INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO XXIV


 
Contiene lo que me pasó en Tarma hasta que llegué al pueblo de Cuchero.


 

Llegamos a la ciudad de Tarma, cabeza de provincia, y nos fuimos a hospedar en casa de la señora Síndica. Era una señora ya de edad, muy rica, y tenía muy buena casa. Nos hospedamos con mucho gusto. El peón se volvió a Cauja, y nosotros nos detuvimos cuatro días en Tarma. Tenía la señora un sobrino que era el Síndico, el cual era sargento de la tropa que había en la ciudad. Lo fuimos a ver y nos hizo mucho agasajo. Traía el compañero orden del Guardián del colegio de requerir al señor Gobernador a ver si venía en dar la gente que le mandaba el Virrey por su despacho; y de no, que nos devolviese el despacho. Él respondió que tenía poca gente, y que estaba frente del enemigo, y que no podía dar los soldados que se le pedían. Que él respondería al Virrey, y que juntamente remitiría al Padre Comisario el real despacho.

En Tarma había pocos días que se había regado una voz de que en Chimín, que es el puesto donde tenía su frontera y fortificación aquel rey intruso llamado Nicolao I, que sólo dista dos jornadas de Tarma, y es por donde sólo se podía avanzar, se había visto salir de aquel puesto una grande humareda, que duró un par de días, y se recelaba que no intentasen los indios bárbaros dar algún avance a la ciudad de Tarma y a los pueblos de toda la provincia, como ya en años anteriores, habían hecho otra vez.

Las noticias que yo adquirí de este Nicolao I fueron que él fue un mestizo natural del Cuzco. De muchacho lo crió un Padre jesuita. Este se lo llevó a Lima, y habiéndolo hecho Procurador, viendo que el muchacho era de vivo ingenio y muy sagaz, lo enseñó de cuentas, y lo trujo a España y hasta a Roma a su Capítulo General. Ya que volvieron a Lima, lo armó con una tienda de mercancía, que en su nombre trujo de España. Él engañó al jesuita, porque fingiéndole mayor lucro, se subió con la ropa al Cuzco. Allí lo vendió todo, y con la mercería, empezó a tener correspondencia y amistad con varios indios bárbaros del Cerro de la Sal y de la Pampa de Sacramento. Esta pampa es un llano que cae a las espaldas del Cerro de la Sal. A la mano derecha confina con el Cuzco y Arequipa, a la mano izquierda con Portobelo. Esto es lo largo que puede importar más de 1.000 leguas, y de ancho, mirando al sur, termina en el Cerro de la Sal y la provincia de Guanuco y mirando al Mar del Norte, hasta la presente no se ha descubierto su término ni fin.

El Padre Fr. José de San Antonio anduvo a ver si podía verle el fin de lo ancho 50 días por esta pampa, y no lo pudo lograr, porque cuanto más anduvo, más descubría qué andar. Ello en voz común es la flor del reino del Perú. Está muy poblado de naciones de indios bárbaros, poblada de bestias y ganado vacuno, y juntamente poblada de ricos minerales de oro y plata. Los indios bárbaros de este dilatado reino por lo común se sirven de vajilla de oro y plata. Hasta las ollas y otros vasos inferiores son de oro y plata.

Ya pues que este Nicolao tuvo ganada la voluntad de los principales caciques de esta pampa y de los principales indios del Cerro de la Sal, que es un cerro que tiene más de 40 leguas de largo, en cuya conquista se había empleado todo el afán de los Padres del colegio de Santa Rosa de Ocopa, y ya habían fundado en él 23 pueblos, y ya la mayor parte de los indios que poblaban este cerro (estaban) cristianizados. Lo destrozó todo este Nicolao de esta suerte: Impuso a todos los Provinciales que aquel reino era suyo, y que el gobierno de los españoles era tirano, y que si una vez los llegaban a conquistar, los supeditarían para siempre, y jamás se verían a gobernar, antes bien siempre arrastrados y pechados de tributos; y que el medio mejor era sacudir este pesado yugo, levantándolo a él por rey, que él los sabría defender, porque formaría armas como tenían los españoles, y que dividiendo el reino en provincia, los pondría a ellos de superiores con que sujetarían todas las naciones del reino, y ellos siempre mandarían en todos los pueblos, y que en teniendo ya bastantes armas e indios prácticos de batallar, conquistarían no sólo Lima, sino todo el Perú y sacarían a todos los españoles.

Él con su ambición y sagacidad, lo pintó de modo que logró su intento. Fabricóse una corona de oro e hizo moneda de plata y oro, y convocadas las principales naciones, le coronaron por su rey con nombre de Nicolao I. Ya conseguido este primer paso, con los muchos donativos de oro y plata que le dieron, despachó a Lima y al Cuzco indios confidentes secretamente a comprar cuantas escopetas, balas y pólvora hallasen, lanzas, espadas, sables, hachas y machetes. De una y otra parte algo se llevaron, porque recelosos de ser descubiertos por un rumor que de este levantamiento se escampó de improviso, o porque Dios quiso, o por poca cautela que tuvieron estos compradores, y se hubieron de volver huyendo lo más pronto. Con este corto aparejo empezó este rey a mandar, y lo primero avanzó con gente al Cerro de la Sal, y como fue cosa impensada y los principales indios estaban sobornados, entró sin resistencia porque sólo los Padres conversores se le opusieron; pero sólo escapó un fray lego llamado Fr. Santiago, el cual me contó toda esta historia en Lambayeque, donde lo topé pidiendo limosna para la Tierra Santa.

Y me dijo que unos indios amigos que tenía, le salvaron la vida, escondiéndolo en un monte, porque entró ese Nicolao con armas, y mandó pegar fuego a todos los pueblos en que murieron quemados 23 Padres conversores. Sólo salvaron la mayor parte de los ornamentos y vasos sagrados, y otros los saquearon los indios y los profanaron con indecencias, hasta que los rompieron. Ya conseguido este primer triunfo, vino con gente y se fortificó en Chimín, que es la entrada para el Cerro de la Sal. Ya hecha su fortificación, avanzó a la ciudad de Tarma, y la puso en grave consternación. Algo de ella saquearon y alguna gente mataron, pero viendo que los blancos y chapetones que había, se acordillaron con armas, y les daban dura resistencia y les hacían mucha mortandad, volvieron la espalda y se fueron saqueando algunos pueblos de la provincia y con el saqueo se retiraron otra vez a Chimín.

Dejó en el fuerte gente de guarnición, y él se pasó a Pampa de Sacramento, y allí fabricó pólvora, hizo alguna artillería de fundición de oro y plata manejable, y de cañutos de guadua acordados y embetunados formó artillería mayor, y puso varios fuertes en diversas partes, atacando todos los pasos peligrosos por donde pudiesen avanzarlo. Ya que se vio con seguridad, fue conquistando la mayor parte de las muchas naciones bárbaras que pueblan aquel dilatado reino, y a todos les hizo tributarios, y exaltó a Gobernadores y Corregidores a varios de los caciques e indios principales. Escogió 3.000 indios para que con armas blancas, de fuego, lanzas y flechas guardasen su persona. Escogió 50 caciques, y de ellos formó un consejo de guerra y de Estado, y por fin estableció un gobierno político.

El Virrey de Lima con esta novedad, que era entonces el señor Villagarcía, tiró a ver si lo podría prender, aunque fuese con engaño, y sabiendo por un Gobernador que había puesto en Tarma, que era imposible avanzar con tropa por lo áspero de aquella serranía, y por los fuertes que habían ya puestos en todas partes, y que se sabía de cierto que en la provincia de Tarma tenía correspondencia secreta que lo avisaban de cuanto se trataba, para prevenirse y atacar todos los asaltos que le quisiesen dar, mudó de intento, y sabiendo que este Fr. Santiago, el fray lego que había escapado, era allá muy querido de todos los caciques e indios principales, se lo despachó allá con carta, en que le decía que si quería dejar su locura y entregar la tierra, él le alcanzaría del Rey el perdón, y lo exaltaría a gobernador de Tarma o del Cuzco.

Fue allá Fr. Santiago, conducido de indios amigos, y lo recibió con majestad real, coronado y sentado bajo de dosel, pero guardado de 3.000 indios armados, y no lo dejó acercar a él de 50 pasos. Fr. Santiago le entregó la carta, y ya que la hubo leído, le respondió de palabra que dijera al Virrey que las tiranías de los españoles merecían que en todo el Perú hicieran los indios lo que él había hecho en el Cerro de la Sal, y que lo mismo había de hacer en Tarma y en Lima. Que él no había quitado nada al rey de España, porque aquel reino todavía no estaba conquistado de nadie, y por consecuente era aquella tierra de los naturales que en ella habían nacido, y que sus legítimos dueños lo habían elegido a él por rey y señor soberano, prestándole obediencia y tributo. Que procurase a dejarlo gobernar sus estados con paz y sosiego, porque de no, advirtiese que no estaba seguro en Lima porque no pararía hasta llevárselo para criado de su palacio en Pampa de Sacramento.

Volvió Fr. Santiago con esta respuesta al Virrey, el cual se exasperó mucho de la audacia de este mestizo, y desde entonces maquinó quitarle la vida con veneno. Dejó pasar algún tiempo, y mandó fabricar dos docenas de chusmas, que es una especie de vestimenta que usan allá aquellos indios a modo de ruana, y era muy más fina que las demás, toda bordada de oro con mucho primor. Y habiéndolas mandado envenenar, se las remitió con Fr. Santiago con carta en que le decía que tomase aquel presente para sus amigos, y que en suposición que no tenía de España orden ninguna contra él, que permitiese firmar paz entre los dos, y que se permitiese el recíproco comercio de géneros y víveres de una parte a otra. Fue Fr. Santiago, y entregada la carta y el regalo, respondió que en su reino tenía bastante comercio, y que no quería gente extranjera dentro de sus estados, ni había de menester tampoco regalos, porque tenía de sobra de sus vasallos. Mandó hacer una hoguera, y delante de Fr. Santiago mandó quemar las chusmas, y que dijese al Virrey que lo mismo haría con él si lo cogía bajo de su poder. Y amenazó a Fr. Santiago, que si volvía otra vez, le haría quitar la vida.

Con esta respuesta cesó el Virrey de su empresa, pero él con su sagacidad aprehendió que el Virrey no pararía de buscar modos para prenderlo; y para más asegurarse, escribió a un mozo del Cuzco, que era muy su amigo y lo fomentaba secretamente, para que viniese a Pampa de Sacramento a estar con él. Era éste un mozo díscolo, deseoso de mando y riquezas, el cual sin embargo de haberse aquellos días ordenado de diácono, lo abandonó todo, y conducido de los mismos que le trujeron el aviso, se entró con ellos a Pampa de Sacramento. El fin de esta historia relataré a su tiempo y lugar.

La ciudad de Tarma, cabeza de provincia, es clima templado, aunque declina un poco a frío. Está fundada en llano y arrodada de serranía. Tiene sólo la parroquia y un convento de Agustinos. Puede tener 4.000 vecinos, poco comercio, la mayor parte son mestizos, algunos blancos y chapetones mercaderes, indios, negros y mulatos. Tiene minerales de plata muy pingües. El Síndico se encargó de buscarnos avío, y para ello valióse de un mestizo llamado Fierro. Era el mayor pendejo de la ciudad. Él muy teólogo en el hablar, y nos buscó una mula para nuestros trastes y dos caballos leñateros, caballos de indio pobre, que no era posible que hubiera de peores en la ciudad.

Ya que vino el cuarto día, vino Fierro con un indio trayendo las bestias para partir. A lo que yo vi los dos caballos viejos, que se caían de flacos, díjele a mi compañero: Hombre, mal viaje tenemos; esas bestias no sirven para nada. Respondióme Fierro: Padre, poco lo entiende usted: este caballo es de paso, y este otro es aguililla. Yo respondí: Bien puede ser que sean corredores, pero no tienen la cara de ello. Ya que se cargo, ensillaron al compañero el caballo de paso, y para mí el aguililla. Partió delante Fierro con el indio y la carga, y detrás nosotros. Mi caballo ya no quería salir del patio de la casa, y cuando salí, ya la carga y el compañero se habían adelantado toda una calle. Yo a sofrenadas, latigazos y espuela hube de salir del pueblo; mas los otros ya me llevaban mucha delantera. Mi caballo que por instantes se iba rematando, y ellos que cada instante me gritaban que caminase. Yo ya lleno de cólera y fatigado por bregar con el caballo, no sabía qué hacerme. Quíseme volver atrás, pero tomé por mejor dejarlo caminar a su paso. Así caminé cosa de un cuarto de legua, y antes de llegar ya vi a Fierro que había acudido a una hacienda, y se venía con otra bestia para remudármela.

Ya que llegué me apeé y le dije que era un pícaro, embustero, ladrón, y cuanto me vino a la boca, y lo que más cólera me daba era ver que mi compañero de verme tan colérico, se deshacía en carcajadas de risa con el caballo aguililla. Ensilláronme la bestia, y Fierro se volvió con el caballo, y nosotros proseguimos con gran trabajo la jornada, y a la tarde llegamos al pueblo de Santa Rosa. Es pueblo de indios, y tendrá 80 vecinos. El clima como Tarma. Nosotros nos apeamos en casa de un indio. Mi compañero ya me había dado noticia que el cura era un grande hombre muy teólogo, y gran predicador, que se llamaba Padre Maestro Rosales, dominico limeño.

Fuímoslo a ver, y le contamos el desavío con que habíamos llegado, y él se ofreció a darnos buen avío para las otras dos siguientes jornadas. Mandó llamar al Alcalde, y le dijo que nos buscara tres bestias buenas.

Ya que vino la mañana, trujeron un macho de silla bueno una mula de carga buena y un caballito chico y ruin. El compañero dijo al peón que me ensillase a mi el macho, y a él el caballito. Ya partimos, y a cosa de una legua de subida llegamos ya a clima frío en  una pampa rasa; mas el caballito se empezó a cansar. El compañero traía unas espuelas terribles, y para alcanzarnos daba con el caballito unas estampidas a carrera abierta, hasta alcanzarnos. El con las espuelas le abrió dos llagas terribles, una de cada lado, y todas las botas se ensució de sangre; y viendo que bregando cuanto podía, siempre se quedaba detrás, venía colérico con la vaya que yo le daba revolviendo y gritándole que caminase. Ello con mil fatigas pudo llegar a la ranchería, que fue a unas 8 casas de indios, lugar muy frío, sin leña, con sólo paja para hacer candela. Las casas eran redondas del redondo de una era arrodadas de pared de piedras del alto de un hombre, y el techo de paja, como la cumbrera de un molino de viento. Tenía grandes corrales de ganado ovejuno, y nos dieron muy buena carne, y nos ofrecieron 200 carneros por 60 misas. Nosotros por no retardar nuestro camino, no lo admitimos.

Allí dejamos el caballito, y se proveyó de otra buena mula, y por la mañana volvimos a partir, y saliendo de unas serranías de tierra doblada, volvimos a topar con otra pampa rasa, un clima poco más templado. Ya a la tarde llegamos a pasar por junto de una laguna que tiene 60 leguas de largo, pero es estrecha. Donde más se abre es una legua. Cría muchas preñadillas, y por esto está poblada de pájaros marinos, garzas, garzotes, patos de toda especie, pato cuchara, flamencos, ánades, cisnes, gansos, ánsares, etc. A la margen de esta laguna había una punta de ovejas y cameros, que nos dijeron unos indios que los guardaban, que había por lo común más de treinta mil cabezas. Topamos un corderito desviado y unos cóndores que ya le volaban alrededor para cogerlo. Nosotros los espantamos y llamamos una chinita pastora, y se lo llevó a la manada y ya no peligró. A la tarde llegamos a arranchar a casa de un mestizo en la margen de la laguna, y mi desgracia fue haber dejado en Ocopa la escopeta, porque según la muchedumbre que habla de pájaros buenos de comer, lo sentí mucho.

Ya el otro día volvimos a partir, desviándonos a la mano derecha de la laguna, y en breve, acabada la pampa, tomamos otra serranía de tierra doblada y clima muy frío, y antes de mediodía ya estuvimos en un páramo de los más fríos que he pasado. Así caminamos toda la tarde y venimos a arranchar en San Pedro, pueblo de indios y mestizos. Tendrá unas 60 familias, y nos arranchamos en casa de un mestizo. Era esto el día antes de Corpus. Pusímonos a rezar los Maitines, y era tanto el frío, que no podíamos tener el breviario en la mano, ni podíamos pronunciar perfecto de temblor. Ya que íbamos concluyendo, catay que viene el sacristán y nos dice que el Padre cura decía que le hiciéramos el favor de oficiarle las Completas cantadas al cerrar la noche. El compañero que gastaba poco humor, lo tomó a mal, y empezó a decir: Esto es desvergüenza, esto es chasco: ahora acabamos de llegar cansados y muertos de frío, y quiere el cura que lo vayamos a servir. Yo le dije: Padre, no se altere usted. El Padre cura sabrá que somos misioneros, y pensará que con esto nos hace gran honra y favor. Ea, sacristán, dile al Padre cura que en siendo hora me mande avisar, y yo iré gustoso a oficiar las Completas. Fuese, y naturalmente le contaría al cura lo que había pasado, y a poco rato catay que nos manda el cura un par de perdices para cenar. Esto sí, díjele yo a mi compañero, es ahora buen chasco.

Ya con esto fue preciso irlo a ver y darle algún género de satisfacción. Fuimos allá, y a la satisfacción respondió, que como era la fiesta principal, el mayordomo le había avisado de nuestra venida, y la había pedido que nos cediese la función, ya que habíamos llegado a tan buen tiempo, y que por hacemos esta honra, nos había avisado. Ello quedamos amigos, y que en siendo hora me avisarían, y yo haría la función. Nosotros nos volvimos a casa. Ellos no avisaron, y nosotros nos cenamos las perdices muy bien, y nos acostamos. El casero nos buscó tres buenas bestias para pasar adelante.

Ya que vino el día nos fuimos a decir misa, pero al tocarme el agua las manos para lavarme, estaba tan demasiadamente fría, que me quedaron agarrotados los dedos, que con mucha dificultad pude decir misa. Nunca en mi vida he sentido semejante frío, y sólo en el infierno puede haberlo tal. Nosotros lo más pronto partimos. En este páramo, que tiene más de 100 leguas de largo, se crían muchas vicuñas, que es un animal como el guanaco, algo más chico, y su carne es como la del carnero. Cría la lana de color musgo acanalada, y tan fina como la seda. Ésta es la lana de vicuña tan apreciada en toda la Europa, y de aquí la llevan a Lima, y de Lima a España. De todas las provincias circunvecinas van a coger, y el modo es el mismo que tienen los chilenos para coger bestias o ganado en las pampas de Buenos Aires, como dije Tomo Segundo, capítulo IV. Y es cosa de coger cada año más de un millón de cabezas, porque como no tienen dueño, ya quien quiere y nadie se lo puede estorbar; pero es menester ir muchos de compañía, porque hay tigres, osos y leones, y se ha visto hacer daño y embestir a las criaturas.

Partimos pues de San Pedro, y cada día nos duró la pampa y clima frío. Ya a la tarde, una legua antes de llegar al cerro, empezó a nevar, y caía tan espesa, que cada rato era preciso sacudir la ruana, porque a menos pensar, ya teníamos una vara de nieve encima. Yo le decía al compañero: Hombre, quítese usted el sombrero, que ya lleva una vara de nieve encima. Y él me respondía: Usted lleva más que no yo. Encima de la cabeza de las bestias, sin embargo, que continuamente se sacudían, llegaba a cuajarse media vara. Cuando llegamos al pueblo ya no se veía sino nieve, y las bestias iban atascadas de nieve hasta el pecho.

El Cerro es un pueblo llamado así, por un cerro grande que allí junto hay que todo es de minerales de plata. Este cerro con su riqueza ha hecho habitable aquella tierra y páramo tan destemplado, porque allí no hay más que ganado, bestias, agua y plata. Todo lo demás para la manutención y vestido viene de afuera de las provincias comarcanas. Los más son mestizos, tiene muchos indios y algunos blancos, negros y mulatos. Allí las casas están con las paredes forradas de bayeta, y el techo con cielo raso de lo mismo, y el piso alfombrado de cueros de carnero; y ya con este abrigo no se siente tanto el frío. Acuden allá muchos con víveres y mercaderes con ropa, y con la plata, aunque allá nada hay, pero nada falta.

Otros van sólo al comercio de los metales, y allí se compran por cajones, que es una medida que usan allá a modo de un cajón, porque como allá va al cerro a sacar metal quien quiere, y nadie lo puede estorbar, hay muchos que no tienen molino para molerlo o azogue para sacar la plata, y venden el metal que sacan, y estos mercantes que lo compran a veces ganan mucho y a veces no tanto, y a veces pierden también, porque como hay diversas cualidades de metales, y unos tienen más plata que otros, en esto está el ganar o perder. Y vale allá mucho el conocimiento de los metales.

Nosotros nos paramos en el pueblo, porque traíamos una carta de recomendación para un mulato que era el minero más rico de la provincia, y era Síndico del colegio. Él vivía una legua corta más allá del pueblo hacia el cerro de su mina. Pasamos pues adelante, y la nieve empezó a caer con más fuerza, y como el temporal ya nos venía por la cara, nos iba más apretando. El compañero que renegaba de la codicia que llevaba a gente a habitar en tal paraje, y a mí no me faltaba nada para hacer lo mismo. La nieve era más, pero con el aire no se cuajaba tanto. Llegamos allá hechos una miseria. Él tenía muy buena casa, bien abrigada de bayetas y cueros de carnero que en apeándonos, con el abrigo, nos pareció un cielo. Al instante nos dieron mate, y con ello se fue el frío. Ya que vino la noche, cenamos bien, y al concluir, nos dijo: Padres, ustedes pueden recogerse, porque yo esta noche tengo de ir al pueblo, porque se ensaya una comedia que se ha de representar de aquí a unos días, y la niña, ésta era una hija suya, la quiere ver.

Nosotros nos fuimos a acostar, y ellos se fueron a la comedia, adonde ni el demonio iría a tentar, por no pasar aquel páramo, lleno de nieve con una noche tan destemplada. Ya que vino el día nos levantamos. Había tras de la casa una buena capilla muy capaz, más todo el suelo estaba hecho un cristal de un palmo de hielo que se había cuajado aquella noche, y fue menester con picos de fierro romperlo para poder ir a decir misa. Ya después de almorzar fuimos a ver el molino en que se molían los metales, y como tengo dicho en otra parte, es una grande rueda de piedra como la de moler la aceituna, salvo que es más doblada. Bajamos después a ver el buitrón, que es un canal en que se amasan los metales ya molidos con el azogue. Había entonces 80 panes ya tercera vez amasados que aquellos días se habían de limpiar y sacarles la plata que tenían. Cada uno tenía dos varas de largo, una de ancho y media de alto. Yo le pregunté cuánta plata tendría cada pan de aquellos poco más o menos, y me respondió que 800 pesos; y por consecuente entre todos sumaba sesenta y cuatro mil pesos fuertes de plata molida que allí tenía.

Yo lo que más admiré que aquello se quedase solo sin guarda de parte de noche, y que no hurtasen, ya domésticos o extraños; pero nos dijo que no había experiencia de ello. Pero que donde hurtaban era en el mineral, cuando encontraban algún pedazo bien cargado de metal o plata pura, cuando el mineral lo aborta. Entonces es que los negros esclavos y los indios asalariados hurtan cuanto pueden, sin embargo de estar siempre con ellos un sobrestante. Yo le dije que a un mozo portugués que allí estaba a efecto de comprar plata: Este hombre tendrá mucha riqueza. Antes siempre anda empeñado, me dijo, y muchas veces cuando viene el tiempo de limpiar la plata que ha sacado en tres o cuatro meses, ya debe más que no importa la plata que se limpia. Admirando yo esto, me satisfizo diciendo: Padre, aquí no hay más que plata. Todo lo que es manutención y vestido viene de afuera y va muy caro, y se les da almuerzo, comida y cena, y a los esclavos se les da un vestido cada año, y a los indios libres dos reales cada día.

Y sobre todo esto entra el gasto de la coca, que es una libra por semana. Coca llaman a una mata que se hace en tierra caliente del alto de un hombre, ella muy coposa y da la hoja del tamaño y figura del limpión, salvo que no tiene tanto canto, y su color es verdigallo. No da fruto ninguno, pero da tres cosechas de hoja, y la tercera vez da su semilla, que son unos frijolitos muy chiquirritillos de color carmesí, y el ojito negro. Cógese a su tiempo la hoja, y se pone a madurar 24 horas, y en este tiempo es menester de continuo estarla revolviendo, porque de no, toma mucho calor y se mancha y pierde. Ya que maduró, se pone al sol, hasta que ya casi está seca; se retira luego a la sombra, y ya que se enfrió, se vuelve a poner amable con su jugo, y entonces se apila en costales para trasponerse a vender.

Esta coca es la que mascan todos los que trabajan en las minas. Ella tiene un sabor muy suave, y para uno que va de camino es un grande alivio, porque en mascando coca, vaya a pie o vaya a caballo, le conserva la boca fresca, húmeda, y le quita la sed, y regularmente la gente india la usa en los caminos y en el trabajo. Yo la he mascado muchas veces. Dicen allá los indios que les da mucha fuerza y los sustenta mucho, y se ve por la experiencia que en mascando coca comen menos. Ahora ellos le mezclan el mambre, que es una especie de lejía blanca cuajada, que ellos fabrican de la greda, y la traen molida dentro de unos calabacitos, y de rato en rato sacan un palito con que lo traen tapado, y métenselo en la boca con el polvo que tiene apegado de este mambre. Mas el uso de este mambre con el tiempo les tiñe negros los dientes y se los pudre también. Yo nunca quise probar este modo de mascar coca.

Pero el peor desagüe de plata que tiene esta gente es el juego continuo que se arma en estas minas, porque ahí se tiene a gran cosa jugar en una noche una talega que dicen, que compone 5.000 pesos. Yo como suelen ir rodando por estos minerales los mayores tahúres de aquellas provincias, suelen quedar algunos más pelados que un junco de hoja; pero con la esperanza de recobrar en plata virgen la deuda, por empeñados que se veían a los mineros, siempre les prestan grandes cantidades, o ya en dinero, o en géneros o en víveres.

El Síndico nos detuvo dos días, y no lo pasamos mal. Partimos el tercer día por encima de aquella serranía, pero a cosa de un par de leguas tomamos una bajada descansada, y nos duró todo el día, y a la tarde venimos a arranchar en la mina de un mestizo. En casa no había sino una india cocinera, y hasta la noche no vino la gente. Ya el otro día volvimos a partir cuesta abajo, cosa de dos leguas más en que se topan varios minerales; pero ya que llegamos al llano mudóse el clima frío en clima caliente. Aquí nos emboscamos en un algarrobal de aquellas algarrobas carmesíes que llevo referidas de que se hace la tinta. Toda esta tierra hasta Guanuco es la única que he visto de clima caliente y seco; y a la tarde hallamos una partida de indios, que llevaban un palo para el pueblo, y delante de ellos iba uno con un arpa cantando, tocando y bailando.

A poco rato llegamos a Santa Ana. Es pueblo de indios, y tendrá 600 familias. Nosotros nos fuimos a casa del cura. Era un clérigo mocito, y nos recibió con mucho agasajo. Había poco más de un año que era cura, y tenía su Vicario; y como tenía el pueblo 13 pueblos de indios anejos por aquellas serranías, iba entonces el Vicario de pueblo a pueblo, celebrando en cada uno su fiesta del Corpus. Mas en Santa Ana, como era el pueblo principal, se celebraba toda la octava, y para ello cada año se señalan 8 mayordomos, uno para cada día. Y éstos cada cual en su día paga todo el gasto de la fiesta. Esto es, paga al Padre cura, el oficio y las vísperas de su día.

La fiesta se reduce que cada día de mañana sale el Alcalde con los Regidores acompañando la danza de los matachines, y van bailando y alborotando el pueblo hasta que es hora de ir a la misa mayor, la que canta el cura. Y para ello ha de ir el Padre cura a recibirlos y darles agua bendita a la puerta de la iglesia, y como toda la octava andan borrachos, es la mayor indecencia que se pueda ejecutar. Ya que se acabó la misa, los vuelve el cura a acompañar hasta la puerta de la iglesia. En lo interim ya las indias arman en medio de la plaza una mesa en que quepan todos los hombres del pueblo, y las mujeres acarrean de casa del mayordomo del día algunas botijas de vino y aguardiente, otras de guarapo y chicha y otras de masatos. Ármase la mesa, y a cada uno se le da pieza entera, esto es, un cuye, un gallo, una polla, una gallina, un pavo, un lechón y un carnero, y ya después que ellos comieron cada cual lo que quiso, y remitió lo demás cada cual a su casa, entonces se les dan varios guisos de carne de res asadas, fritas, compuestas con varias salsas y otras con papas, y a lo último el locrito de papas. Después queso, varios dulces y varias frutas. Pero las mujeres no hacen más que acarrear a sus casas lo que sobra a su gente; y como allí se propasan mucho en bebezón, dura la comida hasta las cuatro de la tarde. Los más se quedan borrachos en la plaza, y los matachines vuelven a armar su danza hasta la oración, y entonces, tocando a las Vísperas, vuelve el Padre cura a recibirlos con agua bendita en la puerta de la iglesia, y lo mismo al salir.

Ya que salieron de Vísperas, el Alcalde se lleva a su casa a los Regidores y todos sus amigos, y de la parte que le tocó en la mesa vuelven a armar la cena, y hasta la media noche están cenando y bebiendo, en que acaban de embriagarse del todo. Suelen ya sin juicio armar entre sí sus peleas, y las mujeres lo mismo; y como están ellas tan borrachas como ellos, no se oye más que gritos y confusión. Entre los matachines que mantienen la danza, va uno tocando flauta y tamboril, y el otro va con un zorro seco y lleno de paja levantándolo con el brazo, y en lo interim todos los danzantes le dan sus tironcitos al zorro. Yo deseé saber qué significaba esto, pero nadie me supo dar razón.

Las bestias del Síndico se volvieron, y no fue posible podernos aviar hasta después de la octava. Ya el otro día partimos para Guanuco. Cerca de las diez llegamos a pasar por un pueblecito de indios y mestizos, que serán unas 40 casas, no sé cómo se llama. Estaba todo lleno de naranjos chinos, llenos de naranjas. Cada árbol tendría más de 25 varas de alto, y muy coposos. Al vemos se vino de una casa un mestizo, y de otra una mestiza, gritándonos: Padre, Padre, aguárdate, te daré naranjas. Cada uno nos trujo un canasto lleno, y llenamos los pañuelos y los enfaldos del hábito. Yo aquella tarde me comería una docena, y eran muy buenas. Al cabo de rato volvimos a entrar en despoblado en otro algarrobal como el pasado, y a la tarde venimos a arranchar en casa de un mestizo él muy teólogo. Tenía una buena huerta de muchas frutas ; especialmente tenía unos naranjos agrios, que allá llaman toronjas. Cada una era tan grande como la cabeza de un hombre. Yo me ataqué de granadillas, que había muchísimas y ya se pasaban de maduras. Él nos dio bien de cenar, y el otro día a la tarde llegamos a la ciudad de Guanuco.

La ciudad de Guanuco es cabeza de provincia, y está situada en un llano. Su clima es caliente y seco. Tendrá más de 4.000 vecinos. Tiene sólo una parroquia. Tiene convento nuestro de Observantes, Dominicos, Agustinos y de San Juan de Dios. Los más son gente mestiza. Tiene indios negros y mulatos. Tiene algunos blancos y algunos chapetones mercaderes. Tiene bastante comercio y algunos obrajes de ropa de la tierra de lana, paño, pañete y bayeta. Nosotros nos fuimos derecho al hospicio que tenemos dentro del mismo convento nuestro. Éste se hizo de una huerta que para esto dio el convento, y tiene un corredor, y en él de un lado a la izquierda una capilla, cinco celdas, una despensa y una cocina. A la entrada a la derecha tiene una estaca para las bestias, y lo demás una huerta en que se crían lechugas, escarolas, coles y cebollas. Tiene algunos frutales de chirimoya, higueras y parral, y éstos dan higos y uva todo el año. Allí asiste de continuo un Presidente con un fray lego, y entonces estaba allí el Comisario y un mocito donado, que había venido aquellos días.

Ya había recogido el Comisario el decreto del Gobernador de Tarma, y había vuelto a acudir al Virrey para que lo precisase a dar la gente que pedía, para la entrada que quería hacer a buscar naciones gentiles qué conquistar. Allí me detuve cuatro días, y me despacharon con un indio al pueblo de Cinchao. A poco rato de camino hallé un grande tablón de unas matas, que cada una hacía una espiga o flor como la cebolla, todo colorado. Yo pregunté qué era aquello, y hubo de ser azafrán de la tierra. Ello cada cabecita de aquéllas está cuajada de tantas hebritas, que en realidad parece azafrán, y tiñen la comida asimismo, pero no tienen el mismo olor, pero no huelen mal. A la mano derecha de la ciudad, de entre unas serranías, nace un río, el que por pasar junto a la ciudad, lo llaman el río de Guanuco. Él cuando llega a la ciudad, ya es río bastante grande. A la margen de este río caminé todo el día hasta llegar a Cinchao. A poco rato más de haber pasado el azafrán, se sigue cosa de una legua en que se crían muchísimas verdolagas todo el año, y sin sembrarlas. A cosa de dos leguas de la ciudad hay un puente fabricado de palitos sobre varias trenzas hechas de chamizas. Sólo ver por dónde se fían a pasar rama jeando aquella gente causa horror.

De la otra parte sobre de una loma está el pueblo del Valle. Es curato nuestro, y tiene cuatro anejos, que son Cinchao Pillao, La Quebrada y San Francisco. El Valle es pueblo de indios y tendrá 200 familias, y ya en este paraje el río de Guanuco tendrá 100 varas de ancho y vara y media de agua. Cosa de un cuarto de legua más adelante hay un pueblecito  de los indios antiguos, de casitas chiquitas como los que llevo referidos, y cae al lado del camino. Un poco más allá hay unas seis casas de mestizos que tienen buenas huertas de berzas, y frutales, y pasada una quebrada con su buen puente, a un cuarto de legua más, a mano izquierda, se divide la serranía y baja un río de una vara de agua y 20 de ancho, y entra al río de Guanuco. Se llama el río de San Francisco, porque nace de junto este pueblo que está dos leguas más allá.

Siguiendo pues el curso de mi camino, a la margen del río de Guanuco, empecé a subir una serranía, y a media ladera llegué a la tarde al pueblo de Cinchao. Es pueblo de indios neófitos, que todavía no pagan tributo al Rey, y aunque esté ya entregado al Ordinario, y los gobierna el cura del Valle, con todo quedó siempre obligado a hacer cada cual cada año diez días de servicio a los Padres conversores de aquellas misiones y así siempre que han menester algunos, se avisa al Alcalde, y luego los remite a ejercitar el negocio que se ofrece, y juntamente tiene el pueblo obligación de recibir a cualquier Padre misionero como si fuera su propio cura, y ponerle pongo y china hasta que se va. Tendrá 200 familias. Es su clima templado, y algo declina a húmedo, y caliente. A lo que me vieron llegar, al instante fueron a repicar, y vino a recibirme el Alcalde y Regidores, y a poco rato todo el pueblo. Esta demostración es común con cualquier misionero. Díjele al Alcalde que llevaba orden del Padre Comisario para que así que bajase la gente de Cuchero, adonde iba yo a estar de cura, que inmediatamente despachase con ellos la gente que el Comisario le tenía pedida para ir a la entrada de la barbaridad sin detención alguna. Me respondió que estaba muy bien y que así lo haría.

Ellos ya tenían noticia de mi venida, porque el Presidente aquellos días anteriores había puesto allí 60 novillos y vacas, para que siempre que yo necesitase de carne, me trujeran una o dos reses para aperarme, porque aquí se mantienen bien con buen pasto, lo que no hay en Cuchero; y aunque allá hay alguno dentro del monte, y hay también algunos pedazos de gramadal, pero no se puede allí mantener ganado mayor, porque habiéndolo intentado en otro tiempo, lo hubieron de quitar, porque los tigres, osos y leones lo iban devastando todo.

Desde Cinchao se desvía el río de Guanuco a la mano derecha muchas jornadas. En esta mano derecha a cuatro jornadas hay tres pueblos de indios neófitos, que gobernaba el Presidente, y por allí habían de ir a buscar los indios bárbaros en esta entrada. Esto cae de la otra banda del río de Guanuco; y de esta parte del mismo río, a cosa de dos leguas, sobre de unas serranías, está el pueblo de Pillao que tengo antes dicho. Es pueblo de indios neófitos, y tampoco no pagan aún tributo al Rey, y los gobierna el cura del Valle, y están con la misma obligación de servir a los Padres misioneros como los del pueblo de Cinchao. Allá despaché un indio a avisar al Alcalde para que tuviese pronta la gente para la entrada, y que la despachase luego que lo avisasen, para que frieran juntos los pillaos con los cinchaos.

A hora competente me trujeron de cenar. Yo pensé que era arroz con carne, y pregunté al Alcalde si en el pueblo sembraban arroz. Él me dijo: Padre, esto no es arroz sino chochoca, esto es maíz cogido sarazo, esto es, ni en leche ni ya seco, sino medianamente cuajado. Así lo cogen y lo escaldan, y después lo secan al sol y lo guardan para comer entre año. Él queda muy vidrioso, y lo medio martajan, y así cocido con carne parece verdadero arroz, como a mí me lo pareció esta primera vez que aquí lo comí; y después me dieron un locrito de papas.

Ya el otro día después de misa me aviaron con otro indio y un muchacho y dos bestias, una para mí y otra para mis trastes. Tomamos por la serranía arriba, y a cosa de una legua ya nos emboscamos en un monte espeso por todas partes, y siempre cerro arriba con mucha aspereza, hasta después de mediodía en que llegamos lo más superior de la serranía.

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