CHOCÓ DIVERSIDAD CULTURAL Y MEDIO AMBIENTE
Myriam Jimeno
María Lucía Sotomayor 
Luz María Valderrama 
© Derechos Reservados de Autor

II

PERFILES DE LA HISTORIA CHOCOANA

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LA ECONOMIA predominante a lo largo de la historia chocoana ha sido la extractiva, cuya característica principal es exportar los capitales generados. La permanente exportación de riqueza, minera, maderera, pesquera, incluso en menor escala agropecuaria, no condujo a una acumulación local. Los ciclos de auge económico se depositaron fuera de la región y la infraestructura básica económica y de servicios no se modificó sustancialmente. Incluso los modelos culturales nativos (indios y negros) han tenido una alta permanencia a través de estos ciclos.

Germán Colmenares muestra que desde el siglo XVI, los pobladores de las provincias de Popayán y Antioquia intentaron repetidamente la ocupación definitiva del Chocó, pues ya se conocían sus riquezas en oro. Sin embargo, este proyecto no era de interés para la metrópoli, por sus posibles efectos sobre la población nativa. A pesar de ello, en 1666 se autorizó a las autoridades de las gobernaciones vecinas la reducción de indígenas. Algunos caciques pronto se convirtieron en tributarios y entraron 100 esclavos negros para trabajar en las minas. En el poblamiento competían las gobernaciones de Antioquia y Popayán y misioneros de distintas órdenes (Colmenares, G., 1975).

Hernández (1993), con base en varios investigadores, menciona que el territorio chocoano a comienzos de la colonia estaba ocupado por chancos en el río Garrapatas, yacos en el alto Calima, tootuma e ingarae en el río Sipí, noanamá (wanana) en el bajo san Juan, surucos en el río Quito, poromeas en el Bojayá y cunas en el bajo Atrato. Los tatamá y los ima del alto San Juan y los citará del alto Atrato eran subgrupos emberá a quienes los españoles llamaron genéricamente chocó. Entre los mismos emberá existían diferencias culturales expresadas, por ejemplo, en la pintura corporal y en variedades dialectales (Vargas, 1993).

Según documentos del siglo XVII los españoles subdividían el territorio en provincias indígenas. Varios grupos fueron forzados al trabajo minero en el San Juan y afluentes del Atrato. Pero a mediados de ese siglo se produjeron grandes rebeliones indígenas que arrasaron los centros mineros y los poblados coloniales y culminaron con la búsqueda masiva de refugio en tierras apartadas, algunas hacia la cuenca del Pacífico. A lo largo de los siglos coloniales ocurrieron numerosos desplazamientos de etnias nativas y la reubicación y aún fusión y desaparición de otras.

En 1684 se produjo otra importante rebelión de los indígenas del norte del Chocó, en la provincia de Citará, que llevó a la interrupción de los trabajos en las minas, especialmente en el pueblo de Neguá, donde los antioqueños habían llevado un alto número de esclavos. La pacificación, dice Colmenares, fue catastrófica pues "diezmó la población indígena y dispersó los esclavos". En el último cuarto de siglo XVII se llevó a cabo la reducción definitiva de los indígenas, hecho que abrió un nuevo auge del oro con repercusiones en toda la Nueva Granada. Se beneficiaron empresarios de Popayán y Cali y otros que habían contribuido a su pacificación (Colmenares, 1975: 135). Desde entonces el oro se convirtió, con auges y retrocesos, en el cordón de unión del Chocó con el resto del país.

P. Wade plantea que durante el régimen colonial la región fue una frontera minera, al margen de los centros de desarrollo. Los blancos eran muy pocos, mineros, administradores, comerciantes, soldados y misioneros (Wade, P., 1989). Los campamentos mineros, organizados en cuadrillas bajo estricto control, se trasladaban continuamente. Wade cita a Sharp, al comentar que el 90% de las cuadrillas tenían más de 30 esclavos (Wade, P., 1990).

Paulatinamente se establecieron pobladores libres, negros que habían comprado su libertad gracias al trabajo minero durante sus días de descanso; cultivaron las vegas de los ríos y continuaron lavando oro, que vendían en los pueblos (Ibid).

La población indígena fue obligada a cultivar y realizar distintas obras para los campamentos mineros, a pesar de la expresa prohibición de las normas coloniales.

La población blanca fue siempre reducida y no intentó en la época colonial poblar la región ni la colonización agrícola; el mestizaje fue escaso. Los blancos mantuvieron una fuerte barrera social, alimentada entre otros por el temor a las rebeliones de esclavos. El asentamiento inestable de éstos contribuyó al escaso mestizaje.

Los libres se retiraron a la selva, con poco contacto con los blancos y fueron en aumento por la manumisión y el crecimiento demográfico. Algunos negros y mulatos libres tuvieron esclavos, pero siempre menos de cinco, que era el número requerido para ser admitidos al gremio de los mineros. De esta manera quedaron relativamente aislados del sistema colonial local. A su vez, entre los libres y los indígenas se establecieron relaciones comerciales y de compadrazgo pero tampoco se dio un mestizaje de importancia (Wade, P., 1989). La sociedad colonial vio en el Chocó un sitio inhóspito, utilizado para extraer recursos y gastarlos fuera (Ibid).

En 1778 el Chocó tenía, según fuentes documentales utilizadas por Sharp (citado en Wade, 1989), un total de 14.662 personas; de éstas 2.3% eran blancos, 36.9% indios, 21.5% negros libres y 39.2% esclavos. Es claro el predominio étnico afrochocoano. Según la misma fuente, la proporción de blancos en el Chocó era la más baja, en comparación con Antioquia (17%) y la Costa Atlántica (10.8%). Esta proporción de blancos descendió al 1.6% para 1808. Ya para entonces, en el Chocó los libres eran el 60.7% de la población (25.000 habitantes), los indios habían bajado al 17.8% y los esclavos al 19.8%. Estas tendencias de descenso de los indios, los blancos y los esclavos, numérica y proporcional, continuó, dice Wade, hasta la manumisión de los esclavos en 1851.

Entre los rasgos históricos de poblamiento, vale la pena resaltar el asentamiento ribereño disperso, que se dio en estrecha relación con el modelo minero. La actividad agrícola fue practicada desde un comienzo por pequeñas comunidades indígenas y negras, mediante el uso alterno de distintos medios y recursos; estas últimas tomaron de los indígenas patrones de referencia socioeconómicos basados en grupos de parientes y en una agricultura itinerante que aprovechaba los ciclos de oferta de recursos naturales de las distintas cuencas fluviales. Con el tiempo se establecieron entre ambos grupos vínculos de compadrazgo, comercio e intercambio de conocimientos etnobotánicos, etnomédicos y mágicos (Arocha, J., 1993b), intercambios no exentos de conflictos y confrontaciones.

Las posteriores olas migratorias hacia el Chocó, por ejemplo, alrededor del caucho y la tagua a finales del siglo pasado y del repunte del oro a comienzos de este siglo, atrajeron inmigrantes de distintas zonas del país y entre otros a sirio-libaneses. Las corrientes migratorias más recientes en el Urabá chocoano, o la influencia antioqueña y caldense, se comentan a lo largo del texto, en relación con cada subregión chocoana.

La minería del oro continuó siendo, de todas formas, el eje del proceso social y económico de la zona, con épocas de auge y retroceso. Los años 20 de este siglo abrieron uno de estos ciclos que se cerró hacia el final de esa década con una profunda depresión de quienes vivían de la minería industrial y su comercio local. La extracción de oro tuvo un nuevo repunte en la postguerra y de nuevo, a mediados de los años setenta decayó el monopolio extractivo. La década pasada trajo la proliferación de la minería semiindustrial y de la pequeña explotación con motobombas, como veremos.

Vale la pena mencionar que a partir de los años cincuenta se acentuó la emigración de la élite blanco-mestiza del Chocó hacia diferentes ciudades del país. Varios elementos confluyeron para acelerar la salida de la mayoría de las familias: por una parte, el Chocó había dejado atrás unas décadas de relativo auge, cuando barcos cargados de mercancías extranjeras remontaban el Atrato, el comercio local florecía y aún se intentaba establecer industrias de gaseosas y jabones. La distancia entre el Chocó y otras regiones paulatinamente se acrecentó; las oportunidades educativas, laborales y de ascenso social estaban fuera de la zona, cada vez más periférica.

Wade (1990) enfatiza, como influjo para la emigración blanca, el ascenso de sectores negros educados que paulatinamente presionaron sobre la maquinaria partidista, la burocracia y la administración regionales y circunstancias como el incendio de Quibdó en 1966, que destruyó justamente lo poco que quedaba del sector blanco tradicional.

Como síntesis, podemos decir que en el Chocó han prevalecido tres grandes modelos socioculturales, indígenas, afrochocoanos y blancos, que interactúan y han tenido una desigual distribución de recursos económicos y una desigual valoración social. A lo largo del tiempo se han transformado y confrontado, pero también se han imbricado, unidos por su condición de periferia.

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Las poblaciones nativas emberá y wanana se reacondicionaron como producto del contacto colonial. Hoy día su ubicación preferencial son las partes altas y medias de afluentes del río San Juan, el Baudó y el Bojayá, donde núcleos de familias extensas practican la agricultura itinerante. Grupos de parientes culturalmente definidos se entrelazan a lo largo de vastas extensiones, que recorren en función de celebraciones rituales, prácticas curativas, resolución de conflictos. El patrón social segmentario comentado en la literatura antropológica, sigue una dinámica de atomización o nucleamiento según las circunstancias (Vargas, 1993).

La creación de territorios delimitados bajo la figura de resguardos a propiciado reasentamientos y el surgimiento de nuevas figuras de prestigio y poder, diferentes de la tradicional del jaibaná, figuras que a su vez se articulan con organizaciones departamentales y nacionales de carácter étnico reivindicativo.

Los ensayos de etnografía emberá se detienen en la relación entre la cultura y el medio natural, entrelazados a través de complejos de significado, con intervenciones muy normatizadas. Conocimientos botánicos, sobre el comportamiento animal, los suelos y ecosistemas, están sólidamente integrados dentro de las nociones de vida, origen y conservación de la vida humana y las distinciones míticas entre lo humano y lo no humano (ver detalles en el trabajo de grado de Hernández, C., 1993). Para los emberá, como para otras culturas indígenas, en el origen existió una continuidad sociedad-cultura-naturaleza, donde los héroes culturales hombres-animales, van distinguiendo los elementos de la naturaleza. A partir de luchas y competencias de distintos héroes, los mundos se van separando y el hombre-animal se escinde en dos mundos particulares, mientras en otros mundos alternos, subterráneos y aéreos, subsisten rezagos de esa primera unidad. El hombre domina los animales en este mundo, pero frente a ellos, como frente a otros recursos, las transacciones nunca están finalizadas; es preciso cuidar las relaciones con ellos y sus dueños y para ello los jaibaná, deben realizar una intensa y constante acción propiciatoria. Cada suceso social está conectado en forma compleja con entidades mítico-naturales que cada hombre debe respetar (Hernández, C., 1993; Vasco, L. G., 1985). Existe pues, una estrecha conexión entre relaciones sociales, creencias y uso de los recursos y conceptos sobre la sociedad humana y su puesto en un universo extenso de fuerzas, como D. Forde expresó respecto a otras sociedades nativas (Forde, D., 1954).

El modelo ahora denominado afrochocoano para enfatizar la herencia cultural afro, cubre la mayoría de las áreas rurales chocoanas. Se estima que constituyen el 84% de la población del Chocó (Losoczy, A. M.; citada en Arocha, J., 1993b). En cierta medida, por intercambio de influencias y también por procesos adaptativos similares, este modelo guarda semejanzas con el anterior. Sus rasgos centrales son una población dispersa por las riberas y las costas, que aprovecha en forma cíclica y extensiva las terrazas cultivables, la pesca y la minería del oro. La apropiación territorial busca el aprovechamiento de distintos recursos de selva y río. Los grupos de parientes dispersos en una vasta área mantienen numerosos mecanismos de apoyo y encuentros religiosos, festivos o de duelo. En lo religioso se conectan y confluyen lo festivo y lo doloroso, lo sacro y lo profano, con débiles fronteras entre ellos. Alrededor del juego, del baile y del drama y su puesta en escena, con la música omnipresente, se aglutinan, resuelven sus conflictos y renuevan sus vínculos. (Con base en conferencias de Vargas y Ferro, 1992 y Arocha, J., 1993 a y b).

Si bien la población mayoritaria es rural, los cascos urbanos reciben un flujo permanente de pobladores que circulan entre unos y otros, por un lado en busca de salud, educación y empleos temporales y, por otro, van al campo por los recursos estacionales y las cosechas de arroz, maíz , plátano. Las organizaciones de pobladores negros habla ahora de la continuidad campo-poblado, para denominar este circuito.

En el tercer modelo, una población minoritaria, situada en los principales cascos urbanos y en las áreas de influencia de Urabá, Córdoba, Antioquia y Risaralda, practica la agricultura y la ganadería de corte andino, el comercio o sirven de intermediarios en la extracción maderera, minera y pesquera. Unos pocos pertenecen a la tradición blanca que data al menos de comienzos de siglo; otros de olas de colonización campesina especialmente desde los años cincuenta y sesenta; los más recientes llegaron en los años ochenta atraídos por las explotaciones semi-industriales de oro.

Aquellos que provienen de varias generaciones de chocoanos, unas pocas familias hoy en día, a pesar de que mantuvieron barreras raciales y culturales que inclusive llegaron a delimitaciones claras socio-espaciales, adoptaron costumbres y numerosos rasgos de los afrochocoanos: el habla, la sexualidad, la estructura familiar, la expresión corporal, el papel del vestuario, algunas comidas, el manejo de la agresión, el significado del río, entre otros.

Aunque en el Chocó existió hasta los años cincuenta un sistema de exclusiones raciales que cobijó el acceso a los mejores planteles educativos, señaló el lugar para escuchar las retretas en el parque de Quibdó, fijó el lugar de residencia, prohibió el acceso a las fiestas de blancos, caracterizó la comida de negros o de indios y estratificó las ocupaciones, a pesar de todo ello, se entrecruzaron numerosos hilos culturales entre estos tres modelos.

Abuelas blancas chocoanas contaban que por los tiempos del fin del siglo pasado un cura maldijo el Chocó; entonces un gigantesco mero desbordó el Atrato y las aguas de los ríos cercanos fueron cubriendo el pueblo; muchos huyeron hacia sitios apartados, pero otros murieron devorados por el feroz pez carnívoro. Afirman que los emberá encuentran a veces en ciertos sitios de su territorio jais, monstruos que residen en ciertos lugares de los ríos y tienen tamaño descomunal; el nunsí, parece un pez gigantesco y feroz que devora a quienes caen al agua y causa el terror (Hernández, C., 1993).

Pero más allá de muchas creencias compartidas, los tres grandes tipos de pobladores, hasta el presente, se sienten partícipes de una región abandonada, donde el auge descentralista amenaza sólo con dejar nuevas obligaciones y reproducir la jerarquización espacial.

Desde el centro existe ahora un nuevo interés en esta periferia, el de la gran biodiversidad, cuya permanencia sin duda obedece a la prevalencia de modelos culturales de explotación no intensiva de los recursos.

A pesar de la relativa desarticulación del territorio departamental en términos de circuitos productivos, de comunicaciones y de acción institucional, los nuevos repuntes extractivos (oro, maderas, pesca) tienen un efecto sin precedentes sobre la población rural, afro y amerindia.

En la actualidad los auges extractivos han traído un número elevado de empresarios. Su actividad tiene un efecto devastador sobre los ríos, la fauna acuática, los suelos de ribera, ejes de la subsistencia chocoana y de su diversidad cultural.

La población rural aislada resiente también los efectos de las nuevas actividades extractivas y de la colonización agrícola de ciertas zonas, como una presión y un atentado en contra de su posesión territorial y sobre la producción de los modelos productivos no intensivos.

La muy reciente expedición de la ley 70 de 1993 sobre Comunidades Negras, se propone ofrecer mecanismos para garantizar que no sean arrasadas estas comunidades. Pero la población se encuentra con fuerzas contradictorias, que por una parte cambian sus modelos culturales y su hábitat, pero por otra, ofrecen una oportunidad de mayores ingresos.

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