INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27

Ya que suben al pueblo, el sacristán toma una campanilla, y tocándola va dando una vuelta diciendo a voz en grito uffari, uffari, besarayge, que quiere decir: “a rezar, a rezar aprisa”. En lo interim ellos se visten, el que tiene con qué, y tiran para la iglesia, y allí el Padre los hace rezar las oraciones y rudimentos de la doctrina en lengua española, y después los misterios en su lengua, mixturan en lengua española algunas palabras de lo que ellos en su lengua no tienen término. Después de rezar se van a almorzar, y el alcalde señala dos que vayan al monte a cazar, y otros dos al río a pescar; y estos 4 cerca las 10 vuelven, y lo que cogieron lo llevan al Padre para que coma, y a la tarde van otros 4 a buscar para la noche. Los sábados se señalan otros 4 para toda la semana. Estos se van el domingo después de misa, y no vuelven hasta el sábado a la tarde, y lo que cogieron lo traen asado y ahumado. Los sábados, también todos, acarrean leña al Padre para toda la semana, y los cholos y guambras, esto es, mozos y mozas, acarrean agua y llenan al Padre todas las botijas. Los mismos sábados, la familia que se quiere ir a buscar víveres, pide al Padre licencia diciendo: ojo, ayro sayge, que quiere decir: Padre, voy por el río a buscar pescado y carne del monte. Si el Padre quiere le responde: Sayme, anda. Si el Padre no quiere le dice: Ayro sayge, y haciendo un ronquidito de la garganta añade besagerayme, que quiere decir: “anda tú solo, y vuelve hoy”.

Los sábados también a las 4 de la tarde se toca la campana mayor, y al instante todas las viudas acuden a barrer la iglesia, y todas las casadas van a coger flores al monte y de ellas adornan las andas de la Virgen, y a la noche en la iglesia se reza la corona y la última decena con la Salve se canta andando la procesión por el pueblo, dando vuelta, y las mujeres son las que llevan las andas y los faroles, porque los hombres van por delante tras del estandarte. Mas todos los otros días, después de tocada la oración, acuden todos los cholos y guambras y todos los guaguas a la puerta de la iglesia a rezar con el Padre todo el catecismo.

Cada cuatro meses van todos los indios y hacen al Padre cura una chácara. Esto es, rozan un pedazo de monte y lo componen para una sembrería de maíz, yucas, arracachas, camates, etc. Ellos se lo siembran y lo cogen, y esta es una diligencia precisa, porque ellos cuando para si hacen su chácara van al Padre y él los provee de semillas para sembrar, porque ellos no cuidan de esto para volver a sembrar. También cada año a tiempo proporcionado van a limpiar el platanar del Padre. Todas las familias que salen los domingos después de misa para ir a buscar carne y pescado toda la semana, cuando vuelven el sábado a la tarde siempre traen al Padre un saparo de pescado asado y ahumado, y otro de monos y pájaros así mismo. El Padre los provee de herramientas, hachas, machetes y de anzuelos también.

Yo lo que más admiré fue que este Fr. José Carvo había traído de Pasto vacas y novillos, y tenía ya con los que habían allí procreado más de 50 cabezas de ganado. Mucho sería el trabajo, siendo tan áspera aquella serranía. Tenía también su manada de cabras, pero estas habían venido embarcadas del Gran Pará de Portugal. Confinan con nuestra misión otros Padres descalzos de Santa Teresa en el río Marañón, en las tierras de Portugal, y todos los años baja allá una canoa grande de nuestra misión y allí por mano de dichos Padres se compra y se hace apero de pólvora, munición, sal, vino, herramientas y lienzos de lana algodón. Esto se paga con lo que da el Rey a cada Padre conversor para su manutención. La harina para hostias se entra de San Juan de Pasto. Este Fr. José Carvo se ha dado maña, y todos los años recoge mucho cacao, de que abunda mucho el monte, y es de quien lo coge, porque Dios lo sembró allí. Seca también algún pescado, y recoge también algunos quintales de cera blanca, de que también abunda el monte; y todo esto lo manda a Caquetá, y de allí los indios sibundoyes ya citados se lo sacan cargado a espaldas a Pasto, en donde tiene su correspondencia, y con el producto que da, pagados a estos sibundoyes el flete, de Pasto se apera de lo que más necesita el pueblo.

Un día vi que vinieron unos indios trayendo unos meloncitos, algo menores que la cabeza y al llegar lo fueron a presentar al lego, diciendo: Payre, na. Que quiere decir: Padre, toma. Yo pensé que sería fruta, y le pregunté sobre ello, y me dijo: Ahora verá lo que es. Rompió uno y dentro estaba lleno y tenía unas habas del tamaño de una peseta con la figura de los chochos. Tiene cada una su cáscara, y ésta es la yesca que allí regularmente gastan los indios. Dentio tenía una masa como almendra muy aceitosa con el olor algo fastidioso. Yo le pregunté si se comía, y me dijo: Esto es purgante. Aquí lo llamamos habilla, y afuera en los poblados es apreciado, porque con la cuarta parte que uno tome de una de estas habas es una purga muy buena y segura. Estos meloncitos los crían unos bejucos que hay en el monte. Y en días pasados, dijo, con una partida machacado, y con lejía cocido, como es tan aceitoso, probé de hacer jabón, y salió muy bueno, pero deja este olor fastidioso en la ropa. Estas y otras que ya tengo las he mandado buscar para mandarlas a Pasto, que me las han pedido.

En La Concepción se quedó el Padre Antonio Urrea de conversor y compañero de Fr. José Canto. La divisa de la nación payagua es: Llevan la nariz taladrada de un lado y otro, y sobre cada agujero se ponen unas lentejuelas redondas de concha de nácar, trabadas a la parte de adentro con un hilo de algodón y un palito para que no se les caigan. Yo le pregunté a Fr. José Canto de dónde se aperaban aquellos indios de nácar. El me respondió: Hay río abajo en el monte una laguna que cría muchas conchas, y esta creo que está cerca del paraje adonde ha de ir usted. Yo, dijo, por más diligencias que he hecho, jamás ellos me han querido revelar el puesto de esta laguna. Si usted la llega a descubrir podrá sacar de allí mucha riqueza, porque dicen estos indios que las conchas cuando ellos las cogen y las abren, tienen dentro su pescado y también unas pepitas redondas del mismo color del nácar, que son muy duras de romper, y tienen de grandes y de chicas. Que naturalmente serán perlas. Ellos como no saben qué es, y no las pueden taladrar, allí las tiran. Yo después que formé mi pueblo, hice varias diligencias a este intento, pero jamás pude encontrar luz ni rastro de dicha laguna.

Los payaguajes, cuya nación también vive en La Concepción, su divisa es: Llevan una concha de nácar entera atada bajo del ombligo con una sarta de pepitas de árboles, la afianzan de un lado y otro atada la sarta atrás. Esta divisa es general también a hombres y a mujeres en toda la nación. Y estas mujeres no llevan pampana o faja que las honeste, como las otras, sino la concha, que no sólo no las cubre con alguna honestidad, antes excita la curiosidad deshonesta. Ya pero Fr. José Canto, como les ha dado ropa, no les permite ir sin cubrirse; pero como hace mucho calor, la ropa fastidia, y sólo se la ponen para ir a la iglesia, y al llegar a su casa se la quitan todos, hombres y mujeres.

Fr. José Canto avió al Padre Cristóbal Romero al Amoguaje, que está 21 leguas más abajo de La Concepción, y se llega con una canoa allá en un día. Este es ya pueblo antiguo, y lo había formado el Padre Presidente de las misiones y había vivido muchos años allá antes de ser presidente. Después, como con el cargo le era preciso entrar y salir, había ya algunos años que dicha nación de los amoguajes no tenía de fijo Padre que los asistiese, y ya había casi perdido la enseñanza anterior. A este pueblo pues iba destinado de conversor dicho Padre Romero. Su fortuna fue, como me contó, que tenía allí un indio muy racional, el cual en años anteriores el Padre Presidente lo había sacado, y lo había llevado consigo a Popayán, donde vio toda la ciudad y el colegio. Este indio le sintió de mucho alivio, porque él a lo que bajó allá el Padre al instante le fabricó con los demás su casa o convento, le armó sus chácaras y buen platanar, y tenía mucho cuidado que al Padre no le faltase nada. De lo cual admirado el Padre Romero, le preguntó, por qué él entendía algo la lengua española, y la hablaba ya muy chapurrado. El indio le respondió: Padre, en Popayán los Padres tienen buena casa, buena cama, buena comida. Tú has venido aquí dejando aquélla para nuestro bien y enseñarnos: luego nosotros te debemos asistir bien. Yo lo digo a toda la gente, porque yo lo vi, y en Popayán comí muy bien pan y otras cosas buenas, y así les digo: trabajemos nosotros para que al Padre no le falte nada.

Desde los primeros días me dijo Fr. José Canto que yo había de ir a fundar un nuevo pueblo, que era orden del Padre Presidente, de una nación llamada los encabellados. Es la nación más voraz y altanera de cuantas allí se han descubierto. A mí entonces no me dijeron nada de esto. El Padre Presidente tenía unas catorce familias de esta nación congraciados, y les dijo que se mantuviesen en una loma y que les mandaría un Padre para formar allí un pueblo, y poco a poco agregaría toda la nación, la que es la más grande que allí hay, y están divididos ellos en varios parajes. De estas 14 familias hacía cabeza un indio viejo de mucha autoridad entre ellos, el cual ya era cristiano y hablaba algo la lengua española. Él se llamaba Agustinillo. Ellos se quedaron en la loma aguardando la promesa del Padre Presidente. A esta pues fundación nueva me despachó a mí Fr. José Canto, y para ello me dio: 3 hachas, 5 machetes, 3 docenas de cuchillos, una escopeta, pólvora, balas y munición, 30 anzuelos de barbudo, 3 de bagre, un saparo de maíz, una botija de miel de caña, otra de manteca de tortuga, una frasquera de 12 frascos, 3 llenos de sal, uno de vinagre, 2 de aguardiente y los otros vacíos, sólo en uno me dio vino para 3 misas; pero como no tenía harina para hostias, no las pude decir en 2 años. Todo esto con el ornamento que nos dieron a cada uno y varios abalorios que yo llevaba desde España, y herramientas de carpintería de que me aperé en Popayán, fue el avío para ir a formar un pueblo de nuevo.

Él me avió con una canoa con indios y el herrero mozo blanco me acompañó porque les entendía la lengua, que es la misma que llevo apuntada. Éste que se llamaba Manuel Chica me aperó de un bastón de guayacán colorado con un cabo de plomo y una cinta carmesí, para entregar al que yo señalase por capitán del pueblo. Dióme también un perro y una perra, tres gallos y una gallina. Tiramos pues río abajo, y el primer día fuimos a dormir a una loma que llaman Tabacunda, cerca del pueblo del Amoguaje. En esta loma años anteriores había habido un pueblo. Los indios atropellaron con el Padre y lo mataron, y se huyeron a Marañón. Al subir arriba encontramos un rancho, y en él un indio y una india. El indio de un cuerpo regular, pero la india en mi vida he visto semejante mujer. Era de forma gigantina: de alto tendría 10 cuartas, tan fornida de cuerpo que de cada chucho suyo se podría formar una mujer. Chucho quiere decir teta o pecho. Ellos eran de los huidos alevosos de Tabacunda. Ellos tenían allí su pescado y monos ahumados, y también chontaduros con que se mantenían. A lo que llegamos los indios se fueron a coger chontaduros, y Manuel Chica y yo nos fuimos a ver las ruinas del pueblo antiguo, que aunque lo quemaron, pero quedaron muchos estantillos en pie.

Paseando por allí vi unos árboles, que hasta entonces no había visto. Él no cría más que un vástago sin rama alguna. Arriba cría su copita. Su hoja es lo propio que la de la higuerilla. El tronco tendrá 5 cuartas en redondo. Su corteza siempre verde, de mucho canto y lechosa. Tendrá 10 varas de alto. Se llama papayo, y un poco más arriba de la mitad del tronco cría su fruto, que es la papaya. Son unos meloncitos medianos, y en madurando se ponen amarillos. No tiene corteza sino hollejo como la calabaza. Dentro, su carne es amarilla y es de las frutas regaladas que hay. Tiene como el melón adentro sus tripas y su semilla se parece a la pimienta, y pica poco menos que el ají. Esta semilla la recogen los indios y la muelen con ají, y así la ponen en sus guisos. Hay segunda especie de ello, que da la fruta del tamaño de un limón grande, y su sabor es agridulce, y a esta fruta la llaman chilguacán. De unas y otras había muchas de maduras, y nosotros comimos bastante y llevamos para el camino.

Yo reparé que el indio traía al cuello una sarta de huesecitos, y pregunté por ello. Manuel Chica me dijo: Esto son dientes y muelas de criatura. Esta gente cuando pelean, y uno mata a otro, le sacan las muelas y dientes, y taladradas las ensartan y se las cuelgan en lugar de gargantilla y enseña de la victoria; y esto es muy honroso entre ellos. Pregúntole al indio por ello y dijo que cuando vivían allí con el Padre que mataron, que unos indios se venían del Marañón a hurtarles las chácaras. Que los espiaron y que mataron a 7, y que aquellas muelas y dientes eran de una china que él mató. Yo le hice preguntar dónde los habían enterrado, y él respondió que se los habían comido asados. Se me exitó más la curiosidad con esto y le hice pregunar qué nación era, y respondió que era murciélago. Esta nación de los indios llamados murciélagos viven 5 días más abajo de la loma Tabacunda. Así el indio como la mujer tenían la frente aplastada, tanto que la cabeza la tenían cuadrangulada. Yo le pregunté por ello, y Manuel Chica me dijo: Padre, esta nación todos son así y esta es su gala y divisa. Desde que nacen les entablillan la cabeza con 4 tablitas bien atacadas, y éstas no se las quitan hasta los 10 años, y así queda la cabeza cudrangulada. Esta nación a todos los que mueren se los comen asados. Usted, me dijo entonces, vaya con mucho cuidado, porque el puesto adonde va es la nación de indios más bravos que se han descubierto. No se fíe de ellos jamás, si no presto acabarán con usted. Todas estas noticias digo qué corazón me pondrían. Con todo, yo dije al indio y a la india a lo que iba y si querían venir a mi pueblo yo no los había de castigar. Ellos respondieron que ya conocían el puesto adonde iba; que lo avisarían a otros que por allí cerca estaban, y que todos juntos vendrían, y aún que traerían a todos los demás que estaban en el Marañón descontentos, porque los Padres jesuitas allí los hacían trabajar mucho; pero que Fr. José Canto no los había de castigar. Yo les aseguré que así sería. Nosotros el otro día nos fuimos río abajo, pero ellos jamás parecieron.

A poco rato de navegación llegamos al Amoguaje, y nos paramos a tomar una cochina con 6 lechones que allí me dio orden Fr. José Canto que me la llevase para criar. Con esto se alegró el Padre Romero, que ya había días que me estaba aguardando. Aquí también ya hay alguna gente vestida; pero la mayor parte van desnudos. Serán 120 familias. Su divisa es: El labio de abajo lo tienen todos taladrado, y traen colgada una piedrecita blanca del grueso del dedo mínimo, algo más larga, y está atada con un hilo de algodón, y a la parte de adentro del labio trabada con un palito. Como se crían así desde guaguas, andan siempre con la jeta colgada.

Nosotros el mismo día pasamos adelante, y en nueve días llegamos a la loma de Agustinillo, que así la llaman por haber vivido allí mucho tiempo este indio cristiano viejo que llevo apuntado, llamado Agustinillo. En estos nueve días recogimos nueve canoítas que hallamos en las playas, que se habían ido de los pueblos de arriba, y me las llevé a mi pueblo. Al llegar, con el tiro de la escopeta, ya conocieron que venía algún Padre, y Fr. José Canto me advirtió que siempre que yo saliese por el río, que diese algunos escopetazos, que con esto los indios bárbaros que no están conquistados, no se huyen, aunque vean venir canoa con gente, porque ya saben que en viniendo Padre no los dañan, aunque sean indios contrarios; antes muchos aguardan cuando viene a sus pesquerías que pase algún Padre, y entonces por un machete o eslabón, y aún por un pedernal, le dan un cholo o una guambra hijo suyo. Y el que se compra así, ya sabe que ha de ir y sentir al Padre toda su vida. Pero con esto, es menester ir con mucho cuidado, porque sus padres les dicen: En estando en el pueblo, come tierra y te morirás, y después volverás a nosotros. De esta noticia que allí es general en todas las naciones, inferí yo que algún tiempo esta gente creía la transmigración de las almas.

Ahora ellos no saben siquiera que tienen alma, pero creen que los que mueren vuelven a nacer en su misma nación, y hay nación que cree que después vuelven a nacer, no siempre hombre, sino ya tigre, oso o león u otro animal. Esta credulidad tiene la nación que llaman quiollos, que son los que fabrican el veneno.

Todos nos salieron a recibir, y lo primero que noté fue que ellos no tenían sino una canoita chica, y está quebrada. Yo dije al indio Agustinillo que venía a estarme con ellos para formar allí un pueblo grande, buscando y trayendo a toda la gente de su nación, y que conmigo lo habían de pasar ellos muy bien. Que yo no les haría ningún daño. Manuel Chica y Agustinillo les hablaron en su lengua, y ellos respondieron que me buscarían de comer, que harto pescado había en el río, y muchos monos y frutas en el monte. Ya que nos desocupamos de razones vinieron las indias y nos trujeron avío de comida, raíces, monos y pescado ahumado de regalo.

Yo reparé que un indio vino cargado de hamacas y las iba colgando por los estantillos, y ya que tuvo catorce compuestas, llamó a los 14 indios que con nosotros habían bajado de La Concepción, y les señaló a cada uno una hamaca. Yo dije a Manuel Chica: ¿Para qué será este apero de tantas hamacas? Es que esta casa es del cacique, y ahora harán el recibimiento a nuestros indios que han venido. Ellos se echaron cada uno en su hamaca, y a poco rato siento que tocaban el tambor en una casa. Manuel Chica me dijo: Usted déjelos hacer y no deje la escopeta de la mano, y el machete de la cinta. A poco rato catay que se vienen todos pintados de fresco, cada uno con 3 dardos en la mano, y todas las mujeres tras ellos con los guaguas, cholos y guambras. La casa era un rancho que sólo la mitad estaba arrodado de guaduas, y ellos se pararon en el portal, y entraron primero las mujeres con botijas de chicha, otras puros con agua, otras con chachamátes de masatos de plátanos y chontaduros.

Ya que ellas tomaron su lugar entró el cacique y los fue saludando uno por uno de esta suerte: Poníase delante la hamaca, él de lado abierto las piernas, y alargándole al que estaba en la hamaca el brazo con violencia, decía con una voz muy desentonada: Guacedge, que quiere decir: “has venido.” El de la hamaca, alargando también de golpe su brazo respondía asimismo: Guaceredge, que quiere decir: “ya he venido.” Así fue de uno a otro hasta el último. Después entraron los demás uno a uno, e hicieron lo mismo. Yo que hasta entonces no había visto semejante función, me moría de risa, y pregunté a Manuel Chica si aquello era propio de aquella nación, y me dijo que no; que todas las naciones tienen este estilo. Como esto se hace en casa del cacique, hasta entonces no lo había visto.

Ya que hubieron acabado, empezaron las indias a desleír con las manos los masatos con agua y les dieron de beber en unos chachamates muy grandes de otra suerte: Poníanse delante cada hamaca de lado, piernas abiertas con el chachamate lleno, y le decían al que estaba tendido en la hamaca con voz muy alta: Na, que quiere decir toma. Él levantándose respondía asimismo: Rayne, que quiere decir dame. Ya que estaba en pie, se ponía también de lado abiertas las piernas, y tomaba el chachamate y bebía hasta que ya le faltaba el resuello, y al quitárselo de la boca resollaba como un hombre muy cansado con un resuello fuerte, y concluía con una carcajada de risa, y largaba el chachamate al que se lo había dado a él, diciéndole también na muy alto, y él respondía rayme, y se ponía a beber, y éste había de apurar, y al que de un sorbo no lo podía apurar, le daban todos vaya con carcajadas de risa. Ellos nos trujeron a nosotros también. Yo como sabía que aquellos masatos los habían mascado las mujeres, no quise beber, y Manuel Chica, para que ellos no lo tomasen por desdén, les hubo de decir que yo tenía el estómago malo.

Después de los masatos entraron con la chicha, y continuaron la bebezón hasta la noche; y como todos quedaron borrachos, las mujeres se los fueron llevando.

La divisa de esta nación es: Desde guaguas les ponen una cinta de poco más de un dedo de ancha, hecha de palmiche muy tupido, y embetunada de resma y pintada de achote, en la mitad del brazo en cada uno. Otra del codo para arriba en la mitad, y otra en las pantorrillas. Éstas jamás se las vuelven a quitar. Así crece la critaura, y queda la carne sumida en cada cinta, que le cabe un dedo dentro de la canal que hace.

El otro día ya que ellos estuvieron fuera de la pasada calentura, los mandé llamar a todos, y que se pusieran en fila, y del otro lado las mujeres, y al que me pareció hombre de más juicio, le di el bastón de capitán con orden que todos lo habían de obedecer lo que mandase. El quedó muy ufano, y todos prometieron obedecer lo que mandase. Entonces los hice segregar por familias, cada familia de por sí. Yo reparé que había más mujeres que hombres, y preguntando por ello, me dijo Manuel Chica que había quien tenía dos y 3 mujeres. Entonces pregunté si había viudas que no tuviesen marido, y hubo de haber dos. Las hice apartar a un lado, y tomé las señas para la fisonomía de las mujeres de cada uno. Manuel Chica me advirtió que no tratase de quitarles por entonces las mujeres, porque dijo esto con el tiempo poco a poco, ya que les entre la luz cuando se hayan de bautizar, entonces aún con mucha dificultad se logra.

Yo entonces dije que todos los cholos se pusieran de un lado en hilera, y las guambras solteras en otra fila. Entonces me dijo Manuel Chica: Padre, aquí no hay soltera ninguna, todas estas guambras y guaguas son casadas. Y es el caso que la que nace mujer antes de nacer ya está casada, porque a la que se reconoce que alguna mujer está preñada, ya los indios que tienen hijo varón, ya le piden que si pare hembra se la dé para su hijo, cual otro pide para segunda mujer o tercera. Al que se promete, si sale hembra, se le da, de suene que la madre cuida sólo de la guaigua para darle el pecho, y el que la ha de tener para mujer, ya la va teniendo y llevando en brazos. Al empezar a comer ya la mantiene; y si es hombre, al llegar a la edad competente la usa. Mas si es también cholito, ellos se juntarán cuando quieran. Y ya desde tan guagüitas, recién nacidas las llaman pucaco, que quiere decir ‘esposa’; y así es verdad que la hembra antes de nacer ya está casada y tiene marido.

Yo entonces hice dividir cada matrimonio de por sí, y de las 14 familias me salieron 66 matrimonios, y entre ellos había matrimonio, que todavía los desposados ni hablaban ni caminaban, mamando a los pechos de sus madres. Pero con todo a la noche los acostaban juntos en una hamaca para dormir. Yo viendo que no había canoa capaz para un viaje, pregunté si en el monte había algún árbol grande para canoa, y dijeron que sí. Yo lo quise ver, y con esto nos llevaron allá. Era árbol que daba casi 2 varas de tabla, palo ligero, y que no se pudre con el agua. Ellos lo llaman guagineo, porque hace la flor semejante al canelo, a quien llaman guagineo. Me pareció muy bueno. Yo les dije que me volvía para La Concepción, que allí tenía todo mi equipaje para bajarlo. Les di las 3 hachas y una azuela y los demás instrumentos de carpintería que había bajado, y les dije que cortasen el guagineo y que fabricasen una buena canoa, y que en teniéndola hecha, subiesen a La Concepción con ella, y yo entonces bajaría con ellos con todo lo que allí tenía. Les dejé las 9 canoítas para que con ellas fuesen por el río a pescar, y el quinto día nos volvimos a subir río arriba para La Concepción.

Manuel Chica llevaba orden de Fr. José Canto de hacer algunas botijas de manteca de tortuga, y tenía las botijas escondidas en una playa. Con esto cogí yo del pueblo también 3 botijas, y me las llevé para llenarlas también. Era entonces a principio de marzo, tiempo en que las tortugas salen a poner sus huevos en las playas para empollar. Aquí hay que suponer que en Agustinillo el río Putumayo ya tiene unas 3 leguas de ancho. Y hay playa de arenal de 2 y 3 leguas también. Es tanta la muchedumbre de tortugas que hay, que no tiene número. A la tarde las que esta noche han de poner los huevos, salen a la margen de la playa a tomar el sol. Van los indios en este tiempo a coger muchas, y el modo es este: Se echan con la canoa río abajo, y al descubrir alguna playa, miran si hay tortugas. Hay playa que a la tarde habrá 20, 25 y 30.000 también. Lo que se hace es: atar la canoa en una rama, porque si las tortugas huelen canoa, se echan al agua y ya no salen aquella noche, o van a otra playa. A lo que vino la noche, desatan la canoa y la dejan ir con la corriente del río sin hacer mido. Llegan sin ser sentidos a la playa, cuando entonces las tortugas están ocupadas cavando sus hoyos para poner sus huevos, apártase la gente, y van volteando tortugas patas arriba. Ellas puestas así sobre la arena, ya no se pueden voltear ni mover. Por la mañana se escogen las que se pueden cargar con las balsas o canoas, y las demás se echan al agua. En los pueblos hacen unas fosas, y allí las tienen con agua vivas para cuando las quieren comer.

Nosotros tomamos las botijas, y 2 fondos grandes y nos fuimos en una playa grande, que tendría más de 2 leguas. Pero yo supongo que habría un millón de nidos de tortuga, porque apenas se ponía pie en la arena que no fuese nido de tortuga.

Y la tortuga pone 80 huevos. Todo el día sacamos huevos, que sacaríamos un millón. Y ya recogidos en montones, se hizo la manteca de esta suerte: Se meten en la canoa bastantes huevos, y se llena de agua. Entran los indios y los pisan, y con el calor del sol se sobreagua la manteca. Esta se saca con un mate, y se mete en los fondos puestos a la candela. Así se va hirviendo y se le pone un poco de sal. Ella toma un color de oro muy hermoso, y en conociendo que ya está bastante cocida se saca y se mete en las botijas, y se guarda. Y ésta es con que se cocina. Es mejor que el aceite y que la manteca de marrano, y da a la comida un sabor muy especial.

Estuvimos 3 días cociendo manteca, y al mismo tiempo en unas barbacoas, que allá llaman garipas, estuvimos asando y resecando huevos de tortuga, y así secos, guardados al humo es rica comida, que nos llevamos 6 saparos llenos, y lo más gustoso es cuando ya sacada la manteca de la canoa se echa al agua todo lo que ha quedado de las cáscaras y yemas, porque al instante a la gracina acude tanto pescado que con las manos se puede coger. Yo hacía unas fritadas de huevos de barbudo, que me provocaban el apetito con desorden; y para postre unas yemas ya secas de huevos de tortuga nadando en miel. Ni los pasteleros han soñado semejante regalo.

Cogimos estos días bastante pescado, y mucho bagre, y asamos y secamos 12 saparos. Mas una noche se fueron unos de los indios con la canoa al otro lado del río a pescar bagre, que como es pescado de 7 y 8 arrobas, no se acerca a las playas, porque le falta agua. Él pica sólo al anochecer o al querer amanecer. Y al sentirse clavado con el anzuelo, se viene para acá, y después retrocede con tal fuerza, que 2 hombres se los llevara, y de estos tirones da 3, y de ahí ya no vuelve a tirar, pero en viéndose fuera del agua, no hay toro más bravo. El modo que se tiene es, al tirar, largarle el volantín, y como no halla en los tirones resistencia, más fácilmente se coge. Esta pues noche, viendo que la primera noche no picaba, ataron a un tronco la canoa con un bejuco y se pusieron los indios a dormir, dejando ]os anzuelos con la carnada en el agua. Por la noche durmiendo se le enredó a un indio por la pierna el volantín. Por la madrugada se clavó un bagre, y del tirón que dio arrancó la canoa, rompió el bejuco, y torciendo el anzuelo se escapó. El anzuelo era del grueso del dedo anular, y lo volteó, y el volantín por poco troncha la pierna al indio, que le llegó hasta el hueso, y por la pantorrilla se le metía un dedo. Que tal bagre sería éste.

En uno de estos días arrimamos al monte a comer. Había llovido toda la mañana, y al saltar a tierra vi que los indios con el machete empezaron a dar machetazos a un tolondrón que estaba colgado de una rama. Ello parecía un barril puntiagudo de cada lado. Ellos lo hicieron pedazos y vi que dentro estaba todo esponjado. Prendiéronle candela, y arde mejor que carbón. Díjome Manuel Chica: Este es nido viejo de hormigas. Hay por aquí unas hormigas que fabrican estos nidos. A la parte de afuera tenía su embetunado para que no lo pase el agua. Y si hubiera sido nido nuevo con hormigas era preciso irnos luego de aquí, porque al romperles el nido salen todas a la defensa con tal tenacidad, que más que sea un oso, o tigre o culebra que hallen se la comen; porque en sólo un nido hay millones de millones. Yo pregunté de qué fabricarían aquellos nidos, viendo que ardía mejor que carbón, y me dijo que de los árboles podridos lo fabrican mixturando algunos ingredientes más, que les enseñó la naturaleza. Entonces conocí que aquel carbón de piedra que suelen traer los navíos ingleses y holandeses no era piedra tal, sino la materia de estos nidos molida y vuelta a cuajar con agua.

Otro día entrando en el monte para cazar unos paujíes, hube de encontrar un bolsote como aquellas cartucheras que llevan a la garupa los granaderos, colgando de una rama. Ello de una parte y de otra parecía gamuza de color canela oscuro. Como yo no sabía lo que era, avisé a Manuel Chica, el cual cortó la rama, y lo llevó para la canoa y me dijo: Este es nido de hormigas blancas, y los indios verá usted cómo las estiman. Ya llegamos a la canoa y el otro lo dio a un indio diciéndole: saca las hormigas para vos, y el nido es del Padre para yesca. A la tarde cuando llegamos a la playa a arranchar, el indio traía unas hojas de achira, y entre cuatro abrieron el nido, y las hormigas se parecían a las abejitas chicas que aun no vuelan blancas. Ellos las fueron matando todas, y las envolvieron en hojas de achira y nos dieron el bolsote. Dentro estaba todo hecho esponja de color canela algo más claro; pero ni aquello era algodón ni era seda. Tenía de la seda lo fino y dócil y lo flojo del algodón. Es una yesca finísima, que a la primer chispa ya prendió.

Yo reparé que el indio empezó a tostar aquellas hormigas blancas, y pensando que las quería comer, pregunté a Manuel Chica, el cual me dijo: Las tuesta para que no se le pierdan. Hay en el río un pescadito muy chico como una sardinita, él muy sabroso y lo llaman zambito. Todas las indias de todas las naciones, desde que se sienten alguna preñada hasta que ha parido, no comen otra cosa sino zambitos, y los maridos tienen obligación de mantenerlas de ello. Para coger este pescadito zambito es que aprecian ellos tanto las agujas, porque de ellas hacen anzuelos para ello y con estas hormigas es que aparejan el anzuelo para cogerlo. Y de no, se valen del barbasco, que es una hierba que hay por allí. Esta la machacan y echan, en los remansos del río este jugo; y con él se emborracha el pescado, y así lo cogen con facilidad, pero queda algo desabrido; y si después la criatura muere, la mujer da la culpa al marido, porque le dio zambitos embarbascados, a que atribuye la muerte del guagua.

Por esto procuran ellos tener siempre en partida de estos zambitos asados y conservados al humo. Así que la mujer se siente ya cercana al parto, toma un saparo de zambitos asados, y con él se va al monte sola, y a la margen de un charco o quebrada arma su rancho, y allí se está hasta que pare. En pariendo ella sola allí se compone. Parió, se lavó y lava a la criatura y con ella se viene a su casa. Y entonces deja al marido el guagua y va a avisar a la gente del pueblo, y todos vienen a dar la enhorabuena al marido, el cual recibe este agasajo tendido con el guagua en la hamaca. Y aquel día en aquella casa hay función de baile y bebezón de chicha y masatos, y se emborrachan todos grandes y chicos, hombres y mujeres.

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