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23. LENGUAS VERNACULAS SOBREVIVIENTES
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Comunidad
Waunana, Río San Juan
Foto: Diego Arango
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El
Derecho a la lengua propia
"...que
lengua ni que chorizos, esos son enredos que se inventan esos indios para que no les
entendamos."
L
as anteriores
palabras fueron pronunciadas por un teniente de la policía de Andes, población cercana a
Cristianía, comunidad de emberas en el suroeste de Antioquia, cuando habiéndonos
detenido e inquirido sobre nuestra presencia en la comunidad, le respondimos que
estábamos estudiando su lengua.
Esta es una muestra fehaciente de la mentalidad que
pervive en nuestros días, acerca de las lenguas aborígenes, que con tesón y astucia han
sabido mantener sus hablantes, tantas veces tildados de irracionales por
muchos colombianos.
Y no es para
menos, las lenguas indígenas han sido un quebradero de cabeza para los invasores desde la
Conquista. Resulta ejemplar su existencia cuando han sido tantos los intentos por
eliminarlas. Ya en 1787, con una cédula real, Carlos III prohibía a los aborígenes su
habla en el continente e imponía el español como único idioma y, veinte años atrás,
había expulsado a los jesuítas con todos sus estudios lingüísticos adelantados hasta
ese momento.
Sabido es cómo estas lenguas fueron aprendidas y utilizadas en la
Conquista, solamente para dominar mejor a los indígenas. Y cómo, durante la Colonia, su
interés se centraba exclusivamente en mantenerlas para facilitar la absorción de sus
hablantes a la sociedad mayor, pues se consideraban imperfectas y un lastre
para el desarrollo de la sociedad tricontinental naciente.
Por ello, cuatro
siglos después, cuando se intenta la reconstrucción de la génesis de los pueblos a
través de su manifestación hablada, con los estudios comparativos de lenguas, los
investigadores lingüistas encuentran su material de estudio en las lenguas sobrevivientes
de los pueblos que se aislaron o que tercamente ocultaron su idioma nativo,
transmitiéndolo de generación en generación al interior de sus regiones o aún de sus
hogares.
Un tanto diferente es la situación hoy en día, cuando habiendo tenido que
replantear su intolerancia por las minorías étnicas y su afán por homogeneizar a la
población, los gobiernos latinoamericanos se ven obligados a reconocer su carácter
pluricultural y plurilingüe, presionados ante todo por la resistencia de estas culturas.
En Colombia, con
alrededor de setenta lenguas indígenas sobrevivientes, se encuentra un rico filón para
tratar de entender la sicología de estos pueblos que se niegan a perder su identidad y
que erigen como uno de sus baluartes más preciosos su idioma diferente. Poco a poco las
sociedades aborígenes del país se han venido sacudiendo el yugo de la Iglesia, del
Estado y de organizaciones foráneas y, a la par con su lucha frontal por sus territorios
y el derecho a organizarse y gobernarse autónomamente, reclaman el derecho de transmitir
su cultura propia a las nuevas generaciones, a través de una educación planeada y
ejecutada por ellas mismas. Y es aquí donde la lengua cobra todo su valor; tal vez
ninguna otra instancia mejor que ella, puede reflejar la esencia de su cultura.
En los
siguientes apartes veremos como de ser simples informantes de su lengua, para intereses
doctrinarios o simplemente académicos, de personas ajenas, bien o mal intencionadas, los
indígenas del Pacífico colombiano, comienzan a tomar las riendas del estudio de su
lengua para la defensa de sus pueblos y el derecho a ser diferentes, si así lo quieren.
Los aborigenes del actual
Pacífico
colombiano
Cuando uno
desciende del avión en Quibdó, capital del departamento del Chocó, es sorprendente la
diferencia con otros lugares del país, no sólo por su clima ardiente y su exuberante
vegetación, sino también por su mayoría de población negra, cuya amplia sonrisa,
marcada por sus blancos dientes y expresivos ojos, contrasta notoriamente con el descuido
en que, uno comienza a ver, tiene el Estado a este rico departamento, el más explotado
por los consorcios extranjeros con ayuda de los nacionales en busca de provecho propio,
los mismos a quienes se les ha confiado la misión de protegerlo.
Ya en la ciudad,
caminando por sus calles, la mayoría sin pavimentar, se empieza a ver los indistintamente
llamados cholos, emberas y waunanas, venidos de la selva, transitoriamente
para alguna transacción o con miras a quedarse o seguir al interior del país,
desenvolviéndose regularmente en oficios propios de los estratos más bajos de la
población colombiana, huyendo de algún conflicto en su región o tal vez, fascinados por
las maravillas de la civilización. Da grima ver la condición de estos
descendientes de los otrora dueños de estas tierras, los Chocó, aquellos por
quienes se dio el nombre al departamento.
En la
actualidad, sin embargo, también se pueden ver indígenas en mejores condiciones,
participando en eventos culturales con los negros, o interviniendo en reuniones
organizadas por gentes de la región, empeñados en ser los artífices de su propio
futuro. Aquellos indígenas son los representantes de las dos más numerosas comunidades
nativas del departamento que se congregan en la Organización Regional Embera-Waunana (ORE
WA), cuyo mayor objetivo es la sobrevivencia de
su gente, luchando por su organización, territorio, cultura y autonomía. Estos
indígenas se muestran, por el contrario, orgullosos, altivos, sabedores como son, de
que
constituyen el último bastión de los pueblos milenarios de esta región.
A la llegada de los europeos,
idabáez, kunas, ingarás, birus, surrucos, poromeas, waunanas, katíos, emberas y muchos
más pueblos indígenas, se paseaban por el occidente del actual territorio colombiano.
Sus conflictos interétnicos, retiradas y avanzadas de unos grupos sobre otros en disputa
de territorios, propios de la dinámica natural de pueblos en una lucha de más o menos
iguales condiciones, parecieron rencillas de niños cuando arremetió la embestida brutal
de los hombres de armadura, con sus arcabuces, caballos y penos. De esta desigual
confrontación, no quedan sino tres etnias, que con coraje resisten, después de cien
lustros de continuo intento de exterminio: los kuna, los embera y los waunana.
Los kuna, que denominan a su
lengua Tule, se han desplazado hacia el norte, al litoral Atlántico. Fieles a
sus tradiciones, han logrado conservar con mucha autenticidad la mayoría de sus
manifestaciones culturales, su organización social y política, su cosmovisión pero,
sobre todo, su lengua. Esta ha sido afiliada a la familia lingüística Chibcha. En la
actualidad se encuentran la mayoría en Panamá, en la comarca de San Blas y el bajo río
Bayano, algo más de 40.000 indígenas. En Colombia se asientan aún en el Urabá antioqueño,
en la reserva de Caimán, alrededor de medio millar y en Arquía, departamento del Chocó,
unos 200 indígenas.
En la lucha por su
autonomía, han tomado en sus manos la educación, regentada en el país hasta hace menos
de cinco años por la Iglesia. Profesionales indígenas, en este momento, organizan y
ejecutan planes educativos, acordes con sus necesidades, como transmitir su cultura sin
injerencias externas y preparar a las nuevas generaciones en la adquisición de la cultura
foránea que les rodea, tomando lo que a su juicio, les es más favorable. Y nada mejor
para poderlo lograr, que continuar desarrollando su propia lengua.
Los embera y los waunana
conforman el denominado Grupo Lingüístico Chocó, cuya clasificación ha
sido muy controvertida hasta el presente. Se encuentran por todo el occidente colombiano,
desde Panamá hasta Ecuador, trascendiendo las fronteras. Son alrededor de unos 50.000
individuos (unos 8.000 en Panamá), quienes conservan variantes de una lengua, tronco
común, que podríamos llamar Proto-Chocó. El testimonio de estas variantes,
en plena vigencia en la mencionada región con contadas excepciones, nos deja ver el
empecinado carácter de los aborígenes Chocó por mantener la cultura de sus antepasados
y es el motivo principal que nos ocupa en este escrito.
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Comunidad Embera, Río Capac
Foto: Diego Arango
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El camino de los Chocó
El litoral del Pacífico con
sus llanuras selváticas en las cabeceras de Suramérica, la provincia del Darién en
Panamá, las estribaciones de la cordillera Occidental y sus ramales terminales al oeste
del río Cauca, son las grandes variaciones del escenario natural que constituye el
hábitat en que se desenvuelven los actuales grupos Chocó. Este escenario es mucho mayor
que el que ocupaban a la llegada de los españoles, no obstante, las áreas habitadas por
estos diferentes grupos, son mucho menores que entonces, producto de la atomización a que
se han visto avocados para su sobrevivencia.
żDe dónde vienen los
Chocó? es todavía un conjunto de hipótesis. żDe una oleada Karib, desde las selvas del
Brasil?, żde Mesoamérica? Se les encuentra semejanza con sociedades amazónicas y de la
orinoquia. Existe suficiente literatura sobre estos grupos indígenas, que va desde los
cronistas, como Pedro Simón, Las Casas, Robledo, Castellanos, Cieza de León hasta
investigadores recientes, como Wassen, Romoli, Torres de Arauz, Isacsson, Pardo, Vargas,
entre otros, gracias a la cual se pueden establecer con confianza los desplazamientos de
estos grupos desde su ubicación a la llegada de los españoles, hasta su situación
actual. En sus artículos, Bibliografía sobre indígenas Chocó (1981), Pardo
hace un excelente recuento de la literatura etnohistórica disponible hasta el momento y
en Regionalización de indígenas Chocó (1987), actualiza la discusión sobre
el panorama etnohistórico. Los estudios de este investigador, junto con los de Vargas
(1984-90), se constituyen en los más recientes análisis de fuentes históricas, en el
país, que pueden dar luz sobre la trayectoria de los embera.
Siguiendo los estudios mencionados, se puede
decir aquí someramente que los primeros indígenas denominados Chocó por los españoles,
fueron los embera del alto río San Juan, conocidos entonces, como Sima o Tatama, pero que
hoy por hoy se autodenominan Chamí. Posteriormente dicha denominación se extendería
para los indígenas del alto río Atrato, en el Chocó, conocidos entonces, como Citará o
Citarabirá, región que junto con la anterior conformaban el llamado Alto
Chocó, y para los indígenas del medio y bajo San Juan, llamados ya en el siglo
XVII, respectivamente, Poya y
Noanamá. A partir de estos puntos, registrados en los
papeles coloniales, y cotejando los datos lingüísticos de los asentamientos actuales, se
puede intentar reconstruir la dispersión de los Chocó.
La mayoría de los Chamí, se
encuentran aún en el alto San Juan, en los municipios de Mistrató y Pueblorico, en
Risaralda, en los límites con Chocó. Se han desplazado por la cordillera hacia el norte
y el sur, a sitios como el alto río Andágueda, en el suroriente del Chocó, al
suroccidente de Antioquia, municipios de Jardín, Valparaiso y Bolívar, al norte del
Valle del Cauca, ríos Garrapatas y Sanguininí. Pequeños grupos se ubican también en
otros lugares de Antioquia y Valle y han descendido incluso hasta el Caquetá y Putumayo.
Los llamados en la Colonia
Citará o Cirambirá, localizados entonces en el alto río Atrato, en el río Capá, en
Lloró, bajo río Andágueda, se han desplazado hacia el norte por el curso de este río,
al alto río Baudó, a los afluentes de la costa al norte de Cabo Corrientes y al Darién
panameño. Estos indígenas ribereños son conocidos en el litoral Pacífico como
cholos.
Por conformar otra zona
dialectal y por considerarse más bien indígenas de montaña, creen los últimos
investigadores nombrados, con base en los datos analizados y prospecciones en terreno, que
los indígenas que ocupan actualmente territorios en el noroccidente de Antioquia, en
Dabeiba, Frontino, Ituango, Murrí, entre otros, y en Córdoba, en el alto Sinú, río San
Jorge, Rioverde, etc. serían provenientes de emberas asentados en los afluentes
orientales del curso medio del río Atrato, un grupo diferente del anterior, ya desde la
Conquista. Estos indígenas se conocen erróneamente como katíos, pero de acuerdo con los
documentos coloniales, los verdaderos katíos sucumbieron a finales del siglo XVII,
después de librar una lucha tenaz contra los españoles. Vargas postula, sobre documentos
de archivo, que muchos katíos se unieron en alianza y guerra con los embera, (Vargas,
1990).
Los indígenas que se
encontraban en el medio San Juan, llamados Poya por los españoles, cree Pardo, son los
ascendientes de los actuales habitantes del medio río Baudó, en los afluentes Catrú,
Dubasa y aledaños, quienes presentan una diferencia dialectal con los del alto Baudó.
Comúnmente se autodenominan emberas para diferenciarse de los de montaña que
llaman katíos.
De los Poya descenderían,
igualmente, los indígenas ubicados en la actualidad al sur de Buenaventura, cuyos mayores
asentamientos están en los ríos Saija (Cauca), Satinga y Saquianga (Nariño), (Pardo,
1987). Se reconocen a sí mismos como eperas de acuerdo con la fonología de
su dialecto.
En Caldas se hallan
asentamientos de indígenas embera, conocidos por el resto de la población como
memes. Se asientan en municipios, como Belalcázar, Vitervo y Riosucio, en lugares,
como La Betulia, La Tesalia y los resguardos de San Lorenzo y Nuestra Señora de la
Montaña. Algunos son resguardos, con territorio de reserva, otros parcialidades, como la
de Cañamomo y Lomaprieta. Su reivindicación como etnia aparte, les ha presentado mayores
dificultades por haber perdido su idioma nativo, no obstante, en la actualidad, están
empeñados en programas de recuperación de su lengua, con la ayuda de hablantes de otras
regiones.
Los indígenas asentados en
el bajo río San Juan y sus afluentes, en los ríos Juradó, Jampavadó, Docampadó y
Siguirisúa al sur del Chocó, en el río San Juan de Micay en el Cauca, fueron llamados
Nonamá o Noanamá desde los tiempos de la invasión, pero se denominan a sí
mismos
Waunana o Waunán. Se han desplazado a la provincia del Darién en Panamá, donde se
encuentran unos dos mil indígenas, producto de una migración centenaria, y al río
Chintadó, en el bajo Atrato, donde hay unos centenares, emigrados hará unos veinte
años. Los hablantes del Waunana en Colombia se calculan en unos cuatro mil. Al igual que
a los embera, se les conoce como cholos. Los waunana y los embera, son las dos
únicas etnias claramente atestiguadas que conforman actualmente la Familia Chocó.
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Comunidad Embera, Río Capac
Foto: Diego Arango
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