INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27

Una tarde, tuvimos una grande función. Fue el caso que cerca de las 4 el río venía dividiendo un brazo dejando en seco un islote largo de casi media legua, y unos 300 pasos de ancho, todo hecho monte, y a la parte de abajo hacía una punta de arenal que formaba una playa. Nosotros veníamos río arriba del mismo lado, yendo así allá antes de acercarnos de cosa de un cuarto de legua descubrieron los indios en la punta de la playa del islote un animal negro. Nos lo hicieron reparar. Pensamos que sería algún jabalí. Los indios deseosos de comerlo, empezaron a bogar a toda prisa, para ver si lo cogeríamos. Estaba él tan descuidado que hasta que estuvimos a la punta de la playa no lo reparó. Saltamos a la playa yo, Manuel Chica, cada uno con su escopeta, y la mía llevaba bala y munición, y con nosotros saltaron 9 indios con sus dardos. Dejamos orden que la canoa con los demás fuera andando en lo interim a la margen del islote, temerosos que si fuese manada grande de jabalíes, no nos embistiesen y nos hiciesen algún daño. Lo propio fue saltar a la playa conocimos que no era jabalí, sino una danta, tamaña como un burro. Ya llevo notado lo que es este animal y que se come su carne. A la que ella nos reparó tiró al monte. Nosotros fuimos tras ella, y allí le tiramos los 2 balazos, y los 2 le dimos en el pecho, que le salían dos chorros de sangre muy grandes. Entonces los indios la rodearon y le dieron 3 dardazos. Yo no soy medroso, pero todo el cuerpo me temblaba de ver la furia con que acometía aquella fiera, dando de la trompa por la nariz espantosos bufidos, y destrozando cuantos palos y rama se le ponía delante. Troncos del tamaño del brazo eran como pajas a su hocico. Ella viéndose tan apretada, se echó al agua y pasó a tierra firme. Por donde se echó el río llevaba sólo una vara de agua. Los indios la siguieron, y la volvieron a rodear, y le dieron 2 dardazos más. Ella más apresada volvió a nosotros al islote. La desgracia nuestra fue que en la canoa habían quedado las cartucheras y las balas, por cuya falta no le podíamos volver a tirar. Volvieron los indios, y la volvieron a cercar, y le dieron otros dos dardazos. Nueve heridas tenía ya chorreado sangre a chorro, y no sólo no se rendía, antes cada instante más brava. Ella se volvió a echar al agua, y pasó a tierra firme con tal velocidad, que cuando los indios llegaron ya se había emboscado. A esta sazón ya venía la noche, y no la pudieron seguir, y así la dejamos y nos fuimos a la canoa, y a la parte de arriba del islote había otra playa, y allí arranchamos aquella noche. Yo, digo la verdad, tuve más miedo de los indios, que de la danta, porque ellos a más de ir todos pintados de achote, verlos como peleando se iban ellos animando entre sí, ya con bufidos, y ya con voces desentonadas que yo no entendía, me parecían no sólo más fieros que la fiera, sino demonios encarnados. Yo me quedé horrorizado, y contándolo a Manuel Chica me dijo que en amotinándose ellos a pelear, se ponen más bravos que las fieras. Ellos después tuvieron su conferencia, y daban la culpa al que gobernaba la canoa, porque no nos había traído las cartucheras al monte.

El otro día me dijo Manuel Chica: Padre, esta tarde habemos de comer uva camairona. Llegamos a arrimar al monte, y como él ya conocía aquellos parajes, mandó a los indios que nos fuesen atraer, que en aquel puesto había mucha. En lo interim con las guabas chicas de que abunda mucho toda la margen del río, en un remanso en donde había caídos unos árboles, nos pusimos a pescar garlofas. La garlofa es un pescado del largo de una mano, y tan ancho como ella. Tiene la boca chica, y es muy sabroso. Con las agujas hechas anzuelo se pesca, y su cebo son las pepitas de las guabas chicas. Esta es su comida, porque si se ceba el anzuelo con otra cosa, no lo van a coger. Y por esta razón están ellas en los remansos del río bajo de los guabos, aguardando que caigan las pepitas de las guabas. Cogimos en un instante 12 y vi una cosa prodigiosa, y es que la trecena, al sacarla, se escapó del anzuelo. El indio al instante largó la vara con el anzuelo. Yo quería que prosiguiese sacando más, pero Manuel Chica me dijo: Padre, se tiene experiencia que las garlofas, si alguna se escapa del anzuelo, al instante avisa a las demás, y se van todas de aquel paraje, tanto que en un año no parece por allí garlofa alguna. Yo me reí de la especie, y para confutarla tomé la vara con el anzuelo; pero en una hora larga que estaríamos, ellas no volvieron a picar, siendo así que antes, al caer el anzuelo, ya lo habían embocado. Después con el tiempo lo vi por experiencia varias veces, y hube de creer experimentado lo que yo bullava por vana observancia, y es cierto que talvez Dios dio a este pescado este ardid y secreto natural para su resguardo.

Los indios aquellos días que estuvimos en Agustinillo habían cogido palmiche, y a ratos perdidos hilaban su volantín, y a modo de una red espesa forman ellos unas talegas grandes que llaman jigra, y en ellas llevan ellos sus masatos envueltos con hojas de achira. Yo reparé que le fabricaban unas listas moradas de un morado tan fino, que la vista se iba tras de aquel color. Yo pregunté a Manuel Chica por ello, porque ya en La Concepción había visto algunas indias con su reboso de aquel color. Chica me respondió: Padre, este palmiche es teñido con pacaco. Yo repliqué: ¿Y qué es pacaco? Él me dijo: Padre, hay pacaco y pacaco. A la esposa estos indios llaman pacaco. El pacaco es un árbol cuya hoja, machacada con agua, da este color morado, y lo que con ello se tiñe su color es eterno: por más que se lave, ni se va ni se disminuye, antes cuanto más se lava, se pone más fino. A poco rato lo vi por experiencia. Hallamos pacacos, y delante de mi vista estrujó un indio hojas con las manos y en un pilche con agua puso palmiche, y al instante se tomó color morado. Lo lavó al cabo de un rato, pero fue por demás, antes cuanto más se lava sale mejor. Si esto así sin ningún beneficio tiñe así, en beneficiándolo, fuera una maravilla, y con ello harían mil primores.

Por fin a los 36 días llegamos a La Concepción de vuelta: 9 gastamos en la bajada, que a 21 leguas por día compone 190 leguas; 4 días paramos en Agustinillo, y 23 que gastamos en volver a subir, porque los indios a fuerza de bogar a puro punto de honra, reemplazaron no sólo lo que paramos haciendo manteca, si que se adelantaron a las jornadas regulares. En La Concepción estuve 28 días parado, aguardando que subiesen mis indios con la canoa nueva para bajarme con ellos. En este tiempo una tarde hubieron de ir a pasar el río unos jabalíes un poco más arriba de La Concepción. Serían ellos unos 15 o 20. Hubo en el pueblo quien lo reparó, y vinieron corriendo avisar. Fr. José Carvo al instante marchó allá con indios en una canoa, pero como estaban río arriba, cuando llegaron a tiro, no pudo hacer más de dos tiros. Trujeron dos jabalíes: el uno pesó 10 arrobas, y el otro 7. Y aquellos días comimos carne fresca muy sabrosa y buena.

Yo viendo que tanto tardaban mis indios, me determiné a bajar para irlos a encontrar en el camino. Dióme Fr. José Carvo una canoa con indios; yo tomé mis trastes, y me fui vuelta río abajo. A los 5 días de navegación encontramos a mis indios con la canoa nueva que venían. Pasamos a ella lo que yo llevaba, y se volvió la de La Concepción, y yo me fui con mis indios a Agustinillo. Fr. José Carvo me había dado unos calzones de tocuyo con la pierna hasta el pie, resguardo contra los mosquitos, zancudos y jejenes. Manuel Chica me dio también unos zapatos portugueses; porque allá lo que se usa es: En un pedazo de cuero se trazan las suelas y el empeine con una horma, cada cual con hilo se forja el zapato. Hablo de los Padres conversores, que todos los demás no usan calzado. Mas este calzado o alpargate es nido de niguas. Yo viendo que me perseguían tanto las niguas, que cada día me sacaban más de 80, temiendo que con tanto taladro podrían apostemárseme los pies, mandé hacer en mi rancho un aposento con el piso de una vara de alto de la tierra. Ya que estuvo hecho, y en él una barbacoa para dormir, ya desde el primer día que llegué con el Agustinillo que me entendía, destiné dos cholos para que me asistiesen y estos comían en casa y dormían con sus mujeres. La una tendría 18 años, la otra 14 años. Su dormir es en la hamaca colgada, y abajo de la hamaca candela contra las niguas y mosquitos. Una pues noche, al cabo de un rato disperté, y siendo así que tenía el cuarto cerrado, con todo reparé que el cuarto estaba claro, que yo me veía las manos. Empecé a buscar con curiosidad la causa, hice levantar a 2 guaguas de unos 9 años que yo desde el primer día destiné para que durmiesen en mi cuarto, macho y hembra casados también. Este proyecto fue para que de parte de noche no me pudiesen los indios quemar el cuarto para matarme; porque por no quemar a estos guaguas, que yo tengo encerrados cuando duermo, dormiré seguro. Levantáronse los dos y entonces abrí la puerta. Miré y por ninguna parte veía luz. Fui y maté la candela con agua y vuelvo a encerrarme, y entonces estuvo el cuarto más claro. Mandé levantar a los 2 cholos y sus mujeres, y los llevé al cuarto, y como podía con acciones les daba a entender lo que no sabia con palabras; y no sacando razón, mandé avisar al capitán y a Agustinillo, empeñado en averiguar de dónde salían aquellos vislumbres. Vinieron y Agustinillo me dijo: Aguarda, Padre. Se fue y trujo luz y empezó a buscar por el suelo, y encontró un trozo de raíz blanca con unas rayas negras, que parecía raíz de álamo, y me dijo: Mira, Padre, donde haya de este palo siempre está claro. Hice la experiencia repetidas veces: envolvía la raíz con ropa, y quedaba el cuarto del todo oscuro; la sacaba al instante, ya nos veíamos unos a otros. Son tales los vislumbres que da, que si se aforrara una sala de tablasón de este palo, no sería menester luz en ella jamás, antes cuanto estuviese más cerrada estaría entonces más clara, y se podría en ella leer y escribir sin luz. Esto es cosa que yo lo he visto, y cuanto más se seca el palo o raíz, más luz da. Créanlo o no lo crean, que quien dio la luz al diamante y al carbunco, también las pudo dar a este palo, y los indios lo llaman tubotoa, que viene a decir: palo de fuego.

Cuando me partí de La Concepción, me llevé una docena de botijas vacías con ánimo de hacer manteca de tortuga para tener providencia todo el año; porque, aunque en todo el año se hallan siempre huevos de tortuga, pero es con escasez; y por aquel tiempo es que hay en abundancia en abril y mayo. Dióme también Fr. José Carvo una partida de caña dulce y cogollo para que lo sembrara y fuera multiplicando. Nuestra desgracia fue que ya entonces estuvieron los más de los huevos empollados, y muchos ya con tortuguita, ya para salir del nido, y así no pude hacer manteca. Pero con todo de la grasa de las tortugas grandes también se hace, y así me suplí este primer año. Yo cuando vi tanta tortuguita, mandé llenar las botijas de ellas, con ánimo de ponerlas en mi pueblo en un lago, y tener esta providencia a mano. Y en una playa cogimos 6.600 y me las llevé en las botijas. Y si hubiera querido cien mil ahí estaban. A las noches particularmente hadamos unas olladas de tortuguita sancochada muy bellas, porque así ellas tiernas es mucho regalo. Los indios toda la noche comían tortugas.

A lo que llegué al pueblo, busqué un paraje proporcionado y lo mandé rozar para sembrar la caña dulce. A los 11 días de llegado, a la tarde estaba yo en la cama bajo del toldo rezando maitines, porque de otra suerte era imposible por tanto mosquito, rodadores, jejenes y zancudos; oí pues a todas las indias que se habían juntado en una casa, cantando con un planto muy lastimero. Lo que ellas decían era: queredque, queredque, que quiere decir “ay, ay”. A ratos pausaban un poco, y después volvían al planto. Al acabar yo de rezar, salí a la puerta y vi salir una india de la casa, y se fue a su casa, toda la plaza hasta que llegó, fue cantando su queredque. Al llegar a su casa ceso. Estuvo un rato, y yo observando. Volvió a salir, desde el portal ya empezó a cantar queredque, queredque, y se fue a la casa del planto. Yo dije: Voy allá a averiguar qué es este planto, porque Agustinillo con la gente estaban en el monte sembrando mi caña. Llegué allá; yo entonces sabía muy pocas palabras de su lengua: Sólo había aprendido ocoraymey toarame que quiere decir “dame agua” y “dame candela”. Hallé a todas las indias y guambras sentadas en cerco cantando el queredque. Yo les decía, por qué gritan. ¿Qué novedad hay? Ellas me miraban y también me hablaban a mí; pero ni ellas me entendían, ni yo a ellas. Ellas al instante volvían a su planto del queredque. Yo me desatinando, gritando para hacerlas callar; pero ellas nada se les daba, sino que proseguían. Así batallé cerca de media hora sin poder alcanzar luz hasta que reparé que una de ellas, que era segunda esposa de Agustinillo, estaba llorando. Ella tenía un guagüita en los brazos de 3 o 4 meses. Acerquéme a ella, y veo que la criatura se estaba muriendo. Al instante empecé a decir: Besarayge, besarayge, insué ocorayme, que quiere decir “aprisa, aprisa, dame agua con un mate”. Esto ya lo supe decir, porque fue lo primero que aprendí, porque al agua llaman oco; al mate, que es un medio calabazo con que ellos beben, en La Concepción lo llaman ocotí y mis encabellados, que hablan la misma lengua, no lo llaman ocotí sino insué. Vienen siendo una misma lengua varios términos distintos. En La Concepción al plátano llaman ñuca, y los encabellados lo llaman ho. Con la práctica poco a poco se vencen estas dificultades, hecho uno ya capaz de lo más principal de la lengua y sus bufidos y aspiraciones.

Mas por más que yo gritaba y porfiaba que me diesen agua, ellas ni se movían, sino que proseguían su cantina del queredque, hasta que agarré una de un brazo y la saqué del mego, diciéndole ya con cólera besarayge insué ocorayme. Ella entendió que yo quería beber. Tomó un mate y trastornando agua de una botija me lo dio diciéndome: na oco, toma agua. Voy a la criatura y estaba ya a los últimos resuellos. La bauticé y dentro de tres credos murió. Estaba aquella alma aguardando el santo bautismo. Alabé a la Divina Providencia, y tuve tal gozo de ver salva esta alma, que di por bien empleado cuantos trabajos hasta allí había pasado. Al instante que murió, se fue una guambra a avisar a la gente. Vinieron todos al instante, y 3 días con sus noches se estuvieron sin dormir cantando todos el queredque en aquella casa. Al guagüita la mortaja que le pusieron fue: Pintáronlo todo de achote, salpicado de algodón de palma, que parecía un diablito. Yo como todavía no tenía iglesia, lo mandé enterrar en el puesto que destiné para formar allí la iglesia, como se hizo. Otro caso más prodigioso me sucedió con otro guagüita en un monte, como contaré en el Segundo Tomo.

Ya que pasaron los 3 días de planto, volvieron los indios al trabajo, y yo por quedar más impuesto de este uso, me fui al monte con ellos, y pregunté a Agustinillo qué era lo que llorando el guagua decía su madre, porque reparé que ella al queredque añadía otras palabras, que no repetían las otras, y hube de sacar que lo que decía la madre era: Ay, ay, que me habría cazado monos, que me habría traído pescado, etc. Todo lo que el guagua habría hecho si hubiera vivido y llegado a edad perfecta, lo lloraba entonces su madre, porque se murió.

Un día de estos estando con los indios en el trabajo, porque yo en breve conocí que, si yo no iba con ellos, apenas trabajaban nada; y así en habiendo algún trabajo el primero que tomaba el machete era yo. Sobre que yo jamás lo dejaba de la cintura, sólo para dormir. Y por la mañana, si con una mano tomaba el santo Cristo, con la otra tomaba el machete y siempre que salía lo llevaba en la mano, o la escopeta. Entré pues al monte y hube de encontrar uva camairona, de la que me hizo comer Manuel Chica, y ahora diré lo que es, porque entonces con el cuento de las garlofas se me pasó de declararlo. El camairón es un árbol muy grande y coposo, y da unos racimos de 2 cuartas de largo, con su escobilla parecida a la de la uva, sólo que los gajitos los tiene ralos. Es de color morado y cada racimo criará unos 80 granos más grandes al doble que la uva. Dentro cada uno tiene una pepita algo grandecita. El grano es de color ceniciento oscuro, y tiene su hollejito como el de la uva. Dentro tiene su comida, morado oscuro, y su sabor es parecido al de la uva, y por esto la llamarán uva camairona. Es buena fruta y no daña.

Pero hay allí de mejores. Hay un árbol que da unas frutas como tomates en la hechura, tan bien parecido al tomate, que cualquiera que lo viese jurara que es tomate. Ella cuando madura se pone de color meloso, y es más dulce que la miel. No tiene pepita ninguna, sólo unos granitos como el tomate, y su hollejo también recio como él. Hay muchas granadillas. Ya traigo apuntado lo que son. Hay otra mata que da badeas, que es una fruta semejante al melón en todo, y las tripas de adentro son lo mejor que tienen su sabor agridulce parecido al de la granadilla. Su flor es como la Rosa de pasión, pero tiene 3 cuartas de redondo. Las pepitas que crían con las tripas son muy blandas, y todo se come junto. Y desechas estas tripas con agua, vino y azúcar es la bebida más regalada que yo he bebido. Algo se le parece la horchata que fabrican en Francia.

Hay otro árbol mediano parecido en un todo al chirimoyo, que ya traigo apuntado, y su fruta también es en un todo parecida a la chirimoya, sólo que es al doble de más gruesa. El árbol llaman guanábano, y a la fruta guanábana. La chirimoya como dije es dulce, pero la guanábana es agridulce tan apetitosa, que jamás fastidia. Un día yendo pescando por el río, nos llovió todo el día, y creció mucho el río, y a hora de recogernos, no pudimos encontrar playa en qué arranchar, y hubimos de arranchar al monte. Nosotros que éramos 11 indios y yo, no teníamos más que dos plátanos para cenar, porque por más que los indios habían pescado, no habían sacado más que un pescado que no se come. Yo jamás había visto tal pescado: él no tiene escama; su figura es parecida al pescado llamado rata, sólo que éste tenía la cabeza chata y la boca aplastada, y con la nariz chata que tenía, parecía cara de mono. Así que lo vi, sin haberlo jamás visto, dije: Esto no puede ser comida. Y así fue, porque los indios lo volvieron al instante a echar al agua. Ya pues que llegamos cerca la noche a arranchar al monte tomé 2 anzuelos y dije a 2 cholos que traía que se pusieran a pescar, diciendo entre mí: Estos muchachos tendrán menos pecados; talvez por esto querrá Dios que saquen algún pescado para que cenemos. Yo venía espantado, viendo que siendo el río tan fértil de pescado, en todo el día no habíamos cogido nada, y el sólo que se cogió no servía. Los cholos se pusieron a pescar, y los indios se fueron monte adentro a buscar frutas. Ellos volvieron al cabo de un rato y trujeron granadillas. Los cholos cogió cada uno su barbudo pero tan chicos, que entre los dos harían media libra. Ya venía la noche. Yo los mandé asar y asar los 2 plátanos también, e hice 12 partes y repartí su parte a cada uno, que entre pescado y plátano le tocaría un par de onzas a cada uno. Estando con esto cayó de un árbol grande contra cuyo tronco habíamos de palma armado el rancho, una fruta grande como un melón, y se hizo pedazos. Estaba ella ya madura. Levantamos la cabeza y estaba el árbol cargado de fruta. Y los indios contentos empezaron todos a decirme: Payre, atta payqui, atta payqui, que quiere decir: Padre, hay mucha, hay mucha. Yo al instante cogí un pedazo, y olía como melón. Fui a probar, y su sabor era como melón muy dulce. Al instante subieron arriba algunos indios, y cogieron bastante, que nos hartamos de fruta aquella noche, y por la mañana casi llenamos la canoa de fruta que en el pueblo tuvimos fruta 8 días. Al árbol y a la fruta lo llaman sapote. Es del tamaño de un melón, perfectamente redondo por todas partes; tiene adentro 3 pepitas como una almendra verde. No tiene cáscara, sino hollejo; su sabor y olor es de melón, pero muy más dulce.

Hay tanta variedad de frutas en aquellos montes, que con la muchedumbre que diariamente me traían los indios, no me pude imponer de sus nombres; y como en España no hay fruta que les parezca ni en figura, ni en olor, ni en sabor, no me puedo yo explicar, sino con decir que hay muchas. Y entre ellas hay una singular, que la llaman marañón, tal vez porque sólo en los confines del río Marañón se halla. Ella es en color, hechura y sabor lo propio que una manzana. Mas en la parte superior de un lado tiene una pepita que parese la pepita de una almendra con su camisa color canela. Tanto que la primera vez que yo vide esta fruta, dije que era una manzana, y la pepita de una almendra que allí le habían clavado, y no es así, porque fui a tirar de la pepita, y la hallé clavada. Y es que esta pepita es el corazón de esta fruta marañón. No se puede comer hasta que esté madura, porque verde es áspera como la cerva verde. La pepita no se come, porque es áspera, y la fruta marañón dentro no tiene corazón.

Una cosa bien rara hay en este río Putumayo, y es: hay unos perritos, como los perritos que llaman de falda peludos, o lanudos. Son ellos lo propio en la lana y hechura y cantidad de cuerpo. Pero aquéllos son pescado, y en sacándolos del agua mueren al instante. Lo más gracioso que tiene es que sobreaguan, y sacan la cabecita y el cuello, y con las manitas nadan como los perros, sacando la punta de las manos, haciendo ruido con el agua. Ellos siempre salen juntos. Están así sobreaguados un rato como quien baila o juega, y de ahí se zambullen, y después de rato vuelven a salir más allá. Es cosa de gusto verlos así nadar. Son de color azul, y no se comen, porque son hediondos, y pegan la hediondez al que los toca.

Un día a los principios, a la tarde no me trujeron pescado para cenar, porque los indios es una gente que para lo bueno son más estólidos que un jumento; pero para lo malo tienen más malicia que un abogado viejo. Si al que ha de ir a pescar no le da la gana, lo que hace es: a hora competente viene al convento y toma el volantín con el anzuelo. Vase al río, y toma la canoa; vase río arriba o abajo, y a las 100 varas ata la canoa, y vuélvese a su casa, y se echa descansado a la hamaca. Al querer cerrar la noche, vase a la canoa, y se viene al puerto y moja el volantín, y se viene diciendo: Payre, pioqui que quiere decir: “Padre, no ha habido.” Si el Padre manda llamar a alguno para alguna cosa, el que va a dar el recaudo, si es travieso, lo que hace es: Busca en su casa al indio y le dice: Ayro sayme Payre quiridgi, que quiere decir: “Ándate al monte, porque el Padre te busca.” Y entonces vuelve diciendo: Payre, ayro sayge. “Padre, está en el monte.’ Allí es menester aguantar con mucha paciencia.

Este pues día viendo que no traían pescado, tomé el azuelo y llamé un muchacho, que yo lo llamaba Ramón, y le dije: Anda, mira si puedes coger algún barbudo para cenar. Fue el muchacho y a breve rato empieza a gritar, y lo que decía era: Minga, minga, besarayge; que quiere decir: “Ayuda, ayuda, aprisa.” A los gritos acudieron los indios. Y fue el caso que había agarrado un pescado grande, que se llevaba al muchacho al agua. Lo sacaron y me lo trujeron. Él pesaría 3 arrobas, no era muy largo. Pero muy doble parecido al atún, con la boca muy chica. Los indios dijeron que no habían visto otro como él, y no quisieron comer de él. Yo lo abrí y tenía costillas de a 3 dedos de ancho. Su barriga tenía más de un dedo de grueso, bajo de ella tuvo un pedazo de cebo como los cerdos. Yo de un pedazo de este cebo lo freí, y se deslió como aceite, y en él freí la barriga y esto cené. Lo demás lo puse en adobo con salmuera, ají y hojas de canela, y estuvo muy sabroso.

Desde el principio entablé que todos los muchachos viniesen al convento y les hice tablillas del Christus, para enseñarles a leer y ayudar a misa, con intento al mismo tiempo que ellos se hicieran prácticos de la lengua española, y yo con ellos también de su lengua. Y así ellos me enseñaron la lengua, porque yo todo el día les preguntaba tomando alguna cosa en la mano: ¿Enquimame?, que quiere decir: ¿Cómo se llama esto? Ellos me decían su término, y yo les decía el término español, y con esta práctica me hice yo en breve práctico de su lengua. Para escribir las letras dije a Agustinillo si había algún tinte negro por allí. Él me dijo: Aguarda, Padre, yo te traeré. El tiró para el monte, y yo me fui tras de él. Llega a un bejuco del grueso de una pierna, y cortó cosa de una cuarta y me dijo: Esto ahora sacará tinte negro. Reparé que como todo el monte estaba tan enmarañado de tantísimos bejucos, que entre ellos había uno aplastado, y de vara a vara, formaba a modo de culebras ensartadas unas con otras. Pregunté a Agustinillo, y me dijo: De este bejuco con otros fabrican el veneno los indios Quiollos, que ya traigo apuntados. Llegamos pues a casa, y con una hacha machacó el trozo de bejuco el de color colorado. Púsolo en una olla con agua al fuego, y al primer hervor, se volvió toda el aguatinta, tan tenaz en lo negro, que un poco que me ensucié en una mano, al cabo de meses todavía estaba teñido. Ello fue una tinta bellísima.

En un par de meses ya todos los cholos y cholitos sabían leer y ayudar a misa. Sólo lo que era penoso es que cuando los indios se iban para toda la semana, me traían a los guaguas para que yo los cuidara hasta que ellos volviesen; y como esto allá es estilo general, en todos los pueblos era preciso pasar por ello, y así, al quererse ir, se venían con los guaguas diciendo: Payre, riño yogo ayro sayge Numico adqui siaqua caridgi na o Numicodgi na. Que quiere decir: “Padre, con la chica canoa voy al monte, llevo a mi mujer y todos los demás de casa.” Catay, guarda estos chiquillos o chiquillas. Como unos iban y otros venían, yo no me veía de polvo con tanto guagua. Cuando vienen el sábado a la tarde, el marido y todos los demás varones saltan a tierra con sus palancas y canaletes, y se vienen adonde el Padre, a tomar la bendición, y al llegar dicen: Payre, guacaradge, ya he venido. Las mujeres tienen obligación de acarrear todo lo que traen de frutas, pescado y monos a su casa. Y cuando se van con el marido, también ellas de su casa llevan a la canoa el cocave de masatos y raíces, y si el marido va solo, también las mujeres le cargan y descargan la canoa en ida y vuelta.

Ya al cabo de algún tiempo reparé que muchas familias vivían juntas en una misma casa. Entré adentro y me impuse de su estilo, y es: Cada uno tiene su hamaca para dormir. La casa está toda alineada de palos parados, que sostienen la cobija. Dentro de un palo y otro vive una familia. A una vara de alto tiene su hamaca el marido; sobre de ésta la de la mujer. Si tiene dos, la otra más arriba, y unas sobre otras hasta el techo, si tiene hijos, y se van subiendo ellos por las hamacas como los monos.

Allí todos se alumbran con cera, que con algodón hacen sus cerillos. Hay mucha en el monte. Primeramente hay una especie de avispas, como las de España. Éstas sólo anidan en una especie de árboles. Ellas lo taladran, y adentro forman su colmenita de cera blanca, que cada colmena tendrá 2 libras de cera. Pero ellas no ponen miel, sólo hijos. Hay otra especie de abejas más chicas que las de España; éstas dan miel y una grande colmena de cera negra, y la forman dentro de las concavidades de los árboles grandes. Cada colmena tendrá una arroba de cera, y 3 o 4 de miel muy buena. Otras abejitas hay muy chicas, menores que una mosca, con la pinta de avispa. Esta es la abeja apaté, que con la guayusa, comida su miel, fecundan las mujeres, como apunté hablando de las propiedades de la guayusa. Estas anidan bajo tierra, bajo las raíces de los árboles, y para su entrada forman una trompa a modo de clarín de cera blanca, que asoma cosa de cuatro dedos fuera de la tierra. Para sacar estas colmenas es preciso arrancar el árbol de raíz. Cada colmena tendrá 2 arrobas de cera blanca y es la mejor de cuantas hay.

Otra especie, y son como las abejas de España. Estas forman su colmena colgada de las ramas de los árboles, y éstas son las que abundan más. Hacen de la figura de un huevo la colmena, pero grande, que hay colmena que pesa 2 quintales. Toda la corteza de afuera es un betún muy duro, más adentro hay dos dedos de brea. Más adentro empieza la colmena con sus aposenticos de cera negra; más adentro hay otra colmena de cera parda, y aquí viven las abejas. Más adentro hay otra colmena de cera más blanquisca, y ésta forma unas bolsitas cerradas, llenas de miel y en el corazón forman otra colmena de cera blanca, y aquí crían los hijos. La miel es muy buena, la cera también; y la brea la recogen los indios para remendar las canoas que se abren. Todavía hay 3 o 4 especies de abejas más, que anidan dentro de los troncos, sin dar cera ninguna, sí sólo miel, pero es mala porque queda infecta de los humores de los árboles. Y de ahí hay la cera de palma de que hablé en Santa Rosa.

Críanse también en el cogollo de las palmas unos gusanos del tamaño del dedo índice, parecidos al gusano de seda, salvo que son más grandes. Su color es de manteca, y se crían en una palma un par de libras. Estos gusanos fritos, son muy rica comida, tan delicada como los sesos de un carnero fritos, y su sabor es bellísimo. Manuel Chica en el bolsote de la cartuchera para hacer tacos para la escopeta me puso un pedazo de paño color de canela claro, y me dijo que en acabándose pidiese a los indios, que ellos me darían. Yo ya veía que aquello no era lana ni algodón, era un poco menos fino que la seda, y su canto como paño tan tupido, que yo creí que era algún tejido de España. Para haberlo de destrozar era menester cuchillo. Antes que se me acabase enseñé a los indios, y les dije si tenían más. Ellos me dijeron: Payre, ayro atta payqui, que quiere decir: “Padre, en el monte hay mucho.” Yo dije que me trujeran. Fueron un par de ellos, y al cabo de un rato vinieron y me trajeron la cáscara de un árbol grande. Yo dije: Yo no quiero esto. Lo que quiero es este otro, enseñándoles el retazo que me había quedado. Ellos repetían: Atta deoqui, que quiere decir: “Esto también está muy bueno.” Yo decía entre mi: ¿Cómo puede estar bueno esta cáscara para tacos de escopeta? Llamé a Agustinillo para averiguar lo que decían los indios que yo no entendía. El cual me dijo: Padre, esto es también cáscara de garapacho como este otro retazo. Yo porfiaba: ¿Cómo es posible?, porque esto es paño, y este otro que me traen es una cáscara de  árbol. Él tomó la cáscara y la puso a remojar con agua. Así la tuvo 3 días; después la sacó y con un palo la empezó a majar, y así se le fue toda la broza y quedó lo que antes era cáscara un trozo de paño, mejor que el mejor paño que se teje en España; porque es un tejido más tupido que el paño, tiene más canto, y es más dócil y fino. Es en lo dócil como un entremedio de seda y algodón, y es mucho más fuerte que el paño. De un lado es liso, y del otro tiene su poco de pelusa. Yo me quedé admirado de ver aquella providencia de Dios en aquellos parajes, para que se pudieran vestir aquellos bárbaros; porque con sólo aquel trozo había bastante para jeleque, chupa y calzones para un hombre. Con el tiempo vestí yo a muchos de ellos, y era un vestido muy bueno, y a muchas mujeres les puse jubón de lo mismo, y teñido negro o morado tomaba mucho lustre y duraba muchísimo tiempo. Yo experimentando que era fresco, quité la tela de mi colchón, y la puse de garapacha, y en la cama con ello lo pasaba mucho mejor.

Es aquel clima muy caliente por extremo, y al mismo tiempo húmedo también por extremo. Jamás hay mudanza de tiempo. Doce horas hace de día y doce de noche. Hay también muchos temblores de tierra, pero no son muy fuertes. Hay muchas tempestades, truenos, rayos y relámpagos que aturden. Era a veces con tal extremo, que muchas noches me obligaba el miedo a salir de la cama de miedo y ponerme en el suelo, por no estar tan alto, temeroso de un rayo. Mas los indios no tienen miedo alguno, antes entonces tocan sus tambores y se ponen a bailar. Las niguas me rindieron a la cama del todo postrado; los mosquitos en un agujerito que se me hizo en un zapato, allí me hicieron una llaga, que me duró 3 o 4 meses, porque estaban más espesos que los átomos del sol.

Para que se pueda hacer de ello algún concepto de lo que serían, digo que para la necesidad corporal fue preciso tener en el monte una olla, y ir allí a descartarse uno sin levantar ropa alguna, porque de otra suerte, al descuidarse un poco, por aprisa que se efectuase, ya le habían cruzado las nalgas y quedaba comezón terrible para un par de horas. Para tomar un polvo de tabaco era preciso irme a la cama bajo del toldo; y por no perder el tiempo de estarme venteando con el pañuelo aventándolos, me privaba de tomar tabaco; porque al tiempo de sacar la cajeta aprisa y tomar un polvo, ya en las manos, cara y cuello, me habían clavado de 100 piquetes, y los ojos ya están llenos de rodadores. Mas esta plaga con el tiempo algo se moderó, y la de las niguas también, mandando rozar alrededor del pueblo, para que con el sol se secase la tierra, cuya humedad los produce, y al mismo tiempo viviendo en alto, y mandar de continuo barrer ya mi casa y ya toda la plaza e iglesia. Porque en las casas de los indios ni hay mosquitos ni niguas, porque siempre está del todo cerrado y con varias candelas, y las casas están por esto, arrodadas y cobijadas de hoja de palma. Cuando ellos salen están ya curtidos de ello, y con el achote de que van pintados no los afligen tanto, pero de continuo se están dando golpes con las manos. Yo tuve de estas plagas muchísimo que padecer.

Es aquella tierra muy insulsa, de bichos y animales dañinos y venenosos. Todo lo que es comida es preciso que se guarde al humo, porque de no, todo lo que es carne y pescado, dentro de 24 horas, con la humedad queda corrupto, y lleno de gusanos, y lo demás que no se corrompe se lo comen las hormigas, que hay millones de millones. Hay muchísimos cienpiés, y muchísimas arañas, y de éstas hay unas que de noche van a picar en los labios con tal sutileza que no se siente; y de la picadura quedan los labios todos apostemados de una sarna maligna. A mí me picó una y la sarna me duró 3 meses. Hay otras negras; hay peludas que crían una concha, y son del tamaño de un cangrejo grande, y entre las piernas son coloradas, y su picadura es mortal. Tienen unos colmillos del tamaño de media aguja de bastante grueso. Sus colmillos son contra dolor de muelas, picando con él la encía hasta sacar sangre. Yo tuve uno engastado en plata, y en Quito me lo quitó una marquesa. Y en cierta ocasión me hallé a una de estas arañas bajo de la almohada, y de ésta era dicho colmillo. Mi fortuna fue que aquella noche vinieron al rancho donde yo dormía las hormigas que llaman limpiadoras y se la comieron, que cuando yo por la mañana levanté la cama, la encontré muerta y vacía, sólo su cáscara o concha.

Estas hormigas que llaman limpiadoras es una especie de hormiga negra chiquita. Andan ellas juntas que son muchas, y llevan un ancho de 10 o 12 varas de cuadro, formando líneas a 2 vientos, tan arregladas, que en un llano limpio como yo las he visto como diré en 2 pasajes en el Segundo Tomo, forman un pedazo de red esparcida, formados aquellos cuadritos espesos perfectamente. Ellas no comen ninguna cosa de comida, si sólo bichos y cucarachas, culebras y aún todo animal viviente. Y eran capaces de comerse a un hombre también, si quería porfiar a no huir corriendo. Es esta cosa que la he visto varias veces. Ellas pues llegan a una casa. La gente al instante se huye. Cuanto hay en la casa de comer está seguro, que ellas no tocan nada. Lo que hacen: entre las hojas, cañas y cobija todo lo andan, y cuantos bichos, arañas, culebras, etc. hay, todo se lo comen, y queda la casa del todo limpia, y por esto las llaman las limpiadoras, la gente hasta que se van, no van a la casa, y cuando van la hallan limpia.

Después de estas plagas menores entra la plaga de tantísima culebra, que a cada paso se cruzan por el monte, y todas de veneno mortal. Y de ahí los tigres, leones, osos, dantas y otros que no se les sabe el nombre. Pero al mismo tiempo es paraje muy fértil. De loros y guacamayas de toda especie hay millones de millones. Me sucedió de un escopetazo a una bandada matar 23. Hay también pavas, paujíes, camaranas, talegueros y otros pájaros. Aquí hay muchos chirrieles. Monos muchísimos de todas especies. Muchísimos jabalíes y puerco espín. Hay armadillos, ratones como cabritos grandes, morrocoyes: y todo lo dicho es comida buena; y después la fertilidad del río en pescado y tortuga, que es muchísimo más de lo que puedo encarecer. De ahí la fertilidad de frutas y todas bellas.

anterior | índice | siguiente