INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27

Había también en Santa Rosa unas vacas que tenían ya grandecitos los becerros, y una noche los encorralaron para que por la mañana tuviésemos leche. Vino la mañana y se ordeñaron y se coció la leche. Fuimos a la cocina, y cada uno tomó su pilche de leche. Estando bebiendo vi que la cocinera echó un no sé qué atado con un hilo dentro de la olla en que estaba la leche hervida que había quedado. A breve rato lo sacó y lo fue a colgar de un palo. Yo dificulté que podía ser aquello, y le pregunté qué era. Y me respondió que era el cuajo, con que se cuajaba la leche. Y en realidad que al instante trastornó el suero en un mate y lo dio a los perros, y sacó en otro el requesón. Yo dificulté más qué cosa sería aquel cuajo, y me dijo que era aquella tela que tiene la molleja de la gallina, que es donde hace la digestión, lo cual se le quita para comer la molleja; y como por allá no hay cardo, ni higuera, que es por lo que por acá se usa, allá han topado este secreto natural para cuajar la leche y es tan efectivo como digo. En otras partes la cuajan con un poco de suero ya acedo, y este modo allá es más regular.

Al cabo pues de 47 días vino el Padre Presidente llamado el Padre Fr. José Barrutieta, y traía una partida de indios de adentro que lo acompañaban, llevando cada uno su carguita con su cocave. Cocave llaman la provisión que llevan para comer, que se reducía a plátanos, yucas, sirces, que es otra raíz semejante a la yuca en la hechura, pero con el sabor distinto, y algunos trozos de mono asado. Esto lo traen en saparos. Saparo llaman unos canastos que hacen de bejucos, y los forran con hojas de achira, atadas con cintas de majagua. Nosotros hasta entonces no habíamos visto indios bárbaros, y nos cayó en gracia su vista. Venían ellos desnudos del todo con la melena tendida. Y advierto que los indios crían mucho cabello, y éste muy grueso y cerduno. Ellos jamás se lo cortan, y la mayor afrenta que se les puede hacer para castigarlos es cortarles la melena. Tanto lo sienten que el así afrentado se irá al monte y no saldrá de allí hasta que haya criado pelo.

Tampoco por más que vivan, jamás crían canas. Ellos no crían barba. Esto es general entre todos los indios, y aún los criollos mestizos hasta la tercera o cuarta generación no crían barba ni pelo fino, y aún con esto muchos son lampiños. Mas los indios bárbaros de nuestra misión se repelan las cejas cada vez que les nace en ellas algún pelito. Estos pues venían con su saparo a las espaldas sostenido de la frente y de los hombros con 3 cintas de majagua, y los canastos tapados con hojas de achira. Cada uno de ellos llevaba uno o 2 dardos en la mano, defensa contra las fieras. Algunos de ellos traían su cerbatana o bodoquera. Es un instrumento que usan para cazar ya los pájaros, ya los monos también. Éste lo fabrican de dos pedazos de chonta de a 2 dedos de ancho. Ábrenle en cada uno una canal perfectamente redonda de arriba hasta abajo. Redondean después las espaldas y esquinas de mayor a menor juntan después un pedazo con otro y lo fajan muy apretado con cinta de majagua, y sobre ello le embetunan y queda como un cañón de escopeta, salvo que es dos veces más largo. A la punta delgada le ponen su mira como las escopetas, y al otro cabo remata como la boca de una bocina marina. En todo el Perú es este instrumento muy común; y como desde muchachos aprenden a tirar con ella, se hacen muy prácticos.

Estando en Honda vi unos muchachos que en el claustro se ensayaban a tirar con la cerbatana. Lo que tiraban eran unas bolitas de barro como una cuenta de rosario. Esta se pone dentro de la cerbatana y se despide con un soplo de la boca y sale con tanta violencia, que si tira con ella a una tórtola la derriban. Vi pues que a una esquina del claustro ponían dos bolitas de estas de barro, una encima de la otra, y tiraban del otro cantón del claustro que tendrá sobre 30 varas de distancia. Y la gracia de hacer buen tiro era tirar a la bolita de encima, y llevársela limpia, sin tocar la de abajo. Y entre estos muchachos había de tan prácticos, que no erraban tiro. Esto lo vi varias veces con mis ojos, y de no haberlo visto, pondría dificultad en creerlo. Con una escopeta con bala no es capaz un buen tirador de acertar un tiro semejante.

Pero yo he visto varias veces así muchachos ir por los pueblos cazando tórtolas con la cerbatana, y tirarles a la cabeza, y acertar siempre. Y la cabeza queda del tiro con los sesos todos reventados. Y ya que he hablado de las tórtolas digo que en todo el Perú hay 4 especies de ellas. Las mayores son como las de España; las otras tres van en disminución, tanto que las más chicas son algo menores que un gorrión. Unas y otras abundan más en tierra fría y templada que en tierra caliente. Y si es paraje en donde haya capulíes, que es una fruta de que hablaré adelante, allí abundan con muchísima copia.

Los indios de nuestra misión con la cerbatana tiran flechas con veneno. El veneno lo fabrican ellos del jugo de varios bejucos, que ellos conocen proporcionados para ello, Y afuera se vende a 4 patacones o pesos duros la onza. Este jugo lo van ellos cociendo hasta que toma punto para ello, y queda a modo de la pez derretida en color y espeso. Las flechas las fabrican de la corteza de la caña brava que es muy dura. Es a modo de un moldecito de tejer medias. En la punta le mojan un poco del veneno, y al calor de la candela lo resecan. Estas flechas las llevan ellos ya por los caminos envenenadas dentro de un cañuto de aquellas cañas que dejo apuntado ya, que revientan como una escopeta puestas a la candela, y de que usan ellos en sus fiestas. Esto lo traen ellos colgado al cuello; traen también colgada su olletica de veneno; traen también en un canastito, como media cáscara de huevo, barro y en otro semejante algodón, y en otro colgado traen la quijada de un pescado, que forma con los dientecitos una sierra muy sutil.

Para disparar pues la flecha lo que hacen es: toman la flecha y en la mitad le ponen un poco de barro. Sobre el barro le enlazan algodón flojo, y con la sierrecita le van aserrando la puntita donde tiene el veneno, y la dejan ya casi para caer. Métenla así dentro de la cerbatana; apuntan al pájaro o al mono, y con un soplo la despiden. Sale ella con tal violencia como una bala de una escopeta, y da un tiro tan largo como una escopeta tira la munición. Con la violencia con que va clava la punta, y con el peso del barro y algodón rómpese por la punta, y queda la punta clavada. Si llega a tocar en la sangre ya no tiene remedio; sea pájaro o sea mono o sea lo que fuere, dentro de un Avemaría cae muerto sin ningún movimiento ya. Tan activo como esto es aquel veneno. Su contra sólo es el agua, y ésta ha de ser tan de pronto como digo. Y sin embargo que la carne queda envenenada, con todo, en cociéndola, se le quita lo venenoso y no hace daño al que la come. Yo la he comido muchísimas veces, y así la comen todos los que están allá, y no daña. Y en el pueblo de La Concepción de que luego hablaré, comiendo una noche una ala de una pava, me hube de encontrar mascando en la boca la punta de la flecha con que la mataron. Yo a la que se reconoció que era la punta de la flecha, tuve bastante susto; pero Fr. José Carvo me dijo que no tuviese cuidado, que no tendría novedad alguna, y así fue.

Venían pues estos indios pintados de achote. Pintura fresca. Porque es estilo entre ellos, que un rato antes de llegar a algún pueblo se lavan y después se pintan de achote todo el cuerpo, y para ello siempre traen prevenido achote, cuando van de camino. Su pintura regular es: con el dedo índice mojado en achote se hacen una raya en la frente alrededor del pelo, otra arqueada sobre las cejas; una X grande en cada mejilla, y otra todo alrededor de la barba. Después se rayan todo el cuerpo con varias rayas. Y para ello les sirve de espejo en unos platitos goma derretida y cuajada. Las espaldas se pintan unos a otros entre sí, marido y mujer. Y así pintado el cuerpo se van salpicando una especie de algodoncillo que se cría en el cogollo de las palmas, que es como el que en España se cría también en lo tierno de los palmitos. Mas los labios y los dientes se los pintan de negro de esta suerte: Hay por allí con mucha abundancia unos árboles que dan a la hoja semejante a la del algarrobo. Toman una de ellas y le ponen un poco de ceniza, y con saliva la enlodan y con esta hoja así se refriegan los labios y los dientes, y dentro de un Avemaría quedan negros, que ni con tinta se pusieran tales.

Ver pues así pintados una partida de estos indios con la melena esparcida, y armados con los dardos en la mano, es propiamente ver una partida de demonios. Y más en empezando ellos su murmureo de su lengua, cuyo sonido y silabas son muy desentonadas, para uno mayormente si no entiende aquella lengua; y el oír que muchas sílabas unas las pronuncian con la nariz, otras con gemidos y varios gestos; otras con sustos y ademanes de manos, hablando todos ellos muy aprisa. Es cierto que el que está sin temor seguro es cosa de grande admiración y risa; pero ya puesto uno adentro y solo entre ellos, es cosa para asustar al más intrépido corazón. Ellos hablaban la lengua general, que llaman lengua linga, que de cuantas allí hay es entre todas la más común y usada. El modo de lavarse el cuerpo es: Hay dentro en el río Putumayo con mucha abundancia unos árboles que dan la hoja semejante a la del naranjo, pero muy delgada. Toman un puñado de estas hojas, y con agua las van estrujando dentro de las manos, y refregándolas un poco, hace mucha espuma, como si fuera jabón. Con esto se lavan el cuerpo y queda tan lustroso como si fuera barniz. Tanto que como en un espejo se ve uno contrapuesto a un indio así lavado. La primera vez que yo lo vi por experiencia, dije entre mí: Si esta hoja se llevara a España, las mujeres habían de vender el reboso, si no tenían con qué comprarla. Y fuera así, que con una partida de cargas de esta hoja se podría hacer un hombre rico.

El otro día de venido el Presidente vi que en el patio tiraron de parte a parte unos volantines, y en ellos fueron colgando unos atados de hojas de árbol. Yo fui a la cocina y pregunte para qué habían hecho aquello. Y me dijo una mujer: Padre, esto es guayusa. Esta hierba toma el Padre Presidente cocida mañana y tarde. Y para que se seque la habemos puesto colgada al sol. Yo dije que la quería probar. Me dijo que a la tarde me darían. Ya vino la tarde y me trujeron en un mate. Lo probé, y como le habían ya puesto dulce, aunque me supo muy bien, no tomé más de un sorbo, y dije: Yo no la quiero así con dulce, sino solo el caldo, para ver qué gusto tenía por sí. Luego me trujeron y tomé una taza llena. Ella da un jugo color de miel denegrida, y cinco hojas dan una chocolatera llena de agua de su jugo. Su sabor es parecido al té, pero muy más fino y sabroso. Yo al tiempo que la tomaba, empecé a sudar y a desflemar, que fue preciso mudarme la túnica, y dentro de media hora arrojaría una taza grande de flema por el esputo. Las dos cualidades me parecieron muy bien. Fui al Padre Presidente, y le pregunté sobre el particular, y me dijo que su bebida era contra todo gállico; que reprimía la fogosidad de la sangre y le quitaba la grosura y pesadez; que daba digestión al estómago y hartura al apetito, porque en tomando por la mañana un poco, ya no se siente hambre hasta después de mediodía; que robustecía mucho el cuerpo y le sacaba por sudor y flema todo mal humor. Todas estas buenas cualidades son ciertas, y yo las tengo experimentadas muchas veces. Me dijo también que fecundaba a las mujeres tomando con miel; y si es la de una abeja que allá llaman apaté, infaliblemente, si es casada, al instante quedará preñada. Esta cualidad es cosa muy sabida y experimentada en Quito y tierra arriba, y los Padres jesuitas sacaban de ella, de su misión, y se vendía en Quito a cinco hojas por medio real.

Yo le pregunté en dónde había de ello, y me dijo: adentro en el pueblo de La Concepción, Fr. José Carvo tiene un árbol ya grande; pero en Pueblo Viejo, que es el primero que han de pasar, y dista de aquí cuatro días, aquí hay un monte de más de una legua todo de guayusos. Yo al instante escribí el nombre del pueblo y el nombre del árbol, por no descuidarme, y llevarme de ello prevención para adentro a mi destino. En estos días también una tarde el lego Fr. Juan de la Cruz vino con dos mocitos cargados, y entre los 3 traerían 5 o 6 arrobas de cera blanca como la nieve. Él nos dijo: Padres, esta cera es cera de palma. Es el caso que en aquellos montes se crían unas palmas muy altas y el tronco muy regular, poco más que el cuerpo de un hombre. Por sí le caen anualmente hojas, y queda siempre con el tronco liso. De todos los poros va sudando cera blanca, y con los años llega a tener dos dedos de cera todo el tronco, que una palma sola tiene 5 o 6 arrobas. Allá lo que hacen para coger la cera es: cortan la palma. Si las hubiera por acá no las cortaran. Porque allá aunque tiene su término de sudar esta cera, que es hasta cosa de dos dedos en todo el tronco, y llegando allí, cesa de sudar más por años que pasen. Pero quitándole la cera o en todo o en parte del tronco, luego por lo raspado va vuelta sudando más cera. Y por esto digo que por acá no las cortaran, sino que les rasparan la cera, dejando en pie la palma para que volviese a dar más. Pero allí, como en aquellos montes hay muchas, y hay pocos que lo busquen, las cortan por el pie, y después en el suelo le raspan la cera.

Esta cera tiene una cualidad rara y es que en clima caliente, por más que esté a la sombra, jamás se oscurece, y así, si de ella se fabrican velas, al instante se tuercen. Pero las mismas velas llevadas a clima de tierra templada o fría, al instante se endurecen, pero jamás se ponen vidriosas. En Santa Rosa es clima caliente y para uso de hacer velas de esta cera han hallado modo para que se endurezcan, y es: mixtúranle cuando la derriten para fabricar las velas un poco de cebo, y así salen unas velas muy primorosas y buenas, y de ellas se usa para la capilla y para las misas.

Partimos por fin al cabo de cinco días de haber venido el Padre Presidente de Santa Rosa, y allí se quedó con él uno de nosotros, que se llamaba el Padre Fr. Jacinto Alonso, que era del convento de la Aguilera. El Padre Presidente a todos los demás nos señaló destino, excepto a mí, y me dijo que al llegar al pueblo de La Concepción Fr. José Carvo me daría destino, y que para ello le escribía una carta. De Santa Rosa para adelante no pueden entrar bestias, porque es todo tierra muy doblada, y tan áspera, que todo lo dicho hasta aquí es nada a competencia de lo que queda hasta el embarcadero del río Putumayo, para donde íbamos encaminados. Yo cuando vi la escabrosidad de aquella serranía solía decir a los compañeros:Padres, aquí habemos de estar muy bien, libres de tentaciones y sugestiones del demonio, porque él a trueque de no pasar este camino, dejará de venir a tentarnos.

De Santa Rosa para adelante hay un cuarto de legua de llano, pero está hecho todo un barrial que nos atascábamos hasta la rodilla. De ahí empieza serranía, y como no hay camino, es menester seguir y no perder de vista a los indios que nos guiaban, que son baqueanos. Baqueano llaman a uno que conozca por el rastro que no va desviado, porque conoce la tierra. Ellos como se han criado en el monte, tienen sus señas para no perderse. Ellos al mismo tiempo son como las cabras monteses, que por cualquier barranco enderezan y como era preciso seguir sus huellas, era preciso subir y bajar como pudieres. Por otra parte se crían por allá unas matas que llaman cortadera, porque son cada una, una máquina de penquitas de una vara y media de largo, del ancho del dedo mínimo, de mayor a menor y rematan en una pulla como la pita, y los dos lados de cada una están guarnecidos de espinas. Muchas veces era preciso para no caer, o fuera bajando o subiendo, agarrarse con las pencas de estas matas, en que era preciso espinarse toda la mano, y de no agarrar duro, corta como una navaja bien afilada, y por esto la llaman cortadera. Yo fui el que escapó mejor de esta hierba, porque en el Pongo me reservé los botines de ir a caballo, que eran de barragán. Los demás iban calzados y con medias, pero la cortadera les destrozó las medias y las piernas. Yo sólo me lastimé las manos.

En estas 4 jornadas que hay desde Santa Rosa a Pueblo Viejo, hay en cada jornada su tambo para pasar la noche. En todo el camino hasta llegar al río Putumayo, el régimen que tuvimos fue: Por la mañana a punta del día se almorzaba tasajo cocido y bizcochos; y para ello se hizo prevención en Santa Rosa, que nos bizcocharan el pan, porque fresco no puede durar, porque como es clima caliente y húmedo, dentro de 24 horas se mocosea. Este pan bizcochado iba con alguna escasez, porque como todo cuanto llevábamos iba cargado a espalda de indio, sólo se lleva lo preciso; y como el camino a que íbamos era largo, era preciso comer poco bizcocho para que nos alcanzara. Traíamos también provisión de yucas y camotes. Y esto de raíces, que es lo que comúnmente se come allá, se lleva sólo la provisión para llegar al pueblo que se sigue, y de cada pueblo se vuelve a sacar nueva providencia: que este es el fin de mantener estos cinco pueblos que hay desde el Pongo a Caquetá, para que los Padres e indios que trafican este camino, en cada pueblo hallen providencia de víveres para pasar atrás o adelante, que de otra suerte haber de cargar víveres para todo el camino fuera muy más molesto.

En Santa Rosa nos advirtieron que los indios que llevaban el bizcocho y la carne jamás los perdiéramos de vista; porque de otra suerte se los comerían ellos en el camino. Y en apoyo de ello nos contaron que en años anteriores como es costumbre todos los años mandar de todos los pueblos del río algunos indios con los cajoncitos de los pomitos de los santos óleos del bautismo y extremaunción a Almaguer, para traerlos nuevos, un año los indios que venían con ellos como son tan curiosos en registrarlo todo, registraron los pomitos, y dijeron: pues esto es manteca. Pues los Padres comen sus guisos con manteca; pues vamos nosotros comiendo también con esta manteca. Y se comieron todos los santos óleos. Con esta advertencia no los perdíamos de vista, y en esto no pudieron ellos hacernos fraude. Después de almorzar partíamos y caminábamos todo el día hasta las 4 de la tarde, que llegabase al tambo.

Como todo es monte y de continuo llueve los más de los días llegábamos que el pellejo hacía la división. Y aunque no llueva, el rocío que cae de los árboles, al salir de la ranchería, antes de un cuarto de legua, ya estábamos mojados. Fue preciso por la poca provisión que teníamos de ropa para remudar, al llegar al tambo quitarnos la ropa mojada y ponernos seca; y al otro día partir, quitarnos lo seco y guardarlo y vestirnos de lo mojado para andar el camino. Y como iba tan robusto, por la mañana tomaba el indio que me traía la ropa seca y la cama, y apretaba con él el camino, y siempre llegaba al tambo un par de horas antes que los otros. Las cargas llegaban todo seco, porque lo atapan con hojas de achira. Cuando llegaba al tambo llegaba rabiando de hambre; pero que los indios en cada ranchería habían dejado para la vuelta plátanos escondidos, o colgados dentro del tambo. Y los hallaba ya maduros y pegaba con ellos con mucha gana.

En estos cuatro días de camino las cosas raras que noté fueron: La primera, de trecho a trecho hay unos pájaros del tamaño de un cuervo, negros con algunas plumas blancas en las alas, y el pico carmesí. A estos los llaman gritones, porque al ver que por allí pasa alguna gente, empiezan a gritar con una bulla grande, y gritan hasta que otros de más allá les responden; y los segundos gritan hasta que otros de más allá les responden, y así van unos a otros avisando que entra o sale gente. Los indios tienen esto observado, y así al oír gritar estos pájaros en todo el Putumayo y en estos cinco pueblos del monte, observan si las voces de estos pájaros van siguiendo de arriba para abajo, o de abajo para arriba; y así saben que hay gente o que viene de arriba para abajo, o que de abajo va para arriba. Y en un solo día se pasa esta noticia sobre 800 leguas. En Santa Rosa nos dieron esta noticia, y yo lo dudaba mucho; pero al primer día de camino, a la media legua ya lo vi por experiencia. Y como los indios saben las jornadas que hay, sacan la cuenta: tal día llegará aquí en poca diferencia; y como tienen de ello tanta experiencia, no les sale fallido su discurso. Ello parece cosa de brujería; pero no es sino un instinto natural que Dios dio a estos pájaros. Los Padres de adentro, al oír los gritones lo notaron, y cuando llegamos nos dijeron el día que habíamos salido de Santa Rosa, y fue muy verdad. Y así el primer día a la noche nos dijo un indio ladino de nuestra lengua: Padre, ya a esta hora saben en todos los pueblos que ustedes van allá, porque ya de antemano se sabía que nosotros estábamos en Santa Rosa, prontos para entrar adentro.

Lo segundo que noté fue que llegamos a una serranía, y toda la tierra estaba tan relumbrosa, que me paré varias veces admirando; y como ya teníamos noticia que había muchos minerales de oro, viendo que las lentejuelitas parecían oro, y tanta abundancia que había más que tierra, decía yo: Si esto es oro, esto es mucha riqueza. Tanto me picó la especie hasta que cogí varios puñados, y conocí con el poco peso que no era oro sino oropel. Vi también en todo el camino muchas palmas de las que dan la cera, y por lo blanco del tronco se hacen reparar entre las demás. Lo tercero vi unas mariposas que tienen alas del tamaño de una mano de hombre. De éstas hay de dos especies: las unas son de color azul celeste plateado, con el color tan fino, que arrastra la vista tras de sí; las otras son de color atabacado con varias labores y pintas blancas y pajizas. Unas y otras son muy hermosas, y por lo grande se hacen reparar aunque no hay muchas.

Mas en la margen de las quebradas hay muchísimas otras del tamaño de las de España. Hay tantas amontonadas, que es preciso pisarlas. Su pinta regular es blanco y carmesí; y hay otra especie un poco más grandecitas, que al canto trasero de las alas forman un triángulo de otra alita que las hermosea mucho. Su pinta es de púrpura oscura con muchas labores verdes. Hay también en toda esta serranía unos pájaros del tamaño de un tordo. El de color negro con pintas blancas, amarillas y carmesíes. Su cantar es echar un silbo perfecto; pero en aquella soledad se oirá, por lo recio que silba, de 2 a 3 leguas.

A las primeras jornadas los indios cazaron unos monos con la cerbatana. Al llegar a tambo lo que hacen es: clavan una vara en el suelo, y allí lo cuelgan de la punta y lo empajan de hojarasca seca y le echan candela para chamuscarlo y pelarlo. Queda el mono con las manos tiesas, chamuscado, enseñando los dientes; y con el rabo, propiamente un demonio. Yo cuando los vi así dije a los compañeros: Padres, si un predicador en un sermón de misión sacaba así un mono, no se había de quedar alma en la iglesia. Aquí nos confirmamos todos antes de morir de hambre, que comer semejante bicho. Después de chamuscado lo lavan y lo destripan; y el modo de guisarlo es: hacer pedazos y untarles bastante ají, y envolverlos en hojas de achira, y en una garipa o barbacoa asarlos sin sal; que esta gente no come sal ni la han visto jamás; sólo la que usan los Padres conversores. En toda esta serranía hay muchos paujíes, pavas, caramanas, guacamayas, loros y catarnicas, como noté en el río de la Magdalena.

Hay también muchísimas culebras, y todas venenosas. Hay muchos tigres, y de estos hay de dos especies: los unos son como los que dejo apuntando en Mompós; los otros se llaman tigre hormiguero. Es como un galgo con las pintas de tigre. No hace daño alguno; tiene la boca muy larga y se mantiene de comer hormigas. Agáchase él en los hormigueros y saca media vara de lengua: se le pegan a ella las hormigas, que hay muchísimas, y él entonces se las engulle, y vuelve a sacar la lengua para más; y así siempre vive él en los hormigueros, que hay de tan grandes, que a veces se camina más de 100 pasos por encima del hormiguero todo. Hay también muchos osos, y estos son muy bravos y dañinos, como contaré adelante. Hay dantas como noté en el río de la Magdalena, Cáp. III; hay tortugas de monte, que allá llaman morrocoyes; hay armadillos. El armadillo es un animal vestido de conchitas más finas que el carey. Su pinta es negra y amarilla color de oro, y todas las conchitas, que son de medio dedo de ancho y de largo todo lo que tiene de ancho su cuerpo, y están entre sí trabadas unas con otras con una telita nerviosa, de suerte que todas forman una sola concha.

Su figura es la de una cítara corcovada sin cabo, puesta bocabajo. En el remate tiene la cabeza en forma de tortuga, y tiene también cuatro patas como ella; pero abajo no tiene concha sino tela. Es muy rica comida, y en algunos pueblos de afuera arman con la concha, poniéndole tapa y cabo, citaras muy hermosas.

Hay también ratones de los que dejo anotados, Cáp. III, tan grandes como cabritos. Hay unos árboles por estas serranías, que todos los años largan la cáscara y crían de nuevo. Se hace él muy alto, sin rama alguna. Arriba cría su copa muy frondosa con unas hojas como la palma de la mano; pero todas dobladas por en medio, que forman unas bolsitas, y estos son los nidos de unas hormigas que hay muy coloradas, y tan malas que su picadura dura su dolor 24 horas como la picadura del alacrán. No hay medio de que ningún indio, por más que se lo manden, que quiera ir a cortar uno de estos árboles, que los llaman guayabo cimarrón; porque al primer hachazo o machetazo que se da al tronco, se le caen una partida de ellas, y con los piquetes que dan, lo harán huir más que de prisa, como me sucedió a mí, que sin saberlo, fui a cortar uno. Yo no le di más que tres golpes, y al tercero ya me hubieron dado bastante picotazo en el cuello con tal dolor, que fue preciso arrojar a toda prisa capilla y hábito, si no me matan; y sin embargo de haberme aplicado al instante tabaco mascado, me duró 24 horas el dolor, que parecía estar todo mi cuerpo envenenado.

Hay también en toda esta serranía muchas aguadijas de las que noté Cáp. V. Hay también de todas las especies de palmas que noté en el río de la Magdalena, y otra especie más que es una palma muy grande, y da unos cocos tamaños como el puño, y en las hojas tiene espinas, y al pie de cada hoja hace una tela muy tupida, de una vara de largo, así como las que cría acá el palmito. Este es el árbol del cual dicen varios autores que da todo lo necesario para pasar la vida una criatura porque de estas telas se puede vestir; con las espinas, taladrándoles el cabo, tiene agujas para coser el vestido; de la misma tela puede sacar hilo; con su fruto tiene para comer, y con la agua que dentro tienen los cocos tiene para beber, y así con sólo este árbol tiene todo lo necesario para pasar la vida. Allá sólo sirven estas telas para hacer de ellas escobas. Y fuera en los poblados las estiman mucho.

En estas cuatro primeras jornadas que hay de Santa Rosa hasta Pueblo Viejo vi en especial dos cosas raras. La una es que hay unos árboles llamados sandil, que sin ser resinoso, recién cortado, así el tronco como la rama, aplicados a la candela arden tan presto, como pudieran las ramas y tronco del pino seco de mucho tiempo. Y las varas del sandil sirven de noche para alumbrar mejor que una vela. Lo que hacen los indios es: cortan una vara de 2 o 3 varas de largo, y le dan un golpe contra el suelo, y con esto toda la vara queda hecha rajas de arriba abajo. Desgajan estas rajas y prenden una a la candela por un cabo, y arde al instante como una vela. Clávanla en el suelo y ya tienen luz para un par de horas. Y con sola una vara del grueso de una muñeca, remudando rajas, tienen para alumbrarse toda la noche. Esta es una muy buena providencia, ya para la seguridad contra las fieras, que en viendo, candela o luz, no se atreven a embestir ni acometer, antes huyen medrosas. Y por otra parte, como por allí jamás hay leña seca, porque toda está húmeda, y chorreando agua, fuera difícil armar candela. Y con el sandil, más que lo corten mojado, al instante arde.

La otra es que hay una especie de bejucos, que como los demás se suben enlazados a las copas de los árboles, y de arriba vuelven a bajar desde las ramas por el aire, hasta cerca del suelo cual más y cual menos, y en la punta cogollan unos ramales de canelones formando propiamente unas disciplinas. Esta; pues, especie que digo, todos estos canelones crían una resma blanca muy pegajosa, tanto que parecen un ramal de velas. Y así es, porque en tomando un canelón de estos, y aplicarlo a la candela, al instante arde como una vela de cera, y con sólo uno tiene luz para una hora. Sólo lo que tiene es que como dentro tiene el bejuco verde, chispea continuamente, y estas chispas que saltan, como son gotas de resma, si dan en la carne descubierta levantan ampolla.

Hay también en todo este monte de Santa Rosa para dentro mucha variedad de flores con los colores exquisitos; pero muy rara la que despide fragancia. Yo no sé sus nombres, porque como hay tanta muchedumbre, los nombres que de algunas aprendí se me han olvidado. Tampoco puedo decir cómo son, porque su hechura es totalmente distinta de las flores que hay en la Europa. Yo sí me acuerdo haber visto acá algunas pintadas, y me hacía cuenta que el pintor lo había pintado sólo por su querer o imaginativa; pero allá vi que follaje y flores tales se hallan.

Hay también otra especie de bejucos, que si una persona va y al agarrarlo inmediatamente tira de él, lo rompe con mucha facilidad, y del trozo que quedó colgado, de dentro del corazón, empieza a chorrear un chorrito de agua, que se pueden recoger dos o 3 cuartillos, conforme fuese el bejuco grande o chico; ella clara y fresca y muy buena bebida; pero si al coger el bejuco no tira de él luego, después por más que tire no lo romperá ni la fuerza de un gigante. Y si con cuchillo lo corta no le dará ni una gota de agua, antes está dentro del todo seco. Como sea esto o no sea creo yo que sólo Dios sabe este secreto de la naturaleza. Pero ello es cierto, y allí diariamente hicimos muchísimas experiencias.

Llegamos por fin a Pueblo Viejo, el cual está en un llano. Antes de llegar hay un río de unas 15 o 20 varas de ancho, y lleva media vara de agua. El pueblo tendrá 10 o 12 familias de indios, pero van medio vestidos, esto es, de la cintura para abajo hombres y mujeres. Es tierra muy fértil y abundante de plátanos, maíz y yucas. Hay tradición que antes de la Conquista fue pueblo muy grande, y en él vivían muchos de los principales indios de por aquellas tierras. Nos dijeron que todavía había vestigios de la antigua población. Yo lo quise ver, y como aquí nos cogía Pascua de Navidad, estuvimos parados hasta el día de los Santos Inocentes. Fui pues con algunos indios, y a cosa de 500 pasos del pueblo vi varios pedazos de paredes antiguas de bastante grueso. De otras se ven todavía cimientos de una vara de alto, ya más y ya menos; y por las ringleras se conoce que formaban calles de bastante largo y ancho y se conoce que aquellas piedras fueron labradas. Él como solo Dios lo sabe, porque los indios antiguos, antes de la Conquista, no tenían instrumentos de fierro. Yo, según vi, formé concepto que había sido pueblo grande aquella antigüedad.

El día de Navidad pregunté al alcalde, que hablaba español, por la guayusa. Él me dijo que había muchísima, y que si yo quería me mandaría traer, porque estaba monte adentro, algo retirado del pueblo. Yo dije que quería ir allá, y que quería ver los árboles guayusos. Él decía que yo no podría ir, que el monte tenía mucha maleza. Yo tanto porfié, que por fin me señaló 3 indios cada uno con su machete, que es un tajante de a 3 cuartas que por todo el Perú se usa para rozar el monte. Nos llevamos dos saparos o canastos, y ellos por delante iban abriendo trocha, y yo también con otro machete hacía lo que podía. Así entramos monte adentro como un cuarto de legua. Llegamos al guayusal, que está en un llano. Es el guayuso el árbol mas hermoso y frondoso de cuantos yo he visto. Se hace de bastante grueso, tanto que había tronco que tres hombres no lo abarcarían, y en proporción de alto, muy coposo. El color del tronco es ceniciento como la hoja del álamo. La hoja de un verde apacible y deleitoso; tanto que al ver yo aquella frondosidad, di por bien empleado el trabajo del camino.

Yo al primero que llegué tome unas hojas y las fui a mascar, a ver qué sabor tiene, y hallé que era un sabor muy gustoso, parecido algo al té, pero muy más fino y apetecible. Como vi que había tantos retoños por la tierra, al tiempo que los indios llenaban los saparos de hojas, yo volvime atrás, que había guaduas, y corté 6 cañutos, y con el machete saqué 18 retoños con su raíz, y metí 3 en cada cañuto, y les puse tierra del mismo puesto, y me los llevé para dentro, y en los pueblos del Putumayo fui sembrando en cada pueblo 3 guayusos, y todos prendieron, y a los 3 años ya daban bastante hoja. Con este arbitrio todos los Padres quedaron surtidos de guayusa para su gasto.

Partimos de Pueblo Viejo el quinto día, y en esta primera jornada fuimos a dar a un río grande llamado el río de Pueblo Viejo. Este se pasa con canoa. El trabajo esta para bajar a él, porque es preciso bajar por un tajo de peña que tendrá 20 varas. Y para ello a pico han hecho en la peña unos hoyitos donde sólo cabe la punta del pie, y agarrando con las manos con bejucos en lugar de cuerda, bajan uno a uno, haciendo actos de contrición. Porque abajo es una peña que si uno cae, se atortillará por lo menos. Esta peña recibe la mayor parte de la avenida del río que viene con bastante corriente; ella hace a la parte de arriba un recodo, y cuando despide la agua que recibe, al incorporarse con la corriente, hace un remolino, que rueda el agua tan aprisa como la piedra voladora de un molino. En medio forma un agujero, y por él atrae a sí con mucha violencia todo lo que va sobreaguado, y el palo que allí cae sale más abajo hecho harina. Esta noticia me ha parecido anticipar para lo que contaré que a mi me sucedió, cuando venga su ocasión.

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