INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
 CAPÍTULO XXI


 
Contiene lo que me pasó en el pueblo de Guaras hasta que llegué a la ciudad de Lima.


 

Al llegar al pueblo de Guaras, me fui derecho a hospedar al convento de Padres belermos, y con la carta de recomendación que traía del Padre Prefecto de Cajamarca me recibió el Padre Prefecto con mucho gusto y agasajo. Es Guaras el principal pueblo de la provincia, aunque no tiene mucho comercio. Aquí vive el señor Corregidor y su Teniente cuando lo hay. Entonces lo había, porque el señor Corregidor trujo de España el Corregimiento; pero don Jacobo Blanco lo habilitó en Lima con cincuenta mil pesos con condición que lo había de tener de Teniente, le había de dar dos mil pesos anuales para la mesa, y había de partir la ganancia del repartimiento en el género en que se emplea la moneda. Tendrá el pueblo 2.000 vecinos, la mayor parte gente mestiza, pocos blancos, y los demás son indios y algunos negros y mulatos.

Dos casos me contó el señor Teniente que le habían pasado unos meses antes. El primero fue que un negro mozo que tenía, casado con una moza también negra llamada Mariana, la cual era su cocinera, éste pues se amachinó con una moza india, y se huyeron los dos, y para que quien les encontrase no pudiese dar noticias del camino que llevaban, trocaron el vestido. La india se vistió de hombre y el negro de mujer. Luego que el Teniente advirtió la falta del negro, hizo diligencia, y a breves días llegó a saber por dónde iban y cómo iban. Manda gente y los prendieron, y se los trujeron a Guaras con el mismo disfraz que iban, y a toque de tambor les hizo pasear por todo el pueblo, así como iban, el negro vestido de mujer y la india vestida de hombre, y después los puso asimismo por cuatro meses en un obraje a ración y sin salario. Si este castigo se daba en España a los que viven amachinados, pienso que fuera bastante para poner a muchos freno en este vicio.

El segundo fue que habiendo prendido a los matadores que llevo referido, dos mestizas hermanas, una noche pretendieron escalar la cárcel y sacar a los presos, y para ello sobornaron a mucha gente para tocar arrebato y atropellar con todos los que los quisiesen estorbar, y así se hizo. A las diez de la noche tocan arrebato con la campana mayor, concurren todos a la plaza, y con barretones pónense a romper la cárcel. Hubo quien avisó al Teniente, y sale éste solo con su negro y la espada en la mano, y embiste con todos y los atropella. Acude a la cárcel y halla a las dos mestizas, que ya habiendo quitado al carcelero las llaves, estaban abriendo. Agárralas a las dos de la melena, dales bastantes puntapiés, y con el puño de la espada rómpele a una la cabeza. Hace abrir la cárcel y mételas presas en un calabozo. Toma deposición a varios, y da aviso a Lima al señor Virrey. Ocho meses había entonces que estaban presas. Acción por cierto varonil y digna de premio.

De este hecho se le levantaron muchos émulos en toda la provincia, y como no ignoraba la propensión de esta gente de despicarse con maleficios, puso sobre aviso en todo lo que se compraba para comer en casa, para que no le diesen un mal bocado. Al cabo de algún tiempo, habiéndose comprado un pollo, le hubo de encontrar la negra un alfiler dentro de la garganta. Avisó al amo, el cual entra en sospecha, y averiguado que un mestizo habíale vendido a la negra el pollo, mándalo prender. Ármale una mesa en medio de la plaza, y le hizo comer el pollo crudo a vista de mucha gente, que para ello se convocó. El mestizo estaba inocente, porque según se vio habría sido casualidad el tragarse el pollo aquel alfiler, y decía:Que me lo den cocido, y me lo comeré con gusto. Pero no hubo qué tratar. Crudo se lo hizo comer.

Al otro día de haber yo llegado le vi hacer esta justicia. Vino un mestizo y puso esta demanda contra otro del pueblo:Señor, dijo, yo soy de tal parte tres días lejos de Guaras. Más de un año ha que Fulano me debe 18 pesos. He venido tres veces, y no me quiere pagar. Al instante mandó llamar al sujeto, el cual no negó la deuda, sino que alegaba que de pronto no tenía para pagar, sino un pedazo de lienzo mestizado, esto es, entretejido de lana y algodón, y que no hallaba quién se lo comprase de pronto por lo que valía, y por pagar, no había de malbaratar su ropa, dando por cinco lo que valía diez. Y que habiendo hecho la diligencia, no hallaba quién le prestase la plata. Entonces sacó el Teniente los 18 pesos y pagó al mestizo, y le dijo al deudor: Procurad vos a vender vuestra ropa y me pagaréis a mí; que el señor por vos no ha de ir viniendo cada día a buscaros.

A cabo de rato de haber llegado, supe que en Guaras había convento nuestro, y el otro día de mañana después de misa fui allá a ver al Guardián, y le dije que por no haber sabido de tal convento que me había hospedado en el de los Padres belermos. El Guardián no lo tomó a mal, y me ofreció cuanto necesitase. Mi chapetón deseaba irse a Trujillo, temeroso que en Lima no lo delatasen por desertor. Al otro pues día de haber llegado, él buscó uno que lo acompañase secretamente, y después de comer, cuando yo dormía la siesta, tomó el mejor macho, lo ensilló, tomó su ropa, y hecha una maleta se marchó sin decirme nada. Cuando me levanté pensé que habría salido a pasear, y hasta la noche no supe el caso, y así quedó.

El Prefecto tenía hielo, que lo hay a una legua de Guaras todo el año, y con cuatro reales un indio trae una carga puro y sin mácula que parece un cristal. Todas las tardes en una tembladera grande de plata se hacía limonada, y se le metían unos trozos de hielo, y en un rato ya estaba fría y la tomábamos. Un día me contó que andando de visita su General en un despoblado topó a la puerta de la casa de unos indios a un indio viejo encurrujado llorando. Llegóse a él, y le dijo: Taita, ¿de qué llora usted? Respondió el indio: Porque mi padre me ha azotado, porque no he madrugado a dar de almorzar a mi abuela. Parecióle al General que el indio se burlaba, porque representando él más de 80 años, le pareció que ni podría ya en tanta edad tener padre, ni menos abuela. Entró el General para dentro, y halla a otro indio encurrujado y más viejo a la candela calentándose, y le preguntó: Taita, ¿de qué llora aquel viejo que está en la puerta? Padre, respondió el indio, es un grandísimo pícaro, porque estando enferma su abuela, por las mañanas es preciso a palos ir con él para que le haga de almorzar. Preguntóle el General qué enfermedad tenía la abuela, y el indio le dijo: Padre, está enferma de parto, porque parió estos días pasados. El General quiso ver la parida y la cría también. Entrólo el viejo en un cuarto, y halla a la parida más vieja que todos en la cama, dando de mamar a una criaturita muy diminuta, y al indio su marido sentado allí a la cabecera de la cama. Admirado el General de lo que veía por sus ojos, preguntó al indio marido cómo pudo engendrar.

El indio le respondió: Padre, yo te lo diré. Cuando yo me casé vivía mi padre, y un día estando con él sembrando unas papas tras de estos cerros, me dijo: En queriendo tener hijos con tu mujer, toma de esta hierba y come de ella y dalo también a tu mujer, y presto te dará un hijo. Ahora nos dio a los dos la gana de tener este hijo, comimos de la hierba, y me ha parido este guagua. El General le instó para que le enseñase la hierba, pero no lo pudo conseguir, y hecho el cómputo de las noticias que daba el indio, averiguó que ya pasaba la edad de los dos casados de 150 años.

Yo me detuve en Guaras cuatro días, y el quinto día con un mozo baqueano me partí. A cosa de dos leguas llegamos a un pueblecito de indios llamado Renguay. Serán unas 80 familias. Nosotros pasamos, de largo, y a la tarde venimos a arranchar en otro pueblo de indios y mestizos. Serán 200 familias. El indio me llevó a su casa, y ya que se compusieron en un cuarto mis trastes y a comer mis bestias, me fui a ver el cura. Había en el pueblo un caserío, y el cura me llevó allá. A poco rato de haber llegado, estaba la gente de bulla, y veo que tratan de armar baile, y el primero que salió a bailar fue el cura, y acertó a sacar a la danza a una mestiza de Guaras que era parienta de la novia. Ella o no sabía o no quería. Ya que estuvo en el puesto se quedó enfrescada y corrida, hasta que salió otra bien descarada a suplir su falta. Yo me valí de la ocasión de estar bailando el cura, y me salí y me fui a casa y ya no lo volví a ver.

Yo el otro día partí acompañado de un mozo baqueano, y a la primer jornada venimos a dar en un despoblado, clima muy rígido, y el otro día subimos a un páramo lleno de nieve y hielo, en donde había muchísimos guanacos cimarrones, que saltaban relinchando por aquellos cerros. Tomamos por el boquerón de una ensenada entre dos cerros cuesta abajo un par de leguas, y llegamos a la tarde a arranchar en el tambo de un pueblecito de indios llamado Maro. Serán unas 60 familias. Ya que se compusieron mis trastes y se dio alfalfa a mis bestias, me fui a ver el cura, que era mercedario. No me hizo mucho agasajo, ni me ofreció nada, y yo me volví al tambo. A poco rato sobrevino el Alcalde con el peón que me había de acompañar el otro día, y como yo traía carne fresca, que había comprado un camero en el pueblo anterior, convidé al Alcalde a cenar, el cual en lo interim me contó que la gente del pueblo no pagaba tributo al rey por lo que ya digo.

Había cosa de cuarenta años que habiendo sembrado un indio del pueblo en aquellos cerros una roza de maíz, al empezar a haber choclos, reparó que se los iban hurtando. Púsose una noche de escolta oculto, y al madrugar el día vio en un canto del maizal a un indio que le hurtaba los choclos. Poco a poco sin ser sentido, se arrimó a él, y lo agarró de la melena, y del primer tirón, lo echó de espaldas en tierra. Mas el indio le dijo: No me maltrates, que yo soy indio guaco, esto es, yo estoy encantado, y guardo una guaca que está también encantada. Y añadió: Yo guardo a los hijos del sol, esto es, a los españoles, y entonces daré al que me bautice todo el oro que estoy guardando. Este indio le dijo que ya los hijos del sol estaban en la tierra, y que todos los indios estaban ya bautizados. Entonces contrataron los dos que enseñándole aquél la guaca, lo llevase éste donde lo bautizasen. Enseñóle el guaco la guaca, y el indio lo llevó donde el cura, el cual, informado del caso, en una semana catequizó al guaco y lo bautizó, y acabado de bautizar murió al instante el indio guaco.

El Padre cura que era fraile mercedario, fue con el indio y vio la guaca, y después sin dar parte a nadie se fueron para Lima, y dio parte al Virrey, el cual mandó acarrear todo el oro a Lima con 60 carretas cargadas que fueron menester para ello. El Virrey escribió a la Corte y vínole al cura un obispado, y a todos los del pueblo franqueza de tributo para siempre. El cura dejó archivado el caso en el pueblo, y lo que más admira fue que el indio guaco le dijo, que desde que lo encantaron, que fue al principio de la conquista, se había mantenido cada día con cuatro granos de maíz, y con sólo esto estaba satisfecho, mas que de unos pocos días a esta parte le daba mucha gana de comer, y que habiendo acabado el maíz tostado que le pusieron en la guaca cuando lo encantaron, por esto había salido a hurtarle al indio los choclos para comer, y que en todo el tiempo anterior ni había escupido ni hecho deposición corporal, ni había dormido tampoco; y según las noticias que daba, había más de 170 años que estaba encantado. Ya yo veo que todo esto es difícil de creer, pero el que fuere incrédulo, váyase a Maro, a informarse más por menudo.

Yo el otro día me partí con el peón, el cual tocándole yo esta especie, me refirió lo mismo. Este día todo el día bajamos la misma cuesta siete leguas, y ya a las dos era el clima caliente. Llegamos a arranchar en una choza de un mestizo que tenía allí un alfalfar en que se pusieron a comer las bestias, pagando a medio real por cabeza. Tenía el indio un sandial y nos dio dos buenas sandías para refrescar. Ya que vino el día le compré cinco sandías por medio real, y partimos cuesta abajo siempre, hasta que al ponerse el sol llegamos ya a los valles arenosos que van para Lima, y allí arranchamos en un gramadasillo, y por ser poco el pasto, dimos a las bestias hoja de caña. En el camino comimos tres sandías y guardé las otras dos para comer el otro día. Lo que a mí me admira es que desde el páramo a Maro hay dos leguas de bajada continua y pendiente, y de Maro a este puesto hay catorce leguas, ya van 16 bajando siempre. Yo me hice la cuenta que aquel páramo debe ser el cerro más alto del mundo, y estos valles el puesto más bajo, pues bájase 16 leguas continuas. Y con estar aquel páramo 16 leguas más vecino al sol, es frío y helado, y estos valles calientes en grado sumo. Cómo será esto, yo no lo sé, y lo he pasado el páramo tiritando de frío, y estos valles abrasado de sol.

Ya que vino el día, me levanté y ya no hallé el peón, porque madrugó y se huyó a su pueblo y me dejó en aquel despoblado solo. Me hurtó las sandías, un pedazo de carne y una cargadera. Mi fortuna fue que a poco rato vino un indio a una roza de maíz que había allí cerca, y me ayudó a cargar, y me dijo que presto hallaría una casa con gente. Empecé a caminar, y a la media legua topé la casa que era de un mestizo que tejía tocuyo. Contéle mi desavío, y me dio a un hijo de 12 años, el cual me acompañó hasta Guauras. Este día a la tarde venimos a arranchar en un monte grande arenoso, todo lleno de gramadal de aquella grama que bejuquea por bajo de la arena sólo que ésta tenía unos tallos que asomaban más de van y media en que pusimos a comer las bestias. El monte era de árboles infructíferos, espinos y limones. Había un poco más adentro gente que apilaba carbón. Yo lo fui a ver, y en varias pilas habría más de cien mil cargas, y me dijeron que allí se fabricaba la mayor parte del carbón que se lleva a Lima.

El otro día volvía a partir, y al mediodía llegaba a Guauras. Es pueblo grande de 2.000 vecinos, la mayor parte son mestizos, algunos blancos, indios y negros y mulatos. Hay convento nuestro de recoletos. Allí todo el pueblo está lleno de parrales e higueras en los corrales,  dan tres frutos cada año, y cuando se acaba el uno, ya está madurando el otro, y esto es allí general desde Piura hasta Lima, y así en estos valles todo el año hay uva madura e higos maduros. Yo me paré sólo a alquilar un peón hasta La Barranca, que dista sólo dos leguas. Pasé pues adelante, y a cosa de más de media legua llegamos a un río que llaman el río de Guauras. No tenía puente y allí asistía de pasero un mulato que era un teólogo de primera clase. Lo propio fue verme, ya se empezó a desnudar, y tomando un cuchillo en la boca, se vino para mí, y en lo interim un mestizo le trujo un caballo, y al llegar díjole al mulato: Ea, compónganse ustedes. Díjome el mulato: Padre, ¿cuánto ha de pagarme para pasarlo? Yo le dije: Lo que es ley del reino. Medio real por cabeza. Respondió él: Por sola su persona me ha de dar usted 18 pesos, y después un peso por cada bestia. ¿Qué no ve que ya voy con el cuchillo en la mano? Yo le dije: ¿Y qué hará usted con el cuchillo? Padre, cortar cabestros y dogales y salvarle la vida y la de las bestias si importa, y ponerme a peligro de perder mi vida.

Yo que vi que el río tendría unas treinta varas de ancho, y en las 25 no llevaba una cuarta de agua, y sólo en la entrada en que daba la fuerza de la corriente tendría una zanja de una vara de hondo en que sólo podía haber peligro, le respondí:Pues amigo, yo no quiero que usted se exponga por mí a peligro. Yo sin usted pasaré mejor. Y con esto me apeo y rabiato una tras otra todas mis bestias, y me voy a pasar. El mestizo que me gritaba: Padre, que se ha de anegar. Yo pasé sin peligro ninguno, y al llegar a la otra banda, catay que se viene una india vieja en una yegua, y al verme, saltó a tierra y me agarra llorando, y diciéndome: Padre mío, Padre de mi corazón. Tú eres algún ángel del cielo que Dios me envía. Era el caso que ella vivía media legua desviada de La Barranca, y tenía una hija casada, y ya había años que no hacía vida con el marido que era un perdulario. Ella estaba enferma y bien mala, y la madre iba a Guauras en busca de un sacerdote.

Informado yo del caso le dije que guiase por delante. Así fuimos andando y llegamos a la casa. Ya que se compusieron mis trastes y se llevaron a un alfafar mis bestias, y se volvió el peón, entré a ver la enferma, y la hallé mortal. Yo hice cuanto pude, pero el otro día a la tarde murió. Tenía la india otra hija casada con un mestizo llamado don Hermenegildo, y estaba acomodada. Tenía aquellas tierras arenosas arrendadas, y había un molino, y con el riego criaba buenos maizales, muchas habichuelas, yucas y sapallos. Tenía buenos alfalfares, de que criaba muchos cerdos, mucho cabrío, buena manada de yeguas y caballos, algunas vacas y toros, y dos bueyes como los del Padre cura de Vélez que llevo referido. Tenía una mestiza, que llamaban la portuguesa, por lo chapurrado que hablaba el español. Tenía un negro casado con dos hijas y un hijo. La hija mayor estaba para parir.

Aquella tarde se fueron a La Barranca con la difunta para enterrarla el otro día, que la india tenía allá una buena casa, y en la hacienda me dejaron a mí con la preñada, la portuguesa y los negritos. Ya que vino el otro día a las 7 danle a la negra los dolores, y en un rato, teniéndola yo de los brazos, parió un guagua, y entre yo y la portuguesa nos hubimos de componer con aquellos afanes acostumbrados en tales ocasiones. Un negrito corrió al pueblo a avisar, y con esto el llanto de la difunta se volvió alegría de parto. El otro día era día de precepto, y venimos todos a La Barranca a misa. Es La Barranca pueblo de 400 vecinos, pocos blancos, los más son mestizos y los demás indios, negros y mulatos. Está allí junto el Mar del Sur, y ya después de almorzar, yo y don Hermenegildo y Brunito, hijo de la difunta, nos fuimos a cazar patos con la escopeta, que allí hay muchos que crían en las peñas.

Nosotros matamos nueve. Llegamos a unas peñas que batía el mar, en que había un mestizo que pescaba. Yo reparé que en las quiebras de aquellas peñas se criaban unas matitas de dos cuartas de largo de color de sangre. Sus hojas son un poco más grandes que una lenteja del mismo color sanguíneo, y de más canto que la lenteja. Mas las dos últimas hojas de cada ramita son el doble más grandes, y en estas dos hojas da por fruto una almeja del mismo color con sus dos conchas y el pescadito adentro, y en madurando se caen las ramas y andan como las demás almejas, y crecen un poco más que la uña del dedo pulgar. Había muchas en el suelo, y yo llené un pañuelo y a la noche las comimos fritas. Este a mi entender es el mayor prodigio que yo he visto en mi vida. Este es el que noto en el prólogo que no se ha de querer creer, por repugnante a la razón filosófica.

Aquí quisiera yo ver hombres metafísicos a expurgar este prodigio de la naturaleza. Porque esta mata es una planta que tiene las raíces como las demás clavadas en las coyunturas de la peña, y vive chupando de aquel humor que saca de la peña, y por consiguiente tiene alma realmente vegetativa, puramente como las demás plantas. Y como según aquel adagio filosófico: Nemo dat quod non habet, no puede esta planta dar un fruto que tenga realmente alma sensitiva. En esta suposición, digo yo y pregunto: ¿Cómo esta mata da por fruto estas almejas, que dentro de las conchitas tienen su pescadito viviente, que come, siente y anda, y aún antes de caer, ya se encoge si lo punzan, y va creciendo como las demás almejas?. Decir que la mata tiene alma sensitiva es disparate, porque aunque le cortes hojas o ramas, ni se mueve ni se encoge, ni da señal de sensibilidad. A más, si tuviera la mata alma sensitiva, ¿a qué fin tiene las raíces para vivir vegetando como la planta? Ahora saco yo esta otra consecuencia: El árbol o fruta componen un sólo ente o cuerpo, como un manzano con sus manzanas; luego en un mismo cuerpo o ente están en esta matita dos almas, vegetativa y sensitiva, realmente distintas una de la otra. No creo que haya filósofo que me lo conceda, pero yo digo que en esta mata están y quien no lo quisiere creer que vaya allá a informarse por sus ojos.

Ya se me había buscado un peón que iba para Lima con una recua llevando carbón, y al otro día de mañana nos partimos. La primer jornada fuimos a dar a un monte con muchos manchones de gramadal, y el otro día a la tarde llegamos a un pueblo más grande que La Barranca. Podrá tener 600 vecinos, y un mercader chapetón, al verme, me vino a regalar un plato de uvas buenas. Al salir del pueblo hay un río grande, pero tiene buen puente de cantería. Yo no sé su nombre ni del pueblo tampoco. Nosotros pasamos adelante, y a cosa de una legua llegamos a otro río. Luego que el indio pasero me vio salió con once mozos indios y mestizos, y desnudos se pusieron arringlonados en el río en ademán de guiar a las bestias. Yo vi que el río era menor que el de Guauras y no tenía peligro. Me apeé y fui rabiatando mis bestias una tras otra, y voime a pasar. El indio que hacía cabeza, que había hablado con mi gente, se me vino diciendo: Aguarda, Padre, yo guiaré las bestias. Pero yo no quiero, respondí. Mira que te has de anegar con todas las bestias. Yo le dije que se quitase de delante. Él se emperró que era el pasero, y por esto tenía aquellos mozos, y que le habían de pagar el paso. Yo le dije: Quítate, indio, de aquí, si no te echaré un balazo. El indio y los demás ven que yo hago el ademán de montar la escopeta, aprietan a huir y no los vi más. Después que pasamos me dijo el caporal: Nosotros, como de continuo lo habemos de menester cuando el río está crecido, siempre le damos alguna cosa. Ellos donde clavan bien la uña es en los pasajeros que no conocen.

Volvimos a proseguir nuestro camino, y a cosa de media legua llegamos a arranchar en una playa de mar en que había un gramadal. Ya que armamos el rancho, yo me fui playa arriba a bañarme, que venía abrasado de sol. Del puesto hasta cuanto alcanzaba la vista todo era playa seguida, y en toda ella cordilladas una máquina de aves marinas. Nunca había yo visto tantas juntas, y ya que volví al rancho, pregunté al caporal si ellas dormían en la playa, y me dijo: Padre, estas aves se van a dormir a varias islas que hay ahí mar afuera, y por la mañana vienen aquí a comer varios mariscos que se crían en toda esta costa; y si no fuera por estas aves nada se cogiera desde Panamá hasta Lima. Yo le pregunté el por qué, y me respondió:En toda esta costa hay barcos que de continuo van a estas islas y cargan del estiércol de estas aves, que lo hay en tanta abundancia, que si en esta loma, v. gr., carga un barco 500 quintales hasta limpiarlas, al cabo de 8 días ya hay otro tanto, como si de aquel puesto nada se hubiese sacado. Parecióme a mi ponderación, pero no fue sino verdad por lo que luego diré. A este estiércol allá llaman guano. Como toda esta costa es de arena mezclada con alguna tierra, me dijo: Para que fructifique le meten en cada hoyo en que meten las semillas que han de sembrar, sean yucas, sapallos, camotes, maíz, sandías o melones, etc., un puñado de este guano, y así sólo fructifica, y de no meter esto no da nada la tierra, porque no tiene, con tanta arena, humor, y se secan las plantas.

Ya que vino el otro día al apuntar del alba, vi venir de estas islas una bandada de estos pájaros marinos, y sin descontinuarse la bandada, duró pasando hasta cerca de las once. Entonces creí que en las islas había más guano del que me dijo el caporal, ni yo podía pensar, si no lo hubiese visto, que en todo el mundo hubiese tantos pájaros marinos. Por estar estas islas pobladas de tantos pájaros, se crían en ellas muchos lobos marinos, y de ellos matan muchos los marineros que van allá por guano, y desollándolos, curten los pellejos y les dan diversos colores, y por toda esta costa los venden muy baratos, especialmente en Lima, y embarcan muchos para España.

Este día no partimos hasta las tres de la tarde, porque ya el clima era muy ardiente, y hasta Lima era todo arenal fofo penoso de andar. Ya a cosa de una legua topamos al lado del camino una cruz puesta en una peaña de cantería muy bien puesta. El caporal me dijo que la ocasión de haberla puesto allí fuese que viniendo de Lima un chapetón con una buena mula, por una necesidad corporal se hubo de apear. La mula ya que se vio suelta, empezó a caminar, y cuando la quiso ir a coger, ya no pudo, porque la mula doblaba el paso, y él ya fatigado de correr, soltó esta exclamación: ¡No vendrá un demonio del infierno a cogerme esta mula! Inmediatamente vio venir un hombre rebosado con un capote, y le cogió la mula, y al llegar a él el chapetón se la entregó. El chapetón le dijo: Amigo, Dios se lo pague. Pero el embosado respondióle:Toma, pasa y calla. E inmediatamente desapareció, y por ello pusieron en este puesto esta cruz, y llaman desde entonces el Puesto de pasa y calla.

Contóme también que unos años antes habían remontado por aquellas serranías unos negros fugitivos, y salían al camino, y que hurtaban a los pasajeros y que habían hecho algunas muertes y forzado algunas mujeres; pero que el Virrey con soldados los había ya extinguido. En este tiempo yendo para La Barranca una sola mujer con su mula, le salieron dos negros y la quisieron violentar. El uno, ya que la tuvo de espaldas, se puso al acto; más ella en lo interim sacó una buena navaja que traía en la faldriquera, y del primer tajo le sacó la barriga, y revolviéndolo de espaldas se levantó. El otro que estaba aguardando un poco retirado, al ver el destrozo de su compañero, y que la mujer iba a embestirlo con la navaja en la mano, apretó a huir y se fue. Ella contó el caso en La Barranca, y divulgándose la voz, el señor Corregidor escribió al señor Virrey, el cual le mandó dar a la mujer 200 pesos por la acción.

Cerca de las cinco de la tarde hallamos un charco de agua en que dieron de beber a las bestias, y sin parar proseguimos el camino hasta la media noche en que paramos un rato, y volvimos a partir hasta las 8 del día en que llegamos a una hacienda que llaman Copacabana, en que hay una buena laguna y un grande gramadal, y allí paramos hasta las tres de la tarde en que partimos, y a cosa de dos leguas cortas llegamos a Lima.

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