanto inaceptables. La pérdida de influencia del modelo cultural impulsado por la Iglesia Católica abrió la posibilidad para que se consideraran con otra óptica las diferencias culturales y se permitiera la formulación de un estado nacional pluricultural, al menos como modelo posible. Su pérdida de influencia dentro de la ideología de unidad nacional, también contribuyó a la necesidad de redefinir la participación regional en las decisiones nacionales.

El debilitamiento de los vínculos partidistas como vehículos centrales de la relación entre región y nación, llevó a una búsqueda de una nueva relación con mayores derechos políticos y mayor reconocimiento de las regiones en las diferentes instancias decisorias, que se plasmó en el variado conjunto de medidas de los últimos años sobre descentralización.

Hemos asistido en la última década a una reinterpretación de los roles regionales y al auge de la regionalidad como peculiaridad de la nacionalidad colombiana.

Pero el entusiasmo regionalista diluye y anebla otros fenómenos: la jerarquización y desigualdad de los espacios regionales, la existencia de otras formas de diversidad cultural y la particular relación que parece existir entre marginalidad regional y diversidad cultural y aún biodiversidad en general.

Las regiones con presencia importante de diversidad de culturas nativas ocupan una posición particular dentro del conjunto nacional. El antropólogo P. Wade se ha detenido en la constitución espacial de la sociedad, pues toda sociedad crea una zonificación que concentra espacialmente interacciones sociales y prácticas sociales rutinizadas (Wade, P., 1991). La interconexión y la interdependencia de las regiones constituidas hacen parte de la conformación espacial de la sociedad global. Las regiones que emergen tienen no sólo un significado en la nacionalidad, sino que expresan relaciones y clasificaciones étnicas y raciales (Wade, Ibid).

El Chocó, por ejemplo, hace parte de una jerarquía de espacios regionales que sitúa en una escala ascendente la importancia sociopolítica de cada región, sus oportunidades de acceso a recursos y la valoración de la misma en el conjunto. La posición en la base de la escala se relaciona con su composición étnica y racial (ver Wade, cit.)

La historia colombiana llevó a la constitución de regiones con estructuras económicas, demográficas y políticas, así como mezclas raciales diferentes, que sirvieron como base para una diferenciación cultural más amplia. La identidad por origen regional ha tenido simultáneamente un significado sobre origen racial, de manera que "la raza se regionalizó" (Ibid).

La ideología del mestizaje, entendiendo el blanqueamiento como lo deseable, hace parte de la ideología nacional y se afianza espacialmente, de manera que ciertas regiones se ven como periféricas y atrasadas por ser racialmente negras o indias, como el caso del Chocó. La discriminación hace parte no evidente de esta categorización socioespacial, que tiene implicaciones en diversos órdenes de la vida regional y para quienes allí habitan. Basta mirar los indicadores de calidad y cobertura de servicios incluidos en otros capítulos, para apreciar una dimensión de sus implicaciones.

La identidad nacional fusiona en su concepto lo factual y lo ideal y captura, a través de símbolos, el pasado y anuncia el futuro, como expresa Anderson (1991). En la reinterpretación de los roles regionales en Colombia, la ideología regionalista bien debe empezar a contemplar, para el futuro, su propia diversidad.

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