LOS CUENTOS DE PASCUAL
Mitos y Leyendas del piedemonte llanero
ALBERTO BAQUERO NARIÑO
© Derechos Reservados de Autor


LA IMAGINERÍA POPULAR (I)

LA VERDAD SABIDA

La imaginería popular en las comunidades es la verdad sabida y poco pronunciada, en razón a temores sentidos y secretos que colectivamente se esconden o se guardan como un tesoro que es mejor no desenterrar. El origen analfabético proviene del patrón africano o del indígena. El origen culto o letrado llegó del europeo. El sentido ritual de las manifestaciones espirituales de latinoamérica, impone un determinado silencio.

Lo esotérico y misterioso de los mitos y leyendas es su principal vehículo de preservación porque encierra multitud de preguntas sin respuesta, como la fé de los fanatismos y las creencias comunes.

Este aire tenebroso de algunos relatos que surgen en la obscuridad y se maximalizan en ella, es un atractivo intenso para su difusión cosmopolita y la verdad rural de muchos habitantes.

El refranero del pueblo que como las creencias míticas llegaron y se continúan transmitiendo por tradición oral, es sabio en la síntesis de muchas situaciones:

"No creo en brujas, pero que las hay, las hay". Con este refrán queda intacta la creencia popular pero a la vez se advierte que el sujeto no cree en ellas. Es algo así como el ateo criollo cuando afirma: "Por Dios Santísimo, no creo en Dios".

En cierta manera, las creencias míticas del pueblo se aproximan a la categoría de una ideología social, que es aquella forma individual y colectiva de afirmarse en algo que explica de alguna manera lógica o por actos de fé, origenes y destinos de los hombres, como sin duda lo es "la otra vida" que es de donde provienen los duendes, los espantos, las ánimas, los espíritus, no así las brujas que parecen ser de alguna próxima o lejana vecindad terrenal en pacto con el mal. La ideología social es imposible de erradicar de una comunidad. Ciertos gobiernos totalitarios lo intentaron sin éxito alguno. Polonia es, tal vez, un ejemplo excelente, respecto a la religión, que es la ideología social por excelencia y que coexiste con otras creencias sin que la reemplacen.

Los cuentos del pueblo trazan una diferencia con aquellos cuentos citadinos en los cuales la trama y los personajes transcurren por un misterio diferente casi universalizado por los grandes maestros como Edgar Allan Poe, donde la casa o el castillo son los escenarios de rutina. Claro está que son también niveles literarios diferentes que resultan de ángulos también distintos.

La cuentería o acto de contar cuentos es una evocación telúrica de los viejos y ancianos alrededor de quienes la muchachada familiar tiende un hilo de agradable vínculo, por supuesto en las comunidades que no se han desintegrado y conservan el espíritu del clan o de familia. Es la manera más noble y común de transmitir las creencias, las cuales también van de madre a hija, de padres a hijos, ó de padre a hijo. Las creencias y la obsesión del conocimiento pertenecen al hombre común. Solo que unos creen más que otros.

La riqueza de la imaginería popular deviene de la confluencia triétnica: para los aborígenes llaneros el ritmo de la vida se relaciona entre lo natural y lo sobrenatural. Es la misma concepción cosmogónica del africano donde toda actividad guarda relación con el equilibrio del Universo. El sistema de representación mítico lo establecen en elementos de la tierra, del aire o del fuego. En el mestizaje se incorporó la abundante mitología occidental religiosa y la superstición con raíces en lo profundo del medioevo, donde los más ahincados en la ciencia experimental eran los alquimistas en busca de la eterna juventud y la forma de fabricar oro.

Otras sectas católicas como los Caballeros Templarios en la conquista de los secretos más íntimos de la naturaleza divina. Y órdenes secretas con carácter religioso, como los Caballeros de Colón, el Opus Dei, Los Rosacrucistas. Otros de carácter político-literario eran los Mazones. Todo ello, con Europa llegó a América. La mayoría utilizaba representaciones físicas a manera de talismán, allí confluían las creencias y simbologías de cada congregación donde la vida era una ofrenda permanente y juramentada en su defensa.

La mezcla mítico-religiosa creó nuevos dioses y rituales: la magia del negro y la fé cristiana se funden en los orixás de Bahía o en el Vudú de Haití.

OTRAS CREENCIAS

La proximidad mítica de las creencias populares de esencia mestiza y origen en la transculturación de los patrones étnicos enfrentados y sintetizados, con la religión, con la superchería, el ocultismo, la brujería o con la magia negra, tiende a que sea relativamente sencillo el traspasar sus fronteras por parte de creyentes consuetudinarios. No obstante unos y otros son diferentes, a pesar de su irreconciliable fundamento.

La confusión ocurre porque ellas —las creencias— se afirman en un subconciente también creyente, miedoso y supersticioso que parece indicarle rumbos a la muerte, para esperar —oh ilusión— que el acto de vivir no sea tan efímero: menos de un segundo astronómico en la edad del universo. En la mayoría de los casos, la conducta se deriva también de una decisión sopesada donde el temor y la búsqueda del más allá son concientes, no traumáticos. En ocasiones estas formas ilógicas del pensamiento responden a situaciones patológicas y contribuyen a disminuir tensiones.

El hombre necesita de creencias y eso lo demuestra la historia de la humanidad. Unos grupos étnicos u otros, concibieron el origen del Universo como una sacra creación de uno o varios dioses y el hombre como un ser al servicio de quien tuviese la potestad de representarlo y por supuesto la capacidad material de imponerlo. El simple agüero ronda la cotidianidad, en la lectura de la tasa del chocolate, de la ceniza del cigarrillo, no mirarse en espejo roto, evitar el paso por debajo de una escalera, temor al martes 13 y a los gatos negros. La idolatría surge en el comienzo de la humanidad ante lo inexplicable de la vida y de sus fenómenos. Con posterioridad aparecen manifestaciones racionales que legitiman el ejercicio del poder en cabeza del más fuerte y le otorgan, en la necesidad de su conducción, origen divino, para el cual se establecen unos ritos ceremoniales donde los aromas, las estatuas, los tatuajes, los sahumerios, el agua, el fuego, los vestuarios, etc., cumplen la acción pública. El ritualismo obedece a la necesidad de alabanza de la deidad y de satisfacer obligaciones. La historia se encarga en diversas formas de extender esos origenes hasta nuestro tiempo y de describir los detalles del proceso que es bien diferente en cada caso, en cada región. Las ideologías se encargan de vestir de seda a grandes criminales como fueron los inquisidores, o los masacradores de Tiananmen para no recordar la famosa Revolución Cultural China.

Las religiones que subsisten se conforman por una serie de creencias e interpretaciones de las élites que lograron popularizar y legalizar ante el establecimiento durante períodos importantes de la humanidad, mediante luchas sin cuartel como fueron Las Cruzadas y como es la guerra Santa que propugnan los fundamentalitas musulmanes para que la humanidad conserve los patrones conductuales del siglo XV, lo cual, de hecho, no es un absurdo, sino un anacronismo real. La sociedad civil fué controlada mediante la acción de las sectas secretas encargadas de aplicar su código negro.

La legalización histórica de la actividad religiosa contiene elementos positivos en cuanto que elimina prácticas ocultas que originan males peores y situaciones críticas en personalidades sensibles, o aprovechamientos desordenados de parte de quienes ofician de sacerdotes o de intermediarios entre esta vida y los seres o situaciones de la otra. El poder terrenal es el manjar de las religiones que en el discurso público pretenden las almas. Los Borgia fueron ejemplo. El Imán Komeini lo evidenció en la actualidad. La violencia en Colombia fué impulsada desde los púlpitos.

Las sociedades suelen condenar aquellas actividades esotéricas. Eso les otorga una ilegalidad que protege su condición secreta, en la mente del usuario. Eso pasa con los practicantes de la magia negra y con los que pretenden combatirla. Como son actividades marginales, segregadas, secretas, entonces toman el rumbo de penetrar en la angustiosa duda del creyente, en sus fracasos espirituales y materiales para echarle culpas a alguien y proponerle salidas, entre las cuales emerge la del enriquecimiento súbito por el hallazgo de un tesoro oculto por sagrados antepasados, ante lo cual, para conquistarlo se deberá emprender una vida austera y sumergirse en lo que puerilmente denominan como metafísica. Los centros emblanquecidos, los indios amazónicos, los extraños doctores mentalistas suelen surgir para colmar las expectativas de la psiquis o para apagar ánimos.

La acitividad religiosa cuando se institucionaliza crea un código moral que suelen ejecutar y controlar sus militantes con niveles obsesivos de fanatismo, disfrazado con votos de castidad, caridad, fé, abnegación, etc. El nivel de preparación de los sacerdotes o sacerdotizas es manifiesto en teología y en especialidades pedagógicas, lo cual hace que el ejercicio religioso y su labor misionera se impregne de valores éticos, por lo menos en el discurso, contrario a lo que ocurre con los practicantes empíricos de magias o de ocultismos. Las sectas norteamericanas poseen militantes antropólogos y linguístas con lo cual su penetración se facilita en particular en las comunidades aborígenes del tercer mundo.

La propensión social para prácticas heterodoxas en nuestro medio, es creada por el fanatismo tradicional católico y por el delirio del fanatismo cristiano de las sectas norteamericanas tipo Jim Jones, capaces de autoeliminarse sin más objetivo que una conclusión fatal de frustraciones colectivas encontradas. O el tétrico ku klux klan. Esto demuestra la colectivización del ocultismo, el sentir socializado de obtener un apoyo en el conocimiento de las causas de sus males y del porvenir. Sin embargo, el velo de aventura y de tiniebla que cubre el mito y la leyenda campesina no entra en competencia con creencias religiosas más profundas, de mayor conocimiento y práctica pública, pero el ánimo oculto de los mitos religiosos es una compuerta hacia todo aquello obscuro e incierto como es la vida y tan preciso o certero como es la muerte.

La creencia popular se halla arraigada en lo más íntimo del campesino, como al tiempo lo es su fé católica o protestante. Ambas para él son válidas.

En los múltiples recodos de la mente humana y en sus necesidades de conocimiento han explorado hos hombres en diferentes épocas, tratando de explicar situaciones individuales o de adivinar el futuro de las personas. La adivinación por lo general se basa en análisis de lineas de la mano o los rasgos físicos más notables en particular de la cara. La quiromancia es toda una rama de la adivinación con pretensiones de ciencia pero que en la práctica es un medio de subsistencia de las pitonisas o de las gitanas. Las cartas o cartomancia son un componente básico de la adivinación y los naipes españoles de origen mozárabe cumplen con ese cometido. El tarot de origen indú es quizá el instrumento que sirve más a la adivinación y los expertos en él hacen verdaderos documentos de situaciones de los usuarios. Sus pitonisos o intérpretes apuntan a señalar caracteres generales comunes que otorgan credibilidad.

La gama de recursos para emplearse en los vericuetos de adivinar el futuro de las personas y de las sociedades es múltiple. Uno que es quizá el de mayor envergadura es la astrología en la que existen tratados que explican lo divino y lo humano y que según las combinaciones de hora, día, mes y año elaboran radiografías de la predestinación de acuerdo con las leyes del zodíaco. Los orientales, entre ellos los chinos, son expertos en tal arte, o en tal oficio, surgido de la observación de los astros y del sistema solar. El horóscopo nace de esa corriente astral. Los Aztecas y los Mayas eran verdaderos astrónomos, no astrólogos, porque analizaron los movimientos de los astros y su relación con los climas y fenómenos naturales del globo terráqueo.

Otra forma esotérica es la ligada a la curandería en la cual ciertos conocimientos sobre las plantas otorgan ventajas en el tratamiento de dolencias. Los curanderos suelen combinar su fuerza experimental con elementos de digitopuntura, un pariente de la acupuntura, que es un método de control de los circuitos o flujos eléctricos y nerviosos —es decir, fisiológicos— del cuerpo humano y con mucho de magnetismo personal. La medicina ortodoxa utiliza también la hipnósis y la sugestión en ciertos casos. La curandería es una práctica mestiza que en gran medida proviene de las costumbres y tradiciones aborígenes del chamanismo pero que no es ejercida bajo los cánones éticos tribales. El amuleto hace parte de la vestimenta de hombres y mujeres. Los que poseen algún dinero se cuelgan un colmillo de felino pero en el campo es la pulsera con azabache que evita el mal de ojo. Como puede observarse una combinación empírica de todos estos componentes o de algunos de ellos en manos de uno o varios personajes inescrupulosos, resulta más espantosa que cualquier duende ingenuo campesino de los que relatan los mitos y leyendas, de las creencias populares. La proliferación de negocios del sortilegio y la conjura son producto de las tendencias de las gentes a creer en algo o en alguien que le ofrezca alguna respuesta del más allá.

INCORPORACIONES AL CREDO POPULAR

La credibilidad colectiva que resume o sintetiza tradiciones y elementos del misterio parroquial de las veredas que integra la totalidad del universo campesino, un universo sencillo basado en las fuerzas naturales y en su relación permanente con el trabajo, incorpora en la práctica cotidiana, de manera inconciente y continua, muchos elementos materiales y variados conocimientos que para el hombre de ciudad son incomprensibles; estos son plasmados en los relatos variados y cambiantes de los narradores espontáneos del campo, quienes jamás cuentan la misma versión.

Es usual la práctica de una astronomía en los hechos del trabajo rural como son las siembras, las recolecciones de cosechas, los partos, los apareamientos, las lluvias, el sonido de ciertos animales o su vuelo tradicional, la colocación de las estrellas, los cambios lunares, etc. que son parámetros que rigen la vida y sus relaciones, algunas de ellas, resumidas en el calendario Bristol. Ocurre que la extracción o incorporación para ‘lo diario" de aspectos astronómicos, y/o de las plantas, los rige una concepción equilibrada de las relaciones entre el hombre y la naturaleza, como pueden ser las fases de la luna para las siembras o el uso de plantas para efectos curativos. La astrología no es de su manejo. Poco importa para los efectos de su trabajo, el nombre de las constelaciones o de las estrellas y el significado que de ellos han edificado con tanto detalle muchas civilizaciones anteriores.

El conocimiento empírico para uso doméstico de los fenómenos naturales y las propiedades de las especies se encuentra acoplado en las labores productivas y en el normal rumbo de la existencia, heredado del conocimiento ancestral, aprendido de generación en generación, aún sin que se conozcan —repito— los nombres de las constelaciones ni las acepciones científicas de las plantas. Es la sabiduría popular, la cual actúa en el escenario particular del núcleo veredal, en el cual la creencia y el respeto accionan positivamente frente a un enfermo o a una relación entre individuos. Por fuera de ese mundo pequeño de la aldea donde ya no actúan condicionamientos sociológicos tradicionales, esa "magia" se reduce, se diluye y semeja posturas de ingenuidad infantil o de ridiculez senil, como suele ocurrir en círculos metropolitanos, donde los rasgos del dolor de las raíces ya no cuentan. El mundo para ellos y su máxima expectativa se halla en la ciudad, en las posibilidades del acceso al consumo orgiástico, agenciado desde otras latitudes mediante los medios masivos de comunicación.

Por supuesto que en el transcurso de las generaciones, en su contacto con otras formas culturales, la sabiduría popular se torna cambiante, sus patrones originales se envilecen, renuevan o refuerzan. Esta incorporación de nuevos elementos al igual que el despojo de otros se produce de modo inconciente. Es la dinámica particular de la cultura popular. Por ello el término de sabiduría popular, mirado en ese contexto, guarda cierta distancia frente a la acepción que las civilizaciones avanzadas le dan término, pese a que afirmar sobre civilizaciones avanzadas puede prestarse a una gran queja y merecida protesta. Aclaro que es una referencia al desarrollo material, científico y tecnológico.

Así, la creatividad popular que se manifiesta en los mitos y leyendas, es parte vertebral de la tradición oral y por consiguiente de la sabiduría popular, que en un análisis desde fuera (urbano) puede aparecer impregnada de vicios, prejuicios, vacíos, anacronismos y absurdos, algunos de ellos nefastos, como en verdad ocurre con la práctica degenerada y mercantil de la curandería, la magia negra, o el satanismo.

No siempre las tradiciones populares producen buenos efectos. En la China tradicional hasta hace muy poco se impedía el crecimiento de los piés femeninos mediante métodos infrahumanos, lo cual era aceptado con estoicismo sadomasoquista por todos, resignación particular de los orientales. En Antioquia se creía que los hijos eran una bendición y que cada uno traía el pan debajo del brazo. Esa creencia semifeudal elevada a cánones religiosos generó una explosión demográfica que al trasladarse a las comunas urbanas resultó fatal. Era usual familias con más de veinte hijos, un absurdo para el mundo actual, pero una ventaja relativa en la jornada montañera del siglo XIX porque era la mano de obra familiar.

En otros términos, la sabiduría popular se desadapta frente a la velocidad de los cambios del mundo contemporáneo y aquello que hace pocos años podía ser una verdad absoluta, ahora emerge como un remedio inadecuado. En Colombia, la desintegración del mundo rural con envilecimiento progresivo de las conductas salidas de la masificación urbana, impregna de la enfermedad del consumo convulsivo a todos los componentes sociales, por reacios que ellos sean, penetrando así en el mercado suntuario que causa endeudamiento individual y colectivo, con un agravante, cual es la demolición de los valores y el desprestigio de las raíces ancestrales.

No obstante, las creencias populares se hallan intactas. Estas carecen de afán competitivo frente a la práctica religiosa y se alzan a prudente distancia del confuso mundo de la magia negra, del vudú o de la hechicería. Carecen de parentesco con la brujería y no entra para nada en los vericuetos de la adivinación con cartas, astros o lineas de la mano. Tampoco tienen que ver con el espiritismo y las jornadas de invocación satánica de los aquelarres secretos. No hay en su esencia nada de ocultismo ni su presentación es esotérica.

LOS MITOS DE TRANSICIÓN
(Fusión de mitos llaneros con mitos andinos)

La imaginería popular mestiza es una sola y las figuras míticas se representan de distintas maneras pero actúan y se manifiestan con semejanza. El Mohán que es un mito del río grande de la Magdalena que es tiplero y enamorado, vive debajo del agua y secuestra a las muchachas a quienes convierte en sus eternas amantes. Su figura también viaja hacia otros sitios del país y en el piedemonte llanero adquiere cuerpo femenino, se esconde en el agua de las quebradas, persigue a los hombres que andan solos, son aguardienteros y enamorados. Con ella no valen rezos, ni invocaciones al santoral, ni escapularios o medallitas.

Sinembargo, cada sitio crea sus particulares mitos y leyendas y les otorga procedencias y actitudes particulares, aunque jamás actúa en tiempo presente. El personaje mítico viene del pasado y de la muerte pero es acecho del futuro inmediato, está en espera a que pases por ese lugar para atraparte con sus dulces garras y partirte de par en par.

Los sitios intermedios o fronterizos entre macrosistemas conocidos, poseen la tendencia a la asimilación de los rasgos de la cuentería de cada vecindad con la cual se construyen nuevos mitos que representan parte de unos y de otros. Esto prueba que la división territorial en las grandes zonas culturales, es por lo menos incompleta. La realidad cultural de la nación es móvil y de una dinámica delirante.

El caso singular ocurre en el piedemonte llanero que es zona de la precordillera oriental habitada por campesinos que llegaron intercambiando experiencias con los criollos llaneros que tenían la mitología sabanera y de ahí nacen —por ejemplo— versiones nuevas del Silbón de Apure de los llanos venezolanos.

El guardián de las guacas o tesoros precolombinos del Huila y que suele tirar piedras cuando se está próximo al encuentro del oro, revive con el Tirapiedras del Piedemonte solo por los caminos viejos y alejado de los tesoros que por allí no existen. En campo abierto donde hay ganado este duende no ataca porque las reses tienen la cruz formada por los cachos y la caramera. Además no hay árboles.

Los llaneros que en razón a su oficio de vaqueros permanecen en contacto y diálogo con su instrumento de movilización y trabajo que es el caballo, observan que ciertas yeguas de pronto aparecen con trenzas. Sin más, consideran que alguien de ésta o de la otra vida las teje. Un duende enamorado, tal vez. En el Piedemonte metense es El Centauro el encargado de tan inocente ejecutoria que por supuesto asusta.

El espacio longitudinal del piedemonte llanero recibe el impacto cultural de tolimas en el Ariari, cundinamarqueses en el Meta, boyacenses en Casanare y santandereanos en Arauca. En cada caso enfrenta relaciones con llaneros y colonos de todo el país, durate jornadas y años, con lo cual la transición como fenómeno cultural aparece completa, totalizadora. Incluso define perfiles propios de exclusivos mitos y leyendas, uno de ellas la Bruja de los ojos de miel: deviene de la proximidad con la gran capital donde el vestir elegante, como el andar, son de uso permanente entre gentes de alcurnia. Esta ánima en pena enamora con solo mirar y condena a los hombres a la expresión de un amor solitario y sin pareja, un agobiante, febril e interminable acto individual. Ella con sus hermosos ojos, su enorme lágrima y su invisibilidad corporal es la diosa del amor, capaz de generar los más crueles celos porque es expresión de amores reprimidos e insatisfechos.

La cuentería nacional informa sobre la súbita aparición de seductoras mujeres que en un abrir y cenar de ojos se convierten en esperpentos que ríen, lloran y tratan de acariciar. Esta escena mítica se traduce en los Monstruos de Paratebueno que por la vía carreteable impedía, en tiempos de la violencia, el acceso a la región del Upía y desde luego, el tránsito hacia Casanare donde los reductos de Guadalupe Salcedo se afirmaban con los hermanos Parra y con los Bautista.

El rezo del ganado, tan usual en el llano, no se incorporó al repertorio de creencias en el Piedemonte quizá por lo incipiente de esa economía.

Un cuadro reciente de la realidad veredal lo conforma El Domador de Brujas, en quien residen virtudes, conocimientos y mañas.

EL NARRADOR POPULAR

El contador de los mitos y leyendas es por lo general un campesino que es o ha sido uno de los líderes de la región en términos de laboreo y "conocencia", no en términos políticos. Es acatado y respetado por todos por su don de gentes, voluntad de servicio y honradez. Cuando se trata de narrar o echar coplas, preparar una mamona o dirigir una tarea colectiva, sobresale con naturalidad. En otros términos tiene la aceptación cuando toma la palabra y empieza el relato lleno de refranes, dichos, palabrotas y acciones corporales que engarzan cada sílaba para realzar su significado. La audiencia enmudece, el miedo llega a las atónitas miradas, los corazones comienzan a galopar y más de uno tiene que pedir con disimulo compañía para ir a orinar. Ninguno se va si ya son las ocho de la noche y con paciencia esperan el toque de las doce, cuando los espantos se van a descansar.

El narrador popular desencadena su conocimiento, y su imaginación; combina tiempos o lugares para hacer próxima la sentencia invocadora, próxima a cada asistente, a cada contertulio. La versión, siendo la misma, cada vez varía y es distinta . Por eso la escuchamos con agradable escalofrío, una y mil veces, si es preciso. Por eso mismo, si tratamos de grabarla, el ritmo espontáneo se falsea y adquiere los tintes actorales propios de momentos diferentes. La grandilocuencia de los narradores es absoluta, impide el diálogo o siquiera una pregunta; causa mudez, perplejidad, asombro.

A diferencia de las prácticas ocultas, la narración es abierta, pública, sin tapujos de ninguna especie. Todos tienen acceso a entender el suceso aunque nadie quiera explicación del misterio. El cuentero es lugareño, con hogar bien logrado y parentezcos por doquier, amén de compadrazgos. En esto también existe distinción con el adivinador o hechicero que son personajes sombríos y lejanos, hijos de las tinieblas de la noche, vividores.

Nuestro cuentero es Pascual, Pascual Herrera, campesino fatuto, hombre de trabajo, servicial, afectivo, inteligente. Conocedor del campo y de la naturaleza, hijo de una vereda de Quetame en el Oriente de Cundinamarca.

Con él encontramos un sabor adicional en la belleza misteriosa de la ebriedad verde de los árboles. A diferencia del narrador popular, en las grandes ciudades están de moda los cuenteros que en pocos casos son narradores populares. En cambio son intelectuales que interpretan la realidad regional y le otorgan su sello particular con lo que ciertas adaptaciones toman rumbos desconocidos.

El narrador popular siempre se refiere a la región, con términos sencillos que señalan las características de plantas y animales. En esta forma los mitos y leyendas tienen una pertenencia de lugar.

El cuentero urbano casi siempre ubica el lugar en proximidades de la utopía perdiendo las huellas. Son narraciones de otro estilo y situaciones que circunscriben el sentido de las ciudades, donde el efecto de luces y sonidos conforman la base coreográfica indispensable. El estilo raya con el "show", es decir, con el espectáculo. Por esa razón tiene que hacer concesiones en los contenidos.

La mayoría de las veces el narrador popular es anónimo y él mismo ignora sus grandes cualidades e importancia en la posesión de los secretos de una comunidad, de pronto más universal, como es la vereda, existente en todos los rincones del planeta.

LA VEREDA

La vereda es el barrio rural sin las taras y posibilidades de éste. Es el lugar que integra la vecindad en torno a tareas comunes, a oficios de beneficio general, e identifica en ciertas actividades compartidas o semejantes el trabajo y las necesidades diarias. La solidaridad es permanente, no expresa. La vereda es la célula autóctona campesina. Es anterior a cualquier organización institucional y ejerce tareas por cuenta propia alrededor de una junta de vecinos o junta de acción comunal. La vereda del Carmen en Villavicencio es el punto de referencia en el cual se conocieron las narraciones de Pascual, luego de entrabar con él una entrañable amistad y obtener su confianza.

Las versiones que contiene el libro pertenecen a la interpretación que el autor hizo de las narraciones originales de Pascual y a ciertos componentes que se creyeron dignos de realzar el sentido del relato, pero que en ningún caso lo reducen o lo minimizan, sino que ofrecen al lector una información exacta de tiempo, circunstancia y lugar.

El lugar es el sitio de unas importantes fuentes altas de Villavicencio que dan lugar a los acueductos de urbanizaciones y barrios de la ciudad. Se trata del caño Maizaro y el caño Buque. Algunos campesinos en su afán de supervivencia hicieron potreros a costa de la vegetación, creando erosiones graves particularmente en los nacederos del Buque. Pero la gran mayoría del área se conserva en su estado natural. Muchos potreros de brachiaria reemplazan a cultivos de caña de azúcar, café y cacao. Ahora estos son reemplazados por pasto de corte imperial, guatemala o king grass.

La región produce a más de leche, porcinos, gallinas, plátanos, yuca, cítricos, guayaba, piña, aguacate, guanábano, papaya, aunque lo básico es la ganadería pese a que no es recomendable en territorios inclinados por el apisonamiento que genera erosión.

La región es pacífica y se ha mantenido en paz porque los campesinos viven allí, y las pocas posesiones que no están en manos lugareñas, se encuentran bien  tenidas desde un ángulo ecológico y social.

La ciudad avanza hacia allí con voracidad y grosería características del crecimiento de los epicentros urbanos.

Duendes y espantos aguardan la muerte de los árboles para huir hacia donde el campo lo sea. Pero algunos morirán con ellos una vez más, y ésta será para siempre jamás.

LA SUPERSTICIÓN

Otro componente del maremagnun que causa la vulgarización —en el sentido peyorativo— de las ciencias ocultas es la superstición, con origen más europeo que indígena o africano. Cada secta, cada etnia trajo su particular influencia en supercherías de muy honda tradición y credibilidad por su desarrollo argumental, aun a escalas científicas como puede ser la interpretación freudiana de los sueños que marca toda una corriente en la evaluación de la mente humana —psiquis— y de su comportamiento exterior a través del cuerpo. Con todo, existen dos niveles en la interpretaclon de los sueños.

El de mayor popularización —obvio— es el empírico que otorga respuestas de distinta naturaleza a cada sueño. Por ejemplo, si el sueño tiene agua, es de suerte si es limpia y si es sucia significa males. Si hay culebras o toros bravos, existen enemigos, muy grandes si lo pican o embisten a uno. Los piojos, en sueños, son de buen recibo, dan dinero. Los billetes son suerte. Subir escaleras es positivo y bajarlas negativo. Si uno sueña con entierro es un matrimonio y viceversa. El sueño con monedas representa pobreza.

La escuela freudiana radica las desviaciones en los patrones de comportamiento, de problemáticas sexuales e indefiniciones de personalidad por esa causa.

La cábala esotérica es otro aspecto interesante que raya en la superstición. Esta es una costumbre europea, vestida de ropaje técnico. Su parentezco con la numerología la establecen los números cabalísticos. El 666 es el tétrico número del engendro del diablo, la bestia. El 9, el 13, el 18, el 1, el 3, el 36 combinan multitud de posibilidades sobre el bien y el mal. La sumatoria de los distintos números en ocasiones crea sortilegios y elucubraciones de impredecible destino. Las matemáticas en su lógica precisa condensa innumerables tratados que describen las más extrañas profesías sobre el universo y su próximo final. Las Pirámides de Egipto con sus medidas y ángulos perfectos, condensan secretos que serán revelados a las generaciones del Apocalípsis, secretos que poseen extraterrestres o deidades desconocidas pero, sin duda, superiores.

Estas creencias de la cabalística y de los misterios de los monumentos, los comparte la humanidad desde los primeros alquimistas hasta las religiones más fanáticas (vaya pleonasmo) de hoy. Los números romanos, los arábigos, los alfabetos griego, cirílico, latino, amén de los orientales y del árabe, se combinan con símbolos para establecer múltiples representaciones vedadas a quien no sea militante de equis secta. Desde luego las razones, signos y enigmas hebráicos, egipcios, fenicios, etc, se articulan al misterio. Otras supersticiones que caracterizan el absurdo se ciñen a la fé en espíritus capaces de curar y hasta operar el cuerpo de pacientes aferrados a la fé curativa del santurrón. Tal es el caso del médico venezolano José Gregorio Hernández, fallecido hace varios años. Los dolientes de enfermedades entran en contacto con los "sacerdotes" del santo hasta convencerse de sus bondades, mediante una campaña sostenida de ejemplificaciones y rituales.

Es tal la autosugestión que el paciente se alivia temporalmente luego del ritual curativo y se convence de la erradicación de la causa de la afección. "La fé mueve montañas" parece ser la conclusión. De hecho, la medicina (alopática) ortodoxa y la homeopatía emplean la sugestión y la hipnósis para efectos curativos, tal como lo anotamos, cuando los desequilibrios orgánicos se derivan de patologías que estudia y atiende la siquiatría.

Lo patológico de su aceptación por los creyentes católicos radica en que el santo no es de buen recibo en las parroquias, ni altares con reconocimiento vaticano. Es casi una herejía creer en él.

Es oportuno afirmar, que la imaginería popular que se concreta en mitos y leyendas campesinas, guarda una enorme distancia con la superstición, a pesar de la disposición de caer en ella, por ignorancia y religiosidad aferrada hasta los tuétanos.