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I
REGION, DIVERSIDAD CULTURAL
Y MEDIO AMBIENTE
EL PROCESO
de interconexión y estrecha relación que se vive a nivel mundial ha puesto de presente
la fuerza de las peculiaridades culturales de diverso orden: desde las étnicas que
rebasan sus bases biológicas, hasta las de lengua, religión o las políticas. El avance
del proceso de integración mundial ha permitido, aunque parezca contradictorio, construir
una sensibilidad hacia la diferencia, como parte esencial del hombre mismo. Como nunca
antes, el conocimiento sobre la variedad sociocultural humana podrá disminuir el temor
casi instintivo frente a quienes se comportan de manera distinta a nosotros, para lograr
su participación en un proceso mayor.
Hoy en día sabemos que
las mal llamadas sociedades primitivas no son salvajes amenazantes. Una ética o una
política excluyentes y etnocéntricas, son cada vez más insostenibles a nivel mundial
(Ver Jimeno, 1991).
La reflexión sobre la
relación entre sociedad, cultura y naturaleza ha ocupado al hombre en las más variadas
épocas y es, por supuesto, mucho más que una inquietud especulativa o teórica. En ella
está presente la preocupación permanente del hombre por reafirmar su singularidad, su
carácter especial, es decir, su misma naturaleza.
S. Moscovici plantea que
el hombre levanta barreras y se coloca en contraste con el resto de seres vivos; el
saberse distinto le lleva a la necesidad de afirmar una y otra vez su singularidad. La
búsqueda de lo que le es propio, la ruptura entre sociedad y naturaleza, juegan para él
un papel capital (Moscovici, 1975).
No es pertinente
extenderse aquí en la multiplicidad de enfoques que tratan teóricamente el tema. Sin
embargo, vale la pena mencionar cómo el predominio humano sobre los más remotos
ambientes y especies naturales, su extensión sobre el planeta y la consagración del
poder de la cultura humana como ente de transformación han traído una creciente
preocupación por este predominio. Se teme en la actualidad por el futuro del proceso
evolutivo general y, por supuesto, por el de la especie humana en particular.
Surgen dudas sobre la
ruptura sociedad-naturaleza, sobre el principio del hombre como amo y señor de la
naturaleza, conquistada desde fuera (Moscovici, cit.), conceptos arraigados en la
tradición cultural cristiana.
El conocimiento sobre las
sociedades nativas ha contribuido a acrecentar las dudas, al poner de presente cómo el
hombre teje siempre, desde sus albores, una red compleja de interacciones y ante todo de
transformaciones del mundo natural. Es evidente que cultura y sociedad no son artificios,
sino parte del estado natural del hombre, que le acompañan desde siempre.
Se han podido constatar
formas distintas de percibir y vivir la relación sociedad-naturaleza donde una y otra,
antes que unidades en contraposición y lucha, están engranadas en un sistema vital. Como
lo ha planteado el antropólogo G. Reichel-Dolmatoff para el Vaupés, el manejo ecológico
de un área no es sólo una respuesta a un ambiente físico, sino una respuesta a "una
condición humana, a la historia; se trata esencialmente de una actitud ética"
(Reichel-Dolmatoff, 1990: 39).
Esta actitud, por supuesto, no es generalizable y no debe prestarse a la idealización de
los indígenas y otras sociedades nativas como conservacionistas a ultranza. Su manejo
ambiental es parte, como se dijo en la Introducción, de una sociedad con baja
acumulación de excedentes.
La diversidad cultural
humana ha corrido pareja con su expansión sobre la tierra, pero su presencia en la mayor
parte de ella va acompañada de una menor diversidad cultural, con la homogeneización de
las culturas y con el fin de numerosas fuentes de vida.
Colombia hace parte de un proceso mundial que tiende a la homogeneización de patrones y
hábitos culturales. La sociedad toda, en las regiones, en los campos o en las ciudades,
se ha visto permeada por su predominio. La extensión de ciertos modelos culturales
implica una mayor utilización de productos y un consumo general creciente de bienes.
Esto significa, por un lado, formar parte de un proceso global que afecta a los residentes
en ciudades o áreas urbanas y se extiende a la vida rural e impone una manera específica
de utilizar los recursos naturales y demandas por bienes y servicios. El campesino actual
dista mucho del productor de antaño, relativamente autosuficiente, con una ética
estricta de austeridad y de bajo consumo, aislado del resto del país.
Por otro lado, desde una perspectiva opuesta, estos fenómenos culturales y la
reubicación de la población en ciudades, son relativamente recientes en Colombia y, como
tales, crean necesarios reajustes en otros niveles del comportamiento social. Es decir, si
bien se han impuesto ciertos patrones culturales comunes, estos están aún en proceso de
sustituir los antiguos modelos. No han corrido paralelos con el surgimiento de nuevas
pautas de arraigo al medio urbano, de manejo de los espacios como espacios colectivos;
está aún en camino una reinterpretación de los roles regionales, de los familiares, de
las relaciones entre las generaciones y, por supuesto, de los étnicos, para mencionar
algunos de ellos.
La diversidad cultural del país, tanto la étnica como la regional, pueden servir como
base de construcción nacional, pues en un sentido amplio es tan grave el fin de la
diversidad biológica, como el de la cultural.
La diversidad humana aún existente es fruto de la historia exitosa de su expansión
territorial, y si bien ha ocasionado la ocupación casi completa del planeta y la
destrucción de fuentes de vida, puede utilizarse en la protección ecológica. La
protección ecológica debe considerar las necesidades económicas y sociales de las
poblaciones locales, en vez de pretender excluir la actividad humana. (Ver por ejemplo,
Poole, 1989). Ciertas formas de desarrollo son compatibles con la conservación de
ambientes naturales.
Existen sin embargo, estudios que muestran la complejidad de la convergencia entre
explotación tradicional de recursos y conservacionismo, pues no todas las formas
tradicionales lo permiten, entendida la protección en los términos nuestros (Ibid).
De allí la importancia de conocer de la mejor manera la relación de nativos,
campesinos y otros pobladores con el medio ambiente; reconocer sus necesidades de
producción, las demandas de recursos y el reclamo de autonomía dentro de sus
territorios.
El éxito de las políticas de mitigación de efectos indeseables sobre el ambiente radica
en el conocimiento por parte de las acciones oficiales de las peculiaridades cognoscitivas
y las diversas prácticas culturales, de manera que la población sea activa y convencida
partícipe de planes y programas.
La Región en la
ideología nacional
Las
ciencias sociales han explorado desde sus inicios las bases de la consolidación y
diferenciación de los grupos humanos a partir del contraste entre nosotros y los
otros.
El antropólogo brasileño Ruben Oliven, por ejemplo, menciona a Marcel
Mauss y a Emilio Durkheim, quienes compararon los símbolos externos y los emblemas a
través de los cuales se representan las naciones modernas y también los clanes primitivos
y que permiten diferenciar cada grupo. Cita también a Lévi-Strauss, quien al hablar
de la ilusión totémica, mostró que sirve para distinguir a los hombres unos de otros.
Pero las sociedades estatales tienen una historicidad propia que procura integrar sus
diferentes partes desde el punto de vista territorial, regional y social. Tienen
ideologías que enfatizan una sólida integración y se presentan como antiguas y a veces
inmemoriales (Oliven, R., 1992).
La consolidación de la unidad nacional, no obstante, es un proceso relativamente reciente
no sólo en nuestro caso, sino como fenómeno histórico occidental. A lo largo del mismo
se conforman tradiciones, nuevas y viejas, como dicen los historiadores y se enfatizan
ciertos rasgos culturales como distintivos de la unidad nacional.
La forma conceptual de explicar estos rasgos, dice el historiador Perry Anderson, se ha
desplazado en Europa, desde la noción de carácter nacional a la de identidad nacional,
hoy en boga. Explicaciones sobre el carácter nacional francés, británico, italiano,
germano, se encuentran en ensayos de diferentes pensadores, entre los cuales sobresale D.
Hume. A comienzos del siglo veinte, el carácter nacional se volvió tema de tratados
teóricos mayores, con distintas perspectivas, como la de A. Fouilleé en Francia o la de
Otto Bauer en Austria, con influencia marxista este último (Anderson, P., 1991). Pero
hacia los años sesenta, dice Anderson, ya no se consideraba serio este tema en razón de
que el mundo cultural y los ingredientes que se suponía caracterizaban cada nación
europea habían sufrido de hibridación y homogeneización. Desde los valores hasta los
objetos de uso cotidiano, desde la socialización y la moral, hasta los patrones de
consumo. "Los viejos significantes de diferencia se habían desvanecido
progresivamente" (Ibid: 6).
Desde los años ochenta, el discurso de la diferencia nacional, continúa Anderson, se
dirigió a la identidad nacional. Esta noción, a diferencia de la de carácter, es más
selectiva, menos global y tiende a basarse en rasgos de esencia y no en caracteres
típicos de un grupo; es relacional y se hace necesaria la noción de alteridad, pues no
es autocomprendida. Como concepto es simultáneamente más profundo y más frágil y puede
tender a la metafísica. Supone un autorreconocimiento, de manera que posee una dimensión
subjetiva y autorreflexiva, mientras que el carácter supone rasgos objetivos, conscientes
o no. Finalmente, la identidad nacional implica un proceso de selección en el cual las
experiencias colectivas se decantan y simbolizan. La memoria adquiere una mayor
importancia que en el carácter y el campo político es su arena natural. Ciertas
experiencias históricas se llevan a un plano emblemático y sirven de fundamento a
ideologías de unidad nacional que a menudo ocultan la división y la desigualdad
(Anderson, cit.).
Ahora bien, la región actual tiene como referente necesario al estado nacional, con el
cual mantiene relaciones múltiples, contradictorias y a menudo conflictivas. En la
relación entre las regiones y la nación se crean también símbolos de diferenciación y
contraste a partir de representaciones sobre lo que sería el carácter propio regional y
simultáneamente se establece la pertenencia al conjunto. Unos y otros, contrastes y
vínculos, se establecen de manera diferencial según cada historia regional y según la
relación geopolítica y económica construida a lo largo del proceso de conformación de
la unidad del estado nacional.
Las regiones sufren una adscripción al estado nacional, que las sitúa de manera
desigual, no homogénea, les atribuye ciertos rasgos y les asigna roles específicos.
Si se examinan con detenimiento las características que particularizan cada región y que
serían la base fáctica del arraigo regional, no sólo son cambiantes a través del
tiempo, sino además relativamente difusas. Si bien las regiones pueden definirse con base
en refencias físico-naturales particulares que delimitan unidades espaciales naturales,
la pertenencia y la definición misma de la región, son construcciones que sobre las
bases naturales tejen relaciones particulares y sistemas de signos y símbolos de
identificación, relativamente arbitrarios.
El proceso de consolidación y afianzamiento del estado nacional implica, como se ha
dicho, la selección de rasgos culturales y también la reiteración y delimitación de
fronteras culturales tanto como de las geopolíticas, como dice R. Oliven. Pero ese
intento de forjar unidad cultural y como ideal alcanzar la homogeneidad, conduce
simultáneamente a un manejo de las diferencias culturales dentro de la nación. Por un
lado, como procesos de exclusión y negación de la diversidad de culturas dentro de la
nación, como luego veremos; pero por otro, también incluye y resalta determinados
elementos y tradiciones. En el caso colombiano se resalta a Colombia como un país de
regiones, cada una peculiar y con rasgos distintivos, que no siempre tienen valoración
positiva, y a menudo sirven como explicaciones naturales
de fenómenos
sociales. Características biológicas, raciales, climáticas, del medio geográfico
pretenden tipificar cada región y explicar la situación regional, destacada o marginal
dentro del conjunto.
Pero más aún, las regiones mismas pueden convertirse en parte de la ideología de
identidad nacional. Perry Anderson al comentar la obra de Fernand Braudel sobre la Identidad
de Francia,
señala cómo Braudel dedica la primera parte a describir las
principales regiones de Francia y proclama que este país es especial dentro del
continente europeo por la variedad de nichos físicos regionales. Braudel insiste en este
punto y celebra la diversidad francesa como un rasgo de identidad. Por supuesto, dice
Anderson, desde el punto de vista teórico, Braudel otorga una primacía histórica a las
determinaciones espaciales, que son para él las más importantes en la historia profunda.
Pero si bien los contrastes climáticos de Francia entre una zona Mediterránea, otra
Atlántica y una Continental son reales, no son suficientes para tener mayor diversidad
regional que otros países europeos, por ejemplo Alemania o Italia. Para Anderson, en
Francia la idea popularizada de la variedad nacional como motivo ideológico hay que
buscarla más bien en la temprana unidad nacional, distintiva francesa y en su papel como
compensación simbólica del triunfo del estado unitario. En este caso también los
atributos de identidad son menos específicos que aparentes y pueden leerse menos como
hallazgos empíricos y más como puntos fijos de la ideología nacional (Anderson, 1991).
Las ideologías nacionalistas trabajan sobre mitemas básicos, retrabajan las mitologías
étnicas y las tranforman en espacio poético y memoria heroica
(Ibid).
En nuestro caso, el país se ha representado desde las éliites hasta la conciencia del
hombre común, como un país de diversidad regional, y cada una con su propia cultura. Se
llega con relativa frecuencia a cuestionar y descalificar normas y políticas nacionales
en aras de su inaplicabilidad por las marcadas particularidades regionales y locales. Esta
es una ideología de amplia aceptación, incluso por quienes se sienten con conciencia
culposa desde el centro. A diferencia del mencionado caso francés, su importancia como
motivo de la ideología de identidad nacional tal vez se encuentre en la misma debilidad y
precariedad de la integración nacional. Quizás también entra en juego el ocultamiento
de la variedad cultural que atraviesa las mismas regiones y que se excluye o se silencia
cuando éstas se oponen como conjuntos culturales específicos frente a la nación. La
diversidad cultural suele así ser entendida como variedad de culturas regionales. Este es
tal vez el rasgo con mayor consideración dentro del colombiano como peculiaridad
atribuida del país y difícilmente se encuentra arraigo más poderoso.
La Región y la
conformación de la unidad nacional
Se ha insistido con
frecuencia en la implantación de la Constitución Política de 1886, que optó por un
modelo de relaciones entre región y nación y entre estado nacional y modelos de cultura
nacional. De todas maneras es necesario referirse a este modelo político, pues a través
de él, al menos como patrón ideal, se fijaron las bases para la unidad nacional y se
proporcionó el marco político para los vínculos entre las unidades regionales y el
conjunto.
Como es conocido, estuvo inspirado en la hegemonía del centro sobre las regiones. Los
centralismos administrativo, fiscal y político, que pregonó esa Constitución,
pretendieron dar fundamento a la consolidación de un estado nacional frente a la
fragmentación y contraposición de poderes locales. El programa de la Regeneración
triunfó en contrarréplica de los excesos ultrafederalistas que debilitaron el orden
interno (ver Bushnell, D., 1993). La constitución denominó departamentos
a
los estados federales y dejó limitado poder a las Asambleas Departamentales, colocó el
nombramiento de los gobernadores en manos del presidente y consagró un monopolio del
partido en el gobierno sobre el poder ejecutivo en todos los niveles. Bushnell agrega que
la total exclusión de uno de los partidos nacionales sirvió para exacerbar el sectarismo
político y de manera indirecta al incremento de la violencia campesina.
Pero la exclusión no fue sólo de los partidos diferentes al triunfante, sino de todo lo
que se saliera del modelo católico hispanista.
Las regiones quedaron así supeditadas a los dictámenes del gobierno central. Los
vínculos entre éstas y el gobierno quedaron en manos de dirigentes políticos y élites
locales, quienes, mediante una red de intermediaciones manejadas a través de las
maquinarias partidistas, hacían de puente con la dirigencia y el gobierno nacional. En
forma simultánea, en cada región tomó fuerza el sentimiento contra el centralismo como
fuerza opuesta al progreso regional. Las evidentes diferencias geográficas, la
precariedad de las comunicaciones, el relativo aislamiento de cada una, alimentaron la
idea de la particularidad regional y el resentimiento contra un centro que las
desconocía. Los dirigentes locales desde entonces y hasta el presente, alimentan esta
tendencia local y se sirven de ella en el juego político, para sacar partido a nivel
central.
Interesa, sin embargo, resaltar las progresivas fisuras en la red de intermediaciones
entre región y estado nacional a través de las maquinarias partidistas. En la medida en
que se debilitaron los centralismos, perdió poder esta red de intermediación. Los
acuerdos nacionales suprapartidistas del Frente Nacional, los cambios en la ubicación
espacial de la población y la consiguiente debilidad de los controles tradicionales que
se ejercían en las localidades, fueron algunos elementos de un cambio en la relación
estado-región, marcado por el descrédito de la efectividad de los partidos políticos.
El sistema de valores y controles culturales que sustentaban esas relaciones entraron en
crisis con la paulatina urbanización. La emigración de las élites locales hacia las
ciudades como parte funcional de la reproducción de esa normatividad, hizo parte de su
debilitamiento.
Otra señal particular de la crisis de los controles sociales ha sido el debilitamiento de
las creencias religiosas tradicionales (católicas), como modelos normativos. Ya Fernán
González en diversos trabajos mostró la importancia de la Iglesia Católica como
constructora de unidad nacional y su contribución a la identidad nacional. Esta ha sido,
por supuesto, otro canal de comunicación entre lo local y lo nacional y formó parte del
conjunto cultural ideal para servir de fundamento a la cultura nacional. Este ideal, como
es sabido, excluía y aun condenaba importantes diferencias culturales dentro del ámbito
nacional, bien como síntomas de atraso o amenazas para la unidad nacional y aún como
inmorales y por tanto inaceptables. La pérdida de influencia del modelo cultural
impulsado por la Iglesia Católica abrió la posibilidad para que se consideraran con otra
óptica las diferencias culturales y se permitiera la formulación de un estado nacional
pluricultural, al menos como modelo posible. Su pérdida de influencia dentro de la
ideología de unidad nacional, también contribuyó a la necesidad de redefinir la
participación regional en las decisiones nacionales.
El debilitamiento de los vínculos partidistas como vehículos centrales de la relación
entre región y nación, llevó a una búsqueda de una nueva relación con mayores
derechos políticos y mayor reconocimiento de las regiones en las diferentes instancias
decisorias, que se plasmó en el variado conjunto de medidas de los últimos años sobre
descentralización.
Hemos asistido en la última década a una reinterpretación de los roles regionales y al
auge de la regionalidad como peculiaridad de la nacionalidad colombiana.
Pero el entusiasmo regionalista diluye y anebla otros fenómenos: la jerarquización y
desigualdad de los espacios regionales, la existencia de otras formas de diversidad
cultural y la particular relación que parece existir entre marginalidad regional y
diversidad cultural y aún biodiversidad en general.
Las regiones con presencia importante de diversidad de culturas nativas ocupan una
posición particular dentro del conjunto nacional. El antropólogo P. Wade se ha detenido
en la constitución espacial de la sociedad, pues toda sociedad crea una zonificación que
concentra espacialmente interacciones sociales y prácticas sociales rutinizadas (Wade,
P., 1991). La interconexión y la interdependencia de las regiones constituidas hacen
parte de la conformación espacial de la sociedad global. Las regiones que emergen tienen
no sólo un significado en la nacionalidad, sino que expresan relaciones y clasificaciones
étnicas y raciales (Wade, Ibid).
El Chocó, por ejemplo, hace parte de una jerarquía de espacios regionales que sitúa en
una escala ascendente la importancia sociopolítica de cada región, sus oportunidades de
acceso a recursos y la valoración de la misma en el conjunto. La posición en la base de
la escala se relaciona con su composición étnica y racial (ver Wade, cit.)
La historia colombiana llevó a la constitución de regiones con estructuras económicas,
demográficas y políticas, así como mezclas raciales diferentes, que sirvieron como base
para una diferenciación cultural más amplia. La identidad por origen regional ha tenido
simultáneamente un significado sobre origen racial, de manera que "la raza se
regionalizó" (Ibid).
La ideología del mestizaje, entendiendo el blanqueamiento como lo deseable, hace parte de
la ideología nacional y se afianza espacialmente, de manera que ciertas regiones se ven
como periféricas y atrasadas por ser racialmente negras o indias, como el caso del
Chocó. La discriminación hace parte no evidente de esta categorización socioespacial,
que tiene implicaciones en diversos órdenes de la vida regional y para quienes allí
habitan. Basta mirar los indicadores de calidad y cobertura de servicios incluidos en
otros capítulos, para apreciar una dimensión de sus implicaciones.
La identidad nacional fusiona en su concepto lo factual y lo ideal y captura, a través de
símbolos, el pasado y anuncia el futuro, como expresa Anderson (1991). En la
reinterpretación de los roles regionales en Colombia, la ideología regionalista bien
debe empezar a contemplar, para el futuro, su propia diversidad.
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