A poco tiempo de haberme allí establecido, vino el tiempo de
cacao, de que está muy poblado el monte, y ya por las frutas y ya
por tanto cacao como hay, por esto es que hay tantos monos y
ardillas, porque esto es su comida, y asimismo tantos pájaros. Y
cuanto al cacao hay de 3 especies: morado, blanco y acanelado. Los
indios a este tiempo lo que hacen es: a las tardes se venían con
las canoas llenas de mazorcas. Al puerto al instante acudían todos
los grandes y chicos. Ellos parten las mazorcas, sacan el cacao,
chupan la baba agridulce que tiene encima, y los granos del cacao
los tiran al río. Yo cuando vi tanto cacao y tal desperdicio, me
entró una gran codicia, y este primer año lo que hice fue: Mandé
que fueran todos los días todas las canoas con toda la gente,
hombres y mujeres, a coger cacao. Cada tarde venían con las canoas
cargadas; lo mandaba subir a casa, y allí chupaban la baba y
quedaba el grano. En 5 días quedaba ya el cacao seco, y así recogí
este año más de 200 arrobas. Pero ¿qué es 200 arrobas? Cada año se
perderán allí más de cien mil arrobas, porque no hay quien lo vaya
a coger, sino los monos y ardillas, y estos animales también chupan
la baba y tiran el grano, y así al pie del árbol se hallan los
montoncitos del cacao de lo que comieron.
Tienen allá los indios unas bolsas que tejen a modo de estera de
la hoja de una palma, hecha con tal arte, que en apretarla de un
cabo contra otra se encoge, y al mismo tiempo se ancha tanto que
tendrá media vara de ancho, y en estirarla se aprieta, que se pone
tan delgada como la muñeca. De ésta usan para exprimir el jugo del
cazabe y de la yuca para sacar harina, y con ella hacen arepas.
Porque meten dentro de ella el cazabe o yuca remojado, y ya blanda,
abriendo la bolsa hasta que se llena: tiene ella dos asas, una a
cada cabo. Cuélganla por el asa de la boca, y después con un palo
tiran recio de la otra asa, y la aprietan con tal violencia, que lo
que está dentro larga todo el jugo, tanto que sólo queda la masa
seca. Yo me valí de estas bolsas, y así más presto sacaba toda la
baba y jugo del cacao.
Yo cuando vi que salía tanto jugo, maquiné hacer de él alguna
bebida, y así llené 23 botijas, con ánimo de probar a ver lo que
salía. Cogí unas botijas y cocí aquel jugo en una olla grande. Fue
preciso cocerlo a fuego lento, porque se sube y hace espuma. Ya que
hubo dado algunos hervores, lo colé con servilletas, porque estaba
muy craso, y lo colado llené dos botijas. Las tapé y al cabo de
ocho días, ellas levantaron el tapón, y fue que dicho jugo se
fermentó por si y hervía como el mosto. Despumó unos espumarajos
cenicientos, y al acabar de fermentarse se los quité y tapé las
botijas. Al cabo de 8 días fui a probar y se hubo mudado de su
color meloso en color tinto. Probé qué sabor tenía, y hallé que era
un vino muy generoso, tanto que mandé 2 frascos al Padre Urrea y a
Fr. José Carvo con una carta diciéndoles: Aquí van 2 frascos de
vino, que yo he hecho; no digan misa con él que no se puede; cuando
nos veamos les diré lo que es. Ellos me lo agradecieron, y se lo
bebieron por vino generoso de España; y por tal lo tuvieron hasta
que después de 2 años declaré a Fr. José Carvo lo que era, y
entonces se regó la noticia por todos los pueblos, y cada cosecha
de cacao todos los Padres hacían prevención de ello para todo el
año.
Otra cosa hice y fue: hice lo mismo de otras botijas de dicho
jugo, y ya que se hubo fermentado, lo dejé con la botija destapada
al sol y al sereno. Así estuvo 21 días; sudó la botija un sudor
pegajoso, tanto que mermó 2 dedos. Probé después que se hubo
acedado y vuelto vinagre tinto muy activo. Púsele una partida de
trozos de palmito de palma tierna, y tuve un curtido riquísimo. Mas
reparé que cada trozo salía embabado de una baba congelada, cuajada
a modo de almidón tierno. Yo pienso que la actividad del vinagre le
sacaba al palmito aquel humor.
Volví a hervir otras botijas y lo cuajé como miel, y estaba muy
más apetecible que la miel regular, porque no empalagaba jamás,
porque siempre conservó lo agridulce, que lo hacía apetecible. Pasé
adelante y quise cuajar azúcar. Púselo a punto más alto, y lo puse
en una olla, y ya que se hubo cuajado, le metí greda, pero no
granó. Mas salió una conserva o jalea muy rica y sabrosa. Yo tenía
unas libras de azúcar y unos confites, y cuanto antes tosté cacao y
le metí hoja de canela molida, y me salió muy bueno. Hubo de estar
3 días a cuajarse, y cuando levanté la masa abajo tuvo un dedo de
manteca, y ésta afuera en los poblados la apetecen mucho los
boticarios, no sé yo para qué, ellos lo sabrán. Yo viendo que para
mandar el cacao afuera estaba tan retirado, y que lo más se había
de gastar en pagar fletes, y que yo tenía poca gente, y no tenía
afuera correspondiente, me dejé de recoger más cacao, y se me fue
la codicia; y como la cosecha grande dura 2 meses, y en todo el año
hay siempre cacao, con el tiempo hacía lo que los indios: Comía la
baba y tiraba los granos de cacao.
Dos casos me pasaron al principio, uno gracioso y otro
prodigioso. El gracioso fue que yo por no ver todo el día desnudas
delante de mis ojos estas 2 mocitas que tomé en casa con sus
maridos para que me asistiesen, traté de vestirlas. En La
Concepción Fr. José Carvo me había dado unas varas de tocuyo y un
pedazo de bretaña. Del tocuyo les tracé a cada una su camisa, y de
la bretaña teñida morado con el pacaco les hice su armador. Para
follera me corté las faldas de mis túnicas, y les hice faldillas, y
de un pedazo de crudo, también teñido, les hice delantal. Yo
llevaba algunos peine y cintas. Ya que tuve la ropa cosida, una
tarde las peiné y les até una crisneja, con su cinta. Les hice
quitar la pampana y les puse la primera camisa. De ahí el jubón, y
de ahí la follera y el delantal les puse a las orejas, que todas
las tienen taladradas, unos zarcillos de cobre amarillo, que yo
llevaba desde España muchos abalorios, y de unas cuentas de cristal
pintadas les puse su gargantilla. Por fin, yo las compuse con
alguna decencia. Ya que vino la gente del trabajo, como tenían de
costumbre venir todos, hombres y mujeres, a rezar antes de
anochecer, al ver ellos a las 2 aderezadas, armaron tales
carcajadas de risa y ademanes de chanza, que las dos se afrentaron
de tal manera, que no hubo remedio que se quisiesen volver a
vestir. Esto sólo se logra cuando el Padre tiene bastante ropa, y
de una vez puede vestir a muchos. Entonces lo admiten y acuden los
y las desnudos y desnudas al Padre para que les dé ropa, a que
llaman
can, y de continuo dicen:
Payre can rayme,
Padre, dame ropa.
El otro caso prodigioso fue que un día dióle a una india un
dolor de costado tan recio, que la pobre se moría. Al instante me
avisaron. Ella se culebreaba el cuerpo con tal violencia, que entre
4 indios no la podían sujetar. Yo lo que temía era que no se
muriese sin bautismo. Yo por entonces no la podía informar de la
fe, porque fue a los principios. Discurría qué le podría aplicar en
aquel paraje. Dios me dio luz, y fue: en mi provincia en todas las
enfermerías tienen un ladrillo de sal, y contra los flatos y dolor
de costado lo aplican caliente, y rociado con vino envuelto en una
bayeta, y hace buenos efectos. Acudióme la especie, y lo que hice
fue: quebré una olla y puse un trozo a la candela. Ya que estuvo
bien caliente lo rocié con un poquito de vino que para 3 misas me
dieron en La Concepción, y, envuelto en una túnica mía, se lo
apliqué al costado con tan buen efecto, que en un instante la india
quedó sana gracias a Dios. Yo ya tenía guayusa prevenida; le di un
mate de guayusa, y no le volvieron a repetir. Yo lo que temí era
que no se empeorase, y que después si se moría no me diesen a mí la
culpa. Dios proveyó, y este caso me sirvió a mí de mucho crédito y
estimación entre ellos. Más lo más singular fue que los indios
guardaron con mucha estimación el pedazo de olla, y después, al
darle a alguno dolor de cabeza, o cualquier otro mal, al instante
venían por mi túnica y guayusa, y lo aplicaban, y siempre fue con
buen efecto. En lugar de vino les daba vino de la baba del cacao. Y
hasta cuando se clavaba alguno alguna espina, o se cortaba con
machete o cuchillo, allí aplicaban el pedazo de
olla.
Ellos son como los monos: Todo lo que hace el Padre, al instante
lo remedan, y sobre este particular, para que se haga concepto de
lo que es aquella gente, digo que, como nos encargaron tanto el uso
del tabaco de humo, yo me aperé de una pipa para chupar. Ellos
desde los primeros días lo repararon, y siendo así que jamás habían
visto tabaco, antes de 8 días, ya todos, grandes y chicos, hicieron
su pipa, y hasta los guagüitas de pecho, los armaron con su pipa. Y
al mismo tiempo también empezaron a tomar tabaco en polvo, viendo
que yo lo tomaba. Y así al acabar de rezar, salía uno u otro y me
decía:
Payre, tabaco, y daba 2 o 3 guiñadas con los labios
como quien chupa. Con este modo pedían tabaco de humo. Y al dar a
uno sea lo que fuese, es preciso dar a todos, si no se enojan. Al
instante sacaba cada uno su pipa, y a los guagüitas los hacían
chupar, y los emborrachaban. Si querían tabaco en polvo, como yo no
permitía que lo tomasen de mi cajeta, se lo ponía en la mano. Y así
el modo era: al acabar de rezar, largaba uno la mano abierta y me
decía:
Payre, tabaco, y ya todos estaban con la mano abierta
para recibir su polvo. Era preciso dar a todos, y las mujeres que
tenían en brazos los guaguas dándoles de mamar, le sacaban a cada
uno su manecita para que recibiesen también su polvito, y se lo
aplicaban a las narices. Como no estaban versados a ello,
especialmente los guaguas, los hacían estornudar mucho, y entonces
armaban ellos una comedia de risadas y carcajadas.
Un caso bien gracioso me sucedió a los principios, y fue: Yo
tenía algunos trozos de jabón duro, y habiéndoseme ensuciado una
servilleta, dije por señas a las dos mocitas que estaban en casa
que fueran al río y que la lavaran, y con esto les di el jabón y la
servilleta, sin hacer acto reflejo que ellas, como no tenían ropa,
ni la habían visto jamás, tampoco habrían visto jamás lavar. Ellas
lo tomaron y se fueron y convocaron a todas las mujeres a ver que
habían de hacer con aquello. Todas iban probando de una a otra el
jabón, pensando que era cosa de comer, y aunque vieron que no, tuve
yo mis trabajos porque todas se vinieron a que les diese a cada una
su servilleta y su pedazo de jabón. Y fue preciso para sosegarlas
ir yo con ellas al río a lavar la servilleta y entonces conocieron
lo que era.
Yo me vi precisado desde el principio a guisar lo que había de
comer, porque están ellas tan sucias con la pintura del achote, que
da asco; a más que todo el día se están refregando con las manos,
ya por detrás y ya por delante. Ellos son muy piojosos, y no tienen
más peine que los dedos, y todo el día se sacan piojos y se los
comen; y las niguas que sacan también se las comen. Y así tomaba yo
por mejor guisar lo que había de comer. Esto mismo mitiga los
movimientos sensuales que pudiera excitar con la libertad del
apetito carnal, y juntamente allí tiene otros 2 impedientes
extrínsecos para reprimirse el Padre conversor y vivir cuanto a
esto muy refrenado. El primero el saber por la experiencia que
entre los indios no hay secretos, y que así cuanto haga el Padre,
todos lo han de saber; el segundo estar expuesto siempre que le
quiten aquellos bárbaros los indios la vida siempre que se les dé
la gana, y si como frágil criatura delinquía, no tiene a mano el
confesor para confesarse y hacer penitencia. Yo para confesarme una
vez al año era menester citarnos entre dos conversores, y ir a
encontrarnos en alguna playa. El que tenía más cerca era el Padre
del Amoguaje que distaba 140 leguas. Esta falta es la que allí
aflije mucho, y juntamente la ingratitud de aquella gente. Es el
indio de natural ingratísimo: El que más beneficias, es el que te
sale más ingrato; y como la ingratitud es lo que más siente nuestra
naturaleza, hay allí mucho de qué hacer mérito cuanto a este
particular.
Como verbi gratia
, venía yo con mis indios a las 2 de la
tarde de trabajar del monte, y les decía, verbi gratia:
¿Acta
deoqui? Siaqua Equa atta payqui Ojo atta payqui; coa atta payqui, e
Payre pioqui. Acta deoqui. Echame mue.
Na subo, ayro sayge,
equaray me, besageray me. Que quiere decir: ¿Está esto bueno?
Cada cual de vosotros tiene quien le raje leña, quien le traiga
agua, quien le sople candela, y el Padre no tiene nada. ¿Está esto
bueno? Ven acá vos: Toma esta hacha, entra en el monte, rájame leña
y tráemela al instante. Si era el indio de buen natural, tomaba la
hacha y me rajaba leña; mas si era algo altivo me respondía: Pues
¿no tienes tú dos manos? Toma la hacha, entra al monte y raja leña.
Tomaba yo la hacha; veníanse todos tras de mí a mirar si el Padre
hachaba bien o mal. Ya se ve, yo que no estaba versado a ello, a
carcajadas de risa me hacían bulla. De estos y semejantes casos es
menester allí aguantar con paciencia; porque si uno no se hacía la
cuenta que son unos bárbaros, era caso de abandonarlo todo.
Mas por otra parte ver su rudeza y el ningún cuidado que ponen
para la fe, es cosa que desatina. Los muchachos son dóciles y
presto aprenden; pero el indio que ya llega a los 20 años, es más
duro que una piedra. Por la mañana y por la tarde yo lo que hacía
era: ya que estaban juntos para rezar, sacaba unas estampas de
medio pliego que llevaba, una de la Virgen y otra de San Francisco
Solano, cuando predicaba a los indios. Ellos miraban a la Virgen y
decían:
Numico. Esta es mujer. A San Francisco Solano decían
Payre. Este con el hábito conocían, es Padre. A los indios
que le pintan alrededor decían ellos:
Runa pancoa siaqua,
hombres como nosotros son todos. Yo los arreglaba a dos filas, y
levantando el brazo derecho, haciendo la cruz con los dedos police
y índice decía:
Echame siaqua, pancoa, numico, guanbra, cholo,
echame. Mírenme todos, hombres y mujeres, mozas y muchachos,
mirad lo que hago. Unos salían levantando el brazo derecho y otros
el izquierdo, haciendo mil garabatos con los dedos. Era preciso de
uno a uno irle a componer la mano y los dedos para formar la cruz,
y cuando había compuesto 10, ya los otros 10 estaban descompuestos,
y otros tantos que ya se estaban refregando con ambas manos por la
delantera o trasera, con carcajadas de risa, porque, no penetraban
qué era aquello; y este afán no duró un día ni dos, sino 3 y 4 años
enteros, estando tan rudos el día postrero como el
primero.
Ya que los tenía compuestos, cantando y muy despacio me
persignaba; pero los más al haber de cruzar, cruzaban al revés y
era preciso a los que reparaba haberles de ir a enderezar las
cruces. Después de persignar y santiguar proseguía el Padrenuestro,
Avemaría y Credo, y puedo asegurar que al cabo de 8 años todavía a
solas había muchos que no se sabían persignar ni santiguar. Después
entraba en las preguntas y respuestas, para los misterios
necesarios, y esto lo hube yo de componer, ya que a los 6 meses
tuve inteligencia de la lengua; porque ni el Padre Presidente ni
Fr. José Carvo que sólo hablan su lengua, no habían cuidado de
hacer una norma para ello. Y como vi que su lengua no tenía
términos para expresar muchas cosas, fue preciso ir entreverando
términos españoles con otros de su lengua. Y lo mismo fue menester
hacer para el gobierno manual de cuanto se ofrecía. Porque ellos
verbi gratia, tenían ollas y platos. A la olla llaman
sotoro, al plato
sotoregua. Pero no tenían cuchara.
Ya para pedir la olla o el plato, en diciendo
sotoro o
sotoregua rayme, al instante me entendía; pero para pedir la
cuchara, ya no sabían lo que pedía, y así era preciso tomar la
cuchara y decir:
enque cuchara, catay, esta es la cuchara. Y
así todo lo que ellos no habían visto era preciso darle el término
español.
Ellos no tienen noticia ninguna de Dios, porque no tienen
idolatría ninguna, sólo sí mucha vana observancia. Y así preguntaba
yo a uno, y le decía:
Pancoa, que quiere decir
“hombre”, porque ellos ninguno tiene nombre. Los más
tienen el nombre de la quebrada o árbol donde su madre los parió;
otros los significan con algún gesto o guiñada de la boca, o con
variedad de bufidos, y así se entienden ellos entre si. Preguntaba
pues:
¿Pancoa Dios payqui?, que quiere decir: “¿Hay
Dios?” Respuesta:
Payqui payre. Sí Padre. Pregunto:
¿Enque Dios payqui? “¿Qué Dios hay?”
Dios
payre, Dios cari y Dios Spiritu Santo. Así entreverada una
lengua con otra, les enseñé los principales misterios de la
fe.
Yo para poderme entender con ellos, ya que con el tiempo cogí
más gente, hice una nómina de todos por escrito, y les di su
papelito a cada uno con un nombre de un santo o santa y que lo
guardasen. Después venían ellos y me preguntaban: Padre, ¿cómo me
llamo? Yo le decía: Anda trae tu papelito, si acaso no me acordaba.
Traía el papel, y yo entonces le decía su nombre; pero al instante
se les olvidaba. Tan poca impresión les hace todo lo bueno, que
muchos y muchas aún al cabo de mucho tiempo, cuando venían a rezar,
se venían con sus bebidas de masatos y chichas y con los dardos y
flechas en las manos. Tuve mucho que vencer con su brutalidad,
porque ellos quieren al Padre siempre que les tenga que dar, y de
ahí ya no se les da nada por el Padre. Yo como de España había
llevado muchos abalorios y estampas, muchos días se venían ellos y
me lo hacían sacar todo, y como no habían jamás visto cosas
semejantes, lo iban ellos cada cosita mirando y remirando, haciendo
de cada cosa mil admiraciones. Cuando ellos vieron los peines y las
tijeritas, y vieron para lo que servían, me vi con grandes
trabajos, porque todos querían peine y tijeras, y como no tenía
para todos, me vi muy apresado, y hube de arbitrar no dar a nadie,
sino que en habiéndolo menester se lo daba, y que me lo
volviesen.
Cuando yo llegué ya a estar algo impuesto de su lengua, procuré
a darles a entender lo que era Dios, lo que era el cielo y el
infierno. Había entre la gente una india que tendría más de 80
años. De noche ella le daba el pecho unos ronquidos que cada noche
me parecía que se moría. Yo deseaba mucho catequizarla para poderla
bautizar. A los 3 meses hubo de bajar una canoa de La Concepción
que iba río abajo a un negocio. En ella venía un indio llamado Juan
Antonio, que entendía y hablaba la lengua española. Yo me alegré, y
sirviéndome él de intérprete, procuré informar a esta india vieja
sólo de lo preciso y necesario como es: que hay Dios uno y trino, y
que este Dios es remunerador, que es lo que para poderse salvar
señala San Pablo. Mas todo esto fue figurándoselo con ejemplos
materiales, que él la había visto en las criaturas. Con los
términos más bastos e inteligibles, que yo pude hallar para la
ocasión. La india me respondía que lo entendía, y que lo creía
también así como se lo decía. Ya que me pareció que ella quedaba
bien informada, le mandé decir que este Dios mandaba no hurtar ni
pelear con el prójimo, ni tenerle odio ni mala voluntad y muchas
otras cosas, y que él no las guardaba y ofendía a este Dios, y que
por tanto si no se arrepentía de dichos pecados, este Dios lo
castigaba en el infierno, y que si guardaba estos mandatos, este
Dios lo premiaba en el cielo, y todo esto también dándoselo, a
entender con ejemplos palpables. Yo por fin le haría 2 horas buenas
de sermón, y por remate le dije, que tal vez en su vida, cuando era
moza, hurtaría alguna cosa o pelearía con otros, etc., y que en
detestación de todos sus pecados, pidiendo perdón a Dios, se diese
golpes de pecho, y yo la bautizaría. Ella respondió que el pecho le
dolía mucho, y casi no se lo golpeaba. Entendió los golpes
materiales. En cuyo sistema dije yo: si al cabo de un par de horas
de sermón, ahora el arrepentimiento lo entiende tan material, en
esta criatura no hay esperanza ninguna de que ella llegue a
penetrar la dificultad, y siendo tan vieja se me puede morir; y si
yo ahora pierdo esta ocasión, tal vez no tendré otra. Esta se ha de
reputar ya como un niño inocente. Ella no repugna la fe. La
bauticé, que para estos casos dijo también San Pablo: Los hombres y
los jumentos salvaréis, Señor.
Ya a los 5 meses que yo supe más explicarme, cogí en secreto al
capitán y Agustinillo, y les dije: Que en suposición de ser su
nación la más grande, que sería bueno hacer diligencia de saber
dónde vivían algunos, y que los traeríamos al pueblo para que
viviesen con nosotros y enseñarles también la ley de Dios. Entonces
díjome el capitán: Padre, yo sé dónde viven algunos que son mis
parientes, si quieres que los vayamos atraer, podrá ser que ellos
quieran venir. Yo que ya estaba informado del modo como se cogen,
porque Fr. José Carvo me lo dijo, le respondí: Vos, Agustinillo, y
otro iréis allá y les diréis que ya tenéis pueblo, y también que un
Padre os está enseñando, y al mismo tiempo la conveniencia que
tenéis, porque el Padre nos da hachas, machetes, eslabones,
anzuelos, etc., y que si ellos quieren venir, también les dará a
ellos y, supuesto que son vuestros parientes, aquí lo pasarán
mejor. Porque en teniendo mucha gente, haremos buenas chácaras, y
habrá bastante que comer, y haremos una buena iglesia como en La
Concepción. En fin, yo capitulé con ellos y me dijeron que harían
cocave para ir, y que me avisarían. Yo avisé a otro indio, que era
el mejor, y me quería tanto, que de continuo me abrazaba y me
decía:
Payre, Payre, Payre. Con cuyas expresiones declaraba
su amor. A los 4 días partiéron y yo le di a Agustinillo un
cordelito con 14 ñudos y le dije: Esto lo daréis al cacique y le
diréis que cada día deshaga un ñudo, y que al acabar los ñudos, yo
iré allá; porque como no saben contar, me valí de este ardid. Ellos
se fueron, y los que iban a buscar vivían 3 días río abajo, y un
día monte adentro, a la parte del Marañón.
Confinaban estos indios con otra nación que se llaman
senseguajes, y también es nación grande. Es esta nación la más
dócil, pero también es la más bárbara, y jamás los han podido
sujetar; porque aunque han cogido algunos, a la primera ocasión se
han vuelto a huir. Su divisa es: Desde que nacen les van ciñiendo
de la cintura para arriba una faja de palmiche embetunada, de a 5
dedos de ancho. Esta jamás se la quitan, y así van creciendo
aquellas criaturas, y les quedan la mitad de las costillas sumidas,
y el pecho a la parte de arriba entumecido; y su principal gala es:
Adelante donde está la atadura de esta faja llevan unas bolas de
algodón colgadas, teñidas de achote, y son del tamaño de las bolas
grandes de estandarte. Esta especie de gente senseguaje no se puede
inclinar a coger del suelo cosa alguna, y así se valen de los 2
dedos mayores de los pies, y así cogen como con tenaza lo del
suelo. Yo he visto algunos, y soy de sentir que no ha habido
ermitaño ni anacoreta que haya hecho penitencia igual a la que por
este estilo de su nación hacen toda su vida estos
bárbaros.
A los 7 días volvieron mi capitán y sus compañeros, y no
trujeron razón alguna de si querían o no venir sus parientes. Con
todo, yo mandé a todos prevenir cocave para ir allá con toda mi
gente a traerlos, quisiesen o no quisiesen ellos venir. Ya todo
prevenido, nos embarcamos todos los hombres con todas las canoas,
prevenidos de dardos, flechas, machetes y cuchillos, y yo con mi
escopeta de resguardo para amedrentarlos. En el pueblo sólo
quedaron las mujeres y los guaguas.
Nos echamos río abajo, y el tercero día a la tarde llegamos a
una playa, y allí dejamos nuestras canoas. Este día hacia el día
catorceno, que yo con ñudos había señalado al cacique, pero de
intento me tardé un día más, porque el día que les señalan para ir,
aquel día se van ellos todos al monte, y queda la casa sola. Con
todo, mandé esconder nuestras canoas, y aquella noche dormimos
todos en el monte, cosa de un cuarto de legua monte adentro. Ya que
vino la mañana, mandé 2 indios por delante que fuesen a registrar
la senda, y ver si habían puesto en ella alguna trampa, que las
suelen poner con dardos envenenados, y cuando una acata, ya cayó en
la trampa. Se registró bien, y no hubo trampa. Así fuimos andando,
hasta que ya descubrimos la casa. Unos 500 pasos lejos paramos, y
sin hacer ruido alguno, aguardamos la noche para cogerlos
descuidados.
Es de advertir que estos indios que no están conquistados, cada
nación es grande, pero ellos viven divididos en diversos ríos o
quebradas, y entre sí se conocen y comunican, y siempre se
establecen en parte donde ninguna otra nación sepa de ellos, porque
tienen entre sí sus peleas unas naciones con otras, por lo cual
siempre viven a escondidas de sus contrarios y que sólo los que son
de su nación sepan dónde viven. Y así cuando digo nación, vengo a
decir una casa en donde vive una parte de la nación. Estos pues que
viven así, esta parte de nación, viven todos en una casa, muchas
familias. Es una casa larga y tiene dos portales, uno en cada
esquina. Uno a la derecha y otro a la parte opuesta. En medio de la
casa tiene un cuarto donde tienen ellos sus armas y comidas, y todo
lo demás de la casa está con las hamacas colgadas para
dormir.
Una casa de éstas fue la que descubrimos, donde vivía parte de
la nación de los encabellados, y por esto mis indios, que eran
encabellados, sabían dónde vivían. Ya pues que fueron las 8 de la
noche, dado el orden de lo que se había de hacer llegamos sin ser
sentidos a la casa. Pusiéronse dos en cada portal con orden de no
dejar salir a nadie, porque el que saliese se escaparía al monte.
Yo y mi capitán entramos por delante a cogerles lo primero el
cuarto de las armas. Yo iba prevenido de velas de cera; y al
instante se encendieron 6. Ellos que estaban descuidados, se
quedaron yertos. El capitán llamó al cacique, y le dijo:
Iec
Payre. “Este es el Padre”. Yo le dije:
Cacique
ruqunetge. Que quiere decir: “Cacique, seamos
amigos”. Él me respondió:
Ruqunetge. “Seamos
amigos". Entonces lo abracé en señal de amistad,
y le dije que dijera a su gente que no tuvieran miedo, que no le
haríamos daño alguno. Él al instante desocupó hamacas, y señaló a
cada cual su hamaca, excepto los que guardaban los portales. Mi
gente se echó en la hamaca, y se hizo el recibimiento del
guacedge y
el
guaceredge: Has venido, ya he
venido. Las indias entretanto aparejaron masatos y les dieron de
beber.
Ya hecho esto, el cacique hizo retirar toda su gente a un lado,
y empezó con varios gestos y bufidos, dando saltitos a acercarse a
mi capitán. Ya que llegó, mi capitán le dio 3 dardos, y con ellos
en la mano, se empezó a pasear y echó una relación sin parar con
voz muy alta, y desentonada, que duraría 3 horas. Ya que concluyó,
con otros gestos y bufidos, dando también saltitos, se volvió a
acercar a mi capitán, y le entregó los 3 dardos: Levantóse mi
capitán, y se puso a pasear asimismo con los dardos en la mano, y
echó otra relación semejante, y con ella ya vino el día. Yo estaba
con mi buen recelo encomendándome a Dios, temeroso que no se
juntasen unos con otros y pegasen conmigo. Yo por entonces no
entendí nada de cuanto dijeron; pero con el tiempo entendí que cada
cual con su relación había relatado las proezas que habían hecho
ellos y sus descendientes de muchos años anteriores, y juntamente
los avances que habían dado a las naciones sus enemigas, cada cual
ponderando sus proezas y hazañas.
Ya que fue de día lo primero dije al cacique que con toda su
gente se habían de venir con nosotros a nuestro pueblo; que yo les
regalaría y que los enseñaría. El respondió que no, que yo me
quedase con ellos, y que ellos me mantendrían; que tenían hartos
monos y pescado, plátanos, yucas, camotes, etc. Yo viendo que a 3 a
4 réplicas él estaba renitente, iba yo ya prevenido de una soga, y
mandé maniatar al más viejo. Yo traía la escopeta cargada con
munición, y dije, haré con todos si no queréis venir. Y al decir
esto eché un escopetazo a un gallo y lo maté. A lo que ellos vieron
el efecto del escopetazo y al indio viejo preso, al instante
convinieron en venir con nosotros. Mandé salir afuera a todas las
mujeres y guaguas, y que se pusieran a cocinar. Así se hizo. En lo
interim mandé que los cholos sacasen afuera todas las hamacas,
ollas, mates y chachamates. Mandé hacer un fardo de todas sus armas
y sacarlas afuera. Ya que quedó la casa desembarazada de sus
trastes, mandé sacar todas sus comidas afuera, y entonces mandé 6
cholos grandecitos con el cacique, y 4 indios míos armados con
dardo y machete, y que fueran a cortar su platanar y que arrasasen
todas las yucas y demás raíces, y que volviesen presto. En lo
interim se hicieron farditos proporcionados de sus monos y pescado
ahumado, junto con las ollas, mates, chachamates y hamacas, y 3
canoas que ellos tenían en lo interim las mandé alejar algo de la
casa con todo lo demás.
Ya que vino el cacique con los demás, almorzamos todos juntos, y
después mandé cargar a cada uno su fardito, y a las mujeres
principalmente. Después mandé pegar fuego a la casa. Estos
proyectos son necesarios para que ellos no se me volviesen a huir,
pues ya saben que se quemó la casa y se cortó el platanar y las
raíces, y que así ya en el pareje no hay nada.
Cuando ellos vieron quemar la casa, las lágrimas les saltaban de
los ojos. Yo les dije: Que en Agustinillo haríamos mucha mejor
casa. Entonces mandé tomar por delante a todas las mujeres con sus
guaguas, y yo partí con ellas, con el viejo maniatado, y que ellos
fuesen arrempujando las canoas a la playa, y que mi gente armada
los llevara en medio. Así caminamos, y a las cuatro de la tarde
llegamos a la playa. Al instante se pusieron a pescar, y allí mismo
nos quedamos a la noche.
El otro día de mañana nos embarcamos río arriba, y yo puse en mi
canoa grande al cacique y 2 mujeres suyas y 5 hijos, y al viejo
indio lo desaté, y también con 3 mujeres que tenía y 11 hijos. Los
demás se repartieron en sus canoas y las mías, y en 7 días llegamos
a Agustinillo. Hasta entonces yo no los había contado. Conté y
entre todos eran 280 criaturas. En Agustinillo los repartí entre 7
casas que había, y les mandé hacer una rocería grande. Unos
entendían en ello, otros entendían en aparejar palos para casas, y
yo en cuidar de prevenir comidas para que no les faltase. Dios
proveyó de monos y pescado. Ya yo tenía maíz tierno, y no faltó
nada. Ellos se estuvieron quedos y contentos, y perseveraron en el
pueblo. Ya que tuvieron su chácara sembrada, mandé algunos de ellos
al puesto a que trajeran los plátanos que hubiesen retoñado, y con
estos hijos se les hizo un buen platanar. Este fue el principio de
mi pueblo de Agustinillo el año de 1758.
Los trabajos que yo tuve con esta gente, ya que la tuve en mi
pueblo, fueron que, como yo ya había repartido a mis primeros
indios la mayor parte de eslabones, pedernales, anzuelos y agujas,
que es lo que ellos más aprecian, me vi muy amargo, porque ellos
cada instante me pedían, y como veían que los otros lo tenían, me
atosigaban. Al instante armaron también cada uno su pipa para
chupar. Yo ya previendo lo que me había de suceder, de antemano con
semilla de tabaco que en Almaguer me dieron, ya tenía entonces
bastante tabaco, por donde me suplí, hacía también moler para tener
providencia de uno y otro.
Ya viéndome entonces con esta gente, lo primero hice apero para
levantar una iglesia, siquiera para que allí se pudiese rezar, pero
por más conato que puse, se dilató mucho, porque los indios, ya por
haberse de aperar para sí, y ya por sus sembrerías, y ser ellos muy
haraganes, poco a poca fui juntando palos, y en lo interim, aunque
ni tenía ritual ni santos óleos, determiné bautizar a todos los
guaguas con bautizo privado, supuesto que podía, y me quitaba de la
contingencia de que alguno no se me muriese sin bautismo. Mas para
la mayor seguridad, los convoqué a todos, y, como pude, les di a
entender lo que era el santo bautismo, valiéndome de ejemplos
materiales. Después fui a preguntar a los padres de cada uno si
querían que yo bautizase a sus hijos. Ellos todos dijeron que sí.
Ya yo vi que ellos eran unos bárbaros y que no lo habían de
repugnar, pero con toda hice esta diligencia para mas asegurar mi
conciencia. Les previne que por la tarde fueran al monte a buscar
flores. Así se hizo. Yo con ellas formé una guirnalda, y a su
imitación las indias formaron otras, tantas cuantas eran los
guaguas, y algunos cholos y guambras, y ya estaban prácticos de la
doctrina y misterios.
El otro día de mañana, después de haber rezado me revestí con
alba y estola. Ya yo tenía prevenida una olla grande con agua, y
puesta sobre de un pilón de palo. Bendecí el agua y las guirnaldas,
y después sacando unas cédulas de los nombres que había de imponer
a los guaguas, los fui uno a uno bautizando y poniéndole a cada uno
su guirnalda, y dando a los padres la cédula del nombre para que la
guardasen. Todos celebraron mucho la función, y todo el día lo
pasaron con regocijo. Yo les dije lo que quería significar con las
guirnaldas, y que a ellos no los podía bautizar hasta que supiesen
bien rezar. Conocí que esto les hizo alguna impresión, y que desde
entonces atendían más al rezado y a la explicación de la doctrina y
misterios; pero les duró poco, porque dentro de pocos días se
olvidaron como antes. Con todo conocí que 3 de ellos siempre
perseveraron fervorosos.
De aquí quedaron tan devotos del agua bendita, que para cocinar
se la llevaban y metían a la olla otra agua. Y cada noche se
llevaban en un mate el sacristán y el alcalde, e iban de casa en
casa echando el agua bendita. Pero a pocos días, ya se les olvidó
el nombre, y cada instante me venían a preguntar: Padre, cómo se
llama mi hijo. Yo les hacia traer la cédula, si no me acordaba, y
con esto se fueron los nombres rectificando. Pero todos los días me
volvían a traer los guaguas, y me decían:
Payre, ojo rey gi.
Padre, vuélvele a echar agua a la cabeza. Querían que los volviese
a bautizar. Y aunque yo les decía que no se podía, ellos porfiaban
y traían flores y les hacían su guirnalda, para que los volviese a
bautizar, y en este particular porfiaron mucho.
Yo también a fuerza de porfiar; logré que cada familia de por sí
fabricase su casa. En esto hube de trabajar mucho, porqué como
ellos no estaban versados a vivir solos en una casa; les venía o
muy trasmano. Ya pero que los hice allanar a ello, me puse a
levantar la iglesia, y en un mes la tuve yo acabada. Estábamos
entonces en carnestolendas, y yo fabriqué unas cruces grandes y
planté alrededor del pueblo con ellas la Vía Sacra, y los viernes a
la tarde les hacía una plática, y ya después que andábamos la Vía
Sacra, que ya se concluía de noche, teníamos disciplina: Para ello
yo les enseñé mis disciplinas, y a su imitación ellos de palmiche
al instante formó cada uno de ellos sus disciplinas. Y lo gracioso
estaba que como hacía yo segregar aparte a las mujeres de los
hombres, y también los cholos aparte, las madres se quedaban con
los guaguas, al apagar la luz y empezar la disciplina, reparé que
los guaguas lloraban mucho. Ya al cabo de algunas semanas quise yo
averiguar la causa, y hallé que las madres un latigazo se daban a
sí y otro al guagua, haciéndolo o dándoles también a las
criaturitas su disciplina. Y aunque porfié que no lo hicieran, no
hubo remedio. Y de aquí nació, que cuando querían azotar algún hijo
sus padres lo llevaban a la iglesia y allí lo azotaban. Y ellos
quedaron tan aficionados, que cada día querían ir hacer la Vía
Sacra y disciplina.
Doy fin a este
Primer Tomo con el mapa que se sigue que
contiene la situación de la tierra del Perú que yo he andado, desde
Cartagena hasta Quito, en donde por los números se verá con la
explicación lo que es cada cosa y la parte en donde cae. En el
Segundo Tomo daré otro mapa, y acabaré de explicar de éste
lo que en la tal tierra me pasó queriendo Dios.