A los tres días llegamos a otro pueblecito llamado San José. No
tenía sino 6 familias. Está el pueblo en una vega llana, y de la
mano derecha tiene un río grande. De la otra parte del río tenía
otras dos familias de dos indios andaquíes hermanos y casados, que
de su tierra se habían venido a avecindar allí, por tener ocasión
que los Padres conversores de nuestra misión les enseñasen y los
hiciesen cristianos. Ellos de muy buena cara, con barba como si
fuesen españoles. Estos son mestizos desde que esta nación devastó
a Timaná y La Plata, que se llevaron las monjas y las mujeres
blancas, como ya llevo de antemano relatado. El río se pasa con
canoa y con mucho riesgo, porque tiene muchísima corriente. Sin
embargo, a la que llegamos, fueron indios a avisarlos, y el otro
día de mañana vinieron los dos con sus familias y nos trujeron de
regalo unas chirimoyas.
El chirimoyo es un árbol de mediana altura. Su hoja es parecida
algo a la del naranjo, pero muy más hermosa, tanto, que sólo verla
dice que es hoja de árbol fructífero. Es muy coposo y no fecunda en
tierra fría. Da una flor de cuatro hojas por afuera color de tabaco
y adentro amarilla. Es al doble mayor que la del naranjo y al doble
de grueso, y despide más suave fragancia que la del naranjo, algo
parecido al de la azucena. Su fruta tiene la forma de la molleja de
una gallina; no tiene cáscara sino hollejo, como la breva, y en
ella señalados unos arquitos, y en cada uno una berruguita. Su
color es entre verde y azul turquí. Por lo regular son mayores que
dos manos de un hombre juntas y encorvadas. Hay de mayores, y he
visto chirimoyas pesar 6 o 7 libras. Dentro tiene más de 30 pepitas
del tamaño de un piñón, de color negro. La carne de la chirimoya es
más blanca que el algodón, blanda como la batata cocida, y muy más
dulce que la pera; porque aquello es comer confitura y su dulzor
nunca empalaga. No hay en España, ni creo que Dios haya criado
fruta igual. Sólo en el Paraíso pudo ser, Esta es la reina de las
frutas que en el mundo hasta aquí se han conocido.
Hay de éstas otra segunda especie, y se llaman anonas. El anón
es especie de chirimoyo. Es árbol algo más grande, y la hoja no es
tan oscura como la del chirimoyo: pero tiene la misma forma, hace
la misma flor, y la anona en su hechura es lo mismo que la
chirimoya. Pero en madurando se pone de color amarillo, y la
chirimoya no. Tiene dentro las mismas pepitas, y su comida es lo
mismo que la chirimoya, salvo que hace grano, como la miel
azucarada, y su sabor es algo más fino que el de la
chirimoya.
Yo cuando vi estos indios andaquíes conocí que no eran tan
brutos y estólidos como los que nos acompañaban, porque ellos iban
vestidos con sus calzones, y traían también su Nana, todo de
algodón, pero muy fino y con varias bordaduras de azul, carmesí y
amarillo. Ellos con la melena tendida, y en la frente una sarta de
plumitas de loro, compuesta a trechos con sus colores parecía a las
piochas que usan en España las mujeres. Todo el rostro lo traían
pintado de carmesí y azul, pero eran unas rayas muy sutiles y
compuestas con simetría bien ordenada. Ellos nos regalaron un
sepallo de chirimoyas maduras, y como hasta entonces no habíamos
visto fruta semejante, nos las comimos con mucho gusto. El otro día
partimos de San José para Mocoa.
Del pueblo de San José al de Santa Clara de Mocoa hay cinco días
de camino. El segundo día llegamos a una loma, lugar por sí muy
funesto, tanto que yo tengo para mí que el sol desde que Dios lo
crió no ha rayado allí. Ya que iba tomando la bajada, el indio que
con mi cama me acompañaba, algo fatigado, se paró a descansar un
rato. Yo en lo interim hice un cigarro; y esto nos encargaron mucho
el uso del chupar, porque las culebras de que abunda tanto aquella
tierra, huyen al olor del tabaco. Senteme en una piedra chupando, y
vi un gusano verde del grueso del dedo índice y un poco más largo,
todo él vestido de conchas a modo de los camarones marinos. Yo como
lo vi tan torpe en el andar, tomé una vara y lo hice encaramar en
ella, y me puse a mirarlo de cerca. Como iba chupando, le tiré una
bocanada de humo; pero lo propio fue llegarle el humo levantó todas
las conchas y me despidió unos chisguetes de agua cristalina, y me
llenó todo el rostro. Al instante se despidió una fragancia tan
aromática, que llenó todo aquel puesto, como si hubieran allí
rociado agua rosada, pero a breve rato empezó a darme comezón la
cara. Yo viendo que se iba por puntos aumentando más y más, conocí
que había sido veneno que me echó el gusano para defenderse. Me
valí del tabaco mascado y me unté toda la cara. Con todo me duró la
comezón hasta la noche, y se me hinchó la cara, que dos días me dio
bastante que hacer.
El tercero día a la tarde venimos a arranchar al pie de un cerro
que lo llaman Junguilla. Había allí un árbol que llaman caraño, él
del tamaño de un cedro grande, aunque no tan alto. Cuatro hombres
no habrían abarcado el tronco. En picarlo destila él una resma de
color de la miel, a la cual llaman caraña. Es tan salutífero
medicamento contra toda llaga y apostema, por encancerada que esté,
que dentro de 8 días la sana; y en especial contra las llagas
galliquientas. Con el tiempo ya afuera conocí lo que lo aprecian, y
experimenté curas prodigiosas de llagas muy encanceradas con un
cañuto que saqué de esta resma.
Este cerro Junguilla tiene cuatro leguas de subida que forman
sólo una cuesta; y tiene después otro tanto de bajada. Y lo peor
que tiene que en todo él no hay agua. Los indios nos previnieron
que habíamos de madrugar para poder llegar a la ranchería donde
sólo había una quebrada. Por la mañana yo partí por delante con mi
indio, y ya en la mitad de la cuesta me faltaba el ánimo, apresado
de la sed. Pero hube de encontrar una cáscara de cerca de 3 varas
de aquella penca que sirve de concha a los racimos de las palmas,
que era de una palma bombón, y estaba boca arriba llena de agua que
del llover se había llenado; yo bebí bastante, pero considerando
que los que me venían detrás traerían la misma gana, no acabé de
beber, y tomé la cáscara y la saqué al paso, para que la viesen; y
así fue, y fue para todos un alivio. Yo a lo último de la bajada,
el indio me dijo que me parara y se fue a unos arbolitos que tenían
unas frutas del tamaño de una nuez, color amarillo, que parecían
unos limoncitos. Yo me acerqué y empecé a coger también. Al
apretarlas se rompe la cáscara, que la tienen gruesa del tamaño del
limón y despiden mucha leche, y esta leche es veneno muy activo.
Dentro tiene unos granitos, como la semilla del perejil, embabados
de un humor meloso y más dulce que la miel con su sabor que pica en
moscatel. No se cómo llaman esta fruta, y la he visto en muchas
partes del monte de nuestra misión.
Llegamos por fin a la quebrada, y junto a ella vi unos árboles
que los llaman galanes, y es cierto que quien le puso el nombre
acertó. Es árbol el galán muy alto, grueso y coposo. Su hoja es
parecida a la que en España llaman toronjil, sólo que tiene algo de
más cuerpo, y de la raíz de cada hoja le sale una cinta carmesí de
3 cuartas de largo a modo de un listoncito. Como estaban todos
cuajados y llenos de tantas cintas con lo verde de la hoja es cosa
que admira y provoca al mismo tiempo con su belleza y hermosura a
alabar al Creador. A mano izquierda de Junguilla hay una partida de
cerros, y por entre ellos pasa un río que llaman Condagua. En esta
serranía es que se cría la fruta de que embarnizan en Pasto la loza
de madera, como advertí en el Cáp. VI, y de que hablaré cuando
llegue a Pasto.
El quinto día a la mitad de la jornada empecé a encontrar muchos
ñorvos, que en España llaman rosa de pasión; pero todos carmesíes.
Como yo no había visto hasta entonces, cogí algunos, y despiden la
misma fragancia que estos de acá morados; y dan su fruto que son
unos calabacitos del tamaño del puño, amarillos y salpicados de
carmesí. Dentro tiene unas pepitas chicas embabadas de una baba
blanca agridulce, muy apetitoso y muy fresco. Se parece en un todo
a la granadilla que ya llevo apuntada. Yo y el indio cogimos
bastantes y comimos muchas, y guardé a los demás Padres para cuando
llegaron.
Llegamos por fin al pueblo de Santa Clara de Mocoa, y aquí vi la
palma chontaduro de cuya corteza se fabrican las cerbatanas y arcos
de tirar flechas como ya llevo referido. Ellas tenían fruto, y lo
quise probar, y es muy bueno; y a falta de pan me parece que es el
mejor sustento. El pueblo tiene unos 15 vecinos, y lo llaman Santa
Clara de Mocoa, para conservar la memoria de la antigua ciudad de
Mocoa, la que antiguamente fue una de las principales ciudades del
Perú, así en comercio como en riqueza, porque todas aquellas
serranías son minerales de oro y de 23 quilates. Y al principio de
la Conquista al interés del oro, se avecindaron allí hombres
poderosos y se hizo una gran ciudad. Ella se perdió que no ha
quedado de ella vestigios. Estaba fundada en unas lomas muy altas 2
leguas arriba de nuestra Mocoa. Sólo han quedado algunos vestigios
del camino. Fue el caso que los principales de la ciudad se
malquistaron con el cura, y para vengarse de él, lo sacaron por las
calles montado en una bestia enjalmada, y lo azotaron. Y en castigo
de esta atrocidad en menos de 4 años se perdió y arruinó la ciudad,
y de las familias que concurrieron en el atentado sacrílego
murieron todos con muerte desastrada.
De Mocoa a mano derecha hay un camino por aquella serranía todo
de monte, y en cuatro días se sale a un pueblo de unos indios
llamados sibundoyes. Es curato de Padres dominicos, y pertenece a
la provincia de Quito. Estos indios son los que bajan a nuestra
misión y van a Condagua a coger la fruta del barniz, como llevo
apuntado, y lo sacan a Pasto, que dista otros 4 días de Sibundoy.
Antiguamente el cura de Sibundoy quiso mudar el pueblo en un
llanito, lugar más cómodo. Convinieron los indios en ello, y se
fabricó allí casas e iglesia. Tenían en el pueblo, en la iglesia,
una figura de Cristo sentado como en el Pretorio de Pilatos, de
cuerpo entero y estatura perfecta. Él de color moreno. En el pueblo
nuevo le armaron su capilla, y por fin, trasladando los trastos al
pueblo nuevo, llevaron también al Señor; pero por la noche se
volvió a su iglesia antigua. Por 3 veces lo volvieron a traer,
pensando que alguien era el que se lo llevaba, hasta que se
pusieron ellos armados con sus macanas en el camino para coger y
castigar al que se lo llevase. Estuvieron ellos velando, y al
apuntar el alba vieron al Señor que se venía por sus pies, y uno de
ellos le dio un macanazo en el hueso de la pierna, tal como si
hubiera sido de carne le quedó el golpe con un gran cardenal
señalado hasta el día de hoy. El Señor, recibido el golpe, se
volvió atrás, y se volvió a su iglesia nueva, obedeciendo a los
indios. Dieron ellos cuenta al cura, y éste visto el prodigio, dio
cuenta a su superior. Se divulgó el caso y se mandó llevar al Señor
a Quito, donde está con mucha veneración, y por el color moreno que
tiene lo llaman El Zambo.
Estos indios de Mocoa andan ellos vestidos y lo pasan muy bien,
porque al pie de la loma de Mocoa pasa un río que se viene
despeñando de aquellas serranías, y es muy grande, que para pasarlo
se pasa con canoa. El hace muchísimo ruido, y tal vez por esto lo
llaman el río Cascabel. Los indios a la margen catean mucho oro que
él trae de las minas de arriba. Y con ello los indios sibundoyes
les traen herramientas, ropa, carne y harina de San Juan de
Pasto.
En Mocoa hay una plaga de unas hormiguitas coloradas, tan chicas
como serán las ordinarias, cuando nacen. Un mestizo llamado don
Jacinto Portilla, que era el que gobernaba en Mocoa, nos hospedó en
su casa, y el otro día de mañana nos advirtió que si traíamos algo
comestible, que lo registrásemos, porque había muchas hormigas. Se
registraron los saparos donde traíamos la provisión de carne,
bizcochos, queso y dulce, y se halló todo apestado de estas
hormiguitas. Había millones de millones que jamás, aunque he visto
bastantes, pero nunca tantas juntas. Don Jacinto tomó al instante
los saparos y los puso en una barbacoa que tenía sobre el fogón, y
metió en la candela unas ramas verdes, y dentro de medio cuarto de
hora con el humo se fueron todas y ninguna parecía.
El otro día de mañana pasamos con canoa el río Cascabel, y
partimos para Caquetá. Hay 2 días de camino. A cosa de un par de
leguas de Mocoa se acaba la serranía, y entra tierra toda llana,
pero toda monte. Esto fue lo peor, porque a cada pasa se halla un
pantano, que nos atascábamos hasta sobre la rodilla. A la tarde en
el paraje donde arranchamos, había muchos galbanos. El galbano es
un árbol alto y derecho; cría en el tronco algunas ramas, y arriba
una copa muy frondosa. Su hoja se parece a la del cerezo, pero
tiene más cuerpo. Al picarlo destila una resma muy blanca, y puesta
a la candela, despide mucha fragancia aromática. La misma fragancia
despide su hoja y su corteza. El palo cortado presto se pudre; pero
el corazón que lo tiene acanalado es incorruptible. Y puesto a la
candela también huele sabroso.
El otro día llegamos a Caquetá, que es el último pueblo del
monte, y antes de llegar mató un indio una culebra que llaman
coral, de tan activo veneno, que dentro de un cuarto de hora muere
el que pica. Ella tendrá no más que media vara, y muy delgada, pero
tan hermosa, que viste cuantos calores hay. Yo me quedé embelesado
de ver la compostura y variedad de sus colores, haciendo labores
muy bien ordenados.
Caquetá es un pueblo que tendrá 15 vecinos. A la mano izquierda
a un tiro de escopeta pasa el río Orinoco, que traigo apuntado en
el capítulo VI. Ya aquí con las vertientes que le entran, con las
vueltas que da por las sobredichas serranías de nuestra misión,
llevará 6 varas de agua y de ancho 20 varas. Desde Caquetá él se va
desviando siempre a mano izquierda hacia Santa Fe, y a cuatro días
de río abajo de Caquetá le entran dos ríos grandes llamados La
Fragua y El Pescado, que salen de los andaquíes, y con estos dos
ríos se hace él ya río muy grande. Por el río de La Fragua se va al
Sinú, provincia tan rica y abundante de oro, que de aquí nació el
adagio que dice: ¡Ay! del Perú, cuando se descubra el
Sinú.
Tres veces que de la Corte de España han ido sujetos con
derrotero, para ver si podían descubrir esta provincia del Sinú,
todos han venido a buscar el río de La Fragua, pero como todo es
monte y no hay quien sepa por dónde cae, cansados de buscar, se han
vuelto coma vinieron. Por allí anduvo San Francisco Solano, cuando
quiso ir al Sinú; pero no llegó allá, porque en una quebrada se
halló que las piedras y arena era todo oro; y la codicia de la
gente que lo acompañaba empezaron a cargar oro y a volverse atrás
para fuera y dejar al santo; el cual con la señal de la cruz
convirtió todo aquel oro en piedras y arena, y se hubo de volver
para fuera y dejar abandonada la empresa y conquista del Sinú. Y es
tradición que el santo fue el primero que dijo: ¡Ay! del Perú,
cuando se descubra el Sinu.
Fr. José Carvo hablando yo con él de esta especie me contó que
en tiempo de Fr. Juan Pecador que traigo apuntado, Cáp. VI, cuando
entonces estas misiones se gobernaban por la provincia de Quito, 2
religiosos sacerdotes misioneros tomaron a empeño ir a descubrir el
Sinú. Anduvieron por las tierras del río de La Fragua bastantes
días, y hubieron de encontrar unos indios del Sinú. Ellos hablaban
la lengua linga, que es la más general, y de ella eran prácticos
los religiosos, porque en Quito se usa mucho, y con esto
contrataron que los llevasen al Sinú. Convinieron los indios a
llevarlos, pero con los ojos vendados, para que no tomaran tino ni
seña alguna. Así los llevaron. Y a los once días de camino, cuando
les quitaron las vendas, se hallaron en una gran ciudad toda de
gente india; pero vestidos todos de lana y algodón. Hallaron que
tenían buen gobierno político, mucha abundancia de víveres, mucha
riqueza de oro, porque hasta las ollas y platos todo era de oro.
Hallaron vestigios de ornamentos eclesiásticos, y aun algunos ritos
católicos, pero muy adulterados, ya con herejías y vanas
observancias. Ellos se dieron maña, y en dos años catequizaron
setenta mil criaturas, y numeraron en sola la ciudad principal
cuarenta mil familias.
A los dos años trataron de salir a traer obreros y ornamentos y
todo lo necesario para administrarles sacramentos. El cacique
principal dijo: Que los dos no, pero que el uno sí, y que quedase
el otro; pero que no querían corregidores ni alcaldes de ninguna
manera, y que si venían les quitarían la vida. Religiosos que
viniesen cuantos quisiesen, que les darían todo lo necesario para
vivir. Así se hizo. Uno se quedó y el otro salió y le volvieron a
tapar los ojos, y se lo llevaron indios, y a los once días, cuando
le quitaron la venda se halló en el mismo paraje que lo habían
hallado junto al río de La Fragua. Los indios le dijeron que
aguardarían cinco lunas, que este es su modo de contar, y que de no
venir dentro de cinco lunas, no lo aguardarían más, porque esta era
la orden de su cacique. El religioso subió para Quito, dio cuenta
al Provincial y éste a la Audiencia; se propagó la voz, pero no
hubo quién se animase a ir. Así se pasaron las lunas. El religioso
con algunos pocos que pudo reclutar se volvió para allá, pero
cuando llegó ya fue tarde, porque pasó el término de las lunas, y
ya no halló tales indios. Porfió algunos días a ver si hallaría
algún rastro, pero cansado de buscar, se acabaron los víveres y se
hubieron de volver con el deseo. El que quedó adentro hasta la hora
presente no se ha sabido más de él, y así se ha
quedado.
Por en frente de Caquetá a la mano izquierda, pasado el Orinoco
hay una travesía de 9 días de camino, lo más llano, y se sale a una
hacienda que llaman Laboyos, que es del doctor Valderrama, y está
dos jornadas de Timaná de que hablaré adelante. Hay cuatro ríos que
pasar. No sé cómo se llaman. En este pues despoblado vive una
nación de indios bárbaros llamados aguanungas. En Caquetá había uno
de ellos. Estos indios andan como los sapos en cuclillas, y jamás
se levantan en pie. Y si por alguna casualidad se ponen en pie, al
instante se encuclillan, porque no pueden durar en pie. Y es porque
como así se crían todos, andando en cuclillas, los nervios, como no
tienen el uso de estar tirados, al instante los compele a
encuclillarse siempre. Yo hice varias experiencias con este indio,
de hacerlo levantar en pie, pero jamás llegaba a un credo, cuando
ya se echaba. Es esto estilo de aquella nación, y sus estilos los
guardan ellos inviolablemente, y como he experimentado, es menester
trabajar mucho para hacerles dejar su modo de vida
brutal.
El Padre Presidente Fr. José Barrutieta ya de antemano con un
indio que despachó al llegar a Santa Rosa, tenía avisado al alcalde
de Caquetá nuestra venida, para que despachase al pueblo de San
Diego, que es el primero que hay en el río Putumayo, para que de
allí nos mandasen canoas al embarcadero para nuestro transporte.
Con cuya diligencia no tuvimos detención alguna, antes el otro día
de llegados a Caquetá partimos al embarcadero, que es un día de
camino. El alcalde de Caquetá nos vino acompañando, y yo viendo que
él entendía la lengua española, le pregunté si por aquel paraje
había tigres. Él me contó que cuatro años antes un tigre se había
comido un indio de Caquetá. Fue el caso que este indio salió por
agua a una quebradita que está a unos 20 pasos del pueblo. Al
llegar a tomar agua hubo allí un tigre tamaño como un novillo de
cuatro años. El indio azorado apretó a correr a su casa dando
gritos, y el tigre fue tras de él. El indio se metió bajo una
barbacoa en que dormía; entró el tigre, y de un zarpazo lo sacó, y
cogiéndolo en la boca tiró con él al monte. Cuando la gente salió a
ver por qué gritaba el indio, ya el tigre se iba con él por la
plaza al monte. La gente azorada tuvo por mejor encerrarse que irle
detrás, y así se lo fue a comer al monte, y temeroso de que ya
cebado volviese por otro, le armaron trampa, y a los 20 días lo
mataron, y que desde entonces no había vuelto otro; pero que en el
monte había muchos tigres y leones, osos, dantas y otros animales
nocivos, y que así que anduviésemos siempre con mucho cuidado.
Llegamos a la tarde al embarcadero en donde había un tambo, y
allí dormimos, porque las canoas no habían llegado y llegaron ya al
querer anochecer. Yo cuando vi que el río era tan chico que apenas
tendría 3 cuartas de agua, y unas 10 varas de ancho, pregunté al
alcalde, si tenía muy lejos su cabecera. Y me dijo que 3 días más
arriba de Mocoa, abajo de la serranía de Sibundoy y que traigo
apuntado. Allí dijo está el pueblo de Putumayo. Es una nación de
indios bárbaros, llamados putumayos, y tal vez como de allí nace el
río, por esto se llamará Putumayo. A estos indios han tirado a
reducir los curas de Sibundoy para domesticarlos, pero ha sido en
vano. Ello sí admiten la fe, pero sus vanas observancias, agüeros y
supersticiones jamás les han podido ellos quitar.