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LA
IMAGINERÍA POPULAR (I)
LA VERDAD SABIDA
La imaginería popular en
las comunidades es la verdad sabida y poco pronunciada, en razón a temores sentidos y
secretos que colectivamente se esconden o se guardan como un tesoro que es mejor no
desenterrar. El origen analfabético proviene del patrón africano o del indígena. El
origen culto o letrado llegó del europeo. El sentido ritual de las manifestaciones
espirituales de latinoamérica, impone un determinado silencio.
Lo esotérico y misterioso de los mitos y leyendas es su principal vehículo de
preservación porque encierra multitud de preguntas sin respuesta, como la fé de los
fanatismos y las creencias comunes.
Este aire tenebroso de algunos relatos que surgen en la obscuridad y se maximalizan en
ella, es un atractivo intenso para su difusión cosmopolita y la verdad rural de muchos
habitantes.
El refranero del pueblo que como las creencias míticas llegaron y se continúan
transmitiendo por tradición oral, es sabio en la síntesis de muchas situaciones:
"No creo en brujas,
pero que las hay, las hay". Con este refrán queda intacta la creencia popular pero a
la vez se advierte que el sujeto no cree en ellas. Es algo así como el ateo criollo
cuando afirma: "Por Dios Santísimo, no creo en Dios".
En cierta manera, las
creencias míticas del pueblo se aproximan a la categoría de una ideología social, que
es aquella forma individual y colectiva de afirmarse en algo que explica de alguna manera
lógica o por actos de fé, origenes y destinos de los hombres, como sin duda lo es
"la otra vida" que es de donde provienen los duendes, los espantos, las ánimas,
los espíritus, no así las brujas que parecen ser de alguna próxima o lejana vecindad
terrenal en pacto con el mal. La ideología social es imposible de erradicar de una
comunidad. Ciertos gobiernos totalitarios lo intentaron sin éxito alguno. Polonia es, tal
vez, un ejemplo excelente, respecto a la religión, que es la ideología social por
excelencia y que coexiste con otras creencias sin que la reemplacen.
Los cuentos del pueblo
trazan una diferencia con aquellos cuentos citadinos en los cuales la trama y los
personajes transcurren por un misterio diferente casi universalizado por los grandes
maestros como Edgar Allan Poe, donde la casa o el castillo son los escenarios de rutina.
Claro está que son también niveles literarios diferentes que resultan de ángulos
también distintos.
La cuentería o acto de
contar cuentos es una evocación telúrica de los viejos y ancianos alrededor de quienes
la muchachada familiar tiende un hilo de agradable vínculo, por supuesto en las
comunidades que no se han desintegrado y conservan el espíritu del clan o de familia. Es
la manera más noble y común de transmitir las creencias, las cuales también van de
madre a hija, de padres a hijos, ó de padre a hijo. Las creencias y la obsesión del
conocimiento pertenecen al hombre común. Solo que unos creen más que otros.
La riqueza de la imaginería
popular deviene de la confluencia triétnica: para los aborígenes llaneros el ritmo de la
vida se relaciona entre lo natural y lo sobrenatural. Es la misma concepción cosmogónica
del africano donde toda actividad guarda relación con el equilibrio del Universo. El
sistema de representación mítico lo establecen en elementos de la tierra, del aire o del
fuego. En el mestizaje se incorporó la abundante mitología occidental religiosa y la
superstición con raíces en lo profundo del medioevo, donde los más ahincados en la
ciencia experimental eran los alquimistas en busca de la eterna juventud y la forma de
fabricar oro.
Otras sectas católicas como
los Caballeros Templarios en la conquista de los secretos más íntimos de la naturaleza
divina. Y órdenes secretas con carácter religioso, como los Caballeros de Colón, el
Opus Dei, Los Rosacrucistas. Otros de carácter político-literario eran los Mazones. Todo
ello, con Europa llegó a América. La mayoría utilizaba representaciones físicas a
manera de talismán, allí confluían las creencias y simbologías de cada congregación
donde la vida era una ofrenda permanente y juramentada en su defensa.
La mezcla mítico-religiosa
creó nuevos dioses y rituales: la magia del negro y la fé cristiana se funden en los
orixás de Bahía o en el Vudú de Haití.
OTRAS CREENCIAS
La proximidad mítica de las
creencias populares de esencia mestiza y origen en la transculturación de los patrones
étnicos enfrentados y sintetizados, con la religión, con la superchería, el ocultismo,
la brujería o con la magia negra, tiende a que sea relativamente sencillo el traspasar
sus fronteras por parte de creyentes consuetudinarios. No obstante unos y otros son
diferentes, a pesar de su irreconciliable fundamento.
La confusión ocurre porque
ellas las creencias se afirman en un subconciente también creyente, miedoso y
supersticioso que parece indicarle rumbos a la muerte, para esperar oh
ilusión que el acto de vivir no sea tan efímero: menos de un segundo astronómico
en la edad del universo. En la mayoría de los casos, la conducta se deriva también de
una decisión sopesada donde el temor y la búsqueda del más allá son concientes, no
traumáticos. En ocasiones estas formas ilógicas del pensamiento responden a situaciones
patológicas y contribuyen a disminuir tensiones.
El hombre necesita de
creencias y eso lo demuestra la historia de la humanidad. Unos grupos étnicos u otros,
concibieron el origen del Universo como una sacra creación de uno o varios dioses y el
hombre como un ser al servicio de quien tuviese la potestad de representarlo y por
supuesto la capacidad material de imponerlo. El simple agüero ronda la cotidianidad, en
la lectura de la tasa del chocolate, de la ceniza del cigarrillo, no mirarse en espejo
roto, evitar el paso por debajo de una escalera, temor al martes 13 y a los gatos negros.
La idolatría surge en el comienzo de la humanidad ante lo inexplicable de la vida y de
sus fenómenos. Con posterioridad aparecen manifestaciones racionales que legitiman el
ejercicio del poder en cabeza del más fuerte y le otorgan, en la necesidad de su
conducción, origen divino, para el cual se establecen unos ritos ceremoniales donde los
aromas, las estatuas, los tatuajes, los sahumerios, el agua, el fuego, los vestuarios,
etc., cumplen la acción pública. El ritualismo obedece a la necesidad de alabanza de la
deidad y de satisfacer obligaciones. La historia se encarga en diversas formas de extender
esos origenes hasta nuestro tiempo y de describir los detalles del proceso que es bien
diferente en cada caso, en cada región. Las ideologías se encargan de vestir de seda a
grandes criminales como fueron los inquisidores, o los masacradores de Tiananmen para no
recordar la famosa Revolución Cultural China.
Las religiones que subsisten
se conforman por una serie de creencias e interpretaciones de las élites que lograron
popularizar y legalizar ante el establecimiento durante períodos importantes de la
humanidad, mediante luchas sin cuartel como fueron Las Cruzadas y como es la guerra Santa
que propugnan los fundamentalitas musulmanes para que la humanidad conserve los patrones
conductuales del siglo XV, lo cual, de hecho, no es un absurdo, sino un anacronismo real.
La sociedad civil fué controlada mediante la acción de las sectas secretas encargadas de
aplicar su código negro.
La legalización histórica
de la actividad religiosa contiene elementos positivos en cuanto que elimina prácticas
ocultas que originan males peores y situaciones críticas en personalidades sensibles, o
aprovechamientos desordenados de parte de quienes ofician de sacerdotes o de
intermediarios entre esta vida y los seres o situaciones de la otra. El poder terrenal es
el manjar de las religiones que en el discurso público pretenden las almas. Los Borgia
fueron ejemplo. El Imán Komeini lo evidenció en la actualidad. La violencia en Colombia
fué impulsada desde los púlpitos.
Las sociedades suelen
condenar aquellas actividades esotéricas. Eso les otorga una ilegalidad que protege su
condición secreta, en la mente del usuario. Eso pasa con los practicantes de la magia
negra y con los que pretenden combatirla. Como son actividades marginales, segregadas,
secretas, entonces toman el rumbo de penetrar en la angustiosa duda del creyente, en sus
fracasos espirituales y materiales para echarle culpas a alguien y proponerle salidas,
entre las cuales emerge la del enriquecimiento súbito por el hallazgo de un tesoro oculto
por sagrados antepasados, ante lo cual, para conquistarlo se deberá emprender una vida
austera y sumergirse en lo que puerilmente denominan como metafísica. Los centros
emblanquecidos, los indios amazónicos, los extraños doctores mentalistas suelen surgir
para colmar las expectativas de la psiquis o para apagar ánimos.
La acitividad religiosa
cuando se institucionaliza crea un código moral que suelen ejecutar y controlar sus
militantes con niveles obsesivos de fanatismo, disfrazado con votos de castidad, caridad,
fé, abnegación, etc. El nivel de preparación de los sacerdotes o sacerdotizas es
manifiesto en teología y en especialidades pedagógicas, lo cual hace que el ejercicio
religioso y su labor misionera se impregne de valores éticos, por lo menos en el
discurso, contrario a lo que ocurre con los practicantes empíricos de magias o de
ocultismos. Las sectas norteamericanas poseen militantes antropólogos y linguístas con
lo cual su penetración se facilita en particular en las comunidades aborígenes del
tercer mundo.
La propensión social para
prácticas heterodoxas en nuestro medio, es creada por el fanatismo tradicional católico
y por el delirio del fanatismo cristiano de las sectas norteamericanas tipo Jim Jones,
capaces de autoeliminarse sin más objetivo que una conclusión fatal de frustraciones
colectivas encontradas. O el tétrico ku klux klan. Esto demuestra la colectivización del
ocultismo, el sentir socializado de obtener un apoyo en el conocimiento de las causas de
sus males y del porvenir. Sin embargo, el velo de aventura y de tiniebla que cubre el mito
y la leyenda campesina no entra en competencia con creencias religiosas más profundas, de
mayor conocimiento y práctica pública, pero el ánimo oculto de los mitos religiosos es
una compuerta hacia todo aquello obscuro e incierto como es la vida y tan preciso o
certero como es la muerte.
La creencia popular se halla arraigada en lo más íntimo del campesino, como al tiempo lo
es su fé católica o protestante. Ambas para él son válidas.
En los múltiples recodos de
la mente humana y en sus necesidades de conocimiento han explorado hos hombres en
diferentes épocas, tratando de explicar situaciones individuales o de adivinar el futuro
de las personas. La adivinación por lo general se basa en análisis de lineas de la mano
o los rasgos físicos más notables en particular de la cara. La quiromancia es toda una
rama de la adivinación con pretensiones de ciencia pero que en la práctica es un medio
de subsistencia de las pitonisas o de las gitanas. Las cartas o cartomancia son un
componente básico de la adivinación y los naipes españoles de origen mozárabe cumplen
con ese cometido. El tarot de origen indú es quizá el instrumento que sirve más a la
adivinación y los expertos en él hacen verdaderos documentos de situaciones de los
usuarios. Sus pitonisos o intérpretes apuntan a señalar caracteres generales comunes que
otorgan credibilidad.
La gama de recursos para
emplearse en los vericuetos de adivinar el futuro de las personas y de las sociedades es
múltiple. Uno que es quizá el de mayor envergadura es la astrología en la que existen
tratados que explican lo divino y lo humano y que según las combinaciones de hora, día,
mes y año elaboran radiografías de la predestinación de acuerdo con las leyes del
zodíaco. Los orientales, entre ellos los chinos, son expertos en tal arte, o en tal
oficio, surgido de la observación de los astros y del sistema solar. El horóscopo nace
de esa corriente astral. Los Aztecas y los Mayas eran verdaderos astrónomos, no
astrólogos, porque analizaron los movimientos de los astros y su relación con los climas
y fenómenos naturales del globo terráqueo.
Otra forma esotérica es la
ligada a la curandería en la cual ciertos conocimientos sobre las plantas otorgan
ventajas en el tratamiento de dolencias. Los curanderos suelen combinar su fuerza
experimental con elementos de digitopuntura, un pariente de la acupuntura, que es un
método de control de los circuitos o flujos eléctricos y nerviosos es decir,
fisiológicos del cuerpo humano y con mucho de magnetismo personal. La medicina
ortodoxa utiliza también la hipnósis y la sugestión en ciertos casos. La curandería es
una práctica mestiza que en gran medida proviene de las costumbres y tradiciones
aborígenes del chamanismo pero que no es ejercida bajo los cánones éticos tribales. El
amuleto hace parte de la vestimenta de hombres y mujeres. Los que poseen algún dinero se
cuelgan un colmillo de felino pero en el campo es la pulsera con azabache que evita el mal
de ojo. Como puede observarse una combinación empírica de todos estos componentes o de
algunos de ellos en manos de uno o varios personajes inescrupulosos, resulta más
espantosa que cualquier duende ingenuo campesino de los que relatan los mitos y leyendas,
de las creencias populares. La proliferación de negocios del sortilegio y la conjura son
producto de las tendencias de las gentes a creer en algo o en alguien que le ofrezca
alguna respuesta del más allá.
INCORPORACIONES AL CREDO POPULAR
La credibilidad colectiva
que resume o sintetiza tradiciones y elementos del misterio parroquial de las veredas que
integra la totalidad del universo campesino, un universo sencillo basado en las fuerzas
naturales y en su relación permanente con el trabajo, incorpora en la práctica
cotidiana, de manera inconciente y continua, muchos elementos materiales y variados
conocimientos que para el hombre de ciudad son incomprensibles; estos son plasmados en los
relatos variados y cambiantes de los narradores espontáneos del campo, quienes jamás
cuentan la misma versión.
Es usual la práctica de una
astronomía en los hechos del trabajo rural como son las siembras, las recolecciones de
cosechas, los partos, los apareamientos, las lluvias, el sonido de ciertos animales o su
vuelo tradicional, la colocación de las estrellas, los cambios lunares, etc. que son
parámetros que rigen la vida y sus relaciones, algunas de ellas, resumidas en el
calendario Bristol. Ocurre que la extracción o incorporación para lo diario"
de aspectos astronómicos, y/o de las plantas, los rige una concepción equilibrada de las
relaciones entre el hombre y la naturaleza, como pueden ser las fases de la luna para las
siembras o el uso de plantas para efectos curativos. La astrología no es de su manejo.
Poco importa para los efectos de su trabajo, el nombre de las constelaciones o de las
estrellas y el significado que de ellos han edificado con tanto detalle muchas
civilizaciones anteriores.
El conocimiento empírico
para uso doméstico de los fenómenos naturales y las propiedades de las especies se
encuentra acoplado en las labores productivas y en el normal rumbo de la existencia,
heredado del conocimiento ancestral, aprendido de generación en generación, aún sin que
se conozcan repito los nombres de las constelaciones ni las acepciones
científicas de las plantas. Es la sabiduría popular, la cual actúa en el escenario
particular del núcleo veredal, en el cual la creencia y el respeto accionan positivamente
frente a un enfermo o a una relación entre individuos. Por fuera de ese mundo pequeño de
la aldea donde ya no actúan condicionamientos sociológicos tradicionales, esa
"magia" se reduce, se diluye y semeja posturas de ingenuidad infantil o de
ridiculez senil, como suele ocurrir en círculos metropolitanos, donde los rasgos del
dolor de las raíces ya no cuentan. El mundo para ellos y su máxima expectativa se halla
en la ciudad, en las posibilidades del acceso al consumo orgiástico, agenciado desde
otras latitudes mediante los medios masivos de comunicación.
Por supuesto que en el
transcurso de las generaciones, en su contacto con otras formas culturales, la sabiduría
popular se torna cambiante, sus patrones originales se envilecen, renuevan o refuerzan.
Esta incorporación de nuevos elementos al igual que el despojo de otros se produce de
modo inconciente. Es la dinámica particular de la cultura popular. Por ello el término
de sabiduría popular, mirado en ese contexto, guarda cierta distancia frente a la
acepción que las civilizaciones avanzadas le dan término, pese a que afirmar sobre
civilizaciones avanzadas puede prestarse a una gran queja y merecida protesta. Aclaro que
es una referencia al desarrollo material, científico y tecnológico.
Así, la creatividad popular
que se manifiesta en los mitos y leyendas, es parte vertebral de la tradición oral y por
consiguiente de la sabiduría popular, que en un análisis desde fuera (urbano) puede
aparecer impregnada de vicios, prejuicios, vacíos, anacronismos y absurdos, algunos de
ellos nefastos, como en verdad ocurre con la práctica degenerada y mercantil de la
curandería, la magia negra, o el satanismo.
No siempre las tradiciones
populares producen buenos efectos. En la China tradicional hasta hace muy poco se impedía
el crecimiento de los piés femeninos mediante métodos infrahumanos, lo cual era aceptado
con estoicismo sadomasoquista por todos, resignación particular de los orientales. En
Antioquia se creía que los hijos eran una bendición y que cada uno traía el pan debajo
del brazo. Esa creencia semifeudal elevada a cánones religiosos generó una explosión
demográfica que al trasladarse a las comunas urbanas resultó fatal. Era usual familias
con más de veinte hijos, un absurdo para el mundo actual, pero una ventaja relativa en la
jornada montañera del siglo XIX porque era la mano de obra familiar.
En otros términos, la
sabiduría popular se desadapta frente a la velocidad de los cambios del mundo
contemporáneo y aquello que hace pocos años podía ser una verdad absoluta, ahora emerge
como un remedio inadecuado. En Colombia, la desintegración del mundo rural con
envilecimiento progresivo de las conductas salidas de la masificación urbana, impregna de
la enfermedad del consumo convulsivo a todos los componentes sociales, por reacios que
ellos sean, penetrando así en el mercado suntuario que causa endeudamiento individual y
colectivo, con un agravante, cual es la demolición de los valores y el desprestigio de
las raíces ancestrales.
No obstante, las creencias
populares se hallan intactas. Estas carecen de afán competitivo frente a la práctica
religiosa y se alzan a prudente distancia del confuso mundo de la magia negra, del vudú o
de la hechicería. Carecen de parentesco con la brujería y no entra para nada en los
vericuetos de la adivinación con cartas, astros o lineas de la mano. Tampoco tienen que
ver con el espiritismo y las jornadas de invocación satánica de los aquelarres secretos.
No hay en su esencia nada de ocultismo ni su presentación es esotérica.
LOS MITOS DE TRANSICIÓN
(Fusión de mitos llaneros con mitos andinos)
La imaginería popular
mestiza es una sola y las figuras míticas se representan de distintas maneras pero
actúan y se manifiestan con semejanza. El Mohán que es un mito del río grande de la
Magdalena que es tiplero y enamorado, vive debajo del agua y secuestra a las muchachas a
quienes convierte en sus eternas amantes. Su figura también viaja hacia otros sitios del
país y en el piedemonte llanero adquiere cuerpo femenino, se esconde en el agua de las
quebradas, persigue a los hombres que andan solos, son aguardienteros y enamorados. Con
ella no valen rezos, ni invocaciones al santoral, ni escapularios o medallitas.
Sinembargo, cada sitio crea
sus particulares mitos y leyendas y les otorga procedencias y actitudes particulares,
aunque jamás actúa en tiempo presente. El personaje mítico viene del pasado y de la
muerte pero es acecho del futuro inmediato, está en espera a que pases por ese lugar para
atraparte con sus dulces garras y partirte de par en par.
Los sitios intermedios o
fronterizos entre macrosistemas conocidos, poseen la tendencia a la asimilación de los
rasgos de la cuentería de cada vecindad con la cual se construyen nuevos mitos que
representan parte de unos y de otros. Esto prueba que la división territorial en las
grandes zonas culturales, es por lo menos incompleta. La realidad cultural de la nación
es móvil y de una dinámica delirante.
El caso singular ocurre en
el piedemonte llanero que es zona de la precordillera oriental habitada por campesinos que
llegaron intercambiando experiencias con los criollos llaneros que tenían la mitología
sabanera y de ahí nacen por ejemplo versiones nuevas del Silbón de Apure de
los llanos venezolanos.
El guardián de las guacas o
tesoros precolombinos del Huila y que suele tirar piedras cuando se está próximo al
encuentro del oro, revive con el Tirapiedras del Piedemonte solo por los caminos viejos y
alejado de los tesoros que por allí no existen. En campo abierto donde hay ganado este
duende no ataca porque las reses tienen la cruz formada por los cachos y la caramera.
Además no hay árboles.
Los llaneros que en razón a
su oficio de vaqueros permanecen en contacto y diálogo con su instrumento de
movilización y trabajo que es el caballo, observan que ciertas yeguas de pronto aparecen
con trenzas. Sin más, consideran que alguien de ésta o de la otra vida las teje. Un
duende enamorado, tal vez. En el Piedemonte metense es El Centauro el encargado de tan
inocente ejecutoria que por supuesto asusta.
El espacio longitudinal del
piedemonte llanero recibe el impacto cultural de tolimas en el Ariari, cundinamarqueses en
el Meta, boyacenses en Casanare y santandereanos en Arauca. En cada caso enfrenta
relaciones con llaneros y colonos de todo el país, durate jornadas y años, con lo cual
la transición como fenómeno cultural aparece completa, totalizadora. Incluso define
perfiles propios de exclusivos mitos y leyendas, uno de ellas la Bruja de los ojos de
miel: deviene de la proximidad con la gran capital donde el vestir elegante, como el
andar, son de uso permanente entre gentes de alcurnia. Esta ánima en pena enamora con
solo mirar y condena a los hombres a la expresión de un amor solitario y sin pareja, un
agobiante, febril e interminable acto individual. Ella con sus hermosos ojos, su enorme
lágrima y su invisibilidad corporal es la diosa del amor, capaz de generar los más
crueles celos porque es expresión de amores reprimidos e insatisfechos.
La cuentería nacional
informa sobre la súbita aparición de seductoras mujeres que en un abrir y cenar de ojos
se convierten en esperpentos que ríen, lloran y tratan de acariciar. Esta escena mítica
se traduce en los Monstruos de Paratebueno que por la vía carreteable impedía, en
tiempos de la violencia, el acceso a la región del Upía y desde luego, el tránsito
hacia Casanare donde los reductos de Guadalupe Salcedo se afirmaban con los hermanos Parra
y con los Bautista.
El rezo del ganado, tan
usual en el llano, no se incorporó al repertorio de creencias en el Piedemonte quizá por
lo incipiente de esa economía.
Un cuadro reciente de la
realidad veredal lo conforma El Domador de Brujas, en quien residen virtudes,
conocimientos y mañas.
EL NARRADOR POPULAR
El contador de los mitos y
leyendas es por lo general un campesino que es o ha sido uno de los líderes de la región
en términos de laboreo y "conocencia", no en términos políticos. Es acatado y
respetado por todos por su don de gentes, voluntad de servicio y honradez. Cuando se trata
de narrar o echar coplas, preparar una mamona o dirigir una tarea colectiva, sobresale con
naturalidad. En otros términos tiene la aceptación cuando toma la palabra y empieza el
relato lleno de refranes, dichos, palabrotas y acciones corporales que engarzan cada
sílaba para realzar su significado. La audiencia enmudece, el miedo llega a las atónitas
miradas, los corazones comienzan a galopar y más de uno tiene que pedir con disimulo
compañía para ir a orinar. Ninguno se va si ya son las ocho de la noche y con paciencia
esperan el toque de las doce, cuando los espantos se van a descansar.
El narrador popular
desencadena su conocimiento, y su imaginación; combina tiempos o lugares para hacer
próxima la sentencia invocadora, próxima a cada asistente, a cada contertulio. La
versión, siendo la misma, cada vez varía y es distinta . Por eso la escuchamos con
agradable escalofrío, una y mil veces, si es preciso. Por eso mismo, si tratamos de
grabarla, el ritmo espontáneo se falsea y adquiere los tintes actorales propios de
momentos diferentes. La grandilocuencia de los narradores es absoluta, impide el diálogo
o siquiera una pregunta; causa mudez, perplejidad, asombro.
A diferencia de las
prácticas ocultas, la narración es abierta, pública, sin tapujos de ninguna especie.
Todos tienen acceso a entender el suceso aunque nadie quiera explicación del misterio. El
cuentero es lugareño, con hogar bien logrado y parentezcos por doquier, amén de
compadrazgos. En esto también existe distinción con el adivinador o hechicero que son
personajes sombríos y lejanos, hijos de las tinieblas de la noche, vividores.
Nuestro cuentero es Pascual,
Pascual Herrera, campesino fatuto, hombre de trabajo, servicial, afectivo, inteligente.
Conocedor del campo y de la naturaleza, hijo de una vereda de Quetame en el Oriente de
Cundinamarca.
Con él encontramos un sabor
adicional en la belleza misteriosa de la ebriedad verde de los árboles. A diferencia del
narrador popular, en las grandes ciudades están de moda los cuenteros que en pocos casos
son narradores populares. En cambio son intelectuales que interpretan la realidad regional
y le otorgan su sello particular con lo que ciertas adaptaciones toman rumbos
desconocidos.
El narrador popular siempre
se refiere a la región, con términos sencillos que señalan las características de
plantas y animales. En esta forma los mitos y leyendas tienen una pertenencia de lugar.
El cuentero urbano casi
siempre ubica el lugar en proximidades de la utopía perdiendo las huellas. Son
narraciones de otro estilo y situaciones que circunscriben el sentido de las ciudades,
donde el efecto de luces y sonidos conforman la base coreográfica indispensable. El
estilo raya con el "show", es decir, con el espectáculo. Por esa razón tiene
que hacer concesiones en los contenidos.
La mayoría de las veces el
narrador popular es anónimo y él mismo ignora sus grandes cualidades e importancia en la
posesión de los secretos de una comunidad, de pronto más universal, como es la vereda,
existente en todos los rincones del planeta.
LA
VEREDA
La vereda es el barrio rural
sin las taras y posibilidades de éste. Es el lugar que integra la vecindad en torno a
tareas comunes, a oficios de beneficio general, e identifica en ciertas actividades
compartidas o semejantes el trabajo y las necesidades diarias. La solidaridad es
permanente, no expresa. La vereda es la célula autóctona campesina. Es anterior a
cualquier organización institucional y ejerce tareas por cuenta propia alrededor de una
junta de vecinos o junta de acción comunal. La vereda del Carmen en Villavicencio es el
punto de referencia en el cual se conocieron las narraciones de Pascual, luego de entrabar
con él una entrañable amistad y obtener su confianza.
Las versiones que contiene el libro pertenecen a la interpretación que el autor hizo de
las narraciones originales de Pascual y a ciertos componentes que se creyeron dignos de
realzar el sentido del relato, pero que en ningún caso lo reducen o lo minimizan, sino
que ofrecen al lector una información exacta de tiempo, circunstancia y lugar.
El lugar es el sitio de unas
importantes fuentes altas de Villavicencio que dan lugar a los acueductos de
urbanizaciones y barrios de la ciudad. Se trata del caño Maizaro y el caño Buque.
Algunos campesinos en su afán de supervivencia hicieron potreros a costa de la
vegetación, creando erosiones graves particularmente en los nacederos del Buque. Pero la
gran mayoría del área se conserva en su estado natural. Muchos potreros de brachiaria
reemplazan a cultivos de caña de azúcar, café y cacao. Ahora estos son reemplazados por
pasto de corte imperial, guatemala o king grass.
La región produce a más de
leche, porcinos, gallinas, plátanos, yuca, cítricos, guayaba, piña, aguacate,
guanábano, papaya, aunque lo básico es la ganadería pese a que no es recomendable en
territorios inclinados por el apisonamiento que genera erosión.
La región es pacífica y se
ha mantenido en paz porque los campesinos viven allí, y las pocas posesiones que no
están en manos lugareñas, se encuentran bien tenidas desde un ángulo ecológico y
social.
La ciudad avanza hacia allí con voracidad y grosería características del crecimiento de
los epicentros urbanos.
Duendes y espantos aguardan
la muerte de los árboles para huir hacia donde el campo lo sea. Pero algunos morirán con
ellos una vez más, y ésta será para siempre jamás.
LA
SUPERSTICIÓN
Otro componente del
maremagnun que causa la vulgarización en el sentido peyorativo de las
ciencias ocultas es la superstición, con origen más europeo que indígena o africano.
Cada secta, cada etnia trajo su particular influencia en supercherías de muy honda
tradición y credibilidad por su desarrollo argumental, aun a escalas científicas como
puede ser la interpretación freudiana de los sueños que marca toda una corriente en la
evaluación de la mente humana psiquis y de su comportamiento exterior a
través del cuerpo. Con todo, existen dos niveles en la interpretaclon de los sueños.
El de mayor popularización
obvio es el empírico que otorga respuestas de distinta naturaleza a cada
sueño. Por ejemplo, si el sueño tiene agua, es de suerte si es limpia y si es sucia
significa males. Si hay culebras o toros bravos, existen enemigos, muy grandes si lo pican
o embisten a uno. Los piojos, en sueños, son de buen recibo, dan dinero. Los billetes son
suerte. Subir escaleras es positivo y bajarlas negativo. Si uno sueña con entierro es un
matrimonio y viceversa. El sueño con monedas representa pobreza.
La escuela freudiana radica
las desviaciones en los patrones de comportamiento, de problemáticas sexuales e
indefiniciones de personalidad por esa causa.
La cábala esotérica es
otro aspecto interesante que raya en la superstición. Esta es una costumbre europea,
vestida de ropaje técnico. Su parentezco con la numerología la establecen los números
cabalísticos. El 666 es el tétrico número del engendro del diablo, la bestia. El 9, el
13, el 18, el 1, el 3, el 36 combinan multitud de posibilidades sobre el bien y el mal. La
sumatoria de los distintos números en ocasiones crea sortilegios y elucubraciones de
impredecible destino. Las matemáticas en su lógica precisa condensa innumerables
tratados que describen las más extrañas profesías sobre el universo y su próximo final.
Las Pirámides de Egipto con sus medidas y ángulos perfectos, condensan secretos que
serán revelados a las generaciones del Apocalípsis, secretos que poseen extraterrestres
o deidades desconocidas pero, sin duda, superiores.
Estas creencias de la
cabalística y de los misterios de los monumentos, los comparte la humanidad desde los
primeros alquimistas hasta las religiones más fanáticas (vaya pleonasmo) de hoy. Los
números romanos, los arábigos, los alfabetos griego, cirílico, latino, amén de los
orientales y del árabe, se combinan con símbolos para establecer múltiples
representaciones vedadas a quien no sea militante de equis secta. Desde luego las razones,
signos y enigmas hebráicos, egipcios, fenicios, etc, se articulan al misterio. Otras
supersticiones que caracterizan el absurdo se ciñen a la fé en espíritus capaces de
curar y hasta operar el cuerpo de pacientes aferrados a la fé curativa del santurrón.
Tal es el caso del médico venezolano José Gregorio Hernández, fallecido hace varios
años. Los dolientes de enfermedades entran en contacto con los "sacerdotes" del
santo hasta convencerse de sus bondades, mediante una campaña sostenida de
ejemplificaciones y rituales.
Es tal la autosugestión que
el paciente se alivia temporalmente luego del ritual curativo y se convence de la
erradicación de la causa de la afección. "La fé mueve montañas" parece ser
la conclusión. De hecho, la medicina (alopática) ortodoxa y la homeopatía emplean la
sugestión y la hipnósis para efectos curativos, tal como lo anotamos, cuando los
desequilibrios orgánicos se derivan de patologías que estudia y atiende la siquiatría.
Lo patológico de su
aceptación por los creyentes católicos radica en que el santo no es de buen recibo en
las parroquias, ni altares con reconocimiento vaticano. Es casi una herejía creer en él.
Es oportuno afirmar, que la
imaginería popular que se concreta en mitos y leyendas campesinas, guarda una enorme
distancia con la superstición, a pesar de la disposición de caer en ella, por ignorancia
y religiosidad aferrada hasta los tuétanos.
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