INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27

A poco tiempo de haberme allí establecido, vino el tiempo de cacao, de que está muy poblado el monte, y ya por las frutas y ya por tanto cacao como hay, por esto es que hay tantos monos y ardillas, porque esto es su comida, y asimismo tantos pájaros. Y cuanto al cacao hay de 3 especies: morado, blanco y acanelado. Los indios a este tiempo lo que hacen es: a las tardes se venían con las canoas llenas de mazorcas. Al puerto al instante acudían todos los grandes y chicos. Ellos parten las mazorcas, sacan el cacao, chupan la baba agridulce que tiene encima, y los granos del cacao los tiran al río. Yo cuando vi tanto cacao y tal desperdicio, me entró una gran codicia, y este primer año lo que hice fue: Mandé que fueran todos los días todas las canoas con toda la gente, hombres y mujeres, a coger cacao. Cada tarde venían con las canoas cargadas; lo mandaba subir a casa, y allí chupaban la baba y quedaba el grano. En 5 días quedaba ya el cacao seco, y así recogí este año más de 200 arrobas. Pero ¿qué es 200 arrobas? Cada año se perderán allí más de cien mil arrobas, porque no hay quien lo vaya a coger, sino los monos y ardillas, y estos animales también chupan la baba y tiran el grano, y así al pie del árbol se hallan los montoncitos del cacao de lo que comieron.

Tienen allá los indios unas bolsas que tejen a modo de estera de la hoja de una palma, hecha con tal arte, que en apretarla de un cabo contra otra se encoge, y al mismo tiempo se ancha tanto que tendrá media vara de ancho, y en estirarla se aprieta, que se pone tan delgada como la muñeca. De ésta usan para exprimir el jugo del cazabe y de la yuca para sacar harina, y con ella hacen arepas. Porque meten dentro de ella el cazabe o yuca remojado, y ya blanda, abriendo la bolsa hasta que se llena: tiene ella dos asas, una a cada cabo. Cuélganla por el asa de la boca, y después con un palo tiran recio de la otra asa, y la aprietan con tal violencia, que lo que está dentro larga todo el jugo, tanto que sólo queda la masa seca. Yo me valí de estas bolsas, y así más presto sacaba toda la baba y jugo del cacao.

Yo cuando vi que salía tanto jugo, maquiné hacer de él alguna bebida, y así llené 23 botijas, con ánimo de probar a ver lo que salía. Cogí unas botijas y cocí aquel jugo en una olla grande. Fue preciso cocerlo a fuego lento, porque se sube y hace espuma. Ya que hubo dado algunos hervores, lo colé con servilletas, porque estaba muy craso, y lo colado llené dos botijas. Las tapé y al cabo de ocho días, ellas levantaron el tapón, y fue que dicho jugo se fermentó por si y hervía como el mosto. Despumó unos espumarajos cenicientos, y al acabar de fermentarse se los quité y tapé las botijas. Al cabo de 8 días fui a probar y se hubo mudado de su color meloso en color tinto. Probé qué sabor tenía, y hallé que era un vino muy generoso, tanto que mandé 2 frascos al Padre Urrea y a Fr. José Carvo con una carta diciéndoles: Aquí van 2 frascos de vino, que yo he hecho; no digan misa con él que no se puede; cuando nos veamos les diré lo que es. Ellos me lo agradecieron, y se lo bebieron por vino generoso de España; y por tal lo tuvieron hasta que después de 2 años declaré a Fr. José Carvo lo que era, y entonces se regó la noticia por todos los pueblos, y cada cosecha de cacao todos los Padres hacían prevención de ello para todo el año.

Otra cosa hice y fue: hice lo mismo de otras botijas de dicho jugo, y ya que se hubo fermentado, lo dejé con la botija destapada al sol y al sereno. Así estuvo 21 días; sudó la botija un sudor pegajoso, tanto que mermó 2 dedos. Probé después que se hubo acedado y vuelto vinagre tinto muy activo. Púsele una partida de trozos de palmito de palma tierna, y tuve un curtido riquísimo. Mas reparé que cada trozo salía embabado de una baba congelada, cuajada a modo de almidón tierno. Yo pienso que la actividad del vinagre le sacaba al palmito aquel humor.

Volví a hervir otras botijas y lo cuajé como miel, y estaba muy más apetecible que la miel regular, porque no empalagaba jamás, porque siempre conservó lo agridulce, que lo hacía apetecible. Pasé adelante y quise cuajar azúcar. Púselo a punto más alto, y lo puse en una olla, y ya que se hubo cuajado, le metí greda, pero no granó. Mas salió una conserva o jalea muy rica y sabrosa. Yo tenía unas libras de azúcar y unos confites, y cuanto antes tosté cacao y le metí hoja de canela molida, y me salió muy bueno. Hubo de estar 3 días a cuajarse, y cuando levanté la masa abajo tuvo un dedo de manteca, y ésta afuera en los poblados la apetecen mucho los boticarios, no sé yo para qué, ellos lo sabrán. Yo viendo que para mandar el cacao afuera estaba tan retirado, y que lo más se había de gastar en pagar fletes, y que yo tenía poca gente, y no tenía afuera correspondiente, me dejé de recoger más cacao, y se me fue la codicia; y como la cosecha grande dura 2 meses, y en todo el año hay siempre cacao, con el tiempo hacía lo que los indios: Comía la baba y tiraba los granos de cacao.

Dos casos me pasaron al principio, uno gracioso y otro prodigioso. El gracioso fue que yo por no ver todo el día desnudas delante de mis ojos estas 2 mocitas que tomé en casa con sus maridos para que me asistiesen, traté de vestirlas. En La Concepción Fr. José Carvo me había dado unas varas de tocuyo y un pedazo de bretaña. Del tocuyo les tracé a cada una su camisa, y de la bretaña teñida morado con el pacaco les hice su armador. Para follera me corté las faldas de mis túnicas, y les hice faldillas, y de un pedazo de crudo, también teñido, les hice delantal. Yo llevaba algunos peine y cintas. Ya que tuve la ropa cosida, una tarde las peiné y les até una crisneja, con su cinta. Les hice quitar la pampana y les puse la primera camisa. De ahí el jubón, y de ahí la follera y el delantal les puse a las orejas, que todas las tienen taladradas, unos zarcillos de cobre amarillo, que yo llevaba desde España muchos abalorios, y de unas cuentas de cristal pintadas les puse su gargantilla. Por fin, yo las compuse con alguna decencia. Ya que vino la gente del trabajo, como tenían de costumbre venir todos, hombres y mujeres, a rezar antes de anochecer, al ver ellos a las 2 aderezadas, armaron tales carcajadas de risa y ademanes de chanza, que las dos se afrentaron de tal manera, que no hubo remedio que se quisiesen volver a vestir. Esto sólo se logra cuando el Padre tiene bastante ropa, y de una vez puede vestir a muchos. Entonces lo admiten y acuden los y las desnudos y desnudas al Padre para que les dé ropa, a que llaman can, y de continuo dicen: Payre can rayme, Padre, dame ropa.

El otro caso prodigioso fue que un día dióle a una india un dolor de costado tan recio, que la pobre se moría. Al instante me avisaron. Ella se culebreaba el cuerpo con tal violencia, que entre 4 indios no la podían sujetar. Yo lo que temía era que no se muriese sin bautismo. Yo por entonces no la podía informar de la fe, porque fue a los principios. Discurría qué le podría aplicar en aquel paraje. Dios me dio luz, y fue: en mi provincia en todas las enfermerías tienen un ladrillo de sal, y contra los flatos y dolor de costado lo aplican caliente, y rociado con vino envuelto en una bayeta, y hace buenos efectos. Acudióme la especie, y lo que hice fue: quebré una olla y puse un trozo a la candela. Ya que estuvo bien caliente lo rocié con un poquito de vino que para 3 misas me dieron en La Concepción, y, envuelto en una túnica mía, se lo apliqué al costado con tan buen efecto, que en un instante la india quedó sana gracias a Dios. Yo ya tenía guayusa prevenida; le di un mate de guayusa, y no le volvieron a repetir. Yo lo que temí era que no se empeorase, y que después si se moría no me diesen a mí la culpa. Dios proveyó, y este caso me sirvió a mí de mucho crédito y estimación entre ellos. Más lo más singular fue que los indios guardaron con mucha estimación el pedazo de olla, y después, al darle a alguno dolor de cabeza, o cualquier otro mal, al instante venían por mi túnica y guayusa, y lo aplicaban, y siempre fue con buen efecto. En lugar de vino les daba vino de la baba del cacao. Y hasta cuando se clavaba alguno alguna espina, o se cortaba con machete o cuchillo, allí aplicaban el pedazo de olla.

Ellos son como los monos: Todo lo que hace el Padre, al instante lo remedan, y sobre este particular, para que se haga concepto de lo que es aquella gente, digo que, como nos encargaron tanto el uso del tabaco de humo, yo me aperé de una pipa para chupar. Ellos desde los primeros días lo repararon, y siendo así que jamás habían visto tabaco, antes de 8 días, ya todos, grandes y chicos, hicieron su pipa, y hasta los guagüitas de pecho, los armaron con su pipa. Y al mismo tiempo también empezaron a tomar tabaco en polvo, viendo que yo lo tomaba. Y así al acabar de rezar, salía uno u otro y me decía: Payre, tabaco, y daba 2 o 3 guiñadas con los labios como quien chupa. Con este modo pedían tabaco de humo. Y al dar a uno sea lo que fuese, es preciso dar a todos, si no se enojan. Al instante sacaba cada uno su pipa, y a los guagüitas los hacían chupar, y los emborrachaban. Si querían tabaco en polvo, como yo no permitía que lo tomasen de mi cajeta, se lo ponía en la mano. Y así el modo era: al acabar de rezar, largaba uno la mano abierta y me decía: Payre, tabaco, y ya todos estaban con la mano abierta para recibir su polvo. Era preciso dar a todos, y las mujeres que tenían en brazos los guaguas dándoles de mamar, le sacaban a cada uno su manecita para que recibiesen también su polvito, y se lo aplicaban a las narices. Como no estaban versados a ello, especialmente los guaguas, los hacían estornudar mucho, y entonces armaban ellos una comedia de risadas y carcajadas.

Un caso bien gracioso me sucedió a los principios, y fue: Yo tenía algunos trozos de jabón duro, y habiéndoseme ensuciado una servilleta, dije por señas a las dos mocitas que estaban en casa que fueran al río y que la lavaran, y con esto les di el jabón y la servilleta, sin hacer acto reflejo que ellas, como no tenían ropa, ni la habían visto jamás, tampoco habrían visto jamás lavar. Ellas lo tomaron y se fueron y convocaron a todas las mujeres a ver que habían de hacer con aquello. Todas iban probando de una a otra el jabón, pensando que era cosa de comer, y aunque vieron que no, tuve yo mis trabajos porque todas se vinieron a que les diese a cada una su servilleta y su pedazo de jabón. Y fue preciso para sosegarlas ir yo con ellas al río a lavar la servilleta y entonces conocieron lo que era.

Yo me vi precisado desde el principio a guisar lo que había de comer, porque están ellas tan sucias con la pintura del achote, que da asco; a más que todo el día se están refregando con las manos, ya por detrás y ya por delante. Ellos son muy piojosos, y no tienen más peine que los dedos, y todo el día se sacan piojos y se los comen; y las niguas que sacan también se las comen. Y así tomaba yo por mejor guisar lo que había de comer. Esto mismo mitiga los movimientos sensuales que pudiera excitar con la libertad del apetito carnal, y juntamente allí tiene otros 2 impedientes extrínsecos para reprimirse el Padre conversor y vivir cuanto a esto muy refrenado. El primero el saber por la experiencia que entre los indios no hay secretos, y que así cuanto haga el Padre, todos lo han de saber; el segundo estar expuesto siempre que le quiten aquellos bárbaros los indios la vida siempre que se les dé la gana, y si como frágil criatura delinquía, no tiene a mano el confesor para confesarse y hacer penitencia. Yo para confesarme una vez al año era menester citarnos entre dos conversores, y ir a encontrarnos en alguna playa. El que tenía más cerca era el Padre del Amoguaje que distaba 140 leguas. Esta falta es la que allí aflije mucho, y juntamente la ingratitud de aquella gente. Es el indio de natural ingratísimo: El que más beneficias, es el que te sale más ingrato; y como la ingratitud es lo que más siente nuestra naturaleza, hay allí mucho de qué hacer mérito cuanto a este particular.

Como verbi gratia , venía yo con mis indios a las 2 de la tarde de trabajar del monte, y les decía, verbi gratia: ¿Acta deoqui? Siaqua Equa atta payqui Ojo atta payqui; coa atta payqui, e Payre pioqui. Acta deoqui. Echame mue. Na subo, ayro sayge, equaray me, besageray me. Que quiere decir: ¿Está esto bueno? Cada cual de vosotros tiene quien le raje leña, quien le traiga agua, quien le sople candela, y el Padre no tiene nada. ¿Está esto bueno? Ven acá vos: Toma esta hacha, entra en el monte, rájame leña y tráemela al instante. Si era el indio de buen natural, tomaba la hacha y me rajaba leña; mas si era algo altivo me respondía: Pues ¿no tienes tú dos manos? Toma la hacha, entra al monte y raja leña. Tomaba yo la hacha; veníanse todos tras de mí a mirar si el Padre hachaba bien o mal. Ya se ve, yo que no estaba versado a ello, a carcajadas de risa me hacían bulla. De estos y semejantes casos es menester allí aguantar con paciencia; porque si uno no se hacía la cuenta que son unos bárbaros, era caso de abandonarlo todo.

Mas por otra parte ver su rudeza y el ningún cuidado que ponen para la fe, es cosa que desatina. Los muchachos son dóciles y presto aprenden; pero el indio que ya llega a los 20 años, es más duro que una piedra. Por la mañana y por la tarde yo lo que hacía era: ya que estaban juntos para rezar, sacaba unas estampas de medio pliego que llevaba, una de la Virgen y otra de San Francisco Solano, cuando predicaba a los indios. Ellos miraban a la Virgen y decían: Numico. Esta es mujer. A San Francisco Solano decían Payre. Este con el hábito conocían, es Padre. A los indios que le pintan alrededor decían ellos: Runa pancoa siaqua, hombres como nosotros son todos. Yo los arreglaba a dos filas, y levantando el brazo derecho, haciendo la cruz con los dedos police y índice decía: Echame siaqua, pancoa, numico, guanbra, cholo, echame. Mírenme todos, hombres y mujeres, mozas y muchachos, mirad lo que hago. Unos salían levantando el brazo derecho y otros el izquierdo, haciendo mil garabatos con los dedos. Era preciso de uno a uno irle a componer la mano y los dedos para formar la cruz, y cuando había compuesto 10, ya los otros 10 estaban descompuestos, y otros tantos que ya se estaban refregando con ambas manos por la delantera o trasera, con carcajadas de risa, porque, no penetraban qué era aquello; y este afán no duró un día ni dos, sino 3 y 4 años enteros, estando tan rudos el día postrero como el primero.

Ya que los tenía compuestos, cantando y muy despacio me persignaba; pero los más al haber de cruzar, cruzaban al revés y era preciso a los que reparaba haberles de ir a enderezar las cruces. Después de persignar y santiguar proseguía el Padrenuestro, Avemaría y Credo, y puedo asegurar que al cabo de 8 años todavía a solas había muchos que no se sabían persignar ni santiguar. Después entraba en las preguntas y respuestas, para los misterios necesarios, y esto lo hube yo de componer, ya que a los 6 meses tuve inteligencia de la lengua; porque ni el Padre Presidente ni Fr. José Carvo que sólo hablan su lengua, no habían cuidado de hacer una norma para ello. Y como vi que su lengua no tenía términos para expresar muchas cosas, fue preciso ir entreverando términos españoles con otros de su lengua. Y lo mismo fue menester hacer para el gobierno manual de cuanto se ofrecía. Porque ellos verbi gratia, tenían ollas y platos. A la olla llaman sotoro, al plato sotoregua. Pero no tenían cuchara. Ya para pedir la olla o el plato, en diciendo sotoro o sotoregua rayme, al instante me entendía; pero para pedir la cuchara, ya no sabían lo que pedía, y así era preciso tomar la cuchara y decir: enque cuchara, catay, esta es la cuchara. Y así todo lo que ellos no habían visto era preciso darle el término español.

Ellos no tienen noticia ninguna de Dios, porque no tienen idolatría ninguna, sólo sí mucha vana observancia. Y así preguntaba yo a uno, y le decía: Pancoa, que quiere decir “hombre”, porque ellos ninguno tiene nombre. Los más tienen el nombre de la quebrada o árbol donde su madre los parió; otros los significan con algún gesto o guiñada de la boca, o con variedad de bufidos, y así se entienden ellos entre si. Preguntaba pues: ¿Pancoa Dios payqui?, que quiere decir: “¿Hay Dios?” Respuesta: Payqui payre. Sí Padre. Pregunto: ¿Enque Dios payqui? “¿Qué Dios hay?” Dios payre, Dios cari y Dios Spiritu Santo. Así entreverada una lengua con otra, les enseñé los principales misterios de la fe.

Yo para poderme entender con ellos, ya que con el tiempo cogí más gente, hice una nómina de todos por escrito, y les di su papelito a cada uno con un nombre de un santo o santa y que lo guardasen. Después venían ellos y me preguntaban: Padre, ¿cómo me llamo? Yo le decía: Anda trae tu papelito, si acaso no me acordaba. Traía el papel, y yo entonces le decía su nombre; pero al instante se les olvidaba. Tan poca impresión les hace todo lo bueno, que muchos y muchas aún al cabo de mucho tiempo, cuando venían a rezar, se venían con sus bebidas de masatos y chichas y con los dardos y flechas en las manos. Tuve mucho que vencer con su brutalidad, porque ellos quieren al Padre siempre que les tenga que dar, y de ahí ya no se les da nada por el Padre. Yo como de España había llevado muchos abalorios y estampas, muchos días se venían ellos y me lo hacían sacar todo, y como no habían jamás visto cosas semejantes, lo iban ellos cada cosita mirando y remirando, haciendo de cada cosa mil admiraciones. Cuando ellos vieron los peines y las tijeritas, y vieron para lo que servían, me vi con grandes trabajos, porque todos querían peine y tijeras, y como no tenía para todos, me vi muy apresado, y hube de arbitrar no dar a nadie, sino que en habiéndolo menester se lo daba, y que me lo volviesen.

Cuando yo llegué ya a estar algo impuesto de su lengua, procuré a darles a entender lo que era Dios, lo que era el cielo y el infierno. Había entre la gente una india que tendría más de 80 años. De noche ella le daba el pecho unos ronquidos que cada noche me parecía que se moría. Yo deseaba mucho catequizarla para poderla bautizar. A los 3 meses hubo de bajar una canoa de La Concepción que iba río abajo a un negocio. En ella venía un indio llamado Juan Antonio, que entendía y hablaba la lengua española. Yo me alegré, y sirviéndome él de intérprete, procuré informar a esta india vieja sólo de lo preciso y necesario como es: que hay Dios uno y trino, y que este Dios es remunerador, que es lo que para poderse salvar señala San Pablo. Mas todo esto fue figurándoselo con ejemplos materiales, que él la había visto en las criaturas. Con los términos más bastos e inteligibles, que yo pude hallar para la ocasión. La india me respondía que lo entendía, y que lo creía también así como se lo decía. Ya que me pareció que ella quedaba bien informada, le mandé decir que este Dios mandaba no hurtar ni pelear con el prójimo, ni tenerle odio ni mala voluntad y muchas otras cosas, y que él no las guardaba y ofendía a este Dios, y que por tanto si no se arrepentía de dichos pecados, este Dios lo castigaba en el infierno, y que si guardaba estos mandatos, este Dios lo premiaba en el cielo, y todo esto también dándoselo, a entender con ejemplos palpables. Yo por fin le haría 2 horas buenas de sermón, y por remate le dije, que tal vez en su vida, cuando era moza, hurtaría alguna cosa o pelearía con otros, etc., y que en detestación de todos sus pecados, pidiendo perdón a Dios, se diese golpes de pecho, y yo la bautizaría. Ella respondió que el pecho le dolía mucho, y casi no se lo golpeaba. Entendió los golpes materiales. En cuyo sistema dije yo: si al cabo de un par de horas de sermón, ahora el arrepentimiento lo entiende tan material, en esta criatura no hay esperanza ninguna de que ella llegue a penetrar la dificultad, y siendo tan vieja se me puede morir; y si yo ahora pierdo esta ocasión, tal vez no tendré otra. Esta se ha de reputar ya como un niño inocente. Ella no repugna la fe. La bauticé, que para estos casos dijo también San Pablo: Los hombres y los jumentos salvaréis, Señor.

Ya a los 5 meses que yo supe más explicarme, cogí en secreto al capitán y Agustinillo, y les dije: Que en suposición de ser su nación la más grande, que sería bueno hacer diligencia de saber dónde vivían algunos, y que los traeríamos al pueblo para que viviesen con nosotros y enseñarles también la ley de Dios. Entonces díjome el capitán: Padre, yo sé dónde viven algunos que son mis parientes, si quieres que los vayamos atraer, podrá ser que ellos quieran venir. Yo que ya estaba informado del modo como se cogen, porque Fr. José Carvo me lo dijo, le respondí: Vos, Agustinillo, y otro iréis allá y les diréis que ya tenéis pueblo, y también que un Padre os está enseñando, y al mismo tiempo la conveniencia que tenéis, porque el Padre nos da hachas, machetes, eslabones, anzuelos, etc., y que si ellos quieren venir, también les dará a ellos y, supuesto que son vuestros parientes, aquí lo pasarán mejor. Porque en teniendo mucha gente, haremos buenas chácaras, y habrá bastante que comer, y haremos una buena iglesia como en La Concepción. En fin, yo capitulé con ellos y me dijeron que harían cocave para ir, y que me avisarían. Yo avisé a otro indio, que era el mejor, y me quería tanto, que de continuo me abrazaba y me decía: Payre, Payre, Payre. Con cuyas expresiones declaraba su amor. A los 4 días partiéron y yo le di a Agustinillo un cordelito con 14 ñudos y le dije: Esto lo daréis al cacique y le diréis que cada día deshaga un ñudo, y que al acabar los ñudos, yo iré allá; porque como no saben contar, me valí de este ardid. Ellos se fueron, y los que iban a buscar vivían 3 días río abajo, y un día monte adentro, a la parte del Marañón.

Confinaban estos indios con otra nación que se llaman senseguajes, y también es nación grande. Es esta nación la más dócil, pero también es la más bárbara, y jamás los han podido sujetar; porque aunque han cogido algunos, a la primera ocasión se han vuelto a huir. Su divisa es: Desde que nacen les van ciñiendo de la cintura para arriba una faja de palmiche embetunada, de a 5 dedos de ancho. Esta jamás se la quitan, y así van creciendo aquellas criaturas, y les quedan la mitad de las costillas sumidas, y el pecho a la parte de arriba entumecido; y su principal gala es: Adelante donde está la atadura de esta faja llevan unas bolas de algodón colgadas, teñidas de achote, y son del tamaño de las bolas grandes de estandarte. Esta especie de gente senseguaje no se puede inclinar a coger del suelo cosa alguna, y así se valen de los 2 dedos mayores de los pies, y así cogen como con tenaza lo del suelo. Yo he visto algunos, y soy de sentir que no ha habido ermitaño ni anacoreta que haya hecho penitencia igual a la que por este estilo de su nación hacen toda su vida estos bárbaros.

A los 7 días volvieron mi capitán y sus compañeros, y no trujeron razón alguna de si querían o no venir sus parientes. Con todo, yo mandé a todos prevenir cocave para ir allá con toda mi gente a traerlos, quisiesen o no quisiesen ellos venir. Ya todo prevenido, nos embarcamos todos los hombres con todas las canoas, prevenidos de dardos, flechas, machetes y cuchillos, y yo con mi escopeta de resguardo para amedrentarlos. En el pueblo sólo quedaron las mujeres y los guaguas.

Nos echamos río abajo, y el tercero día a la tarde llegamos a una playa, y allí dejamos nuestras canoas. Este día hacia el día catorceno, que yo con ñudos había señalado al cacique, pero de intento me tardé un día más, porque el día que les señalan para ir, aquel día se van ellos todos al monte, y queda la casa sola. Con todo, mandé esconder nuestras canoas, y aquella noche dormimos todos en el monte, cosa de un cuarto de legua monte adentro. Ya que vino la mañana, mandé 2 indios por delante que fuesen a registrar la senda, y ver si habían puesto en ella alguna trampa, que las suelen poner con dardos envenenados, y cuando una acata, ya cayó en la trampa. Se registró bien, y no hubo trampa. Así fuimos andando, hasta que ya descubrimos la casa. Unos 500 pasos lejos paramos, y sin hacer ruido alguno, aguardamos la noche para cogerlos descuidados.

Es de advertir que estos indios que no están conquistados, cada nación es grande, pero ellos viven divididos en diversos ríos o quebradas, y entre sí se conocen y comunican, y siempre se establecen en parte donde ninguna otra nación sepa de ellos, porque tienen entre sí sus peleas unas naciones con otras, por lo cual siempre viven a escondidas de sus contrarios y que sólo los que son de su nación sepan dónde viven. Y así cuando digo nación, vengo a decir una casa en donde vive una parte de la nación. Estos pues que viven así, esta parte de nación, viven todos en una casa, muchas familias. Es una casa larga y tiene dos portales, uno en cada esquina. Uno a la derecha y otro a la parte opuesta. En medio de la casa tiene un cuarto donde tienen ellos sus armas y comidas, y todo lo demás de la casa está con las hamacas colgadas para dormir.

Una casa de éstas fue la que descubrimos, donde vivía parte de la nación de los encabellados, y por esto mis indios, que eran encabellados, sabían dónde vivían. Ya pues que fueron las 8 de la noche, dado el orden de lo que se había de hacer llegamos sin ser sentidos a la casa. Pusiéronse dos en cada portal con orden de no dejar salir a nadie, porque el que saliese se escaparía al monte. Yo y mi capitán entramos por delante a cogerles lo primero el cuarto de las armas. Yo iba prevenido de velas de cera; y al instante se encendieron 6. Ellos que estaban descuidados, se quedaron yertos. El capitán llamó al cacique, y le dijo: Iec Payre. “Este es el Padre”. Yo le dije: Cacique ruqunetge. Que quiere decir: “Cacique, seamos amigos”. Él me respondió: Ruqunetge. “Seamos amigos". Entonces lo abracé en señal de amistad, y le dije que dijera a su gente que no tuvieran miedo, que no le haríamos daño alguno. Él al instante desocupó hamacas, y señaló a cada cual su hamaca, excepto los que guardaban los portales. Mi gente se echó en la hamaca, y se hizo el recibimiento del guacedge y el guaceredge: Has venido, ya he venido. Las indias entretanto aparejaron masatos y les dieron de beber.

Ya hecho esto, el cacique hizo retirar toda su gente a un lado, y empezó con varios gestos y bufidos, dando saltitos a acercarse a mi capitán. Ya que llegó, mi capitán le dio 3 dardos, y con ellos en la mano, se empezó a pasear y echó una relación sin parar con voz muy alta, y desentonada, que duraría 3 horas. Ya que concluyó, con otros gestos y bufidos, dando también saltitos, se volvió a acercar a mi capitán, y le entregó los 3 dardos: Levantóse mi capitán, y se puso a pasear asimismo con los dardos en la mano, y echó otra relación semejante, y con ella ya vino el día. Yo estaba con mi buen recelo encomendándome a Dios, temeroso que no se juntasen unos con otros y pegasen conmigo. Yo por entonces no entendí nada de cuanto dijeron; pero con el tiempo entendí que cada cual con su relación había relatado las proezas que habían hecho ellos y sus descendientes de muchos años anteriores, y juntamente los avances que habían dado a las naciones sus enemigas, cada cual ponderando sus proezas y hazañas.

Ya que fue de día lo primero dije al cacique que con toda su gente se habían de venir con nosotros a nuestro pueblo; que yo les regalaría y que los enseñaría. El respondió que no, que yo me quedase con ellos, y que ellos me mantendrían; que tenían hartos monos y pescado, plátanos, yucas, camotes, etc. Yo viendo que a 3 a 4 réplicas él estaba renitente, iba yo ya prevenido de una soga, y mandé maniatar al más viejo. Yo traía la escopeta cargada con munición, y dije, haré con todos si no queréis venir. Y al decir esto eché un escopetazo a un gallo y lo maté. A lo que ellos vieron el efecto del escopetazo y al indio viejo preso, al instante convinieron en venir con nosotros. Mandé salir afuera a todas las mujeres y guaguas, y que se pusieran a cocinar. Así se hizo. En lo interim mandé que los cholos sacasen afuera todas las hamacas, ollas, mates y chachamates. Mandé hacer un fardo de todas sus armas y sacarlas afuera. Ya que quedó la casa desembarazada de sus trastes, mandé sacar todas sus comidas afuera, y entonces mandé 6 cholos grandecitos con el cacique, y 4 indios míos armados con dardo y machete, y que fueran a cortar su platanar y que arrasasen todas las yucas y demás raíces, y que volviesen presto. En lo interim se hicieron farditos proporcionados de sus monos y pescado ahumado, junto con las ollas, mates, chachamates y hamacas, y 3 canoas que ellos tenían en lo interim las mandé alejar algo de la casa con todo lo demás.

Ya que vino el cacique con los demás, almorzamos todos juntos, y después mandé cargar a cada uno su fardito, y a las mujeres principalmente. Después mandé pegar fuego a la casa. Estos proyectos son necesarios para que ellos no se me volviesen a huir, pues ya saben que se quemó la casa y se cortó el platanar y las raíces, y que así ya en el pareje no hay nada.

Cuando ellos vieron quemar la casa, las lágrimas les saltaban de los ojos. Yo les dije: Que en Agustinillo haríamos mucha mejor casa. Entonces mandé tomar por delante a todas las mujeres con sus guaguas, y yo partí con ellas, con el viejo maniatado, y que ellos fuesen arrempujando las canoas a la playa, y que mi gente armada los llevara en medio. Así caminamos, y a las cuatro de la tarde llegamos a la playa. Al instante se pusieron a pescar, y allí mismo nos quedamos a la noche.

El otro día de mañana nos embarcamos río arriba, y yo puse en mi canoa grande al cacique y 2 mujeres suyas y 5 hijos, y al viejo indio lo desaté, y también con 3 mujeres que tenía y 11 hijos. Los demás se repartieron en sus canoas y las mías, y en 7 días llegamos a Agustinillo. Hasta entonces yo no los había contado. Conté y entre todos eran 280 criaturas. En Agustinillo los repartí entre 7 casas que había, y les mandé hacer una rocería grande. Unos entendían en ello, otros entendían en aparejar palos para casas, y yo en cuidar de prevenir comidas para que no les faltase. Dios proveyó de monos y pescado. Ya yo tenía maíz tierno, y no faltó nada. Ellos se estuvieron quedos y contentos, y perseveraron en el pueblo. Ya que tuvieron su chácara sembrada, mandé algunos de ellos al puesto a que trajeran los plátanos que hubiesen retoñado, y con estos hijos se les hizo un buen platanar. Este fue el principio de mi pueblo de Agustinillo el año de 1758.

Los trabajos que yo tuve con esta gente, ya que la tuve en mi pueblo, fueron que, como yo ya había repartido a mis primeros indios la mayor parte de eslabones, pedernales, anzuelos y agujas, que es lo que ellos más aprecian, me vi muy amargo, porque ellos cada instante me pedían, y como veían que los otros lo tenían, me atosigaban. Al instante armaron también cada uno su pipa para chupar. Yo ya previendo lo que me había de suceder, de antemano con semilla de tabaco que en Almaguer me dieron, ya tenía entonces bastante tabaco, por donde me suplí, hacía también moler para tener providencia de uno y otro.

Ya viéndome entonces con esta gente, lo primero hice apero para levantar una iglesia, siquiera para que allí se pudiese rezar, pero por más conato que puse, se dilató mucho, porque los indios, ya por haberse de aperar para sí, y ya por sus sembrerías, y ser ellos muy haraganes, poco a poca fui juntando palos, y en lo interim, aunque ni tenía ritual ni santos óleos, determiné bautizar a todos los guaguas con bautizo privado, supuesto que podía, y me quitaba de la contingencia de que alguno no se me muriese sin bautismo. Mas para la mayor seguridad, los convoqué a todos, y, como pude, les di a entender lo que era el santo bautismo, valiéndome de ejemplos materiales. Después fui a preguntar a los padres de cada uno si querían que yo bautizase a sus hijos. Ellos todos dijeron que sí. Ya yo vi que ellos eran unos bárbaros y que no lo habían de repugnar, pero con toda hice esta diligencia para mas asegurar mi conciencia. Les previne que por la tarde fueran al monte a buscar flores. Así se hizo. Yo con ellas formé una guirnalda, y a su imitación las indias formaron otras, tantas cuantas eran los guaguas, y algunos cholos y guambras, y ya estaban prácticos de la doctrina y misterios.

El otro día de mañana, después de haber rezado me revestí con alba y estola. Ya yo tenía prevenida una olla grande con agua, y puesta sobre de un pilón de palo. Bendecí el agua y las guirnaldas, y después sacando unas cédulas de los nombres que había de imponer a los guaguas, los fui uno a uno bautizando y poniéndole a cada uno su guirnalda, y dando a los padres la cédula del nombre para que la guardasen. Todos celebraron mucho la función, y todo el día lo pasaron con regocijo. Yo les dije lo que quería significar con las guirnaldas, y que a ellos no los podía bautizar hasta que supiesen bien rezar. Conocí que esto les hizo alguna impresión, y que desde entonces atendían más al rezado y a la explicación de la doctrina y misterios; pero les duró poco, porque dentro de pocos días se olvidaron como antes. Con todo conocí que 3 de ellos siempre perseveraron fervorosos.

De aquí quedaron tan devotos del agua bendita, que para cocinar se la llevaban y metían a la olla otra agua. Y cada noche se llevaban en un mate el sacristán y el alcalde, e iban de casa en casa echando el agua bendita. Pero a pocos días, ya se les olvidó el nombre, y cada instante me venían a preguntar: Padre, cómo se llama mi hijo. Yo les hacia traer la cédula, si no me acordaba, y con esto se fueron los nombres rectificando. Pero todos los días me volvían a traer los guaguas, y me decían: Payre, ojo rey gi. Padre, vuélvele a echar agua a la cabeza. Querían que los volviese a bautizar. Y aunque yo les decía que no se podía, ellos porfiaban y traían flores y les hacían su guirnalda, para que los volviese a bautizar, y en este particular porfiaron mucho.

Yo también a fuerza de porfiar; logré que cada familia de por sí fabricase su casa. En esto hube de trabajar mucho, porqué como ellos no estaban versados a vivir solos en una casa; les venía o muy trasmano. Ya pero que los hice allanar a ello, me puse a levantar la iglesia, y en un mes la tuve yo acabada. Estábamos entonces en carnestolendas, y yo fabriqué unas cruces grandes y planté alrededor del pueblo con ellas la Vía Sacra, y los viernes a la tarde les hacía una plática, y ya después que andábamos la Vía Sacra, que ya se concluía de noche, teníamos disciplina: Para ello yo les enseñé mis disciplinas, y a su imitación ellos de palmiche al instante formó cada uno de ellos sus disciplinas. Y lo gracioso estaba que como hacía yo segregar aparte a las mujeres de los hombres, y también los cholos aparte, las madres se quedaban con los guaguas, al apagar la luz y empezar la disciplina, reparé que los guaguas lloraban mucho. Ya al cabo de algunas semanas quise yo averiguar la causa, y hallé que las madres un latigazo se daban a sí y otro al guagua, haciéndolo o dándoles también a las criaturitas su disciplina. Y aunque porfié que no lo hicieran, no hubo remedio. Y de aquí nació, que cuando querían azotar algún hijo sus padres lo llevaban a la iglesia y allí lo azotaban. Y ellos quedaron tan aficionados, que cada día querían ir hacer la Vía Sacra y disciplina.

Doy fin a este Primer Tomo con el mapa que se sigue que contiene la situación de la tierra del Perú que yo he andado, desde Cartagena hasta Quito, en donde por los números se verá con la explicación lo que es cada cosa y la parte en donde cae. En el Segundo Tomo daré otro mapa, y acabaré de explicar de éste lo que en la tal tierra me pasó queriendo Dios.

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