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LA
IMAGINERÍA POPULAR (II)
LA FILIACIÓN DE CIERTOS MITOS
ABORÍGENES
Los aborígenes
precolombinos poseían una abundante mitología que otorgaba explicaciones divinas a los
fenómenos naturales. En Colombia, los Chibchas consideraban que Bachué y Bochica habían
creado las cosas y los hombres. Ese tipo de creencias era su religión. Pero al tratar
explicarse la situación de la vida en el contexto del funcionamiento de la sociedad
tribal y de las interrelaciones de poder, se genera una serie de interpretaciones que
establecen creencias, leyendas o mitos de enorme valor en la personalidad tribal pero
subalternas a los dioses.
Las comunidades indígenas
de la panamazonia en su gran mayoría dentro de la cual se halla la Orinoquia y por
supuesto los llanos, coincidían en la creencia de la filiación matriarcal del poder en
los origenes, explicando su predominio en la existencia de una serie de atributos que
poseía la mujer entre ellos el de la maternidad y el de administrar el sexo sin dolor o
con él cuando quería, puesto que en la vulva poseía una doble fila de dientes capaces
de cercenar los genitales masculinos. La mujer tenía su propio gentío de fauna y flora
que dominaba a su antojo, que la protegía del acecho de los hombres que la querían
despojar del poder para establecer una dominación sin el equilibrio del matriarcado, con
otro capaz de alzarse sobre las fuerzas naturales, las tribus vecinas y colocarlas a su
servicio.
El hombre agazapado entre
los matorrales y las piedras esperó pacientemente hasta que la madre desnuda penetró en
el agua que la adormecía mientras contemplaba las nubes y mordía algunas plantas. Se
deslizó, mezcló el yopo con los capullos aromáticos e inventó el barbasco con el cual
la dejó privada, sin el uso de sus sentidos. Entonces prendió fuego en las dos orillas
para espantar a sus aliados y dando brincos le abrió de par en par las piernas que
separó con un madero de donde ató con lianas cada pié a un extremo y procedió a
arrancar los filosos dientes de la vulva que se resistía furiosa dando descomunales
mordiscos. Poco a poco los arrancó todos, sin dejar raíces, y procedió a curar esas
heridas con tanino y sanarlas con hojas de papayo y de cajeto. Luego de tres noches de
luna la poseyó entre el agua; las otrora feroces contorsiones de la vulva que arrancaban
el pene, ahora sirvieron al placer del hombre que la preñó sin dolor y la dominó a su antojo. (
1
).
Así, la filiación del poder pasó al hombre en representación de quien maneja las
hierbas, el agua, el fuego y fué capaz de eliminar el matriarcado. Ese hombre tiene
distintos nombres que sintetizan el contenido de esa magia (
2
): El Payé del Amazonas; El Kareka de Tunebia; El
Panaliorobín de los Sikuani. El mayor renombre es el de Chamán y su práctica, el
chamanismo. Los rituales curativos, o de actos trascendentales como el matrimonio, la
entrada en la pubertad, el nacimiento, se acompañan de rituales o ceremonias invocatorias
de espíritus selectos según el caso especial para cada asunto. Por ejemplo,
existen diferentes enfermedades que provienen de maleficios, del uso indebido de los
peces, del maltrato a los árboles o a los animales, de efectos de la lluvia, el viento,
los rayos. (
3
).
Los africanos
(
4
) que también aportan tintes indelebles en el
proceso de mestizaje en Colombia, vinculan una concepción esotérica en la cual el arte y
la palabra son representaciones divinas que el intermediario o artesano transmite. Artista
y artesano son uno mismo, las dos representaciones sagradas. Los objetos y las palabras
sirven de instrumento transmisor del conocimiento mediante una simbología especial.
"La tradición africana considera a la obra de arte, ya pertenezca a las artes
plásticas, ya a las de la expresión, como una ventana a través de la cual se contempla
el horizonte infinito del cosmos. "La obra de arte material o literaria
tenía una función y el artista debía realizarla".
Ya en América, el contador
o el escritor mestizo de leyendas y el artesano tienen para el común cierto significado
pero un significado terrenal del portador de las más preciadas tradiciones,
pero en la marcha del coloniaje se desvalorizó la raíz
al ser sojuzgada por el
europeo padre y dueño cruel del poder. No obstante en la imaginería criolla surgen las
deidades y cosmovisiones de todos los patrones étnicos y se funden en interminable acto
de la creación en el continente mestizo.
Para ratificar nuestra
información sobre la propensión sociológica del pueblo colombiano hacia creencias que
vienen del mas allá, hemos de argumentar sobre la enorme influencia que ejercen sobre la
psicología colectiva nuestra, es este tiempo, las informaciones que llegan del exterior
particularmente de Europa, a quién el avance de la ciencia y la tecnología no le han
hecho perder el sentido de las ciencias esotéricas, ni sus ansiedades racistas, ni los
fanatismos. Es increíble que existan todavía escritores como Humberto Eco que al
elaborar toda una documentada historia de la edad media en pleno siglo XX en sus finales,
obtengan tanta audiencia, no por su aporte a la literatura y la novela, sino por
escudriñar los secretos sobre el Vellocino de Oro, la Piedra Filosofal, el elíxir de los
alquimistas que dicen que es Cristo. Otros, esperan el anticristo, anclados en el
descubrimiento de los tesoros que en la criptografía de cada secta aún por
descifrar estarán próximos a develarse en el año 2000, con inmensas tragedias que
sintetizan su venganza que viene desde el año 1344, ocurriendo cada 120 años. En otros
términos, los rituales, simbologías, creencias celtas, arias, judáicas, etc, son una
práctica corriente para el europeo contemporáneo imbuido del fanatismo de sus
antecesores que llegaron a América. Es preciso anotar que en los Estados Unidos, las
sectas tuvieron vía libre en su transplante mecánico, se fortalecieron y hoy tienen
actividad supranacional. Hace poco en el conflicto del Golfo Persa, se revivieron con
vigor ciertas profesías de Nostradamus, sobre el holocausto universal.
El saber esotérico se halla
en plena vigencia en los temas investigativos de universidades europeas como la de
Bolonia, que condensan la obra citada del escritor Eco.
Por esas circunstancias es
usual en el medio nacional y me atrevería a decir que en el contemporáneo del planeta,
encontrarse rodeado por pseudo-orates suprareligiosos, con una apariencia de normalidad
absoluta, que son católicos, apostólicos y romanos, pero a la vez son practicantes de la
magia negra o de su contrario la metafísica; simultáneamente, son o han sido devotos de
"San" José Gregorio Hernández, y a la vez practican la astrología sin ser
ajenos a la numerología. Por supuesto, si viven en Bogotá, leen en la taza de chocolate
el porvenir y en el resto del país, si fuman , se hacen leer la ceniza.
Sin duda alguna son
propensos a beber el elixir de la eterna juventud, si algún astuto con labia fulminante
llega a su entorno. Creen en los sueños y tienen miedo, mucho miedo. Pero tienen fé,
mucha fé en el más allá. Entonces se hunden en el rezo, con el ritual que más
conozcan, eso, en últimas poco importa, es la parafernalia, no la filosofía en su
monumental confusión. Es más: el libro más comprado en Colombia es el de metafísica,
obviamente la que abre los caminos del más allá y "ayuda a vivir" señalan sus
lectores; son apenas pequeñas aproximaciones a las creencias medievales, sin el vestuario
de símbolos, criptas, grafías, consignas, rituales, ó militantes.
Así, la cuentería que
relata la imaginería popular del piedemonte llanero, le pasa como al "zamuro que no
cae en trampa ni le dentra brujería", según este refrán llanero.
LOS MITOS OLVIDADOS QUE REVIVIÓ
AMÉRICA
La fuerza expresiva del
medioevo y la expansión del fanatismo religioso sepultaron durante centurias la gran
mitología griega con Zeus, Poseidón, Afrodita, Hera, Deméter, Hestia, Hefesto, Ares,
Apolo, Artemisa, Atenea, Hermes, que conformaban el Olimpo de los dioses; era la
personificación de las fuerzas demoníacas y de potencias naturales. Ellos eran
simbólicamente la representación de un orden del universo. Ellos eran seres superiores e
inmortales pero con gran categoría humana. También existían otras divinidades menores
como Cupido, Baco ó Prometeo, algunos hijos de Zeus. Con ellos se comunicaban mediante el
oráculo que representaba por enigmas los mandatos del Olimpo. Esta mitología que no fué
ajena a prácticas esotéricas, la brujería entre ellas, se transfirió en gran parte a
Roma.
Con la llegada a América de
la Europa del siglo XVI, estos mitos volvieron a tomar presencia: Colón escribió en su
bitácora que había visto peces con torso de mujer pero que no eran sirenas; la gente,
sinembargo, creyó que eran ellas; los centauros también llegaron en las carabelas, esta
vez fueron los aborígenes que no conocían el caballo. El río Amazonas se denominó así
porque se creyó que en sus playas, río arriba, habitaban esas hermosas mujeres que
atraían a los hombres con sus encantos y los hacían prisioneros; ante el delta del
Orinoco muchos españoles creyeron que contemplaban el paraíso terrenal y que esa era una
caída de agua que venía de las alturas.
La benigna e inocente
teoría del maestro Germán Arciniegas que afirma que América ha sido el continente donde
Europa con sus fanatismos, herejías, pugnas intestinas e intransigencias se liberó,
tiene cierta explicación a pesar de ser mínima ante la tremenda barbarie que esa
"liberación" desató contra los aborígenes americanos. Pero es verdad como él
lo afirma que los sefardíes o sefarditas, los sarracenos y otros segregados pudieron
instalar sus cinagogas, mesquitas y templos en diversas partes del continente, antes que
la europa "civilizada y moderna" los aceptara porque estaban ocupados en la
terrible guerra contra los judíos, contra los musulmanes, contra católicos, contra
comunistas, contra capitalistas, etc., etc.
Esta mitología que
conocemos por la historia, la literatura y la filosofía influye notoriamente en la
apertura individual y colectiva a los mitos de la religión, la brujería, el vudú, la
magia negra, la parasicología, el espiritismo y en general las prácticas ocultas.
Naturalmente predisponen al
producto del encuentro interétnico a la imaginería popular, a sus manifestaciones y
espectros representativos.
ALGO SOBRE ESTOS CUENTOS
Los Cuentos de Pascual,
frente a los misterios que el hombre ha construído y su parafernalia esotérica, son
parte de la ingenua tradición para la recreación de los hombres de nuestros campos. El
lenguaje, en ocasiones crudo, es tímido reflejo de un habla sin malicia, escueto,
directo, con picardía y humor. El erotismo que aflora, apunta a los evidentes deseos
reprimidos de una conducta donde la voz cantante en el trabajo al aire libre la lleva el
hombre, el equilibrio, la seguridad, el alimento, la unidad familiar y la maternidad son
funciones femeninas. Los temas "tabú" para el campesino, como el sexo, afloran
en la cuentería sin ningún misterio a manera de evasión de la realidad donde hablar de
ello es prohibido por los códigos morales que trazan los abuelos y que se respetan
totalmente. La cuentería, en cierta manera, pertenece a los hombres pero son las mujeres
quienes las transmiten de madre a hija en el secreto del hogar. El recato absoluto es
inherente al comportamiento de la ética campesina, sin llegar a la mojigatería que
define conductas urbanas.
El no decir algo en la
cotidianidad referente al tema tabú, en el mito o la leyenda contadas, aflora a plenitud,
sin tapujos, con sentido múltiple que adorna el relato, colocándole la indispensable
dosis de condimentos que transmiten cierta confianza, algunas sonrisas en alianza con el
miedo, que es tan tímido como los interlocutores de la localidad.
Al lector urbano de este
tipo de relatos, mejor de esta forma de escribirlos, le puede parecer morbosa en cuanto a
las referencias a los órganos genitales y a las acciones de los personajes que lo
involucran. Por supuesto el lector del campo le otorga un significado de invención que
supera aquello original que le sirvió de base, pero no lo observa como una creación
diferente, ajena a él, puesto que los aspectos eróticos no son de su ilusión, ni de su
manejo próximo, como lo son en las concentraciones urbanas, sujeto apetitoso de la
pornografía.
La singularidad del público
a quién va dirigido, no parece evidenciarse en la narración oral mestiza. El público
que la escucha en las veredas, es de todas las edades y admiten en las reuniones a hombres
y mujeres.
Muchas veces las tertulias
son excentas de la presencia femenina, más esa ausencia se deriva de la costumbre de
adelantar otros oficios que requieren que las mujeres se hallen en otros lugares de la
estancia. No prima ni la inhibición, ni la prohibición por lo menos expresa y conciente.
Esa razón sugiere que la versión escrita debe carecer de las elitizaciones o
estratificaciones sociales que son usuales en las comunidades con predominio y tendencia
obscurantista, como la nuestra.
Una gran mayoría de
creyentes religiosos que simultáneamente son practicantes de sesiones esotéricas de
cualquier género, las cuales de si conllevan alta dosis de irracionalidad, se
escandalizan exteriormente cuando evidencian alguna acción que implique erotismo o una
palabra que llame a las cosas por su nombre usual, aún dentro de selectos ambientes.
Estos cuentos son también
versiones de los finales del siglo XX, transcritos atextualmente de un narrador con 40
años en el piedemonte. Conllevan las deformaciones interpretativas particulares de un
"cundillanero de pueblo" con pretensiones antropológicas que considera
importante dejarlas impresas a pesar que a Pascual poco le importa porque para eso existen
los hijos y los nietos.
No obstante, en muchos
lugares del campo la sociedad rural comenzó a desgonzarse vertiginosamente hace varios
años. Los hijos emigran a los oficios de las ciudades próximas. Los hombres a los 17
años son obreros de albañilería y las mujeres desde los 15 piden pista en la
servidumbre. Casi ninguno toma el camino de la educación en sus distintos niveles.
Dificultades estructurales
impiden la permanencia en el campo. La de mayor peso es la rentabilidad del trabajo
tradicional agropecuario que es un detonador hacia las ciudades. Por supuesto, el
atractivo urbano ocupa la otra dimensión de la huída involuntaria y masiva. Y si los
hijos se van, con ellos viajarán los mitos y leyendas; sus personajes, duendes y
espíritus aguardan el tiempo en que los tractores, el cemento y las edificaciones los
manden al infierno o quien quita que al cielo.
LA CUENTERÍA
REGIONAL
EL GUATE Y EL CRIOLLO
El preámbulo de esta obra,
en su conjunto esbosa aquello que considero como esencia de la imagineria popular, pero el
texto da cuenta mínima de los manantiales donde bebió la nueva zona cultural del
piedemonte. Por esa razón acá señalo con nombre propio aunque de modo
general algunos mitos y leyendas andinos y por supuesto los llaneros. Antes, es
preciso una aclaración semántica.
Las connotaciones de
"guate" y "criollo" se emplean indistintamente de modo peyorativo; en
el llano, el guate es el andino que se halla improvisado y es impertinente su presencia en
aquellas tierras. Se soporta con desdén. En Bogotá, el criollo es aquel ser primitivo,
ajeno a los buenos modales y que canta o recita su música sin vocalización inteligible.
Se acata con un sentimiento de bondad y algo de soma. Los argumentos siguientes pueden
contribuir al análisis de estos epítetos, uno regionalista y otro cosmopolita, los
cuales son necios, aunque obvios.
La dinámica de las
migraciones internas en países con desarrollo desigual como es el nuestro, se mueve
la mayoría de las veces por razones ajenas a la planificación. Los
impulsores más notables son: 1) La violencia en zonas pobladas y 2) El surgimiento de
nuevas economías con potentes atractivos en el corto plazo.
En el caso llanero,
cualquiera que sea la subregión o localidad que se mire, el proceso migratorio de los dos
últimos siglos se halla alimentado por los flujos del interior del país en proporción
superior al 95% de la migración. Incluso, pueblos enteros se han formado al calor de las
olas migratorias. De ahí surgen dificultades históricas en establecer con precisión los
detalles de su fundación.
Esta particularidad
corresponde a todo el piedemonte, al Ariari y a las poblaciones a orillas de los ríos
como Puerto López y Puerto Gaitán. Es preciso anotar que también en el piedemonte
existen importantes núcleos urbanos de presencia histórica como Tame, Hato Corozal,
Támara, etc.
A partir de los años 50
este proceso migratorio se incrementa y diversifica (costeños y negros del pacífico)
pero en definitiva se consolida de manera aluvional desde el surgimiento de dos nuevas
formas económicas: la del petróleo y la de la plantación, a mediados de los años 70.
Este fenómeno acaecido en
el llano, primero se cierne en el piedemonte, en donde confluyen los llaneros a nutrirse
comercialmente e integrarse, en un fenómeno transicional, al centro del país, a su
núcleo de dirección política y a la visión cosmopolita y tugurial de las megalópolis.
Es apenas lógico considerar
el influjo mixto, de las migraciones andinas y de la presencia llanera en el piedemonte,
influjo que con el tiempo adquiere nuevas formas y ricos contenidos, donde lo llanero es
sumun y lo andino es esencia ancestral.
LA MITOLOGÍA ANDINA
Los mitos y leyendas del
interior giran por lo general en tomo a tres circunstancias: los tesoros o guacas
indígenas, el río Magdalena y las ciudades coloniales. En torno a ellos se construyen
los cuentos de la tradición oral, cuyas denominaciones varían de un sitio a otro.
La Madre de Agua, con su
angustia por hallar el hijo ahogado, pudre con sus llantos el agua de los ríos donde se
aparece. La Madremonte, con su andar pausado entre la selva y sus estridentes gritos, es
castigadora de hombres extraviados moralmente y que desean apropiarse de los terrenos
ajenos. Cuando entra en furia los ríos donde se baña se vuelven torrentosos, se
desbordan y pueden causar tragedias. La Muelona es una mujer hermosa que siempre ríe y
acecha a los adúlteros, a los borrachos y a los embusteros. Según parece fue una
libertina española muy mala que vino en uno de los viajes de los primeros aventureros y
murió de una terrible enfermedad. Al seducir al desprevenido caminante, lo tritura con
sus terribles dientes. La Patasola, es otra mujer de contextura hermosa, habitante de la
selva o de los sitios enmarañados. Atrae a los viajeros con sus lamentos y ternura de una
joven herida, pero al llegar los destroza. Es violenta y temible, la más atroz de todas.
Tiene una sola pierna que termina en una pezuña de res, con la cual confunde a quien la
busca. Esa pezuña afilada la utiliza para descuartizar. La Llorona es otro de los mitos
campesinos del Tolima Grande, surgido del dolor de una madre a quien se le murió un hijo
por su propia negligencia. Cuando falleció por falta de cuidados, hechó a andar por los
montes con locura terrible y llorando a grito partido. En otras versiones, La Llorona
surge de su inquebrantable dolor al haber accedido al amor de otro hombre que la preñó,
creyendo que su esposo había muerto. Al llegar éste, ella hechó a correr para defender
al hijo de la furia del marido ofendido. Sus gritos son horribles, pero no ataca a nadie.
La pléyade femenina en la mitología andina la conforman las brujas, cuya circunstancia y
acción es conocida porque es igual en todas partes, similar a las brujas europeas. No
obstante, algunos sitios tienen brujas de renombre: La Bruja de Ambalema, La Bruja en la
Hacienda El Olivo, etc. Casi todas ellas fueron bellas damas que fracasaron en la
intimidad, pero su rara hermosura las tentó a la búsqueda de la felicidad mediante
prácticas absurdas. Su maldad y grosería es total; producen humores malignos.
El elenco masculino lo
preside el Mohán muy conocido por su donjuanería subacuática. Lo siguen los duendes que
son traviesos y dañinos con las cosas; se conjuran dejando encima de una mesa un tiple
afinado de forma diferente a lo usual, porque al interpretar algo y no poder, rompen el
instrumento y se alejan para siempre. El diablo o Mandingas es el engendro del mal, pero
en la mitología campesina Satanás es otro engendro más, tan asustador como los otros
mitos en tomo a personajes de poco renombre como El Sombrerón, el Fraile sin cabeza, El
Tunjo, El Cazador, El Guando.
Otras como el Anima Sola, La
Tarasca, La Mula de Rafles, etc. son demasiado lugareños y apenas son mencionados por
libros regionales de cuentos populares.
LOS MITOS LLANEROS
Entre los mitos llaneros el
de mejor cartel es el Silbón que hasta tiene un festival en su honor en Venezuela. El
Silbón asusta a los transeuntes nocturnos y les otorga por saludo una tremenda paliza
pues es un duende vestido de negro y mide como cuatro metros. Otro mito es la Bola de
Fuego que es un alma en pena que vaga por la gran llanura; viaja a gran velocidad y se
acerca a los ingenuos viajeros nocturnos que deben permanecer estáticos so pena de tener
un quemonazo letal.
La Candileja es como una
rueda de bicicleta que anda por el llano y en el centro de ella una luz que también gira.
Es un duende condenado a vagar. Es inofensivo, cuando viene hay que hacerse a la vera del
camino y dejarlo pasar. El Diablo o Mandingas también aparece pero es famosa la versión
de Florentino y el Diablo, aunque también existe la versión de Federico y Mandingas.
En éstas el Diablo es
desafiado por un llanero fatuto y vencido en duelo, bien sea contrapunteando, o bien en
franca lid cuerpo a cuerpo. Las brujas de algún lugar o de alguna Hacienda como La Bruja
de la Llamarada, son propias de las creencias míticas llaneras. El Duende que le trenza
la crin a las yeguas también es corriente y aceptado sin mayor comentario.
La mayoría de estas
creencias son relatadas en forma de "corríos" siempre en desafio con los
habitantes. También son resultado de poemas, situaciones que surgen de las frecuentes
parrandas donde hay desafíos; tal es el caso del Anima de Santa Helena.
Parte integral de la
imaginería tradicional del mestizaje llanero son los rituales que no son propiamente
mitos y leyendas. Estos rituales giran en torno a la muerte, que suele ser diferente si se
trata de niños o de adultos, en torno a sacar los gusanos del ganado.
Por supuesto los cuentos de
la Ciudad perdida y del Camino de Dios Diosonamuto ya pertenecen a verdades
regionales y no a la imaginación. La primera es una realidad cerca a San José del
Guaviare y el Camino de Dios lo recorrían los indígenas precolombinos desde Maipures
(Orinoco) hasta el Ariari, sitio donde parece que hubo un cementerio indígena de los
Guayupes (Fuente de Oro, Puerto Santander), sin pasar por ningún río. Es natural que
alrededor de ellos existan diversas aventuras que con el tiempo podrán convertirse en
mitos o leyendas, si los buscadores de la tradición oral acceden a ellas.
A.B.N.
Villavicencio, Meta
Vereda de El Carmen,
Enero de 1991
Finca Hato Chico
NOTAS
BIBLIOGRÁFICAS
1. Milagros
Palma. La Mujer es un cuento. Tercer Mundo. (regresar 1)
2. Alfonso
Medina Delgado. Medicina llanera e indígena. Conferencia en Arauca, Julio de 1990. Mimeo.
(regresar 2)
3.
Referencia a la nota anterior. (regresar 3)
4. Hampate
Ba Anadou. La "Obra de Mano" expresión del hombre. El Correo, La Unesco, II
1976. (regresar 4)
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