La real villa de Honda está fundada en una loma de bastante
alto. A mano izquierda tiene el río de la Magdalena, que todavía en
Honda es río muy grande, como se podrá hacer el cálculo, sabiendo
que de Honda para la ciudad de La Plata le entran 23 ríos grandes
como anotaré adelante. A mano derecha tiene el río Gualí, río que
nace del páramo de Guanacas y pertenece a la cordillera. Este río
es tan frío como el agua nieve bien fría. Es río que no se puede
navegar porque tiene mucha corriente, pero él es bastante grande, y
siendo así que allí al pie de la loma se junta con la Magdalena,
con todo, a media legua de río abajo, ya la Magdalena con su calor
le quitó toda la frialdad. Tiene la villa mucho comercio, porque
todo lo que de España va a Cartagena por precisión ha de subir por
la Magdalena a Honda para internarse tierra adentro en todo el
Virreinato de Santa Fe. A Honda es que bajan a emplear para su
comercio los mercaderes. No tiene la villa más que la parroquia,
nuestro convento, el de San Juan de Dios, y de la otra parte del
río Guali en donde está el puerto y la tercera parte de la villa,
había un colegio de jesuitas, que entonces se fabricaba de
nuevo.
Fuera de la villa, al canto, tiene una loma algo más alta,
adonde a la tarde se va a tomar el fresco, y en ella empieza una
pampa de pajonal muy bello con sus manchones de monte, que tiene 7
o 8 leguas llano todo como la palma de la mano, y de ancha tiene
tres leguas y media o 4. A estos llanos así de pajonales llaman
allá sabana. Para apero de los pasajeros y mercaderes hay allí dos
providencias muy buenas. La primera es la fábrica de las petacas.
Petaca llaman a unos cajones que allí se fabrican de cueros, de a
vara de largo poco menos, y en proporción de ancho y alto. Allí un
cuero no vale sino medio real; pero un par de petacas, forradas o
de cañas o de cuero, vale 4 pesos, y hay de 6 y 8 pesos conforme
las labores que les echan. Aperarse de ello se hace allá preciso,
porque los baúles son difíciles de cargar, ya por la incomodidad de
la bestia, que siempre lo rehúsan los arrieros, y cuando se haga
preciso, no puede una bestia cargar más de uno por las estrechuras
que hay en los callejones de los caminos; y ya también por la
fragosidad de las cuestas en subidas y bajadas muy pendientes y
peligrosas. La segunda es: que de la ciudad de Neiva, y de todos
aquellos lados, bajan todo el año muleros con partidas de mulas, ya
de carga y ya de silla. Arránchanse en aquellos llanos, en donde
tienen en los pajonales comida para las mulas, sin que cueste nada,
y los caporales se vienen a Honda a buscar cargas o pasajeros, y
este es su comercio. Y como toda su vida emplean en esto, salen
teólogos de primera clase.
Allí habemos de suponer que como no se cría cáñamo para el
arreo, de cabestros, lías y cinchones, no hay cuerdas. Pero allí de
los mismos cueros de las reses las hacen. Todos los sábados en la
carnicería se matan muchas reses gordas, cómpranse a medio real
cada cuero. Estos los estiran atacándolos contra el suelo, en
estado de sarazo que dicen allí, esto es, ya casi medio seco, lo
redondean, y sacan después una tira de todo alrededor de a 2 dedos
de ancho.Ésta después la estiran, y la van en lo interim
torciendo, y asi estirada y torcida, la secan a la sombra, y a esto
llaman rejos. Estas pues son las cuerdas con que se vadea allá para
atar fardos y acarreo de bestias. Allí no hay carretones ni coches.
Y si en alguna ciudad hay algún coche, no puede andar pero por los
caminos. Para pasar el río Gualí hay un bello puente que tendrá 15
varas de alto; y sin embargo, llega este a crecer hasta el puente,
y tendrá de ancho otras 15 varas en poca diferencia.
Nosotros nos detuvimos en Honda 32 días, porque un propio que se
hizo al colegio luego que llegamos a Cartagena, como está lejos fue
menester aguardarlo que trujera orden, quien en Honda nos había de
aviar con 47 mulas que eran menester para sillas y cargas. En Honda
el Comisario nos vistió, al uso de la tierra, de un sayalete azul
muy más ligero que nuestro sayal, para poder sostener los calores
de aquel clima en los caminos tan largos que nos quedaban, y tierra
adentro hace mucho más calor. En lo interim vino la fiesta de la
Ascensión de Cristo, y el Guardián aquel día nos convidó a todos a
comer. Aquí presupongo primero que en todo el río de la Magdalena
se crían unos lagartos como los de España, en hechura y colores, de
verde y amarillo; mas aquellos son grandes de 8 y 10 libras, que
sólo verlos causa horror. A estos llaman iguanas. En Cartagena los
días de ayuno hay empeños en la pescadería para comprarlos, que los
comen y es un plato de mucho regalo. En todo el río los comen, y en
Honda también. Son anfibios, entran y salen del agua. Nosotros a la
que en el río los vimos propusimos primero morir de hambre que
comer tal sabandija. Dijimos al Guardián cuando nos convidó: Padre,
no sea cosa que nos den a comer iguana. El respondió: No, Padres,
como es día de carne, de seguro que no habrá iguana. Quien le puso
más recelos fui yo. Pero él me aseguro que no. Ya fuimos a comer, y
entre otros platos sacaron uno de iguana. El tenía avisada a su
comunidad para que ni siquiera con seña dieran a entendernos nada.
Todos nosotros lo comimos pensando que era pechuga de pavo o
gallina. Ya que lo tuvimos en el cuerpo, díjome el
Guardián:
P. E Juan, ¿le supo este plato? Yo respondí: Padre, la pechuga
de pavo o gallina a todos sabe. El me respondió: Padre: sepa que no
es pechuga de pavo ni gallina, sino iguana. Pues si esto es iguana,
dije yo, dénme iguana todos los días. Pensaba yo que él chanceaba,
pero en realidad era iguana.
Así que llegamos a Honda, el Comisario hizo diligencia para que
todas las mañanas nos trujeran leche de vaca para refrescarnos, y
con ello y con los baños que tomábamos en Gualí, a pocos días
sanamos del sarpullido, y se nos mitigó algo el ardor de la sangre.
En este país ya no hace tanto calor como en Mompós, porque de un
lado y otro, con 3 y 4 leguas de distancia viene una cordillera de
serranía muy alta, y trae el aire encanalado, que ya por fin, entre
las 9 y las 10 de la mañana, entra la brisa y se refresca algún
tanto. Las mujeres aquí ya visten mas honesto; llevan su follera de
angaripola o rayadillo de algodón; calzan zapato sin tacón, pero
tienen su fantasía en hacerse el pie chiquito de este modo: al
zapato en la punta del empeine le abren dos agujeros para poder
encorvar los tres dedos mayores, y a las niñas desde que las calzan
les rompen con violencia las coyunturas, y así, y en calzar muy
apretado, corrigen la naturaleza. Para salir de casa usan jubón de
bretaña todo bordado de seda carmesí o de hilo morado, que llaman
de carasol. El cabello prendido atrás con una cinta de tela,
laboreada de oro o plata la que puede, y hecho todo una crisneja.
La gala es gargantilla y tembleque de perlas. Tembleque llaman un
ramo de oro, cuyas frutas son perlas. Este remata en un hilo de oro
enroscado algo abierto, y tiene su espiga con que se clava en el
moño, y al mover la cabeza, o con la agitación del movimiento
natural del cuerno al caminar, con el peso de la rosa con las
perlas, está temblando. Usan muchas esmeraldas en zarcillos y
sortijas y cadenas de oro al cuello. Anillos de perlas o de
corales, y quien no tiene dinero para ello, usa granates. Aquí ya
se ven pocas negras o mulatas con el cuerpo desnudo. Los hombres
ricos y pobres visten como en Cartagena. Las comidas y bebidas son
las mismas. Sólo que aquí por lo común usan sombrero de hoja de
palma que allí se fabrican. Entre la gente inferior hay mucho
borracho así hombres como mujeres, porque en las pulperías venden
no sólo vino y aguardiente de España, sino también guarapo y
aguardiente de caña, y son en este particular viciosos. Aquí, y de
aquí para arriba en todo. el Perú, fabrican del maíz una bebida que
llaman chicha, de esta suerte: Toman el maíz y lo ponen a remojar
24 horas, y de ahí lo dividen de dos modos. El uno es cocerlo así
entero y después lo trastornan con su caldo en artesas, y lo ponen
a madurar 6 o 8 días; después que ya se fermentó lo sacan y lo
muelen en una piedra refregando con otra de mano, y esta masa con
el mismo caldo lo vuelven a hervir, y después en artesas lo
refriegan con las manos, y le hacen largar toda la sustancia.
Cuelan después el caldo, quitan el bagazo y lo embotijan. Le
mezclan un poco de miel de caña, y a los 6 o 8 días ya tomó punto,
y así se bebe. El otro modo es el mismo artificio, sólo que en
lugar de molerlo no lo muelen, sino que lo mascan, y a esta llaman
chicha mascada, y dicen que la mejor es la mascada por las mujeres.
Una y otra emborracha con borrachera más fuerte que la del vino o
aguardiente, y echan de sí un tufo malísimo. Esta bebida entre
gente india es la más común en todo el Perú. Desde Cartagena hasta
La Plata no se usan colchones para dormir. La gente culta duerme en
una cama de viento sin colchón por el calor; todos los demás, en el
suelo sobre un cuero de vaca, sin almohada; y para ello tienen
muchos cueros para sí y para los huéspedes.
Allí notamos nosotros en las mujeres poco recato en irse a lavar
a todas horas en el Gualí, y estar por el río nadando juntos
hombres y mujeres. También a mano izquierda de la villa viene una
quebrada, donde van a lavar la ropa, y ellas allá se desnudan, y
como está cerca, está indecente. Allá no saben hacer colada para
limpiar la ropa; y así lo que hacen es: la enjabonan con jabón
hecho de sebo de cabras, y no es malo, porque allí como no hay
aceite, sólo así se vandean; la refriegan un poco, y después la
azotan contra las piedras de la quebrada, y así le hacen largar el
mugre, pero la destrozan mucho.
Vino pues por fin orden del colegio a un mercader de Honda
llamado don Bernardo Sizeros para que nos aviase. Se buscó un
mulero que tenía mulas en la sabana, y se ajustaron a 7 pesos por
mula, hasta la ciudad de San Sebastián de La Plata. Partimos tierra
arriba, y es cosa sabida que el día del arranque no se da jornada.
Vino acompañándonos el Guardián y algunos chapetones cosa de una
legua. Yo reparé unos pajaritos pintados de ceniciento y negro, más
chicos que un gorrión, y en su cantar dice muy claro
“Ioseph”. Cayóme en gracia, porque hasta entonces no
había visto semejante pájaro, ni había oído semejante canto.
Pregunté al Guardián cómo se llamaba y me dijo: Estos son
gorriones. Yo le dije: Ya veo que su pinta es de gorrión; pero en
España los gorriones son el doble más grandes y tienen otro canto.
A las 2 leguas y media en poca diferencia había una venta en que
vivía un mestizo y aquí paramos esta primera jornada. Porque el
mulero, les decía yo a los Padres, que era hombre a propósito para
pedir limosna para las almas del Purgatorio. Él se llamaba
Francisco Suárez. Hombre que ni tenía palabra mala ni obra buena.
Es obligación de los trajineros en aquellas tierras, al llegar a la
ranchería, poner los sobretoldos armar las camas de los chapetones,
traer leña, armar candela, y traer agua para cocinar. Todo este
obsequio estudiado lo hacen ellos con mucho gusto por agradar al
amo de las cargas, porque tienen experimentado que los chapetones
son manirrotos en la comida, y ellos con este obsequio logran
participar de ello.
Nosotros traíamos unos sobretoldos de lona muy grandes y pesados
con la armazón de fierro. Traíamos también camas de viento de
fierro. Los sobretoldos los usamos en el río de la Magdalena, y nos
sirvieron bien; pero las camas no se habían todavía estrenado. Esta
noche fue la primera y la última, porque tenían tantos registros
que nos aburrimos con ello. Entramos a ver el apero de la venta, y
allí no había más que pan, y éste muy malo; muchas botijas de
chicha, plátanos, camotes y yucas. A mano izquierda teníamos una
cordillera de serranía muy alta, y a mano derecha a cosa de tres
leguas de distancia, otra y al pie la ciudad de Mariquita. Esta
ciudad a los principios del reinado de Felipe V fue muy rica,
porque tenía unos minerales de plata muy pingües; tanto que así
como los mercaderes suelen tener su tienda con los estantillos
aperados de piezas de ropa, en Mariquita las tenían aperadas de
piñas de plata. Lo que allá llaman piña de plata es la plata
virgen, unas tortas como unos quesos de plata molida y apiñada,
conforme la apiñó el azogue en el horno, pero todavía no fundida.
De esta especie, como se saca y se apura, hablaré
adelante.
Esta mina se cavaba sus venas introducidas por dentro del monte.
Pero un día se arruinaron estas cuevas y cogieron bastantes indios
adentro trabajando, los cuales todos murieron aplastados en la
ruina. Llegó la noticia de la
fatalidad al señor Virrey de Santa Fe, que era entonces don Antonio
Villalonga
(1)
mi paisano, el
cual mandó que se dejaran, y no se volvieran a cavar y así se ha
quedado. Pero con todo es ciudad rica, porque la cordillera que
tiene un boquerón por donde me hago la cuenta que desemboca el río
Gualí, que llevo en Honda anotado. Por aquí entran la mayor parte
de víveres como son tasajos, sebo, tocino, azúcar, vino,
aguardiente y harina, a las provincias de Antioquia y Chocó,
tierras de minerales de oro. Y con este comercio está opulenta la
ciudad. El tránsito es peligroso, porque es preciso andar todas las
entradas y salidas del monte de Timbío, que va caracoleando la
corriente del río; y éste es menester pasarlo 23 veces y, como
suele a veces crecer mucho, ataja el paso, y, cogiendo pasajeros
entre vado y vado, ha habido ocasión de acabar los víveres y
comerse hasta los cueros de las petacas, y morir de hambre también.
Pero sabemos que esto, y mucho más, atropella la codicia.
En Mariquita hay dos cosas singulares, que son dos frutas. La
primera son los touetes. Touete es un árbol muy parecido al nogal,
aunque no se hace tan grande, y da unas nueces del tamaño de una
manzana. Su comida es lo mismo que la nuez sólo que adentro cría
más telitas y la cáscara tiene tales puntas y concavidades, que
para haberla de comer es menester primero desmenuzar muy bien la
cáscara, si no no podrá sacarle su comida. La segunda son los
almendrones. Es un árbol parecido al almendro, pero sus almendras
son del tamaño de los touetes. Su comida sabe a almendra, sólo que
es tan aceitosa que luego fastidia y deja la garganta con
carraspera.
Nosotros, como era temprano cuando llegamos, bajamos a la
quebrada a lavarnos, y al subir vi un arriero que desollaba un palo
de pita. A estos palos llaman maguey, y de esto abunda el Perú sólo
en tierra caliente. Éstos quemando el canto son yesca muy fina. Yo
reparé que la mata tenía unas penquitas muy delgadas del ancho sólo
de 2 dedos. Acerquéme y vi que en realidad era pita. Díjome el
arriero que daba una pita muy fina, y que en Neiva hacían de ello
hilo muy rico, tanto que a cargas lo llevaban a Santa Fe a vender,
y que sólo este trato de hilo de pita daba mucha plata a la ciudad.
De esto hablaré cuando llegue a Neiva. Mas me dijo: Padre, ¿quiere
piñuelas? Yo le respondí: ¿Qué son piñuelas? Él alargó la mano y
escarbó dentro de la mata, y me sacó a modo de unas higas de
cristal grandes, aplastadas, de color de tabaco y me dijo: Coma,
Padre. Yo rompí una y despedía una fragancia muy olorosa, parecida
al olor de la piña, que quizá por ello la llaman piñuela. Fui a
probar el gusto y también sabía a piña con un buen sabor moscatel,
y me dijo que era fruta muy fresca para el cuerpo. Yo llamé a los
demás Padres y todos comimos de ellas, que tendría la mata más de
80, y nos supieron muy bien. Nos dijo el arriero que había otra
mata muy semejante a esta y que sus piñuelas eran más odoríferas,
tanto que, como vi con el tiempo, las señoras se las ponen en la
faldriquera y en el pecho por la fragancia. Pero éstas no se comen,
porque dañan, y las llaman piñuela de tigre.
El otro día de mañana partimos cerca las 8, y a las 3 de la
tarde llegamos a un pueblo de indios y mestizos, que llaman
Guayabal. Allí paramos un rato a comer, y las cargas pasaron
adelante. Es pueblo que no tiene sino la parroquia. Y aquellos días
habían tenido fiestas de toros, y un toro muy bravo había muerto a
un indio. El cura nos vino a ver y nos hizo muchos ofrecimientos de
su casa. Nosotros dijimos que no podíamos quedar, porque las cargas
ya andaban delante y era preciso irlas a alcanzar. Su ánimo era que
quedáramos algunos días predicando y confesando gente. Nosotros nos
despedimos y pasamos adelante, y a la salida del pueblo, a un
cuarto de legua, se toldó el cielo, disposición para llover. Allí
había una casa de un mestizo, y allí delante se habían arranchado
las cargas, y allí arranchamos aquella noche. Apenas nos habíamos
apeado, cayó un aguacero que duró hasta las 9 de la
noche.
El otro día de mañana reparé delante la casa un árbol muy
copioso, medianamente alto. Su hoja parecida a la del arrayán,
salvo que tiene 4 dedos de largo, pero la misma figura y canto.
Tenía él unos ramitos de unas bolsitas coloradas oscuras llenas de
pelitos. Yo pensando que sería alguna fruta, pregunté al patrón y
me dijo: Padre, esto es achiote. Yo le dije: ¿Y de qué sirve? Y me
respondió: Este es el azafrán que se usa en estas tierras. Yo le
quise ver, y él cogió un ramito, abrió una bolsita y dentro tiene
cada una seis granitos como la uva enlazados de un humor carmesí.
Púsolos en un pilche con un poco de agua, y refregándolos con el
dedo largaron su color carmesí. El dijo: Padre, con sólo este
poquito hay bastante para dar color a una olla de comida, que se
pondrá toda amarilla, y cuanto más le echen se pondrá el color más
encendido, hasta que con mucho se pone, como lo ve, carmesí. Yo le
pregunté si daba también algún sabor, y me dijo que sí y muy
gustoso. Yo lo quise probar, y me llevé un ramito, y a la noche lo
probamos y es muy bueno. De este particular hablaré cuando llegue a
nuestras conversiones, que esto es con que se pintan allá los
indios.
Partimos cerca las 8, y a un cuarto de legua, y aun menos,
llegamos a un río que llaman Lagartija. Él tendrá unas 30 varas de
ancho, y cuando está natural lleva unas 3 cuartas de agua. Estaba
algo crecido, que el agua llegaba al estribo de la silla. De ahí se
siguen unas dos leguas de monte, y al salir se pasa por una
quebradita que va a desaguar en Lagartija, y llegamos a un trapiche
de azúcar, y aquí nos paramos a comer. Pasaron las cargas adelante,
y nosotros a breve rato volvimos a partir, y al trastornar una
loma, llegamos a otro río que llaman Lagunilla. Tiene él muchas
piedras, y arma con la hondura tal ruido, que antes de llegar más
de una legua se oye. En otra ocasión diré lo que aquí me pasó con
una mula baya. Pasamos pues adelante trastornando lomitas de
pajonal y pedacitos de monte, y sobre de una loma a las 3 de la
tarde, llegamos a una casa de un mestizo en donde hallamos ya
arranchadas las cargas, y allí paramos a dormir aquella
noche.
Como era temprano, allí junto venía una quebrada por dentro de
un monte, y nos fuimos a bañar a la sombra. Al Padre Plata, ya
citado, en un pie sobre el tobillo, le había salido un nacido un
poco menos que un garbanzo. El decía: Ha 6 o 8 días que está maduro
y no quiere reventar, y me da una comezón desesperada. Yo le dije:
Los arrieros traen unas agujas grandes, reventarlo con ella y
sanará. Volviendo a la casa con esta conversación, llamé uno de los
mozos que tenía aguja para el efecto. Mas al punto que lo vio dijo:
Padre, esto no es nacido, sino una nigua, y según pinta ya ha más
de 20 días que le entró. Él con la aguja se la sacó, y la fue a
quemar porque dijo que tenía mucha semilla. Nigua llaman allá una
especie de pulguitas como una liendrecita muy chica. Ella nace
blanca, pero a las 24 horas ya mudó en color negro. Ellas su
ordinario es: entrarse en las plantas de los pies, bajo las
coyunturas de los dedos más, y por bajo de las uñas. Muy rara vez
entran en otra parte del cuerpo. Al entrar no se sienten, hasta que
a 3 o 4 días que están adentro, y dan una comezón desesperada. Y
como es preciso sacarlas con la punta de una aguja, y ellas están
pegadas ya a la carne viva, da bastante dolor la aguja hurgando
adentro.
Mas al llegar ella a tener 8 días, ya tiene semilla, y es peor,
porque es preciso sacarla entera, y como es fácil de reventar, es
menester que quien la saca sea práctico; si no aunque la sabe ya
reventada, como la semilla es tan chica, queda alguna liendrecita,
y poco a poco va creciendo, y cuando una hace la cuenta que la
comezón es de la postilla que quedó del picotazo, se cría una nigua
tamaña, y le infecciona todos los pies de niguas. A mí haciendo
esta misma cuenta, me han sacado nigua tamaña como un garbanzo.
Todo el Perú de aquí para arriba está infectado de esta plaga; y a
no tener cuidado de hacerlas sacar presto, mayormente quien tiene
mala carnadura, se ampollan las sacaduras, y hay ejemplar de por
ello haber sido preciso cortar algún dedo. Las que más enfadan son
las que se entran bajo las uñas, que en metiéndose un poco adentro,
para haberlas de sacar es menester ver estrellas en medio del día.
Al llegar a las conversiones volveré a tocar este punto, porque
allí padecí yo muchísimo de esta plaga, hasta postrarme en la
cama.
Partimos por la mañana y todos nosotros íbamos disgustados, ya,
porque por más que madrugábamos, siempre partíamos tarde a las 8 en
que el sol en aquel clima ya está hecho incendios, y nosotros
queríamos gozar del fresco de la mañana, andando por lo menos un
par de horas, y al mediodía poder sestear a la sombra un rato. Pero
no lo logramos en todo el camino, porque la teología del caporal
era más astuta que la nuestra. Su teología consiste en que, como
las mulas eran suyas tiraba a conservarlas, y para que no se le
cansase alguna, daba las jornadas cortas. Porque donde se cansa,
alguna mula, él tiene obligación de buscar otra y dejar encargada
la cansada. El alquiler de una o 2 mulas es más caro que cuando se
alquilan en partida. Y para evitar este desavío, no sólo no quieren
carga que pase de 12 arrobas, sino que también dan las jornadas
cortas. Las mulas allá tienen poca robustez, porque no comen grano
alguno, sólo pajonal, ya de la sabana, o del potrero. Cuando llegan
de viaje aquel día les dan un puñado de maíz, y de ahí al pajonal
hasta que vuelven a salir.
El estilo que tienen allá en las rancherías es: Al llegar y
haber descargado, les aflojan un poco la cincha, y al cabo de un
ratito que ya desudaron, les quitan los aparejos y las llevan a la
quebrada a beber y las lavan y de ahí las echan a la sabana. Antes
de anochecer van a recogerlas a buen lugar, y ahí las dejan sueltas
en campo abierto. A la noche después de cenar van dos peones a
guardarlas. Y estos lo que hacen es, cansados de ir a pie con aquel
sol, se echan a dormir, y al venir la madrugada van a juntarlas;
pero las traen a la hora que les señala el caporal. A la que empezó
a sentir que nosotros dábamos algunos gruñidos, ¿qué hacían?,
venían los peones y le decían: Señor, que falta tal mula y no
parece; que la fuimos buscando por tal parte en donde está el
rastro y no parece. El caporal dábales gritos fingidos y regaños.
Vaya fulano y zutano a buscarla. Iban. Pero el buscarla era tenerla
atada tras de un monte, y ellos allí sentados. Al cabo de una hora
parecía el uno. Señor, que por tal parte no parece, ni hay rastro
siquiera. El caporal echaba mayores respingos, conmiserándose de
nosotros. Mandaba otros y hacían lo mismo; y al ser ya hora que él
quería partir, entonces parecía el peón con la mula. Señor, que en
tal parte la hube de hallar, que andaba sobre dos leguas. Esta
comedia era de todos los días que nos traía más quemados que el
sol.
Partimos pues, y a mediodía llegamos a casa de unos indios a
comer. Allí tenían ellos bastante leche, y nos dieron cuanta
quisimos beber. Ya después de haber comido volvimos a montar, y un
corista diácono llamado F. Juan Delgado, de la Provincia de los
Ángeles, montaba en una mula algo briosa, y como poco práctico al
montar, arrimó las espuelas a la mula; mas ella al sentirse picar
empezó a dar respingos y corcovos. Él para afianzarse más, apretaba
las piernas a la barriga de la mula, y esto era añadir leña a la
candela. Tenía la casa como una plazuela, y al canto un
derrumbadero que caía a una quebrada hecho tajo muy alto. La mula
embistió para allá, y con los gritos que todos dábamos más se
espantó, que fue milagro no derribarse desbocada por el tajo,
porque hasta el canto no paró.
Pasamos adelante y a cosa de una legua subimos a una loma que
tendrá dos leguas de larga, y una y media de ancho, toda de
gramadal. A la parte izquierda remata con una quebrada, y de la
otra parte hay una serranía muy alta, y encima de ella un
pueblecito de indios y mestizos, que serán unas 40 casas. Tienen su
iglesia y su cura. Talvez por estar entre montes tan altos llaman
al pueblo Galilea. Allí no hay más que bestias y reses, platanares,
cacauales y un trapiche que es del cura. Yo estuve de paso en él, y
su comercio es: que todos los indios y mestizos que viven
esparramados por aquellas cercanías siembran buenos tabacales y lo
llevan hecho manojos a Galilea a cambalache de queso, guarapo,
raspadura, etc. A la mano derecha hay otro pueblo que llaman Las
Piedras, a unas tres leguas de distancia, fundado en unos vallados
muy amenos. Yo no he estado en él, y así sólo lo vi de lejos; pero
estoy informado que es pueblo de 200 vecinos indios y mestizos.
Tiene las mismas sembrerías; pero el tabaco que allí siembran es
muy especial, y en hoja ya curado lo venden a 3 reales la arroba, y
en manojo de a libra dan dos por medio real.
De aquí para adelante hasta La Plata, siembran mucho de ello, y
el modo de curarlo es: Forman unas casas muy altas de cumbrera, y a
proporción bajan la misma cumbrera hasta el suelo cobijándolo con
hoja de palma o manojos de paja larga, propiamente una choza. A
estas casas llaman caney. Cogen maduro el tabaco y cuelgan todas
las matas dentro del caney, hasta que se van amarillando. Desgajan
después las hojas y le secan a melosidad que por sí van destilando,
y las ensartan en hilos de pita y las cuelgan tiradas en todo el
caney. Como aquel clima es tan ardiente y el caney no tiene
ventana, si no una puerta muy chica, no puede ventearse. Suda 3
veces la hoja, y cada vez le van secando el sudor. Después que ya
así está curado, lo hacen manojos de a libra liado con una cinta de
majagua, que es la que noté capítulo II. Esto en cargas lo llevan a
Honda o a los llanos de Santa Fe, y con su producto compran ropa, y
se van surtiendo de lo de que ellos necesitan. Nosotros pasamos
adelante, y al bajar de la loma pasamos un río que llaman Chipalo,
y tomando camino en lo llano, a poca distancia del camino había un
limonal silvestre; esto es que nació allí, y había en el suelo más
de 50 cargas de limones maduros que allí se perdían. Y algunos
árboles de tutumes, que traigo apuntados capítulo 3. A menos de una
legua encontramos otro río que llaman Quimpalo, y a poco rato ya
topamos las cargas arranchadas en casa de un mestizo. Nosotros cada
jornada gruñíamos, porque tan temprano arranchaban, diciendo: que
podíamos andar hasta las 5. Pero eran palabras perdidas, porque nos
daban a creer que más adelante no había buena ranchería, que
faltaba leña o agua o pasto para las mulas. Como nosotros no
conocíamos el camino era preciso creer y callar. El otro día
veíamos que era falso porque de Honda a La Plata no hay media legua
en que no se pueda arranchar por falta de agua, pasto o leña, antes
abunda tanto que sobra. El casero nos regaló cuantos huevos
quisimos. En cada ranchería se compraban pollos para cenar y comer
al otro día, que van a medio real cada uno. Aquí pasamos la
noche.
El otro día de mañana partimos a la hora acostumbrada. Toda esta
jornada es despoblada de vecinos, y algo trabajosa por tanta lomita
y quebradita de que se compone. Como nos dijeron que todo era
despoblado, díjele yo a un arriero: Y si llovía, ¿dónde nos iríamos
a recoger? Él me respondió: Padre, no es tiempo de agua por esta
tierra. Nosotros traíamos sobre el hábito, que por tierra caliente,
como todo el año lo es, no se necesita manto. Traíamos pues unos
relingotes de barragán ceniciento, aforrados de una tela de algodón
azul muy tupido para defensa del sol y del agua también. Llegamos a
mediodía a comer en un llano a la sombra de un palmar muy grande,
que daban unos coquitos del tamaño de una ciruela no muy grande. Yo
como la fruta estaba amarilla, pensé que eran dátiles y le dije a
un arriero que subiese a bajarnos. Él me dijo:Padre, esta
fruta no se come. Quien la come sólo son los zorrillos. Yo porfiaba
que eran dátiles, hasta que me enseño un montoncito de sus
huesecitos, que como los zorrillos se las comen enteras, después
estercolan los coquitos, y reparé con cuidado, y en verdad no eran
huesos de dátiles. Esta palma ella muy bizarra, gruesa y alta; y la
llaman espadilla, porque en la unión con que en las palmas cada
hoja contiene dos juntas, ésta tiene y cría allí un vástago muy
duro, que, sacado y segregado de la hoja, forma como una grande
aguja cuales suelen usar los esparteros para coser las
empletas.
Estos zorrillos que comen estas frutas son un poco más grandes
que un gato grande, y cuando los persiguen los osos o leones, ellos
se mean en el rabo, que crían muy poblado de un pelo largo y muy
fino, sacuden después el rabo e inficionan con el hedor del meado
de tal suerte todo aquel paraje, que hace huir del oso o león que
lo persigue, y así se escapa.
Lo he visto por experiencia como diré en llegando la ocasión.
Nosotros en comiendo volvimos a partir, y al doblar de las dos
sobrevino un nublado, que en menos de un cuarto de hora cubrió todo
aquel hemisferio, y catay rayos, truenos, relámpagos y un aguacero
tan recio, que nos pasó el relingote y el hábito. La fortuna es que
aunque llueva no hace frío. Esto duró cosa de media hora. Volvió a
serenar, salió el sol, y antes de llegar a la ranchería ya
estuvimos tan secos como si no hubiera llovido.
Llegamos a la margen de un río que llaman Río Recio. Con el
aguacero, cuando las cargas llegaron, ya había tomado tanta agua,
que no se atrevieron a pasar. Cuando nosotros llegamos ya iba él de
bordo a bordo. El otro día era la fiesta del Corpus. De la otra
parte hay un peñón muy alto que forma un cerro hecho tajo, casi
todo alrededor, y arriba forma un llano que tiene cerca de 2 leguas
de largo y otro tanto de ancho, y lo llaman la mesa de Río Recio.
Encima del tajo vive el pasero, y tiene su balsa para pasar los
pasajeros y cargas, que las mulas pasan a nado. Prevención para
cuando el río está crecido. Lo llamaron, pero él dijo que no era
posible pasar; y en verdad que el río llevaba mucha corriente, que
por esto lo llaman Río Recio. Allí se armaron los toldos y nos
detuvo parados cuatro días, porque el río por instantes iba
creciendo más y más. El cuarto día a la tarde empezó a bajar, y
hasta el otro día cerca las once no se pudo fiar a pasar con la
balsa. Pasaron las cargas, y cuando estuvimos alistados, no hicimos
más que por la vega ir a la subida, y subir arriba por una cuesta
caracoleada muy peligrosa, y arriba nos arranchamos en casa de un
francés casado allí con una mestiza. Él al instante nos buscó
pollos y lo pasamos bien. La Mesa es un paraíso que tendrá más de
200 vecinos. Cada uno tiene su porción y sus sembrerías, muchos
manchones de monte, y lo limpio cría pajonales y
gramadales.
A la mano izquierda confina con una cordillera de serranía muy
alta, que es la misma que empieza junto a Mariquita. La Mesa, como
está tan alta, ya es algo más templado el calor. Tiene muchas
quebraditas y bajan de la cordillera; pero el agua es blanca como
leche, pero muy buena. A la que llegamos vino un mestizo y nos
trujo unas sandías, que allí llaman patillas, muy buenas. Aquí
pasamos nosotros la noche. Ya después de haber cenado, nos dijo el
francés: Padres, vayan con cuidado porque de aquí para adelante ya
hay coyas. Yo le dije: Patrón, y ¿qué son coyas? Coya llaman allá a
una arañita, poco más grande que un grano de pimienta, ella
colorada. Tan fácil de reventar, que si le echan un soplo recio, se
reventó. Si se revienta en las palmas de las manos o en las plantas
de los pies, no hace daño alguno; pero si se reventó en cualquier
otra parte del cuerno, es veneno mortal tan activo, que dentro de
24 horas muere el envenenado. Dos contras tiene este veneno, que le
quitan la virtud; pero no sé qué me escogiera más, morir o tomar la
contra para vivir. La una es tomar al envenenado y atarlo a una
palanca larga, y chamuscarlo a la candela bien, que propiamente es
un martirio de fuego. La otra es desleír en un pilche con agua
bastante excremento humano fresco, y que se lo beba. Estas coyas se
crían en las boñigas de las reses. Boñiga llaman aquellas tortas
que por detrás echan las reses. Pero aunque se crían allí, su
ordinario vivir es entre las piedrecitas de la margen de los ríos o
quebradas. En otra ocasión me dijo un indio que hay una matita en
donde suelen ponerse las coyas, y que sus hojas comidas también
atacan la fuerza de su veneno.
Por la mañana, a la hora acostumbrada, partimos, y a breve rato
vi un caballo que en el espinazo, donde se les suele poner la
silla, tenía el espinazo que le formaba una silla, porque lo tenía
arqueado cosa de media vara. Pregunté a un indio que lo llevaba por
ello, y me dijo que así había nacido, y que para montarlo le ponía
el freno y le cinchaba con una cincha a los estribos, y así no
había menester silla el jinete, porque su mismo espinazo le formaba
la silla. Al haber andado ya como media legua, sobrevino un
aguacero, que las quebraditas se volvieron ríos; porque siendo
ellas chicas, que apenas llevan una cuarta de agua, en esta ocasión
nos llegaba el agua a los estribos. Ello sólo duró un cuarto de
hora; pero a más de mojarnos bien, nos puso en bastante cuidado.
Volvió a serenar luego, salió el sol y en breve rato nos secamos.
De esta Mesa se descubre en medio de un grande llano un cerro, que
forma una torre tan redonda y bien tajada, como si el arte la
hubiera fabricado; ella de más de 500 varas de alto formada de una
peña; y arriba tiene una bella palma. Tendrá ella de redondo unas
50 varas, y como está tan elevada, sola en medio del llano, hace de
lejos armonía. Díjome un arriero: Padre, ¿ve aquella torre? Pues
pasado mañana por la tarde pasaremos junto a ella.
Al bajar de La Mesa por una cuesta muy reposada, pero muy
pedregosa, díjome el arriero: Padre, aquí empiezan las coyas; en
estas piedrecitas hay muchas, y en todo el camino, hasta llegar a
La Plata. Abajo había una llanada muy grande, y en la llanada un
pueblo que por los muchos venados que allí se crían, lo llaman
Venadillo. Las palmas son espadillas todas como las que llevo
anotadas cap. 4. No tiene formada el pueblo calle alguna. Serán
unas 70 a 80 casas esparramadas, cada cual con su buen platanar muy
bello, mucho ganado vacuno y bestias. Prevengo que desde Cartagena
hasta La Plata, por los excesivos calores, no se crían ovejas ni
cabras. Sólo ganado vacuno, y por toda esta tierra abunda mucho la
leche y queso de vaca. Ocho cuatrillos de leche dan por medio real.
Un queso de a cuatro libras también vale medio real. A su tiempo
diré lo que vi en casa del cura, que es un Fray dominico, y era de
su religión el curato. En el recinto del pueblo habrá sobre 500
palmas, toda la pampa es sabana de pajonal con sus manchitas de
monte, y hace muchísimo calor, porque esta llanada de serranía a
serranía no llega a media legua de ancho, y como a la parte de
abajo le hace frontispicio La Mesa, el aire no tiene por dónde
correr y así hace mucho calor.
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(1)
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Antonio Villalonga— sin duda hay error
en el nombre. El autor se refiere a Jorge de Villalonga, que fue
virrey de la Nueva Granada desde 1719 a 1724, fecha en que se
suprimió el virreinato a propuesta del propio Villalonga.(Regresar a 1)
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