INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO III  
 

 

Contiene la descripción y cosas raras que hay desde Mompós a Honda.
 

 

Este río de la Magdalena es un ameno paraíso que deleita a los que en él navegan todos los sentidos del cuerpo, y cuanto a la vista ofrece tanta variedad de objetos, que para ello era menester mucho papel para escribirlo, y yo tengo poco, y así me ceñiré a sólo lo que yo noté singular.

Es el río remanso, se explaya una legua, legua y media, y, a veces dos. De un lado y otro todo monte muy ameno y frondoso, y en él mucha variedad de palmas. Pero, dando todas su fruto, ninguna da dátiles. Las unas dan cocos. Estas ya queda dicho lo que son. Otra palma hay, que es la que da el palmiche. Ésta también ya queda de antes apuntada. Otra hay que sólo sirve para cobijar las casas; es una palma muy alta, limpio el tronco como las ya dichas, y sólo tiene de redondo cosa de 3 cuartas. Cortan los indios esta palma, y el tronco tiene como todas la corteza muy dura, y el corazón fofo. Sácanle todo este bagazo y queda una corteza de medio dedo de grueso. Hacen de ella rajas, y con estas rajas arman la cobija y en ellas atan las hojas abiertas de arriba abajo de 3 en tres, con que hacen un empajado y ésta es la cobija.

Esta palma da unos coquitos del tamaño de una nuez, y tienen lo propio que los cocos grandes. Otra palma hay del mismo tamaño y altura, pero la hoja tiene la forma de media hoja de nabo, formando abanicos de arriba hasta abajo. Y esta palma da unos coquitos del tamaño de una ciruela chica. Las ramas las abre sólo por los lados, y con el tonco y cogollo, que conserva derecho, forma una cruz perfecta. Otra palma hay que llaman palma de vino. Esta palma conserva todas las hojas desde el pie hasta la copa. La llaman palma de vino, porque los indios la cortan, y en medio del tronco, que tiene más de grueso que el cuerpo de un hombre, le abren una olla hasta el corazón , y cada 24 horas ella destila un humor de color de rosa que llena la olla. Y esto dura todo un mes. Recogen este jugo y lo embotijan. Él se fermenta y toma punto, y a esta bebida llaman vino de palma. El cogollo de esta palma se come, pero ha de ser antes que ella destile humor, porque de otra suerte se pone desabrido. Y si al cortala le cortan el cogollo, destila ella muy poco humor, y éste ya acedo.

Otra palma hay que la llaman bombón. Da unas frutas como los dátiles, pero no se comen sino asadas, porque crudas son muy viscosas y desabridas. Pero si se despoja de las hojas, y a la mitad de su altura engorda y forma a modo de una tinaja bien formada, y a rematar la boca vuelve a crecer igual hasta la copa. El cogollo de esta palma se come y es muy sabroso. Yo me he mantenido 7 días con ello, porque no había otra cosa, como diré cuando hable de la tarabita del río Pueblo Viejo y lo que me pasó allí.

Otra palma hay de cuerpo tan grueso como la pasada, ella muy alta, y también se despoja por sí de las hojas, y da unos cocos del tamaño de un huevo de pava. Fruta y palma tiene un mismo nombre y la llaman Petó. El coco tiene bastante canto y es el más fino, y tiene el color perfectamente negro. En algunas ciudades troncan de ello cuentas de rosario, y son muy estimadas. Yo en el pueblo que fundé compuse el piso de mi casa todo de estos cocos como diré adelante. En algunas partes los tornean, y de dos forman unos yesqueros muy hermosos, y yo tengo uno de ellos. Otra palma hay semejante a ésta, que da unos cocos algo más chicos. Tiene sobre el coco tanta carne como un albercoje, y cocido no es mala comida. No me acuerdo su nombre.

Otra palma hay del mismo grueso y altura, y también se despoja por sí de las hojas. La llaman cabeza de negro, porque en lugar de cocos da por racimo unos tolondrones negros llenos de una pelusa, y forman de ello unas pasas como el cabello de los negros. Estas frutas también se llaman cabeza de negro, y dentro está lleno de concavidades del tamaño de un huevo, y éstas llenas de humor congelado dulce. Cuando madura, este humor se cuaja, y salen unos huevos blancos casi redondos, que parecen bolas de mármol, y a estas frutas así llaman ceroso. En Quito los escultores fabrican de ello muñecas y figuritas para adorno de Nacimientos, y hay mercaderes que cargan cajones de ello y los llevan hasta Lima.

Otra palma hay que llaman chonta. Ésta es de las más gruesas y altas, por sí se despoja de la hoja. El cogollo suyo es el más sabroso. En todo su tronco, el cual es de color entre blanco y amarillo, cría de palmo a palmo todo alrededor, unas espinas muy dobladas y recias del mismo color y del largo de un dedo. De esta palma hay dos especies, y las dos no dan el racimo en la copa, sino en la mitad del tronco. Su fruto llaman chontaduro. El uno no se come porque daña, el otro sí, y es muy bueno, que a falta de pan es el que más sustenta y nutre. Es del tamaño de una nuez, y dentro tiene coquito, tiene de canto la comida como un albercoje, de color amarillo entre carmesí. Su cáscara es carmesí color de grana. Se come así maduro; se come cocido; se seca y se guarda escaldado para todo el año, y lo mejor que tiene es que de él se hace el mejor masato. El coquito de adentro está enlazado de unas hebritas como el grueso del albercoje. Y si ésta se le raspan y se siembran, la palma que nace no cría espinas, y los chontaduros no crían adentro coco, pero tampoco no son tan sabrosos. He visto uno y otro como diré en llegando a Barbacoas en el río Maguí. La corteza de esta palma es de que se fabrican de ella las flechas y los arcos con que se disparan. Es negra como el ébano y tan dura y pesada como él. Se fabrican también varas para los alcaldes indios, y varas para cortinas, y de esto hacen los indios unos espadajos para apretar los tejidos que tejen sin telar a mano; y también los indios antiguos, y ahora los indios bravos, fabrican de ello las macanas. Macana llaman a un trozo de esta chonta de vara y media de largo, labrado a la forma de un remo, que de un macanazo a la cabeza la hará pedazos.

Hay en todo el río unos pájaros negros del tamaño de un pollo grande con la cola algo larga, y en ella y en cada ala tiene cuatro plumas amarillas, y es pájaro que se come, y cogido polluelo se domestica como las gallinas. Estos pájaros hacen el nido en las puntas de las hojas abiertas de las palmas. Ellos buscan una especie de pajas negras y largas, y forman su nido como una talega larga de una vara a la punta de la rama muy tupida, colgada en el aire y la boca a lo superior, y por ello los llaman talegueros. De estos hay en mucha abundancia, y así las palmas cada hoja abierta está con estos colgajos. Otro pájaro hay mayor que éste, de color musgo oscuro; su forma es la de un pavo aseado, alto de pierna y cola larga. Es tan sabroso y blanca su carne como la gallina. Ellos andan a bandadas. Su canto es “guac, guac, guac” formando sol, mi, ut a toda prisa. Ellos se llaman guacharacas, y cantan también de noche; y de noche se juntan con ellas otras aves chicas con el canto muy delgado. No cantan todas juntas, sino con pausas; y al acabar las unas empiezan las otras, que parece un flautado de órgano después de las regalías. Arman tal melodía, que al oírlas, allí se acabó el sueño, embelesado en su canto.

Y aún para el oído hay otro pájaro, del tamaño y facción de un tordo, con el pico algo más largo. De estos hay 3 especies.La primera viste el cuerpo amarillo muy encendido, cabeza, cola y alas negro. La segunda viste el cuerpo blanco y la cabeza, cola y alas negro. La tercera viste el cuerpo carmesí color de grana, la cabeza, cola y alas negro. Andan ellos por los platanares que son su comida. Lo llaman toche, tiene el canto muy alto y sonoro, algo parecido al canto de ruiseñor, pero aún más gustoso. Se domestica tanto, que a los 15 días se le pone en la mano y espalda, y sigue a su amo dondequiera que va. Este pájaro sabe coser. Esto explicaré cuando llegue al pueblo de Santa Rosa que es el primero de nuestras misiones.

Otro pájaro hay más grande que la guacharaca, todo negro, y bajo de las alas pluma dorada, y es muy buena comida. Lo llaman camarana. Hay también pavas en el monte, y su cantar es “quec, quec, quec” muy alto. Son negras un poco más chicas que las caseras. Hay otro pájaro un poco más grande que un pavo y un poco más alto de pierna. Él todo negro, pero muy lustroso y aseado, crin un plumaje encima de la cabeza de pluma crespa que lo hermosea mucho, y el pico azul, más grande que un pavo, y es mejor comida que el pavo; y los huevos suyos también tienen la cáscara azul. Se llama paují. Su canto es como el de las pavas caseras. Otro pájaro hay con las pintas y canto del secretario, y al doble de grande. Es pájaro inmundo, y lo llaman sambullero. Él come pescado, y para cogerlo se pone en las ramas de los árboles a la margen de río, y de golpe, como una pelota, se deja caer al agua, y sambullendo coge el pescado. En las playas andan muchedumbre de garzas, garzotes, patos, y de estos hay unos con el cuerpo blanco, cabeza, cola y alas negras, tamaños como unos gansos, y son muy rica comida. Otros hay algo más chicos, de color atabacado, y también se comen. Otros hay del mismo cuerpo con la pluma color de sangre clara. Estos no se comen. Los llaman pato cuchara, porque tienen el pico aplastado como los ánades, algo más grande, que forma una cuchara con él, y otras variedades que yo no sé sus nombres.

Para el gusto también hay su regalo. Allí hay una fruta que llaman mamey. Es un meloncito del tamaño de la cabeza. Tiene dentro 3 pepitas, que en color y figura como una castaña. No se come, porque es desabrida. El mamey tiene su hollejo, y mondado, su carne es amarilla encendida, su sabor es entre sabor de melón y moscatel muy fragante. El árbol que lo da es muy grande, y da fruto en el tronco y en las ramas. Hay otro árbol grande que casi en las puntas de las ramas da su fruto. Forma unos almireces de dos dedos, de canto muy recio, y dentro, con muchas telitas al modo de la nuez, forma una como colmena de muchos aposentitos, y en cada uno un piñón como el de la piña, pero con la cáscara delgada y no muy recia. Su sabor es entre nuez y almendra muy buena comida. Esto por lo regular se lo comen los monos, que por el monte hay muchos, y la llaman fruta de mono. Con el mismo gusto y sabor hay otra fruta que yo no sé cómo la llaman. Ella tiene la hechura de la tenaza de un cangrejo con toda perfección, y dentro tiene su almendra de la misma hechura. Hay otro árbol que lo llaman puro, y da su fruto en el tronco. Son unos calabazos, ya redondos y ya ovalados, tienen la cáscara muy dura; hay de grandes como una sandía, y las tripas que tienen adentro son vomitorio, y a esto se aplican a los que padecen de cólera. Estos, enteros y taladrados, sirven para acarrear agua; partidos por la mitad, sirven de platos para comer. Tienen sólo de canto como el canto de una peseta; y la llama bien puede como hervir cacao, que no se ha de quemar; y si lo aplica a la candela, cuando mucho, lo que la candela toca se quemará, pero lo demás no.

Para el olfato hay muchas flores silvestres muy odoríferas. Yo no las sé sus nombres, porque como íbamos de paso, no pude informarme sino del ñorvo, que es una flor como la rosa de pasión. Y de éstas hay de 3 layas. Unas como las de España. Otras todas carmesí; y otras todas azules. Cada una de ellas da la mata su fruto, que es un calabacito algo menor que el puño, amarillo con pintas coloradas, y sus tripas se parecen a las tripas de la badea, con un sabor agridulce muy sabroso y fresco.

Para el tacto contaré el prodigio de una mata que la llaman la vergonzosa. Es al modo de un lentisco, y su hoja parecida a la hoja del trébol, con algo más de canto, ella muy coposa de ramitas. Pero al tocarla tacto humano, que no sea sino una hojita, al instante toda la rama copa las hojas, pegándose las de un lado con las de otro; y se están pegadas cosa de 3 o 4 minutos; y si vuelven a tocarla al empezarse a abrir se vuelve al instante a copar. Pero si con la punta de un palo, o cualquier otra cosa, la tocan, no se copan, ni se asientan en ella los pájaros, o cualquier otro animal tampoco; sólo con el tacto humano. Y es tan pronta a coparse que al tiempo que uno pudiera contar a prisa hasta cinco, ya está copada. De estas matas hay una infinidad en todas las playas del río. Nosotros hicimos muchísimas experiencias con admiración.

Otra mata también hay muy común en las playas del río, que llaman buenas noches. Es al modo de un arbolito que forma el tronco en altura y color como la malva. Da a modo de árbol las ramas, y sus hojas son ovaladas del ancho de la palma de la mano. Esta es un verdadero reloj, que señala el instante que nace y se pone al sol en aquel hemisferio; porque al ponerse, dentro de una avemaría rezada a prisa, copa las hojas, pegándose unas con otras, formando unas bolsitas, porque tienen el tronquito de 3 dedos de largo. Y por otra parte al salir el sol con la misma prisa que se copó, se abren las hojas.

En las playas también vi el arbolito de cuya hoja se hace el añil. Es un arbolito de vara y media de alto, y a su proporción de grueso. Él muy coposo de ramas y hoja. Ésta se parece algo al té, de color muy azul. Da su semilla en unas algarrobillas, semejantes a las que da el aromo, con sus apartamientos, y unas pepitas a modo de las del algarrobo de color negro. Mas el modo como se fabrica el añil es: siémbrase en tierra labrada, en clima caliente la semilla, y cuando más humedad tiene más fecunda. Nace y se cría a modo de la alfalfa. Mas para sacar el añil, no se aguarda a que envejezca como estaban ya estos arbolitos que se crían en las playas del río, que así ya no sirven y da su hoja muy poco jugo; antes, cuando están las matas tiernas a modo de la alfalfa antes que florezca, entonces se siega y lo escaldan, y así escaldado tronco y hoja, lo refriegan en unos rallos muy finos, y lo vuelven casi harina. Mézclanle entonces un poco de meados ya corruptos en cantidad proporcionada, y lo vuelven con la misma agua a hervir hasta que ya está bien sancochado, sácanle el agua y la masa la vuelven a pasar por otros rallos mas finos, y mezclado todo con la misma agua lo estrujan con las manos, y lo que es bagazo que ya largó todo su jugo lo echan. Este caldo lo cuelan con cedazo, y lo colado lo dejan estar en artesas tapado algunos días. Se va asentando abajo la sustancia y se cuaja. Quitan después el agua, y quedan unas tortas de la sustancia. Estas poco a poco se van secando, y éste es el añil más o menos fino, según hiere la tierra para ello más proporcionada, el clima más o menos caliente y la hierba más o menos sazonada cuando la siegan.

Todo el río abunda mucho en cedros. El cedro es el árbol más alto de cuantos allí se crían, recto sin ramas, sólo arriba cría su copa como el pino, no da fruto ninguno, y he oído decir que ni semilla da. Su hoja es chica, parecida a la del terebinto. El tronco de bastante grueso, que hay cedro que seis hombres no abarcan su tronco. Es palo incorruptible, su color es encendido. Del cedro, por lo regular, se fabrican las canoas con que se trafica el río.

El monte está todo espeso y muy alto, todo enmarañado de variedad de árboles, y estos llenos de bejucos, que para entrar es menester ir siempre con el machete en la mano abriendo trocha. Bejuco llaman un vástago como el que cría el jazmín, pero sin hoja ni rama ninguna, súbese arrimado a los troncos hasta las copas, y de ahí vuelve a bajar hasta el suelo. De esto hay no sólo muchísimo, sino también de muchísima variedad y virtud. Este punto tocaré cuando llegue al río Putumayo que es el de nuestras conversiones.

En la Magdalena está todo el río acordillado de pueblecitos de a 15 o 20 leguas en distancia unos de otros; y entre un pueblo y otro, de una y otra parte, hacienditas en que viven indios, mestizos o mulatos. Yo sólo contaré los pueblos en donde puedo contar alguna cosa rara. Y empezando por el pueblo de Morales digo que es el mejor de cuantos tiene el río. Fundado él en una buena loma. Aquí nos regalaron un racimo de plátanos hartones, que no he visto otro semejante. Él del todo maduro, con los plátanos sobremanera disformes y gruesos. Entre ellos había uno que era del grueso del brazo de un hombre. Lo abrimos y dentro tuvo dos plátanos, que aún la gente misma del pueblo decían que jamás habían visto cosa semejante.

El otro día partimos, y estando para embarcarnos, nos dijo un indio: Padres, anoche vi que algunos vinieron a estas canoas a lavarse. No lo vuelvan a hacer, porque estos años pasados un mozo saltó una noche a una canoa a tomar un puro de agua, y un caimán de un bocado lo sacó de la canoa, se lo llevó y se lo comió. Con este aviso procuramos todos a ir con más recelo a lavarnos, y así en las playas, como no hay piedras que tirar para ahuyentar a los caimanes, lo que se hace es: con las palancas de los bogadores dar golpes al agua primero antes de entrar uno a lavarse. En todo el viaje por la mañana tomábamos cacao y una presa de pollo asado, y almorzábamos. Los bogadores van proveídos de tasajo; éste lo cocinan con plátanos, y por la mañana se comen los plátanos, y al llegar a arranchar por la tarde, al caer el sol, entonces se comen la carne. Nosotros se cocinaba una olla de arroz con tasajo, y a medio cocer tapada se guardaba en la canoa, y ésta con el calor del sol para mediodía, que nos arrimábamos a tierra a comer estaba ya sazonada y tan caliente como si la sacaran entonces de la candela hirviendo. Por las noches siempre cenábamos pescado fresco que abunda mucho en el río.

Este pues día que salimos de Morales, a mediodía nos arrimamos a comer a un rancho, que era un trapiche de azúcar de don José Fernández, marqués de Santa Coba. Allí no había sino un negro y una partida de botijas de miel toda azucarada. En lo interim que desacalorábamos yo vi una sendita y me fui por ella a ver los cañaverales. Entre una cuadra y otra dejan sus ringleras de arboleda, cuando rozan el monte, que hace divisiones. Yo proseguí mi camino con un báculo en la mano y topé otro rancho, y otro negro que dormía. El me cortó dos cañas muy buenas para roer, y con esto me volví a los compañeros. Mas antes de llegar, al pasar de un cañaveral a otro, vi dentro del monte una fiera un poco más grande que un mono. Todo su cuerpo es de mono, sólo que tiene su rabo de cabra y en las manos y pies no tiene dedos, sino 3 uñas corvas de color amarillo, corvas que parecen de boxo, del largo de un dedo. Luego que yo vi las uñas, y creo que fue lo primero que le vi, me dio un grande susto. Me quedé yerto sin saber qué hacerme, temeroso que no me embistiese, porque por las uñas conocí que no era mono. Yo hice señas con las manos a los Padres para que viniesen; pero al mismo tiempo, poniéndome el dedo en la boca les hacía seña que viniesen calladitos sin hacer ruido, temeroso que con el ruido la fiera podía reparar conmigo y despedazarme. Habría unos 100 pasos de distancia. Mas ellos con mis señas empezaron a gritar diciéndome: ¿Qué hay, qué hay? Yo repetía una y otra seña aprisa, lleno de miedo. Hasta que uno de los bogadores se vino para mí. Yo le hacía mil señas que apretase el paso, y que no hiciese ruido. Ya que llegó con el dedo le apunté a la fiera. Miró y dijo: No que es un perico ligero. No tenga Padre miedo, que no hace daño a nadie.

Él tomó mi bordón, y lo hizo encaramar en él, y lo sacó del monte y lo llevamos al rancho a que todos lo vieran. Nos dijeron que come cogollitos del monte y que canta de noche. Pues ¿dónde lo pondremos y lo llevaremos? Padres, dijeron, para salir de este rancho no le alcanza toda la noche.

Y es así verdad. Es el animal más torpe de cuantos crió Dios. Para levantar una mano y adelantar un paso, rezando muy despacio Pater Noster, Ave María y Credo, aún no lo ha dado. Lo llevamos, y donde fuimos arranchar a la noche lo pusimos a que se asiera de una rama de un árbol de cacao; él se agarró con la una mano, y así se quedó colgado, y por la mañana asimismo lo hallamos, que todavía no había agarrado siquiera con la otra mano, hasta que lo urgamos, y para encaramarse en la rama se pasó más de media hora. Y lo llaman perico ligero. Por ironía de su torpeza será. Él tiene su fuerza en las uñas, y lo que agarra con ellas con dificultad se lo pueden sacar. Su canto es “gue, gue, gue, formando sol, mí, ut. Allí lo dejamos, porque por la noche oímos cantar muchísimos en el monte. Y su carne se la comen los indios.

Dos días antes de llegar a Mompós a mano derecha entra a la Magdalena un río que lo llaman Cauca, río tan grande como casi la mitad de la Magdalena, él dicen que sale de la cordillera, que es sierra nevada, y es su agua tan fría que enfría por espacio de dos días de navegación toda el agua de la Magdalena, y en estos dos días no se lavan ni se mojan los bogadores; pero en todo lo demás lo que hacen es: cuando están más bien sudados de trabajar al pique de sol, que a chorro les cae el sudor, unos toman un pilche de agua y se lo echan a la cabeza. Pilche se llama un medio puro con que comen en lugar de plato, que allí no hay platos sino de plata, y éstos sólo los usan la gente rica. Otros más bárbaros se quitan el camisón y lo mojan en el río, y así chorreando se lo vuelven a poner; y otros con camisón y calzones se echan al río para refrescarse. Verdad es que la agua está muy caliente. Nosotros íbamos por esto muy fastidiosos, mas como digo, dos días antes de llegar a Cauca en verdad que no la podíamos beber de fría, ni conviene, porque suele dar pasmo con tanto calor, y así nos la templaban en el caño de alguna quebrada de muchísimas que hay de un lado y otro que entran a la Magdalena.

El pescado que por lo común da el río, a más de la muchísima tortuga, son bagres, barbudos, nicuros, sardinas, garlopas, bufeos, rayas y temblones. Todos estos explicaré cuando llegue al Putumayo como son, que allí abundan más. Aquí sólo digo que al arranchar, inmediatamente se ponían a pescar para nuestra cena, y de allí ellos después de haber cenado en las playas o en el monte armaban una grande hoguera resguardo contra los tigres que con la candela no se atreven a embestir y de ahí cenaban su carne, y los más la mayor parte de la noche pescaban, y se lo comían asado con mucho ají sin sal. Los más de ellos traen su toldito de tocuyo, tan chico que sólo cabe un encurrucado, resguardo contra los mosquitos. Hay tanta plaga de estos, que era preciso que los dos de nosotros a quienes tocaba la culata de la tolda y la boca, estuviesen de continuo aventándolos con una rama. Hay otros más grandes que llaman zancudos; y estos donde pican dejan semilla y se concría un gusano tamaño como un gusano de seda. A mí me picaron dos en una pierna en la mesa de río Recio, y se me hinchó mucho, tanto que estuve algunos días tendido sin poder andar ni entender qué era la causa, hasta que una vieja me dijo: Padre, esto es picadura de zancudo. Ella me oprimió la pierna y salieron dos gusanos ya del largo de una aguja y de bastante grueso; y hasta la hora presente se conocen los dos taladros. En las haciendas cada mes traen las bestias y reses al corral, y las registran; y donde tienen algún tolondrón lo abren a navaja y les sacan, como yo he visto sacar, unos gusanos que les dije, y a la incisión les untan unto de cerdo sin sal, y con esto sanan.

Hay otros mosquitos que son negros y los llaman rodadores. Éstos no van sino a los ojos, y se entran. Esta es malísima plaga, porque abundan mucho, y el tiempo que usted se refriega el ojo con la mano para sacarlo del ojo, ya en el otro le entra un par de ellos. Estos sólo andan de día, y así es preciso al saltar al monte o a la playa estar siempre venteándose con el pañuelo; y sin embargo le caerá un par de docenas.

Otros hay que llaman jejenes, tan chicos, que usted lo siente que le pica en la mano, lo mira y no lo ve hasta que le saca su gota de sangre. Se parecen a los que crían en el vino, pero son muy más chicos, y estos donde pican dejan una comezón terrible, y si se rasca levantan una roncha terrible. El P. F. Juan Plata, natural de Cantillana en Andalucía, y el P. F. Antonio de Urrea, aragonés natural de Daroca, de rascarse en la comezón el uno en una mano y el otro en una pierna, se les hizo roncha y se les enconó, que les duró bastantes días, hasta que en una casa de un indio se topó la escobilla, que es lo único con que sanan estas ronchas. Escobilla llaman una mata que se parece a la albahaca, sólo que tiene la hoja dos veces que ella más chica. Mascada tiene su sabor dulce, y la llaman escobilla, porque en muchas partes de ellas hacen las escobas.

El que no trae toldo para dormir compone de hojas de platanillo, o achira, a modo de un ataúd con las puntas de un lado y otro bajo la arena, y allí se entra a dormir. Esta casa de este indio que digo de la escobilla es la casa donde hallé la cabeza de un caimán, y entonces viendo que su boca vestía tres vías de dentadura, conté sus colmillos desde la punta del hocico, todo el carrillo 36 en cada vía, que hacen el número por todo de 216. Un día llegamos a arranchar a un pueblecito que llaman San Pedro. Allí en la plaza había una cancha de bolas, y reparé que por delante las casas estaban unas covachitas de guaduas quebradas. Pregunté para que servía aquello, y me respondió un indio, que allí dormían las gallinas para que no las picaran los murciélagos. Y la que pica la mata, como diré al llegar al pueblo de Cuchero.

En la iglesia que había sólo hallamos un simulacro, y entre todos no pudimos averiguar, por lo mal entallado que estaba, si era hombre o mujer. Preguntamos a un indio y nos dijo que era la Virgen de la Concepción. Yo reparé que los pollos y las gallinas no tenían pluma, sólo a la coyuntura de la pierna, sobre la cabeza y en el aletoncito a lo último de las alas tenía unas pocas. Yo pregunté a un indio por qué quitaban las plumas a estas aves, y él me respondió, que no las criaban porque de tanto picotazo que les daban los mosquitos, no les dejaban sacar pluma. Yo viendo que en el pueblo no había mosquito ninguno, y así es que de día en los pueblos y en todo lo que está seco y desmontado no hay, pensando que hablaba de bulla díjele: Hombre, aquí yo no veo mosquito alguno. El respondió: Padre, ahora están ellos en el monte; en anocheciendo verá Vuestra Paternidad si hay mosquitos.

Entre dos luces se armó la mesa para cenar. Apenas nos sentamos cuando oigo que por el monte se venía acercando un ruido como un aguacero. Yo dije: Ya viene aguacero. Pero el indio me respondió: Padre, no es aguacero; son los mosquitos que ya vienen. Ello teníamos pollos asados y huevos escaldados. Yo a la que vi llover sobre mí tanto mosquito, que eran unos pocos que venían por delante a dar el aviso, tomé un huevo, me agaché, y puesta la capilla, a toda prisa me lo comí, y sin embargo, me dieron bastantes piquetes. Yo tenía ya la cama compuesta, y tirado el toldo. Vestido me entré en ella, y adentro me desnudé, atacando el toldo por abajo del colchoncito, y los demás Padres hubieron de desamparar la mesa, y hacer lo mismo, cual con un huevo en la mano, cual con una presa de asado; y los indios comiéndose lo que quedó, y estaban ellos retozando a carcajadas. Yo con el calor hasta por la madrugada no pude dormir, y cuando me tumbó el sueño hube de arrimar la mano contra el toldo. Pues cuando desperté estaban todos los dedos entumecidos de tanto picotazo que me dieron. Me puse al instante tabaco mascado, que es el antídoto que quita la comezón.

A otro pueblo llegamos llamado El Peñón, porque en el desembarcadero delante tiene una grande peña, que, separada y puesta dentro del agua, forma el puerto. Es pueblo todo de indios. Nosotros hasta entonces no habíamos visto hombres del todo desnudos; pero aquí todos iban como su madre los parió, y las indias iban de medio cuerpo abajo con un pedazo de bayeta ceñidas. Digo mujeres para excluir las niñas y mozas solteras, que todas éstas iban como los hombres. El pueblo todo nos salió a recibir en el desembarcadero, y el P. F. Cristóbal Romero, andaluz y natural de Jerez de la Frontera, preguntó: ¿Quién es el alcalde? Y uno de ellos, con la vara en la mano, con una cinta carmesí, dijo: Padre, yo soy el alcalde y superior de este pueblo. Nos cayó tanto en gracia ver la fantasía que mostraba con la vara y desnudo, que tuvimos bien que reír.

A otro pueblo llegamos, que llaman el Alto del Rey, y ya que nos hubimos arranchado, a poco rato vino el cura. Esto era general en todos los pueblos; y aquella noche predicar y confesar la gente, que traíamos licencia para ello. Estábamos pues pallando, cuando oímos una partida de guaguas y cholos venir gritando. Guagua llaman a los niños y niñas hasta siete años. De ahí para arriba a las niñas llaman guambra, y en empezando a tener jujos (esto es) tetas, las llaman china. A los niños de siete años para arriba llaman cholo, y de 20 años para arriba llaman runa. Y al nacer algún varón lo llaman cari, y a la niña guagua. Esto asentado digo, que venían gritando guaguas y cholos, y lo que decían era: Que viene el caimán. Es el caso que en este pueblo un caimán se había cebado, y se había comido una china y un cholo, yendo al río por agua: y ya cebado se salía a tierra e iba por el pueblo muchas veces a ver si podía coger alguna criatura. A los gritos de los niños, al instante se levantó todo el pueblo gritando todos hombres y mujeres, que viene el caimán, y al mismo tiempo yéndose todos al monte. Ello nos dio bastante susto, porque el cura se inmutó mucho. Yo salí afuera y pregunté dónde estaba, y todavía estaba en el río sobreaguado, y él tendría 7 u 8 varas de largo. Yo tomé una escopeta que traíamos y le eché un balazo. Él se zambulló y no lo volvimos a ver. Pero fue menester que el cura se fuese al monte a traer la gente.

Llegamos pues a Mompós, que es una buena villa muy grande, que tendrá de 4 a 5 mil criaturas de todo género: españoles, blancos, criollos, mestizos, negros, etc. Nos hospedamos en el convento, que no tenía sino 4 sacerdotes y el guardián. Hube de encontrar aquí tres paisanos: el uno llamado don Antonio Fullana, que tenía una tienda de mercancía y estaba acomodado. Éste cogió a otro mocito por ser mallorquín y le servía de cajero. Él me conoció, porque en la villa de Soller en Mallorca, yo recién ordenado fui allí de predicador conventual, y él era hijo del médico del convento, y lo llamaban el médico Xorc. Avisó a su patrón, el cual me vino a ver, y me dio noticia del otro, el cual era casado en Mompós, y tenía un tigre en su casa. Yo que hasta entonces no había visto tigres, le dije que lo quería ver. Quedamos acordes que el otro día, que era el miércoles de la Semana Santa al amanecer el día vendría, e iríamos a ver el tigre.

Mompós es de los parajes más calientes que yo he visto. Hace 6 veces más calor sin inmutación todo el año que en España en medio de la canícula. Cae en la mitad del río de la Magdalena de Cartagena hasta Honda. Todo monte cerrado, donde no se ha visto jamás un soplo de viento, y en clima a menos de 10 grados de altura del Polo. Propiamente es un infierno chico. Por las noches no se podía parar en la cama; quitaba el colchón, menos; me quitaba la túnica, tampoco; me ponía desnudo sobre los ladrillos, y no podía parar. De estos calores nos salió a todos un sarpullido como sarna en todo el cuerno, con una comezón que nos traía locos. Vino pues el paisano don Antonio al amanecer, que yo acababa de decir misa, y con el P. Urrea, ya citado, nos fuimos a ver el tigre. Hubo de ser un cachorrillo que todavía no tenía un mes, ni se podía aguantar en pie. Él propiamente un gato con sus manchitas negras. Yo le hice dar un pedacito de carne, y acercándosela con el pie, él se espeluzó el cuerpo, y erizando el pelo, me echó 2 o 3 bufidos, diciendo “fu, fu, fu” que me asustó. Entonces dije yo: Si tú tan tierno y obras así, qué será en siendo grande. 

Salió la señora arrebosada con un reboso de bretaña, nos saludó y me dijo: Padre, válgame Dios y qué frío hace. El sudor nos caía de hilo en hilo, y ella tenía frío. Es que era hija de aquella tierra; todavía no había salido el sol, y para ella hacía frío, cuando nosotros no podíamos aguantar el bochorno que despide la tierra. En Mompós paramos hasta el 3º  día de Pascua. Y nos avió el marqués de Santa Coha con dos canoas las más grandes del río, que a la mayor la llamaban El Gran Diablo, y era menester 30 indios bogadores para menearlo; y es que los champanes que nosotros traíamos no pueden navegar en el río, sino desde la Barranca hasta Mompós. Y de aquí hasta Honda con canoas.

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