CAPÍTULO XXI
Contiene lo que me pasó en el pueblo de Guaras hasta que llegué a
la ciudad de Lima.
Al llegar al pueblo de Guaras, me fui derecho a hospedar al
convento de Padres belermos, y con la carta de recomendación que
traía del Padre Prefecto de Cajamarca me recibió el Padre Prefecto
con mucho gusto y agasajo. Es Guaras el principal pueblo de la
provincia, aunque no tiene mucho comercio. Aquí vive el señor
Corregidor y su Teniente cuando lo hay. Entonces lo había, porque
el señor Corregidor trujo de España el Corregimiento; pero don
Jacobo Blanco lo habilitó en Lima con cincuenta mil pesos con
condición que lo había de tener de Teniente, le había de dar dos
mil pesos anuales para la mesa, y había de partir la ganancia del
repartimiento en el género en que se emplea la moneda. Tendrá el
pueblo 2.000 vecinos, la mayor parte gente mestiza, pocos blancos,
y los demás son indios y algunos negros y mulatos.
Dos casos me contó el señor Teniente que le habían pasado unos
meses antes. El primero fue que un negro mozo que tenía, casado con
una moza también negra llamada Mariana, la cual era su cocinera,
éste pues se amachinó con una moza india, y se huyeron los dos, y
para que quien les encontrase no pudiese dar noticias del camino
que llevaban, trocaron el vestido. La india se vistió de hombre y
el negro de mujer. Luego que el Teniente advirtió la falta del
negro, hizo diligencia, y a breves días llegó a saber por dónde
iban y cómo iban. Manda gente y los prendieron, y se los trujeron a
Guaras con el mismo disfraz que iban, y a toque de tambor les hizo
pasear por todo el pueblo, así como iban, el negro vestido de mujer
y la india vestida de hombre, y después los puso asimismo por
cuatro meses en un obraje a ración y sin salario. Si este castigo
se daba en España a los que viven amachinados, pienso que fuera
bastante para poner a muchos freno en este vicio.
El segundo fue que habiendo prendido a los matadores que llevo
referido, dos mestizas hermanas, una noche pretendieron escalar la
cárcel y sacar a los presos, y para ello sobornaron a mucha gente
para tocar arrebato y atropellar con todos los que los quisiesen
estorbar, y así se hizo. A las diez de la noche tocan arrebato con
la campana mayor, concurren todos a la plaza, y con barretones
pónense a romper la cárcel. Hubo quien avisó al Teniente, y sale
éste solo con su negro y la espada en la mano, y embiste con todos
y los atropella. Acude a la cárcel y halla a las dos mestizas, que
ya habiendo quitado al carcelero las llaves, estaban abriendo.
Agárralas a las dos de la melena, dales bastantes puntapiés, y con
el puño de la espada rómpele a una la cabeza. Hace abrir la cárcel
y mételas presas en un calabozo. Toma deposición a varios, y da
aviso a Lima al señor Virrey. Ocho meses había entonces que estaban
presas. Acción por cierto varonil y digna de premio.
De este hecho se le levantaron muchos émulos en toda la
provincia, y como no ignoraba la propensión de esta gente de
despicarse con maleficios, puso sobre aviso en todo lo que se
compraba para comer en casa, para que no le diesen un mal bocado.
Al cabo de algún tiempo, habiéndose comprado un pollo, le hubo de
encontrar la negra un alfiler dentro de la garganta. Avisó al amo,
el cual entra en sospecha, y averiguado que un mestizo habíale
vendido a la negra el pollo, mándalo prender. Ármale una mesa en
medio de la plaza, y le hizo comer el pollo crudo a vista de mucha
gente, que para ello se convocó. El mestizo estaba inocente, porque
según se vio habría sido casualidad el tragarse el pollo aquel
alfiler, y decía:Que me lo den cocido, y me lo comeré con
gusto. Pero no hubo qué tratar. Crudo se lo hizo comer.
Al otro día de haber yo llegado le vi hacer esta justicia. Vino
un mestizo y puso esta demanda contra otro del pueblo:Señor,
dijo, yo soy de tal parte tres días lejos de Guaras. Más de un año
ha que Fulano me debe 18 pesos. He venido tres veces, y no me
quiere pagar. Al instante mandó llamar al sujeto, el cual no negó
la deuda, sino que alegaba que de pronto no tenía para pagar, sino
un pedazo de lienzo mestizado, esto es, entretejido de lana y
algodón, y que no hallaba quién se lo comprase de pronto por lo que
valía, y por pagar, no había de malbaratar su ropa, dando por cinco
lo que valía diez. Y que habiendo hecho la diligencia, no hallaba
quién le prestase la plata. Entonces sacó el Teniente los 18 pesos
y pagó al mestizo, y le dijo al deudor: Procurad vos a vender
vuestra ropa y me pagaréis a mí; que el señor por vos no ha de ir
viniendo cada día a buscaros.
A cabo de rato de haber llegado, supe que en Guaras había
convento nuestro, y el otro día de mañana después de misa fui allá
a ver al Guardián, y le dije que por no haber sabido de tal
convento que me había hospedado en el de los Padres belermos. El
Guardián no lo tomó a mal, y me ofreció cuanto necesitase. Mi
chapetón deseaba irse a Trujillo, temeroso que en Lima no lo
delatasen por desertor. Al otro pues día de haber llegado, él buscó
uno que lo acompañase secretamente, y después de comer, cuando yo
dormía la siesta, tomó el mejor macho, lo ensilló, tomó su ropa, y
hecha una maleta se marchó sin decirme nada. Cuando me levanté
pensé que habría salido a pasear, y hasta la noche no supe el caso,
y así quedó.
El Prefecto tenía hielo, que lo hay a una legua de Guaras todo
el año, y con cuatro reales un indio trae una carga puro y sin
mácula que parece un cristal. Todas las tardes en una tembladera
grande de plata se hacía limonada, y se le metían unos trozos de
hielo, y en un rato ya estaba fría y la tomábamos. Un día me contó
que andando de visita su General en un despoblado topó a la puerta
de la casa de unos indios a un indio viejo encurrujado llorando.
Llegóse a él, y le dijo: Taita, ¿de qué llora usted? Respondió el
indio: Porque mi padre me ha azotado, porque no he madrugado a dar
de almorzar a mi abuela. Parecióle al General que el indio se
burlaba, porque representando él más de 80 años, le pareció que ni
podría ya en tanta edad tener padre, ni menos abuela. Entró el
General para dentro, y halla a otro indio encurrujado y más viejo a
la candela calentándose, y le preguntó: Taita, ¿de qué llora aquel
viejo que está en la puerta? Padre, respondió el indio, es un
grandísimo pícaro, porque estando enferma su abuela, por las
mañanas es preciso a palos ir con él para que le haga de almorzar.
Preguntóle el General qué enfermedad tenía la abuela, y el indio le
dijo: Padre, está enferma de parto, porque parió estos días
pasados. El General quiso ver la parida y la cría también. Entrólo
el viejo en un cuarto, y halla a la parida más vieja que todos en
la cama, dando de mamar a una criaturita muy diminuta, y al indio
su marido sentado allí a la cabecera de la cama. Admirado el
General de lo que veía por sus ojos, preguntó al indio marido cómo
pudo engendrar.
El indio le respondió: Padre, yo te lo diré. Cuando yo me casé
vivía mi padre, y un día estando con él sembrando unas papas tras
de estos cerros, me dijo: En queriendo tener hijos con tu mujer,
toma de esta hierba y come de ella y dalo también a tu mujer, y
presto te dará un hijo. Ahora nos dio a los dos la gana de tener
este hijo, comimos de la hierba, y me ha parido este guagua. El
General le instó para que le enseñase la hierba, pero no lo pudo
conseguir, y hecho el cómputo de las noticias que daba el indio,
averiguó que ya pasaba la edad de los dos casados de 150
años.
Yo me detuve en Guaras cuatro días, y el quinto día con un mozo
baqueano me partí. A cosa de dos leguas llegamos a un pueblecito de
indios llamado Renguay. Serán unas 80 familias. Nosotros pasamos,
de largo, y a la tarde venimos a arranchar en otro pueblo de indios
y mestizos. Serán 200 familias. El indio me llevó a su casa, y ya
que se compusieron en un cuarto mis trastes y a comer mis bestias,
me fui a ver el cura. Había en el pueblo un caserío, y el cura me
llevó allá. A poco rato de haber llegado, estaba la gente de bulla,
y veo que tratan de armar baile, y el primero que salió a bailar
fue el cura, y acertó a sacar a la danza a una mestiza de Guaras
que era parienta de la novia. Ella o no sabía o no quería. Ya que
estuvo en el puesto se quedó enfrescada y corrida, hasta que salió
otra bien descarada a suplir su falta. Yo me valí de la ocasión de
estar bailando el cura, y me salí y me fui a casa y ya no lo volví
a ver.
Yo el otro día partí acompañado de un mozo baqueano, y a la
primer jornada venimos a dar en un despoblado, clima muy rígido, y
el otro día subimos a un páramo lleno de nieve y hielo, en donde
había muchísimos guanacos cimarrones, que saltaban relinchando por
aquellos cerros. Tomamos por el boquerón de una ensenada entre dos
cerros cuesta abajo un par de leguas, y llegamos a la tarde a
arranchar en el tambo de un pueblecito de indios llamado Maro.
Serán unas 60 familias. Ya que se compusieron mis trastes y se dio
alfalfa a mis bestias, me fui a ver el cura, que era mercedario. No
me hizo mucho agasajo, ni me ofreció nada, y yo me volví al tambo.
A poco rato sobrevino el Alcalde con el peón que me había de
acompañar el otro día, y como yo traía carne fresca, que había
comprado un camero en el pueblo anterior, convidé al Alcalde a
cenar, el cual en lo interim me contó que la gente del pueblo no
pagaba tributo al rey por lo que ya digo.
Había cosa de cuarenta años que habiendo sembrado un indio del
pueblo en aquellos cerros una roza de maíz, al empezar a haber
choclos, reparó que se los iban hurtando. Púsose una noche de
escolta oculto, y al madrugar el día vio en un canto del maizal a
un indio que le hurtaba los choclos. Poco a poco sin ser sentido,
se arrimó a él, y lo agarró de la melena, y del primer tirón, lo
echó de espaldas en tierra. Mas el indio le dijo: No me maltrates,
que yo soy indio guaco, esto es, yo estoy encantado, y guardo una
guaca que está también encantada. Y añadió: Yo guardo a los hijos
del sol, esto es, a los españoles, y entonces daré al que me
bautice todo el oro que estoy guardando. Este indio le dijo que ya
los hijos del sol estaban en la tierra, y que todos los indios
estaban ya bautizados. Entonces contrataron los dos que enseñándole
aquél la guaca, lo llevase éste donde lo bautizasen. Enseñóle el
guaco la guaca, y el indio lo llevó donde el cura, el cual,
informado del caso, en una semana catequizó al guaco y lo bautizó,
y acabado de bautizar murió al instante el indio guaco.
El Padre cura que era fraile mercedario, fue con el indio y vio
la guaca, y después sin dar parte a nadie se fueron para Lima, y
dio parte al Virrey, el cual mandó acarrear todo el oro a Lima con
60 carretas cargadas que fueron menester para ello. El Virrey
escribió a la Corte y vínole al cura un obispado, y a todos los del
pueblo franqueza de tributo para siempre. El cura dejó archivado el
caso en el pueblo, y lo que más admira fue que el indio guaco le
dijo, que desde que lo encantaron, que fue al principio de la
conquista, se había mantenido cada día con cuatro granos de maíz, y
con sólo esto estaba satisfecho, mas que de unos pocos días a esta
parte le daba mucha gana de comer, y que habiendo acabado el maíz
tostado que le pusieron en la guaca cuando lo encantaron, por esto
había salido a hurtarle al indio los choclos para comer, y que en
todo el tiempo anterior ni había escupido ni hecho deposición
corporal, ni había dormido tampoco; y según las noticias que daba,
había más de 170 años que estaba encantado. Ya yo veo que todo esto
es difícil de creer, pero el que fuere incrédulo, váyase a Maro, a
informarse más por menudo.
Yo el otro día me partí con el peón, el cual tocándole yo esta
especie, me refirió lo mismo. Este día todo el día bajamos la misma
cuesta siete leguas, y ya a las dos era el clima caliente. Llegamos
a arranchar en una choza de un mestizo que tenía allí un alfalfar
en que se pusieron a comer las bestias, pagando a medio real por
cabeza. Tenía el indio un sandial y nos dio dos buenas sandías para
refrescar. Ya que vino el día le compré cinco sandías por medio
real, y partimos cuesta abajo siempre, hasta que al ponerse el sol
llegamos ya a los valles arenosos que van para Lima, y allí
arranchamos en un gramadasillo, y por ser poco el pasto, dimos a
las bestias hoja de caña. En el camino comimos tres sandías y
guardé las otras dos para comer el otro día. Lo que a mí me admira
es que desde el páramo a Maro hay dos leguas de bajada continua y
pendiente, y de Maro a este puesto hay catorce leguas, ya van 16
bajando siempre. Yo me hice la cuenta que aquel páramo debe ser el
cerro más alto del mundo, y estos valles el puesto más bajo, pues
bájase 16 leguas continuas. Y con estar aquel páramo 16 leguas más
vecino al sol, es frío y helado, y estos valles calientes en grado
sumo. Cómo será esto, yo no lo sé, y lo he pasado el páramo
tiritando de frío, y estos valles abrasado de sol.
Ya que vino el día, me levanté y ya no hallé el peón, porque
madrugó y se huyó a su pueblo y me dejó en aquel despoblado solo.
Me hurtó las sandías, un pedazo de carne y una cargadera. Mi
fortuna fue que a poco rato vino un indio a una roza de maíz que
había allí cerca, y me ayudó a cargar, y me dijo que presto
hallaría una casa con gente. Empecé a caminar, y a la media legua
topé la casa que era de un mestizo que tejía tocuyo. Contéle mi
desavío, y me dio a un hijo de 12 años, el cual me acompañó hasta
Guauras. Este día a la tarde venimos a arranchar en un monte grande
arenoso, todo lleno de gramadal de aquella grama que bejuquea por
bajo de la arena sólo que ésta tenía unos tallos que asomaban más
de van y media en que pusimos a comer las bestias. El monte era de
árboles infructíferos, espinos y limones. Había un poco más adentro
gente que apilaba carbón. Yo lo fui a ver, y en varias pilas habría
más de cien mil cargas, y me dijeron que allí se fabricaba la mayor
parte del carbón que se lleva a Lima.
El otro día volvía a partir, y al mediodía llegaba a Guauras. Es
pueblo grande de 2.000 vecinos, la mayor parte son mestizos,
algunos blancos, indios y negros y mulatos. Hay convento nuestro de
recoletos. Allí todo el pueblo está lleno de parrales e higueras en
los corrales,
dan tres frutos cada año, y cuando se acaba
el uno, ya está madurando el otro, y esto es allí general desde
Piura hasta Lima, y así en estos valles todo el año hay uva madura
e higos maduros. Yo me paré sólo a alquilar un peón hasta La
Barranca, que dista sólo dos leguas. Pasé pues adelante, y a cosa
de más de media legua llegamos a un río que llaman el río de
Guauras. No tenía puente y allí asistía de pasero un mulato que era
un teólogo de primera clase. Lo propio fue verme, ya se empezó a
desnudar, y tomando un cuchillo en la boca, se vino para mí, y en
lo interim un mestizo le trujo un caballo, y al llegar díjole al
mulato: Ea, compónganse ustedes. Díjome el mulato: Padre, ¿cuánto
ha de pagarme para pasarlo? Yo le dije: Lo que es ley del reino.
Medio real por cabeza. Respondió él: Por sola su persona me ha de
dar usted 18 pesos, y después un peso por cada bestia. ¿Qué no ve
que ya voy con el cuchillo en la mano? Yo le dije: ¿Y qué hará
usted con el cuchillo? Padre, cortar cabestros y dogales y salvarle
la vida y la de las bestias si importa, y ponerme a peligro de
perder mi vida.
Yo que vi que el río tendría unas treinta varas de ancho, y en
las 25 no llevaba una cuarta de agua, y sólo en la entrada en que
daba la fuerza de la corriente tendría una zanja de una vara de
hondo en que sólo podía haber peligro, le respondí:Pues amigo,
yo no quiero que usted se exponga por mí a peligro. Yo sin usted
pasaré mejor. Y con esto me apeo y rabiato una tras otra todas mis
bestias, y me voy a pasar. El mestizo que me gritaba: Padre, que se
ha de anegar. Yo pasé sin peligro ninguno, y al llegar a la otra
banda, catay que se viene una india vieja en una yegua, y al verme,
saltó a tierra y me agarra llorando, y diciéndome: Padre mío, Padre
de mi corazón. Tú eres algún ángel del cielo que Dios me envía. Era
el caso que ella vivía media legua desviada de La Barranca, y tenía
una hija casada, y ya había años que no hacía vida con el marido
que era un perdulario. Ella estaba enferma y bien mala, y la madre
iba a Guauras en busca de un sacerdote.
Informado yo del caso le dije que guiase por delante. Así fuimos
andando y llegamos a la casa. Ya que se compusieron mis trastes y
se llevaron a un alfafar mis bestias, y se volvió el peón, entré a
ver la enferma, y la hallé mortal. Yo hice cuanto pude, pero el
otro día a la tarde murió. Tenía la india otra hija casada con un
mestizo llamado don Hermenegildo, y estaba acomodada. Tenía
aquellas tierras arenosas arrendadas, y había un molino, y con el
riego criaba buenos maizales, muchas habichuelas, yucas y sapallos.
Tenía buenos alfalfares, de que criaba muchos cerdos, mucho cabrío,
buena manada de yeguas y caballos, algunas vacas y toros, y dos
bueyes como los del Padre cura de Vélez que llevo referido. Tenía
una mestiza, que llamaban la portuguesa, por lo chapurrado que
hablaba el español. Tenía un negro casado con dos hijas y un hijo.
La hija mayor estaba para parir.
Aquella tarde se fueron a La Barranca con la difunta para
enterrarla el otro día, que la india tenía allá una buena casa, y
en la hacienda me dejaron a mí con la preñada, la portuguesa y los
negritos. Ya que vino el otro día a las 7 danle a la negra los
dolores, y en un rato, teniéndola yo de los brazos, parió un
guagua, y entre yo y la portuguesa nos hubimos de componer con
aquellos afanes acostumbrados en tales ocasiones. Un negrito corrió
al pueblo a avisar, y con esto el llanto de la difunta se volvió
alegría de parto. El otro día era día de precepto, y venimos todos
a La Barranca a misa. Es La Barranca pueblo de 400 vecinos, pocos
blancos, los más son mestizos y los demás indios, negros y mulatos.
Está allí junto el Mar del Sur, y ya después de almorzar, yo y don
Hermenegildo y Brunito, hijo de la difunta, nos fuimos a cazar
patos con la escopeta, que allí hay muchos que crían en las
peñas.
Nosotros matamos nueve. Llegamos a unas peñas que batía el mar,
en que había un mestizo que pescaba. Yo reparé que en las quiebras
de aquellas peñas se criaban unas matitas de dos cuartas de largo
de color de sangre. Sus hojas son un poco más grandes que una
lenteja del mismo color sanguíneo, y de más canto que la lenteja.
Mas las dos últimas hojas de cada ramita son el doble más grandes,
y en estas dos hojas da por fruto una almeja del mismo color con
sus dos conchas y el pescadito adentro, y en madurando se caen las
ramas y andan como las demás almejas, y crecen un poco más que la
uña del dedo pulgar. Había muchas en el suelo, y yo llené un
pañuelo y a la noche las comimos fritas. Este a mi entender es el
mayor prodigio que yo he visto en mi vida. Este es el que noto en
el prólogo que no se ha de querer creer, por repugnante a la razón
filosófica.
Aquí quisiera yo ver hombres metafísicos a expurgar este
prodigio de la naturaleza. Porque esta mata es una planta que tiene
las raíces como las demás clavadas en las coyunturas de la peña, y
vive chupando de aquel humor que saca de la peña, y por
consiguiente tiene alma realmente vegetativa, puramente como las
demás plantas. Y como según aquel adagio filosófico:
Nemo dat
quod non habet, no puede esta planta dar un fruto que tenga
realmente alma sensitiva. En esta suposición, digo yo y pregunto:
¿Cómo esta mata da por fruto estas almejas, que dentro de las
conchitas tienen su pescadito viviente, que come, siente y anda, y
aún antes de caer, ya se encoge si lo punzan, y va creciendo como
las demás almejas?. Decir que la mata tiene alma sensitiva es
disparate, porque aunque le cortes hojas o ramas, ni se mueve ni se
encoge, ni da señal de sensibilidad. A más, si tuviera la mata alma
sensitiva, ¿a qué fin tiene las raíces para vivir vegetando como la
planta? Ahora saco yo esta otra consecuencia: El árbol o fruta
componen un sólo ente o cuerpo, como un manzano con sus manzanas;
luego en un mismo cuerpo o ente están en esta matita dos almas,
vegetativa y sensitiva, realmente distintas una de la otra. No creo
que haya filósofo que me lo conceda, pero yo digo que en esta mata
están y quien no lo quisiere creer que vaya allá a informarse por
sus ojos.
Ya se me había buscado un peón que iba para Lima con una recua
llevando carbón, y al otro día de mañana nos partimos. La primer
jornada fuimos a dar a un monte con muchos manchones de gramadal, y
el otro día a la tarde llegamos a un pueblo más grande que La
Barranca. Podrá tener 600 vecinos, y un mercader chapetón, al
verme, me vino a regalar un plato de uvas buenas. Al salir del
pueblo hay un río grande, pero tiene buen puente de cantería. Yo no
sé su nombre ni del pueblo tampoco. Nosotros pasamos adelante, y a
cosa de una legua llegamos a otro río. Luego que el indio pasero me
vio salió con once mozos indios y mestizos, y desnudos se pusieron
arringlonados en el río en ademán de guiar a las bestias. Yo vi que
el río era menor que el de Guauras y no tenía peligro. Me apeé y
fui rabiatando mis bestias una tras otra, y voime a pasar. El indio
que hacía cabeza, que había hablado con mi gente, se me vino
diciendo: Aguarda, Padre, yo guiaré las bestias. Pero yo no quiero,
respondí. Mira que te has de anegar con todas las bestias. Yo le
dije que se quitase de delante. Él se emperró que era el pasero, y
por esto tenía aquellos mozos, y que le habían de pagar el paso. Yo
le dije: Quítate, indio, de aquí, si no te echaré un balazo. El
indio y los demás ven que yo hago el ademán de montar la escopeta,
aprietan a huir y no los vi más. Después que pasamos me dijo el
caporal: Nosotros, como de continuo lo habemos de menester cuando
el río está crecido, siempre le damos alguna cosa. Ellos donde
clavan bien la uña es en los pasajeros que no
conocen.
Volvimos a proseguir nuestro camino, y a cosa de media legua
llegamos a arranchar en una playa de mar en que había un gramadal.
Ya que armamos el rancho, yo me fui playa arriba a bañarme, que
venía abrasado de sol. Del puesto hasta cuanto alcanzaba la vista
todo era playa seguida, y en toda ella cordilladas una máquina de
aves marinas. Nunca había yo visto tantas juntas, y ya que volví al
rancho, pregunté al caporal si ellas dormían en la playa, y me
dijo: Padre, estas aves se van a dormir a varias islas que hay ahí
mar afuera, y por la mañana vienen aquí a comer varios mariscos que
se crían en toda esta costa; y si no fuera por estas aves nada se
cogiera desde Panamá hasta Lima. Yo le pregunté el por qué, y me
respondió:En toda esta costa hay barcos que de continuo van a
estas islas y cargan del estiércol de estas aves, que lo hay en
tanta abundancia, que si en esta loma, v. gr., carga un barco 500
quintales hasta limpiarlas, al cabo de 8 días ya hay otro tanto,
como si de aquel puesto nada se hubiese sacado. Parecióme a mi
ponderación, pero no fue sino verdad por lo que luego diré. A este
estiércol allá llaman guano. Como toda esta costa es de arena
mezclada con alguna tierra, me dijo: Para que fructifique le meten
en cada hoyo en que meten las semillas que han de sembrar, sean
yucas, sapallos, camotes, maíz, sandías o melones, etc., un puñado
de este guano, y así sólo fructifica, y de no meter esto no da nada
la tierra, porque no tiene, con tanta arena, humor, y se secan las
plantas.
Ya que vino el otro día al apuntar del alba, vi venir de estas
islas una bandada de estos pájaros marinos, y sin descontinuarse la
bandada, duró pasando hasta cerca de las once. Entonces creí que en
las islas había más guano del que me dijo el caporal, ni yo podía
pensar, si no lo hubiese visto, que en todo el mundo hubiese tantos
pájaros marinos. Por estar estas islas pobladas de tantos pájaros,
se crían en ellas muchos lobos marinos, y de ellos matan muchos los
marineros que van allá por guano, y desollándolos, curten los
pellejos y les dan diversos colores, y por toda esta costa los
venden muy baratos, especialmente en Lima, y embarcan muchos para
España.
Este día no partimos hasta las tres de la tarde, porque ya el
clima era muy ardiente, y hasta Lima era todo arenal fofo penoso de
andar. Ya a cosa de una legua topamos al lado del camino una cruz
puesta en una peaña de cantería muy bien puesta. El caporal me dijo
que la ocasión de haberla puesto allí fuese que viniendo de Lima un
chapetón con una buena mula, por una necesidad corporal se hubo de
apear. La mula ya que se vio suelta, empezó a caminar, y cuando la
quiso ir a coger, ya no pudo, porque la mula doblaba el paso, y él
ya fatigado de correr, soltó esta exclamación: ¡No vendrá un
demonio del infierno a cogerme esta mula! Inmediatamente vio venir
un hombre rebosado con un capote, y le cogió la mula, y al llegar a
él el chapetón se la entregó. El chapetón le dijo: Amigo, Dios se
lo pague. Pero el embosado respondióle:Toma, pasa y calla. E
inmediatamente desapareció, y por ello pusieron en este puesto esta
cruz, y llaman desde entonces el
Puesto de pasa y
calla.
Contóme también que unos años antes habían remontado por
aquellas serranías unos negros fugitivos, y salían al camino, y que
hurtaban a los pasajeros y que habían hecho algunas muertes y
forzado algunas mujeres; pero que el Virrey con soldados los había
ya extinguido. En este tiempo yendo para La Barranca una sola mujer
con su mula, le salieron dos negros y la quisieron violentar. El
uno, ya que la tuvo de espaldas, se puso al acto; más ella en lo
interim sacó una buena navaja que traía en la faldriquera, y del
primer tajo le sacó la barriga, y revolviéndolo de espaldas se
levantó. El otro que estaba aguardando un poco retirado, al ver el
destrozo de su compañero, y que la mujer iba a embestirlo con la
navaja en la mano, apretó a huir y se fue. Ella contó el caso en La
Barranca, y divulgándose la voz, el señor Corregidor escribió al
señor Virrey, el cual le mandó dar a la mujer 200 pesos por la
acción.
Cerca de las cinco de la tarde hallamos un charco de agua en que
dieron de beber a las bestias, y sin parar proseguimos el camino
hasta la media noche en que paramos un rato, y volvimos a partir
hasta las 8 del día en que llegamos a una hacienda que llaman
Copacabana, en que hay una buena laguna y un grande gramadal, y
allí paramos hasta las tres de la tarde en que partimos, y a cosa
de dos leguas cortas llegamos a Lima.