Comunidad Epera, Río Saija
Foto: Diego Arango

28. DEARA: LA CASA DE LOS HOMBRES

Julio y Rosa Emilia, su mujer, me acompañan desde el caserío de El Veintiuno, en la carretera que une al Quibdó con el Carmen de Atrato, hasta el río Ichó. Remontamos un suave camino que sale desde el chorro del agua de esa comunidad de trece casas hasta llegar al alto, bajamos y rodamos por entre barro rojo y piedras hasta la quebrada Mumbaradó y descendemos a pie su curso de lisas piedras blancas hasta que se hace navegable. 

De entre unos matorrales de la orilla cercanos a una casa que parece deshabitada de momento, Julio saca una champa, la abordamos y navegamos por las aguas de Mumbaradó, que son de un amarillo cada vez más oscuro hasta alcanzar casi el negro. De pronto, luego de una curva, desembocamos en un río ancho, lleno de piedras, de corriente accidentada, intensamente azul; “es el Ichó”, anuncia Julio.

A fuerza de palanca lo vamos remontando en la champa, pero está muy seco y hay que bajarse y seguir a pie. Después de una hora de incómodo camino por las piedras de la playa arribamos al tambo (de , en embera) de Gustavo.

Es una muy bella construcción, toda de palma barrigona, llamada también buchona o meme, cuyo piso se alza a unos dos metros del suelo arenoso apoyado sobre 24 vigorosos pilotes. Se encuentra a una veintena de pasos de la playa del río, sobre una orilla alta que la pone fuera del alcance de las inundaciones. Y allí, a unos pocos pasos tras ella, está la selva. Varios caminos parten de la casa en distintas direcciones y se pierden entre los árboles.

De planta casi circular, está cubierta por un techo cónico de hojas entretejidas de palma de panga, que en otros lugares son kuabel, jicría, token, amarga, koroba o dokitúa, que se sostienen, dobladas por la mitad, de 16 aros horizontales de buchona, colocados a unos 20 cm. unos de otros, alrededor de doce cuartones inclinados; el extremo superior de estos se apoya en el remate de un monumental poste central que, profundamente anclado en el suelo de tierra, se levanta hasta el vértice del techo. Esta cubierta llega hasta cerca de un metro del piso, lo cual permite que no se construyan paredes para que el aire pueda circular libremente y, al mismo tiempo, haya protección contra la humedad, la lluvia y el viento excesivos. Cuando se techa, las hojas se colocan de abajo hacia arriba, superpuestas, conformando una capa protectora que no deja pasar el agua, además de que la fuerte inclinación del techo hace que ésta escurra con rapidez cuando llueve.

El ápice del entechado es puntiagudo y remata en una cerámica invertida que lo cierra, dando al conjunto, cuando se lo mira desde el Ichó, una línea hermosa y elegante. Nos acercamos por un caminito que sale de la playa y subimos por la escalera hecha de un solo tronco grueso, con muescas que sirven de escalones y que rematan en una cabeza humana ligeramente inclinada, que parece descansar dormitando, tallada en el mismo tronco. Detrás de nosotros trepan y entran también los perros.

Al subir, nos encontramos sobre una gran plataforma que no presenta ninguna división interna; es negra y brillante, hecha de esterilla de palma barrigona, aunque a un costado se ve un “parche” de tiras de madera de chontaduro (Bactris gasipaes). Como tampoco hay mobiliario, el gran salón parece ilimitado.

Julio cuenta que entre los waunana del medio y bajo San Juan el piso del tambo se hace diferente: “ellos no son como embera”. Allí se construyen varios niveles: un cuadrilátero central más bajo y en dos o tres de sus lados plataformas más altas empleadas para trabajadores cansar y que, según informa Reichel-Dolmatoff, tienen forma de segmentos de círculo; en la pared opuesta a la, entrada hay un segmento hundido que se usa para la cocina. Gustavo interviene para decir que muchos waunana están cambiando y ahora hacen el piso de la casa parejo como los embera.

Adentro, la ligera penumbra deja ver cómo el centro de la casa está conformado rectangularmente por cuatro gruesos pilares que vienen desde el suelo, clavados a más de un m. de profundidad, se prolongan hacia arriba y sirven de base para sostener el techo. Estos dan la guía para los pilotes que sostienen toda la casa y sobre los cuales, sin ninguna clase de amarre, van las viguetas en que se apoya el piso.

Por fuera de este espacio central y en el lado opuesto al de la escalera se encuentra el fogón: una pirámide alta de tierra en cuya pendiente están colocados tres robustos troncos sin rajar que arden con llamas muy vivas; la pirámide está encerrada por cuatro palos rectos que forman un amplio cuadrado.

Como advierte mi interés por el fogón, Gustavo explica que para hacerlo se escoge el sitio teniendo en cuenta el número de mujeres que van a cocinar en él y cuántas personas necesitan “calentar”. Después se pone sobre el suelo un tendido de hojas de biao o de plátano y se delimita el espacio con cuatro troncos de madera fina o de guadua; sobre las hojas se van colocando capas de tierra húmeda, que las mujeres saben buscar, y se apisonan hasta lograr la consistencia que se quiere y “ya está listo para cocinar.

Al preguntarle por la forma de pirámide, pues la mayor parte de los observados en otras partes son planos o sólo ligeramente levantados hacia el centro, responde que a la mamá le gustó así. En el costado por donde suele soplar con más frecuencia y fuerza el viento, hay una pared baja de tablas que resguarda un montón de canastos que contienen diversos productos, entre los cuales los plátanos verdes se observan con mayor facilidad. Varios galones de plástico conservan, según dice Gustavo, el guarapo de panela que se tomará en un convite programado para algunos días después. Cuatro tarros de guadua de bastante diámetro y una longitud de casi dos metros sirven como recipientes para guardar el agua que se trae de la pequeña quebrada cercana.

Comunidad Embera, Río Capac
Foto: Diego Arango

A unos 2,50 metros de altura sobre el piso, se extiende un zarzo de esterilla de buchona, hecha rajando el tronco de la palma con un hacha y con un machete que se golpea con una maza de madera. Este elemento clave, de la casa, se apoya sobre cuatro vigas que se sostienen en los cuatro postes centrales. Para alcanzarlo se sube por una escalera como la de la casa y se pasa por una abertura cuadrada, más arriba de la cual sólo se percibe la oscuridad y se presiente el misterio. En éste se guardan herramientas, canastos, bastones y tablas de jai y otros objetos, y también se almacenan algunos alimentos como el maíz. Además, allí moran los jai.

Suspendida del zarzo sobre el fogón hay una armazón de madera completamente negra de ollín, en donde se guardan utensilios de cocina y algunos alimentos. De ésta penden ganchos de alambre que sirven para colgar las ollas al cocinar y los tarros de guadua para guardar la sal. En otras viviendas hay en su lugar una especie de estantería parada en el suelo al lado del fogón y que cumple la misma función.

De acuerdo con el poblamiento disperso de los embera, no hay casas cercanas y la de mayor vecindad está a más de media hora río arriba, aunque por presiones de la organización indígena Orewa y conflictos con los negros, se está creando un pequeño poblado a una hora y media corriente abajo, en el sitio de Tigre; hacia allí se han ido trasladando los moradores de las varias casas del alto Ichó y, al decir de Gustavo, pronto esta parte quedará despoblada.

Después de comer y como la oscuridad llega velozmente, Gustavo nos indica el sitio en donde podemos dormir, ubicado en el rectángulo central. Me explica que es el lugar más protegido del viento frío que sopla en la noche, especialmente al amanecer, pero no cuenta que allí caen bastantes goteras cuando llueve, como tengo oportunidad de aprenderlo por propia experiencia cerca de las dos de la mañana. Ellos sacan sus cobijas, esteras y mosquiteros y los extienden en el sitio que les corresponde, agrupándose por núcleos familiares. La anciana se acuesta sola, cerca de nosotros y sobre una tela de corteza de árbol de damagua o damajagua, doblada por la mitad y sin ninguna decoración. No veo aquí los apoyanucas tallados en madera que todavía usan los waunana en el bajo San Juan y que jamás he visto entre los embera.

Uno de los hombres saca los perros, sube la escalera del frente y la acuesta en el suelo y voltea la escalera de atrás para que las muescas queden hacia adentro y nadie pueda subir por ella. Poco después, todos descansamos, mientras las llamas danzan y crepitan en el fogón, irradiando calor a los durmientes.

Cuando aparecen las primeras luces de la mañana, las mujeres se levantan, van al río y vuelven bañadas, se acercan al fogón, avivan el fuego y comienzan a cocinar. Un poco más tarde se van levantando los hombres y después de asearse en el río vienen a calentarse sentados en los troncos que enmarcan el fogón. A las seis, todos estamos levantados, después de recoger los tendidos y colocarlos en los extremos o recostarlos en los postes para dejar libre la mayor parte posible del espacio interior.

Hacia las ocho, lo que fue dormitorio durante la noche es lugar de intensa actividad. La mujer más anciana ha sacado su cántaro y tuesta maíz sentada al pie del fogón; cuando tiene una buena cantidad de granos reventados, se sitúa más hacia el fondo y muele en la piedra de moler, arrodillada en el suelo durante horas para hacer la harina; su nuera le ayuda, pero trabaja en el molino Corona que se encuentra atornillado a una tabla alta en el borde mismo del tambo.

Hacia el frente y en el costado izquierdo, sentadas cerca a la orilla de la plataforma para aprovechar mejor la luz, dos mujeres están tejiendo sendos canastos, un carguero, la una, un jamará, la otra. En el lado opuesto, Julio afija su machete con paciencia, pasándole la lima una y otra vez. Ubicado en el cuadrado central, un muchacho está fabricando cuenta de collar “chidi-chidi” con las monedas de plata que trajo de Quibdó, a donde fue a vender el oro que lavó en el río, frente a la casa. Cerca a él, recostado contra un poste, tomo nota. Los niños juegan gritando, corriendo y brincando por todas partes.

Todos nos sentamos en el suelo aunque, a cierta distancia, alcanzo a ver dos banquitos hechos aprovechando la forma natural de las raíces de la guadua. En cambio, no hay visible ningún banco de jaibaná, de aquellos que se tallan en madera de balso, livianos, o de mare, finos y pesados, y que en la vida cotidiana cualquiera puede usar para sentarse.

Bajo un cobertizo de palma que amortigua a medias el sol abrazador, a unos diez metros de distancia del tambo, los otros dos hombres de la casa se esfuerzan durante horas y desde hace varios días, según me cuentan, para tallar con sus azuelas una champa larga y estilizada. Cuando la terminen, será como una flecha volando sobre el agua al impulso de las palancas o los canaletes.

  
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