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ORÍGENES DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA
PRÓLOGO
I
Dentro del abigarrado
conjunto de textos políticos elaborados por los colombianos durante el siglo pasado,
pocos tuvieron la pretensión de ofrecer algo más que una toma de posición suscitada por
las urgencias de los enfrentamientos partidistas. Pero a veces los escritores de la época
trataron de justificar, dentro de perspectivas más amplias, prestadas usualmente a la
"ciencia constitucional" o a la "ciencia económica", como entonces se
decía, el derecho de algunos de los partidos a ejercer la dirección del país. Muchos de
los autores publicados en la antología del pensamiento político elaborada por Jaime
Jaramillo Uribe
1
corresponden al tipo anterior, que
sin embargo no incluye la que se convirtió en una de las formas favoritas de alegato
político: el enjuiciamiento de la evolución y de las actuaciones de los partidos para
extraer de su historia tanto la condenación y el aplauso a su acción como enseñanzas
aplicables a nuevas situaciones. En forma más o menos imprecisa, los folletos de Manuel
María Madiedo, José María Samper y Tomás Cipriano de Mosquera hacen parte de tal
vertiente y deben ser leídos teniendo en cuenta tanto o quizá más lo que sirve para
comprender las polémicas contemporáneas, que lo que ofrecen como recuento de un pasado
que querían sujetar a minuciosa revisión. Los tres fueron activos militantes de los
grupos de la época, todos tuvieron participación destacada en la prensa política o en
los diversos órganos del gobierno y Mosquera ocupó varias veces la Presidencia de la
República. Aunque tuvieran alguna pretensión de hacer tarea de historiadores o de
teóricos políticos, es preciso mantener siempre presente el hecho de que trataban ante
todo de tomar posiciones políticas y de dar fundamento a sus apreciaciones sobre
coyunturas muy precisas del desarrollo del país.
Manuel María Madiedo
publicó sus Ideas fundamentales de los partidos políticos de la Nueva Granada en 1859 en
las prensas de El Núcleo Liberal, un periódico de orientación liberal draconiana
2
El autor, que había nacido en Cartagena en 1815, se
radicó en Honda en 1840, después de concluir sus estudios y de haber ejercido el
comercio en Mompós. En ese año combatió la revolución liberal y fue nombrado
gobernador de Mariquita; desde entonces ocupó intermitentemente diversos empleos en las
administraciones de Herrán y Mosquera y mantuvo una posición política que permitió a
Juan Francisco Ortiz clasificarlo como "conservador neto". Colaboró asiduamente
en la prensa gobiernista ("ministerial" era el nombre de la época) y en 1849
mantuvo una vigorosa polémica con José María Samper, entonces redactor del
Sur-Americano y defensor de la candidatura presidencial de José Hilario López, que
culminó en duelo que Samper narró luego con detalle en su Historia de un Alma. Según
Samper, Madiedo decidió refugiarse en Ibagué para eludir la ofendida familia del
primero, y allí colaboró con el gobierno provincial, de orientación conservadora
3
.
Ya entonces comenzó a
hacerse difícil la ubicación ideológica y política de Madiedo. En 1852 aparece
encabezando la proclamación del radical Manuel Murillo Toro como candidato a la
Presidencia, enfrentado a José María Obando. No podemos deducir que se hubiera pasado al
liberalismo; entre quienes lo acompañan se encuentra el conservador Rufino Vega, quien
había sido uno de los revolucionarios de 1851
4
.
Tampoco es fácil sacar conclusiones de algunas de sus actividades políticas durante los
años siguientes. Manuel de J. Barrera asegura que Obando le ofreció un alto cargo en la
Secretaría de Guerra o inclusive esta misma posición, pero que no la aceptó. Bajo la
administración de Mallarino fue primer designado en la gobernación de
Mariquita,
provincia cuya asamblea era de mayoría liberal. Dos años después el gobernador
conservador de Cundinamarca Joaquín París, lo nombró prefecto de
Cundinamarca, cargo
que ocupó desde finales de 1857 y que a mediados del 58 conservaba aún. Para hacer más
confusa su posición, en noviembre de este año fue candidatizado a la Asamblea
Departamental por los liberales de la provincia, y justamente las Ideas fundamentales
corresponden a este período de su agitada vida política
5
.
Parecería que entonces estuviera Madiedo ubicado dentro de las filas del liberalismo,
pero opuesto al grupo radical. La división entre draconianos y radicales había adquirido
nueva fuerza y en la elección para presidente del Estado de Cundinamarca, creado
recientemente, se enfrentaban José María Rojas Garrido, a nombre de los radicales, y
Ramón Mercado, conocido draconiano y antiguo partidario de la dictadura de
Melo,
condenado al destierro al caer éste y luego indultado. La presunción de la afiliación
draconiana de Madiedo se acentúa si se tiene en cuenta que el documento de apoyo a la
candidatura de Mercado, que circuló el 5 de febrero de 1859, tiene todas las trazas de
haber sido escrito por Madiedo y crítica al radicalismo con las mismas frases que
aparecen en las Ideas fundamentales. Pero, pese a los violentos ataques hechos por Madiedo
a los radicales, cuando ambos grupos liberales se unificaron y presentaron una lista
conjunta a la Asamblea, encontramos al lado de Manuel Murillo Toro, "jefe de la idea
social" como lo llaman las Ideas fundamentales, el nombre de Manuel María Madiedo
6
.
Las Ideas fundamentales
pueden pues haberse escrito para apoyar electoralmente un grupo del cual era candidato el
autor. El interés principal de éste parece estar en presentar a los radicales como un
grupo iluso y fundamentalmente antipopular, que a nombre del liberalismo y el progreso
promueve unas políticas cuyo efecto es oprimir al pueblo y favorecer a la oligarquía. En
esencia, en cuanto dejan la sociedad a la merced de la lucha individual y quitan al Estado
toda posibilidad de intervenir en favor de los más débiles, los programas radicales
conducen inevitablemente a una sociedad en la que triunfan siempre los más fuertes, y en
especial los que, como los prestamistas, financistas, comerciantes, etc., pueden
aprovechar las libertades económicas para oprimir a los artesanos y en general al pueblo.
Es posible que el argumento fuera interesado y tratara de captar el apoyo de los
artesanos, víctimas del librecambismo propugnado por los radicales. Pero aunque la
argumentación de Madiedo no está muy desarrollada y es en gran parte coyuntural, su
visión del proceso político desde la Independencia tiene cierta coherencia que hace
pensar que su enemistad con el radicalismo y su preocupación por los artesanos es más
que circunstancial. No sabemos quién haya sido el primero en decirlo, pero Madiedo esboza
una idea que recientemente ha tenido notable carrera en el país: la de que la
Independencia fue un movimiento que defraudó las esperanzas del pueblo, que después de
sacrificarse por la libertad recibió de los criollos, que reemplazaron a los españoles
en las posiciones de mando sin que nada cambiara, el tratamiento de "la plebe" y
"la canalla"
7
.
Según
Madiedo, de los
partidos políticos creados tras la Independencia, el conservatismo había unido al
criollaje que buscaba preponderancia (la oligarquía que giraba alrededor de Santander)
con la "democracia del sable" encarnada en Bolívar. Entre tanto el liberalismo
había consistido exclusivamente en la idea de gobernar de acuerdo a la ley y en una
confianza optimista en los efectos de ésta, que los llevó a promover una legislación
que carecía de "apoyo a las costumbres". En este caso también encontramos una
formulación temprana de la crítica al liberalismo en términos de su desajuste con la
tradición nacional, crítica que abarca ambos partidos que adoptaron en general un cuerpo
similar de ideas. Aunque, como se dijo atrás, Madiedo apenas esboza sus argumentos, el
lector que conozca los estudios de Álvaro Gómez Hurtado, Indalecio Liévano Aguirre o
Alfonso López Michelsen sobre este período, encontrará bastantes resonancias, aunque
todavía no estén acompañadas de la idealización del período colonial que comparten
los autores más recientes
8
.
No interesa en el
contexto de esta nota seguir la evolución posterior de Madiedo, pero conviene señalar
que en 1863 publicó su Ciencia social o el Socialismo católico, una obra que en la
versión que da de ella Antonio García
9
parece
combinar en un eclecticismo probablemente bastante superficial, elementos democráticos y
liberales con una exaltada fe religiosa y una actitud favorable al pueblo y a los
"proletarios", que lo lleva a definirse como socialista. Aunque se afilia otra
vez al conservatismo, su actitud hacia los liberales es muy tolerante y se opone a la
intervención de la Iglesia en la política. Madiedo atribuye una función complementaria
a los dos partidos, necesarios ambos para el desarrollo adecuado de la sociedad. En esto y
en su tolerancia se acerca a la posición de José María Samper, y hacia 1870 predica en
Ecos de la Noche un acuerdo entre ambos partidos, eliminando del liberalismo su ala
"roja" y del conservatismo su alianza con el clero y su
aristocracismo. Aunque
sin la conciencia de la realidad social y política que tuvieron otros partidarios de tal
compromiso, como Samper y luego Núñez, Madiedo aparece entonces como uno de aquellos que
estaban formando el clima de opinión con el que se alimentó, sobre todo en su primera
época, el programa de la Regeneración.
I I
El libro de José
María Samper, Los partidos en Colombia, estudio histórico-político, corresponde a una
situación bien diferente. El liberalismo, después de triunfar en la guerra civil de
1861, incorporó en la Constitución de 1863 sus más firmes convicciones políticas y en
especial aquellas que formaban parte del credo radical. La Constitución dejaba a los
Estados la plenitud de la soberanía y confería a los individuos el más amplio
repertorio de derechos individuales. Pero el funcionamiento del sistema político estuvo
desde muy pronto alejado de lo que idealmente prescribía la Carta constitucional. La
libertad de conciencia entraba en conflicto con el interés del partido de gobierno de
impedir la acción política de la Iglesia y su alianza con el conservatismo; fue pues
preciso hacer los más complejos malabarismos lógicos y legales para hacer compatible la
libertad de cultos con la represión religiosa. El esfuerzo decidido del liberalismo para
mantenerse en el poder la llevó a violar los derechos políticos de los conservadores; el
riesgo de que éstos se apoderaran de un número de Estados peligroso para la hegemonía
liberal, convirtió el mantenimiento del orden público en un problema laberíntico que
requería hacer compatibles la intervención del gobierno central en los Estados con el
respeto a la letra de la ley federalista. Manuel Murillo Toro dio una gráfica expresión
al dilema, al aconsejar al gobierno central que detuviera al gobernador conservador de
Cundinamarca Ignacio Gutiérrez Vergara en 1869, para luego condenar implícitamente, como
juez de la Corte Suprema, la acción del presidente. Lo primero lo aprobaba como
político, lo segundo lo hacía dentro de su función de guardián de la ley
10
. Por otro lado, el sistema electoral se hizo todavía más
corrupto que durante el período de la Nueva Granada, sobre todo en las elecciones de los
Estados que influían en la escogencia del presidente de la Unión.
José Maria Samper
había entrado desde muy joven a la política, en los animados días del gobierno de
Tomás Cipriano de Mosquera, En 1848 y 49, cuando apenas tenía 20 años, condujo una
vigorosa campaña contra los jesuitas, a quienes atribuyó las más inverosímiles
maldades y la perversidad más incalificable; fue uno de los principales creadores del
ambiente que llevó a la expulsión de la Orden en 1851. En este mismo año, su
coquetería con un socialismo cuyo contenido ignoraba, dio pie para que la fracción
radical del liberalismo recibiera el nombre de "gólgota": un discurso suyo en
la Escuela Republicana atribuyó a Jesucristo avanzadas ideas políticas. Formó parte de
las logias masónicas, fue agente electoral al servicio del radicalismo, mantuvo una
ruidosa polémica contra los artesanos que defendían la protección, inició una demanda
contra José Eusebio Caro, que culminó con el autoexilio del ideólogo conservador y fue
subsecretario de Relaciones Exteriores, todo esto durante el gobierno de López y cuando
aún no tenía 25 años. Como jefe político de Ambalema tuvo el placer de emancipar a los
esclavos de la región y de distribuir resguardos indígenas. Entre tanto, comerció con
tabaco y otras mercaderías. Como buen radical, enemigo de Obando y del ejército, debió
esconderse después del golpe de Melo y huyó para unirse al ejército
radical-conservador. Después de la derrota de Melo, fundó con Salvador Camacho Roldán y
Manuel Pombo, el más notable periódico de la época, El Tiempo. Otra vez en 1856 y 1857
adelantó varías campañas periodísticas contra el clero y defendió un federalismo
"administrativo", sin ceder la soberanía a los Estados, idea que rechazaba y
que en su opinión se debía al general Mosquera. Fue luego redactor del Neogranadino,
hasta que en 1858 viajó a Europa con su segunda esposa, Soledad Acosta, y con sus hijas.
El viaje a Europa le
permitió ahorrarse la revolución encabezada por Mosquera, así como los debates
alrededor de la Constitución de 1863. En Historia de un Alma, escrita en 1881, sostiene
haber condenado una y otra, lo que indicaría el comienzo de su evolución hacia
posiciones políticas más moderadas. Al regresar al país en 1864, se sintió ya incapaz
de dar apoyo pleno a un liberalismo que consideraba excluyente e intolerante; el mismo
Murillo Toro lo había defraudado en París, con su vanidad, su torpeza, su indiferencia
ante todas las manifestaciones de la cultura europea que no fueran inmediatamente
políticas
11
, "Desde entonces he
estado casi constantemente del lado de la oposición y sosteniendo y preconizando una
política de conciliación entre los dos grandes partidos nacionales", afirma en la
Historia de un Alma
12
.
En ese mismo año de
1864 se estableció en La Mesa "para dar extensión a los negocios de tu casa",
como decía su amigo Camacho Roldan
13
; no
dejó sin embargo de mantener una intensa actividad literaria, orientada en buena parte
hacia el teatro y la prensa. La muerte de su madre le produjo un profundo efecto moral y
lo llevó al catolicismo, al que seguiría fiel hasta el fin. En 1873 publicó lo que
constituye expresión parcial de su transformación ideológica, el Curso elemental de
ciencia de la legislación, texto que reproducía sus lecciones orales y pretendía
reemplazar el conocido curso de Bentham por una de orientación anti-utilitarista. En este
mismo año dio a las prensas el trabajo sobre los partidos en Colombia, reproducido en
este volumen.
Como podrá advertirlo
el lector, este libro realiza tanto un esfuerzo por trazar y explicar los orígenes y la
evolución de los partidos, como una discusión acerca de los problemas políticos del
momento; trata, pues, de ser tanto un trabajo histórico (y recordemos que Samper había
escrito en 1853 el primer libro publicado en el país sobre la historia de la Nueva
Granada, y que su conocido Ensayo de 1861 incluía importantes elementos de análisis
histórico) como un alegato político. Me parece que predomina el segundo aspecto: más
que un buen conocimiento de la historia de los partidos, lo que recibe el lector es una
aguda percepción de las dificultades políticas creadas por las instituciones y los
partidos del momento, y, sobre todo, una viva imagen de las perplejidades que debía
afrontar un escritor que trataba de sostener simultáneamente una ideología claramente
ligada al liberalismo y una posición católica explícita. Si se tiene en cuenta el
enfrentamiento entre Iglesia y liberalismo y se recuerdan las formas tan extremas que
adquirió, y sobre todo, si se tiene presente la identificación cada día más estrecha
entre la Iglesia y los intereses políticos del conservatismo, que había convertido la
defensa de aquella en el eje de su programa y en el tema más conspicuo de su propaganda,
puede captarse cuán incómoda era la posición de Samper. Peor aún, el Syllabus de Pío
IX había condenado formalmente casi todos los elementos del programa liberal que Samper
todavía compartía.
En situación tan
difícil, los mayores esfuerzos de Samper están orientados a rechazar la identificación
entre conservatismo y catolicismo defendida por los "tradicionistas" (orientados
especialmente por Miguel Antonio Caro y José Manuel Groot) y a tratar de demostrar que es
posible ser católico y estar "por el progreso, la libertad, la república y la
democracia", ideas cuasi-heréticas para el conservatismo de comienzos de los
setenta. Otro elemento central de su alegato es la defensa del federalismo, que considera
casi irreversible; inclusive importantes sectores conservadores lo defienden.
Si los conservadores
hubieran renunciado a agitar la bandera religiosa y a tratar de reimplantar un Estado
centralista, como recomienda Samper, su conclusión de que el conservatismo carecía
de un programa viable seria aceptable; pero justamente la ausencia de otros motivos
de diferenciación hacia difícil que los conservadores renunciaran a mantener la
cuestión religiosa al rojo vivo. Esto hubiera requerido también, como lo sugiere
Samper,
que los liberales dejaran de perseguir a la Iglesia, lo que chocaba con la visión
filosófica del radicalismo más extremista y con el pragmatismo autoritario, interesado
simplemente en sujetar a la Iglesia al poder de un Estado controlado por el liberalismo,
expresado en los herederos de la tradición draconiana.
Lo anterior muestra
hasta qué punto le resultaba difícil a Samper separar el análisis de los partidos de
sus propuestas como político; su deseo de un acuerdo moderado entre liberales y
conservadores se convierte en un aparente análisis de los elementos básicos de los
programas de ambos grupos, que permitiría concluir que los aspectos religiosos de tales
programas (el clericalismo de unos y el anticlericalismo de otros) constituían una
especie de brotes enfermizos de ambos partidos, ajenos a sus proyectos fundamentales. De
este modo, el núcleo de la ideología liberal de Samper la autonomía entre la
esfera de la acción estatal y la de la creencia religiosa privada es utilizado como
premisa del análisis, y habría tenido que ser aceptada por los oponentes antes que
pudiera tener sentido toda discusión. Y precisamente era esa ideología liberal la que
a pesar del aparente triunfo del pensamiento liberal durante el siglo XIX, que
supuestamente impregnó ambos partidos más ajena era a los colombianos del siglo
pasado. La posición de Samper, que se refuerza en la parte final donde polemiza con
Diógenes Arrieta, es de un genuino liberalismo: no es válido proscribir al catolicismo a
nombre de la defensa de la libertad religiosa, alegando que el catolicismo no comparte la
creencia en la libertad religiosa. Sostiene implícitamente que las garantías
constitucionales tienen vigencia aun para aquellos que no creen en ellas o las atacan. En
esto Samper se separa de buena parte del radicalismo, siempre tentado a suprimir las
libertades (y los derechos electorales) a quienes se enfrentaban al liberalismo.
La oposición de Samper
al radicalismo al que ya en 1873 veía como un grupo que había perdido toda
moderación y no dudaba en recurrir a la violencia y al fraude para mantener sus
programas no hizo sino acentuarse durante los años siguientes, cuando José María
Samper mismo resultó víctima de fraudes y violencias radicales. Las elecciones de 1875,
en las que se enfrentaron Aquileo Parra y el candidato independiente Rafael Núñez,
fueron una buena señal de que el radicalismo como lo diría 5 años después el
prohombre radical Francisco Eustaquio Alvarez no estaba dispuesto a perder con
papelitos un poder que había ganado con las armas
14
.
Samper apoyó entonces una coalición de liberales y conservadores que, con el nombre de
"Unión Republicana" respaldó la candidatura presidencial de Núñez. Candidato
a la Cámara por Cundinamarca, una serie de maniobras del gobierno (que destituyó al
jurado electoral y manipuló tanto el escrutinio como la posterior calificación de los
elegidos por parte de las cámaras) privó a Samper de su credencial, aunque pudo
conservar una curul de senador por Bolívar (Estado controlado por los partidarios de
Núñez)
15
.
Sus ataques al gobierno
fueron elocuentes y ruidosos; según Carlos Martínez Silva, "la excitación
producida por las filípicas o catilinarias del doctor Samper fueron [sic] causa muy
principal de la gran revolución armada que inmediatamente se siguió"
16
.
Desde estos años
estuvo al lado de los conservadores, y al regresar de un breve exilio en Venezuela
publicó en El Deber un programa conservador moderado y transaccional. Allí defendía la
aceptación por parte del conservatismo de las instituciones federales, para mantener la
paz y a pesar de considerarlas dañinas para el país. Su ideal seguía siendo "una
justa y acertada descentralización que no perjudique a la unidad nacional", un
sistema de Estados Federados no soberanos. En cuanto a la cuestión religiosa, decía que
pese a que los conservadores eran creyentes, "no por eso, como partido político,
tenemos o levantamos bandera religiosa", ni pretendían que el clero se convirtiera
en "potencia política o cuerpo militante en las cosas temporales".
Los principales
dirigentes conservadores del momento, inclusive aquellos que habían sostenido posiciones
más intolerantes y con los cuales había polemizado el mismo Samper, acogieron el texto
publicado en El Deber como programa oficial del conservatismo; entre los adherentes se
encontraban Miguel Antonio Caro, Carlos Holguín, Carlos Martínez Silva, Sergio Arboleda,
etc.
17
.
Como era de esperarse,
Samper apoyó al gobierno contra la revolución radical de 1885 y fue nombrado por Núñez
para el Consejo Nacional que redactó la Constitución de 1886; Samper resultó, sin
embargo, en desacuerdo con el extremismo centralista y cesarista de Caro, y su propio
proyecto constitucional, que mantenía aún elementos fundamentales del federalismo, fue
abandonado; en vez de la reforma moderada que esperaba, se adoptó una
"reacción" centralista
18
.
Poco
después fue nombrado miembro de la Corte Suprema de Justicia, pero en una disidencia: si
su moderación le impidió acomodarse con el radicalismo, tampoco le permitió aceptar en
su totalidad la semi-dictadura centralista de Núñez y Caro.
Al analizar los
procesos políticos colombianos, Samper había utilizado con frecuencia la idea, teñida
de positivismo, de que existía una ley de acción y reacción que llevaba al vencedor a
reaccionar contra el vencido con fuerza igual a la antes sufrida. Samper resultó en
cierto modo víctima de este proceso. Había abandonado al partido liberal en el momento
en que éste triunfaba sobre el conservatismo; dentro de este grupo defendió los
principios liberales de tolerancia ideológica que los gobernantes del momento no
respetaban. Y en 1886 su ideal comenzaba de nuevo a fracasar, al prepararse los
conservadores para excluir a los liberales de toda participación sustancial en la
política. En el fondo, José María Samper había sufrido dos veces las consecuencias de
uno de los elementos más perdurables de la tradición colombiana: la superficial
incorporación del liberalismo a la práctica política de los grupos dominantes. Y si los
liberales obraban sin sujeción a los principios liberales, a pesar de que formaban parte
esencial de su retórica, no es extraño que el conservatismo, que por sus vinculaciones
con formas del pensamiento religioso pretendía expresar verdades de origen trascendente,
se negara en varias ocasiones, en forma explícita, a aceptar las reglas de juego
liberales.
I I I
Tomás Cipriano de
Mosquera, de cuya activa participación en la vida política, militar y científica del
siglo XIX sería injustificado hablar en este breve texto, se sintió agraviado por el
texto de José María Samper y decidió expresar públicamente su desacuerdo
19
.
Su folleto sobre los partidos consiste en un relato
de algunos incidentes de la historia política nacional, en especial aquellos en los que
desempeñó él mismo un papel destacado o respecto a los cuales le interesaba corregir la
versión de Samper. No forma un trabajo muy bien organizado y su escritura es poco
elaborada; en algunas ocasiones se limita a glosar en forma más o menos inconexa las
afirmaciones de Samper, que desaprueba. Independientemente de esto, es preciso señalar
que el contenido factual del folleto de Mosquera no es enteramente fiable. Si Samper
estaba evidentemente interesado en defender una posición política particular, y este
hecho, así como su ausencia del país en momentos importantes del siglo pasado, lo
convierten en una fuente que no es del todo fidedigna, aunque sin duda siempre honesta,
Mosquera quería ante todo defender su posición y su imagen, y parece dar importancia
principal, lo que resulta lógico en un personaje al que se atribuyó durante muchos años
una total falta de definición política y la subordinación de los puntos de vista
ideológicos a la ambición personal, a mostrar la continuidad de su pensamiento y sus
proyectos políticos.
Así, hablando de la
década del 20, quiere hacer creer que ya entonces era liberal, a lo menos en el sentido
de oponerse a la "Constitución impracticable" de Bolívar, y explica su notable
disposición a proclamar la dictadura de Bolívar como motivada por la necesidad de
"evitar males mayores"; hacia 1830 ya habría sido, si hemos de creer su
versión, federalista y también liberal, aunque separado del grupo de Vicente Azuero y
José Hilario López. La ubicación política de los diversos grupos de 1830 a 1849 es
bastante confusa, y Mosquera aprovecha tal confusión para presentar su propio lugar como
"progresista", mientras que los sectores que ya para entonces era tradicional
considerar como liberales, pierden en su relato tal carácter. De este modo, los
promotores de una serie de medidas de corte liberal bajo la administración moderada y
transaccional de Santander (1832-37), se convierten en una "oposición"
progresista en la que estaba Mosquera; como sabemos que fueron Vicente Azuero y sus amigos
cercanos quienes impulsaron tales medidas, a las que se oponía Santander por prudencia y
realismo, el término de "oposición" no parece adecuado para ellos, bastante
cercanos al presidente. Mosquera parece sugerir más bien que se trata de un grupo
diferente al de Azuero, con el que nunca simpatizó, y todo el enredado argumento resulta
centrado en el intento de presentar a Santander como conservador y de mezclar en una sola
supuesta oposición los actos de quienes se diferenciaban del presidente, o porque
trataban de empujarlo a avanzar más rápido o a frenar aún más las reformas liberales.
En la búsqueda de su
pasado liberal, Mosquera que descarta el carácter liberal de la revolución de
1839, contra la que luchó con notable crueldad afirma haberse opuesto al retorno de
los jesuitas durante la administración de Pedro Alcántara Herrán, así como a la
formación del partido conservador propiamente dicho en 1848, cuando Julio Arboleda se lo
propuso: él era un progresista y no un conservador. Tampoco apoyó la revolución de
1851, dice, porque no quería aparecer como "caudillo de un partido al que yo nunca
había pertenecido".
De nuevo Mosquera trata
de acentuar su liberalismo y sus posiciones federalistas hacia 1855, y desde entonces su
versión coincide mejor con la de los historiadores posteriores, aunque deja de lado las
diversas ocasiones en que actuó a nombre del conservatismo o participó en actividades de
este partido. Es evidente que Mosquera compartía ya para entonces algunos de los puntos
que identificaban el programa liberal, pero parece justificado considerarlo todavía como
miembro del conservatismo, al que esperaba representar en las elecciones de 1857 el
relato unilateral omite por completo su participación en las juntas conservadoras para
elegir candidato en tal año lo que le permite acentuar la distancia con el gobierno
de Ospina y rechazar que este alejamiento se atribuya justamente a despecho por no haber
obtenido tal candidatura
20
.
En todo caso, y dejando
de lado estas minucias, es conveniente recordar que desde 1864 las relaciones entre los
radicales y Mosquera se hicieron bastante hostiles; en 1867 aquellos lo derribaron de la
Presidencia y lo sometieron a un juicio en el que fue condenado a varias penas irrisorias
y al destierro. En 1869 su nombre fue puesto en juego por una alianza de excluidos: los
conservadores, que acababan de padecer la prisión de Gutiérrez Vergara ya mencionada, y
los liberales mosqueristas propugnaron la candidatura del general, entonces en Lima. A su
regreso al país no tuvo dificultades en conquistar la presidencia del Cauca, desde la
cual ejerció otra vez considerable influencia sobre la política nacional. La respuesta a
Samper, que fue publicada a comienzos de 1874, deja ver cómo Mosquera conservaba sus
posiciones anticlericales y rechazaba la tolerancia que entonces mostraba el radicalismo,
dirigido por Santiago Pérez, hacia las "usurpaciones clericales". Todavía en
ese momento su preocupación política central parece ser evitar que los sectores que
llama "neocatólicos" del conservatismo logren el predominio, calor de la
continua división liberal y de la tendencia de sectores radicales a transar con los
conservadores del Tolima y Antioquia. Para prevenir tales riesgos propone una coalición
de elementos moderados de ambos partidos, lo que muestra hasta dónde se estaba
convirtiendo en lugar común la campaña por una alianza que excluyera los grupos
considerados extremistas: el clericalismo conservador y los "socialistas y
sensualistas" en el lado del liberalismo. Pero la identidad superficial de
propósitos de Samper y Mosquera (y también de Madiedo) no debe ocultar que para el
primero el principal culpable del desorden nacional es el radicalismo, mientras que para
Mosquera el peligro mayor está en los grupos clericales. Por eso es explicable que en el
enfrentamiento de 1876 Mosquera hubiera terminado dando su respaldo a la candidatura
radical mientras Samper, decepcionado con el liberalismo, hubiera puesto toda su energía
del lado del conservatismo. Los dos polemistas se enfrentaron entonces una vez más, en el
Congreso de la República, y Samper pronunció un violento discurso contra el ya anciano
general
21
.
Este incidente puede
servir para indicar el fracaso del intento de 1875-76 de buscar una salida a la crisis
política bajo la dirección liberal; las nuevas soluciones requerirían que se hicieran
concesiones mucho mayores a los conservadores, hasta el punto de que éstos llegaron
eventualmente a quedar en la posición dominante, como quedó claro con el proceso de la
Regeneración.
JORGE ORLANDO MELO
_______
1.
JAIME JARAMILLO URIBE, (ed.), Antología del pensamiento político, 2 vols., Bogotá,
1970. Se Incluye allí un texto de MARIANO OSPINA RODRÍGUEZ, "Los partidos
políticos en la Nueva Granada", que por su contenido parece haberse escrito en 1850;
incluye algún análisis sobre las épocas anteriores.
2.
Los datos acerca de la vida de MADIEDO se han tomado del prólogo de MANUEL DE J. BARRERA
a Ecos de la Noche, Bogotá, 1870, y de la breve biografía de GUSTAVO OTERO MUÑOZ en
Semblanzas colombianas, vol. I I , Bogotá, 1938, págs, 262 y ss.
3.
SAMPER, Historia de un alma (Medellín, 1971), págs. 252 y 337.
4.
GUSTAVO ARBOLEDA, Historia Contemporánea de Colombia, vol. I I I , Popayán, 1930, pág.
175.
5.
ARBOLEDA, ob. cit., vol. V, pág. 655.
6.
El manifiesto de apoyo a Mercado está reproducido parcialmente en ARBOLEDA,
ibíd., pág.
654.
7.
El libro de INDALECI0 LIÉVANO AGUIRRE, Los grandes conflictos sociales y económicos de
nuestra historia, Bogotá, 1966, sigue en líneas generales una interpretación así.
8.
Cfr. ÁLVARO GÓMEZ HURTADO, La revolución en América, Bogotá, sin fecha, págs. 100 y
ss., y ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN, El Estado fuerte, Bogotá, 1968, págs. 17, 32 y 38.
9.
ANTONIO GARCÍA, Gaitán y el camino de la revolución en Colombia, Bogotá, 1974, págs.
96 y 205.
10. El incidente aparece en JOSÉ MARÍA CORDOVEZ MOURE, Reminiscencias de
Santa Fe y Bogotá, Madrid, 1962, pág. 1192, y en FRANCISCO DE PAULA BORDA,
Conversaciones con mis hijos, t. I , Bogotá, 1974, pág. 74.
11. La mayor parte de las informaciones sobre la vida de
SAMPER, proviene
de la Historia de un alma, ya citada. Sus opiniones acerca de Murillo se encuentran en las
páginas 556 y ss. Sobre el federalismo hizo algunos comentarios en Ensayo aproximado
sobre la geografía..., Bogotá, 1857, pág. 35.
12. Ob. cit., págs. 397-398.
13. SALVADOR CAMACHO ROLDÁN, Escritos varios, t. I , Bogotá, 1892, pág.
559.
14. El discurso de Álvarez está trascrito (¿libremente?) por CARLOS
MARTÍNEZ SILVA, Capítulos de historia política, t. I , Bogotá, 1973, pág. 70.
15. Cfr. la hoja suelta de SAMPER, A mis conciudadanos, Bogotá, 1876.
16. CARLOS MARTÍNEZ SILVA, Escritos varios, Bogotá, 1954, pág. 173.
17. El texto está reproducido en Las doctrinas conservadoras, Cali,1931,
págs. 13 y ss.
18. Cfr. SAMPER, Derecho publico interno de Colombia, t. I , Bogotá,1951,
pág. 4.
19. ARBOLEDA, ob. cit., t. IV, págs. 427-8, narra las juntas electorales
de 1857, en las que Mosquera manifestó su aceptación de lo que hiciera el partido
conservador.
20. Un relato de este enfrentamiento está en AQUILEO PARRA, Memorias,
Bogotá, 1912, pág. 667.
21. Mosquera siguió oponiéndose al nuñismo por su alianza con el
"conservatismo fanático". Véase su folleto Ojeada sobre la situación
política y militar de Colombia (¿Panamá?), 1877.
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