INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO VI
 

 

Contiene las cosas raras y maravillas que hay desde Almaguer hasta el río del Putumayo.

 

 

La ciudad de Almaguer antiguamente fue muy rica y poderosa, porque aquellas tierras son todas de minerales de oro muy pingües. Y hoy día está la ciudad en la última infelicidad y pobreza, acabados los caudales y casi del todo deshabitada de vecinos. Se hace creíble ser esto verdad por estas razones. La ciudad está situada en la bajada de una loma; es tierra ya fría desde La Vega para acá; llueve mucho por todo el discurso del año, y en acabando de llover, y aun estando lloviendo, salen las mujeres a la calle con sus bateas y recogen aquella tierra que trae la avenida del agua por la calle, la van limpiando, y sacan bastantes oros. Del sacristán supe que era de oficio herrero. Un día cavando para componer su fragua encontró bajo de tierra 4.000 pesos enterrados, y con este hallazgo fortuito dejó la herrería y se ordenó. El Padre Baquero, que a la sazón era Guardián, y su convento no tiene más Fr. que él, y se reduce a una salita y 2 cuartitos pequeños, me contó que viniendo un día de confesar a una mujer fuera de la ciudad, ya cerca la noche, vio levantarse 3 veces una llama sobre una lomita chica. Se apeó y fue a escabar, y halló una ollita llena de plata, que tuvo 30 pesos.

El cura que se llama don Fulano Vega me contó que a los 2 años de estar en Almaguer de cura, hubo de sobrevenir un chapetón de Popayán con unas cargas de ropa, y allí plantó su tienda, a la mano derecha cerca a la entrada de la ciudad hay una serranía montuosa, y en una de aquellas lomas hay una cueva, y dentro de ella había un indio sentado en una silla, con la mano izquierda puesta en el pecho, y con la derecha levantada arqueada hacia sí, apuntando con el dedo índice, y un rótulo que le salía de la boca que decía: Aquí está mi tesoro. Toda lo cuál era de barro muy fino y bien labrado. Habían ido muchos curiosos y codiciosos, habían taladrado toda la cueva por muchas partes, deseosos de encontrar con el tesoro, que relataba con su rótulo el simulacro, pero nadie había topado cosa alguna.

Cada persona de distinción que venía a la ciudad le contaban esta historia, y los más iban a verlo por modo de paseo, que está cerca. A este pues chapetón le contaron también esto, y entre algunos un día salieron de paseo y fueron a ver la cueva, y entre ellos fue también el cura. Llegaron allá, miraron y admiraban tantos taladros como habían dado a la cueva, sin encontrar nada; y ya al querer salirse el dicho chapetón, que llevaba un bordón en la mano, dijo mirando al simulacro, y dándole al mismo tiempo un bordonazo : Ea, vámonos, que este es un embustero. Bordonazo fue que le rompió la cabeza, y hubo dicho simulacro de estar hueco como un cántara y lleno de oro en polvo. Ellos repartieron entre todos el oro y quedaron ricos, y entonces conocieron que el indio apuntándose a sí decía muy bien y con verdad: Aquí está mi tesoro.

Me mostró también el cura una ara de jaspe negro, tan fino como pueda ser el más fino pórfido, tanto que yo, viendo que no sólo era transparente y diáfano, no quería creer que fuera piedra, sino cristal, hasta que tomé un cuchillo y vi que en realidad era piedra. Él me dijo que no muy lejos de la ciudad había un cerro todo de ello. Y como conocí lo precioso de la piedra, le dije que puesta la cantera en buena mano sería un gran mayorazgo, si estuviera en España.

Me contó también el cura que todos los años el Viernes Santo en una serranía que se ve enfrente de la ciudad, a la parte de abajo a cosa de 5 leguas de distancia, se ve un globo de resplandor muy grande y hermoso, y en medio un santo Cristo. El paraje de aquella serranía está todo inhabilitado. Dura la visión todo el día y toda la noche, y el Sábado Santo al salir el sol, desaparece santo Cristo y resplandor. Se han hecho varias diligencias de mandar allí varios indios de antemano, a ver si podía averiguar el puesto, y si había alguna gente o iglesia, etc.; mas los que han ido, estando en las señas y serranía donde aparece, no han visto ni descubierto nada. Es esto tan notorio, que en Almaguer no hay grande ni chico que no lo haya visto, porque todos los años se ve.

Vi allí un diente de ajo del tamaño del puño de un hombre, de donde inferí que era verdad lo que decían que en aquella tierra cada cabeza de ajos es poco menos que la cabeza de un hombre. Lo probé, y en realidad es ajo, aunque no pica tanto como los regulares de otras partes. El Guardián me contó que en años anteriores, cuando la ciudad estaba florida con mucho comercio, un chapetón rico que había muchos años que estaba allí avecindado, dióle tan mal el comercio, que vino a empobrecer sobremanera. Él como se había visto opulento, sentía mucho la penuria e iba muy triste. Un indio que tenía de muchos años en casa viéndolo tan triste le dijo: Mi amo, no tengas pena, yo te daré bastante oro. Un día se lo llevó a un llano que llaman Las Papas de que hablaré adelante; y junto a una laguna en que vio una partida de ídolos de piedra a la margen, había una lomita, y en ella escarbó el indio cosa de una vara y sacó una partida de barretones de oro, lo que pudieron cargar los dos, y le dijo el indio: Mi amo, siempre que tengas necesidad yo te acompañaré aquí y sacaremos de estos barretones, que aquí están amontonados, y toda esta lomita, todo lo son, y sólo tiene una vara de tierra encima, y esta otra lomita que está al lado es toda de oro en polvo también cubierto de una vara de tierra. Mas te advierto que no lo comuniques a nadie, ni vengas solo ni con otro; y así sólo conmigo, que yo tengo facultad de sacar cuanto quisiere. Y si no lo haces así, aunque vengas solo o acompañado; no lo has de hallar. Y si lo comunicas a otro, mira que presto volverás a empobrecer, y yo no te daré ya más. El chapetón era muy aficionado al juego, y así que se vio con el oro, empezó a jugar largo. Se bajó a Popayán a proveerse de una buena tienda de ropa. Encontró a un amigo, y le comunicó todo el hecho. Determinaron los dos ir allá y sacar bastante oro, y con él tirar para Santa Fe. Compraron unas partidas de mulas, e informados que por Caloto había camino para pasar a Las Papas, receloso que el indio si iba por Almaguer, no los estorbase tomaron camino por Caloto. Llegan a Las Papas, empiezan a buscar la laguna. Buscaron 15 días, pero no pudieron dar con ella, y se hubieron de volver.

Vuelven a Popayán y carga su tienda de ropa, y tira para Almaguer. En menos de un año en juego y regalos acabó todo el oro que le había quedado. Él se mantuvo con la tienda 2 o 3 años, yendo siempre a menos, hasta que una noche jugó cuanto tenía en la tienda, y se quedó sin capote, ni un pedazo de pan qué comer. Él con la esperanza que el indio lo volviese a llevar, entregó por la mañana la tienda, y después díjole al indio: Ya ves que he vuelto a quedar pobre, pero yo te prometo que no tengo de volver a jugar. Vamos vuelta a sacar un poco de oro para volverme a armar. El indio le respondió: Mi amo, ya te avisé que no te comunicases con nadie, y que si lo comunicabas, no te volvería a llevar, y que presto quedarías pobre. Anda con tu amigo de Popayán con quien fuiste a buscar, que remedie tu pobreza.

Vi también en casa del cura un aparador que tenía como vajilla de plata, y entre ella tenía también mucha loza que me pareció china muy primorosa. Y admirando que en tal paraje estuviesen alhajas tan preciosas, díjeles: Padre cura, más valdrá aquella loza de china en este paraje, que aquella de plata; porque a más de ser por sí muy preciosa, la conducción de una cosa tan frágil ha de ser muy costosa. El se echó a reír, y después me dijo: No es el primero que se ha engañado Vuestra Paternidad. Aquella no es loza de china, es de madera y está embarnizada con un barniz que le da este lustre. De allí adonde van ahora Vuestras Paternidades lo sacan los indios, que es la pepita de una fruta que hay en estos montes, y los indios de Pasto lo componen y con ello embarnizan la loza de madera con tal primor, que imitan al vivo la loza de china. Abrió el aparador, y hasta que lo tuve en las manos estuve creyendo que era china. Mas al tomarlo, con el poco peso, conocí que era madera embarnizada, porque hasta cocos, pilches y cucharas tenía del mismo modo. Y este embarnizado, por más que lo usen y refrieguen para limpiarlo, jamás se envejece ni pierde el lustre. Los encharolados que hacen en España algo le parece; mas aquello es más lustroso. En adelante diré el puesto en donde hay dicho barniz, y en llegando a Pasto diré el modo como lo van los indios beneficiando.

Nosotros predicamos en Almaguer nuestra misión con mucho fruto de las almas, y a los 12 días el Guardián Baquero nos avió para El Pongo, que es un pueblecito de indios neófitos, que sirven a todos los Padres misioneros de conductores, siempre que hayan de entrar o salir de adentro. Llaman El Pongo, porque en lengua linga, que es la lengua general de los indios del Perú, pongo quiere decir criado que sirve a la mano. Es una jornada de camino muy doblado. En un cerro encontramos una fruta que allá llaman mortiños. Es lo mismo que los arrayanes en la comida, y el sabor; sólo que aquéllos no se dan en árbol, sino en mata y son perfectamente redondos. Hay de ellos 3 especies: los unos son del tamaño de una alverja de color morado oscuro; otros son el doble de más grandes, y estos son negros, y los llaman mortiño de tigre. Estos no se comen, porque dañan. Los terceros son en el gusto y hechura larguitos con su coronita como los de España, salvo que son de color blanco, y en madurando se ponen de color de almíbar, y así comidos son muy dulces. La hoja de la mata que da ésta es lo mismo que el arrayán de España, sólo que aquí es árbol y allí no, sino mata. La hoja de las otras dos especies también es hoja de arrayán, salvo que es muy chica, del tamaño de la hoja de albahaca fina.

Llegamos por fin al Pongo, y allí hallamos al Fr. lego Juan Mayor, que nos aguardaba con unas cargas, de lo que cada uno había de llevar para su destino. Allí nos mudamos el hábito de sayal, y nos proveyó de otro de lienzo de la tierra, que se fabrica de algodón y lo llaman tocuyo. Este es el lienzo de que por lo regular visten camisa y calzones los indios y gente criolla que no alcanza para bretaña o platilla; y las mujeres de lo mismo visten camisa y fustán. De este lienzo de color aplomado habían formado nuestros hábitos, por más frescos y ligeros, porque dentro, por el sumo calor, no se puede aguantar hábito de lana. Diéronnos también un pedazo de jerga abatanada de 2 varas y media de largo y una vara de ancho, abierta por en medio para pasar la cabeza, resguardo contra los aguaceros. A esto que es allá común entre gente pobre llaman capisayo. Mas en siendo de 3 varas y vara y media de ancho, lo llaman ruana. Estas ruanas son vestimenta común para ir a caballo. Desde Honda hasta La Plata las usan muy finas de un tejido de algodón muy fino y tupido de bastante cuerpo. Estas ruanas no se tejen con telar, sino a mano, apretando el tejido con una macana que es una cuchilla o espadajo de chonta. Estas se usan entre gente rica con su color blanco, mujeres, señoras, clérigos y caballeros. Éstas su fábrica es en Tunja, de que hablaré adelante.

Mas de esta especie de vestimenta para ir a caballo hay todavía otras dos especies, y éstas las llaman ponchos. La una es de lienzo fino de algodón delgado, teñido de azul. Éste lo bordan, ya de algodón, ya de lana, o también de seda de diversos colores. Todo alrededor le clavan fleje también de diversos colores de a 4 dedos, y a la abertura del cuello también. Otros en lugar de el fleje, le clavan cinta ancha de seda fruncida. Esta especie por lo regular la usan las señoras, clérigos y caballeros. La fábrica de estos ponchos bordados está en Riobamba y Cuenca de que hablaré adelante.

La otra es de un tejido de lana del cuerpo de una jerga gruesa muy tupido. Esto también es tejido sin telar a mano con macana, y forman unos listados de diversos colores. Otros en lugar de los listados forman muchas labores de follaje y flores, y estos son los más preciosos. Pero valen según su delicadez de treinta hasta 60 pesos. Su fábrica está en la serranía de Cajamarca, y en las provincias de Cajabamba, Guamachuco y Guayas de que hablaré adelante. A estos ponchos suelen aforrarles la mitad, o ya de bayeta o crea teñida, y aun más bastos, porque no sale tan tupido lo tejido, como los que se fabrican a mano apretado con macana.

A poco rato de llegar al Pongo, llegó otro Fr. lego, llamado Fr. Juan de la Cruz, que vive adentro en el primer pueblo que llama Santa Rosa. Venía con algunos indios arreando unos bueyes y algunos caballos, que en Santa Rosa se tiene de prevención para entrar lo que ha de entrar adentro, personas y cargas. El otro día de mañana partimos guiados de este lego y los indios, y el otro lego, Fr. Juan Mayor se volvió para el colegio. Yo como vi que los bueyes los gobernaban en lugar de freno por una nariguera, que es una argolla que tienen pasada por la nariz, y de ella están prendidas las riendas, me pareció mala cabalgadura, y así escogí un caballo. Pero erré el proyecto.

Cuatro jornadas son de camino del Pongo a Santa Rosa, y desde la entrada hasta llegar es páramo. El camino es camino flojo. Lo más de él es llano, y es raro el día del año que no llueva. Está lleno de pantanos y ciénagas, y con el trajín de los bueyes está lleno de atascaderos. Los bueyes ya por su natural, y ya por su valentía, caminaban a su paso sin fastidio, atascados siempre hasta la barriga. El caballo es más fogoso; no sufre verse atascado, y por ello salta impaciente. Con esto varias veces me sacó de la silla y me echó al suelo, y la primera vez me hizo arquear tanto el cuerpo, que pensé que me había quebrado: tal fue el dolor que me dio en la ingle. Para arranchar tienen a trechos hechas unas ramadas cobijadas de hojas grandes del monte. A estos ranchos llaman tambos, que están de jornada en jornada.

En el primer tambo hay muchos árboles de quina contra tercianas. Aquí sí que hay que admirar la variedad de arboledas tan frondosas de árboles no conocidos. Todo tejido de bejucos y follaje parecido ya a la balsamilla y ya a la maravilla, entreverados carrizos, cañabrava y guaduas, con variedad de flores, con la hechura y colores peregrinos. Aquí vi unas cañas parecidas a las de España, que llaman carrizos o flautitas, ellas sólo del grueso de la espiga de la caña, y cada cañuto tiene una vara de largo. Otra caña hay de la misma especie del grueso de una flauta travesera, y cada cañuto tiene 5 cuartas de largo, ella muy recta y derecha, y tendrá cerca de 40 varas de alto. Otra caña hay semejante, con los cañutos de una cuarta de largo, y del grueso poco más de una muñeca. Estas cañas usan los indios en sus fiestas. De parte de noche arman una hoguera y le meten atados de estas cañas; con el calor van reventando los cañutos y dan un traquido cual una escopeta.

De aquí para dentro es menester ir con mucho cuidado, porque hay muchísimas culebras, y todas de veneno mortal. Hay también muchos tigres, osos, leones y dantas. El tigre es propiamente un gato, como dije del cachorrito que vi en Mompós, se hace del tamaño de un burro. Es muy atrevido, y se ha visto coger un novillo y subirse con él encima de un árbol. Cuando halla gente que va de camino, dicen que con instinto natural conoce quién es el más medroso y a éste embiste. Por más que le griten y le den voces para espantarlo, no se amedrenta ni huye, antes pasa el muy a su paso, y de noche le relumbran los ojos, como dos ascuas de candela. Ello causa tal terror su vista, que al instante se espeluza de miedo el cuerpo, y empieza a temblar, y se mea de miedo una criatura. Sus uñas son del largo del dedo índice, corvas y a proporción de grueso. Sus muñecas son el doble más gruesas que la muñeca de un burro. Sus colmillos son poco menos que sus uñas. Y en aquellas tierras, el indio que acertó a matar un tigre, le saca los colmillos, y, taladrándolos, los trae colgados en el cuello a modo de gargantilla, en señal de la victoria que logró.

Los suelen matar a dardazos. El dardo es un chuzo de chonta triangulado, con punta afilada en cada cabo de 4 varas de largo. Esta pelea es muy arriesgada, porque el tigre, en viéndose apretado, salta como el gato, y hace 5 presas de una vez. Por lo común les arman trampa para matarlos sin riesgo. Espíanle los pasos, y ponen una partida de dardos con tal artificio, que al romper un bejuco salen con tal violencia despedidos, que le pasan de parte a parte el cuerpo. A este bejuco de la trampa le atan un pedazo de carne que olisca.

Viene por el rastro el tigre, y al tirar de la carne rompe el bejuco y lo atraviesan los dardos. Otra trampa suelen armar en un hoyo tapado con ramas, y dentro ponen la carne y algunos dardos parados con la punta envenenada. Viene por el rastro el tigre, y buscando la carne, se cae en la hoya, y si algún dardo le pasó y le hizo sangre, muere envenenado. Otra trampa usan y es la más común. Hacen un grande cañizo de guaduas, y con una punta en el suelo y la otra levantada, le cargan mucho peso de troncos y piedras. Todo esto lo mantiene una horqueta en la punta levantada; al pie de esta horqueta atacan un bejuco y al cabo de él carne que olisca. Lo enredan con la otra punta de el cañizo con mucha sutileza. Viene por el rastro el tigre, y al tirar de la carne hace caer la horqueta que mantiene el cañizo, y cayéndole de golpe todo el peso encima lo aplasta y queda hecho una tortilla en el suelo.

El león de aquellas partes no es león real como los que hay en África. El mayor es algo más grande que un mastín, mas el cuerpo lo tiene la mitad más largo. Hay de dos especies: los unos son cenicientos, y estos no crían clines en el cuello, y tienen el cuerpo igual desde las manos a la cabeza y lomos, y las piernas algo más altas de lo natural. Yo pienso que estos son los que llaman leopardos. Los otros aún son algo más chicos, y estos son de color atabacado; tienen el cuerno perfecto, delgados de lomos, como los galgos, las piernas fornidas; crían clines en el cuello, y aun su vista no más es espantosa. Unos y otros hacen mucho daño a los potricos y becerros. A las bestias mayores y ganado grande no se atreven. Para que embistan a una criatura es menester que esté con mucha hambre, y esto rara vez se ha experimentado. Al darles un grito por lo regular se amedrentan y se huyen; pero hostigados también embisten y Dios me libre de sus uñas.

La danta es un animal del tamaño y hechura de un burro, salvo que es de uña partida con la forma de la uña del cochino. Tiene el hocico largo de 3 cuartas, y en el hocico es que tiene la fuerza y valentía. Su carne es comida y muy jugosa, algo se parece al lomo de cochino. Este animal es el que vulgarmente llaman la gran bestia. Sus uñas son contra gota coral y vértigo y alfarería, y por ello las aprecian mucho los boticarios. Es animal pacífico: a quien no lo daña, tampoco daña él; pero acometido se embrava mucho y es muy voraz y terrible, como contaré en adelante.

El segundo día de llegar al Tambo Fr. Juan de la Cruz nos dijo que en aquel paraje había canela, pero que era distinta a la canela regular, porque era canela y juntamente pimienta, porque tenía su picante, y vulgarmente la llamaban canela de páramo. Yo al instante le dije que la quería ver y probar. Allí junto había un árbol del tamaño de un algarrobo grande. Su hoja es semejante a la del laurel en lo doblado y hechura. Yo corté una rama y Fr. Juan cortó un pedazo de cáscara. Las hojas y la rama, en el olor y sabor, es un mixto de pimienta y canela con un poco más de picante. Probé después a mascar un pedacito de la cáscara gruesa y pica mucho más que el ají. Un adarme sólo que se pusiera en una olla capaz para 25 criaturas, soy de sentir que no la pudieran comer de picante.

En la tercera jornada allí junto al tambo hay un cerro apiramidado que lo llaman San Cristóbal, y al pie de él hay una laguna que tendrá 200 pasos en redondo. De esta laguna sale de un lado una quebradita, y ésta es la cabecera del río de la Magdalena, que llega a crecer con las quebradas y ríos que le entran tanto, que a ratos se explaya 3 leguas. Del otro lado sale otra quebrada, y asimismo con las aguas que le entran llega a crecer tan desmedido río que es el Orinoco, río de los más grandes de cuantos se han descubierto en el mundo. El va a desembocar en el mar cerca de Caracas por diversos brazos, pero hay paraje por detrás de Santa Fe en donde corre todo él junto, que de un lado a otro hace horizonte. Todavía no se ha averiguado cual es mayor, el Orinoco o el Marañón; y el Marañón en el desemboque, como desagua todo junto, al Gran Pará de Portugal, dicen que se explaya allí 80 leguas. Sólo el río que llaman de las Amazonas se ha descubierto mayor que el Orinoco y Marañón. El Padre Gumilla, que escribió la Historia del Orinoco (1) , le da la cabecera y origen entre el pueblo de Timaná y la ciudad de Almaguer; y es porque ni el Padre lo vio, ni lo había visto tampoco quien lo informó porque este páramo todavía no lo habían penetrado criaturas. Quien primero lo penetró fue un religioso aragonés llamado el Padre Fr. Juan Mateo, que actualmente está en Lima, en donde ha sido Provincial. Éste por la ocasión de haberse pasado el colegio de Pomasque, junto a Quito, a Popayán, en cuyo colegio estaba dicho Padre de misionero con un Fr. lego natural de Guayaquil, llamado Fr. José Carvo, fueron los dos primeros que por Almaguer, queriendo abrir camino para Mocoa y Caquetá, donde tenía dicho colegio las conversiones entraron en este páramo, y la tercera jornada descubrieron el origen verdadero y cabecera de la Magdalena y Orinoco, que puntualmente es como cito, como testigo de vista.  

El jesuita español Padre Gumilla fue superior general de las misiones jesuíticas del Orinoco, y provincial del Nuevo Reino de Granada. Fue destinado a América como misionero en 1702.

Toda esta noticia me contó dicho Fr. lego F. José Carvo, que hoy día vive y reside en el río del Putumayo, en el pueblo que llaman La Concepción, con quien traté muy por menudo todo lo dicho. Estos dos también ya que llegaron al Caquetá, fueron los primeros que descubrieron el Putumayo; porque aunque antes Fr. Juan Pecador había entrado en el Putumayo, pero entró por San Juan de Pasto, de donde en 8 días se llega al Putumayo. Pero de Almaguer a Mocoa, que hay 17 jornadas, nadie lo había andado. Este Fr. Juan Pecador, antes que se fundase el colegio de Pomasque, que actualmente está en Popayán, pidió licencia al Provincial de Quito para ir a convertir. Se la dieron, que era hombre de señalada virtud. Entró al Putumayo, y del Putumayo pasó a otro río, en donde después de algunos años murió. Y está autenticado en el convento de Quito que estando un día la comunidad en el coro, llegó un indio no conocido y pidió por el Guardián. Salió el Guardián y le dijo el indio: Padre, vengo por un hábito para Fr. Juan Pecador, que está sin él, y me envía a Vuestra Paternidad que me lo dé. El guardián le dio el hábito, y con él se fue el indio. Al poco rato lo hizo buscar el Guardián para darle algún avío; pero ni el portero vio entrar ni salir tal indio, ni se pudo averiguar. El otro día empezó a sonar por todo Quito que Fr. Juan Pecador había muerto, sin poderse averiguar quién dio tal noticia; de donde se infirió que fue algún ángel el que pidió el hábito para amortajar el cuerno del siervo de Dios.

Hablando yo de esta especie con Fr. José Carvo, me aseguró que era verdad todo lo dicho, y que el cuerpo lo tienen aquellos indios insepulto, y que está incorrupto. Mas me contó que dicho Fr. Juan Pecador había allí bautizado y catequizado a muchos indios, todos los cuales lo querían mucho, y que había formado dos pueblos. Y que desde entonces en el pueblo donde está el cuerno acude en el río muchísimo pescado. Los indios del otro pueblo, sospechando que era por milagro del siervo de Dios, viendo que al mismo tiempo se les había retirado de sus cercanías el pescado, armaron pleito por el cuerpo del santo, alegando que a ellos les pertocaba el cuerpo, por haber sido ellos los primeros que catequizaron y bautizaron al siervo de Dios. Por fin ellos entre sí se convinieron que 5 lunas lo tuviese un pueblo, y otras 3 el otro pueblo. Este es su modo de contar: por lunas, porque no saben contar por semanas ni por meses. Y así desde entonces, cada 5 lunas lo llevan de un pueblo a otro. Y es cosa notoria que en el pueblo donde está el cuerpo, toda la cercanía tiene el río muchísimo pescado, y en el otro pueblo no hay pescado ninguno. Y en mudando el cuerpo, al instante acude allí el pescado, y falta ya en éste en que antes estaba el cuerno.

Estas noticias se han averiguado con otros indios comarcanos, que son prácticos y tienen contratación con ellos; pero jamás han querido declarar el puesto donde viven, recelosos que los Padres conversores no les quiten el cuerpo. Con estos indios se ha averiguado también que hay por aquellos parajes una nación de indios que tienen un pie como las cabras; y otra nación que las pantorrillas de las piernas las tienen a la parte de delante, y los pies a la parte de atrás; y se conjetura que desde la rodilla para abajo tienen las piernas al revés, de suerte que al talón es lo que había de ser la punta del pie, y ésta está donde había de estar el talón. Y esto parece más conforme a la monstruosidad referida.

Contome también este Fr. lego que al principio, yendo con el Padre Fr. Juan Mateo registrando aquellas tierras por el monte, que un día habían encontrado un monstruo, de medio cuerpo para arriba criatura, y de medio cuerpo para abajo como una fiera y con vello. Él todavía era guagua, y tan guagua, que aún no se podía aguantar en pie, y que ya tema 7 cuartas de largo. Ellos lo despertaron, y se fueron saliendo a toda prisa de aquel paraje, temerosos que si su madre venía en busca suya los podía acometer y dañar. Estoy dudoso si lo bautizaron primero o no, que subconditione, supuesto que la parte superior tenia forma humana, bien se podía. A estos monstruos llaman por allá pilosos unos, y otros los llaman alarbes. Esta especie tenía yo ya de antemano, porque los arrieros que de la ciudad de La Plata, después que yo y mi compañero el Padre Fr. Antonio Urrea acabamos la misión, nos condujeron a Popayán, como en su lugar llevo referido, preguntándoles si en el páramo de Guanacas vivían algunas naciones de indios bárbaros, nos dijeron que no, porque a más de ser lugar tan rígido, había pilosos. Yo inquiriendo esta especie, vine a sacar que eran unos monstruos como el referido, y que crecían 3 veces más que la estatura de un hombre; y que de medio cuerpo para abajo eran muy vellosos. Contaron que algunas veces habían destrozado algunos arrieros en este camino. Yo por entonces lo tuve por fábula. Y aunque en Popayán insinuando yo la especie, me aseguraron que era verdad, todavía no lo acababa de creer, hasta que este lego me refirió lo que ya dije, y como testigo de vista. Que haya tales monstruos lo afirma el profeta Isaías por estas palabras: Isay. Cáp. XIII. V. 21. Et habitabunt ibi struthiones; et pilosi saltabunt ibi. Y habitarán allí avestruces, y los pilosos saltarán allí. Con que consta de la Escritura que los hay.

Llegamos por fin el cuarto día a Santa Rosa. Todo el pueblo se reduce a 8 casas de indios, y el convento y una capillita. Había allí un negro esclavo llamado Antonio, que tenía 7 rayas de cicatrices en la frente, de arriba para abajo y de bastante ancho. Él todavía hablaba muy bosal. Un día le pregunté qué mal había tenido en la frente. Y él me respondió: Para caballero. Con cuya respuesta vine a averiguar que su nación, los que así los cortan desde guaguas son tenidos por gente valerosa y noble.

Aquí nos hubimos de aguardar a esperar al Padre Presidente de las misiones que estaba adentro, y era el que nos había de dar destino a cada cual. El tardó 47 días en venir, y este tiempo lo pasamos muy mal, porque había muchísimas niguas. El Fr. lego Juan de la Cruz diariamente se iba por la mañana con la escopeta al monte, y a la tarde se venía y traía dos o 3 monos muertos, y desde los primeros días nos dijeron que aquella era la carne que por lo común comen adentro los indios y los padres conversores. Yo propuse antes morirme de hambre que comer mono, o por lo menos privarme de comer carne, antes que mono. Ninguno de nosotros lo quiso ni siquiera probar todo el tiempo que estuvimos en Santa Rosa.

Había en el convento, criado y muy manso, un toche de los de pinta negra y amarilla, como noté Cáp. 3º. Este pajarito es el que sabe coser. Él muy cantor y debía de ser hembra, porque de continuo estaba componiendo nidos. Pero como no tenía compañero, no procreaba. Esta especie de que sabía coser nos suministraron en Santa Rosa, y yo deseaba saber el cómo. Y a pocos días nos hubieron de lavar la ropa, y la tendieron para secar al sol. El toche apenas vio ropa tendida, cuando se fue al monte y volvió trayendo una paja, que tendría 3 varas de largo, y en una túnica de las que estaban tendidas al sol, le pasó la paja y la volvió a pasar tantas veces, que toda la rolló, y la hizo un lío entrecosida de paja. Estando él en esta faena nos lo hizo reparar una india que vivía en la cocina. Nosotros lo estábamos viendo con admiración, hasta que hubo ya acabado el lío. Fueron y trujeron la túnica, y estuvo tan pasada y traspasada, que fue menester largo rato a destrabarla. Y para ver si había sido o no casualidad, el otro día volvimos a poner tendida de intento una túnica. El pajarito se fue y trajo otra paja semejante, e hizo lo mismo.

Había juntamente en Santa Rosa un loro tan hablador que no he visto otro semejante jamás; y remedaba con tal gracia cuanto oía, que el Padre Urrea, viendo que a pocos días remedaba ya cuanto nosotros hablábamos, lo odió y decía: Este loro tiene algún demonio en el cuerpo. Allí vi que la cocinera tenía 2 gallinas, atadas por los pies, engarzada una con otra colgadas en un palo. Yo dificulté después y preguntelo, y me respondió: Padre, éstas están cluecas, y para que se les quite la cluequera las tengo así colgadas 3 días, y con esto sólo ya se les quitó. En el patio había un árbol, y este servía de gallinero. Había más de 200 gallinas, y tenía unos palos arrimados, y por ellos a las tardes se subían las gallinas a dormir sobre el árbol. Al pie había una chocita donde dormía un perro que las guardaba de los zorros. Una noche empezaron todas a cantar con un graznido muy lastimoso, tanto que nos alborotó a todos. Y hubo de ser que iba por el aire un pájaro nocturno muy grande, y con los volateos que daba nos horrorizó a todos. Él se estuvo cerca de media hora, y cada vez que se revolvía, gritaban las gallinas. Pregunté a Fr. Juan de la Cruz si era lechuza aunque tan grande. Dijo que no, ni que sabía tampoco qué pájaro era: que algunas veces le habían disparado escopetazos, pero no lo alcanzaban el tiro, porque iba muy alto.

Hay allí en Santa Rosa una huerta con su cerca, y en ella la tercera parte es naranjillas. Es una mata del alto de un hombre, con las hojas grandes, semejantes a la berenjena. Mas encima de las hojas cría espinas del grueso y largo de medio alfiler, 15 o 20 en cada hoja. En el centro da la fruta, que por lo parecido a las naranjas, talvez las llaman naranjillas. Ellas son la mitad más chicas que las naranjas, y están vestidas de espinitas muy finas y agudas, tan tupidas de ello, que parece un terciopelo. Así como van madurando, les van cayendo las espinas, y las naranjillas se vuelven de color de grana muy encendido. La corteza es muy delgada, y dentro no tiene pepita alguna. Es al modo de una naranja que no tuviera gajos, sino todo un meollo. Su color es entre verde y anaranjado, y su sabor agridulce muy apetitoso. Es fruta muy fresca para el cuerpo, y deshechas unas de ellas en agua con azúcar, es un refresco de los más regalados de cuantos yo he probado en el mundo. 

Un día tuvimos una grande función, porque como allí hay bueyes y unas 15 ovejas, lo andan rondando los osos; pero son tan prevenidos unos y otros, que al oler oso al instante se recogen corriendo al convento. Y sin embargo, algunos daños han hecho. Enfrente de Santa Rosa, a mano derecha, hay una serranía muy alta, y como todo es monte tupido intransitable, allí es que están los osos. Este día pues viniéronse corriendo al convento las ovejas, y el lego empezó con los perros a arrimarse a las faldas de la serranía, y descubrimos el oso. Los perros que eran 4 dieron con él y lo fueron acosando. Pero al llegársele cerca se sentó el oso, y empezó a batallar a manotadas con los perros. Éstos lo sacaron al limpio y lo rodearon. Algunos mordiscos le daban, pero el que él hería iba rodando un rato medio atontado. Duró la contienda cerca de media hora. Cuando quiso Fr. Juan de la Cruz ir allá con la escopeta y tirarle un balazo, ya fue tarde, porque el oso volvió a ganar el monte y se emboscó y lo perdieron ya los perros. 

(1)   Historia del Orinoco. José Gurnilla. El Orinoco Ilustrado y defendido. Historia natural, civil y geográfica de este gran río y de sus caudalosas vertientes. La primera edición de esta obrase hizo en Madrid en 1741. La última en la Biblioteca de la Presidencia de Colombia. (Regresar a 1)

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