INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO V

 
 

Contiene las cosas raras y maravillosas que hay desde la ciudad de la Plata hasta Almaguer

 

 

La ciudad de San Sebastián de La Plata tomó esta denominación de la mucha riqueza que tuvo antiguamente, en donde cuenta aquella gente que la iglesia estaba tan alhajada de alhajas de plata, que hasta la campana mayor de la parroquia era de plata. A esta ciudad desvastó la nación de unos indios que llaman andaquíes, y la robaron toda, se llevaron todas las mujeres y las monjas de 2 conventos, y la dejaron asolada como noto en el Cáp. IV. Desde entonces no ha vuelto a levantar cabeza. El robo es tradición que está escondido en una cueva de la serranía de Timaná, y que los indios lo dejaron encantado. De esta especie hablaré cuando llegue a una hacienda llamada El Limonal.

Y se hace esto verosímil, porque tal vez aun en estos tiempos se ve que algunos indios para pagar el tributo traen algunos pedazos de plata, que no sólo se conoce ser cosa labrada, sino también ser de alguna alhaja de iglesia. Ellos por otra parte son tan sagaces, que primero se dejarán quitar la vida que revelar a ningún blanco ni español, lo que está de los antiguos escondido.

Todos los tesoros que los indios antiguos escondieron después de la Conquista y otros, los encantaron todos, de generación en generación, conservan ellos entre sí la noticia. Pero ésta no la revelan sino a puro indio. Rara vez han descubierto a algún chapetón o blanco alguna cosa. En adelante tocaré más este punto. La gente india soy yo de parecer que es aquella 13 tribu de Israel que en sentir común de santos Padres se desvió y tomando caminos por despoblados desapareció sin que se supiese por dónde. El fundamento que tengo es que he notado que los indios tienen todas las propiedades de los judíos. Son muy golosos, propensos a comer dulce y queso; propensos a la idolatría; fáciles de dejar la religión cristiana; gente que no cría barba, de natural ladrones; muy inclinados a lavarse muchas veces y a pintarse el cuerpo. Cuando hablan nunca miran a la cara; siempre comen en el suelo; siempre procuran a vivir en despoblado y donde nadie sepa de ellos. Inclinados a repudiar mujeres y a tener muchas de ellas. Propensísimos a la embriaguez. Por más que se les haga alguna vejación, nunca se afrentan. Indevotos de asistir a la iglesia. Cuando hablan entre sí, siempre hablan muchos a un tiempo. Infieles en lo que prometen; y toman por sumo agravio el que se les corte la melena, siendo así que tienen el pelo cerdudo y nunca crían canas ni calva. Enemigos del español y amigos de fomentarse unos con otros. Son gente de natural vil y apocado; y al mismo tiempo, el que llega a empuñar la vara de alcalde o regidor, se vuelve un soberbio Lucifer.

En La Plata topamos una orden del Padre Guardián del Colegio y otro del señor obispo, que lo era el Iltmo. señor don Diego Corro, que después subió a arzobispo de Lima, para que dos de nosotros nos quedáramos en La Plata predicando misión y los demás pasaran adelante a Popayán. El Padre Presidente para el efecto señaló al Padre Fr. Antonio Urrea y a mí. El cura propietario que era un gallego estaba en Popayán capitulado, y por ello estaban encontrados el Cabildo eclesiástico con el seglar, y para establecer la paz se hacía un novenario al dulcísimo Corazón de Jesús. Aquel día mismo en que nosotros llegamos se concluía el novenario. El alcalde rogó al Padre Presidente que alguno solemnizase la función con una plática del asunto.  Nadie quería predicar y yo prediqué. El alcalde nos buscó una casa para dos que habíamos de quedar, y tomó de su cuenta cuidar de mantenernos en un todo.

El otro día a la oración se empezó la misión con el asalto, para lo cual dispuse una plática y salimos después rezando la corona de la Virgen y echando saetas. El teniente de cura iba detrás con un santo Cristo, y la cleresía interpolada con nosotros. En la mitad mi compañero echó otra plática, y al concluir la corona se cantó la Salve con tono de misión, y concluida ésta ya en la iglesia, se concluyó con otra plática que predicó el Padre Presidente, abriendo la misión y publicando las indulgencias que hay concedidas.

El otro día de mañana don Silvestre Polanco avió a los Padres para Popayán, y partieron cerca las 8, y nosotros dos nos quedamos. La ciudad se compone de pocos chapetones, muchos blancos y mestizos, varios indios y mulatos. Tendrá 2.000 vecinos. Nosotros predicamos 37 días continuos, hasta que se hubo confesado toda la gente. Hacía 35 años que allí no se había predicado moral. El fruto lo cogimos a dos manos, porque hasta por la noche se venían llorando hombres y mujeres pidiendo confesión. El Padre compañero no quiso allanarse a predicar doctrina cristiana; y yo sabiendo que la mayor parte de las indulgencias está concedida a esto, tomé a mi cargo este punto. Por la madrugada decíamos misa, y al acabar dábamos gracias sucintas; él se iba al confesionario, y yo al púlpito a una plática de doctrina; y, al concluir, iba al confesionario. A las 8 íbamos a tomar cacao y leche: que hubo una señora que nos proveyó de leche con tal arte, que nunca pudimos saber quién era ella, porque un indio que nos servía, llamado Celedonio, tenía precepto de traerla sin declarar jamás quién nos la mandaba.

A breves días de misión se hizo la paz de los 2 Cabildos con demostraciones muy ejemplares. Lo más raro que me pasó fue que cierta mujer que había hecho algunos hurtillos en sus vecinas, confesando conmigo, yo viendo que ella se excusaba a la restitución, alegando que no tenía, húbele de preguntar si tenía gallinas, para que con huevos y con pollos, poco a poco, fuese restituyendo. Ella me respondió que no las tenía, y viéndola de todas partes insolvente, la despaché. Después de tomar cacao volvíamos al confesionario hasta mediodía; y después de comer y rezar toda la tarde confesábamos hasta media hora antes de tocar la oración; y después de ello predicaba uno una noche y otra otro. Lo que más nos fastidió fueron las niguas, que hay muchísimas. A mí por lo menos me sacaba Celedonio cada día una docena. Esta noche pues acertó mi compañero a predicar de los gritos de los condenados, y sacó aquella amenaza de Dios por Ezequiel: Vé, vé, vé. Dicha mujer estuvo en el sermón. Y el otro día después de comer se recostó a dormir, cuando una gallina vale delante la cama a cacarear. Ella dormida la oía, y el cacareo se le figuraba que eran los gritos que dan en el infierno los condenados, como el Padre lo predicó. Despertó despavorida, y vino a buscarme al confesionario, hecha un mar de lágrimas, que en un largo rato no le podía sacar palabra, saliendo el corazón por los ojos y suspiros del pecho. Declárame el caso, que era aquella a quien yo le pregunté si tenía gallinas, y teniéndolas lo había negado.

El clima de La Plata desde el río País, ya es más templado, pero todavía hace calor. En la ciudad cada casa tiene su platanar. Ya aquí hay más pan de trigo. La ciudad tiene muy poco comercio. Los víveres son los mismos. El traje de las mujeres ya es más honesto. Aquí ya no se ve gente desnuda. Las mujeres usan bayeta en follera, y mantilla. No se usa manto; pero la mantilla la traen con muchos sobrepuestos de encajes blancos y cintas de tela. La saya de tafetán, con muchas labores entrecortada. Su principal comercio es en alquileres de mulas y transporte para Popayán. Tiene la ciudad a la entrada un río que llaman el río de La Plata. A la margen de este rio hay guayabas. Y advierto que el guayabo da una flor blanca; pero cuando cae a las 24 horas ya son sus 4 hojas 4 mariposas. Yo he tenido una en la mano, que ya caminaba como mariposa, y todavía sus alas eran hojas, todavía no se habían vuelto alas. La aseguré, y en cosa de una hora se despegó la hoja, y se dividió de por medio en 4 alas y se voló ya perfecta mariposa. Vi también a la margen del río unos arbolitos medianos, que su hoja es como la del roble, y dan unas frutas semejantes a la avellana, algo más chica. Las probé que estaban verdes, y era buena comida algo parecida a la nuez verde. Pregunté por ello, y no me dieron razón alguna de su nombre.

Antes de llegar a La Plata un cuarto de legua hay un trapiche de azúcar que es de una mulata viuda sin hijos muy rica, llamada doña Manuela Flórez. Advierto que desde Honda hasta La Plata padece la gente, mayormente las mujeres, criando unas papadas en el cuello, 2, 3 y 4 también, que allá llaman cotos. Afea mucho la naturaleza. Algunos han querido abrírselas y quitarse aquella fealdad, y por lo común se han muerto los más. Esta pues mulata, sobre ser su color muy atesado, tiene 4 cotos disformes. Pero como está rica, los lleva todos ataviados de gargantillas de oro muy grandes. Esta me cobró afición, y por darle gusto, me mandó una tarde una mula, y fui al trapiche. Su empeño fue que en años anteriores, como ella tiene su buena casa en la ciudad para cuando viene, una noche le hicieron un robo muy considerable de ropa, dinero y vajilla de plata. Me pidió que predicase sobre el particular, a ver si se lo restituían. Ella tenía una guacamaya de las que se crían en los andaquíes de todos colores, y me la regaló, y también me dio varios dulces.

Doña Agustina, la mujer de don Silvestre Polanco, que es el hombre más rico de La Plata, y es menester que lo sea, porque la mujer le ha parido 24 hijos, y todos están vivos. Esta pues señora, que es muy buena, también me cobró bastante afecto. Y allí indujimos que una niña entrara de religiosa en Popayán en el convento de la Encarnación en donde tiene una tía llamada la señora San Sebastián. Yo anduve los pasos y a los 7 meses tomó el hábito. De Honda a La Plata ponen 400 leguas; pero yo no hallo que lleguen a 300 en poca diferencia. Nosotros acabamos la misión día primero de agosto, y partimos para Popayán día 3 por la mañana.

Don Silvestre Polanco nos avió, y nos hizo prevención para pasar el páramo de Guanacas, de un capote de paja largo a cada uno. Estos capotes los fabrican en Timaná, y vale 7 pesos cada uno, y los cortos 4 pesos. Es una red con sus mallas espesas, que forman un relingote sin mangas. Mas de cada nudo salen 6 pajas de mayor a menor, poco menos de ancho que un dedo. Esto forma un empajado, que por más que llueva diluvios, está uno seguro de mojarse, porque antes con el agua se aplasta la paja y hay menos riesgo. Ello un hombre puesto con ella a caballo parece una fiera, y es menester que la mula no sea arisca, porque con el sonido de la paja la hará saltar. En el cuello tiene su cuerdecita de un lado, y con ella se va trabando la delantera por las mallas, y una persona va abrigada sin peso porque pesa muy poco. Por otra parte al sacudirle el agua, dentro de breve rato ya está seco, y en doblarlo, ya tiene un colchón en qué dormir. Para un caminante es el mejor apero de cuantos se han inventado.

Partimos por una sabana llana, llena de unas matas de 6 cuartas de alto, que las llaman dondequiera. Ellas muy coposas. Su hoja en un todo se parece a la salvia y en cada cogollo forma unas hojitas, su color entre dorado y amarillo. Estas puestas al fuego huelen mejor que el incienso. Esta hierba abunda mucho en toda tierra caliente, especialmente en las vegas de los ríos. Las mujeres las usan en lugar de estropajo para fregar. Había también mucho molle como anoto en el capitulo 2º. A mediodía nos paramos en una quebrada a comer, y después volviendo a montar, llegamos a la tarde a arranchar a una hacienda que llaman Las Cuevas. Aquí nos condujo un clérigo de La Plata llamado don Justo, y la hacienda era de un hermano suyo.

El otro día partimos después de almorzar, ya camino escabroso, y a mediodía venimos a comer en un llanito en donde hay 10 o 12 casas de indios y mestizos. Había en el puesto muchas guabas machetonas, como noto en el capítulo 3º. Ellas estaban maduras y nosotros comimos cuantas quisimos. Volvimos a montar después de comer, y venimos a dar en una ladera tan alta y peligrosa, que es preciso antes de entrar en ella que los arrieros vayan continuamente gritando para alentar las mulas, que les están temblando las piernas; y al mismo tiempo para que de delante nadie se venga. Porque si se encontraren en esta ladera uno de acá y otro de allá, no hay por dónde poder desviarse, y era preciso el precipicio de uno u otro. Y lo peor es que tampoco hay dónde uno se pueda apear. Nosotros cuando acatamos ya estuvimos dentro, y pasamos haciendo actos de contrición. Bajamos después a unos valles en donde hay una hacienda de don Silvestre Polanco, que la llaman Segovia. Aquí nos dirigió para que mudásemos mulas para pasar el páramo. Aquí nos detuvimos dos días, y lo pasamos muy bien, porque había bastante leche, y con la vecindad de páramo era ya tierra templada.

Proveídos pues de buenas mulas subimos a otra ladera poco menos que la pasada. Pasamos por Insa, que es una capilla que está sobre un cerro, en donde se venera una Virgen muy milagrosa. Antiguamente hubo allí un pueblo llamado Insa, por lo peligroso del puerto, y destemplanza de temporales la gente se mudó, y sólo ha quedado la iglesia y la Virgen. Al mediodía llegamos a Guanacas. Guanaco es una especie de camellos que hay por allá del tamaño de un burro, pero su figura es de camello. Estos animales siempre viven en los páramos y lugares rígidos. Su carne es rica comida, como el camero. Cría media vara de lana laxa, más fina que la seda. Es blanco con manchas atabacadas. En este páramo hay muchos y de aquí es que lo llaman el páramo de Guanacas, y el pueblo que hay también lo llaman Guanacas. Desde aquí hasta Malvasa, que son 3 jornadas, todo el camino está empalizado, porque al mismo tiempo que es todo monte, es todo de greda colorada, y arma mucho barrial y atascadero. Nosotros con las buenas mulas llegamos en dos días. 

Este pues día llegamos a mediodía a comer a la primer loma donde empieza Guanacas, y había muchas guayabas maduras y mucha dondequiera. Después de comer volvimos a montar, y a breve rato ya conocimos la mudanza del clima; porque pasa de extremo a extremo, mudándose dentro de 100 pasos de calor en frío. A la tarde llegamos a un pueblo de indios que llaman El Pedregal. En la cuesta reparé que por el camino había muchas piedras grandes y chicas que daban unos trasluces muy brillantes. Nosotros nos apeamos en casa de un hermano del cura llamado don Fulano Vega. Él era platero, y yo le pregunté sobre de estas piedrecitas; y él tenía y me dijo: Aquí las labro y sirven de tachonar, zarcillos y sortijas. Allá llaman a esta piedra linga. Es lo mismo que los brillantes de Francia que parecen diamantes. Él tenía algunas labradas, y daban tales trasluces y brillantes como el diamante. Yo le dije que en España valdría mucho aquella piedra. Él me dijo: Padre, aquí anda rodando por el camino, y aquí arriba hay un cerro todo de ello.

Este pueblo fue muy rico antes de la Conquista, y advierto que los indios entonces los enterraban con todo cuanto tenían. Y estos entierros o sepulcros llaman guacas; y cuando moría algún cacique, todos los del pueblo le tributaban oro, ya labrado o sin labrar, y lo echaban en la guaca; y como había indios ricos y pobres, de aquí es que hay guacas ricas donde se halla mucho oro, y guacas pobres donde no se hallan sino juguetes como son platillos, ollitas, jarras, muñequitos y varios pájaros y animales. Pero todo de un barro muy fino y las figuras con una total perfección. El día que fui en La Plata al trapiche de doña Manuela Flórez, junto al trapiche había cavado una guaca. Era una concavidad hecha de propósito en una peña, con una boca por donde la fabricaron y después se cayó. Yo la vi, y según lo grande y primoroso que está, hubo de ser guaca de algún cacique. Así llamaban a los que gobernaban los pueblos, o de algún indio de gran nombre. La guaca se descubrió por las llamas que echaba de noche. La cavaron y no hallaron sino tiestos y muñecos. Lo que digo que arden las guacas es cosa cierta, especialmente los viernes y en los cuartos de luna. Y por estas llamas se han descubierto muchísimas.

En el pedregal hay muchísimas guacas y las estaban cavando el cura por una parte, y por otra el doctor Caycedo de quien hablaré en llegando a Popayán. Este cura me contó que de unos años a esta parte habían descubierto que había en las guacas mucho oro menudo, y que hacían catear la tierra que sacaban y hallaban bastante oro. El año anterior el doctor Caycedo encontró una guaca tan rica que las alhajas que sacaron de oro, tigres, monos, sapos, culebras, etc., puesto en una batea un negro con toda su fuerza no lo pudo levantar. Y que el mismo año había encontrado otra con un indio seco y entero, rebosado con un capote de oro, que pesó más de cuatro quintales. Ello los dos en esto de cavar guacas se habían hecho muy ricos y poderosos. El pueblo tendrá unas 50 familias, y es lugar muy rígido, tierra fría todo el año.

Nosotros partimos por la mañana después de almorzar, y a las 9 del día pasamos por bajo la capilla de Insa, y a poco rato ya empezamos a caminar por encima de empalizada. A mediodía llegamos al pueblo de Guanacas. El pueblo que tendrá 80 vecinos todos indios. En el mismo camino a mano izquierda topamos una venta. Allí paramos a comer. En la casa no había nadie. Junto a la casa había una cerca con un habar de habas tiernas muy bueno. Como nosotros no habíamos visto en la India cosa parecida a las de España, al ver las habas tiernas el Padre Urrea saltó adentro y cogió un pañuelo lleno, y al salir vino la india casera. Le dimos satisfacción, y ella dijo que cogiésemos cuantas quisiésemos. El compañero me decía: Esta noche cenamos con estas habas un buen guisote con pollos asados que llevamos y huevos duros.

Después de comer partimos, y de aquí se empieza a bajar la mitad del páramo. El páramo es una cordillera de serranía muy elevada, que desde Buenos Aires viene cruzando todo el Perú. La mayor parte está nevada todo el año. Por cuatro partes solamente se le ha encontrado tránsito. Salen a trechos de la misma cordillera unos mogotes de serranía que van dividiendo unas provincias de otras, y parece que la misma naturaleza, o su Creador, allí dividió en diversos reinos aquella tierra, y para excusar guerras les puso estas serranías por donde es imposible la comunicación de unas gentes con otras. Los parajes por donde se pasa, que yo he pasado 2 como diré, son tan rígidos, que es muy raro el día en todo el año en que raya allí el sol desde Guanacas hasta Hierbas Buenas. Su rigidez se conoce en que desde Guanacas hasta Hierbas Buenas no se andan 10 pasos en que no se encuentra mula muerta.

Y no son solas las mulas las que allí mueren sino también la gente, y este es el páramo del cual vulgarmente se dice que allí muere la gente riendo. Cuando llueve o está el día toldado, entonces es el tiempo de pasar, porque entonces está el páramo algo apacible. Pero en estando el día despejado, entonces está malo, y es muy regular que las mulas que halla dentro, las más mueren emparamadas, y para fiar mula al páramo es menester que ella sea tal. Allí no hay nieve nunca, pero pasa un aire tan sutil y frío, que penetra los huesos. El beber allí vino o aguardiente es veneno, porque mata más presto. Allí lo que sirve sólo es beber agua fría. Cuando el páramo está rígido el frío provoca a hacer gestos de la cara, que por esto dicen que mueren riendo, por los visajes que hacen. Los arrieros en advirtiendo esto en alguno, le dan duros latigazos para calentarlo, y a las mulas también, y así las sacan bien azotadas.

Todo el camino está hecho unas escaleritas tan pendientes, que es menester que las mulas sean bien prácticas, y con todo va una persona temblando. No hay dónde despeñarse, porque todo es monte cerrado, y muy alto, todo enmarañado de bejucos y maleza. Pero en aquellas escaleras de una caída podía matarse una criatura. Nosotros lo primero bajamos a un río que lo llaman Eullucos. A mano derecha, unos 20 pasos del vado, tiene un salto tan profundo, que habiendo en años pasados caído una mula con una carga de doblones, el dueño ni halló medio para desviar el río para sacarlos, ni halló pagando quien se atreviese a irlos a sacar. A la mano izquierda tiene de los árboles muchos bejucos, y con ellos han formado un puente en el aire con palos atravesados, que forman una escalera con su barandilla de bejucos de lado a lado, se levanta el puente del agua más de 25 varas, y como todo está colgado, quien pasa por ella es preciso que con las manos de un lado y otro no deje la barandilla; con los pies que vaya tentando para acertar los escalones, y ha de ir con los ojos cerrados, porque jamajea el puente, y si abre los ojos se le marea la cabeza, y se caerá. Cuando nosotros pasamos, se nos había apegado un muchacho, y como él venía a pie, no pudo pasar por el río. Fue por el puente, se le mareó la cabeza y se cayo; y su fortuna fue que lo pudieron agarrar los arrieros y lo sacaron, si no ya se iba con el agua a caer al salto.

Nosotros pasamos bien, y como no habíamos hasta entonces visto monte tan alto, monte adentro, íbamos admirando toda variedad de árboles hierbas, flores y matas que se crían encima de los mismos árboles, sin que en todo ello se halle un árbol, hierba, flor ni hoja que se parezca a lo de España. Hay unas matas que se crían encima de los árboles, que dan unas hojas de una vara de largo, y 3 cuartas de ancho. Esta mata cría una fruta como la piñuela, salvo que es de color verde, y no tiene olor. Las llaman aguadicas, su sabor es entre agridulce, y en la boca se resuelve en agua, y es muy fresca. Otra mata hay semejante a ésta, salvo que las hojas por abajo tienen unas rayas color de sangre, y esta hoja en menos de media hora cierra cualquier herida, y aún une un miembro cortado y totalmente separado del otro. A su tiempo contaré una experiencia hecha en dos pedazos de carne de vaca.

Nosotros caminamos hasta cerca la noche, y en una cuesta nos hubimos de quedar a pasar la noche, porque no pudimos llegar abajo del todo en un llanito que llaman los corrales. Fue el caso que cosa de media legua después que pasamos el río, en un llanito de gramadal que tendrá unos 20 pasos, hallamos una hoguera con candela que algunos pasajeros habían dejado, y para que enjugase su ropa el muchacho, que no llevaba qué mudar, nos paramos un rato. Yo me apeé y até la mula al tronco de un árbol; pero al instante empezó la mula a dar respingos, que se hacía pedazos, y díjome un arriero: Ah, Padre, ¿qué ha hecho? ¿No ve que aquel árbol es pinello? Al instante fue y desató la mula, y la apartó de allí, y atada a otro árbol se estuvo queda. El pinello es un árbol que da una hoja del tamaño de la mano. Es más lechoso que la higuera, y su leche es veneno mortal. Es de tan mala sombra, que el que se pone bajo sus ramas, dentro de una hora lo mata. Y como la mula la naturaleza la enseñó, conocía su peligro, y por esto respingaba. Desde Pasto hasta los valles de Lima tienen las cercas de los corrales donde encierran las ovejas y carneros por lo común de árboles pinellos. Con esto encerradas allí está el corral seguro, que no oso, ni león, ni animal o fiera alguna se atreva a pasar la cerca. Y en Pasto en las huertas de las casas tienen algunos pinellos, y con esto logran que las zorras no se atreven por ello a embestir a los gallineros.

Este rato de detención nos hizo falta para llegar a los corrales. Los arrieros rozaron un pedacito de monte y allí nos quedamos. A la parte de abajo del camino atravesaron un palo, y otro a la parte de arriba, y así encorralaron las mulas. Les cortaron unos tarrizos, y no comieron aquella noche más. Carrizo llaman una caña muy semejante a la que usan las bengalas los caballeros. No es tan fina; es un poco más basta, pero es de la misma fortaleza. Esto se cría con abundancia en los montes. Cría más de 20 varas de vástago, y en cada cañuto unas cañitas como dije de la guadua. Estas están llenas de hojitas de un jeme de largo, y esto es lo que comen todas las mulas que pasan el páramo una noche por precisión, porque no hay otra cosa. Y con la frecuencia cotidiana está muy escaso de ello cerca del camino; tanto, que no comerían cuatro onzas cada una. El Padre Urrea daba cucha a los arrieros para que prendiesen candela, todo afanado que habíamos de cenar el guisote. La leña estaba toda mojada, y no quería arder. Yo veía que se venía una mala noche a toda prisa, y procuré a estirar bien mi toldo y componer mi cama, y tomé pollo asado, pan y huevos, y cené a toda prisa. Él empeñado en que había de cenar su guisote. Aún no había prendido llama la candela, cuando viene un aguacero diforme, con rayos, y esto duró toda la noche. Por más diligencias que hicieron él se mojó. No comió su guisote, los arrieros se recogieron bajo nuestras camas. Mi guacamaya que daba gritos, y para que no se muriera la hube de meter dentro de mi toldo, y toda la cama me cagó, y tuvimos una malísima noche, que dentro de aquella serranía cada trueno que reventaba parecía que se trastornaba el mundo.

Por la madrugada cesó. Nos levantamos a punto de día y almorzamos pan y carne asada y en un pañuelo cada uno llevó lo que había de comer a mediodía, porque para poder llegar a Malvasar era preciso no parar. Los arrieros iban contentísimos porque el día amaneció toldado, y nos dijeron que tendríamos buen páramo, y así fue. A cosa de media hora llegamos a una escalerita toda de peña, y las guaditas hechas a pico tan estrechas, que apenas cabía la pata de la mula. Nos hubimos de apear, porque por más que nos aseguraban que las mulas eran prácticas y seguras, no nos quisimos fiar. A poco rato llegamos a los corrales, y a la mano derecha tiene una acequia de agua negra, que parece tinta de molino de aceite. Ella nace de arriba de la laguna. De allí tomamos cuesta arriba ya camino algo mejor y más fuerte. En todo el camino hay muchas cruces que son seña de cristiano que allí murió emparamado. Así anduvimos hasta las 3 de la tarde.

Llegamos por fin arriba en que hay un llano que tendrá 2.000 pasos de largo y otro tanto de ancho. A la mano derecha hay mucho frailejón. Es una mata de este nombre que tendrá 2 varas y media de alto con el tronco del grueso de una pierna, formando como la palma, que forma sus escaloncitos, que son las señas de las hojas que tuvo. Sólo hace arriba una copa, cada hoja tiene una tercia real de largo y forma la figura de una suela de zapato de tanto canto como una suela, ella lanuda de color ceniciento. Todo el paraje donde nace esta mata es paraje muy rígido. Los arrieros cogen de sus hojas y se las ponen dentro del pecho, que calienta mucho. Nos pusieron dentro de los estribos, y al instante se calentaron los pies. Ellos llevan también para tener donde arranchan para dormir con su abrigo.

A mano izquierda está la laguna que tendrá de redondo 800 pasos. A ésta veneraban por dios los indios gentiles. Ella tiene mucho oro que cada cual le tributaba cada año, ya en polvo o labrado. Algunos se han animado, y con un cacho abierto, afianzado a una vara, han ido raspando en el suelo, y han sacado algunas alhajas de oro labrado, y en polvo. Pero como es lugar tan rígido, no alcanza fuerza la codicia para perseverar allí. Es tradición también que allí está una cadena de oro que por grandeza tenía el rey Linga, que cada eslabón había menester 30 indios para sostenerlo, y que cuando conoció que el conquistador Pizarro trataba de quitarle la vida, como lo hizo, mandó encantar sus tesoros, matar todas las indias reales, que las tenía en un palacio, en Chillogallo, junto a Quito, y que esta cadena la echasen en esta laguna, y todo se cumplió como diré adelante. Ella está en todo el alto. Luego sangrándola con buenas sequías pudieran agotarla y sacar todo este oro. Pero no es esto posible, y es la razón experimental.

El año 1750 el señor Virrey de Santa Fe llamado Solí  (1) , que después tomó allí el hábito nuestro en San Diego de fray lego, hermano que fue del eminentísimo Cardenal Solís, Arzobispo de Sevilla, se juntó con don Juan Guzmán y don Blas de la Terga, hombres poderosos, y juntaron 3 millones para el efecto de agotar otra laguna que hay semejante de Santa Fe para allá en el camino que va para Chiquinquirá, que es un santuario de la religión de San Agustín (2) en que se venera esta Virgen, que ella se apareció en un lienzo con San Andrés a un lado y San Antonio de Padua del otro, y conforme ella ha revelado, es el retrato que más le parece de cuantos suyos hay en el mundo, quitando el de Santa María la Mayor en Roma, que es el que de la Virgen pintó San Lucas. Abriéronle 18 bocas grandes para el desagüe, pero fue en balde, porque cuanta agua salía, otra tanta producía la laguna, y no la pudieron mermar ni un dedo; a vista de lo cual después de gastados muchos miles cesaron de la obra por imposible. Las lagunas del Perú crecen y menguan con la luna; y así digo yo una de dos: o tienen manantial vertiente muy copioso, o es que están encantadas, y a esto tengo yo por más cierto.  

Es la razón: En esta laguna de Guanacas siempre hay dos patos, nunca se van a comer, nunca hay más, y siempre hay dos. Es tradición que son dos demonios que asisten allí en forma de patos, guardando el tesoro. Yo reparé que en la circunferencia de la laguna, y en todo aquel llano, hay muchísimos canastitos chicos, que apenas cabrá un pero grande en cada uno. Y cada uno que pasa toma una piedrecita y va a echarla en un canastito. Es esta vana observancia un feudo que aquella gente hace al demonio. Y están en la creencia que en haciendo esto, tienen buen páramo; y de no, dicen que se conmueve la laguna y que da unos bramidos muy grandes, y que el páramo se pone muy cruel. Hasta el rosario dejan los arrieros, y cualquier reliquia o cosa bendita antes de entrar en el páramo, porque tienen observado que de no, tienen mal páramo, y que la laguna arroja bramidos y tempestades. Que la laguna eche fuertes bramidos es tan llano, que apenas hay arriero que no la haya oído, y es cosa cierta que el aire que de ella sale es aire nocivo. Yo me reía de todo esto, y en esta laguna salí muy bien, pero en otra parte escapé muy mal como diré adelante.

Pasamos de la laguna, y después de bajar una loma muy pendiente de barro colorado, llegamos a un llanito que lo llaman Hierbas Buenas. Abajo es toda una llanada de ciénagas y zanjas con unos pajonales de 2 varas. Está todo lleno de bestia y ganado muy grande y gordo. De la laguna a esta otra parte sale una quebrada de agua negra como la de Los Corrales. Ella inficiona todas aquellas acequias, tanto que las mulas y los jinetes, cuando llegan a Malvasar llegan todos negros y tiznados de lodo negro. Nosotros llegamos antes de anochecer. El mayoral tenía orden del amo el doctor Caycedo de hospedarnos. Nosotros no habíamos aquel día rezado, que era día de Santa Clara 12 de agosto. Lo primero tratamos de rezar, pero era tanto el frío, que no podía aguantar el breviario en la mano, y con el temblor del cuerpo y manos, rezamos muy a prisa y con mucha dificultad. Después cenamos y nos metimos aprisa cada cual en la cama, y el Padre Urrea, que traía el guisote de los pollos y habas tiernas no lo pudo comer ni guisar de frío.

El otro día de mañana ordeñaron vacas, y la leche era tan crasa que parecía cuajada. Pero al probarla la dejamos, porque era totalmente agria, y esto dijeron que viene del pasto, y el queso que hacen también es muy desabrido, por lo cual en Popayán lo venden muy barato. El mayoral desde que pasó la misión había abierto por el momento una nueva trocha, y por ella nos condujo. Pero era tan malísima, que a veces que en las bajadas resbalosas iban las mulas más de 50 pasos resbalando de nalgas, sin poder clavar la uña. Nuestra fortuna fue ser las mulas tan buenas. Así anduvimos hasta cerca de mediodía, y entonces encontramos ya camino duro, que fue una bajada de una loma de cantería. Pero los camellones estaban tan hondos, que las mulas se alcanzaban y era preciso saltar. Llegamos abajo en que hay una ciénaga, que nos vimos muy atascados para poder pasar. Pasamos por fin y llegamos al río, que ya la quebrada negra de la laguna perdió el tinte con las aguas que le entran, y de quebrada se volvió río con el nombre de río de Malvasar. Al pasar el río de la otra parte en un gramadal comimos y volvióse el mayoral. Nosotros pasamos adelante, y por la margen del río el que con las revueltas se pasa 6 veces, a las 4 de la tarde llegamos a otra hacienda que llaman Totoró, que es del doctor Alegría. Este con el doctor Caycedo, los dos, hombres poderosos, querían obispar, y para conseguir la mitra hicieron este disparate. 

(1)  Solís. Se refiere a don José Solís Folch de Cardona. Éste no virreinó en Nueva Granada en 1750, sino desde 1753 a 1761, siendo el escándalo de sus súbditos por su alegre vida. Al final de su virreinado rectificó plenamente su conducta; y en 1761 abandonó la vida pública e ingresó en la orden de San Francisco con el nombre de Fr. José de Jesús María.(Regresar a 1)
(2) De la Orden Dominicana, desde sus orígenes.  (Regresar a 2)
 

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