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MOVIMIENTO SOCIAL DE COMUNIDADES NEGRAS EN EL PACÍFICO COLOMBIANO. LA CONSTRUCCIÓN DE UNA NOCIÓN DE TERRITORIO Y REGIÓN
William Villa
INTRODUCCIÓN
El Pacífico colombiano desde los años ochentas del presente siglo es escenario de profundas transformaciones en el ámbito cultural, en la concepción que del desarrolo configura el estado colombiano y en la forma como las sociedades negras e indígenas apropian su historia, a la vez que afirman sus derechos territoriales. Esta dinámica es verdadera ruptura con respecto al modelo de ordenamiento territorial inaugurado en el mundo colonial, el cual pervive a lo largo de la República y se proyecta en el transcurso del siglo XX. Estos cambios desde el análisis de algunos teóricos son percibidos como procesos de modernización en el sentido sociológico (Escobar y Pedroza, 1993).
El modelo económico y de control de los territorios del Pacífico, propiciado por el poder hispano, llevó a que se constituyeran dos grandes epicentros con preponderancia en el plano demográfico y en el económico, los cuales no tenían comunicación alguna entre sí y sobre los que se ejercía control directo desde la región andina. Así, en el Alto Chocó la triada Tadó-Nóvita-Quibdó (Valencia y Villa, 1991 ) se constituía en una ínsula o en un epicentro de desarrollo para el tipo de economía de la época, como lo era hacia el sur Barbacoas, Iscuandé y Tumaco (Almario y Castillo, 1996). Los procesos que en la búsqueda por integrar la región se inauguran en el presente siglo alrededor de la construcción del carreteable, línea férrea y puerto hacia Buenaventura y Tumaco, lo mismo que el carreteable hacia Quibdó y Turbo, no hacen sino reforzar ese modelo de poblamiento donde el Pacífico se percibía como espacio por colonizar, como territorio para integrar a los centros andinos y como bodega cargada de recursos por extraer.
Así, una noción de región sólo aparece en las construcciones elaboradas por los geográfos, quienes en el dominio de lo físico y lo biótico descubren continuidades en diversos lugares
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, en tanto en los aspectos sociales y económicos se mantiene cierta insularidad derivada de la forma como los distintos centros de poder andino quieren asegurar su dominio sobre estos territorios. El Pacífico se define entonces como colonia interna con relación al Valle o Antioquia, Popayán o Pasto; y el Estado quiere asegurar que el territorio se integre desde esa definición.
Es el campesinado negro del Pacífico, quien a partir de mediados de la década de los ochenta, comienza a generar un discurso crítico sobre el tipo de ordenamiento imperante, las políticas de desarrollo y el lugar del negro en la vida nacional. Este movimiento campesino negro logra impactar en la Constitución Política de 1991 y a partir de ello generar una nueva percepción respecto a su propia identidad, lo mismo que al lugar del negro en la vida de la nación.
EL NACIMIENTO DE UNA NOCIÓN DE TERRITORIO DESDE LA VISIÓN DE LAS SOCIEDADES NEGRAS
Las tierras bajas del Pacífico son el escenario de gesta donde los grupos negros desde el siglo XVIII emprenden el viaje por rehacer su cultura. Desde los centros mineros, localizados hacia las zonas medias y altas de los ríos, se desgranan los descendientes de los esclavos en busca de las tierras bajas donde puedan vivir en libertad, en su viaje recorren playas y firmes que van poblando con los seres imaginarios heredados de sus ancestros, acontecimientos e historias de ríos y esteros lejanos comienzan a alimentar la memoria colectiva, en el contacto con el indígena aprenden los secretos del bosque y en el largo viaje por la inmensa red de ríos entienden que es ese el territorio para renacer en la música y la danza, en los ritos alrededor de los muertos, en la red de parientes que se va dispersando en la orilla del río, en darse su propia forma de gobierno y en la búsqueda por hacer de nuevo la historia. Largo es el viaje que emprende el negro para poblar los confines de los ríos del Pacífico, pero poca es la literatura que documenta esta historia, quizá porque este poblamiento no se realizó con la racionalidad destructiva y violenta de las culturas andinas.
Ya en los años cincuenta del presente siglo la frontera interna al Pacífico, que desde el Darién panameño se extiende hasta Esmeraldas en el Ecuador, comienza a constreñirse, proceso que se inaugura con el tránsito hacia nuevas formas de poblamiento y que aparece determinado por la intensificación de la extracción de los recursos del bosque. Las familias negras que vivían dispersas en playas, firmes y ríos, y que les caracterizaba la movilidad en extensos territorios, comienzan a concentrarse en pequeños poblados o aldeas (Aprile, 1991. Valencia. 1985). Los excedentes demográficos que habían encontrado siempre un nuevo espacio donde asentarse, ahora fluyen hacia los centros urbanos en formación como son Quibdó, Tumaco y Buenaventura, otros deben salir hacia Cali, Medellín, Turbo y hasta Venezuela.
La baja disponibilidad de tierras aptas para la agricultura es factor determinante en la evolución del poblamiento y en los cambios en el modelo de adaptación desarrollado por los grupos negros en el Pacífico; la agricultura se desarrolla sobre las pocas tierras altas como los diques de los ríos, los firmes y las playas. Tierras sometidas a periódicas inundaciones, pequeñas fajas de terreno rodeadas de planos inundables cubiertos de bosque, islotes rodeados de ciénagas, firmes adyacentes a esteros y playas sembradas de coco. Esta característica del paisaje obliga a la dispersión de los asentamientos, los cuales se forman de manera lineal y se constituyen parentelas que se distribuyen sobre la ribera del río formando un segmento, a la vez que apropian un territorio de forma colectiva. El crecimiento demográfico implica que la tierra para la agricultura se vaya fragmentando, cada vez la unidad doméstica dispone de menor área, a la vez que los ciclos de barbecho o descanso de los terrenos se acortan. La menor disponibilidad de tierras se refleja en incremento de las tareas extractivas, mayor presión sobre las zonas de bosque, dedicación a tareas de pesca y en procesos de migración. Estos cambios, que se vienen experimentando a lo largo de la primera mitad del siglo XX, se expresan igualmente en la crisis de ciertas pautas respecto al uso del territorio, como en el manejo del cerdo, que se realizaba a partir de un acuerdo entre los miembros de la parentela, que permitía que mientras en una orilla del río el cerdo vagara en busca de sus alimentos, en la otra orilla se hicieran las rozas de maíz y de este modo evitar los daños que el animal pudiera ocasionar. El crecimiento de la población lleva a que los asentamientos se realicen sobre las dos márgenes, con consecuencias en la seguridad alimentaria de la familia, que tenía en el cerdo una fuente de abasto importante.
Al entrar en crisis el modelo de asentamiento tradicional, nace el pequeño poblado, el misionero realiza la más antigua ilusión colonial de reunir a los negros para facilitar su práctica evangelizadora, el comerciante de maderas los congrega alrededor del aserrío; nace la aldea en una pequeña calle que corre paralela al río, donde la escuela y la iglesia son portadores de su identidad.
La impronta territorial que el negro había hecho con sus santos y sus muertos, el Estado colombiano la borra de un tajo, la Ley 2a de 1959 constituye a todas las tierras bajas en inmenso baldío, y de este modo, abre las puertas para que los empresarios de la madera apropien los territorios, expulsen a sus ancestrales moradores y se inicie la historia de la destrucción de los bosques inundables. Desde 1950 los aserríos comienzan a crecer en las orillas de ríos y esteros, una nueva historia se inicia, son muchas las pequeñas poblaciones que se forman a su alrededor, es la moderna esclavitud la que allí se instaura (Restrepo, 1996), y en adelante, el negro oficiará de cortero que provee la gran empresa destructora.
Al norte de las tierras bajas, hacia el Golfo de Urabá, en el inmenso plano formado por el río Atrato y el León, en los bosques de catival, el nuevo orden se expresa en su real dimensión. La empresa maderera avanza, a su paso deja los canales por los cuales ha sacado las trozas, las tierras bajas se desecan y por allí llegan los campesinos desplazados de otras regiones del país, florece la ganadería y la plantación de banano para la exportación (Molano, 1996. Valencia, 1982.). Es esta la historia que vivencian los grupos negros que habían poblado el Atrato, en muy pocos años conocen de la degradación de los ecosistemas que les habían permitido la subsistencia, gentes extrañas apropian sus tradicionales territorios y una vida de marginalidad y violencia experimentan al lado de la gran empresa bananera.
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Contiguo a la zona del Urabá, en los territorios de la región media del Atrato, alrededor de las ciénagas y los fértiles diques de los afluentes principales del gran río, en este paisaje se había estabilizado un campesinado que focaliza su vida económica en la finca, a la vez que durante ciertos períodos del año se desempeña como pescador o minero, en tanto complementa sus ingresos con la cacería y la extracción de diversos productos del bosque. Es este campesinado, quien a lo largo de la década de los ochenta gesta una respuesta al tipo de ordenamiento territorial que la gran empresa maderera imponía y es allí donde se descubre una nueva visión de apropiación del territorio por parte de las comunidades negras. Es en la región media del Atrato, donde finalmente, se cierra la frontera sin límites que en las tierras bajas prefiguraron los grupos negros desde el siglo XVIII
Las comunidades del medio Atrato presienten la hecatombe. Todo está dado para que su existencia física y cultural conozca el final. Para ese momento la empresa Pizano S. A., una de las depredadoras con más historia en la destrucción de los bosques de cativo, inicia los inventarios para solicitar un permiso de explotación para toda la región media del Atrato. La frontera se cierra para los grupos negros, pero no sólo por la presión de la gran empresa maderera, los cambios tecnológicos que al interior de las mismas comunidades vienen sucediendo igual generan impacto degradante sobre los ecosistemas. Las tecnologías tradicionales han dejado de ser opción, los ríos conocen la llegada de monitores y minidragas para la explotación minera, las ciénagas se llenan de, largas redes de nylón, en los bosques la motosierra aterra con su ruido y los motores fuera de borda rápido conectan los mercados (Villa, 1989, 1995,1996). Las formas solidarias de trabajo se van llenando de fisuras y una nueva normatividad regula las relaciones.
Todo parece haberse desbordado y ante ello las comunidades inician el trabajo de delimitar los territorios. Las ciénagas espacio colectivo por excelencia, ya no pueden ser el territorio abierto para que pescadores de muchos lugares lleguen, debe regularse su uso, generarse consensos respecto a quienes tienen derecho para pescar en ella, cerrar la entrada a gentes de otras comunidades lejanas que llegan con sus motores y aparejos de pesca. De igual forma esto comienza a suceder con los bosques y con las tierras de mina. Hacia el año de 1985, las comunidades del medio Atrato realizan la tarea de delimitar sus territorios, de regular al interior de ellos la explotación de los recursos y de poner diques a la presencia de personas y empresas. La delimitación territorial es ejercicio que cuenta con la asesoría de los grupos misioneros y es reflexión que tiene como núcleo el problema del manejo de los recursos naturales. Este proceso es la afirmación de la propiedad colectiva, a la vez que, es poner límites, mojones, marcas que no habían sido necesarias hacia el pasado. Una nueva forma de propiedad se inaugura en el Pacífico, donde lo colectivo, como territorio sin límite, transita hacia el territorio que se define en un mapa y en el que se puede hacer un censo de los propietarios.
En el universo de la organización social de igual forma suceden cambios, aparecen los Comités Locales, que integrados en una red a lo largo del río, se constituyen en la instancia de gobierno propio. Aparece así la Asociación Campesina Integral del Atrato ACIA, organismo que se define en función de representar las comunidades para negociar con el Estado. La familia y el parentesco dejan de ser el referente determinante en la interacción. Esta forma de organización, constituida por primera vez en la región media del Atrato, que integra a treinta y cinco comunidades, será el modelo privilegiado a emular por los pobladores de otros ríos de las tierras bajas y hacia finales de la década de los ochenta se verán nacer organizaciones de este tipo a lo largo del Pacífico (El Atrateño 1 al 18).
La delimitación territorial, los mojones que los grupos negros comienzan a poner, no son la respuesta necesaria ante la gran empresa deforestadora o la colonización, también tiene como antecedente importante la política del Estado colombiano frente a las poblaciones indígenas. Desde mediados de la década del setenta se constituyen los primeros Resguardos del Pacífico, posteriormente, en la década de los ochenta, con el nacimiento de la Organización indígena en el Chocó OREWA, son muchos los sitios donde se delimitan territorios indígenas y en donde se accede al reconocimiento de la propiedad colectiva en la forma del Resguardo. Los grupos negros que habían compartido el territorio con las poblaciones indígenas, que habían descubierto formas de interacción no violenta, y que habían trazado fronteras imaginarias y móviles en el uso del territorio; con el aparecimiento del Resguardo como nueva forma de propiedad experimentan una nueva dimensión del conflicto y una amenaza tan real como la de las empresas madereras o la colonizacion. Los Resguardos se delimitan en ausencia de las comunidades negras vecinas a los indígenas, al negro se le reduce a la condición de colono, sus derechos territoriales no tienen reconocimiento alguno y el negro expectante ve crecer a su alrededor un nuevo orden excluyente, que le limita en su movilidad hacia territonios donde en el pasado podía ejercer de minero, de cazador, de recolector, que lo llena de conflictos con sus vecinos, que en muchos sitios amenaza con violencia y que lo obliga a preguntarse hasta dónde llegará la expansión de la frontera indígena. Pregunta que tiene como referente inmediato la constitución de algunos Resguardos donde poblados enteros de comunidades negras quedaron englobados en el territorio indígena, como en los casos del Alto Andágueda o en la parte baja del San Juan en Pizario.
El campesino negro del medio Atrato mira hacia el norte para descubrir en las zonas bajas el avance de la colonización, hacia el río Opogadó, en el poblado de Mesopotamia encuentra la avanzada de campesinos "Chilapos" provenientes de las llanuras de la costa atlántica; torna su mirada en dirección sur para mirar como llegan los mineros con sus dragas desde el bajo Cauca y los comerciantes de madera que desde Quibdó vienen financiando motosierras; es ese el verdadero paisaje que se advierte en los años ochenta, y cuando el negro se detiene a observar las cabeceras de los ríos que tributan al Atrato se encuentra con territorios de Resguardo. En ese escenario la Asociación Campesina Integral del Atrato ACIA inicia la construcción de un concepto de territorio para las comunidades negras, donde la reflexión se ordena en torno a la etnicidad y el cuestionamiento al Estado colombiano se fundamenta en el derecho de los grupos negros a pervivir como cultura. Desde esta perspectiva ACIA inicia la negociación con el Estado, en un proceso que siendo local, al cabo de pocos años se convertirá en la opción política del conjunto de campesinos de las tierras bajas del Pacífico, y que en la dinámica de la organización campesina del medio Atrato, tendrá su cristalización en el Acuerdo 88 de la Junta Directiva de CODECHOCO, del mes de Julio de 1987, por el cual se reservan 600.000 hectáreas en la perspectiva de un Plan de Manejo Integral que además debe formularse con base en la propia experiencia cultural de las comunidades
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. Este Acuerdo, que en la memoria de las gentes del medio Atrato quedó como el Acuerdo de Buchado, es el inicio de un nuevo orden territorial para el Pacífico y la constatación de la eficacia de un discurso político que articula la identidad cultural del negro con relación a la forma específica de apropiación territorial.
DE LA NOCIÓN DE TERRITORIO AL CONCEPTO DE REGIÓN
El modelo organizativo asumido por ACIA, lo mismo que el discurso sobre el derecho al territorio, pronto se torna en experiencia a replicar por campesinos de otros ríos, las tres grandes cuencas del Chocó se integran en esta visión de organización campesina, al final de la década de los ochenta ya se han decantado organizaciones similares en los ríos Baudó y San Juan, como en la parte baja del Atrato, en tanto en la zona sur del Pacífico de manera incipiente se comienza a gestar el mismo proceso (Sánchez, 1993). Característico a este movimiento social es su esencia campesina, aunque las organizaciones que nacen se nominan con relación a una cuenca y aparecen como si alrededor de ellas se agruparan todos los habitantes de un río, la verdad es que estas organizaciones tienen como núcleo los sectores de río donde hay menor movilidad de la población y donde la práctica de la agricultura, como la silvicultura, se erigen en determinantes para la economía de la familia. Hacia las zonas donde la población se ocupa en la minería, igual que entre pescadores de la región costera, esta dinámica organizativa no se asume de modo relevante, cuestión que puede llegar a explicarse en función de la movilidad propia de esta población, pero también por el impacto de programas de desarrollo, que desde los años ochenta se implementaron en algunas zonas campesinas a partir de la cooperación técnica internacional
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, los cuales como regla promocionaron formas asociativas para la gestión de diversos proyectos y tuvieron como foco las áreas de mayor disponibilidad de tierras para la agricultura.
El nuevo discurso, como inmensa ola, penetra a los confines del Pacífico, un nuevo orden se anuncia, desde los ríos se aprende a mirar a lo lejos, hacia los centros de poder, hacia los sitios donde se toman las grandes decisiones. La convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente que abre la década de los noventa sorprende a las organizaciones negras del Pacífico, que para ese momento sin haber podido decantar una red regional que las integre, no llegan a tener una representación en ese escenario y en consecuencia no podrán de forma directa asumir el debate sobre sus derechos. La nueva Constitución Política de 1991 será precaria respecto al reconocimiento de los derechos de los pueblos negros, la única huella duradera y con implicaciones para las poblaciones del Pacífico, será la que se cristaliza en el Artículo Transitorio 55, donde de modo específico se reconoce el derecho a la propiedad colectiva para las poblaciones negras que habitan los ríos de la cuenca del Pacífico y además el derecho a una normatividad especial que permita el desarrollo de su propia cultura.
El discurso inaugurado en el medio Atrato en la mitad de los ochenta encuentra su síntesis en el Artículo Transitorio 55, allí se revela la aspiración del campesinado del Pacífico, de las organizaciones nacidas en los ríos, de los pobladores que desde los bosques de las tierras bajas prefiguran un mundo para generaciones futuras. El Artículo Transitorio no habla para los pobladores urbanos, no dice de los grupos negros que habitan en las grandes ciudades, tampoco de los que se diseminan a lo largo de la geografía nacional, no lo puede decir, para ello sería necesario que la historia fluyera por un camino distinto y los grupos negros de la nación se descubrieran juntos para trasegar en el intento de construir otra identidad. Así, la Constitución Política del 91 habla para un campesinado negro inscrito en un contexto regional.
Descubrir la región es la posibilidad abierta por el Artículo Transitorio 55, durante siglos los negros habían vivido separados, en su historia ningún proyecto político les había unido, el mundo colonial instituyó barreras entre ellos y en la insularidad habían permanecido. La noticia sobre la nueva Constitucion integra a las gentes de ríos diversos, en adelante se rompe ese mundo que constituía al río como universo y es la hora del encuentro para conocer sobre los derechos que la Constitución consagra. Al amparo del A.T. 55 nacen organizaciones en muchos ríos, se realizan los primeros encuentros de representantes de toda la región y se congregan en asambleas para debatir el futuro del Pacífico.
Al principio el encuentro es oportunidad para el reconocimiento de las diferencias, pero luego sobreviene la pregunta fundamental acerca de la identidad del negro, interrogante que no sólo está en la mente de los líderes que se encuentran, también es cuestionamiento necesario para los funcionarios del Estado encargados de reglamentar el Artículo Transitorio. Para los representantes de las organizaciones, para las gentes que llegan desde los ríos, es la hora de apropiar las múltiples historias nacidas de su experiencia local, de trascender hacia una visión que les integre más allá de la historia de marginalidad compartida o de ciertas expresiones culturales fáciles de advertir como la música, la danza o la religiosidad. En esa búsqueda el imaginario antropológico se desborda, y de esa discusión emerge como estatuto para pensar las comunidades negras del Pacífico la sostenibilidad de sus prácticas culturales en función de unos ecosistemas en extremo frágiles, lo mismo que su capacidad para reproducir un modelo de adaptación no destructivo y unas instituciones que se reglamentan a partir de formas de gobierno autónomas y fundadas en la tradición.
La identidad del negro, como pregunta latente desde la Asamblea Nacional Constituyente y objeto de discusión en las negociaciones del AT 55, encuentra una respuesta teniendo como referente las prácticas tradicionales de producción propias al campesinado del Pacífico, como es claro en el capítulo I de la Ley 70 de 1993 donde se trata del objeto y definiciones. Esta definición de identidad es restrictiva, no integra a los negros de Colombia, simplemente se debe ver como la síntesis de un sector de la población negra, como expresión del movimiento social negro campesino de la región del Pacífico.
Pero la construcción de identidad era proceso que escapaba a una definición, los cambios venían ocurriendo de forma acelerada, viejas instituciones se actualizaban portando nuevos significados, formas de interacción que recientemente aparecían como funcionales se derrumbaban y la vida del Pacífico no conocía más que una documentación fragmentaria. La identidad era ruptura y aparecía de modo imperceptible, no podía conocer de ella el funcionario del Estado ni el antropólogo ni quienes llegaban a asesorar porque sólo habían aprendido a mirar desde el mundo indígena, comunidades y movimiento social con quienes habían estado en comunicación desde los años setenta, tampoco era dado racionalizar para los líderes negros que estaban inmersos en esos cambios. Todo era ebullición, el "alabao" canto religioso por excelencia, forma que permite el diálogo entre el negro con Santos y Dioses, encuentra otro sentido, se torna en enunciacion política explícita, es evocacion de las carencias del negro, de sus sueños y fantasías, del orden social al que se aspira y de los derechos que como etnia se les ha negado.
En los ríos, las gentes con sus cantos, danzas y juegos tienen otros motivos para reunirse, ya no es sólo el encuentro ritual con los Santos o con sus muertos, ahora llega a la reunión el decímero para recordar cómo nació la organización del río, para evocar el viaje que algunos de la comunidad emprendieron hasta Bogotá con el objetivo de enseñar sobre el territorio que luchaban y para contar cómo era la vida de las gentes del Pacífico. Canto y danza se integran en la dimensión del encuentro político, los viejos cuentan la historia del poblamiento del río, en el mapa van marcando los sitios donde se asentaron los primeros mayores, enseñan sobre historias de esclavos y amos, sobre comidas y fiestas del pasado, sobre indios y negros, sobre la historia que en el encuentro es portadora de identidad. Pero el viaje por el río no es sólo el ejercicio oral, es también el viaje real, el que emprenden los pobladores del río San Juan en 1992 desde el delta hasta Istmina durante varios días. Son cientos de la Asociacion Campesina del San Juan los que se embarcan en sus botes, en cada pueblo hacen la parada obligada, bajan con su chirimía, desde la playa alegran el encuentro con Jotas y Contradanzas. El viaje es reconocimiento geográfico de un territorio que ahora aprenden como suyo.
Los ríos que en el Pacífico corren paralelos, en el encuentro de las organizaciones se juntan, la oralidad rasgo propio a la cultura del negro se exacerba y de modo reiterativo se cuentan las historias de los ríos. De grandes dragas que a su paso todo lo destruyeron, de franceses y norteamericanos que impusieron su ley para extraer todo el oro, de aserríos y grandes empresas que acabaron los bosques y de retroexcavadoras que dejan sin trabajo al pequeño minero. La historia ignominiosa de la extracción de los recursos del Pacífico es tejida en el encuentro, los del norte conocen que su experiencia no es diferente de los del sur, en ese momento se forja la identidad en las penurias del pasado y en la certeza de un destino común. Es allí donde un concepto de región aparece manifiesto y aprendido de forma vivencial.
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El movimiento campesino negro del Pacífico accede por esa vía a apropiar una noción de región no sólo por la opción de integrarse a través de la organización y la negociación con el Estado, también y especialmente, porque el Pacífico como región había comenzado a existir en el dominio nacional. Desde el gobierno de Virgilio Barco se convertía en región geoestratégica en función de los mercados internacionales y el desarrollo interno del país. Este nuevo estatuto para pensar el Pacífico se expresaba en la construcción de una política, global y de largo plazo, que se ordenaba con relación a la ampliación de la infraestructura de puertos, red vial e hidroeléctricas (Tirado, 1990). Política que igualmente se hace manifiesta en planes para la región como el de Conservación de la Biodiversidad -Biopacífico- y el Plan Pacífico orientado a la adecuación de infraestructura y servicios basicos.
AUTORIDAD Y GOBIERNO EN LOS TERRITORIOS COLECTIVOS DE COMUNIDADES NEGRAS
En ausencia de una documentación significativa sobre la cultura de los pueblos negros, la literatura antropológica sobre indígenas y la experiencia del movimiento indígena en la titulación de Resguardos comienza a llenar ese vacío en las negociaciones del AT 55. Al negro se le figura aislado, en comunidades armónicas, con formas de gobierno e instrumentos para el ejercicio de la autoridad claramente reglamentados desde la tradición, a la vez que, realizando un domimo colectivo sobre un territorio. Forma de definir al negro que olvida la historia, que desconoce los cambios ocurridos una vez las familias dispersas se integran en poblados, visión estereotipada que impide ver la negociación como resultado del conflicto que experimentan las comunidades campesinas ante los cambios donde las instituciones propias han dejado de tener eficacia.
El nacimiento del poblado en el Pacífico es el tránsito hacia la abolición del segmento o familia que apropiaba de forma colectiva un sector del río, forma de poblamiento que fue característica al proceso expansivo del negro a lo largo del Pacífico, y que necesariamente, permitió decantar una serie de instituciones propias y formas de interacción contextualizadas desde su historia particular. En este nuevo espacio la familia negra deja de ser el segmento que se regula en función del parentesco, aparece la estratificación social propiciada por la escuela, el comercio o la intermediación con el Estado; las formas de autoridad tradicional ceden ante los poderes económicos que encarnan funcionarios y comerciantes; al dominio de un territorio colectivo se superponen los controles ejercidos por aserríos, permisos otorgados por el Estado y poderes locales ligados al gran capital. El desconocimiento de estas realidades culturales conduce a que en la Ley 70 el poblado se figure como simple extensión de la vida rural y como espacio donde idealmente reside la autoridad tradicional, sociologismo ilusorio que no puede entender que esos poblados son los núcleos donde el negro se integra a valores extraños propiciados por las escuelas, a relaciones sociales inscritas en una economía de mercado y a sistemas de control social propios de las culturas andinas.
La imposibilidad de ver al campesino negro desde su propia experiencia cultural conlleva a que el lenguaje construido desde el Estado, tanto en el desarrollo de políticas como en la definición de aquello que le otorga identidad, conduzca a nuevas formas de invisivilización y de reproducción de la marginalidad. De este modo una visión de desarrollo de las comunidades negras en los territorios colectivos, en el marco de la Ley 70, tiende a idealizar el valor de las prácticas tradicionales de producción y a constituirlas en base para un modelo autosostenible (Del Valle, 1996), sobrevaloración que deriva del desconocimiento de la crisis ambiental generalizada en la región que lleva a que en algunos contextos ya no sean viables estas prácticas por la degradación de los ecosistemas que les servían de soporte, o por la adopción de nuevas prácticas culturales que imponen ritmos de producción intensos determinados por el incremento en el espectro de necesidades a satisfacer.
EL CONFLICTO ITRAÉTNICO
La identidad del negro, desde la definición apropiada por las organizaciones de los ríos del Pacífico y manifiesta en la esencia de la Ley 70, no crea adhesión unánime entre el conjunto de pobladores de la región. Al contrario, para algunos intelectuales negros y para amplios sectores de las zonas urbanas, esta nueva forma de concebir el territorio no es más que expresión de una política discriminatoria, donde el negro es reducido a la condición de indígena, se le segrega en la tarea de guardabosque y se le impide el desarrollo al limitarle en las oportunidades de participar del mercado de tierras. Para los negros de las ciudades del Pacífico, en su gran mayoría, el camino recorrido por el movimiento campesino es fuente de conflictos, es obstáculo para el despliegue de sus expectativas, como es evidente para algunos sectores negros urbanos que ofician como intermediarios de maderas o mineros propietarios de retroexcavadoras.
El conflicto que la Ley 70 ha desencadenado al interior de la misma población negra del Pacífico enseña sobre la real dimensión de este proceso. Aunque desde los años noventa se revela una identidad negra a los ojos de la nación colombiana, sin embargo ésta todavía es fragmentaria porque no llega a ser síntesis de las múltiples expresiones negras que subsisten, y porque por su origen, se debe entender como el largo viaje que los negros del Pacífico emprendieron por los ríos, primero para poblarlos a lo largo de tres siglos y luego para desde ellos retornar y hablar a la nación sobre su vida en esas tierras lluviosas, pobladas de bosques y de gentes que guardan memoria de otra historia.
BIBLIOGRAFÍA
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1. En 1958 "El Simposio de Tierras Húmedas" se constituye en la primera aproximación al Pacífico desde una visión regional, allí prima la mirada del geógrafo que se hace manifiesta en las investigaciones de West, R. y de Guhl, E.; en tanto una aproximación cultural es todavía limitada. (Regresar a 1)
2. Antecedente organizativo y de lucha por el territorio en el Pacífico es el que en la década de los setenta emprende la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos ANUC, la ANUC de Buenaventura logra que se le entregue en Concesión una área de bosque para el aprovechamiento entre los ríos Dagua y Anchicayá. Esta reivindicación territorial se realiza en la misma lógica extractiva de las grandes empresas madereras no se apela a elementos étnicos ni de racionalización sobre el uso del bosque. (Regresar a 2)
3. Desde inicios de los años ochenta en el Pacífico se implementan algunos planes de desarrollo con el objeto de modernizar la agricultura, estos planes se realizan en convenio con la Comunidad Económica Europea y con Holanda, en su lógica tienen como componente esencial la promoción de asociaciones de campesinos o formas cooperativas, las cuales han de facilitar la transferencia de tecnología y la apropiación final de los procesos. (Regresar a 3)
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