CAPÍTULO XXVI
Contiene lo que me pasó en este viaje hasta que llegué a la ciudad
de Lima.
Salí de Cuchero el día veinte de febrero con mi macho y con otro
de un indio del pueblo, y en tres jornadas llegué al pueblo de
Cinchao y como traía dos indios de Cuchero que me acompañaban, uno
de los cuales me llevaba un calabazo largo, en que llevaba un
calabazo de aguardiente, yo jamás los perdí de vista, y no me
pudieron engañar. Un poco antes de salir del monte, se nos paró una
culebrita de menos de vara, que no tocaba sino con tres dedos en
tierra, y lo demás derecho, y enseñando la lengua con los ojos
encandilados. Pero la matamos. Otra topamos grande al salir de la
quebrada, que escondió sólo la cabeza en una piedra al sentirnos y
la matamos. Otra toche de 6 varas a la subida del tambo que se
engullía un sapo. Lo vomitó y se fue. Al salir de Cinchao, nos
desviamos a la derecha y tomamos el camino de Baños. Íbamos río
arriba y fue preciso pasar de un lado a otro varías veces, y ellos
por no pasar el río, tomaron los desvíos. Entonces me engañaron. Se
bebieron la mayor parte del aguardiente, y metiéronle agua para que
yo no lo conociese. Llegamos temprano a San Francisco, y ellos
llegaron casi borrachos, pero yo no lo malicié
entonces.
Me apeé donde el Alcalde. Él nos dio a todos de beber, y así no
saqué mi calabazo. Mis indios se volvieron a Cinchao con las
bestias. El Alcalde me buscó dos bestias y dos peones para el otro
día. El pueblo es de indios y mestizos; tendrá 30 familias. Su
clima templado. Delante, a cosa de 200 varas, tiene una empinada
serranía de 2 leguas de alta. Arriba hay un pueblo de indios, Santa
Catalina. Es pueblo muy chico, que puede sólo tener unas 80
familias; mas con lo empinado del cerro nos caía muy derecha, y con
tan poca distancia y tanta altura, la gente que del pueblo de San
Francisco allá arriba descubríamos, nos parecía que eran
pigmeos.
Ya el otro día después de haber dicho misa y almorzado, saqué mi
calabazo y dile al Alcalde un trago. Él me dijo al instante: Este
aguardiente o es flaca o ha estado destapada. Yo la probé, y luego
conocí el motivo de haberse querido ir tan temprano mis indios. Con
todo, cargamos y partimos, y a la margen del mismo río por entre
lomas, hasta la tarde que subimos a lo alto de un cerro, y casi a
lo superior nos arranchamos. Era ya aquel clima frío. Ya que vino
la mañana, uno de los peones se revolvió, porque dijo que un
sobrino suyo era el que me había de acompañar. Yo partí con el
otro, y a la tarde, al bajar de una cuesta, nos alcanzó el otro
peón. Nosotros a buena hora nos arranchamos en un llano entre unos
cerros, que llamaban El Aijadero del Obraje, y a la parte de abajo
había unas chozas de indios pastores. Yo envié allá, y por dos
reales me trujeron un borrego grande. Nosotros de la sangre y
asadura cenamos, y asamos todo el borrego para llevar. Ya aquí el
clima era mucho más frío.
Ya que vino el día almorzamos borrego asado y partimos. Así
anduvimos todo el día por entre peñascos escabrosos, hasta que a la
tarde hallamos una manada de carneros y ovejas. Yo pregunté a unos
indios pastores que lo pastoreaban, si por allí cerca había casa en
qué arranchar, porque como era el clima tan rígido, temí de
quedarme en despoblado. Ellos me dijeron que un poco más adelante
estaba su casa. A poco rato nos paramos en una quebrada, y acabamos
de comernos el borrego. Jamás he tenido más gana que este día. Ello
este día entre tres criaturas nos comimos todo el borrego asado. A
poco rato más que anduvimos llegamos a la choza de dos pastores, y
allí nos arranchamos.
Yo entré adentro y hallé un hormiguero de gente de toda edad.
Por toda aquella serranía no hay leña alguna, y como hay mucho
pajonal, con la paja se arma la candela. A poco rato salió un
viejo, y se puso al cuello un rollo de ropa, y tomando un bordón
una de aquellas mujeres, púsole sentado al pescuezo un guagua de
unos tres años, que se agarró de su pelo y salió para afuera. Yo
pregunté a uno de aquellos indios: ¿A dónde va este viejo ahora con
aquella criatura? Él apuntando cerro arriba me dijo: ¿Ve Padre,
aquellos indios? Allá están sacando papas. Allá va todas las tardes
a ver sacar papas, porque él aquí todo lo manda, porque todo es
suyo, y nosotros somos todos sus hijos. Y con mis preguntas
averigüé que la familia se componía de 78 criaturas, y eran todos
unos hijos de otros. El viejo tenía más de 130 años, y tenía allí
siete generaciones de sus hijos.
Esta gente vivía en este despoblado, clima muy frío. Sólo una
vez al año por Semana Santa van al pueblo. Allí todo el año comen
siempre una misma comida que es carne y papas y huevos; y como no
se desmandan jamás en diversidad de comidas, de aquí inferí yo el
vivir tanto y sin enfermedades. Yo a la noche cené muy bien arroz
que traía con salchicha, y un locro de papas. No pude inducir al
viejo a que me vendiese un camero ni un borrego, y se cerró que en
volviendo, me daría uno. Ya que vino el día nos partimos, y todo el
día anduvimos por entre serranía; y ya a la tarde llegamos a un
grande valle, que era un páramo mucho mas frío, todo poblado de
ganado vacuno, y venimos a arranchar en la choza de unos indios.
Ellos tenían mucho queso, y cada uno pesaba 12 libras, y para
cuajar la leche, usaban sólo suero acedo. Aquella noche yo les
compré un gallo y lo asamos para cenar. Y les compré también un
queso fresco en cuatro reales, y casi nos lo comimos todo asado y
frito aquella noche.
Por la madrugada se huyó uno de los indios que me acompañaban, y
se volvió a San Francisco. Por la mañana los indios habían
encerrado becerros, y sacaron leche, y nos dieron cuanta leche
quisimos. Ya a buena hora partimos adelante por el Valle, y cerca
de mediodía salió un toro bravo con el rabo empinado, y empezó a
dar fuertes mugidos y a escarbar tierra con las manos, que me puso
en bastante cuidado, porque poco a poco se venía para nosotros. Yo
picaba la mula cuanto podía, y nuestra fortuna fue que el camino
quebró en la bajada de otro valle más bajo. Ya que estuvimos abajo,
nos hallamos de repente ya en clima caliente, y cerca de mediodía
llegamos a un pueblecito llamado San Marcos. Eran unas 30 casas,
pero no hallamos a nadie en todo el pueblo. Pasamos adelante, y a
la tarde llegamos a un callejón entre dos cerros altos, y allí nos
arranchamos.
A poco rato catay que viene un indiecito de unos 10 años, que
tenía una chocita sobre de un cerrito allí junto. Yo subí allá, y
me dijo que estaba solo y que sus padres estaban en el pueblo. Yo
le dije si tenía papas, y él me dijo que sí, y me sacó una docena
de las que tenía enterradas entre paja, y eran bellísimas. Ello las
asamos y las cenamos aquella noche. Ya que vino la mañana, volvimos
a partir, y al cabo de un par de leguas, subimos a una grande loma,
y encima hallamos un pueblo de indios y mestizos. Serían unas 80
familias, el clima caliente; yo no sé cómo se llama. Nosotros
pasamos de largo, y tomando por encima de la serranía cosa de tres
leguas, bajamos a otro callejón encañonado por entre serranía y ya
clima frío, y llegamos a arranchar a la tarde en el pueblo de
Baños.
Es Baños pueblo de indios y mestizos, y tendrá 500 familias. Su
clima es frío, y está fundado entre dos cerros, largo y estrecho.
Se llama Baños, porque encima de un cerro tiene dos manantiales en
poco distancia el uno del otro. El uno de agua fría, y el otro de
agua caliente, pero sin aliño ninguno. Sólo si hay una choza en
donde hay tres pilas, en donde se bañan los que de varias
provincias van allá a tomar baños; y es voz común que es a
propósito para quitar hinchazones de hidropesía y dolores
gálicos.
Yo me fui a arranchar al Tambo, y al instante vino el Alcalde y
me trujo un pongo y una china. Yo le di dos reales, y el me fue a
traer un borrego, y el pongo fue por agua y leña. Yo me fui a ver
al Padre cura, el cual me hizo un buen agasajo. Me contó que
aquellos días había sucedido que una mestiza casada, mujer de unos
treinta años, había degollado a tres hijos suyos de cuatro que
tenía. Fue el caso que había unos meses que a esta mujer le habían
notado algunas locuras, pero no cosa mayor. Un día pues, estando
sola en su casa, con sus cuatro hijos, dióle la locura, y toma un
machete y agarra del cabello al hijo mayor que tenía seis años, y
cortóle la cabeza y sentóse encima. El otro que tenía cuatro años,
aunque tan chico, se horrorizó y se fue corriendo y se echó a
llorar en el portal de la casa. Ella en lo interim que degolló a
los otros dos el uno de teta y el otro de dos años, lo estaba
llamando: Pedro, ven acá. El niño, enseñado de la naturaleza, nunca
quiso entrar, antes viendo la sangre de sus hermanos que corría por
el suelo, más levantaba el grito. Acertó a pasar en lo interim un
indio, y pregúntale al niño: Pedro, ¿de qué lloras? Y el niño le
dice: Mi madre me quiere pegar con un machete. El indio entra para
dentro y halla a la mestiza sentada en medio de la casa sobre los
cuerpos de los tres hijos que había degollado con el machete en la
mano, y un charco de sangre que había rebalsado. La mestiza
arremete contra el indio con el machete en la mano. El indio que ve
el estrago que había hecho con sus hijos, aprieta a huir, y de paso
coge a Pedro de un brazo y se lo lleva, y empieza a gritar. Salió
gente, y ven a la mestiza llena de sangre con el machete en la
mano. La agarraron y le quitaron el machete, y hallaronla fatalidad
que había hecho.
Dióse cuenta al Alcalde y a su marido y la pusieron encerrada en
la cárcel, y allí la tenían. El cura que rogó que la fuera a ver y
que la exhortara, y que le preguntase por qué había hecho aquello,
y si alguno se lo había aconsejado. Yo le dije: que cuanto a
exhortarla y reprehenderla, lo haría de buena gana; pero averiguar
si alguien se lo había aconsejado no lo había de hacer, porque ni
podía ni debía; porque si ella declaraba algún cómplice, tendría
delecto de muerte, y a mí no me estaba bien quedar suspenso si se
hiciese después de él justicia por mi averiguación. Ella desde
entonces no había vuelto a hablar. Yo fui allá y la hallé sentada:
Ella en todo parecía mujer de juicio. Yo la reprendí y le afeé la
acción cuanto pude. Mas ella me miraba con mucha atención, pero no
me respondió cosa ni palabra alguna, y yo me fui.
Ya que llegué al Tambo vino el Alcalde con el borrego, y de la
sangre y la asadura cenamos aquella noche, y de la carne se hizo un
salón para el camino. El Alcalde me buscó dos bestias y un peón
para el otro día. Ya que amaneció dije misa, y después de almorzar
partimos cerro arriba, y cerca de mediodía llegamos ya a clima
caliente y entramos en la provincia de Monsón, cuyo primer pueblo
pasamos a mediodía. Yo no sé cómo se llama. Bajarnos cerro abajo, y
al trastornar una vega de un río, ya pasamos a climá frío, y a la
tarde por encima de una serranía llegamos al pueblo de Santa Ana.
Es pueblo de indios y mestizos. Su clima es frío. Tendrá 400
familias. Yo me fui a casa de un mestizo. En la casa aquel día
había habido un desposorio, mas cuando yo lo supe, ya estaba
arranchado.
Yo fui a casa del Padre cura. El estaba en un obraje que tenía,
pero hallé al Vicario, el cual me hizo buen agasajo y me convidó a
cenar. Mandó llamar al Alcalde, y le encargó que para el otro día
me buscase dos bestias y un peón. El Vicario me dijo que al otro
día nos iríamos juntos, porque él tenía que ir a San Bartolomé,
pueblo adonde había yo de ir al otro día también, y así ya que vino
el otro día partimos juntos por una serranía muy quebrada. En el
camino díjome el Vicario: Padre misionero, en esta provincia lo más
de ella, los indios y las indias aran la tierra con los
pies.
Yo me extrañé de la proposición, pero a breve rato ya vi que era
verdad lo que me había dicho. Es el caso que la mayor parte de
aquella provincia es toda tierra quebrada, y hay poca tierra que
puedan entrar bestias con reja para ararla, y la gente para las
sembrerías de grano y papas han inventado un instrumento para arar
la tierra porque el cavarla fuese muy costoso por falta de
azadones, y allí no los hay, y si hay alguno costará muy caro por
razón del fierro.
Es pues el instrumento una taba de seis cuartas de largo, dos de
ancho y un jeme de grueso. Tiene a la parte de abajo dos dientes de
palo duro que salen, de a dos cuartas de largo y cuatro dedos de
cuerno puntiagudos. A la parte superior tiene de cada lado un palo
derecho de a 2 varas de grueso proporcionado. Toman pues entre dos
este instrumento y clavan en tierra los dientes, y teniendo cada
cual su palo en la mano, dan a un tiempo una o dos patadas sobre la
tabla, a cuya violencia clávanse en la tierra los dos dientes.
Tiran entonces al soslayo a un tiempo de los palos, y levantan un
gran terrón de tierra. Vuélvenlo a clavar más allá, y hacen lo
mismo, y así van andando y levantando terrones. Por detrás van
otros con unas porras de palo, y a porrazos desmoronan aquellos
terrones, y ya desmoronados todos, siembran en ellos las semillas y
así se va cortando aquella tierra, y así es verdad que aran la
tierra con los pies. Y yo lo vi en dos o tres partes antes de
llegar al pueblo.
Llegamos a la tarde al pueblo, yo no sé cómo se llama. Es pueblo
de indios, y tendrá 600 vecinos. Su clima es muy frío, porque tiene
allí junto un páramo. Sl Vicario me dijo que tenía una partida de
misas cantadas atrasadas, y si le podía hacer el favor de detenerme
algunos días y cantarle algunas. Yo le dije que no podía detenerme,
por razón del orden que tenía, pero con todo, me detendría un día
por hacerle gusto, y así lo hice. Me detuve el otro día, y canté a
su intención la misa, y el otro día antes de partir también.
Buscáronse dos bestias y un indio, y un muchacho de 12 años que me
acompañaron. Partimos después de almorzar por una cuesta abajo, y
llegamos a un río, el cual pasamos por puente, y ya de la otra
banda volvimos a subir otra cuesta para el páramo, y de repente
empieza a nevar con tal tenacidad, que en la mitad de la cuesta ya
había una vara de nieve. Ya no se veía camino, y yo iba temblando
de miedo de despeñarme con la mula.
Ya que llegamos arriba, ya todo el camino y el pajonal del
páramo estaba todo cubierto de nieve. La fortuna fue que el indio
era bien baqueano, y por el tino no se desvió del camino. A mí me
daba lástima del muchacho que iba hasta la cintura metido dentro de
la nieve tras del indio que iba rompiendo camino por delante con la
mula descargada. Ésta se llegó a enfadar de tanta nieve, y fuese a
desviar por una loma abajo, haciendo sus correrías para que el
indio no la pudiese coger. Más de un cuarto de hora me hube de
estar parado, hasta que se cogió la mula. Y yo no sabía qué
hacerme, viendo al indio y al muchacho que correteando tras la mula
se caían varias veces, y quedaban cubiertos de nieve, y a veces
también la mula se entraba tanto en la nieve, que no se le veían
sino las orejas, y el hocico con que daba fuertes bufidos. Yo de
rato en rato me sacudía la nieve que se me cuajaba sobre la ruana,
y como estaba parado, me descuidé de sacudir la que me caía sobre
el sombrero, y al cabo de rato meneé casualmente la cabeza, y me
cayó de encima del sombrero un tolondrón de nieve de más de una
vara que se me había amontonado.
Ya que trujeron la mula, pasamos adelante y a las dos de la
tarde salimos del páramo, Ya aquí aunque no cesaba de nevar no se
cuajaba tanto, y ya al cabo de una hora encontramos una casita de
un mestizo. Se había allí amontonado tanta gente, que antes de
llegar ya nos empezaron a gritar: ¡Ya no caben más! ¡Ya no caben
más! Ello hubimos de pasar adelante. Cerca de las cuatro nos
arranchamos en despoblado en una pampa de pajonal. Había una grande
piedra, y sobre de ella con piedras trabamos un buen toldo, que yo
había hecho en Cuchero de unas varas de aquella pieza de bayeta que
llevo referida. Y abajo se trabó contra el pajonal. Ya había cesado
de nevar, pero fue preciso con las manos y con los pies sacar antes
la nieve debajo del toldo y limpiarlo.
Yo traía una gallina asada y pan; pero yo no hice más que
dárselo a los dos para que cenasen, y yo sin tomar nada, tendí la
cama y me eché a ver si podría calentarme un poco. Ya que vino la
mañana amaneció un buen día, y levantándome descubrí un pastor que
había armado su candela. Envié allá al indio, y me calentó allá
agua con que tomé un matecito. Ya que cargamos se hubo de quedar
sobre la piedra una pierna de carnero fresca y cruda que traía. En
el camino me informó el indio que a cosa de dos leguas
encontraríamos una casa de un buen mestizo muy caritativo, y que
allí nos podríamos parar a comer. A cosa de media legua acuérdase
el indio de la pierna de carnero. Yo le dije que la dejara, pero él
dijo que no, y se revolvió a traerla. Yo me paré, que hacía buen
sol y con el muchacho pusimos en lo interim a comer las
mulas.
Ya que vino el indio con la carne, pasamos adelante y llégamos a
la casa del mestizo. Hallamos cerrada la casa sin nadie, mas lo
descubrimos sobre de un cerro con su mujer e hijos que sacaban
papas. Lo llamamos y se vino, y yo, como tenía buena gana de comer,
determiné quedarme aquel día allí, y así lo hice. Guisóse la pierna
de carnero con papas y comimos a toda satisfacción. Ya el otro día
volvimos a partir, y a cosa de una legua ya llegamos a clima
caliente. Llegamos a una grande quebrada, y al pasarla caminamos a
su margen en llano por entre una larga vega hasta mediodía. Topamos
aquí una hacienda de trapiche, y delante habían armado una plaza de
toros que había mas de 500 personas que estaban mirando torear.
Nosotros pasamos adelante, y a la tarde llegamos a arranchar en
casa de un mestizo. Ya el otro día volvimos a partir a la mano
derecha siguiendo el curso de la quebrada por la encañada entre dos
cerros, y el calor era tan excesivo que me llegó a abochornar
mucho. Así caminamos todo el día, y a la tarde llegamos a subir
sobre un cerro en que está el pueblo de Santo Domingo de Guarí,
cabeza de esta provincia.
Yo me fui a arranchar en una casa en que hubo de vivir una vieja
que vendía azúcar. Mandé lo primero buscar un pollo, y lo
proporcioné para cenar. En lo interim que el indio fue a buscar
alfalfa para las mulas, yo envié el muchacho a hacer venir al
Alcalde. Ya fue allá y volvió diciendo que estaba con otros
bebiendo y que no quería venir. Ya que trujeron la alfalfa, volví a
mandar al indio al Alcalde, y éste lo trujo, pero vino borracho.
Con todo díjele que me buscase dos bestias y un peón para el otro
día. Él se fue y volvió a la noche diciéndome que le diese la plata
para pagar las bestias y el peón. Yo repugnaba el dársela porque
estaba borracho, pero otro que venía con él, que era Regidor y no
estaba tan borracho, me dijo que se los diese. Eran dos jornadas
que me habían de acompañar, que importaba 12 reales. Yo los saqué y
se los di, y se fueron con ellos a beber, y se acabaron ellos de
emborrachar. Ya cerca de la medianoche, volvió el Alcalde con los
cuatro Regidores, y empezó a dar golpes a la puerta y
gritando: Padre chapetón, dame la plata. La vieja que ya lo
conocía se levantó a atrancar bien la puerta, y les decía: Váyanse,
que el Padre chapetón quiere avisar al señor Corregidor.
Ellos que repetían: Dame más plata, chapetón. Y forcejeaban a
romper la puerta. El indio y el muchacho fueron a ayudar a la india
vieja, y no pudieron abrir y se fueron. Ya que vino el día, fui a
su casa y lo hallé borracho. Yo le dije que me trujera las bestias,
que me quería ir. Él se fue, y al cabo de rato volvió diciendo que
el peón quería ocho reales. Yo le dije: Vente conmigo, Alcalde. Me
lo llevé a la casa del cura, y le conté lo que había hecho el
Alcalde con los Regidores la noche pasada, y habiéndolo pagado,
ahora salía que quería otros ocho reales. Que yo se los daría, pero
que avisaría al Corregidor. A lo que oyó que yo quería avisar al
Corregidor, me dijo: No, Padre chapetón, no digas nada al
Corregidor, yo te traeré las bestias y el peón. Él se fue, y luego
se vino con el avío, y cargando, partimos. Yo en el camino díjele
al peón: Dime por qué pedías tú ahora ocho reales para dos
jornadas. Él me dijo: Padre, yo no he pedido nada, si no que anoche
me mandó llamar el Alcalde, y me dio dos reales y un pilche de
chicha, y me dijo que te había de acompañar hasta San Luis, y no me
ha dado más, ni yo he pedido más. Yo le dije: ¿Y hasta San Luis
estas dos bestias cuánto valen? Me dijo que ocho reales. Díjele
pues yo: Yo le di cuatro reales por vos y ocho por cada bestia. Al
volver anda y cuenta al Padre cura la bribonada del Alcalde, y que
te dé los otros reales y al dueño de las bestias también. El indio
dijo que no lo haría, porque el Alcalde entonces lo mandaría
azotar.
Ello caminamos todo el día por entre serranía, y a la tarde ya
era clima frío. Arranchamos en despoblado al lado de una quebrada y
al pie de una cuesta. Ya a poco rato sobrevino un mozo con un
muchacho mestizo, que iban para San Luis. Yo les pregunté y me dijo
que una tía suya tenía una tienda desocupada a la esquina de la
plaza, y me podía ir a apearme allá. Yo lo acepté. Ya que vino el
día, él se adelantó y nosotros tiramos tras de él. Subimos la
cuesta y el clima ya era más frío, y por encima de la serranía
venimos a la tarde a bajar otra cuesta, y en un fondal llegamos al
pueblo de San Luis. Es pueblo de 800 vecinos indios y mestizos. Su
clima es frío. Yo derechito me fui a la plaza, y dimos con la
tienda. Salió la tía, que era una vieja, y me dijo: Padre, ¿Y
cuánto me has de dar por estar en la tienda? Yo le dije: Señora,
todo cuanto usted quiera la daré.
Ya descargamos, y me acomodé. Vuelve a salir la vieja con una
vela de cebo en la mano diciéndome: Padre, cómprame esta vela para
la noche. Yo le dije: Señora, yo traigo velas de cera y no la tengo
de menester. Ella se fue y luego vuelve a salir con una limeta de
aguardiente de trigo, que ella le sacaba para vender, y me dijo:
Padre, ¿Y qué no me compras aguardiente? Yo le dije: Señora, yo no
lo gasto en las tardes. Ella se fue, y no la volví a ver hasta que
me fui. Salía un mestizo que era yerno de la vieja, y me dijo:
Padre, si necesitas de alguna cosa, dímelo a mí, y yo te lo traeré,
porque esta mi suegra siempre tira en todo al interés, y yo y mi
mujer le hurtamos todo lo que podemos, aunque siempre nos grita y
regaña. Esta noche yo te coceré la cena, porque si lo ha de cocer
mi suegra, te hará pagar la candela, la sal y el agua.
Yo le di medio real y me trujo una docena de huevos para cenar.
En lo interim, él pudo engañar la vieja, y se viene con un vaso de
aguardiente y me dijo: bebe, Padre. Yo bebí un traguito. Y él me
dijo: Ya mi mujer se bebió un vaso, que por fin engañamos la
suegra, y ahora en volviendo de traer agua y lo repara regañará. A
poco rato vino la vieja, reparó la falta, y armó una chamusquina de
gritos que no se veían de polvo. El yerno se vino riendo con los
huevos cocidos y cenamos los dos con mi peón. Ya yo había topado
avío de un mozo que iba el otro día con bestias de vacío para
Pomabamba. Y ya que vino el día, cargamos y partimos. Sale la vieja
a ver cuánto le daba del hospedaje. Yo le di medio real, pero ella
quería cuatro reales. Yo hube de dejar en la tienda olvidado mi
calabazo vacío y un machete de camino, y no lo advertí hasta llegar
a Pomabamba. La vieja estaría contenta cuando lo
halló.
Ya que acabamos de cargar partimos cuesta abajo, y por entre
lomas, llegamos a la vega de la quebrada, y siguiendo su curso
venimos a dar a un manantial que se encharcaba sobre de una loma
llana, y más de 1.000 pasos alrededor estaba todo lleno de
antimonia que bajaba de unos minerales de oro que había en toda
aquella serranía. A las dos de la tarde llegamos a unas caserías de
mestizos que serían unas 12 casas. No sé el puesto cómo se llama.
Pasamos luego adelante, y a las cuatro llegamos a Pomabamba. Allí
hay convento nuestro de observantes de la provincia de Lima, y yo
me fui allí, y el Guardián me hizo mucho agasajo.
El pueblo de Pomabamba es de indios y mestizos, y tiene algunos
blancos, mulatos y negros. Tendrá 1.500 vecinos. Su clima es frío.
En una quebrada que hay al pie del pueblo había una mestiza que
estaba pelando trigo escaldado. Yo le pregunté al peón si aquello
era para hacer almidón, y me dijo que no, sino para comer, y que
era general en aquel pueblo esta comida. Yo le dije que me buscase
un almud y que me lo trujese al convento, y así lo hizo. El mismo
día me buscó bestias y avío para el otro día, y un carnero hecho
salón. Era el otro día, día de fiesta, y después de misa y
almorzar, partí, y se quedó olvidado el carnero. Al cabo de cosa de
media legua acatamos con ello, y volvió el peón por él, y lo
trujo.
Ya cerca de mediodía, andando por aquella serranía, díjome el
peón: Padre, ¿quiere comer un picantico? Yo le dije que sí. Él sacó
media docena de huevos duros, partidos por largo con bastante ají
molido, y yo saqué pan y carne asada, y nos paramos a comer junto a
un arroyo. Ya después volvimos a proseguir, y a la tarde llegamos
al pueblo de Santa Ana de la provincia de Catabamba. En una casa al
pasar hallé al Alcalde y Regidores, que estaban de bebezón en una
casa. Así que me vieron se vinieron con un chachamate lleno de
chicha y quieras o no quieras, me querían hacer beber con tal
porfía, que fue preciso tomarlo a la valentona por deshacerme de
ellos. Ellos por fin me llevaron al tambo, y me trujeron pongo y
china. Yo le saqué carne y trigo pelado, y lo cenamos aquella
noche.
Este pueblo de Santa Ana es pueblo de indios y algunos mestizos.
Tendrá 600 vecinos. Su clima es frío. Tiene allí cerca muchos
minerales de oro y de plata. Estos son más pingües, y casi todo el
pueblo cava sus minas, y lo regular sacan estos metales sin azogue,
sino a fuerza de fuego, y para ello tienen sus hornos y sus peroles
en que destila el oro y la plata, y salen muy purificados estos
metales. A poco rato de haber llegado, vi pasar una mestiza de
lindo cuerpo y donaire y muy bien vestida. Ella de linda cara, pero
cortada la nariz. Yo le pregunté a la china si tenía aquella mujer
mal de San Lázaro. Ella me dijo: No, Padre, sino que su marido le
cortó la nariz, porque la encontró una noche que dormía con un
mulato esclavo del cura, y un hermano dé ella poco después con
otros dos azotaron al mulato, porque el Padre cura no lo había
mandado antes azotar.
Ahora me acuerdo que en Cuenca me contaron que un mestizo estaba
amancebado con una moza, y al cabo de tiempo supo la moza que su
galán al mismo tiempo estaba también amancebado con otra moza.
Entre las dos se declararon y trataron de azotarlo. La una le
fingió un paseo y una merienda y que había convidado a fulana que
era su amiga, señalándole la otra manceba, como quien no sabía
nada. Él se dejó llevar de la pasión, y así engañado, se lo
llevaron las dos fuera de la ciudad; y ya después que merendaron,
empezaron las dos a juguetear con él, y con cautela enlázanle los
brazos, y después las piernas; y ya que lo tuvieron asegurado,
córtanle a tijera el vestido, y saca cada una su azote, y lo
dejaron de cabeza a pies lleno de sangre y cardenales. Viénense
luego y van a casa del Corregidor, y cuéntanle lo que pasaba, y
dónde quedaba él. El Corregidor lo mandó traer, y estuvo cuatro
meses en la cama enfermo. Se divulgó el caso, y después lo llamaban
el azotado. Si de estos casos sucedían a menudo, y alguno de ellos
al revés, talvez no habría tanto de esto en el Perú.
Y volviendo a mi historia, digo que se alquilaron otras bestias
y el otro día con un mozo indio, partí para San Marcos, que son dos
jornadas. Al salir del pueblo nos fuimos subiendo por una cuesta
reposada de tres leguas. Y ya que estuvimos arriba, caminamos por
un llano, que nos duró hasta lo último de la tarde. En medio del
llano encontramos a un mestizo mozo no conocido, echado boca abajo
sobre la grama. Ya que hubimos pasado, me dijo mi peón: Padre,
aquel mozo talvez es ladrón, y aguardará a ver dónde arranchamos, y
nos vendrá a la noche a hurtar las bestias. Nosotros lo fuimos
observando, y él no se movió; y por ello nos fuimos a arranchar
tras de un monte a lo último del llano, y nos dio mala noche
velando las bestias, pero él no pareció. Ya que vino la mañana,
volvimos a partir, y a cosa de media legua bajamos una cuestecita,
y ya clima muy caliente. Así anduvimos un par de horas, y casi de
repente tomamos una serranía de tierra muy fría y páramo, y a la
tarde hallamos una población de los indios antiguos, que serían
unas 40 casas, y una grande que fue palacio del rey
linga.
Bajamos una cuesta, y abajo al lado de una laguna mediana, está
el pueblo de San Marcos. Es este pueblo real de minas de oro, y por
ello no está el pueblo obligado a dar avío ni peón a ningún
pasajero. Es pueblo de indios y mestizos, y tendrá 800 vecinos. Su
clima es templado, y declina algo a frío, no mucho. Yo me fui a
casa de un mestizo. El peón se quiso volver aquella tarde, y yo ya
sobre aviso, para que no me hurtase alguna cosa, lo registré todo;
pero sin embargo, me llevó una lía de pita que yo en Cuchero había
tejido. Yo me vi con mil trabijos para buscar avío para el otro
día, y hube de pagar un patacón para el peón y otro por cada bestia
hasta Angasmarca, que dista sólo de allí una
jornada.
Ya que vino el día partí por dentro de una quebrada, y así
fuimos hasta mediodía, y aquí, dejando la quebrada, entramos por
entre dos cerros, y venimos a subir por aquel cerro de lajas de
afilar que dije cuando fui a Angasmarca, cuando iba para Lima desde
Guamachuco. Ya que llegamos arriba, me fui derecho a casa del cura,
el cual me recibió con mucho agasajo. Se mandó llamar al Alcalde,
el cual me buscó bestias y un peón hasta Guauras, que distaba de
allí cuatro días.
Yo al otro día partí, y anduvimos tres jornadas por serranía
despoblada, y ya el tercer día llegamos a la tarde a clima
caliente, y cerca de las cuatro llegamos a arranchar en la mina de
la sal. Es un mineral de sal petrificada, que ella tiene su raíz
interior, y siempre va creciendo, y así, por más que de continuo
siempre sacan mucha, siempre queda mucha más que sacar. Los Padres
jesuitas tenían la mitad comprada al rey, y le sacaban muchos
miles, porque trasponían muchas cargas a Lima, y de allí la pasaban
a vender hasta el Valle de Cauja y Guanjavelique. Esta mina le saca
también al rey mucha plata, porque acuden allí muchas recuas de
mulas a comprar sal, y la van transportando por muchas provincias a
vender, y los amos de las haciendas también compran grandes
partidas para dar a las bestias y al ganado también. El otro día
pasamos a Guauras, y sin parar allí, me fui a La Barranca en la
hacienda de don Hermenegildo. Llegamos algo tarde, pero fui bien
recibido. Yo lo informé de mi viaje para España, y él por 10 pesos
me dio avío de bestias y peón hasta Lima, adonde llegué en seis
jornadas, y me fui derecho al convento.