Tallas ceremonales, 
Indígenas Waunana, Chocó
Foto: Oscar Monsalve

29. ALGUNOS CRONISTAS Y VIAJEROS DEL MAR DEL SUR

A pocos años de descubierto el Nuevo Mundo irrumpe en la escena americana Vasco Núñez de Balboa. Es en el año de gracia de 1513 cuando este extremeño contempla por vez primera y desde la cima de Chucunaque la imponente inmensidad del Mar del Sur. Cuatro días después de su descubrimiento y armado de escudo, estandartes y espada penetrará en las pacíficas aguas del nuevo océano para tomar posesión del mismo en nombre de los monarcas de Castilla, León y Aragón, Don Fernando y Doña Juana. Con este acto de soberanía se abría una. nueva página en la historia del mundo, y al tiempo que se multiplicaban en forma ilimite los dominios de Castilla, se iniciaba el proceso de colonización de la Tierra Firme. Curiosamente, y por razones que escapan a la temática aquí tratada, el territorio colombiano adyacente al área eh la cual se realizó el descubrimiento del Mar del Sur, y en general, la Costa del Pacífico, han sido uno de los lugares en donde menos presencia ha hecho el estado colombiano. Un análisis de las notas de viaje de los exploradores y cronistas que la han visitado refleja este hecho, pues son pocas las diferencias encontradas en los distintos escritos a pesar del paso del tiempo.

En casi quinientos años de historia, son muchos los viajeros que se han ocupado de la Costa del Pacífico o de su zona de influencia. Por razones de espacio, tan sólo nos detendremos en cuatro de ellos, quienes han sido seleccionados más como testimonio de su época que como exploradores o narradores. El primero es Pedro Ordóñez de Ceballos, digno exponente del período de la conquista española y autor de un interesante libro aparecido por primera vez en 1614 bajo el título de Viaje del Mundo. El segundo es Gaspar Theodore Mollien, notable viajero y navegante francés quien terminó su vida como cónsul. En 1823 recorriá el territorio colombiano y como constancia de su visita escribió Voyage dans la Republique de Colombie, obra en la que hace una descripción bastante objetiva, aunque algo descarnada, de nuestro país en sus primeros años de vida independiente: El tercero es el médico Charles Saffray, quien visitó Colombia en 1869 realizando un exhaustivo recorrido por buena parte del país. La crónica de su viaje apareció en “Le Tour du Monde” bajo el título Voyage á la Nouvelle Grenade. El cuarto es Miguel Triana, quien realizó un interesante viaje por encargo de la administración del general Rafael Reyes. Este se inició en Tumaco, para pasar a Pasto y desde allí internarse en el Putumayo en busca de un camino práctico y viable que permitiera la comunicación entre el área andina de Nariño y la cuenca amazónica.

El clérigo agradecido, Pedro Ordóñez de Ceballos

A finales del siglo XVI llegó al Nuevo Reino de Granada un curioso aventurero andaluz, quien previamente y en forma inverosímil había dado la vuelta al mundo en medio de novelescas aventuras. Numerosos títulos adornan su hoja de vida: por espacio de treinta años prestó fieles servicios a la Corona entre los que se pueden contar el haber sido alférez real en las galeras españolas, capitán y caudillo en empresas militares en el Nuevo Reino, maese de campo en la llamada “jornada de Urabá y Caribaná”, poblador de la Concepción y de Santiago de los Caballeros, visitador por la real audiencia de las gobernaciones de Antioquía y Popayán, caudillo en la lucha contra los indígenas paeses y pijaos y fundador de Altagracia de los Sutagáos. Cansado de su agitada vida aventurera resolvió cambiar de estado y se hizo cura en Santafé; como clérigo fue beneficiado de Pamplona y visitador eclesiástico en el Nuevo Reino. Luego pasó al Perú donde fue canónigo. Antes de morir alcanzó a ser nombrado provisor, juez y vicario general de Cochinchina, Champao, Cicir, Laos y reinos circunvecinos.

De las numerosas aventuras de Pedro Ordóñez de Ceballos hemos seleccionado un curioso episodio ocurrido en la isla de los Cocos. Cuenta el “clérigo agradecido” que luego de la fundación en Urabá, de Santiago de los Caballeros y de Concepción y de hacerse la organización de las encomiendas en esta área, se presentaron -como era costumbre- pleitos de hacienda entre los fundadores; en su caso el pleito tuvo lugar con el Gobernador de Santa María, don Lope de Orozco. Por tal motivo hubo de apelar ante la Real Audiencia de Santafé. Resuelto el pleito y rehecha la amistad viajó a Santafé, y llegado a esta ciudad se encontró con la circunstancia de haber sido nombrado oidor para visitar la Gobernación de Antioquia, por entonces a cargo de Don Juan de Rodas. Cumplida su visita a esta provincia viajó a la Gobernación de Popayán, la cual estaba a cargo de Don Jeronimo Tuesta de Salazar. El Gobernador Tuesta guardaba rencillas al oidor por cuestiones de tributos y se las arregló para ponerle prisionero.

Ordóñez de Ceballos fue detenido y se decidió enviarle a Panamá por la vía de Buenaventura, y desde allí remitirle a España para ser juzgado por el Consejo de Indias. Gracias a una vieja amistad que le unía al Capitán Francisco Redondo, natural de Cali, encomendero de Roldanillo y Juez de Buenaventura, Ordóñez no sufrió penurias en el camino hacia Buenaventura, sino que por el contrario, y por influencia del capitán, fue llevado en guando en una cómoda litera especialmente acondicionada y conducida por un grupo de doscientos indígenas, provisto de abundante comida y de no menos abundante y generoso vino español, que según manifiesta el propio oidor, no probó, pues había dejado esta bebida y tan sólo la volvió a degustar en Santafé, ya siendo clérigo y como parte del sacrificio eucarístico. Llegado a Buenaventura fue advertido de que no debía preocuparse. Pasados veinte días quedó libreta cambio del suministro de provisiones para un navío. En lugar de embarcar para Panamá en calidad de detenido, se unió con Marcos Ortiz, quien había llegado en su búsqueda y concertó un navío para visitar la isla de los Cocos. El juez del puerto le designó capitán del barco.

Ya en la isla de los Cocos, y luego de haber cargado más de la mitad del navío, surgió una pendencia entre Ortiz y el maestre del barco. Salomónicamente, Pedro Ordóñez los prendió, ubicando a Ortiz en la popa y al maestre bajo cubierta. Este hecho produjo descontento entre la tripulación; la marinería se confabuló para dejarlo abandonado en tierra. Cuando Ordóñez notó que le abandonaban llamó a gritos a los marineros, respondiéndole uno de ellos: “Quédese ahí, señor capitán y justicia mayor del navío, que no le habemos menester, y sea manjar de los caribes”.

El barco alzó velas y el oidor quedó abandonado a su suerte. La intención de los marineros era dejarle junto con Ortiz, pero no pudieron hacer bajar a este último con la debida oportunidad. En medio de su abandono, Ordóñez, no pensó en otro recurso, que en trepar a un árbol frondoso buscando refugio en su espesura. Pasada una hora de haber subido al árbol llegó al lugar un grupo de indígenas fuertemente armados que, para fortuna del oidor, no notaron su presencia. Al día siguiente regresaron al lugar hombres y mujeres, en plan de recolectar mariscos; tras dos horas de esta labor se retiraron, lo que permitió a Ordóñez descender del refugio y aprovisionarse de cocos para su sustento. Al tercer día llegó al lugar una pareja de indios en la que el varón acosaba ostensiblemente a la hembra, la cual no respondía a los requiebros e insinuaciones de su compañero. El indio se retiró momentáneamente lo que permitió a nuestro personaje escuchar los lamentos de la mujer, quien entre otras cosas decía: “Dios mío, sácame de aquí y llévame a Guayaquil; marido mío, hijos amados, ¿cómo estaréis?”

Al cabo de un rato regresó el hombre y re inició con ahínco su acoso al punto de pretender forzar a la mujer; esta se defendió aguerridamente y en medio de la pelea a gritos, exclamó: “Madre de Dios socórreme”. Este llamado bastó para que Ordóñez olvidara sus temores y el peligro que le rodeaba, y tomando uno de los cocos de sus provisiones lo lanzó con fuerza hacia la cabeza del indio, con tal suerte que le dañó un ojo y le dejó inconsciente. La india en medio del susto no vio al oidor y atribuyó a un milagro divino este hecho; luego y más calmada se apiadó de su ofensor, le curó el ojo con algunas hierbas y le recostó a la sombra de un gran árbol.

Al día siguiente Ordóñez bajó del árbol, se acercó al indio y viéndole aún inconsciente le ató; cuando pretendía atar a la india, esta le dijo ser cristiana y manifestó su deseo de abandonar la isla donde hacía tres años había sido traída tras ser secuestrada por el cacique de la misma, de quien había tenido un hijo. En cuanto al indio herido, manifestó ser un cautivo originario de otra isla, al que le había tomado mucho amor, pero a quien rechazaba por querer tan sólo a su legítimo esposo y padre de sus hijos, el cual vivía en Guayaquil. Tras las confidencias, la mujer propuso al oidor matase al indio y lo arrojase al mar de manera que ella pudiera decir que se había ahogado. En compensación por ello, le visitaría y le traería comida periódicamente. Mientras esto decía, observó en lontananza la vela de un barco que resultó ser el navío de Ordóñez, que regresaba tras un pequeño motín, encabezado por Ortiz quien logró convencer a la marinería de la necesidad de su rescate.

Cuando estaban a punto de zarpar apareció el cacique haciendo señales de paz y mostrando deseos de hablar. La harca le recogió, fue hasta la nave y habló con la mujer, con quien acordó entregarle al hijo a quien acompañaría un viejo fraile franciscano que allí tenía. Cumplido este menester y con buen tiempo el navío partió hacia Buenaventura. En tierra firme Ordóñez encontró una provisión en la que se le comuni caba continuase y concluyese su visita como oidor, tras lo cual se dirigió a Popayán donde se reconcilió con el gobernador Tuesta. Cumplida la visita continuó sus habituales aventuras.

La navegación del Dagua. 
Dibujo de A. Neuville

El observador crítico, Gaspar Theodore Mollien

Mollien entró al territorio colombiano por Cartagena, ascendió el Magdalena hasta Honda, remontó la cordillera hasta Bogotá, visitó la provincia del Socorro, regresó a la capital y luego de recorrer sus alrededores viajó a Neiva, La Plata y Popayán. De allí pasó a Quito y Cuenca para regresar nuevamente por Popayán a Cali y seguir de allí a Buenaventura, para embarcar hacia Panamá. De su recorrido por Colombia nos vamos a referir al tránsito de Cali a Buenaventura por el Dagua y a sus comentarios sobre el Chocó.

Venía Mollien de Popayán por la vía de Quilichao y Jamundí y permaneció seis días en Cali. Califica a la ciudad como bien ubicada, no sólo desde el punto de vista climático y panorámico, sino comercial por converger en ella las vías de comunicación con Popayán, el Pacífico y el centro del país. De Cali, de su riqueza y de sus pobladores se expresa muy bien y entre otras cosas dice: sus calles están bien alineadas y las casas son de ladrillo o de tierra encalada, lo que le da un aspecto de limpieza poco frecuente en la cordillera Oriental”. Cumplida su visita, parte por la vía de Dagua hasta las Juntas. Con la ayuda de dos experimentados bogas de color se embarca en una piragua con el fin de recorrer las peligrosas aguas del río. Un hoga ase una pértiga y el otro un remo y a él le ubican en el centro de la piragua, repartiendo cuidadosamente el peso de navegantes y equipaje. Así se inicia el rápido descenso en medio de la fuerte corriente, acrecentada por las frecuentes lluvias. Es tal la velocidad de la piragua, la abundancia de remolinos, rápidos y estrechos, que el viajero no se atreve siquiera a parpadear por miedo a ocasionar un naufragio. Su admiración y respeto por los dos negros va en aumento al punto de confiarles su vida sin ningún recelo. El viaje implicaba tres cambios de embarcación y el paso de una noche en medio del camino. La última parte del viaje era más apacible, aunque no menos peligrosa, pues los rápidos, las cascadas y la estrechez del cauce eran reemplazados por la velocidad de las aguas y por numerosos troncos de árboles que amenazaban la nave.

Llegados al puerto Mollien dice del mismo: “por la importancia y por la belleza de su situación Buenaventura debería ser una ciudad considerable; un comercio activo debería dar animación a su puerto; una población rica e industrial debería llenar sus calles y numerosos barcos deberían entrar y salir sin cesar; pero sin embargo no hay nada de eso”. Para la época describe la ciudad como: “una docena de chozas habitadas por negros y mulatos, un cuartel con una guardia de once soldados, tres piezas puestas en batería, la casa del Gobernador, lo mismo que la de la Aduana es de paja y de bambúes, situada en la islita de Cascajal, cubierta de hierbas, espinos, fango, serpientes y sapos: eso es Buenaventura”.

A pesar de la situación señalada por Mollien, el puerto ya contaba con notable comercio, y como él mismo lo indica, con el tiempo podrá adquirir un incremento prodigioso, si de acuerdo con el proyecto ya planeado, se traslada su emplazamiento hacia el noroeste, lo que le permitirá figurar como uno de los primeros puertos del Pacífico por la extensión y profundidad de su bahía. Mollien al referirse a la región del Chocó destaca la profusión de canales naturales y plantea la posibilidad de comunicar con relativa facilidad el mar de las Antillas con el Gran Océano, mediante la perforación del istmo de San Pablo. Igualmente se refiere al clima y a la configuración del terreno señalando como la topografía y la falta de caminos regulares fueron hechos favorables a la política española, la cual temía en extremo que las provincias del interior pudieran tener relaciones con el océano Pacífico. Cierra su comentario con relación a esta comunicación, la siguiente frase, que aún tiene vigencia en buena parte de la costa: cuesta Dios y ayuda conseguirla”.



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