CAPÍTULO
XXIII
Contiene lo que
me pasó en Santa Rosa hasta que llegué a la ciudad de
Tarma.
Llegué al colegio, el cual tiene el clima muy destemplado de
frío, pero tiene buenos resguardos, porque en el coro hay muchos
cueros de carneros para abrigo de los religiosos, y lo mismo hay en
las celdas, en las cuales hay buenas camas con buenos colchones y
pabellones de bayeta azul. La fábrica del colegio e iglesia es muy
buena de cantería, y en el claustro está alrededor de él la vida
del Padre San Francisco de bella pintura. En cada ángulo hay una
capilla, y en el ángulo de la entrada de la portería, a la parte
interior del claustro, hay una iglesita chiquita con su buena
sacristía con ricos adornos de ornamentos ricos y preciosos vasos
de plata y oro. El altar, que es de la Virgen de los Dolores, está
muy adornado, y la Señora, que será de tres cuartas y está sentada,
es en extremo hermosa.
La iglesia principal del colegio está muy adornada, y el retablo
mayor era nuevo, y todo de cedro con bella escultura. Iglesia muy
capaz, pero poco concurso en ella, porque como está en despoblado,
no tiene frecuencia, y sólo la gente de tres casas de indios que
viven allí cerca, concurren en ella los días festivos. Aunque todo
el año viene mucha gente de Cauja, Guancavelije y otros pueblos
comarcanos a ver el colegio y confesar, y algunos especialmente
chapetones y eclesiásticos, a hacer ejercicios, y para ello hay
allí junto al colegio una hospedería de 15 cuartos aperados de todo
para los huéspedes. La sacristía es bella, y está muy rica de ricos
ornamentos de tisú, glasé, brocado, persiana y damasco. Tiene
muchísimas alhajas y plata. Había más de 70 cálices y poco menos
cupones, y mucha ropa blanca de finos lienzos.
Para las limosnas y transportes de los Padres había cuarenta y
siete bestias mulares, y para ellas buenos alfalfares. Había 800
carneros. Tiene una bella huerta con toda clase de berzas buenas
para la olla. Está arrodada de arboleda de elisos que abastecen de
leña. En la cocina había más de 100 jamones curtidos para abasto de
la comunidad, y para reemplazar hay una buena manada de cerdos. La
manutención de la comunidad es espléndida. Se dan tres platos de
carne y una olla, buen pan, un vaso de vino o aguardiente, y por
postre dulce y queso. A la noche dos platos y un locrito bueno. Y
lo mismo si es de pescado. Todos los días de ayuno se da cacao, y
los otros días una taza de sopa buena y un vaso de vino o
aguardiente.
Cada semana tienen los Padres tres misas a propia intención y la
comunidad los provee bien de todo hasta de tabaco, y cada mes se
les da una libra de yerba del Paraguay, y tres libras de azúcar
para que tomen mate por las tardes.
Mis dolores se fueron agravando, y a los quince días ya apenas
podía decir misa, pero yo con cuatro baños que tomé, por entonces
me las quité. Dos veces salimos a pasear, y la una fuimos a un
macanal de un indio, y venimos cargados de macanas. La otra fuimos
a las faldas de la serranía; a ver un pueblecito de indios antiguos
que hay. Serán unas 50 casitas de piedrecitas. La casa mayor tendrá
seis varas en cuadro. Hay tradición constante que se han visto de
parte de noche muchas veces salir llamas de varias casas, de donde
infieren que hay allí enterrados algunos tesoros de oro o plata con
que se enterraban por lo común los indios entonces.
Habíase fundado unos años antes en el reino de Chile un colegio,
en la provincia de Chilán, para la conquista y conversión de los
indios de Chiloe, cuyos dos fundadores fueron del colegio de Santa
Rosa de Ocopa. Uno de los dos me contó lo siguiente: Él era limeño,
y se llamaba el Padre Fr. Andrés Chacón. Dijo pues que andando
abriendo cimientos para la fábrica se encontraron varias calaveras
enteras de gigantes, cuyos huesos por la mayor parte estaban ya
petrificadas, y eran tan desmedidas, que los huesos de las piernas,
desde el tobillo hasta la rodilla, tenían nueve varas y media. Y lo
mismo en poca diferencia tenían los de los muslos, y a proporción
de esto era toda la calavera. Y preguntado a uno entendido de
simetría, dijo que a todo el cuerpo de uno de estos gigantes le
correspondía 63 varas de alto.
Ello dióse parte al señor Presidente de Chile, el cual mandó
sacar varias calaveras enteras: Y encajonadas en cajones de cedro
se trujeron a España, y de ahí a Francia a la Sorbona fueron
algunas. Este religioso me dijo que en La Concepción de Chile,
hablando de esta especie le enseñó un caballero chileno una muela
de la boca de una de estas calaveras, y la vio pesar, y pesó tres
libras y siete onzas. A la boca que viste semejantes muelas ya me
parece que le corresponde un cuerpo de 65 varas de alto. Hay
tradición en todo el reino de Chile que la provincia de Chilán fue
habitada de gigantes, y que Dios los aniquiló por sodomitas. En
este tiempo allá una res no vale más que un peso como ya llevo
referido, pero yo aseguro que si ahora Chile fuera poblado de esta
gente, iría la carne más cara, porque hombres de semejante
colmillo, de un bocado se pasarían un camero asado, como quien come
un pajarito, y una res entera mayor no le alcanzaría para un
desayuno corto. Yo he visto en Roma en el palacio del Cardenal
embajador de Nápoles la cabeza de bronce de uno de los dioses que
allá veneraban los gentiles antiguos, y era muy grande. Podía tener
en redondo cuatro varas. Más grande sería la de estos gigantes de
Chilán, pero la mentira de aquí talvez sería hija de la verdad de
allá.
El señor Presidente, no sé si curioso, que lo era el señor Amat,
que ya llevo citado, influyó en que los primeros misioneros de
Chilán hicieran una entrada en el Chiloe a explorar aquel reino, y
encargó que le trujeran una descripción de aquella tierra. Entre
los Padres que entraron fue uno el Padre Ángel aragonés, que en
España había sido en su provincia Vicario de coro. Él se dio maña e
hizo un mapa de aquella tierra y gentes incultas que la habitan. Ya
que volvieron presentó su mapa al señor Presidente, y le pareció
tan bien, que lo mandó a la Corte, y pidió para el Padre Angel la
mitra de Chile, que entonces vagaba, y le alcanza la gracia, y
estaba entonces de obispo de Chile.
Tiene el colegio de Santa Rosa varias misiones vivas en
Cajamaraquilla, y en la provincia de Guanuco. Unos Padres de estas
conversiones, unos meses antes, se habían bajado de un pueblo
llamado San Francisco por el río de Guanuco, y tomando por un brazo
de él que desembocaba en otro río, se bajaran por él a ver si por
allí había alguna gente qué convertir. Llegaron a una playa, y en
la arena reconocieron rastro de criaturas. Los indios que llevaban
fueron reconociendo todo aquel paraje, y no hallaron a nadie, pero
con toda los Padres clavaron en medio de la playa una cruz grande y
al pie de ella pusieron unas hachas y machetes y unas chaquiras y
se volvieron. Ya que pasaron algunos meses, conociendo que ya venía
el tiempo en que suelen los indios bárbaros que viven remontados
monte adentro bajar a las playas grandes de los ríos a sus
pesquerías, volviéronse a bajar al mismo puesto con ánimo de
aguardar que bajasen a esta playa algunos indios, a ver si los
podrían conquistar y agregarlos a su pueblo.
Llegan a la playa y ya no hallaron la cruz ni las herramientas
ni nada de lo que allí habían dejado. Con todo se fueron a la otra
parte del río a aguardar a ver si aparecía alguien. El tercer día
de mañana oyen hachar en el monte, y a poco rato ven salir a la
playa a una india con una niña. Diéronle voces, pero la india al
ver la canoa y gente, apretó con la niña a huir, pero a poco rato
salió a la playa un indio con arco y flecha que era su marido. Él
se llamaba Tutempani. Diéronle de la canoa voces, diciéndole en su
lengua: Seamos amigos. El indio respondió lo mismo: Seamos amigos.
Con esto vanse a la playa con la canoa. Al llegar lo abrazaron los
dos Padres, y el indio los llevó a su rancho, en donde hallaron
catorce criaturas que eran esposas e hijos de este Tutempani. Le
preguntaron si sabía quién había quitado de la playa una cruz y lo
demás. El indio les dijo que unos parientes suyos lo habían
quitado, y que él les había pedido prestadas unas hachas y machetes
para hacer una roza, y no se lo quisieron prestar, y que por ello
se había venido con su familia a guardar que volviesen algunos
Padres para que le diesen también a él hachas y machetes. En varias
conversaciones pasaron el día, y ya habiéndoles dicho Tutempani que
tenía muchos parientes que vivían en distintos parajes de aquel
río. Dijéronle los Padres que los enviase a llamar.
Él respondió que ya había despachado allá a avisar algunos. A
los tres días vinieron tres canoas cargadas de gente. Los Padres
les repartieron a todos de la prevención que traían de hachas y
machetes, eslabones y chaquiras, etc. Al cabo de dos días más
vinieron otras tres canoas con otros parientes. Ellos todos les
pedían también donativos, pero como ya lo habían repartido todo,
les dijeron que fuesen con ellos a San Francisco, y allá les
darían.
Aquí hay que suponer que los indios de esta nación eran
contrarios de los indios de San Francisco, y en años anteriores los
de San Francisco en un encuentro que tuvieron, habían hecho en
éstos una gran mortandad, y todos aquellos días no hablaban de otra
cosa sino de vengarse de ellos, y se decían unos a otros: Ya
nosotros somos muchos, ya podemos vencerlos a ellos. Los Padres
trabajaron mucho en apaciguar este odio, hasta que consiguieron
allanarlos a ir todos juntos a San Francisco a trabar la paz de
ambas naciones. Partiéronse todos juntos, y los Padres despacharon
por delante una canoíta a avisar a San Francisco. Ya que llegaron,
se bajó con la Virgen a recibirlos y se cantó el
Te Deum y
la salve, y fue la función muy festiva y alegre. Se hizo la paz, se
regalaron entre ellos algunos donativos, y los Padres también les
dieron hachas y machetes, etc.
Ya que todo estuvo allanado, trataron los Padres con los indios
principales para que se quedasen todos en San Francisco, pero ellos
dijeron que de manera alguna: antes bien, que fuera con ellos un
Padre, y que allí vivía donde Tutempani formarían su pueblo, y que
al Padre le harían buena casa y lo mantendrían muy bien, porque el
río tenía mucho pescado y en el monte había también muchos monos y
pájaros para comer, y que nunca le faltaría comida con abundancia.
Viendo los Padres que no convenían en quedarse, determinaron de
volver a bajar con ellos a que se formase allá el pueblo; y así se
hizo: Vinieron otros parientes de Tutempani, y en un mes tuvieron
ya pueblo formado, y numeraron 800 criaturas, y con ellos se quedó
un Padre, con esperanza de que en breve se le juntase toda la
nación. Dióse aviso al Presidente de Cajamarquilla, y éste
participó la noticia al Virrey de Lima y al colegio de Ocopa, la
cual llegó en la mitad de la cuaresma, y yo oí leer la carta del
dicho Presidente.
Cuando yo llegué a Ocopa, ya el Padre Sifre, mi connovicio, se
había embarcado para España, y el lector Oliver había algunos años
que había subido para el Cuzco, que dista 400 leguas de Ocapa, y
había fundado un colegio en la provincia de Las Charcas que
vulgarmente llaman el Potosí, tan nombrado por las muchas minas de
plata que allí hay. Las noticias que yo adquirí fueron que al
principio tuvo el Padre mucho séquito y aceptación; pero que
habiendo predicado una cuaresma en Las Charcas, que es la ciudad
principal, reprehendió severamente la gente principal del gobierno,
por cuya causa cayó su séquito y buena opinión, y todos les
volvieron la espalda, y ya restituído a su colegio, después de
algún tiempo, trató de venirse para España y con este fin se subió
del Cuzco al Tucumán, y de allí pasó a Buenos Aires, con ánimo de
pasar a España. Pero cuando yo ya vine a España, en Cádiz, me contó
un Fr. lego que vino de Buenos Aires que allá dejaba al lector
Oliver, que se había afiliado en aquella provincia, y aquel
capítulo había visitado la provincia, y que había dado muy buena
cuenta y estaba muy estimado, y que a capítulo decían que lo
sacarían de Provincial.
Y prosiguiendo mi historia digo que el Comisario prefecto de
misiones por este tiempo determinó hacer una entrada por Guanuco a
fin de registrar aquella tierra, y ver si podían conquistar algunos
indios bárbaros. Con este fin hizo una petición al señor Virrey, el
cual decretó que el Gobernador de Tarma le diese 50 soldados de
escolta para mayor seguridad. Ya después de pascua el Guardián del
colegio me pidió por favor que en lo interim que se proporcionaba
mi viaje, que le hiciese el favor de ir a asistir al pueblo de San
Antonio de Cuchero, porque el religioso que allí asistía de
conversor, que era el Padre Fr. Juan Bonamo, ya había cumplido su
destino, y no quería perseverar más, sino que quería salir e irse a
su provincia. Yo le respondí que como se me guardase fidelidad en
avisarme para mi viaje, que iría allá. A este tiempo había venido
otro religioso aragonés de otro pueblo, porque el Presidente le
había notado que tenía algunas especies de loco, y con esta ocasión
determinó el Guardián que yo y el padre Andrés Chacón, fuéramos a
reemplazar las dos faltas.
Buscóse un peón que nos acompañase, y partimos para Tarma. Yo
dejé en el colegio mis cinco mulas y un caballo que adquirí en Los
Valles. Dejé la cama de viento y todos mis trastes; dejé 170 pesos
que me habían sobrado de mi viaje, y sólo me llevé lo preciso,
pensado volver al colegio dentro de 8 meses, antes de irme a
embarcar, pero no me sucedió así como diré adelante. Partimos esta
primer jornada para el Cauca, y yo me iba prevenido de varias
semillas para sembrar. Las primeras jornadas lo pasamos muy bien,
porque llevábamos un buen jamón cocido y en el camino lo fuimos
comiendo para los almuerzos. Llegamos a Cauja, y allí arranchamos
en casa de un mestizo. El otra día volvimos a partir dejando a mano
izquierda el camino de Lima, y tomamos la serranía de la derecha.
En la mitad de la jornada se desvió el compañero para ir a ver la
gente de una hacienda que eran sus conocidos.
Él era limeño y algo melindroso, y llevaba un paño de manos fino
con su encaje sobre las faldas, y a la vuelta lo perdió, y aunque
se revolvió a buscarlo, no lo pudo encontrar, y todo el camino
lamentó su paño. Esta segunda jornada fuimos a dar a casa de un
indio en despoblado. El otro día volvimos a proseguir y venimos a
dar al pueblo de El Fondal, porque cae en una vega arrodada de
serranía alta. Había en casa del indio donde nos apeamos muchos
árboles de lucmas (1), y yo comí cuanto quise. Era ya clima
templado, y el pueblo es de indios y tendrá 20 familias. Ya al otro
día proseguimos y venimos a dar al pueblo de Santa Bárbara, que cae
sobre la serranía. El otro día era día de fiesta, y por falta de
materia no pudimos decir misa. Es pueblo de indios y mestizos,
clima templado, y tendrá 80 familias. De aquí volvimos a partir, y
venimos a caer a la tarde en una hoyada arrodada de serranía. La
balada era muy áspera y pendiente, y el compañero se adelantó a
buscar posada en un pueblecito que había abajo de casas
esparramadas. Pueblo de indios no sé cómo se llama. Ya que llegamos
abajo, lo fuimos buscando, y no lo podíamos hallar. Tendrá el
pueblo unas 40 familias. Por fin apareció, y en casa de unos indios
nos arranchamos.
Ya al otro día volvimos a partir, y todo este día anduvimos por
la mañana metidos en un algarrobal de aquellas algarrobas carmesíes
que ya dije que de ellas se hace la mejor tinta, y por la tarde
bajamos una cuesta tendida, que la mitad de ella nos duró toda la
tarde, y está toda poblada de unas varas que hacen su hoja a modo
de espada, y en el cogollo hace un ramito de flores a modo de
clarines. Unas las hacen blancas y otras carmesíes color de
rosa.
Es tan efectiva esta planta, que sólo oler la flor purga una
criatura, y la colorada es más efectiva, y en las hojas tiene este
secreto natural: Si se arrancan las hojas tirando el impulso para
arriba, comidas provocan a vómito; pero si se arrancan tirando para
abajo, comidas provocan a curso, y de un modo y otro, si se comen
en cantidad notable, son mortales. Este día venimos a arranchar en
casa de unos indios, y el otro día acabamos de bajar la cuesta a
las once del día, y en breve subimos una loma, y volviendo a
trastornarla, bajamos otra cuesta que nos duró hasta llegar a
Tarma.