Mompós es una villa con las casas de estantillos, y las paredes
de guaduas, y las cobijas de palma. La gente culta tiene embarradas
las paredes con greda. No tiene sino una parroquia, nuestro
convento y otro de San Juan de Dios. Delante de la otra parte del
río desemboca a la Magdalena el río del Hacha, el cual tiene
pescaría de perlas en sus conchas. Este río nace de un lado de la
ciudad de Santa Marta, que es obispado de los más chicos que tiene
el Perú. Hay indios bravos, y algunas veces han venido para avanzar
a Mompós. Son indios flecheros, y en las refriegas de una y otra
parte ha habido varias muertes. Dos años antes que nosotros
fuéramos al Perú en Santa Marta habían conquistado su cacique, así
llaman a su gobernador, el cual mandaron bajo de registro a Madrid.
El llevó dos cajones de perlas, y las regaló al Rey don Fernando
6º, y le pidió que le diera el gobierno de Cartagena, ofreciendo
guardar el Puerto de Bocachica y la ciudad con 5.000 indios
flecheros. En Madrid se rieron de su propuesta, y lo mandaron
vuelta al Perú. Allí lo tenían en Honda preso por orden real con un
par de grillos cuando nosotros llegamos.
De Mompós hay comercio por dicho río al pueblo, que son indios
ya católicos. Allí lo que llevan son vino, aguardiente, tabaco,
azúcar y ropa de España, y lo más se cambalacha con perlas. Yo he
visto bastantes y son muy finas y bastante gruesas. Me contó don
Antonio que en años anteriores fue un chapetón allá con vino,
aguardiente y tabaco, y armó su tienda.
Había un hombre viejo que iba en cuclillas, que todos los días
se sentaba a la esquina cerca de su tienda. Un día fue a la tienda
y le dijo: Chapetón, dame aguardiente. El chapetón le dio un trago.
Y desde entonces prosiguió todos los días en ir a pedirle al
chapetón. Al cabo de algunos días fue dos veces dentro de breve
rato. El chapetón le dijo: Indio, ya te di endenantes un trago; yo
aquí lo tengo para vender. El indio le dijo: Chapetón, dame
aguardiente y yo te daré oro. ¿Cuándo me lo darás? Y el indio: El
viernes. Dióle con esto un trago y se fue. El viernes por la mañana
volvió el indio y le dijo: Chapetón, dame aguardiente, y te vendrás
conmigo y yo te daré oro. Dióle un trago y cerrando la tienda
siguió al indio, el cual lo sacó de poblado al monte, y a cosa de
una legua le dijo: Chapetón, cava aquí y hallarás mucho oro; pero
si quieres más vamos adelante. El chapetón puso señas en el puesto,
y siguió al indio, y a cosa de un cuarto de legua, le dijo:
Chapetón, aquí hay más, cava y llévatelo, que yo te lo doy, que
este oro está enterrado de mis antepasados desde que vinieron los
chapetones a estas tierras. El chapetón fiado que atinaría el
puesto, no le puso seña ninguna. Ellos se volvieron y al otro día
por la mañana murió el indio. El chapetón se dio modo, buscó
bestias y sin comunicarse a nadie sacó tanto oro que para subirlo a
Santa Fe hubo de menester 30 partidas de mulas. Esto sólo del
puesto señalado. Cuando acudió al otro, nunca pudo dar con
él.
Estos indios bravos que viven en el monte del Río de Hacha
también pescan conchas, y los chapetones que van a comerciar con
ellos les llevan vino, aguardiente y tabaco. Ellos van desnudos y
no quieren ropa, que hace tanto calor allá como en Mompós. Lo que
sólo apetecen es: águilas de oro, porque en sus fiestas sólo esto
es su gala, llevar colgadas del cuerpo muchas águilas de oro, y
celebran mucho a San Juan. Allí el modo de contratación es: esta
águila o este tabaco o vino, etc., por tantas conchas cerradas haya
o no haya perlas adentro. Algunos tienen fortuna de hallar perlas
grandes, y logran su fortuna. Mas ellos son algo pícaros y talvez
cuando se van los chapetones les salen a la delantera en el río y
les vuelven a quitar las conchas.
El tercero día de Pascua el Marqués nos hizo un grande almuerzo
en su casa y cerca las 9 partimos río arriba para Honda. Aquí hay
que suponer que en el monte en todo el río hay muchísimas culebras,
de algunas hablaré a su tiempo. Muchísimo murciélago, osos, tigres,
dantas, leones, nutrias, jabalíes, armadillos, ratones tamaños como
unos galgos, y otros bichos todos dañinos. A su tiempo daré razón
de todo. De un lado y otro todo poblado de arboleda, que hace la
navegación alegre. Hay muchísimos guaduales. Hay una especie de
caña, que llaman caña brava, y de ésta hay dos especies. Las unas
son tan altas como las cañas de España; pero no son huecas, sino
llenas, muy pesadas. Las otras no crecen sino una vara y media, o
dos. Unas y otras tienen la corteza muy dura, y de ella se hacen
las flechas que se disparan con cerbatana o bodoquera. A su tiempo
daré razón de ello. Hay otras cañas que a lo exterior se parecen en
lustre y color a las que usan los oficiales por bastón, pero no lo
son ni sirven para nada, porque en secarse se ponen fofas y se
abren.
Abundan mucho a la margen del río unos árboles que llaman
guabos, estos dan su fruto y hay de cuatro layas. Las chicas son
unos racimos de algarrobitas como las que da el fríjol, y dentro
tienen 10 frijolitos embabados de una baba dulce, blanca, que
parece algodón. De estos hay muchísimos, y de las canoas las
estábamos cogiendo, y las comíamos. Otras hay al doble de grandes.
Otras hay que tienen 3 cuartas de largo, y las llaman guaba
machetona, porque está aplastada y tiene tres dedos de ancho. Las
otras son del mismo tamaño, pero redondas. Comer esta fruta es como
quien come almíbar. De las dos últimas no hay
muchas.
Cada casa de indio o mestizo, etc., que viven a la margen del
río afuera del pueblo, cada uno tiene su platanar, su chácara de
maíz, yucas, arracachas, etc. Su pedazo de caña dulce, y algunos su
trapiche; pero no hacen azúcar, sino que beben el guarapo. Algunos
lo suben embotijado a Honda y lo venden al estanco para sacar
aguardiente. Tienen también los más su pedazo de
cacaual.
El cacao es un árbol del alto de un naranjo. Su hoja se parece
algo a la del membrillo, sino que es más grande. Su fruto lo da en
las raíces, que están como las de olivo fuera de la tierra, y en el
tronco. Da unos meloncitos dos veces más grandes que un limón con
sus entradas al modo de melón. En madurando se pone amarillo color
de oro. Su cáscara es del tamaño de una toronja algo dura. Dentro
tiene 3 y 4 docenas de granitos de cacao embabados de una baba
blanca agridulce, muy apetecible. Allí dan una arroba por 8 reales.
Hay de chico y de más grande, que en España llaman de Caracas y de
Guayaquil. Hay de uno y otro de morado y de blanco cuando se coge.
En secándose todo se pone igual.
Encontré allí un paisano casado en Honda, que tenía una hacienda
de cacaual de 60.000 árboles de cacao; y otro francés tenía otra
semejante. Hay también cacao silvestre: esto es que por sí se dan
en el monte árboles de cacao sin sembrarlo, y éste como lo demás
que da el monte es de quien lo va a coger. De este punto hablaré
largo en llegando al río Putumayo. Lo que se siembra no es el
vástago, sino los granos de cacao. Se hace almácigo de ellos, y a
su tiempo se trasplanta, y a los 4 años ya da fruto. Es árbol que
sólo prevalece en clima caliente, y quiere mucha humedad. Todo el
año da fruto, pero su cosecha grande es en abril y
mayo.
Es tan fecunda aquella tierra, que cada cuatro meses hay cosecha
de maíz. Sólo lo que anda escaso es pan, vino y aceite. Pero cuanto
el aceite hay el suplemento de la manteca, que con facultad para
ello, en todo tiempo se sazonan las comidas con manteca, y para
alumbrarse se suple con velas de sebo. Lo uno y lo otro abunda
mucho y va barato. Vino de España no falta, pero va caro. Lo
regular un frasco ordinario vale 12 reales, o 2 pesos; pero se
suple con el guarapo y las otras bebidas que llevo referidas.
Harina lo regular un costal vale 12 pesos. En los pueblecitos no
suele haber más harina que la que tiene el cura para hacer hostias.
En los pueblos grandes la gente culta sólo come pan. La carne va
muy barata: lo regular el tasajo 3 o 4 reales una arroba. Y el
tocino 10 o 12 reales. Continuamente andan canoas por el río
vendiendo huevos, pollos, gallinas, tasajo, tocino, azúcar,
alfandoque, raspadura, etc.
A los 3 días de navegación se nos descompuso la mayor canoa, el
Gran Diablo, y fue menester que el Comisario se volviera a
Mompós a traer otra. Nosotros nos quedamos arranchados en una
hacienda de un mestizo. Él hacía una casa nueva, y ya la tenía
cobijada, pero todavía no estaba arrodada de caña; tenía sí ya la
caña brava para ello, hecha fardos tendida allí. Y a esta casa nos
arranchamos nosotros. Casualmente entró un tominejo. Nosotros, para
averiguar si era en realidad pájaro o mosco, con las cañas tiramos
a cazarlo para cogerlo. Yo me puse sobre un banquillo, y como sólo
mirábamos al pajarito, casualmente di un cañazo a un donado que era
médico, él natural de Córcega llamado José Hurro, le di en la
frente y se la abrí. Por fin cansamos al pajarito y se cayó, y
vimos que en realidad era pájaro; pero como dije: quitada la pluma
no llegaba su cuerpo al de un tábano.
El Comisario tardó 4 días en volver y en ellos hubo un día de
fiesta. El mestizo nos dijo: que una legua más arriba había un
pueblo, y fuimos allá a decir misa. Al llegar nos dijeron que allí
no estaba el cura; y con esta nos fuimos a la iglesia, y el uno
dijo la misa, y los demás la oímos. Estaba toda la cumbrera de la
iglesia llena de avisperos, que en la palma habían hecho sus
colmenitas del tamaño de una mano. Ya casi para acabar la misa,
catay que se cayeron un puñado de avispas enredadas que peleaban y
hubieron de caer en el cuello de un religioso gallego llamado el P.
F. Ioseph Lozada, misionero del Colegio de Villaviciosa en Galicia.
Como nosotros lo llevábamos siempre por la punta, contándole mil
cuentos de gallegos, nos dio tal pasión de risa, que por poco fue
menester salir de la iglesia. Acabada la misa se acercó a mí un
mestizo y me dijo: Padre, el cura se ha huido de aquí y no quiere
estar más. Esta cuaresma nadie se ha confesado, y hay gente que
vive mal. Yo quisiera que Vuestras Paternidades nos confesaran. Yo
le respondí: Aquel Padre, señalándoselo es el que gobierna.
Dígaselo usted. Así se hizo. Nosotros habíamos traído para
almorzar, y después de misa almorzamos. El Padre Presidente nos
dijo si alguno se quería quedar a confesar aquella gente. Yo dije
que me quedaría, y conmigo quedó el P. F. Antonio Alfaro de
Calahorra. El pueblo se componía de unas 20 casas. El alcalde buscó
unos pollos, y en una casa nos aderezaron para comer aquellos días:
sólo había quedado del almuerzo un pedacito chico de bizcocho y la
cuarta parte de un vaso de vino. Avisamos a la gente que se
previniese para confesarse a la noche. A mediodía nos trujeron la
comida de pollos guisados y asados. Trujeron arepas, plátanos
asados, yucas, camotes, etc. Pero nosotros no sabíamos comer sin
pan. Entonces conocí lo que es el pan la manutención al que se crió
con él, y me acordé que en Cádiz estando para partir me dijo un
hermano mío: E. Juan a Indias te vas; Dios te guarde de perder el
pan de vista. Nos hicieron también masato de yuca; pero nosotros no
lo sabíamos beber y nos sabía muy mal, porque no estábamos
versados.
Confesamos a la gente, y a los 3 días vinieron las canoas, y nos
fuimos río arriba, y al cabo de días llegamos al pueblo de San
Bartolomé, ya cerca de Honda. Aquí sólo lo que noté fue que el cura
traía el zapato con dos tacones de palo de toda una mano de alto.
El uno al natural y el otro en medio del pie. Yo le pregunté sobre
ello, y me respondió que aquel pueblo era muy húmedo, y para
preservarse calzaba así. En este pueblo se crían unos sapos
tamaños como una silla o taburete, y andan por el pueblo y dentro
de la iglesia también. No dañan a la gente, pero en hurgarlos, se
esponjan, y de cada poro les sale una gota de leche que es veneno.
Nos contó el cura que estos sapos tienen natural antipatía con las
culebras; tanto que si el sapo descubre primero a la culebra, se la
come; pero al contrario, si la culebra descubre primero al sapo. Y
en apoyo de esto nos contó que no había mucho tiempo que un mozo
entrando casualmente al monte, allí junto al pueblo, oyó gemir un
animal; fue observando con cuidado y vio una culebra tamaña, que
estaba engullendo uno de esos sapos. Esto yo también lo he visto, a
su tiempo diré en donde. El mozo tiróle una piedra, y la culebra,
temerosa, volvió a vomitar a toda prisa lo que llevaba engullido, y
se subió a un árbol. El sapo medio atolondrado la siguió, y al
llegar bajo del árbol, levantó la cabeza, y estuvo un rato con la
boca abierta, echándole aire venenoso tan activo, que la culebra
cayó muerta y casi seca. De lo cual admirado el mozo la trujo al
pueblo para que todos vieran lo que en aquel breve rato había
pasado.
Ya que vino la noche se predicó en la iglesia, pero se armó tal
vocería de ladridos, que apenas se oía lo que decía el predicador.
Ya que se acabó, el cura nos acompañó a casa, y yo haciendo la
cuenta que eran alanos de presa los que ladraban, que a esto se
parecía, díjele: Padre cura, ¿tantos perros de presa hay en este
pueblo? El se echó a reír, y dijo:Todos los chapetones que
vienen a este pueblo piensan esto, y yo cuando vine, la primera
noche pensé lo mismo. Esto no son perros que ladran. Estos son los
sapos que cantan. Nosotros lo tomamos a chanza, pero el cura nos
desengañó. Tomamos luz, y como había varios en la plaza delante de
la iglesia, nos acercamos a uno y vimos que eran sapos los que nos
parecían perros.
El otro día partimos, y llegamos a la tarde a la villa de Honda,
habiendo navegado 16 días desde que salimos de Mompós. Dicen por lo
común que de Cartagena a Honda hay 400 leguas; pero yo habiéndome
informado de hombres muy prácticos en aquella navegación, según lo
que dicen, lo que por lo común anda una canoa navegando río arriba,
no lo he podido ajustar más que 380 en poca diferencia. Y estas
digo que hay.