Había también en Santa Rosa unas vacas que tenían ya grandecitos
los becerros, y una noche los encorralaron para que por la mañana
tuviésemos leche. Vino la mañana y se ordeñaron y se coció la
leche. Fuimos a la cocina, y cada uno tomó su pilche de leche.
Estando bebiendo vi que la cocinera echó un no sé qué atado con un
hilo dentro de la olla en que estaba la leche hervida que había
quedado. A breve rato lo sacó y lo fue a colgar de un palo. Yo
dificulté que podía ser aquello, y le pregunté qué era. Y me
respondió que era el cuajo, con que se cuajaba la leche. Y en
realidad que al instante trastornó el suero en un mate y lo dio a
los perros, y sacó en otro el requesón. Yo dificulté más qué cosa
sería aquel cuajo, y me dijo que era aquella tela que tiene la
molleja de la gallina, que es donde hace la digestión, lo cual se
le quita para comer la molleja; y como por allá no hay cardo, ni
higuera, que es por lo que por acá se usa, allá han topado este
secreto natural para cuajar la leche y es tan efectivo como digo.
En otras partes la cuajan con un poco de suero ya acedo, y este
modo allá es más regular.
Al cabo pues de 47 días vino el Padre Presidente llamado el
Padre Fr. José Barrutieta, y traía una partida de indios de adentro
que lo acompañaban, llevando cada uno su carguita con su cocave.
Cocave llaman la provisión que llevan para comer, que se reducía a
plátanos, yucas, sirces, que es otra raíz semejante a la yuca en la
hechura, pero con el sabor distinto, y algunos trozos de mono
asado. Esto lo traen en saparos. Saparo llaman unos canastos que
hacen de bejucos, y los forran con hojas de achira, atadas con
cintas de majagua. Nosotros hasta entonces no habíamos visto indios
bárbaros, y nos cayó en gracia su vista. Venían ellos desnudos del
todo con la melena tendida. Y advierto que los indios crían mucho
cabello, y éste muy grueso y cerduno. Ellos jamás se lo cortan, y
la mayor afrenta que se les puede hacer para castigarlos es
cortarles la melena. Tanto lo sienten que el así afrentado se irá
al monte y no saldrá de allí hasta que haya criado
pelo.
Tampoco por más que vivan, jamás crían canas. Ellos no crían
barba. Esto es general entre todos los indios, y aún los criollos
mestizos hasta la tercera o cuarta generación no crían barba ni
pelo fino, y aún con esto muchos son lampiños. Mas los indios
bárbaros de nuestra misión se repelan las cejas cada vez que les
nace en ellas algún pelito. Estos pues venían con su saparo a las
espaldas sostenido de la frente y de los hombros con 3 cintas de
majagua, y los canastos tapados con hojas de achira. Cada uno de
ellos llevaba uno o 2 dardos en la mano, defensa contra las fieras.
Algunos de ellos traían su cerbatana o bodoquera. Es un instrumento
que usan para cazar ya los pájaros, ya los monos también. Éste lo
fabrican de dos pedazos de chonta de a 2 dedos de ancho. Ábrenle en
cada uno una canal perfectamente redonda de arriba hasta abajo.
Redondean después las espaldas y esquinas de mayor a menor juntan
después un pedazo con otro y lo fajan muy apretado con cinta de
majagua, y sobre ello le embetunan y queda como un cañón de
escopeta, salvo que es dos veces más largo. A la punta delgada le
ponen su mira como las escopetas, y al otro cabo remata como la
boca de una bocina marina. En todo el Perú es este instrumento muy
común; y como desde muchachos aprenden a tirar con ella, se hacen
muy prácticos.
Estando en Honda vi unos muchachos que en el claustro se
ensayaban a tirar con la cerbatana. Lo que tiraban eran unas
bolitas de barro como una cuenta de rosario. Esta se pone dentro de
la cerbatana y se despide con un soplo de la boca y sale con tanta
violencia, que si tira con ella a una tórtola la derriban. Vi pues
que a una esquina del claustro ponían dos bolitas de estas de
barro, una encima de la otra, y tiraban del otro cantón del
claustro que tendrá sobre 30 varas de distancia. Y la gracia de
hacer buen tiro era tirar a la bolita de encima, y llevársela
limpia, sin tocar la de abajo. Y entre estos muchachos había de tan
prácticos, que no erraban tiro. Esto lo vi varias veces con mis
ojos, y de no haberlo visto, pondría dificultad en creerlo. Con una
escopeta con bala no es capaz un buen tirador de acertar un tiro
semejante.
Pero yo he visto varias veces así muchachos ir por los pueblos
cazando tórtolas con la cerbatana, y tirarles a la cabeza, y
acertar siempre. Y la cabeza queda del tiro con los sesos todos
reventados. Y ya que he hablado de las tórtolas digo que en todo el
Perú hay 4 especies de ellas. Las mayores son como las de España;
las otras tres van en disminución, tanto que las más chicas son
algo menores que un gorrión. Unas y otras abundan más en tierra
fría y templada que en tierra caliente. Y si es paraje en donde
haya capulíes, que es una fruta de que hablaré adelante, allí
abundan con muchísima copia.
Los indios de nuestra misión con la cerbatana tiran flechas con
veneno. El veneno lo fabrican ellos del jugo de varios bejucos, que
ellos conocen proporcionados para ello, Y afuera se vende a 4
patacones o pesos duros la onza. Este jugo lo van ellos cociendo
hasta que toma punto para ello, y queda a modo de la pez derretida
en color y espeso. Las flechas las fabrican de la corteza de la
caña brava que es muy dura. Es a modo de un moldecito de tejer
medias. En la punta le mojan un poco del veneno, y al calor de la
candela lo resecan. Estas flechas las llevan ellos ya por los
caminos envenenadas dentro de un cañuto de aquellas cañas que dejo
apuntado ya, que revientan como una escopeta puestas a la candela,
y de que usan ellos en sus fiestas. Esto lo traen ellos colgado al
cuello; traen también colgada su olletica de veneno; traen también
en un canastito, como media cáscara de huevo, barro y en otro
semejante algodón, y en otro colgado traen la quijada de un
pescado, que forma con los dientecitos una sierra muy
sutil.
Para disparar pues la flecha lo que hacen es: toman la flecha y
en la mitad le ponen un poco de barro. Sobre el barro le enlazan
algodón flojo, y con la sierrecita le van aserrando la puntita
donde tiene el veneno, y la dejan ya casi para caer. Métenla así
dentro de la cerbatana; apuntan al pájaro o al mono, y con un soplo
la despiden. Sale ella con tal violencia como una bala de una
escopeta, y da un tiro tan largo como una escopeta tira la
munición. Con la violencia con que va clava la punta, y con el peso
del barro y algodón rómpese por la punta, y queda la punta clavada.
Si llega a tocar en la sangre ya no tiene remedio; sea pájaro o sea
mono o sea lo que fuere, dentro de un Avemaría cae muerto sin
ningún movimiento ya. Tan activo como esto es aquel veneno. Su
contra sólo es el agua, y ésta ha de ser tan de pronto como digo. Y
sin embargo que la carne queda envenenada, con todo, en cociéndola,
se le quita lo venenoso y no hace daño al que la come. Yo la he
comido muchísimas veces, y así la comen todos los que están allá, y
no daña. Y en el pueblo de La Concepción de que luego hablaré,
comiendo una noche una ala de una pava, me hube de encontrar
mascando en la boca la punta de la flecha con que la mataron. Yo a
la que se reconoció que era la punta de la flecha, tuve bastante
susto; pero Fr. José Carvo me dijo que no tuviese cuidado, que no
tendría novedad alguna, y así fue.
Venían pues estos indios pintados de achote. Pintura fresca.
Porque es estilo entre ellos, que un rato antes de llegar a algún
pueblo se lavan y después se pintan de achote todo el cuerpo, y
para ello siempre traen prevenido achote, cuando van de camino. Su
pintura regular es: con el dedo índice mojado en achote se hacen
una raya en la frente alrededor del pelo, otra arqueada sobre las
cejas; una X grande en cada mejilla, y otra todo alrededor de la
barba. Después se rayan todo el cuerpo con varias rayas. Y para
ello les sirve de espejo en unos platitos goma derretida y cuajada.
Las espaldas se pintan unos a otros entre sí, marido y mujer. Y así
pintado el cuerpo se van salpicando una especie de algodoncillo que
se cría en el cogollo de las palmas, que es como el que en España
se cría también en lo tierno de los palmitos. Mas los labios y los
dientes se los pintan de negro de esta suerte: Hay por allí con
mucha abundancia unos árboles que dan a la hoja semejante a la del
algarrobo. Toman una de ellas y le ponen un poco de ceniza, y con
saliva la enlodan y con esta hoja así se refriegan los labios y los
dientes, y dentro de un Avemaría quedan negros, que ni con tinta se
pusieran tales.
Ver pues así pintados una partida de estos indios con la melena
esparcida, y armados con los dardos en la mano, es propiamente ver
una partida de demonios. Y más en empezando ellos su murmureo de su
lengua, cuyo sonido y silabas son muy desentonadas, para uno
mayormente si no entiende aquella lengua; y el oír que muchas
sílabas unas las pronuncian con la nariz, otras con gemidos y
varios gestos; otras con sustos y ademanes de manos, hablando todos
ellos muy aprisa. Es cierto que el que está sin temor seguro es
cosa de grande admiración y risa; pero ya puesto uno adentro y solo
entre ellos, es cosa para asustar al más intrépido corazón. Ellos
hablaban la lengua general, que llaman lengua linga, que de cuantas
allí hay es entre todas la más común y usada. El modo de lavarse el
cuerpo es: Hay dentro en el río Putumayo con mucha abundancia unos
árboles que dan la hoja semejante a la del naranjo, pero muy
delgada. Toman un puñado de estas hojas, y con agua las van
estrujando dentro de las manos, y refregándolas un poco, hace mucha
espuma, como si fuera jabón. Con esto se lavan el cuerpo y queda
tan lustroso como si fuera barniz. Tanto que como en un espejo se
ve uno contrapuesto a un indio así lavado. La primera vez que yo lo
vi por experiencia, dije entre mí: Si esta hoja se llevara a
España, las mujeres habían de vender el reboso, si no tenían con
qué comprarla. Y fuera así, que con una partida de cargas de esta
hoja se podría hacer un hombre rico.
El otro día de venido el Presidente vi que en el patio tiraron
de parte a parte unos volantines, y en ellos fueron colgando unos
atados de hojas de árbol. Yo fui a la cocina y pregunte para qué
habían hecho aquello. Y me dijo una mujer: Padre, esto es guayusa.
Esta hierba toma el Padre Presidente cocida mañana y tarde. Y para
que se seque la habemos puesto colgada al sol. Yo dije que la
quería probar. Me dijo que a la tarde me darían. Ya vino la tarde y
me trujeron en un mate. Lo probé, y como le habían ya puesto dulce,
aunque me supo muy bien, no tomé más de un sorbo, y dije: Yo no la
quiero así con dulce, sino solo el caldo, para ver qué gusto tenía
por sí. Luego me trujeron y tomé una taza llena. Ella da un jugo
color de miel denegrida, y cinco hojas dan una chocolatera llena de
agua de su jugo. Su sabor es parecido al té, pero muy más fino y
sabroso. Yo al tiempo que la tomaba, empecé a sudar y a desflemar,
que fue preciso mudarme la túnica, y dentro de media hora arrojaría
una taza grande de flema por el esputo. Las dos cualidades me
parecieron muy bien. Fui al Padre Presidente, y le pregunté sobre
el particular, y me dijo que su bebida era contra todo gállico; que
reprimía la fogosidad de la sangre y le quitaba la grosura y
pesadez; que daba digestión al estómago y hartura al apetito,
porque en tomando por la mañana un poco, ya no se siente hambre
hasta después de mediodía; que robustecía mucho el cuerpo y le
sacaba por sudor y flema todo mal humor. Todas estas buenas
cualidades son ciertas, y yo las tengo experimentadas muchas veces.
Me dijo también que fecundaba a las mujeres tomando con miel; y si
es la de una abeja que allá llaman apaté, infaliblemente, si es
casada, al instante quedará preñada. Esta cualidad es cosa muy
sabida y experimentada en Quito y tierra arriba, y los Padres
jesuitas sacaban de ella, de su misión, y se vendía en Quito a
cinco hojas por medio real.
Yo le pregunté en dónde había de ello, y me dijo: adentro en el
pueblo de La Concepción, Fr. José Carvo tiene un árbol ya grande;
pero en Pueblo Viejo, que es el primero que han de pasar, y dista
de aquí cuatro días, aquí hay un monte de más de una legua todo de
guayusos. Yo al instante escribí el nombre del pueblo y el nombre
del árbol, por no descuidarme, y llevarme de ello prevención para
adentro a mi destino. En estos días también una tarde el lego Fr.
Juan de la Cruz vino con dos mocitos cargados, y entre los 3
traerían 5 o 6 arrobas de cera blanca como la nieve. Él nos dijo:
Padres, esta cera es cera de palma. Es el caso que en aquellos
montes se crían unas palmas muy altas y el tronco muy regular, poco
más que el cuerpo de un hombre. Por sí le caen anualmente hojas, y
queda siempre con el tronco liso. De todos los poros va sudando
cera blanca, y con los años llega a tener dos dedos de cera todo el
tronco, que una palma sola tiene 5 o 6 arrobas. Allá lo que hacen
para coger la cera es: cortan la palma. Si las hubiera por acá no
las cortaran. Porque allá aunque tiene su término de sudar esta
cera, que es hasta cosa de dos dedos en todo el tronco, y llegando
allí, cesa de sudar más por años que pasen. Pero quitándole la cera
o en todo o en parte del tronco, luego por lo raspado va vuelta
sudando más cera. Y por esto digo que por acá no las cortaran, sino
que les rasparan la cera, dejando en pie la palma para que volviese
a dar más. Pero allí, como en aquellos montes hay muchas, y hay
pocos que lo busquen, las cortan por el pie, y después en el suelo
le raspan la cera.
Esta cera tiene una cualidad rara y es que en clima caliente,
por más que esté a la sombra, jamás se oscurece, y así, si de ella
se fabrican velas, al instante se tuercen. Pero las mismas velas
llevadas a clima de tierra templada o fría, al instante se
endurecen, pero jamás se ponen vidriosas. En Santa Rosa es clima
caliente y para uso de hacer velas de esta cera han hallado modo
para que se endurezcan, y es: mixtúranle cuando la derriten para
fabricar las velas un poco de cebo, y así salen unas velas muy
primorosas y buenas, y de ellas se usa para la capilla y para las
misas.
Partimos por fin al cabo de cinco días de haber venido el Padre
Presidente de Santa Rosa, y allí se quedó con él uno de nosotros,
que se llamaba el Padre Fr. Jacinto Alonso, que era del convento de
la Aguilera. El Padre Presidente a todos los demás nos señaló
destino, excepto a mí, y me dijo que al llegar al pueblo de La
Concepción Fr. José Carvo me daría destino, y que para ello le
escribía una carta. De Santa Rosa para adelante no pueden entrar
bestias, porque es todo tierra muy doblada, y tan áspera, que todo
lo dicho hasta aquí es nada a competencia de lo que queda hasta el
embarcadero del río Putumayo, para donde íbamos encaminados. Yo
cuando vi la escabrosidad de aquella serranía solía decir a los
compañeros:Padres, aquí habemos de estar muy bien, libres
de tentaciones y sugestiones del demonio, porque él a trueque de no
pasar este camino, dejará de venir a tentarnos.
De Santa Rosa para adelante hay un cuarto de legua de llano,
pero está hecho todo un barrial que nos atascábamos hasta la
rodilla. De ahí empieza serranía, y como no hay camino, es menester
seguir y no perder de vista a los indios que nos guiaban, que son
baqueanos. Baqueano llaman a uno que conozca por el rastro que no
va desviado, porque conoce la tierra. Ellos como se han criado en
el monte, tienen sus señas para no perderse. Ellos al mismo tiempo
son como las cabras monteses, que por cualquier barranco enderezan
y como era preciso seguir sus huellas, era preciso subir y bajar
como pudieres. Por otra parte se crían por allá unas matas que
llaman cortadera, porque son cada una, una máquina de penquitas de
una vara y media de largo, del ancho del dedo mínimo, de mayor a
menor y rematan en una pulla como la pita, y los dos lados de cada
una están guarnecidos de espinas. Muchas veces era preciso para no
caer, o fuera bajando o subiendo, agarrarse con las pencas de estas
matas, en que era preciso espinarse toda la mano, y de no agarrar
duro, corta como una navaja bien afilada, y por esto la llaman
cortadera. Yo fui el que escapó mejor de esta hierba, porque en el
Pongo me reservé los botines de ir a caballo, que eran de barragán.
Los demás iban calzados y con medias, pero la cortadera les
destrozó las medias y las piernas. Yo sólo me lastimé las
manos.
En estas 4 jornadas que hay desde Santa Rosa a Pueblo Viejo, hay
en cada jornada su tambo para pasar la noche. En todo el camino
hasta llegar al río Putumayo, el régimen que tuvimos fue: Por la
mañana a punta del día se almorzaba tasajo cocido y bizcochos; y
para ello se hizo prevención en Santa Rosa, que nos bizcocharan el
pan, porque fresco no puede durar, porque como es clima caliente y
húmedo, dentro de 24 horas se mocosea. Este pan bizcochado iba con
alguna escasez, porque como todo cuanto llevábamos iba cargado a
espalda de indio, sólo se lleva lo preciso; y como el camino a que
íbamos era largo, era preciso comer poco bizcocho para que nos
alcanzara. Traíamos también provisión de yucas y camotes. Y esto de
raíces, que es lo que comúnmente se come allá, se lleva sólo la
provisión para llegar al pueblo que se sigue, y de cada pueblo se
vuelve a sacar nueva providencia: que este es el fin de mantener
estos cinco pueblos que hay desde el Pongo a Caquetá, para que los
Padres e indios que trafican este camino, en cada pueblo hallen
providencia de víveres para pasar atrás o adelante, que de otra
suerte haber de cargar víveres para todo el camino fuera muy más
molesto.
En Santa Rosa nos advirtieron que los indios que llevaban el
bizcocho y la carne jamás los perdiéramos de vista; porque de otra
suerte se los comerían ellos en el camino. Y en apoyo de ello nos
contaron que en años anteriores como es costumbre todos los años
mandar de todos los pueblos del río algunos indios con los
cajoncitos de los pomitos de los santos óleos del bautismo y
extremaunción a Almaguer, para traerlos nuevos, un año los indios
que venían con ellos como son tan curiosos en registrarlo todo,
registraron los pomitos, y dijeron: pues esto es manteca. Pues los
Padres comen sus guisos con manteca; pues vamos nosotros comiendo
también con esta manteca. Y se comieron todos los santos óleos. Con
esta advertencia no los perdíamos de vista, y en esto no pudieron
ellos hacernos fraude. Después de almorzar partíamos y caminábamos
todo el día hasta las 4 de la tarde, que llegabase al
tambo.
Como todo es monte y de continuo llueve los más de los días
llegábamos que el pellejo hacía la división. Y aunque no llueva, el
rocío que cae de los árboles, al salir de la ranchería, antes de un
cuarto de legua, ya estábamos mojados. Fue preciso por la poca
provisión que teníamos de ropa para remudar, al llegar al tambo
quitarnos la ropa mojada y ponernos seca; y al otro día partir,
quitarnos lo seco y guardarlo y vestirnos de lo mojado para andar
el camino. Y como iba tan robusto, por la mañana tomaba el indio
que me traía la ropa seca y la cama, y apretaba con él el camino, y
siempre llegaba al tambo un par de horas antes que los otros. Las
cargas llegaban todo seco, porque lo atapan con hojas de achira.
Cuando llegaba al tambo llegaba rabiando de hambre; pero que los
indios en cada ranchería habían dejado para la vuelta plátanos
escondidos, o colgados dentro del tambo. Y los hallaba ya maduros y
pegaba con ellos con mucha gana.
En estos cuatro días de camino las cosas raras que noté fueron:
La primera, de trecho a trecho hay unos pájaros del tamaño de un
cuervo, negros con algunas plumas blancas en las alas, y el pico
carmesí. A estos los llaman gritones, porque al ver que por allí
pasa alguna gente, empiezan a gritar con una bulla grande, y gritan
hasta que otros de más allá les responden; y los segundos gritan
hasta que otros de más allá les responden, y así van unos a otros
avisando que entra o sale gente. Los indios tienen esto observado,
y así al oír gritar estos pájaros en todo el Putumayo y en estos
cinco pueblos del monte, observan si las voces de estos pájaros van
siguiendo de arriba para abajo, o de abajo para arriba; y así saben
que hay gente o que viene de arriba para abajo, o que de abajo va
para arriba. Y en un solo día se pasa esta noticia sobre 800
leguas. En Santa Rosa nos dieron esta noticia, y yo lo dudaba
mucho; pero al primer día de camino, a la media legua ya lo vi por
experiencia. Y como los indios saben las jornadas que hay, sacan la
cuenta: tal día llegará aquí en poca diferencia; y como tienen de
ello tanta experiencia, no les sale fallido su discurso. Ello
parece cosa de brujería; pero no es sino un instinto natural que
Dios dio a estos pájaros. Los Padres de adentro, al oír los
gritones lo notaron, y cuando llegamos nos dijeron el día que
habíamos salido de Santa Rosa, y fue muy verdad. Y así el primer
día a la noche nos dijo un indio ladino de nuestra lengua: Padre,
ya a esta hora saben en todos los pueblos que ustedes van allá,
porque ya de antemano se sabía que nosotros estábamos en Santa
Rosa, prontos para entrar adentro.
Lo segundo que noté fue que llegamos a una serranía, y toda la
tierra estaba tan relumbrosa, que me paré varias veces admirando; y
como ya teníamos noticia que había muchos minerales de oro, viendo
que las lentejuelitas parecían oro, y tanta abundancia que había
más que tierra, decía yo: Si esto es oro, esto es mucha riqueza.
Tanto me picó la especie hasta que cogí varios puñados, y conocí
con el poco peso que no era oro sino oropel. Vi también en todo el
camino muchas palmas de las que dan la cera, y por lo blanco del
tronco se hacen reparar entre las demás. Lo tercero vi unas
mariposas que tienen alas del tamaño de una mano de hombre. De
éstas hay de dos especies: las unas son de color azul celeste
plateado, con el color tan fino, que arrastra la vista tras de sí;
las otras son de color atabacado con varias labores y pintas
blancas y pajizas. Unas y otras son muy hermosas, y por lo grande
se hacen reparar aunque no hay muchas.
Mas en la margen de las quebradas hay muchísimas otras del
tamaño de las de España. Hay tantas amontonadas, que es preciso
pisarlas. Su pinta regular es blanco y carmesí; y hay otra especie
un poco más grandecitas, que al canto trasero de las alas forman un
triángulo de otra alita que las hermosea mucho. Su pinta es de
púrpura oscura con muchas labores verdes. Hay también en toda esta
serranía unos pájaros del tamaño de un tordo. El de color negro con
pintas blancas, amarillas y carmesíes. Su cantar es echar un silbo
perfecto; pero en aquella soledad se oirá, por lo recio que silba,
de 2 a 3 leguas.
A las primeras jornadas los indios cazaron unos monos con la
cerbatana. Al llegar a tambo lo que hacen es: clavan una vara en el
suelo, y allí lo cuelgan de la punta y lo empajan de hojarasca seca
y le echan candela para chamuscarlo y pelarlo. Queda el mono con
las manos tiesas, chamuscado, enseñando los dientes; y con el rabo,
propiamente un demonio. Yo cuando los vi así dije a los compañeros:
Padres, si un predicador en un sermón de misión sacaba así un mono,
no se había de quedar alma en la iglesia. Aquí nos confirmamos
todos antes de morir de hambre, que comer semejante bicho. Después
de chamuscado lo lavan y lo destripan; y el modo de guisarlo es:
hacer pedazos y untarles bastante ají, y envolverlos en hojas de
achira, y en una garipa o barbacoa asarlos sin sal; que esta gente
no come sal ni la han visto jamás; sólo la que usan los Padres
conversores. En toda esta serranía hay muchos paujíes, pavas,
caramanas, guacamayas, loros y catarnicas, como noté en el río de
la Magdalena.
Hay también muchísimas culebras, y todas venenosas. Hay muchos
tigres, y de estos hay de dos especies: los unos son como los que
dejo apuntando en Mompós; los otros se llaman tigre hormiguero. Es
como un galgo con las pintas de tigre. No hace daño alguno; tiene
la boca muy larga y se mantiene de comer hormigas. Agáchase él en
los hormigueros y saca media vara de lengua: se le pegan a ella las
hormigas, que hay muchísimas, y él entonces se las engulle, y
vuelve a sacar la lengua para más; y así siempre vive él en los
hormigueros, que hay de tan grandes, que a veces se camina más de
100 pasos por encima del hormiguero todo. Hay también muchos osos,
y estos son muy bravos y dañinos, como contaré adelante. Hay dantas
como noté en el río de la Magdalena, Cáp. III; hay tortugas de
monte, que allá llaman morrocoyes; hay armadillos. El armadillo es
un animal vestido de conchitas más finas que el carey. Su pinta es
negra y amarilla color de oro, y todas las conchitas, que son de
medio dedo de ancho y de largo todo lo que tiene de ancho su
cuerpo, y están entre sí trabadas unas con otras con una telita
nerviosa, de suerte que todas forman una sola
concha.
Su figura es la de una cítara corcovada sin cabo, puesta
bocabajo. En el remate tiene la cabeza en forma de tortuga, y tiene
también cuatro patas como ella; pero abajo no tiene concha sino
tela. Es muy rica comida, y en algunos pueblos de afuera arman con
la concha, poniéndole tapa y cabo, citaras muy
hermosas.
Hay también ratones de los que dejo anotados, Cáp. III, tan
grandes como cabritos. Hay unos árboles por estas serranías, que
todos los años largan la cáscara y crían de nuevo. Se hace él muy
alto, sin rama alguna. Arriba cría su copa muy frondosa con unas
hojas como la palma de la mano; pero todas dobladas por en medio,
que forman unas bolsitas, y estos son los nidos de unas hormigas
que hay muy coloradas, y tan malas que su picadura dura su dolor 24
horas como la picadura del alacrán. No hay medio de que ningún
indio, por más que se lo manden, que quiera ir a cortar uno de
estos árboles, que los llaman guayabo cimarrón; porque al primer
hachazo o machetazo que se da al tronco, se le caen una partida de
ellas, y con los piquetes que dan, lo harán huir más que de prisa,
como me sucedió a mí, que sin saberlo, fui a cortar uno. Yo no le
di más que tres golpes, y al tercero ya me hubieron dado bastante
picotazo en el cuello con tal dolor, que fue preciso arrojar a toda
prisa capilla y hábito, si no me matan; y sin embargo de haberme
aplicado al instante tabaco mascado, me duró 24 horas el dolor, que
parecía estar todo mi cuerpo envenenado.
Hay también en toda esta serranía muchas aguadijas de las que
noté Cáp. V. Hay también de todas las especies de palmas que noté
en el río de la Magdalena, y otra especie más que es una palma muy
grande, y da unos cocos tamaños como el puño, y en las hojas tiene
espinas, y al pie de cada hoja hace una tela muy tupida, de una
vara de largo, así como las que cría acá el palmito. Este es el
árbol del cual dicen varios autores que da todo lo necesario para
pasar la vida una criatura porque de estas telas se puede vestir;
con las espinas, taladrándoles el cabo, tiene agujas para coser el
vestido; de la misma tela puede sacar hilo; con su fruto tiene para
comer, y con la agua que dentro tienen los cocos tiene para beber,
y así con sólo este árbol tiene todo lo necesario para pasar la
vida. Allá sólo sirven estas telas para hacer de ellas escobas. Y
fuera en los poblados las estiman mucho.
En estas cuatro primeras jornadas que hay de Santa Rosa hasta
Pueblo Viejo vi en especial dos cosas raras. La una es que hay unos
árboles llamados sandil, que sin ser resinoso, recién cortado, así
el tronco como la rama, aplicados a la candela arden tan presto,
como pudieran las ramas y tronco del pino seco de mucho tiempo. Y
las varas del sandil sirven de noche para alumbrar mejor que una
vela. Lo que hacen los indios es: cortan una vara de 2 o 3 varas de
largo, y le dan un golpe contra el suelo, y con esto toda la vara
queda hecha rajas de arriba abajo. Desgajan estas rajas y prenden
una a la candela por un cabo, y arde al instante como una vela.
Clávanla en el suelo y ya tienen luz para un par de horas. Y con
sola una vara del grueso de una muñeca, remudando rajas, tienen
para alumbrarse toda la noche. Esta es una muy buena providencia,
ya para la seguridad contra las fieras, que en viendo, candela o
luz, no se atreven a embestir ni acometer, antes huyen medrosas. Y
por otra parte, como por allí jamás hay leña seca, porque toda está
húmeda, y chorreando agua, fuera difícil armar candela. Y con el
sandil, más que lo corten mojado, al instante arde.
La otra es que hay una especie de bejucos, que como los demás se
suben enlazados a las copas de los árboles, y de arriba vuelven a
bajar desde las ramas por el aire, hasta cerca del suelo cual más y
cual menos, y en la punta cogollan unos ramales de canelones
formando propiamente unas disciplinas. Esta; pues, especie que
digo, todos estos canelones crían una resma blanca muy pegajosa,
tanto que parecen un ramal de velas. Y así es, porque en tomando un
canelón de estos, y aplicarlo a la candela, al instante arde como
una vela de cera, y con sólo uno tiene luz para una hora. Sólo lo
que tiene es que como dentro tiene el bejuco verde, chispea
continuamente, y estas chispas que saltan, como son gotas de resma,
si dan en la carne descubierta levantan ampolla.
Hay también en todo este monte de Santa Rosa para dentro mucha
variedad de flores con los colores exquisitos; pero muy rara la que
despide fragancia. Yo no sé sus nombres, porque como hay tanta
muchedumbre, los nombres que de algunas aprendí se me han olvidado.
Tampoco puedo decir cómo son, porque su hechura es totalmente
distinta de las flores que hay en la Europa. Yo sí me acuerdo haber
visto acá algunas pintadas, y me hacía cuenta que el pintor lo
había pintado sólo por su querer o imaginativa; pero allá vi que
follaje y flores tales se hallan.
Hay también otra especie de bejucos, que si una persona va y al
agarrarlo inmediatamente tira de él, lo rompe con mucha facilidad,
y del trozo que quedó colgado, de dentro del corazón, empieza a
chorrear un chorrito de agua, que se pueden recoger dos o 3
cuartillos, conforme fuese el bejuco grande o chico; ella clara y
fresca y muy buena bebida; pero si al coger el bejuco no tira de él
luego, después por más que tire no lo romperá ni la fuerza de un
gigante. Y si con cuchillo lo corta no le dará ni una gota de agua,
antes está dentro del todo seco. Como sea esto o no sea creo yo que
sólo Dios sabe este secreto de la naturaleza. Pero ello es cierto,
y allí diariamente hicimos muchísimas experiencias.
Llegamos por fin a Pueblo Viejo, el cual está en un llano. Antes
de llegar hay un río de unas 15 o 20 varas de ancho, y lleva media
vara de agua. El pueblo tendrá 10 o 12 familias de indios, pero van
medio vestidos, esto es, de la cintura para abajo hombres y
mujeres. Es tierra muy fértil y abundante de plátanos, maíz y
yucas. Hay tradición que antes de la Conquista fue pueblo muy
grande, y en él vivían muchos de los principales indios de por
aquellas tierras. Nos dijeron que todavía había vestigios de la
antigua población. Yo lo quise ver, y como aquí nos cogía Pascua de
Navidad, estuvimos parados hasta el día de los Santos Inocentes.
Fui pues con algunos indios, y a cosa de 500 pasos del pueblo vi
varios pedazos de paredes antiguas de bastante grueso. De otras se
ven todavía cimientos de una vara de alto, ya más y ya menos; y por
las ringleras se conoce que formaban calles de bastante largo y
ancho y se conoce que aquellas piedras fueron labradas. Él como
solo Dios lo sabe, porque los indios antiguos, antes de la
Conquista, no tenían instrumentos de fierro. Yo, según vi, formé
concepto que había sido pueblo grande aquella
antigüedad.
El día de Navidad pregunté al alcalde, que hablaba español, por
la guayusa. Él me dijo que había muchísima, y que si yo quería me
mandaría traer, porque estaba monte adentro, algo retirado del
pueblo. Yo dije que quería ir allá, y que quería ver los árboles
guayusos. Él decía que yo no podría ir, que el monte tenía mucha
maleza. Yo tanto porfié, que por fin me señaló 3 indios cada uno
con su machete, que es un tajante de a 3 cuartas que por todo el
Perú se usa para rozar el monte. Nos llevamos dos saparos o
canastos, y ellos por delante iban abriendo trocha, y yo también
con otro machete hacía lo que podía. Así entramos monte adentro
como un cuarto de legua. Llegamos al guayusal, que está en un
llano. Es el guayuso el árbol mas hermoso y frondoso de cuantos yo
he visto. Se hace de bastante grueso, tanto que había tronco que
tres hombres no lo abarcarían, y en proporción de alto, muy coposo.
El color del tronco es ceniciento como la hoja del álamo. La hoja
de un verde apacible y deleitoso; tanto que al ver yo aquella
frondosidad, di por bien empleado el trabajo del
camino.
Yo al primero que llegué tome unas hojas y las fui a mascar, a
ver qué sabor tiene, y hallé que era un sabor muy gustoso, parecido
algo al té, pero muy más fino y apetecible. Como vi que había
tantos retoños por la tierra, al tiempo que los indios llenaban los
saparos de hojas, yo volvime atrás, que había guaduas, y corté 6
cañutos, y con el machete saqué 18 retoños con su raíz, y metí 3 en
cada cañuto, y les puse tierra del mismo puesto, y me los llevé
para dentro, y en los pueblos del Putumayo fui sembrando en cada
pueblo 3 guayusos, y todos prendieron, y a los 3 años ya daban
bastante hoja. Con este arbitrio todos los Padres quedaron surtidos
de guayusa para su gasto.
Partimos de Pueblo Viejo el quinto día, y en esta primera
jornada fuimos a dar a un río grande llamado el río de Pueblo
Viejo. Este se pasa con canoa. El trabajo esta para bajar a él,
porque es preciso bajar por un tajo de peña que tendrá 20 varas. Y
para ello a pico han hecho en la peña unos hoyitos donde sólo cabe
la punta del pie, y agarrando con las manos con bejucos en lugar de
cuerda, bajan uno a uno, haciendo actos de contrición. Porque abajo
es una peña que si uno cae, se atortillará por lo menos. Esta peña
recibe la mayor parte de la avenida del río que viene con bastante
corriente; ella hace a la parte de arriba un recodo, y cuando
despide la agua que recibe, al incorporarse con la corriente, hace
un remolino, que rueda el agua tan aprisa como la piedra voladora
de un molino. En medio forma un agujero, y por él atrae a sí con
mucha violencia todo lo que va sobreaguado, y el palo que allí cae
sale más abajo hecho harina. Esta noticia me ha parecido anticipar
para lo que contaré que a mi me sucedió, cuando venga su
ocasión.