CARIBE COLOMBIA
FEN COLOMBIA
LA PARÁBOLA DEL
CARIBE, NUESTRA TIERRA PROMETIDA
Jesús Ferro Bayona
"Tú dices que el
arte es mentira.
¿Es mentira el mar?
1
EL ILUSTRE geógrafo
francés Eliseo Reclus, viajero infatigable del siglo XIX, escribió en su Nueva
Geografía Universal, la Tierra y los Hombres
2
, esta
frase iluminadora: "la península Guajira ofrece sitio favorable de refugio a la
nación caribe". La idea del Caribe como nación, sea cualquiera el sentido que le
haya dado Reclus, nos sirve de puerto de embarque para emprender nuestra observación
viajera por el Mediterráneo de las Mil Bocas, como lo llamara el barón de Humboldt, y de
puerto de llegada para adentrarnos en la región costeña, la interiorana, surcada de
ríos y de ciénagas, de llanuras y sabanas, de sierras y
serranías, en la que
reconocemos hoy, junto con la del litoral, con sus playas y acantilados, islas y
arrecifes, esa peculiar agrupación sociocultural a la que llamamos el Caribe colombiano.
Nos hemos acostumbrado
a decir la Costa Atlántica, relente de una inclinación a darle la espalda al Caribe,
resultado eficaz de una educación para el olvido que nos ha encantado con su exaltación
de los Andes para dejarnos, por muchos años, tirados sobre nuestras playas, sin atender
al mar que nos integró a la historia universal desde los orígenes de nuestro encuentro
mítico con la cultura de Europa. No obstante, ya aprendimos a balbucir las primeras
letras del mar Caribe y a encontrarle sus consonancias con el rumor indígena, con el
ritmo africano y con la métrica europea.
Esa señal que nos
invita a llamar las cosas por su nombre nos ha arrastrado, como los huracanes del segundo
invierno, a reconocer en el Caribe nuestro espacio vital, nuestro ámbito propio, nuestra
tierra prometida. Por eso mismo, al igual que los viajeros antiguos de la etnografía,
registramos aquí nuestras notas de búsqueda que intentan comprender la relación entre
el hombre, la naturaleza y la historia, entre la cultura, el paisaje y las crónicas, de
esta gran comarca del Caribe colombiano.
Las coordenadas
geográficas y vitales del Caribe
La sola mención de
un espacio geográfico, como la que acabamos de hacer, nos trae consigo resonancia del
viejo problema intelectual de lo uno y lo múltiple. Si nos dirigimos al mar Caribe, de
acuerdo con sus coordenadas de islas, cayos y tierra firme, encontramos reinando a la
diversidad, porque cada cual reclama en inglés, en francés, en neerlandés, en patois o
en español la propiedad del Caribe. Ciencias como la antropología y la etnología les
dan la razón porque lo que hallamos en el Caribe es una pluralidad de las culturas, de
lenguas y de hábitos, pero sin que ello impida que, fundamentados en esas mismas
disciplinas científicas, podamos decir sin temeridad que existe una Cultura Caribe que
recoge lo que hay de común en toda la cuenca, como también la variedad que distingue,
por ejemplo, a Cuba de Curazao.
La Cuenca del Caribe
3
comprende, en sentido lato, tanto el golfo de México
como el mar interior que tratan de enclaustrar al archipiélago de las Antillas, América
Central, desde la península de Yucatán, y el norte de América del Sur. El barón de
Humboldt la vio así, y al llamarla Mediterráneo de las Mil Bocas, abarcaba con su mente
de geógrafo tanto el conjunto de islas y cayos que se desprenden de La Florida y se
extienden como un arco templado hacia el occidente, para caer en la costa norte de
Venezuela, como todo el litoral continental en donde se encuentran Estados Unidos,
México, los países de Centroamérica, Colombia y Venezuela.
El archipiélago está
formado por las Antillas Mayores, que son Cuba, Haití, República Dominicana, Jamaica y
Puerto Rico, y las Antillas Menores, que se han calculado en el orden de siete mil islas,
islotes y cayos, entre las que sobresalen Guadalupe, Martinica, Barbados, Dominica,
Trinidad y Tobago, Aruba y Curazao, incluyendo a las Bahamas, al norte de Cuba y occidente
de Florida.
[1]
El Sombrero de
palma tejido es uno de los implementos más característicos del "modo de ser
costeño"
. (Foto: Juan Camilo Segura)
Cuando el barón de
Humboldt llama al mar interior Mediterráneo de las Mil Bocas, está apoyándose en un
símil mutatis rnutandis que es el mar europeo, por lo que tiene que acudir a la
figura de las mil bocas, que establece la diferencia que existe entre el Mediterráneo y
el Caribe. El nuestro es un mar con muchísimas entradas y salidas que lo ligan con el
océano Atlántico, por donde vinieron españoles, y después portugueses, holandeses,
ingleses y franceses. El mismo océano por donde también vinieron a crearle zozobra al
Caribe los piratas y corsarios, de los que todavía hablan los navegantes, si es que no se
trata de sus fantasmas. Es al océano Atlántico al que se halla atado el nombre oficial
de nuestra Costa, denominación que supone un salto maratónico que clavó entre
paréntesis nuestra inmediata relación con la cuenca caribeña, y uno de los tantos
equívocos que ha llevado al país andino a ignorar el mar.
Otros aducen que la
falta de proyección al mar interior es una herencia de la actitud colonial española,
pues con la construcción de plazas fuertes en las ciudades del litoral vino el predominio
del sentido estático, a saber, el defensivo, sobre el de conquista del mundo exterior
4
. Esa explicación además de ser sociológicamente
endeble, puede utilizarse como absolución histórica a un pleito viejo que el sentimiento
colectivo costeño ha mantenido, no sin razón, con el país andino. Desde el punto en que
las cordilleras pierden sus nombres hasta los límites nórdicos de nuestras costas, se
habla de ese estilo centralista del altiplano, que no sólo recorta, quita y prohíbe,
sino que además obra como una fuerza centrípeta que obliga a mirar para allá y no hacia
el mar. Y a pasar por allá, antes de llegar al océano Atlántico.
Pero el hecho es que el
trópico encuentra en la región Caribe su espacio natural. Por el norte, la línea de
demarcación, que coincide con el Trópico de Cáncer y que corta la península de la
Florida, señala la entrada en un mundo particular que Colón describió con palabras
míticas, pertenecientes al lenguaje del paraíso, que Bolívar amó y conservó en el
alma como lugar de referencias vitales y que nosotros vivimos como el único espacio
posible para verificar nuestra identidad cultural y mantener en pie las razones
existenciales de la dicha.
Una visión de esas
coordenadas vitales y culturales se halla muy bien narrada por Cabrera Infante
5
cuando en la novela coloca a su personaje en un solar de
La Habana y lo pone a vivir sus ritos de iniciación al amor y a la cultura: Julieta
Estévez, la initiatrix, le dice que le gustaría oír el mar mientras hacen el
amor. El joven piensa que habrá de buscar un lugar cerca de la costa.
"Una playa
entonces le digo yo, recordando que ella colecciona crepúsculos y conchas.
"Pero ¡mira
que eres tonto! me dice. Yo quiero decir El Mar la Debussy".
El joven narrador
tiene que irse a buscar un tocadiscos portátil y el disco El Mar a donde Olga
Andreu, que se lo había comprado no hacía mucho, cuando estaba en su fase impresionista,
impresionada por Debussy. Y es así como, en ese contexto de sensualidades caribes y de
connotaciones musicales europeas, se construye un mundo de experiencias, sensaciones e
ideas, que el descubrimiento de Cristóbal Colón estableció, siglos atrás, a su manera.
[2]
En el contexto de
sensualidad caribes y de connotaciones musicales europeas se construye un mundo de
experiencias, sensaciones e ideas.
(Foto: Milcíades chaves)
El Caribe como
parábola del encuentro
El Viejo Mundo se
encontró con el Nuevo cuando las tres carabelas del almirante Colón llegaron, en una
madrugada de octubre de 1492, a unas islas que confundió con el Extremo Oriente, el
Cipango, una especie de metáfora para navegantes ávidos de riquezas y para aventureros
recién salidos de las cárceles. Colón no era lo uno ni lo otro. Era más bien una
almirante piadoso que perseguía su propio destino y que trataba de cumplir fielmente con
la misión de la reina. Dividido entre el deber de hacer un inventario del oro
indispensable y la misión cristiana que lo urgía a ponerle nombre a las cosas, dejó
consignado en su diario el relato de ese Génesis en tierra americana que le seguía los
pasos al de la Biblia, su libro de cultura básica. Era en eso, como en muchas
otras cosas, un europeo de su tiempo.
El descubrimiento de
América, su invención, o más bien el encuentro de dos culturas, que es el comienzo de
la era moderna
6
, acontece en la región del
Caribe. El sentido de ese hecho histórico nos interesa vivamente para comprender aún
más nuestra identidad americana y caribeña. Porque cuando Cristóbal Colón llega a
América, y en sus sucesivos viajes a nuestras tierras deja consignada una experiencia de
la geografía y de la naturaleza a la luz de la cosmovisión cristiana, sobre todo, la que
él ha interiorizado como Almirante piadoso: "Yo estoy creído que ésta es tierra
firme, grandísima, que hasta hoy no se ha sabido, y la razón me ayuda grandemente por
esto deste grande río y mar, que es dulce, y después me ayuda el decir de Esdras, en el
libro IV, Cap. 6, que dice que las seis partes del mundo son de tierra enjuta y la una de
agua, el cual libro aprueba Sant Ambrosio en su Hexameron, y Sant Agustin..."
(Diario del Tercer Viaje, transcrito por las Casas)
7
.
[3,4]
" Y todos los
que yo vide eran todos mancebos muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas
caras... y hay muy lindos cuerpos de mujeres...".
(Foto: Diego Samper) (Foto:
Richard E. Cross)
Colón recorre en sus
cuatro viajes el Caribe llevado de la mano de esa cosmovisión medieval, que se convierte
para nosotros, por medio del relato, en un material mítico. El progresivo interés por el
"descubrimiento cristiano" de estas tierras es patente, y se manifiesta en todo
el relato, no obstante que la permanente referencia al oro lo inundo desde el comienzo:
"Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vide que algunos de ellos
traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz" (anotación en su
Diario, correspondiente al 13 de octubre, un día después del descubrimiento
8
). Y, líneas más abajo, añade: "Determiné de
aguardar fasta mañana en la tarde [...] y así ir al Sudueste a buscar el oro y piedras
preciosas". Pero está presente la salvedad de su intención final en aquel
descubrimiento: "No me quiero detener por calar y andar muchas islas por fallar oro.
[...] Mandó el Almirante que no se tomase nada, porque supiesen que no buscaba el
Almirante salvo oro". La expansión del cristianismo está más cerca del corazón de
Colón que el encontrar oro, como la anota Todorov
9
,
ya que Nuestro Señor ... bien sabe que ya no llevo estas fatigas por atesorar ni fallar
tesoros para mí, que, cierto, yo conozco que todo es vano cuanto acá en este siglo se
hace, salvo aquello que es honra y servicio de Dios".
Así, pues, cuando
Colón llega a tierra, y después de poner la bandera real, comienza a observar la
naturaleza, con tal detalle que el lector comprende el sentido vital y trascendente del
relato: "Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de
diversa manera". Esta experiencia de la naturaleza, habida dentro de unas referencias
claramente cristianas, es notable: "San Isidro y Beda y Strabo y el maestro de la
historia escolástica y San Ambrosio y Scoto y todos los sanos teólogos conciertan que el
Paraíso Terrenal es en el Oriente, etcétera", anota en su tercer viaje, cuando toca
tierra firme y, sin saberlo, llega a la desembocadura del Orinoco. Es cierto que la
relación de sus observaciones sobre la naturaleza con la imagen del mundo cristiano se
establece progresivamente, pero el hecho es que Colón, antes de partir de España,
navegaba en la lectura de esa imagen del mundo: había leído en la Imago Mundi de
Pedro de Ailly que el paraíso terrenal debía encontrarse en una región templada más
allá del ecuador. No encuentra nada en su primera visita al Caribe, lo cual no es de
asombrar; pero ya de regreso, en las Azores, declara: "El Paraíso Terrenal está en
el fin de Oriente, porque es lugar temperatísimo; así que aquestas tierras que agora él
ha descubierto, dice él, es el fin de Oriente "
10
.
Los indicios de ese
encuentro del Paraíso Terrenal son para Colón infinitos, ahí donde el esplendor de la
naturaleza tropical parece no tener fin: es el encuentro del "agua dulce [que] fuese
dentro y vecina con, la salada", en la desembocadura del Orinoco; es "la
suavísima temperancia" del clima; "vinieron al navío más de cuarenta pardeles
juntos y dos alcatraces. Vino a la nao un rabiforcado y una blanca como gaviota; y vide
muchos árboles muy disformes de los nuestros, y delios muchos que tenían los ramitos de
muchas maneras y todo en un pie, y un ramito es de una manera y otro de otra, y tan
disforme, que es la mayor maravilla del mundo cuanta es la diversidad de una manera a la
otra"; es el recuento de cada maravilla que se ve, para llegar a la conclusión:
" Grandes indicios son éstos del Paraíso Terrenal, porque el sitio es conforme a
las señales de estos santos e sanos teólogos..." Y no puede faltar la descripción
intensamente alegórica: "Creo que allí es el Paraíso Terrenal, adonde no puede
llegar nadie, salvo por voluntad divina [...] Yo no tomo que el Paraíso Terrenal sea en
forma de montaña áspera, como el escrebir dello nos muestra, salvo que sea en el colmo,
allí donde dije la figura del pezón de la pera (y fuese como una teta de muger allí
puesta)".
Es disfrute de la
naturaleza, como lugar en el cual el almirante quiere quedarse para siempre, porque se ha
encontrado el Paraíso Terrenal, creencia que se apoya en la imago mundi que Colón
lleva en sí para entenderlo todo, es lo que llamamos material mítico que nos orienta en
nuestra interpretación del Caribe. Al mito le es connatural el ser hablado: tal como la
palabra "mito" lo indica, es un "decir". Colón lo dice al escribirlo.
El acto de escribir su Diario tiene para nosotros el doble resultado de fijar su
pensamiento y de liberar su expresión individual: el relato del descubrimiento que hace
Colón es, así, un mito que llevará la marca de una elaboración interpretativa de los
datos recibidos. Tenemos así el "primer" relato del Caribe, de su geografía,
de su espacio concebido como un Paraíso Terrenal, que se transmite a nosotros como tal y,
consecuentemente, como un paradigma de sentido. Por tanto, al leer el relato, y de acuerdo
con las claves del mito, podernos decir que nos encontramos en ese paraíso. ¿Qué otras
coordenadas, además de la geográficas, que ya mencionamos, necesitamos para que nuestra
imagen del mundo caribe sea un génesis del disfrute?
Las constantes
antropológicas del hombre caribe
Colón nos ha
legado en su Diario la visión de ese acontecimiento único en la historia del
mundo que es el descubrimiento de América, en la espléndida realidad del Caribe. La
cultura del hombre europeo se topa titubeante con la del hombre americano, el
precolombino, que asiste al espectáculo de la llegada del europeo, con curiosidad
compartida. Este encuentro del primer día con los indios, quedó relatado así:
"Luego vinieron gente desnuda. [...] Desnudos todos, hombres y mujeres, corno sus
madres los parió. Y todos los que yo vide eran todos mancebos muy bien hechos, de muy
fermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos cuasi como sedas de cola de
caballos, e cortos... y ellos son de la color de los canarios
11
,
ni negros ni blancos... Hay muy lindos cuerpos de mujeres"
12
.
Hay que entender la
manera como los ve Colón en su plena desnudez y despojados de esas propiedades culturales
que él sí posee, como europeo cristiano y culto, porque Colón se aferra a su imago
mundi, que no permite colocar a los indios todavía dentro de una cultura: "Esta
gente es muy mansa y muy temerosa, desnuda como dicho tengo, sin armas y sin ley. [...]
Ellos no tienen secta ninguna ni son idólatras". En esta última remisión a la ley
y a la religión, se encuentra un dictamen sobre la carencia de lo que para Colón es la
tabla con la que mide a los indios: la civilización europea. No obstante, el encuentro de
las dos culturas se irá realizando paso a paso comenzando con la fusión de las razas, a
semejanza del poblamiento del Diario con la visión del paisaje tropical, de la
vegetación exuberante y el esplendor de otras tierras nunca vistas antes: "Ha sido
descubierta América y de repente, por una serie de circunstancias, resulta que nuestro
suelo, y muy particularmente el suelo caribe, se hace teatro de la primera simbiosis, del primer
encuentro registrado en la historia entre tres razas que, como tales, no se habían
encontrado nunca: la blanca de Europa, la india de América, que era una novedad total y
la africana que, si bien era conocida por Europa, era desconocida totalmente del lado acá
del Atlántico", escribe ese amante ilustrado del Caribe, que fue el cubano, y
también europeo, Alejo Carpentier
13
.
[6]
La mochila junto
con la hamaca son parte de la viva herencia indígena que caracteriza al costeño de hoy.
(Foto: Juan Camilo Segura)
Pero la historia del
Descubrimiento y de la Conquista traen consigo tanto la visión mítica del Nuevo Mundo
como los asaltos de su apropiación cruenta. A la descripción paradisíaca del primer
encuentro siguen los relatos de las conquistas devastadoras de los indios en México, en
Yucatán, en el litoral y las tierras vírgenes de Colombia. Nuestra identidad cultural,
que toma vuelo en esos días míticos del Descubrimiento, empieza casi al tiempo a
construirse dolorosamente con sangre, con violaciones, con expoliaciones, con muerte. Esa
simbiosis monumental de tres razas, cada una con su riqueza cultural extraordinaria, que
es la fuente de "una civilización enteramente original"
14
, sufre una evolución con cada paso que se da: con la
conquista, con la colonización, con la esclavitud. La fusión de indios, negros y blancos
se hizo a precio de sangre que palpita con la diástole, liberadora pero también
esclavizadora, en las arterias de cada uno de nosotros.
Una cultura, la
europea, somete a la otra, la precolombina
15
:
imperio, religión, derecho, cultura, civilización, todos esos conceptos que el europeo
traía en su mente, y con los cuales percibía la nueva realidad, apuntan a acciones de
posesión física, de dominio espiritual, de disciplina y orden militar. Conceptos que se
hallaban en el recinto de una lengua única y significante para designar cada una de las
realidades materiales y humanas: fue así como al orden de la lengua española se llamó a
la yuca, al ñame, al maíz, al aguacate, al fríjol y al guanábano de monte; se llamó a
la lisa, al lebranche, a la mojarra, al bagre; se llamó al jobo, al yarumo, a la caña
brava, al tabaco; se llamó, en fin, a toda la vegetación, a la flora y a la fauna, a la
codificación de la lengua española, ya fuera traduciendo los nombres nativos, ya fuera
acogiéndolos en el sistema fonético del conquistador, pero adaptados a una grafía
dominante. Se llamó, en definitiva, con dominación, al hombre nativo para indicarle
cuál era el árbol del bien y del mal. Fue como la llegada de Dios al paraíso terrenal
para imponerle nombre a las cosas: "La parte de la comunicación humana que capta la
atención de Colón es entonces precisamente aquel sector del lenguaje que sólo sirve,
por lo menos en un primer tiempo, para designar a la naturaleza"
16
.
De ese ordenamiento
cultural provenimos; de esa mezcla de razas y culturas nació la costa Caribe colombiana,
en donde la fusión de indios, negros y blancos dio como resultado una cultura plural,
típica de la región, que la enlaza con la pluralidad cultural de la cuenca del Caribe. A
ese proceso de fusión de razas se le ha llamado con propiedad producto del concubinato
cultural
17
, dándose a entender que en la costa
Caribe no hubo la preservación colonial de las formalidades, sino una natural
cohabitación de los cuerpos sin fronteras de colores. Esa cultura triétnica fue
desplegándose o concentrándose con las corrientes inmigratorias, que, a todo lo largo
del litoral como de las riberas interioranas de los ríos, ha ido determinando unas
constantes antropológicas, un "modo de ser costeño". Esas constantes no son
otra cosa que el resultado de un entrecruzamiento racial, lingüístico y cultural con sus
características propias: desde los desiertos de La Guajira hasta los cerros que abrazan
al río Sinú, por el sur: desde la Depresión Momposina hasta las sabanillas del
departamento del Atlántico; desde el valle de Upar hasta el archipiélago de San Andrés
y Providencia, se encuentra uno con las mismas constantes del hombre universal costeño y
caribe. Sin pretender reducir esas constantes al determinismo geográfico, ni a la sola
fusión racial, ni a la omnipresente confluencia de culturas, sino remitiéndolo todo a
una simbiosis inmensa de razas y de culturas en ese espacio esplendoroso del Caribe, se
puede decir que nos encontramos aquí con un típico modo de ser, que se entronca a la
historia del Caribe y a la evolución de la impronta regional.
Efectivamente, la
unidad cultural y social de la región costeña, que se apoya en la geografía peculiar de
la cuenca del Caribe, con sus mares y ríos tropicales, de ninguna manera niega la
diversidad de las subregiones, en el interior de la Costa, pero, en definitiva, encuentra
un fundamento de integración en la comunidad de sentimientos de sus habitantes. Se dan
las diferencias en la concepción del honor entre un guajiro y un cordobés, se dan los
matices del habla que distinguen a un barranquillero y a un sampuesano, se dan las
diferencias musicales entre el vallenato y el porro; y una fiesta propia es el carnaval de
Barranquilla y otra, también propia, es el fandango de los pueblos del antiguo
departamento de Bolívar; todo ello es diversidad y riqueza cultural que distingue, pero
nada altera el sentimiento, y la conciencia de que estamos todos marcados por una historia
común y por una relación típica con la naturaleza tropical del Caribe, por constantes
antropológicas que nos unen y nos identifican como región ante los Andes, y en
distinción clara con las otras regiones del país, que López de Mesa clasificó y
describió al responder la pregunta "cómo se ha formado la nación colombiana".
Aquí cabe por completo la frase de Hegel: la naturaleza "es el punto de partida del
cual puede un ser humano lograr una libertad interior "
18
.
Ese escenario natural
se distingue también por la luminosidad de nuestro paisaje, esa luz ubicua que lo inunda
todo, como el mar y los ríos, presentes en la vida cotidiana, configurando nuestro modo
de ser y de sentir. Hay, por eso, un sentimiento vital, una pasión de arraigo ligados a
la tierra, al paisaje, que pintores como Alejandro Obregón han traído al espacio de sus
cuadros. Todo el espectáculo de humedad y de canícula, de silencios, de caños y de
ciénagas, de naturaleza febril del Caribe está desparramado en su pintura: caimanes
apesadumbrados, flores cálidas, camarones inermes, niñas de coleocanto, aves que caen al
mar, garzas desorientadas, el gavilán pollero, la lluvia, el mar revuelto, los volcanes
sumergidos, barracudas y mojarras, manglares del Magdalena y de la Ciénaga Grande, todo
el espectáculo de la naturaleza del Caribe, que presenciamos y vivimos con el sentir
común de costeños de esta parte de Colombia.
Entrelazadas, se hallan
la historia del mestizaje y las costumbres en vigor. Historia que está llena de
violencias carnales como también del rumor que brota del amor libre, tal como se entiende
en la época esta noción del mundo moderno. La mayor parte de los españoles vivían
amancebados con las indias; se daban el lujo de poseer varias a la manera de los caciques.
Las costumbres precolombinas eran atractivas, gustaron a los españoles, que empezaron a
entender las coordenadas de una nueva cultura, completamente otra y rejuvenecedora para su
Viejo Mundo, como lo dijera Hegel: "América es el país del inmenso anhelo para
todos aquellos a los que parece el histórico arsenal de la vieja Europa un panorama
tedioso"
19
.
Sin rastrear las guías
de la ciencia sexual occidental, y mucho menos del arte erótico de Oriente, los actores
de la nueva civilización se buscan entre sí: indias con españoles, negras con indios y
con hispanos, y salen los mulatos, y prosiguen los mestizos, y continúa la lista con
zambos, con cuarterones y quinterones. El saber inmediato busca en la sexualidad una nueva
forma de roturar la cultura, que en la costa Caribe es una fiesta del cuerpo y de la
sensualidad, constante antropológica cuyos cuadros se repiten a lo largo de la Colonia,
de la Independencia, la República y esta modernidad tan propia nuestra. Desde el comienzo
apareció también el exorcismo a tanta abundancia de la sexualidad, porque todo ese
festejo ha sido visto, formalmente, como capítulos sucesivos del apocalipsis:
"Fluctuando en dos contrarios extremos de placer y de pena, prevalecía ésta y se
anegaba mi pecho en un proceloso mar de tribulaciones al advertir y experimentar la
universal relajación y corrupción de costumbres de los fieles...", escribe el
obispo de Cartagena en su informe de 1781 sobre una visita a los pueblos de la Costa
20
. La fiesta, ese ritural mítico que se cumple
interminablemente en los poblados de las riberas del Cauca y del Magdalena, en las
haciendas y caseríos de las sabanas, en las poblaciones del Sinú y San Jorge, es una
constante que caracteriza la cultura nuestra y que desorienta tanto a la hermenéutica de
los funcionarios clericales de la Colonia como al moderno observador foráneo: "los
que concurren son indios, mestizos, mulatos, negros y zambos, y otras gentes de la
inferior clase: todos se congregan de montón sin orden, ni separación de sexos,
mezclados los hombres con las mujeres, unos tocan, otros bailan y todos cantan versos
lascivos, haciendo indecentes movimientos con sus cuerpos", anota el obispo de
marras. No se ha entendido la metafísica que hay en la fiesta costeña, no se ha sabido
interpretar la trascendencia espiritual del gesto sexual: "Ya se dejan considerar las
proporciones que hacen para el pecado la obscuridad de la noche, la continuación de las
bebidas, lo licensioso (sic) del paraje, mixturación de los sexos y la agitación
de los cuerpos", descripciones todas que cambian de signo, es decir, se vuelven
liberadoras y manifestaciones sacrales del espíritu cuando se ven a través de una
lectura más sana; la misma que proponen los europeos de hoy para ver en los
comportamientos sexuales de la antigua cultura grecolatina una expresión del "sujeto
que tiene conciencia de sí como actor de la historia y que asume, en consecuencia, todo
ese horizonte de creatividad subjetiva, toda esa riqueza de vivencias que se originan en
el seno de la comunicación intersubjetiva"
21
.
[7,8]
Ese escenario
natural se distingue por la luminosidad de nuestro paisaje,
esa luz ubicua
que lo inunda todo, configurando nuestro modo de ser y
sentir. (Fotos: Santiago
Harker)
La confluencia de las
razas, que se aposentó en todas las poblaciones del Caribe, definió también en nuestra
Costa una serie de comportamientos y de actitudes vitales, que se manifiestan, por todas
partes de la región, en la sexualidad natural, en el trato franco de la gente, en el
arraigo de todos a la tierra caribe, en el sentido del tiempo, que pasa por aquí sin
sobresaltos, como si el hombre costeño tuviera un sentido más de la adaptación realista
al ritmo de los procesos normales de la corriente del río y del vaivén del mar, sentido
que se puede verificar en el empleo de la hamaca, esa red maternal que nos une
apaciblemente al rumor de nuestro paisaje, hundido en el sopor.
Brotan de esas
actitudes vitales ciertas certidumbres sobre la feracidad de la tierra, que no nos puede
fallar porque entre los caños y ciénagas, en el mar interminable, en la manigua, se
encontrarán en abundancia peces y cuadrúpedos, aves y reptiles para la mesa, en torno a
la cual se ha tejido una gastronomía que no es tan primitiva como parece: la sola hechura
del sancocho requiere de una sabiduría de siglos para conocer el punto de equilibrio del
hervor necesario. Y así hay que seguir con la carne de res, las tajaditas de plátano, el
ñame, la sopa de tortuga, el arroz de lisa, el arroz con coco, la yuca con suero; el solo
tratamiento de desintoxicación de la mandioca para que se pudieran comer con placer la
yuca cocida, las carabañolas, las empanadas de carne, el bollo, exigió una imaginación
nada común y un sentido connatural de los procesos químicos de la tierra.
Comenzamos
preguntándonos por las relaciones entre el hombre, la naturaleza y la historia. Henos
aquí con las respuestas que nos da la observación de la tierra en que vivirnos. El
Caribe colombiano es una realidad hecha de música, de agua dulce de los ríos y de agua
salobre del mar, de luz que vuelve radiante el escenario de nuestras vidas, de tormentas
que asustan y pasan por el trópico, de caminos de amor y de alegría, pero, ante todo, es
una realidad humana, construida por seres que hemos reconocido en este espectáculo
natural de nuestro mundo un destino común, que une a los habitantes de la región por
encima de las diversidades subregionales, y una profecía de la patria que queremos, ya
que la convivencia, la solidaridad, el "ñerismo", y tantas otras
manifestaciones del común sentimiento de la vida, son las prefiguraciones de esa tierra
prometida, apacible, cordial y feraz que los colombianos de hoy estamos buscando.
[9]
Brotan de esas
actitudes vitales ciertas certidumbres sobre la feracidad de la tierra, porque entre los
caños y ciénagas se encontrarán en abundancia peces y cuadrúpedos.
(Foto: Richard
E. Cross)
[10]
El empleo de la
hamaca, esa red maternal que nos une apaciblemente al rumor de nuestro paisaje, nos
muestra la adaptación del hombre costeño al ritmo de los procesos normales de la
corriente del río y del vaivén del mar.
(Foto: Juan Camilo Segura)
_______
1.
Cabrera ínfante G., La Habana para un infante difunto, Seix
Barral, Barcelona, 1979, p. 373.
2.
Reclus E., Colombia. Incunables, Bogotá, 1983, p. 158.
3.
Una descripción en detalle, basada en otros estudios, se encuentra en el
articulo de Alvaro Valencia Tovar, " El Caribe: Perspectivas
geoestratégicas". Revista Carta
Financiera de Anif, No. 55, febrero de 1983, pp. 5-32.
4.
Véase el articulo, citado arriba, de Alvaro Valencia Tovar, pp. 12-13.
5.
Cabrera Infante G., op. cit., pp. 370-377.
6
.Una interpretación de esa historia, desde una perspectiva moderna,
la hace con mucha propiedad y fundamento el investigador búlgaro,
residenciado en Francia desde 1963, profesor Tzvetan Todorov, en un bello
libro de reciente publicación en español: La
conquista de América. La cuestión del otro. Siglo XXI, Mexico, 1987.
7.
Las referencias bíblicas son manifiestas. Y son una clave para entender a
Colon en su papel de hermeneuta de la nueva historia.
8.
Colón C., "Los cuatro viajes del Almirante y su testamento",
textos escogidos, en Cronistas
de indias. Antología. El Ancora, Bogota, 1982, pp. 9-22. Las citas
que haremos del Diario están tomadas de esta obra.
9.
Ibíd.,
p. 20.
10.
Todorov, op. cit., p. 25.
11.
Habitantes de las islas Canarias.
12.
Diario,
op. cit., pp. 10-14.
13.
Carpentier A., "La cultura de los pueblos que habitan en las tierras
del mar Caribe", en: La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo y otros
ensayos. Siglo XXI, México, 1981, pp. 177-189.
14.
Carpentier A., op. cit., p. 182.
15.
Ferro B. J., "El Caribe, nuestro padre mediterráneo". En: Huellas, Revista
de la Universidad del Norte, No. 18, Barranquilla, 1986, pp. 5-8.
16.
Todorov, op. cd., p. 37.
17.
Ferro B. J., "Esbozo de una etnología sobre el modo de ser
costeño". En: Huellas,
Revista de la Universidad del Norte, No. 2, Barranquilla, 1981, pp.
40-45.
18.
Hegel
G. F. W., Filosofía de la Historia. Claridad, Buenos Aires, 1976,
p. 99.
19.
Ibíd., p. 106.
20.
Informe
del Obispo de Cartagena sobre el estado de la religión y de la Iglesia en
los pueblos de la Costa, 1981, recopilación y comentarios de Gustavo Bell.
En: Huellas, revista de la Universidad del Norte, No. 22,
Barranquilla, 1988, pp. 65-69.
21.
Cf. mi trabajo sobre la nueva lectura que efectúa el pensador
francés Michel Foucault para interpretar la historia de la sexualidad en
Grecia y Roma: Jesús Ferro B., "De la historia de la moral sexual en
la antigüedad greco-romana". En: Huellas,
revista de la Universidad del Norte, No. 23, Barranquilla, 1988, pp.
5-16.
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