De la Plata a Timaná a mano izquierda hay 6 días de camino.
Delante de Timaná a un día de camino hay un pueblecito de indios
también a mano izquierda en la cabecera de una serranía que la
llaman el Andaquí. Monte adentro hay un grande río llamado río
Verde. De este río para adentro viven los indios que llaman
andaquíes, que como llevo apuntado son los que antiguamente
asolaron a Timaná y La Plata. Ellos tienen muchos minerales de oro
y amatistas. Estos indios ladinos que viven en este pueblecito
tienen comercio con ellos, y con el oro les llevan cuanto piden de
armas y herramientas. Estos por mamarles el oro son la causa que no
se ha conquistado todo el Andaquí.
Estos pues 2 doctores, Caycedo y Alegría, en años anteriores
congraciaron los indios de este pueblecito, y fueron allá con
muchas herramientas y vestidos. Por estos indios se avisó toda la
nación andaquí, los cuales salieron y les repartieron el donativo,
y sin más catequizar grandes y chicos los bautizaron a todos sobre
3.000 almas. Allí fundaron 3 pueblos y les dijeron que les
mandarían curas que los cuidasen. Al salir de la empresa avisaron
al obispo, el cual conociendo su disparate los echó a rodar. Ellos
hicieron un testimonial auténtico de su obra y lo mandaron a
Madrid, esperando cada uno una mitra. El Consejo escribió al
obispo, el cual dio razón de su disparate; con que atinándoles la
maula, ni siquiera les volvieron a responder.
Llegados pues a Totoró hubimos de encontrar habas tiernas, coles
muy bellas y una máquina de cebollas, y aquí esta noche cenamos el
guisote. En la hacienda no había más que una india. Ella vivía en
una cocina muy grande que en lugar de pared estaba arrodada de más
de 1.000 cueros. Ella nos abrió una sala donde nos acomodamos a
pasar la noche. Aquí ya no hace tanto frío; es algo más templado. Y
advierto que desde que empecé hasta que acabé donde noto tierra
fría o templada o caliente, lo es todo el año, porque no hay
mudanza de tiempo. Esta hacienda es de bestias y ganado, y la leche
y el queso ya es bueno. De aquí para atrás hasta Cartagena no hay
ninguna hierba, árbol, fruta ni grano de España. Sólo en Cartagena
vi una parra en una casa, la cual todo el año daba uvas. Vi allí
también un cuero de culebra seco, que tenía 7 cuartas de ancho.
Aquí ya hay trigo, cebada, todas legumbres y hierbas para la olla.
Sólo faltan las frutas. De aquí para arriba hay buenas carnes,
muchas papas y muy buenas, que las que hay en España son muy
inferiores. Hay muchísimos cuyes, que son estos conejos que aquí
los llaman mixto de ratón, y es la carne más delicada de cuantas
Dios crió. No son mixtos de ratón y conejo, sino que es especie tal
y generación de tales animales. Yo los he comido muchas veces, no
hay carne alguna que la iguale en sabor y delicadez. Las papas allá
son tan buenas porque las saben cultivar. Ellas sólo se dan en
tierra fría, quieren mucha agua y que las arropen echándoles encima
mucha tierra.
Por la mañana partimos después de almorzar, ya camino apacible,
lo más de él manchones de monte y gramadales, y dejando el río a
mano derecha, cerca de mediodía llegamos a comer en un alto que lo
llaman Cruz Colorada. Después de comer volvimos a montar, y a hora
de vísperas llegamos a una loma de cantería de donde descubrimos ya
Popayán. Está la ciudad fundada en llano sobre una loma. A la mano
derecha hay una venta donde sólo venden guarapo, chicha, pan y
tabaco acordillado, menor que el dedo menor, y dan un bollo de una
libra por medio real. Un poco más allá hay unas vegas con arboleda
y gramadal, y éste es el paradero de los arrieros. Tienen las vegas
una quebrada la que allí junto se juntan con un río que llaman río
Blanco.
De río Blanco a Popayán hay una legua todo llano y apotrerado de
cada lado. Es tan viciosa aquella tierra para maíz, que de las
cañas hacen bardas, puertas y cercas. Son del tamaño de una pierna
y en proporción de alto. Aquí las mujeres visten de largo, y las
señoras ya usan manto, pero por lo regular en casa van descalzas;
los zapatos sólo para salir afuera. No usan jubón, sino camisa
labrada de seda con pechitos, y en el puño a medio brazo vuelos. En
la casa más rica, aunque ponen pan en la mesa, pero también ponen
arepas. Y en el colegio también las dan a la comunidad. Aquí el
vino va muy escaso, porque como se provee de España, por los fletes
va muy caro. Lo regular vale 3 pesos un frasco. La cera también va
a 3 pesos la libra. El aceite sólo se usa para medicamentos. En
lugar de aceite se usa manteca que hay en abundancia. Para
alumbrarse velas de cebo. Tendrá la ciudad 4 o 5.000 vecinos. Tiene
la catedral, nuestro colegio, San Juan de Dios y 2 conventos de
monjas. Tiene mucho comercio; hay algunos chapetones, muchos
blancos, mestizos, indios, etc.
El colegio, que era antes un convento de la provincia de Quito,
los Padres porque estaba fuera de la ciudad lo dejaron, y se compró
una casa en la mitad del pueblo, y la acomodaron en forma de
convento y estaban muy incómodos. El doctor Caycedo vivía en el
colegio, porque estaba disgustado con el obispo. Él hacía una
fábrica pegada a la ciudad, y era voz común que era un nuevo
colegio para los Padres; y otros decían que eran unos almacenes
para comercio. Él era hombre muy sagaz, y era jesuita expulso. El
Comisario que nos llevó, en España había hecho varias prevenciones
de todo lo que se necesita en las conversiones de los indios. Vino
empeñado en 1.400 pesos. El Marqués de Casamadrid que les dio en
Cádiz, escribió a Cartagena para que se embargase todo hasta que el
colegio satisfaciese. El Comisario remitió la nómina al colegio y
como el colegio no tenía la cantidad, el doctor Caycedo pagó, y
tomó de su cuenta todo el apero, y lo mandó vender en Cartagena,
con cuyo proyecto ganaría buenos pesos. Al cabo de algunos meses,
hecha ya la amistad con el obispo, se desgració con los Padres, y
salió del colegio, y la fábrica que hacía incompleta, la dio a los
Padres Betlemitas.
En Popayán los víveres son los mismos que antes tengo referidos.
Sólo tienen más abundancia de trigo y papas. Y usan en toda comida
y cena un guiso de papas cocidas con agua, sal y manteca, que
llaman locrito. Este plato nunca falta, y siempre es el último que
sacan. El clima de Popayán es muy frío y destemplado, y se
conmueven en todo tiempo del año tempestades muy furiosas de
aguaceros, ventarrones, truenos, rayos y relámpagos, que
continuamente es menester estar haciendo rogativas. Hay muchísimas
niguas, y todo el día es menester estar sacándolas. En el colegio,
hay unos niños muy prácticos de sacarlas, como de continuo no
hacían otra cosa. El guacamayo por los gritos que daba lo regalé a
un paisano que hay allí rico, y casado con la mejor familia que son
los Valencias, llamado don Lorenzo Oliver.
A los cinco días de llegado entró toda la comunidad en unos
ejercicios 8 días, y el día octavo el Guardián propuso a la
comunidad, como su Iltma. había pedido, a los dos Padres que habían
sobrevenido de la misión de La Plata, que era yo y el Padre Urrea,
y los destinaba para el Cunacuna, y ofrecía pagar no sólo todo el
gasto para su transporte y conducción si que también daría al
colegio todo el Andaquí. Es el caso que el Cunacuna es una
provincia entera, que cae a las cabeceras del río Chocó. Esta
provincia en años anteriores estaba gobernada y era corregimiento.
Contenía muchos curatos, y toda ella es de minerales de oro. Ella
pertenecía en lo político al Virreinato de Santa Fe, y en lo
eclesiástico al obispo de Popayán. Ella tiene puerto de mar que cae
al Mar del Sur. Allí aportaron algunas naves francesas, y con el
oro se engolosinaron allí; y como por otra parte los corregidores
vejaban sobradamente la gente, ellos se proveyeron de armas de
fuego y no de fuego. Los franceses les enseñaron el manejo de unas
y otras, y algunos se han establecido y casado allí. Por fin la
provincia se reveló, sacudió el gobierno de los españoles y se ha
perdido; y ellos han vuelto al gentilismo, y por sí se gobiernan.
En años anteriores de Cartagena se animaron 2 religiosos, y
fueron allá con un seglar que les entendía la lengua, a ver si los
podría reducir a la prístina observancia del cristianismo. El
cacique los recibió muy atento; pero a la noche, cuando se fueron a
la cama, en cada cama encontraron una china ya mocetona que los
aguardaba en ella. Es estilo de la nación cunacuna que cada pueblo
cada año ha de dar al cacique principal una niña doncella. Estas
las crían para los pasajeros que van al pueblo principal con algún
comercio, y a la que llega le llevan a la cama una de ellas, la
cual sólo ha de usar todo el tiempo que allí moran. Los religiosos
no quisieron contaminarse en esta inmundicia, y echaron las chinas
de la casa. Por la mañana ellas como lo tomaron a infamia y
desdoro, avisaron al cacique, el cual convocó a toda su justicia y
fueron a la casa con ánimo de matar a los dos religiosos. Ellos por
más que daban descargos, no eran admitidos de los indios, que,
furibundos, con las armas en las manos, les amenazaban la muerte.
El intérprete viendo la aflixión de los dos Padres, tomó por mejor
dar vado al peligro, a ver si con el tiempo podría sosegar la
furia, y mediante razones, no sólo aplacar a los indios, si que
también los Padres, recobrando el ánimo, tomasen algún arbitrio
siquiera para el escape. Con este proyecto dijo al cacique que no
se atropellase a maltratar a los Padres, porque supuesto que
estaban recién venidos, y que no sabían todavía los estilos; y que
en suposición que habían venido para el bien y provecho de todos,
que les diese tiempo, que él los aconsejaría lo mejor, y que ellos
informados de los estilos de la tierra, se ajustarían a
ellos.
Por fin el intérprete sosegó por entonces el motín. Aquel día el
cacique los regaló con su buena comida y cena. Los Padres pero
determinaron primero morir que contaminar su pureza, confiados en
Dios. Esta segunda noche sucedióles lo mismo: vuelven a hallar cada
uno en la cama una china. Ellos tomaron por mejor dejarlas estar en
la cama solas, y se fueron a recoger en un rincón de la casa. Pero
a lo que vino la mañana, levántanse las hembras, y fueron a dar
cuenta al cacique. Éste convocó su gente, y mancomunados todos
tomaron las armas y fueron a la casa con ánimo de matar a los
Padres, y al intérprete también. Al llegar lo empezaron a tratar
mal de palabras, el cual dijo a los Padres: Ya llegó nuestro
término, porque estos bárbaros ya no hay razón alguna que los
contenga, y así, Padres, disponerse para morir al instante. Los
Padres tomaron cada uno su santo Cristo en la mano, y arrodillados,
empezaron a deprecarlo con tal fervor, que, enternecidos, con
muchas lágrimas, enternecieron al cacique, el cual preguntó: qué
era lo que decían. Los Padres daban las razones por el intérprete,
el cual dijo que los Padres eran sacerdotes, ministros de Dios, y
que se les estaba prohibido el comercio con mujeres. Que era pecado
y ofensa de Dios aquello, y que a trueque de no ofender a Dios,
primero darían su vida. El cacique entonces dijo: que en suposición
que no querían ni podían ajustarse a los estilos de su tierra, que
se fueran por donde habían venido. Así se hizo. El cacique les dio
muchos víveres y una canoa con gente suya que los acompañase unas
jornadas, y así se fueron dejando la empresa.
A esta empresa nos destinaba su Iltma. y los dos queríamos ir, a
ver si Dios tal vez nos tenía allí guardada o la corona del
martirio o la conversión de tantas almas. A más de todo esto su
Iltma. deseaba restituir a la mitra esta tajada que está
descantillada, y es muy pingüe; y al mismo tiempo obviar los daños
que hacen estos cunacunas al Chocó con varios avances que le dan
con pérdidas de vidas y buenos caudales. El Guardián dijo que no
convenía, ya porque éramos en el colegio pocos obreros, y que en
nuestras misiones teníamos sobrado en qué trabajar, y así se
repudió la propuesta del obispo. Y al mismo tiempo señaló 6 para
que fuéramos al monte a la conquista de nuestra misión, y entre los
señalados fui yo uno.
Yo mandé llamar a mi paisano don Lorenzo y le comuniqué mi
destino, el cual me hizo proveer de herramientas de carpintería,
para que tuviese allí en qué entretenerme. A los dos días después
partimos, y vino acompañándonos unas jornadas el Guardián con 4
caballeros de la ciudad. Yo premeditando el peligro a que iba, le
dije: que quería saber antes a qué puesto me destinaban; y que en
todo caso no quería estar solo con aquellos indios bárbaros, que
quería otro compañero para poderme confesar, mayormente instándome
o previendo peligro de muerte. Él me respondió que el puesto adonde
me determinaba no lo sabía, y que el Comisario que estaba dentro,
que se llamaba el Padre Fr. José Barrutieta, era el que me había de
destinar según supiese la necesidad. Y que cuanto al compañero no
dudase que nos pondría de dos en dos por precisión.
Con esta resolución salimos de Popayán, y tomando una serranía a
mano derecha, fuimos a dar aquel día a una hacienda de un caballero
que tenía allí unos minerales de oro. Yo tenía deseo de ver cómo se
sacaba de las minas de oro; pero aquí aunque me lo dijeron, no
quedé satisfecho, porque yo no lo quería saber por el oído, sino
por los ojos. No fue posible, porque entonces no se sacaba la mina,
porque el amo hacía allí una nueva casa, y todos los negros
esclavos e indios de la mina estaban empleados en la fábrica de la
casa. El otro día partimos, todo el camino de lomas, aunque no muy
ásperas, pero camino muy doblado. Todo pajonales y manchones de
monte. Y este segundo día fuimos a dar a otra hacienda, que era del
principal caballero que nos acompañaba, y era el mayor bienhechor
que tenía el colegio. La hacienda era trapiche de azúcar, y hice
concepto que sería hombre muy rico, porque las masas de moler la
caña eran de bronce. Ya aquí pasamos de tierra fría a tierra
caliente. En esta hacienda nos detuvimos 3 días, en que nos regaló
bastante el caballero con comida y cena muy decente.
Partimos el otro día de mañana y se quedó en la hacienda todo el
acompañamiento. Sólo vino del colegio con nosotros un Fr. lego
llamado Fr. Juan Mayor. Éste había tomado el hábito, había pocos
años, porque siendo el tratante, yendo un día de camino, vino un
rayo y reventó casi en su mano, tanto que le chamuscó el pelo y el
vestido. A vista de lo cual dejó el mundo, y se hizo religioso.
Este día fuimos a dar a otra hacienda en que también se cavaba otra
mina de oro. Nos contó en el camino que de dicha mina se había
sacado muchísimo oro; tanto, que en años anteriores el dueño de la
mina, cada vez que se limpiaba, de 4 a 4 meses, lo trabajado, a no
rendir de 20 a 25 quintales de oro no estaba contento. Bien pudo
ser que fuera así, pero yo no lo creí. Llegados que fuimos a la
hacienda, yo deseoso de ver cómo se sacaba el oro, dije a un negro
que nos enseñase la mina, que queríamos ver cómo se sacaba el oro.
Él dijo que por entonces no se sacaba, porque lo que habían
trabajado 4 meses lo tenían ya medio limpio en el canalón, y que
aguardaban al amo para sacarlo y limpiar el oro. Con todo, allí
junto estaba la mina, y fuimos a verla.
Era una barranca de unas 6 varas de alto. Encima tenía unas dos
varas de tierra, que fecundaba un pajonal. Después seguía vara y
media de greda azul fina con algunas rayas de greda atabacada. Más
abajo seguía tierra mixturada con alguna arenilla blanca y negra,
que llaman marmaja. Y entre uno y otro, mixturado cascajo y algunas
piedras grandes y chicas. Allí es donde está el oro. Esta es la
mina de oro granado, que sin mixtura de otra liga se cría en los
minerales; puntitas, pedacitos, más menudo, oro en polvo que
llaman. Empieza a criarse de la greda para abajo, y cuanto más
abajo hay más. Abajo de esto estaba una peña, y así son todos los
minerales de oro que yo he visto de esta especie, como apuntaré más
individualmente en llegando a Barbacoas.
En el canto de la peña donde se acababa de cavar, había hecha
una canal a pico de una vara de ancho y otra de hondo. Esta a sus 3
trechos tenía 3 pocitas y en ellas es que se va recogiendo el oro,
que con la fuerza del agua cuando cavan la mina se va con la
tierra. En una de estas positas que estaban llenas de arenilla y
marmaja con el oro, sacó de ella el negro un par de puñados en una
batea, y zarandeando con agua, poco a poco, asolábase como más
pesado el oro, y sacaba la arenilla y marmaja, y así lo fue
depurando, hasta que quedó solo el oro, que hubo cosa de un par de
adarmes. Cuando yo llegué a Barbacoas, y vi cómo cavaban las minas
y limpiaban el oro, conocí que aquí no lo entendían tan bien como
los de Barbacoas, como explicaré en llegando allá.
El otro día partimos por una serranía muy más escabrosa, y a la
tarde fuimos a arranchar a unas casas de unos mestizos, que también
tenían sus minerales de oro como el día pasado. El otro día
volvimos a partir y aquí nos dejó el Fr. lego Fr. Juan Mayor, y
dijo que nos iba a aparejar en avío para entrar al monte de la
misión, que en el Pongo nos aguardaría con ello. Nosotros pasamos
adelante y dejamos a la mano derecha a 4 leguas de distancia un
pueblo de indios y mestizos llamado Santa Cruz, país muy fecundo de
trigo; y a mano izquierda a 5 leguas de distancia, otro pueblo
también de indios, mestizos y mucha gente blanca, que llaman
Caloto, también muy fecundo de trigo; y a la tarde vinimos a
arranchar en un pueblecito de indios y mestizos llamado La Vega.
Esta noche hubo sermón y se confesó la gente, que serían unas 20
familias. El otro día partimos por una serranía muy áspera. El día
estaba lloviznoso, y al tomar de mediodía en una loma de cantería
toda, nos cayo encima un aguacero formidable. Cerca de las 3 de la
tarde escampó, y al tomar una bajada que está inmediata a la ciudad
de Almaguer, topamos al cura y otro clérigo que es el sacristán con
algunos blancos que nos estaban aguardando. La cuesta era toda de
lodo negro, y en una resbalada que dio la mula del Padre Fr.
Cristóbal Romero, ella se ensució toda hasta el hocico, y el jinete
lo mismo. Nos dio a todos el verlo enlodado tal pasión de risa, que
yo por lo menos, con la fuerza, todo me trasudé. Llegamos por fin a
la ciudad, y nos tuvo ya el Guardián de nuestro convento prevenido
el hospedaje, porque llevábamos orden del obispo de Popayán para
detenernos allí unos días, haciendo una misión, y así se
hizo.