CAPÍTULO
VI
Contiene las cosas
raras y maravillas que hay desde Almaguer hasta el río del
Putumayo.
La ciudad de Almaguer antiguamente fue muy rica y poderosa,
porque aquellas tierras son todas de minerales de oro muy pingües.
Y hoy día está la ciudad en la última infelicidad y pobreza,
acabados los caudales y casi del todo deshabitada de vecinos. Se
hace creíble ser esto verdad por estas razones. La ciudad está
situada en la bajada de una loma; es tierra ya fría desde La Vega
para acá; llueve mucho por todo el discurso del año, y en acabando
de llover, y aun estando lloviendo, salen las mujeres a la calle
con sus bateas y recogen aquella tierra que trae la avenida del
agua por la calle, la van limpiando, y sacan bastantes oros. Del
sacristán supe que era de oficio herrero. Un día cavando para
componer su fragua encontró bajo de tierra 4.000 pesos enterrados,
y con este hallazgo fortuito dejó la herrería y se ordenó. El Padre
Baquero, que a la sazón era Guardián, y su convento no tiene más
Fr. que él, y se reduce a una salita y 2 cuartitos pequeños, me
contó que viniendo un día de confesar a una mujer fuera de la
ciudad, ya cerca la noche, vio levantarse 3 veces una llama sobre
una lomita chica. Se apeó y fue a escabar, y halló una ollita llena
de plata, que tuvo 30 pesos.
El cura que se llama don Fulano Vega me contó que a los 2 años
de estar en Almaguer de cura, hubo de sobrevenir un chapetón de
Popayán con unas cargas de ropa, y allí plantó su tienda, a la mano
derecha cerca a la entrada de la ciudad hay una serranía montuosa,
y en una de aquellas lomas hay una cueva, y dentro de ella había un
indio sentado en una silla, con la mano izquierda puesta en el
pecho, y con la derecha levantada arqueada hacia sí, apuntando con
el dedo índice, y un rótulo que le salía de la boca que decía: Aquí
está mi tesoro. Toda lo cuál era de barro muy fino y bien labrado.
Habían ido muchos curiosos y codiciosos, habían taladrado toda la
cueva por muchas partes, deseosos de encontrar con el tesoro, que
relataba con su rótulo el simulacro, pero nadie había topado cosa
alguna.
Cada persona de distinción que venía a la ciudad le contaban
esta historia, y los más iban a verlo por modo de paseo, que está
cerca. A este pues chapetón le contaron también esto, y entre
algunos un día salieron de paseo y fueron a ver la cueva, y entre
ellos fue también el cura. Llegaron allá, miraron y admiraban
tantos taladros como habían dado a la cueva, sin encontrar nada; y
ya al querer salirse el dicho chapetón, que llevaba un bordón en la
mano, dijo mirando al simulacro, y dándole al mismo tiempo un
bordonazo
: Ea, vámonos, que este es un embustero. Bordonazo
fue que le rompió la cabeza, y hubo dicho simulacro de estar hueco
como un cántara y lleno de oro en polvo. Ellos repartieron entre
todos el oro y quedaron ricos, y entonces conocieron que el indio
apuntándose a sí decía muy bien y con verdad: Aquí está mi
tesoro.
Me mostró también el cura una ara de jaspe negro, tan fino como
pueda ser el más fino pórfido, tanto que yo, viendo que no sólo era
transparente y diáfano, no quería creer que fuera piedra, sino
cristal, hasta que tomé un cuchillo y vi que en realidad era
piedra. Él me dijo que no muy lejos de la ciudad había un cerro
todo de ello. Y como conocí lo precioso de la piedra, le dije que
puesta la cantera en buena mano sería un gran mayorazgo, si
estuviera en España.
Me contó también el cura que todos los años el Viernes Santo en
una serranía que se ve enfrente de la ciudad, a la parte de abajo a
cosa de 5 leguas de distancia, se ve un globo de resplandor muy
grande y hermoso, y en medio un santo Cristo. El paraje de aquella
serranía está todo inhabilitado. Dura la visión todo el día y toda
la noche, y el Sábado Santo al salir el sol, desaparece santo
Cristo y resplandor. Se han hecho varias diligencias de mandar allí
varios indios de antemano, a ver si podía averiguar el puesto, y si
había alguna gente o iglesia, etc.; mas los que han ido, estando en
las señas y serranía donde aparece, no han visto ni descubierto
nada. Es esto tan notorio, que en Almaguer no hay grande ni chico
que no lo haya visto, porque todos los años se ve.
Vi allí un diente de ajo del tamaño del puño de un hombre, de
donde inferí que era verdad lo que decían que en aquella tierra
cada cabeza de ajos es poco menos que la cabeza de un hombre. Lo
probé, y en realidad es ajo, aunque no pica tanto como los
regulares de otras partes. El Guardián me contó que en años
anteriores, cuando la ciudad estaba florida con mucho comercio, un
chapetón rico que había muchos años que estaba allí avecindado,
dióle tan mal el comercio, que vino a empobrecer sobremanera. Él
como se había visto opulento, sentía mucho la penuria e iba muy
triste. Un indio que tenía de muchos años en casa viéndolo tan
triste le dijo: Mi amo, no tengas pena, yo te daré bastante oro. Un
día se lo llevó a un llano que llaman Las Papas de que hablaré
adelante; y junto a una laguna en que vio una partida de ídolos de
piedra a la margen, había una lomita, y en ella escarbó el indio
cosa de una vara y sacó una partida de barretones de oro, lo que
pudieron cargar los dos, y le dijo el indio: Mi amo, siempre que
tengas necesidad yo te acompañaré aquí y sacaremos de estos
barretones, que aquí están amontonados, y toda esta lomita, todo lo
son, y sólo tiene una vara de tierra encima, y esta otra lomita que
está al lado es toda de oro en polvo también cubierto de una vara
de tierra. Mas te advierto que no lo comuniques a nadie, ni vengas
solo ni con otro; y así sólo conmigo, que yo tengo facultad de
sacar cuanto quisiere. Y si no lo haces así, aunque vengas solo o
acompañado; no lo has de hallar. Y si lo comunicas a otro, mira que
presto volverás a empobrecer, y yo no te daré ya más. El chapetón
era muy aficionado al juego, y así que se vio con el oro, empezó a
jugar largo. Se bajó a Popayán a proveerse de una buena tienda de
ropa. Encontró a un amigo, y le comunicó todo el hecho.
Determinaron los dos ir allá y sacar bastante oro, y con él tirar
para Santa Fe. Compraron unas partidas de mulas, e informados que
por Caloto había camino para pasar a Las Papas, receloso que el
indio si iba por Almaguer, no los estorbase tomaron camino por
Caloto. Llegan a Las Papas, empiezan a buscar la laguna. Buscaron
15 días, pero no pudieron dar con ella, y se hubieron de
volver.
Vuelven a Popayán y carga su tienda de ropa, y tira para
Almaguer. En menos de un año en juego y regalos acabó todo el oro
que le había quedado. Él se mantuvo con la tienda 2 o 3 años, yendo
siempre a menos, hasta que una noche jugó cuanto tenía en la
tienda, y se quedó sin capote, ni un pedazo de pan qué comer. Él
con la esperanza que el indio lo volviese a llevar, entregó por la
mañana la tienda, y después díjole al indio: Ya ves que he vuelto a
quedar pobre, pero yo te prometo que no tengo de volver a jugar.
Vamos vuelta a sacar un poco de oro para volverme a armar. El indio
le respondió: Mi amo, ya te avisé que no te comunicases con nadie,
y que si lo comunicabas, no te volvería a llevar, y que presto
quedarías pobre. Anda con tu amigo de Popayán con quien fuiste a
buscar, que remedie tu pobreza.
Vi también en casa del cura un aparador que tenía como vajilla
de plata, y entre ella tenía también mucha loza que me pareció
china muy primorosa. Y admirando que en tal paraje estuviesen
alhajas tan preciosas, díjeles: Padre cura, más valdrá aquella loza
de china en este paraje, que aquella de plata; porque a más de ser
por sí muy preciosa, la conducción de una cosa tan frágil ha de ser
muy costosa. El se echó a reír, y después me dijo: No es el primero
que se ha engañado Vuestra Paternidad. Aquella no es loza de china,
es de madera y está embarnizada con un barniz que le da este
lustre. De allí adonde van ahora Vuestras Paternidades lo sacan los
indios, que es la pepita de una fruta que hay en estos montes, y
los indios de Pasto lo componen y con ello embarnizan la loza de
madera con tal primor, que imitan al vivo la loza de china. Abrió
el aparador, y hasta que lo tuve en las manos estuve creyendo que
era china. Mas al tomarlo, con el poco peso, conocí que era madera
embarnizada, porque hasta cocos, pilches y cucharas tenía del mismo
modo. Y este embarnizado, por más que lo usen y refrieguen para
limpiarlo, jamás se envejece ni pierde el lustre. Los encharolados
que hacen en España algo le parece; mas aquello es más lustroso. En
adelante diré el puesto en donde hay dicho barniz, y en llegando a
Pasto diré el modo como lo van los indios
beneficiando.
Nosotros predicamos en Almaguer nuestra misión con mucho fruto
de las almas, y a los 12 días el Guardián Baquero nos avió para El
Pongo, que es un pueblecito de indios neófitos, que sirven a todos
los Padres misioneros de conductores, siempre que hayan de entrar o
salir de adentro. Llaman El Pongo, porque en lengua linga, que es
la lengua general de los indios del Perú, pongo quiere decir criado
que sirve a la mano. Es una jornada de camino muy doblado. En un
cerro encontramos una fruta que allá llaman mortiños. Es lo mismo
que los arrayanes en la comida, y el sabor; sólo que aquéllos no se
dan en árbol, sino en mata y son perfectamente redondos. Hay de
ellos 3 especies: los unos son del tamaño de una alverja de color
morado oscuro; otros son el doble de más grandes, y estos son
negros, y los llaman mortiño de tigre. Estos no se comen, porque
dañan. Los terceros son en el gusto y hechura larguitos con su
coronita como los de España, salvo que son de color blanco, y en
madurando se ponen de color de almíbar, y así comidos son muy
dulces. La hoja de la mata que da ésta es lo mismo que el arrayán
de España, sólo que aquí es árbol y allí no, sino mata. La hoja de
las otras dos especies también es hoja de arrayán, salvo que es muy
chica, del tamaño de la hoja de albahaca fina.
Llegamos por fin al Pongo, y allí hallamos al Fr. lego Juan
Mayor, que nos aguardaba con unas cargas, de lo que cada uno había
de llevar para su destino. Allí nos mudamos el hábito de sayal, y
nos proveyó de otro de lienzo de la tierra, que se fabrica de
algodón y lo llaman tocuyo. Este es el lienzo de que por lo regular
visten camisa y calzones los indios y gente criolla que no alcanza
para bretaña o platilla; y las mujeres de lo mismo visten camisa y
fustán. De este lienzo de color aplomado habían formado nuestros
hábitos, por más frescos y ligeros, porque dentro, por el sumo
calor, no se puede aguantar hábito de lana. Diéronnos también un
pedazo de jerga abatanada de 2 varas y media de largo y una vara de
ancho, abierta por en medio para pasar la cabeza, resguardo contra
los aguaceros. A esto que es allá común entre gente pobre llaman
capisayo. Mas en siendo de 3 varas y vara y media de ancho, lo
llaman ruana. Estas ruanas son vestimenta común para ir a caballo.
Desde Honda hasta La Plata las usan muy finas de un tejido de
algodón muy fino y tupido de bastante cuerpo. Estas ruanas no se
tejen con telar, sino a mano, apretando el tejido con una macana
que es una cuchilla o espadajo de chonta. Estas se usan entre gente
rica con su color blanco, mujeres, señoras, clérigos y caballeros.
Éstas su fábrica es en Tunja, de que hablaré
adelante.
Mas de esta especie de vestimenta para ir a caballo hay todavía
otras dos especies, y éstas las llaman ponchos. La una es de lienzo
fino de algodón delgado, teñido de azul. Éste lo bordan, ya de
algodón, ya de lana, o también de seda de diversos colores. Todo
alrededor le clavan fleje también de diversos colores de a 4 dedos,
y a la abertura del cuello también. Otros en lugar de el fleje, le
clavan cinta ancha de seda fruncida. Esta especie por lo regular la
usan las señoras, clérigos y caballeros. La fábrica de estos
ponchos bordados está en Riobamba y Cuenca de que hablaré
adelante.
La otra es de un tejido de lana del cuerpo de una jerga gruesa
muy tupido. Esto también es tejido sin telar a mano con macana, y
forman unos listados de diversos colores. Otros en lugar de los
listados forman muchas labores de follaje y flores, y estos son los
más preciosos. Pero valen según su delicadez de treinta hasta 60
pesos. Su fábrica está en la serranía de Cajamarca, y en las
provincias de Cajabamba, Guamachuco y Guayas de que hablaré
adelante. A estos ponchos suelen aforrarles la mitad, o ya de
bayeta o crea teñida, y aun más bastos, porque no sale tan tupido
lo tejido, como los que se fabrican a mano apretado con
macana.
A poco rato de llegar al Pongo, llegó otro Fr. lego, llamado Fr.
Juan de la Cruz, que vive adentro en el primer pueblo que llama
Santa Rosa. Venía con algunos indios arreando unos bueyes y algunos
caballos, que en Santa Rosa se tiene de prevención para entrar lo
que ha de entrar adentro, personas y cargas. El otro día de mañana
partimos guiados de este lego y los indios, y el otro lego, Fr.
Juan Mayor se volvió para el colegio. Yo como vi que los bueyes los
gobernaban en lugar de freno por una nariguera, que es una argolla
que tienen pasada por la nariz, y de ella están prendidas las
riendas, me pareció mala cabalgadura, y así escogí un caballo. Pero
erré el proyecto.
Cuatro jornadas son de camino del Pongo a Santa Rosa, y desde la
entrada hasta llegar es páramo. El camino es camino flojo. Lo más
de él es llano, y es raro el día del año que no llueva. Está lleno
de pantanos y ciénagas, y con el trajín de los bueyes está lleno de
atascaderos. Los bueyes ya por su natural, y ya por su valentía,
caminaban a su paso sin fastidio, atascados siempre hasta la
barriga. El caballo es más fogoso; no sufre verse atascado, y por
ello salta impaciente. Con esto varias veces me sacó de la silla y
me echó al suelo, y la primera vez me hizo arquear tanto el cuerpo,
que pensé que me había quebrado: tal fue el dolor que me dio en la
ingle. Para arranchar tienen a trechos hechas unas ramadas
cobijadas de hojas grandes del monte. A estos ranchos llaman
tambos, que están de jornada en jornada.
En el primer tambo hay muchos árboles de quina contra tercianas.
Aquí sí que hay que admirar la variedad de arboledas tan frondosas
de árboles no conocidos. Todo tejido de bejucos y follaje parecido
ya a la balsamilla y ya a la maravilla, entreverados carrizos,
cañabrava y guaduas, con variedad de flores, con la hechura y
colores peregrinos. Aquí vi unas cañas parecidas a las de España,
que llaman carrizos o flautitas, ellas sólo del grueso de la espiga
de la caña, y cada cañuto tiene una vara de largo. Otra caña hay de
la misma especie del grueso de una flauta travesera, y cada cañuto
tiene 5 cuartas de largo, ella muy recta y derecha, y tendrá cerca
de 40 varas de alto. Otra caña hay semejante, con los cañutos de
una cuarta de largo, y del grueso poco más de una muñeca. Estas
cañas usan los indios en sus fiestas. De parte de noche arman una
hoguera y le meten atados de estas cañas; con el calor van
reventando los cañutos y dan un traquido cual una
escopeta.
De aquí para dentro es menester ir con mucho cuidado, porque hay
muchísimas culebras, y todas de veneno mortal. Hay también muchos
tigres, osos, leones y dantas. El tigre es propiamente un gato,
como dije del cachorrito que vi en Mompós, se hace del tamaño de un
burro. Es muy atrevido, y se ha visto coger un novillo y subirse
con él encima de un árbol. Cuando halla gente que va de camino,
dicen que con instinto natural conoce quién es el más medroso y a
éste embiste. Por más que le griten y le den voces para espantarlo,
no se amedrenta ni huye, antes pasa el muy a su paso, y de noche le
relumbran los ojos, como dos ascuas de candela. Ello causa tal
terror su vista, que al instante se espeluza de miedo el cuerpo, y
empieza a temblar, y se mea de miedo una criatura. Sus uñas son del
largo del dedo índice, corvas y a proporción de grueso. Sus muñecas
son el doble más gruesas que la muñeca de un burro. Sus colmillos
son poco menos que sus uñas. Y en aquellas tierras, el indio que
acertó a matar un tigre, le saca los colmillos, y, taladrándolos,
los trae colgados en el cuello a modo de gargantilla, en señal de
la victoria que logró.
Los suelen matar a dardazos. El dardo es un chuzo de chonta
triangulado, con punta afilada en cada cabo de 4 varas de largo.
Esta pelea es muy arriesgada, porque el tigre, en viéndose
apretado, salta como el gato, y hace 5 presas de una vez. Por lo
común les arman trampa para matarlos sin riesgo. Espíanle los
pasos, y ponen una partida de dardos con tal artificio, que al
romper un bejuco salen con tal violencia despedidos, que le pasan
de parte a parte el cuerpo. A este bejuco de la trampa le atan un
pedazo de carne que olisca.
Viene por el rastro el tigre, y al tirar de la carne rompe el
bejuco y lo atraviesan los dardos. Otra trampa suelen armar en un
hoyo tapado con ramas, y dentro ponen la carne y algunos dardos
parados con la punta envenenada. Viene por el rastro el tigre, y
buscando la carne, se cae en la hoya, y si algún dardo le pasó y le
hizo sangre, muere envenenado. Otra trampa usan y es la más común.
Hacen un grande cañizo de guaduas, y con una punta en el suelo y la
otra levantada, le cargan mucho peso de troncos y piedras. Todo
esto lo mantiene una horqueta en la punta levantada; al pie de esta
horqueta atacan un bejuco y al cabo de él carne que olisca. Lo
enredan con la otra punta de el cañizo con mucha sutileza. Viene
por el rastro el tigre, y al tirar de la carne hace caer la
horqueta que mantiene el cañizo, y cayéndole de golpe todo el peso
encima lo aplasta y queda hecho una tortilla en el suelo.
El león de aquellas partes no es león real como los que hay en
África. El mayor es algo más grande que un mastín, mas el cuerpo lo
tiene la mitad más largo. Hay de dos especies: los unos son
cenicientos, y estos no crían clines en el cuello, y tienen el
cuerpo igual desde las manos a la cabeza y lomos, y las piernas
algo más altas de lo natural. Yo pienso que estos son los que
llaman leopardos. Los otros aún son algo más chicos, y estos son de
color atabacado; tienen el cuerno perfecto, delgados de lomos, como
los galgos, las piernas fornidas; crían clines en el cuello, y aun
su vista no más es espantosa. Unos y otros hacen mucho daño a los
potricos y becerros. A las bestias mayores y ganado grande no se
atreven. Para que embistan a una criatura es menester que esté con
mucha hambre, y esto rara vez se ha experimentado. Al darles un
grito por lo regular se amedrentan y se huyen; pero hostigados
también embisten y Dios me libre de sus uñas.
La danta es un animal del tamaño y hechura de un burro, salvo
que es de uña partida con la forma de la uña del cochino. Tiene el
hocico largo de 3 cuartas, y en el hocico es que tiene la fuerza y
valentía. Su carne es comida y muy jugosa, algo se parece al lomo
de cochino. Este animal es el que vulgarmente llaman la gran
bestia. Sus uñas son contra gota coral y vértigo y alfarería, y por
ello las aprecian mucho los boticarios. Es animal pacífico: a quien
no lo daña, tampoco daña él; pero acometido se embrava mucho y es
muy voraz y terrible, como contaré en adelante.
El segundo día de llegar al Tambo Fr. Juan de la Cruz nos dijo
que en aquel paraje había canela, pero que era distinta a la canela
regular, porque era canela y juntamente pimienta, porque tenía su
picante, y vulgarmente la llamaban canela de páramo. Yo al instante
le dije que la quería ver y probar. Allí junto había un árbol del
tamaño de un algarrobo grande. Su hoja es semejante a la del laurel
en lo doblado y hechura. Yo corté una rama y Fr. Juan cortó un
pedazo de cáscara. Las hojas y la rama, en el olor y sabor, es un
mixto de pimienta y canela con un poco más de picante. Probé
después a mascar un pedacito de la cáscara gruesa y pica mucho más
que el ají. Un adarme sólo que se pusiera en una olla capaz para 25
criaturas, soy de sentir que no la pudieran comer de
picante.
En la tercera jornada allí junto al tambo hay un cerro
apiramidado que lo llaman San Cristóbal, y al pie de él hay una
laguna que tendrá 200 pasos en redondo. De esta laguna sale de un
lado una quebradita, y ésta es la cabecera del río de la Magdalena,
que llega a crecer con las quebradas y ríos que le entran tanto,
que a ratos se explaya 3 leguas. Del otro lado sale otra quebrada,
y asimismo con las aguas que le entran llega a crecer tan desmedido
río que es el Orinoco, río de los más grandes de cuantos se han
descubierto en el mundo. El va a desembocar en el mar cerca de
Caracas por diversos brazos, pero hay paraje por detrás de Santa Fe
en donde corre todo él junto, que de un lado a otro hace horizonte.
Todavía no se ha averiguado cual es mayor, el Orinoco o el Marañón;
y el Marañón en el desemboque, como desagua todo junto, al Gran
Pará de Portugal, dicen que se explaya allí 80 leguas. Sólo el río
que llaman de las Amazonas se ha descubierto mayor que el Orinoco y
Marañón. El Padre Gumilla, que escribió la Historia del Orinoco
(1)
, le da la cabecera y origen entre el
pueblo de Timaná y la ciudad de Almaguer; y es porque ni el Padre
lo vio, ni lo había visto tampoco quien lo informó porque este
páramo todavía no lo habían penetrado criaturas. Quien primero lo
penetró fue un religioso aragonés llamado el Padre Fr. Juan Mateo,
que actualmente está en Lima, en donde ha sido Provincial. Éste por
la ocasión de haberse pasado el colegio de Pomasque, junto a Quito,
a Popayán, en cuyo colegio estaba dicho Padre de misionero con un
Fr. lego natural de Guayaquil, llamado Fr. José Carvo, fueron los
dos primeros que por Almaguer, queriendo abrir camino para Mocoa y
Caquetá, donde tenía dicho colegio las conversiones entraron en
este páramo, y la tercera jornada descubrieron el origen verdadero
y cabecera de la Magdalena y Orinoco, que puntualmente es como
cito, como testigo de vista.
El jesuita español Padre Gumilla fue superior general de las
misiones jesuíticas del Orinoco, y provincial del Nuevo Reino de
Granada. Fue destinado a América como misionero en
1702.
Toda esta noticia me contó dicho Fr. lego F. José Carvo, que hoy
día vive y reside en el río del Putumayo, en el pueblo que llaman
La Concepción, con quien traté muy por menudo todo lo dicho. Estos
dos también ya que llegaron al Caquetá, fueron los primeros que
descubrieron el Putumayo; porque aunque antes Fr. Juan Pecador
había entrado en el Putumayo, pero entró por San Juan de Pasto, de
donde en 8 días se llega al Putumayo. Pero de Almaguer a Mocoa, que
hay 17 jornadas, nadie lo había andado. Este Fr. Juan Pecador,
antes que se fundase el colegio de Pomasque, que actualmente está
en Popayán, pidió licencia al Provincial de Quito para ir a
convertir. Se la dieron, que era hombre de señalada virtud. Entró
al Putumayo, y del Putumayo pasó a otro río, en donde después de
algunos años murió. Y está autenticado en el convento de Quito que
estando un día la comunidad en el coro, llegó un indio no conocido
y pidió por el Guardián. Salió el Guardián y le dijo el indio:
Padre, vengo por un hábito para Fr. Juan Pecador, que está sin él,
y me envía a Vuestra Paternidad que me lo dé. El guardián le dio el
hábito, y con él se fue el indio. Al poco rato lo hizo buscar el
Guardián para darle algún avío; pero ni el portero vio entrar ni
salir tal indio, ni se pudo averiguar. El otro día empezó a sonar
por todo Quito que Fr. Juan Pecador había muerto, sin poderse
averiguar quién dio tal noticia; de donde se infirió que fue algún
ángel el que pidió el hábito para amortajar el cuerno del siervo de
Dios.
Hablando yo de esta especie con Fr. José Carvo, me aseguró que
era verdad todo lo dicho, y que el cuerpo lo tienen aquellos indios
insepulto, y que está incorrupto. Mas me contó que dicho Fr. Juan
Pecador había allí bautizado y catequizado a muchos indios, todos
los cuales lo querían mucho, y que había formado dos pueblos. Y que
desde entonces en el pueblo donde está el cuerno acude en el río
muchísimo pescado. Los indios del otro pueblo, sospechando que era
por milagro del siervo de Dios, viendo que al mismo tiempo se les
había retirado de sus cercanías el pescado, armaron pleito por el
cuerpo del santo, alegando que a ellos les pertocaba el cuerpo, por
haber sido ellos los primeros que catequizaron y bautizaron al
siervo de Dios. Por fin ellos entre sí se convinieron que 5 lunas
lo tuviese un pueblo, y otras 3 el otro pueblo. Este es su modo de
contar: por lunas, porque no saben contar por semanas ni por meses.
Y así desde entonces, cada 5 lunas lo llevan de un pueblo a otro. Y
es cosa notoria que en el pueblo donde está el cuerpo, toda la
cercanía tiene el río muchísimo pescado, y en el otro pueblo no hay
pescado ninguno. Y en mudando el cuerpo, al instante acude allí el
pescado, y falta ya en éste en que antes estaba el
cuerno.
Estas noticias se han averiguado con otros indios comarcanos,
que son prácticos y tienen contratación con ellos; pero jamás han
querido declarar el puesto donde viven, recelosos que los Padres
conversores no les quiten el cuerpo. Con estos indios se ha
averiguado también que hay por aquellos parajes una nación de
indios que tienen un pie como las cabras; y otra nación que las
pantorrillas de las piernas las tienen a la parte de delante, y los
pies a la parte de atrás; y se conjetura que desde la rodilla para
abajo tienen las piernas al revés, de suerte que al talón es lo que
había de ser la punta del pie, y ésta está donde había de estar el
talón. Y esto parece más conforme a la monstruosidad
referida.
Contome también este Fr. lego que al principio, yendo con el
Padre Fr. Juan Mateo registrando aquellas tierras por el monte, que
un día habían encontrado un monstruo, de medio cuerpo para arriba
criatura, y de medio cuerpo para abajo como una fiera y con vello.
Él todavía era guagua, y tan guagua, que aún no se podía aguantar
en pie, y que ya tema 7 cuartas de largo. Ellos lo despertaron, y
se fueron saliendo a toda prisa de aquel paraje, temerosos que si
su madre venía en busca suya los podía acometer y dañar. Estoy
dudoso si lo bautizaron primero o no, que
subconditione,
supuesto que la parte superior tenia forma humana, bien se podía. A
estos monstruos llaman por allá pilosos unos, y otros los llaman
alarbes. Esta especie tenía yo ya de antemano, porque los arrieros
que de la ciudad de La Plata, después que yo y mi compañero el
Padre Fr. Antonio Urrea acabamos la misión, nos condujeron a
Popayán, como en su lugar llevo referido, preguntándoles si en el
páramo de Guanacas vivían algunas naciones de indios bárbaros, nos
dijeron que no, porque a más de ser lugar tan rígido, había
pilosos. Yo inquiriendo esta especie, vine a sacar que eran unos
monstruos como el referido, y que crecían 3 veces más que la
estatura de un hombre; y que de medio cuerpo para abajo eran muy
vellosos. Contaron que algunas veces habían destrozado algunos
arrieros en este camino. Yo por entonces lo tuve por fábula. Y
aunque en Popayán insinuando yo la especie, me aseguraron que era
verdad, todavía no lo acababa de creer, hasta que este lego me
refirió lo que ya dije, y como testigo de vista. Que haya tales
monstruos lo afirma el profeta Isaías por estas palabras: Isay.
Cáp. XIII. V. 21.
Et habitabunt ibi struthiones; et pilosi
saltabunt ibi. Y habitarán allí avestruces, y los pilosos
saltarán allí. Con que consta de la Escritura que los
hay.
Llegamos por fin el cuarto día a Santa Rosa. Todo el pueblo se
reduce a 8 casas de indios, y el convento y una capillita. Había
allí un negro esclavo llamado Antonio, que tenía 7 rayas de
cicatrices en la frente, de arriba para abajo y de bastante ancho.
Él todavía hablaba muy bosal. Un día le pregunté qué mal había
tenido en la frente. Y él me respondió: Para caballero. Con cuya
respuesta vine a averiguar que su nación, los que así los cortan
desde guaguas son tenidos por gente valerosa y noble.
Aquí nos hubimos de aguardar a esperar al Padre Presidente de
las misiones que estaba adentro, y era el que nos había de dar
destino a cada cual. El tardó 47 días en venir, y este tiempo lo
pasamos muy mal, porque había muchísimas niguas. El Fr. lego Juan
de la Cruz diariamente se iba por la mañana con la escopeta al
monte, y a la tarde se venía y traía dos o 3 monos muertos, y desde
los primeros días nos dijeron que aquella era la carne que por lo
común comen adentro los indios y los padres conversores. Yo propuse
antes morirme de hambre que comer mono, o por lo menos privarme de
comer carne, antes que mono. Ninguno de nosotros lo quiso ni
siquiera probar todo el tiempo que estuvimos en Santa
Rosa.
Había en el convento, criado y muy manso, un toche de los de
pinta negra y amarilla, como noté Cáp. 3º. Este pajarito es el que
sabe coser. Él muy cantor y debía de ser hembra, porque de continuo
estaba componiendo nidos. Pero como no tenía compañero, no
procreaba. Esta especie de que sabía coser nos suministraron en
Santa Rosa, y yo deseaba saber el cómo. Y a pocos días nos hubieron
de lavar la ropa, y la tendieron para secar al sol. El toche apenas
vio ropa tendida, cuando se fue al monte y volvió trayendo una
paja, que tendría 3 varas de largo, y en una túnica de las que
estaban tendidas al sol, le pasó la paja y la volvió a pasar tantas
veces, que toda la rolló, y la hizo un lío entrecosida de paja.
Estando él en esta faena nos lo hizo reparar una india que vivía en
la cocina. Nosotros lo estábamos viendo con admiración, hasta que
hubo ya acabado el lío. Fueron y trujeron la túnica, y estuvo tan
pasada y traspasada, que fue menester largo rato a destrabarla. Y
para ver si había sido o no casualidad, el otro día volvimos a
poner tendida de intento una túnica. El pajarito se fue y trajo
otra paja semejante, e hizo lo mismo.
Había juntamente en Santa Rosa un loro tan hablador que no he
visto otro semejante jamás; y remedaba con tal gracia cuanto oía,
que el Padre Urrea, viendo que a pocos días remedaba ya cuanto
nosotros hablábamos, lo odió y decía: Este loro tiene algún demonio
en el cuerpo. Allí vi que la cocinera tenía 2 gallinas, atadas por
los pies, engarzada una con otra colgadas en un palo. Yo dificulté
después y preguntelo, y me respondió: Padre, éstas están cluecas, y
para que se les quite la cluequera las tengo así colgadas 3 días, y
con esto sólo ya se les quitó. En el patio había un árbol, y este
servía de gallinero. Había más de 200 gallinas, y tenía unos palos
arrimados, y por ellos a las tardes se subían las gallinas a dormir
sobre el árbol. Al pie había una chocita donde dormía un perro que
las guardaba de los zorros. Una noche empezaron todas a cantar con
un graznido muy lastimoso, tanto que nos alborotó a todos. Y hubo
de ser que iba por el aire un pájaro nocturno muy grande, y con los
volateos que daba nos horrorizó a todos. Él se estuvo cerca de
media hora, y cada vez que se revolvía, gritaban las gallinas.
Pregunté a Fr. Juan de la Cruz si era lechuza aunque tan grande.
Dijo que no, ni que sabía tampoco qué pájaro era: que algunas veces
le habían disparado escopetazos, pero no lo alcanzaban el tiro,
porque iba muy alto.
Hay allí en Santa Rosa una huerta con su cerca, y en ella la
tercera parte es naranjillas. Es una mata del alto de un hombre,
con las hojas grandes, semejantes a la berenjena. Mas encima de las
hojas cría espinas del grueso y largo de medio alfiler, 15 o 20 en
cada hoja. En el centro da la fruta, que por lo parecido a las
naranjas, talvez las llaman naranjillas. Ellas son la mitad más
chicas que las naranjas, y están vestidas de espinitas muy finas y
agudas, tan tupidas de ello, que parece un terciopelo. Así como van
madurando, les van cayendo las espinas, y las naranjillas se
vuelven de color de grana muy encendido. La corteza es muy delgada,
y dentro no tiene pepita alguna. Es al modo de una naranja que no
tuviera gajos, sino todo un meollo. Su color es entre verde y
anaranjado, y su sabor agridulce muy apetitoso. Es fruta muy fresca
para el cuerpo, y deshechas unas de ellas en agua con azúcar, es un
refresco de los más regalados de cuantos yo he probado en el
mundo.
Un día tuvimos una grande función, porque como allí hay bueyes y
unas 15 ovejas, lo andan rondando los osos; pero son tan prevenidos
unos y otros, que al oler oso al instante se recogen corriendo al
convento. Y sin embargo, algunos daños han hecho. Enfrente de Santa
Rosa, a mano derecha, hay una serranía muy alta, y como todo es
monte tupido intransitable, allí es que están los osos. Este día
pues viniéronse corriendo al convento las ovejas, y el lego empezó
con los perros a arrimarse a las faldas de la serranía, y
descubrimos el oso. Los perros que eran 4 dieron con él y lo fueron
acosando. Pero al llegársele cerca se sentó el oso, y empezó a
batallar a manotadas con los perros. Éstos lo sacaron al limpio y
lo rodearon. Algunos mordiscos le daban, pero el que él hería iba
rodando un rato medio atontado. Duró la contienda cerca de media
hora. Cuando quiso Fr. Juan de la Cruz ir allá con la escopeta y
tirarle un balazo, ya fue tarde, porque el oso volvió a ganar el
monte y se emboscó y lo perdieron ya los perros.
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(1)
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Historia del Orinoco. José Gurnilla.
El
Orinoco
Ilustrado y defendido. Historia natural, civil
y geográfica de este gran río y de sus caudalosas
vertientes. La primera edición de esta obrase hizo en Madrid
en 1741. La última en la
Biblioteca de la Presidencia de
Colombia.
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