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FANTASIAS DEL CUERPO, APETITOS DEL ALMA
Angela Rivas Gamboa
ALONSO DE SANDOVAL. UNA ETNOGRAFÍA HISTÓRICA DE AFRICA EN CARTAGENA DE INDIAS SIGLO XVII.
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Hacer una etnografía es como volver a contar cosas ya contadas; es hablar de otros tiempos y otros lugares, dar vueltas y curiosear por ahí para descubrir un nuevo encanto en las cosas olvidadas. Para empezar, uno se sienta frente a un viejo baúl forrado en cuero y con chapas bruñidas engastadas en oro y plata. En el interior hay mucho polvo, dos o tres telarañas, un manuscrito, algunas hojas sueltas, un libro voluminoso, una que otra carta desteñida, varios vestidos hechos jirones, una decena de afeites y ungüentos, dos botellas de lavanda desocupadas y seis caracolitos de mar.
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El gran tomo sobresale entre las demás cosas. Aunque más de tres siglos no han pasado en vano, aún se pueden adivinar las palabras, las ilustraciones de tinta de colores y un título enigmático: De Instauranda Aethiopum Salute. También se puede leer que ha sido escrito por Alonso de Sandoval
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, un jesuita que vivió en Cartagena de indias, del que decían que era un cura medio loco, que en medio de la actividad comercial, propia de un puerto negrero
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interrogaba a los marineros que llegaban de las costas africanas. Su curiosidad le llevaba a pasar noches en vela leyendo textos y manuscritos. También satisfacía sus inquietudes sobre los pueblos de etíopes
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, a través de cartas cruzadas con los misioneros que se hallaban en el continente africano. Y sobre todo, observaba cuidadosamente a los esclavizados que llegaban a Cartagena, y a los bozales y ladinos
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que vivian en la ciudad y sus alrededores.
De cuando en cuando, llegaba un barco proveniente de las costas africanas. En su interior, venían cautivos Guineos, que eran embarcados en la isla de Cabo Verde y en el Puerto de Cacheo. También venían esclavizados provenientes del África Centro Occidental, que eran embarcados en la isla de Sao Tome. Junto con hombres y mujeres del África Central, que embarcaban en el puerto de Loanda.
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Entonces, la ciudad alborotada acudía al puerto para presenciar el desembarque. Alonso De Sandoval era testigo de las escenas más desgarradoras. Frente a sus ojos desfilaban los cuerpos de los esclavizados hombres y mujeres que habían sido trasladados desde sus pueblos de origen hasta los puertos de embarque, en las Costas del África Occidental. En estos lugares, los miembros de distintos grupos étnicos, con diversas lenguas y costumbres, eran encadenados y hechos prisioneros.
Los cautivos esperaban a ser embarcados unos junto a otros, de seis en seis con argollas en sus cuellos y de dos en dos con grillos en sus pies.
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Así zarpaban rumbo a los puertos americanos. Y así permanecían a lo largo de más de dos meses, sin ver la luz del sol, sin alimentarse bien y sobre todo sin saber su destino.
Esa historia la sabía de oídas Doña Inés de Manozca y Vivar, dueña del pequeño manuscrito convertido en un cartapacio de apuntes borroneados por el tiempo. Era una joven de formas redondeadas y piel de durazno. Tenía un hablar pausado y un andar tranquilo; que escondían mal a la adolescente terca y altanera, y a su temperamento caprichoso e impulsivo, que chispeaba en sus ojos penetrantes. Se había casado sin amor con Don Fernando Manozca y Vivar. Un comerciante astuto en los negocios, conocedor de los mares y complaciente con su esposa; a la que compensaba con presentes sus prolongadas ausencias.
Para 1651 Doña Inés ya había leído de principio a fin los mil folios del libro de Alonso de Sandoval, y estaba empeñada en recorrer palmo a palmo las costas africanas. La idea era descabellada pero ella, diestra en el arte de la persuasión, a punta de encantos, palabras, y galanteos, logró que Don Fernando prometiera que la embarcaría al año siguiente en uno de sus navíos. El era un hombre de palabra y el 7 de Enero de 1652 Doña Inés zarpó de Cádiz, a bordo del "Santa Lucía de la Maricastaña".
Los días de viaje fueron un infierno, cuando no era el mareo que le producía el movimiento del barco, eran las voces destempladas de los marineros cantando, o el olor penetrante del mar y la sal que se pegaba a la ropa, al pelo y a la piel.
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Al mes exacto de haber partido, la estremeció un grito Seco: Tierra Firme Tierra Firme. Sin detenerse en las actividades de los marineros, que de un lado para otro se preparaban para desembarcar, fijó sus ojos en el puerto de Cabo Verde, donde empezaba la comarca conocida como la Zona de los Ríos, porque en ella corren el Senegal, el Gambia, el Casamanza, el Cacheo, el Ladigola y el Pogo. En estas tierras, que se extienden hasta la Sierra Leona, vivían un sin número de pueblos de nombres casi impronunciables, conocidos como Guineos.
Al poner pie en tierra sintió la emoción de la aventura que comenzaba, y se obsesionó con la idea de visitar las poblaciones cercanas. Todo fue inútil para hacerla desistir en este empeño. y en compañía de algunos miembros de la tripulación se encaminó hacia la aldea más próxima al puerto.
El día estaba nublado y la borrasca amenazaba con desgajarse en cualquier momento, pero al despuntar la tarde todavía estaban secos y se disponían a entrar en una ciudad habitada por Iolofos y Berbesíes. Había oído que los hombres de este pueblo conocían el secreto de la circuncisión, sus ceremonias y sus peregrinaciones de cuarenta días. En esas ocasiones se detenían las guerras en las que los hombres peleaban a caballo; los jóvenes de catorce años cortaban su cabello y se vestían con camisa y calzón blanco para ser circuncidados. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar que en estas tierras las mujeres también eran circuncidadas.
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De repente, sus reflexiones quedaron detenidas, ante ella estaba un hombre saturado de nóminas, que llevaba el pelo largo en las sienes y en forma de cretas en medio de su cabeza a lo largo. Le acompañaban tres mujeres llenas de nóminas, que lucían joyas de coral y pedrería de la India, aretes de oro y perlas, y brazaletes y ajorcas de oro. Iban vestidas con varios faldellines azules, junto con una tela ricamente pintada, que les cubría el torso. A este grupo se unieron otros hombres y mujeres, y con todos ellos Doña Inés comió en platos de palo y bebió en totumas, y al igual que los nativos comió en el suelo recostada encima de una esterilla
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.La noche había estado tranquila y fresca, pero no durmió bien. Se le fueron las horas imaginando los trajes de los jabacos, que eran unos sacerdotes de gran autoridad. Abrazada por la oscuridad, sintió pena por los contibares, fines y judíos, que eran poco respetados y se ocupaban de adular a los nobles. Los había visto en las puertas de las casas aristocráticas, a donde no podían entrar, mientras permanecían parados justo en la entrada, cantando para que les dieran comida. Recordó que la gente decía que eran tan humildes, que al morir sus cuerpos no eran sepultados sino depositados en los huecos de unos árboles llamados cavaseras.
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Se incorporó antes del amanecer, después de mojarse la cara luchó por acomodar los encajes marchitos de su vestido, y al cabo de varios intentos desistió. Se sentía molesta con su aspecto desaliñado, pero estaba decidida a dar una vuelta por el lugar. Antes del medio día los caminos de la aldea empezaron a animarse, de tramo en tramo se veían hombres y mujeres que para saludarse entre sí se ponían en cédulas y hacían el żademán de coger tierra del suelo. La gente aseguraba que de la misma forma los grandes hidalgos saludaban al rey. También decían que en estas tierras los súbditos debían dirigirse a su rey por medio de intérpretes, y cuando se lo encontraban debían arrodillarse e inclinarse en el suelo, y extender sus brazos y manos para coger tres veces tierra y arrojarla sobre sus cabezas. Todas estas costumbres le causaron gracia, pero se sentía intimidada al imaginarse un posible encuentro con el monarca, y la descomponía la idea de tener que seguir las costumbres de los nativos
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La mañana siguiente, mientras las aguas del río Gambia parecían hablar con las paredes de la canoa, vio a los grandes comerciantes mandingas, que intercambiaban sal por oro en el río, donde realizaban las transacciones sin cruzar palabras entre las partes
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. Antes del anochecer llegaron a la ciudad, en donde se oían las historias hiladas palabra por palabra por los oradores llamados judíos, que alababan a los reyes y señores refiriendo en público sus victorias y las de sus antepasados
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. A veces las historias iban intercaladas con las anécdotas de las caravanas que viajaban a lo largo del Sahara, de sur a norte iban los Zapes, Iolofos y Mandingas.
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. A su encuentro venían los moros de Berbería, acompañados de caballos, camellos y jumentos, que intercambiaban por niños y niñas menores de siete años
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. Los Zozoes que viajaban por la región iban comerciando una tinta similar al añil.
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. En su recorrido se encontraban con comerciantes de marfil
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y se cruzaban con las nueces de cola, que venían del río de los Cazes. La nuez de cola era una suerte de quintaesencia que hacía las veces de moneda, era analgésico y se comía antes de beber agua
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La ciudad mandinga albergaba a los guerreros que llevaban nominas muy labradas y cuernos o cominos de animales. En ella también habitaban el rey y sus nobles, que lucían nominas de cuero de bandana encarnado y puntas de carnero engastadas en grana, que llevaban colgadas con argollas en los pliegues de sus calzones
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. Los Mandingas eran grandes comerciantes, que antes de aprender a llevar las cuentas eran iniciados en el arte de la palabra, para que a la par de sus productos difundieran el Islam. Las ciudades mandingas estaban pobladas de escuelas de escritura arábiga y de mezquitas. En ellas vivían los maestros o mores, que anualmente enviaban bexerines a visitar las provincias y aldeas, con plazas en las que se reunía gente de diversas partes. En una de estas plazas, los ojos de Doña Inés vieron a un bexerin que ponía sus esteras y sobre ellas extendía unos pergaminos que sacaba de una bolsa labrada, el bexerin dio gracias a Alá y a su gran profeta Mahoma, y luego expuso lo que traía escrito en sus pergaminos; mientras la plaza llena de hombres y mujeres permanecía en silencio
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Le divertía pensar en el caminar lento del cuerpo pesado de los elefantes, pero al encaramarse sintió que la cadera se le abría en dos, y después de un tiempo de andar sobre el animal tenía la entrepierna raspada. El paso lento se hizo insoportable, le aburrían los caminos que eran poco frecuentados
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, y se sentía ofuscada al recordar que en estas tierras los hombres podían tener varias mujeres
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. El sol le quemaba la cabeza, mientras trataba de entender cómo los hijos de los hombres Malembas vivían con sus madres, mientras eran pequeños, y al ser mayores heredaban las riquezas de sus padres
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. De repente se cruzó en el camino un grupo de jovencitas que llevaban sartas gruesas de cuentas de colores, junto con un trozo de tela pendiente de la cintura, llamado calambe o pampanilla, que revelaba su virginidad
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Cuando amainó el sol llegaron al punto convenido, se bajó aparatosamente y caminó con dificultad hasta la canoa. Llena hasta el tope, la barca empezó a desplazarse a lo largo del río Cacheo. Era agradable sentir el agua corriendo por debajo de la embarcación, mientras aparecían de forma intermitente las aldeas, pueblos y ciudades con edificios de barro y paja
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. Habían convenido encontrarse con el resto de la tripulación en el Puerto de Cacheo, pero la noche llegó pronto y tuvieron que detenerse en un poblado a medio camino, donde alcanzó a ver las vacas, carneros y cabras, que criaban los nativos
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. La noche era clara, y después de estirar las piernas se sintió lista para tomar un poco de leche con cereales, trozos de queso y pedazos de carne envuelta en manteca. Sintió que le volvía el alma al cuerpo, y en medio de las notas que tañían los guineos en sus vihuelas con cuerdas de carnero
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, se dispuso a registrar algunas impresiones de su agotadora jornada:
14 de Febrero de 1652
Después de recorrer estos parajes, parece que por estas tierras los muertos hacen parte de los vivos, sobretodo si los muertos son sus antepasados. Aquí, todos tienen estatuas de sus familiares difuntos, junto con figuras de madera o barro llamadas corofines; que adoran y reverenciaban como hacemos nosotros con las imágenes de nuestros santos
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Al llegar al puerto de Cacheo, sus ojos se amedrentaron ante las sonrisas labradas de los Banunes, Branes, Biafaras, Balantas, Nalues, Bijogoes, Bootes, Zapes, Zozoes y Cocolíes. Su mirada palpaba complacida los cuerpos de los Balantas que llevaban signos de escribano en cada una de sus sienes y encima de su nariz; o dos marcas que les cogían todos sus pechos y les hacían parecer como si llevaran una gorguera labrada de media lunitas. Tímidamente repasó las pintas del grueso de un pequeño garbanzo puntiagudo, que llevaban los Banunes en dos o tres órdenes que les corrían por toda la frente y les ceñía hasta por abajo de las sienes; o en dos cuadros de hileras, en los dos lados de las sienes. De reojo dio un vistazo a las dos rayas profundas y apartadas que cogían a lo largo toda la frente de los Nalues; y descubrió el círculo que corría alrededor del ombligo de los Biafaras.
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Sus ojos se detuvieron ensimismados en las innumerables marcas de los zapes, que tenían a lo largo de la frente dos rayas de pintas azules, y a los lados de las sienes hasta las mejillas cinco rayas largas que les cogían casi todo el rostro, y debajo de los ojos en las mejillas tres mas pequeñas, azules. Bajando por la garganta, descubrió tres rayas anchas que remataban en cada lado con otras cuatro largas. Siguiendo por el torso desnudo, se regocijó en las cuatro rayas prolongadas que traían en el costado derecho, en los castillos azules que lucían en los pechos, en las señales que seguían por los molledos y que iban por todo el cuerpo
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Al contemplar las marcas de los Guineos, Doña Inés no podía dejar de pensar en los cuerpos de estos hombres, que lucían el orgullo del circuncidado y ocultaban el secreto de la circuncisión. Le intrigaba el misterio de las plantas que ayudaban a cicatrizar, y sobretodo las ceremonias en las que los jóvenes creaban grupos basados en un juramento o chirampa, y aprendían los lenguajes especiales y los diversos saberes. Pero el pudor y la incapacidad de comunicarse eran dos obstáculos que superaban su insaciable curiosidad. La fortuna quiso complacerla, y camino al puerto, en una de las aldeas pudo ver a un grupo de jóvenes circuncidados, que después de un aislamiento prolongado regresaban al poblado.
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26 de Febrero de 1652
Al medio día, un grupo de afanados o circuncidados entró al poblado. Todos llevaban puestos unos delantales colorados y embijados, y portaban en sus manos unas hondas. Acompañaban su regreso con un ruido ensordecedor que hacían con una especie de tablillas, con voces, gritos, robos y maldades; que dicen que se prolongaran hasta que aparezca la luna nueva
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Habían viajado por dos o tres días, y al salir la luna llegaron a las islas de los Bijogoes. La brisa soplaba pero la noche estaba calurosa, para calmar la sed tomó un gran sorbo, sintió que el líquido ligero y tibio le rodaba por la garganta, mientras un sabor dulzón invadía su boca y una alegría desconocida le subía por la cabeza. El po hecho de millo y salmirón era algo azucarado, a diferencia del vino de palma amargo que también bebían los Bijogoes de estas tierras. Cuando iba por el segundo vaso de po, sus remilgos se desvanecieron y ávidamente metió la mano en el gran plato de comida, del que según la costumbre todos iban tomando los alimentos
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Entre bocados y sorbos, le contaron las historias de los guerreros valientes, que en esta tierra eran reverenciados y al morir eran invocados como santos.
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Sus oídos parecían atentos, pero sus ojos no podían apartarse del cuerpo de estos hombres Bijogoes, que llevaban la huella de la circuncisión, la insignia de masculinidad y fuerza, la marca que daba la posibilidad de contraer matrimonio
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. Tardó varios días en reponerse de la resaca que siguió a su noche entre los Bijogoes. Aún le dolían los huesos, pero al remontar el río Ladigola, el paisaje y la expectativa se conjuraron para hacerle olvidar su desasosiego. Repentinamente, su espalda se puso tensa y un escalofrío le llenó el cuerpo, podía oler el horror de los Branes y Biafaras que temían ser vendidos como esclavos al no honrar cada seis días al dios creador del mundo y protector de los hombres
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. En todas las aldeas se rumoraba que los reyes le cortaban la cabeza a su mujer si los traicionaba, y de la misma forma castigaban al adúltero. En estos poblados, cada aldeano estaba dispuesto a prender y vender al adúltero
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Las tierras de los Branes y de los Biafaras estaba poblada de poilones, memorias vivientes de los muertos. Testigos de la muerte que se anunciaba en todas las aldeas, y de los llantos a los que acudían los amigos y allegados del difunto, que traían oro, vestidos y mercancías europeas. Estas riquezas se reunían y se dividían en tres partes, una era enterrada con el difunto, otra se le daba al rey de aquella tierra, y otra se la entregaban al pariente más cercano del muerto, que se encargaba de los gastos necesarios para realizar el llanto. La ceremonia de la muerte tenía lugar en la plaza de la aldea, donde se iban sentando los más viejos de acuerdo a su antigüedad. Allí, durante varios días se comía, se bebía vino, se bailaba y se cantaba. Que la gente no pudiera acabar la comida, era una alabanza para el muerto. Para lo cual mataban todas las vacas del difunto, repartiéndolas entre los asistentes, y dejando los cueros para las mujeres del muerto y las cabezas para los que las habían desollado. Fiestas de los vivos para los muertos, celebraciones que también se realizaban en días señalados para la honra de los difuntos.
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En estas tierras los montones de arena eran vestigios de la muerte. En su interior reposaban los difuntos, sus cuerpos descansaban sobre barbacoas que se levantaban un poco del suelo y eran cubiertas con paños finos. Sobre estos vestigios de la muerte, se elevaban las casas de los muertos importantes. Casas que eran lugares de encuentro para los parientes del muerto que iban a hablarle y a depositar algunas cosas que dejaban allí hasta que se pudrieran.
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Los arroyos que corrían por estas tierras guardaban en su lecho el misterio de la muerte. En ellos reposaban los cuerpos de los reyes, junto con sus pertenencias y los hombres y mujeres que les sirvieron durante su vida. Las aguas de los arroyos corrían borrando las sepulturas. El corrían de los arroyos recordaba los cuerpos de las personas sacrificadas cada treinta días a lo largo del año que siguió a la muerte del rey. Un rey en cuya honra el soberano de esta tierra convidaría a otros reyes, y sacrificaría algunas vacas, junto con una joven muy bien vestida y aderezada
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Los sahumerios que acompañaban cada entierro permanecían en el ambiente, evocando las imágenes de las primeras esposas de cada hombre muerto, que encabezaban el cortejo fúnebre de sus maridos. El aroma dibujaba las siluetas de las primeras esposas de los hidalgos, que iban vestidas con la ropa de sus maridos y llevaban la adarga y la azagaya, y eran seguidas por un paje que llevaba el caballo del difunto. El olor dibujaba a las primeras esposas de los muertos que no eran hidalgos, que llevaban el aljaba y el arco o coldre de sus maridos difuntos
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Entre Branes y Biafara, volvió a adivinar la circuncisión de los hombres, que esa mañana regresaban al poblado para iniciar y continuar por una semana con sus ceremonias:
29 de Marzo de 1652
Ocho días de procesiones, defestejos y de embriagues. Ocho días después de dos meses de reclusión masculina. Dos meses que se iniciaron con la circuncisión, que se realizó en la elección del rey. Dos meses y ocho días después de los cuales, los nuevos adultos podrán ir a la guerra
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1. Este texto hace parte de mi trabajo de Investigación Dirigida, realizado bajo la orientación de la profesora Adriana Maya. De igual forma, es el resultado de la aproximación a la dimensión etnográfica de la obra de Alonso De Sandoval, que fue posible gracias a los cursos de Historia de América Latina siglo XIX e Historia del África Precolonial, dictados por la profesora Adriana Maya en el Departamento de Historia de la Universidad de los Andes. (Regresar a 1)
2 Alonso de Sandoval vivió en el puerto de Cartagena durante la primera mitad del siglo XVII (de 1605 a 1652) y publicó su obra, por primera vez en Sevilla, en el año de 1627 y después de ser revisada por el autor, fue nuevamente publicada en Madrid en 1647 (Regresar a 2 )
3. A principies del siglo XVII Cartagena de Indias era el principal puerto negrero de las colonias españolas en América. Esta ciudad fue uno de los vértices del comercio triangular, que entre 1580 y 1640 estuvo controlado por los asentistas portugueses. (Regresar a 3 )
4. Etíope quiere decir "gente de cara quemada" era la denominación empleada para referirse a los hombres y mujeres de piel negra (Maya 1994). (Regresar a 4 )
5. El recién llegado de África, con su lengua o lenguas nativas... [...].. .era considerado un bozal y también un negro de nación, con lo cual quena decir "africano de nacimiento". Cuando este individuo, ya bautizado, adquiría experiencias europeas se convertía en ladino.., (Arocha y Friedemann 1986:167) (Regresar a 5 )
6. DE SANDOVAL Alonso De Instauranda Aethiopum Salute Bogotá Presidencia de la República.1956. (1o ed. Sevilla Francisco de Lyra Ed. 1627) p.97 (Regresar a 6)
7. DE SANDOVAL Alonso Ibíd. p.l07 (Regresar a 7 )
8. Los siguientes relatos se debaten entre la erudicíón del dato minucioso y la fantasía de un viaje imaginado. Ellos están basados en las descripciones de los pueblos, lugares y costumbres, del África Occidental, que aparecen en la obra de Alonso de Sandoval. Tales anotaciones, han sido un pretexto para esta narracion, que se inspira en la idea de llegar a ser un cuento sin ficción (Arocha y Friedemann 1986), en el que se recrean imágenes a partir de los sentidos. (Regresar a 8 )
9. DE SANDOVAL Alonso Ibíd. p.66,72-73 (Regresar a 9)
10. DE SANDOVAL Alonso Ibíd. p66-67 (Regresar a 10)
11. Ibíd. p.65-66 (Regresar a 11)
12. Ibíd p.66 (Regresar a 12)
13. Ibíd. p.59 (Regresar a 13 )
14. Ibíd. p.74 (Regresar a 14 )
15. Ibíd.p.59, 63-64,73 (Regresar a 15)
16. Ibíd. p.59 (Regresar a 16)
17. Ibíd. p.62 (Regresar a 17 )
18. Ibíd.p.58 (Regresar a 18 )
19. Ibíd.p.62 (Regresar a 19)
20. Ibíd. p.72 (Regresar a 20)
21. Ibíd.p.73-74 (Regresar a 21)
22. Ibíd. p.57-58 (Regresar a 22 )
23. Ibíd. p.85 (Regresar a 23 )
24. Ibíd. p.85 (Regresar a 24 )
25. Ibíd. p.65 (Regresar a 25 )
26. Ibíd. p.57 (Regresar a 26 )
27. Ibíd. p.58,80,88 (Regresar a 27 )
28. Ibíd. p.58,64 (Regresar a 28)
29. Ibíd. p.71-73 (Regresar a 29)
30. Ibíd. p.92-93 (Regresar a 30)
31. Ibíd. p.93 Ibíd. p.72-73 (Regresar a 31)
32. Ibíd. p.72-73 (Regresar a 32)
33. Ibíd.p.72-73 (Regresar a 33)
34. Ibíd.p.67 (Regresar a 34 )
35. Ibíd. p.61 (Regresar a 35 )
36. Ibíd. p.72-73 (Regresar a 36 )
37. Ibíd.p.72 (Regresar a 37)
38. Ibíd p. 68 (Regresar a 38)
39. Ibíd.p. 69-70 (Regresar a 39 )
40. Ibíd. p.68-70 (Regresar a 40)
41. Ibíd. p.69-70 (Regresar a 41)
42. Ibíd. p. 69 (Regresar a 42)
43. Ibíd. p.73 (Regresar a 43)
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