Todo esto es ya páramo y clima frío hasta la noche. Ya llegados
arriba, volvimos a bajar otro tanto, y a la tarde llegamos a
arranchar en un tambo que a este fin hay sobre de una loma de
gramadal. A la mano derecha está muy pendiente y no se puede por
allí bajar, y abajo tiene una quebradita, y de la otra banda está
la serranía alta y montuosa del páramo. Pero a las faldas de esta
parte y de la otra parte de la quebrada, hay una lomita de pajonal
que tendrá 500 varas de alta y el doble de larga. A su tiempo diré
la maravilla que vi varias veces sobre esta loma.
Aquí pasamos la noche, y ya que vino el día, volvimos a partir
loma adelante, y tomamos una bajada pendiente de dos horas hasta
llegar a la quebrada. Fuimos después siguiendo por entre monte y
lomas un par de leguas, y ya a mediodía volvimos a subir por una
cuesta no muy empinada hasta llegar arriba, y ya a media ladera
llegamos a la tarde al pueblo de La Quebrada. Es pueblo de indios y
mestizos, y lo gobierna el cura del Valle. Serán unas 30 familias,
y todos pagan tributo pero aunque no están obligados a hacer los
diez servicios cada año a los Padres misioneros, pero tienen
obligación de ponerles pongo y china, y mantenerlos hasta que se
van.
Aquí pasamos la noche, y ya por la mañana volvimos a partir a
media ladera, ya bajando y ya subiendo, pero ya clima caliente. A
la mano izquierda continúa una cordillera de serranía montuosa muy
alta e inaccesible por lo empinado y cortado de ella; mas a mano
derecha, aunque es de la misma altura y montuosidad, pero no es con
tanto corte y empinadura, y está todo lleno de casas de mestizos,
que tienen allí muchos cocales, de cuya coca se proveen las minas
de plata del cerro que llevo relatado. Toda esta gente vive sujeta
al pueblo de Cuchero adonde iba yo de cura. Ya a la tarde llegamos
a arranchar a una hacienda de cocales que gobernaba un mestizo, y
era de un caballero mercader de Guanuco, llamado don Fulano
Aróstegui, natural de las Islas Canarias, y en Guanuco había casado
muy bien y estaba muy rico, y era el Síndico de los Padres
misioneros. Él era tuerto, pero veía más con un sólo ojo para el
comercio, que muchos con muchos ojos.
Don Jacinto que era el que gobernaba ya estaba avisado del
Síndico Aróstegui de a lo que iba yo a Cuchero, y me hizo mucho
agasajo. El caballo en que yo iba llegó muy fatigado, pero me dijo
que me daría al otro día una mula para llegar a Cuchero. Así se
hizo. Ya que vino el día, dejé allí el caballo, y me dio una buena
mula, pero tuvo el resabio que ya digo. Ella había ido una vez a
Cuchero, pero no hubo hombre que la pudiese volver allá. Ya
partimos, y en cosa de un cuarto de legua hay cinco haciendas de
cocales y un trapiche de moler caña dulce, aunque no se cuajaba
azúcar, sólo sí miel, raspadura y guarapo. Al pasar del trapiche
entra la subida del cerro de Cuchero, y que no es más que una
subida y una bajada de todo el día, monte cerrado y páramo no muy
frío. Camino que compite en escabrosidad al de nuestra misión de
Popayán.
Ya pues que entramos al monte, a los 25 pasos paróse la mula y
empezó a templar, y no hubo forma ni a espuela ni a latigazos de
volverla a hacer dar un paso adelante. A las voces con que
bregábamos con ella acudió un mestizo del trapiche, y al ver la
mula, la conoció y me dijo: Padre, no se empeñe con esta mula,
porque aunque la maten a palos, no pasará adelante ni un paso.
Entonces la desensillamos y se la remití a don Jacinto, y me mandó
otra con que pasamos adelante.
Tiene la subida muchos barreales, varios fondales y algunos
precipicios. Hay muchísimas culebras, tigres, osos y leones, y
entre el monte mucha diversidad de palmas y empinados cedros. Ya a
la tarde doblamos lo superior, de donde se ve cuanto alcanza la
vista de tierra despoblada, muy doblada y todo monte inculto. Abajo
se descubrió a cosa de más de dos leguas el pueblo de Cuchero, que
no eran más que 23 casas, el convento y la iglesia. La bajada es
tan áspera como la subida pero no tiene sino un precipicio. Media
legua antes de llegar tomé un buen susto, porque estaba tendida en
dio del camino una culebra que tendría más de 15 varas de largo y
de grueso poco menos que el cuerpo de un hombre. A lo que sintió
unos 20 pasos el ruido de las mulas, en un improviso se enroscó y
dio un salto al monte, abriéndose al mismo tiempo con tanta fuerza,
que hizo temblar el árbol contra que dio el zapatazo, y se fue.
Nosotros pasamos, dejando a la derecha una lagunita en que se
criaba, como supe después, este culebrón, y en breve llegamos al
pueblo.