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LOS CUENTOS DE PASCUAL
Mitos y Leyendas del piedemonte llanero
ALBERTO BAQUERO NARIÑO
© Derechos Reservados de Autor

LA MADRE RÍO O LA MOHANA

Todo ocurrió cuando descansaba en el hermoso paraje, sobre una piedra grande; sentía el murmullo de aquella quebrada y el arrullo eterno de la naturaleza; mis pies gozaban del descanso, pues los bañaba en sus aguas. Desde allí contemplaba la inmensa llanura pensando en toda esa riqueza tan desperdiciada, en la dolorosa tragedia de sus habitantes, sumidos aún en la era feudal. Podía contemplar como un ser mitológico, las angustias que año tras año sufren los habitantes de Villavicencio, cuando esta pequeña quebrada, apenas naciendo, se une a muchas otras y en los inviernos se vuelven crueles, con los marginados de los barrios 9 kilómetros abajo, de orillas del Maizaro y del Buque. También soñaba en mi adolescencia, que corrió y vivió las calles de esa mancha de cemento que mordía el paisaje.

Tiraba piedritas, apuntándole quizá a alguna rama, mariposa o pensamiento. Miraba las ceibas gigantescas a mi alrededor, sembradas desde siempre, imponentes, con raíces capaces de atravesar el mundo, estériles como es a veces la grandeza; las miraba atónito, pensando que era yo el primero en caer en su hechizo. Estuve así unos quince minutos. De pronto escuché los pasos de unas personas que se aproximaban. Voces, pasos, ruidos, quejas.

Era natural, pues yo estaba en el camino, aquel que acostumbraban los lugareños, el que llaman de servidumbre; así, esperé que se acercaran, con la idea de que fueran conocidos para oir cosas nuevas del lugar y echarnos un aguardientico, porque por allí, así fueran las 12 del día, siempre venía bien.

Y solamente apareció una joven mujer, vestida normalmente, de contextura fuerte como son las campesinas, de "cotizas", el cabello castaño recogido y el respectivo talego a cuestas.

— Buenos días Doctor. Me dijo con una gracia especial y una sonrisa amplia que mostraba un diente de oro.

— Señorita, cómo le va?

— Bien Doctor, un poco cansada con esta carga.. sabroso usted, con los pies entre el agua, cómo lo envidio.

— Haga lo mismo Señorita, que bien lo merece y también tome, séquese la frente con este trapo que está limpio.

— Ay, gracias Doctor. Verdad que el sitio es hermoso?

— Eso pensé cuando me detuve.

— Pero venía Usted sola? Yo escuché como si vinieran varias personas y alguna bestia o el ganado.

— No, yo vengo sola y observé que nadie venía. Sería su imaginación Doctor. Así pasa. Es el encanto del lugar con el ruido del agua. Así, así sucede, afirmó.

Imaginé muchas cosas, fue la verdad, estuve ensimismado, qué importa. En ese momento detuve mis miradas en el agua donde reposaban sus pies, suaves y pequeños y volví a soñar en un instante en los pies regordetes de las mujeres de Botero, pero rápidamente la miré a los ojos. Sentí que me atravesaba, que me abría de par en par, que la conocía hacía muchos, muchos años.

Miraba profundamente con color indescifrable, transparente, azul, verde, morado pero con una ansiedad manifiesta, aunque imprecisa.

— Le pasa algo Señorita?

— Nzxym... rumoró un nombre que no entendí,

— ¿Cómo?

— No importa Doctor. Estoy un poco cansada, pero eso es todo. ¿No tiene usted de golpe un traguito?

— Claro, si yo también lo necesitaba!

Le alcancé la botella de "Llanero" y cuando la cogió, sentí uno de sus dedos sobre los míos y me recorrió un corrientazo que casi me hace soltar la botella.

— Tranquilo Doctor. Ustedes los Señoritos siempre son así. Qué se imagina! Y agregó, con una voz que parecía salir de entre las piedras y sin darme pausa:

— No se afane!

Yo que soy toro lidiado en varias plazas, jamás me sentí tan solitario frente a una mujer, y sobre todo, tan confundido. Me aterró una reflexión: sus pies. Eran infinitamente hermosos, pero no parecían suyos.

Recordé los cuentos de Pascual, que nos llenaban de insomnio, porque hablaban del terror en las noches del piedemonte. Me tranquilizó el medio día, y mi experiencia me dió confianza. Meditaba sin pretender mirarla, pues la hermosura de sus pies descalsos estaba ya en sus muslos, porque se había metido la falda entre las piernas para refrescarse. Es normal, me dijo, así hacen también las lavanderas.

— Tome Doctorcito, échese uno.

Cuando levanté la botella acabada de destapar, ví que se había "jartado" por lo menos tres dobles. Entonces me dije: éste huevo quiere sal! Ni corto ni perezoso, me clave un par de "miches" y de reojo ví que se soltaba el cabello y que éste le llegaba más abajo de la cintura. Movió su cabeza a lado y lado y el cabello silenció todos los sonidos del campo, la quebrada se aquietó, los pájaros se suspendieron en el aire, una mariposa amarilla se quedó quieta a 20 centímetros del agua, todas las hormigas se pararon, el viento sin sonido corrió hasta que su cabello reposó de nuevo en sus espaldas. Los vellos de mis brazos y de mi cuerpo, se erizaron. Sentí miedo. También frío intenso, palpitaciones. Casi me orino.

— Alárgueme otro Doctor, que tengo mucha sed, me dijo entonces con voz de quinceañera, que me volvió a la vida.

— Cómo soy de güevón, me dije, sonriendo de nuevo y exalando un suspiro reprimido y grande; con semejante mamazota y yo dizque pensando en los Cuentos de Pascual. Es buena para ‘jartar" la berrionda. Ojalá no venga nadie, y si ella ‘jarta", yo también.

— Y, dónde vive la Señorita?

— Yo, en todos lados Doctor, especialmente por acá. Voy por allí arribita, donde alguien tiene una deuda conmigo; toda deuda se cobra. No es verdad?

— Si, si, claro, no faltaba más. Oiga señorita..., a propósito, esa piedra donde está sentada esta como muy chiquita: por qué no se arrima tantico a ésta que es más cómoda y cabemos los dos, si es que no tiene afán.

— Afán, yo? JA, JA, JA...!

Su risa tuvo eco en todas las piedras y en el agua; sentí de pronto el abrazo de una carcajada, como si fueran hojas secas cayendo de miles de árboles sobre mí. Sentí el abrigo de la risa: es un abrigo cálido y fresco. Los "palos" que me había tomado alejaban el miedo. Qué india tan buena, si me da tiro, sería un crimen rebajársela. Y la senté a mi lado.

— Gracias, Doctor, verdad que ya estaba por irme, si Usted no me invita.

Me dijo, haciéndome sentir el olor de su cabeza, que era igual al de la lama de los pesebres en Diciembre.

Creí que a eso olíamos todos cuando permanecíamos en la quebrada tanto tiempo. No me resistí más y le mandé la mano; primero los hombros, luego a la nuca, después a las tetas que parecían hincharse de pasión.

— Oiga mijita! No será que viene alguien? Por qué no miramos a ver.

— Oiga Doctor. No se ha dado cuenta que ya llevamos dos horas y nadie viene y tampoco, nadie vendrá, porque cuando anochezca serás mío para siempre. Su finca queda entre dos quebradas, ésta que llaman Caño Blanco y aquella que le dicen Caño Buque y yo le había echado el ojo, porque Usted, papito lindo tiene que ser mio. Llevo esperando una ocasión así más de 80 años. ¡ No venías solo, no! Siempre con otros. Al fin, ‘jediondo", cayó, al fin, JA, JA, JA...! Con que muy arrecho, No? Ja, Ja, Ja...!

Trate de separarme, de correr, de pelear, de zafarme de su abrazo impenitente, de su morbo oculto y retenido, de sus caricias impúdicas y dolorosas, pero no pude. Mis piernas se aflojaron. Quise gritar, más sus carcajadas y gritos de placer ahogaban mis súplicas. De cuatro zancadas y conmigo en sus brazos, me subió por la quebrada. Me introdujo en sus entrañas, porque fuí su falo, todo mi cuerpo una verga; le introduje mi pene porque se volvía pequeña. Me quería meter en su boca y tragarme por allí, guardarme, gritaba entre suspiros, después se volvía mujer y me ponía a cabalgarla, pero cuando quería se volvía inmensa y me empujaba por su útero hacia su selva gris, con árboles sin hojas, que yo, lleno de terror, alcanzaba a mirar.

La veía joven, cadavérica, cambiaba de piel con cada caricia; los muchos calendarios de su eterna existencia se asomaban por su boca, ya con dientes, ya con mueca, ya con manos de seda, ya con uñas de gavilán.

Cuando ya era imposible seguir conciente por el terror y el dolor, alcancé a oir disparos y gente que gritaba... perdí el sentido.

Desperté a los 10 días en la Clínica de Villavicencio, como molido de palos, lleno de vendas, oliendo a medicinas, con suero y sin pelo, me lo había arrancado.

Siquiera despertó Doctor Baquero porque ya íbamos a llamar a su familia para que se hicieran cargo del entierro; no pensábamos que se fuera a salvar. Menos mal que Monseñor Garavito, le rezó a nuestra patrona la Virgen del Carmen y eso lo salvó. Pero qué fué lo que le pasó, para emborracharse de esa manera, e ir de cacería sin un rifle? Esa fiera lo hubiera podido matar, los zorros o los tigres son muy peligrosos. Hay que llevar: perros, "rula" y ‘fierro".

Días después y sin que nadie oyera, le conté todo a Pascual, quien dió un brinco y dijo: Uy! No seamos tan pendejos! lo cogió la MADRERIO! Menos mal que era de día y nosotros estábamos de cacería por ahí cerca, y a lo mejor cuando lo encontramos herido y desnudo, ella acababa de huir antes de tragárselo vivo y entero, como dice el cuento. Pero, Doctor ella lo va a perseguir apasionadamente, aun en su "Hato Chico".

— Pascual, y entonces qué debo hacer?

— Le toca hacer "el contra".

— Y, cómo es la vaina?

— Tiene que ponerse, o mejor, cargar 3 yerbas distintas junto al culo, siempre, una de ellas bien amarga, puede ser la Salvia. Otra, aunque arda es necesaria: la Hortiga, y otra medicinal como el Romero. Las puede poner en una bolsa.

— Bueno, y qué más?

— Deje miar el macho, que miando descansa! Luego, tráigase una mujer, ojalá bien linda, sin contarle para qué. Recuerda lo que me dijo de sus pies? Fíjese que tenga pies bonitos y ojos grandes. Lo demás no importa. Llévesela a la misma quebrada, pero no al mismo lugar, y culiésela, como si fuera la primera o la última vez, con bastante arrechera. Usted sabe, con berraquera; yo me escondo, aunque no es muy aconsejable, porque es muy zorra, pero es mejor prevenir, porque con otra muenda lo acaba, se lo come y descuartiza a su amiga. Haga lo que Usted sabe dentro del agua, así esté fría, pero no cierre nunca los ojos, y si la vé, saque las hierbas y refriégueselas bien duro a su amiga entre el culo, así ella crea que se volvió loco y le arda. Y no le quite los ojos encima a la mohana, que si ella cruza la quebrada de dos zancadas, ya no volverá a joder, así lo amenace con sus ojos de anocher a mediodía.

— Ah!, tampoco olvide cagarse en el agua, ahí mismito y si su amiga también se caga, mejor!