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VI
LA DIVERSIDAD
CULTURAL Y LA CONSTRUCCIÓN
DE LA REGIÓN DEL CHOCÓ
AL INICIO
del libro se planteó cómo las regiones son ante todo construcciones socio-históricas
sobre fundamentos físico naturales. La significación del entorno natural que realiza la
cultura es interactiva e implica ajustes y adaptación, pero también intervención y
modificación, a veces reñidas con ese entorno. Las formas específicas de éstos
dependen de balances relativos a las condiciones históricas, tanto de la región misma,
como de su relación con conjuntos mayores. Se sabe que las condiciones regionales no
pueden explicarse sólo con referencia a sus características internas, sino también en
relación con su articulación externa, que se modifica históricamente.
La región,
adicionalmente, juega un papel cambiante en la construcción de representaciones sociales
globales. En Colombia la conformación de ideologías nacionales, en la ideología de
identidad nacional contemporánea, las regiones, la relación centro-región,
centro-periferia, ocupan un lugar central. También su valoración cultural desigual,
atravesada por nociones de raza y desarrollo. El Chocó ha tenido el significado dentro
del conjunto nacional, de periferia, de marginalidad, con valoración racial. Incluso
estas condiciones se atribuyen con frecuencia a su condición racial.
¿Qué papel puede
cumplir la diversidad cultural en esa construcción simbólica y material del Chocó como
región?
Pueden esbozarse al menos
dos grandes líneas de dinámica histórica, distinciones necesarias en el proceso
continuo de reinvención cultural y de construcción de representaciones nacionales.
Por una parte, desde
fechas tempranas, la zona se relaciona como periferia de otros centros. Periferia que, sin
embargo, alimenta de oro la sociedad colonial, esencial para la economía de la época. Se
signa así una primera gran línea. Las culturas locales, las nativas y las hechas a la
fuerza nativas, se ven sometidas a alimentar la relación extractivista. Pero florecen a
su sombra modelos nuevos, reacomodos lentos de las culturas amerindias y afroamericanas.
Las minorías blancas son poco estables en el largo plazo, sin acumulación significativa
y con lazos de subordinación con quienes logran el gran lucro de la extracción, sean
estos la Chocó Pacífico o Maderas del Darién. Sin embargo, durante la mitad de este
siglo, quienes permanecieron recibieron la influencia múltiple de los modelos afro y
amerindio, aun a pesar de la presencia de formas abiertas y veladas de discriminación o
segregación racial y cultural. Los intercambios entre población y medio natural
produjeron complejos culturales con los cuales desarrollaron, cada uno a su manera y
muchas veces en forma similar o asimilada, un manejo ambiental con equilibrios
específicos. Es decir, la diversidad cultural logró desarrollar alternativas de
adaptación y utilización de la selva húmeda que permitieron su existencia hasta el
presente, selva que la economía extractiva intervino de manera focalizada. Pero la
diversidad cultural construida y reconstruida, fue ignorada y aun devaluada dentro de la
imagen regional.
En esta dinámica, el
Chocó existe dentro del conjunto nacional como zona marginada, fundamentalmente negra,
con riqueza minera, supeditada al centro político y económico. La contraposición
ideológica región versus nación, aquí oculta y silencia la diversidad cultural dentro
de la región genérica denominada Chocó. Se ignoran o desprecian las culturas indias y
negras y su relación con las selvas húmedas, en favor de una noción genérica de
regionalidad chocoana. Y esa forma de concebir la región no es sólo central; tiene
arraigo local estable. Atrasada frente al modelo deseable es espejo sin luz del desarrollo.
Una segunda dinámica
puede encontrarse a partir de la desestabilización de las relaciones internas y externas.
En las internas, porque los modelos nativos han sufrido modificaciones drásticas en sus
condiciones de existencia. Emigraron sus minorías blancas, emigraron los campesinos
negros a los centros locales y a las ciudades cercanas. Llegaron campesinos colonos de la
vecindad y detrás de ellos los ganaderos y algunos otros negocios menos lícitos.
Abundaron las concesiones forestales y proliferaron los aserríos; el monopolio minero
dejó de existir en manos de extranjeros y surgieron mil cabezas de medianos y pequeños
mineros nacionales. Llegaron quienes creen tener en sus manos armadas el remedio para toda
injusticia y se sienten autorizados para intervenir en la vida de unos y otros. Pero
también surgieron organizaciones y movimientos que reivindicaron primero la etnicidad y
las culturas indias, luego las de negritudes. Pronto saltaron como actores activos al
plano nacional, donde se han encontrado con el reajuste del papel político e ideológico
de las regiones.
En el plano global ya no
se trata del centralismo contrapuesto a lo regional, sino de lo regional como espacio
necesario de acciones y discursos nacionales, de lo regional como esencia de la
nacionalidad. Allí se abren espacios nuevos para las reivindicaciones locales, para la
diversidad silenciada. Existe además un interés que rebasa las fronteras nacionales en
aquellas zonas donde se conservan recursos bióticos importantes y el Chocó es lugar
privilegiado en ese campo. La diversidad cultural reclama entonces, de manera académica o
reivindicativa, su estrecha relación con la existencia de la biodiversidad en general. Se
plantea así una ironía. Quienes localmente permanecen apegados al esquema de la región
como conjunto homogéneo contrapuesto al centro y podrían disfrutar del auge
descentralista, se han visto con sorpresa y disgusto desplazados por desconocidos actores
locales, que tiene recibo en sectores nacionales y del exterior, y para quienes la región
misma está internamente diversificada, con grupos étnico-culturales diferenciados que
desean vocería propia. Estos últimos han encontrado un punto de confluencia con el
replanteamiento nacional del papel simbólico de la región, el interés en la protección
ambiental y sus reclamos específicos de reconocimiento para sus culturas.
Así, en la segunda
línea de dinámica, la diversidad interna tiene recibo dentro de ciertas tendencias
generales e incluso se le asigna un papel protector no pocas veces exagerado e idealizado.
De manera simultánea, empero, avanzan los procesos que erosionan los fundamentos de la
reproducción de los modelos culturales diversificados. La diversidad cultural tiene un
espacio inicial en la reconstrucción simbólica de la regionalidad y dentro de la
ideología de identidad nacional. Pero es aún incierto si este espacio de
representaciones logrará detener los procesos materiales que socavan las bases que les
dan existencia y desplazar a quienes en el centro, y desde la misma región, auspician un
modelo homogeneizante.
Conflictos,
modelos culturales y tenencia de la tierra
Sobre la tenencia de
las casi cinco millones de hectáreas del Chocó, y pese a la ley que declara buena parte
de ellas como reserva forestal, existe una polémica que ha venido cobrando fuerza. El
resultado de la misma tendrá un impacto cierto sobre los recursos bióticos del Chocó y
sus actuales pobladores.
La polémica tiene como
fuentes por una parte, la Ley Segunda de 1959 y por la otra, los usos y formas
tradicionales de tenencia de la tierra. Se le suman otros frentes de conflicto territorial
en zonas diversas del departamento.
La región parece extensa
en relación con su población por lo cual no se percibió por mucho tiempo la urgencia de
solución del problema de tierras. La forma de utilización cíclica y estacional del
territorio, tanto de indígenas como de negros, no hizo necesaria otra legislación por
largo tiempo.
Sin embargo, las
sustracciones de extensiones relativamente considerables de la Ley Segunda de 1959 han
sido un factor de desestabilización, en la medida en que rompen las formas tradicionales
en favor de la titulación individual. Quienes han permanecido con las formas
tradicionales, principalmente los afrochocoanos (rurales y urbanos), se encuentran
desprotegidos frente al avance de la apropiación legalizada mediante títulos de
propiedad individuales y aún colectivos (resguardos indígenas).
Las presiones surgidas de
los núcleos colonizadores desde los años sesenta hasta el presente han motivado la
sustracción de un total de 129.103 hectáreas de la reserva, que adoptan la forma de
propiedad privada.
Hasta 1992, las
sustracciones eran las siguientes:
1. Zona Bajirá (Urabá).
Area: 61.000 ha Acuerdo 038/74.
2. Zona Dabeiba (Antioquia). Area: 204.375 ha.
3. Zona de Andí y Unguía (Urabá). Acuerdo 169/68. No se determinó el área sustraída.
4. Bahía Solano, Nuquí y Alto Baudó (Costa Pacífica). Area: 185.000 ha. Acuerdo
033/76.
5.
Zona de Condoto, Istmina, Tadó, Nóvita, Lloró, Bagadó y Quibdó. Area:
346.000 ha Resolución 222/84.
6. Juradó. Area: 85.000 ha de las cuales 25.000 ha son resguardos indígenas. Resolución
110/65
En todas estas áreas
sustraídas (Mapa Nº 5),
se han otorgado en todo el departamento 4.613 títulos de
propiedad sobre 129.103 ha (Según información de INCORA, Quibdó, 1992). Además de
estas sustracciones se han adjudicado cerca de 60 resguardos indígenas, especialmente a
partir de la década de los 80, que cubrían, hasta 1992, 922.000 ha (ver Cuadros Nos. 10
y 11 y Mapa N° 6).
La tendencia a sustraer
áreas de la reserva se ha aminorado en los últimos años ante sus resultados sobre las
condiciones ecológicas y de los suelos (Hernández, Humberto, 1986a) y por la presión de
las organizaciones de pobladores. Pero si al área total del Chocó, aproximadamente
4700.000 ha, le restamos las tierras otorgadas como resguardos, la adjudicación de
baldíos y los parques naturales, quedan aproximadamente 3500.000 ha. De éstas el
75% son selvas, cuyo potencial económico es el maderable. Y dadas las limitaciones
agrológicas y climáticas la supervivencia del ecosistema del Chocó reside en el modelo
de explotación fluvio-forestal, de nativos indios y negros.
Los indígenas han
logrado, gracias a la fuerza de sus organizaciones, el reconocimiento de amplias zonas de
resguardo. Tienen 922.000 ha en resguardos, que equivalen aproximadamente al 19.6% del
total del departamento. Según INCORA, 16.775 indígenas (3.224 familias), residen en
resguardos, mientras 4.266 (781 familias), carecían de delimitación territorial. La
conformación de nuevos resguardos avanza, lo que parece suponer el cubrimiento total de
la población en los próximos años.
La adjudicación de
resguardos indígenas data principalmente de la década de los años 80 (ver Mapa N° 6).
Es posible discutir esta política como una estrategia de congelamiento de áreas de
interés para el Estado, por razones geopolíticas y de conservación de las selvas
húmedas tropicales por su irracional explotación (ver Triana, A., 1991).
De hecho esta
circunstancia, provechosa para las etnias indígenas, ha desencadenado numerosos
enfrentamientos con nativos negros. Una de las razones principales de los choques ha sido
la política de ignorar en la constitución de resguardos, la población negra que ha
vivido dentro de estos territorios por varias generaciones. En Juradó, por ejemplo, se
constituyeron tres resguardos en 1982 y en 1987. Previo al resguardo vivían allí
pobladores indios, negros y colonos procedentes de Antioquia y Caldas que explotaban la
madera. Los indígenas obtuvieron la constitución del resguardo. Pero los negros quedaron
excluidos y a través de la ANUC, exigen derechos sobre el territorio. Se niegan a dejarlo
y ya se han presentado algunas muertes
(1)
. Ante la situación se creó una comisión
conformada por representantes de distintas entidades oficiales que busca soluciones.
La solución general que
ha dado el INCORA, es sanear
los resguardos, lo que consiste en pagarles
las mejoras a los nativos negros para que se ubiquen en otro sitio. Este proceso, sin
embargo, ha sido lento y dispendioso, además de costoso. Algunos están dispuestos a
dejar los terrenos a cambio del pago de sus mejoras, pero otros aducen una larga
permanencia, respaldada por pólizas
y piden otras soluciones
territoriales.
La Asociación Campesina
Integral del Atrato (ACIA), agrupación de pequeños cultivadores del medio Atrato ha
desarrollado campañas para llamar la atención estatal. Plantean que durante muchos años
negros e indios han convivido y sin embargo, la política oficial fomenta la división
entre estos grupos sociales. Están de acuerdo con la adjudicación de los resguardos
indígenas, siempre y cuando se cuente con la opinión de los pobladores locales negros
para acordar criterios conjuntos. Consideran que no necesariamente los negros deben salir
de los resguardos, cuando éstos llevan toda la vida allí. Se podrían establecer,
plantean, convenios en los cuales se estipule el respeto a la reglamentación sobre
resguardos, lo que implica limitaciones en la venta de tierras. Sin embargo, restan
aspectos de difícil acuerdo, como el sometimiento a una autoridad indígena, elemento
central de los resguardos.
La actual población
blanco-mestiza proviene de distintos orígenes y ha llegado a la región en diferentes
épocas; si bien es minoritaria desde el punto de vista demográfico, los inmigrantes de
las últimas tres décadas juegan un nuevo papel en la zona. Los blancos locales
tradicionales, hasta los años sesenta, no tuvieron como propósito la explotación
agrícola, si bien en algunos casos se dio apropiación privada de baldíos cercanos a los
cascos urbanos, sobre todo en Quibdó. Se dedicaron al comercio y la administración
pública, salvo casos excepcionales mencionados.
Pero los colonos
blanco-mestizos son agricultores pobres en busca de tierra y compiten con los habitantes
nativos, negros e indios. Desconocen las reglas de apropiación territorial tradicionales
y buscan la titulación de su parcela, que les permita acceso al crédito. En ciertas
zonas, siguiendo una tendencia general de la colonización, se ha conformado ya un nuevo
proceso de concentración territorial. Un gran número de pequeños colonos proviene del
departamento de Córdoba. Se les denomina chilapos.
En menor cantidad se
encuentran antioqueños, risaraldenses y vallunos, migración que ha aumentado desde que
se abrió la carretera Quibdó-Risaralda.
En este momento INCORA se
propone reubicar parte de éstos a través de la compra de mejoras.
ACIA y otras
organizaciones comunitarias negras, participaron activamente en la reglamentación del
artículo 55,
transitorio de la Constitución de 1991, con el fin de abordar de
manera integral el problema territorial en el Pacífico. Como resultado surgió la ley 70
de 1993, que reglamentó la titulación de terrenos de los moradores de las riberas de
ríos de la cuenca del Pacífico y otros derechos fundamentales. Por esa ley "el
Estado adjudicará a las comunidades negras ('que han venido ocupando tierras baldías en
zonas rurales ribereñas de los ríos de la Cuenca del Pacífico', Artículo 1o.) la
propiedad colectiva sobre las áreas (...) que vienen ocupando de acuerdo con sus
prácticas tradicionales de producción"(Artículo 4o.).
El territorio colectivo
debe ser plenamente delimitado y dentro de su plan de desarrollo se debe contemplar la
forma particular de producción. Las mismas comunidades deben asumir la administración
interna de sus territorios mediante un Consejo comunitario. Su propiedad es inembargable,
inalienable e imprescriptible. Sin embargo, a nivel de reglamentos se pueden definir zonas
de propiedad individual, colectiva, de reserva, ajustando la distribución de la propiedad
de acuerdo con sus usos y costumbres (Triana, 1991).
Dado que los suelos aptos
para cultivar se suelen encontrar en una franja de 30 metros desde la orilla del río
hacia el fondo y detrás se encuentran ciénagas y sitios anegables aptos para caza, pesca
y recursos madereros, ACIA propone una propiedad familiar a las orillas; esta tendría 30
metros de profundidad y derechos colectivos hacia el interior (Ver Diagrama 2). Esta
iniciativa está respaldada por otras organizaciones locales, tales como OBAPO
(Organización de Barrios Populares), OREWA (Organización Regional Waunana-Emberá) y
ACADESAN (Asociación de Agricultores del San Juan).
Frente a los conflictos
con comunidades negras, la OREWA plantea que las entidades estatales apoyen acuerdos,
convenios, contratos, entre las distintas partes, para llegar a una solución justa. Para
ellos es importante continuar con la titulación de resguardos y el saneamiento de los
mismos y apoyan la titulación comunitaria para las comunidades negras. Sin embargo, el
punto de discrepancia son los asentamientos negros y de otros pobladores dentro de los
resguardos.
En torno a la tenencia
territorial se observa en la actualidad una gran dinámica de organización comunitaria.
Distintas organizaciones, tanto indígenas como negras, formulan propuestas de desarrollo
con la idea de administrar territorios que consideran propios. Este aspecto se ha
convertido en elemento aglutinador de población indígena, de pobladores rurales negros y
aún de la población urbana, especialmente en Quibdó y Nuquí.
El problema de
titulación de tierras en el sector urbano difiere por su propia naturaleza del de las
zonas rurales y vale la pena detenerse en él.
En 1941, el Ministerio de
la Economía Nacional adjudicó al municipio de Quibdó los terrenos baldíos ubicados
dentro del área de esta población, que cubren 5
kilómetros a la redonda. El
municipio de Quibdó debía administrarlos y adjudicarlos directamente
(2)
. Antes de esta fecha, el mismo Ministerio de la
Economía había otorgado terrenos en propiedad, a pobladores blancos como los Meluk, los
Wilches y de La Torre. La mayoría abandonó luego las tierras urbanas, que fueron
invadidas y adecuadas mediante rellenos, por población proveniente del campo. El
municipio no puede vender estos terrenos pues ya no se encuentran dentro del régimen de
baldíos: sin embargo ha otorgado títulos sobre ellos y representantes de las familias
antiguas se han opuesto legalmente. Esta situación ha traído problemas sociales de
difícil resolución.
Por otra parte, desde que
el municipio se encargó de los baldíos urbanos, muchas personas, especialmente
políticos, compraron extensiones de tierra en el casco urbano, a precios muy bajos. En
1985, por Acuerdo N° 10 de 1985, se regularon los precios de los ejidos municipales, se
establecieron los valores del metro cuadrado según su ubicación dentro del casco urbano,
se dictaminó también que no se podrían vender predios mayores a 300 m y se prohibió la
venta de lotes de esa extensión a quienes los posean. Sin embargo, la puesta en práctica
de la reglamentación se ha dificultado, por carencia de información y distintas
presiones.
En la actualidad, el
municipio no posee un inventario de lo que tiene, lo que ha motivado la venta de terrenos
que no le pertenecen o ha adjudicado un mismo predio dos y tres veces a distintas
personas. De esta manera, cerca de las dos terceras partes de la población de Quibdó
vive en forma de invasión y la mitad ha construido sin licencia.
Este desorden en la
titulación territorial se ha unido a los escasos y deficientes servicios, con malestar
entre los habitantes. Quibdó no cubre con servicio de agua sino el 7.8% de la población,
la luz 38.4% y el alcantarillado 4.7%.
A raíz de los anteriores
problemas, especialmente alrededor de la tenencia de tierra, se creó en 1988 la
Organización de Barrios Populares (OBAPO) que asocia más de 5.000 familias en los cascos
urbanos de Quibdó y Nuquí (cuya situación no es muy diferente). Sus afiliados son
principalmente vendedores ambulantes y según OBAPO ascienden a 5.000 familias en Quibdó
y 2.000 en Nuquí.
Esta organización
plantea la necesidad de acuerdos para solucionar los problemas prediales. Algunos se
niegan a comprar los lotes pues los han recibido en herencia de sus antepasados y tienen
sus pólizas tradicionales que los respaldan. Otros los adecuaron dificultosamente. Este
conflicto aún no tiene solución a la vista y es manipulado con frecuencia alrededor de
las campañas electorales.
Por otro lado, desde los
años ochenta han llegado mineros, empresarios pequeños y medianos que buscan el buen
precio del oro y la calma de la zona. Los derechos sobre las minas de las familias negras
campesinas, basados en la ubicación de las mismas dentro de un terreno familiar, son
ignorados y se convierten en centro de abusos y disputas. En el caso indígena, fue
especialmente divulgado hace algunos años el desalojo sangriento de familias
emberá-catío en el alto Andágueda, por antioqueños que pretendieron apoderarse de una
mina de oro.
En los últimos diez
años han llegado a las playas
paisas
(3)
(de Antioquia, Risaralda y el Valle del
Cauca) con un interés turístico de comercio del turismo. Estos nuevos habitantes han
traído innumerables problemas, se han adueñado de lotes baldíos; de morros de uso
público; han destruido manglares para liberar playas para el turismo, entre otros,
rompiendo así el entramado bio-cultura del nativo negro (Informe de campo de Patricia
Vargas y Germár Ferro, 1993: 29).
Las comunidades rurales
negras o afrocolombíanas, expresan la importancia para ellos de "las comunidades
de fuerte intercambio y solidaridad en una continua interacción cotidiana"; el apoyo
de "una amplia red de parientes (...) arraigada en una tradición de oralidad, en un
contexto musical dominante, una religiosidad pagana, y unas prácticas de salud que
cuentan con especialistas que les han permitido una relativa autonomía. (...) y el manejo
de los ámbitos rural, urbano como un continuo" (Taller de OBAPO, citado por
Vargas y Ferro, cit.: 2). Ellos han legitimado la posesión territorial mediante la
tradición oral. Los terrenos pertenecen a grupos familiares extensos, que cobijan los
grupos de padres y hermanos y su descendencia.
El estudio de CORPOS para
el medio Atrato muestra cómo, para las comunidades rurales negras, la propiedad se
orienta a buscar el espacio para desarrollar las actividades agrícolas de rotación, la
minería, la pesca y el uso del bosque. El conocimiento de la tradición de propiedad
descansa en los mayores y se reconoce en los cultivos. Cada familia tiene una propiedad
ribereña delimitada, que cubre terrenos en reserva para los descendientes. Posee lotes en
distintas riberas, en distintas fases del ciclo productivo. Cada joven recibe su derecho
de herencia al independizarse y puede también abrir nuevos terrenos, en general cerca a
otros parientes. El cabeza de familia ostenta el título grande
(CORPOS,
1991).
Una gran movilidad de la
población y la emigración mantienen un equilibrio entre la población y los recursos
territoriales. La compra y venta de terrenos permite ampliar la propiedad familiar, que se
registra en documentos privados denominados pólizas.
De manera similar se
registra también el arriendo de terrenos. El derecho sobre las minas, por su parte,
supone el derecho del dueño a recibir parte del rendimiento de la explotación.
Además de los lotes de
cultivo, el uso del bosque (maderas, bejucos, etc.) y de las ciénagas, es abierto para
los miembros de la comunidad local a través de normas consuetudinarias. Como lo plantea
CORPOS, si bien estas zonas no tienen apropiación privada, no pueden considerarse
baldíos y permiten el mantenimiento y reproducción del bosque, con utilización humana (Ibid).
Este patrón de
subsistencia permite la reproducción de los recursos a través de su utilización
estacional, siguiendo un ciclo anual. En el verano se preparan tierras, se aprovecha la
subienda de peces y se va a la mina; durante las lluvias, se siembra. La dispersión de
lotes de cultivos y minas hace parte de ese patrón. Las familias se desplazan
continuamente a sus lugares de trabajo, con una división sexual del trabajo no estricta:
el hombre trabaja más la agricultura y la mujer la minería de barequeo. En promedio, las
distintas parcelas no sobrepasan las 5
hectáreas (ver CORPOS, 1991 y Torres, T.,
1989).
Así, el núcleo social
es el denominado tronco familiar,
compuesto por una red de parientes
consanguíneos y afines. Por la pertenencia a un tronco familiar se hereda un derecho de
explotación territorial. Un individuo hereda derechos sobre una orilla,
en
sus propias palabras, tanto de la familia de la madre como del padre. Estos derechos, por
lo general, están esparcidos por las riberas y se hacen efectivos cuando el individuo
precisa cultivar o explotar una mina. Los derechos no se pierden y después de varios
años es posible reclamarlos a los otros parientes que en el entretanto los han
usufructuado.
Por su parte los emberá,
dicen Arocha y Friedemann, "viven de sus huertos sobre riberas de los ríos (...)
donde cultivan plátano, bananos, caña de azúcar, frutales y hierbas medicinales, que
crecen en canastos colocados sobre plataformas cerca de los tambos. Complementan su
alimentación con caza y pesca. La agricultura de los negros es similar, ambos usan el
sistema de tumba y descomposición." Este patrón permite adecuar el número de
habitantes que vive en cada río a la intensidad de sus cultivos y a las posesiones
territoriales. "Cuando la producción disminuye a causa del agotamiento del
suelo, las gentes se marchan"
(Arocha y Friedemann, 1982: 202).
La titulación
individual por la cual presionan los colonos, trastrueca este sistema reproductivo y con
él la supervivencia de los recursos bióticos.
Los modelos culturales
rurales nativos arrojan una apropiación discontinua espacio-temporal del territorio que
entra en conflicto con otras formas de apropiación, por ejemplo, con la delimitación de
áreas de colonización con títulos de propiedad, la minería de empresarios de fuera y
aun con la delimitación de reservas indígenas.
Es posible plantear que
los modelos tradicionales de tenencia y uso territorial, tanto de blanco-mestizos como de
nativos indios y negros, entraron progresivamente en crisis a partir de la colonización
agrícola de Urabá y otros sitios desde los años sesenta, de la inmigración de medianos
empresarios mineros y madereros, de la apropiación de las playas por los paisas
y de la delimitación de zonas de resguardo para los indígenas desde la midad de los
años setenta.
Así, la tenencia de
tierras en el Chocó, se ha convertido en los últimos años en área de conflicto entre
las distintas etnias e incluso cobija y contrapone entre sí a los nativos.
En la medida en que la
economía del Chocó se ha orientado hacia una economía extractiva de enclave, con
núcleos rurales relativamente cerrados, la legislación colombiana ha estado más
preocupada por legislar sobre las reservas forestales y las concesiones para explotaciones
extractivas (mineras, forestales), que en resolver los problemas de tenencia de tierras de
una población relativamente pequeña. La ley 70 de 1993 que legitima la propiedad de las
comunidades negras rurales, abre para el Chocó otra etapa del proceso adaptativo de sus
gentes.
Al recobrar la región un
papel nuevo en el replanteamiento de la relación con el centro y de su rol dentro del
conjunto nacional, se han cambiado el interés y la forma de caracterizar la región. Se
ha modificado la imagen construida de la región, lo que ella representa y se arroja luz
sobre campos y relaciones antes en penumbra. Uno de los efectos de este replanteamiento
deja relativamente sin piso y desconcertadas a las élites locales que los ignoraban. Si
bien no es propiamente una inversión simbólica, sí es un desplazamiento simbólico de
la esencia
construida de la región, de los aspectos de contraste, de las
relaciones ideales esperadas, aunque posiblemente no alcance a modificar la naturaleza del
vínculo mismo con el centro, es decir, el vínculo de subordinación. En ese sentido, es
posible que se mantenga la jeraquía socio-espacial de la cual habla Wade en sus trabajos
sobre el Chocó.
Ahora, el interés se
dirige a lo que aún se conserva de diversidad biótica y cultural que valorizan de forma
nueva al Chocó. Pero sobre esa revalorización no existe un interpretación única, sino
varias paralelas y contrastadas, pues para algunos actores locales y nacionales significa
la recuperación simultánea de la etnicidad ligada a la diversidad cultural; pero para
otros actores locales y nacionales, es la oportunidad para aprovechar los recursos en un
esquema desarrollista, es la oportunidad para salir del atraso.
Cada
interpretación es, a su vez, internamente polivalente; desarrollo y conservación,
diversidad y homogeneización, centro y periferia las atraviesan y producen oscilaciones
entre unas y otras y también tensiones y enfrentamientos entre ellas. Cada una puede dar
contenidos específicos y contrastados a la revalorización del Chocó, a su paso de
espejo sin luz a espejo de futuro.
CONTINUAR
REGRESAR AL INDICE
1
.
Información funcionarios INCORA, Quibdó. (Regresar)
2
.
Decreto 026 de Junio de 1944, que se protocolizó mediante escritura número
11 de 1944. (Regresar)
3
.
Todo aquel que no es negro ni cholo; definición dada por los nativos negros e indios
de la región. (Regresar)
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