CAPÍTULO XXVII
Contiene lo que me pasó en la ciudad de lima hasta que llegué por
fin a España en Cádiz.
Llegué a Lima el día 25 de marzo, y fui bien recibido del
Provincial y Guardián, y el otro día de mañana fui al palacio del
Virrey, y me vi con don Jaime, el cual me dijo que ya me empezaba a
tardar, porque ya la fragata estaba lista para ponerse a la vela, y
que no tenía día seguro; y que el día anterior se había ya partido
el Matamoros. Con esto me fui al almacén de la fragata, y me vi con
el maestre, el cual me dijo que sólo aguardaban unos fardos de lana
que en breve vendrían, y que luego partiríamos.
Ya con esto pasé a la recolección de San Diego y me vi con el
Padre Parra, que era el Procurador del colegio de Ocopa, y le dije
cómo venía de las misiones del río de Guanuco, y que en Ocopa había
dejado en poder del Guardián casi todos mis trastes y cinco bestias
y 150 pesos; que desde Cuchero le había escrito para que me lo
remitiese a Lima lo más pronto posible, porque instaba ya el tiempo
de embarcarme; y que habiendo pasado ya 38 días, todavía no me lo
había remitido. Que ya el viaje, según me acababa de decir el
maestre de la fragata, no tardaría muchos días; y que en suposición
que no habían de aguardar por mí, le estimaría, que si a tiempo
proporcionado no llegaba la remisión del Guardián de Ocopa, que él
me diese el importe para proveerme de lo necesario para mi viaje, y
que podría reemplazar el gasto con lo que de Ocopa me remitiese el
Guardián.
Él respondió a mi propuesta que no sabía nada, y que sin orden
del Guardián de Ocopa no podía darme nada. Yo por más razones que
le allegué, no lo pude reducir a que me diese cosa alguna; viendo
que ya instaba el viaje, me valí del Guardián de la casa grande, el
cual le aseguré haber visto mis cinco bestias cuando pasé a Ocopa,
y así que era muy justo, supuesto que éstas llegarían a su poder,
que me diese el importe de ellas supuesto que instaba ya mi viaje
para aperarme de lo más necesario. De esto resulté darme media
docena de camisas dos pares de zapatos, tres pares de medias de
hilo y otro de algodón. Dos calzones de pañete forrados en bayeta;
dos pañuelos de color, un bote de 6 libras de tabaco; doce bollos
de cacao molido de a libra; 6 libras de mate; un pan de azúcar de
una arroba; un colchón, dos sábanas de tocuyo y una manta. Y no le
pude sacar nada más, sino que se ciñó que si después que yo me
fuese, el Guardián de Ocopa le mandase lo que yo relataba, que me
lo remitiría á Cádiz al Padre Viceprefecto o Comisario de
misiones.
Aquellos días anteriores había sucedido en Lima la muerte
ejemplar del padre Pache. Éste fue un mozo andaluz, que rodando por
el Perú, vino a dar a Lima. Lo tomó en su casa un mercader andaluz,
y viendo que tenía buenas costumbres, le fié una partida de dinero
con el cual él se ingenió y granjeó alguna cosa. Con la destrucción
del Callao, dejó el mundo, y de pronto remitió a España a su gente
parte de su caudal, y lo demás lo repartió a pobres, y tomé el
hábito de religioso lego en nuestra recolección de Lima. Ya que
profesé, emprendió la limosna de la ciudad, la que con su buen
ejemplo se aumentó mucho, y obtuvo licencia de los Superiores para
dar de limosna parte a pobres, y parte a los encarcelados.
Ello desde el día que profesó, jamás nadie le vio sentado sino
en pie o arrodillado. Jamás comió hasta la noche, después de haber
servido a la comunidad y fregado en la cocina. Entonces le ponía el
cocinero sobre de una mesa lo (que) quería, y él en pie comía
cuatro bocados, y se retiraba a una celdita que tenía. Se confesaba
y comulgaba dos veces a la semana. Don Francisco Argumanis me contó
que un día a la tarde fue el dicho religioso a un juego de truco a
pedir como acostumbraba limosna, y su modo de pedir en todas partes
no era con santimonia ni con megos, sino al modo del hablar
andaluz. Vamos, vamos con esta limosna. Pero parecía que tenía
imperio en la bolsa de todos, y nadie le negaba lo que tan sin
atractivo pedía, y se le ajustó la cuenta que en 12 años había
entrado en poder del Síndico sobre catorce mil pesos a beneficio de
la comunidad, y que era mucho más lo que había él repartido a
pobres, enfermos y encarcelados.
Este pues día, como ya le habían notado que jamás se sentaba,
uno de los chapetones que allí jugaban al truco le dijo: Padre
Pache, siéntese usted. Él no quiso sentarse. Entonces díjole el
chapetón: Si no se sienta usted un rato, no hay limosna alguna, y
bien puede irse; y si se sienta, le daré 25 pesos. Él no quiso
sentarse, y se fue; pero a poco rato volvió allá, y haciéndole la
misma instancia, por fin se sentó cosa de una avemaría y se volvió
a levantar, y el sujeto le dio los 25 pesos, y todos los demás le
dieron un peso cada uno. Y esta sola vez lo vieron sentado en todo
el tiempo que fue religioso.
Un par de semanas antes que yo llegase a Lima murió, y a la voz
de su muerte se conmovió todo Lima, y fue muy exorbitante el
concurso. Antes de sacarlo a la iglesia fue preciso remudarle tres
hábitos, porque se lo cortaban como reliquia. Hubo muchos empeños
para obtener alguna cosa de las pocas alhajas que tenía. El señor
Virrey, para atacar la indiscreta devoción, mandó una compañía de
soldados que guardasen el cuerpo, y sin embargo atropelló el
concurso, y le cortaron el cordón, del cual tenía este don
Francisco Argumanis un pedazo. Le cortaron el hábito hasta las
rodillas; le cortaron el pelo, las uñas, y algunos pedazos de los
dedos de las manos y pies, y por ello apresuraron los religiosos el
entierro.
Pero sin embargo el Virrey y la ciudad le hicieron un día de
exequias con mucha pompa, y predicó sus virtudes un religioso
catalán, algo, como decían, pariente del Virrey, de la casa grande
de San Francisco, y yo lo conocí y hablé varias veces. No me
acuerdo su nombre. El señor arzobispo y el cabildo le hizo otro día
de honras, y el gremio de los mercaderes otro día. Varios
religiosos y seglares atestiguaron haber sentido en su celda y en
la iglesia muy suave fragancia que despedía su difunto cuerpo; pero
para mí lo más particular fue la común conmoción y aclamación
pública de todos de su santidad.
El día último de marzo a las 7 de la noche nos hicimos a la vela
del puerto del Callao con próspero viento mar afuera, y ya por la
mañana no descubrimos la tierra, y poco a poco nos alejamos de ella
200 leguas, y no la volvimos a ver hasta que montamos Cabo de
Hornos. Ya desde la altura de Chile para adelante entramos en clima
frío, y éste fue siempre aumentando hasta que ya habiendo montado
Cabo de Hornos, bajamos algunos grados más abajo de la altura de
Buenos Aires, ya pasados del Mar del Sur al Mar del Norte, y al
mismo tiempo se nos fue retirando tanto el sol, que en Cabo de
Hornos nos salía el sol a las diez y tres cuartos, y se ponía a las
dos y tres cuartos, y así no teníamos más que cuatro horas de día.
Nosotros montamos hasta 65 grados de altura, y un piloto viejo
vizcaíno nos dijo que si subiésemos dos grados más, ya no
hubiéramos visto el sol ni poco ni mucho; pero que en la estación
contraria del año, en aquel mismo paraje apenas se pierde el sol de
vista porque cuando se entró por una parte, ya a poco rato vuelve a
salir por la otra; y con los dos solos arreboles, nunca es noche, y
afirmaba haber leído en un libro sin descontinuar la leyenda por
oscuridad desde que se ponía el sol hasta que volvía a salir, y
esto muchas veces.
Cuatro días antes de llegar a descubrir dos islas que hay sobre
Cabo de Hornos, que llaman las Islas de Fuego, se reparó una cosa
que es que en Lima se embarcaron 70 vacas y novillos, 400 carneros
y 300 gallinas y pollos. Todos estos animales desde que salimos del
Callao se notó que todos iban con la cabeza vuelta, y mirando hacia
Lima; ya breves días ya no balaron ni mugieron; pero sí los gallos
siempre cantaron a sus horas acostumbradas de la verdadera media
noche, mediodía y madrugada. Ya veces este viejo piloto, al oírlos
cantar, solía decir: Cállate la boca, mentiroso. Pero nosotros
varias veces con los relojes que varios traían, averiguamos que los
gallos cantaban a las horas de la altura de Lima sin alterar las
horas dichas, fuera allí donde estábamos de día o de noche. Cuatro
pues días antes de descubrir estas islas se revolvieron hacia ellas
todos estos animales, y empezaron a mugir y a balar, y se hizo el
juicio que teníamos tierra cerca, y la experiencia cuando
descubrimos estas islas, nos enseñó que ya estos animales cuatro
días antes de llegar, ya lo habían conocido.
Están estas dos islas cosa de una legua de distancia una de la
otra. La una tendrá unas tres leguas y la otra cinco. Son tierra
muy alta y montuosa, y están habitadas de indios gentiles, y con
balsas de palos pasan los indios de la una a la otra. Este piloto
vizcaíno había estado cuando mozo en la mayor, que tiene un buen
puerto. Contó que una tempestad les desbarató la fragata con que de
Lima se volvían para España, y viéndose casi perdidos por la mucha
agua que hacía, vinieron a dar a esta isla y se vararon. Sacaron
toda la carga, y deshicieron la fragata, y de ellos trazaron un
barco y se vinieron a Buenos Aires. A los primeros días lo
repararon los indios, y se vinieron armados a defender su tierra;
pero viendo que los españoles se acordillaron y les salían al
encuentro se huyeron. Mas al otro día se juntaron todos y se
vinieron armados de arco y flechas, y ya que estuvieron en el
llano, aviaron a las mujeres y niños a un cerro alto, y ellos se
vinieron acordillados hacia los españoles, que también ya armados y
acordillados los salieron a recibir.
Mas antes de llegar a tiro, todos a un tiempo levantaron los
indios en alto los arcos y flechas, y todos a un tiempo las
pusieron en tierra, dando a entender seña de paz. Los españoles
hicieron lo mismo, y con ello vinieron a parlamento; pero como no
se entendían, con señas fue preciso hablar. Los españoles les
regalaron de galletas, y fue lo que ellos más apreciaron. Diéronles
también vino y aguardiente y carne. Ellos les trujeron plátanos y
otras varias frutas, maíz, cazabe, y cuatro meses que allí se
detuvieron, les trujeron muchos venados de que abunda mucho la
isla, y les venían a pescar mucho pescado; y cuando se partieron,
se llevaron dos a Buenos Aires. Lástima que se pierda esta gente; y
yo tuve deseo que hubiéramos arrimado allá, y si hubiera sucedido,
estaba en resolución de quedarme allí, remitiendo una carta al
General a Madrid, para que de Buenos Aires me hubieran socorrido de
lo necesario, y juntamente de algunos compañeros.
Al doblar el Cabo de Hornos, entró el temor de las bancas, que
son unos cerros de hielo y nieve que se cuaja sobre el agua en
forma de unas grandes islas, y el mar con su corriente las lleva
hasta más abajo de Buenos Aires, que es la seña más baja adonde se
han encontrado. Uno de los pilotos andaluz dijo que una vez
viniendo de Lima, amanecieron entre tres bancas muy grandes, y se
vieron con bastante riesgo para salir. Y hay bastantes experiencias
de haberse perdido varios navíos por haber dado de noche contra
estas bancas. Decían los pilotos que éstas se crían en la costa
antes de Magallanes en los peñascos, y que con el peso se caen en
el mar, y como tienen a veces diez y doce leguas de ancho, se
quedan sobreaguadas. Pero yo nunca lo creí sino que es el mar que
allí se hiela, y sobre el hielo se amontona la nieve, y cuando el
mar quiebra el hielo, es que van andando sobreaguadas estas bancas,
y esto es lo más natural.
Andan por allí unos pájaros que llaman pamperos a la forma de un
halcón con pintas atabacadas, y ellos anochecen en el mar, y allí
duermen. Andan por allí muchísimas ballenas, y cada día amanecíamos
arrodados de ellas, cada una de mayor cuerpo que la fragata, y al
doble de larga. Muchos delfines y taurones, y de éstos y dorados se
cogieron muchos y también bonitos.
Ya que estuvimos a las señas de Buenos Aires, se templó algo el
frío, y sanamos de los sabañones que nos molestaron mucho, con tan
destemplado frío, que nos golpeábamos todo el día sin poder entrar
en calor, ni aun bien arropados en la cama. Un poco más abajo
encontramos una fragata de España, que iba para Buenos Aires. Vino
a parlamento y dijo que había tres meses y once días que faltaba de
Cádiz, y se consideraba 100 leguas mar afuera de la tierra. El
piloto le respondió que nosotros nos considerábamos 200 leguas mar
afuera de la tierra, y nos despedimos con un viva el Rey. Ello unos
días antes nos había cargado una noche un temporal de viento, y por
la mañana nos vinieron a bordo dos pajaritos de estos que cazan
moscas, tan maltratados y cansados, que los muchachos los cogieron,
y lo que es más, tres mariposas, una blanca y dos amarillas, que la
fuerza del temporal debió arrancarlas con violencia de la costa, y
ya perdido el tino, encontraron con nosotros. A los cinco días
topamos con un barco portugués que iba para Rio de Janeiro. Se le
puso la bandera cerrada, seña de que viniese a bordo, pero no se
dio por entendido, y se fue de camino. Aquellos días nos vino a
bordo varios fragmentos de mastilero, seña de que algún barco había
naufragado, y también topamos una ballena muerta y sobreaguada que
los pájaros marinos y muchos taurones se la iban comiendo. Ya que
estuvimos a la altura de la Martinica, un día nos vino a bordo una
manga. Yo no la vi, porque dormía la siesta.
Pero el otro día vi otra que estaría dos leguas de la fragata.
Manga se llama un nublado, que de mayor a menor forma una anega, y
remata en punta. Esta punta es la que baja al mar y se chupa el
agua. Esta no la vi cómo se bebía el agua, porque la punta de este
nublado no llegaba al agua de más de 50 varas, y levantó un brazo
de agua a lo que parecía de más cuerpo que el cuerpo de un hombre.
Así se estuvo bebiendo más de dos horas. Se cargaron dos cañones
para tirarle, si se acercaba, porque contaron que había varias
experiencias, que viniendo echando el agua a chorro, haber puesto
en grave peligro algunos barcos. Y otras veces haber venido y
haberse llevado algunos hombres y cuanto movible se hallaba en
cubierta. Yo lo creí, porque vi que esta manga, ya que hubo bebido,
se fue sobre viento y estuvo otro tanto tiempo echando un brazo de
agua muy grande. Y otras veces haberse llevado algún hombre de
algún barco, y haberlo ido a poner sin daño muchas leguas dentro de
tierra. Allí se levantaron varias habladijas de que estas mangas
eran cosa viva; otros que decían que era cosa del diablo; y otros
que decían que era cosa de brujería. Yo lo que creo es que es cosa
natural como un torbellino, que yo he visto llevarse en la plaza de
Cajamarca varios canastos de las indias que allí vendían, y
trasponerlos más de 20 pasos lejos.
Ya que estuvimos entre Canarias y España, nos cayó en una
tempestad un rayo en esta forma. Del primer golpe se llevó las tres
perillas que había sobre las tres garimpolas, y éstas no volvieron
a aparecer. Después bajó por el mastilero del trinquete, y lo
chamuscó, y le quitó una astilla de tres cuartas. Al pie del
mastilero estaban sentados tres marineros, y vara y media más
arriba había un cuadrito de Santa Rosa, pintado en tabla de pino.
El rayo lo partió en tres pedazos, y pasando por entre la capa del
mastilero y la espalda de los marineros vino a salir por bajo de
sus pies, y por entre la gente que estaba en cubierta pasó sin
dañar a nadie, y fue a dar a un cuadrito de la Virgen pintado en
hoja de lata, que estaba en el portal de la cámara, y le hizo siete
taladros, y lo chamuscó todo; y entrándose por entre puentes, fue
de popa a proa dos veces sin dañar a nadie, y saliendo por la
escotilla mayor, fue a dar por encima de un cañón de proa, y
chamuscó toda la cuerda de los aparejos con que estaba guindado, y
saliendo por la portañuela, se fue y reventó unas 30 varas lejos.
Todo esto sucedió a las 2 de la tarde en breve rato, y el hedor de
azufre duró hasta la noche día 12 de noviembre; y el día 17
llegamos a Cádiz habiendo andando sobre nueve mil leguas desde el
Callao de Lima hasta Cádiz en siete meses menos pocos días, con que
doy fin a la historia de mi viaje, lo que sirva para gloria de Dios
y aviso de obreros apostólicos— Amén.
SOLI DEO HONOR ET GLORIA.— AMEN.