CAPÍTULO XXIV
Contiene lo que me pasó en Tarma hasta que llegué al pueblo de
Cuchero.
Llegamos a la ciudad de Tarma, cabeza de provincia, y nos fuimos
a hospedar en casa de la señora Síndica. Era una señora ya de edad,
muy rica, y tenía muy buena casa. Nos hospedamos con mucho gusto.
El peón se volvió a Cauja, y nosotros nos detuvimos cuatro días en
Tarma. Tenía la señora un sobrino que era el Síndico, el cual era
sargento de la tropa que había en la ciudad. Lo fuimos a ver y nos
hizo mucho agasajo. Traía el compañero orden del Guardián del
colegio de requerir al señor Gobernador a ver si venía en dar la
gente que le mandaba el Virrey por su despacho; y de no, que nos
devolviese el despacho. Él respondió que tenía poca gente, y que
estaba frente del enemigo, y que no podía dar los soldados que se
le pedían. Que él respondería al Virrey, y que juntamente remitiría
al Padre Comisario el real despacho.
En Tarma había pocos días que se había regado una voz de que en
Chimín, que es el puesto donde tenía su frontera y fortificación
aquel rey intruso llamado Nicolao I, que sólo dista dos jornadas de
Tarma, y es por donde sólo se podía avanzar, se había visto salir
de aquel puesto una grande humareda, que duró un par de días, y se
recelaba que no intentasen los indios bárbaros dar algún avance a
la ciudad de Tarma y a los pueblos de toda la provincia, como ya en
años anteriores, habían hecho otra vez.
Las noticias que yo adquirí de este Nicolao I fueron que él fue
un mestizo natural del Cuzco. De muchacho lo crió un Padre jesuita.
Este se lo llevó a Lima, y habiéndolo hecho Procurador, viendo que
el muchacho era de vivo ingenio y muy sagaz, lo enseñó de cuentas,
y lo trujo a España y hasta a Roma a su Capítulo General. Ya que
volvieron a Lima, lo armó con una tienda de mercancía, que en su
nombre trujo de España. Él engañó al jesuita, porque fingiéndole
mayor lucro, se subió con la ropa al Cuzco. Allí lo vendió todo, y
con la mercería, empezó a tener correspondencia y amistad con
varios indios bárbaros del Cerro de la Sal y de la Pampa de
Sacramento. Esta pampa es un llano que cae a las espaldas del Cerro
de la Sal. A la mano derecha confina con el Cuzco y Arequipa, a la
mano izquierda con Portobelo. Esto es lo largo que puede importar
más de 1.000 leguas, y de ancho, mirando al sur, termina en el
Cerro de la Sal y la provincia de Guanuco y mirando al Mar del
Norte, hasta la presente no se ha descubierto su término ni
fin.
El Padre Fr. José de San Antonio anduvo a ver si podía verle el
fin de lo ancho 50 días por esta pampa, y no lo pudo lograr, porque
cuanto más anduvo, más descubría qué andar. Ello en voz común es la
flor del reino del Perú. Está muy poblado de naciones de indios
bárbaros, poblada de bestias y ganado vacuno, y juntamente poblada
de ricos minerales de oro y plata. Los indios bárbaros de este
dilatado reino por lo común se sirven de vajilla de oro y plata.
Hasta las ollas y otros vasos inferiores son de oro y
plata.
Ya pues que este Nicolao tuvo ganada la voluntad de los
principales caciques de esta pampa y de los principales indios del
Cerro de la Sal, que es un cerro que tiene más de 40 leguas de
largo, en cuya conquista se había empleado todo el afán de los
Padres del colegio de Santa Rosa de Ocopa, y ya habían fundado en
él 23 pueblos, y ya la mayor parte de los indios que poblaban este
cerro (estaban) cristianizados. Lo destrozó todo este Nicolao de
esta suerte: Impuso a todos los Provinciales que aquel reino era
suyo, y que el gobierno de los españoles era tirano, y que si una
vez los llegaban a conquistar, los supeditarían para siempre, y
jamás se verían a gobernar, antes bien siempre arrastrados y
pechados de tributos; y que el medio mejor era sacudir este pesado
yugo, levantándolo a él por rey, que él los sabría defender, porque
formaría armas como tenían los españoles, y que dividiendo el reino
en provincia, los pondría a ellos de superiores con que sujetarían
todas las naciones del reino, y ellos siempre mandarían en todos
los pueblos, y que en teniendo ya bastantes armas e indios
prácticos de batallar, conquistarían no sólo Lima, sino todo el
Perú y sacarían a todos los españoles.
Él con su ambición y sagacidad, lo pintó de modo que logró su
intento. Fabricóse una corona de oro e hizo moneda de plata y oro,
y convocadas las principales naciones, le coronaron por su rey con
nombre de Nicolao I. Ya conseguido este primer paso, con los muchos
donativos de oro y plata que le dieron, despachó a Lima y al Cuzco
indios confidentes secretamente a comprar cuantas escopetas, balas
y pólvora hallasen, lanzas, espadas, sables, hachas y machetes. De
una y otra parte algo se llevaron, porque recelosos de ser
descubiertos por un rumor que de este levantamiento se escampó de
improviso, o porque Dios quiso, o por poca cautela que tuvieron
estos compradores, y se hubieron de volver huyendo lo más pronto.
Con este corto aparejo empezó este rey a mandar, y lo primero
avanzó con gente al Cerro de la Sal, y como fue cosa impensada y
los principales indios estaban sobornados, entró sin resistencia
porque sólo los Padres conversores se le opusieron; pero sólo
escapó un fray lego llamado Fr. Santiago, el cual me contó toda
esta historia en Lambayeque, donde lo topé pidiendo limosna para la
Tierra Santa.
Y me dijo que unos indios amigos que tenía, le salvaron la vida,
escondiéndolo en un monte, porque entró ese Nicolao con armas, y
mandó pegar fuego a todos los pueblos en que murieron quemados 23
Padres conversores. Sólo salvaron la mayor parte de los ornamentos
y vasos sagrados, y otros los saquearon los indios y los profanaron
con indecencias, hasta que los rompieron. Ya conseguido este primer
triunfo, vino con gente y se fortificó en Chimín, que es la entrada
para el Cerro de la Sal. Ya hecha su fortificación, avanzó a la
ciudad de Tarma, y la puso en grave consternación. Algo de ella
saquearon y alguna gente mataron, pero viendo que los blancos y
chapetones que había, se acordillaron con armas, y les daban dura
resistencia y les hacían mucha mortandad, volvieron la espalda y se
fueron saqueando algunos pueblos de la provincia y con el saqueo se
retiraron otra vez a Chimín.
Dejó en el fuerte gente de guarnición, y él se pasó a Pampa de
Sacramento, y allí fabricó pólvora, hizo alguna artillería de
fundición de oro y plata manejable, y de cañutos de guadua
acordados y embetunados formó artillería mayor, y puso varios
fuertes en diversas partes, atacando todos los pasos peligrosos por
donde pudiesen avanzarlo. Ya que se vio con seguridad, fue
conquistando la mayor parte de las muchas naciones bárbaras que
pueblan aquel dilatado reino, y a todos les hizo tributarios, y
exaltó a Gobernadores y Corregidores a varios de los caciques e
indios principales. Escogió 3.000 indios para que con armas
blancas, de fuego, lanzas y flechas guardasen su persona. Escogió
50 caciques, y de ellos formó un consejo de guerra y de Estado, y
por fin estableció un gobierno político.
El Virrey de Lima con esta novedad, que era entonces el señor
Villagarcía, tiró a ver si lo podría prender, aunque fuese con
engaño, y sabiendo por un Gobernador que había puesto en Tarma, que
era imposible avanzar con tropa por lo áspero de aquella serranía,
y por los fuertes que habían ya puestos en todas partes, y que se
sabía de cierto que en la provincia de Tarma tenía correspondencia
secreta que lo avisaban de cuanto se trataba, para prevenirse y
atacar todos los asaltos que le quisiesen dar, mudó de intento, y
sabiendo que este Fr. Santiago, el fray lego que había escapado,
era allá muy querido de todos los caciques e indios principales, se
lo despachó allá con carta, en que le decía que si quería dejar su
locura y entregar la tierra, él le alcanzaría del Rey el perdón, y
lo exaltaría a gobernador de Tarma o del Cuzco.
Fue allá Fr. Santiago, conducido de indios amigos, y lo recibió
con majestad real, coronado y sentado bajo de dosel, pero guardado
de 3.000 indios armados, y no lo dejó acercar a él de 50 pasos. Fr.
Santiago le entregó la carta, y ya que la hubo leído, le respondió
de palabra que dijera al Virrey que las tiranías de los españoles
merecían que en todo el Perú hicieran los indios lo que él había
hecho en el Cerro de la Sal, y que lo mismo había de hacer en Tarma
y en Lima. Que él no había quitado nada al rey de España, porque
aquel reino todavía no estaba conquistado de nadie, y por
consecuente era aquella tierra de los naturales que en ella habían
nacido, y que sus legítimos dueños lo habían elegido a él por rey y
señor soberano, prestándole obediencia y tributo. Que procurase a
dejarlo gobernar sus estados con paz y sosiego, porque de no,
advirtiese que no estaba seguro en Lima porque no pararía hasta
llevárselo para criado de su palacio en Pampa de
Sacramento.
Volvió Fr. Santiago con esta respuesta al Virrey, el cual se
exasperó mucho de la audacia de este mestizo, y desde entonces
maquinó quitarle la vida con veneno. Dejó pasar algún tiempo, y
mandó fabricar dos docenas de chusmas, que es una especie de
vestimenta que usan allá aquellos indios a modo de ruana, y era muy
más fina que las demás, toda bordada de oro con mucho primor. Y
habiéndolas mandado envenenar, se las remitió con Fr. Santiago con
carta en que le decía que tomase aquel presente para sus amigos, y
que en suposición que no tenía de España orden ninguna contra él,
que permitiese firmar paz entre los dos, y que se permitiese el
recíproco comercio de géneros y víveres de una parte a otra. Fue
Fr. Santiago, y entregada la carta y el regalo, respondió que en su
reino tenía bastante comercio, y que no quería gente extranjera
dentro de sus estados, ni había de menester tampoco regalos, porque
tenía de sobra de sus vasallos. Mandó hacer una hoguera, y delante
de Fr. Santiago mandó quemar las chusmas, y que dijese al Virrey
que lo mismo haría con él si lo cogía bajo de su poder. Y amenazó a
Fr. Santiago, que si volvía otra vez, le haría quitar la
vida.
Con esta respuesta cesó el Virrey de su empresa, pero él con su
sagacidad aprehendió que el Virrey no pararía de buscar modos para
prenderlo; y para más asegurarse, escribió a un mozo del Cuzco, que
era muy su amigo y lo fomentaba secretamente, para que viniese a
Pampa de Sacramento a estar con él. Era éste un mozo díscolo,
deseoso de mando y riquezas, el cual sin embargo de haberse
aquellos días ordenado de diácono, lo abandonó todo, y conducido de
los mismos que le trujeron el aviso, se entró con ellos a Pampa de
Sacramento. El fin de esta historia relataré a su tiempo y
lugar.
La ciudad de Tarma, cabeza de provincia, es clima templado,
aunque declina un poco a frío. Está fundada en llano y arrodada de
serranía. Tiene sólo la parroquia y un convento de Agustinos. Puede
tener 4.000 vecinos, poco comercio, la mayor parte son mestizos,
algunos blancos y chapetones mercaderes, indios, negros y mulatos.
Tiene minerales de plata muy pingües. El Síndico se encargó de
buscarnos avío, y para ello valióse de un mestizo llamado Fierro.
Era el mayor pendejo de la ciudad. Él muy teólogo en el hablar, y
nos buscó una mula para nuestros trastes y dos caballos leñateros,
caballos de indio pobre, que no era posible que hubiera de peores
en la ciudad.
Ya que vino el cuarto día, vino Fierro con un indio trayendo las
bestias para partir. A lo que yo vi los dos caballos viejos, que se
caían de flacos, díjele a mi compañero: Hombre, mal viaje tenemos;
esas bestias no sirven para nada. Respondióme Fierro: Padre, poco
lo entiende usted: este caballo es de paso, y este otro es
aguililla. Yo respondí: Bien puede ser que sean corredores, pero no
tienen la cara de ello. Ya que se cargo, ensillaron al compañero el
caballo de paso, y para mí el aguililla. Partió delante Fierro con
el indio y la carga, y detrás nosotros. Mi caballo ya no quería
salir del patio de la casa, y cuando salí, ya la carga y el
compañero se habían adelantado toda una calle. Yo a sofrenadas,
latigazos y espuela hube de salir del pueblo; mas los otros ya me
llevaban mucha delantera. Mi caballo que por instantes se iba
rematando, y ellos que cada instante me gritaban que caminase. Yo
ya lleno de cólera y fatigado por bregar con el caballo, no sabía
qué hacerme. Quíseme volver atrás, pero tomé por mejor dejarlo
caminar a su paso. Así caminé cosa de un cuarto de legua, y antes
de llegar ya vi a Fierro que había acudido a una hacienda, y se
venía con otra bestia para remudármela.
Ya que llegué me apeé y le dije que era un pícaro, embustero,
ladrón, y cuanto me vino a la boca, y lo que más cólera me daba era
ver que mi compañero de verme tan colérico, se deshacía en
carcajadas de risa con el caballo aguililla. Ensilláronme la
bestia, y Fierro se volvió con el caballo, y nosotros proseguimos
con gran trabajo la jornada, y a la tarde llegamos al pueblo de
Santa Rosa. Es pueblo de indios, y tendrá 80 vecinos. El clima como
Tarma. Nosotros nos apeamos en casa de un indio. Mi compañero ya me
había dado noticia que el cura era un grande hombre muy teólogo, y
gran predicador, que se llamaba Padre Maestro Rosales, dominico
limeño.
Fuímoslo a ver, y le contamos el desavío con que habíamos
llegado, y él se ofreció a darnos buen avío para las otras dos
siguientes jornadas. Mandó llamar al Alcalde, y le dijo que nos
buscara tres bestias buenas.
Ya que vino la mañana, trujeron un macho de silla bueno una mula
de carga buena y un caballito chico y ruin. El compañero dijo al
peón que me ensillase a mi el macho, y a él el caballito. Ya
partimos, y a cosa de una legua de subida llegamos ya a clima frío
en una pampa rasa; mas el caballito se empezó a cansar. El
compañero traía unas espuelas terribles, y para alcanzarnos daba
con el caballito unas estampidas a carrera abierta, hasta
alcanzarnos. El con las espuelas le abrió dos llagas terribles, una
de cada lado, y todas las botas se ensució de sangre; y viendo que
bregando cuanto podía, siempre se quedaba detrás, venía colérico
con la vaya que yo le daba revolviendo y gritándole que caminase.
Ello con mil fatigas pudo llegar a la ranchería, que fue a unas 8
casas de indios, lugar muy frío, sin leña, con sólo paja para hacer
candela. Las casas eran redondas del redondo de una era arrodadas
de pared de piedras del alto de un hombre, y el techo de paja, como
la cumbrera de un molino de viento. Tenía grandes corrales de
ganado ovejuno, y nos dieron muy buena carne, y nos ofrecieron 200
carneros por 60 misas. Nosotros por no retardar nuestro camino, no
lo admitimos.
Allí dejamos el caballito, y se proveyó de otra buena mula, y
por la mañana volvimos a partir, y saliendo de unas serranías de
tierra doblada, volvimos a topar con otra pampa rasa, un clima poco
más templado. Ya a la tarde llegamos a pasar por junto de una
laguna que tiene 60 leguas de largo, pero es estrecha. Donde más se
abre es una legua. Cría muchas preñadillas, y por esto está poblada
de pájaros marinos, garzas, garzotes, patos de toda especie, pato
cuchara, flamencos, ánades, cisnes, gansos, ánsares, etc. A la
margen de esta laguna había una punta de ovejas y cameros, que nos
dijeron unos indios que los guardaban, que había por lo común más
de treinta mil cabezas. Topamos un corderito desviado y unos
cóndores que ya le volaban alrededor para cogerlo. Nosotros los
espantamos y llamamos una chinita pastora, y se lo llevó a la
manada y ya no peligró. A la tarde llegamos a arranchar a casa de
un mestizo en la margen de la laguna, y mi desgracia fue haber
dejado en Ocopa la escopeta, porque según la muchedumbre que habla
de pájaros buenos de comer, lo sentí mucho.
Ya el otro día volvimos a partir, desviándonos a la mano derecha
de la laguna, y en breve, acabada la pampa, tomamos otra serranía
de tierra doblada y clima muy frío, y antes de mediodía ya
estuvimos en un páramo de los más fríos que he pasado. Así
caminamos toda la tarde y venimos a arranchar en San Pedro, pueblo
de indios y mestizos. Tendrá unas 60 familias, y nos arranchamos en
casa de un mestizo. Era esto el día antes de Corpus. Pusímonos a
rezar los
Maitines, y era tanto el frío, que no podíamos
tener el breviario en la mano, ni podíamos pronunciar perfecto de
temblor. Ya que íbamos concluyendo, catay que viene el sacristán y
nos dice que el Padre cura decía que le hiciéramos el favor de
oficiarle las
Completas cantadas al cerrar la noche. El
compañero que gastaba poco humor, lo tomó a mal, y empezó a decir:
Esto es desvergüenza, esto es chasco: ahora acabamos de llegar
cansados y muertos de frío, y quiere el cura que lo vayamos a
servir. Yo le dije: Padre, no se altere usted. El Padre cura sabrá
que somos misioneros, y pensará que con esto nos hace gran honra y
favor. Ea, sacristán, dile al Padre cura que en siendo hora me
mande avisar, y yo iré gustoso a oficiar las
Completas.
Fuese, y naturalmente le contaría al cura lo que había pasado, y a
poco rato catay que nos manda el cura un par de perdices para
cenar. Esto sí, díjele yo a mi compañero, es ahora buen chasco.
Ya con esto fue preciso irlo a ver y darle algún género de
satisfacción. Fuimos allá, y a la satisfacción respondió, que como
era la fiesta principal, el mayordomo le había avisado de nuestra
venida, y la había pedido que nos cediese la función, ya que
habíamos llegado a tan buen tiempo, y que por hacemos esta honra,
nos había avisado. Ello quedamos amigos, y que en siendo hora me
avisarían, y yo haría la función. Nosotros nos volvimos a casa.
Ellos no avisaron, y nosotros nos cenamos las perdices muy bien, y
nos acostamos. El casero nos buscó tres buenas bestias para pasar
adelante.
Ya que vino el día nos fuimos a decir misa, pero al tocarme el
agua las manos para lavarme, estaba tan demasiadamente fría, que me
quedaron agarrotados los dedos, que con mucha dificultad pude decir
misa. Nunca en mi vida he sentido semejante frío, y sólo en el
infierno puede haberlo tal. Nosotros lo más pronto partimos. En
este páramo, que tiene más de 100 leguas de largo, se crían muchas
vicuñas, que es un animal como el guanaco, algo más chico, y su
carne es como la del carnero. Cría la lana de color musgo
acanalada, y tan fina como la seda. Ésta es la lana de vicuña tan
apreciada en toda la Europa, y de aquí la llevan a Lima, y de Lima
a España. De todas las provincias circunvecinas van a coger, y el
modo es el mismo que tienen los chilenos para coger bestias o
ganado en las pampas de Buenos Aires, como dije Tomo Segundo,
capítulo IV. Y es cosa de coger cada año más de un millón de
cabezas, porque como no tienen dueño, ya quien quiere y nadie se lo
puede estorbar; pero es menester ir muchos de compañía, porque hay
tigres, osos y leones, y se ha visto hacer daño y embestir a las
criaturas.
Partimos pues de San Pedro, y cada día nos duró la pampa y clima
frío. Ya a la tarde, una legua antes de llegar al cerro, empezó a
nevar, y caía tan espesa, que cada rato era preciso sacudir la
ruana, porque a menos pensar, ya teníamos una vara de nieve encima.
Yo le decía al compañero: Hombre, quítese usted el sombrero, que ya
lleva una vara de nieve encima. Y él me respondía: Usted lleva más
que no yo. Encima de la cabeza de las bestias, sin embargo, que
continuamente se sacudían, llegaba a cuajarse media vara. Cuando
llegamos al pueblo ya no se veía sino nieve, y las bestias iban
atascadas de nieve hasta el pecho.
El Cerro es un pueblo llamado así, por un cerro grande que allí
junto hay que todo es de minerales de plata. Este cerro con su
riqueza ha hecho habitable aquella tierra y páramo tan destemplado,
porque allí no hay más que ganado, bestias, agua y plata. Todo lo
demás para la manutención y vestido viene de afuera de las
provincias comarcanas. Los más son mestizos, tiene muchos indios y
algunos blancos, negros y mulatos. Allí las casas están con las
paredes forradas de bayeta, y el techo con cielo raso de lo mismo,
y el piso alfombrado de cueros de carnero; y ya con este abrigo no
se siente tanto el frío. Acuden allá muchos con víveres y
mercaderes con ropa, y con la plata, aunque allá nada hay, pero
nada falta.
Otros van sólo al comercio de los metales, y allí se compran por
cajones, que es una medida que usan allá a modo de un cajón, porque
como allá va al cerro a sacar metal quien quiere, y nadie lo puede
estorbar, hay muchos que no tienen molino para molerlo o azogue
para sacar la plata, y venden el metal que sacan, y estos mercantes
que lo compran a veces ganan mucho y a veces no tanto, y a veces
pierden también, porque como hay diversas cualidades de metales, y
unos tienen más plata que otros, en esto está el ganar o perder. Y
vale allá mucho el conocimiento de los metales.
Nosotros nos paramos en el pueblo, porque traíamos una carta de
recomendación para un mulato que era el minero más rico de la
provincia, y era Síndico del colegio. Él vivía una legua corta más
allá del pueblo hacia el cerro de su mina. Pasamos pues adelante, y
la nieve empezó a caer con más fuerza, y como el temporal ya nos
venía por la cara, nos iba más apretando. El compañero que renegaba
de la codicia que llevaba a gente a habitar en tal paraje, y a mí
no me faltaba nada para hacer lo mismo. La nieve era más, pero con
el aire no se cuajaba tanto. Llegamos allá hechos una miseria. Él
tenía muy buena casa, bien abrigada de bayetas y cueros de carnero
que en apeándonos, con el abrigo, nos pareció un cielo. Al instante
nos dieron mate, y con ello se fue el frío. Ya que vino la noche,
cenamos bien, y al concluir, nos dijo: Padres, ustedes pueden
recogerse, porque yo esta noche tengo de ir al pueblo, porque se
ensaya una comedia que se ha de representar de aquí a unos días, y
la niña, ésta era una hija suya, la quiere ver.
Nosotros nos fuimos a acostar, y ellos se fueron a la comedia,
adonde ni el demonio iría a tentar, por no pasar aquel páramo,
lleno de nieve con una noche tan destemplada. Ya que vino el día
nos levantamos. Había tras de la casa una buena capilla muy capaz,
más todo el suelo estaba hecho un cristal de un palmo de hielo que
se había cuajado aquella noche, y fue menester con picos de fierro
romperlo para poder ir a decir misa. Ya después de almorzar fuimos
a ver el molino en que se molían los metales, y como tengo dicho en
otra parte, es una grande rueda de piedra como la de moler la
aceituna, salvo que es más doblada. Bajamos después a ver el
buitrón, que es un canal en que se amasan los metales ya molidos
con el azogue. Había entonces 80 panes ya tercera vez amasados que
aquellos días se habían de limpiar y sacarles la plata que tenían.
Cada uno tenía dos varas de largo, una de ancho y media de alto. Yo
le pregunté cuánta plata tendría cada pan de aquellos poco más o
menos, y me respondió que 800 pesos; y por consecuente entre todos
sumaba sesenta y cuatro mil pesos fuertes de plata molida que allí
tenía.
Yo lo que más admiré que aquello se quedase solo sin guarda de
parte de noche, y que no hurtasen, ya domésticos o extraños; pero
nos dijo que no había experiencia de ello. Pero que donde hurtaban
era en el mineral, cuando encontraban algún pedazo bien cargado de
metal o plata pura, cuando el mineral lo aborta. Entonces es que
los negros esclavos y los indios asalariados hurtan cuanto pueden,
sin embargo de estar siempre con ellos un sobrestante. Yo le dije
que a un mozo portugués que allí estaba a efecto de comprar plata:
Este hombre tendrá mucha riqueza. Antes siempre anda empeñado, me
dijo, y muchas veces cuando viene el tiempo de limpiar la plata que
ha sacado en tres o cuatro meses, ya debe más que no importa la
plata que se limpia. Admirando yo esto, me satisfizo diciendo:
Padre, aquí no hay más que plata. Todo lo que es manutención y
vestido viene de afuera y va muy caro, y se les da almuerzo, comida
y cena, y a los esclavos se les da un vestido cada año, y a los
indios libres dos reales cada día.
Y sobre todo esto entra el gasto de la coca, que es una libra
por semana. Coca llaman a una mata que se hace en tierra caliente
del alto de un hombre, ella muy coposa y da la hoja del tamaño y
figura del limpión, salvo que no tiene tanto canto, y su color es
verdigallo. No da fruto ninguno, pero da tres cosechas de hoja, y
la tercera vez da su semilla, que son unos frijolitos muy
chiquirritillos de color carmesí, y el ojito negro. Cógese a su
tiempo la hoja, y se pone a madurar 24 horas, y en este tiempo es
menester de continuo estarla revolviendo, porque de no, toma mucho
calor y se mancha y pierde. Ya que maduró, se pone al sol, hasta
que ya casi está seca; se retira luego a la sombra, y ya que se
enfrió, se vuelve a poner amable con su jugo, y entonces se apila
en costales para trasponerse a vender.
Esta coca es la que mascan todos los que trabajan en las minas.
Ella tiene un sabor muy suave, y para uno que va de camino es un
grande alivio, porque en mascando coca, vaya a pie o vaya a
caballo, le conserva la boca fresca, húmeda, y le quita la sed, y
regularmente la gente india la usa en los caminos y en el trabajo.
Yo la he mascado muchas veces. Dicen allá los indios que les da
mucha fuerza y los sustenta mucho, y se ve por la experiencia que
en mascando coca comen menos. Ahora ellos le mezclan el mambre, que
es una especie de lejía blanca cuajada, que ellos fabrican de la
greda, y la traen molida dentro de unos calabacitos, y de rato en
rato sacan un palito con que lo traen tapado, y métenselo en la
boca con el polvo que tiene apegado de este mambre. Mas el uso de
este mambre con el tiempo les tiñe negros los dientes y se los
pudre también. Yo nunca quise probar este modo de mascar
coca.
Pero el peor desagüe de plata que tiene esta gente es el juego
continuo que se arma en estas minas, porque ahí se tiene a gran
cosa jugar en una noche una talega que dicen, que compone 5.000
pesos. Yo como suelen ir rodando por estos minerales los mayores
tahúres de aquellas provincias, suelen quedar algunos más pelados
que un junco de hoja; pero con la esperanza de recobrar en plata
virgen la deuda, por empeñados que se veían a los mineros, siempre
les prestan grandes cantidades, o ya en dinero, o en géneros o en
víveres.
El Síndico nos detuvo dos días, y no lo pasamos mal. Partimos el
tercer día por encima de aquella serranía, pero a cosa de un par de
leguas tomamos una bajada descansada, y nos duró todo el día, y a
la tarde venimos a arranchar en la mina de un mestizo. En casa no
había sino una india cocinera, y hasta la noche no vino la gente.
Ya el otro día volvimos a partir cuesta abajo, cosa de dos leguas
más en que se topan varios minerales; pero ya que llegamos al llano
mudóse el clima frío en clima caliente. Aquí nos emboscamos en un
algarrobal de aquellas algarrobas carmesíes que llevo referidas de
que se hace la tinta. Toda esta tierra hasta Guanuco es la única
que he visto de clima caliente y seco; y a la tarde hallamos una
partida de indios, que llevaban un palo para el pueblo, y delante
de ellos iba uno con un arpa cantando, tocando y
bailando.
A poco rato llegamos a Santa Ana. Es pueblo de indios, y tendrá
600 familias. Nosotros nos fuimos a casa del cura. Era un clérigo
mocito, y nos recibió con mucho agasajo. Había poco más de un año
que era cura, y tenía su Vicario; y como tenía el pueblo 13 pueblos
de indios anejos por aquellas serranías, iba entonces el Vicario de
pueblo a pueblo, celebrando en cada uno su fiesta del Corpus. Mas
en Santa Ana, como era el pueblo principal, se celebraba toda la
octava, y para ello cada año se señalan 8 mayordomos, uno para cada
día. Y éstos cada cual en su día paga todo el gasto de la fiesta.
Esto es, paga al Padre cura, el oficio y las vísperas de su
día.
La fiesta se reduce que cada día de mañana sale el Alcalde con
los Regidores acompañando la danza de los matachines, y van
bailando y alborotando el pueblo hasta que es hora de ir a la misa
mayor, la que canta el cura. Y para ello ha de ir el Padre cura a
recibirlos y darles agua bendita a la puerta de la iglesia, y como
toda la octava andan borrachos, es la mayor indecencia que se pueda
ejecutar. Ya que se acabó la misa, los vuelve el cura a acompañar
hasta la puerta de la iglesia. En lo interim ya las indias arman en
medio de la plaza una mesa en que quepan todos los hombres del
pueblo, y las mujeres acarrean de casa del mayordomo del día
algunas botijas de vino y aguardiente, otras de guarapo y chicha y
otras de masatos. Ármase la mesa, y a cada uno se le da pieza
entera, esto es, un cuye, un gallo, una polla, una gallina, un
pavo, un lechón y un carnero, y ya después que ellos comieron cada
cual lo que quiso, y remitió lo demás cada cual a su casa, entonces
se les dan varios guisos de carne de res asadas, fritas, compuestas
con varias salsas y otras con papas, y a lo último el locrito de
papas. Después queso, varios dulces y varias frutas. Pero las
mujeres no hacen más que acarrear a sus casas lo que sobra a su
gente; y como allí se propasan mucho en bebezón, dura la comida
hasta las cuatro de la tarde. Los más se quedan borrachos en la
plaza, y los matachines vuelven a armar su danza hasta la oración,
y entonces, tocando a las
Vísperas, vuelve el Padre cura a
recibirlos con agua bendita en la puerta de la iglesia, y lo mismo
al salir.
Ya que salieron de
Vísperas, el Alcalde se lleva a su
casa a los Regidores y todos sus amigos, y de la parte que le tocó
en la mesa vuelven a armar la cena, y hasta la media noche están
cenando y bebiendo, en que acaban de embriagarse del todo. Suelen
ya sin juicio armar entre sí sus peleas, y las mujeres lo mismo; y
como están ellas tan borrachas como ellos, no se oye más que gritos
y confusión. Entre los matachines que mantienen la danza, va uno
tocando flauta y tamboril, y el otro va con un zorro seco y lleno
de paja levantándolo con el brazo, y en lo interim todos los
danzantes le dan sus tironcitos al zorro. Yo deseé saber qué
significaba esto, pero nadie me supo dar razón.
Las bestias del Síndico se volvieron, y no fue posible podernos
aviar hasta después de la octava. Ya el otro día partimos para
Guanuco. Cerca de las diez llegamos a pasar por un pueblecito de
indios y mestizos, que serán unas 40 casas, no sé cómo se llama.
Estaba todo lleno de naranjos chinos, llenos de naranjas. Cada
árbol tendría más de 25 varas de alto, y muy coposos. Al vemos se
vino de una casa un mestizo, y de otra una mestiza, gritándonos:
Padre, Padre, aguárdate, te daré naranjas. Cada uno nos trujo un
canasto lleno, y llenamos los pañuelos y los enfaldos del hábito.
Yo aquella tarde me comería una docena, y eran muy buenas. Al cabo
de rato volvimos a entrar en despoblado en otro algarrobal como el
pasado, y a la tarde venimos a arranchar en casa de un mestizo él
muy teólogo. Tenía una buena huerta de muchas frutas
;
especialmente tenía unos naranjos agrios, que allá llaman toronjas.
Cada una era tan grande como la cabeza de un hombre. Yo me ataqué
de granadillas, que había muchísimas y ya se pasaban de maduras. Él
nos dio bien de cenar, y el otro día a la tarde llegamos a la
ciudad de Guanuco.
La ciudad de Guanuco es cabeza de provincia, y está situada en
un llano. Su clima es caliente y seco. Tendrá más de 4.000 vecinos.
Tiene sólo una parroquia. Tiene convento nuestro de Observantes,
Dominicos, Agustinos y de San Juan de Dios. Los más son gente
mestiza. Tiene indios negros y mulatos. Tiene algunos blancos y
algunos chapetones mercaderes. Tiene bastante comercio y algunos
obrajes de ropa de la tierra de lana, paño, pañete y bayeta.
Nosotros nos fuimos derecho al hospicio que tenemos dentro del
mismo convento nuestro. Éste se hizo de una huerta que para esto
dio el convento, y tiene un corredor, y en él de un lado a la
izquierda una capilla, cinco celdas, una despensa y una cocina. A
la entrada a la derecha tiene una estaca para las bestias, y lo
demás una huerta en que se crían lechugas, escarolas, coles y
cebollas. Tiene algunos frutales de chirimoya, higueras y parral, y
éstos dan higos y uva todo el año. Allí asiste de continuo un
Presidente con un fray lego, y entonces estaba allí el Comisario y
un mocito donado, que había venido aquellos días.
Ya había recogido el Comisario el decreto del Gobernador de
Tarma, y había vuelto a acudir al Virrey para que lo precisase a
dar la gente que pedía, para la entrada que quería hacer a buscar
naciones gentiles qué conquistar. Allí me detuve cuatro días, y me
despacharon con un indio al pueblo de Cinchao. A poco rato de
camino hallé un grande tablón de unas matas, que cada una hacía una
espiga o flor como la cebolla, todo colorado. Yo pregunté qué era
aquello, y hubo de ser azafrán de la tierra. Ello cada cabecita de
aquéllas está cuajada de tantas hebritas, que en realidad parece
azafrán, y tiñen la comida asimismo, pero no tienen el mismo olor,
pero no huelen mal. A la mano derecha de la ciudad, de entre unas
serranías, nace un río, el que por pasar junto a la ciudad, lo
llaman el río de Guanuco. Él cuando llega a la ciudad, ya es río
bastante grande. A la margen de este río caminé todo el día hasta
llegar a Cinchao. A poco rato más de haber pasado el azafrán, se
sigue cosa de una legua en que se crían muchísimas verdolagas todo
el año, y sin sembrarlas. A cosa de dos leguas de la ciudad hay un
puente fabricado de palitos sobre varias trenzas hechas de
chamizas. Sólo ver por dónde se fían a pasar rama jeando aquella
gente causa horror.
De la otra parte sobre de una loma está el pueblo del Valle. Es
curato nuestro, y tiene cuatro anejos, que son Cinchao
Pillao, La Quebrada y San Francisco. El Valle es pueblo de indios y
tendrá 200 familias, y ya en este paraje el río de Guanuco tendrá
100 varas de ancho y vara y media de agua. Cosa de un cuarto de
legua más adelante hay un pueblecito de los indios antiguos, de
casitas chiquitas como los que llevo referidos, y cae al lado del
camino. Un poco más allá hay unas seis casas de mestizos que tienen
buenas huertas de berzas, y frutales, y pasada una quebrada con su
buen puente, a un cuarto de legua más, a mano izquierda, se divide
la serranía y baja un río de una vara de agua y 20 de ancho, y
entra al río de Guanuco. Se llama el río de San Francisco, porque
nace de junto este pueblo que está dos leguas más allá.
Siguiendo pues el curso de mi camino, a la margen del río de
Guanuco, empecé a subir una serranía, y a media ladera llegué a la
tarde al pueblo de Cinchao. Es pueblo de indios neófitos, que
todavía no pagan tributo al Rey, y aunque esté ya entregado al
Ordinario, y los gobierna el cura del Valle, con todo quedó siempre
obligado a hacer cada cual cada año diez días de servicio a los
Padres conversores de aquellas misiones y así siempre que han
menester algunos, se avisa al Alcalde, y luego los remite a
ejercitar el negocio que se ofrece, y juntamente tiene el pueblo
obligación de recibir a cualquier Padre misionero como si fuera su
propio cura, y ponerle pongo y china hasta que se va. Tendrá 200
familias. Es su clima templado, y algo declina a húmedo, y
caliente. A lo que me vieron llegar, al instante fueron a repicar,
y vino a recibirme el Alcalde y Regidores, y a poco rato todo el
pueblo. Esta demostración es común con cualquier misionero. Díjele
al Alcalde que llevaba orden del Padre Comisario para que así que
bajase la gente de Cuchero, adonde iba yo a estar de cura, que
inmediatamente despachase con ellos la gente que el Comisario le
tenía pedida para ir a la entrada de la barbaridad sin detención
alguna. Me respondió que estaba muy bien y que así lo
haría.
Ellos ya tenían noticia de mi venida, porque el Presidente
aquellos días anteriores había puesto allí 60 novillos y vacas,
para que siempre que yo necesitase de carne, me trujeran una o dos
reses para aperarme, porque aquí se mantienen bien con buen pasto,
lo que no hay en Cuchero; y aunque allá hay alguno dentro del
monte, y hay también algunos pedazos de gramadal, pero no se puede
allí mantener ganado mayor, porque habiéndolo intentado en otro
tiempo, lo hubieron de quitar, porque los tigres, osos y leones lo
iban devastando todo.
Desde Cinchao se desvía el río de Guanuco a la mano derecha
muchas jornadas. En esta mano derecha a cuatro jornadas hay tres
pueblos de indios neófitos, que gobernaba el Presidente, y por allí
habían de ir a buscar los indios bárbaros en esta entrada. Esto cae
de la otra banda del río de Guanuco; y de esta parte del mismo río,
a cosa de dos leguas, sobre de unas serranías, está el pueblo de
Pillao que tengo antes dicho. Es pueblo de indios neófitos, y
tampoco no pagan aún tributo al Rey, y los gobierna el cura del
Valle, y están con la misma obligación de servir a los Padres
misioneros como los del pueblo de Cinchao. Allá despaché un indio a
avisar al Alcalde para que tuviese pronta la gente para la entrada,
y que la despachase luego que lo avisasen, para que frieran juntos
los pillaos con los cinchaos.
A hora competente me trujeron de cenar. Yo pensé que era arroz
con carne, y pregunté al Alcalde si en el pueblo sembraban arroz.
Él me dijo: Padre, esto no es arroz sino chochoca, esto es maíz
cogido sarazo, esto es, ni en leche ni ya seco, sino medianamente
cuajado. Así lo cogen y lo escaldan, y después lo secan al sol y lo
guardan para comer entre año. Él queda muy vidrioso, y lo medio
martajan, y así cocido con carne parece verdadero arroz, como a mí
me lo pareció esta primera vez que aquí lo comí; y después me
dieron un locrito de papas.
Ya el otro día después de misa me aviaron con otro indio y un
muchacho y dos bestias, una para mí y otra para mis trastes.
Tomamos por la serranía arriba, y a cosa de una legua ya nos
emboscamos en un monte espeso por todas partes, y siempre cerro
arriba con mucha aspereza, hasta después de mediodía en que
llegamos lo más superior de la serranía.