INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO XXVII


 
Contiene lo que me pasó en la ciudad de lima hasta que llegué por fin a España en Cádiz.


 

Llegué a Lima el día 25 de marzo, y fui bien recibido del Provincial y Guardián, y el otro día de mañana fui al palacio del Virrey, y me vi con don Jaime, el cual me dijo que ya me empezaba a tardar, porque ya la fragata estaba lista para ponerse a la vela, y que no tenía día seguro; y que el día anterior se había ya partido el Matamoros. Con esto me fui al almacén de la fragata, y me vi con el maestre, el cual me dijo que sólo aguardaban unos fardos de lana que en breve vendrían, y que luego partiríamos.

Ya con esto pasé a la recolección de San Diego y me vi con el Padre Parra, que era el Procurador del colegio de Ocopa, y le dije cómo venía de las misiones del río de Guanuco, y que en Ocopa había dejado en poder del Guardián casi todos mis trastes y cinco bestias y 150 pesos; que desde Cuchero le había escrito para que me lo remitiese a Lima lo más pronto posible, porque instaba ya el tiempo de embarcarme; y que habiendo pasado ya 38 días, todavía no me lo había remitido. Que ya el viaje, según me acababa de decir el maestre de la fragata, no tardaría muchos días; y que en suposición que no habían de aguardar por mí, le estimaría, que si a tiempo proporcionado no llegaba la remisión del Guardián de Ocopa, que él me diese el importe para proveerme de lo necesario para mi viaje, y que podría reemplazar el gasto con lo que de Ocopa me remitiese el Guardián.

Él respondió a mi propuesta que no sabía nada, y que sin orden del Guardián de Ocopa no podía darme nada. Yo por más razones que le allegué, no lo pude reducir a que me diese cosa alguna; viendo que ya instaba el viaje, me valí del Guardián de la casa grande, el cual le aseguré haber visto mis cinco bestias cuando pasé a Ocopa, y así que era muy justo, supuesto que éstas llegarían a su poder, que me diese el importe de ellas supuesto que instaba ya mi viaje para aperarme de lo más necesario. De esto resulté darme media docena de camisas dos pares de zapatos, tres pares de medias de hilo y otro de algodón. Dos calzones de pañete forrados en bayeta; dos pañuelos de color, un bote de 6 libras de tabaco; doce bollos de cacao molido de a libra; 6 libras de mate; un pan de azúcar de una arroba; un colchón, dos sábanas de tocuyo y una manta. Y no le pude sacar nada más, sino que se ciñó que si después que yo me fuese, el Guardián de Ocopa le mandase lo que yo relataba, que me lo remitiría á Cádiz al Padre Viceprefecto o Comisario de misiones.

Aquellos días anteriores había sucedido en Lima la muerte ejemplar del padre Pache. Éste fue un mozo andaluz, que rodando por el Perú, vino a dar a Lima. Lo tomó en su casa un mercader andaluz, y viendo que tenía buenas costumbres, le fié una partida de dinero con el cual él se ingenió y granjeó alguna cosa. Con la destrucción del Callao, dejó el mundo, y de pronto remitió a España a su gente parte de su caudal, y lo demás lo repartió a pobres, y tomé el hábito de religioso lego en nuestra recolección de Lima. Ya que profesé, emprendió la limosna de la ciudad, la que con su buen ejemplo se aumentó mucho, y obtuvo licencia de los Superiores para dar de limosna parte a pobres, y parte a los encarcelados.

Ello desde el día que profesó, jamás nadie le vio sentado sino en pie o arrodillado. Jamás comió hasta la noche, después de haber servido a la comunidad y fregado en la cocina. Entonces le ponía el cocinero sobre de una mesa lo (que) quería, y él en pie comía cuatro bocados, y se retiraba a una celdita que tenía. Se confesaba y comulgaba dos veces a la semana. Don Francisco Argumanis me contó que un día a la tarde fue el dicho religioso a un juego de truco a pedir como acostumbraba limosna, y su modo de pedir en todas partes no era con santimonia ni con megos, sino al modo del hablar andaluz. Vamos, vamos con esta limosna. Pero parecía que tenía imperio en la bolsa de todos, y nadie le negaba lo que tan sin atractivo pedía, y se le ajustó la cuenta que en 12 años había entrado en poder del Síndico sobre catorce mil pesos a beneficio de la comunidad, y que era mucho más lo que había él repartido a pobres, enfermos y encarcelados.

Este pues día, como ya le habían notado que jamás se sentaba, uno de los chapetones que allí jugaban al truco le dijo: Padre Pache, siéntese usted. Él no quiso sentarse. Entonces díjole el chapetón: Si no se sienta usted un rato, no hay limosna alguna, y bien puede irse; y si se sienta, le daré 25 pesos. Él no quiso sentarse, y se fue; pero a poco rato volvió allá, y haciéndole la misma instancia, por fin se sentó cosa de una avemaría y se volvió a levantar, y el sujeto le dio los 25 pesos, y todos los demás le dieron un peso cada uno. Y esta sola vez lo vieron sentado en todo el tiempo que fue religioso.

Un par de semanas antes que yo llegase a Lima murió, y a la voz de su muerte se conmovió todo Lima, y fue muy exorbitante el concurso. Antes de sacarlo a la iglesia fue preciso remudarle tres hábitos, porque se lo cortaban como reliquia. Hubo muchos empeños para obtener alguna cosa de las pocas alhajas que tenía. El señor Virrey, para atacar la indiscreta devoción, mandó una compañía de soldados que guardasen el cuerpo, y sin embargo atropelló el concurso, y le cortaron el cordón, del cual tenía este don Francisco Argumanis un pedazo. Le cortaron el hábito hasta las rodillas; le cortaron el pelo, las uñas, y algunos pedazos de los dedos de las manos y pies, y por ello apresuraron los religiosos el entierro.

Pero sin embargo el Virrey y la ciudad le hicieron un día de exequias con mucha pompa, y predicó sus virtudes un religioso catalán, algo, como decían, pariente del Virrey, de la casa grande de San Francisco, y yo lo conocí y hablé varias veces. No me acuerdo su nombre. El señor arzobispo y el cabildo le hizo otro día de honras, y el gremio de los mercaderes otro día. Varios religiosos y seglares atestiguaron haber sentido en su celda y en la iglesia muy suave fragancia que despedía su difunto cuerpo; pero para mí lo más particular fue la común conmoción y aclamación pública de todos de su santidad.

El día último de marzo a las 7 de la noche nos hicimos a la vela del puerto del Callao con próspero viento mar afuera, y ya por la mañana no descubrimos la tierra, y poco a poco nos alejamos de ella 200 leguas, y no la volvimos a ver hasta que montamos Cabo de Hornos. Ya desde la altura de Chile para adelante entramos en clima frío, y éste fue siempre aumentando hasta que ya habiendo montado Cabo de Hornos, bajamos algunos grados más abajo de la altura de Buenos Aires, ya pasados del Mar del Sur al Mar del Norte, y al mismo tiempo se nos fue retirando tanto el sol, que en Cabo de Hornos nos salía el sol a las diez y tres cuartos, y se ponía a las dos y tres cuartos, y así no teníamos más que cuatro horas de día. Nosotros montamos hasta 65 grados de altura, y un piloto viejo vizcaíno nos dijo que si subiésemos dos grados más, ya no hubiéramos visto el sol ni poco ni mucho; pero que en la estación contraria del año, en aquel mismo paraje apenas se pierde el sol de vista porque cuando se entró por una parte, ya a poco rato vuelve a salir por la otra; y con los dos solos arreboles, nunca es noche, y afirmaba haber leído en un libro sin descontinuar la leyenda por oscuridad desde que se ponía el sol hasta que volvía a salir, y esto muchas veces.

Cuatro días antes de llegar a descubrir dos islas que hay sobre Cabo de Hornos, que llaman las Islas de Fuego, se reparó una cosa que es que en Lima se embarcaron 70 vacas y novillos, 400 carneros y 300 gallinas y pollos. Todos estos animales desde que salimos del Callao se notó que todos iban con la cabeza vuelta, y mirando hacia Lima; ya breves días ya no balaron ni mugieron; pero sí los gallos siempre cantaron a sus horas acostumbradas de la verdadera media noche, mediodía y madrugada. Ya veces este viejo piloto, al oírlos cantar, solía decir: Cállate la boca, mentiroso. Pero nosotros varias veces con los relojes que varios traían, averiguamos que los gallos cantaban a las horas de la altura de Lima sin alterar las horas dichas, fuera allí donde estábamos de día o de noche. Cuatro pues días antes de descubrir estas islas se revolvieron hacia ellas todos estos animales, y empezaron a mugir y a balar, y se hizo el juicio que teníamos tierra cerca, y la experiencia cuando descubrimos estas islas, nos enseñó que ya estos animales cuatro días antes de llegar, ya lo habían conocido.

Están estas dos islas cosa de una legua de distancia una de la otra. La una tendrá unas tres leguas y la otra cinco. Son tierra muy alta y montuosa, y están habitadas de indios gentiles, y con balsas de palos pasan los indios de la una a la otra. Este piloto vizcaíno había estado cuando mozo en la mayor, que tiene un buen puerto. Contó que una tempestad les desbarató la fragata con que de Lima se volvían para España, y viéndose casi perdidos por la mucha agua que hacía, vinieron a dar a esta isla y se vararon. Sacaron toda la carga, y deshicieron la fragata, y de ellos trazaron un barco y se vinieron a Buenos Aires. A los primeros días lo repararon los indios, y se vinieron armados a defender su tierra; pero viendo que los españoles se acordillaron y les salían al encuentro se huyeron. Mas al otro día se juntaron todos y se vinieron armados de arco y flechas, y ya que estuvieron en el llano, aviaron a las mujeres y niños a un cerro alto, y ellos se vinieron acordillados hacia los españoles, que también ya armados y acordillados los salieron a recibir.

Mas antes de llegar a tiro, todos a un tiempo levantaron los indios en alto los arcos y flechas, y todos a un tiempo las pusieron en tierra, dando a entender seña de paz. Los españoles hicieron lo mismo, y con ello vinieron a parlamento; pero como no se entendían, con señas fue preciso hablar. Los españoles les regalaron de galletas, y fue lo que ellos más apreciaron. Diéronles también vino y aguardiente y carne. Ellos les trujeron plátanos y otras varias frutas, maíz, cazabe, y cuatro meses que allí se detuvieron, les trujeron muchos venados de que abunda mucho la isla, y les venían a pescar mucho pescado; y cuando se partieron, se llevaron dos a Buenos Aires. Lástima que se pierda esta gente; y yo tuve deseo que hubiéramos arrimado allá, y si hubiera sucedido, estaba en resolución de quedarme allí, remitiendo una carta al General a Madrid, para que de Buenos Aires me hubieran socorrido de lo necesario, y juntamente de algunos compañeros.

Al doblar el Cabo de Hornos, entró el temor de las bancas, que son unos cerros de hielo y nieve que se cuaja sobre el agua en forma de unas grandes islas, y el mar con su corriente las lleva hasta más abajo de Buenos Aires, que es la seña más baja adonde se han encontrado. Uno de los pilotos andaluz dijo que una vez viniendo de Lima, amanecieron entre tres bancas muy grandes, y se vieron con bastante riesgo para salir. Y hay bastantes experiencias de haberse perdido varios navíos por haber dado de noche contra estas bancas. Decían los pilotos que éstas se crían en la costa antes de Magallanes en los peñascos, y que con el peso se caen en el mar, y como tienen a veces diez y doce leguas de ancho, se quedan sobreaguadas. Pero yo nunca lo creí sino que es el mar que allí se hiela, y sobre el hielo se amontona la nieve, y cuando el mar quiebra el hielo, es que van andando sobreaguadas estas bancas, y esto es lo más natural.

Andan por allí unos pájaros que llaman pamperos a la forma de un halcón con pintas atabacadas, y ellos anochecen en el mar, y allí duermen. Andan por allí muchísimas ballenas, y cada día amanecíamos arrodados de ellas, cada una de mayor cuerpo que la fragata, y al doble de larga. Muchos delfines y taurones, y de éstos y dorados se cogieron muchos y también bonitos.

Ya que estuvimos a las señas de Buenos Aires, se templó algo el frío, y sanamos de los sabañones que nos molestaron mucho, con tan destemplado frío, que nos golpeábamos todo el día sin poder entrar en calor, ni aun bien arropados en la cama. Un poco más abajo encontramos una fragata de España, que iba para Buenos Aires. Vino a parlamento y dijo que había tres meses y once días que faltaba de Cádiz, y se consideraba 100 leguas mar afuera de la tierra. El piloto le respondió que nosotros nos considerábamos 200 leguas mar afuera de la tierra, y nos despedimos con un viva el Rey. Ello unos días antes nos había cargado una noche un temporal de viento, y por la mañana nos vinieron a bordo dos pajaritos de estos que cazan moscas, tan maltratados y cansados, que los muchachos los cogieron, y lo que es más, tres mariposas, una blanca y dos amarillas, que la fuerza del temporal debió arrancarlas con violencia de la costa, y ya perdido el tino, encontraron con nosotros. A los cinco días topamos con un barco portugués que iba para Rio de Janeiro. Se le puso la bandera cerrada, seña de que viniese a bordo, pero no se dio por entendido, y se fue de camino. Aquellos días nos vino a bordo varios fragmentos de mastilero, seña de que algún barco había naufragado, y también topamos una ballena muerta y sobreaguada que los pájaros marinos y muchos taurones se la iban comiendo. Ya que estuvimos a la altura de la Martinica, un día nos vino a bordo una manga. Yo no la vi, porque dormía la siesta.

Pero el otro día vi otra que estaría dos leguas de la fragata. Manga se llama un nublado, que de mayor a menor forma una anega, y remata en punta. Esta punta es la que baja al mar y se chupa el agua. Esta no la vi cómo se bebía el agua, porque la punta de este nublado no llegaba al agua de más de 50 varas, y levantó un brazo de agua a lo que parecía de más cuerpo que el cuerpo de un hombre. Así se estuvo bebiendo más de dos horas. Se cargaron dos cañones para tirarle, si se acercaba, porque contaron que había varias experiencias, que viniendo echando el agua a chorro, haber puesto en grave peligro algunos barcos. Y otras veces haber venido y haberse llevado algunos hombres y cuanto movible se hallaba en cubierta. Yo lo creí, porque vi que esta manga, ya que hubo bebido, se fue sobre viento y estuvo otro tanto tiempo echando un brazo de agua muy grande. Y otras veces haberse llevado algún hombre de algún barco, y haberlo ido a poner sin daño muchas leguas dentro de tierra. Allí se levantaron varias habladijas de que estas mangas eran cosa viva; otros que decían que era cosa del diablo; y otros que decían que era cosa de brujería. Yo lo que creo es que es cosa natural como un torbellino, que yo he visto llevarse en la plaza de Cajamarca varios canastos de las indias que allí vendían, y trasponerlos más de 20 pasos lejos.

Ya que estuvimos entre Canarias y España, nos cayó en una tempestad un rayo en esta forma. Del primer golpe se llevó las tres perillas que había sobre las tres garimpolas, y éstas no volvieron a aparecer. Después bajó por el mastilero del trinquete, y lo chamuscó, y le quitó una astilla de tres cuartas. Al pie del mastilero estaban sentados tres marineros, y vara y media más arriba había un cuadrito de Santa Rosa, pintado en tabla de pino. El rayo lo partió en tres pedazos, y pasando por entre la capa del mastilero y la espalda de los marineros vino a salir por bajo de sus pies, y por entre la gente que estaba en cubierta pasó sin dañar a nadie, y fue a dar a un cuadrito de la Virgen pintado en hoja de lata, que estaba en el portal de la cámara, y le hizo siete taladros, y lo chamuscó todo; y entrándose por entre puentes, fue de popa a proa dos veces sin dañar a nadie, y saliendo por la escotilla mayor, fue a dar por encima de un cañón de proa, y chamuscó toda la cuerda de los aparejos con que estaba guindado, y saliendo por la portañuela, se fue y reventó unas 30 varas lejos. Todo esto sucedió a las 2 de la tarde en breve rato, y el hedor de azufre duró hasta la noche día 12 de noviembre; y el día 17 llegamos a Cádiz habiendo andando sobre nueve mil leguas desde el Callao de Lima hasta Cádiz en siete meses menos pocos días, con que doy fin a la historia de mi viaje, lo que sirva para gloria de Dios y aviso de obreros apostólicos— Amén.

SOLI DEO HONOR ET GLORIA.— AMEN.

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