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CARIBE COLOMBIA
FEN COLOMBIA
VERTEBRADOS TERRESTRES
Silvio Vergara
INTENTAR describir
la fauna terrestre del litoral Caribe no es tarea fácil; por una parte, la diversidad de
habitantes facilita la diversificación de especies o, como dicen los evolucionistas, la
especiación; y, por otro lado, la topografía, la orografía, la hidrografía,
proporcionan condiciones ecológicas aptas para la riqueza faunística beneficiada por la
variada vegetación rica en semillas, frutos y follaje, sustento de animales como las
aves, algunos reptiles y buen número de mamíferos.
El clima seco, ardiente
y árido de la Alta Guajira, la región fresca, boscosa y semilluviosa de la Media y Baja
Guajira, la zona alta, nublada y fría de la Sierra Nevada de Santa Marta, las llanuras
boscosas y pantanosas del Magdalena, Bolívar, Córdoba, Cesar y Sucre, las sabanas de
Bolívar, Córdoba, Sucre y Atlántico, proporcionan condiciones ambientales propicias
para que la fauna terrestre sea numerosa en especies y abundante en ejemplares a pesar de
aparecer destruidos buena parte de los recursos forestales, hábitat por excelencia y
refugio del recurso faunístico.
Si cuidáramos mejor
los bosques y las fuentes de agua podríamos esperar supervivencia de un mayor número de
especies, hoy amenazadas de extinguirse como lo serían las aves, los anfibios, muchas
serpientes, buena parte de los lagartos y casi la totalidad de los mamíferos.
Qué bueno sería, si
se hiciera más conciencia de la necesidad de preservar la fauna no sólo terrestre como
la que aquí se presenta sino también la acuática, porque en el equilibrio entre las
especies se apoya el equilibrio y la estabilidad del ecosistema terrestre.
Buscamos con este
capítulo mostrar no sólo la diversidad de animales del litoral Caribe, sino también ver
en ellos la importancia ecológica; es decir, qué papel desempeñan frente al hábitat y
las otras especies depredadoras, carroñeras y presas en la cadena alimentaria. También
la importancia económica no sólo porque aportan alimento al hombre directamente, sino
por los beneficios que proporciona la crianza en cautiverio.
Describiremos también
las variaciones morfológicas y crípticas costumbres, hábitats y referencias
folclóricas para algunos ejemplares con mayor connotación en la región.
Los anfibios
Los anfibios son un
grupo de vertebrados muy antiguos que en el devónico, hace 300 millones de años, dejaron
la vida totalmente acuática que llevaban sus antepasados por otra que muchos de ellos
aún mantienen: pasan parte del tiempo en la tierra y parte en el agua. Sin embargo, no
todos los anfibios adoptan está forma de vida. A modo de ejemplo, veamos cómo el anfibio
llamado cecilia, que parece más una anguila o una serpiente acuática ciega, es
eminentemente acuática; conocido científicamente como Typhlonectes compressicauda, clasificada
por Medem (1968) como propia de los ríos San Jorge, Cauca, Magdalena y sus afluentes.
Es un anfibio muy
diferente al patrón morfológico tradicional; tiene el cuerpo segmentado como una lombriz
de tierra; los ojos diminutos, casi imperceptibles; la boca como la de una anguila, no
posee escamas en la cabeza y alcanza una longitud igual a 570 mm. No se parece en nada al
pequeño sapo con apariencia de rana Geobatrachus walkeri que mide sólo 200 mm, el
cual es eminentemente terrestre y habita en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa
Marta y las montañas de San Lorenzo a 2.800 metros de altura.
[1,2]
El orden Salientia
o Anura identifica a los amfibios saltantes y sin cola en el estadio adulto. Es el orden
con mayor numero de especies. Tienen gran representación en la Costa norte desde el nivel
del mar hasta los 4850m de altura. (Fotos: Juan Manuel Renjifo)
Anfibios
característicos podrían ser dos sapos de tamaños divergentes; aquéllos pequeños que
tienen aspecto de rana, de color café claro, que miden sólo 15 mm y que son propios de
las llanuras cálidas costeras. Extremamente ágiles, depositan sus huevos en el agua y
salen por la noche para posarse sobre los tallos y las hojas de las plantas acuáticas
emergentes y deleitan con su croar que se parece al chirrido de un grillo. Se conocen
científicamente como Pseudopaludicola pusilla: son tan abundantes que no solamente
llaman la atención del coleccionista sino de las babillas adolescentes que inician su
faena de caza; los otros, son aquéllos que tienen un tamaño hasta de 125 mm y un peso de
hasta 850 g, como las ranas de clima cálido, de patas muy largas Leptodactylus
bolivianus; la primera con una amplia distribución en el país y, por supuesto, en el
litoral Caribe; la segunda, habita en las islas de San Andrés y Providencia como lo anota
Dunn (1944).
El orden Gymnophiona
o Apoda hace referencia a las cecilias, si estas últimas son terrestres y
especialmente minadoras o subterráneas. La familia Caecilidae está representada
por las tatacoas que se confunden, usualmente, con culebras ciegas o en el mejor de los
casos con las lombrices gigantes de tierra. De los cinco géneros que esta familia tiene
en Colombia, por lo menos uno, Caecilia, se distribuye ampliamente en la costa
norte extendiéndose desde Urabá con Caecilia ochrocephala y pasando por el
departamento del Atlántico con Caecilia caribea, hasta llegar al Magdalena con Caecilia
subnigricans.
El orden Caudata
se llama así en razón a que los ejemplares adultos tienen cola; por su apariencia se
asemejan más a una lagartija, a diferencia de lo que nos enseñaron tradicionalmente. De
hábitos crípticos, se les encuentra en la hojarasca, bajo las piedras y en las basuras
en descomposición. Se les conoce comúnmente como salamandras, que aparecen registradas
desde el nivel del mar. La especie Oedipina parvipes en el Chocó, hasta llegar a
San Lorenzo, en la Sierra Nevada de Santa Marta, a 2.100 metros sobre el nivel del mar,
con la Bolitoglossa savagei. Otra salamandra del área andina, que se localiza en
el Cesar, es la Bolitoglossa adspersa.
Todas las especies
de salamandras que habitan en Colombia, y por ende en la zona que nos ocupa, pertenecen a
la familia Plethodontidae, que tiene como característica sobresaliente el hecho de
no tener branquias ni pulmones, ya que su respiración se efectúa por la piel, que es, en
extremo, húmeda.
El orden Salientia o
Anura identifica a los anfibios saltantes y sin cola en el estadio adulto. Es el
orden con un mayor número de especies. Tiene una gran representación en la costa norte,
desde el nivel del mar, con el Bufo marinus o sapo común, hasta los 4.800 m de
altura, con la rana de vivos colores que habita en los riachuelos de la Sierra Nevada de
Santa Marta. Atelopus carrikeri; es una rana diurna y como dice Dunn (1944),
"prefiere caminar en vez de nadar".
La familia Dendrobatidae,
muy llamativa por su vistoso colorido, invita a su captura. Sin embargo, su cromático
disfraz oculta un gran peligro, pues el veneno que lleva esparcido en su piel, el famoso
curare, al entrar en contacto con el torrente sanguíneo humano ocasiona parálisis
severas. Estas son ranas diurnas con el hábito de cargar los huevos y los renacuajos
sobre la espalda; son propias de bosques húmedos y se agrupan en dos géneros: Dendrobates
y Phyllobates, colonizadoras de zonas como Urabá, con Dendrobates lugubris,
y del Alto Sinú y el San Jorge, en Córdoba, así como en la Sierra Nevada de Santa
Marta con Phyllobates brunneus.
[3,4,5 y 6]
Los amfibio, los lagartos e iguanas hacen
parte de la diversidad de habitantes del litoral Caribe, que es necesario conservar para
mantener el equilibrio del ecosistema terrestre. (Fotos: Juan Manuel Renjifo)
La familia Microhylidae
comprende un grupo de ranas y sapos de cuerpo regordete, cabeza pequeña y puntiaguda
que, en su conjunto, da un aspecto ovalado, como el Elachistocleis ovalis, habitante
de lugares pantanosos, utiliza el agua para la cópula. La especie Relictovomer
pearseis es otro microhílido que se encuentra a lo largo de los valles del Magdalena.
La familia Pseudidae
tiene una rana que es muy particular por varios aspectos: es de las pocas con dientes
en la maxila; posee una falange extra en cada dígito; depende exclusivamente del agua
para poner sus huevos en masas gelatinosas. Aparece a todo lo largo de la costa norte
desde Magdalena y Cesar, pasando por Atlántico, Bolívar y Sucre hasta Córdoba, en donde
Nicéforo María encontró el primer ejemplar, en 1966. Es una rana de tamaño mediano, 51
mm de longitud total, y se conoce científicamente como Pseudis paradoxa.
La familia Bufonidae
agrupa a los animales de tamaño tan pequeño como Bufo granulosus de las
sabanas de Bolívar, Sucre y Córdoba, que mide 41 mm, hasta el Bufo marinus o sapo
común, que alcanza los 98 mm. Este vive regularmente a lo largo de la Costa Atlántica,
pues se adapta, incluso, a las zonas secas. La presencia de glándulas postcefálicas,
secretoras de "leche", llamadas paratoideas, le han ganado una injusta fama de
peligrosidad, al extremo de que, aseguran, estos animales cuando son molestados lanzan su
"leche". Los sapos utilizan como mecanismos de defensa contra sus depredadores
naturales, los perros y los zorros, el color y el sabor acre de estas glándulas.
La familia Hylidae representa
las verdaderas ranas típicamente arborícolas extendidas a lo largo de la costa. Agalychnis
epurreli de Córdoba; Cryptobatrachus boulengeri de la Sierra Nevada y sus
alrededores; Hyla crepitans, conocida comúnmente como platanera, de color
blanquecino y de mayor rango ecológico. La familia Leptodactylidae concentra a los
sapos cuyo mejor distintivo es el cuarto dígito de la pata mucho más largo que los
restantes. Son sapos de reducido tamaño, como el Eleutherodactylus cruentus que
mide 24 mm y se encuentra en la Sierra Nevada de Santa Marta; hasta el Leptodactylus
insularum que mide 82 mm y el Ceratophrys calcarata o sapo cuerno que llega a
los 74 mm. Las especies de esta familia, además del control biológico que ejercen como
todos sus congéneres, ofrecen algunas perspectivas económicas como el caso de Leptodactylus
insularum. Común a lo largo de las sabanas de Córdoba, Sucre, Bolívar, Magdalena y
Guajira, el Cesar y las islas de San Andrés y Providencia, por el tamaño de su cuerpo,
la longitud del fémur y la amplia distribución, se considera potencialmente apta para la
zoocría, como fuente de alimentación no sólo para animales carnívoros como las
babillas, sino para el hombre.
Las tortugas
La familia
Chelydridae
habita en el Alto Sinú. La Chelydra serpentina es una especie que permanece
casi todo el tiempo en el agua, pese a que el desove lo hace generalmente en tierra. De
tamaño grande y pecho en forma de rombo, por ser muy brava, se ha ganado el calificativo
de guáchara o bache.
Se conoce otra familia,
Kinosternidae, con ejemplares tan típicos que el pecho o plastrón aparece
bisegmentado y permite que las partes anteriores y posteriores del cuerpo se cubran
totalmente, mediante el cierre hacia arriba de estas tapas abisagradas. De cuerpo
ligeramente cilíndrico, con este tipo de cierre, nos hace pensar en un animal diseñado
para una perfecta vida anfibia, como en realidad sucede con los tacanes (Kinosternon
scorpiodes) o K. spurrelli de las sabanas de Córdoba, Sucre, Bolívar, Cesar y
Magdalena o con Kinosternon albogulare de San Andrés. Son tortugas carnívoras,
por excelencia, que se convierten en azote de los piscicultores.
Pertenece a la familia Emydidae
la Pseudemys scripta o icotea llamada también galápago; y la
Rhinoclemys melanosterna, que se conoce como tortuga palmera o icotea fina. Estas dos
especies son muy importantes en la Costa Atlántica ya que su carne tiene gran demanda,
especialmente en las llanuras costeras del Magdalena y en las sabanas del Atlántico,
Bolívar, Córdoba y Sucre. El mayor consumo se registra en Semana Santa. Durante la
sequía estas tortugas se ocultan en el lodo, bajo las malezas de los "playones de
ciénagas" y aprovechan para hacer la postura. Dentro de las tortugas que son
eminentemente terrestres está el morrocoy o morrocoyo, Geochelone carbonaria, habitante
pacífico, de lento andar, omnívoro y que en el momento de la postura no se preocupa por
la escogencia del nido; sus huevos quedan al garete, a merced de las condiciones
medioambientales, para su incubación. La tortuga de río, Podocnemis leuyana, de
la familia Pelomedusidae, vive en los lechos de los caños, ríos y en los cuerpos
de agua en movimiento. Salta a las orillas y se encarama en los troncos o árboles
flotantes para asolearse. Su carne y sus huevos son muy apetecidos, no sólo por los
depredadores naturales, sino por el hombre. Pone en suelo arcilloso y arenoso sus huevos y
los entierra en los barrancos de los ríos o caños. La última de las tortugas que
citaremos aquí es la carranchina, Phrynops dalhi, habitante de un área muy
reducida de las sabanas de Sucre y Córdoba. Es una tortuga mediana, que no tiene
importancia económica, ya que posee una glándula almizclera en la cloaca, que produce un
olor desagradable cuando se le agarra o se le molesta. Vive junto con los tacanes en los
estanques y potreros ganaderos. Se clasifica en la familia Chelidae al lado de
otras especies, que no han sido ubicadas en las zonas de la referencia.
Cocodrilos y
babillas
El orden Crocodylia
aparece en la zona con dos especies que pertenecen a dos géneros y a dos familias
diferentes. Los Crocodílidos tienen demanda en sus diferentes edades; desde los
pequeños que se exportan como mascotas hasta los adultos cotizados por su piel y su
carne. Estos animales, carnívoros por excelencia, adoptan hábitos alimentarios que
cambian con la edad. Por ejemplo, los recién nacidos prefieren los insectos, los
caracoles y los cangrejos, mientras que los adultos se inclinan por los pequeños peces,
los anfibios, los reptiles y los mamíferos. A lo largo de la costa Caribe en la familia Alligatoridae
se encuentran las babillas, Caiman sclerops, Medem (1968) o Caiman
crocodilus, Sánchez (1968). A la familia Crocodylidae pertenece al caiman
aguja, Crocodylus acutus, que llega hasta los 7 metros, Medem (1968). Las babillas
alcanzan los 2.64 metros de longitud total, Dunn (1945). El Caiman sclerops es un
habitante del valle del Magdalena en sus numerosos caños, ciénagas, llanuras pantanosas,
jagüeyes, e incluso en los manglares magdaleno-caribeños como lo anota Pachón (1982),
citado por Rodríguez (1988). Los lagartos, propiamente dichos, están dentro del orden Sauria.
Tienen escamas o placas córneas epidérmicas y un órgano copulador doble y
protráctil. Abunda en una alta distribución, en el litoral Caribe e inclusive en islas
como San Andrés y Providencia, islas del Rosario y otras.
[7]
Las salamanquejas son un grupo de pequeñas
lagartijas de pies adhesivos, pertenecientes a la familia
Gekkonidae, que habitan a
lo largo de la Costa Atlántica. (Foto: Juan Manuel Renjifo).
Lagartos e iguanas
La familia Gekkonidae
está representada por un grupo de pequeños lagartijos de pies adhesivos y conocidos
como salamanquejas. Varias especies conforman esta familia en la región. Según Ayala
(1986), Gonatodes albogularis habita a lo largo de la Costa Atlántica y Gonatodes
vittatus en La Guajira y Magdalena; Aristelliger georgensis en las islas de San
Andrés y Providencia.
La familia Iguanidae
hace referencia a los lagartos con lengua carnosa no protráctil. Incluye las iguanas (Iguana
iguana) muy apreciadas por sus huevos y carne, en La Guajira y en el Cesar. Otros
lagartos del género Anolis, especialmente los machos, se caracterizan por
desplegar una especie de abanico o saco guiar de distintos colores: rojo, morado, azul,
verde y blanco. El más común en la zona es Anolis tropidogaster que se encuentra
en todos los departamentos de la costa norte. Uno de la misma familia es el lagarto
llamado saltarroyo o pasarroyo Basiliscus basiluscus, que se mantiene en las
orillas de los caños, en los ríos o arroyos a la espera de un insecto, o de un pequeño
pez, o de un fruto suculento. También hay que destacar al camaleón (Polychrus
marmoratus) considerado de gran valor ecológico por el mimetismo, que se manifiesta
en sus cambios cromáticos acordes con la vegetación propia del medio.
Pertenece a la familia Scincidae
la salamanquesa (Mabuya mabouya), propia de regiones boscosas, que con sus
colores plateados, la esbeltez de su cuerpo y su agilidad, impresiona a quienes la
observan.
Dentro de la familia Teiidae
es preciso resaltar al lobito mato, de llamativos colores, en los que predominan el
morado, el azul y el verde. Es la Ameiva ameiva, un lagarto carnívoro que devora
por igual a insectos, caracoles, babosas y otros invertebrados que encuentra a su paso
sobre las ramas, en los troncos y en el suelo; se ayuda con su lengua larga, bífida y
protráctil. En la misma familia encontramos a un minúsculo representante, el lobito
listado, de tierra caliente, Cnemidophorus lemniscatus. Estos lagartos prolíficos,
que se alimentan fácilmente y que tienen un grado alto de convivencia gregaria, deberían
motivar el estudio de su crianza, en cautiverio, para alimentar al Caiman sclerops, en
sus estadios recién nacido y juvenil.
[8]
Las culubrides son serpientes muy útiles a la
agricultura, por cuanto
controlan plagas como insectos y otros vertebrados. (Foto:
Juan Manuel Renjifo).
La familia Gymnophthalmidae
se reconoce gracias a un lagarto pequeño, de cuerpo serpentiforme, que tiene unas
minúsculas extremidades anteriores, y que es considerado venenoso en el campo. Se le da
incluso el calificativo de culebra araña (Bachia bicolor). Es un lagarto
subterráneo, común en los jardines, inofensivo, tiene una gran importancia ecológica
porque controla las plagas subterráneas y adquiere un valor económico por cuanto es para
la agricultura muy beneficioso, gracias al consumo de nemátodos. Para concluir lo
referente a los lagartos hay que mencionar al lobo pollero Tupinambis nigropunctatus y
al Tupinambis teguixin de la familia Teiidae, considerados muy importantes
ecológicamente ya que son los mayores depredadores de muchos vertebrados como las
tortugas, las iguanas, las babillas y las aves. Atacan incluso a otros lagartos. Su piel
es codiciada y en aras de esto su crianza en cautiverio resultaría económica.
Las serpientes
Orden Serpentes.
Su locomoción ondulatoria es la razón por la que han adquirido un cuerpo
cilíndrico, con pérdida de las extremidades, salvo pocas excepciones. Por lo mismo, sus
órganos internos se han alargado y se han reducido otros como los pulmones. Las culebras
ciegas desempeñan un papel importante, desde el punto ecológico, ya que controlan a
muchos invertebrados minadores de los cultivos y jardines. Se destacan en la familia Typhlopidae
las especies Liotyphlops aibirostris, Liotyphlops cucutae y Leptotyphlops
dugandi, de la familia Leptotyphlopidae.
[9]
La taya X pertenece al género Bothrops; es de
las serpientes más venenosas y de las que más daño han hecho a los campesinos. Su
hábitat lo constituyen las zonas húmedas, ubicadas en el monte y en las áreas rocosas.
(Foto:
Juan Manuel Renjifo).
La familia Boidae acoge
a las serpientes grandes que tienen también una cintura y unas extremidades pélvicas
rudimentarias. Se encuentran a lo largo de la Costa Atlántica y tienen un valor
económico representado en su piel y en su carne. Además, son importantes ecológicamente
por controlar los roedores, su alimento preferido, y otros vertebrados de sangre fría y
caliente. De esta familia hay tres géneros presentes en la región: Boa Epicrates y
Corallus y Boa constrictor, llamado también güío perdicero, que crece
hasta cuatro metros, Dugand (1975), Medem (1968), Boa hortulana llamada mapaná
tigre. Estas serpientes ofrecen grandes posibilidades para su crianza en cautiverio por su
piel y su carne que tanta demanda tiene en Japón.
De la familia Colubridae
hablaremos brevemente; resaltaremos que son serpientes muy útiles en la agricultura,
por cuanto controlan plagas como insectos y otros invertebrados: moluscos, artrópodos y
un buen número de vertebrados; aves, mamíferos y lagartos. Pertenecen a esta familia las
serpientes ofiófagas, es decir aquéllas que se alimentan de otras como la cazadora negra
(Clelia clelia) y la cazadora ratonera (Drymarchon corais), las cuales por
su tamaño, más de un metro, se convierten en buenas controladoras de alimañas. Entre
las Colubrides sobresalen las aglifas, que carecen de dientes portadores de veneno,
a diferencia de la gran mayoría. Unas pocas tienen dientes opistoglifos, es decir,
ubicados en la parte posterior del maxilar, con
un veneno que no es lo
suficientemente potente como para matar vertebrados mayores, pero sí para paralizar a sus
pequeñas presas como las ranas y los lagartos. La bejuquilla (Oxybelis aeneus) es
una trepadora ágil y diurna que acecha a las ranas y a los lagartos desde las ramas de un
arbusto. Encontramos también a la llamada bejuca verde (Leptophis pleei) especializada
en comer ranas e insectos y a la bejuca berrenda (Imantodes cenchoa) que prefiere
como alimento a las ranas y los lagartos. Se consideran dentro de esta familia a las
falsas corales: Pseudoboa newrriedii o coral macho y la falsa coral (Erythrolamprus
bizonus). Finalmente, existen las culebras venenosas de mayor peligrosidad, de aspecto
inofensivo aparentemente, pero que tienen el veneno más potente del mundo. Se trata de
las verdaderas corales con dientes proteroglifos, es decir, rectos y situados en la parte
anterior del maxilar y conectados a una glándula venenosa del tipo neurotóxico.
Constituyen la familia Elapidae, el género Micrurus y las especies: Micrurus
disseleucus o coralilla y Micrurus mipartitus o rabo de ají.
Otra familia de
serpientes venenosas que se encuentran en el litoral Caribe es la Crotalidae; tiene
ejemplares grandes y pequeños muy peligrosos. La cascabel, habitante de las zonas áridas
y semiáridas de menor humedad como La Guajira, el Cesar y el Magdalena, es mortal no
sólo por la cantidad de veneno que inyecta, en proporción a su tamaño, sino por la
clase de veneno: neurotóxico, es decir, paralizante. El sonido de sus cascabeles
constituye una advertencia; éstos se forman como residuos epidérmicos de muda en el
crecimiento. Se le conoce científicamente como Crotalus durissus; del veneno se
obtiene el suero anticrotálico que contrarresta los efectos tóxicos de la mordedura.
Otras especies altamente peligrosas pertenecen al género Bothrops: taya x,
cuatronarices, boquidorada, barba amarilla, etc. Las más comunes, como Bothrops atrox,
son las más venenosas y las que más daño han hecho a los campesinos. Su hábitat lo
constituyen las zonas húmedas, ubicadas en el monte, y las áreas rocosas. Suelen
alcanzar un tamaño hasta de 2.50 m. Una especie, muy común en los cultivos como los
arrozales, es el patoco o patoquilla (Bothrops lansbergi); con su mordedura produce
un envenenamiento hemolítico, es decir, aquél capaz de destruir los glóbulos rojos de
la víctima, por hemorragias nasales, gingivales, oculares, etc. También necrosamiento de
la herida, dolor y "shock" en el paciente.
El suero antibotrópico
contrarresta la acción del veneno. Actualmente se conoce un suero llamado polivalente que
actúa sobre los dos tipos dé envenenamiento: el crotálico y el botrópico.
Las aves
El litoral alberga
una 300 especies de aves que constituyen aproximadamente 65 familias. Estos vertebrados
plumados, con un aparato bucal que se transformó en pico, han evolucionado hasta el punto
que su diversidad de formas y tamaños responden a la variedad de sus hábitos
alimentarios. Otra característica evolutiva importante son los pies que concuerdan en el
número y en la disposición de dígitos, a su adaptación en el hábitat. Ecológicamente
las aves han jugado un papel decisivo en los cambios del medio ambiente por el transporte
de semillas, huevos, esporas de hongos y por las interacciones con los distintos modos de
vida. Han servido como sustento del hombre y de otros mamíferos, de las aves, los
reptiles y hasta de los peces.
Casi todas las especies
de la familia Tinamidae se encuentran en el Caribe; algunas como la perdiz de monte
o gallineta de monte (Tinamus major) habitan en Urabá y se propagan hasta el Alto
Sinú. La más común y numerosa es la perdiz enana o mocha (Crypturellus soui) que
Dugand (1947) ubica en el Atlántico y en el Magdalena; sin embargo, Rodríguez (1982)
describe su hábitat a lo largo del litoral Caribe. En la familia Palecanidae encontramos
al gran pelícano o alcatraz (Pelecanus occidentalis) habitante de las playas y
regiones costeras. Dugand (1947) lo identifica en sus incursiones a lo largo del río
Magdalena a unos 55 Km del mar y en la Laguna del Guájaro. La majestuosidad de su vuelo,
la estrategia de agrupación para pescar es de admirar en estas imponentes aves.
La familia Phalacrocoracidae
está representada en los ríos, caños y ciénagas por aves buceadoras de agua dulce
que se agrupan en grandes bandadas y después de la pesca se posan sobre los árboles para
secarse, en un lindo espectáculo, con sus alas extendidas. La especie de esta familia es
el pato cuervo o yuyo (Phalacrocorax olivaceus), buen buceador, que levanta vuelo
fácilmente. El pato aguja (Ahinga ahinga) de cuello largo y color café claro,
pertenece a la familia Anhingidae. Es también un buen buceador, pero le resulta
difícil levantar el vuelo desde el agua.
La familia Fregatidae
está constituida por aves marinas con una alta capacidad de vuelo; planean casi todo
el tiempo, con la expectativa de bajar hasta tocar la superficie del agua; capturan a los
peces con el pico y se remontan inmediatamente. Las fragatas, rabihorcadas o tijeretas dé
mar (Frafata magnificens) extienden su hábitat hasta los ríos afluentes del mar
Caribe como el Magdalena, el Sinú y otros menores del golfo de Urabá.
La Ardeidae es
la familia por excelencia de las bellas garzas que adornan los playones de las ciénagas,
las riberas de los ríos y los sitios bañados por sistemas fluviales. La garza morena (Ardea
herodias) es grande, esbelta y solitaria; gran pescadora en ciénagas poco profundas;
tiene el cuello y las patas largas. La garza blanca o real, Egretta alba, se
encuentra en los pantanos, ciénagas, caños y en la orilla de ríos; con frecuencia esta
garza merodea los alrededores de los jagüeyes en las zonas alejadas del litoral. Al igual
que la anterior, es pescadora y vive sola la mayor parte del tiempo. Hay una garcita
esquiva y silenciosa que frecuenta los pantanos, desde una simple charca hasta las lagunas
y las ciénagas; se le conoce como garcipolito, vaquito o vaco (Butorides striatus); se
alimenta de insectos y de otros invertebrados acuáticos, además de los peces a los que
caza con gran maestría.
[10, 11 y 12]
Las aves han jugado un papel decisivo en los
cambios del medio ambiente por el transporte de semillas, huevos, esporas de hongos y por
las interacciones con los distintos modos de vida. Han servido como sustento del hombre y
de otros mamíferos. (Foto: Juan Manuel Renjifo) (Fotos: Andrés Hurtado).
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