CAPÍTULO
V
Contiene las cosas raras y
maravillosas que hay desde
la ciudad de la Plata hasta Almaguer
La ciudad de San Sebastián de La Plata tomó esta denominación de
la mucha riqueza que tuvo antiguamente, en donde cuenta aquella
gente que la iglesia estaba tan alhajada de alhajas de plata, que
hasta la campana mayor de la parroquia era de plata. A esta ciudad
desvastó la nación de unos indios que llaman andaquíes, y la
robaron toda, se llevaron todas las mujeres y las monjas de 2
conventos, y la dejaron asolada como noto en el Cáp. IV. Desde
entonces no ha vuelto a levantar cabeza. El robo es tradición que
está escondido en una cueva de la serranía de Timaná, y que los
indios lo dejaron encantado. De esta especie hablaré cuando llegue
a una hacienda llamada El Limonal.
Y se hace esto verosímil, porque tal vez aun en estos tiempos se
ve que algunos indios para pagar el tributo traen algunos pedazos
de plata, que no sólo se conoce ser cosa labrada, sino también ser
de alguna alhaja de iglesia. Ellos por otra parte son tan sagaces,
que primero se dejarán quitar la vida que revelar a ningún blanco
ni español, lo que está de los antiguos escondido.
Todos los tesoros que los indios antiguos escondieron después de
la Conquista y otros, los encantaron todos, de generación en
generación, conservan ellos entre sí la noticia. Pero ésta no la
revelan sino a puro indio. Rara vez han descubierto a algún
chapetón o blanco alguna cosa. En adelante tocaré más este punto.
La gente india soy yo de parecer que es aquella 13 tribu de Israel
que en sentir común de santos Padres se desvió y tomando caminos
por despoblados desapareció sin que se supiese por dónde. El
fundamento que tengo es que he notado que los indios tienen todas
las propiedades de los judíos. Son muy golosos, propensos a comer
dulce y queso; propensos a la idolatría; fáciles de dejar la
religión cristiana; gente que no cría barba, de natural ladrones;
muy inclinados a lavarse muchas veces y a pintarse el cuerpo.
Cuando hablan nunca miran a la cara; siempre comen en el suelo;
siempre procuran a vivir en despoblado y donde nadie sepa de ellos.
Inclinados a repudiar mujeres y a tener muchas de ellas.
Propensísimos a la embriaguez. Por más que se les haga alguna
vejación, nunca se afrentan. Indevotos de asistir a la iglesia.
Cuando hablan entre sí, siempre hablan muchos a un tiempo. Infieles
en lo que prometen; y toman por sumo agravio el que se les corte la
melena, siendo así que tienen el pelo cerdudo y nunca crían canas
ni calva. Enemigos del español y amigos de fomentarse unos con
otros. Son gente de natural vil y apocado; y al mismo tiempo, el
que llega a empuñar la vara de alcalde o regidor, se vuelve un
soberbio Lucifer.
En La Plata topamos una orden del Padre Guardián del Colegio y
otro del señor obispo, que lo era el Iltmo. señor don Diego Corro,
que después subió a arzobispo de Lima, para que dos de nosotros nos
quedáramos en La Plata predicando misión y los demás pasaran
adelante a Popayán. El Padre Presidente para el efecto señaló al
Padre Fr. Antonio Urrea y a mí. El cura propietario que era un
gallego estaba en Popayán capitulado, y por ello estaban
encontrados el Cabildo eclesiástico con el seglar, y para
establecer la paz se hacía un novenario al dulcísimo Corazón de
Jesús. Aquel día mismo en que nosotros llegamos se concluía el
novenario. El alcalde rogó al Padre Presidente que alguno
solemnizase la función con una plática del asunto. Nadie quería
predicar y yo prediqué. El alcalde nos buscó una casa para dos que
habíamos de quedar, y tomó de su cuenta cuidar de mantenernos en un
todo.
El otro día a la oración se empezó la misión con el asalto, para
lo cual dispuse una plática y salimos después rezando la corona de
la Virgen y echando saetas. El teniente de cura iba detrás con un
santo Cristo, y la cleresía interpolada con nosotros. En la mitad
mi compañero echó otra plática, y al concluir la corona se cantó la
Salve con tono de misión, y concluida ésta ya en la iglesia, se
concluyó con otra plática que predicó el Padre Presidente, abriendo
la misión y publicando las indulgencias que hay
concedidas.
El otro día de mañana don Silvestre Polanco avió a los Padres
para Popayán, y partieron cerca las 8, y nosotros dos nos quedamos.
La ciudad se compone de pocos chapetones, muchos blancos y
mestizos, varios indios y mulatos. Tendrá 2.000 vecinos. Nosotros
predicamos 37 días continuos, hasta que se hubo confesado toda la
gente. Hacía 35
años que allí no se había predicado moral.
El fruto lo cogimos a dos manos, porque hasta por la noche se
venían llorando hombres y mujeres pidiendo confesión. El Padre
compañero no quiso allanarse a predicar doctrina cristiana; y yo
sabiendo que la mayor parte de las indulgencias está concedida a
esto, tomé a mi cargo este punto. Por la madrugada decíamos misa, y
al acabar dábamos gracias sucintas; él se iba al confesionario, y
yo al púlpito a una plática de doctrina; y, al concluir, iba al
confesionario. A las 8 íbamos a tomar cacao y leche: que hubo una
señora que nos proveyó de leche con tal arte, que nunca pudimos
saber quién era ella, porque un indio que nos servía, llamado
Celedonio, tenía precepto de traerla sin declarar jamás quién nos
la mandaba.
A breves días de misión se hizo la paz de los 2 Cabildos con
demostraciones muy ejemplares. Lo más raro que me pasó fue que
cierta mujer que había hecho algunos hurtillos en sus vecinas,
confesando conmigo, yo viendo que ella se excusaba a la
restitución, alegando que no tenía, húbele de preguntar si tenía
gallinas, para que con huevos y con pollos, poco a poco, fuese
restituyendo. Ella me respondió que no las tenía, y viéndola de
todas partes insolvente, la despaché. Después de tomar cacao
volvíamos al confesionario hasta mediodía; y después de comer y
rezar toda la tarde confesábamos hasta media hora antes de tocar la
oración; y después de ello predicaba uno una noche y otra otro. Lo
que más nos fastidió fueron las niguas, que hay muchísimas. A mí
por lo menos me sacaba Celedonio cada día una docena. Esta noche
pues acertó mi compañero a predicar de los gritos de los
condenados, y sacó aquella amenaza de Dios por Ezequiel: Vé, vé,
vé. Dicha mujer estuvo en el sermón. Y el otro día después de comer
se recostó a dormir, cuando una gallina vale delante la cama a
cacarear. Ella dormida la oía, y el cacareo se le figuraba que eran
los gritos que dan en el infierno los condenados, como el Padre lo
predicó. Despertó despavorida, y vino a buscarme al confesionario,
hecha un mar de lágrimas, que en un largo rato no le podía sacar
palabra, saliendo el corazón por los ojos y suspiros del pecho.
Declárame el caso, que era aquella a quien yo le pregunté si tenía
gallinas, y teniéndolas lo había negado.
El clima de La Plata desde el río País, ya es más templado, pero
todavía hace calor. En la ciudad cada casa tiene su platanar. Ya
aquí hay más pan de trigo. La ciudad tiene muy poco comercio. Los
víveres son los mismos. El traje de las mujeres ya es más honesto.
Aquí ya no se ve gente desnuda. Las mujeres usan bayeta en follera,
y mantilla. No se usa manto; pero la mantilla la traen con muchos
sobrepuestos de encajes blancos y cintas de tela. La saya de
tafetán, con muchas labores entrecortada. Su principal comercio es
en alquileres de mulas y transporte para Popayán. Tiene la ciudad a
la entrada un río que llaman el río de La Plata. A la margen de
este rio hay guayabas. Y advierto que el guayabo da una flor
blanca; pero cuando cae a las 24 horas ya son sus 4 hojas 4
mariposas. Yo he tenido una en la mano, que ya caminaba como
mariposa, y todavía sus alas eran hojas, todavía no se habían
vuelto alas. La aseguré, y en cosa de una hora se despegó la hoja,
y se dividió de por medio en 4 alas y se voló ya perfecta mariposa.
Vi también a la margen del río unos arbolitos medianos, que su hoja
es como la del roble, y dan unas frutas semejantes a la avellana,
algo más chica. Las probé que estaban verdes, y era buena comida
algo parecida a la nuez verde. Pregunté por ello, y no me dieron
razón alguna de su nombre.
Antes de llegar a La Plata un cuarto de legua hay un trapiche de
azúcar que es de una mulata viuda sin hijos muy rica, llamada doña
Manuela Flórez. Advierto que desde Honda hasta La Plata padece la
gente, mayormente las mujeres, criando unas papadas en el cuello,
2, 3 y 4 también, que allá llaman cotos. Afea mucho la naturaleza.
Algunos han querido abrírselas y quitarse aquella fealdad, y por lo
común se han muerto los más. Esta pues mulata, sobre ser su color
muy atesado, tiene 4 cotos disformes. Pero como está rica, los
lleva todos ataviados de gargantillas de oro muy grandes. Esta me
cobró afición, y por darle gusto, me mandó una tarde una mula, y
fui al trapiche. Su empeño fue que en años anteriores, como ella
tiene su buena casa en la ciudad para cuando viene, una noche le
hicieron un robo muy considerable de ropa, dinero y vajilla de
plata. Me pidió que predicase sobre el particular, a ver si se lo
restituían. Ella tenía una guacamaya de las que se crían en los
andaquíes de todos colores, y me la regaló, y también me dio varios
dulces.
Doña Agustina, la mujer de don Silvestre Polanco, que es el
hombre más rico de La Plata, y es menester que lo sea, porque la
mujer le ha parido 24 hijos, y todos están vivos. Esta pues señora,
que es muy buena, también me cobró bastante afecto. Y allí
indujimos que una niña entrara de religiosa en Popayán en el
convento de la Encarnación en donde tiene una tía llamada la señora
San Sebastián. Yo anduve los pasos y a los 7 meses tomó el hábito.
De Honda a La Plata ponen 400 leguas; pero yo no hallo que lleguen
a 300 en poca diferencia. Nosotros acabamos la misión día primero
de agosto, y partimos para Popayán día 3 por la
mañana.
Don Silvestre Polanco nos avió, y nos hizo prevención para pasar
el páramo de Guanacas, de un capote de paja largo a cada uno. Estos
capotes los fabrican en Timaná, y vale 7 pesos cada uno, y los
cortos 4 pesos. Es una red con sus mallas espesas, que forman un
relingote sin mangas. Mas de cada nudo salen 6 pajas de mayor a
menor, poco menos de ancho que un dedo. Esto forma un empajado, que
por más que llueva diluvios, está uno seguro de mojarse, porque
antes con el agua se aplasta la paja y hay menos riesgo. Ello un
hombre puesto con ella a caballo parece una fiera, y es menester
que la mula no sea arisca, porque con el sonido de la paja la hará
saltar. En el cuello tiene su cuerdecita de un lado, y con ella se
va trabando la delantera por las mallas, y una persona va abrigada
sin peso porque pesa muy poco. Por otra parte al sacudirle el agua,
dentro de breve rato ya está seco, y en doblarlo, ya tiene un
colchón en qué dormir. Para un caminante es el mejor apero de
cuantos se han inventado.
Partimos por una sabana llana, llena de unas matas de 6 cuartas
de alto, que las llaman dondequiera. Ellas muy coposas. Su hoja en
un todo se parece a la salvia y en cada cogollo forma unas hojitas,
su color entre dorado y amarillo. Estas puestas al fuego huelen
mejor que el incienso. Esta hierba abunda mucho en toda tierra
caliente, especialmente en las vegas de los ríos. Las mujeres las
usan en lugar de estropajo para fregar. Había también mucho molle
como anoto en el capitulo 2º. A mediodía nos paramos en una
quebrada a comer, y después volviendo a montar, llegamos a la tarde
a arranchar a una hacienda que llaman Las Cuevas. Aquí nos condujo
un clérigo de La Plata llamado don Justo, y la hacienda era de un
hermano suyo.
El otro día partimos después de almorzar, ya camino escabroso, y
a mediodía venimos a comer en un llanito en donde hay 10 o 12 casas
de indios y mestizos. Había en el puesto muchas guabas machetonas,
como noto en el capítulo 3º. Ellas estaban maduras y nosotros
comimos cuantas quisimos. Volvimos a montar después de comer, y
venimos a dar en una ladera tan alta y peligrosa, que es preciso
antes de entrar en ella que los arrieros vayan continuamente
gritando para alentar las mulas, que les están temblando las
piernas; y al mismo tiempo para que de delante nadie se venga.
Porque si se encontraren en esta ladera uno de acá y otro de allá,
no hay por dónde poder desviarse, y era preciso el precipicio de
uno u otro. Y lo peor es que tampoco hay dónde uno se pueda apear.
Nosotros cuando acatamos ya estuvimos dentro, y pasamos haciendo
actos de contrición. Bajamos después a unos valles en donde hay una
hacienda de don Silvestre Polanco, que la llaman Segovia. Aquí nos
dirigió para que mudásemos mulas para pasar el páramo. Aquí nos
detuvimos dos días, y lo pasamos muy bien, porque había bastante
leche, y con la vecindad de páramo era ya tierra templada.
Proveídos pues de buenas mulas subimos a otra ladera poco menos
que la pasada. Pasamos por Insa, que es una capilla que está sobre
un cerro, en donde se venera una Virgen muy milagrosa. Antiguamente
hubo allí un pueblo llamado Insa, por lo peligroso del puerto, y
destemplanza de temporales la gente se mudó, y sólo ha quedado la
iglesia y la Virgen. Al mediodía llegamos a Guanacas. Guanaco es
una especie de camellos que hay por allá del tamaño de un burro,
pero su figura es de camello. Estos animales siempre viven en los
páramos y lugares rígidos. Su carne es rica comida, como el camero.
Cría media vara de lana laxa, más fina que la seda. Es blanco con
manchas atabacadas. En este páramo hay muchos y de aquí es que lo
llaman el páramo de Guanacas, y el pueblo que hay también lo llaman
Guanacas. Desde aquí hasta Malvasa, que son 3 jornadas, todo el
camino está empalizado, porque al mismo tiempo que es todo monte,
es todo de greda colorada, y arma mucho barrial y atascadero.
Nosotros con las buenas mulas llegamos en dos días.
Este pues día llegamos a mediodía a comer a la primer loma donde
empieza Guanacas, y había muchas guayabas maduras y mucha
dondequiera. Después de comer volvimos a montar, y a breve rato ya
conocimos la mudanza del clima; porque pasa de extremo a extremo,
mudándose dentro de 100 pasos de calor en frío. A la tarde llegamos
a un pueblo de indios que llaman El Pedregal. En la cuesta reparé
que por el camino había muchas piedras grandes y chicas que daban
unos trasluces muy brillantes. Nosotros nos apeamos en casa de un
hermano del cura llamado don Fulano Vega. Él era platero, y yo le
pregunté sobre de estas piedrecitas; y él tenía y me dijo: Aquí las
labro y sirven de tachonar, zarcillos y sortijas. Allá llaman a
esta piedra linga. Es lo mismo que los brillantes de Francia que
parecen diamantes. Él tenía algunas labradas, y daban tales
trasluces y brillantes como el diamante. Yo le dije que en España
valdría mucho aquella piedra. Él me dijo: Padre, aquí anda rodando
por el camino, y aquí arriba hay un cerro todo de ello.
Este pueblo fue muy rico antes de la Conquista, y advierto que
los indios entonces los enterraban con todo cuanto tenían. Y estos
entierros o sepulcros llaman guacas; y cuando moría algún cacique,
todos los del pueblo le tributaban oro, ya labrado o sin labrar, y
lo echaban en la guaca; y como había indios ricos y pobres, de aquí
es que hay guacas ricas donde se halla mucho oro, y guacas pobres
donde no se hallan sino juguetes como son platillos, ollitas,
jarras, muñequitos y varios pájaros y animales. Pero todo de un
barro muy fino y las figuras con una total perfección. El día que
fui en La Plata al trapiche de doña Manuela Flórez, junto al
trapiche había cavado una guaca. Era una concavidad hecha de
propósito en una peña, con una boca por donde la fabricaron y
después se cayó. Yo la vi, y según lo grande y primoroso que está,
hubo de ser guaca de algún cacique. Así llamaban a los que
gobernaban los pueblos, o de algún indio de gran nombre. La guaca
se descubrió por las llamas que echaba de noche. La cavaron y no
hallaron sino tiestos y muñecos. Lo que digo que arden las guacas
es cosa cierta, especialmente los viernes y en los cuartos de luna.
Y por estas llamas se han descubierto muchísimas.
En el pedregal hay muchísimas guacas y las estaban cavando el
cura por una parte, y por otra el doctor Caycedo de quien hablaré
en llegando a Popayán. Este cura me contó que de unos años a esta
parte habían descubierto que había en las guacas mucho oro menudo,
y que hacían catear la tierra que sacaban y hallaban bastante oro.
El año anterior el doctor Caycedo encontró una guaca tan rica que
las alhajas que sacaron de oro, tigres, monos, sapos, culebras,
etc., puesto en una batea un negro con toda su fuerza no lo pudo
levantar. Y que el mismo año había encontrado otra con un indio
seco y entero, rebosado con un capote de oro, que pesó más de
cuatro quintales. Ello los dos en esto de cavar guacas se habían
hecho muy ricos y poderosos. El pueblo tendrá unas 50 familias, y
es lugar muy rígido, tierra fría todo el año.
Nosotros partimos por la mañana después de almorzar, y a las 9
del día pasamos por bajo la capilla de Insa, y a poco rato ya
empezamos a caminar por encima de empalizada. A mediodía llegamos
al pueblo de Guanacas. El pueblo que tendrá 80 vecinos todos
indios. En el mismo camino a mano izquierda topamos una venta. Allí
paramos a comer. En la casa no había nadie. Junto a la casa había
una cerca con un habar de habas tiernas muy bueno. Como nosotros no
habíamos visto en la India cosa parecida a las de España, al ver
las habas tiernas el Padre Urrea saltó adentro y cogió un pañuelo
lleno, y al salir vino la india casera. Le dimos satisfacción, y
ella dijo que cogiésemos cuantas quisiésemos. El compañero me
decía: Esta noche cenamos con estas habas un buen guisote con
pollos asados que llevamos y huevos duros.
Después de comer partimos, y de aquí se empieza a bajar la mitad
del páramo. El páramo es una cordillera de serranía muy elevada,
que desde Buenos Aires viene cruzando todo el Perú. La mayor parte
está nevada todo el año. Por cuatro partes solamente se le ha
encontrado tránsito. Salen a trechos de la misma cordillera unos
mogotes de serranía que van dividiendo unas provincias de otras, y
parece que la misma naturaleza, o su Creador, allí dividió en
diversos reinos aquella tierra, y para excusar guerras les puso
estas serranías por donde es imposible la comunicación de unas
gentes con otras. Los parajes por donde se pasa, que yo he pasado 2
como diré, son tan rígidos, que es muy raro el día en todo el año
en que raya allí el sol desde Guanacas hasta Hierbas Buenas. Su
rigidez se conoce en que desde Guanacas hasta Hierbas Buenas no se
andan 10 pasos en que no se encuentra mula muerta.
Y no son solas las mulas las que allí mueren sino también la
gente, y este es el páramo del cual vulgarmente se dice que allí
muere la gente riendo. Cuando llueve o está el día toldado,
entonces es el tiempo de pasar, porque entonces está el páramo algo
apacible. Pero en estando el día despejado, entonces está malo, y
es muy regular que las mulas que halla dentro, las más mueren
emparamadas, y para fiar mula al páramo es menester que ella sea
tal. Allí no hay nieve nunca, pero pasa un aire tan sutil y frío,
que penetra los huesos. El beber allí vino o aguardiente es veneno,
porque mata más presto. Allí lo que sirve sólo es beber agua fría.
Cuando el páramo está rígido el frío provoca a hacer gestos de la
cara, que por esto dicen que mueren riendo, por los visajes que
hacen. Los arrieros en advirtiendo esto en alguno, le dan duros
latigazos para calentarlo, y a las mulas también, y así las sacan
bien azotadas.
Todo el camino está hecho unas escaleritas tan pendientes, que
es menester que las mulas sean bien prácticas, y con todo va una
persona temblando. No hay dónde despeñarse, porque todo es monte
cerrado, y muy alto, todo enmarañado de bejucos y maleza. Pero en
aquellas escaleras de una caída podía matarse una criatura.
Nosotros lo primero bajamos a un río que lo llaman Eullucos. A mano
derecha, unos 20 pasos del vado, tiene un salto tan profundo, que
habiendo en años pasados caído una mula con una carga de doblones,
el dueño ni halló medio para desviar el río para sacarlos, ni halló
pagando quien se atreviese a irlos a sacar. A la mano izquierda
tiene de los árboles muchos bejucos, y con ellos han formado un
puente en el aire con palos atravesados, que forman una escalera
con su barandilla de bejucos de lado a lado, se levanta el puente
del agua más de 25 varas, y como todo está colgado, quien pasa por
ella es preciso que con las manos de un lado y otro no deje la
barandilla; con los pies que vaya tentando para acertar los
escalones, y ha de ir con los ojos cerrados, porque jamajea el
puente, y si abre los ojos se le marea la cabeza, y se caerá.
Cuando nosotros pasamos, se nos había apegado un muchacho, y como
él venía a pie, no pudo pasar por el río. Fue por el puente, se le
mareó la cabeza y se cayo; y su fortuna fue que lo pudieron agarrar
los arrieros y lo sacaron, si no ya se iba con el agua a caer al
salto.
Nosotros pasamos bien, y como no habíamos hasta entonces visto
monte tan alto, monte adentro, íbamos admirando toda variedad de
árboles hierbas, flores y matas que se crían encima de los mismos
árboles, sin que en todo ello se halle un árbol, hierba, flor ni
hoja que se parezca a lo de España. Hay unas matas que se crían
encima de los árboles, que dan unas hojas de una vara de largo, y 3
cuartas de ancho. Esta mata cría una fruta como la piñuela, salvo
que es de color verde, y no tiene olor. Las llaman aguadicas, su
sabor es entre agridulce, y en la boca se resuelve en agua, y es
muy fresca. Otra mata hay semejante a ésta, salvo que las hojas por
abajo tienen unas rayas color de sangre, y esta hoja en menos de
media hora cierra cualquier herida, y aún une un miembro cortado y
totalmente separado del otro. A su tiempo contaré una experiencia
hecha en dos pedazos de carne de vaca.
Nosotros caminamos hasta cerca la noche, y en una cuesta nos
hubimos de quedar a pasar la noche, porque no pudimos llegar abajo
del todo en un llanito que llaman los corrales. Fue el caso que
cosa de media legua después que pasamos el río, en un llanito de
gramadal que tendrá unos 20 pasos, hallamos una hoguera con candela
que algunos pasajeros habían dejado, y para que enjugase su ropa el
muchacho, que no llevaba qué mudar, nos paramos un rato. Yo me apeé
y até la mula al tronco de un árbol; pero al instante empezó la
mula a dar respingos, que se hacía pedazos, y díjome un arriero:
Ah, Padre, ¿qué ha hecho? ¿No ve que aquel árbol es pinello? Al
instante fue y desató la mula, y la apartó de allí, y atada a otro
árbol se estuvo queda. El pinello es un árbol que da una hoja del
tamaño de la mano. Es más lechoso que la higuera, y su leche es
veneno mortal. Es de tan mala sombra, que el que se pone bajo sus
ramas, dentro de una hora lo mata. Y como la mula la naturaleza la
enseñó, conocía su peligro, y por esto respingaba. Desde Pasto
hasta los valles de Lima tienen las cercas de los corrales donde
encierran las ovejas y carneros por lo común de árboles pinellos.
Con esto encerradas allí está el corral seguro, que no oso, ni
león, ni animal o fiera alguna se atreva a pasar la cerca. Y en
Pasto en las huertas de las casas tienen algunos pinellos, y con
esto logran que las zorras no se atreven por ello a embestir a los
gallineros.
Este rato de detención nos hizo falta para llegar a los
corrales. Los arrieros rozaron un pedacito de monte y allí nos
quedamos. A la parte de abajo del camino atravesaron un palo, y
otro a la parte de arriba, y así encorralaron las mulas. Les
cortaron unos tarrizos, y no comieron aquella noche más. Carrizo
llaman una caña muy semejante a la que usan las bengalas los
caballeros. No es tan fina; es un poco más basta, pero es de la
misma fortaleza. Esto se cría con abundancia en los montes. Cría
más de 20 varas de vástago, y en cada cañuto unas cañitas como dije
de la guadua. Estas están llenas de hojitas de un jeme de largo, y
esto es lo que comen todas las mulas que pasan el páramo una noche
por precisión, porque no hay otra cosa. Y con la frecuencia
cotidiana está muy escaso de ello cerca del camino; tanto, que no
comerían cuatro onzas cada una. El Padre Urrea daba cucha a los
arrieros para que prendiesen candela, todo afanado que habíamos de
cenar el guisote. La leña estaba toda mojada, y no quería arder. Yo
veía que se venía una mala noche a toda prisa, y procuré a estirar
bien mi toldo y componer mi cama, y tomé pollo asado, pan y huevos,
y cené a toda prisa. Él empeñado en que había de cenar su guisote.
Aún no había prendido llama la candela, cuando viene un aguacero
diforme, con rayos, y esto duró toda la noche. Por más diligencias
que hicieron él se mojó. No comió su guisote, los arrieros se
recogieron bajo nuestras camas. Mi guacamaya que daba gritos, y
para que no se muriera la hube de meter dentro de mi toldo, y toda
la cama me cagó, y tuvimos una malísima noche, que dentro de
aquella serranía cada trueno que reventaba parecía que se
trastornaba el mundo.
Por la madrugada cesó. Nos levantamos a punto de día y
almorzamos pan y carne asada y en un pañuelo cada uno llevó lo que
había de comer a mediodía, porque para poder llegar a Malvasar era
preciso no parar. Los arrieros iban contentísimos porque el día
amaneció toldado, y nos dijeron que tendríamos buen páramo, y así
fue. A cosa de media hora llegamos a una escalerita toda de peña, y
las guaditas hechas a pico tan estrechas, que apenas cabía la pata
de la mula. Nos hubimos de apear, porque por más que nos aseguraban
que las mulas eran prácticas y seguras, no nos quisimos fiar. A
poco rato llegamos a los corrales, y a la mano derecha tiene una
acequia de agua negra, que parece tinta de molino de aceite. Ella
nace de arriba de la laguna. De allí tomamos cuesta arriba ya
camino algo mejor y más fuerte. En todo el camino hay muchas cruces
que son seña de cristiano que allí murió emparamado. Así anduvimos
hasta las 3 de la tarde.
Llegamos por fin arriba en que hay un llano que tendrá 2.000
pasos de largo y otro tanto de ancho. A la mano derecha hay mucho
frailejón. Es una mata de este nombre que tendrá 2 varas y media de
alto con el tronco del grueso de una pierna, formando como la
palma, que forma sus escaloncitos, que son las señas de las hojas
que tuvo. Sólo hace arriba una copa, cada hoja tiene una tercia
real de largo y forma la figura de una suela de zapato de tanto
canto como una suela, ella lanuda de color ceniciento. Todo el
paraje donde nace esta mata es paraje muy rígido. Los arrieros
cogen de sus hojas y se las ponen dentro del pecho, que calienta
mucho. Nos pusieron dentro de los estribos, y al instante se
calentaron los pies. Ellos llevan también para tener donde
arranchan para dormir con su abrigo.
A mano izquierda está la laguna que tendrá de redondo 800 pasos.
A ésta veneraban por dios los indios gentiles. Ella tiene mucho oro
que cada cual le tributaba cada año, ya en polvo o labrado. Algunos
se han animado, y con un cacho abierto, afianzado a una vara, han
ido raspando en el suelo, y han sacado algunas alhajas de oro
labrado, y en polvo. Pero como es lugar tan rígido, no alcanza
fuerza la codicia para perseverar allí. Es tradición también que
allí está una cadena de oro que por grandeza tenía el rey Linga,
que cada eslabón había menester 30 indios para sostenerlo, y que
cuando conoció que el conquistador Pizarro trataba de quitarle la
vida, como lo hizo, mandó encantar sus tesoros, matar todas las
indias reales, que las tenía en un palacio, en Chillogallo, junto a
Quito, y que esta cadena la echasen en esta laguna, y todo se
cumplió como diré adelante. Ella está en todo el alto. Luego
sangrándola con buenas sequías pudieran agotarla y sacar todo este
oro. Pero no es esto posible, y es la razón
experimental.
El año 1750 el señor Virrey de Santa Fe llamado Solí
(1)
, que después tomó allí el hábito nuestro en
San Diego de fray lego, hermano que fue del eminentísimo Cardenal
Solís, Arzobispo de Sevilla, se juntó con don Juan Guzmán y don
Blas de la Terga, hombres poderosos, y juntaron 3 millones para el
efecto de agotar otra laguna que hay semejante de Santa Fe para
allá en el camino que va para Chiquinquirá, que es un santuario de
la religión de San Agustín
(2)
en que se
venera esta Virgen, que ella se apareció en un lienzo con San
Andrés a un lado y San Antonio de Padua del otro, y conforme ella
ha revelado, es el retrato que más le parece de cuantos suyos hay
en el mundo, quitando el de Santa María la Mayor en Roma, que es el
que de la Virgen pintó San Lucas. Abriéronle 18 bocas grandes para
el desagüe, pero fue en balde, porque cuanta agua salía, otra tanta
producía la laguna, y no la pudieron mermar ni un dedo; a vista de
lo cual después de gastados muchos miles cesaron de la obra por
imposible. Las lagunas del Perú crecen y menguan con la luna; y así
digo yo una de dos: o tienen manantial vertiente muy copioso, o es
que están encantadas, y a esto tengo yo por más cierto.
Es la razón: En esta laguna de Guanacas siempre hay dos patos,
nunca se van a comer, nunca hay más, y siempre hay dos. Es
tradición que son dos demonios que asisten allí en forma de patos,
guardando el tesoro. Yo reparé que en la circunferencia de la
laguna, y en todo aquel llano, hay muchísimos canastitos chicos,
que apenas cabrá un pero grande en cada uno. Y cada uno que pasa
toma una piedrecita y va a echarla en un canastito. Es esta vana
observancia un feudo que aquella gente hace al demonio. Y están en
la creencia que en haciendo esto, tienen buen páramo; y de no,
dicen que se conmueve la laguna y que da unos bramidos muy grandes,
y que el páramo se pone muy cruel. Hasta el rosario dejan los
arrieros, y cualquier reliquia o cosa bendita antes de entrar en el
páramo, porque tienen observado que de no, tienen mal páramo, y que
la laguna arroja bramidos y tempestades. Que la laguna eche fuertes
bramidos es tan llano, que apenas hay arriero que no la haya oído,
y es cosa cierta que el aire que de ella sale es aire nocivo. Yo me
reía de todo esto, y en esta laguna salí muy bien, pero en otra
parte escapé muy mal como diré adelante.
Pasamos de la laguna, y después de bajar una loma muy pendiente
de barro colorado, llegamos a un llanito que lo llaman Hierbas
Buenas. Abajo es toda una llanada de ciénagas y zanjas con unos
pajonales de 2 varas. Está todo lleno de bestia y ganado muy grande
y gordo. De la laguna a esta otra parte sale una quebrada de agua
negra como la de Los Corrales. Ella inficiona todas aquellas
acequias, tanto que las mulas y los jinetes, cuando llegan a
Malvasar llegan todos negros y tiznados de lodo negro. Nosotros
llegamos antes de anochecer. El mayoral tenía orden del amo el
doctor Caycedo de hospedarnos. Nosotros no habíamos aquel día
rezado, que era día de Santa Clara 12 de agosto. Lo primero
tratamos de rezar, pero era tanto el frío, que no podía aguantar el
breviario en la mano, y con el temblor del cuerpo y manos, rezamos
muy a prisa y con mucha dificultad. Después cenamos y nos metimos
aprisa cada cual en la cama, y el Padre Urrea, que traía el guisote
de los pollos y habas tiernas no lo pudo comer ni guisar de frío.
El otro día de mañana ordeñaron vacas, y la leche era tan crasa
que parecía cuajada. Pero al probarla la dejamos, porque era
totalmente agria, y esto dijeron que viene del pasto, y el queso
que hacen también es muy desabrido, por lo cual en Popayán lo
venden muy barato. El mayoral desde que pasó la misión había
abierto por el momento una nueva trocha, y por ella nos condujo.
Pero era tan malísima, que a veces que en las bajadas resbalosas
iban las mulas más de 50
pasos resbalando de nalgas, sin
poder clavar la uña. Nuestra fortuna fue ser las mulas tan buenas.
Así anduvimos hasta cerca de mediodía, y entonces encontramos ya
camino duro, que fue una bajada de una loma de cantería. Pero los
camellones estaban tan hondos, que las mulas se alcanzaban y era
preciso saltar. Llegamos abajo en que hay una ciénaga, que nos
vimos muy atascados para poder pasar. Pasamos por fin y llegamos al
río, que ya la quebrada
negra de la laguna perdió el tinte
con las aguas que le entran, y de quebrada se volvió río con el
nombre de río de Malvasar. Al pasar el río de la otra parte en un
gramadal comimos y volvióse el mayoral. Nosotros pasamos adelante,
y por la margen del río el que con las revueltas se pasa 6 veces, a
las 4 de la tarde llegamos a otra hacienda que llaman Totoró, que
es del doctor Alegría. Este con el doctor Caycedo, los dos, hombres
poderosos, querían obispar, y para conseguir la mitra hicieron este
disparate.
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(1)
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Solís. Se refiere a don José Solís Folch de
Cardona. Éste no virreinó en Nueva Granada en 1750, sino desde 1753
a 1761, siendo el escándalo de sus súbditos por su alegre vida. Al
final de su virreinado rectificó plenamente su conducta; y en 1761
abandonó la vida pública e ingresó en la orden de San Francisco con
el nombre de Fr. José de Jesús María.(Regresar
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(2)
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De la Orden Dominicana, desde sus orígenes. (Regresar a 2)
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