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3.5 El páramo como espacio de conflicto
Los páramos,
atendiendo a las contradicciones de la sociedad colonial, se fueron paulatinamente
convirtiendo en territorios de conflicto. Durante la pacificación de los Pijaos, los
páramos de la cordillera Central fueron refugio de los nativos y lugares de
confrontación con los españoles. Durante la conquista del territorio Panche y Pantagoro
en los actuales departamentos de Cundinamarca y Tolima, por parte de Gonzalo Jiménez de
Quesada, éste envió a Baltazar Maldonado para explorar las cumbres nevadas del
Ruiz-Santa Isabel, partiendo del Valle de las Lanzas (Ibagué).
Luego de múltiples
rodeos entre las selvas, describió el Valle de los Palenques, llamado así por los
cercados de madera en que se parapetaban los indígenas Pijaos para su defensa. Soportando
un medio hostil de frío excesivo, breñas y abismos, pantanos y lodazales, fieras y mil
asperezas, emprende el ataque contra los indios. Empero, no era gente tan dócil y blanda
que cediese fácilmente a las hostilidades de los blancos. Antes por el contrario, en
forma bravía y feroz atacaron a los usurpadores, haciendo tal estrago entre ellos, que
les mató 22 hombres e hirió gravemente al capitán Gómez Nieto y a otros... Con este
descalabro, considerando Maldonado que las escabrosidades de la tierra, el sutil veneno de
las flechas, la índole cerril de los indios y la influencia de agentes naturales
contrarios y casi insuperables eran muy superiores a sus medios, determinó ordenar el
regreso (Uribe-Angel, 1885).
Durante esta fase de
reconocimiento y conquista por la guerra, los páramos de la cordillera Central fueron
teatro de operaciones bélicas, donde los Pantagoros resultaron victoriosos contra los
invasores hispánicos. La alta montaña aparece como un territorio habilitado para la
defensa y el control de los territorios de vertientes medias y bajas.
Ante el auge de la
ganadería de altura, el proyecto hispánico creó varios hatos en zonas de páramo o
próximas a ellos, por lo cual el pastoreo empezó a modificar los ecosistemas desde
entonces.
La colonización de
altura con fines de mantener la producción de trigo y otros productos mediterráneos, no
sólo destruyó las selvas andinas y altoandinas, sino que penetró en el subpáramo,
modificando la distribución de los pisos parameros. Tanto la ganadería como la
agricultura hispánica, utilizaron los suelos de páramo provocando un fuerte impacto
ambiental, caracterizado por el sometimiento de la mano de obra indígena y campesina a
través de las instituciones hispánicas o del régimen de hatos y haciendas.
Este fenómeno fue muy
extendido en los páramos de Boyacá, Santander y Norte de Santander. En otros lugares
donde el indígena no desapareció, la guerra y el poder económico y político obligó a
una colonización forzada de los páramos, donde los indígenas ampliaban la frontera
agropecuaria de entonces, como sucedió con indígenas Quillacingas, Pastos, Yanaconas,
Coconucos, Paeces, Guambianos, Ika y Kogui;.entre otros. Estos conflictos aún están
vivos para varias regiones montañosas del país.
Pero no sólo
aparecieron conflictos por el desalojo, las acciones de fuerza para poblar las alturas,
etc., sino que el territorio paramero sirvió de teatro de operaciones para muchas
acciones de guerra, ya de manera directa como escenario, o como lugares de campamentos y
refugio.
Visto dentro de la
teoría de la guerra, los páramos se convirtieron en lugares estratégicos, debido a que
muchos de ellos dominaban importantes centros urbanos o de producción rural como lo fue
La Rusia, El Almorzadero, Santurbán, Guerrero en proximidades de Ocaña y
Sumapaz. En otra perspectiva, a través de los páramos se podían controlar la mayoría
de los caminos que comunicaban los valles interandinos, altiplanos, llanos y algunas vías
hacia los litorales. El vigilar mercancías, personas, bestias etc., de acuerdo con los
tipos de camino y las técnicas de movilización, hacían de los páramos lugares muy
propicios para determinar la naturaleza de la acción-militar.
Por otra parte, lo
inaccesible de estos espacios y sus condiciones ambientales tan exigentes favorecen de
manera relativa a quienes se localizan en ellos y produce no sólo desgaste sino peligro
para el enemigo. Vimos anteriormente que durante la persecución de Morillo a los criollos
en la provincia de Neiva, obligó una forzada marcha de éstos hacia el Macizo colombiano,
donde murieron de frío muchos de ellos.
Recordemos que el paso
de los Andes en el páramo de Pisba por las tropas libertadoras en 1819, causó un impacto
muy fuerte a las huestes bolivarianas.
En un testimonio citado
por Hamilton (1980) dice:.. así es que, a mi paso, siguiendo después el mismo camino
encontré los cadáveres de ochenta soldados por los menos. Cuatro oficiales y cuarenta
soldados, entre ellos algunos alemanes pertenecientes al regimiento Albion yacían muertos
a la orilla del camino y tuve la tristeza de ver expirar algunos de estos moribundos a mí
lado sin poderles prestar auxilio alguno.
Algunos otros ejemplos
que exponemos a continuación han sido tomados de Pérez (1982), bajo la consideración de
que la especial topografía de las montañas y altiplanos hacen de estos espacios lugares
inmejorables para la guerra de guerrillas. Las tácticas de hostilización de pequeños
grupos para combatir al enemigo regular tiene un transfondo geográfico y social; aspecto
éste que confirma Páez (1973), citado por Pérez (1982), cuando afirma que el sistema de
guerrillas es y será siempre el que deberá adoptarse contra el invasor en países como
el nuestro donde sobra terreno y falta población. Sus bosques, montañas y llanos
convidan al hombre a la libertad, y le acogen en sus senos alturas y planicies para
protegerle contra la superioridad numérica de sus enemigos.
Las guerrillas eran
tanto patriotas como realistas. De éstas deben destacarse la de Salas en proximidades de
Pamplona y El Carare; los «Colorados» dirigida por Javier Alvarez, al sur de Ocaña; y
las guerrillas de Pasto y el Patía, todas dirigidas como instrumentos anticriollos.
Dentro de las guerrillas que colaboran con el despertar revolucionario de la
independencia, es notable la de los Hermanos Almeydas organizados hacia 1817, la cual
abarcó el norte de la Sabana de Bogotá, el Valle de Tenza, Tunja y parte del Socorro y
el occidente de Cundinamarca hasta Honda. Poseían una fácil, rápida y efectiva
movilización. Otros núcleos de revolución anticolonial reaparecen hacia 1819 en
Charalá, Opón, Páramo de Guantiva, Onzaga y Guadalupe, conformada por paisanaje que no
se separaba de la población general.
Estas acciones
guerrilleras distrajeron a las tropas realistas, debiendo perseguirlas como hizo Barreiro
contra los grupos del páramo de Cerinza (Pérez, 1982). Además, los páramos fueron
lugares de castigo para infractores de la ley, motivo por el cual se crearon penales en
estos ambientes rigurosos. Así mismo, algunas formas de bandidaje cometidas por prófugos
o asaltantes tenían como base de operación o lugares de refugio a las zonas próximas o
bajo la influencia de los páramos. El carácter de este trabajo no brinda espacio para
mirar en detalle dicha problemática.
Los páramos, esos
paisajes abiertos a la enrarecida atmósfera y a las agrestas cumbres andinas de
ilimitados horizontes y gélidas nieblas, fueron espacios de reserva estratégica donde
era posible tanto organizar, renovar o prolongar el combate, cómo pasar inadvertidos bajo
disimuladas tácticas para sorprender al enemigo con acontecimientos imprevistos.
La estrategia no podía
manejar la comprobación visual ni la información veraz, en aquellos desolados parajes,
permitiendo que la defensa obtuviera niveles de incertidumbre, como lo plantea Clausewitz
(1972). El peligro de los páramos fue un elemento importante en las confrontaciones de la
independencia y de varias guerras civiles, condicionando por ello los espacios de
confrontación y de conducción misma de las guerras.
En torno al páramo se
alcanzó a desarrollar una construcción cultural desde la época prehispánica, cuyo
conocimiento apenas se esboza es este capítulo. Desde la concepción de un mundo mítico
en las culturas indígenas, donde el páramo fue habitado, gobernado, poseído, conservado
y cualificado por los dioses, hasta la penetración, adecuación, explotación,
cuantificación y desequilibrio geoecológico de los proyectos ganaderos, mineros,
agrícolas, urbanos, turísticos, estratégicos y científicos de las sociedades colonial
y republicana; existen concepciones, visiones, formas de apropiación, formas de uso,
sistemas de manejo, percepciones, metodologías y cotidianeidad de sus habitantes, todo lo
cual ha integrado esa cultura de alta montaña; no sólo como conciencia y sentimiento de
identidad para sus moradores, sino como frontera que demarca el mundo paramero del
no paramero a la cual está unida nuestra comprensión y también nuestra conciencia
de un mundo que nos rodea en las alturas ecuatoriales y al cual también pertenecemos por
integración, por identidad o por interés.
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