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LOS CUENTOS DE PASCUAL
Mitos y Leyendas del piedemonte llanero
ALBERTO BAQUERO NARIÑO
© Derechos Reservados de Autor

LA BRUJA DE LOS OJOS MIEL

— Por el camino a la Vereda de El Carmen fuí sorprendido al topar frente a la finca de los Hermanos Cristianos a una elegante mujer plena de joyas y vestidos finos, caminando segura por aquel pedregal sin que sus altos tacones le hicieran trastabillar, ni que la inclemente lluvia de aquel noviembre 7 de 1985, le mojara el cabello. Ese fué el día tenebroso de la masacre del Palacio de Justicia, cuando se eliminó de un tajo el respeto hacia uno de los poderes. La Monarquía Civil se había impuesto. El presidente cedió ante la inminencia de un golpe militar. Era el mismo que creyó en la construcción de una ciudad entre el río Tomo y la quebrada Terecay en el Vichada, cerca al parque El Tuparro y enterró en ese proyecto millones de pesos.

— Subía penosamente en mi campero "Viasa" por aquel camino que siempre se daña en invierno, por la fuerza del agua que baja a chorros por las montañas y que por la incompetencia gubernamental se desperdicia mes a mes, año a año, sin que Villavicencio calme su sed. Las luces del carro alumbraban sus pantorrilas vestidas al parecer con medias moradas y las vi bien torneadas e imaginé que así continuaría hasta hallá donde empieza la felicidad. Iba ceñida con una gabardina color hueso, una pañoleta lila, grandes aretes oro y violeta que le tocaban los hombros y el ensortijado cabello de color del trigo. Llevaba un bolso de cuero curtido colgado en el hombro. Se meneaba elegante, fina, gustadora, con ritmo en las caderas, ritmo suave.

— Así se pasean las damas en la fría capital, me dije.

— Cuando pasé a su lado detuve la marcha y saludándola le dije: buenas noches señorita, si va para arriba, para el Carmen, yo la llevo.

Muchas veces había llevado a otras personas, aunque a las 10 de la noche la gente campesina ya dormita. Ella no contestó y yo pensé que el motor y la lluvia ahogaban mis palabras. La alcancé de nuevo y repetí la invitación. Ella se detuvo y asintió con un movimiento de cabeza. A lo cual yo apresurado abrí la puerta.

— Usted perdone señorita que yo vengo de viaje y el carró está sucio y por el barro y por la carga que llevo. Dije mirándola, adivinándole el rostro.

— Ya está bien sentada? cierre esa puerta por favor.

Cuando subió, el campero se inclinó hacia su lado como si el peso recién llegado fuera el de un toro de 500 kilos, de los que engordamos en la vereda. Sin-embargo pensé también que eso no era posible y que el carro se había hundido en alguno de los tantos baches del camino. Trate de arrancas y no pude; le puse el bajo y la doble con la rueda libre y luego de algún momento comenzó a trepar, ahora sí muy lentamente.

— Otra vez el motor está fallando, porque vengo liviano, exclamé.

La mujer a mi lado seguía sin mostrar el rostro, pero yo ingeniando verla, coloqué el retrovisor apuntando hacia ella. Pero no vi nada. No hablaba nada. No olia a nada. No parecía respirar. A pesar de su menuda estatura y de su esbeltez, el jeep permanecia inclinado hacia su lado, lo cual en la cuesta me parecía peligroso, pero ignoraba la causa. De pronto me dijo con una voz dulce y profunda:

— Deténgase aquí. Acá me bajo, hasta acá llego yo! Era una voz sin boca, un sonido cálido que presentían unos labios sensuales, pensé y dije enseguida...

— Pero señorita, si estamos al borde del abismo, se puede caer.

Sentí temor porque el "Viasa" se inclinaba peligrosamente hacia el abismo y además el motor pujaba.

— Pare acá o me lo cargo! Cargarme a dónde mamazota, pensé!

— Pare, dijo, indicando con su brazo, sin manos (no las había visto) allá a lo hondo del abismo donde se encuentra un pequeño colector de agua del acueducto insuficiente del pueblo, el que aplaca la sed del Barzal y La Esperanza.

No tuve más remedio que parar y ella se bajó. Al instante el campero se balanceó abruptamente hasta equilibrarse, mientras ella con su paso firme y elegante empezó a caminar por el vacío hacia su desconocido destino. Yo, sudando frío, observaba aquella inverosímil escena. De un momento a otro se volvió hacia mí y sólo pude ver en el vacío los ojos más hermosos de la tierra, los ojos más tiernos, más tranquilos, más apasionados. Eran ojos del color de la miel, eran ojos de miel. Pero ignoré su cara. Su mirada prendió fuego a todas mis heridas de amor y recordó todos los polvos de mi vida. Supe, en ese instante y no sé cómo, que ella la del color de miel, tenía fuego en la cuca. Y se encendieron para siempre mis entrañas.

— Mi peso, es la carga de mis enormes penas, es un puñal enorme e invisible que empuja abajo. Te espero siempre amor!... Me dijo.

Yo vi que de sus bellísimos ojos de miel rodó una lágrima que al caer al río tronó como una catarata recién hecha y de 2.000 litros. Imaginé que las lágrimas en la lluvia, en medio del abismo pesan mucho y son amargas. Ya la amaba. Soñé en el remanzo de la playa de esa cuquita divina que ya obsesivamente pretendía con obscena pasión, con indescriptible parola.

Desde entonces vivo angustiado con aquella extraña aparición que creí parte de los tragos que me había empujado donde Carmentea. Y empecé a viajar solo, entonado y en noches de lluvia, a la misma hora, con la tremenda ansiedad de encontrarla. Pasé noches enteras en aquel abismo esperándola. De sólo recordarla se fruncían mis nervios, se alborotaba la sangre y retornaba a la adolescencia en la delicia prohibida de la masturbación. Poco me importó en una noche triste de aquellas —triste sin ella— que varios lugareños que andaban de cacería y que alumbraron hacia el interior del estacionado "Viasa", vieran mi exaltación, mi canto a Onán, la furía asquerosa e inevitable de mis manos azotando mi centro de gravedad.

— Don Sanín se enloqueció. Dizque haciéndose la paja a las 12 de la noche, dentro del carro a la orilla del abismo. Eso le pasa cada vez que viene y no le abre a nadie. Dijeron.

El rumor llegó a oídos de Pascual quien hizo guardia el viernes 28 de marzo de 1986, Viernes Santo, en aquel sitio de mis casi tradicionales angustias de amor, de mis torturas solitarias, de la desesperada espera, de la libidinosa pornografía solitaria que me invadía.

Pascual sabía que ese día yo subiría a eso de las 10:30 de la noche, y cuando llegué al lugar, antes de comenzar la búsqueda de mi anhelada amada, Pascual como arriado del demonio agarró los vidrios del "Viasa" a piedra rompiéndolos todos y metiéndose por uno me gritó: acá vengo a acompañarlo, para hacernos la paja a dúo porque es el único "contra" que lo curará del encantamiento de la "Bruja de los ojos miel". Y sindejar de hablar procedió a desabotonarse la bragueta y a empezar la faena.

— Hágale usted también Don Sanín. No piense en los vidrios, ni en el pedradón que le di, sino en salvarse del encantamiento. Entre tanto le cuento el cuento de aquella hermosa mujer. Hoy es el único día para esto.

— A principios del año de 1856 el 27 de enero nació una niña en Santa Fé con el raro privilegio de tener los ojos más lindos de la tierra. Creció con las costumbres de la época —le fascinaba el tamal con agua de panela y las empanadas con ají— escondiéndose siempre para no causar el amor desesperado al que conducían sus miradas. Sus padres la llevaron por el mundo pero fue peor; en el barco en que viajaban por el Magdalena se liaron a sable todos los marineros, llenando de sangre y de cadáveres el río. Enloquecieron con su mirada y cada uno la pretendía para sí. Sus padres resolvieron viajar a lomo de indio y de mula hacia los llanos por los caminos de Oriente y comprar una hacienda allí abajito que denominaron El "Zacatón". Villavicencio recién lo habían fundado, el 6 de abril de 1840, con el nombre de Gramalote, gentes provenientes del Oriente de Cundinamarca, en particular de Fosca, Quetame y Cáqueza. Sólo 10 años más tarde en 1850 obtuvo la categoría de Distrito y le cambiaron de nombre por el actual bajo el mando del corregidor Justiniano Castro, Sanmartinero, antepasado del amigo del Dr. Baquero, el Dr. Camilo Castro Chaquea. Por el año 1874, Ojos de Miel "así se llamaba" conoció el amor, su primer amor. El era uno de aquellos hombres sin arraigo en ningún espacio de la tierra, un traseunte hambriento, sin hambre de raíces, un hacedor por contrato de caminos en la tierra; ella le entregó su flor, su escondido amor. Y creyó ser feliz. Pero hasta el amor se marchita y aquel se marchitó, luego de 12 años, porque ese hombre llamado Miguel era uno de los pocos seres en la tierra inmunes a los Ojos de Miel. No se sabe si para bien o para mal, Miguel era incapaz de penetrar y de sentir aquella pasión, esa infinita ternura sobrehumana que causaban los Ojos de Miel.

— Por esta epoca ya existían poderosas haciendas como las del "Buque", allí abajito, ‘Vanguardia", "Ocoa" y otras, las cuales empezaban a sembrar café en vez de tabaco y quina. Todas éstas tierras donde estamos pertenecían al "Buque".

— Un día de 1884 Miguel marchó con otra con los hijos ya fabricados pero siempre buscaba a Ojos de Miel, no porque la amara, sino porque sabía de su amor infinito y por egoísmo de sentirse amado por la mujer por todos los hombres de la tierra más amada y añorada. Por si fuera poco, su cuerpo y sus senos "qué tetas" atraían a veces más miradas que sus Ojos de Miel; padecía de ritmo; parecía flotar al ritmo de pasillos, o del padre de la "salsa", el "Son Cubano" a toda hora. Y ella para evitarlo y huir de las tragedias que causaban sus Ojos de Miel, una noche de lluvia partió solitaria, con sus mejores ropas y vagó incesantemente por aquellas aún vírgenes montañas del piedemonte hasta que llegó a estos lugares. Por esos días esto era puro monte y todavía no llegaba Don Santos Betancourth, ni mi suegro don Belisario Rojas, ni Don Rafael Velásquez. Había transitado solitaria muchas noches sin probar las dulzuras de la vida. Entonces frente donde hoy es la escuela de la Vereda El Carmen, allá en Hato Chico, por fin rendida se acostó a esperar la muerte. Pero no murió. Encontró debajo de la lluvia a un ser que comprendía su soledad y el temor de Ojos de Miel. Era el 26 de junio de 1884 y así, con amor se le borró la nostalgia. Y se amaron locamente. El era un ser vestido de amanecer llanero lleno de sol y futuro, enraizado al paisaje como el Guatiquía, adherido a la urgencia de construir una patria, honrado hasta la ingenuidad, rítmico como el torbellino en trance de volverse joropo y adquirir la identidad de ahora. El se llamaba Amanecer y así recordaba ese encuentro:

"Fuimos llegando el uno al otro, como leña seca, olorosa a pino, a tacay y a viento de tierra caliente.

"Al principio, esos leños se arrumaban en cualquier rincón, olvidados, solitarios. Poco a poco les llegó un fuego lento que los hizo encender. Sus ojos como fósforos le dieron fuego a ese tronco duro de su corazón; también dulzura infinita.

"Así comenzó a arder de nuevo, en la primavera de la vida y con su calor, el leño fértil de sus senos alimentaba el alma. Nació la hoguera que el viento nutre y el agua refresca. Hoguera sin humo, hoguera que no quema y no maltrata. Hoguera que da envidia y alegrías. Los leños eternamente ardiendo, empezaron un día a florecer con flores rojas, con hojas verdes, con retoños nuevos y fuertes. Nació entonces, la vegetación ignífuga de los hombres, como nace en la mata de monte llanero, a cada instante. También crecieron de tanto amor y sol, de tanto lucero y besos. Un día, extenso como los de Alaska, de aquellos que duran seis meses, ese día cruel, se llenó de silencios y de nubes. La lluvia de los cielos de aquellos días largos, nos comenzó a nutrir de cicatrices y de pecas y de suspiros y de miradas idas: la dulzura de sus ojos, no fue tan recia como el sonido del joropo.

"La hoguera comenzó a echar humo y el viento más leve la hacía llorar. Entonces, al final de las horas, de aquel día de seis meses, la hoguera murió. Sólo habían pasado doscientas primaveras de la vida y se acercaba al otoño. Hoy recuerdo la hoguera que encendieron los Ojos de Miel".

Pascual suspiró y continuó contándole a Sanín la conjuradora historia, mientras parecía regresar del territorio del amor loco de la Bruja hermosa de los Ojos de Miel:

— Una mañana de 1906 —año en que llegó a Villavo el Padre Mauricio Dieres Monplaisir que fundó la Banda "Santa Cecilia" (1912) y trajo la imprenta (1916) de "Eco de Oriente", "Amanecer" no llegó y pasaron muchos amaneceres sin "Amanecer" y entonces todo fué obscuro y triste para Ojos de Miel, que nunca pudo retoñar, tampoco llorar; por eso sus lágrimas son de cabo de año. Cada vez que bota una descansa, usted la vió".

— Se lo tragó la manigua, dijeron. Ojos de Miel se puso más bella que nunca "a pesar de sus años", se vistió tan elegante como sabemos que es y caminó sin cesar gimiendo "con los ojos secos" por toda la región durante años. Desde entonces, en noches de lluvia se aparece a los hambrientos de amor".

— Ahora que ya le conte la historia y que hicimos "la contra", hoy viernes santo, jamás se le volverá a aparecer, dijo Pascual, y usted la dejará de añorar. Hoy es cuando el diablo repica en la campana que se robó de la Iglesia de Fómeque y que templó entre dos montañas en los nacederos del río Guatiquía y así ahuyenta a los espíritus del bien".

— Pero Pascual, por qué eso me pasó a mí y no a un parrandero como Humberto Hernández o Hugo Domínguez? Dije saliendo de mi letargo.

— Ay, Don Sanín, Si usted sabe que por acá no hay nadie tan jodido como usted para el Joropo, ni tampoco quien ame tanto el paisaje, y muchos menos nadie tan enamorado!