INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27

A los tres días llegamos a otro pueblecito llamado San José. No tenía sino 6 familias. Está el pueblo en una vega llana, y de la mano derecha tiene un río grande. De la otra parte del río tenía otras dos familias de dos indios andaquíes hermanos y casados, que de su tierra se habían venido a avecindar allí, por tener ocasión que los Padres conversores de nuestra misión les enseñasen y los hiciesen cristianos. Ellos de muy buena cara, con barba como si fuesen españoles. Estos son mestizos desde que esta nación devastó a Timaná y La Plata, que se llevaron las monjas y las mujeres blancas, como ya llevo de antemano relatado. El río se pasa con canoa y con mucho riesgo, porque tiene muchísima corriente. Sin embargo, a la que llegamos, fueron indios a avisarlos, y el otro día de mañana vinieron los dos con sus familias y nos trujeron de regalo unas chirimoyas.

El chirimoyo es un árbol de mediana altura. Su hoja es parecida algo a la del naranjo, pero muy más hermosa, tanto, que sólo verla dice que es hoja de árbol fructífero. Es muy coposo y no fecunda en tierra fría. Da una flor de cuatro hojas por afuera color de tabaco y adentro amarilla. Es al doble mayor que la del naranjo y al doble de grueso, y despide más suave fragancia que la del naranjo, algo parecido al de la azucena. Su fruta tiene la forma de la molleja de una gallina; no tiene cáscara sino hollejo, como la breva, y en ella señalados unos arquitos, y en cada uno una berruguita. Su color es entre verde y azul turquí. Por lo regular son mayores que dos manos de un hombre juntas y encorvadas. Hay de mayores, y he visto chirimoyas pesar 6 o 7 libras. Dentro tiene más de 30 pepitas del tamaño de un piñón, de color negro. La carne de la chirimoya es más blanca que el algodón, blanda como la batata cocida, y muy más dulce que la pera; porque aquello es comer confitura y su dulzor nunca empalaga. No hay en España, ni creo que Dios haya criado fruta igual. Sólo en el Paraíso pudo ser, Esta es la reina de las frutas que en el mundo hasta aquí se han conocido.

Hay de éstas otra segunda especie, y se llaman anonas. El anón es especie de chirimoyo. Es árbol algo más grande, y la hoja no es tan oscura como la del chirimoyo: pero tiene la misma forma, hace la misma flor, y la anona en su hechura es lo mismo que la chirimoya. Pero en madurando se pone de color amarillo, y la chirimoya no. Tiene dentro las mismas pepitas, y su comida es lo mismo que la chirimoya, salvo que hace grano, como la miel azucarada, y su sabor es algo más fino que el de la chirimoya.

Yo cuando vi estos indios andaquíes conocí que no eran tan brutos y estólidos como los que nos acompañaban, porque ellos iban vestidos con sus calzones, y traían también su Nana, todo de algodón, pero muy fino y con varias bordaduras de azul, carmesí y amarillo. Ellos con la melena tendida, y en la frente una sarta de plumitas de loro, compuesta a trechos con sus colores parecía a las piochas que usan en España las mujeres. Todo el rostro lo traían pintado de carmesí y azul, pero eran unas rayas muy sutiles y compuestas con simetría bien ordenada. Ellos nos regalaron un sepallo de chirimoyas maduras, y como hasta entonces no habíamos visto fruta semejante, nos las comimos con mucho gusto. El otro día partimos de San José para Mocoa.

Del pueblo de San José al de Santa Clara de Mocoa hay cinco días de camino. El segundo día llegamos a una loma, lugar por sí muy funesto, tanto que yo tengo para mí que el sol desde que Dios lo crió no ha rayado allí. Ya que iba tomando la bajada, el indio que con mi cama me acompañaba, algo fatigado, se paró a descansar un rato. Yo en lo interim hice un cigarro; y esto nos encargaron mucho el uso del chupar, porque las culebras de que abunda tanto aquella tierra, huyen al olor del tabaco. Senteme en una piedra chupando, y vi un gusano verde del grueso del dedo índice y un poco más largo, todo él vestido de conchas a modo de los camarones marinos. Yo como lo vi tan torpe en el andar, tomé una vara y lo hice encaramar en ella, y me puse a mirarlo de cerca. Como iba chupando, le tiré una bocanada de humo; pero lo propio fue llegarle el humo levantó todas las conchas y me despidió unos chisguetes de agua cristalina, y me llenó todo el rostro. Al instante se despidió una fragancia tan aromática, que llenó todo aquel puesto, como si hubieran allí rociado agua rosada, pero a breve rato empezó a darme comezón la cara. Yo viendo que se iba por puntos aumentando más y más, conocí que había sido veneno que me echó el gusano para defenderse. Me valí del tabaco mascado y me unté toda la cara. Con todo me duró la comezón hasta la noche, y se me hinchó la cara, que dos días me dio bastante que hacer.

El tercero día a la tarde venimos a arranchar al pie de un cerro que lo llaman Junguilla. Había allí un árbol que llaman caraño, él del tamaño de un cedro grande, aunque no tan alto. Cuatro hombres no habrían abarcado el tronco. En picarlo destila él una resma de color de la miel, a la cual llaman caraña. Es tan salutífero medicamento contra toda llaga y apostema, por encancerada que esté, que dentro de 8 días la sana; y en especial contra las llagas galliquientas. Con el tiempo ya afuera conocí lo que lo aprecian, y experimenté curas prodigiosas de llagas muy encanceradas con un cañuto que saqué de esta resma.

Este cerro Junguilla tiene cuatro leguas de subida que forman sólo una cuesta; y tiene después otro tanto de bajada. Y lo peor que tiene que en todo él no hay agua. Los indios nos previnieron que habíamos de madrugar para poder llegar a la ranchería donde sólo había una quebrada. Por la mañana yo partí por delante con mi indio, y ya en la mitad de la cuesta me faltaba el ánimo, apresado de la sed. Pero hube de encontrar una cáscara de cerca de 3 varas de aquella penca que sirve de concha a los racimos de las palmas, que era de una palma bombón, y estaba boca arriba llena de agua que del llover se había llenado; yo bebí bastante, pero considerando que los que me venían detrás traerían la misma gana, no acabé de beber, y tomé la cáscara y la saqué al paso, para que la viesen; y así fue, y fue para todos un alivio. Yo a lo último de la bajada, el indio me dijo que me parara y se fue a unos arbolitos que tenían unas frutas del tamaño de una nuez, color amarillo, que parecían unos limoncitos. Yo me acerqué y empecé a coger también. Al apretarlas se rompe la cáscara, que la tienen gruesa del tamaño del limón y despiden mucha leche, y esta leche es veneno muy activo. Dentro tiene unos granitos, como la semilla del perejil, embabados de un humor meloso y más dulce que la miel con su sabor que pica en moscatel. No se cómo llaman esta fruta, y la he visto en muchas partes del monte de nuestra misión.

Llegamos por fin a la quebrada, y junto a ella vi unos árboles que los llaman galanes, y es cierto que quien le puso el nombre acertó. Es árbol el galán muy alto, grueso y coposo. Su hoja es parecida a la que en España llaman toronjil, sólo que tiene algo de más cuerpo, y de la raíz de cada hoja le sale una cinta carmesí de 3 cuartas de largo a modo de un listoncito. Como estaban todos cuajados y llenos de tantas cintas con lo verde de la hoja es cosa que admira y provoca al mismo tiempo con su belleza y hermosura a alabar al Creador. A mano izquierda de Junguilla hay una partida de cerros, y por entre ellos pasa un río que llaman Condagua. En esta serranía es que se cría la fruta de que embarnizan en Pasto la loza de madera, como advertí en el Cáp. VI, y de que hablaré cuando llegue a Pasto.

El quinto día a la mitad de la jornada empecé a encontrar muchos ñorvos, que en España llaman rosa de pasión; pero todos carmesíes. Como yo no había visto hasta entonces, cogí algunos, y despiden la misma fragancia que estos de acá morados; y dan su fruto que son unos calabacitos del tamaño del puño, amarillos y salpicados de carmesí. Dentro tiene unas pepitas chicas embabadas de una baba blanca agridulce, muy apetitoso y muy fresco. Se parece en un todo a la granadilla que ya llevo apuntada. Yo y el indio cogimos bastantes y comimos muchas, y guardé a los demás Padres para cuando llegaron.

Llegamos por fin al pueblo de Santa Clara de Mocoa, y aquí vi la palma chontaduro de cuya corteza se fabrican las cerbatanas y arcos de tirar flechas como ya llevo referido. Ellas tenían fruto, y lo quise probar, y es muy bueno; y a falta de pan me parece que es el mejor sustento. El pueblo tiene unos 15 vecinos, y lo llaman Santa Clara de Mocoa, para conservar la memoria de la antigua ciudad de Mocoa, la que antiguamente fue una de las principales ciudades del Perú, así en comercio como en riqueza, porque todas aquellas serranías son minerales de oro y de 23 quilates. Y al principio de la Conquista al interés del oro, se avecindaron allí hombres poderosos y se hizo una gran ciudad. Ella se perdió que no ha quedado de ella vestigios. Estaba fundada en unas lomas muy altas 2 leguas arriba de nuestra Mocoa. Sólo han quedado algunos vestigios del camino. Fue el caso que los principales de la ciudad se malquistaron con el cura, y para vengarse de él, lo sacaron por las calles montado en una bestia enjalmada, y lo azotaron. Y en castigo de esta atrocidad en menos de 4 años se perdió y arruinó la ciudad, y de las familias que concurrieron en el atentado sacrílego murieron todos con muerte desastrada.

De Mocoa a mano derecha hay un camino por aquella serranía todo de monte, y en cuatro días se sale a un pueblo de unos indios llamados sibundoyes. Es curato de Padres dominicos, y pertenece a la provincia de Quito. Estos indios son los que bajan a nuestra misión y van a Condagua a coger la fruta del barniz, como llevo apuntado, y lo sacan a Pasto, que dista otros 4 días de Sibundoy. Antiguamente el cura de Sibundoy quiso mudar el pueblo en un llanito, lugar más cómodo. Convinieron los indios en ello, y se fabricó allí casas e iglesia. Tenían en el pueblo, en la iglesia, una figura de Cristo sentado como en el Pretorio de Pilatos, de cuerpo entero y estatura perfecta. Él de color moreno. En el pueblo nuevo le armaron su capilla, y por fin, trasladando los trastos al pueblo nuevo, llevaron también al Señor; pero por la noche se volvió a su iglesia antigua. Por 3 veces lo volvieron a traer, pensando que alguien era el que se lo llevaba, hasta que se pusieron ellos armados con sus macanas en el camino para coger y castigar al que se lo llevase. Estuvieron ellos velando, y al apuntar el alba vieron al Señor que se venía por sus pies, y uno de ellos le dio un macanazo en el hueso de la pierna, tal como si hubiera sido de carne le quedó el golpe con un gran cardenal señalado hasta el día de hoy. El Señor, recibido el golpe, se volvió atrás, y se volvió a su iglesia nueva, obedeciendo a los indios. Dieron ellos cuenta al cura, y éste visto el prodigio, dio cuenta a su superior. Se divulgó el caso y se mandó llevar al Señor a Quito, donde está con mucha veneración, y por el color moreno que tiene lo llaman El Zambo.

Estos indios de Mocoa andan ellos vestidos y lo pasan muy bien, porque al pie de la loma de Mocoa pasa un río que se viene despeñando de aquellas serranías, y es muy grande, que para pasarlo se pasa con canoa. El hace muchísimo ruido, y tal vez por esto lo llaman el río Cascabel. Los indios a la margen catean mucho oro que él trae de las minas de arriba. Y con ello los indios sibundoyes les traen herramientas, ropa, carne y harina de San Juan de Pasto.

En Mocoa hay una plaga de unas hormiguitas coloradas, tan chicas como serán las ordinarias, cuando nacen. Un mestizo llamado don Jacinto Portilla, que era el que gobernaba en Mocoa, nos hospedó en su casa, y el otro día de mañana nos advirtió que si traíamos algo comestible, que lo registrásemos, porque había muchas hormigas. Se registraron los saparos donde traíamos la provisión de carne, bizcochos, queso y dulce, y se halló todo apestado de estas hormiguitas. Había millones de millones que jamás, aunque he visto bastantes, pero nunca tantas juntas. Don Jacinto tomó al instante los saparos y los puso en una barbacoa que tenía sobre el fogón, y metió en la candela unas ramas verdes, y dentro de medio cuarto de hora con el humo se fueron todas y ninguna parecía.

El otro día de mañana pasamos con canoa el río Cascabel, y partimos para Caquetá. Hay 2 días de camino. A cosa de un par de leguas de Mocoa se acaba la serranía, y entra tierra toda llana, pero toda monte. Esto fue lo peor, porque a cada pasa se halla un pantano, que nos atascábamos hasta sobre la rodilla. A la tarde en el paraje donde arranchamos, había muchos galbanos. El galbano es un árbol alto y derecho; cría en el tronco algunas ramas, y arriba una copa muy frondosa. Su hoja se parece a la del cerezo, pero tiene más cuerpo. Al picarlo destila una resma muy blanca, y puesta a la candela, despide mucha fragancia aromática. La misma fragancia despide su hoja y su corteza. El palo cortado presto se pudre; pero el corazón que lo tiene acanalado es incorruptible. Y puesto a la candela también huele sabroso.

El otro día llegamos a Caquetá, que es el último pueblo del monte, y antes de llegar mató un indio una culebra que llaman coral, de tan activo veneno, que dentro de un cuarto de hora muere el que pica. Ella tendrá no más que media vara, y muy delgada, pero tan hermosa, que viste cuantos calores hay. Yo me quedé embelesado de ver la compostura y variedad de sus colores, haciendo labores muy bien ordenados.

Caquetá es un pueblo que tendrá 15 vecinos. A la mano izquierda a un tiro de escopeta pasa el río Orinoco, que traigo apuntado en el capítulo VI. Ya aquí con las vertientes que le entran, con las vueltas que da por las sobredichas serranías de nuestra misión, llevará 6 varas de agua y de ancho 20 varas. Desde Caquetá él se va desviando siempre a mano izquierda hacia Santa Fe, y a cuatro días de río abajo de Caquetá le entran dos ríos grandes llamados La Fragua y El Pescado, que salen de los andaquíes, y con estos dos ríos se hace él ya río muy grande. Por el río de La Fragua se va al Sinú, provincia tan rica y abundante de oro, que de aquí nació el adagio que dice: ¡Ay! del Perú, cuando se descubra el Sinú.

Tres veces que de la Corte de España han ido sujetos con derrotero, para ver si podían descubrir esta provincia del Sinú, todos han venido a buscar el río de La Fragua, pero como todo es monte y no hay quien sepa por dónde cae, cansados de buscar, se han vuelto coma vinieron. Por allí anduvo San Francisco Solano, cuando quiso ir al Sinú; pero no llegó allá, porque en una quebrada se halló que las piedras y arena era todo oro; y la codicia de la gente que lo acompañaba empezaron a cargar oro y a volverse atrás para fuera y dejar al santo; el cual con la señal de la cruz convirtió todo aquel oro en piedras y arena, y se hubo de volver para fuera y dejar abandonada la empresa y conquista del Sinú. Y es tradición que el santo fue el primero que dijo: ¡Ay! del Perú, cuando se descubra el Sinu.

Fr. José Carvo hablando yo con él de esta especie me contó que en tiempo de Fr. Juan Pecador que traigo apuntado, Cáp. VI, cuando entonces estas misiones se gobernaban por la provincia de Quito, 2 religiosos sacerdotes misioneros tomaron a empeño ir a descubrir el Sinú.  Anduvieron por las tierras del río de La Fragua bastantes días, y hubieron de encontrar unos indios del Sinú. Ellos hablaban la lengua linga, que es la más general, y de ella eran prácticos los religiosos, porque en Quito se usa mucho, y con esto contrataron que los llevasen al Sinú. Convinieron los indios a llevarlos, pero con los ojos vendados, para que no tomaran tino ni seña alguna. Así los llevaron. Y a los once días de camino, cuando les quitaron las vendas, se hallaron en una gran ciudad toda de gente india; pero vestidos todos de lana y algodón. Hallaron que tenían buen gobierno político, mucha abundancia de víveres, mucha riqueza de oro, porque hasta las ollas y platos todo era de oro. Hallaron vestigios de ornamentos eclesiásticos, y aun algunos ritos católicos, pero muy adulterados, ya con herejías y vanas observancias. Ellos se dieron maña, y en dos años catequizaron setenta mil criaturas, y numeraron en sola la ciudad principal cuarenta mil familias.

A los dos años trataron de salir a traer obreros y ornamentos y todo lo necesario para administrarles sacramentos. El cacique principal dijo: Que los dos no, pero que el uno sí, y que quedase el otro; pero que no querían corregidores ni alcaldes de ninguna manera, y que si venían les quitarían la vida. Religiosos que viniesen cuantos quisiesen, que les darían todo lo necesario para vivir. Así se hizo. Uno se quedó y el otro salió y le volvieron a tapar los ojos, y se lo llevaron indios, y a los once días, cuando le quitaron la venda se halló en el mismo paraje que lo habían hallado junto al río de La Fragua. Los indios le dijeron que aguardarían cinco lunas, que este es su modo de contar, y que de no venir dentro de cinco lunas, no lo aguardarían más, porque esta era la orden de su cacique. El religioso subió para Quito, dio cuenta al Provincial y éste a la Audiencia; se propagó la voz, pero no hubo quién se animase a ir. Así se pasaron las lunas. El religioso con algunos pocos que pudo reclutar se volvió para allá, pero cuando llegó ya fue tarde, porque pasó el término de las lunas, y ya no halló tales indios. Porfió algunos días a ver si hallaría algún rastro, pero cansado de buscar, se acabaron los víveres y se hubieron de volver con el deseo. El que quedó adentro hasta la hora presente no se ha sabido más de él, y así se ha quedado.

Por en frente de Caquetá a la mano izquierda, pasado el Orinoco hay una travesía de 9 días de camino, lo más llano, y se sale a una hacienda que llaman Laboyos, que es del doctor Valderrama, y está dos jornadas de Timaná de que hablaré adelante. Hay cuatro ríos que pasar. No sé cómo se llaman. En este pues despoblado vive una nación de indios bárbaros llamados aguanungas. En Caquetá había uno de ellos. Estos indios andan como los sapos en cuclillas, y jamás se levantan en pie. Y si por alguna casualidad se ponen en pie, al instante se encuclillan, porque no pueden durar en pie. Y es porque como así se crían todos, andando en cuclillas, los nervios, como no tienen el uso de estar tirados, al instante los compele a encuclillarse siempre. Yo hice varias experiencias con este indio, de hacerlo levantar en pie, pero jamás llegaba a un credo, cuando ya se echaba. Es esto estilo de aquella nación, y sus estilos los guardan ellos inviolablemente, y como he experimentado, es menester trabajar mucho para hacerles dejar su modo de vida brutal.

El Padre Presidente Fr. José Barrutieta ya de antemano con un indio que despachó al llegar a Santa Rosa, tenía avisado al alcalde de Caquetá nuestra venida, para que despachase al pueblo de San Diego, que es el primero que hay en el río Putumayo, para que de allí nos mandasen canoas al embarcadero para nuestro transporte. Con cuya diligencia no tuvimos detención alguna, antes el otro día de llegados a Caquetá partimos al embarcadero, que es un día de camino. El alcalde de Caquetá nos vino acompañando, y yo viendo que él entendía la lengua española, le pregunté si por aquel paraje había tigres. Él me contó que cuatro años antes un tigre se había comido un indio de Caquetá. Fue el caso que este indio salió por agua a una quebradita que está a unos 20 pasos del pueblo. Al llegar a tomar agua hubo allí un tigre tamaño como un novillo de cuatro años. El indio azorado apretó a correr a su casa dando gritos, y el tigre fue tras de él. El indio se metió bajo una barbacoa en que dormía; entró el tigre, y de un zarpazo lo sacó, y cogiéndolo en la boca tiró con él al monte. Cuando la gente salió a ver por qué gritaba el indio, ya el tigre se iba con él por la plaza al monte. La gente azorada tuvo por mejor encerrarse que irle detrás, y así se lo fue a comer al monte, y temeroso de que ya cebado volviese por otro, le armaron trampa, y a los 20 días lo mataron, y que desde entonces no había vuelto otro; pero que en el monte había muchos tigres y leones, osos, dantas y otros animales nocivos, y que así que anduviésemos siempre con mucho cuidado.

Llegamos a la tarde al embarcadero en donde había un tambo, y allí dormimos, porque las canoas no habían llegado y llegaron ya al querer anochecer. Yo cuando vi que el río era tan chico que apenas tendría 3 cuartas de agua, y unas 10 varas de ancho, pregunté al alcalde, si tenía muy lejos su cabecera. Y me dijo que 3 días más arriba de Mocoa, abajo de la serranía de Sibundoy y que traigo apuntado. Allí dijo está el pueblo de Putumayo. Es una nación de indios bárbaros, llamados putumayos, y tal vez como de allí nace el río, por esto se llamará Putumayo. A estos indios han tirado a reducir los curas de Sibundoy para domesticarlos, pero ha sido en vano. Ello sí admiten la fe, pero sus vanas observancias, agüeros y supersticiones jamás les han podido ellos quitar.

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