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CARIBE COLOMBIA
FEN COLOMBIA
PRÓLOGO
Ramiro de la Espriella
La tierra colombiana
bañada por el mar Caribe, y sus pobladores, no fueron jamás objeto de entretenimiento y
sumisión, sino de conquista. Lo cual quiere decir que la noción de la independencia y la
libertad como conducta propia del ser humano, y no ciertamente como reflejo de una
filosofía política, estuvieron siempre presentes en el ajetreo de sus vidas. Así fue en
el asedio indígena, volvió a serlo en la resistencia española a los cercos que venían
de afuera, durante los días heroicos de la resistencia al Pacificador Morillo y, aunque
la historia no lo cuente conforme se lo merece, en los palenques que los esclavos negros
organizaban en defensa de sus vidas y costumbres.
Pero fueron nuestros
caribes, además, feroces, y se les tenía por caníbales, y esa natural condición de su
ánima los llevaba inclusive al holocausto individual o colectivo cuando de mantener su
suelo y costumbres se trataba. No conocieron el expediente de la rendición, ni aun ante
fuerzas superiores en todo sentido, menos tal vez en el del valor, como las españolas de
la Conquista. Fue para ellos preferible el aniquilamiento, su virtual desaparición del
propio extenso territorio que pisaban y sostenían con la entereza de su carácter y la
belicosidad en su acción.
Cristóbal Colón vio a
los pobladores del Caribe como de gran apostura física y un innato sentido de la dignidad
humana que abroquelaban en el escudo de su indomable rebeldía. Ese fermento humano queda
aún como legado de la estirpe, después de la desaparición masiva del indio caribe, y se
prolonga en las mezclas que produce en el decurso del tiempo la interrelación racial:
blancos, indios, mestizos, más tarde los negros, los mulatos y los zambos, y los
cuarterones y lo que en Venezuela llaman los pardos.
Lo cierto es que en el
Caribe encuentra la Conquista la mayor resistencia indígena, por lo menos en el Caribe
colombiano, en nuestras costas del océano Atlántico. Y si la Conquista se realiza, y
tiene, precisamente, en las costas del Caribe su punto de partida, es porque allí la
epopeya no es la aventura española de la penetración, asegurada por la descomunal
superioridad de las armas, sino la resistencia que el aborigen opone hasta su cruenta
desaparición. Aquello fue en verdad un genocidio desgarrado en la unción de una tremenda
constancia de valentía humana. Y así queda en la historia, como el éxodo hacia la
eternidad o el sacrificio de una raza que se reconocía en el duro ejercicio de su
indomable valor.
Alonso de Ojeda y Juan
de la Cosa fueron de los navegantes más intrépidos que desplazara España hacia el Nuevo
Continente. Principalmente el segundo, apodado "el oráculo de los mares".
Bordearon ellos las costas del Caribe colombiano, y se adentraron en territorio indígena
con desvelado afán de conquista. La aventura de España en América era como una
parábola de tierras ignotas, y poco tenía en verdad de buen juicio, aunque se invocara
la cruz y la doctrina. La conversión de los indígenas fue siempre antecedida por su
despojo material, la perversidad, el engaño y el latrocinio. Pero en este caso había que
contar también con la resistencia de las tribus caribes, belicosas e indomables como no
fuera bajo el implacable exterminio. Y en este caso, la cuenta de cobro se pagaba con la
misma moneda. De Coquivacoa pasaron al promontorio del Cabo de la Vela, habiendo sido
Ojeda quien primero pisara la Costa Atlántica colombiana, conforme lo recuerda Nicolás
del Castillo Mathieu en su vertebrada obra "Descubrimiento y Conquista de
Colombia". Pero ese no es el cuento que nos interesa, ni que se le hubiera nombrado
gobernador de "Cuquibacoa y Urabá". Lo que importa es saber que al penetrar a
Calamarí y extenderse hacia Turbaco contaron con la oposición armada de los indios
caribes, quienes los derrotaron estruendosamente, habiendo perdido la vida en la contienda
Juan de la Cosa. De modo que no era fácil la estancia de los españoles en el territorio
caribe, sino por el contrario: una guerra cruenta que hablaba muy bien del ánimo superior
de la raza indígena.
Van integrándose,
así, las esencias hispánicas con el relente indígena, y cuando surja del mercadeo
esclavista el aporte africano, con cuanto éste trae consigo también la innata rebeldía
que se aposenta en los palenques, se habrá consubstancializado una nueva y fervorosa
forma de vivir, que tiene tanto de alegre comparsa como de música sincopada y una varonil
prestancia que se confunde con el derecho a vivir la vida y, naturalmente, de defenderla
de los más siniestros avatares.
No es poco lo que dejan
los palenques de los negros fugitivos como constancia de su histórica rebeldía. Sin
tener por qué ir a los cañaduzales de Haití o de Santo Domingo, en Cartagena, no más,
incuba la rebelión de una raza al llamado misterioso del tambor, que es aquí un símbolo
de la apelación a las más hondas reacciones de su espíritu. No se ha escrito en
Colombia, todavía, la historia de esos días aciagos. No han tenido los negros su
historiador. Roberto Arrázola Caicedo dio una constancia documental en el libro
"Palenque, primer pueblo libre de América". Si bien ONeill describió las
tribulaciones del emperador Jones embriagado por la majestad de la selva haitiana, este
pedazo de la historia de nuestro continente, con sus aportes y contradicciones, y su
sangrante espectáculo, la verdad es que permanece inédito como si se tratara de ocultar
el inhumanitario tratamiento a una raza que pese a todas las circunstancias jamás se
sometió sumisamente.
Sostiene Arrázola en
el prólogo de su obra lo siguiente, y, luego, lo reitera en múltiples episodios dentro
del texto: "... es un hecho incuestionable que los negros esclavos que se fugaron de
Cartagena desde los tiempos mismos de Pedro de Heredia, fundaron, establecieron y poblaron
muchos lugaresos en el dilatado y selvático territorio de la antigua
Provincia de Cartagena de Indias; pueblos que permanecieron segregados, exentos de
tributos reales y apartados del resto de la colonia española de Cartagena por centenares
de años y cuyos habitantes, habiendo de darse sus propios jefes para su gobierno, constituyeron
una comunidad libre y, desde luego, soberana de sus propios destinos todo el tiempo que se
confrontó esta situación de insularidad". (Hemos subrayado).
Y más adelante:
"El hecho mismo de que estos conglomerados de negros esclavos hubieran de defender su
libertad contra las periódicas entradas que hacían a dichos
lugares los españoles con el propósito de someterlos a su antigua
esclavitud, sin conseguirlo totalmente; y, lo que es más, el haber podido pasar, andando
el tiempo, de la huída al ataque en las verdaderas guerras que sostuvieron contra todos
los gobernadores de Cartagena, hasta llegar al exterminio que pretendió hacerles el
gobernador interino de la Provincia, don Sancho Ximeno, en 1694, está demostrando la
existencia de una situación de rebeldía permanente contra la soberanía del Rey de
España y la autoridad de sus gobernadores; rebeldía que, desde luego, era un modo de
independencia o, cuando menos, un vivir peligroso pero voluntario por amor a la
libertad". (Subrayamos).
El Caribe está siendo
poblado, pues, por tres razas instintivamente rebeldes: la indígena, los españoles y los
negros esclavos que llegan después. Pero en todas hay fermento de amor a la libertad, y
casi que cerrero individualismo, si no es que tributan con su sangre el derecho a la
dignidad de la vida. Tanto, que la tribu de los caribes desaparece del mapa exterminada,
no sin antes haber dejado su gota de sangre unida a los españoles y negros africanos. De
donde el aporte humano del Caribe tiene esos tres signos redentores.
No fue tampoco la
Colonia un tránsito pacífico en cuanto al Caribe se refiere. Estaba Cartagena en el ojo
de las rivalidades imperiales por el predominio del mundo. Inglaterra y Francia disputaban
a España el dominio de los mares, y habían levado las anclas de sus navíos piratas y
corsarios. Hasta el Caribe colombiano llegaron en busca del oro de la Conquista, asaltaron
a Cartagena no una, sino varias veces, estuvieron en San Andrés y Providencia, navegaron
por fuera de sus aguas territoriales, esperando el instante del abordaje sangriento. No
sólo Vernon y el Barón de Pointis merodearon por el Caribe, o estuvieron dentro del
recinto de Cartagena, disputando el dominio español, también Juan Blight, Morgan, Louis
Aury, sitiaron, y depredaron, y abordaron. Y fue siempre la resistencia de un pueblo la
respuesta natural a la violencia que venía de afuera. La tradición heroica se prolonga
entonces, y se refleja, a la vez, como una fuerza de la naturaleza humana que tiene, sin
duda, proyecciones políticas de afirmación histórica, que luego, en el transcurso de
los tiempos, completará la imagen redentora que podría sintetizarse en Cartagena como
bastión inexpugnable del sagrado concepto de la soberanía, es decir: de la libertad.
Una digresión cabe
aquí, para señalar hitos históricos y culturales. Bien podría decirse que el Caribe,
incluyendo al Caribe colombiano, es un subcontinente, y que dentro de esa acepción
geopolítica bulle un archipiélago de costumbres y culturas diferentes, pero no
necesariamente contrarias. No son lo mismo el Caribe hispánico y el de las colonias
sajonas, o francesas, u holandesas. Ni tampoco el Caribe de San Andrés y Providencia, sus
islas y cayos, donde España sentó su planta desde el siglo XVI. Se advierten diferencias
y contrastes, y emergen similitudes. Habría que anotar que dentro de ese heteróclito
universo se está perdiendo la oportunidad de gestar un nuevo comportamiento cultural, un
nuevo modo de ver el mundo, de interpretarlo y vivirlo. Esa confrontación de culturas no
es sólo respetable, sino que debe ser respetada, si se cree de veras en la dignidad
humana y los derechos del hombre. Hoy, por ejemplo, en San Andrés y Providencia se vive
un momento crítico de su historia, y es indispensable acentuar la obligación de
reconocer diferencias y respetar en sus orígenes y proyecciones la tradición y la
cultura de sus pobladores isleños. Nuestro Caribe es hispánico, indígena y africano,
conforme ya lo hemos venido acentuando, pero en el caso de San Andrés y Providencia una
evidente levadura de determinante influencia sajona que toma cuerpo en el idioma, los
sentimientos religiosos, la música y las costumbres define su proyección humana. Somos,
así, pueblos mestizos y mulatos. Pero también eran mestizos los españoles que nos
poblaron: celtas, iberos, castellanos y africanos, sí miramos el largo dominio moro. De
donde la gestación política recoge su contradictoria conducta, sin que deje de aflorar
siempre la alta temperatura del concepto de libertad. Un episodio, por ejemplo, en el caso
de San Andrés y Providencia marcaría esta constante. Los complotados de Panamá
pretendieron buscar apoyo en las islas para su proditorio intento, y encontraron la
resistencia armada de los isleños, que con armas blancas, palos, piedras y algunas
escopetas de fisto, repelieron ardidamente la incursión.
Ese comportamiento
subsiste vivo a lo largo de la historia, y es el caldo de cultivo de la independencia. Por
algo está la independencia de modo íntimo ligada al Caribe, y es precisamente Cartagena
la primera ciudad que la proclama totalmente del imperio español. Cartagena es la ciudad
Heroica, y más allá, en el curso del Magdalena, que es la prolongación del Caribe hacia
el sector andino, Mompox es la Valerosa. Dos títulos bélicos que atestiguan su
permanente vocación de libertad.
La integración del
hombre caribe a la naturaleza es una síntesis del panteísmo. Pero, contrariamente, su
lucha a diario reanudada en favor de la libertad lo encuentra en la sola soledad de su
orfandad. Pudo haber sido así desde los núcleos indígenas, como lo hemos visto, tal
como Colón los viera enhiestos sobre su orgullo, su rebeldía y su indomable coraje,
testimonio para la historia de que esa no sería jamás una raza vencida, aunque se le
viera sometida, y más que eso: aniquilada. El aliento cósmico que conjuga en una sola
existencia las tres estirpes: la blanca, la negra y la india, que insurge lo mismo en
Haití que en Santo Domingo o en los palenques que en las intransigentes premoniciones de
Martí en su inmenso discurrir intelectual o el machete de Maceo, en Pancho Villa como un
centauro arrasando las tiendas de campaña de los soldados gringos del general Pershing, o
en algo más acá, y más nuestro, que jamás debe borrarse de nuestras mentes, como son
los zarpazos de Padilla cancelando en los mares el precio de nuestra libertad.
Esa es la continuidad
irreversible de la historia. Su sentencia inapelable.
Si nos devolvemos en
sus páginas, nos encontraremos de una vez con Bolívar. Y Bolívar era eso: un hombre del
Caribe. La encina vasca de que hablara Guillermo Valencia, la solidez indígena, el pasmo
negro. Tan lo sabía él, y llevaba tan dentro ese fuego que obligara al Duque de
Manchester a decir que "la llama había consumido el aceite...", que cada vez
que regresa derrotado busca en el Caribe el halago para su renovado insurgir. Lo mismo en
1812 en Cartagena que en 1815 en Jamaica. No es por un azar del destino como Bolívar se
reencuentra en la parcela de su fe. En Cartagena es un exiliado político, un pobre diablo
aparente, sin nada distinto a su voluntad y sus ideas. En Kingston casi un mendigo
sostenido por la dádiva generosa de Julia Cobier. Pero no deja de hablar de nuestra
patria común y la que quiere encender es nuestra guerra nacional, la de la
liberación de nuestros pueblos, su identidad, su destino indivisible. Quien lea hoy los
manifiestos de Cartagena o las cartas de Jamaica encontrará ahí toda la teoría
universal sobre la autodeterminación de los pueblos, que no es como acaso lo pretendan
los trasnochados corifeos del ensalmo revolucionario extranjerizante la gracia sacralizada
que derrama a manos llenas el marxismo, sino eso: el producto acerado de una voluntad
nuestra, y propia.
Y, así mismo, en
Cartagena evocaba, majestuoso y certero, las causas que llevaron a su patria a la derrota.
Si no nos estuviera tutelando desde la eternidad, podría suponerse que está aquí, entre
nosotros, cuando afirma casi que diríamos que con gesto de irreductible compasión:
"Las elecciones populares hechas por los rústicos del campo, y por los intrigantes
moradores de las ciudades, añaden un obstáculo más a la práctica de la federación
entre nosotros: porque los unos son tan ignorantes que hacen sus votaciones maquinalmente,
y los otros tan ambiciosos que todo lo convierten en facción; por lo que jamás se vió
en Venezuela una votación libre y acertada; lo que ponía el gobierno en manos de hombres
ya desafectos a la causa, ya ineptos, ya inmorales. El espíritu de partido decidía en
todo, y por consiguiente nos desorganizó más de lo que las circunstancias hicieron.
Nuestra división, y no las armas españolas, nos tomó a la esclavitud".
¿Venezuela? ¿Sólo Venezuela? Entonces también Nueva Granada, y hoy, sin duda, todavía
Colombia.
En Kingston ha vuelto
sobre nuestra unidad de destino, y nos ha señalado de nuevo el rumbo de la asunción de
nuestra autonomía hemisférica. "Nosotros somos un pequeño género humano, ha
escrito, poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares, nuevo en casi todas las
artes y ciencias, aunque en cierto modo viejo en los usos de la sociedad civil". No
reconoce fronteras ni patrias geográficas, ni se inmoviliza en un solo sitio. Su punto de
referencia es siempre el mar, un mundo aparte, cercado por dilatados mares". Volverá
a verlo así cuando después de Ayacucho pretenda unificar nuestro destino mirando hacia
el faro anfictiónico de Panamá. La suya es así mismo una política de los mares, con
miras a la majestad de su dominio. Por eso, en verdad, y no porque lo afiebre la cercanía
de la muerte, ya próximo a su cita final, tiene aún alientos para pensar en la libertad
de Cuba y Puerto Rico, e imagina que su espada puede fulgurar en manos del Mariscal Sucre.
El Congreso de Panamá
no es un ensueño, sino la certidumbre de una gran Patria. La necesidad política de un
continente. Bolívar es un agudo observador del devenir social, un rastreador de hechos
políticos. Tiene olfato y reflejos felinos. Desde los comienzos de su carrera, ya lo
hemos visto, ha venido insistiendo en el apremio de atar los cabos sueltos de la
diversidad de nuestras razas, su indisciplina, su ignorancia, el casi indomable
provincialismo, y las reservas secretas de una peligrosa democracia de dientes para
afuera, alimentada con los elementos de la disociación colectiva. Tiene la perspicacia
del peligro y de la orfandad. La suya es una idea ya madura desde su germen, y ya viva en
el momento de su concepción. No hace más que insistir en cuanto había escrito en los
manifiestos de Cartagena y las cartas de Jamaica. Reacciona ante la expectativa histórica
de los hechos. Se adelanta a los hechos. En los manifiestos de Cartagena ha unido la
suerte de la Nueva Granada a la de Venezuela, y ha comenzado su recorrido continental, su
hazaña de pueblos. En 1815, en Jamaica, después de la reconquista española, va más
allá: Chile, el Perú, Venezuela, el Río de la Plata, naturalmente la Nueva Granada, y
como síntesis: el bastión de Panamá. Habla del "hemisferio de Colón", es
decir, de todo un continente, y exclama: "Qué bello sería que el Istmo de Panamá
fuera para nosotros lo que el de Corinto para los griegos". Su pensamiento tiene
aquí un valor universal, además una nueva concepción del derecho de los pueblos. El
suyo es un acto de soberanía y afirmación. Hay en Bolívar una patria por hacer, un
destino inconcluso, una identificación con el yo trascendente de nuestros pueblos,
que es un acto bien pensado de veto a todo poder extraño. Es aquí, precisamente, donde
la noción bolivariana del Derecho Internacional, y de la autonomía del continente,
entran en contradicción con el "monroísmo" que aparece un poco después, vale
decir: con el intervencionismo, Bolívar lo estaba previendo. Y tampoco es un azar del
destino que haya sido en las propias aguas del Caribe donde con mayor fuerza se sienta su
determinante poder. Bolívar, ciertamente, no ha soñado nada, simplemente se ha
adelantado a una realidad geopolítica, y en su visión cósmica, universal, del mundo ha
tratado de preservar lo que desde entonces ya veía en inminente peligro. Lo espectacular
del genio es eso, que discurre en su soledad como quien va creando de su sola cosecha
fantásticos mundos no presentidos por el común. Y éste que Bolívar entreveía entonces
es el mismo mundo del Caribe de hoy, convulsionado y combustionado desde afuera por
quienes pretenden posesión de dueños, y desde adentro por quienes lo han sido despótica
y altaneramente.
Jefferson, Madison y
Adams han aconsejado silenciosamente a Monroe. La doctrina es proclamada en 1823, con
motivo de un incidente sin importancia. La respuesta de Jefferson, que es un aristócrata
de nacimiento, un virginiano, cuando se le inquiere, no puede ser más tajante:
"Tenemos que preguntarnos, primeramente dice si debemos adquirir, para
nuestra Confederación alguna o algunas de las provincias españolas. Confieso
ingenuamente agregaba que siempre he considerado a Cuba como la adición más
interesante de nuestro sistema de estados federales. El dominio que esta isla, junto con
la punta de la Florida, nos daría sobre el Golfo de México y los países e istmos que lo
limitan, lo mismo que sobre todas las aguas que en él desembocan, llenaría la medida de
nuestro bienestar". Quien así hablaba era el personero bíblico de una religión del
estado: el pensamiento liberal de la época, hecho a la medida exacta de sus intereses
nacionales.
¿Qué más da?
No es Cuba un estado
asociado, como lo pretendía e insinuaba Jefferson, pero lo es Puerto Rico. Y la Doctrina
Monroe, tal como fuera proclamada, es la síntesis del destino manifiesto. Lo ha
dicho con absoluta claridad el presidente Monroe con estas palabras: "La sinceridad y
relaciones amistosas entre los Estados Unidos y las potencias europeas, nos obligan a
declarar que consideraríamos peligroso para nuestra paz y seguridad cualquier tentativa
de parte de ellas que tenga por objeto extender su sistema a una porción de este
hemisferio, sea la que fuere".
¿De qué habla?
De la paz y seguridad
de los Estados Unidos, no las nuestras. O lo que en su tiempo llamaba el capitán Mahan,
"el derecho de expropiación sobre las razas indiferentes", citado en la
Conferencia Panamericana de Santiago de Chile, en 1906, por el general Uribe Uribe.
La invalidez política
del área del Caribe, por no haber atendido a Bolívar, se materializa en sus
cercenamientos. La absorción de México, el zarpazo de Panamá, la independencia de Cuba
maniatada por la Enmienda Platt, las repúblicas bananeras, la maldición de las
dictaduras: Trujillo, Machado, Batista, Ubico, Tiburcio Carías, los Somoza, y como si
todo eso fuera poco, el asesinato de Sandino, la intervención armada contra Arévalo y
Arbenz, y Castillo Armas como un testaferro del poder metropolitano. La floración de la
inmoralidad como sistema de gobierno, y la depresión humillante de las conciencias. Más
que la historia, que casi siempre se ha mostrado avara en condenar a sus déspotas, el
testimonio de nuestros novelistas universales.
Aunque parezca alejada
de nuestra inmediatez geopolítica, hay grandes similitudes entre lo que acontece en toda
el área y lo que entre nosotros sucede. Los hechos los describe como un sainete don
Ramón del Valle Inclán en su Tirano Banderas, pero mucho más allá: el crimen,
la prostitución, la droga, el rastreo inmisericorde de los espías, las torturas, el
hambre colectiva, el analfabetismo, el desempleo, y, paralelamente a todo eso, el
enriquecimiento sin causa de los amos del poder, sus allegados y familiares.
De los heroicos
esfuerzos de Martí y Maceo, por ejemplo, se ha pasado a Machado, la Enmienda Platt, la
base militar de Guantánamo, y, finalmente, el sargento taquígrafo Batista, que ha sido
colocado allí por el embajador Summer Wells.
Si retrotrayéramos la
mirada histórica hacia esa isla, podríamos ver en ella algo semejante a cuanto sucede
ahora entre nosotros, aquí en la región andina, y más allá en el idéntico Caribe. Es
entonces Cuba el imperio descarado de la drogadicción, la baja política, la corrupción
del mando y los estados antisociales. La lotería, verbigracia, conoce de antemano a sus
ganadores; prospera el sistema de las botellas, que es como allá llaman lo que
aquí conocemos como corbatas; un ministro de estado carga con doscientos millones
de dólares a la Florida, y es nada menos que el ministro de educación, en tanto el
presidente de la República declara que es imposible su extradición, porque ese
según dice es un precedente que no se debe establecer; se compran los votos
por pulgadas de arrumes de billetes; el apóstol de la reivindicación moral, Eduardo
Chibás, asfixiado por la creciente ola de corrupción, 0pta por suicidarse de un
pistoletazo ante los micrófonos de la radio de la audiencia que lo escucha. A Prío
Socarrás lo sorprende el "madrugón" de Batista rodeado de cortesanas
italianas. Y, después de eso, Castro, y la amenaza que hoy se derrumba de un nuevo amo
sobre nuestro mundo.
Pero la lección de
Bolívar está latente, sin embargo, es una fuente viva. Se enlaza con una tradición
libertaria, que es una permanente parábola, y ha tenido antes y después predecesores y
legatarios que escoltan su paso hacia el tránsito de la historia. Cuanto hoy acontece en
el área del Caribe, más que en nuestro suelo, en el de nuestros vecinos, es la
repetición de un anhelo colectivo: el ejemplo de Nicaragua, de un lado, y, del otro, el
manchón de Panamá. Pero ambos fenómenos atestiguan los esfuerzos de nuestros pueblos
por encontrar autónomamente su identidad política.
Eso está escrito en
forma indeleble en la historia.
Y vale la pena
recordarlo.
Es de justicia hablar
de Manuel Rodríguez Torices, los hermanos Gutiérrez de Piñeres, Ignacio Cavero y
Cárdenas, el Tuerto Muñoz, obviamente del Almirante Padilla, de don José María del
Castillo y Rada, y de don Juan García del Río y sus "Meditaciones
Colombianas". Ellos amplían poderosamente el círculo del persistente encono por la
libertad, por ella se sacrifican y bajo sus enseñas pasan armoniosamente a la historia.
Sería imposible
entender ese arduo proceso de integración sin tocar con ellos.
Antes de la fulgurante
aparición de Manuel Rodríguez Torices en la escena política de la Independencia,
circulan por entre los riesgos de la conspiración y los preparativos del estallido
popular dos próceres hoy casi anónimos: Ignacio Cavero y Cárdenas e Ignacio Muñoz,
apodado el Tuerto. El primero nacido en Mérida (México) y el otro en Corozal en el hoy
departamento de Sucre. Los rescata para la historia don Donaldo Bossa Herazo en folletos
publicados en 1961 y 1980.
De Cavero y Cárdenas
ha dicho que aunque es un elemento de la derecha, "tiene un ideal, la república, una
mira, la patria; un programa, una oportunidad para todos". Fue compañero y activo
participante en la lucha por la independencia de Juan de Dios Amador, de los hermanos
Gutiérrez de Piñeres, y, en los primeros pasos, del Libertador, en su deambular por el
Caribe. De modo que Cavero y Cárdenas prolonga la tradición geopolítica del área en
favor de la libertad. Y lo mismo el Tuerto Muñoz, que ha estado en todas partes con su
mismo intransigente ideal de libertad, ya fuera insuflando el hálito popular que se
levantaba del barrio de Getsemaní, al lado de los hermanos Gutiérrez de Piñeres y de
Pedro Romero, en los cayos de San Luis, o dirigiéndose a la reconquista de la Guayana
venezolana o al abastecimiento del sitio de Angostura. Fue de los primeros en proclamar la
independencia de Cartagena, enfrentado naturalmente a García Toledo.
Y antes que ellos dos,
y con ellos dos, en un permanente ir y venir en busca de la libertad, los hermanos
Gutiérrez de Piñeres: Vicente, Germán, Gabriel y Juan Antonio, acompañados del líder
popular Pedro Romero, un hombre del Caribe también, puesto que procede de Cuba. Son ellos
los que encienden virtualmente la radical independencia de Cartagena, cuando hacen acto de
presencia en la desde entonces llamada Plaza de la Proclamación. El propio Bolívar ha
llamado a los hermanos Gutiérrez de Piñeres "fundadores y patriarcas de la
independencia". En 1817, en el Fuerte de Barcelona, en Venezuela, Vicente Celedonio,
Gabriel Gutiérrez de Piñeres, María Ignacia Vásquez de Mondragón, esposa del primero,
y su hijo Manuel Gutiérrez de Piñeres y Vásquez, son ajusticiados a manos de la
represión española, dejando así testimonio de su intrepidez y heroísmo, en el que
acaso fuera el genocidio más cruel de la guerra de independencia. La familia procede de
Mompox, otro de los símbolos heroicos del área del Caribe.
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