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LOS CUENTOS DE PASCUAL
Mitos y Leyendas del piedemonte llanero
ALBERTO BAQUERO NARIÑO
© Derechos Reservados de Autor

EL DOMADOR DE BRUJAS

La idiosincracia campesina considera, sin aspaviento alguno, que las brujas en su trajín nocturno, a veces se acostumbran a llegar a ciertas casas y al posarse en el techo semejan el ruido de veinte gallinas escarbando. Unas veces entran y otras solo descansan. Pero algunas veces toman ciertas casas como morada permanente y es natural que sus dueños asustados no regresen. Cuando las brujas se apoderan de un lugar, no existe poder humano que las ahuyente. Si al caso se van es porque se les da la gana.

Si un parroquiano despistado e ingenuo no cree en esa vaina y se acuesta tranquilo, lo sacan de las patas y lo tiran al patio pasada la media noche, porque contrario a los duendes, las brujas salen después de las 12. Parece que es un pacto para evitar que los aquelarres sean interrumpidos por cualquier Silbón, por un Tirapiedras, o por la Bola de Fuego llamada también la Candileja.

Esas historias las conocíamos, porque son las mismas en casi todo el país, cuando Pascual comenzó el relato de las brujas de la Vereda del Carmen que en un momento, como a principios de 1.982, se apoderaron de las tranquilas noches y de algunas viviendas para joder al ganado, chupándole la sangre como los vampiros, espantar a las gallinas, atormentar a los moradores con sus gritos estridentes y sus inmundas sesiones.

— Todos hicimos maletas para largarnos de aquí, pero llegó para fortuna nuestra, Don Tarsicio el domador de brujas. Afirmó Pascual con mirada recia, acomodándose el sombrero.

— El no vino con esa intención, sino con la idea de trabajar la tierra para matizar su retorno a Colombia, después de sus correrías por el viejo continente, donde conoció de cerca los secretos de la digitopuntura, las virtudes de las plantas medicinales, el poder del magnetismo y la bondad de la sugestión. Explicó el Doctor Baquero, quien agregó. La época en que el dictador Español Franco murió, se caracterizó por el auge de corrientes anarquistas alrededor de la Revista "El Viejo Topo" creando comportamientos al estilo "Hippie" norteamericano con sus consignas pacifistas "haz el amor y no la guerra", las canciones de Joan Báez y la resurrección del poeta catalán Miguel Hernández en las canciones cantadas por Serrat.

— El hombre tenía sus vainas raras, casi sobrenaturales o como llaman los entendidos, paranormales. Pregúntenle a Ismerio mi hijo y a Alonso Rojas, la vez que los invité a que miraran vibrar una ceiba gigantezca con solo colocar sus dedos sobre la corteza y concentrarse berracamente. El vibró con el imneso árbol; sus ojos desorbitados y enrojecidos giraban velozmente hasta que cayó exausto pidiendo agua. La Señora Paloma le hacía la segunda en todos los ritos, porque entendía bastante de esa joda y era su principal seguidora. Es más; ella le daba cuerda y era su maestra en el conocimiento del pueblo español, de sus luchas, mitos, leyendas, que venían de Santiago de Compostela y desde la antigua Persia, más allá de sus antepasados, los Moros.

—Era jembrero— como dicen en el llano —y esgrimía una preciosa teoría de la cual Antonio, un español con grado de maestro en esoterismo, era el exponente máximo. Una forma habilidosa de justificar su ya vieja tradición que se resumía en la aplicación del proverbio "hueco que veas llénalo de amor". Era más enamorao que un gallo.

Su nueva y exitosa carreta, consistía en la curación mediante comunicación genital extrasensorial, porque según él, la mujer comprendía mejor los mensajes trascendentales por donde sabemos. Así, después de las sesiones corrientes, las convidaba a la quebrada y en un sacrificado y mesiánico acto les daba el elixir de la mejorana. El agua testimoniaba su fé, lavaba los pecados mundanos y también proporcionaba la música para aquellas manifestaciones esotéricas. El placer era lo de menos. Para él, copular era un acto misionero, de salvación y de enlace magnético sin par. Vaya lengüita!

— El tipo era convincente y tenía una fuerza singular en la mirada que penetraba en los rincones de las almas y de los cuerpos, nos contó una vez la finada Doña Rosario, agregó Pascual, descubriéndo su cabeza.

— Sus manos eran fuertes y suaves a la vez. Los dedos largos y dúctiles que tenían corriente, dijo Víctor. El hombre era diferente, y agregó: a veces daba miedo.

— Cantaba como las mirlas. Unos pájaros se quedaban quietos cuando escuchaban su bello canto y otros parecían hacerle coro. Las vacas soltaban más leche. Todos los días a eso de las seis de la mañana, su voz melodiosa cruzaba los montes y se regocijaba entre los árboles. Es él convocando a los magos blancos para que le ayuden a combatir el mal. Así había contado él mismo, agregó Pascual.

— Don Tarsicio era incansable y en ocasiones caminaba tan rápido que a veces parecía estar presente a la vez en dos o más sitios. Por la noche era febril su andanza, sin linterna, semejando un ánima en pena; tal vez quería impresionar a los vecinos y hacerles creer en su desdoblamiento. La maña se le quitó cuando casi se arranca el cuero cabelludo con un alambre de púas, por andar coniendo y sin luz por estos caminos, contó Marquitos. Parece que eso le sucedía por exceso de maracachafa, agregó riéndose.

— Fué él quién primero habló en esta vereda sobre la existencia de tesoros indígenas. Continuó Pascual. Se había soñado con un jefe indio levitando en posición de loto sobre Villavicencio que carecía de construcciones, y se movía lentamente sobre el cerro de La Estanzuela, hoy llamado Cristo Rey. Un día encontró unos utensilios labrados en piedra, bien terminados y con dimensiones diminutas, como para uso de pigmeos o gente muy pequeña, parecida a la que habitaba —entrado el siglo XX— los cerros de la margen derecha del río Negro —que es el Guayuriba— antes de entrar en el llano cerca de Acacías, según contaba el médico José Gregorio Baquero Guerrero en sus relatos inéditos "Por los caminos de Oriente".

— Como él considerara que comunicar el hallazgo perturbaría las tumbas de los antepasados los Guayupes, amén de la paz de la naturaleza del lugar, prefirió ir a la laguna de los Jardines de la Esperanza y aventar en sus aguas aquellos tesoros precolombinos. Así lo relató el arquitecto Gregorio Baquero, anotó Pascual, que no quería asumir solo la responsabilidad de la reciente historia. Y continuó: Don Tarsicio evitó hacer excavaciones para no causar erosiones y además porque quizá el sitio exacto del tesoro no le fué revelado, según él mismo lo alcanzó a decir. Después otros vecinos han intentado sacar el tesoro pero solo han causado unas erosiones que pueden destruir el actual equilibrio ecológico.

— No serían efectos del delirio causados por el uso de hierbas y raíces? Preguntó Don Hernández, quién continuó:

— Bueno Pascual, todo eso está bién, pero usted nos dijo que el hombre había derrotado a las brujas. Cómo fué la cosa?

— Si quieren que les cuente, "no le quiten el agua al moriche porque se seca", exclamó alargando su copita de aguardiente.

— Sinembargo, antes les voy a contar algo interesante para que acaben de comprender la magnitud de las virtudes de Don Tarsicio. El hombre cuando curaba le remitía todo el magnetismo y la energía vital a los enfermos a través de sus manos que se ponían calientes, al punto de hacer hervir el agua, si quería. Eso lo vimos y sentimos todos por estos lados. A mí, la historia que me convenció, fué cuando se subió a una ceiba y en una rama se puso a meditar.Cuando le pregunté a la señora Paloma sobre esa faena en la que llevaba ya tres días sin bajar a comer, beber o a hacer sus necesidades, me contó que él estaba en contacto con otros mentalistas situados en sitios diferentes y equidistantes del planeta para evitar la destrucción del género humano, puesto que el experto biólogo español Manuel Rodríguez de La Fuente, en sus descubrimientos sobre entomología, estaba a punto de transmitir involuntariamente una información genética a las hormigas arrieras, información que alteraba su naturaleza volviéndolas inmunes, superreproductoras, alterando 89 veces su tamaño que las volvería enormes y cambiaba su vocación alimenticia hacia la carne humana. Así, cuando Don Tarsicio bajó del árbol supimos del accidente del científico que lo condujo al más allá.

Además era tan terco en lo que creía, que afirmaba "el diente superior que me falta, lo voy a hacer salir con mi fuerza mental".

— Pascual, al grano, al grano hombre. Queremos saber lo de las brujas dominadas.

— Bueno, recuerdan que les conté que a Don Tarsicio le fascinaban las viejitas? Y que tenía una fórmula curativa muy particular?

Por eso cuando llegó y se instaló, sus poderes mentales desterraron a las brujas de esa casa sin que él lo supiera. Tal vez fueron los rezos, los menjurges que preparaba con hierbas y raíces diferentes o las estatuas angelicales que talló —porque en eso si era un mago— los crucifijos que cargaba o las imágenes que colgaba en las paredes. Las brujas prepararon su estrategia para entronizarse de nuevo en aquella casa. Como sabían que él era comeloncito le prepararon el manjar. Así, una noche llegó una mamazota a solicitar los servicios del hechicero que allí vivía, porque tenía una dolencia en el corazón muy grave, pero reciente. Como eran ya las 10 de la noche y la lluvia arreciaba, era casi indispensable que se quedara esa noche.

— Señorita...

— Mercedes! exclamó ansiosa.

— Si quiere puede quedarse en aquella pieza, dijo el mago señalando la de los Baquero.

— Será, que pena, pero ya ven, cuando toca, toca.Y entró meneando las caderas.

— Esa no está enferma. Lo que está es muy buena. Pensó el artista.

— De esta manera él comenzó a curarle los males que decía tener. Esa noche se encerró con ella, le colocó las manos sobre la cabeza, y le tiró un empellón de energía que la consumió en sueños profudos. Contaba Don Tarsicio que se comportó en esos instantes como poseída del demonio porque combatía con llamas que le salían de los ojos toda la energía que las manos de Don Tarsicio le mandaba como si fueran lanzafuegos. Una vez dominada y dormida, la bruja quedó tan indefensa que él le hizo la sugestión mental para que al otro día fueran a la quebrada donde él la curaría definitivamente. Por eso cuando se despertó a las 9 de la mañana estaba destinada al agua. Esa mañana, regresó caminando raro, patiabierto pero contento porque su paciente ya se había curado. Ella incluso dió gracias y lloró con sangre. Jamás regresó.

Así sucesivamente fueron llegando las brujas una a una y él las dominaba primero con su magia y luego con su virilidad. Una vez cuando creyó adormecida a una de ellas, ésta se hizo la poco entendida y se quedó despierta. Se levantó pasitico y le llegó a jalarlo de los pies, pero Don Tarsicio esa noche andaba en sus caminatas nocturnas y al regresar notó que la extraña paciente salía de su cuarto. Entonces no se resistió y la agarró por la espalda y la llevó a la regadera y la gozó hasta el amanecer. Dicen que el agua anula el poder de las brujas, así como la sal las aleja. En el agua son indefensas en cambio para el fauno el agua lo revitalizaba y le otorgaba más energía, más vigor, más arrechera.

Informada la bruja mayor de los poderes de Don Tarsicio y de su creciente clientela, tomó la decisión de matarlo. Como sería de berraco el poder que tenía, que las brujas creían en él y querían volver a ver si las preñaba porque el diablo, que es su marido, no puede engendrar. Eso desesperaba a la bruja mayor. Quién dijo: voy a capar a ese Don Juan, pero voy e enseñarles que lo puedo gozar sin que él me domine. Es más, ustedes lo verán; será un aquelarre a mi manera.

Entonces se incorporó en una hermosa llanera de ojos negros, piel canela y cantadora de joropo. Preparó una fiesta en la vereda vecina de Samaria y lo invitó, mejor lo retó a cantar. Este quizá fué su más grande error porque jamás se imaginó que cantara tan hermoso. Cuando este llegó, lo recibió con una copla en golpe de numerao...

Ay, ay, ay, la, la, la, la
Don Tarsicio yo lo invito
a esta parranda llanera;
a esta parranda llanera
usted es un papacito
y yo canto con berraquera.

Los asistentes aplaudieron a la criolla que cantaba muy bonito y escubillaba con gracia femenina. El no era coplero. Sus ancestros andinos lo amamantaron con la música ecuatoriana cantada en Quetchua, Sanjuanitos y Pasillos que cantaban los amores simples del huasipungo. Su tío le enseñó boleros y baladas y con los amigos de la Universidad Nacional aprendió a cantar bambucos. Como respuesta a la copla solamente se limitó a penetrarla con su mirada y aunque ella estaba preparada sintió por vez primera en su larga existencia que unos ojos le bajaban los calzones. El conjunto hizo lo suyo. Tuvo que retirar su mirada, y refugiarse en otra copla, ahora más agresiva y por supuesto dirigida a él

...Yo canto con berraquera...
Los hombres de esta vereda
no pueden cantar conmigo;
no pueden cantar conmigo
lo mismo siente el amigo
que parece que se mea.

En ese momento Don Tarsicio recordó sus éxitos en la ciudad al lado de Gerardo Arellano Becerra y de Juvenal Cedeño Ochoa; pensó en una canción. No le quitaba el ojo de encima, concentrado en poseerla, en dominar su mente, en esculcarle todo antes de hablarle, en joderla con el silencio, en jalarle la lengua para que se enredara al menos un poco. Pero la berriona era buena y le solté otras coplas relancinas...

...que parece que se mea
yo vengo de muchas partes
más allá de cielo y tierra;
más allá de cielo y tierra
mi tarea son las muertes
y quien me siente se aterra.

Como él tenía el pelo largo, a la usanza de los años 60...

...y quien me siente se aterra
con ese cabello largo
usted parece muchacha;
usted parece muchacha
salga mijo del letargo
o cortaré con el hacha.

La voz de la llanera adquirió tintes amenazantes y sus ojos se clavaron en los del hechicero —así le decían yá— que continuaba perforándola con sus ojos negros y grandes que no titilaban, que no parpadeaban, que no se amilanaban con la copla recia de esa llanera, parecida en ocasiones a Mercedes Barrios, a Miriam Balcazar ó a Miriam Tobón cuando fueron reinas del joropo, mujeres que en ese entonces alborotaban los corazones enamorados y esbozaron en Colombia el prototipo de la llanera.

Cuando ella comezó otra copla, Don Tarsicio observó que el Doctor Baquero había llegado al parrando con su guitarra y entonces le hizo un guiño para que se alistara para acompañarlo a él en uno de sus cantos. La morena continuó...

...Y quien me siente se aterra
yo vivo por estos lares
y soy dueña de las vidas;
y soy dueña de las vidas
si alguien pretende mi huída
solo sentirá pesares...
..solo sentirá pesares
yo lo convido mi hermano
a cantar en esta noche;
a cantar en esta noche
y si pierde usted la mano
eso será por fantoche.

Al terminar caminó desdeñosa la aplaudida reina del parrando que meneaba su esbeltez por la sala pidiendo una respuesta. Y la respuesta llegó.

Sonó la guitarra "Paredes" con arpegios exquisitos, rasgueando los acordes y la melodía de la canción "Ave María del Mono", una bella composición brasilera que canta a la Virgen del Cerro de Río de Janeiro. Al principio la gente pidió joropo, joropo... pero, la voz de Don Tarsicio se levantó poco a poco hasta los cielos dejando lelos a los asistentes quienes jamás imaginaron que un ser humano pudiera cantar como los ángeles.

Se silenció todo y los grillos y el viento acompañaban la espléndida armonía que salía de aquella garganta.

Avanzó lentamente mirando a cada uno de los asistentes para que se convencieran de la realidad de su canto, para que supieran que esa no era parte de su magia sino elemento vital de sus virtudes. De pronto giró su cuerpo para mirar de cerca a la encantadora llanera a quién tomó de la mano para culminar la canción con el más dulce sonido de su voz.

Esta vez los interiores de la cantante se mojaron un poquito al igual que los de sus amigas. Cantó dos veces más sin soltarla. Ora la abrazaba tenuemente, ora le apretaba la cintura, ora le tocaba los glúteos, ora le miraba el escote con el dulce descaro del artista que captura con su expresión al público que le permitirá en ese instante todo, absolutamente todo.

Cuando terminó, la bruja mayor estaba enamorada y su sonrisa miedosa, temblorosa. Perdió toda la seguridad que tuvo cuando cantó; porque su música siéndo tan bella, parecía que jamás hubiera sonado por esos lados frente a la magnitud de las canciones de Don Tarsicio. Al despedirse la fiesta terminó. Todas las mujeres se fueron con él y la llanera, en la cual se había representado la bruja mayor, iba a su lado, mansita, dispuesta a darle culito, harto culito papito, a ver si esa voz se vuelve eterna, pensaba con morbosidad. Claro está que ese era el plan acordado desde el comienzo. Ella no contaba con el juego del corazón, porque las brujas también tienen corazón y este ya estaba herido. La mojada de los cucos así lo demostraba. Todo fué tan rápido que ni ella misma alcanzó a razonar.

Al llegar a la casa la bruja -sin transformarse— tuvo un momento de lucidez y le dijo: Tarsicio, vamos a tener un duelo a muerte en esta habitación, dure el tiempo que dure, ninguno saldrá a comer o a beber. Si yo gano, esta casa y tu vida me pertenecerán para siempre. Si tu ganas, yo me iré y jamás volveré por acá, así me pellizquen los espíritus. Yo me transformaré en la mujer que soy y si te da miedo o te atemorizas también gano yo. Don Tarsicio aceptó el reto y se metieron al cuarto de inmediato. La señora Paloma que observaba todo comprendió la tarea exorsista que emprendía de su amado. Por eso respetó la gritería que se formé cuando Tarsicio logró coronarla, puesto que ella lo rechazaba y al tiempo lo acercaba con violencia desmedida.

Así pasaron las horas y los días, tres, para más señas (Don Tarsicio usaba el kimono y solía levitar en posición de loto, contaba doña Paloma). Habían luchado de todas las maneras, corporal y mentalmente. La bruja mayor no podía derrotarlo por el lado de la mente. Con adivinanzas, sortilegios y enigmas, Don Tarsicio era mejor. Pero ya lo había visto extenuado y sin ganas de mujer. Por eso se puso de pié y comenzó a provocarlo con movimientos voluptuosos, pasándole los senos por la nuca y llenándolo de caricias. Don Tarsicio ya no respondía. Estaba mamado. La bruja entonces gritó victoria, pero Don Tarsicio hechó mano de su extraordinario recurso el canto. Y cantó mejor que en el parrando al punto que las brujas, que testimoniaban el desafío desde el zarzo, aplaudieron en coro. A medida del canto Don Tarsicio adquiría vigor y prendía motores para otro encuentro. La bruja mayor, atortolada por ese nuevo brío —se le puso como para partir mararayes— se rindió ante tamaño deseo porque ya tenía el culo como cieso de macho —colorao y pelao a punto de sangrar- y era imposible resistir otra arremetida cantarina. El dolor y el cansancio eran superiores a su misión de bruja.

—No juegue chico. Exclamó. Eres un tipo muy arrecho. Te dejaré mi recuerdo para que nunca me olvides. Me venciste en franca lid. Hasta nunca!

Y se cagó en forma descomunal debajo de la cama dejando un olor nauseabundo como son los olores de las brujas cuando se largan de un lugar por voluntad ajena. Seis meses enteros se lavó el cuarto con creolina y lavatorios aromáticos incluyendo el incienso, por supuesto, con la puerta abierta.

Desde entonces a finales del año de 1984, las brujas jamás volvieron a la Vereda del Carmen pues se regó la voz entre ellas de la presencia de un verga de oro capaz de arrechar a todas las brujas del mundo y dominarlas con su extraordinario canto, parte de su magia.

Dicen que la bruja mayor no volvió a dárselo a Mandingas porque según ella, al pié de Don Tarsicio era —valga la expresión—un pobre diablo.

— Ojalá las brujas sigan creyendo que Don Tarsicio todavía anda por acá y que no se fué para España, porque si nó le tocará al Doctor Baquero reemplazarlo en las faenas de almohada —como dicen los japoneses— y él no dá la medida; en la Vereda ya tenemos nuestro propio Satanás, el Doctor Alfonso Gutiérrez, gallero y santandereano, propietario del gallo Málaga, el gallo de pelea mejor que ha venido a los llanos, tan bravo que le hicieron un altar aún en vida para sacarle crías, para que las brujas lleven otra leccioncita de los hombres de estos tiempos y queden calvas del moyeye, para que nunca jodan jamás, al menos por acá. Pero si insisten tenemos el mejor tirador de Colombia, el hijo del Doctor Carlos Rojas, dijo Pascual, refiriéndose con doble sentido al campeón nacional de tiro.

—Hasta lueguito señores —concluyó Pascual-quién agarró una escoba vieja, se montó en ella y haciendo caballito salió corriendo, volviendo la cara sonriente donde brillaban sus dientes de oro y sonaba su alegre voz.

Nos miramos satisfechos, pero quedamos helados, cuando lo vimos volar cabalgando en la escoba, a la luz de la luna roja de Enero, con su sombrero patrasiao y la alegría de su carcajada.


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