INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO VII

 

 

Contiene las cosas raras, y descripción del río del Putumayo.

 

   

El otro día de mañana nos embarcamos en las canoas, y todos los indios que nos habían acompañado se quedaron a tierra, y nosotros nos fuimos con los indios que habían venido de San Diego con las canoas. A cosa de un par de horas de navegación, ya el río con las quebradas que le habían entrado había algo crecido; pero de repente nos hallamos ya que le entraba un río grande, que llaman el río de San Juan, que nace de un páramo que hay detrás de la ciudad de San Juan de Pasto, con cuyas aguas ya tenía cerca de media legua de ancho. Y llevaba ya 10 o 12 varas de agua. Así fuimos navegando todo el día. A la tarde entretanto que nos paramos en una playa a comer, los indios al instante que traían anzuelos se pusieron a pescar y cogieron algunos barbudos.

El barbudo es un pescado a la forma de la corbina, salvo que no cría escamas. Tiene en el hocico dos pullas largas como el camarón. A esto llaman barba, y por esto llamarán tal vez a estos pescados barbudos. Hay dos especies de ellos. Los unos y más comunes son de color azul, y los otros son negros; y estos son más sabrosos. Es pescado de 4 o 5 libras. Su carne blanca y su sabor algo parecido a la pescada. Hay otros pescados a estos semejantes, sólo con la diferencia que en las agallas de cada lado cría una espina de bastante largo y grueso como el pescado llamado escórpara. Y a éstos los llaman nicuros. Nosotros a la noche cenamos pescado fresco y dimos la carne a los indios.

El otro día volvimos a partir, y en una canoa un cholo se puso a pescar, y cogió un bagre que pesaría 3 arrobas. Yo hasta entonces no había pensado que el río criase pescados tan grandes; pero los cría y muy más grandes como diré adelante. Llegamos por fin a la tarde a San Diego. San Diego es el primer pueblo del río Putumayo, y tendrá 500 indios. Ya hay aquí algunos de ellos vestidos, así hombres como mujeres. Esto es vestidos de la cintura para abajo; pero la mayor parte del todo van desnudos, y todos grandes y chicos con la melena tendida. Las mujeres traen una faja de un palmo de ancho arrodada a la cintura, que algo les cubre y honesta el sexo. Esta se la aseguran con una sarta de cuentecitas menudas, de pepitas de varios árboles que ellos taladran, y las ensartan en un volantín de palmiche que es las telas de las hojas de una palma de que dije que fabrican las hamacas en el río de la Magdalena, Cáp. III. De lo mismo fabrican estas fajas con que se cubren las mujeres, y a más de ser un tejido muy tupido, lo embetunan con resinas del monte y lo pintan de achote. Estos indios, son putumayos, y su divisa así hombres como mujeres es tener taladrada la ternilla de en medio de la nariz. Unos usan ponerse allí unas plumas de cada lado, que les forman unos bigotes; y otros, en lugar de las plumas, se meten un palito lleno de pepitas taladradas y ensartadas en dicho palito. Todos se pintan el cuerpo de achote y salpicado como ya dije de algodoncillo pelusa de palma. Los hombres se atan con un cordoncito o volantín por el prepucio, y este volantín bien tirado le dan vuelta por la cintura. Así se crían desde guaguas.

Un poco antes de llegar empezaron a tocar la babona. Babona llaman a un instrumento que hacen de un cañuto de caña del tamaño de una muñeca, y de una vara de largo. A éste le van ensartando otro pedazo delgado, a modo de un pito, y soplando por éste echa la trompa un ronquido a modo de un bajón, que hace oír de más de 2 leguas de distancia. Este es estilo general entre todas las naciones de indios que pueblan el Putumayo. Y éste es el aviso que dan antes de llegar a la gente del pueblo. Ya que estuvimos más cerca, se echó un escopetazo. Esta es seña que con la gente que viene, viene también algún religioso.

Todo el pueblo nos salió a recibir en el desembarcadero, y todos uno a uno vinieron a besar la mano y ganar las gracias. En este pueblo la mayor parte ya eran cristianos. Nosotros así que nos desembarazamos de la muchedumbre, entonamos el Te Deum laudamus, y cantando nos encaminamos a la iglesia. Todos se vinieron con nosotros, y al salir, los alcaldes y regidores nos acompañaron al convento del Padre conversor del pueblo. Era este un religioso viejo llamado el Padre Mejía, criollo y natural de Riobamba en la provincia de Quito. Él estaba enfermo habitual, que apenas podía andar. Nos recibió con mucha alegría, y nos dio a cada uno una cuchara de manatí, que el mismo las fabricaba. El manatí es un pescado grande que cría el río. Por otro nombre lo llaman vaca marina. Tiene la misma forma de una vaca, salvo, que tiene las orejas de a 3 cuartas de largo; y hay manatí de mayor cuerpo que una vaca. Cría mucha carne magra y parece lomo de cerdo y se hacen allí de ello unas longanizas muy sabrosas. El convento era una buena casa de palos de guayacán, el piso en alto, resguardo contra las humedades. Paredes y piso eran cortezas de palmas, y la cobija de hojas de palma.

A poco rato de haber llegado oímos tocar un tambor. Este tambor hace un sonido muy bajo, pero se deja oír de 3 leguas de distancia. Es un palo de 3 varas de largo y 2 varas de grueso, taladrado con fuego, que no queda sino un aro del grueso del aro de un tambor. A los lados está tapado con la corteza de un árbol, y todo alrededor, embetunado con resma. En medio le abren una abertura de cosa de un dedo y de 3 cuartas de largo, y a cada canto un agujero redondo del tamaño de una peseta. Este tambor lo tienen colgado tendido. Hay allí unos árboles que llaman cauchos. El caucho es árbol grande y muy coposo. Su hoja es parecida a la hoja de la morera en la figura. Es muy más grande, de color azul turquí y de mucho canto. Este árbol de caucho al picarlo, destila mucha leche en abundancia, que hay caucho que dará una botija de leche. En Quito con esta leche hacen forros para sombreros y capotes y relingotes y ruanas encauchadas. Esto es, sobre lienzo le dan con esta leche; ella se cuaja que parece una pintura pintada al óleo. Y con un instrumento de estos va uno seguro de aguacero, porque por más que llueva, así como cae en ello el agua, se resbala corno en una pintura pintada al óleo, De esta leche enlazan a la punta de unos palos hasta que se forma en cada uno una bola, y con estos palitos pican con las bolas en la abertura del tambor, ya cerca o lejos de los dos agujeros, y con muy leve impulso despide el ronquido que dije, él muy suave y retumbante.

De este tambor usan ellos cuando alguna novedad hay en el pueblo para convocar a toda la gente que está en el monte cazando o en el río pescando. De él usan también en sus festejos cuando arman danzas para bailar y bebezón. Y entonces es preciso dejarlos en sus festejos, porque de no, se ponen ellos muy bravos, y como los más están borrachos, atropellarán con cualquiera, como atropellaron con el Padre Rosales en el Mamo y de un hachazo le partieron la cabeza. Este pues toque de tambor que tocaron fue por lo que ya digo. Al instante vinieron todas las indias del pueblo al convento, todas cargadas cada una con su jigra, que es una maleta como una red llenas de vitualla para comer. Cuales trujeron yucas, cuales plátanos, cuales camotes, etc.; otras trujeron monos ahumados, otras pavas o pauquíes, otras pescado, todo seco y guardado al humo, Ellas lo trastornaron todo e hicieron de ello un montón. El Padre Mejía, su cura, les dio en su lengua los agradecimientos, y ellas se fueron.

Yo le pregunté sobre el particular, y nos dijo: Esto han traído para ustedes, para comer. Es estilo allá general de todas las naciones, que al llegar alguno de afuera, sea quien fuese, al instante todas las indias del pueblo le llevan de regalo comistrajes de comer. Y si en los que de fuera ha venido y tiene obligación de mantenerlos hasta que llevan el regalo, y de ahí el cacique se lleva a su casa a la gente india que vienen de afuera viene algún Padre conversor, a él primero se le van. Y si el Padre que ha venido se tarda algunos días en el pueblo, el día que se va, le vuelven a traer otra partida de comidas para el viaje. Nosotros nos detuvimos en San Diego 4 días; mas temerosos como vimos que nos habían traído tantos monos asados, que el Padre no nos diese a comer mono, le dijimos que de ninguna manera lo queríamos comer.

El Padre con cautela mandó cazar monos frescos, y que los guisaran sin que nosotros los viéramos. Y ya que lo tuvo compuesto nos dijo: Ea Padres, esta noche tienen para cenar una grande cena, que del monte me han traído un jabalí, y esta noche verán ustedes que carne es tan sabrosa. Nosotros así lo creímos, porque ya teníamos noticia que por allí se criaban muchos jabalíes. Hay tantos que a veces viene manada de 3 a 4.000, y destrozan y hacen mucho daño en las chácaras y platanares. Son ellos como los jabalíes de España, salvo que tienen sobre los lomos un lombrigo abierto, y por allí están de continuo goteando almizcle. El modo que tienen de cogerlos los indios cuando ellos vienen muchos juntos es: Llévanse un perro, y en el monte van a buscarles el rastro, y allí hacen ladrar al perro. Al ladrido del perro acuden ellos, y es preciso al oír que ya viene la manada subir el perro a un árbol, y subirse también la gente, si no los mataran a tarascadas, y se los comieran. Tienen allí repartidos muchos saparos o canastos de bejucos, y dentro de cada uno ponen una mazorca de maíz. Estos saparos tienen muchas asas, y por dentro de ellas cada uno su cordón de palmiche. Cada indio está aguardando con sus cuerdas en la mano, y al entrar el jabalí a coger la mazorca, tira la cuerda y ya lo tiene patas arriba, y así lo cuelga que no pueda ya escaparse. Aguardan después a que se vaya la manada, y bajando los atan de la boca, y así los llevan todos los que cogieron vivos al pueblo. Tienen sus chiqueros, y allí encerrados los van manteniendo para cuando los quieran comer. Si cogieron algunos de chicos los domestican y los van criando; pero en siendo ya grandes no se dejan ya domesticar.

Otro modo tiene de cogerlos y es: van, buscándoles el rastro, hacen ladrar al perro, y al oír que ya vienen se suben a los árboles, cada uno con su dardo en la mano. Son ellos tan fieros que van a dar tarascadas a los troncos para derribarlos, y entonces a dardazos clavan a cuantos se arriman. Y así van ellos haciendo una grande matanza. A la que se fue la manada bajan, y entretanto que uno va corriendo al pueblo a avisar a la gente para acarrearlos, los otros a toda prisa les van cortando un trozo del lomo donde tienen el almizcle, porque de no queda toda la carne infectada con ello. Viene la gente y los van acarreando; y como ellos no tienen sal, al instante hacen pedazos, y los asando, y así después al humo lo guardan de corrupción. Nos contó Fr. José Carvo que aún los tigres temen y huyen de los jabalíes; y si alguno se atreve a acometerlos, lo rodean todos, y lo despedazan a tarascadas, y se lo comen, y yo lo creo, por que he visto jabalíes muy grandes que pasarían de doce arrobas, y sus colmillos a proporción del cuerpo, que le salen de la boca cuatro dedos como tijeras.

Y volviendo a nuestros monos digo que nos pusimos a cenar y cenamos con mucho gusto. Todos pensamos por lo sabroso y jugoso de la carne que era jabalí, siendo mono. Ya después de haber cenado nos dijo el Padre que era carne de mono fresco, y que el ahumado aun estaba más sabroso. Nosotros no lo queríamos creer, hasta que vino la india que lo había cocinado y nos dijo que era mono. Entonces dijimos todos: pues si tan sabrosa es la carne de mono, la comeremos sin fastidio en adelante. Y así fue. Sólo sí, las manos y la cabeza, como tiene forma humana, jamás lo he querido comer. Y cuando a la cabeza dicen, y así será, que es lo más sabroso. Y los indios la cabeza siempre se la come el que mata el mono, ni a su padre se la dará.

En la plaza delante del convento, había unos guabos de aquellas guabas largas y redondas que traigo anotadas en el capítulo III. Yo como hasta entonces no había visto fruta semejante, pregunté al Padre qué eran aquellas algarrobas. Ya como había comido de las chicas en el río la Magdalena, al instante que dijo guabas, ya entendí lo que eran. Ellas estaban que ya se pasaban casi de maduras, y nos mandó coger una partida. Pero aquello es comer confitura. Yo le pregunté si por abajo también las había, y me dijo que en los pueblos no. Sólo en La Concepción había de las machetonas, que también traigo apuntadas en el citado lugar, pero de las redondas no. Mas el monte en varias partes había de unas y otras, y que los indios en topando, las traían. Yo recogí una partida de pepitas, y me las llevé; y en todos los pueblos fui sembrando de esta especie que es la mejor.

En San Diego se quedó el Padre Fr. Juan Plata para compañero del Padre Mejía, y los demás con canoas e indios que nos dio el Padre, nos fuimos río abajo. Aquí advierto que el río del Putumayo es en la frondosidad un paraíso. Hay muchísimos guaduales; la margen está poblada de guabos de las guabas chicas, y algunos que dan en las medianas; muchísimas palmas de todas especies. Hay por allí dos especies de bejucos singulares. El uno lo llaman yoco. Es bejuco del tamaño de una muñeca, y de él hacen bebida los indios de esta suerte: Cogen trozos de este bejuco y se los llevan; cuando quieren, coger un trozo, y con una concha o con el filo del machete van raspando la corteza, que es de color atabacado. Todo lo raspado lo ponen en un mate o medio calabazo con agua, y a fuerza de refregones y estrujarlo con las manos, le hacen largar toda la sustancia que se vuelve el agua casi colorada, y este jugo se lo beben. Su sabor es algo áspero. Dicen ellos que les fortifica el cuerno, y que les infunde ánimo. Yo lo que experimenté es, que quita el cansancio y molimiento del cuerpo, y que al mismo tiempo refresca. No es mala bebida. Y se pone mucho mejor si se saca en cantidad, y después se hierve, y así hervido se embotija, porque por sí se fermenta, y ya fermentado es mejor. Esta es bebida general en todos los indios del Putumayo, que mañana y tarde toman yoco. Y cuando yo iba con ellos por el río a cazar o a pescar, ellos al llegar a algún paraje donde había de este bejuco, al instante paraban la canoa. Yo les decía: Enque re gico, que quiere decir: ¿Qué hay? Ellos respondían: Yoco payqui payre, que quiere decir: Padre, aquí hay yoco. En lugar de Padre dicen ellos payre, porque no pueden pronunciar Padre. Payqui quiere decir aquí hay. Y en topando ellos yoco, no pasan sin ir a coger, y hacer de ello provisión.

El otro bejuco es más delgado, y de esta especie no hay en mucha abundancia. El autor de la naturaleza ha encerrado en él un secreto, que no es capaz la capacidad humana de investigarlo. Pero se hace creíble por la experiencia. Es el caso que si antes de llegar a este bejuco cosa de 20 pasos, hablan los que por allí van, pasan por junto a él y aún lo cortan sin que dicho bejuco haga movimiento alguno, pero si pasan sin hablar, dentro de dicho término, al acercarse a él, levanta su punta el bejuco y dale al que pasa callado un latigazo recio, que lo hace hablar, y si le da en parte descubierta esto es, inmediata a la carne, le nace en la parte que hirió una sarna incurable, y le dura toda la vida. Y por esto le han puesto por nombre a dicho bejuco ya te veo. Ya yo veo que esto es difícil de creer, y recelaba el escribirlo; pero siendo cosa tan rara, lo escribí haciendo juicio que en España vemos la flor gigantea que sigue el curso del sol noche y día, revolviéndose con un movimiento continuo, siguiendo el movimiento del sol. En cuyo supuesto, el que dio a esta flor esta simpatía, también pudo darle esta otra al bejuco ya te veo.

El primer día de navegación de San Diego para abajo, el río iba decreciendo, y hallamos dos pescados en una playa, que se habían quedado en seco, porque cuando ellos acataron, les faltó el agua y no se pudieron ir. Los dos son raros. Yo había oído decir que en el mar había un pescado, que con el hocico levantaba mucha agua, y que se había experimentado haber caído talvez el agua en algún barquito chico y haberlo anegado. Yo lo tenía por cosa de bulla; pero diré lo que he visto muchísimas veces en el Putumayo. Hay unos pescados que los llaman bufol. Es él del tamaño de un delfín grande, y tiene casi la misma hechura. Es pescado que pesará 3 quintales; no lo comen los indios, y tiene como la ballena cuatro dedos de gordo, que parece tocino. En el hocico a la parte superior forma una cuchara, proporcionada a su cuerpo, y con ésta es que levanta el agua por el aire cosa de unas 8 varas, y cada vez da un bufido que se oye de una milla de distancia. De cada cabezada que da levantará un par de barriles de agua. Esto supuesto digo, que si los que hay en el mar son muy más grandes, se hace creíble que pueda el agua que levanta anegar un barquito chico; pero si no crecen más que estos que yo digo y he visto, es fábula la especie, mayormente porque entre los indios es común que este pescado es amigo del hombre, y jamás lo daña; antes bien, si alguien cae en el agua, este pescado lo saca a tierra. Propiedad semejante se escribe del delfín. Lo cierto es que aunque en el Putumayo hay de estos muchos, jamás se acercan ellos a las canoas que por el río trafican.

Ser esta noticia muy cansona lo digo por lo que yo he visto dos veces, y es: navegando pues este primer día río abajo oímos unos bramidos como de una vaca, y los indios empezaron su murmullo de su lengua, que nosotros por entonces no entendíamos, y al instante empezaron a remar a toda prisa, para llegar la playa de donde salían los bramidos. Nosotros pensamos que sería algún animal que quería coger, y no fue sino que un bufol se había quedado en seco en esta playa. El hacía diligencias por irse, pero como el río menguaba cada instante, más le faltaba el agua, y los gritos que daba se figura que era pedir socorro por no perecer. Y como la naturaleza le enseñó socorrer en el agua al hombre para que no perezca, ahora también pide él para sí al hombre con sus bramidos socorro por no perecer. Los indios al saltar a la playa fueron corriendo, y con las palancas lo fueron empujando al río; y así que él se halló con agua para poder nadar, dio 3 saltos en el aire y no lo volvimos a ver.

Ya era cerca de las once y determinamos comer allí, y andando por la playa topé con otro pescado que también se había quedado en seco; y sin embargo que él ya estaba corrupto y despedía hedor, seña que ya habría unos días que estaba muerto, con todo a mí me pareció que se meneaba. Me acerqué y hallé que era un pescado, lo propio que una raya pescado marino. Él todo estaba con un continuo temblor sin parar. Yo decía cómo es esto. Él está corrupto. Pues ¿cómo se mueve? Por fin yo llamé a un indio que se llamaba Gregorio, el cual hablaba algo la lengua española. Vino y me dijo: Padre, a este pescado lo llaman temblón. El no se come, porque quien comiese de él, le causa en el cuerno el mismo temblor, que le dura muchos meses, tanto que aunque la criatura se duerma, no deja ni cesa de temblar, y de esto hay en este río varias experiencias, por haberle algunos indios comido. Y hasta que el sol lo consuma del todo no cesa jamás de temblar. Esta es una de las cosas más raras que yo he visto varias veces.

Este día a la tarde a la mano izquierda éntrale al Putumayo un río grande que lo llaman Timbio. Él muy remanso, y llevará 8 varas de agua y 20 de ancho. Nace del páramo que hay hacia la izquierda de San Juan de Pasto. Él se navega, y 4 días río arriba hay un pueblo llamado Timbío. Hay camino antiguo de este pueblo para salir a la ciudad de Pasto, y son once días de camino, y casi en la mitad hay una grande laguna, y dicen que está encantada. En este monte de Timbío hay muchísimos árboles de canela. El canelo es un árbol mediano muy coposo. Su hoja tiene la forma de la hoja del laurel y es del mismo canto; mas en secarse, se pone de color canela y tiene el mismo sabor y olor. Y fresca tiene mucha más actividad. El canelo sólo florece de 7 a 7 años y su flor forma un sombrerito del ancho una peseta y del canto de un peso duro. Su color es color de clavo y su sabor es un mixto de clavo y canela. Cuando está fresca, con sólo 3 florecitas hay ya sobrado para labrar una arroba de cacao. Los indios las van a coger, y a cargas ya secas las sacan a la ciudad de Pasto y dan 14 de ellas por medio real.

En la ciudad de Pasto las gastan por lo común en la fábrica del turrón. Es el caso que allí hay mucho tráfago de partidas de mulas para el transporte a Quito. La gente del Perú es muy viciosa, de comer dulce, y los que ha de partirse a viaje, así para abajo a Popayán como arriba para Quito, en Pasto hacen prevención de este turrón para el camino. Este va muy barato, y lo fabrican de harina de maíz, miel de caña, esta flor de canela y ají. Yo lo comí varias veces, y no está malo. Y como este es avío común para arrieros y pasajeros, hay mucho despacho. Allá los indios a estas flores de canela llaman espingo, y al árbol canelo lo llaman guaquineo. La hoja y las cortezas muy tiernas es lo que allí sólo puede servir, porque las cortezas ya viejas de los árboles canelos, para que puedan servir, es menester saberlas beneficiar, porque de por sí crían humor baboso que la hace inútil para el uso, y los españoles (dicen) que no saben el beneficio para quitarle esta baba como los portugueses.

Un portugués fugitivo del Gran Pará, que confina con nuestra misión del Putumayo, allí lo topé en un pueblo y le pregunté sobre el particular, y me dijo que en el Gran Pará, en donde hay mucha canela, la benefician de esta suerte: Van lo primero dando cortes de palmo a palmo, ya más ya menos, a las cortezas de las ramas de estos canelos; lo segundo las abren de arriba a bajo, y las van algo desapegando del tronco, y así las dejan medio apegadas. Poco a poco se van ellas por sí doblando y secando, y así se les va resecando gran parte de esta baba. Ya que se secan del todo, se caen de las ramas. Las van ellos recogiendo, y para acabarles de sacar la baba las van mojando en vino y metiendo dentro de arena caliente; y en 2 o 3 veces que les den este beneficio, se les quita del todo lo baboso y queda tan buena como experimentamos. Ahora la madre del clavo que llaman en España, es la corteza del palo clavo. El clavo es la flor que da. De estos árboles hay en el Gran Pará, pero en nuestra misión todavía no se sabe si los hay o no. Con que ni el canelo ni el clavo dan fruto ni semilla alguna, sólo flor: esto es clavos y espingo.

El tercer día de navegación llegamos al pueblo de Santa Cruz. Aquí vivía una nación de unos indios llamados mamos. Nos salió todo el pueblo a recibir, que serían 500 indios. Aquí había ya también algunos cristianos, pero casi todos desnudos y pintados de achote como todos hombres y mujeres. Ellos hablan hasta aquí la lengua linga, que es lo general que traigo ya apuntado. Las mujeres también traen su pampanita a la cintura como las de San Diego. La divisa particular con que se distingue esta nación de las otras es, que los mamos así que nacen taladran las orejas a los guaguas, y tanto cuanto van creciendo, les van metiendo en el taladro un tarugo de menor a mayor. Tanto que ya a los 15 años tiene un agujero en cada oreja que le cabe una pieza algo mayor que aquellas piezas con que se juega al juego de damas. Estos son sus zarcillos, y su mayor gala el llevar más grande las piezas en las orejas.

Nosotros así que nos desocupamos del besamanos, entonamos la Salve a la Virgen, y cantando nos encaminamos a la iglesia, en donde, concluida la función, y dando gracias, el Padre cura y conversor de aquel pueblo con los alcaldes nos guiaron al convento. A poco rato vinieron las indias cargadas con su vitualla a regalarnos. En este pueblo vi los toches blancos y negros que traigo apuntados en el capítulo III. En el desembarcadero, hay una loma muy buena, y toda ella es de mineral de oro. El Padre Rosales, criollo y conversor que era de dicho pueblo, nos dijo la noticia, y yo, curioso, la quise ver. Fuimos con dos indios con sus bateas, escarbaron un poco de tierra y lo limpiaron y sacaron algunos granitos de oro. A vista de lo cual díjele yo: ¿Padre, oro tiene a mano, y tiene al pueblo desnudo? Yo puesto en su lugar no cesara de hacer trabajar esta mina, y del producto mandara de afuera traer ropa y vistiera la gente. El me respondió: Padre, aquí hace mucho calor; la ropa los fastidia. Ellos se han criado así; y así no les da cuidado el ir desnudos. El decía verdad, pero para la decencia y honestidad, y mayormente para entrar en la iglesia y asistir a la misa, me parece sobrado. El me replicó: Padre, los escrúpulos son buenos para el colegio. Aquí es menester o dejarlos o dejar las conversiones. También decía verdad; pero yo entre mí siempre determiné vestirlos cuanto yo alcanzase.

Él lo pasaba muy bien, porque tenía un buen gallinero de más de 100 gallinas. Tenía también un buen palomar con otros tantos palomos. A la sazón tenía 3 botijas grandes llenas de huevos ahorrados, a más del dispendio cotidiano. Sólo lo que faltaba era pan y vino; porque raíces, plátanos, pescado y monos secos tenía sobrado. Aquí se quedó con él uno de nosotros, el Padre Fr. Antonio Alfaro, de compañero, el cual habiendo bajado a La Concepción, al cabo de 9 meses fue que los indios mataron al Padre Rosales.

Fue el caso que los indios para una función suya de las que arman, las cuales todo se reduce a bailar y bebezón dos o 3 días sin parar, en que todos se emborrachan, hombres, mujeres, grandes y chicos, el Padre Rosales hubo de saber por un cholo la gran prevención que hacían de botijas de chicha y masatos, de plátanos, maíz y chontaduros, y para estorbarlo se atropelló y fue y les quebró las botijas de su bebezón. Ellos como bárbaros determinaron matar al Padre, y como ya le conocían el natural, idearon el modo proporcionado para ello. Ellos son muy cobardes, nunca acometen a cara descubierta, sino a traición. Dispuesto ya el modo, aguardaron que el Padre se estuviese paseando en el corredor del convento. Pasó uno por la plaza haciendo acciones deshonestas; viólo el Padre y le dio a gritos una reprehensión. El indio le respondió una desvergüenza. El Padre tomó el azote, y tiró tras de él para castigarlo. El indio se fue a entrar en la casa donde le tenían armada la muerte. El Padre lo siguió. Sobre del portal a la parte de adentro estaba otro indio aguardando con el hacha en la mano, y a la que entró de un hachazo le partió la cabeza de por medio. Ellos tenía ya hecho y prevenido su cocave. Así llaman al matalotaje que se previene para andar camino con víveres para las jornadas. El otro día de mañana pegaron fuego al pueblo y se embarcaron todos río abajo para irse a asegurar de los Padres de los otros pueblos, que podrían tomar venganza de su alevosía.

Con esta gente es menester ir siempre sobre aviso, que en años anteriores sólo por una palabra que con chanza dijo a un indio un cholo, mataron siete religiosos conversores. Fue el caso que como allí es tierra caliente y húmeda, la pólvora es menester tenerla de continuo colgada al humo, para que no se humedezca, y la escopeta es menester que se cargue cada día, porque si se deja cargada, el otro día ya la pólvora está hecha masa, y ya no prende candela. Unos de los Padres conversores un día se le había mocosado la escopeta, y desarmándola dijo a un cholo que lo servía y el Padre lo había criado: Toma este cañón y la baqueta y anda a limpiarlo al río. Fue el cholo, y a poco rato viene una canoa con indios de pescar, y le dijo uno: ¿Qué haces con esto? El cholo chanceando respondió: El Padre me manda limpiar la escopeta para matar a vosotros. El indio subió al pueblo y convocó a los otros y les contó lo que decía el cholo del Padre. Ellos despacharon un propio a 6 pueblos con la noticia y su determinación, para que también ellos hicieran lo mismo. Y en un mismo día, estando diciendo misa todos siete Padres conversores, cada uno en su pueblo, los mataron a dardazos.

Esta muerte del Padre Rosales sucedió a las 3 de la tarde, y a la noche ya se supo en La Concepción, que hay 42 leguas de distancia, y la misma noche el capitán de La Concepción ya lo oyó y lo fue a avisar al Padre Urrea y a Fr. José Carvo. Fr. José hizo aquella noche exacta inquisición, pero no pudo averiguar de dónde venía la noticia. Con todo al instante hizo prevención de cocave, dardos, flechas y escopetas; escogió indios de su satisfacción y por la mañana partió con 3 canoas armadas para ir a averiguar el caso y apresar a la nación y castigarlos con azotes, que es su castigo regular. A los dos días de río arriba, esto es a las 14 leguas, porque una canoa río arriba anda 7 leguas al día y río abajo 21 leguas, este día pues a las 10 del día descubrieron 22 canoas, que venían río abajo y en ella venían toda la nación de los mamos. Al instante conoció que era cierta la muerte alevosa del Padre Rosales, y que los mamos con estas canoas se iban huyendo. Fr. José Carvo repartió sus 3 canoas para apresarlos, y viendo que ellos se habían parado, y armándose se alistaban para pelear, les tiró un escopetazo sin bala para acobardarlos. Ellos al sentir la escopeta, arrimaron las canoas al monte y tomando a toda prisa las armas y cocave, dejaron las canoas vacías y se fueron monte adentro. Después se supo que se habían pasado al Marañón, que cae a mano derecha del Putumayo, el cual está en medio del Orinoco y Marañón. Allí tenían entonces unas conversiones los Padres jesuitas del Gran Pará de Portugal, y allí se fueron todos.

Fr. José Carvo mandó atar las canoas para que no se las llevase el río, y pasó adelante para ir a enterrar el cuerpo, si estaba acaso insepulto. Llegó al pueblo y lo halló quemado, que todavía había candela y humo, y halló juntamente el cuerno medio quemado en el mismo puesto donde lo mataron. Él se lo llevó en una canoa a La Concepción, y allí lo enterraron en la iglesia. Y de paso se llevó también todas las canoas que habían dejado los mamos. Nosotros nos detuvimos 3 días, y el Padre Rosales nos avió para La Concepción, y los indios de San Diego se volvieron para su pueblo. Quedóse en el Mamo con el Padre Rosales el Padre Alfaro, y en dos días llegamos a La Concepción.

Yo cuando Fr. José Carvo me contó la muerte del Padre que bajó a mi pueblo a este efecto para que yo estuviese sobre aviso, le dije que no podía creer que habiendo sucedido la muerte a las 3 de la tarde, lo supiesen ya en La Concepción a las 7 de la noche, a no ser por arte del diablo, porque del Mamo a La Concepción hay 42 leguas, y una canoa no puede andar tanto en tan breve rato. Así es, me respondió. Y me dijo que en todos los pueblos hay algunos indios a quienes los tiene engañados el demonio, y les da la noticia de cuanto pasa. Es muy difícil saber cuáles son, porque el diablo les veda declarar como les aparece, y mayormente que algún Padre conversor lo sepa. Y como algunos se han por fin descubierto, el demonio los ha castigado con muchos golpes, y por esto los comprehendidos andan con gran cautela de que algún Padre no lo sepa. Y dijo: Los indios dicen que todos los Padres somos brujos, porque dicen ellos: El Padre de La Concepción, verbi gratia, manda un papel con unos garabatos negros pintados al Padre de San Diego, verbi gratia, y con aquello sabe el Padre de San Diego lo que dice el Padre de La Concepción. Pues esto es brujería, dicen ellos. Ya se ve; como son brutos que no saben qué es literatura, les da golpe. 

Llegamos por fin a La Concepción, que es el pueblo más grande y antiguo, y en él hay dos naciones, que son los payaguas y los payaguaques, que compondrán las 2 naciones 900 indios. Este pueblo fundó el Padre Fr. Juan Mateo que llevo anotado, y Fr. José Carvo. Salió todo el pueblo a recibirnos con muchos escopetazos, porque aunque los indios tienen mucho miedo a la escopeta, tanto que ni siquiera la osan tocar, Fr. José Carvo tiene en el pueblo un mestizo tejedor y otro carpintero; tiene también un negro esclavo, y un blanco herrero y otro indio, todos cinco de afuera, y estos ya saben manejar la escopeta. Aquí ya casi toda la gente va vestida, pero casi todos se pintan la cara de achote. A lo que nos desocupamos del besamanos, cantando la Salve nos encaminamos a la iglesia. Finalizada la función y dadas las gracias, los alcaldes y el lego Fr. José Canto nos llevaron al convento.

Los indios de este pueblo hablan ya su lengua particular, distinta totalmente de la lengua linga, que es la general. Es lengua muy corta, porque sólo tiene términos de aquellas cosas que ellos han visto. Es lengua que no cuenta sino hasta 3. Esto es: teque es uno; samu es dos; samuyoteque es tres. De allí para adelante dicen 4 con un bufido de las narices, enseñando un puño cerrado levantado el dedo índice. Cinco dicen: entesurapu enseñando toda la mano abierta. Entesurapu quiere decir toda una mano, y como tiene cinco dedos, con ello dicen cinco. Sia gua surapu dicen diez, en señando las dos manos abiertas, y siagua surapu quiere decir propiamente: todas las manos. Porque siagua quiere decir todos, surapu quiere decir mano. Mas ellos así se entienden y multiplican números. Es lengua que no tiene segunda ni tercera persona plural. Yo, tú y aquel dice, ye mue, yegue. Nosotros dice mosagua. Vosotros ni aquellos no tiene término, pero lo expresa con decir siagua que quiere decir todos, añadiendo un ronquidito de la garganta mayor o menor. Para decir hay, dice payqui; para decir no hay, dice pioqui Pero para decir sí, no tiene término;, pero dice sí con el sonido del embeber con fuerza el aliento para dentro de la garganta.

En La Concepción como había tanta gente, las indias nos trujeron apero para comer para un par de meses. Fr. José Canto, como ha tantos años que está allí, les entiende la lengua con toda perfección. Él es algo ingenioso y estaba bien aperado de todo. Había hecho una huerta, y tenía un buen pedazo de caña y sacaba su guarapo y hacían también miel y azúcar. Tenía también un buen piñal, y los días que allí me detuve comí bastantes piñas. El gobierno que allí se tiene en todos los pueblos es: Al madrugar el alba empiezan los indios en sus casas a gritar, y lo que dicen es: ñantague, que quiere decir: ya canta el gallo. Y por esto estiman ellos mucho los gallos. Con esta gritería se levantan todos y de tropel bajan al río a lavarse grandes y chicos. Como es tierra y clima tan caluroso, van lo primero a refrescarse y arman una algazara y vocería allí todos juntos, hombres y mujeres, grandes y chicos, que es gusto verlos y oírlos con tantas monerías que hacen.

anterior | índice | siguiente