Nosotros pasamos de largo por medio del pueblo y a cosa de 2
leguas más llegamos a un río grande que llaman Totare. Pasamos el
río, y a cosa de medio cuarto de legua más topamos con una casa, y
delante de ella 3 o 4 árboles de azucenas, que llaman de Panamá.
Este árbol se parece en el tronco y ramasón a la higuera, y es más
lechoso que ella todavía. Sólo en la punta de las ramas cría hojas,
las cuales se parecen a la hoja del laurel, salvo que son un poco
más largas, pero del mismo canto y hechura, y el verde de color
algo más claro. Ramitos forma de sus hojas como él, y de la punta
de cada rama nace una azucena blanca con 5 hojas, con su poquito de
polvillo amarillo como el litio. La fragancia que despide esta flor
es mucha, y muy suave, y como abunda mucho en Panamá, que es una
ciudad del Perú que cae a la Mar del Sur, por esto la llaman
azucena de Panamá. Este árbol no fecunda sino en tierra
caliente.
Nosotros pasamos adelante, y a poco rato, a mano izquierda,
topamos otra casa con una tasajera llena de longanizas, y un mozo
que las guardaba espantando los gallinazos. Tasajera llaman tres
palos parados, con 10 pasos de distancia de uno al otro. Arriba
tiene una guadua que los ciñe a los 3. Más abajo tiene otra, y más
abajo otra. Cuando esta gente mata una res sólo lo que se come
aquel día es carne fresca; la otra es preciso salarla, sino se
perdió por el calor. Ellos la hacen longas y la salan, y para que
el sol la seque la cuelgan en estas guaduas. Y como a esta carne
llaman tasajo, a esto otro llaman tasajera. Desde Honda hasta La
Plata, las patas, cabeza, menudos, tripas y intestinos, todo esto
se echa a los gallinazos. Y todo el tiempo que la carne está
secando en la tasajera es menester estarla guardando de sus garras.
Pregunté a un arriero para qué hacían tantas longanizas, y me
respondió que para vender a los pasajeros. Aquí delante me dijo,
toparemos otro río que lo llaman Laxina. Es malísimo río. El que
dejamos atrás Totare también es malo, y en estando crecidos dura
mucho tiempo que no se pueden pasar. Los pasajeros acuden a esta
casa para aperarse de carne y plátanos para comer, y por esto esta
gente siempre tiene buena prevención de tasajo y longanizas para
este efecto.
A poco rato nos paramos a comer a la sombra de una arboleda. Y
después de haber comido, volvimos a andar, y a cosa de una legua
llegamos a Laxina río todo de piedras grandes, redondas como balas
y que fue preciso que pasáramos uno a uno con un peón a cada lado,
y muy despacio dejando a cada paso asentar firme el pie de la mula.
Todos estos ríos es preciso para pasar, o mirar afuera o cerrar los
ojos; porque si se mira el agua, dentro de una Avemaría se
desvanece la cabeza y se caen como borrachos. Pasamos por fin bien,
y a cosa de 2 leguas más llegamos a otro río. Yo no sé cómo se
llama; no muy grande. Junto a la margen tiene un palmar, y allí
encontramos ya arranchadas las cargas, y así arranchamos aquella
noche. En la casa de las longanizas se habían comprado pollos, y no
lo pasamos mal. Nosotros temerosos de las coyas, no osamos
acercarnos a la margen del río. Tras del palmar había limones,
guayabas y árboles de totumos. Nosotros cada cual cogió su totumo,
y los arrieros les abrieron un taladro y los acercaron a la candela
para vaciarlos. Dentro de un rato ya toda su carne y tripas se
despegó de la cáscara, y lo fueron sacando con sus pepitas y
quedaron limpios, les pasaron 3 o 4 aguas con arena, y así largaron
todo el amargo; les compusieron su tapón, y los llevamos hasta La
Plata, y cuando topábamos leche, cada cual llenaba su puro, que así
también se llaman, para beber leche en el camino.
El otro día de mañana partimos a la hora acostumbrada, y a breve
rato vi subir a toda prisa por el tronco de un árbol un animal del
tamaño de un hurón con una montera carmesí. Yo sospechando que
talvez sería algún pericote —así llaman a los ratones grandes,
y que habría de negros con montera carmesí— llamé a un peón y
le pregunté: ¿Qué animal es aquél? Él me respondió: Padre, aquél es
un pájaro que lo llaman carpintero, y aquello colorado que tiene en
la cabeza es una cresta que cría como el gallo. Yo que lo estaba
mirando, y catay que se voló, y entonces conocí que era pájaro. A
poco rato se oía dentro del monte ruido, como cuando uno de lejos
oyen a otro cortando leña, el mismo ruido del golpe que da la hacha
que resuena en el monte muy lejos. Entonces díjome el peón: ¿Padre,
oye al carpintero? Es el caso que este pájaro, para hacer su nido,
taladra con un pico que tiene muy agudo el tronco de los árboles, y
le abre tal concavidad, que pueda caber dentro él, el nido y sus
polluelos. Y para ello busca árbol de bastante tronco, y va a
taladrar bajo las ramas de su copa. Es pájaro cantor y su canto se
parece en sus quiebras al canto de la mirla. Su pico tiene cerca de
un jeme recto, no de mucho grueso. Y talvez por el natural instinto
de taladrar los árboles lo llaman carpintero.
Otro pájaro hay en todo el Perú sólo en tierra caliente del
mismo tamaño. El cuerpo negro bajo del pecho blanco, y en la cola y
en las alas algunas plumas blancas. Su pico muy grueso, como el de
la picota; pero tiene de largo un palmo, él algo corvo. El pico de
color negro con una raya carmesí y otra blanca. Lo llaman el
predicador, porque cuando canta dice tan claro como pudiera una
criatura de lengua expedita: “Dios te dé, Dios te dé, Dios te
dé”. Entre el primer “Dios te dé “y el segundo hace
una pausita, y como lo pronuncia muy piadoso, y los otros
“Dios te dé” los pronuncia a prisa, el oír en los
despoblados este pájaro cantar, Dios te dé, te dé, te dé, conmueve
cierto el corazón. La hembra canta del mismo modo, y dice:
“Dios dará, dará, dará”. Hay muchísimos de estos pájaros,
y lo más singular es que su lengua es una pluma. Yo no lo quería
creer, hasta que lo vi por mis ojos, y he tenido lenguas suyas en
la mano. A su tiempo diré en dónde. Mas siempre que lo he oído
cantar, me he acordado de lo que dijo David: Mi lengua es pluma de
escribano, que escribe a prisa.
Nosotros pasamos adelante, y a mediodía llegamos a una quebrada
guarnecida de monte de un lado y otro, que es lo común en aquellas
tierras. Nos apeamos a comer, cuando reparé que había varios
árboles, que todo su tronco de arriba abajo lo tenían lleno de unas
espinas del tamaño de un clavo chico. Me acerqué a uno y con una
piedra fui a ver si eran muy duras. A golpes muy recios saqué
algunas. Saltaban de la corteza con su sombrerito como un clavo
perfecto. Yo pregunté a un arriero cómo llamaban aquellos árboles.
Y me respondió que tachuelo. Nombre propio, porque como está todo
vestido de tachuelas, lo llaman tachuelo. Me dijo que dentro del
palo era su corazón incorruptible, duro como el fierro, que con
mucha dificultad le prendía la candela. Esto lo vi a la práctica.
Adelante diré en dónde.
Después de comer volvimos a montar, y proseguimos nuestro
camino. Yo me adelanté con un donado, y en una quebrada encontramos
a un indio con una batea, que estaba cateando oro, y tenía ya
algunos pedacitos en una cubertera de cajeta de guardar conserva.
Batea llaman a unos platones de madera, que con alguna declinación
viene a rematar el centro casi en un punto. Llénanla de tierra,
arena y cascajo así llaman la piedrecita chica de la margen de los
ríos y quebradas, métenle agua y lavan todo el cascajo y lo echan.
Lo que es tierra se va con el agua; queda después la arena blanca y
la marmaja. Así llaman la arenilla negra. Van ellos zarandeando las
arenillas con agua, y poco a poco se va como más pesado el oro al
centro, hasta que lo van depurando de la arenilla. Este oro no es
que lo produzcan los ríos y quebradas, siendo así que en todos y
todas, desde Honda y La Plata, hay oro; sino que las avenidas del
agua con su corriente lo trae de los minerales. Este punto
explicaré cuando llegue a Barbacoas. Yo le pregunté al indio cuánto
oro sacaba por día, y me respondió que al cabo del mes le salía en
poca diferencia a castellano por día, que son dos pesos. Yo cuando
vide que el pobre lo cabría un diluvio de mosquitos y jejenes,
dije: Yo reniego de tal oro. Pero ellos como ya están a ello
curtidos no les hace impresión.
Pasamos delante y a la hora acostumbrada en una pampa o sabana
llana como la palma de la mano, hallamos ya en casa de un mulato
que se llama don Tomás Gutiérrez, arranchadas las cargas, y allí
arranchamos a pasarla noche. Él es casado y tiene 2 hijas ya mozas,
muy comedido y cortés. Tiene comprada aquella tierra al Rey, y
tiene la hacienda que es de ganado y bestias, 3 leguas de ancho y 8
de largo. A mano izquierda de la pampa hay una cordillera de monte,
y enfrente de la casa, a unos 500 pasos de distancia hay un
limonal, y dentro del limonal 3 pocitas de agua chicas, que la
mayor tendrá 3 botijas de agua. Toda ella muy buena y fresca. Pero
por más que saque agua de las pocitas, al instante vuelven a
llenarse. Y así siempre están llenas y nunca rebosan. Son como las
lagunas de que hablaré adelante. Yo fui allá a traer limones para
hacer limonada, y las vi y bebí de ellas. Y estando allí
sobrevinieron dos catarnicas, que fueron las dos primeras que vi, y
se pusieron a las ramas de un limón a cantar, que si yo tengo a
mano la escopeta las cojo.
Junto a su casa tenía un corral, y en él encerrados varios
becerros, y nosotros por beber leche, no tomamos limonada. Al caer
la tarde vinieron las vacas, y las ordeñaron y bebimos cuanta leche
quisimos. Él nos hizo una buena cena de pollos, y antes de
anochecer volvieron a encerrar otros becerros, para que tuviéramos
leche por la mañana. A la que vino el día almorzamos, y después
bebimos leche cocida, y llenamos para el camino nuestros puros. Él
por aquella tierra es hombre de fama perdida, porque es voz común
que tiene pacto con el demonio, y que éste le está sacando oro de
la China, río que ya dejo apuntado. Pero yo pienso que la envidia
que le tienen, ya que no le ha podido despojar de los bienes de
fortuna que Dios le ha dado, tira a despojarle con estas voces la
fama. Lo cierto es que de joven fue hombre pobre. El tomó sus
medidas, compro esta tierra al Rey, que allí no le costaría 200
pesos, que va muy barata. Poco a poco ha ido multiplicando ganado y
bestias, y se ha hecho poderoso. Y como en sujeto de su esfera
pocas veces se ve, de aquí es que nació de muchos la envidia, y el
regar las malas voces.
Nosotros partimos a la hora acostumbrada, todo sabana y llano, y
a cosa de unas dos leguas vi unos pájaros, tamaños como unos
gansos, altos de zanca, como la garza, el cuello largo, con un
palmo de pico delgado y corvo, toda la pluma blanca, excepto en el
buche que tenía pluma colorada con el color muy claro. Sospeché si
serían pelícanos. Pregunté cómo se llamaban y me dijo un arriero:
llámanse coches. Este nombre les pondrían porque cuando andan
volando siempre están cantando: “coclí, coclí, coclí”. Su
carne es comida muy buena, blanca, con sabor de pavo. A hora
competente nos paramos a comer en una quebrada. Delante tenía una
roza con un maizal, y en medio una torrecita hecha de 4 palos
parados, y arriba un muchacho con una honda espantando los loros y
guacamayas. Noto que desde Cartagena hasta La Plata abundan tanto
estos pájaros, especialmente los loros, que en los maizales y
platanares es preciso todo el día estar espantándolos, si no lo
arruinan todo, porque ellos vienen a bandadas muy grandes de más de
1.000, y el platanar o maizal donde caen, cada uno se lleva su
plátano o mazorca.
A la tarde pasamos el llano que traigo apuntado. Y es cierto que
nos causó admiración ver aquel cerro formando una torre inaccesible
por la naturaleza, y la palma muy fecunda encima, que le sirve de
corona. A hora acostumbrada llegamos a arranchar en casa de un
mestizo. Delante de la casa tenía una quebrada con una arboleda de
guayabos y guabos. Nosotros que ya conocíamos las frutas que dan
nos fuimos a comer guabas y guayabas.
El otro día de mañana partimos, y a cosa de un par de leguas nos
sucedieron dos desgracias. La una fue: en Honda se nos agregó un
galleguito de unos 18 años llamado Manuel Gallardo. Él muy
amujerado. Este día cansado de cabalgar como hombre en la mula,
quiso él ponerse como las mujeres con los dos pies de un lado. Pero
apenas sintió la mula las puntas de las 2 espuelas, cuando sale
respingando, echando pedos y corcovos, que lo hizo saltar de la
silla, y su fortuna fue que cayó de espaldas. La mula a la que se
vio libre empezó a correr. El P. Presidente quiso con la suya irlo
a atacar, y para ello metió espuelas a la suya para arrancarla.
Pero fue peor porque la mula a respingos y corcovos le echó de la
silla. Sus estribos eran algo estrechos, y se le quedó un pie
dentro del estribo, y el Padre colgado de él. La mula que procuraba
a darle coces, y con los gritos que todos dábamos más se espantaba.
Nosotros temíamos que no le tronchara el pie. Ello a los corcovos
que daba la mula, hubo de romper la correa del estribo. Pero la
mula ya colérica a la que se vio libre del peso se revolvió contra
él a bocados, que por el freno no le pudo morder. El estaba tendido
en el suelo más muerto que vivo. Nosotros nos apeamos, y el caporal
con 4 peones fueron a traer las 2 mulas. En esta farándula se
perdió más de hora y media, y ya que trujeron las mulas, a la
sombra de unos árboles nos pusimos a comer, entretanto que el
mulero nos hizo un sermón.
Partimos después de comer. Al trastornar de una loma vimos a lo
lejos muchísimos gallinazos delante la casa de una hacienda. Yo
pensé que habría algún mortecino de alguna bestia, y por ver lo que
me habían contado de su rey, apreté el paso a la mula para ver si
era verdad o mentira como noto Cáp. 1º. Pero cuando me acerqué
hallé que la gente de la casa descueraba una res para comer, y a
estas funciones como les toca buena parte siempre acuden los
gallinazos. Estos aquí estaban sin rey. A mí me siguió el donado
Francisco, que era el que llevaba la bolsa del gasto, y como no
traíamos pollos, compró carne fresca para cenar y comer el otro
día.
Seguimos después tras los otros por la sabana, y los hallamos ya
arranchados a la sombra de una arboleda, y allí nos quedamos todos
a pasar la noche. El caporal nos dijo que al otro día habíamos de
pasar un río de los peores que tiene todo el camino, llamado
Coello, denominación que le habrán puesto, porque por allí cerca
hay un pueblo a que llaman también Coello. Nos dijo que tenía 3
vados por donde se solía pasar, pero que el más recto para nuestro
camino era el vado de abajo que lo llaman el Paso del Padre Cuenca.
Ya que vino la mañana, después de almorzar, yo partí por delante
con el Padre Cristóbal Romero y el Padre Juan Plata. Nos siguieron
el donado Francisco y otro donado llamado Vicente. Este era muy
torpe. Nos habían dicho que a breve rato toparíamos la división de
3 caminos, cada cual que guiaba a su vado. Nosotros tomamos el de
mano izquierda, que era el vado del Padre Cuenca, que decían ser el
mejor vado. El caporal y los demás con las cargas se fueron a pasar
por el vado de arriba. A poco rato topamos gente. Yo les pregunté
si habían pasado el río. Dijéronme que sí, y que estaba bueno. Con
esto pasamos adelante, y catay que empieza el camino a dividirse
por varias sendas. Nosotros como no conocíamos y empezamos a
dificultar, por fin tomamos la senda mas trillada, y nos llevó a
una casa de un mestizo. Cuando yo vi la casa pensé que íbamos
perdidos. Llegamos allá y pregunté por el camino que guiaba al vado
del Padre Cuenca. El mestizo nos dijo: Padres, este vado es
malísimo, y de unos días a esta parte con una creciente está
perdido. Vayan Vuestras Paternidades por el vado de Siguará que
está bueno. Vuelvan a desandar esta media legua y de aquellas
senditas que hay tomen la de en medio, y los llevará a Siguará, que
es un pueblecito de este nombre que cae en una loma, casi a la
vereda del río. Allí hallarán gente que los irá a pasar.
El consejo me pareció admirable. Tomamos el mismo camino y
empezamos a desandar lo andado, y al cabo de un rato encontramos 2
hombres y una mujer que se venían para nosotros. Yo les pregunté si
iban a pasar Coello. Me dijeron que sí. Les volví a preguntar que
por qué vado.Dijeron: Por el del Padre Cuenca. Yo les
dije: Aquí bajo nos dijeron que está muy malo y perdido de una
avenida del río. Ellos porfiaron que estaba bueno y que lo iban a
pasar. Yo dije: Por donde pasen ellos pasaremos nosotros, vámoslos
siguiendo. Fuimos siguiendo con ellos, y nos dijeron que nos
pasarían sin riesgo. Bajamos a las vegas del río, en donde hay una
casa y un platanar que es hacienda de dicho Padre Cuenca que era
cura de Natagaima; y como siempre para ver su hacienda viene a
pasar por este vado, por esto le han puesto el vado del Padre
Cuenca.
Llegamos por fin al río. Con la conversación que con ellos
llevábamos el donado Vicente se había adelantado, y al llegar a la
margen, sin mas premeditar el paso, empezó a arrear la mula. Cuando
nosotros llegamos, él ya estaba casi en medio del río, Empezaron a
darle voces, y su fortuna fue que el río en medio se hace un
espinazo de piedras, de este lado lleva por agua, pero al tombar
del espinazo es muy profundo, que se lo hubiera llevado el río con
la mula. Revolvió, y uno de los hombres se desnudó, y a pie con un
bordón en la mano fue primero a tentar el vado. Lo halló bueno y
nos pasaron muy bien. El uno me dijo: Padre, aquí arriba hay una
casa. Si quieren aguardar a los otros Padres que fueron a pasar por
el vado de arriba, allí los podrán aguardar, porque de preciso han
de venir a dar a esta casa, y todavía tardarán más de hora y media.
Arriba de la loma a mano derecha había una serranía muy alta, y me
dijo: por aquella punta que hace tajo contra el río, por allí han
de venir a bajar. Yo le dije: Patrón, por allí ni las cabras pueden
bajar. Él dijo que no se veía la senda porque estaba algo honda
hecha a pico. Y a esta cuesta la llaman Cara de Perro, porque el
pico en que remata de abajo forma una cabeza de perro. Ellos se
fueron y nosotros, hay que era preciso aguardarlos para comer, que
en una alforja lo traía el donado Francisco, nos apeamos y nos
pusimos a bañar.
Ya que volvimos a montar nos fuimos arriba a la casa a hacer
tiempo. Había un pedazo de monte, y como la subidita era algo
tiesa, tenía varias senditas todas llenas de lodo. Al donado
Francisco sin advertirlo se le cayó la alforja en que venia el
bizcocho y la carne asada para comer. En la casa lo reconoció y fue
a buscarlo; él tomó senda distinta de la que había traído, y en lo
interim pasó un mestizo y halló la alforja y nos la trujo. Nosotros
la ocultamos para dar vaya al donado. Pasó más de una hora y
entonces vimos asomar a los compañeros, que venían bajando la
cuesta. Ellos por fin llegaron, renegando de Cara de Perro, y más
cuando supieron la felicidad con que nosotros habíamos pasado
nuestro vado; y de ellos que todos se vieron bien amargos: El Padre
José Losada se había caído al río, que por poco se aniega, y el
donado médico también.
El donado Francisco no parecía buscando la alforja. Nosotros
dimos cuenta al Padre Presidente de lo que pasaba, el cual dijo:
Pues vamos comiendo a toda prisa antes que llegue y le daremos
vaya. Sacamos la alforja, y ya acabando de comer, llega el donado
todo maquinando satisfacciones que dar. Cuando él vio la alforja se
quedó parado, pero le dimos bastante vaya. A breve rato partimos
por la sabana, una pampa de 2 jornadas de llano. Estos llanos son
lo que llaman los Llanos de San Juan. Están llenos de ganado y
bestias, y forman dos haciendas que son de 2 chapetones casados en
Santa Fe. El uno se llama el doctor Moya, y es bello jurista,
hombre muy vivo, cortés y de muchísima expedición. El otro se llama
don Antonio Álvarez. Es hombre muy virtuoso y recogido. En la
hacienda ha hecho una capilla grande como una iglesia, toda de
cantería con 5 altares y bien adornada. Nosotros anduvimos hasta
cerca las 3 de la tarde, y junto a una quebrada encontramos ya las
cargas arranchadas, y allí arranchamos a pasar la noche. Allí cerca
había un par de casas de unos mestizos. Vino el uno y nos prometió
que encerraría los becerros, y que por la mañana tendríamos leche.
Dentro del monte había muchos árboles tachuelos, y hallé el corazón
del uno que caído se había podrido todo, pero el corazón estaba
entero. Lo aplicamos a la candela, pero ni en una hora le prendió.
Entonces conocí la fortaleza de aquel palo. Tiene su color oscuro
como el clavo. Si se trujera a España valdría muchos pesos. En otra
ocasión contaré que en este monte vi dos cosas raras, y la una me
llevé y enseñé al doctor Moya, y él me enseñó otra más
rara.
El otro día de mañana partimos a la hora acostumbrada, después
de almorzar y beber leche, y nos llegamos los puros llenos para el
camino. Un negro de la hacienda del doctor Moya nos había visto
allí arranchados la tarde antes, y a la noche lo dijo al doctor. Él
haciendo cuenta que el otro día pasaríamos por la hacienda, y que
nos haría quedar un día, mandó por la mañana matar una buena
novilla para regalarnos. El mulero era de Neiva, como ya traigo
dicho, y quería ir a su casa, no sólo para remudar algunas mulas
que flaqueaban, sino también para que parásemos por la fiesta de
San Juan, que la celebran con toros y corridas de caballos. Tenía
él ya ajustadas las jornadas, y le salía llegar la tarde antes de
la vigilia; y temeroso que el doctor nos podría detener, y se le
frustraba su proyecto, nos metió por la senda de un monte, que
cuando el doctor acaté, ya nosotros estábamos media legua más allá
de su casa. Inmediatamente escribió una esquela al Padre
Presidente, rogándole que volviésemos a su casa. Se le respondió
que el mulero quería pasar adelante, y no parar. Con todo nos mandó
algún pan y los 4 cuartos de la novilla. A hora competente nos
paramos a comer en una quebrada dentro de un monte, en que había
muchas palmitas de las que forman sus palancas los bogadores del
río de la Magdalena, y comimos bastante de su fruta.
Después de comer y descansar un rato, volvimos a montar, y a la
hora acostumbrada nos arranchamos en una quebrada dentro de un
pedazo de monte. El caporal nos dijo: Padre, esta carne o se ha de
perder o asarla. El Padre Presidente la mandó asar. Se hizo una
grande hoguera, y con palos formaron asadores y lo fueron asando.
Los arrieros toda la noche no hicieron más que comer carne asada.
Ya que vino la mañana partimos, y había tantísimos pájaros
predicadores, que ni se oía ni había otra cosa. Aquí fue que reparé
que este pájaro, al tiempo que canta “Dios te dé”, baja
la cabeza, y la demora que hace para añadir dos veces más, “te
dé te dé”, es que vuelve a levantar algo el pico, y al tiempo
que los canta cruza con el pico de la parte izquierda ala derecha,
formando con el pico una cruz perfecta en el aire. Lo reparamos
todos varias veces, y yo aún no satisfecho pregunté a los arrieros,
y todos afirmaron que es así, y que es cosa sabida en toda aquella
tierra.
Ahora lo que con esto, y con su canto querrá decir el pájaro,
sólo Dios lo sabe. Yo dijera: que o dice: Perú, Dios te dé luz del
Evangelio para que lo conozcas o obreros evangélicos celosos que
arranquen tus vicios, o talvez, como allí esta tan fría la caridad
fraternal, querrá decir: Dios te dé bienes con que mantenerte y
pasar la vida; como quien dice, en esta tierra, si Dios no te da,
no aguardes del otro. Varias veces prediqué moralizando estos tres
puntos.
A hora acostumbrada nos paramos a comer, y nos dijo el caporal
que aquella tarde habíamos de pasar un río que lo llaman Luisa, el
cual como viene muy encajonado, por poco que esté crecido no se
puede pasar. Pero que para asegurarse llamaría a la otra parte al
pasero, y que si le dice que está bueno, pasaríamos sin detención
alguna. Volvimos a montar, y a cosa de legua y media llegamos a
Luisa. Se llamó, y el pasero vino, y desnudándose con un bordón en
la mano, vino tanteando el vado. Dijo que estaba bueno. Pasamos con
algún trabajo, porque el agua daba sobre los estribos. De la otra
parte hay un pueblo de indios y mestizos. El cura nos llevó a su
casa, que se llamaba el maestro Losada, y nos hizo mucha instancia
que nos quedásemos unos días predicando y confesando la gente. No
se condescendió a ello. Y así pasamos del Guamo, así se llama el
pueblo, y tendrá unos 100 vecinos. En otra ocasión contaré lo que
dicho cura me contó de una culebra que se mató en el pueblo unos
años anteriores y él la vio y la hizo medir. Al salir del pueblo
trastornamos 3 o 4 lomas, y entramos en un pedazo de monte, todo de
limonal y guayabal. A la salida había una casa de un mestizo, y
allí hallamos ya arranchadas las cargas, y allí nos arranchalnos a
pasar la noche.
Junto a la casa había una quebradita, pero tan chica que no nos
pudimos lavar. Pero como había tantas guayabas maduras nos hartamos
de comer guayabas. Advierto que a la mano derecha de la casa del
doctor Moya a 2 leguas de camino hay un pueblo que le llaman La
Mina. Hay allí muchas minas de bronce. Allí no corre para comprar y
vender sino bronce. En otra ocasión diré lo que con el bronce
fabrican. Entre el pueblo de La Mina y Cara de Perro dos leguas
adelante está otro pueblo llamado Coello. Cuatro leguas más
adelante está otro pueblo llamado El Espinal. A la mano izquierda
del Guamo, tres leguas retirado, está el pueblo de Ibagué, y a mano
derecha otras 3 leguas retirado esta el pueblo de San Luis, y dos
leguas retirado de San Luis está el pueblo del Valle. En otra
ocasión hablaré de estos pueblos.
El otro día de mañana partimos a la hora acostumbrada, y pasamos
por una hacienda de un caballero criollo, llamado don José
Caballero. Allí encontramos leche, y sin embargo de ser un poco
temprano, nos paramos allí a comer. Él nos regaló unos buenos
quesos, y al cabo de un rato volvimos a montar. Para adelante era
todo una pampa llena de sabana, sin monte alguno, y llegando ya
casi en la mitad había una ciénaga chica, y todas las mulas al
llegar a ella la olían y la pasaban de un salto. Yo extrañé la
ceremonia, porque hasta entonces no había visto semejante ademán.
Pregunté por ello y me dijo un arriero que las mulas en las
ciénagas por el olor conocen si están muy hondas, y entonces por no
quedar atascadas, o buscan otro paso, o, si pasan, es de salto.
Esto después lo he experimentado varias veces. Por este tiempo en
aquellas tierras había viruelas, y la gente temerosa que nosotros
no les pegáramos el contagio, al vernos de lejos se huían dejando
el camino, y otros se iban de sus casas corriendo temerosos de las
viruelas. La mayor parte de los indios y mestizos de los pueblos se
habían remontado a los montes, y en las casas por donde pasábamos
nos recibían de mala gana. A la tarde llegamos a un río que lo
llaman El Engañoso, porque todo su piso es de cascajo chico, lleva
él poca agua, pero por poco que crezca lleva mucha corriente, y se
ha llevado y anegado a muchos. A la margen de este río es el puesto
donde se crían muchas más coyas que en ninguna otra parte. Nosotros
pasamos sin riesgo alguno.
A cosa de unos 500 pasos más sobre una lomita hay una casa de un
caballero español sevillano llamado don Miguel Correa, casado y
allí hacendado. El tenía una máquina de chiquillos. Así que nos
vieron pasando el río, salió toda la familia a la loma, haciéndonos
seña que pasáramos adelante. Mas el caporal se adelanté a avisar a
don Miguel que todos veníamos sanos sin viruelas. Entonces bajó don
Miguel y nos ofreció su casa. Con esto subimos allí a arranchar y
pasar la noche. Al caer la tarde mandó encerrar becerros para tener
por la mañana leche con que regalarnos. Nosotros nos queríamos ir a
bañar al río, pero él nos desuadió por tanta coya como dijo que
había, y allí habían muerto varios envenenados de ellas. La mujer
se había retirado con los hijos en un cuarto, y no había medio que
quisiese abrir, hasta que vino la noche se estuvo encerrada de
miedo de que no trujéramos las viruelas a su casa.
El otro día de mañana nos sacaron leche y también proveímos
nuestros puros, y después de almorzar partimos. Todo el camino es
llano y a cosa de media legua pasamos por la casa de unos mestizos.
Ellos estaban sacando una grande cantidad de pita, para fabricar
cinchas, cinchones, petrales y retrancas para las bestias, que son
dos familias que tienen este comercio en diversos pueblos. Pero a
la que de lejos nos vieron, marcharon todos corriendo, y se dejaron
la casa abierta. Nosotros pasamos adelante, y ya cerca de mediodía
nos queríamos parar a comer, pero el caporal nos dijo que ya estaba
cerca el río, y que de preciso habíamos de arranchar allí a pasar
la noche, porque era río grande y que se pasa con canoa; y que para
pasar nosotros y las cargas se gastaría mucho tiempo, y que sería
preciso allí quedar. Con esto no nos paramos, y a breve rato
llegamos al río, y allí a la sombra del monte comimos. No me
acuerdo el nombre del río. Ello todo se pasó, y en la casa del
pasero, que es un francés llamado don Miguel, allí nos arranchamos
a pasar la noche.
Él nos contó que en aquellas tierras se crían muchas culebras,
todas de veneno mortal, y entre ellas la peor es una que la llaman
cascabel, porque en el rabo cada año le nace un cascabel, y de
ellos va formando un ramo, y cuando anda se sienten sus cascabeles.
Es de veneno tan activo, que a quien pica, en una hora ya murió. Y
en teniendo gana de picar y no halla a quien, pica un árbol, y a
las 24 horas se secó. Siendo así que siempre que anda suenan sus
cascabeles, pero es tan sagaz que cuando va con deseo de picar no
los suena, y así sin ruido ejecuta el golpe, y en habiendo picado
entonces se va ella tocando sus cascabeles. Yo dificultaba algo en
creerlo, y le hice al francés algunas réplicas. Pero él me aseguró
que todo lo que aquí he dicho es verdad, y lo confirmó enseñándonos
un ramito de cascabeles que tenía. Cada cascabel es una telita
redonda como una vejiguita un poco más chica que la peladura de un
garbanzo. Dentro tiene 3 bolitas un poco mayores que la cabeza de
un alfiler sueltas. Cada cascabel tiene su tronquito con el cual se
une con el tronco principal, y meneando éste las bolitas dan contra
las vejiguitas, y así forman el ruido que por esto llaman
cascabeles. Es culebra que sólo crece hasta 2 varas, y del grueso
del tamaño de la muñeca de un hombre.
Junto al paso de este río vi un árbol que llaman Tactel. El muy
alto y grueso y coposo da unas frutas del tamaño de una cereza
perfectamente redonda. Ella a ramitos como el cerezo. Dentro tiene
un hueso del tamaño de un Gloria Patri de una corona grande de
Jerusalén. Negra y dura como el coco. Él también perfectamente
redondo. Yo en diversas partes me aperé de ellos y taladrados
parecen cuentas de Jerusalén, y se hicieron varias coronas. Esta
fruta verde la quiebran las mujeres, y con ello lavan la ropa y
sirve en lugar de jabón. En madurando se ponen de color de miel, y
está pegajoso como la cola y aún más. Y cuando así lavan la ropa
con ello hace más espuma que el jabón.
Este paso del río lo tenía don Miguel conferido del Virrey, y
para ello mantiene siempre una buena canoa y algunos mozos para su
conducta. Y todo el que pasa le paga un tanto. Allí había una moza
que encima de cuatro palos tenía una barbacoa, y en ella sembradas
2 o 3 docenas de cebollas, y las cuidaba mucho, porque en tales
parajes la cebolla es rara maravilla. Ella me dijo que jamás quería
vender cebolla alguna. Sólo las hojas dijo vendo a los chapetones,
y ya he ganado con ello 5 o 6 pesos.
Nosotros al otro día de mañana partimos a la hora acostumbrada,
y al salir del pedacito de monte junto a la casa, topamos una
sabana. Desde la esquina a mano derecha para adelante todo era
monte de limones. Y en medio de la pampa había árboles de totumos y
muchísimos totumos en el suelo secos, que allí se perdían. Subimos
una lomita a mano izquierda y descubrimos un llano que nos duró
todo el día. Casi en la mitad topamos una casa de un indio. Pero a
la que nos fuimos acercando algo marido y mujer y todos sus hijos
salieron huyendo. Yo empecé a darles voces, porque ya era hora y
queríamos parar en su casa a comer, porque no había sombra ninguna
donde podernos apear. Pero a la que oyeron mis voces entonces
apretaron más el paso, huyendo que ni venados. Nosotros nos apeamos
en la casa y allí comimos. Después de comer volvimos a partir, y yo
me adelanté con el donado Francisco con ánimo de ir a alcanzar las
cargas, y a cosa de una legua vino una lechuza, y como iba con el
sol encandilada, fue a topar con el sombrero del donado, y se lo
echó al suelo. Él se asustó mucho, y me empezó a decir que era
pájaro de mal agüero. Yo que no me podía tener de risa. La lechuza
iba por el suelo atolondrada. La quisimos coger, pero cada vez que
le echaba el sombrero para cogerla se le huía. Por fin la dejamos,
y al cabo de un rato llegamos a una casa. Delante tenía una cocina,
y en ella hallamos dos indias desnudas cociendo dos ollas de
chicha. Les dijimos que nos vendiesen unos pollos. Ellas decían que
no había, y junto a la casa tenían un gallinero de más de 100
gallinas. Yo le dije que si no los quería vender, los llevaríamos
sin su querer. Entonces la una se ciñó a la cintura un reboso, y
puso en un pilche un puñado de maíz, y en el portal de la cocina la
hacía saltar con el pilche. Al ruido acudieron pollos y gallinas, y
nos cogió 4 pollos.
Nosotros pasamos adelante, y todo aquel llano estaba lleno de
ganado, tan manso que el que estaba en la senda echado no se movía
hasta que ya la mula topaba con él. Pero con todo yo iba con algún
recelo, porque tal cual, al levantarse, se encaraba como que quería
embestir. Al cabo de un rato topamos otra casa de indios desviada
del camino a mano izquierda cosa de 300 pasos. Un indio a la que
nos vio se vino corriendo y me dijo: Mi amo, quieres comprar
ciruelas? Yo dije: Ciruelas por esta tierra, ¿cómo es posible?
Nosotros fuimos con él a su casa y delante tenía 6 o 8 arbolitos,
que allá llaman ciruelos. Ellos de unas cuatro varas de alto, con
muchas ramas todas abiertas, formando un buen sombrío cargados de
ciruelas. El árbol sólo a la punta de las ramas cría unas hojitas
chicas, y la fruta la da racimos como el cerezo, pero él muy más
cargado. Es árbol que sólo fecunda en tierra caliente. Él por medio
real nos dio un sachamate grande lleno, que llenamos dos pañuelos.
Y de los árboles comimos cuantas quisimos. Y las otras las llevamos
a los Padres que ya venían.
Sachamate llaman a los medios calabazos de casco, que en España
llaman dornillos. Y éstos son los platones y fuestas de que se
sirven los indios y gente pobre. A todos nos supieron las ciruelas.
Pasamos más adelante, y a mano derecha hallamos dos casas de
indios, y junto un monte y una quebrada. Y junto al monte las
cargas arranchadas. Los arrieros habían contenido la gente para que
no se huyeran, asegurándoles que no traíamos viruelas. Y allí nos
apeamos a pasar la noche. Yo los induje a que nos previnieran leche
para por la mañana, y con esto se fueron a encerrar los
becerros.
Por la mañana tomamos leche y llenamos nuestros puros, y después
de almorzar partimos monte adentro. Advierto que desde Cartagena
hasta La Plata hay muchísimo algodón, que sin sembrarlo por sí se
da en los montes. Y sin embargo la gente va casi desnuda y duermen
en el suelo encima de un cuero. Ropas de la tierra de lana y
algodón no se fabrican en toda esta tierra. Los lugares más cerca
donde se fabrican son:en los llanos de Santa Fe, de la
ciudad de Tunja y en Quito, como diré adelante. En toda esta tierra
desde Honda a La Plata una res gorda vale 4 pesos. Y así quien la
quiere comprar va donde el dueño, entrega los 4 pesos y con el
caballo va y enlaza la que quiere. Nosotros pasamos adelante, y el
monte a ratos hacia sus manchones de pajonales, y todo lleno de
bestias y ganado. En este monte vi el árbol que da la cañafístola.
Tiene macho y hembra. La hembra es la que usan los boticarios. La
macho es una algarroba de una vara de largo y de grueso como la
muñeca. Esta dicen que no sirve porque dentro no tiene el humor
para las purgas. Es árbol muy grande y coposo, y su hoja como la
del naranjo algo mas larga. Vi también el árbol que da la vainilla
que suelen poner en el chocolate. Es árbol más chico, muy coposo,
su hoja se parece a la del ciruelo, algo más largas y las vainillas
son el fruto que da, a racimos como el algarrobo. Uno y otro allí
se estaba perdiendo, porque no hay quien lo coja.