CAPÍTULO
III
Contiene la descripción y cosas
raras que hay desde Mompós a Honda.
Este río de la Magdalena es un ameno paraíso que deleita a los
que en él navegan todos los sentidos del cuerpo, y cuanto a la
vista ofrece tanta variedad de objetos, que para ello era menester
mucho papel para escribirlo, y yo tengo poco, y así me ceñiré a
sólo lo que yo noté singular.
Es el río remanso, se explaya una legua, legua y media, y, a
veces dos. De un lado y otro todo monte muy ameno y frondoso, y en
él mucha variedad de palmas. Pero, dando todas su fruto, ninguna da
dátiles. Las unas dan cocos. Estas ya queda dicho lo que son. Otra
palma hay, que es la que da el palmiche. Ésta también ya queda de
antes apuntada. Otra hay que sólo sirve para cobijar las casas; es
una palma muy alta, limpio el tronco como las ya dichas, y sólo
tiene de redondo cosa de 3 cuartas. Cortan los indios esta palma, y
el tronco tiene como todas la corteza muy dura, y el corazón fofo.
Sácanle todo este bagazo y queda una corteza de medio dedo de
grueso. Hacen de ella rajas, y con estas rajas arman la cobija y en
ellas atan las hojas abiertas de arriba abajo de 3 en tres, con que
hacen un empajado y ésta es la cobija.
Esta palma da unos coquitos del tamaño de una nuez, y tienen lo
propio que los cocos grandes. Otra palma hay del mismo tamaño y
altura, pero la hoja tiene la forma de media hoja de nabo, formando
abanicos de arriba hasta abajo. Y esta palma da unos coquitos del
tamaño de una ciruela chica. Las ramas las abre sólo por los lados,
y con el tonco y cogollo, que conserva derecho, forma una cruz
perfecta. Otra palma hay que llaman palma de vino. Esta palma
conserva todas las hojas desde el pie hasta la copa. La llaman
palma de vino, porque los indios la cortan, y en medio del tronco,
que tiene más de grueso que el cuerpo de un hombre, le abren una
olla hasta el corazón , y cada 24 horas ella destila un humor de
color de rosa que llena la olla. Y esto dura todo un mes. Recogen
este jugo y lo embotijan. Él se fermenta y toma punto, y a esta
bebida llaman vino de palma. El cogollo de esta palma se come, pero
ha de ser antes que ella destile humor, porque de otra suerte se
pone desabrido. Y si al cortala le cortan el cogollo, destila ella
muy poco humor, y éste ya acedo.
Otra palma hay que la llaman bombón. Da unas frutas como los
dátiles, pero no se comen sino asadas, porque crudas son muy
viscosas y desabridas. Pero si se despoja de las hojas, y a la
mitad de su altura engorda y forma a modo de una tinaja bien
formada, y a rematar la boca vuelve a crecer igual hasta la copa.
El cogollo de esta palma se come y es muy sabroso. Yo me he
mantenido 7 días con ello, porque no había otra cosa, como diré
cuando hable de la tarabita del río Pueblo Viejo y lo que me pasó
allí.
Otra palma hay de cuerpo tan grueso como la pasada, ella muy
alta, y también se despoja por sí de las hojas, y da unos cocos del
tamaño de un huevo de pava. Fruta y palma tiene un mismo nombre y
la llaman Petó. El coco tiene bastante canto y es el más fino, y
tiene el color perfectamente negro. En algunas ciudades troncan de
ello cuentas de rosario, y son muy estimadas. Yo en el pueblo que
fundé compuse el piso de mi casa todo de estos cocos como diré
adelante. En algunas partes los tornean, y de dos forman unos
yesqueros muy hermosos, y yo tengo uno de ellos. Otra palma hay
semejante a ésta, que da unos cocos algo más chicos. Tiene sobre el
coco tanta carne como un albercoje, y cocido no es mala comida. No
me acuerdo su nombre.
Otra palma hay del mismo grueso y altura, y también se despoja
por sí de las hojas. La llaman cabeza de negro, porque en lugar de
cocos da por racimo unos tolondrones negros llenos de una pelusa, y
forman de ello unas pasas como el cabello de los negros. Estas
frutas también se llaman cabeza de negro, y dentro está lleno de
concavidades del tamaño de un huevo, y éstas llenas de humor
congelado dulce. Cuando madura, este humor se cuaja, y salen unos
huevos blancos casi redondos, que parecen bolas de mármol, y a
estas frutas así llaman ceroso. En Quito los escultores fabrican de
ello muñecas y figuritas para adorno de Nacimientos, y hay
mercaderes que cargan cajones de ello y los llevan hasta
Lima.
Otra palma hay que llaman chonta. Ésta es de las más gruesas y
altas, por sí se despoja de la hoja. El cogollo suyo es el más
sabroso. En todo su tronco, el cual es de color entre blanco y
amarillo, cría de palmo a palmo todo alrededor, unas espinas muy
dobladas y recias del mismo color y del largo de un dedo. De esta
palma hay dos especies, y las dos no dan el racimo en la copa, sino
en la mitad del tronco. Su fruto llaman chontaduro. El uno no se
come porque daña, el otro sí, y es muy bueno, que a falta de pan es
el que más sustenta y nutre. Es del tamaño de una nuez, y dentro
tiene coquito, tiene de canto la comida como un albercoje, de color
amarillo entre carmesí. Su cáscara es carmesí color de grana. Se
come así maduro; se come cocido; se seca y se guarda escaldado para
todo el año, y lo mejor que tiene es que de él se hace el mejor
masato. El coquito de adentro está enlazado de unas hebritas como
el grueso del albercoje. Y si ésta se le raspan y se siembran, la
palma que nace no cría espinas, y los chontaduros no crían adentro
coco, pero tampoco no son tan sabrosos. He visto uno y otro como
diré en llegando a Barbacoas en el río Maguí. La corteza de esta
palma es de que se fabrican de ella las flechas y los arcos con que
se disparan. Es negra como el ébano y tan dura y pesada como él. Se
fabrican también varas para los alcaldes indios, y varas para
cortinas, y de esto hacen los indios unos espadajos para apretar
los tejidos que tejen sin telar a mano; y también los indios
antiguos, y ahora los indios bravos, fabrican de ello las macanas.
Macana llaman a un trozo de esta chonta de vara y media de largo,
labrado a la forma de un remo, que de un macanazo a la cabeza la
hará pedazos.
Hay en todo el río unos pájaros negros del tamaño de un pollo
grande con la cola algo larga, y en ella y en cada ala tiene cuatro
plumas amarillas, y es pájaro que se come, y cogido polluelo se
domestica como las gallinas. Estos pájaros hacen el nido en las
puntas de las hojas abiertas de las palmas. Ellos buscan una
especie de pajas negras y largas, y forman su nido como una talega
larga de una vara a la punta de la rama muy tupida, colgada en el
aire y la boca a lo superior, y por ello los llaman talegueros. De
estos hay en mucha abundancia, y así las palmas cada hoja abierta
está con estos colgajos. Otro pájaro hay mayor que éste, de color
musgo oscuro; su forma es la de un pavo aseado, alto de pierna y
cola larga. Es tan sabroso y blanca su carne como la gallina. Ellos
andan a bandadas. Su canto es “guac, guac, guac” formando
sol,
mi, ut a toda prisa. Ellos se llaman
guacharacas, y cantan también de noche; y de noche se juntan con
ellas otras aves chicas con el canto muy delgado. No cantan todas
juntas, sino con pausas; y al acabar las unas empiezan las otras,
que parece un flautado de órgano después de las regalías. Arman tal
melodía, que al oírlas, allí se acabó el sueño, embelesado en su
canto.
Y aún para el oído hay otro pájaro, del tamaño y facción de un
tordo, con el pico algo más largo. De estos hay 3
especies.La primera viste el cuerpo amarillo muy
encendido, cabeza, cola y alas negro. La segunda viste el cuerpo
blanco y la cabeza, cola y alas negro. La tercera viste el cuerpo
carmesí color de grana, la cabeza, cola y alas negro. Andan ellos
por los platanares que son su comida. Lo llaman toche, tiene el
canto muy alto y sonoro, algo parecido al canto de ruiseñor, pero
aún más gustoso. Se domestica tanto, que a los 15 días se le pone
en la mano y espalda, y sigue a su amo dondequiera que va. Este
pájaro sabe coser. Esto explicaré cuando llegue al pueblo de Santa
Rosa que es el primero de nuestras misiones.
Otro pájaro hay más grande que la guacharaca, todo negro, y bajo
de las alas pluma dorada, y es muy buena comida. Lo llaman
camarana. Hay también pavas en el monte, y su cantar es “quec,
quec, quec” muy alto. Son negras un poco más chicas que las
caseras. Hay otro pájaro un poco más grande que un pavo y un poco
más alto de pierna. Él todo negro, pero muy lustroso y aseado, crin
un plumaje encima de la cabeza de pluma crespa que lo hermosea
mucho, y el pico azul, más grande que un pavo, y es mejor comida
que el pavo; y los huevos suyos también tienen la cáscara azul. Se
llama paují. Su canto es como el de las pavas caseras. Otro pájaro
hay con las pintas y canto del secretario, y al doble de grande. Es
pájaro inmundo, y lo llaman sambullero. Él come pescado, y para
cogerlo se pone en las ramas de los árboles a la margen de río, y
de golpe, como una pelota, se deja caer al agua, y sambullendo coge
el pescado. En las playas andan muchedumbre de garzas, garzotes,
patos, y de estos hay unos con el cuerpo blanco, cabeza, cola y
alas negras, tamaños como unos gansos, y son muy rica comida. Otros
hay algo más chicos, de color atabacado, y también se comen. Otros
hay del mismo cuerpo con la pluma color de sangre clara. Estos no
se comen. Los llaman pato cuchara, porque tienen el pico aplastado
como los ánades, algo más grande, que forma una cuchara con él, y
otras variedades que yo no sé sus nombres.
Para el gusto también hay su regalo. Allí hay una fruta que
llaman mamey. Es un meloncito del tamaño de la cabeza. Tiene dentro
3 pepitas, que en color y figura como una castaña. No se come,
porque es desabrida. El mamey tiene su hollejo, y mondado, su carne
es amarilla encendida, su sabor es entre sabor de melón y moscatel
muy fragante. El árbol que lo da es muy grande, y da fruto en el
tronco y en las ramas. Hay otro árbol grande que casi en las puntas
de las ramas da su fruto. Forma unos almireces de dos dedos, de
canto muy recio, y dentro, con muchas telitas al modo de la nuez,
forma una como colmena de muchos aposentitos, y en cada uno un
piñón como el de la piña, pero con la cáscara delgada y no muy
recia. Su sabor es entre nuez y almendra muy buena comida. Esto por
lo regular se lo comen los monos, que por el monte hay muchos, y la
llaman fruta de mono. Con el mismo gusto y sabor hay otra fruta que
yo no sé cómo la llaman. Ella tiene la hechura de la tenaza de un
cangrejo con toda perfección, y dentro tiene su almendra de la
misma hechura. Hay otro árbol que lo llaman puro, y da su fruto en
el tronco. Son unos calabazos, ya redondos y ya ovalados, tienen la
cáscara muy dura; hay de grandes como una sandía, y las tripas que
tienen adentro son vomitorio, y a esto se aplican a los que padecen
de cólera. Estos, enteros y taladrados, sirven para acarrear agua;
partidos por la mitad, sirven de platos para comer. Tienen sólo de
canto como el canto de una peseta; y la llama bien puede como
hervir cacao, que no se ha de quemar; y si lo aplica a la candela,
cuando mucho, lo que la candela toca se quemará, pero lo demás
no.
Para el olfato hay muchas flores silvestres muy odoríferas. Yo
no las sé sus nombres, porque como íbamos de paso, no pude
informarme sino del ñorvo, que es una flor como la rosa de pasión.
Y de éstas hay de 3 layas. Unas como las de España. Otras todas
carmesí; y otras todas azules. Cada una de ellas da la mata su
fruto, que es un calabacito algo menor que el puño, amarillo con
pintas coloradas, y sus tripas se parecen a las tripas de la badea,
con un sabor agridulce muy sabroso y fresco.
Para el tacto contaré el prodigio de una mata que la llaman la
vergonzosa. Es al modo de un lentisco, y su hoja parecida a la hoja
del trébol, con algo más de canto, ella muy coposa de ramitas. Pero
al tocarla tacto humano, que no sea sino una hojita, al instante
toda la rama copa las hojas, pegándose las de un lado con las de
otro; y se están pegadas cosa de 3 o 4 minutos; y si vuelven a
tocarla al empezarse a abrir se vuelve al instante a copar. Pero si
con la punta de un palo, o cualquier otra cosa, la tocan, no se
copan, ni se asientan en ella los pájaros, o cualquier otro animal
tampoco; sólo con el tacto humano. Y es tan pronta a coparse que al
tiempo que uno pudiera contar a prisa hasta cinco, ya está copada.
De estas matas hay una infinidad en todas las playas del río.
Nosotros hicimos muchísimas experiencias con
admiración.
Otra mata también hay muy común en las playas del río, que
llaman buenas noches. Es al modo de un arbolito que forma el tronco
en altura y color como la malva. Da a modo de árbol las ramas, y
sus hojas son ovaladas del ancho de la palma de la mano. Esta es un
verdadero reloj, que señala el instante que nace y se pone al sol
en aquel hemisferio; porque al ponerse, dentro de una avemaría
rezada a prisa, copa las hojas, pegándose unas con otras, formando
unas bolsitas, porque tienen el tronquito de 3 dedos de largo. Y
por otra parte al salir el sol con la misma prisa que se copó, se
abren las hojas.
En las playas también vi el arbolito de cuya hoja se hace el
añil. Es un arbolito de vara y media de alto, y a su proporción de
grueso. Él muy coposo de ramas y hoja. Ésta se parece algo al té,
de color muy azul. Da su
semilla en unas algarrobillas,
semejantes a las que da el aromo, con sus apartamientos, y unas
pepitas a modo de las del algarrobo de color negro. Mas el modo
como se fabrica el añil es: siémbrase en tierra labrada, en clima
caliente la semilla, y cuando más humedad tiene más fecunda. Nace y
se cría a modo de la alfalfa. Mas para sacar el añil, no se aguarda
a que envejezca como estaban ya estos arbolitos que se crían en las
playas del río, que así ya no sirven y da su hoja muy poco jugo;
antes, cuando están las matas tiernas a modo de la alfalfa antes
que florezca, entonces se siega y lo escaldan, y así escaldado
tronco y hoja, lo refriegan en unos rallos muy finos, y lo vuelven
casi harina. Mézclanle entonces un poco de meados ya corruptos en
cantidad proporcionada, y lo vuelven con la misma agua a hervir
hasta que ya está bien sancochado, sácanle el agua y la masa la
vuelven a pasar por otros rallos mas finos, y mezclado todo con la
misma agua lo estrujan con las manos, y lo que es bagazo que ya
largó todo su jugo lo echan. Este caldo lo cuelan con cedazo, y lo
colado lo dejan estar en artesas tapado algunos días. Se va
asentando abajo la sustancia y se cuaja. Quitan después el agua, y
quedan unas tortas de la sustancia. Estas poco a poco se van
secando, y éste es el añil más o menos fino, según hiere la tierra
para ello más proporcionada, el clima más o menos caliente y la
hierba más o menos sazonada cuando la siegan.
Todo el río
abunda mucho en cedros. El cedro es el árbol
más alto de cuantos allí se crían, recto sin ramas, sólo arriba
cría su copa como el pino, no da fruto ninguno, y he oído decir que
ni semilla da. Su hoja es chica, parecida a la del terebinto. El
tronco de bastante grueso, que hay cedro que seis hombres no
abarcan su tronco. Es palo incorruptible, su color es encendido.
Del cedro, por lo regular, se fabrican las canoas con que se
trafica el río.
El monte está todo espeso y muy alto, todo enmarañado de
variedad de árboles, y estos llenos de bejucos, que para entrar es
menester ir siempre con el machete en la mano abriendo trocha.
Bejuco llaman un vástago como el que cría el jazmín, pero sin hoja
ni rama ninguna, súbese arrimado a los troncos hasta las copas, y
de ahí vuelve a bajar hasta el suelo. De esto hay no sólo
muchísimo, sino también de muchísima variedad y virtud. Este punto
tocaré cuando llegue al río Putumayo que es el de nuestras
conversiones.
En la Magdalena está todo el río acordillado de pueblecitos de a
15 o 20 leguas en distancia unos de otros; y entre un pueblo y
otro, de una y otra parte, hacienditas en que viven indios,
mestizos o mulatos. Yo sólo contaré los pueblos en donde puedo
contar alguna cosa rara. Y empezando por el pueblo de Morales digo
que es el mejor de cuantos tiene el río. Fundado él en una buena
loma. Aquí nos regalaron un racimo de plátanos hartones, que no he
visto otro semejante. Él del todo maduro, con los plátanos
sobremanera disformes y gruesos. Entre ellos había uno que era del
grueso del brazo de un hombre. Lo abrimos y dentro tuvo dos
plátanos, que aún la gente misma del pueblo decían que jamás habían
visto cosa semejante.
El otro día partimos, y estando para embarcarnos, nos dijo un
indio: Padres, anoche vi que algunos vinieron a estas canoas a
lavarse. No lo vuelvan a hacer, porque estos años pasados un mozo
saltó una noche a una canoa a tomar un puro de agua, y un caimán de
un bocado lo sacó de la canoa, se lo llevó y se lo comió. Con este
aviso procuramos todos a ir con más recelo a lavarnos, y así en las
playas, como no hay piedras que tirar para ahuyentar a los
caimanes, lo que se hace es: con las palancas de los bogadores dar
golpes al agua primero antes de entrar uno a lavarse. En todo el
viaje por la mañana tomábamos cacao y una presa de pollo asado, y
almorzábamos. Los bogadores van proveídos de tasajo; éste lo
cocinan con plátanos, y por la mañana se comen los plátanos, y al
llegar a arranchar por la tarde, al caer el sol, entonces se comen
la carne. Nosotros se cocinaba una olla de arroz con tasajo, y a
medio cocer tapada se guardaba en la canoa, y ésta con el calor del
sol para mediodía, que nos arrimábamos a tierra a comer estaba ya
sazonada y tan caliente como si la sacaran entonces de la candela
hirviendo. Por las noches siempre cenábamos pescado fresco que
abunda mucho en el río.
Este pues día que salimos de Morales, a mediodía nos arrimamos a
comer a un rancho, que era un trapiche de azúcar de don José
Fernández, marqués de Santa Coba. Allí no había sino un negro y una
partida de botijas de miel toda azucarada. En lo interim que
desacalorábamos yo vi una sendita y me fui por ella a ver los
cañaverales. Entre una cuadra y otra dejan sus ringleras de
arboleda, cuando rozan el monte, que hace divisiones. Yo proseguí
mi camino con un báculo en la mano y topé otro rancho, y otro negro
que dormía. El me cortó dos cañas muy buenas para roer, y con esto
me volví a los compañeros. Mas antes de llegar, al pasar de un
cañaveral a otro, vi dentro del monte una fiera un poco más grande
que un mono. Todo su cuerpo es de mono, sólo que tiene su rabo de
cabra y en las manos y pies no tiene dedos, sino 3 uñas corvas de
color amarillo, corvas que parecen de boxo, del largo de un dedo.
Luego que yo vi las uñas, y creo que fue lo primero que le vi, me
dio un grande susto. Me quedé yerto sin saber qué hacerme, temeroso
que no me embistiese, porque por las uñas conocí que no era mono.
Yo hice señas con las manos a los Padres para que viniesen; pero al
mismo tiempo, poniéndome el dedo en la boca les hacía seña que
viniesen calladitos sin hacer ruido, temeroso que con el ruido la
fiera podía reparar conmigo y despedazarme. Habría unos 100 pasos
de distancia. Mas ellos con mis señas empezaron a gritar
diciéndome: ¿Qué hay, qué hay? Yo repetía una y otra seña aprisa,
lleno de miedo. Hasta que uno de los bogadores se vino para mí. Yo
le hacía mil señas que apretase el paso, y que no hiciese ruido. Ya
que llegó con el dedo le apunté a la fiera. Miró y dijo: No que es
un perico ligero. No tenga Padre miedo, que no hace daño a
nadie.
Él tomó mi bordón, y lo hizo encaramar en él, y lo sacó del
monte y lo llevamos al rancho a que todos lo vieran. Nos dijeron
que come cogollitos del monte y que canta de noche. Pues ¿dónde lo
pondremos y lo llevaremos? Padres, dijeron, para salir de este
rancho no le alcanza toda la noche.
Y es así verdad. Es el animal más torpe de cuantos crió Dios.
Para levantar una mano y adelantar un paso, rezando muy despacio
Pater Noster, Ave María y Credo, aún no lo ha dado. Lo
llevamos, y donde fuimos arranchar a la noche lo pusimos a que se
asiera de una rama de un árbol de cacao; él se agarró con la una
mano, y así se quedó colgado, y por la mañana asimismo lo hallamos,
que todavía no había agarrado siquiera con la otra mano, hasta que
lo urgamos, y para encaramarse en la rama se pasó más de media
hora. Y lo llaman perico ligero. Por ironía de su torpeza será. Él
tiene su fuerza en las uñas, y lo que agarra con ellas con
dificultad se lo pueden sacar. Su canto es “gue, gue, gue,
formando
sol, mí, ut. Allí lo dejamos, porque por la noche
oímos cantar muchísimos en el monte. Y su carne se la comen los
indios.
Dos días antes de llegar a Mompós a mano derecha entra a la
Magdalena un río que lo llaman Cauca, río tan grande como casi la
mitad de la Magdalena, él dicen que sale de la cordillera, que es
sierra nevada, y es su agua tan fría que enfría por espacio de dos
días de navegación toda el agua de la Magdalena, y en estos dos
días no se lavan ni se mojan los bogadores; pero en todo lo demás
lo que hacen es: cuando están más bien sudados de trabajar al pique
de sol, que a chorro les cae el sudor, unos toman un pilche de agua
y se lo echan a la cabeza. Pilche se llama un medio puro con que
comen en lugar de plato, que allí no hay platos sino de plata, y
éstos sólo los usan la gente rica. Otros más bárbaros se quitan el
camisón y lo mojan en el río, y así chorreando se lo vuelven a
poner; y otros con camisón y calzones se echan al río para
refrescarse. Verdad es que la agua está muy caliente. Nosotros
íbamos por esto muy fastidiosos, mas como digo, dos días antes de
llegar a Cauca en verdad que no la podíamos beber de fría, ni
conviene, porque suele dar pasmo con tanto calor, y así nos la
templaban en el caño de alguna quebrada de muchísimas que hay de un
lado y otro que entran a la Magdalena.
El pescado que por lo común da el río, a más de la muchísima
tortuga, son bagres, barbudos, nicuros, sardinas, garlopas, bufeos,
rayas y temblones. Todos estos explicaré cuando llegue al Putumayo
como son, que allí abundan más. Aquí sólo digo que al arranchar,
inmediatamente se ponían a pescar para nuestra cena, y de allí
ellos después de haber cenado en las playas o en el monte armaban
una grande hoguera resguardo contra los tigres que con la candela
no se atreven a embestir y de ahí cenaban su carne, y los más la
mayor parte de la noche pescaban, y se lo comían asado con mucho
ají sin sal. Los más de ellos traen su toldito de tocuyo, tan chico
que sólo cabe un encurrucado, resguardo contra los mosquitos. Hay
tanta plaga de estos, que era preciso que los dos de nosotros a
quienes tocaba la culata de la tolda y la boca, estuviesen de
continuo aventándolos con una rama. Hay otros más grandes que
llaman zancudos; y estos donde pican dejan semilla y se concría un
gusano tamaño como un gusano de seda. A mí me picaron dos en una
pierna en la mesa de río Recio, y se me hinchó mucho, tanto que
estuve algunos días tendido sin poder andar ni entender qué era la
causa, hasta que una vieja me dijo: Padre, esto es picadura de
zancudo. Ella me oprimió la pierna y salieron dos gusanos ya del
largo de una aguja y de bastante grueso; y hasta la hora presente
se conocen los dos taladros. En las haciendas cada mes traen las
bestias y reses al corral, y las registran; y donde tienen algún
tolondrón lo abren a navaja y les sacan, como yo he visto sacar,
unos gusanos que les dije, y a la incisión les untan unto de cerdo
sin sal, y con esto sanan.
Hay otros mosquitos que son negros y los llaman rodadores. Éstos
no van sino a los ojos, y se entran. Esta es malísima plaga, porque
abundan mucho, y el tiempo que usted se refriega el ojo con la mano
para sacarlo del ojo, ya en el otro le entra un par de ellos. Estos
sólo andan de día, y así es preciso al saltar al monte o a la playa
estar siempre venteándose con el pañuelo; y sin embargo le caerá un
par de docenas.
Otros hay que llaman jejenes, tan chicos, que usted lo siente
que le pica en la mano, lo mira y no lo ve hasta que le saca su
gota de sangre. Se parecen a los que crían en el vino, pero son muy
más chicos, y estos donde pican dejan una comezón terrible, y si se
rasca levantan una roncha terrible. El P. F. Juan Plata, natural de
Cantillana en Andalucía, y el P. F. Antonio de Urrea, aragonés
natural de Daroca, de rascarse en la comezón el uno en una mano y
el otro en una pierna, se les hizo roncha y se les enconó, que les
duró bastantes días, hasta que en una casa de un indio se topó la
escobilla, que es lo único con que sanan estas ronchas. Escobilla
llaman una mata que se parece a la albahaca, sólo que tiene la hoja
dos veces que ella más chica. Mascada tiene su sabor dulce, y la
llaman escobilla, porque en muchas partes de ellas hacen las
escobas.
El que no trae toldo para dormir compone de hojas de platanillo,
o achira, a modo de un ataúd con las puntas de un lado y otro bajo
la arena, y allí se entra a dormir. Esta casa de este indio que
digo de la escobilla es la casa donde hallé la cabeza de un caimán,
y entonces viendo que su boca vestía tres vías de dentadura, conté
sus colmillos desde la punta del hocico, todo el carrillo 36 en
cada vía, que hacen el número por todo de 216. Un día llegamos a
arranchar a un pueblecito que llaman San Pedro. Allí en la plaza
había una cancha de bolas, y reparé que por delante las casas
estaban unas covachitas de guaduas quebradas. Pregunté para que
servía aquello, y me respondió un indio, que allí dormían las
gallinas para que no las picaran los murciélagos. Y la que pica la
mata, como diré al llegar al pueblo de Cuchero.
En la iglesia que había sólo hallamos un simulacro, y entre
todos no pudimos averiguar, por lo mal entallado que estaba, si era
hombre o mujer. Preguntamos a un indio y nos dijo que era la Virgen
de la Concepción. Yo reparé que los pollos y las gallinas no tenían
pluma, sólo a la coyuntura de la pierna, sobre la cabeza y en el
aletoncito a lo último de las alas tenía unas pocas. Yo pregunté a
un indio por qué quitaban las plumas a estas aves, y él me
respondió, que no las criaban porque de tanto picotazo que les
daban los mosquitos, no les dejaban sacar pluma. Yo viendo que en
el pueblo no había mosquito ninguno, y así es que de día en los
pueblos y en todo lo que está seco y desmontado no hay, pensando
que hablaba de bulla díjele: Hombre, aquí yo no veo mosquito
alguno. El respondió: Padre, ahora están ellos en el monte; en
anocheciendo verá Vuestra Paternidad si hay
mosquitos.
Entre dos luces se armó la mesa para cenar. Apenas nos sentamos
cuando oigo que por el monte se venía acercando un ruido como un
aguacero. Yo dije: Ya viene aguacero. Pero el indio me respondió:
Padre, no es aguacero; son los mosquitos que ya vienen. Ello
teníamos pollos asados y huevos escaldados. Yo a la que vi llover
sobre mí tanto mosquito, que eran unos pocos que venían por delante
a dar el aviso, tomé un huevo, me agaché, y puesta la capilla, a
toda prisa me lo comí, y sin embargo, me dieron bastantes piquetes.
Yo tenía ya la cama compuesta, y tirado el toldo. Vestido me entré
en ella, y adentro me desnudé, atacando el toldo por abajo del
colchoncito, y los demás Padres hubieron de desamparar la mesa, y
hacer lo mismo, cual con un huevo en la mano, cual con una presa de
asado; y los indios comiéndose lo que quedó, y estaban ellos
retozando a carcajadas. Yo con el calor hasta por la madrugada no
pude dormir, y cuando me tumbó el sueño hube de arrimar la mano
contra el toldo. Pues cuando desperté estaban todos los dedos
entumecidos de tanto picotazo que me dieron. Me puse al instante
tabaco mascado, que es el antídoto que quita la
comezón.
A otro pueblo llegamos llamado El Peñón, porque en el
desembarcadero delante tiene una grande peña, que, separada y
puesta dentro del agua, forma el puerto. Es pueblo todo de indios.
Nosotros hasta entonces no habíamos visto hombres del todo
desnudos; pero aquí todos iban como su madre los parió, y las
indias iban de medio cuerpo abajo con un pedazo de bayeta ceñidas.
Digo mujeres para excluir las niñas y mozas solteras, que todas
éstas iban como los hombres. El pueblo todo nos salió a recibir en
el desembarcadero, y el P. F. Cristóbal Romero, andaluz y natural
de Jerez de la Frontera, preguntó: ¿Quién es el alcalde? Y uno de
ellos, con la vara en la mano, con una cinta carmesí, dijo: Padre,
yo soy el alcalde y superior de este pueblo. Nos cayó tanto en
gracia ver la fantasía que mostraba con la vara y desnudo, que
tuvimos bien que reír.
A otro pueblo llegamos, que llaman el Alto del Rey, y ya que nos
hubimos arranchado, a poco rato vino el cura. Esto era general en
todos los pueblos; y aquella noche predicar y confesar la gente,
que traíamos licencia para ello. Estábamos pues pallando, cuando
oímos una partida de guaguas y cholos venir gritando. Guagua llaman
a los niños y niñas hasta siete años. De ahí para arriba a las
niñas llaman guambra, y en empezando a tener jujos (esto es) tetas,
las llaman china. A los niños de siete años para arriba llaman
cholo, y de 20 años para arriba llaman runa. Y al nacer algún varón
lo llaman cari, y a la niña guagua. Esto asentado digo, que venían
gritando guaguas y cholos, y lo que decían era: Que viene el
caimán. Es el caso que en este pueblo un caimán se había cebado, y
se había comido una china y un cholo, yendo al río por agua: y ya
cebado se salía a tierra e iba por el pueblo muchas veces a ver si
podía coger alguna criatura. A los gritos de los niños, al instante
se levantó todo el pueblo gritando todos hombres y mujeres, que
viene el caimán, y al mismo tiempo yéndose todos al monte. Ello nos
dio bastante susto, porque el cura se inmutó mucho. Yo salí afuera
y pregunté dónde estaba, y todavía estaba en el río sobreaguado, y
él tendría 7 u 8 varas de largo. Yo tomé una escopeta que traíamos
y le eché un balazo. Él se zambulló y no lo volvimos a ver. Pero
fue menester que el cura se fuese al monte a traer la
gente.
Llegamos pues a Mompós, que es una buena villa muy grande, que
tendrá de 4 a 5 mil criaturas de todo género: españoles, blancos,
criollos, mestizos, negros, etc. Nos hospedamos en el convento, que
no tenía sino 4 sacerdotes y el guardián. Hube de encontrar aquí
tres paisanos: el uno llamado don Antonio Fullana, que tenía una
tienda de mercancía y estaba acomodado. Éste cogió a otro mocito
por ser mallorquín y le servía de cajero. Él me conoció, porque en
la villa de Soller en Mallorca, yo recién ordenado fui allí de
predicador conventual, y él era hijo del médico del convento, y lo
llamaban el médico Xorc. Avisó a su patrón, el cual me vino a ver,
y me dio noticia del otro, el cual era casado en Mompós, y tenía un
tigre en su casa. Yo que hasta entonces no había visto tigres, le
dije que lo quería ver. Quedamos acordes que el otro día, que era
el miércoles de la Semana Santa al amanecer el día vendría, e
iríamos a ver el tigre.
Mompós es de los parajes más calientes que yo he visto. Hace 6
veces más calor sin inmutación todo el año que en España en medio
de la canícula. Cae en la mitad del río de la Magdalena de
Cartagena hasta Honda. Todo monte cerrado, donde no se ha visto
jamás un soplo de viento, y en clima a menos de 10 grados de altura
del Polo. Propiamente es un infierno chico. Por las noches no se
podía parar en la cama; quitaba el colchón, menos; me quitaba la
túnica, tampoco; me ponía desnudo sobre los ladrillos, y no podía
parar. De estos calores nos salió a todos un sarpullido como sarna
en todo el cuerno, con una comezón que nos traía locos. Vino pues
el paisano don Antonio al amanecer, que yo acababa de decir misa, y
con el P. Urrea, ya citado, nos fuimos a ver el tigre. Hubo de ser
un cachorrillo que todavía no tenía un mes, ni se podía aguantar en
pie. Él propiamente un gato con sus manchitas negras. Yo le hice
dar un pedacito de carne, y acercándosela con el pie, él se
espeluzó el cuerpo, y erizando el pelo, me echó 2 o 3 bufidos,
diciendo “fu, fu, fu” que me asustó. Entonces dije yo: Si
tú tan tierno y obras así, qué será en siendo
grande.
Salió la señora arrebosada con un reboso de bretaña, nos saludó
y me dijo: Padre, válgame Dios y qué frío hace. El sudor nos caía
de hilo en hilo, y ella tenía frío. Es que era hija de aquella
tierra; todavía no había salido el sol, y para ella hacía frío,
cuando nosotros no podíamos aguantar el bochorno que despide la
tierra. En Mompós paramos hasta el 3º día de Pascua. Y nos avió el
marqués de Santa Coha con dos canoas las más grandes del río, que a
la mayor la llamaban El Gran Diablo, y era menester 30 indios
bogadores para menearlo; y es que los champanes que nosotros
traíamos no pueden navegar en el río, sino desde la Barranca hasta
Mompós. Y de aquí hasta Honda con canoas.