CAPÍTULO
XXII
Contiene lo que me pasó en la ciudad de Lima hasta que llegué al
colegio de Ocopa.
Al llegar a la ciudad de Lima, me fui derecho a la casa grande
de San Francisco, y manifestando al Superior mi licencia, me
recibió con mucho agasajo, y me señaló una celda en que se pusieron
mis trastes, y mis bestias en un corral del convento, y cada 24
horas para las cinco bestias se gastaban en alfalfa tres pesos
duros. El convento tiene muy buena fábrica de cantería. Es el más
grande que yo he visto, y de los más aseados, y la iglesia también,
y tiene muchas alhajas ricas. La ciudad es más grande que Sevilla;
está fundada en un perfecto llano, tiene muchas acequias de agua
que la atraviesan toda por varias calles repartidas. Su clima es
muy caliente y padece de continuos temblores, por cuya causa sólo
las iglesias y conventos son de cantería; pero lo demás de la
ciudad, excepto el palacio del Virrey y el del arzobispo, que son
de cantería todo lo demás son fábricas bajas y de
adobes.
Antes de llegar a la ciudad hay un barrio o arrabal que tiene
cerca de media legua de largo y sólo tres calles en ancho. Al
principio de este arrabal estaban entonces acabando de madera el
techo de una iglesia, a cuya fábrica dio principio este prodigio.
Había en el puesto una capillita con un altar, y en la pared del
altar un santo Cristo pintado de carbón y almagre, pintura tosca y
de cuerpo muy grueso. El dio en hacer milagros de continuo. Se
divulgó por toda la ciudad, y se le conmovió tanta devoción, que
fue el señor Virrey, el arzobispo y los señores de la ciudad allá a
ver esta figura, y certificados de varios evidentes milagros,
determinaron fabricarle esta nueva iglesia en el mismo lugar. Ya
que la iglesia estuvo en buena proporción, se le hizo un buen
altar, pero el santo Cristo caía muy bajo, y determinaron, como la
pared en que estaba pintado era de adobes, aserrar la pared y
levantarla entera en proporción del altar. Así se hizo. Aserraron
la pared, pusieron instrumentos ingeniosos y aparejos reales, y,
convocada mucha gente, empiezan a tirar; pero se apuraron las
fuerzas de los hombres y los ingenios, y las fuerzas de las mulas y
de los bueyes, y no lo pudieron mover ni poco ni mucho. Entonces
conociendo que con haberse hecho pesado declaraba el santo Cristo
que allí donde estaba quería ser venerado, se cayó un pedazo de la
iglesia y se compuso al tajo unos escalones, y bajando con esto el
altar, quedó proporcionado a él el Señor.
A lo último de este arrabal a la mano derecha hay una calle
excusada, que da paso al baratillo en que se venden trastes, libros
y vestidos, todo viejo. Este barrio remata con la margen del río y
por una calle que forma en que están las manterías, da paso al
puente por donde se entra a la ciudad. A la mano derecha de lo
último de este barrio están todos los mesones que pertenecen al
tráfago de las recuas que vienen de los valles, y está de un lado y
otro amurallado de una tapia con sola una puerta.
Unos años antes llegó a Lima un mozo andaluz de un ingenio tan
vivo, que en breve tiempo conmovió a todo Lima. Este pues dio en la
idea que había de volar. Anduvo bastantes meses cazando aves de
todas especies; les quitaba las plumas del cuerpo y las pesaba. Lo
mismo hacía con las de la cola. Lo mismo con las de las alas. Medía
las alas, pesaba sus cuerpos, y pesándose a sí, sacaba por
consecuencia que en vistiéndose de plumas con tal medida y
proporción, con una cola y alas de tal medida y peso, volaría como
cualquier ave. Él se aperó de bastantes plumas de cóndores,
garzotes y pavos; formó dos alas de papel picado amoldado en cola,
y le cosió las plumas. Lo mismo hizo en la cola. Se formó un
vestido de plumas, y riégase la voz por todo Lima que tal día ha de
volar desde el Tajo, que es un cerro alto, que forma un tajo en la
entrada de la ciudad, hasta la plaza. Y si le salía bien este
primer vuelo, daría después otro hasta El Callao, y que si este
segundo le salía bien, pediría al Virrey el correo, e iría llevando
las cartas por todo el Perú volando. Ello por todo Lima no se
hablaba de otra cosa: que ya vuela, que ya no vuela, que tal día ha
de volar. Los niños con la especie quitaban las plumas a las
gallinas ya cuantos pavos encontraban, y se iban a sus madres
forjándose alas, y diciendo: Mamá, yo quiero volar. Vuela, hijo,
vuela, mi vida, respondía la madre. Esto duró hasta que informado
de ello el señor Virrey, le pasó un aviso que dentro de 24 horas
saliese de Lima, porque locamente se habían empeñado muchos
mercaderes y caballeros con grandes apuestas, afirmando unos y
otros negando, y con esta providencia del Virrey y su partida tan
de improviso, todo quedó en paz.
A lo último de este arrabal hay otra calle a la derecha que guía
al puente, la que es de tres ojos muy bien fortificada con estribos
de cantería sobre cimientos de peña de uno y otro lado sobre el río
más de 40 varas. Está el puente cubierto de piedra sillar, y tiene
de cada lado siete covachas bien capaces, en que se arman con
bastidores tiendas de mercancía y mercería; y aquí es en que hay el
mayor concurso, y siempre anda allí la gente a empellones. Al pasar
el puente de cada lado forma una calle o margen el río, y en ella
se venden balas, pólvora y munición, instrumentos de fierro,
bronce, cobre batido y vaciados.
Al entrar por la primera calle a mano izquierda está el palacio
del Virrey con un portal en la última esquina y otro en la plaza.
De un lado y otro hasta la mitad de la calle, la que es corta, son
tiendas de lo mismo, y lo demás baratillo de ropa fina usada,
alhajas de ajuar de casa y ropa de la tierra, paños, bayetas y
tocuyos. La plaza es quebrada, la más hermosa que yo he visto, y
puede competir con la mayor de Madrid. A la mano derecha está el
palacio del arzobispo, y forma un corredor de columnas, y aquí
también hay mucho concurso, porque está lleno de cajones de
mercachifles con mercerías y hosterías de dulces, helados, mistelas
y algunos boticarios. Enfrente está la catedral, y el otro lienzo
casas grandes con tiendas de mercancía, y de esto hay dos calles
más. En esta plaza está el mayor concurso, porque se venden
comistrajes de comer y en medio de ella hay una grande pila de tres
tazas de mármol con saltadores de agua, y tiene por remate una
estatua de
La Fama con su clarín de bronce. Antiguamente fue
esta estatua de plata. Hubo quien la supo hurtar, y jamás se ha
sabido quién. Alrededor tiene la pila seis leones de bronce
sentados echando agua por la boca.
La ciudad está en cuadro, amurallada de pared de tapia, y tendrá
legua y media de largo y poco menos de ancho. Ruedan allí muchos
coches y usan muchas sillas de manos. Dicen que tiene medio millón
de gente. Unos meses antes, el señor Amat, catalán, que de
Presidente de Chile pasó a Virrey de Lima en lugar del señor Manso,
levantó allí milicianos de todos estados y acordilló sesenta mil
hombres con vestido blanco y divisa verde.
Unos años antes había sucedido en Lima este caso raro. Llegó a
Lima con un Virrey una mocita, niña de estrado de la Virreina,
llamada Clara de no sé qué, porque se me ha olvidado y la he visto
pintada en el portal menor de la catedral, en que están los
retratos de los que ha quemado allí la Inquisición. Ella era muy
hermosa y con la santimonia exterior engañó a todo Lima. Supo
ganarse la gracia de toda la nobleza, y con éxtasis y raptos
fingidos, ganó fama de santa, y cuando iba a comulgar, iba
levantada por el aire. Llegó a España su fama, y anticipaba cartas
a varios sucesos futuros de muertes, enfermedades, saludes y
nacimientos de gente distinguida, especialmente de la Corte de
Madrid, Cádiz y Zaragoza, de que no sólo lograba veneración, sino
también gajes de muchos regalos.
Ella casó con un rico mercader, y al cabo de años una criada le
descubrió su enredo, porque habiéndola visto un día almorzar una
gallina asada, tiró a misa, en cuya iglesia había mucho concurso, y
vio a su señora que levantada en el aire fue a comulgar. Lo
comunicó a su confesor, y habiéndola delatado, le observaron los
pasos y las acciones, y la prendió la Inquisición, y le averiguaron
que era de nación y profesión judía. De siete años hizo pacto
explícito con el diablo, y la defloró, y usaba de ella en varias
formas de bestias y otros animales. Ningún rudimento cristiano
sabía; sólo, sí, ritos judaicos. Ella estuvo pertinaz, y su marido
le ofrecía que si se reconciliaba, se casaría con ella, pero no la
pudo trastornar.
Sacáronla en auto público, y la sentenciaron a muerte y quema.
Habiéndole pues leído la sentencia, se levantó y dijo al señor
Virrey: Señor, confieso que cuanto de mí han relatado es todo
verdad, pero soy una pobre mujer engañada, y acudo al favor y
patrocinio de V. Excelencia. Yo mudaré de vida, y dando pública
satisfacción, me meteré en un convento hasta morir. El Virrey, que
la había tratado, y la quería, dijo a los Inquisidores: ¿Yo puedo
algo en este caso? Se le respondió que ya estaba en su tribunal,
que obrase como quisiese. El Virrey estuvo un poco suspenso; pero
dijo que pasase la sentencia adelante. Lleváronla para el suplicio,
y en lo interim iban muchos sacerdotes gritándole a voces: Clara,
que te pierdes, que te condenas, que te lleva el diablo. Esto la
ponía más rebelde; pero un fray nuestro que la conocía mucho y la
había tratado, atropelló con todos, y llegándose a ella le dijo con
afabilidad y mucha cortesía: Mi señora doña Clara, ¿tiene vuestra
Señoría que sujetar algo a las llaves de la católica iglesia en el
sacramento de la confesión? Ella le hizo una seña que la mandase
apear. Así se hizo. El Padre la rebosó con su manto, y parece que
la confesó y reconcilió. Así estuvo media hora, y después la
llevaron al suplicio, y parece que de aquí resultó no quemarla
viva. Dierónle vuelta de garrote, y después quemaron su cuerpo. El
otro día los Inquisidores llamaron al Padre y le preguntaron si la
había reconciliado y confesado; pero él respondió que ni ellos le
debían preguntar esto, ni él debía responder a la pregunta en tal
caso, y así se quedó.
A unas dos leguas cortas a mano derecha tiene Lima puerto de mar
al Sur, que llaman El Callao. Es buen puerto. Hay una fortaleza de
piedra vidriosa, cuyas murallas tienen hasta el cordón una
contramuralla de arena. Tiene su artillería de fierro con cañones
de 8 a 16. Dentro tiene sus casas matas y cuarteles. Del lado
izquierdo tiene una isla contigua, que estando el mar en calma a
pie se pasa a ella y es de serranía algo alta y da buen resguardo
al puerto. Había en El Callao una gran población de catorce mil
criaturas. Iba allí el vicio muy suelto, la profanidad sin reboso,
la bebezón, y el fandango continuo. El año de 1755, el día de todos
los santos, se lo sorbió el mar. Sólo don Antonio Amiche, que ahora
es el predicador apostólico en Santa Rosa de Ocopa, escapó; porque
habiendo la tarde antes venídose a Lima, lo detuvieron sus amigos,
y se quedó en Lima, y así escapó.
Fue antes revelado a una monja este castigo, y tres días antes
lo amenazó un fray nuestro, predicando en la plaza de Lima; pero no
se creyó, antes lo tomaron por estribillo de sus cantares y decían:
Ay que tiembla la tierra; ay que el mar sale. Y al tiempo que así
cantaban, vino el castigo. Había allí varios conventos, su
parroquia, y un colegio de jesuitas, y en él un sótano en que tenía
once millones para mandar poco a poco a España. Cerca las once de
la noche vino una ola y traspuso tres fragatas y varios barcos un
cuarto de legua tierra dentro, y al retirarse la ola, quedó en secó
y barrió todo El Callao, que ni siquiera los cimientos de tal
población no han vuelto aparecer. No se supo dónde estaba tal
población, quedando aquello un arenal hasta lo presente. Hicieron
varias diligencias los jesuitas, hasta ofrecer la mitad al que
descubriese su sótano del tesoro, pero ha sido en
balde.
En Lima estaba de Virrey el señor Manso, y por la mañana mandó
allí ministros con gente, y recogieron una partida de carretones
cargados de vajilla de plata y otros vasos y alhajas de iglesias.
Dicen que montó más de un millón. Acudió mucha gente más, e
hicieron mucho destrozo en los cuerpos difuntos que nadaban,
desnudándolos y cortándoles, especialmente a las mujeres, varios
miembros para quitarles los adornos de oro y plata y pedrería de
zarcillos, gargantillas, joyas, cadenas, motas, cabestrillos,
manillas, brazaletes. etc.
Lima tiene muchas iglesias, creo que 16 parroquias, varias
ermitas, 11 conventos de monjas. Había jesuitas, belermos, San Juan
de Dios, dominicos, agustinos, mercedarios, la casa grande de San
Francisco, colegio de San Buenaventura y recoletos. De Los Valles
le entra el azúcar, raspadura, melados, alfeñique y alfandoque; y
desde Panamá, Chocó, Tumbes, Trujillo, Paita, Guauras y La
Barranca, todos puertos de mar, mucho cacao, y mucho más de
Guayaquil, palo campeche y quina. De la sierra mucha ropa de la
tierra, paños, bayetas, tocuyos, ponchos, y de la otra costa añiles
y grana. De la sierra de tierra arriba algún trigo, cebada y abasto
de reses, mulas y caballos. De Chile le viene yerba del Paraguay, y
de sola ella sacaban los jesuitas cada año medio millón. Trigo,
vino, aguardiente, aceite, aceitunas, pergaminos y cordobanes.
Peros muy buenos, que pueden competir con los mejores de España, y
mucho oro batido, que de todo esto abunda Chile y continuamente
vienen al Callao barcos cargados de ello, y vuelven a cargar
azúcar, cacao, grana, añil y palos de tintura.
Un caso gracioso me contaron que había poco que había sucedido
con un negro en Los Valles, y es como se sigue. Venía un chapetón
con una recua cargada de azúcar que había comprado en un trapiche,
y caminando de noche por aquellos arenales, se escabulló una mula.
Ya que vino el día y la echaron menos, acudieron a otra hacienda y
de allí despachó el caporal los peones a buscarla. En tres días no
la pudieron hallar, porque ella extraviada fue a dar al mar, y del
sol y falta de comer se quedó muerta dentro de una zanja de arena,
junto a una playa, y con su actividad el sol la secó. Al cabo de un
año un negro de aquella hacienda soñó que veía a la dicha mula. Ya
que vino el día, díjole a otro negro: Compadre, yo esta noche soñé
la mula del chapetón, y ahí está, y habemos de ir a traer el
azúcar. Él dio en que ahí está, y con su compadre fue un domingo
por los pasos que le dictaba el sueño, y encontraron con la mula
seca y el azúcar intacta y muy refinada con el sol, y cargándola,
se la llevaron.
Unos días antes que yo llegase a Lima dieron sentencia de muerte
a un negro que había hecho una muerte. Pusiéronlo en capilla, pero
aunque entraron muchos sacerdotes, no lo pudieron hacer confesar, y
la última noche se estuvo sentado en el suelo, picando con un
tiesto en la mano. Ya que vino el día, a hora competente lo sacaron
para el suplicio, y al echarlo de la horca, con el balanceo del
peso del cuerpo torcióse la horca, y al echársele el verdugo, con
el peso de los dos de un crujido rompióse la horca, y se cayeron al
suelo. Había allí varios frailes nuestros y otros sacerdotes, y se
lo quitaron al verdugo, y lo llevaron a la casa grande. Algunos
días padeció del cuello, pero con emplastos se consolidó. Diéronlo
por libre de la muerte y de la esclavitud, y andaba por Lima
buscando su vida con el nombre que le pusieron, llamándolo por lo
común en todo Lima El Ahorcado.
Había en Lima una ramera de buena cara que la llamaban La
Buscavida, porque desde que se echó al mundo, sólo se había metido
con gente rica, y menos de 200 pesos por acto no se franqueaba, y
con ello había hecho caudal. Es estilo allí en Lima ir por la
ciudad vendiendo muchos mercachifles con su bandola. Otros con una
petaca al hombro llena de géneros. Otros a mula con dos petacas, y
otros con un negro esclavo que lleva los géneros. Uno pues de estos
que iba con su petaca al hombro entraba varias veces a ver esta
madama, pensando lograrla con media docena de pesos. Ella se
mantenía en su dictamen de los 200 pesos. Él le decía que lo que
tenía no alcanzaba tanto gasto, pero ella le repetía: Deja la
petaca aquí, que yo me contento con ello. Él le repetía: Esto no es
mío. Esto es ajeno, y si te lo doy, daré mala cuenta a mi patrón
que me lo fía, y perderé la fama, y después no hallaré quién me
quiera fiar nada, y no tendré con qué mantenerme.
Estas conversaciones tuvo con ella muchas veces, y viendo que
ella siempre se mantenía fuerte, trató de engañarla. Llenó su
petaca de trapos y paja, y en lo superior puso, como acostumbraba,
varios retazos de cintas como muestra de lo que traen, y fue allá a
puesta del sol, y fingiendo gran cansancio de haber tanto andado,
le tocó la especie de quedarse aquella noche con ella. Ella le dijo
lo mismo de los 200 pesos. Él apeló que no los tenía. Ella le
replicó: Pues deja la petaca. Él fingió que atropellaba con ello
por lograrla. Ella aseguró la petaca bajo de llave, y después de
cenar se acostaron. Ya que vino la mañana, se fue, y va ella a
registrar la petaca para ver lo que había ganado aquella noche, y
hallase con trapos y paja. Ella en lugar de despecharse airada
contra él, no lo hizo, antes hizo concepto de que el hombre vencido
de la pasión, por no perder de su fidelidad con su patrón que le
daba la mano había usado de aquel ardid. Fuélo a buscar, y le dio
1.600 pesos diciéndole: Busca con esto la vida, y en no haberlo ya
de menester para tu comercio, me lo volverás sin ningún
interés.
Unos años antes había sucedido en Lima este caso. Fue un
caballero a la tienda de un mercader a cobrar 1.800 pesos con una
letra de cambio. Él se los dio en doblones en una talega, y para
transportarlos a su casa llamó a un indio mandadero de los que
suele haber en lugares de concurso. El indio cargó la talega, e iba
por delante. Hubo de encontrar el caballero un amigo con quien se
paró a hablar un poco. El indio que ya la llevaba armada, lo
observaba, y al doblar una esquina, deja caer en tierra la talega,
quítase el capisayo, y queda con un hombro vendado con trapos
asquerosos ensangrentados. Quitase una media, y plántale un parche
asqueroso; levántase las cuencas de los ojos, y con un rosario en
la mano siéntase sobre la talega, y fingiéndose ser pobre llagado,
empieza a rezar al tono de los pobres: Padrenuestro, que estás en
los cielos, etc. Sobreviene el caballero a paso tirado, y al doblar
la esquina no ve al indio con la talega. Pregunta a éste si lo ha
visto, y éste: Dios te salve, María, llena eres de gracia... Sí
señor, le responde, por aquí pasó. Deme usted, por Dios, medio
realito. El caballero dobla el paso y empieza a preguntar a cuantos
topa, y nadie le da razón. El indio así que lo vio descabullado
vuelve a cargar la talega, y se fue con ella a su casa, y así quedó
hasta este día.
Hubo en Lima en años anteriores una compañía de ladrones, que
entre otros hurtos hicieron este que ya digo. Supo el caporal que
un mercader había vendido un día treinta mil pesos de ropa, y que
el comprador había pagado en pesos duros toda la partida. A la
noche ármase de militar con su bastón, y los otros como ministros,
y vase a la tienda del mercader fingiéndose que era Alcalde de
corte, y diciéndole:Señor don Fulano, vengo de orden de
Su Excelencia a ver a usted, porque se ha averiguado que ha entrado
en Lima una gran partida de pesos fuertes falsos, mezclados con
algunos buenos, y ha acudido al Virrey el Mayor de la Casa de la
Moneda para atacar el daño y ver si se puede averiguar quién lo ha
introducido. Esta tarde se han encontrado ya doce mil falsos en
varias tiendas. Se ha sabido que hoy usted ha recibido treinta mil,
y me manda Su Excelencia con estos tres que trabajan en la fábrica
de la moneda, y conocen con sólo verlos cuáles son buenos y cuáles
son falsos. Sáquelos usted, y los que fuesen falsos se apartarán.
Sacó el mercader las talegas, y los tres fingidos fabricantes se
pusieron a separar, y de los treinta mil, separaron 2.600, y fue
fortuna que no los diesen todos por malos. Tomó el fingido Alcalde
papel, y le hizo un certificado de ello, y le ordenó que el otro
día acudiese a la Audiencia, y se le trocaría en buena la falsa
moneda. Firmó el papel en el nombre del Alcalde de corte, y marchó
con los ministros fingidos y los talegos de plata. Ya que vino el
otro día, va el mercader a la sala de Corte, pide por el Alcalde;
sale el señor Alcalde, y le dice que va por su plata. ¿Qué plata?,
dice el Alcalde. ¿Cómo qué plata? La que anoche se llevó usted de
mi tienda como consta por este certificado. Lee el Alcalde la
cédula, ve su firma, pero no su letra. Preguntando y preguntando se
averiguó la estratagema de los ladrones, pero nunca se supo quiénes
fueron, y el mercader se hubo de quedar con su plata menos.
Cuando yo llegué a Lima ya sabía que había un mallorquín llamado
don Jaime Palmer, que era mayordomo mayor del Virrey. En el
convento me dieron noticia que había en el Callao dos fragatas
españolas, que eran el Matamoros y San Juan Bautista. Salí el otro
día y fui a palacio y hablé a don Jaime, el cual me dijo que las
dos fragatas estaban de espacio; pero comunicándole yo mi destino y
quién era, tuvo conocimiento de mí y de mi padre con quien tuvo
familiaridad en Cádiz, y me dijo que volviese allá a las tres de la
tarde e iríamos los dos a ver al capitán del San Juan Bautista, que
era un buen vizcaíno y me facilitaría el pasaje, porque la fragata
era de un mercader de Cádiz vizcaíno, llamado don Juan Francisco
Hurtaris, con quien tenía mucha correspondencia, y que por ello
pensaba que él capitán me haría el favor de llevarme sin pagar
nada. Así se hizo. Volví allá a la tarde, y fuimos al almacén del
navío y allí lo hallamos. Don Jaime le habló por mí, y él convino
en llevarme; pero me dijo que todavía tardaría cerca de un año a
partir. Yo dije que por precisión había de aguardar, y así quedamos
acordes.
Regularmente estos navíos que van al Mar del Sur se tardan en
Lima un año, porque como van muchos se tardan en despachar la ropa,
y hasta acabar de vender y cargar de retorno, no parten. Lo regular
cargan quina, cacao, palo de tintura, azúcar, lana de vicuña y de
carneros, yerbas y raíces medicinales, etc. Yo determiné irme al
colegio de Santa Rosa de Ocopa a aguardar el tiempo para el viaje.
Contraté con don Jaime que un mes antes me avisase por carta, y a
los nueve días de haber llegado a Lima, me partí para dicho colegio
pensando encontrar allí al Padre Sifra, mi connovicio, y al lector
Oliver, mi maestro.
Busqué un baqueano que iba para San Mateo, y me fui con él. Esta
primer jornada llegamos a la tarde a la casa de un indio en
despoblado. En casa no había nadie, y arranchamos en un rastrojo de
maíz. Ya aquí el clima era templado. Nosotros armamos candela, y
después vino la gente, y me dieron unas papas muy buenas. Ya el
otro día volvimos a tirar tierra arriba, y a cosa de una legua
llegamos ya a la sierra y clima frío, y toda esta media legua
estaba la tierra llena de verdolagas, y éstas fueron las primeras
que vi en el Perú. A la tarde llegamos a arranchar al pueblo de San
Mateo, clima ya muy frío. Tiene el pueblo a la mano izquierda una
laguna poco ancha, pero bastante larga. Es pueblo de indios. Tendrá
400 familias, pocos blancos y mestizos. Fui a ver al Alcalde, y lo
hallé que estaba con otros en bebezón. Era hombre altivo, y no hubo
remedio que me quisiese dar hospedaje. Acudí a casa del cura, y
estuvo fuera, y su Vicario me hizo tan poco agasajo, que hube de ir
a hospedarme en una capilla sin portal en que habían en años
anteriores enterrado unos ahorcados, y cuanto pude conseguir fue
con muchas súplicas que me trujeran alfalfa; y unas pobres indias
me cocieron un poco de tasajo con unas lentejas que traía desde
Cajamarca.
Yo pasé malísima noche, porque con la idea de los ahorcados no
pude dormir, y cada instante me parecía que me venían a hurtar las
bestias. Ya que vino el día alquilé un peón y partí con él, y no
comí en todo el día, y a la tarde llegué ayuno al pueblo de San
Miguel. Yo me fui derecho a casa del cura, y fue un buen clérigo
limeño que vivía allí con una hermana suya, y me recibió con mucho
agasajo. Yo como iba con la barriga vacía, a lo que se compusieron
mis bestias y trastes, fui a sacar tasajo para aparejar de cenar
temprano, pero el cura no lo permitió, y enterado de mi necesidad,
hizo prevenir temprano la cena en que me harté de un buen puchero
de pavo con papas y yucas, y después pavo asado. Se mandó venir al
Alcalde para prevenir un peón para el otro día; mas él me avisó que
había llegado un mulero de Cauja con una recua de revuelta de Lima,
e iba para Cauja. Yo lo mandé venir y me ajusté con él hasta
Cauja.
Ya que vino el otro día dije misa, y después de almorzar
partimos. Iba con nosotros un fray mercedario lego con tercianas, y
esta primer jornada reforzó el clima frío, y a la tarde venimos a
arranchar en unos minerales de plata, lugar muy frío y destituído
de pasto y de leña. Yo pasé mucho frío, y las bestias mucha hambre.
El principal minero me agasajó mucho y me dio bien de cenar, porque
le escribí unos despachos de varias piñas de plata que había
vendido a unos que estaban allí entretenidos sin poderse ir con la
plata, temiendo que no se las encontrasen sin guía y se la tomasen
por decomiso.
Ya que vino el otro día, volvimos a partir, y a las tres de la
tarde llegamos a pasar por entre dos cerros, en que a mano derecha
hay como un tajo, y a la izquierda hay un camino que se aparta y va
a dar a la provincia de Tarma, de que hablaré a su tiempo. Por este
camino se fue solo el mercedario, sólo por haberse adelantado, y se
perdió; pero su fortuna fue encontrar un indio, el que lo revolvió
y le dio el camino, y nos vino a alcanzar ya arranchados en una
vega que llaman el Garbancillo, lugar muy frío. Aquí se crían unas
matitas muy parecidas a la mata de los garbanzos, y por ello la
llaman Garbancillo. Es de tal cualidad esta mata, que la bestia que
la come queda 24 horas borracha, y si come mucho le quita la vida.
Yo y el mercedario comimos bajo mi toldo, e hizo esta noche tanta
nieve, que por la mañana había vara y media por todo aquel paraje,
y sobre el toldo se cuajó un cristal de hielo de media vara de
grueso, y fue preciso romperlo con piedras para sacar el toldo en
que se había pegado.
Ya que almorzamos volvimos a partir, y a poco rato me entró a mí
una terciana con mucho frío, que me duró dos horas, y la calentura
casi todo el día, y con ello llegué a la tarde a la ranchería en
ayunas. Arranchamos a la margen de una quebrada, ya clima más
apacible, y al querer anochecer, nos alcanzaron dos mozos mestizos
que venían a pie, y traían una botijuela cargada a la espalda que
tenía 12 frascos de aguardiente. Yo estaba tan enflaquecido, que no
tenía gana de nada pero con todo asé un pedazo de tasajo y me lo
comí con pan. Desde que salí de Lima empecé a sentir dolores en
todas las coyunturas de los pies, rodillas, muslos, hombros y
manos. Esto iba en aumento cada día, y ya en este paraje me venía
tan dolorido, que apenas podía subir solo a la
bestia.
Ya que vino la mañana, los arrieros instaron al mestizo que les
vendiese aguardiente, y taladrando con una aguja de arriero la
botija, cada cual le compró su medio real de aguardiente. Yo me
levanté con la boca muy amarga, también le compré medio real, y me
lo bebí y me abrió la gana de comer, y almorcé pan y queso. Ya
cargamos y volvimos a partir, y a poco rato vuélveme a entrar el
frío de la terciana. A mí me daba poco cuidado, porque yo traía
buena quina para quitármelas. La calentura me duró hasta poner del
sol. Era todo tierra labrada, y por falta de pasto no pudimos
arranchar. Proseguimos la jornada, y ya que cerró la noche perdimos
el camino, y anduvimos con la oscuridad perdidos más de dos horas.
Por fin volvimos al camino, y nos metimos por una vega entre dos
cerros, clima ya más frío, y a las diez de la noche llegamos a la
venta, que era una casita en que vivía un mulato, y aquí
arranchamos.
Yo no había comido en todo el día, y me pareció que comería unas
papas. Pregunté al mulato si tenía. Díjome que sí, y le hice cocer
un caldito de huevos con papas, y lo comí con el mercedario; mas yo
no comí más que medio huevo y dos papas. Éstas se me asentaron en
el estómago, y desde entonces me sentí bien malo con un grave peso
en el estómago, y cuanto gusté olía y aún el resuello me sabia a
papas con muchofastidio e inapetencia. Ya que vino el día
volvía a tomar otro medio real de aguardiente, y partimos sin comer
nada. A poco rato me volvió a entrar la terciana, y me duró hasta
las tres de la tarde, y a esta hora llegamos a una grande pampa,
lugar muy frío, y aquí fue en que vide la mata que da la quinoa de
que tengo hablado. Al acabar de pasar esta pampa, pasamos unas
lomas arenosas, y venimos a trastornar en el llano de
Cauja.
Bajamos abajo al ponerse el sol en que hay un chorrito de agua
que viene de entre esta serranía arenosa, que no tiene sino un
palmo de ancho, y sólo lleva dos dedos de agua, y esta sola agua
tiene la ciudad de Cauja. Allí junto está la ciudad, y el caporal
me llevó a su casa y el mercedario se fue a casa del Tesorero para
el cual traía carta de recomendación. La mujer del caporal hizo una
buena cena, y yo cené algún tanto, aun con las papas que me
fastidiaba el estómago. El otro día que era el jueves de
Carnestolendas, vino por la mañana el mercedario y me llevó a
almorzar en casa de una señora, y almorcé bien, y después me dijo
que a mediodía lo fuera a ver en casa del Tesorero.
Cerca de las diez me entró la terciana, y ya que salí del frío,
salí y me fui a casa del Tesorero, y hallé una máquina de señoras y
caballeros que jugaban Carnestolendas. A lo que me vieron se
vinieron a quererme tirar puñados de harina, que en el Perú es lo
común. Algunos puñados me tiraron; mas viendo que yo me puse con
severidad a reprenderles la llaneza, se contuvieron. A poco rato se
armó la mesa y hubo un gran convite. Yo no quise comer nada, y a
poco rato me volví a mi posada, y ya que la terciana declinó, saqué
dos adarmes de quina y la tomé, y ya no vi más tercianas.
La ciudad tendrá tres mil vecinos, los más mestizos, pocos
blancos, indios y mulatos y negros. A la mano izquierda tiene la
ciudad una laguna estrecha, y tendrá dos leguas de largo. Hay mucha
penuria de leña, y regularmente hacen candela de la boñiga de las
reses. Es clima muy
frío. Hay poco comercio. A la tarde
salieron de casa del Tesorero con arpa y guitarras toda la tropelía
a dar vuelta por la plaza, danzando, e iba guiando por delante un
mulato bufón, haciendo gestos ridículos. Yo alquilé un peón, y el
otro día de mañana me partí para el colegio de Santa Rosa, que
dista cinco leguas. A las dos leguas encontré una procesión de
indios e indias cargados de haces de trigo, y lo llevaban a trillar
a la era e iba uno por delante con una arpa cantando y bailando. Es
esto estilo común de los indios, en cualquier trabajo, en
juntándose ellos a trabajar, siempre hay uno que anda por delante
tocando arpa, y al mismo tiempo cantando y bailando. Cerca de las
once llegamos a Ocopa. Es pueblo de indios
y mestizos
y tendrá 200 familias. Es clima frío y está a lo último de
la pampa de Cauja a la mano izquierda. Tiene muchos manzanos, y
entonces había ya algunas manzanas que empezaban a madurar, y por
medio real me dieron 80. Está este pueblo una legua corta antes de
llegar al colegio. Volvimos a partir,
y trastornado una loma
hace a mano izquierda una ensenada de media legua, y al pie de la
serranía entre dos lomas, con un cuarto de legua de ancho, está el
colegio de Santa Rosa.