LOS CUENTOS DE PASCUAL
Mitos y Leyendas del piedemonte llanero
ALBERTO BAQUERO NARIÑO
© Derechos Reservados de Autor


LA IMAGINERÍA POPULAR (II)

LA FILIACIÓN DE CIERTOS MITOS ABORÍGENES

Los aborígenes precolombinos poseían una abundante mitología que otorgaba explicaciones divinas a los fenómenos naturales. En Colombia, los Chibchas consideraban que Bachué y Bochica habían creado las cosas y los hombres. Ese tipo de creencias era su religión. Pero al tratar explicarse la situación de la vida en el contexto del funcionamiento de la sociedad tribal y de las interrelaciones de poder, se genera una serie de interpretaciones que establecen creencias, leyendas o mitos de enorme valor en la personalidad tribal pero subalternas a los dioses.

Las comunidades indígenas de la panamazonia en su gran mayoría dentro de la cual se halla la Orinoquia y por supuesto los llanos, coincidían en la creencia de la filiación matriarcal del poder en los origenes, explicando su predominio en la existencia de una serie de atributos que poseía la mujer entre ellos el de la maternidad y el de administrar el sexo sin dolor o con él cuando quería, puesto que en la vulva poseía una doble fila de dientes capaces de cercenar los genitales masculinos. La mujer tenía su propio gentío de fauna y flora que dominaba a su antojo, que la protegía del acecho de los hombres que la querían despojar del poder para establecer una dominación sin el equilibrio del matriarcado, con otro capaz de alzarse sobre las fuerzas naturales, las tribus vecinas y colocarlas a su servicio.

El hombre agazapado entre los matorrales y las piedras esperó pacientemente hasta que la madre desnuda penetró en el agua que la adormecía mientras contemplaba las nubes y mordía algunas plantas. Se deslizó, mezcló el yopo con los capullos aromáticos e inventó el barbasco con el cual la dejó privada, sin el uso de sus sentidos. Entonces prendió fuego en las dos orillas para espantar a sus aliados y dando brincos le abrió de par en par las piernas que separó con un madero de donde ató con lianas cada pié a un extremo y procedió a arrancar los filosos dientes de la vulva que se resistía furiosa dando descomunales mordiscos. Poco a poco los arrancó todos, sin dejar raíces, y procedió a curar esas heridas con tanino y sanarlas con hojas de papayo y de cajeto. Luego de tres noches de luna la poseyó entre el agua; las otrora feroces contorsiones de la vulva que arrancaban el pene, ahora sirvieron al placer del hombre que la preñó sin dolor y la dominó a su antojo. ( 1 ).

Así, la filiación del poder pasó al hombre en representación de quien maneja las hierbas, el agua, el fuego y fué capaz de eliminar el matriarcado. Ese hombre tiene distintos nombres que sintetizan el contenido de esa magia (
2 ): El Payé del Amazonas; El Kareka de Tunebia; El Panaliorobín de los Sikuani. El mayor renombre es el de Chamán y su práctica, el chamanismo. Los rituales curativos, o de actos trascendentales como el matrimonio, la entrada en la pubertad, el nacimiento, se acompañan de rituales o ceremonias invocatorias de espíritus selectos —según el caso— especial para cada asunto. Por ejemplo, existen diferentes enfermedades que provienen de maleficios, del uso indebido de los peces, del maltrato a los árboles o a los animales, de efectos de la lluvia, el viento, los rayos. ( 3 ).

Los africanos ( 4 ) que también aportan tintes indelebles en el proceso de mestizaje en Colombia, vinculan una concepción esotérica en la cual el arte y la palabra son representaciones divinas que el intermediario o artesano transmite. Artista y artesano son uno mismo, las dos representaciones sagradas. Los objetos y las palabras sirven de instrumento transmisor del conocimiento mediante una simbología especial. "La tradición africana considera a la obra de arte, ya pertenezca a las artes plásticas, ya a las de la expresión, como una ventana a través de la cual se contempla el horizonte infinito del cosmos. "La obra de arte —material o literaria— tenía una función y el artista debía realizarla".

Ya en América, el contador o el escritor mestizo de leyendas y el artesano tienen para el común cierto significado —pero un significado terrenal— del portador de las más preciadas tradiciones, pero en la marcha del coloniaje se desvalorizó la raíz al ser sojuzgada por el europeo padre y dueño cruel del poder. No obstante en la imaginería criolla surgen las deidades y cosmovisiones de todos los patrones étnicos y se funden en interminable acto de la creación en el continente mestizo.

Para ratificar nuestra información sobre la propensión sociológica del pueblo colombiano hacia creencias que vienen del mas allá, hemos de argumentar sobre la enorme influencia que ejercen sobre la psicología colectiva nuestra, es este tiempo, las informaciones que llegan del exterior particularmente de Europa, a quién el avance de la ciencia y la tecnología no le han hecho perder el sentido de las ciencias esotéricas, ni sus ansiedades racistas, ni los fanatismos. Es increíble que existan todavía escritores como Humberto Eco que al elaborar toda una documentada historia de la edad media en pleno siglo XX en sus finales, obtengan tanta audiencia, no por su aporte a la literatura y la novela, sino por escudriñar los secretos sobre el Vellocino de Oro, la Piedra Filosofal, el elíxir de los alquimistas que dicen que es Cristo. Otros, esperan el anticristo, anclados en el descubrimiento de los tesoros que en la criptografía de cada secta —aún por descifrar— estarán próximos a develarse en el año 2000, con inmensas tragedias que sintetizan su venganza que viene desde el año 1344, ocurriendo cada 120 años. En otros términos, los rituales, simbologías, creencias celtas, arias, judáicas, etc, son una práctica corriente para el europeo contemporáneo imbuido del fanatismo de sus antecesores que llegaron a América. Es preciso anotar que en los Estados Unidos, las sectas tuvieron vía libre en su transplante mecánico, se fortalecieron y hoy tienen actividad supranacional. Hace poco en el conflicto del Golfo Persa, se revivieron con vigor ciertas profesías de Nostradamus, sobre el holocausto universal.

El saber esotérico se halla en plena vigencia en los temas investigativos de universidades europeas como la de Bolonia, que condensan la obra citada del escritor Eco.

Por esas circunstancias es usual en el medio nacional y me atrevería a decir que en el contemporáneo del planeta, encontrarse rodeado por pseudo-orates suprareligiosos, con una apariencia de normalidad absoluta, que son católicos, apostólicos y romanos, pero a la vez son practicantes de la magia negra o de su contrario la metafísica; simultáneamente, son o han sido devotos de "San" José Gregorio Hernández, y a la vez practican la astrología sin ser ajenos a la numerología. Por supuesto, si viven en Bogotá, leen en la taza de chocolate el porvenir y en el resto del país, si fuman , se hacen leer la ceniza.

Sin duda alguna son propensos a beber el elixir de la eterna juventud, si algún astuto con labia fulminante llega a su entorno. Creen en los sueños y tienen miedo, mucho miedo. Pero tienen fé, mucha fé en el más allá. Entonces se hunden en el rezo, con el ritual que más conozcan, eso, en últimas poco importa, es la parafernalia, no la filosofía en su monumental confusión. Es más: el libro más comprado en Colombia es el de metafísica, obviamente la que abre los caminos del más allá y "ayuda a vivir" señalan sus lectores; son apenas pequeñas aproximaciones a las creencias medievales, sin el vestuario de símbolos, criptas, grafías, consignas, rituales, ó militantes.

Así, la cuentería que relata la imaginería popular del piedemonte llanero, le pasa como al "zamuro que no cae en trampa ni le dentra brujería", según este refrán llanero.

LOS MITOS OLVIDADOS QUE REVIVIÓ AMÉRICA

La fuerza expresiva del medioevo y la expansión del fanatismo religioso sepultaron durante centurias la gran mitología griega con Zeus, Poseidón, Afrodita, Hera, Deméter, Hestia, Hefesto, Ares, Apolo, Artemisa, Atenea, Hermes, que conformaban el Olimpo de los dioses; era la personificación de las fuerzas demoníacas y de potencias naturales. Ellos eran simbólicamente la representación de un orden del universo. Ellos eran seres superiores e inmortales pero con gran categoría humana. También existían otras divinidades menores como Cupido, Baco ó Prometeo, algunos hijos de Zeus. Con ellos se comunicaban mediante el oráculo que representaba por enigmas los mandatos del Olimpo. Esta mitología que no fué ajena a prácticas esotéricas, la brujería entre ellas, se transfirió en gran parte a Roma.

Con la llegada a América de la Europa del siglo XVI, estos mitos volvieron a tomar presencia: Colón escribió en su bitácora que había visto peces con torso de mujer pero que no eran sirenas; la gente, sinembargo, creyó que eran ellas; los centauros también llegaron en las carabelas, esta vez fueron los aborígenes que no conocían el caballo. El río Amazonas se denominó así porque se creyó que en sus playas, río arriba, habitaban esas hermosas mujeres que atraían a los hombres con sus encantos y los hacían prisioneros; ante el delta del Orinoco muchos españoles creyeron que contemplaban el paraíso terrenal y que esa era una caída de agua que venía de las alturas.

La benigna e inocente teoría del maestro Germán Arciniegas que afirma que América ha sido el continente donde Europa con sus fanatismos, herejías, pugnas intestinas e intransigencias se liberó, tiene cierta explicación a pesar de ser mínima ante la tremenda barbarie que esa "liberación" desató contra los aborígenes americanos. Pero es verdad como él lo afirma que los sefardíes o sefarditas, los sarracenos y otros segregados pudieron instalar sus cinagogas, mesquitas y templos en diversas partes del continente, antes que la europa "civilizada y moderna" los aceptara porque estaban ocupados en la terrible guerra contra los judíos, contra los musulmanes, contra católicos, contra comunistas, contra capitalistas, etc., etc.

Esta mitología que conocemos por la historia, la literatura y la filosofía influye notoriamente en la apertura individual y colectiva a los mitos de la religión, la brujería, el vudú, la magia negra, la parasicología, el espiritismo y en general las prácticas ocultas.

Naturalmente predisponen al producto del encuentro interétnico a la imaginería popular, a sus manifestaciones y espectros representativos.

ALGO SOBRE ESTOS CUENTOS

Los Cuentos de Pascual, frente a los misterios que el hombre ha construído y su parafernalia esotérica, son parte de la ingenua tradición para la recreación de los hombres de nuestros campos. El lenguaje, en ocasiones crudo, es tímido reflejo de un habla sin malicia, escueto, directo, con picardía y humor. El erotismo que aflora, apunta a los evidentes deseos reprimidos de una conducta donde la voz cantante en el trabajo al aire libre la lleva el hombre, el equilibrio, la seguridad, el alimento, la unidad familiar y la maternidad son funciones femeninas. Los temas "tabú" para el campesino, como el sexo, afloran en la cuentería sin ningún misterio a manera de evasión de la realidad donde hablar de ello es prohibido por los códigos morales que trazan los abuelos y que se respetan totalmente. La cuentería, en cierta manera, pertenece a los hombres pero son las mujeres quienes las transmiten de madre a hija en el secreto del hogar. El recato absoluto es inherente al comportamiento de la ética campesina, sin llegar a la mojigatería que define conductas urbanas.

El no decir algo en la cotidianidad referente al tema tabú, en el mito o la leyenda contadas, aflora a plenitud, sin tapujos, con sentido múltiple que adorna el relato, colocándole la indispensable dosis de condimentos que transmiten cierta confianza, algunas sonrisas en alianza con el miedo, que es tan tímido como los interlocutores de la localidad.

Al lector urbano de este tipo de relatos, mejor de esta forma de escribirlos, le puede parecer morbosa en cuanto a las referencias a los órganos genitales y a las acciones de los personajes que lo involucran. Por supuesto el lector del campo le otorga un significado de invención que supera aquello original que le sirvió de base, pero no lo observa como una creación diferente, ajena a él, puesto que los aspectos eróticos no son de su ilusión, ni de su manejo próximo, como lo son en las concentraciones urbanas, sujeto apetitoso de la pornografía.

La singularidad del público a quién va dirigido, no parece evidenciarse en la narración oral mestiza. El público que la escucha en las veredas, es de todas las edades y admiten en las reuniones a hombres y mujeres.

Muchas veces las tertulias son excentas de la presencia femenina, más esa ausencia se deriva de la costumbre de adelantar otros oficios que requieren que las mujeres se hallen en otros lugares de la estancia. No prima ni la inhibición, ni la prohibición por lo menos expresa y conciente.

Esa razón sugiere que la versión escrita debe carecer de las elitizaciones o estratificaciones sociales que son usuales en las comunidades con predominio y tendencia obscurantista, como la nuestra.

Una gran mayoría de creyentes religiosos que simultáneamente son practicantes de sesiones esotéricas de cualquier género, las cuales de si conllevan alta dosis de irracionalidad, se escandalizan exteriormente cuando evidencian alguna acción que implique erotismo o una palabra que llame a las cosas por su nombre usual, aún dentro de selectos ambientes.

Estos cuentos son también versiones de los finales del siglo XX, transcritos atextualmente de un narrador con 40 años en el piedemonte. Conllevan las deformaciones interpretativas particulares de un "cundillanero de pueblo" con pretensiones antropológicas que considera importante dejarlas impresas a pesar que a Pascual poco le importa porque para eso existen los hijos y los nietos.

No obstante, en muchos lugares del campo la sociedad rural comenzó a desgonzarse vertiginosamente hace varios años. Los hijos emigran a los oficios de las ciudades próximas. Los hombres a los 17 años son obreros de albañilería y las mujeres desde los 15 piden pista en la servidumbre. Casi ninguno toma el camino de la educación en sus distintos niveles.

Dificultades estructurales impiden la permanencia en el campo. La de mayor peso es la rentabilidad del trabajo tradicional agropecuario que es un detonador hacia las ciudades. Por supuesto, el atractivo urbano ocupa la otra dimensión de la huída involuntaria y masiva. Y si los hijos se van, con ellos viajarán los mitos y leyendas; sus personajes, duendes y espíritus aguardan el tiempo en que los tractores, el cemento y las edificaciones los manden al infierno o quien quita que al cielo.

LA CUENTERÍA REGIONAL

EL GUATE Y EL CRIOLLO

El preámbulo de esta obra, en su conjunto esbosa aquello que considero como esencia de la imagineria popular, pero el texto da cuenta mínima de los manantiales donde bebió la nueva zona cultural del piedemonte. Por esa razón acá señalo con nombre propio —aunque de modo general— algunos mitos y leyendas andinos y por supuesto los llaneros. Antes, es preciso una aclaración semántica.

Las connotaciones de "guate" y "criollo" se emplean indistintamente de modo peyorativo; en el llano, el guate es el andino que se halla improvisado y es impertinente su presencia en aquellas tierras. Se soporta con desdén. En Bogotá, el criollo es aquel ser primitivo, ajeno a los buenos modales y que canta o recita su música sin vocalización inteligible. Se acata con un sentimiento de bondad y algo de soma. Los argumentos siguientes pueden contribuir al análisis de estos epítetos, uno regionalista y otro cosmopolita, los cuales son necios, aunque obvios.

La dinámica de las migraciones internas en países con desarrollo desigual como es el nuestro, se mueve —la mayoría de las veces— por razones ajenas a la planificación. Los impulsores más notables son: 1) La violencia en zonas pobladas y 2) El surgimiento de nuevas economías con potentes atractivos en el corto plazo.

En el caso llanero, cualquiera que sea la subregión o localidad que se mire, el proceso migratorio de los dos últimos siglos se halla alimentado por los flujos del interior del país en proporción superior al 95% de la migración. Incluso, pueblos enteros se han formado al calor de las olas migratorias. De ahí surgen dificultades históricas en establecer con precisión los detalles de su fundación.

Esta particularidad corresponde a todo el piedemonte, al Ariari y a las poblaciones a orillas de los ríos como Puerto López y Puerto Gaitán. Es preciso anotar que también en el piedemonte existen importantes núcleos urbanos de presencia histórica como Tame, Hato Corozal, Támara, etc.

A partir de los años 50 este proceso migratorio se incrementa y diversifica (costeños y negros del pacífico) pero en definitiva se consolida de manera aluvional desde el surgimiento de dos nuevas formas económicas: la del petróleo y la de la plantación, a mediados de los años 70.

Este fenómeno acaecido en el llano, primero se cierne en el piedemonte, en donde confluyen los llaneros a nutrirse comercialmente e integrarse, en un fenómeno transicional, al centro del país, a su núcleo de dirección política y a la visión cosmopolita y tugurial de las megalópolis.

Es apenas lógico considerar el influjo mixto, de las migraciones andinas y de la presencia llanera en el piedemonte, influjo que con el tiempo adquiere nuevas formas y ricos contenidos, donde lo llanero es sumun y lo andino es esencia ancestral.

LA MITOLOGÍA ANDINA

Los mitos y leyendas del interior giran por lo general en tomo a tres circunstancias: los tesoros o guacas indígenas, el río Magdalena y las ciudades coloniales. En torno a ellos se construyen los cuentos de la tradición oral, cuyas denominaciones varían de un sitio a otro.

La Madre de Agua, con su angustia por hallar el hijo ahogado, pudre con sus llantos el agua de los ríos donde se aparece. La Madremonte, con su andar pausado entre la selva y sus estridentes gritos, es castigadora de hombres extraviados moralmente y que desean apropiarse de los terrenos ajenos. Cuando entra en furia los ríos donde se baña se vuelven torrentosos, se desbordan y pueden causar tragedias. La Muelona es una mujer hermosa que siempre ríe y acecha a los adúlteros, a los borrachos y a los embusteros. Según parece fue una libertina española muy mala que vino en uno de los viajes de los primeros aventureros y murió de una terrible enfermedad. Al seducir al desprevenido caminante, lo tritura con sus terribles dientes. La Patasola, es otra mujer de contextura hermosa, habitante de la selva o de los sitios enmarañados. Atrae a los viajeros con sus lamentos y ternura de una joven herida, pero al llegar los destroza. Es violenta y temible, la más atroz de todas. Tiene una sola pierna que termina en una pezuña de res, con la cual confunde a quien la busca. Esa pezuña afilada la utiliza para descuartizar. La Llorona es otro de los mitos campesinos del Tolima Grande, surgido del dolor de una madre a quien se le murió un hijo por su propia negligencia. Cuando falleció por falta de cuidados, hechó a andar por los montes con locura terrible y llorando a grito partido. En otras versiones, La Llorona surge de su inquebrantable dolor al haber accedido al amor de otro hombre que la preñó, creyendo que su esposo había muerto. Al llegar éste, ella hechó a correr para defender al hijo de la furia del marido ofendido. Sus gritos son horribles, pero no ataca a nadie. La pléyade femenina en la mitología andina la conforman las brujas, cuya circunstancia y acción es conocida porque es igual en todas partes, similar a las brujas europeas. No obstante, algunos sitios tienen brujas de renombre: La Bruja de Ambalema, La Bruja en la Hacienda El Olivo, etc. Casi todas ellas fueron bellas damas que fracasaron en la intimidad, pero su rara hermosura las tentó a la búsqueda de la felicidad mediante prácticas absurdas. Su maldad y grosería es total; producen humores malignos.

El elenco masculino lo preside el Mohán muy conocido por su donjuanería subacuática. Lo siguen los duendes que son traviesos y dañinos con las cosas; se conjuran dejando encima de una mesa un tiple afinado de forma diferente a lo usual, porque al interpretar algo y no poder, rompen el instrumento y se alejan para siempre. El diablo o Mandingas es el engendro del mal, pero en la mitología campesina Satanás es otro engendro más, tan asustador como los otros mitos en tomo a personajes de poco renombre como El Sombrerón, el Fraile sin cabeza, El Tunjo, El Cazador, El Guando.

Otras como el Anima Sola, La Tarasca, La Mula de Rafles, etc. son demasiado lugareños y apenas son mencionados por libros regionales de cuentos populares.

LOS MITOS LLANEROS

Entre los mitos llaneros el de mejor cartel es el Silbón que hasta tiene un festival en su honor en Venezuela. El Silbón asusta a los transeuntes nocturnos y les otorga por saludo una tremenda paliza pues es un duende vestido de negro y mide como cuatro metros. Otro mito es la Bola de Fuego que es un alma en pena que vaga por la gran llanura; viaja a gran velocidad y se acerca a los ingenuos viajeros nocturnos que deben permanecer estáticos so pena de tener un quemonazo letal.

La Candileja es como una rueda de bicicleta que anda por el llano y en el centro de ella una luz que también gira. Es un duende condenado a vagar. Es inofensivo, cuando viene hay que hacerse a la vera del camino y dejarlo pasar. El Diablo o Mandingas también aparece pero es famosa la versión de Florentino y el Diablo, aunque también existe la versión de Federico y Mandingas.

En éstas el Diablo es desafiado por un llanero fatuto y vencido en duelo, bien sea contrapunteando, o bien en franca lid cuerpo a cuerpo. Las brujas de algún lugar o de alguna Hacienda como La Bruja de la Llamarada, son propias de las creencias míticas llaneras. El Duende que le trenza la crin a las yeguas también es corriente y aceptado sin mayor comentario.

La mayoría de estas creencias son relatadas en forma de "corríos" siempre en desafio con los habitantes. También son resultado de poemas, situaciones que surgen de las frecuentes parrandas donde hay desafíos; tal es el caso del Anima de Santa Helena.

Parte integral de la imaginería tradicional del mestizaje llanero son los rituales que no son propiamente mitos y leyendas. Estos rituales giran en torno a la muerte, que suele ser diferente si se trata de niños o de adultos, en torno a sacar los gusanos del ganado.

Por supuesto los cuentos de la Ciudad perdida y del Camino de Dios —Diosonamuto— ya pertenecen a verdades regionales y no a la imaginación. La primera es una realidad cerca a San José del Guaviare y el Camino de Dios lo recorrían los indígenas precolombinos desde Maipures (Orinoco) hasta el Ariari, sitio donde parece que hubo un cementerio indígena de los Guayupes (Fuente de Oro, Puerto Santander), sin pasar por ningún río. Es natural que alrededor de ellos existan diversas aventuras que con el tiempo podrán convertirse en mitos o leyendas, si los buscadores de la tradición oral acceden a ellas.

A.B.N.
Villavicencio, Meta
Vereda de El Carmen,
Enero de 1991
Finca Hato Chico

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

1. Milagros Palma. La Mujer es un cuento. Tercer Mundo. (regresar 1)

2. Alfonso Medina Delgado. Medicina llanera e indígena. Conferencia en Arauca, Julio de 1990. Mimeo. (regresar 2)

3. Referencia a la nota anterior. (regresar 3)

4. Hampate Ba Anadou. La "Obra de Mano" expresión del hombre. El Correo, La Unesco, II 1976. (regresar 4)

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