Ya que suben al pueblo, el sacristán toma una campanilla, y
tocándola va dando una vuelta diciendo a voz en grito
uffari,
uffari, besarayge, que quiere decir: “a rezar, a rezar
aprisa”. En lo interim ellos se visten, el que tiene con qué,
y tiran para la iglesia, y allí el Padre los hace rezar las
oraciones y rudimentos de la doctrina en lengua española, y después
los misterios en su lengua, mixturan en lengua española algunas
palabras de lo que ellos en su lengua no tienen término. Después de
rezar se van a almorzar, y el alcalde señala dos que vayan al monte
a cazar, y otros dos al río a pescar; y estos 4 cerca las 10
vuelven, y lo que cogieron lo llevan al Padre para que coma, y a la
tarde van otros 4 a buscar para la noche. Los sábados se señalan
otros 4 para toda la semana. Estos se van el domingo después de
misa, y no vuelven hasta el sábado a la tarde, y lo que cogieron lo
traen asado y ahumado. Los sábados, también todos, acarrean leña al
Padre para toda la semana, y los cholos y guambras, esto es, mozos
y mozas, acarrean agua y llenan al Padre todas las botijas. Los
mismos sábados, la familia que se quiere ir a buscar víveres, pide
al Padre licencia diciendo:
ojo, ayro sayge, que quiere
decir: Padre, voy por el río a buscar pescado y carne del monte. Si
el Padre quiere le responde:
Sayme, anda. Si el Padre no
quiere le dice:
Ayro sayge, y haciendo un ronquidito de la
garganta añade
besagerayme, que quiere decir: “anda tú
solo, y vuelve hoy”.
Los sábados también a las 4 de la tarde se toca la campana
mayor, y al instante todas las viudas acuden a barrer la iglesia, y
todas las casadas van a coger flores al monte y de ellas adornan
las andas de la Virgen, y a la noche en la iglesia se reza la
corona y la última decena con la Salve se canta andando la
procesión por el pueblo, dando vuelta, y las mujeres son las que
llevan las andas y los faroles, porque los hombres van por delante
tras del estandarte. Mas todos los otros días, después de tocada la
oración, acuden todos los cholos y guambras y todos los guaguas a
la puerta de la iglesia a rezar con el Padre todo el
catecismo.
Cada cuatro meses van todos los indios y hacen al Padre cura una
chácara. Esto es, rozan un pedazo de monte y lo componen para una
sembrería de maíz, yucas, arracachas, camates, etc. Ellos se lo
siembran y lo cogen, y esta es una diligencia precisa, porque ellos
cuando para si hacen su chácara van al Padre y él los provee de
semillas para sembrar, porque ellos no cuidan de esto para volver a
sembrar. También cada año a tiempo proporcionado van a limpiar el
platanar del Padre. Todas las familias que salen los domingos
después de misa para ir a buscar carne y pescado toda la semana,
cuando vuelven el sábado a la tarde siempre traen al Padre un
saparo de pescado asado y ahumado, y otro de monos y pájaros así
mismo. El Padre los provee de herramientas, hachas, machetes y de
anzuelos también.
Yo lo que más admiré fue que este Fr. José Carvo había traído de
Pasto vacas y novillos, y tenía ya con los que habían allí
procreado más de 50 cabezas de ganado. Mucho sería el trabajo,
siendo tan áspera aquella serranía. Tenía también su manada de
cabras, pero estas habían venido embarcadas del Gran Pará de
Portugal. Confinan con nuestra misión otros Padres descalzos de
Santa Teresa en el río Marañón, en las tierras de Portugal, y todos
los años baja allá una canoa grande de nuestra misión y allí por
mano de dichos Padres se compra y se hace apero de pólvora,
munición, sal, vino, herramientas y lienzos de lana algodón. Esto
se paga con lo que da el Rey a cada Padre conversor para su
manutención. La harina para hostias se entra de San Juan de Pasto.
Este Fr. José Carvo se ha dado maña, y todos los años recoge mucho
cacao, de que abunda mucho el monte, y es de quien lo coge, porque
Dios lo sembró allí. Seca también algún pescado, y recoge también
algunos quintales de cera blanca, de que también abunda el monte; y
todo esto lo manda a Caquetá, y de allí los indios sibundoyes ya
citados se lo sacan cargado a espaldas a Pasto, en donde tiene su
correspondencia, y con el producto que da, pagados a estos
sibundoyes el flete, de Pasto se apera de lo que más necesita el
pueblo.
Un día vi que vinieron unos indios trayendo unos meloncitos,
algo menores que la cabeza y al llegar lo fueron a presentar al
lego, diciendo:
Payre, na. Que quiere decir: Padre, toma. Yo
pensé que sería fruta, y le pregunté sobre ello, y me dijo: Ahora
verá lo que es. Rompió uno y dentro estaba lleno y tenía unas habas
del tamaño de una peseta con la figura de los chochos. Tiene cada
una su cáscara, y ésta es la yesca que allí regularmente gastan los
indios. Dentio tenía una masa como almendra muy aceitosa con el
olor algo fastidioso. Yo le pregunté si se comía, y me dijo: Esto
es purgante. Aquí lo llamamos habilla, y afuera en los poblados es
apreciado, porque con la cuarta parte que uno tome de una de estas
habas es una purga muy buena y segura. Estos meloncitos los crían
unos bejucos que hay en el monte. Y en días pasados, dijo, con una
partida machacado, y con lejía cocido, como es tan aceitoso, probé
de hacer jabón, y salió muy bueno, pero deja este olor fastidioso
en la ropa. Estas y otras que ya tengo las he mandado buscar para
mandarlas a Pasto, que me las han pedido.
En La Concepción se quedó el Padre Antonio Urrea de conversor y
compañero de Fr. José Canto. La divisa de la nación payagua es:
Llevan la nariz taladrada de un lado y otro, y sobre cada agujero
se ponen unas lentejuelas redondas de concha de nácar, trabadas a
la parte de adentro con un hilo de algodón y un palito para que no
se les caigan. Yo le pregunté a Fr. José Canto de dónde se aperaban
aquellos indios de nácar. El me respondió: Hay río abajo en el
monte una laguna que cría muchas conchas, y esta creo que está
cerca del paraje adonde ha de ir usted. Yo, dijo, por más
diligencias que he hecho, jamás ellos me han querido revelar el
puesto de esta laguna. Si usted la llega a descubrir podrá sacar de
allí mucha riqueza, porque dicen estos indios que las conchas
cuando ellos las cogen y las abren, tienen dentro su pescado y
también unas pepitas redondas del mismo color del nácar, que son
muy duras de romper, y tienen de grandes y de chicas. Que
naturalmente serán perlas. Ellos como no saben qué es, y no las
pueden taladrar, allí las tiran. Yo después que formé mi pueblo,
hice varias diligencias a este intento, pero jamás pude encontrar
luz ni rastro de dicha laguna.
Los payaguajes, cuya nación también vive en La Concepción, su
divisa es: Llevan una concha de nácar entera atada bajo del ombligo
con una sarta de pepitas de árboles, la afianzan de un lado y otro
atada la sarta atrás. Esta divisa es general también a hombres y a
mujeres en toda la nación. Y estas mujeres no llevan pampana o faja
que las honeste, como las otras, sino la concha, que no sólo no las
cubre con alguna honestidad, antes excita la curiosidad deshonesta.
Ya pero Fr. José Canto, como les ha dado ropa, no les permite ir
sin cubrirse; pero como hace mucho calor, la ropa fastidia, y sólo
se la ponen para ir a la iglesia, y al llegar a su casa se la
quitan todos, hombres y mujeres.
Fr. José Canto avió al Padre Cristóbal Romero al Amoguaje, que
está 21 leguas más abajo de La Concepción, y se llega con una canoa
allá en un día. Este es ya pueblo antiguo, y lo había formado el
Padre Presidente de las misiones y había vivido muchos años allá
antes de ser presidente. Después, como con el cargo le era preciso
entrar y salir, había ya algunos años que dicha nación de los
amoguajes no tenía de fijo Padre que los asistiese, y ya había casi
perdido la enseñanza anterior. A este pueblo pues iba destinado de
conversor dicho Padre Romero. Su fortuna fue, como me contó, que
tenía allí un indio muy racional, el cual en años anteriores el
Padre Presidente lo había sacado, y lo había llevado consigo a
Popayán, donde vio toda la ciudad y el colegio. Este indio le
sintió de mucho alivio, porque él a lo que bajó allá el Padre al
instante le fabricó con los demás su casa o convento, le armó sus
chácaras y buen platanar, y tenía mucho cuidado que al Padre no le
faltase nada. De lo cual admirado el Padre Romero, le preguntó, por
qué él entendía algo la lengua española, y la hablaba ya muy
chapurrado. El indio le respondió: Padre, en Popayán los Padres
tienen buena casa, buena cama, buena comida. Tú has venido aquí
dejando aquélla para nuestro bien y enseñarnos: luego nosotros te
debemos asistir bien. Yo lo digo a toda la gente, porque yo lo vi,
y en Popayán comí muy bien pan y otras cosas buenas, y así les
digo: trabajemos nosotros para que al Padre no le falte
nada.
Desde los primeros días me dijo Fr. José Canto que yo había de
ir a fundar un nuevo pueblo, que era orden del Padre Presidente, de
una nación llamada los encabellados. Es la nación más voraz y
altanera de cuantas allí se han descubierto. A mí entonces no me
dijeron nada de esto. El Padre Presidente tenía unas catorce
familias de esta nación congraciados, y les dijo que se mantuviesen
en una loma y que les mandaría un Padre para formar allí un pueblo,
y poco a poco agregaría toda la nación, la que es la más grande que
allí hay, y están divididos ellos en varios parajes. De estas 14
familias hacía cabeza un indio viejo de mucha autoridad entre
ellos, el cual ya era cristiano y hablaba algo la lengua española.
Él se llamaba Agustinillo. Ellos se quedaron en la loma aguardando
la promesa del Padre Presidente. A esta pues fundación nueva me
despachó a mí Fr. José Canto, y para ello me dio: 3 hachas, 5
machetes, 3 docenas de cuchillos, una escopeta, pólvora, balas y
munición, 30 anzuelos de barbudo, 3 de bagre, un saparo de maíz,
una botija de miel de caña, otra de manteca de tortuga, una
frasquera de 12 frascos, 3 llenos de sal, uno de vinagre, 2 de
aguardiente y los otros vacíos, sólo en uno me dio vino para 3
misas; pero como no tenía harina para hostias, no las pude decir en
2 años. Todo esto con el ornamento que nos dieron a cada uno y
varios abalorios que yo llevaba desde España, y herramientas de
carpintería de que me aperé en Popayán, fue el avío para ir a
formar un pueblo de nuevo.
Él me avió con una canoa con indios y el herrero mozo blanco me
acompañó porque les entendía la lengua, que es la misma que llevo
apuntada. Éste que se llamaba Manuel Chica me aperó de un bastón de
guayacán colorado con un cabo de plomo y una cinta carmesí, para
entregar al que yo señalase por capitán del pueblo. Dióme también
un perro y una perra, tres gallos y una gallina. Tiramos pues río
abajo, y el primer día fuimos a dormir a una loma que llaman
Tabacunda, cerca del pueblo del Amoguaje. En esta loma años
anteriores había habido un pueblo. Los indios atropellaron con el
Padre y lo mataron, y se huyeron a Marañón. Al subir arriba
encontramos un rancho, y en él un indio y una india. El indio de un
cuerpo regular, pero la india en mi vida he visto semejante mujer.
Era de forma gigantina: de alto tendría 10 cuartas, tan fornida de
cuerpo que de cada chucho suyo se podría formar una mujer. Chucho
quiere decir teta o pecho. Ellos eran de los huidos alevosos de
Tabacunda. Ellos tenían allí su pescado y monos ahumados, y también
chontaduros con que se mantenían. A lo que llegamos los indios se
fueron a coger chontaduros, y Manuel Chica y yo nos fuimos a ver
las ruinas del pueblo antiguo, que aunque lo quemaron, pero
quedaron muchos estantillos en pie.
Paseando por allí vi unos árboles, que hasta entonces no había
visto. Él no cría más que un vástago sin rama alguna. Arriba cría
su copita. Su hoja es lo propio que la de la higuerilla. El tronco
tendrá 5 cuartas en redondo. Su corteza siempre verde, de mucho
canto y lechosa. Tendrá 10 varas de alto. Se llama papayo, y un
poco más arriba de la mitad del tronco cría su fruto, que es la
papaya. Son unos meloncitos medianos, y en madurando se ponen
amarillos. No tiene corteza sino hollejo como la calabaza. Dentro,
su carne es amarilla y es de las frutas regaladas que hay. Tiene
como el melón adentro sus tripas y su semilla se parece a la
pimienta, y pica poco menos que el ají. Esta semilla la recogen los
indios y la muelen con ají, y así la ponen en sus guisos. Hay
segunda especie de ello, que da la fruta del tamaño de un limón
grande, y su sabor es agridulce, y a esta fruta la llaman
chilguacán. De unas y otras había muchas de maduras, y nosotros
comimos bastante y llevamos para el camino.
Yo reparé que el indio traía al cuello una sarta de huesecitos,
y pregunté por ello. Manuel Chica me dijo: Esto son dientes y
muelas de criatura. Esta gente cuando pelean, y uno mata a otro, le
sacan las muelas y dientes, y taladradas las ensartan y se las
cuelgan en lugar de gargantilla y enseña de la victoria; y esto es
muy honroso entre ellos. Pregúntole al indio por ello y dijo que
cuando vivían allí con el Padre que mataron, que unos indios se
venían del Marañón a hurtarles las chácaras. Que los espiaron y que
mataron a 7, y que aquellas muelas y dientes eran de una china que
él mató. Yo le hice preguntar dónde los habían enterrado, y él
respondió que se los habían comido asados. Se me exitó más la
curiosidad con esto y le hice pregunar qué nación era, y respondió
que era murciélago. Esta nación de los indios llamados murciélagos
viven 5 días más abajo de la loma Tabacunda. Así el indio como la
mujer tenían la frente aplastada, tanto que la cabeza la tenían
cuadrangulada. Yo le pregunté por ello, y Manuel Chica me dijo:
Padre, esta nación todos son así y esta es su gala y divisa. Desde
que nacen les entablillan la cabeza con 4 tablitas bien atacadas, y
éstas no se las quitan hasta los 10 años, y así queda la cabeza
cudrangulada. Esta nación a todos los que mueren se los comen
asados. Usted, me dijo entonces, vaya con mucho cuidado, porque el
puesto adonde va es la nación de indios más bravos que se han
descubierto. No se fíe de ellos jamás, si no presto acabarán con
usted. Todas estas noticias digo qué corazón me pondrían. Con todo,
yo dije al indio y a la india a lo que iba y si querían venir a mi
pueblo yo no los había de castigar. Ellos respondieron que ya
conocían el puesto adonde iba; que lo avisarían a otros que por
allí cerca estaban, y que todos juntos vendrían, y aún que traerían
a todos los demás que estaban en el Marañón descontentos, porque
los Padres jesuitas allí los hacían trabajar mucho; pero que Fr.
José Canto no los había de castigar. Yo les aseguré que así sería.
Nosotros el otro día nos fuimos río abajo, pero ellos jamás
parecieron.
A poco rato de navegación llegamos al Amoguaje, y nos paramos a
tomar una cochina con 6 lechones que allí me dio orden Fr. José
Canto que me la llevase para criar. Con esto se alegró el Padre
Romero, que ya había días que me estaba aguardando. Aquí también ya
hay alguna gente vestida; pero la mayor parte van desnudos. Serán
120 familias. Su divisa es: El labio de abajo lo tienen todos
taladrado, y traen colgada una piedrecita blanca del grueso del
dedo mínimo, algo más larga, y está atada con un hilo de algodón, y
a la parte de adentro del labio trabada con un palito. Como se
crían así desde guaguas, andan siempre con la jeta
colgada.
Nosotros el mismo día pasamos adelante, y en nueve días llegamos
a la loma de Agustinillo, que así la llaman por haber vivido allí
mucho tiempo este indio cristiano viejo que llevo apuntado, llamado
Agustinillo. En estos nueve días recogimos nueve canoítas que
hallamos en las playas, que se habían ido de los pueblos de arriba,
y me las llevé a mi pueblo. Al llegar, con el tiro de la escopeta,
ya conocieron que venía algún Padre, y Fr. José Canto me advirtió
que siempre que yo saliese por el río, que diese algunos
escopetazos, que con esto los indios bárbaros que no están
conquistados, no se huyen, aunque vean venir canoa con gente,
porque ya saben que en viniendo Padre no los dañan, aunque sean
indios contrarios; antes muchos aguardan cuando viene a sus
pesquerías que pase algún Padre, y entonces por un machete o
eslabón, y aún por un pedernal, le dan un cholo o una guambra hijo
suyo. Y el que se compra así, ya sabe que ha de ir y sentir al
Padre toda su vida. Pero con esto, es menester ir con mucho
cuidado, porque sus padres les dicen: En estando en el pueblo, come
tierra y te morirás, y después volverás a nosotros. De esta noticia
que allí es general en todas las naciones, inferí yo que algún
tiempo esta gente creía la transmigración de las
almas.
Ahora ellos no saben siquiera que tienen alma, pero creen que
los que mueren vuelven a nacer en su misma nación, y hay nación que
cree que después vuelven a nacer, no siempre hombre, sino ya tigre,
oso o león u otro animal. Esta credulidad tiene la nación que
llaman quiollos, que son los que fabrican el veneno.
Todos nos salieron a recibir, y lo primero que noté fue que
ellos no tenían sino una canoita chica, y está quebrada. Yo dije al
indio Agustinillo que venía a estarme con ellos para formar allí un
pueblo grande, buscando y trayendo a toda la gente de su nación, y
que conmigo lo habían de pasar ellos muy bien. Que yo no les haría
ningún daño. Manuel Chica y Agustinillo les hablaron en su lengua,
y ellos respondieron que me buscarían de comer, que harto pescado
había en el río, y muchos monos y frutas en el monte. Ya que nos
desocupamos de razones vinieron las indias y nos trujeron avío de
comida, raíces, monos y pescado ahumado de regalo.
Yo reparé que un indio vino cargado de hamacas y las iba
colgando por los estantillos, y ya que tuvo catorce compuestas,
llamó a los 14 indios que con nosotros habían bajado de La
Concepción, y les señaló a cada uno una hamaca. Yo dije a Manuel
Chica: ¿Para qué será este apero de tantas hamacas? Es que esta
casa es del cacique, y ahora harán el recibimiento a nuestros
indios que han venido. Ellos se echaron cada uno en su hamaca, y a
poco rato siento que tocaban el tambor en una casa. Manuel Chica me
dijo: Usted déjelos hacer y no deje la escopeta de la mano, y el
machete de la cinta. A poco rato catay que se vienen todos pintados
de fresco, cada uno con 3 dardos en la mano, y todas las mujeres
tras ellos con los guaguas, cholos y guambras. La casa era un
rancho que sólo la mitad estaba arrodado de guaduas, y ellos se
pararon en el portal, y entraron primero las mujeres con botijas de
chicha, otras puros con agua, otras con chachamátes de masatos de
plátanos y chontaduros.
Ya que ellas tomaron su lugar entró el cacique y los fue
saludando uno por uno de esta suerte: Poníase delante la hamaca, él
de lado abierto las piernas, y alargándole al que estaba en la
hamaca el brazo con violencia, decía con una voz muy desentonada:
Guacedge, que quiere decir: “has venido.” El de la
hamaca, alargando también de golpe su brazo respondía asimismo:
Guaceredge, que quiere decir: “ya he venido.” Así
fue de uno a otro hasta el último. Después entraron los demás uno a
uno, e hicieron lo mismo. Yo que hasta entonces no había visto
semejante función, me moría de risa, y pregunté a Manuel Chica si
aquello era propio de aquella nación, y me dijo que no; que todas
las naciones tienen este estilo. Como esto se hace en casa del
cacique, hasta entonces no lo había visto.
Ya que hubieron acabado, empezaron las indias a desleír con las
manos los masatos con agua y les dieron de beber en unos
chachamates muy grandes de otra suerte: Poníanse delante cada
hamaca de lado, piernas abiertas con el chachamate lleno, y le
decían al que estaba tendido en la hamaca con voz muy alta:
Na, que quiere decir toma. Él levantándose respondía
asimismo:
Rayne, que quiere decir dame. Ya que estaba en
pie, se ponía también de lado abiertas las piernas, y tomaba el
chachamate y bebía hasta que ya le faltaba el resuello, y al
quitárselo de la boca resollaba como un hombre muy cansado con un
resuello fuerte, y concluía con una carcajada de risa, y largaba el
chachamate al que se lo había dado a él, diciéndole también
na muy alto, y él respondía
rayme, y se ponía a
beber, y éste había de apurar, y al que de un sorbo no lo podía
apurar, le daban todos vaya con carcajadas de risa. Ellos nos
trujeron a nosotros también. Yo como sabía que aquellos masatos los
habían mascado las mujeres, no quise beber, y Manuel Chica, para
que ellos no lo tomasen por desdén, les hubo de decir que yo tenía
el estómago malo.
Después de los masatos entraron con la chicha, y continuaron la
bebezón hasta la noche; y como todos quedaron borrachos, las
mujeres se los fueron llevando.
La divisa de esta nación es: Desde guaguas les ponen una cinta
de poco más de un dedo de ancha, hecha de palmiche muy tupido, y
embetunada de resma y pintada de achote, en la mitad del brazo en
cada uno. Otra del codo para arriba en la mitad, y otra en las
pantorrillas. Éstas jamás se las vuelven a quitar. Así crece la
critaura, y queda la carne sumida en cada cinta, que le cabe un
dedo dentro de la canal que hace.
El otro día ya que ellos estuvieron fuera de la pasada
calentura, los mandé llamar a todos, y que se pusieran en fila, y
del otro lado las mujeres, y al que me pareció hombre de más
juicio, le di el bastón de capitán con orden que todos lo habían de
obedecer lo que mandase. El quedó muy ufano, y todos prometieron
obedecer lo que mandase. Entonces los hice segregar por familias,
cada familia de por sí. Yo reparé que había más mujeres que
hombres, y preguntando por ello, me dijo Manuel Chica que había
quien tenía dos y 3 mujeres. Entonces pregunté si había viudas que
no tuviesen marido, y hubo de haber dos. Las hice apartar a un
lado, y tomé las señas para la fisonomía de las mujeres de cada
uno. Manuel Chica me advirtió que no tratase de quitarles por
entonces las mujeres, porque dijo esto con el tiempo poco a poco,
ya que les entre la luz cuando se hayan de bautizar, entonces aún
con mucha dificultad se logra.
Yo entonces dije que todos los cholos se pusieran de un lado en
hilera, y las guambras solteras en otra fila. Entonces me dijo
Manuel Chica: Padre, aquí no hay soltera ninguna, todas estas
guambras y guaguas son casadas. Y es el caso que la que nace mujer
antes de nacer ya está casada, porque a la que se reconoce que
alguna mujer está preñada, ya los indios que tienen hijo varón, ya
le piden que si pare hembra se la dé para su hijo, cual otro pide
para segunda mujer o tercera. Al que se promete, si sale hembra, se
le da, de suene que la madre cuida sólo de la guaigua para darle el
pecho, y el que la ha de tener para mujer, ya la va teniendo y
llevando en brazos. Al empezar a comer ya la mantiene; y si es
hombre, al llegar a la edad competente la usa. Mas si es también
cholito, ellos se juntarán cuando quieran. Y ya desde tan
guagüitas, recién nacidas las llaman
pucaco, que quiere
decir ‘esposa’; y así es verdad que la hembra antes de
nacer ya está casada y tiene marido.
Yo entonces hice dividir cada matrimonio de por sí, y de las 14
familias me salieron 66 matrimonios, y entre ellos había
matrimonio, que todavía los desposados ni hablaban ni caminaban,
mamando a los pechos de sus madres. Pero con todo a la noche los
acostaban juntos en una hamaca para dormir. Yo viendo que no había
canoa capaz para un viaje, pregunté si en el monte había algún
árbol grande para canoa, y dijeron que sí. Yo lo quise ver, y con
esto nos llevaron allá. Era árbol que daba casi 2 varas de tabla,
palo ligero, y que no se pudre con el agua. Ellos lo llaman
guagineo, porque hace la flor semejante al canelo, a quien llaman
guagineo. Me pareció muy bueno. Yo les dije que me volvía para La
Concepción, que allí tenía todo mi equipaje para bajarlo. Les di
las 3 hachas y una azuela y los demás instrumentos de carpintería
que había bajado, y les dije que cortasen el guagineo y que
fabricasen una buena canoa, y que en teniéndola hecha, subiesen a
La Concepción con ella, y yo entonces bajaría con ellos con todo lo
que allí tenía. Les dejé las 9 canoítas para que con ellas fuesen
por el río a pescar, y el quinto día nos volvimos a subir río
arriba para La Concepción.
Manuel Chica llevaba orden de Fr. José Canto de hacer algunas
botijas de manteca de tortuga, y tenía las botijas escondidas en
una playa. Con esto cogí yo del pueblo también 3 botijas, y me las
llevé para llenarlas también. Era entonces a principio de marzo,
tiempo en que las tortugas salen a poner sus huevos en las playas
para empollar. Aquí hay que suponer que en Agustinillo el río
Putumayo ya tiene unas 3 leguas de ancho. Y hay playa de arenal de
2 y 3 leguas también. Es tanta la muchedumbre de tortugas que hay,
que no tiene número. A la tarde las que esta noche han de poner los
huevos, salen a la margen de la playa a tomar el sol. Van los
indios en este tiempo a coger muchas, y el modo es este: Se echan
con la canoa río abajo, y al descubrir alguna playa, miran si hay
tortugas. Hay playa que a la tarde habrá 20, 25 y 30.000 también.
Lo que se hace es: atar la canoa en una rama, porque si las
tortugas huelen canoa, se echan al agua y ya no salen aquella
noche, o van a otra playa. A lo que vino la noche, desatan la canoa
y la dejan ir con la corriente del río sin hacer mido. Llegan sin
ser sentidos a la playa, cuando entonces las tortugas están
ocupadas cavando sus hoyos para poner sus huevos, apártase la
gente, y van volteando tortugas patas arriba. Ellas puestas así
sobre la arena, ya no se pueden voltear ni mover. Por la mañana se
escogen las que se pueden cargar con las balsas o canoas, y las
demás se echan al agua. En los pueblos hacen unas fosas, y allí las
tienen con agua vivas para cuando las quieren comer.
Nosotros tomamos las botijas, y 2 fondos grandes y nos fuimos en
una playa grande, que tendría más de 2 leguas. Pero yo supongo que
habría un millón de nidos de tortuga, porque apenas se ponía pie en
la arena que no fuese nido de tortuga.
Y la tortuga pone 80 huevos. Todo el día sacamos huevos, que
sacaríamos un millón. Y ya recogidos en montones, se hizo la
manteca de esta suerte: Se meten en la canoa bastantes huevos, y se
llena de agua. Entran los indios y los pisan, y con el calor del
sol se sobreagua la manteca. Esta se saca con un mate, y se mete en
los fondos puestos a la candela. Así se va hirviendo y se le pone
un poco de sal. Ella toma un color de oro muy hermoso, y en
conociendo que ya está bastante cocida se saca y se mete en las
botijas, y se guarda. Y ésta es con que se cocina. Es mejor que el
aceite y que la manteca de marrano, y da a la comida un sabor muy
especial.
Estuvimos 3 días cociendo manteca, y al mismo tiempo en unas
barbacoas, que allá llaman garipas, estuvimos asando y resecando
huevos de tortuga, y así secos, guardados al humo es rica comida,
que nos llevamos 6 saparos llenos, y lo más gustoso es cuando ya
sacada la manteca de la canoa se echa al agua todo lo que ha
quedado de las cáscaras y yemas, porque al instante a la gracina
acude tanto pescado que con las manos se puede coger. Yo hacía unas
fritadas de huevos de barbudo, que me provocaban el apetito con
desorden; y para postre unas yemas ya secas de huevos de tortuga
nadando en miel. Ni los pasteleros han soñado semejante
regalo.
Cogimos estos días bastante pescado, y mucho bagre, y asamos y
secamos 12 saparos. Mas una noche se fueron unos de los indios con
la canoa al otro lado del río a pescar bagre, que como es pescado
de 7 y 8 arrobas, no se acerca a las playas, porque le falta agua.
Él pica sólo al anochecer o al querer amanecer. Y al sentirse
clavado con el anzuelo, se viene para acá, y después retrocede con
tal fuerza, que 2 hombres se los llevara, y de estos tirones da 3,
y de ahí ya no vuelve a tirar, pero en viéndose fuera del agua, no
hay toro más bravo. El modo que se tiene es, al tirar, largarle el
volantín, y como no halla en los tirones resistencia, más
fácilmente se coge. Esta pues noche, viendo que la primera noche no
picaba, ataron a un tronco la canoa con un bejuco y se pusieron los
indios a dormir, dejando ]os anzuelos con la carnada en el agua.
Por la noche durmiendo se le enredó a un indio por la pierna el
volantín. Por la madrugada se clavó un bagre, y del tirón que dio
arrancó la canoa, rompió el bejuco, y torciendo el anzuelo se
escapó. El anzuelo era del grueso del dedo anular, y lo volteó, y
el volantín por poco troncha la pierna al indio, que le llegó hasta
el hueso, y por la pantorrilla se le metía un dedo. Que tal bagre
sería éste.
En uno de estos días arrimamos al monte a comer. Había llovido
toda la mañana, y al saltar a tierra vi que los indios con el
machete empezaron a dar machetazos a un tolondrón que estaba
colgado de una rama. Ello parecía un barril puntiagudo de cada
lado. Ellos lo hicieron pedazos y vi que dentro estaba todo
esponjado. Prendiéronle candela, y arde mejor que carbón. Díjome
Manuel Chica: Este es nido viejo de hormigas. Hay por aquí unas
hormigas que fabrican estos nidos. A la parte de afuera tenía su
embetunado para que no lo pase el agua. Y si hubiera sido nido
nuevo con hormigas era preciso irnos luego de aquí, porque al
romperles el nido salen todas a la defensa con tal tenacidad, que
más que sea un oso, o tigre o culebra que hallen se la comen;
porque en sólo un nido hay millones de millones. Yo pregunté de qué
fabricarían aquellos nidos, viendo que ardía mejor que carbón, y me
dijo que de los árboles podridos lo fabrican mixturando algunos
ingredientes más, que les enseñó la naturaleza. Entonces conocí que
aquel carbón de piedra que suelen traer los navíos ingleses y
holandeses no era piedra tal, sino la materia de estos nidos molida
y vuelta a cuajar con agua.
Otro día entrando en el monte para cazar unos paujíes, hube de
encontrar un bolsote como aquellas cartucheras que llevan a la
garupa los granaderos, colgando de una rama. Ello de una parte y de
otra parecía gamuza de color canela oscuro. Como yo no sabía lo que
era, avisé a Manuel Chica, el cual cortó la rama, y lo llevó para
la canoa y me dijo: Este es nido de hormigas blancas, y los indios
verá usted cómo las estiman. Ya llegamos a la canoa y el otro lo
dio a un indio diciéndole: saca las hormigas para vos, y el nido es
del Padre para yesca. A la tarde cuando llegamos a la playa a
arranchar, el indio traía unas hojas de achira, y entre cuatro
abrieron el nido, y las hormigas se parecían a las abejitas chicas
que aun no vuelan blancas. Ellos las fueron matando todas, y las
envolvieron en hojas de achira y nos dieron el bolsote. Dentro
estaba todo hecho esponja de color canela algo más claro; pero ni
aquello era algodón ni era seda. Tenía de la seda lo fino y dócil y
lo flojo del algodón. Es una yesca finísima, que a la primer chispa
ya prendió.
Yo reparé que el indio empezó a tostar aquellas hormigas
blancas, y pensando que las quería comer, pregunté a Manuel Chica,
el cual me dijo: Las tuesta para que no se le pierdan. Hay en el
río un pescadito muy chico como una sardinita, él muy sabroso y lo
llaman zambito. Todas las indias de todas las naciones, desde que
se sienten alguna preñada hasta que ha parido, no comen otra cosa
sino zambitos, y los maridos tienen obligación de mantenerlas de
ello. Para coger este pescadito zambito es que aprecian ellos tanto
las agujas, porque de ellas hacen anzuelos para ello y con estas
hormigas es que aparejan el anzuelo para cogerlo. Y de no, se valen
del barbasco, que es una hierba que hay por allí. Esta la machacan
y echan, en los remansos del río este jugo; y con él se emborracha
el pescado, y así lo cogen con facilidad, pero queda algo
desabrido; y si después la criatura muere, la mujer da la culpa al
marido, porque le dio zambitos embarbascados, a que atribuye la
muerte del guagua.
Por esto procuran ellos tener siempre en partida de estos
zambitos asados y conservados al humo. Así que la mujer se siente
ya cercana al parto, toma un saparo de zambitos asados, y con él se
va al monte sola, y a la margen de un charco o quebrada arma su
rancho, y allí se está hasta que pare. En pariendo ella sola allí
se compone. Parió, se lavó y lava a la criatura y con ella se viene
a su casa. Y entonces deja al marido el guagua y va a avisar a la
gente del pueblo, y todos vienen a dar la enhorabuena al marido, el
cual recibe este agasajo tendido con el guagua en la hamaca. Y
aquel día en aquella casa hay función de baile y bebezón de chicha
y masatos, y se emborrachan todos grandes y chicos, hombres y
mujeres.